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viernes, 4 de octubre de 2013

Cuaderno de Obra (40 - final)

Creado por N-Azz. Escrito y creado por Hubnk01 y N-Azz.

 

El sol se pone a lo largo de la costa de Talara. Gustavo trata de hallar Consuelo en esa imagen naranja, ocre, marrón clara. Una lágrima se le rueda por la mejilla, mientras casas, dunas, balancines de bombeo de petróleo pasan a velocidad frente a sus ojos.

Eduardo, violando las reglas de tránsito, termina de hablar por su celular mientras conduce.

-          ¡Despierta! ¿Quieres la mala o la buena?

-           Creo que la mala ya la sé, Eduardo.

-           No, no es ésa. La gente ha detenido al capataz y a los obreros. Han pedido la presencia de un  Fiscal o aplicarán justicia popular.

-           Entonces, ¿cuál es la buena?

-           Parece que hallaron un cuerpo… Lo siento, Gustavo.

-          El abogado musculoso agacha la cabeza, y rompe a llorar. Eduardo prefiere no decir nada.

-          Tras pasar el peaje de Talara, un policía les hace señas de detener la camioneta. Gustavo lo ve y se pone nervioso

-           Mierda. La cagada.

-           Carajo. Disimula, mierda.

-          Un policía joven y simpático se acerca.

-           Disculpe, señor. ¿Documentos?

-           Claro.

-          Eduardo saca su brevete, la tarjeta de propiedad y el SOAT con toda la naturalidad que puede, mientras Gustavo suda frío.

-           ¿Y operativo de qué es?

-           Contrabando desde Ecuador. Todo en orden, mister. Puede continuar.

-           Gracias, héroe.

-          El policía sonríe seductoramente. Eduardo avanza.

-           ¿Ya ves, carajo? Negro de mierda. Todos los neghros son así. Tremendo trozazo por las huevas, carajo.

-          Cuando llegan a la quebrada La Débora, notan, ya al anochecer, que otra patrulla los espera del otro lado del puente. Gustavo se desespera otra vez.

-           Esto ya no es contrabando, Eduardo. Da vuelta. ¡Da vuelta!

-           ¡Oe! ¿Estás loco? ¿Qué tienes?

-          Gustavo no sabe de razones, y con todas sus fuerzas pone sus manos en el volante, forzando a que Eduardo haga una maniobra tan brusca que le hace perder el control.

-          De pronto, la camioneta se sale del puente, rompe la barrera y cae varios metros hasta el fondo seco de la quebrada. Apenas impacta contra el suelo, se forma una gran bola de fuego.

-          Los policías reaccionan y bajan de inmediato a tentar un penoso rescate…

 

A las nueve de la noche, Juan llega al hospital. Miguel está sentado, totalmente descompuesto.

- ¿Novedades, hijo?

- Nada. Resignarnos nomás.

Juan entra a la habitación que está frente a él. La madre de Tito está llorando en una silla, mientras junto a la cama está Renzo acariciando la cabeza de Tito, quien tiene puesta una mascarilla de oxígeno.

Juan se acerca y nota que Renzo está contemplativo. Su rostro tiene una curita en la mejilla izquierda. Entonces, ambos se miran.

-          Soportó el peso de los escombros con su cuerpo. Si no se hubiera acostado sobre mí…

-          Juan sigue en silencio.

-           Don Juan, tuvo razón hace unos meses cuando nos alejó. Le he hecho demasiado daño a Tito.

-          Juan saca ánimos de donde no hay.

-           Hay una nube de periodistas en la barriada. Mañana saldrá todo a la luz.

-           Pero Tito…

-           Ingeniero, tenga fe. Siempre tuvo fe. Tito confía en usted. Si se deja derrotar, lo perderá para siempre.

-          Renzo se pone de pie. Mira a Juan.

-           Quizás sea lo mejor. Mire, ya hablé con la gente del hospital, y se lo dije a la mamá de Tito: todos los gastos que demande los cubriré yo. Incluso si tiene que rehabilitarse, o…

-           No piense en eso.

