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jueves, 19 de enero de 2012

Quería agua y me dieron más que éso

Debido a las vacaciones de fin de año, se nos acumuló mucho trabajo en la oficina. Por eso, decidií avanzar algo este domingo.
El calor era insoportable, así que constantemente estaba tomando agua, hasta que el dispensador se quedó vacío.
Llamé a nuestro proveedor y me dijo que trataría de enviarme un bidón, pues, como era fin de semana, no tenían personal disponible. Pedí de favor que la llevaran pues la necesitava.
Era casi mediodía, el calor se incrementaba, y nada de agua. Insistí. Me dijeron que en veinte minutos, un amigo del dueño del negocio llevaría mi pedido.
la verdad es que estaba perdiendo la paciencia.
Tres cuartos de hora después, tocaron el intercom de la oficina. Era una voz grave:
-         Su agua, señor.
Cuando abrí la puerta de la oficina, un pata inesperado, luciendo un bibidí blanco y un short de tela sintética color negro. Era un tipo moreno, musculoso, con grandes brazos, enormes pectorales, culo redondo y relleno, y piernas de futbolista.
No pude quitarle los ojos de encima.
El pata, muy cordialmente, retiró el bidón vacío, e instaló el nuevo.
-         Ya está. ¿Algo más que pueda hacer por usted?
-          No sé. ¿qué más puedes hacer?
-          Lo que quiera.
-          ¿Lo que quiera?
-          Claro.
-          Bueno, estoy algo tenso por estos papeles…
-          ¿Desea un masaje?
-          ¿Sabes darlos?
-          Algo.
-          Claro, ¿por qué no?
Volteé mi silla, y él se colocó detrás de mí. Sus gruesas manos comenzaron a sobarme el trapecio, y la nuca. La distensión llegó en poco tiempo.
-         Tienes buena mano.
-          Gracias. No pensé que le gustaría.
-          No me trates de usted.
-          De acuerdo. ¿así está bien?
-          Perfecto.
-          Si deseas, puedo avanzar con toda la espalda, pero necesito que te saques el polo.
-          ¿En serio?
-          Seguro. Confía en mi. Además, tú tienes el teléfono de mi amigo. Si hago algo malo, llamas y me acusas.
-          ¿Y dónde aprendiste a dar masajes?
-          En el gimnasio donde entreno.
-          Se nota. Tienes buen cuerpo.
-          Gracias. ¿Entonces?
-          La verdad es que me gustaría un masaje completo.
-          ¿Completo?
-          Todo el cuerpo.
-          Allí hay un sofá, puedes echarte allí, y lo hago, pero… tendrías que quitarte toda la ropa.
-          OK. Nadie vendrá aquí.
Desnudo, me eché boca abajo sobre el sofá. Sus dedos comenzaron a pasearse por toda mi espalda, mis brazos, mis nalgas y mis piernas. La verdad es que me sentía relajado por completo, pero debo admitir que más que la técnica, era el sentirme tocado por ese musculoso. Entonces, comencé a excitarme.
-         Date la vuelta.
¡Mierda! Como dije, estaba excitado… y con la pinga parada. No supe qué hacer, y tras unos segundos de duda, giré.
-         ¡Vaya! ¿Y eso?
-          Disculpa, no lo pude evitar.
-          Normal. ¿Hace cuánto que no te dan un masaje?
-          Es la primera vez.
-          Entiendo. ¿Puedo ponerme más cómodo para masajearte?
-          ¡Claro! ¿qué harás?
-          Quitarme la ropa.
No lo podía creer. Se quedó en un bikini que apenas podía asegurarle el paquete, el que se veía algo grande.
-         ¿Y eso?
-          Ah, ¿te gusta? Lo compré en Lima.
-          ¿Eso?
-          Sí, esto… o ¿de qué estás hablando?
-          De lo que hay debajo del bikini.
-          Ah, te refieres a esto.
Entonces, se bajó la prenda, y su pinga saltó. El huevón era lampiño, y se había rasurado el vello púbico y las bolas. Apenas tenía el vello de las pantorrillas para abajo, pero escaso.
Así calato, reinició el masaje. Se sentó sobre mi verga y comenzó a sobarme el pecho, el cuello y el abdomen, y mientras se proyectaba hacia mis piernas, dejándome su miembro y bolas a la vista, comenzó a mover su culo. Mi pinga estaba entre sus nalgas, y como la mía bota bastante líquido pre-seminal, él pudo darme un masaje allí con mucha facilidad, pues su raja estaba más que lubricada.
Sin dejar de mover su culo, se inclinó a besarme en la boca, y yo aproveché para acariciarle su firme cuerpo, su espalda, sus nalgas.
Todo me parecía un sueño, pero, ¡mierda!, eso no era un sueño. Pasaba allí sobre el sofá de la oficina.
No resistí más, y le di mi semen allí entre sus nalgas.
Él no dejaba de moverse por lo que me producía unas cosquillas que estaban a punto de volverme loco.
Él comenzó a pajearse, cada vez más fuerte, hasta que su semen se disparó sobre mi abdomen y pecho algo velludos, aunque no tan formados como los suyos.
-         ¿qué te pareció el masaje?
-          Perfecto. Todo está perfecto.
De pronto sonó su celular. Se levantó a verlo y contestarlo. No me percaté del diálogo, sino que me distraje viendo mi leche entre sus nalgas, y cómo comenzaba a chorrearse por sus abductores.
-         Tengo que irme. ¿Tienes papel?
-          Sí, allí en el baño.
-         Ambos nos pusimos la ropa de nuevo. Sorbí un vaso con el agua que él había traído. Estaba fresca.
-          ¿Cuánto te debo?
-          Siete soles del bidón más tres de movilidad. Diez en total.
-          ¿Nada más?
-          No. Nada más.
-          ¿Y el masaje?
-          Cortesía de la casa, es decir, de mi casa… Cuando quieras, serás bienvenido.
Me dejó su número.
Esa tarde, terminé de hacer los papeles, y me quité de la oficina como a las cuattro.
Tomé otros dos vasos con agua.
Lo llamé y quedamos para esa noche.
Desafortunadamente, tuve inconvenientes en mi casa y no pude ir: mi esposa se había puesto algo malita. Ni modo, la familia está primero.
La huevada es que el pantalón donde guardé su teléfono lo mandé a lavar, y me da roche preguntar por él al señor donde pedimos el agua.
Así que si alguien lo ve por su casa u oficina, pásenme la voz. Quiero sentir su culo, y su verga –por qué no-, de nuevo.

