jueves, 9 de agosto de 2012

La Parcela (13): ¿Infieles?

Muy asustado, David se levantó su calzoncillo y su pantalón (y casi se magulla su pene parado con la cremallera), mientras que Nando aprovechaba que el primero se interponía entre él y la persona en la puerta para alzarse su bermuda y ponérsela, casi tropezando.
-         Tranquilos, muchachos. Soy Pancho. Normal.
Nando se pegó a unos archivadores, aún con la pinga parada y húmeda, mientras que David se puso, como sea, su polo. Pancho, por fin, entró a la oficina.
-         Nando, benía a avisarte que ya hicimos una aplicación en la fila que nos dijiste, pero queremos saber si es necesario seguir o ahí lo dejamos.
-          Esteee… no… ahí nomás déjenla.
Aún semi-erecto, Nando salió de la oficina hacia su dormitorio. Apenas trasponía la puerta, cuando Jano salía de la casa grande hacia donde él estaba.
-         ¿Y ese estilo veraniego?
-          Nada. Vine… vine a ver unas cosas que quería David.
Jano notó el bulto, presintió la respuesta por compromiso, y un extraño sentimiento de frustración lo inundó, pero se negaba a explicarlo.
Nando se fue, ligero, hacia su dormitorio.

Allí, esa misma noche, él, Raúl y Pancho jugaban una partida de cartas. A pedido del primero, el dueño de la baraja, con apuesta deducible de su primera quincena. Los tres estaban desnudos, pero relajados.
-         Oye, Nando, ¿qué quería David?
-          Nada, Raulito. Sólo quería ver una cuestión sobre los fertilizantes.
-         Nando alzó su mirada hacia Pancho, esperando que se revelara lo que pasó esa tarde, pero el moreno musculoso estaba abstraído en ver si en su mano podía armar grupos de naipes para hacer, al menos, un punto.
-          Ya, Raulito, te toca.
-         Nando pasó los dedos de su mano por la raja del culo de su amigo.
-          Suave, huevón… Mira: seis y cinco son once, y once sobre la mesa… ¡punto!
Pancho entendió que no ganaría esa partida bajjo ningún aspecto.
-         Muchachos, me cancelo. Voy a tomar agua, pero juego la revancha.
-         Los otros dos sonrieron, mientras el moreno se ponía un short y salía del dormitorio hacia la cocina. Nando aprovechó para volver a tocar el culo a Raúl.
-          ¡Suave! ¿qué dirá Pancho?
-          Puta, huevón. ¿De dónde crees que lo sacó Jano? ¿De un convento?
-          De todas maneras.
-          ¿Qué pasa? No me digas que te gusta.
-         Raúl no se atrevió a mirar a Nando y se fijó en las cartas. Entonces sintió un peso en su espalda.
-          Así que te gusta el negro, ¿no? Yo pensé que te agradaba la carne blanca.
-         Nando sonreía mientras movía su cadera sobre el trasero de Raúl.

-         Pancho llegó a la cocina y se encontró con David viendo algo en la lap-top. Cuando el administrador advirtió al moreno, cerró la tapa del aparato.
-          Hola, Pancho. Estaba avanzando trabajo.
-          AAh. Yo sólo vengo a tomar agua.
Pancho se sirvió el líquido, y se sentó al costado de David, quien vestía un bibidí y una bermuda suelta.
-         ¿Te incomodo? Si quieres, me voy.
-          No, Pancho. Esta cocina es de todos, sino que no quería hacerle bulla a Jano que está jateando como bebé.
-          Ah. Oye… ¿y puedo hacerte una pregunta incómoda y personal?
-          ¿Lo que pasó hoy? La verdad ni yo mismo me explico. Pasó. Así de simple.
-          ¿Es la primera vez que te pasa en el trabajo?
-          Sí. Normalmente haces el contacto en la oficina, y luego vas a otro lado, pero esta vez no sé qué me pasó. ¿Y a ti te sucedió?
-          Una vez, en la oficina de una profesora. Estaba esperando notas, y… tú sabes… se dio, y tiramos.
-          O sea, ¿eres hetero?
-          No. Esa fue una de las pocas veces con chicas. A mi me gustan los patas.
-          ¿En serio? ¿Y cómo te gustan?
-          Chéveres, sencillos, descomplicados, como ustedes, como tú.
Ambos se quedaron en silencio, se miraron a los ojos, sonrieron, y, sin más preámbulo, acercaron sus cabezas para besarse en la boca. Primero algo superficial, pero ambas cavidades fueron ampliándose hasta permitir un combate de lenguas. Se separaron.
-         Besas rico. Tienes talento, ¿ah?
-          Jano me enseñó. Además de los números, ése es mi fuerte.
-          A mi también me enseñó él. Aparte de los ejercicios y las rutinas, dicen que soy bueno con la boca.
-          Habrá que probarte.
-         Pancho y David volvieron a besarse, hasta que el fortachón sintió cierto remordimiento, y se separó.
-          Disculpa. No debí hacer eso.
-         Pancho terminó su vaso con agua, salió de la cocina y regresó al dormitorio. David se quedó desconcertado.