-          Renzo sale del dormitorio, llama por teléfono.

-          Un enfermero se le acerca.

-           Perdone, ¿usted trabaja en Acrópolis?

-           Sí. ¿Qué pasó?

-           ¿Podría identificar un cuerpo?

 

Al amanecer del martes, en un cuarto de hotel, en el centro de Chiclayo, Zacarías yace acostado boca abajo con el culo levantado. Jonás está arrodillado justo sobre él, agarrándolo de las caderas, mientras le clava sus 20 centímetros de verga dura y morena.

Jonás gime hasta que, saca su miembro, se desenfunda el condón y dispara su leche sobre la espalda del burgomaestre.

-          Ahhhhh. ¡Mierda! ¡Qué rica culeada!

-          El alcalde se voltea, se masturba y dispara su blanco y pegajoso fluído contra su abdomen.

-           Rico mañanero. Bañémonos y regresemos. Hoy llegará el gerente regional.

-           Ya manchaste la sábana, jaja.

 

A media mañana, Renzo, vestido de estricto traje quirúrgico, ingresa a otro dormitorio, donde una persona con vendas por todo el cuerpo trata de sobreponerse al dolor, más espiritual que físico.

- Dos muertos, ¿cierto?

- Sí. Fue horrible reconocer ese cuerpo anoche. Si no fuera por la cadena.

- ¿Y… Tito?

- Lucha por su vida. Los médicos prefieren darle pronóstico reservado.

- Renzo… perdóname.

- Ya. No hables más. Sé todo lo que tengo que saber.

- ¿Te… engañé.

- Mi trabajo, mi amor, mi solidaridad. Mentiste sobre el VIH.

Unos encargados entran, le piden a Renzo que se retire, pues van a trasladar al herido.

-          ¡Espera, Renzo! Voy a… reparar… las cosas.

-           Haz como mejor te parezca. Hasta siempre, Gustavo.

 

Jonás y Zacarías llegan a Piura sin problemas casi a la una de la tarde. Se detienen en una picantería de La Legua a comer algo típico. En ese lugar sí que se come rico.

Tras pedirse una gran fuente de ceviche mixto, ven un patrullero estacionarse en la puerta. Jonás sonríe.

-          Tombos hambrientos.

-          Los dos policías se aproximan a la mesa.

-           Señor Alcalde y usted, quedan detenidos.

-           Oigan, ¿qué hablan? ¿Se dan cuenta quién soy yo?

-          Jonás aprobecha y trata de salir hacia la cocina del local. Un policía lo persigue.

-          Al llegar al espacio, el policía le apunta con su arma. Jonás tiene a uno de los mozos aferrado del cuello, con un cuchillo sobre la yugular del joven.

-           Me haces algo y lo corto.

-           Señor, no oponga resistencia. Será peor. Entréguese.

-           No, carajo. ¡No, carajo!

-          El musculoso Jonás arrastra al desesperado mozo, lo usa como escudo para salir de la cocina. Se va hasta el corral del fondo. El policía lo sigue a cierta distancia sin dejar de apuntarle. Entonces, llega a un muro de adobe.

-          Jonás sabe que no tiene escapatoria, así que decide lo increíble: corta el cuello al mozo, y lo avienta al policía.

-          El efectivo no sabe a qué dar prioridad, y comienza a pedir auxilio a gritos.

-          Jonás trepa el muro, y cuando está a punto de salvarlo, su zapatilla se atasca en una horqueta. En un intento desesperado por soltarse, pierde el equilibrio y cae de espalda sobre unos toscos pedrones usados para construcción.

 

Medio año después, Renzo sale del Poder Judicial acompañado de su abogada, rodeado por una nube de periodistas.

-          Gracias por venir. Por ahora no haré comentarios. Les prometo que los convocaremos. Gracias.

-          Al fin, entra al escarabajo que Gustavo había comprado.

-           ¡Qué insoportables! No sé cómo les tienes paciencia, Renzo.

