miércoles, 14 de noviembre de 2012

Casa De-Formación (19): La piel no miente

Hunks of Piura

A mitad de la segunda semana, los chicos reciben la noticia de que comenzarían su labor social en un barrio pobre de Piura. El Reverendo Rafael va dándoles detalles. Jonatan, Manuel y Darwin se muestran entusiasmados. Pedro no muestra tanta euforia. Terminada la sesión, el Reverendo Rafael se le acerca.

-           Pedro, ¿te pasa algo?

-           No, Reverendo. Nada. Todo nice.

-           De acuerdo. Sube que el Reverendo Alex. Digo, Alexander, quiere verte.

-          El Reverendo soba la cabeza a Pedro. Es la primera vez que se da este gesto cariñoso. Rápidamente, el formando sube las escaleras, llega a la puerta, y la toca.

-          Jorge  la abre, y Pedro reacciona con nerviosismo.

-           Entra.

-          Pedro ingresa, y encuentra al superior, de espaldas, vestido con un bikini negro, que le marca el culo. Pedro traga saliva, y mil ideas corren por su mente.

-           Ah, Pedrito. Pasa. Te tengo buenas noticias. Mi amigo te admitirá como alumno libre de su taller de ballet. Está a la vuelta de esta casa. Puedes comenzar cuando quieras.

-           Gra-gra-gracias, Reverendo.

-           ¿Te pasa algo?

-           No. Nada. Todo alright.

-           Ah. E-e-el Reverendo Rafael…

-           ¿Pasa algo con él?

-           No. Me acarició la cabeza, hace poco.

-           ¡Qué bien! ¿Ya ves?

-          Mientras el Reverendo comienza a vestirse, Pedro sale y recupera el aliento. “¡Qué hombre! Chato pero fuerte”.

 

-          Esa tarde, Pedro asiste a su primera clase. Un hombre blanco,  con pequeñas arrugas en su cara, pero de rostro simpático, lo atiende.

-           Soy Pedro.

-           Ah. El chico de Alex. Pasa, por favor. Mira, en ese cuarto, puedes ponerte tu malla de ensayo.

-           ¿Mi malla de ensayo? Ay, señor. Tengo licras, pero no malla completa.

-           Ay, no. A ver, déjame qué puedo hacer.

-          El maestro desaparece cinco minutos, y regresa con una ropa negra.

-           Espero que te quede. Póntela, por favor. Por cierto, soy el Maestro Charles.

-          Le da la espalda, va a un rincón de la sala llena de espejos, un gran ventanal al fondo y piso de parquet bien lustrado. Se quita el polo y el short, hasta quedarse completamente desnudo. Su cuerpo es marcado y atlético, con brazos definidos, culo levantado, espalda normal, piernas voluminosas. El maestro se coloca su malla sobre el cuerpo desnudo y sin un vello por ninguna parte, que no hace más que marcarlo.

-           Pensé que ya te habías cambiado.

-           A-a-a-ahora lo hago.

 

La primera clase de Pedro es el tema de conversación de la cena.  El nuevo alumno no ahorra detalles, y los otros chicos lo escuchan atentamente, aunque Darwin no puede ocultar su sonrisa sarcástica. Jonatan se da cuenta, y lo mira seriamente.

 

A la hora de dormir, Jonatan está acostado sobre su cama, en un slip blanco, siguiendo su lectura. Manuel entra, se quita la toalla y se queda desnudo.

- Qué chévere que Pedro aprenda ballet. Debe ser difícil. ¿sabes algo de eso, Jon?

- ¿Jon? Es la primera vez que me llamas así.

- Disculpa. Yo no quería…

- ¡No!Normal. llámame así, por favor. Y sí, me parece genial que Pedro aprenda ballet.

- Ojalá nos enseñe.

- Quién sabe. Por cierto, la primera semana te ha hecho bien. Te veo algo más agarrado.

Manuel se sonroja.

-          Disculpa, Manuel. No era mi intención.

-           No. Eso ya no debería paltearme. Gracias mas bien. Tú… tú tienes un físico bien bonito.

-           Gracias. Pero lo que importa es la belleza del alma.