© 2012 Hunks of Piura Entertainment. Siempre practica sexo seguro.
¿quieres compartir tu relato? hunks.piura@gmail.com

domingo, 12 de agosto de 2012

Fantasías: El Skater (2)

Francisco dejó de lado las dudas que habían recorrido su mente momentos antes mientras disfrutaba de una buena corrida al lado de Joao, y éste último alejaba de sí mismo toda inseguridad o temor perdiéndose en ese beso apasionado que el primero le correspondía.
Francisco hizo a un lado su skate y cruzó sus brazos alrededor de la cintura de Joao presionándolo contra su cuerpo, sintiendo como su pinga empezaba a ponerse dura nuevamente.
Joao disfrutaba de las caricias de su amante mientras lo sujetaba por el cuello.
Se separaron y se miraron profundamente por unos segundos. Entonces Francisco tomó su mano y lo condujo hacia el mueble.
-Ven, quiero estrenar ese mueble- le dijo Francisco con una sonrisa coqueta.
-Oe, pero que esto quede entre nosotros. Ni una palabra a nadie. Mi hermano me mata si se entera que soy maricón- agregó Joao seriamente.
-Descuida, tú y yo sabemos que aquí no ha pasado nada, ¿verdad?
-Jaja… entonces no perdamos tiempo-
Los amantes se fueron despojando una a una de sus prendas. Joao empujó a Francisco hacia el mueble y éste cayó sentado. Vio como la pinga de éste se notaba totalmente sobre el bóxer, reclamando su salida al exterior, y al mismo tiempo Francisco llevaba una de sus manos sobre su enorme paquete frotándolo y dándole a entender a Joao cuál era el paso siguiente.
Joao miró fijamente los ojos verdes de Francisco, los cuales lo tenían encantado, se deleitaba con la perfección de su cuerpo y empezaba a sentir como su temperatura corporal iba en aumento al igual que su erección.
Se arrodilló y acercándose a él le quitó el bóxer. Al instante, su pinga de 18 centímetros estuvo al descubierto.
-¡Chúpamela! Estoy arrecho y quiero follarte después…- dijo Francisco excitado.
Obediente, el muchacho posó sus labios sobre la pinga de su amante y empezó a succionar lentamente, de arriba hacia abajo, mientras que con una de sus manos la sostenía. Las expresiones faciales de Francisco denotaban el placer puro, al límite.
Joao le chupaba cada centímetro de su pinga, le pasaba la punta de su lengua por la cabeza y luego bajaba a los testículos para introducirlos en su boca y chuparlos mientras los estiraba un poco en un jugueteo espectacular.
-¡Sigue!, no pares, la chupas riquísimo…- decía Francisco en un esfuerzo por no gemir fuertemente.
-¿Te gusta?-
-Sí, cómetela todita, es toda tuya, sácame la leche…-
Francisco tomaba su pinga con una de sus manos y la golpeaba en los labios de Joao.
-Ven, sube al mueble y ponte en cuatro- le dijo mientras se ponía de pie.
Joao se despojó del bóxer que llevaba puesto y le dejó ver a Francisco su pinga totalmente erecta y húmeda por sus fluidos.
Se agachó en el mueble y sintió como la lengua de Francisco recorría sus nalgas y luego su ano. Por momentos lo mordía, y era lo que más lo excitaba.
-¡Oh! ¡Qué ricooooooo! Cómetelo Francisco…-
-Tienes un culazo, en un rato te lo voy a reventar-
Francisco continuó haciéndole un intenso beso negro a Joao. Disfrutaba cada segundo, y no dejaba que su lengua se perdiese ni un solo espacio de las nalgas y del ano de éste.
Joao gemía intensamente. No era la primera vez que experimentaba dicha práctica, pero sí que Francisco sabía mover su lengua. Además el hecho de que su mayor fantasía se estuviese cumpliendo lo excitaba aún más.
Francisco subía y bajaba entre sus nalgas, recorría su espalda, frotaba su pinga entre las nalgas de Joao y lo embestía simulando el más morboso sexo.
-Sigue chupándome el ano, muérdeme- le decía Joao extasiado.
-Tienes el hueco rosadito, me provoca cacharte todo el día-
-Entonces no esperemos más y empecemos-
Francisco se separó de Joao y buscó su pantalón. De su billetera sacó un condón, lo abrió y se lo dio a Joao.
-Pónmelo con la boca- le dijo con esa sonrisa pícara de siempre.
Una vez más Joao obedeció. Se puso el condón en la boca y se acercó a la pinga de Francisco. Puso el condón en la punta y con su boca ejerciendo presión empezó a extenderlo a lo largo.
El muchacho disfrutaba de una manera increíble la mamada del ya no tímido joven. Por su mente sólo pasaban ideas de cómo sería follar el rico culo que tenía Joao, lo cual ocurriría acto seguido.
Joao se dio vuelta y colocándose en pose de perrito estaba listo para que Francisco lo penetrara. Puso algo de saliva en su ano y sintió luego como la pinga de Francisco empezaba a introducirse. A medida que lo hacía, Francisco lanzaba un intenso gemido. Su respiración era fuerte y apretaba con sus manos la cintura de Joao acercándola a la suya.
Una vez dentro, Joao empezó a gemir. Se movía suavemente, mientras Francisco contemplaba como su amante disfrutaba de su destreza en el sexo.
-Ve más rápido- dijo Joao.
-Como quieras huevón, te voy a romper el culo- respondió
