jueves, 19 de enero de 2012
Quería agua y me dieron más que éso
domingo, 12 de agosto de 2012
Fantasías: El Skater (2)
jueves, 11 de julio de 2019
En vez de seguir discutiendo con ella, me buscó para cachar
La última tarde que pasé allá me crucé con algunos amigos del colegio quienes me dijeron esa noche para juntarnos y tomar unas chelas. Yo les dije que sí por puro compromiso, porque, la verdad, lo que menos quería era juntarme con ellos. Ya sabía que ellos pondría las cuatro primeras, y el resto de la caja me la iban a terminar chantando, y yo, la verdad, no mantengo a nadie excepto mi familia. Por otro lado, esa noche iba a quedarme solo allí en la casa donde no había nada, solo un colchón con mi bolsa de dormir en lo que alguna vez fue mi cuarto. Encima era viernes. De que iba a aburrirme, iba a aburrirme. Podía ir a una disco pero iba a ser la misma cosa, y al día siguiente quería regresar a primera hora.
Estaba en esa reflexión, cuando al doblar la esquina me topé, casi me choqué, con Fico, el cuñado de uno de mis amigos, que ahora trabaja como profesor de Educación Física y que era un gran futbolista cuando yo vivía en la ciudad. Bueno, no sé si aún continúa siéndolo porque, a juzgar por el polo entallado y el jean pitillo que vestía, no había perdido la forma. Yo, para ser sincero, cuando salí de la universidad no tenía un cuerpo atlético lo que se dice atlético, pero me veía bien. Con los años me he descuidado un poco pero siempre me doy tiempo para salir a correr tempranito en la mañana y, digamos que estoy en condiciones aceptables. Pero volvamos con Fico.
"¡Rubén, a los años!", me dijo y me dio un cálido abrazo. "¿Cuándo llegaste?"
"Hola, Fico", le respondí, no sin extrañarme por el abrazo porque cuando vivíamos hace años apenas si nos levantábamos las cejas. "Vine hace dos días, me voy mañana".
Le expliqué la razón de mi visita y que pensaba regresarme al día siguiente.
"No jodas", me dijo. "¿Y estás solito en esa casota?"
Yo le dije que sí, que no tenía sentido quedarme en casa de nadie, que, hasta que no la venda, ésa era mi casa.
"Bueno, ojalá pueda saludarte más tarde", continuó. "Ahorita se me hace tarde porque tengo que jugar una pichanguita".
Bueno, al menos confirmamos el dato que ese cuerpo se debía a continua actividad física. Nos despedimos. Yo regresé a mi casa.
Me despertó un claxon afuera. Yo estaba desnudo en mi colchón con mi verga de 16 centímetros al palo. No tenía idea de por qué estaba con esa erección. El hecho es que vi mi celular y era como las siete de la noche o por ahí. Mis alertas de Facebook indicaban que tenía varios mensajes, entre ellos los de mis patas que querían chupar conmigo. Bueno, teniendo la casa sola y sin planes, y siendo viernes, estaba tentado a tomar la oferta, aunque terminara pagando los dos tercios de la caja. Tomé mi toalla y me levanté para ir a ducharme cuando oí que sonaba el timbre de mi casa y luego que tocaban la puerta. Pensé lo peor: o que alguien sabía que estaba solo y quería hacerme daño, o que mis patas habían decidido buscarme en casa para chupar sí o sí. Me anudé la toalla a mi cintura, bajé a atender. Sí, estaba corriendo riesgo porque simplemente podía ignorar, pero volvieron a tocar.
"¿Quién?", grité con mi voz más viril posible.
"¿Rubén?", me preguntaron desde afuera.
"¿De parte?", volví a rugir.
"Soy yo, Fico", me replicaron.
¡Aguanta! ¿Fico? Abrí. Ahí estaba el cuñado de mi amigo, vestido como qien te vas a jugar un partido de fútbol, mejor dicho, como quien llega de jugar un partido de fútbol.
"Tuve problemas en casa", me dijo Fico mientras lo hacía subir a mi cuarto. "Discutí con la mujer, y en lugar de meterle más gasolina al fuego, mejor salí".
"Hiciste bien", le respondí. "No es bueno dejar que las discusiones escalen hasta ponerse fuera de control".