-         Al llegar, Pancho vio cómo Nando estaba acostado sobre Raúl, con las piernas abiertas, y bombeando sus nalgas de arriba hacia abajo. La luz pudo dejarle ver el miembro de Nando entrando y saliendo del ano de Raúl. Ambos jadeaban.
-         Sin decir nada, sin hacer ruido, Pancho regresó a la cocina, martillándose la cabeza. ¿Acaso la deslealtad al objeto de seducción puede desencadenarla en otro lado? ¡Vaya misterio!
-         Al reingresar a la cocina, con sigilo, vio el rostro de David iluminado por el resplandor del monitor. Uno de sus brazos se agitaba bajo la mesa. Algunos gemidos masculinos se escapaban de la máquina.
-          Disculpa. Estás viendo porno, ¿cierto?
-         David se asustó. Pancho dio un par de pasos.
-          Déjame ver, por favor.
-          Ven.
-         Pancho se sentó al lado de David, muy junto, rozando pierna con pierna. Se miraron otra vez. Se besaron profundamente de nuevo, abrazándose.

La noche para ambos terminó en el cuarto de David, donde Pancho se tendió boca arriba sobre la cama, dejando que su anfitrión recorriera desde su boca hasta su pene, pasando por cuello, tetilla y ombligo, con sus labios y lengua.
-         De inmediato, David comenzó a chupar los 19 centímetros al palo de Pancho, metiéndoselos a la boca con dificultad, pero con cierta técnica que sólo arrancaba suspiros al grandulón.
-          Vaya, sí que eras malogrado, huevón. La tienes realmente grande.
-          ¿Te gusta? También chúpame los huevos. Así. Ah. Así.
-         La boca y la lengua de David tomaba indistintamente cada testículo humedeciendo los vellos que tapizaban el moreno escroto.
-         Pancho separó más sus piernas, y comenzó a elevarlas lentamente. David lamió el perineo, y lentamente se fue acercando con la lengua a la raja de las nalgas.
-          Sigue. Ah. Sigue así. Qué rico, huevón. Qué rica lengua.
-         En cuestión de segundos, el ano de Pancho era hábilmente humedecido por el administrador, quien acariciaba piernas y nalgas con las manos más que abiertas. Pancho no cesaba de jadear y suspirar arrechamente, hasta que David se arrodilló, colocando su verga de 16 centímetros en la misma entrada del culo velludo de Pancho.
-          ¿Quieres que te la meta?
-          Claro, pero déjame chupártela.
-         Pancho se arrodilló y se puso en cuatro, agachándose a chupar la pinga de David. La engulló toda de golpe, y comenzó a succionarla.
-         Varios minutos después, ambos se practicaban un increíble 69, donde sus bocas alternaban penes, testículos y anos.
-         Media hora después, David se ponía condón y le untaba lubricante para introducir su miembro en el orto del moreno, en la pose de piernas al hombro. No fue fácil, porque Pancho lo tenía cerrado; pero aún así, ambos resistieron el dolor de penetrar y ser penetrado.
-         David se meció por varios minutos, y cuando ya sentía que su leche iba a salir disparada, Pancho logró contraer su esfínter y expulsar el pene que lo taladraba.
-          Aún no las des.
-         Pancho agarró otro condón, se echó el resto del sachet de lubricante, embadurnó un poco en el ano de David, metiendo parte de su dedo índice. La entrada del falo tampoco fue sencilla, ya que se hizo lentamente, lentamente; primero la cabeza, luego el primer centímetro del cuerpo, y otro, y otro, y otro… David nno pudo resistir los 19 centímetros en su culo, por lo que Pancho debió moverse lentamente, y con cuidado. Claro que esto era una ventaja para el moreno porque duró más de media hora.
-         David ya no pudo más con el dolor.
-          Sácala.
-          Hay que pajearnos.
-         Pancho masturbó los 16 de David, y éste, el enorme falo de Pancho.
-         UN minuto más tarde, la leche de David se estrellaba contra el vello púbico y el abdomen bajo de Pancho.
-         Diez minutos después, el semen de Pancho ascendía velozmente hasta las tetillas de David y dejaba una blanca y resbaladiza película desde allí hasta sus piernas.
-         Ambos se vinieron otras dos veces, pero pajeándose, sobándose, chupándolas, besándose, rozándose. Tantas veces eyacularon, tantas veces compartieron la ducha.