Dicho esto, empezó a dar fuertes embestidas mientras aumentaba la velocidad. Joao gritaba de placer, y el sonido del choque de los testículos de Francisco con sus nalgas lo volvía loco. Esta había sido su gran fantasía: tener sexo con el chico del cuerpo perfecto, al que tanto aborrecía pero que a la vez deseaba.
Francisco subió al mueble y ahora penetraba con más fuerza a Joao.
-Métemela, métemela- exclamaba Joao
-¿Te gusta? Dime si te gusta cómo te cacho-
-Me encanta-
-¿Cómo dices?-
-Me encantaaaaa, cáchame fuerte-
Al acercarse al oído de Joao, éste aprovechó a darle un beso mientras Francisco disminuia poco a poco la fuerza de sus embestidas.
-De costadito Joao- le dijo
-Fóllame y no pares huevón, quiero tu pinga dentro de mí-
-Jajaja, ¿bien arrecho estás no?- le susurró al oído
-Tú cáchame y no digas nada jaja-
Los amantes se acomodaron una vez más en el mueble y mientras se besaban, Francisco empezó a penetrar con fuerza a Joao, quien con una de sus manos lo sujetaba por la espalda y lo apretaba más contra su cuerpo para sentir aún más adentro su pinga.
-Oh, sigue- gritaba Joao
-¡Qué rico culooooo!-
El roce entre sus cuerpos, los sonidos que se producían, la escena sexual parecían sacadas de una película porno. Disfrutaban cada segundo como si fuera el último y los gemidos habían invadido completamente la habitación.
-Levántate, quiero que cabalgues- le dijo Francisco
-Huevón, es mi pose favorita-
-¿Te gusta cómo te cacho? ¿Es rico?-
-Quiero tu pinga el resto del día jaja-
Terminado el diálogo, Joao empezó a sentarse lentamente sobre la pinga de Francisco, quien miraba atentamente cómo su palo se perdía en el culo de su amante. No había diferencia alguna con el trasero de una mujer. Joao trabajaba mucho aquella parte de su cuerpo y definitivamente los resultados saltaban a la vista.
Poco a poco fue aumentando la velocidad en su acción y otra vez el golpe de sus testículos contra las nalgas de Joao se oía fuertemente. Estaba muy excitado y pronto a llegar al clímax.
-Sigue, sigue, sigue- gritaba Joao.
Francisco lo tomó por el cabello y deteniéndolo empezó rápidamente a follarlo.
Su pinga iba de adentro hacia afuera del culo de Joao con gran rapidez y mientras tanto balbuceaba morbosas expresiones al oído de Joao.
-Me vengo, me vengoooo- le susurró al oído
Francisco sacó su pinga y mientras Joao se arrodillaba empezó a masturbarse.
Joao, ya arrodillado esperaba ansioso los chorros de leche en su boca
-¡Abre la boca! Te voy a llenar de leche…-le decía Francisco.
-Dámela, dámela-
-Ah, ahí va, ahí va, oooooh…-
De pronto, un chorro de leche espesa y blanquecina cayó en la boca de Joao quien probaba su sabor y jugaba mientras tanto.
Tomó la pinga de Francisco y la volvió a introducir en su boca, chupándola muy satisfecho.
-¿Te gustó?
-Me encantó, cachas como los dioses-
-Tú tienes un culo que me vuelve loco, que rico culo por Dios-
-Lo puedes tener cuando quieras, ya sabes la condición…-
-Relajado huevón… Jajaja-
Ambos se sentaron nuevamente en el mueble, sonrientes y satisfechos luego de la intensa jornada. Joao tenía un nuevo amante, y a la vez había realizado su mayor fantasía. No había sido cosa del destino, sino que sólo había sido necesaria la decisión de ambos de avanzar al siguiente nivel.
-Oe, se me hace tarde para mi reunión… tengo que irme-
-Ya, normal, me cambio al toque y bajamos por ahí-
Cuando Francisco se estaba poniendo de pie, Joao lo detuvo, lo miró fijamente y se enamoró de su angelical rostro. Se disponía a besarlo cuando de pronto escuchó el claxon de un carro.
Miró confundido hacia la calle, y ahí estaba el servicio de taxi que había solicitado minutos antes. Se hallaba vestido de manera distinta, con el cabello ordenado y su ropa no tenía muestras de haber sido arrancada con fuerza. Estaba sentado en una de las bancas que había en el pasadizo de acceso al edificio.
El viento de la tarde lo había arrullado y se quedó dormido. Sólo atinó a sonreír al darse cuenta que toda aquella experiencia sexual había sido fruto de su imaginación.
Se puso de pie, tomó sus cosas y al salir, fijó su mirada atentamente en Francisco, quien aún se hallaba en el parque, sin camiseta y con su cabellera rubia al viento.

Escrito por Sebastian para Hunks of Piura Entertainment. Siempre practica sexo seguro. Los nombres son ficticios. Contacta al autor a sebastian.hunk90@gmail.com



jueves, 11 de julio de 2019

En vez de seguir discutiendo con ella, me buscó para cachar

Soy un ingeniero informático que hace muchos, muchos años que salí de mi ciudad para hacer una carrera más competitiva en Lima. Sin embargo, no he perdido el contacto con mi ciudad y de vez en cuando regreso a visitar a alguna familia, ciertos amigos y ver algunos negocios de mis papás que ya no viven allá. En realidad, regreso para deshacerme de esos negocios puesto que mis papás han comenzado una nueva vida en otra parte, están lejos, y lo que menos quieren tener ahora son preocupaciones. Por éso fue que hace poco estuve allí para vender la casa donde crecimos. Hubo ofertas de compra, pero ninguna me convenció.