"Por éso lo hice y, bueno, me acordé de ti y... espero no incomodarte", trató de justificarse.
"Para nada molestas", le sonreí. Y la verdad era ésa. Aunque no me parecía creíble el cuento de la mujer, tampoco me incomodaba de verdad la presencia de Fico en mi casa, especialmente con ese uniforme que, dicho sea de paso, se le pegaba al cuerpo revelando una anatomía digna de escuela de arte, en especial esas piernas musculosas y ese culo redondo y firme.
"¿Ibas a bañarte?", me preguntó.
"Sí, me desperté y justo tocaste la puerta".
"Ah, chucha, disculpa".
"No, normal".
"Oe Rubén, ¿me creerás que tampoco me he bañado todavía?"
Como supondrán, yo paré las antenas. Respiré profundo tratando de que mi erección, que ya se había bajado, no se vuelva a manifestar. De hecho, hice como que no escuché lo que dijo.
"¿Y quién ganó el partido?", le desvié el tema.
"Nosotros... 5 a 3", respondió mientras se cogía su paquete con la mano. ¡Y vaya que se notaba un considerable paquete!
"¿Me prestas tu baño un toque?", dijo. "¿O ya te vas a bañar?"
"no, entra, normal".
Le indiqué y regresé a mi cuarto. Me pareció que no había cerrado la puerta porque escuché un sonoro chorro que caía al inodoro. Recordé lo que me había dicho otro amigo, de que los pingones tienen chorros más potentes cuando orinaban. Entonces, pensé, la razón por la que Fico había llegado a mi casa era una especie de respuesta a mi negativa para salir. ¿Por qué seguir siendo frío? Me gustaba, mejor dicho, me gusta. Fico regresó.
"Así que no te has bañado aún", cambié mi tono. "¿quieres bañarte acá? Puedes usar la ducha si deseas".
Noté que Fico tragó saliva.
"No, Rubén, cómo se te ocurre, no quiero causar molestias".
¡Carajo!, pensé. ¿Y entonces por qué me lo dijo? Yo seguía allí con la toalla anudada a la cintura.
"Bueno, yo sí", le dije algo frustrado. "espérame un toque". Así que fui a la ducha.
estaba cubierto de jabón escuchando música de mi celular.
"¿Y están vendiendo la casa?", me preguntaron.
"¡Mierda! No asustes así, Fico", reaccioné.
"Perdona", me dijo casi riendo. "Es que tú dejaste la puerta abierta".
Bueno, sí, confieso que lo hice a propósito.
"Sí, la estamos vendiendo, pero la gente que la quiere comprar me está ofreciendo miserias; esta casa vale más", le dije, al fin, recuperándome.
"¿Qué jabón usas, Rubén?"
La pregunta me dio una pista: no había entrado para preguntar el valor de la casa, evidentemente.
"No sé, lo encontré acá todo duro", le respondí, acentuando lo de duro.
"Huele rico", me comentó.
"¿Sacas la marca por el olor?"
"No, quizás por el color, pero tendría que verlo".
A la mierda, dije. Abrí la cortina y... ¡Dios mío! Fico estaba calatito, desnudito, sin su uniforme. Quedé boquiabierto viendo su cuerpo marcado. Él se dio cuenta.
"Perdona, es que... como dijiste que podía bañarme acá". Ahora yo fui quien tragó saliva.
"entra a la ducha", me animé a decirle.
Fico tomó el jabón, lo olió con los ojos cerrados, abrió la llave de la ducha, dejó que el agua recorriera su cuerpo desnudo, y me dejó ver su espalda no tan ancha, sus glúteos como burbujas, algo de vello en sus nalgas, muy fino, y esas piernas de campeonato. Giró. Pectorales no tan inflados, abdominales marcados, cintura pequeñita, y debajo de su vello púbico evidentemente afeitado hace unos días, un largo pene descansando encima de un buen par de bolas. Se untó el jabón lentamente. Mi pinga, casi sin darme cuenta, se puso al palo.
"¿Ya sabes qué marca de jabón es?", le pregunté para liberar tensiones.
"No importa", me replicó. "Huele de la puta madre".
Dejó el jabón en la jabonera de la ducha y comenzó a masajearse el cuerpo tratando de hacer espuma.