-           Modelé alguna vez. Ya tengo experiencia.

-           Por cierto, ¿aceptarás la propuesta de esa revista para posar… tú sabes…?

-           ¿es ilegal? Me estás costando una fortuna, y no tengo mucha chamba que digamos.

-           Ay, Renzo. Pero bastaba con que des esa declaración a favor de la unión civil.

- Por eso te digo: ¿es ilegal posar calatto?

-           Ilegal, no. Moral, bueno. Ashhh… ya eres grandecito.

-          Ambos llegan al estudio.

-           Gracias por jalarme, Renzo. Oye, ya sabes. Tranquilo que todo estará bien en mis manos. Que te vaya bien por Lima.

-           Gracias. Ah, Tito declara la semana que viene, ¿cierto? Salúdalo de mi par… mejor no. Mejor así.

-           Como quieras.

-          Renzo llega al edificio donde está el departamento que hace varios meses había comenzado  a compartir con Gustavo. Está prácticamente vacío. Sólo hay cajas.

-          Chequea su boleto de avión otra vez. Partirá mañana a primera hora.

-           Adiós, Piura.

-          Alguien toca la puerta.

-           ¿Y ahora qué se me olvidó? ¡¿Quién?!

-          Del otro lado de la puerta se siente que alguien pega algo al madero. Con cierta dificultad escucha algo familiar: “Eres tú, nadie más, a quien quiero yo amar, y una rosa lo sabe”. Es la voz de Christian Domínguez.

-          Renzo se agita, abre la puerta.

-          Un gran ramo de rosas rojas se presenta ante sí.

-           Pedido para el ingeniero Renzo. Es de alguien que dice que su amor es bien grande… bueno, y otras cosas también.

-          Renzo sonríe y llora conmovido, recibe las rosas, las deja sobre la única silla que encuentra, hace pasar al mensajero, cierra la puerta, y lo abraza.

-          El mensajero se voltea la gorra y da un beso profundo al ingeniero.

-           ¡Qué buena propina!

-           Loco.

-           ¿Siempre te vas a Lima mañana?

-           Ess lo mejor.

-           No es lo mejor. Tú lo sabes… “Eres tú, nadie más, a quien quiero yo amar…”

-          Renzo y Tito se besan otra vez, hasta que el primero completa el verso.

-          Y tus rosas lo saben.

 

A la mañana siguiente, Tito despierta con unos trinos en el patio de su casa. Está desnudo, apenas cubierto por una sábana. Las rosas que había dejado el día anterior están en un florero en su mesa de noche. No hay nadie más.

Su primer pensamiento es para Renzo, cómo lo conoció cuando se puso la primera piedra, cómo entró a trabajar, cómo espiaron ambos, cómo casi lo violan de no ser por sus vecinos, cómo le salvó la vida una y otra vez. Sonríe.

en el piso está su hilo dental rojo, su uniforme de trabajo como stripper. No es la mala persona que pensaba que era. Es alguien admirable con un trabajo poco peculiar… o quizás pa’ culear.

Al fin se levanta, y así con su estampa desnuda de dios griego va a la ventana a ver cómo el sol se divide en haces entre las plantas del jardín de su casa.

-          Te amo, Renzo. ¡Te amo, Renzo! ¡¡¡Te amo, Renzo!!!

-          Alguien abre la puerta de su dormitorio.

-           OK. Ya lo sé, pero no es necesario que espantes a los vecinos.

-          El adonis calato  se voltea, y sonríe mostrando sus hermosos y blancos dientes.

-           Tito, o controlas esa boca, o la controlo.

-           ¿Ah, sí? ¿Y cómo? ¿A ver?

-          Renzo se aproxima y le estampa un beso francés, que es preludio a otra gran jornada de pasión.

-          El vuelo que tenía que llevarlo a Lima ya partió hace tres horas.

 

FIN.

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

jueves, 3 de octubre de 2013

Cuaderno de Obra (39)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Golpes en la puerta del departamento que Gustavo y Renzo comparten, mejor dicho compartían. Es Eduardo.