La última tarde que pasé allá me crucé con algunos amigos del colegio quienes me dijeron esa noche para juntarnos y tomar unas chelas. Yo les dije que sí por puro compromiso, porque, la verdad, lo que menos quería era juntarme con ellos. Ya sabía que ellos pondría las cuatro primeras, y el resto de la caja me la iban a terminar chantando, y yo, la verdad, no mantengo a nadie excepto mi familia. Por otro lado, esa noche iba a quedarme solo allí en la casa donde no había nada, solo un colchón con mi bolsa de dormir en lo que alguna vez fue mi cuarto. Encima era viernes. De que iba a aburrirme, iba a aburrirme. Podía ir a una disco pero iba a ser la misma cosa, y al día siguiente quería regresar a primera hora.

Estaba en esa reflexión, cuando al doblar la esquina me topé, casi me choqué, con Fico, el cuñado de uno de mis amigos, que ahora trabaja como profesor de Educación Física y que era un gran futbolista cuando yo vivía en la ciudad. Bueno, no sé si aún continúa siéndolo porque, a juzgar por el polo entallado y el jean pitillo que vestía, no había perdido la forma. Yo, para ser sincero, cuando salí de la universidad no tenía un cuerpo atlético lo que se dice atlético, pero me veía bien. Con los años me he descuidado un poco pero siempre me doy tiempo para salir a correr tempranito en la mañana y, digamos que estoy en condiciones aceptables. Pero volvamos con Fico.
"¡Rubén, a los años!", me dijo y me dio un cálido abrazo. "¿Cuándo llegaste?"
"Hola, Fico", le respondí, no sin extrañarme por el abrazo porque cuando vivíamos hace años apenas si nos levantábamos las cejas. "Vine hace dos días, me voy mañana".
Le expliqué la razón de mi visita y que pensaba regresarme al día siguiente.
"No jodas", me dijo. "¿Y estás solito en esa casota?"
Yo le dije que sí, que no tenía sentido quedarme en casa de nadie, que, hasta que no la venda, ésa era mi casa.
"Bueno, ojalá pueda saludarte más tarde", continuó. "Ahorita se me hace tarde porque tengo que jugar una pichanguita".
Bueno, al menos confirmamos el dato que ese cuerpo se debía a continua actividad física. Nos despedimos. Yo regresé a mi casa.

Me despertó un claxon afuera. Yo estaba desnudo en mi colchón con mi verga de 16 centímetros al palo. No tenía idea de por qué estaba con esa erección. El hecho es que vi mi celular y era como las siete de la noche o por ahí. Mis alertas de Facebook indicaban que tenía varios mensajes, entre ellos los de mis patas que querían chupar conmigo. Bueno, teniendo la casa sola y sin planes, y siendo viernes, estaba tentado a tomar la oferta, aunque terminara pagando los dos tercios de la caja. Tomé mi toalla y me levanté para ir a ducharme cuando oí que sonaba el timbre de mi casa y luego que tocaban la puerta. Pensé lo peor: o que alguien sabía que estaba solo y quería hacerme daño, o que mis patas habían decidido buscarme en casa para chupar sí o sí. Me anudé la toalla a mi cintura, bajé a atender. Sí, estaba corriendo riesgo porque simplemente podía ignorar, pero volvieron a tocar.
"¿Quién?", grité con mi voz más viril posible.
"¿Rubén?", me preguntaron desde afuera.
"¿De parte?", volví a rugir.
"Soy yo, Fico", me replicaron.
¡Aguanta! ¿Fico? Abrí. Ahí estaba el cuñado de mi amigo, vestido como qien te vas a jugar un partido de fútbol, mejor dicho, como quien llega de jugar un partido de fútbol.

"Tuve problemas en casa", me dijo Fico mientras lo hacía subir a mi cuarto. "Discutí con la mujer, y en lugar de meterle más gasolina al fuego, mejor salí".
"Hiciste bien", le respondí. "No es bueno dejar que las discusiones escalen hasta ponerse fuera de control".
"Por éso lo hice y, bueno, me acordé de ti y... espero no incomodarte", trató de justificarse.
"Para nada molestas", le sonreí. Y la verdad era ésa. Aunque no me parecía creíble el cuento de la mujer, tampoco me incomodaba de verdad la presencia de Fico en mi casa, especialmente con ese uniforme que, dicho sea de paso, se le pegaba al cuerpo revelando una anatomía digna de escuela de arte, en especial esas piernas musculosas y ese culo redondo y firme.
"¿Ibas a bañarte?", me preguntó.
"Sí, me desperté y justo tocaste la puerta".
"Ah, chucha, disculpa".
"No, normal".
"Oe Rubén, ¿me creerás que tampoco me he bañado todavía?"
Como supondrán, yo paré las antenas. Respiré profundo tratando de que mi erección, que ya se había bajado, no se vuelva a manifestar. De hecho, hice como que no escuché lo que dijo.
"¿Y quién ganó el partido?", le desvié el tema.
"Nosotros... 5 a 3", respondió mientras se cogía su paquete con la mano. ¡Y vaya que se notaba un considerable paquete!
"¿Me prestas tu baño un toque?", dijo. "¿O ya te vas a bañar?"
"no, entra, normal".
Le indiqué y regresé a mi cuarto. Me pareció que no había cerrado la puerta porque escuché un sonoro chorro que caía al inodoro. Recordé lo que me había dicho otro amigo, de que los pingones tienen chorros más potentes cuando orinaban. Entonces, pensé, la razón por la que Fico había llegado a mi casa era una especie de respuesta a mi negativa para salir. ¿Por qué seguir siendo frío? Me gustaba, mejor dicho, me gusta. Fico regresó.
"Así que no te has bañado aún", cambié mi tono. "¿quieres bañarte acá? Puedes usar la ducha si deseas".
Noté que Fico tragó saliva.
"No, Rubén, cómo se te ocurre, no quiero causar molestias".
¡Carajo!, pensé. ¿Y entonces por qué me lo dijo? Yo seguía allí con la toalla anudada a la cintura.
"Bueno, yo sí", le dije algo frustrado. "espérame un toque". Así que fui a la ducha.

