miércoles, 11 de septiembre de 2013

Cuaderno de Obra (23)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Ya entrada la mañana de ese lunes, Tito va a trabajar en la oficina de Renzo, pero la encuentra cerrada. Al asomarse a la oficina del costado, la de Eduardo, encuentra a Jonás leyendo un diario chicha.

-          Disculpe, ¿el ingeniero Renzo?

-           ¿El ingeni…? Ah. Esteee. Ya no vendrá a trabajar.

-           ¿Cómo? ¿No… vendrá a trabajar?

-           ¿No te dijo nada? Ya no vendrá.

-          Tito siente cómo su cuerpo se escarapela. ¿Cómo es posible que el ingeniero no le haya avisado? Se queda estático por varios minutos allí.

 

Cuando Vinicio llega al Sindicato, se encuentra con Juan, quien lo espera en su oficina.

-          Vine a dejarte la nómina de los que debes aceptar la siguiente semana.

-          Juan alcanza la hoja. Vinicio la revisa tres veces.

-           No hay nadie de tu familia aquí. ¿Y eso?

-           Es obvio que no nos quieren en la obra.

-           ¿Por qué dices eso? Eres dirigente vecinal. Tienes derecho.

-           ¿Sí? Entonces, ¿dónde están las herramientas que hurtaron de la obra, la semana pasada?

-           ¿Herramientas? ¿De qué hablas?

-          Juan alcanza el diario del día a Vinicio, y le señala una noticia. “PNP hiere a ladrón cuando intentaba vender herramientas robadas”, dice el titular. Al leer el cuerpo, Vinicio comienza a sudar frío: el presunto delincuente es Lucas, el chico con quien iba a viajar a Lima.

 

Mientras Gustavo juega en su celular, recibe a Renato.

-          ¡Doctor! ¿Cómo amaneció?

-           Mejor. Parece que regresaré a mi casa en un par de días.

-           Esas son muy buenas noticias. Por cierto, hace unos días me dijiste que querías decirme algo. Por el tono, parecía… importante. ¿Qué es, Gus?

-           ¿Importante? Esteee… bueno…. ¿cómo decirlo? Ah, nada. Que saliendo de acá, quiero regresar a trabajar.

-           ¡Nada de eso! Te me vas a descansar un mes. Recupérate bien, y retomarás tu trabajo en el estudio.

-           Pero tengo los casos. Tú dependes de mí.

-           Tranquilo. Yo personalmente me estoy encargando. Recupérate, y saldremos a matar.

 

Jonás intenta resolver el crucigrama, cuando un torbellino entra a la oficina.

-          Mire, señor como se apellide. Deje de meterse conmigo, o lo saco de esta obra, ¿me entendió?

-          Frente a sí, tiene un indignado Renzo, diferente, decidido.

-           Pe-pe-pero, ¿qué dice?

-           No se meta conmigo. Ni por casualidad.

-          Eduardo aparece en la puerta.

-           Ingeniero, ¡tarde!

-           Disculpe. Alguno de sus subordinados están retrasando mi trabajo. O toma medidas, o tomo medidas. Usted sabe.

-          Eduardo traga saliva. Renzo sale hacia su oficina. Entonces, el ingeniero gerente mira seriamente a Jonás.

-           ¿Y ahora, qué mierda hiciste?

-           ¿Yo? ¿Nada, ¿qué v’ua hacer?

-           Mira, Jonás. Ya te conté la deuda que Tengo con el viejo de Renzo, y tú la estás cagando mucho…

-           ¿eso qué significa?

-           Estás fuera, Jonás.

-           No puede sacarme, inge. No cuando sabe lo que sé.

-           Si hablas, tendrás que probarlo todo. Toma tus cosas y vete. Yo te avisaré para que cobres tu liquidación. Gracias por todo.

 

En el sitio de la obra, se está comenzando a llenar las bases bajo la supervisión del capataz, cuando llega Juan.

-          Disculpe, don Juan. No puede estar aquí. No está autorizado.

-           Se equivoca. Tengo mucho derecho a estar aquí.

-          Algunos obreros se quedan viendo cómo Juan alcanza un papel al capataz. Es un documento que lo nombra como Jefe de Cuadrilla.