"Sóbate el jabón", me pidió. "Se te va a resecar la piel", aconsejó a continuación sonriendo.
Yo no reaccioné. Ya tenía mi verga bien parada. él sonrió, me tomó de los brazos, me puso frente a frente con él y comenzó a sobármelos, haciendo espuma.
"Sóbame", me pidió.
Yo solo atiné a acariciarle la cintura.
"Todo el cuerpo, Rubén", me sonrió, y tomó mis manos y me las pasó por sus pectorales, su cadera y la parte exterior de sus dos nalgas.
"Sin miedo, Rubén, hazlo sin miedo".
Poco a poco fui paseando mi mano por todas esas partes. Me animé a sobarle el centro de sus nalgas, lo que hizo que le acercara mi verga a la suya. La sentí semierecta. También le sobé los muslos. Él sí no se amilanó y me acarició la espalda, mis nalgas, incluso mi pene y mis huevos.
"¿Puedo jabonarte en la raja de tu culo?", me consultó.
"Sí", le permití.
""OK, también sóbame la mía".
Juntamos nuestras pingas ahora duras y usamos la yema de nuestros dedos para pasarnos el jabón por en medio de nuestras nalgas y, cuando menos nos dimos cuenta, o quizás sí, estábamos masajeando el agujero de nuestros anos. Comencé a jadear y a disfrutar.
Tras enjuagarnos y secarnos, volvimos al cuarto y caímos sobre el colchón. Fico me besó profundamente en la boca. Nuestras lenguas más que combatir, se acariciaron. Sus manos y las mías no hicieron más que acariciarnos nuestros cuerpos a todo lo que se podía mientras nos revolcábamos no solo sobre el colchón, sino que nos desbordábamos al piso frío. Me besó el cuello, dejándome gemir Me puse encima suyo y ahora a mí me tocó hacerlo gemir mientras le succionaba las tetillas.
"Rico, Rubencito, sigue", me animó. Y así lo hice.
Pasé mi lengua sobre sus abdominales y llegué a su vello púbico que me raspó la cara. Tomé su pinga de unos 18 o 19 centímetros (parece que mis amigos tenían razón con lo del tamaño y el chorro), y comencé a chuparla a lo que podía porque es gruesa.
"Así, Rubencito, oh, qué rico", me suspiraba. Bueno, mas bien gemía.
Como toda su pinga no me cabía en la boca, , usé mi lengua para lamerle el resto de su falo hasta llegar a sus huevos y succionarlos mientras le pajeaba el pájaro. Fico convulsionaba. entonces, me puso sus poderosas piernas en mi espalda.
"Lámeme el culo, Rubencito, lámemelo", me pidió.
Le levanté las piernas, él me ayudó abriendo sus nalgas con sus manos y fui a la conquista de su ano. Lo lamí, lo punteé con mi lengua. Mi nariz aspiraba el aroma del jabón que habíamos usado poco antes. Sentí cómo su agujero se comenzaba a dilatar.
"Métemela, Rubén", me rogó. Y yo no esperé mucho, me arrodillé, me puse saliva en mi cabecita y puse mi huevo a la entrada de su culo. Empujé suavemente. Qué rica sensación, carajo, sentir cómo me abría paso por ese hoyo caliente. Me tomé mi tiempo porque tiempo era lo que me sobraba. En esa pose, metía y sacaba, metía y sacaba. Fico gemía extasiado, tomando su enorme pene y pajeándose sin violencia. Cuando creí que iba a explotar, me pidió lo insospechado.
"Sácamela, Rubén".
"¿Te duele?", pregunté.
"No, solo sácamela, no seas malito".
Lo hice.
Apenas le saqué mi pinga a Fico, cerró sus piernas y se arrodilló frente a mí para besarme en la boca otra vez.
"Acuéstate boca abajo, Rubencito", me pidió.
Le obedecí. Lo siguiente fue sentir su lengua en mi nuca, luego a lo largo de toda mi espina y finalmente haciendo circulitos en mis nalgas.
"Tienes rico culo", me dijo Fico.
"¿Te gusta?"
"¡Me encanta!"