estaba cubierto de jabón escuchando música de mi celular.
"¿Y están vendiendo la casa?", me preguntaron.
"¡Mierda! No asustes así, Fico", reaccioné.
"Perdona", me dijo casi riendo. "Es que tú dejaste la puerta abierta".
Bueno, sí, confieso que lo hice a propósito.
"Sí, la estamos vendiendo, pero la gente que la quiere comprar me está ofreciendo miserias; esta casa vale más", le dije, al fin, recuperándome.
"¿Qué jabón usas, Rubén?"
La pregunta me dio una pista: no había entrado para preguntar el valor de la casa, evidentemente.
"No sé, lo encontré acá todo duro", le respondí, acentuando lo de duro.
"Huele rico", me comentó.
"¿Sacas la marca por el olor?"
"No, quizás por el color, pero tendría que verlo".
A la mierda, dije. Abrí la cortina y... ¡Dios mío! Fico estaba calatito, desnudito, sin su uniforme. Quedé boquiabierto viendo su cuerpo marcado. Él se dio cuenta.
"Perdona, es que... como dijiste que podía bañarme acá". Ahora yo fui quien tragó saliva.
"entra a la ducha", me animé a decirle.

Fico tomó el jabón, lo olió con los ojos cerrados, abrió la llave de la ducha, dejó que el agua recorriera su cuerpo desnudo, y me dejó ver su espalda no tan ancha, sus glúteos como burbujas, algo de vello en sus nalgas, muy fino, y esas piernas de campeonato. Giró. Pectorales no tan inflados, abdominales marcados, cintura pequeñita, y debajo de su vello púbico evidentemente afeitado hace unos días, un largo pene descansando encima de un buen par de bolas. Se untó el jabón lentamente. Mi pinga, casi sin darme cuenta, se puso al palo.
"¿Ya sabes qué marca de jabón es?", le pregunté para liberar tensiones.
"No importa", me replicó. "Huele de la puta madre".
Dejó el jabón en la jabonera de la ducha y comenzó a masajearse el cuerpo tratando de hacer espuma.
"Sóbate el jabón", me pidió. "Se te va a resecar la piel", aconsejó a continuación sonriendo.
Yo no reaccioné. Ya tenía mi verga bien parada. él sonrió, me tomó de los brazos, me puso frente a frente con él y comenzó a sobármelos, haciendo espuma.
"Sóbame", me pidió.
Yo solo atiné a acariciarle la cintura.
"Todo el cuerpo, Rubén", me sonrió, y tomó mis manos y me las pasó por sus pectorales, su cadera y la parte exterior de sus dos nalgas.
"Sin miedo, Rubén, hazlo sin miedo".
Poco a poco fui paseando mi mano por todas esas partes. Me animé a sobarle el centro de sus nalgas, lo que hizo que le acercara mi verga a la suya. La sentí semierecta. También le sobé los muslos. Él sí no se amilanó y me acarició la espalda, mis nalgas, incluso mi pene y mis huevos.
"¿Puedo jabonarte en la raja de tu culo?", me consultó.
"Sí", le permití.
""OK, también sóbame la mía".
Juntamos nuestras pingas ahora duras y usamos la yema de nuestros dedos para pasarnos el jabón por en medio de nuestras nalgas y, cuando menos nos dimos cuenta, o quizás sí, estábamos masajeando el agujero de nuestros anos. Comencé a jadear y a disfrutar.

Tras enjuagarnos y secarnos, volvimos al cuarto y caímos sobre el colchón. Fico me besó profundamente en la boca. Nuestras lenguas más que combatir, se acariciaron. Sus manos y las mías no hicieron más que acariciarnos nuestros cuerpos a todo lo que se podía mientras nos revolcábamos no solo sobre el colchón, sino que nos desbordábamos al piso frío. Me besó el cuello, dejándome gemir Me puse encima suyo y ahora a mí me tocó hacerlo gemir mientras le succionaba las tetillas.
"Rico, Rubencito, sigue", me animó. Y así lo hice.
Pasé mi lengua sobre sus abdominales y llegué a su vello púbico que me raspó la cara. Tomé su pinga de unos 18 o 19 centímetros (parece que mis amigos tenían razón con lo del tamaño y el chorro), y comencé a chuparla a lo que podía porque es gruesa.
"Así, Rubencito, oh, qué rico", me suspiraba. Bueno, mas bien gemía.
Como toda su pinga no me cabía en la boca, , usé mi lengua para lamerle el resto de su falo hasta llegar a sus huevos y succionarlos mientras le pajeaba el pájaro. Fico convulsionaba. entonces, me puso sus poderosas piernas en mi espalda.
"Lámeme el culo, Rubencito, lámemelo", me pidió.
Le levanté las piernas, él me ayudó abriendo sus nalgas con sus manos y fui a la conquista de su ano. Lo lamí, lo punteé con mi lengua. Mi nariz aspiraba el aroma del jabón que habíamos usado poco antes. Sentí cómo su agujero se comenzaba a dilatar.
"Métemela, Rubén", me rogó. Y yo no esperé mucho, me arrodillé, me puse saliva en mi cabecita y puse mi huevo a la entrada de su culo. Empujé suavemente. Qué rica sensación, carajo, sentir cómo me abría paso por ese hoyo caliente. Me tomé mi tiempo porque tiempo era lo que me sobraba. En esa pose, metía y sacaba, metía y sacaba. Fico gemía extasiado, tomando su enorme pene y pajeándose sin violencia. Cuando creí que iba a explotar, me pidió lo insospechado.
"Sácamela, Rubén".
"¿Te duele?", pregunté.
"No, solo sácamela, no seas malito".
Lo hice.