 

Ezequiel ingresa a la oficina del sindicato. Vinicio está sentado, serio.

-          ¿Y esa cara?

-           Lucas las cagó. El huevón no la supo hacer.

-          Vinicio alcanza el periódico a Ezequiel.

-           Si habla, te cagará.

-           Tenemos que hacer que no hable. Consigue al Tata… ah, y a Robin.

-           ¿Robin? Oe, pero si Robin no mata ni una mosca.

-           A una mosca llamada Juan, claro que sabrá cómo matarla.

 

Luego de la hora de almuerzo, en un motel a la salida de la ciudad, un hombre se aproxima con mucho sigilo, la cabeza cubierta por una gorra. Al llegar a una habitación, un hombre moreno, alto, musculoso, desnudo, con la verga parada, lo recibe.

-          Pase, señor alcalde.

-           Menos mal que logré escapar. Me dijiste que era importante.

-           Don Zacarías, le daré pinga todo el tiempo que quiera, cuando quiera.

-          El alcalde mira a los ojos de Jonás, y luego le mira los 20 centímetros de erección gruesa.

-           ¿A cambio de?

-           Chamba. Quiero chamba.

-          El alcalde comienza a desnudarse.

-           Tengo que hacerte una prueba.

-          Ambos se echan en la cama. Con la magistralidad de siempre, Jonás le ofrece su pieza para que se la chupe, y luego se la mete por el culo, y prueba varias poses: misionero, boca abajo, piernas al hombro, caballito…

-          Una hora después, eyacula dentro del condón. El alcalde tiene el culo adolorido, pero el ego a mil.

-           Estás contratado, como mi guardaespaldas.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

martes, 10 de septiembre de 2013

Cuaderno de Obra (22)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Ese domingo por la mañana, Renzo visita a Gustavo, quien luce mucho más recuperado en su cama de la clínica, con una rala barba por los días que se mantuvo inconsciente. Nadie más está en la habitación.

-          Así que sólo lo sabemos tú y yo, Gustavo.

-           Perdóname… nunca… quise…

-           No, amor. Ya deja de pensar en eso. No sabías. En todo caso, ambos debimos averiguarlo antes. Pero no es momento de hallar culpables, sino de ver soluciones.

-           Esa en… fermedad… no… tiene… cura.

-           Pero sí tratamiento. Podemos hacer el tratamiento juntos. Tú serías mi soporte y yo el tuyo.

-          Gustavo mira a Rennzo, y sus ojos se humedecen de la emoción.

-           Ren… zo… dime… que… no estás… no estás conmigo… por lástima.

-           Gustavo, mi amor. No. ¿Cómo podría estar contigo por lástima? Estés o no infectado, siempre estaré a tu lado.

-          Renzo se aproxima con cuidado, y da un beso seguro en la boca de su enamorado. Los labios de ambos chicos se humedecen con cálida saliva.

 

A eso de las diez de la mañana, Eduardo despierta desnudo en su cama y con un leve dolor de cabeza. No está solo. A su costado, un homnbre tan alto como él, atlético, cabello corto, blanco, también desnudo, ronca a ratos. Siente algo duro y húmedo en su cadera. Al levantar la cobija, se percata de que el pata tiene la pinga dura y babeando.

Se levanta al baño, toma una ducha ligera, y se coloca una toalla. En la sala hay una botella de whisky casi vacía. Sólo queda lo suficiente para un vaso. Al costado, la hielera tiene agua derretida al fondo. Lleva todo a la cocina. ¿Hay algo para desayunar? No tiene ganas.

Al regresar al dormitorio, el hombre sigue durmiendo. Levanta la cobija. Su pinga sigue dura.

Eduardo acerca su mano al miembro, y comienza a acariciarlo suavemente por unos segundos. Lo deja.

-          Sigue. Se siente rico.

-           Carajo. Pensé que estabas dormido.

-           Te moviste vien anoche. Te voy a visitar más seguido, especialmente luego de lo que descubrí anoche.

-           Ya pues, huevón. Tampoco soy banco.

-           Tranquilo, Jáuregui. Ese cheque cubre el cupo… por este mes. ¿No quieres cachar de nuevo? Estoy arrecho.

 

Antes del almuerzo, Gustavo recibe una visita no esperada en su habitación.