-         Hacia la una de la mañana, ambos se quedaron dormidos.
-         A las cinco y media, Pancho dejó la cama. La aurora despuntaba tras los cerros.
-         Pasó junto al mini-gimnasio y lo ignoró, pues quería ducharse.
-         Al entrar al cuarto, vio a Nando y Raúl durmiendo de costado, abrazados. La pinga de Raúl estaba parada. Pancho salió raudamente a las duchas.
-         Raúl se despertó por la vibración en el suelo, y sólo alcanzó a ver la espalda y el culo de Pancho. Quiso hundirse en el colchón. Una inexplicable tristeza y nostalgia comenzó a invadirlo.

(CONTINUARÁ…)

©2012Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con personas, lugares y situaciones es pura coincidencia. Contacta a los autores dejando tu comentario aquí, o escribiendo a hunks.piura@gmail.com

miércoles, 8 de agosto de 2012

Fabricio (not available)

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Casa De-Formación (5): El cuerpo de dos hombres fuertes

A las cinco de la mañana, Manuel se despierta. Aún está oscuro.
Se baja de la cama y busca una camiseta algo raída y un short, el mismo que utilizaba para las clases de Educación Física. Un par de medias, zapatillas, y, sin hacer ruido, sale del dormitorio, donde se filtra la luz del alumbrado público.
Jonatan está durmiendo con la cara hacia la pared, destapado, sólo vistiendo un calzoncillo que consta de un taparrabo cosido a una delgada pretina elástica. Como ha flexionado una pierna, parte de la tela se le introduce entre las nalgas.
Manuel contempla al durmiente por unos segundos, gira lentamente la perilla de la puerta, y sale casi en puntillas. También se ha cuidado de que, al cerrar, no hiciera ningún ruido.
La azotea sigue con la luz prendida.
Gana la escalera y baja con cuidado pues está oscura. Abajo, el patio está iluminado. Según él recuerda, la noche anterior lo dejó con la luz apagada, por recomendación de los Reverendos.
A mitad de descenso, iescucha el ruido de metal que choca y luego unos jadeos…
Reduce su velocidad y se agazapa mientras sigue bajando.
Cuando ya puede ver al primer piso, descubre una persona vestida en un ceñido traje gris oscuro y  corto, acostada sobre la banca, levantando una barra con grandes discos a los extremos. La proyecta al cielo, extendiendo sus brazos, y luego la contrae llevándola sobre su pecho. Inspira. La regresa hacia arriba. Espira por la boca.
Repite la acción unas diez veces, y deja la barra sobre un soporte. Entonces, la persona se sienta.