-           Claro, de acuerdo. Pero…

-           ¿Pero?

-           Pero siento que también eres bello por dentro.

-           Tú también lo eres, Manuel.

-           Dime Manu. Mi mamá me llama así.

-          Nuevamente, ambos se miran fijamente a los ojos. Se sonríen.

-          Jonatan se levanta de la cama, y, sin importarle la desnudez de su amigo y compañero, ni la semi-desnudez suya, lo abraza fuertemente. Manuel se aferra con fuerza también.

-           Manuel, te prometo, por lo más sagrado, que nunca te dejaré solo.

-           Manu, Jon. Dime Manu.

-          Pues… Manu… te… quiero.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por N-Ass. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Estas es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, encuéntranos en Facebook o deja tu comentario aquí.

 

lunes, 12 de noviembre de 2012

Gracias por este primer año

Hunks of Piura

Cuando comenzamos este proyecto, no pensamos que íbamos a tener su preferencia y lealtad. Por eso queremos agradecerles muy profundamente, y presentarles una nueva oferta de servicios orientados a gente como tú.

Imagina esta situación: tienes una idea interesante para difundir u ofrecer al resto, pero tienes la desconfianza de decirla por temor al prejuicio… ¡ya no más!

En Hunks of Piura tienes un grupo especializado en gente como tú, que sabe cómo llegar a gente como tú. Casi 18 mil visitas acumuladas en todo este año nos respaldan, y no sólo de aquí, sino de alrededor del mundo.

Si quieres más información, escribe a hunks.piura@gmail.com o encuéntranos en Facebook. Ah, la oferta de servicios va desde lo que ves aquí a producciones más complejas.

¡Anímate! Ponte en contacto ¡ahora!

jueves, 8 de noviembre de 2012

El Vigilante (2): Propuesta a-lo-Marcos

Hunks of Piura

Esa madrugada de sábado para domingo, Marcos no pudo conciliar el sueño. Por más que respiró profundo, se puso a leer a la luz del candil, o trató de pensar en otras cosas, pegar los ojos fue una tarea más complicada que una marcha de campaña.

La imagen suya y de Lichi retozando desnudos en la ducha del cuartito de la capilla venía una y otra vez.

En el cuartel, era común que viera a sus compañeros de promoción calatos en las duchas, en la cuadra; de vez en cuando, a alguien se le escapaba una que otra erección, pero jamás había sentido un impulso como éste. Casi toda la noche se revolcó sobre su cama, desnudo y con la verga dura. Probó a masturbarse, pero apenas si se daba un par de masajes y ahí lo dejaba. Para su buena suerte, el hecho de ser licenciado, le daba el privilegio de dormir solo.

Cuando pudo cerrar los ojos, ya casi al final de la madrugada, su subconsciente creó una imagen de él y el catequista acostados uno encima del otro, dando interminables vueltas, abrazados, sobre un verde campo donde se erguían corpulentos árboles, como él, que les daban sombra bajo un cielo azul. Las piernas de Lichi se le abrían, facilitando el contacto de los penes erectos.

Cuando despertó, había claridad. Se colocó una toalla, y voló rápido a lavarse la cara, procurando disimular su empalmamiento. Tomó su pala, y salió disparado a la chacra, sin hacer caso del pedido de su mamá para que desayunara algo.

En el camino, vio la capilla. Miró a todos los costados. Alguna gente estaba afuera, y la mayoría de casas tenía la ventana abierta. Caminando rápidamente, dio la vuelta al pueblo, y se acercó por el frente de la construcción, como la gente decente, y al llegar al cuartito, su esperanza se derrumbó – algo raro en él: un candado revelaba que Lichi no estaba allí.

 

En la capital distrital, un grupo de chicos y chicas salía del Salón Parroquial, un miércoles por la mañana.

Lichi conversaba con dos amigas sobre algunas personas que conocían, que estaban lejos, y que interactuaban con ellos por Facebook.

Lichi giró la cabeza y divisó un rostro que lo estremeció, parado en la verja del parque, justo frente a donde estaba, cruzando la pista. Vestía un polo de camuflaje militar ceñido al torso, un jean negro algo suelto y zapatillas. El sujeto lo miraba fijamente.