Lo primero que le llama la atención al recién llegado es la papelería dispersa sobre la mesa.

-          No me digas que Renzo lo hizo. ¿Lo descubrió finalmente?

-           No. Yo estoy viendo si él ha visto algo más. Se fue definitivamente de aquí. Usó a su asistente como su mula de carga.

-           ¿Y descubrió algo?

-           No, parece que no. Sólo me descubrió a mí cachando con su asistente.

-           Pero recuerda que Tito y él nos estuvieron espiando. Ahora Renzo es más peligroso que antes: sabe mucho, está despechado. Es una mezcla explosiva.

-           ¿Qué hacemos entonces?

-          Eduardo se acerca a Gustavo, lo toma de la cintura, y lo besa en los labios.

-           Relajémonos. Tú sólo encárgate de encubrirlo todo.

 

Al día siguiente, como todos los lunes, Renzo acude a trabajar temprano. Revisa documentos y apuntes en su oficina, cuando súbitamente entra Juan con un papel.

-          Inge, su orden del día.

-          Juan mira a ambos lados.

-           Inge, por nada del mundo…

-           ¿Ingeniero Renzo?

-          Es Ezequiel, quien entra de improviso. Renzo se sorprende, recela.

-           Juan, quédese.

-           Disculpe, ingeniero. Sólo vengo a dejarle esto.

-          Ezequiel alcanza un sobre, e incluso lo abre para que Renzo no desconfíe y le muestra el contenido: papeles. Le deja el sobre encima de la mesa y se va.

-          Juan y Renzo se quedan sorprendidos, hasta que el segundo descubre los impresos y las notas.

-           Santa Madre Mía. ¡Las pruebas! Don Juan, necesito que lleve esto urgente a su casa. Yo lo encubro. Eduardo aún no llega. Por favor.

-           Pero, ingeniero.

-          Renzo guarda todo y pone el sobre en las manos de Juan.

-           Por favor. Vamos a salvar vidas.

-           Ya, ingeniero, yo lo llevo, pero tiene que…

-           ¡Ingeniero!

-          Un obrero entra, le urge ir a la construcción para verificar unos insumos. Renzo disimula, se pone serio.

-           Señor Juan, aquí está para trabajar, no para huevear. ¡Haga lo que se le ordena!

-           Si, ingeniero. Como ordene.

-          Renzo toma su casco blanco, y se va de su oficina.

-          Juan se aferra al sobre. Mira a ambos lados. Sin perder tiempo, va corriendo a su casa. Su siguiente plan es refugiarse allá.

 

Gustavo y Eduardo llegan a Máncora. Son casi las once. Nada más se alojan en un discreto hotel, el ingeniero hace unas llamadas. Gustavo abre la ventana: es una mañana soleada, el mar rompe alto, varios surfers corren a lo lejos.

-            Todo arreglado. Zacarías y Jonás están por Chiclayo. Se quedarán todo el día.

-          Gustavo tiene el rostro sombrío.

-           ¿Seguro que esto es correcto?

-           Ya olvídate de Renzo. Decide: nos quedamos acá a tirar como anoche, o vamos a ligar con esos surfers. Serán todo lo cuerpotes que quieras, pero a la hora de la cama, saben darte el culo.

 

A lo largo de esa jornada, Renzo ha estado yendo y viniendo de la construcción, verificando medidas, viendo detalles. Sólo queda una semana para entregar la obra.

Toma su casco nuevamente y camina hasta ella. Debe verificar lo que será un baño.

En la pieza, toma medidas, hace apuntes. De pronto, siente que las paredes crujen.

-          Dios mío, no puede ser.

-          Se queda en silencio. Otro crujido. Mira a su derecha: una fina grieta se hace en toda la pared.

-           ¡esto se va a caer!

-          Va a la puerta para alertar al personal, cuando Wilo, el asistente de Eduardo lo bloquea blandiendo una varilla de construcción. Renzo no sabe qué hacer.