-         ¿Reverendo Alexander?
El religioso voltea a verlo. Está sudando. Su copete tipo Elvis está destrozado.
-         Manuel… buenos días.
-          Buenos días. No sabía que estaba entrenando a esta hora.
-          Siempre lo hago. ¿Vas a entrenar?
-          Sí. Me gustaría, pero no sé cómo usar esos aparatos.
-          Yo te enseño. Ven.
El Reverendo Alexander sonríe, mientras Manuel se acerca con toda confianza.
El religioso va a una mesita, abre un cajón, y saca algo enrollado de color blanco. Lo extiende.
-         Quítate el polo, el short y las zapatillas.
Manuel se queda de una pieza, y mira casi con estupor a su superior. El Reberendo se ríe mientras desenrolla la cinta métrica y se agacha para sacar una báscula de baño (y, al agacharse, muestra un culo fuerte y sexy, más o menos prominente, que se le marca con la ropa ajustada, que se le mete por la raja entre las nalgas).
-         Necesito medirte y pesarte para saber qué rutina aplicar. ¿Nunca has ido a un gimnasio?
-          No. Nunca. – Manuel se queda en calzoncillo y descalzo (tenso), mientras la cinta le va aprisionando diferentes partes del cuerpo.
-          A ver. 116 de hombros… alza los brazos… 103 de pecho… 91 de cintura… 97 de cadera… separa tus piernas… 56 de muslo… ¡huau! 38 de pantorrilla… haz punche… así… 36 de bíceps: ¡bien!... sube acá… 74 kilos; ¿cuánto mides?
-          Metro setenta.
-          Mmmm. En general estás bien. Sólo hay que trabajar esos abdominales para marcarlos y reducir cintura un poco, aunque tu vientre se ve plano.
-          ¿Y cómo haremos eso?
-          Ejercicio y dieta saludable… Vístete que vamos a comenzar… por cierto, esa ropa no te va a permitir muchos movimientos.
-          Es la única que tengo… bueno y otros polos que uso para deporte.
-          OK. No te preocupes. ¿Comenzamos?
El Reverendo Alexandersaca unas colchonetas y enseña los primeros ejercicios. Mientras él también entrena, va mirando cada que puede a su flamante alumno, lo guía, y Manuel no tarda en sentir dolor en la zona abdominal.
-         Ésa es buena señal. Quiere decir que el ejercicio está haciéndote efecto.
La luz del amanecer comienza a competir con el foco del patio.
Ahora, el Reverendo le enseña a Manuel algunas lagartijas, y lo acompaña desafiándolo a hacer un poco más.
-         Listo. Suficiente por hoy. Vete a bañar. A las siete debemos juntarnos para la oración de la mañana.

Manuel regresa al dormitorio. Jonatan está desnudo, sentado sobre su cama, secándose los pies.
Esta vez, Manuel puede apreciar el miembro de su compañero de cuarto, flácido. No parece grande, y el prepucio claro, aunque arrugado, no deja ver el tipo de capullo que el joven tiene. Lo corona una matita de vellos cortos y  algo ralos (Jonatan es lampiño casi por completo, excepto algunos ppelitos en la parte baja de las piernas y las axilas); debajo, un escroto grande que descansa sobre el colchón, y sube y baja involuntariamente conforme el chico se va secando.
-         ¿Dónde estabas?
-          Abajo, entrenando… con el Reverendo Alexander.
-          Ah, con Alex. Pensé que ibas a entrenar conmigo.
Jonatan se pone de pie, cierra bien la puerta y se dirige a buscar su ropa.
Manuel puede ver, otra vez, el glorioso trasero de la víspera. Traga saliva, pues Jonatan se ha inclinado. Su pene comienza a endurecerse.
El chico desnudo consigue lo que busca, se voltea y sonríe al ver la cara de casi-éxtasis del otro formando , quien enrojece. Con la mano libre, el que sería símbolo de la  estética masculina de la Grecia de Oro le da una breve caricia en el cabello.
-         Anda, dúchate. Disculpa por quedarme dormido. Es la primera vez en mucho tiempo que duermo ocho horas corridas. ¿Sabías que dormir ocho horas es bueno para la salud?
Manuel busca su toalla, se quita las medias y las zapatillas, y se calza sus sandalias.
-         Pero prométeme que mañana entrenamos juntos.
-          Claro.
-          Ah, ponle seguro a la puerta para que te bañes tranquilo.

Justo al salir, Pedro hace lo mismo desde la habitación que comparte con Darwin. Va somnoliento. Lo ve, le da los buenos días con una sonrisa de oreja a oreja, y se queda estático.
-         ¿Demorarás en bañarte?
-          No creo. Salgo al toque.
-          Mejor te espero, ¿sí?
-          Ya.
Mientras Manuel entra al baño, Pedro se sienta en el sofá de metal que Jonatan transportó la noche anterior. Ve que las puertas de los dormitorios que ocupan los cuatro están cerradas.