-          No pedí enfermera.

-           Lo sé. Soy encargada de laboratorio. Mire, su… pareja… se hizo unos análisis.

-           Sí… me lo dijo.

-           Me alegra ver que su recuperación es veloz.

-           Buen… estilo de vida.

-           Don Gustavo… me preguntaba si querría repetir su test ELISA.

 

El sport Colina es el equipo de la barriada, cuyo orgullo es haber ingressado a la segunda división. Juan juega en él todos los fines de semana como delantero, aunque, como ha estado fuera de forma, esta vez estará en defensa. Tito ingresó hace unas semanas, y tendrá el honor de tomar la posición de su tío.

Ese domingo, el SC –cualquier parecido con el sporting Cristal, incluyendo el color celeste de su camiseta, no es pura coincidencia- juega en casa. La barriada tiene un coliseo más o menos amplio. Toda la población comienza a darse cita.

En los vestidores, el cuerpo de Tito se destaca por su perfección. Algunos dicen que no es el cuerpo ideal para pelotear, debido a su masa muscular, pero a él le da lo mismo.

No termina de colocarse su suspensor, cuando un compañero le pasa la voz. Alguien lo busca en la puerta. Rápidamente se pone el short y la camiseta.

Al salir, encuentra a Orlando.

-          Ya sé quién es ese infeliz de Renzo. Es el ingenierito de la obra. Si crees que ese pituquito me va a hacer la competencia, te equivocas Tito. ¡Te equivocas!

-          Tito se queda perplejo. Cuando voltea para reingresar al vestidor, se encuentra con Juan.

-           Te dije que te cuidaras de él.

 

Más tarde, por la noche, Vinicio, Ezequiel y una dirigenta están de regreso a Piura. Pero Vinicio viaja aparte. En el pasillo. A su costado, un chico flaco, pero formado, medio mmoreno, viene escuchando música. Como la película ya acabó, apagan el televisor, y hay una tenue luz en toda la cabina de pasajeros.

Vinicio se arropa en la cobija que le dan en el autobús. Igual el muchacho del costado.

Minutos más tarde, siente algo raro en su fuerte pierna, que lo saca de su entresueño. Es una mano. Es la mano del compañero de asiento. Poco a poco la mano llega hasta su paquete, y comienza a sobarlo sutilmente. La verga de Vinicio no tarda en ponerse dura.

Con mucho sigilo, el dirigente se baja el cierre lentamente, y libera su miembro.

Por una hora, la mano del muchacho lo masturba hasta que ambos se quedan dormidos.

Al llegar a Piura, antes de bajarse. Ambos intercambian teléfonos.

Ya con sus equipajes en mano, cuando Ezequiel se queda a solas con su líder, es imposible comentar lo evidente.

-          ¿La próxima víctima, compañero?

 

Aunque a su médico no le hace gracia, Gustavo recupera su celular. De pronto, éste vibra. Es Renzo.

-          ¿Amor?

-           Hola Tavo. ¿Te desperté?

-           Descuida.

-           Ya estoy en el avión. Salimos en diez minutos. Sólo quería decirte que te amo. Estaré aquí el próximo fin de semana.

-           Tranquilo. Ahorra.

-           Ya lo tenía presupuestado. Tranquilo. Todo va a salir bien.

-           Feliz viaje. Te amo.

-           Te amo más.

-          Gustavo descansa de nuevo, pero no por mucho tiempo, pues probará su primer desayuno en serio, tras casi dos semanas de pura alimentación endovenosa.

-          Cuando termina, la encargada de laboratorio ingresa, y pide que los dejen a solas.

-           Señor Gustavo. Algo inesperado. La prueba que le tomé ayer… salió negativa.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Cuaderno de Obra (21)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

-          ¿está seguro que la prueba es correcta?

-          Renzo está en el laboratorio de la clínica donde está internado Gustavo. La encargada de la unidad lo acompaña.

-           Seguro, señor. Es decir, seguro que esta prueba es negativa. Necesitamos hacerle una prueba confirmatoria, o de Western Blot.

-           Pero no entiendo. Si mi enamorado está contagiado, ¿por qué no lo estoy?

-           ¿Hace cuánto que tuvo su primera relación sexual con él?