-           Hasta aquí nomás, ingenierito. Sabes demasiado.

-          Wilo levanta la varilla. Renzo cierra los ojos esperando lo peor.

-          Entonces, ¡ungolpe!

-          Renzo abre los ojos. Está ileso, pero en la puerta ve dos pares de zapatos, uno encima del otro. Entonces, uno de ellos se incorpora: es una figura familiar.

-           ¡¡Tito!!

-           Renzo. Tranquilo. Todo está bien. Tranquilo. Yo estoy aquí.

-          Renzo se abraza fuerte a Tito, llorando.

-           Dime que esto es real.

-           Tranquilo. Vine tan rápido como pude.

-          Renzo reacciona.

-           ¡Tienes que salir de aquí! ¡Esto se va a derrumbar!

-           ¿Y tú?

-           Recojo esos papeles y te sigo. Pasa la voz a todos.

-           No, te ayudo. No te dejaré solo.

-          Los dos recogen los papeles que Renzo había tirado, hasta que, por fin, los tienen todos unidos.

-           Salgamos.

-          En sólo segundos, ambos se miran, se besan profundamente en la boca.

-           ¡Salgamos!

-          Entonces, se escucha un ruido ensordecedor, que asusta a todos, mientras paredes, ladrillos y techo se vienen abajo.

-          Cuando todo el mundo reacciona, el capataz llama a todos por su nombre. Todos responden.

-           Listo. Todos estamos bien. A limpiar.

-           ¡¡¡Nooooo!!!

-          Juan llega con varios vecinos armados conpalos y piedras.

-          El capataz y los obreros no saben qué hacer, porque ahora los rodean.

-          Juan se acerca al capataz.

-           El ingeniero y mi sobrino. ¡El ingeniero y mi sobrino, te he dicho, reconchatumadre!

-          El capataz reúne algo de cínico valor.

-           Ya fueron, Juan. Ya fueron.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Cuaderno de Obra (38)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Es domingo. Orlando piensa que la cárcel y la libertad no tienen mucha diferencia: hay que saber sobrevivir. Su estrategia es tan simple como ofrecer cortes de pelo, especialmente a los reos más rudos, con su culo como un jugoso y bien acogido extra. De algo sirve jugar voley.

Está cortando el cabello a un sicario, cuando llega un policía.

-          Mariposita, tienes visita.

-          Orlando acompaña al atlético uniformado con cierto recelo. La última vez que lo hizo terminó ofreciendo ese jugoso culo a él y a otros dos policías. Ni modo, es parte de la supervivencia, cree el peluquero.

-          Llega a la sala de visitas, y se sorprende. Hay una chica, quien está acompañada por… Renzo.

 

al mismo tiempo, Gustabo, apenas salido de la ducha, pues acaba de hacer algo de gimnasia en el departamento, va a atender la puerta.

-          Buenos días, doctor.

-           Lucas. Pasa.

-          Ni bien cierra la puerta, ambos se abrazan y comienzan a besar.

-           ¿Así tan rápido?

-           Yo prefiero ganar tiempo. Quiero tirarme un buen par de polvos contigo.

-          Gustavo termina de decir esto, cuando se afloja la toalla que tiene a la cintura, quedándose desnudo. Lucas deja sacarse el polo, el jean, el boxer. Dos vergas duras se chocan. Es el preludio de una mañana de placer.

 