Lichi se despidió de sus amigas rápidamente y fue al encuentro del muchacho.

-          Marcos, ¡qué sorpresa!

-           Hola.

-          Marcos, quien se había mantenido serio, no pudo evitar una sonrisa.

-          Los dos chicos se fueron a una fuentecita de soda, en una calle aledaña al parque, a tomar un jugo.

-           ¿Viniste a hacer algún encargo de tu familia?

-           Vine a verte.

-           Wow. Marcos. Es la primera vez que alguien… que me pasa… La verdad no sé qué decir.

-          Lichi enrojeció.

-           ¿Quieres estar conmigo?

-          Lichi comenzó a sudar frío. No se esperaba tal propuesta de Marcos.

-           Apenas nos conocemos. Quiero decir, no sé mucho de ti, más que fuiste al ejército y eso.

-           O sea, no.

-           ¡No es eso! La verdad que sí me gustaría, pero debemos conocernos más, para estar seguros.

-           Yo estoy seguro.

-          Lichi quedó mudo por un rato. Trató de ordenar sus ideas.

-           Entonces… si tienes esa seguridad, ¿yo qué puedo decir?

-           Probemos.

-           ¿Y si… no resulta?

-           No resulta.

-          Algo en la convicción de Marcos hizo que Lichi confiara.

-           OK, Marcos. Probemos a ser una pareja.

-          Los dos se miraron a los ojos. Los dos sintieron la sinceridad del otro.

-           Marcos, tengo que irme. Debo ayudar en casa. ¡Señor, la cuenta!

-           Yo pago.

-           No, Marcos. Déjame invitarte.

-           No. Yo pago.

-          Marcos tomó la mano de Lichi, impidiendo darle el dinero al encargado de la fuente de soda.

-          Los dos se despidieron con un apretón de manos. Cuando Lichi llegó a la esquina de la calle, se encontró con su padre, serio

-           ¿Quién es ése?

-           Un… un… un amigo del pueblo, papá.

-           ¿Cuál pueblo?

-           Donde doy la catequesis.

-           Mira, Lizardo, dejaste todo un futuro quién sabe por qué idioteces. No se te ocurra cagar las cosas por un cholo de mierda.

-           Papá, el vino de lejos para consultarme cosas sobre mi trabajo.

-           ¿Y por qué no lo hizo en la Parroquia?

-          Lichi no pudo contestar.

-           Estás advertido, Lizardo. No cagues las cosas.

 

Al sábado siguiente, Marcos volvió a esperar a que acabara la clase de catequesis. Fue con la misma ropa con la que fue a darle la visita sorpresa en la ciudad, días antes.

Al fin, Lichi salió.

-          Debo regresar a casa. No me puedo quedar.

-          Marcos no respondió. Lichi comenzó a angustiarse.

-           ¿Era tu viejo?

-           ¿Nos viste?

-           Tienes que decidir.

-          Lichi quedó mudo de nuevo. Sentía ganas de llorar.

-           Marcos… sígueme.

 

Como hacía una semana antes, Lichi y Marcos compartieron la ducha, sólo que esta vez fueron más allá.

El catequista se acostó boca arriba, sobre la estrecha cama,desnudo, con las piernas abiertas. Marcos apoyó todo su recio cuerpo, también desnudo encima de él. Se besaron en la boca, y no cesaron de acariciarse.

Mientras el excomando paseaba sus labios sobre el largo cuello del otro chico, ambas pelvis trataban de fundirse lo más que podían.

Con cuidado, Marcos giró e hizo que Lichi quedara encima de él. Esto le permitió que se sentara encima de la pinga dura y comenzara a mover su lampiño y firme culo.

-          Te la meto.

-           No tengo condones.

-           Muévete así.

-          Lichi se olvidó de todo, cerró los ojos y disfrutó ese momento. En medio de papeles, e imágenes religiosas, dos hombres sin nada de ropa expresaban la fuerza de sus sentimientos en la penumbra.

-          Lichi se acostó boca abajo y sintió el peso de Marcos encima suyo, mientras sus nalgas eran masajeadas y lubricadas por el miembro de Marcos. Varios, muchos minutos después, el semen del campesino se derramaba sobre el trasero del catequista.