Jonatan ha terminado de ponerse un pantalón de drill, fresco. Aún no lo abotona.
Unos golpes débiles se oyen en la puerta. ¿Manuel necesitará algo?
-         ¡Entra!
-          Hello!
Es Pedro, toalla al hombro. Viste un bibidí blanco y debajo un bóxer de licra del mismo color.
-         ¿Estás simpático esta mañana. ¿Dormiste bien?
-          Sí…. Gracias.
Jonatan se pone rápidamente una camiseta sin mangas. Va a peinarse.
-         Esa manga-cero te queda lindísima.
-          Gracias… ¿Necesitas algo?
-          No. Nada. ¿Te incomodo?
Jonatan lanza una mentira piadosa.
-         No. Para nada.
Para Pedro, esto es clave y da un paso dentro del dormitorio.
-         Huele rico aquí.
-          Creo que son las zapatillas de Manuel.
Pedro se ríe, tapándose la boca.
-         Me gusta tu sentido del humor. Eso te hace… atractivo.
-          Mira, Pedro: un favor bien grande. Cuando vengas acá trata de ponerte algo encima del bóxer. ¿Podrás?
Jonatan está mirando a los ojos de Pedro; pero, éste entiende que no es un gesto amistoso. Frunce el ceño.
-         Está biennn. Pero no deberías ponerte así conmigo. Sólo trato de ser tu amigo.
-          Y lo serás; pero, los amigos tienen reglas.
-          Entiendo. No volveré a molestarte. Bye.

Cinco minutos antes de las siete de la mañana, el Reverendo  Rafael llega y se sienta en la capillita, que es, en realidad, un hall del segundo piso ambientado con algunos trapos de colores. Enciende una vela, y se sienta a meditar. Luego aparecen los Reverendos Roberto y Alexander, quienes ocupan sus sillas en silencio.
Los chicos hacen barullo al entrar. Al ver el recogimiento, paran el ruido, y se sientan.
-         Tomémonos  las manos. Vamos a orar para que esta experiencia sea constructiva para todos nosotros.
Jonatan toma la mano de Manuel, éste la del Reverendo Rafael, éste la de Darwin, quien forma eslabón con los Reverendos Roberto y Alexandery éste último toma la de Pedro.
-         Cerremos el círculo.
Jonatan se aproxima a tomar la mano del último chico, pero éste la recibe hoscamente, como queriéndose liberar de ella. Jonatan lo mira seriamente, y termina aferrándosela con fuerza. El resentido mide las cosas… se deja… se complace… es la mano del ‘cuerazo’ de la casa sosteniendo la suya… siente una conexión.
Se estremece y suspira muy quedo.

Durante el desayuno, Pedro intenta hacer contacto visual con Jonatan. Esa mirada… esa mirada.
No lo consigue.
Tampoco durante las clases de la mañana, ni en la preparación del almuerzo, ni cuando comen, ni cuando Jonatan va a buscar a Darwin para entrenar (y lo espera por diez minutos a que se cambie –un strip-tease para Pedro, sin proponérselo).
De pronto, siente que alguien abre una puerta. Se asoma. No es en el dormitorio de Jonatan y Manuel –quien ahora está aprendiendo a tocar guitarra con el Reverendo Rafael-, sino en la pieza que parece vacía.