-          - Descubrí que tenía mano pa’ los negocios cuando era chibolito. Desde que entré a la secundaria, vendía cositas, hasta revistas porno. Cuando estaba en quinto, nos habían dejado un trabajo de investigación en parejas, y lo hice con el compañero más agarrado y más bruto del salón. Terminamos teniendo sexo en su cuarto. Estábamos en lo mejor, cuando su mamá nos descubrió. Fue horrible. Se lo dijo a mi papá. Cuando salí del colegio le dije que quería ser administrador. Me dijo que no, que no le pagaría estudios a hijos maricones. Me fui de mi casa. Un amigo mayor que es peluquero se apiadó de mí, y me dio chamba como aprendiz. Aprendí todo su arte. Luego él se fue a Lima. Peina a las modelos, las animadoras. Me dejó su negocio. Tuve buena clientela, pero los chicos fueron mi debilidad. Mi negocio casi quebró, así que tenía que hacer algo. Un amigo me dijo que podía empezar de nuevo en la barriada. Renací. Claro, no tenía encopetadas, pero tenía para comer, hacer mi casa, darle a mi viejita. Bueno, y para seguir disfrutando de los chicos, pero con más cabeza. Casi todos los del SC pasaron por mi cama, a cambio de no cobrarles un corte de pelo, o por plata. Así también llegó Tito. Cada vez que se cortaba el pelo, cerraba la peluquería, íbamos al cuarto, y dejaba que me hiciera mierda. Siempre me dijo que sólo era sexo, nada más. Yo comencé a templarme de él. Por cierto, su tío, Juan, también fue uno de mis machos. El caso es que me obsesioné con él. Cuando comenzó la obra, conocí a Jonás, el que era asistente del ingeniero Eduardo. Una noche estábamos tirando, cuando me dijo que usted le gustaba pero que no le daba por dónde, que estuvo a punto de hacerlo caer, y que lo salvaron. Él me dijo que usted se había templado de Tito, a pesar que ya tenía su pareja. Yo le dije a Jonás que daría cualquier cosa por tener a Tito como pareja. Él me dijo que me ayudaría. Luego llegó diciendo que sí había posibilidad. Yo no le creí, porque también sabía que Tito sentía algo por usted. No me pregunte cómo me enteré; sólo créame. Entonces, Jonás me empezó a hablar muy mal de usted. Llegué a pensar en usted como un rival. Jonás me contó que se habían dado cuenta de que usted y Tito espiaban la obra, y que usted era un irresponsable por jalar a Tito. Me enfurecí. Por eso lo ataqué. Ahí fue cuando conocí a su pareja, Gustavo. Por cierto, un churrazo su morenito. Perdón. Su… pareja le habló al fiscal para que no me detuvieran, pero me dijo que me portara bien. Una noche, después de tener sexo con Jonás, me dijo que me dejarían parte del material que estaban robando. Ahí conocí a dos obreros del sindicato de Vinicio. Sí lo conoce, ‘cierto? Resulta que él también le tenía puesto el ojo a usted, pero no le daba por dónde. Decidimos que lo mejor para todos nosotros era que usted se separara de Tito. Pero yo fui más allá. Contraté a los dos obreros, sólo para asustar a Tito, pero se excedieron. No contábamos con que los vecinos se ganaron. Me detuvieron otra vez. Su novio ya no me quiso ayudar. Que me joda, me dijo. Y… ya ve… me jodí a mis 35 años de edad… No me cree, ¿cierto?

-          Renzo se queda en silencio por largo tiempo.

-           No es eso. Es como si me hubiera armado el rompecabezas completo. Ahora entiendo muchas cosas. Muchas cosas.

 

En un escritorio del Sindicato, Vinicio tiene en sus manos un papel escrito en un lenguaje médico poco claro para él. Pero ya se lo tradujeron. Muchas veces le habían advertido que no lo hiciera sin condón, que era riesgoso, pero le llegó a la punta del huevo.

-          Un dirigente sidoso. ¿qué poder tiene un dirigente sidoso?

-          Mira todo. Parece estar en orden. Abre un cajón con llave.

-          Minutos después, un disparo se oye en todo el inmueble.

-          Cuando Ezequiel llega con la Policía, encuentra a Vinicio echado sobre su pupitre, una gran mancha roja en la pared, y un raro sobre: “Para el compañero Ezequiel”.

 

De vuelta en Piura, en la oficina de la abogada, Renzo busca recuperarse de su shock. La chica le da un vaso con agua.

-          ¿qué harás?

-           Creo que la respuesta es obvia. Ya no tengo nada que perder.