Entonces me hizo el beso negro. Tampoco me contuve y gemí. Qué mierda. La casa eestaba vacía. Quién podía joder. Nadie. Así que gemía y jadeaba. Estuvo largo rato ahí. Hizo que levantara mis nalgas, casi poniéndome en perrito, y me colocó su cabeza en mi ano. Me la fue metiendo de a pocos. Aunque yo estaba recontraexcitado, me dolió un poco cuando me la metió, pero me acordé de respirar hondo, de relajarme, y el pene de Fico me penetró con facilidad. Se movió con gentileza, como entendiendo que cualquier movimiento brusco podría generarme mucho dolor, me acariciaba con mucha seguridad.
"Hace tiempo que quería cacharte", repetía. "Por fin eres mío".
"Cáchame, Fico".
De pronto me la sacó.
"¿Pasó algo?", quise saber.
"Está a punto de pasar", me dijo.
Me puso boca arriba y se acostó sobre mi. Comenzó a mover su cadera mientras yo le habría las piernas. Nos besamos y aproveché para agarrarle las nalgas con fuerza. Entonces sentí una humedad caliente en mi vientre.
"Las di", me confirmó Fico.
Se arrodilló, tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En cuestión de minutos, disparé todo mi semen sobre mi abdomen y mi pecho.
"Vamos a lavarnos", me dijo.
Tras secarnos, vi mi celular. Eran casi las ocho y cuarenta y estaba cargado de mensajes de mis patas. Fico se echó sobre el colchón, aún desnudo.
"Ojalá que mi mujer ya no esté asada", comentó.
"No creo", le observé. "Aunque quizás es muy pronto".
"Sí, pero a lo mejor tú quieres salir: es viernes por la noche".
"No, prefiero quedarme aquí".
"¿En serio?"
"Sí, Fico; prefiero quedarme aquí".
Se mantuvo en silencio buen rato.
"¿Puedo quedarme aquí contigo?", me pidió.
"Claro", le sonreí.
"Ven", me tomó del brazo e hizo que me acostara encima suyo. Nos besamos en la boca de nuevo.
"¿Cómo es éso que hace tiempo querías cacharme?", le pregunté cuando nos separamos.
"Es una larga historia, desde que mi cuñado nos presentó".
"¿Una larga historia como tu pinga?"
"¿Te gusta mi pinga?"
"Me gustas, Fico".
"Tú también, Rubén".
Nos volvimos a besar.
El cuñado de mi amigo y yo nos quedamos a pasar esa noche y cachamos dos veces más. ¿Mis patas? Bueno, se cansaron de mandarme mensajes para chelear. Que sigan mandando. Que no nos jodan.
viernes, 31 de enero de 2014
The Bar's Boys (1)
Por: Nug Huyur
Capítulo I: Haciendo Amigos.
Sobre el sofá aterciopelado, de rojo color, estaban los dos cuerpos. Los dos muchachos entrelazados, el uno del otro. Dorados, por la luz color miel que atraviesa el cristal de los ventanales de aquella sala. Ahí estaban ellos, recostados, con sus pieles color leche y café, al descubierto, a la intemperie de sus deseos más profundos. Forjados y diseñados, en el acero y en las barras del gimnasio, con el sudor recorriéndoles la piel, unidos como Urano y Gea, como Zeus y Hera, como hombre y mujer, como mujer y hombre. Poseyéndose una y otra vez. Ángel, el de suave tez, morena como el chocolate, con sus ojos verdes, con su cintura fina, tras ella, sus nalgas preponderantes, apretadas, azotadas continuamente por las manos de Cristhian. Ángel apretando los dientes, sintiendo en cada palmada, el sabor del placer. Ahí está el torero con su toro, alista la varilla y tras la última nalgada, lanza su estocada, fina y directa. Un grito, un movimiento hacia adelante, Ángel se siente uno con Cristhian, el del cuerpo esbelto. Cris se yergue sobre él, con afinada puntería, descargando una y otra vez su ser en las profundidades de Ángel. Una y otra vez, Ángel disfruta del sexo sin control, desenfrenado que le proporciona Cristhian hasta que de pronto, su macho, aprieta su cintura, Ángel abre la boca, dando un grito sin sonido. Un sólo aullido de Cristhian, una embestida a Ángel, marcan el final. Ángel, siente como algo caliente invade su ser. Cristhian sonríe, e intenta sacar su pene, de las nalgas de Ángel.