Apenas le saqué mi pinga a Fico, cerró sus piernas y se arrodilló frente a mí para besarme en la boca otra vez.
"Acuéstate boca abajo, Rubencito", me pidió.
Le obedecí. Lo siguiente fue sentir su lengua en mi nuca, luego a lo largo de toda mi espina y finalmente haciendo circulitos en mis nalgas.
"Tienes rico culo", me dijo Fico.
"¿Te gusta?"
"¡Me encanta!"
Entonces me hizo el beso negro. Tampoco me contuve y gemí. Qué mierda. La casa eestaba vacía. Quién podía joder. Nadie. Así que gemía y jadeaba. Estuvo largo rato ahí. Hizo que levantara mis nalgas, casi poniéndome en perrito, y me colocó su cabeza en mi ano. Me la fue metiendo de a pocos. Aunque yo estaba recontraexcitado, me dolió un poco cuando me la metió, pero me acordé de respirar hondo, de relajarme, y el pene de Fico me penetró con facilidad. Se movió con gentileza, como entendiendo que cualquier movimiento brusco podría generarme mucho dolor, me acariciaba con mucha seguridad.
"Hace tiempo que quería cacharte", repetía. "Por fin eres mío".
"Cáchame, Fico".
De pronto me la sacó.
"¿Pasó algo?", quise saber.
"Está a punto de pasar", me dijo.
Me puso boca arriba y se acostó sobre mi. Comenzó a mover su cadera mientras yo le habría las piernas. Nos besamos y aproveché para agarrarle las nalgas con fuerza. Entonces sentí una humedad caliente en mi vientre.
"Las di", me confirmó Fico.
Se arrodilló, tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En cuestión de minutos, disparé todo mi semen sobre mi abdomen y mi pecho.
"Vamos a lavarnos", me dijo.

Tras secarnos, vi mi celular. Eran casi las ocho y cuarenta y estaba cargado de mensajes de mis patas. Fico se echó sobre el colchón, aún desnudo.
"Ojalá que mi mujer ya no esté asada", comentó.
"No creo", le observé. "Aunque quizás es muy pronto".
"Sí, pero a lo mejor tú quieres salir: es viernes por la noche".
"No, prefiero quedarme aquí".
"¿En serio?"
"Sí, Fico; prefiero quedarme aquí".
Se mantuvo en silencio buen rato.
"¿Puedo quedarme aquí contigo?", me pidió.
"Claro", le sonreí.
"Ven", me tomó del brazo e hizo que me acostara encima suyo. Nos besamos en la boca de nuevo.
"¿Cómo es éso que hace tiempo querías cacharme?", le pregunté cuando nos separamos.
"Es una larga historia, desde que mi cuñado nos presentó".
"¿Una larga historia como tu pinga?"
"¿Te gusta mi pinga?"
"Me gustas, Fico".
"Tú también, Rubén".
Nos volvimos a besar.
El cuñado de mi amigo y yo nos quedamos a pasar esa noche y cachamos dos veces más. ¿Mis patas? Bueno, se cansaron de mandarme mensajes para chelear. Que sigan mandando. Que no nos jodan.

viernes, 31 de enero de 2014

The Bar's Boys (1)

Por: Nug Huyur

 

Capítulo I: Haciendo Amigos.

 

Sobre el sofá aterciopelado, de rojo color, estaban los dos cuerpos. Los dos muchachos entrelazados, el uno del otro. Dorados, por la luz color miel que atraviesa el cristal de los ventanales de aquella sala. Ahí estaban ellos, recostados, con sus pieles color leche y café, al descubierto, a la intemperie de sus deseos más profundos. Forjados y diseñados, en el acero y en las barras del gimnasio, con el sudor recorriéndoles la piel, unidos como Urano y Gea, como Zeus y Hera, como hombre y mujer, como mujer y hombre. Poseyéndose una y otra vez. Ángel, el de suave tez, morena como el chocolate, con sus ojos verdes, con su cintura fina, tras ella, sus nalgas preponderantes, apretadas, azotadas continuamente por las manos de Cristhian. Ángel apretando los dientes, sintiendo en cada palmada, el sabor del placer. Ahí está el torero con su toro, alista la varilla y tras la última nalgada, lanza su estocada, fina y directa. Un grito, un movimiento hacia adelante, Ángel se siente uno con Cristhian, el del cuerpo esbelto. Cris se yergue sobre él, con afinada puntería, descargando una y otra vez su ser en las profundidades de Ángel. Una y otra vez, Ángel disfruta del sexo sin control, desenfrenado que le proporciona Cristhian hasta que de pronto, su macho, aprieta su cintura, Ángel abre la boca, dando un grito sin sonido. Un sólo aullido de Cristhian, una embestida a Ángel, marcan el final. Ángel, siente como algo caliente invade su ser. Cristhian sonríe, e intenta sacar su pene, de las nalgas de Ángel.

-          ¡Espera!, no lo saques aún – le dice Ángel, mientras se recuesta sobre el sofá.

-          OK – responde Cristhian, y lo sigue, se echa sobre la espalda de su amado, le da un beso y recorre con sus manos, el cuerpo moreno de Ángel. Sus ojos color café resaltan una preocupación – Sabes, no podemos continuar así.

-          ¿Cómo? – dice extrañado Ángel

-          Lo que te dije, amor, no podemos seguir así.

Le da un beso en el cuello, se incorpora lentamente y extrae su pene. Se sienta en una esquina del sofá. Ángel sigue recostado sobre el sofá, dejando ver sus nalgas que han quedado rojas por el castigo.

-          Míranos, tenemos que esperar que tus padres se vallan de viaje, para tener sexo o vernos más seguido, y ya vamos a cumplir el año, y no podemos seguir así.