-           Ah, Renzo, antes que te vayas, encontré estos documentos que no son parte del caso. Creo que debes dárselos a Gustavo.

-          Renzo se despide, sale. Ya en la calle, siente cierta curiosidad, así que saca los papeles.

-          La vista se le nubla un poco, parece que va a desmayarse: es el Western Blot de Gustavo.

-           No está infectado. ¡No está infectado!

 

Gustavo se despierta sobresaltado. Está desnudo en su cama, abrazando a Lucas por la espalda. Lo remece.

-          Vístete, huevón. Ahora viene Renzo, y la cagada.

-           Pero quiero bañarme.

-           ¡No hay tiempo! Vístete al toque. Carajo, tres polvazos. La cagada si Renzo me pide pinga ahora.

-          Apenas Lucas se pone su boxer, cuando se queda estupefacto. Cuando Gustavo se voltea a apurarlo, no sabe qué hacer.

-           Tranquilo, Tavo, nunca más te pediré huevo. Nunca más te pediré nada. Y antes que te despida, Lucas, ayúdame a llevar mis cosas.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

martes, 1 de octubre de 2013

Cuaderno de Obra (37)

Creado por N-Azz. Escrito por Hunk01 y N-Azz.

 

Aunque Gustavo regresará al día siguiente, Renzo decide aprovechar el tiempo ordenando un poco el departamento. Sólo permanecerá allí por unas semanas más, hasta que la obra acabe.

Mueve muebles, limpia algunos objetos, y jala unas cajas con papeles que están en una esquina. Al mover la más pesada, el fondo cede, y varios documentos caen al suelo.

Renzo se sienta para ordenar los papeles tal como los halló, para que Gustavo no se enfade luego si acaso los revisa.

Organizando los documentos, halla un nombre que le suena familiar: Carga segura.

Revisa el contenido. Es una comunicación con la constructora donde le pide pagar las facturas por el servicio de transporte.

Renzo sigue hojeando los papeles. Hay varios entre esa empresa, la constructora y la municipalidad, y en todas se habla de cargas, aunque no se especifica cuáles. Sin ver más, los organiza, se pone un abrigo y sale a la fotocopiadora más próxima, con una gran interrogante en su cabeza: ¿qué hace Gustavo, su pareja, con todos esos documentos?

 

A las cuatro de la mañana, en el departamento que Gustavo y Renzo alquilan en Lima, y que ahora cuida Renato, dos siluetas se acercan a la cocina.

Cuando la luz se enciende, se trata de Gustavo y Tito, completamente desnudos.

-          ¿En serio quieres chocolate y no café, Tito?

-           Necesito calorías.

-           Bueno, después del trío de anoche, creo que los dos nos merecemos lo mismo. Te mueves muy bien.

-           Gracias. Se quedó jatazo el señor.

-          Gustavo sonríe y prepara las dos tazas de chocolate caliente. Le alcanza una a Tito, quien agradece.

-           No entiendo. Pensé que me iba a echar en cara que me prostituyo, que soy stripper… usted sabe… Usted es un profesional exitoso y solvente. Yo no.

-           ¡Bah! Aunque no lo creas, Tito, no tengo autoridad para criticarte. A tu edad también me prostituí, hasta hice porno gay. Así conocí a Renato. Digamos que fue mi… protector, mi mecenas. El toro sí se acuerda cuando fue becerro.

-           Me imagino que se lo contará a Renzo.

-           No. No lo haré. Y no lo hago porque vaya a pensar mal de ti. Él no es así. Lo hago para que ya no te recuerde. No tengo que hacer nada más. Tú mismo te has encargado de hacerte… impresentable ante Renzo. ¿O qué crees?

 

A diferencia de muchas contratistas, la que está haciendo la escuela se esfuerza por cumplir con los plazos. El trabajo es febril. La inauguración será pronto.

Justo antes de la hora de almuerzo, en la oficina del residente, Lucas sigue avanzando reportes.

-          ¿Hola?