-           Hace tres meses. Claro que se puso condón para el sexo anal, pero le hice sexo oral sin protección.

-           Mire, es probable que usted esté en periodo de ventana, o sea, que ya esté contagiado, pero aún el virus no está en cantidades que puedan detectarse por el test ELISA.

-           ¿qué hago, entonces?

-           A estas alturas, hacerse una prueba dentro de tres meses. Si tenemos un positivo, procedemos a un Western Blot y salimos de dudas.

-           ¿Y han analizado la sangre de mi enamorado?

-           No lo sé. Y aunque lo hubiéramos hecho, la Ley nos prohíbe revelarle los resultados. Aunque si su… enamorado… ya se lo dijo, debe extremar precauciones, como le dijeron en la consejería.

 

De vuelta en la barriada, Tito halla un momento para hablar con su tío Juan, a solas.

-          Oye, yo dejé esas herramientas en almacén. Firmé el cargo. ¿Cómo se desaparecieron?

-           Tío, ¿recuerdas que salí hace dos noches? El ingeniero Renzo y yo fuimos a espiar qué pasaba, porque se dio cuenta que el cemento se gastaba muy rápido.

-           ¿Qué descubrieron?

-           Alguien llega como a medianoche a llevarse las cosas, pero no pudimos averiguar nada porque se soltó la lluvia.

-           ¿Por qué sospecho de Vinicio?

-           Quién sabe. Mira, tío, el lunes que regreso a la obra, le hablaré al ingeniero pa’ ver si te reponen.

-          Juan sonríe y acaricia la cabeza de Tito.

-           Gracias, sobrino. Gracias.

 

Cuando Renzo deja la clínica, por la noche, se lleva dos buenas noticias: aparte de su seronegativismo, Gustavo se está recuperando más rápido de lo calculado, y probablemente regrese a casa en una semana más… pero, ¿cuál casa?

Renzo comienza a caminar sin rumbo pensando en varias cosas: su relación, su trabajo, la experiencia reciente que tuvo con Tito. ¡Tito!

Nunca antes sintió esa rara sensación de placer, bienestar y cariño, todo combinado en una sola persona. Claro que Gustavo le hizo sentir lo mismo, pero, ¿por qué este muchacho sigue metido en su cabeza?

Lo que sí tiene claro es que tendrá que descartar siquiera la remota posibilidad de tener una aventura con su asistente: le debe fidelidad y lealtad a Gustavo, y si estuviera contagiado no puede seguir diseminando la enfermedad.

-          ¡Ingeniero!

-          Renzo no reacciona. Está en la entrada de la Calle de las Pizzas, en Miraflores.

-           ¡Ingeniero Renzo!

-          Voltea. La cara le es familiar.

-           ¿Se acuerda de mí?

-          El hombre, de unos 35 años, cuerpo recio, evidentemente ebrio, lo saca de sus pensamientos.

-           Soy Vinicio, el dirigente del sindicato, de Piura.

-           Ah. Perdone. Estaba… ido. ¿Qué hace por acá?

-           Celebrando con unos compañeros. ¿Por qué no viene?

-           Mire. Le agradezco, pero… pero… tengo que encontrar un amigo acá en el Haití. Luego vengo.

-          En su borrachera, Vinicio entiende la negativa.

-           Está bien, burguesito. Siga nomás.

-          Renzo no hace caso del ¿insulto? Y se va a su departamento.

 

En Piura, Eduardo regresa a su apartamento tras ir al cine con su hija. De ese modo, resarcía la deuda del encuentro frustrado de la vez pasada, cuando su exsuegra se puso mal y halló a Jonás a punto de violar a Renzo.

Revisa su contestadora de casa.

-          Inge, Solórzano dice que tiene unos whiskeys, y otro amigo. Avisa si podemos ir al condo.

-          Eduardo siente la tentación de responder al llamado de Jonás, pero mejor se va a su cuarto, se quita la ropa, se mete a la ducha, se da un pajazo mientras el jabón suaviza su musculoso cuerpo y se echa a dormir.

-          A la una de la mañana, lo despierta su celular, pero no es Jonás.

-           ¿Qué pasa?

-           Inge. La tombería nos está haciendo problemas.

 

Una hora después, en el centro de Lima, en un telo gay, Vinicio y un chico blanco formado toman una habitación. Ambos están embriagados.