- ¡Espera!, no lo saques aún – le dice Ángel, mientras se recuesta sobre el sofá.
- OK – responde Cristhian, y lo sigue, se echa sobre la espalda de su amado, le da un beso y recorre con sus manos, el cuerpo moreno de Ángel. Sus ojos color café resaltan una preocupación – Sabes, no podemos continuar así.
- ¿Cómo? – dice extrañado Ángel
- Lo que te dije, amor, no podemos seguir así.
Le da un beso en el cuello, se incorpora lentamente y extrae su pene. Se sienta en una esquina del sofá. Ángel sigue recostado sobre el sofá, dejando ver sus nalgas que han quedado rojas por el castigo.
- Míranos, tenemos que esperar que tus padres se vallan de viaje, para tener sexo o vernos más seguido, y ya vamos a cumplir el año, y no podemos seguir así.
- ¡Ay, Cris!, ya vas a empezar otra vez, ¡también que estábamos!
- No es eso, cholo, pero debemos hacer algo, para solucionarlo.
- Y ¿Qué propones? – lo dijo al girar en el sofá, colocó una mano sobre su pierna y otra bajo su cabeza, en plan de escucha.
- Alquilar un depa, aquí en la Champagnat he visto que están vendiendo unos, así que quiero que vallamos juntos a verlos.
Ángel no lo podía creer, sus ojos se iluminaron.
- ¿Estás seguro, Cómo lo vamos a pagar?
- Ya veremos, ambos trabajamos, podemos destinar un dinero para ello.
Y el morbo se le encendió, una sonrisa pícara nació de entre sus labios, Cristhian se había levantado del sofá, había avanzado hacia la mesa de centro, se agachó a ver su celular, cual gacela, Ángel se levantó y le dio un palmazo, Cristhian se incorporó, y un: reconchetu´mae salió de entre los dientes del agredido. Ángel le envió un beso volado, y Cris lo persiguió por la habitación, hasta llegar a la puerta del baño. Ahí lo atrapó. Lo encarceló entre sus brazos, Ángel intentó abrir la puerta y el cogió su mano, el cuerpo de Cristhian sobre de él, sus respiraciones agitadas, sus cuerpos transpirados, Ángel se giró. Y Cristhian: Pendejo, me dolió. Ángel sonrió, lo miró a los ojos negros y en su profundidad quedó perdido, tanto que le estampó un beso, Cris respondió de manera tan intensa que otra vez su libido se subió. De pronto Ángel se separó de Cris.
- Te amo – le dijo.
- Y yo a ti, moreno loco.
Ambos se fundieron en un beso otra vez, Ángel abrió la puerta del baño, y a paso torpe ingresaron. Ángel cerró la puerta.
A unos metros de ahí en la Avenida Champagnat, una pareja de esposos, terminan de hacer una transacción. Acaban de venderles un departamento, en un conjunto habitacional, en la misma avenida. Anthony, es el encargado de estas ventas, trabaja para la compañía “nuestro Hogar.” Anthony, es un chico muy responsable, de contextura delgada pero formada, todas las mañanas sale a correr y por la noche va al gimnasio. Él siempre usa, su polo pegadito, su cabello con laca, de jeans ajustado y zapatillas de marca. Odia cuando lo molestan como si fuese mujer, por su vestimenta, sin embargo, su voz semigruesa y su manera de apretar la mano, demuestra que a pesar de todo sigue siendo hombre.
- Entonces, ¿Todo quedó conforme señores? – preguntó Anthony
- Si, joven – dijo la mujer.
- Ok, entonces, recuerden deben apersonarse a mañana a este banco, para que puedan depositar la inicial, y poder empezar con los tramites del departamento.
- Ok, joven, gracias – dijo el caballero.
El caballero se despidió, Anthony correspondió, también se despidió de la señora, les abrió la puerta. La pareja salió. En eso, BZZZ! BZZZZ!, vibra el celular de Anthony, lo saca, mira la pantalla: ¡Haló,… Haló!, responde pero en vista que no le contestan se enoja y reniega: ¿Quién rayos llama y apaga el celular? Apaga el celular y se va a su oficina, organiza algunos papeles, revisa su correo y entra al face. Como a media mañana aparecen en la puerta, dos varones, uno viste todo urbano, el otro con pantalón dril, su camisa y sus zapatos bien lustrados.