-          Esas maniobras se repitieron toda la noche, hasta que ambos se quedaron profundamente dormidos.

 

Antes que amaneciera, Marcos salió del cuarto, e hizo una caminata de tres cuartos de hora, hasta dos caseríos más allá, para ver a su primo Santos.

-          ¡Marcos, hombre! ¿Qué dices?

-           LA cuidaré.

-          Casi a las siete de la mañana, regresó a la capilla. La puerta del cuarto estaba cerrada con candado. Marcos identificó el rastro suyo, y luego el de Lichi, y luego otro que no estaba allí, pero que iba en dirección al paradero de autos colectivos.

-           ¡qué hay, Chato!

-           ¡Marcos! ¿Te vas a la ciudad?

-           ¿Lichi?

-           Se fue con su viejo. Lo vino a ver tempranito. Parece que pasó algo grave, porque el huevón iba triste.

-          Marcos se quedó pensativo. Miró a su amigo, el Chato, un pata medio gordito, de su edad, que se ganaba la vida haciendo colectivo a la ciudad.

-           Vamos, Chato.

-           ¿A la ciudad?

-           A la ciudad.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con personas, lugares y situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook o deja tu comentario aquí.

El Vigilante (2): Propuesta a-lo-Marcos

Hunks of Piura

Esa madrugada de sábado para domingo, Marcos no pudo conciliar el sueño. Por más que respiró profundo, se puso a leer a la luz del candil, o trató de pensar en otras cosas, pegar los ojos fue una tarea más complicada que una marcha de campaña.

La imagen suya y de Lichi retozando desnudos en la ducha del cuartito de la capilla venía una y otra vez.

En el cuartel, era común que viera a sus compañeros de promoción calatos en las duchas, en la cuadra; de vez en cuando, a alguien se le escapaba una que otra erección, pero jamás había sentido un impulso como éste. Casi toda la noche se revolcó sobre su cama, desnudo y con la verga dura. Probó a masturbarse, pero apenas si se daba un par de masajes y ahí lo dejaba. Para su buena suerte, el hecho de ser licenciado, le daba el privilegio de dormir solo.

Cuando pudo cerrar los ojos, ya casi al final de la madrugada, su subconsciente creó una imagen de él y el catequista acostados uno encima del otro, dando interminables vueltas, abrazados, sobre un verde campo donde se erguían corpulentos árboles, como él, que les daban sombra bajo un cielo azul. Las piernas de Lichi se le abrían, facilitando el contacto de los penes erectos.

Cuando despertó, había claridad. Se colocó una toalla, y voló rápido a lavarse la cara, procurando disimular su empalmamiento. Tomó su pala, y salió disparado a la chacra, sin hacer caso del pedido de su mamá para que desayunara algo.

En el camino, vio la capilla. Miró a todos los costados. Alguna gente estaba afuera, y la mayoría de casas tenía la ventana abierta. Caminando rápidamente, dio la vuelta al pueblo, y se acercó por el frente de la construcción, como la gente decente, y al llegar al cuartito, su esperanza se derrumbó – algo raro en él: un candado revelaba que Lichi no estaba allí.

 

En la capital distrital, un grupo de chicos y chicas salía del Salón Parroquial, un miércoles por la mañana.

Lichi conversaba con dos amigas sobre algunas personas que conocían, que estaban lejos, y que interactuaban con ellos por Facebook.

Lichi giró la cabeza y divisó un rostro que lo estremeció, parado en la verja del parque, justo frente a donde estaba, cruzando la pista. Vestía un polo de camuflaje militar ceñido al torso, un jean negro algo suelto y zapatillas. El sujeto lo miraba fijamente.

Lichi se despidió de sus amigas rápidamente y fue al encuentro del muchacho.

-          Marcos, ¡qué sorpresa!

-           Hola.

-          Marcos, quien se había mantenido serio, no pudo evitar una sonrisa.

-          Los dos chicos se fueron a una fuentecita de soda, en una calle aledaña al parque, a tomar un jugo.

-           ¿Viniste a hacer algún encargo de tu familia?