-          Así que los piuranos son chalones.

-           ¿No me la viste en el baño, amorcito?

-           Pero estaba dormida.

-          Vinicio se quita la ropa, y hace que su compañero ocasional lo haga.

-           Chúpala.

-           ¿Tienes condón?

-           Carajo. No tengo nada.

-           Es que…

-           ¿La quieres? Mira cómo se pone grande y dura.

-          Efectivamente, la verga de Vinicio comenzaba a adquirir sus ventajosas proporciones. El chico sabe que esta oportunidad difícilmente se repetirá; por otro lado, la contextura del dirigente es recia. La chupa.

-           Ponte en cuatro.

-          El chico adopta la postura en la cama, y Vinicio se inclina a hacerle un magistral beso negro. El chico se contorsiona de placer. Entonces, Vinicio le pone su glande en todo el ojo del culo.

-           Usa condón, por favor. ¡Ayyyy!

-          Vinicio se la zampa toda, y empieza a bombear. El otro chico supera el dolor, y se entrega al placer.

-          Media hora después, Vinicio bota toda su leche sobre la espalda del chico.

-          Tras limpiarse, regresa a la cama con el dirigente.

-           Así que te quedarás en Lima unos días. ¿Hasta cuándo?

-           Hasta esta tarde. ¿Por qué? ¿Quieres más?

-           Iré a Piura en dos meses. ¿Me dejas tu teléfono?

-           Claro. Pero bien caleta, ¿ah? Anótalo.

 

(CONTINUARÁ)

 

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viernes, 6 de septiembre de 2013

Cuaderno de Obra (20)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Una lluvia intensa se abate sobre el lugar. En el cuarto de los padres de Coco, las ropas de Renzo y Tito se extienden sobre unas sillas, tratando de que se sequen. En la cama, bajo las cobijas, los cuerpos desnudos de ambos se entrelazan no sólo buscando calor, sino algo nuevo. Se besan. Se acarician. Siente su excitación en lo bajo de sus vientres.

Tito gira y logra acostarse sobre Renzo.

-          Perdóneme, pero no pude resistir.

-           Yo creo que debo pedir perdón.

-          Ambos vuelven a besarse intensamente. Tito comienza a frotar su largo y grueso pene sobre el pubis de Renzo, quien le abre las piernas, le ofrece su cuello. Entonces, los gemidos aparecen, hasta que Renzo reacciona.

-           No, Tito. No puedo.

-          El muchacho para, se desconcierta por un segundo, pero logra entender la situación.

-           Es tu pareja… digo, su pareja, ¿cierto?

-          Renzo afirma con la cabeza. Entonces Tito se acuesta a su lado.

-           Perdóname. No puedo hacerte el amor, aunque…

-           ¿aunque?

-           Me gustas, Tito. Me gustas desde el primer día que te vi.

-           Pero eres ajeno… como la canción de Eddy Herrera.

-          Tito se levanta de la cama, a ver la ropa. Renzo puede ver la amplia espalda, el culo levantado, las fuertes piernas.

-          Tito abre un poco la ventana.

-           Está pasando la lluvia. Podemos salir. ¿Vino en carro?

-           No. Llamaré un taxi.

-          Cuando Renzo termina de llamar, Tito le alcanza su ropa.

-           ¿sabe algo, ingeniero?

-           Tito, deja de tratarme de usted. Aquí no somos superior y subordinado. En el trabajo sí.

-           Bueno. ¿Sabes algo, Renzo? Yo… también sentí que te hice el amor. Mejor dicho, que intenté hacerlo. Lástima que no estés libre. Todos estos días me he dado cuenta que no eres como los demás chicos,porque -¿para qué te lo voy a negar?- he tirado con varios, pero sólo fue eso: sexo.

- qué lindo eso que dices, Tito. Perdóname otra vez.

-          Un claxon se oye afuera. Renzo se viste rápidamente. La ropa no está seca del todo.

-          Al llegar a la puerta de la casa, Renzo da una última instrucción.

-           Toma el día libre, si lo deseas. Igual llegaré un poco tarde, como a las diez.

-           Claro.

-          Cuando el taxi se retira, Coco se le acerca y lo palmea en el hombro.