- Joven, disculpe – dice el de camisa – ¿Con quién puedo hablar para lo de los departamentos?
- Conmigo – se levanta y se dirige a ellos, abre la reja – Buenos días soy Anthony – extiende su mano.
- Buen día, soy Cristhian – dijo el muchacho de camisa, quien estrecha su mano – y él – por el muchacho que lo acompaña – es Ángel, mi amigo.
- Bien, en que puedo servirles.
- Estábamos buscando un departamento y queríamos saber de precios.
- ¡Ah claro!, como no, pero pasen, por favor.
Continuará….
© 2014 Hunks of Piura Entertainment. Ésta es una obra de ficción: cuialquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.
jueves, 1 de marzo de 2012
TT1: Con la miel en el cuerpo
- Mira, vas a ver cómo tu cuerpo y tu salud se mejoran.
El Metro era el instructor: un pata en sus 25, cabello corto, algo de barba, un cuerpo velludo cubierto por un body de lycra al estilo luchador, que le marcaba unos prominentes pectorales, algo de paquete y unas abultadas y redondeadas nalgas. Lo que estaban al descubierto eran unos brazos gruesos y formados y unas piernas enormes y espectaculares. Era claro que estaba frente a un físicoculturista.
- ¿qué dices? ¿Te animas?
- Ya, bueno, probaré este mes. ¿Y qué incluyen los servicios?
- Bueno, las máquinas, y una hora de sauna los sábados.
- ¿Tienes sauna?
- Sí. ¿quieres conocer?
El Metro me hizo una visita guiada por un espacio libre lleno de espejos que usaba para los aeróbicos, y un tabique de madera que lo separaba del área de máquinas.
El sauna era un cuarto enorme de metal, al que se entraba por una puerta que daba a un pequeño vestidor y que discretamente te mandaba a las duchas. Milagrosamente, éstas tenían agua.
Comencé esa semana y me acostumbré a verlo vestido así, mínimamente, exhibiendo su musculoso cuerpo, pero derrochando simpatía, interactuando con todo el alumnado, preocupándose porque aprendieras a hacer el movimiento, preguntando si te sentías bien.
- La pastilla se llama Apronax.
Esa era la frase con que despedía a sus alumnos de cada clase, advirtiéndoles que si les dolía, iba todo bien, que no se preocuparan, pero que regresaran.
Y la gente regresaba.
Yo aguanté la semana, porque quería obtener alguna meta en mi vida, ya que siempre solía abanonar las que me proponía. Ésta fue la excepeción, porque hasta ahora sigo con los fierros, y eso debo reconocérselo, que me inculcó la pasión por ellos... bueno y por los buenos cuerpos.
Ese sábado tocó sauna. Como yo, había otros tres patas que iban a entrar.
Había leído algo sobre el tema, y encontré que la mejor manera de tomar ese tipo de baño era totalmente desnudo, que la toallita y toda la huevada era simple truco para las cámaras.
Cuando llegó el momento, El Metro comenzó a calentar el espacio, y cuando ya había ganado temperatura nos hizo entrar.
Yo era el único calato del grupo, pero como todos éramos patas, como las huevas. No eran cuerpos formados; de hecho sólo uno tenía la forma de atleta, pero se había cubiertto sus partes con su calzoncillo.
De pronto, la puerta corrediza se abrió y entró el instructor con una botella en la mano.
- Es miel. Es buena para la piel, lo sentirán ahora.
Dicho esto, comenzó a echarla desde la cabeza, como quien unge a sus discípulos.
Cuando me la echó, entendí el poder de la miel más el calor. Vásicamente se evapora, pero al hacerlo, se lleva las toxinas y deja la piel suave, tersa, de la puta madre.
El Metro vestía una tanga como las que se usan para los concursos de culturismo. Era negra, y por atrás, con dificultad le cubría sus nalgas.
se echó la miel.
El tratamiento se repitió las siguientes tres semanas. Cada bez que pasó, él, vistiendo su tanga entraba y repetía el rito de la miel.
La última, cuando ya se acababa mi membresía, sólo estábamos dos para entrar al sauna, justo el pata atlético y yo.