-           Vine a verte.

-           Wow. Marcos. Es la primera vez que alguien… que me pasa… La verdad no sé qué decir.

-          Lichi enrojeció.

-           ¿Quieres estar conmigo?

-          Lichi comenzó a sudar frío. No se esperaba tal propuesta de Marcos.

-           Apenas nos conocemos. Quiero decir, no sé mucho de ti, más que fuiste al ejército y eso.

-           O sea, no.

-           ¡No es eso! La verdad que sí me gustaría, pero debemos conocernos más, para estar seguros.

-           Yo estoy seguro.

-          Lichi quedó mudo por un rato. Trató de ordenar sus ideas.

-           Entonces… si tienes esa seguridad, ¿yo qué puedo decir?

-           Probemos.

-           ¿Y si… no resulta?

-           No resulta.

-          Algo en la convicción de Marcos hizo que Lichi confiara.

-           OK, Marcos. Probemos a ser una pareja.

-          Los dos se miraron a los ojos. Los dos sintieron la sinceridad del otro.

-           Marcos, tengo que irme. Debo ayudar en casa. ¡Señor, la cuenta!

-           Yo pago.

-           No, Marcos. Déjame invitarte.

-           No. Yo pago.

-          Marcos tomó la mano de Lichi, impidiendo darle el dinero al encargado de la fuente de soda.

-          Los dos se despidieron con un apretón de manos. Cuando Lichi llegó a la esquina de la calle, se encontró con su padre, serio

-           ¿Quién es ése?

-           Un… un… un amigo del pueblo, papá.

-           ¿Cuál pueblo?

-           Donde doy la catequesis.

-           Mira, Lizardo, dejaste todo un futuro quién sabe por qué idioteces. No se te ocurra cagar las cosas por un cholo de mierda.

-           Papá, el vino de lejos para consultarme cosas sobre mi trabajo.

-           ¿Y por qué no lo hizo en la Parroquia?

-          Lichi no pudo contestar.

-           Estás advertido, Lizardo. No cagues las cosas.

 

Al sábado siguiente, Marcos volvió a esperar a que acabara la clase de catequesis. Fue con la misma ropa con la que fue a darle la visita sorpresa en la ciudad, días antes.

Al fin, Lichi salió.

-          Debo regresar a casa. No me puedo quedar.

-          Marcos no respondió. Lichi comenzó a angustiarse.

-           ¿Era tu viejo?

-           ¿Nos viste?

-           Tienes que decidir.

-          Lichi quedó mudo de nuevo. Sentía ganas de llorar.

-           Marcos… sígueme.

 

Como hacía una semana antes, Lichi y Marcos compartieron la ducha, sólo que esta vez fueron más allá.

El catequista se acostó boca arriba, sobre la estrecha cama,desnudo, con las piernas abiertas. Marcos apoyó todo su recio cuerpo, también desnudo encima de él. Se besaron en la boca, y no cesaron de acariciarse.

Mientras el excomando paseaba sus labios sobre el largo cuello del otro chico, ambas pelvis trataban de fundirse lo más que podían.

Con cuidado, Marcos giró e hizo que Lichi quedara encima de él. Esto le permitió que se sentara encima de la pinga dura y comenzara a mover su lampiño y firme culo.

-          Te la meto.

-           No tengo condones.

-           Muévete así.

-          Lichi se olvidó de todo, cerró los ojos y disfrutó ese momento. En medio de papeles, e imágenes religiosas, dos hombres sin nada de ropa expresaban la fuerza de sus sentimientos en la penumbra.

-          Lichi se acostó boca abajo y sintió el peso de Marcos encima suyo, mientras sus nalgas eran masajeadas y lubricadas por el miembro de Marcos. Varios, muchos minutos después, el semen del campesino se derramaba sobre el trasero del catequista.

-          Esas maniobras se repitieron toda la noche, hasta que ambos se quedaron profundamente dormidos.

 

Antes que amaneciera, Marcos salió del cuarto, e hizo una caminata de tres cuartos de hora, hasta dos caseríos más allá, para ver a su primo Santos.

-          ¡Marcos, hombre! ¿Qué dices?

-           LA cuidaré.