-           Bien con el ingeniero, agarra’o. pero no duraste mucho.

-           No pasa nada. No creo que vuelva a pasar.

-          Tito sale de la casa, y se va corriendo a la de Juan, pues la lluvia vuelve a arreciar.

 

Al iniciar la jornada en la obra, a las ocho de la mañana, los obreros se apiñan a recibir instrucciones. Juan va a ver las herramientas para iniciar los trabajos con las armazones de las columnas que faltan. Al llegar, el encargado de almacén le tiene una noticia inesperada: las herramientas se han perdido.

Juan va a reportarlo al capataz.

-          Pero si usted es el encargado de esas herramientas. ¿Cómo pudieron haberse perdido?

-           Yo las entregué ayer. Aquí está mi cargo.

-          Juan alarga un papel firmado. El capataz le pide esperar un momento.

-          Tras unos minutos, Eduardo le pide ingresar a su oficina.

-           Mire, don Juan. Lástima que aún no llega el ingeniero Renzo para que tome parte de esta decisión, pero sin herramientas no se puede avanzar. Así que… hasta que no resolvamos este hurto, porque lo es, lo separaremos de la obra.

-           ¿Qué?

 

A las nueve, Tito recién se levanta, se baña, sale a prepararse desayuno, y se va a cambiar para ir a la obra, cuando escucha que cierran la puerta de la calle, de golpe.

Sale rápido, y encuentra a su tío Juan ofuscado.

-          Me sacaron de la obra.

-           ¿Cómo que te sacaron?

-           Se perdieron las herramientas que me encargaron.

 

Renzo llega a las diez y media a la obra. Tras disculparse por la tardanza con Eduardo, entra a su oficina: Tito lo espera molesto.

-          Ya me doy cuenta cómo eres. Todos ustedes son iguales. Si no les dan huevo, o no les dan el culo, se vengan.

-           Tito, ¿de qué hablas, por favor?

-           No te hagas. Le escondieron las herramientas a mi tío. Lo botaron. ¿Fue porque no te hice nada?

-           Tito, ves que acabo de llegar. ¿No recuerdas que planeamos lo de espiarlos?

-           ¿Me juras que no sabes nada, acaso?

-           ¿Nada de qué?

-          Tito le cuenta los detalles. Renzo lo entiende todo.

-          Cuando Renzo va a buscar a Eduardo se encuentra con Jonás.

-           El ingeniero ssalió. Viene luego. Parece que el tío es medio choro, ¿no?

-           ¿Tienes pruebas, acaso? Porque si no tienes nada, debes morderte la lengua.

-          Renzo sale ofuscado. Jonás se queda pensando que mejor sería morderle la boca.

 

Por la tarde, en la agencia de transportes, Vinicio, Ezequiel y una dirigenta esperan el autobús a Lima.

-          ¿Y tu dirigente joven? Ya va a ser hora.

-           Falta veinte minutos aún.

-          Una señora llega.

-           ¿Usted es don Vinicio?

-           Sí, señora. ¿Qué pasó?

-           Mi Lucas no podrá viajar. Anoche le dispararon en la pierna. Necesito ayuda.

-          Por los altavoces, empiezan a llamar a los pasajeros.

-           Ya. El lunes en el Sindicato veremos qué podemos hacer. Tengo que irme, señora. Vamos compañeros.

 

Al día siguiente, a primera hora, Renzo llega a la clínica donde convalece Gustavo. se encuentra con su hermana, Dora.

-          ¿Cómo está?

-           Habla algo, pero sigue con suero.

-           Bendito sea Dios… dime que puedo verlo, aunque sea un instante.

Dora le dice que sí.

Renzo se pone un traje quirúrgico e ingresa al cuarto. Gustabo está sobre la cama, con los ojos cerrados.

-          Cuando Renzo verifica que nadie lo ve, lo acaricia en la cabeza. Gustavo abre los ojos; sonríe.

-           Tranquilo. Ya vine. Te dejo una semana y algo te pasa.

-           Per… ddóna… me por…

-           Tranquilo. Todo estará bien.

-           No… no está… bien.

-           Tavo, no digas eso.

-           Ren… zo… Ten… ten… tengo… V… VIH.

 

(CONTINUARÁ)

 

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