-          ¡Ay, Cris!, ya vas a empezar otra vez, ¡también que estábamos!

-          No es eso, cholo, pero debemos hacer algo, para solucionarlo.

-          Y ¿Qué propones? – lo dijo al girar en el sofá, colocó una mano sobre su pierna y otra bajo su cabeza, en plan de escucha.

-          Alquilar un depa, aquí en la Champagnat he visto que están vendiendo unos, así que quiero que vallamos juntos a verlos.

Ángel no lo podía creer, sus ojos se iluminaron.

-          ¿Estás seguro, Cómo lo vamos a pagar?

-          Ya veremos, ambos trabajamos, podemos destinar un dinero para ello.

Y el morbo se le encendió, una sonrisa pícara nació de entre sus labios, Cristhian se había levantado del sofá, había avanzado hacia la mesa de centro, se agachó a ver su celular, cual gacela, Ángel se levantó y le dio un palmazo, Cristhian se incorporó, y un: reconchetu´mae salió de entre los dientes del agredido. Ángel le envió un beso volado, y Cris lo persiguió por la habitación, hasta llegar a la puerta del baño. Ahí lo atrapó. Lo encarceló entre sus brazos, Ángel intentó abrir la puerta y el cogió su mano, el cuerpo de Cristhian sobre de él, sus respiraciones agitadas, sus cuerpos transpirados, Ángel se giró. Y Cristhian: Pendejo, me dolió. Ángel sonrió, lo miró a los ojos negros y en su profundidad quedó perdido, tanto que le estampó un beso, Cris respondió de manera tan intensa que otra vez su libido se subió. De pronto Ángel se separó de Cris.

-          Te amo – le dijo.

-          Y yo a ti, moreno loco.

Ambos se fundieron en un beso otra vez, Ángel abrió la puerta del baño, y a paso torpe ingresaron. Ángel cerró la puerta.

 

A unos metros  de ahí en la Avenida Champagnat, una pareja de esposos,  terminan  de hacer una transacción. Acaban de venderles un departamento, en un conjunto habitacional, en la misma avenida. Anthony, es el encargado de estas ventas, trabaja para la compañía “nuestro Hogar.” Anthony, es un chico muy responsable, de contextura delgada pero formada, todas las mañanas sale a correr y por la noche va al gimnasio. Él siempre usa, su polo pegadito, su cabello con laca, de jeans ajustado y zapatillas de marca. Odia cuando lo molestan como si fuese mujer, por su vestimenta, sin embargo, su voz semigruesa y su manera de apretar la mano, demuestra que a pesar de todo sigue siendo hombre.

-          Entonces, ¿Todo quedó conforme señores? – preguntó Anthony

-          Si, joven – dijo la mujer.

-          Ok, entonces, recuerden deben apersonarse a mañana a este banco, para que puedan depositar la inicial, y poder empezar con los tramites del departamento.

-          Ok, joven, gracias – dijo el caballero.

El caballero se despidió, Anthony correspondió, también se despidió de la señora,  les abrió la puerta. La pareja salió. En eso, BZZZ! BZZZZ!, vibra el celular de Anthony, lo saca, mira la pantalla: ¡Haló,… Haló!, responde pero en vista que no le contestan se enoja y reniega: ¿Quién rayos llama y apaga el celular? Apaga el celular y se va a su oficina, organiza algunos papeles, revisa su correo y entra al face. Como a media mañana aparecen en la puerta, dos varones, uno viste todo urbano, el otro con pantalón dril, su camisa y sus zapatos bien lustrados.

-          Joven, disculpe – dice el de camisa – ¿Con quién puedo hablar para lo de los departamentos?

-          Conmigo – se levanta y se dirige a ellos, abre la reja – Buenos días soy Anthony – extiende su mano.

-          Buen día, soy Cristhian – dijo el muchacho de camisa, quien estrecha su mano – y él – por el muchacho que lo acompaña – es Ángel, mi amigo.

-          Bien, en que puedo servirles.

-          Estábamos buscando un departamento y queríamos saber de precios.

-          ¡Ah claro!, como no, pero pasen, por favor.

 

Continuará….

 

© 2014 Hunks of Piura Entertainment. Ésta es una obra de ficción: cuialquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

 