Entramos y nos pusimos a conversar de todo un poco, sólo que esta vez el pata no tenía nada, y así pude ver su pene incircunciso, coronado de un tupido vello púbico y unas grandes bolas. El pata era algo simpático.
Yo también estaba calato, con mi cuerpo semivelludo, y sentado muy cerca de él.
Las gotas de sudor decoraban nuestros cuerpos, y de cuando en cuando, nos las sacudíamos, descansando sobre las bancas de madera.
De pronto la luz se apagó, y se abrió la puerta corrediza.
Me palteé un poco.
- No se preocupen, es para que se relajen mejor.
Era el Metro. Y volvió a repetir el rito de la miel, sólo que esta vez con una variante.
Como la puerta tenía un vidrio, y por allí se filtraba la luz del gran salón de máquinas, pude ver cómo se acercó al otro pata, le dejó caer el fluído, y comenzó a restregarle el cuerpo. El pata estaba con la cabeza levantada, mientras el Metro lo sobaba por el pecho y la espalda.
- ¡Aguarda, Metro!
- ¿Qué pasa?
- No toques el culo, mierda.
Nos reímos los tres.
Luego vino hacia mi, me echó la miel, y comenzó a sobarme sus gruesas y gordas manos por el pecho, la espalda, y también las nalgas. Yo no protesté, pero hice un gran esfuerzo para evitar que se me parara, porque cada vez que me pasaba la mano a lo largo de mi espina, sentía cosquilleo.
- Échame la miel.
Le hice caso, y puse la botella en alto. Comenzó a sobarse el cuerpo, y luego me dio la espalda.
- Ayúdame a esparcir la miel.
Mi mano sobó el dulce por su gran espalda, y tuve que llegar a sus nalgas.
- sigue normal.
Su culo era velludo, y no aguanté más: mi verga se paró.
Con mucho cuidado, aprovechando la penumbra, traté de que ésta no lo rozara.
Los tres nos sentamos sobre la banca, pero me fui al rincón con la esperanza que se me bajara mi erección. Nada.
Cuando vi al otro pata que había entrado conmigo, que se había acostado sobre la banca, la tenía armadaza.
El Metro estaba a mi costado, como las huevas, conversando de todo un poco.
Entonces, el otro pata se levantó.
- Voy a ducharme.
Al abrir la puerta, era evidente que su erección, de unos 16 cm, estaba a tope.
Me quedé con el Metro.
- ¿Y qué tal el mes?
- Excelente. Tengo algunos logros.
- Sí, lo noté. Si sigues, llegarás a echar mejor físico.
- ¿Como tú?
- Claro... ¿Y qué dices? ¿Tomas el segundo mes?
- Bueno.
- Hombre, hazlo, mira nadie te ofrece sauna.
Tras meditarlo unos segundos, acepté. Me palmeó la pierna.
Un par de minutos después, el otro pata entró. La tenía baja. Pensé que se debía al agua fría.
- anda, dúchate.
salí, y cuando iba a abrir la ducha, mi pie pisó algo pegajoso. Bajé mi mirada: semen.
No le di importancia y me duché.
Tras reingresar al sauna por unos 20 min, salí, me duché y me cambié para irme a casa. El otro pata y el Metro se quedaron todavía, calatos, dentro del sauna.
Esa noche, me duché de nuevo y me la corrí. Como nunca, grandes torrentes de mi leche salían disparados hasta la pared de mi ducha. Pensé que era la testosterona, ya que, cuando entrenas, ésta aumenta naturalmente.
Ese lunes regresé a iniciar el segundo mes. El Metro vestía un short algo holgado, pero que igual no podía ocultar sus nalgas.
Ese sábado, repetimos el sauna, solo que esta vez el otro pata no apareció para nada, mas bien dos nuevos alumnos.
Cuando ingresé, porque fui el primero en meterme al sauna, vi algo brillante en la esquina que no había visto la última vez. Al alzarlo, lo identifiqué: la envoltura de un condón.
En ese momento, el Metro entró, como siempre, con su botella de miel, vistiendo su tanga negra.
Cuando vio lo que tenía en la mano, puso cara de circunstancia. No le dije nada. No me dijo nada.
Doblé lo más que pude el papel aluminio y lo tiré a una esquina. La ceremonia de la miel se repetiría esa noche.
CONTINUARÁ...
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