-          Al levantar la vista se encuentra con Gustavo, quien trae un regalo.

-           El inge está supervisando. Dijo que lo espere. Que no se tarda.

-           OK. Esperaré… Oye, ¿Lucas? ¿Puedo hacerte un comentario?

-           Claro.

-           Eres… simpático.

-          Lucas se sonroja.

-           Gracias, doctor. Usted… también lo es.

-           ¿Tienes celular? ¿Por qué no me lo pasas? Tranquilo. Renzo no se dará cuenta.

-           ¿Para qué?

-          Gustavo le guiña un ojo y se toca el paquete. Lucas le dicta el número.

-           Listo.

-          En eso llega Renzo. Cierra la puerta, se abraza con su enamorado y lo besa en la boca.

-           ¿Vamos a almorzar?

-           Vamos, inge.

 

Vinicio es dado de alta en el hospital. Tras su colapso, fue internado pues le detectaron una fuerte deshidratación. Ezequiel lo recoge.

-          ¿A dónde me llevas?

-           A mi casa, Vinicio.

-           No. Llévame al Sindicato.

-           No estás bien. Descansa un día por lo menos. Ya mañana te reincorporas.

 

Esa noche, tras cenar, Gustavo y Renzo se desmudan y vuelven a compartir una sesión de sexo y pasión. De nuevo, el cuerpo del abogado ha vuelto a ser esa mole de músculos firmes, que durante una hora bombean el ano de su enamorado, hasta que por fin eyacula.

-          Qué rico, Tavo. Me vuelves loco cada vez que me haces el amor.

-           Tú me vuelves loco cuando mueves el culo así.

-          Ambos se besan.

-           Oye, cambiando de tema, ¿te dieron medicina?

-           ¿Medicina? Claro. De aquí me toca tomarla. Te pasaré las horas.

-           ¿Sabes que al inicio choca?

-           Sí. Pero aquí estarás tú para no dejarme salirme, ¿no?

-          De pronto, el celular de Renzo suena en la sala. Da un beso a Gustavo y se va atender. Ya solo, el abogado piensa que debe elaborar un plan para que, cuando ambos regresen a Lima, no se cruce con Tito, y para que tampoco se dé cuenta que no está infectado con VIH. Quizás inventar una curación “milagrosa”, o quizá hacer pasar los anabólicos por antirretrovirales.

-          Al fin, Renzo regresa, y se acuesta junto a su enamorado.

-           ¿Quién era?

-           Una gerenta del Gobierno Regional. Quiere que le haga una consultoría externa. Tranquilo. La haré desde Lima.

-           Ah, ya me estaba preocupando.

 

Al día siguiente, Renzo se escapa de la obra, y va a ver a la supuesta gerenta. Es, en realidad, una abogada joven, que conoció en un compromiso.

-          ¿qué fue lo que hallaste?

-           Mira, Renzo. En una primera hojeada, fuertes evidencias de un negociado entre tu constructora, la municipalidad, esta proveedora y hasta el Sindicato. Tendría que atar más cabos.

-           ¿Y cómo está implicado mi pareja?

-           Sólo archivaba los documentos. No hay mayor implicación. Por cierto, aquí aparece un nombre, un tal Orlando. Hay una orden del fiscal. ¿es empleado de la constructora?

-           No que yo sepa. Es un peluquero del barrio donde hacemos la escuela. Una vez quiso atacarme, y ahora está en el penal.

-           Qué raro que esté aquí.

-           Oye, ¿puedes hacerme un favor?

 

Gustavo está con el cliente que el estudio tiene en Piura, cuando recibe una llamada de Renzo.

-          Hola amor… ¿El domingo…? ¿Quieres que te acompañe…? Ah, entiendo… Normal. Sobreviviré un domingo sin ti, jaja… ya, nos vemos a la una.

-          Apenas corta, Gustavo hace otra llamada.

-           Hola, ¿Lucas? Soy Gustavo… Oye, ¿qué haces este domingo por la mañana…?

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.