Espía.
Es Jorge.
Está barriendo lo que parece otro dormitorio, a juzgar por la cama y la cómoda en uno de los lados. En vez de ventana, tiene un tragaluz horizontal justo debajo del techo. Entra algo de sol que, con el polvo, forma un haz.
El ‘muchacho de servicio’ está desnudo del torso: grandes pectorales tapizados de vello casi imperceptible, abdominales marcadísimos, vrazos voluminosos, muslos enormes y pantorrillas de campeonato. Su gran trasero está oculto debajo de su short negro suelto pero entallado; delante, el paquete es evidente.
La presencia de Pedro parece no incomodarle, pues si antes apenas se veía su rostro, ahora mete más el tronco, una pierna, la otra pierna.
-         ¡Pedrito! ¿Qué hay?
-          Escuché… algo… y… vine a ver.
-          O sea, te gusta el polvo, ¿no?
La sonrisa palomilla de Jorge dice mucho para el delgado y adolescente espectador.
-         Entra. ¿Por qué no me ayudas a arreglar?
-          Vendrá alguien más?
-          Sí. Desde mañana, y debo dejar todo listo, probado y aprobado.
-          ¿Quién es?
-          Ya sabrán mañana.
Junto a Pedro, el dormitorio queda en condiciones en sólo cinco minutos más.
-         Terminamos rápido.
-          Sí, pero falta una cosa.
-          ¿El nuevo chico?
-          No. Probar la cama. ¿Me ayudas?
-          ¿Qué debo hacer?
-          A ver. Hagamos de cuenta que ya lo están usando. Entra el chico, y ¿qué hace?
-          Mmmmm. ¿Cierra la puerta?
-          Claro. A ver, mira si se asegura bien.
Pedro lo hace y lo confirma.
Jorge se sienta sobre el colchón, se descalza y se acuesta mirando al techo.
-         ¿Qué tal está?
-          Acuéstate a mi lado. Prueba por ti mismo.
-          Está biennnn… Parece cómoda, como la de mi cuarto.
-          Bien… Hace calor, ¿no?
-          Sí. Un poco.
-          ¿La puerta está asegurada?
-          Sí.
-          Me disculparás pero no aguanto.
-          ¿Quéee?
Jorge se saca el short. ¡Sorpresa! Debajo no hay nada… es decir, nada más que un gran miembro rodeado de pocos vellos. El glande apenas asoma al extremo. Pedro suda ffrío.
-         ¿Te… molesta que… esté así?
-          No… somos hombres… ¿no?
-          Claro… además amigos… bueno si me tienes confianza…
-          Claro que sí.
-          Si quieres, quítate la ropa.
-          ¿Seguro?
-          ¡Claro!
Jorge sigue mirando al techo. Pedro se desnuda hasta quedarse en el bóxer que incomodó a Jonatan. Su miembro está duro, algo que el spandex no disimula mucho. Si los amigos tienen reglas… éstas en particular le fascinan.
-         Jorge…
-          ¿Qué?
-          Se te ha parado.
-          ¿sí? – Jorge mira su pene. – Te parece.
-          Pero… está echando líquido.
-          Eso pasa cuando me quito la ropa… ¿te jode?
-          No… no… nada…
-          ¿Quieres… darme un abracito de amigos?
-          ¿Cómo es eso?
-          Te enseño.
Jorge se pone de cúbito dorsal y toma aPedro por la cintura, para que quede frente a su frente.  Lo toma con su hercúleo brazo, lo aproxima. Siente su falo duro contra el suyo. Pedro le corresponde.
-         Te voy a manchar el bóxer… quítatelo.
Pedro obedece.
Vuelve a aferrar a Jorge, ahora tan desnudo y erecto como él. El corpulento empieza a acariciarle la espalda. Primero cosquilleos, luego sensaciones placenteras experimenta el curioso, quien duda si corresponder o no el cariño… lo hace tímidamente
Mientras su entrepierna se moja con el líquido pre-seminal de Jorge, el suyo se impregna entre los vellos del vientre junto a sí.
Jorge retrocede el rostro, para mirar a Pedro.
-         ¿Estás cómodo?
-          Sí… me siento… bien.
-          Qué bueno. Voy a acomodarte mejor.
Jorge regresó a su posición inicial, pero aferrando a Pedro, quien terminó acostado encima suyo. Ahora, sus dos brazos acarician la espalda, toda la espalda. Eventualmente, una mano pasa cerca de uno de los glúteos.
Pedro no sabe cómo describir el momento.
Ambos penes siguen erectos y babeando. Para estar más cómodo, el chico abre sus piernas como quien quiere atenazar las caderas de su… ¿amigo?
-         Au.
-          ¿Qué pasó?
-          Me la estás aplastando.
-          Ay, sorry, sorry.
-          No te preocupes. La acomodaré.
Jorge saca su pene de debajo del pubis de Pedro y lo coloca a lo largo de su perineo. Dieciocho centímetros y medio que ahora babean entre las nalgas del muchacho.
Ambos se miran.
Jorge acaricia la nuca de Pedro, y aproxima su rostro al suyo. Los labios de ambos se rozan, hasta que…
… Un ruido súbito los alerta. Alguien entra a uno de los dormitorios.
Pedro se asusta.
-         No tengas miedo… -Jorge susurra- tú sabes que los amigos tienen secretos, ¿cierto? Ya, ‘pe, éste será el nuestro.
Un beso en la boca sella el pacto. Dura apenas unos segundos, pero, para Pedro es una eternidad.

Cuando cruza el patio rumbo a su dormitorio, Manuel sale del suyo hacia el baño.
Ambos se asustan.
-         Yo… yo… esté… ¿vas a bañarte?
-          Sí.
-          Ya.
-          Pedro, ¿te pasa algo?
-          ¿A… mi…? Nooooo… naaadaaaa…. ¿por qué?
-          No. Por nada. Puta huevón, me asustaste horrible.
-          Ay, sorry.
Ambos siguen su camino.
Pedro entra y se echa. Está confundido y excitado. Recuerda lo sucedido en los últimos tres cuartos de hora. Cierra los ojos.
Su semen fluye inundando el bóxer despreciado por la mañana.
Dos chicos distintos en menos de veinticuatro horas.
Esto es mejor de lo que esperaba.

(CONTINUARÁ...)

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