-          Casi a las siete de la mañana, regresó a la capilla. La puerta del cuarto estaba cerrada con candado. Marcos identificó el rastro suyo, y luego el de Lichi, y luego otro que no estaba allí, pero que iba en dirección al paradero de autos colectivos.

-           ¡qué hay, Chato!

-           ¡Marcos! ¿Te vas a la ciudad?

-           ¿Lichi?

-           Se fue con su viejo. Lo vino a ver tempranito. Parece que pasó algo grave, porque el huevón iba triste.

-          Marcos se quedó pensativo. Miró a su amigo, el Chato, un pata medio gordito, de su edad, que se ganaba la vida haciendo colectivo a la ciudad.

-           Vamos, Chato.

-           ¿A la ciudad?

-           A la ciudad.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con personas, lugares y situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook o deja tu comentario aquí.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

Casa De-Formación (18): ¡Memo!

Hunks of Piura

Nada mejor que terminar una tarde de sábado en la piscina. Jonatan y otro amigo suyo (de cuerpo encantadoramente definido y firme) disfrutan nadando en un club de cierta reputación, y al que difícilmente podrían tener acceso. Un amigo de su amigo les consiguió la invitación, y en cuestión de una pasada de voz, el amigo de Jonatan logró incluírlo.

-          ¿Y cómo conociste a ese pata?

-           Su viejo lleva su carro al taller donde chambeo. Y ya, pues.

-          Jonatan sonríe. Así se la pasan chapoteando mientras el chico que los invitó no deja de hablar con otras personas, y, de vez en cuando, usando su teléfono celular.

-          En ese momento, Jonatan ve una cara que le es familiar caminando entre la gente. Nada hasta la orilla de la piscina, sale del agua (la que casi lo deja sin bañador) y corre a darle el encuentro.

-           ¡Memo!

-          El chico lo mira asustado.

-           Jo-Jo-Jo… ¿qué haces aquí? No me digas…

-           Me invitó un amigo. ¿qué tienes?

-           ¿Yo? Nada, nada.

-           Te cuento que ingresé a lacasa.

-           Ah. Qué bien. Mira, no le digas a nadie allí que me viste aquí.

-           Pero, ¿por qué?

-           Algún día te lo contaré.

-          El chico levanta la mano respondiendo el saludo de un hombre muy adulto, de anteojos oscuros.

-           Tengo que irme. Cuidate, Jon.

-          Cuando Jonatan regresa a la piscina, ni su amigo, ni quien los invitó se hallan presentes. Suponiendo que se fueron, camina a los vestidores.

-          Ingresa y busca su ropa. Al aproximarse a la ducha, escucha un leve quejido. ¿Alguien podría estar en problemas? Camina con cuidado, se asoma.

-          ¡Increíble!

-          Sobre un pequeño murito, la persona que invitó a su amigo y a él está recostada boca abajo, con las piernas separadas. Detrás, y afirmando sus manos en sus posaderas, su bien cincelado amigo mete y saca su largo y grueso pene del blanco culo abultado. Jonatan queda petrificado, y no atina a nada. Su amigo se da cuenta, y lejos de amilanarse, le hace un gesto como invitándolo. Es entonces cuando decide salir de escena, abrir la ducha, bañarse rápidamente, ponerse su ropa y salir lo más rápido que puede del club.

-          Al llegar a la calle, logra divisar a Memo partiendo en un auto conducido por la persona que le había pasado la voz más temprano. Memo y el conductor del carro lo ven. Unos metros más allá se detienen. Ve que ambos conversan. De inmediato, el auto reanuda su marcha.

-           ¡Jonatan! ¿qué haces ahí, huevón?

-           Me voy.

-           Ya. No te hagas el sueco, vamos a tomar unas chelas. Mira…

-          Su amigo le muestra un fajo de billetes.

-           No, gracias. Tomaré moto y me iré a mi jato.

 

Esa noche, Jonatan tiene un sueño raro. Está desnudo, en medio de una habitación donde hay incontables cortinas de tul blanco vaporoso, ondeando con algún viento. De pronto, una mano comienza a acariciar su perfecta anatomía; luego, otra, y otra, y otra. Muchas manos se pasean por su pecho, su abdomen, sus piernas, su espalda, su culo, su dura verga. Cuando consigue levantar la mirada, identifica a Manuel, con las muñecas amarradas por dos pedazos de tul blanco, tratando de liberarse y viéndolo con desesperación. Jonatan siente el deseo de ir a rescatarlo, pero las manos no lo dejan. Cuando consigue imponerse a la maraña de extremidades y llega a donde estaba su compañero y amigo… no lo encuentra. Mira a los cuatro costados. Está solo. Entonces, los tules comienzan a envolverlo cual capullo de mariposa. Quiere liberarse y no puede. Las envolturas llegan a su cabeza. No lo dejan  respirar.

Cuando Jonatan se despierta, está echado sobre el sofá de su sala, con la televisión prendida en azul. El reloj marca las dos de la mañana. Jadea y su corazón palpita fuertemente.

-          “¿Estarás bien?”

-          Su pinga está como roca, sin saber por qué.

 

A la tarde siguiente, un chico de contextura promedio está sentado sobre el miembro erecto de Jorge, en plena sala de la casa. El celador lo agarra de las caderas, y, de vez en cuando, empuja hacia arriba, haciendo que su falo entre más en el ano que está disfrutando.

- Te mueves bien. ¿Te gusta mi pinga?

- Ay, Coquito. La tienes como los dioses.

Sin más lecho que la alfombra de la sala, los dos sudan copiosamente. El amante ocasional se masturba hasta el punto que no puede contener su orgasmo, y vierte toda su leche en el torso de Jorge.

-          ¡Wow! Aldo no se equivocó. Eres un semental, Jorge.

-          Cuando quieras. Ya sabes lo que tienes que hacer.

-          Jorge toma un pedazo de papel higiénico, convenientemente a mano, y se limpia el semen.

-           Cámbiate.

-           ¿No hay duchas acá?

-           Sí, pero no hay tiempo que te bañes. En cualquier momento llega el dueño de casa.

-          Mientras Jorge bota los papeles blancos usados, en el basurero de la cocina, el chico se pone su ropa. En ese momento, se oye un auto que se estaciona afuera, y cuatro toques cortos de claxon. Jorge vuela a coger su ropa –bibidí y short- y se la pone.

-           Te voy a sacar de aquí. Tranquilo. Disimula, si no, me cagas.

-           Ya. Ya.

-          Jorge abre el portón, y hace ingresar al carro conducido por el Reverendo Rafael. Los tres ocupantes lo saludan, y en ese momento, Jorge aprovecha para despedir a su “mostaceado”.

-          El Reverendo Alexander se le acerca.

-           ¿Y ese?

-           Dí que es mi primo, que me vino a dejar la comida.

-           OK. ¿Y… alguna novedad?

-           Varias. Están como me dijiste que las dejara.

 

Una hora después llegan Manuel y Jonatan juntos. Luego, Pedro; finalmente, Darwin. Tras la cena, el Reverendo Rafael se acerca al superior de la casa. Ambos están en la cocina.

-          Todos regresaron. Es buena señal.

-          - Confía. Todo saldrá bien. ¿Disfrutaste la playa?

-           Me sentí… un hombre primitivo. La naturaleza y tú.

-           Regresaremos allá.

-          Rafael se queda pensativo. En un segundo, regresan a su cabeza todas las imágenes de ellos retozando desnudos, del vigilante de la playa, de su empalmamiento nocturno, y de la masturbación de la que tuvo que echar –literalmente- mano. Cuando las dudas van a asaltarlo, Alexander le da una palmada en su hombro.

-           Tranquilo, Rafo. Todo está OK.

-          El teléfono suena de pronto. Muy diligente, el Reverendo Rafael lo contesta.

-           ¿Aló?... Sí, está aquí. ¿De parte de quién?... OK. Espere un minuto, por favor… Alex, es para ti.

-           ¿Para mi? ¿quién?

-           Billy.

El Reverendo Alexander comienza a sudar frío. Sus manos tiemblan al recibir el auricular…

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por N-Ass. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com, búscanos en Facebook o deja tu comentario aquí.