jueves, 1 de marzo de 2012

TT1: Con la miel en el cuerpo

Comencé a ir al gimnasio por curiosidad. El Metro, por Metrosexual, me recibió.
- Mira, vas a ver cómo tu cuerpo y tu salud se mejoran.
El Metro era el instructor: un pata en sus 25, cabello corto, algo de barba, un cuerpo velludo cubierto por un body de lycra al estilo luchador, que le marcaba unos prominentes pectorales, algo de paquete y unas abultadas y redondeadas nalgas. Lo que estaban al descubierto eran unos brazos gruesos y formados y unas piernas enormes y espectaculares. Era claro que estaba frente a un físicoculturista.
- ¿qué dices? ¿Te animas?
- Ya, bueno, probaré este mes. ¿Y qué incluyen los servicios?
- Bueno, las máquinas, y una hora de sauna los sábados.
- ¿Tienes sauna?
- Sí. ¿quieres conocer?
El Metro me hizo una visita guiada por un espacio libre lleno de espejos que usaba para los aeróbicos, y un tabique de madera que lo separaba del área de máquinas.
El sauna era un cuarto enorme de metal, al que se entraba por una puerta que daba a un pequeño vestidor y que discretamente te mandaba a las duchas. Milagrosamente, éstas tenían agua.
Comencé esa semana y me acostumbré a verlo vestido así, mínimamente, exhibiendo su musculoso cuerpo, pero derrochando simpatía, interactuando con todo el alumnado, preocupándose porque aprendieras a hacer el movimiento, preguntando si te sentías bien.
- La pastilla se llama Apronax.
Esa era la frase con que despedía a sus alumnos de cada clase, advirtiéndoles que si les dolía, iba todo bien, que no se preocuparan, pero que regresaran.
Y la gente regresaba.
Yo aguanté la semana, porque quería obtener alguna meta en mi vida, ya que siempre solía abanonar las que me proponía. Ésta fue la excepeción, porque hasta ahora sigo con los fierros, y eso debo reconocérselo, que me inculcó la pasión por ellos... bueno y por los buenos cuerpos.
Ese sábado tocó sauna. Como yo, había otros tres patas que iban a entrar.
Había leído algo sobre el tema, y encontré que la mejor manera de tomar ese tipo de baño era totalmente desnudo, que la toallita y toda la huevada era simple truco para las cámaras.
Cuando llegó el momento, El Metro comenzó a calentar el espacio, y cuando ya había ganado temperatura nos hizo entrar.
Yo era el único calato del grupo, pero como todos éramos patas, como las huevas. No eran cuerpos formados; de hecho sólo uno tenía la forma de atleta, pero se había cubiertto sus partes con su calzoncillo.
De pronto, la puerta corrediza se abrió y entró el instructor con una botella en la mano.
- Es miel. Es buena para la piel, lo sentirán ahora.
Dicho esto, comenzó a echarla desde la cabeza, como quien unge a sus discípulos.
Cuando me la echó, entendí el poder de la miel más el calor. Vásicamente se evapora, pero al hacerlo, se lleva las toxinas y deja la piel suave, tersa, de la puta madre.
El Metro vestía una tanga como las que se usan para los concursos de culturismo. Era negra, y por atrás, con dificultad le cubría sus nalgas.
se echó la miel.
El tratamiento se repitió las siguientes tres semanas. Cada bez que pasó, él, vistiendo su tanga entraba y repetía el rito de la miel.
La última, cuando ya se acababa mi membresía, sólo estábamos dos para entrar al sauna, justo el pata atlético y yo.
Entramos y nos pusimos a conversar de todo un poco, sólo que esta vez el pata no tenía nada, y así pude ver su pene incircunciso, coronado de un tupido vello púbico y unas grandes bolas. El pata era algo simpático.
Yo también estaba calato, con mi cuerpo semivelludo, y sentado muy cerca de él.
Las gotas de sudor decoraban nuestros cuerpos, y de cuando en cuando, nos las sacudíamos, descansando sobre las bancas de madera.
De pronto la luz se apagó, y se abrió la puerta corrediza.
Me palteé un poco.
- No se preocupen, es para que se relajen mejor.
Era el Metro. Y volvió a repetir el rito de la miel, sólo que esta vez con una variante.
Como la puerta tenía un vidrio, y por allí se filtraba la luz del gran salón de máquinas, pude ver cómo se acercó al otro pata, le dejó caer el fluído, y comenzó a restregarle el cuerpo. El pata estaba con la cabeza levantada, mientras el Metro lo sobaba por el pecho y la espalda.
- ¡Aguarda, Metro!
- ¿Qué pasa?
- No toques el culo, mierda.
Nos reímos los tres.
Luego vino hacia mi, me echó la miel, y comenzó a sobarme sus gruesas y gordas manos por el pecho, la espalda, y también las nalgas. Yo no protesté, pero hice un gran esfuerzo para evitar que se me parara, porque cada vez que me pasaba la mano a lo largo de mi espina, sentía cosquilleo.
- Échame la miel.
Le hice caso, y puse la botella en alto. Comenzó a sobarse el cuerpo, y luego me dio la espalda.
- Ayúdame a esparcir la miel.
Mi mano sobó el dulce por su gran espalda, y tuve que llegar a sus nalgas.
- sigue normal.
Su culo era velludo, y no aguanté más: mi verga se paró.
Con mucho cuidado, aprovechando la penumbra, traté de que ésta no lo rozara.
Los tres nos sentamos sobre la banca, pero me fui al rincón con la esperanza que se me bajara mi erección. Nada.
Cuando vi al otro pata que había entrado conmigo, que se había acostado sobre la banca, la tenía armadaza.
El Metro estaba a mi costado, como las huevas, conversando de todo un poco.
Entonces, el otro pata se levantó.
- Voy a ducharme.
Al abrir la puerta, era evidente que su erección, de unos 16 cm, estaba a tope.
Me quedé con el Metro.
- ¿Y qué tal el mes?
- Excelente. Tengo algunos logros.
- Sí, lo noté. Si sigues, llegarás a echar mejor físico.
- ¿Como tú?
- Claro... ¿Y qué dices? ¿Tomas el segundo mes?
- Bueno.
- Hombre, hazlo, mira nadie te ofrece sauna.
Tras meditarlo unos segundos, acepté. Me palmeó la pierna.
Un par de minutos después, el otro pata entró. La tenía baja. Pensé que se debía al agua fría.
- anda, dúchate.
salí, y cuando iba a abrir la ducha, mi pie pisó algo pegajoso. Bajé mi mirada: semen.
No le di importancia y me duché.
Tras reingresar al sauna por unos 20 min, salí, me duché y me cambié para irme a casa. El otro pata y el Metro se quedaron todavía, calatos, dentro del sauna.
Esa noche, me duché de nuevo y me la corrí. Como nunca, grandes torrentes de mi leche salían disparados hasta la pared de mi ducha. Pensé que era la testosterona, ya que, cuando entrenas, ésta aumenta naturalmente.
Ese lunes regresé a iniciar el segundo mes. El Metro vestía un short algo holgado, pero que igual no podía ocultar sus nalgas.
Ese sábado, repetimos el sauna, solo que esta vez el otro pata no apareció para nada, mas bien dos nuevos alumnos.
Cuando ingresé, porque fui el primero en meterme al sauna, vi algo brillante en la esquina que no había visto la última vez. Al alzarlo, lo identifiqué: la envoltura de un condón.
En ese momento, el Metro entró, como siempre, con su botella de miel, vistiendo su tanga negra.
Cuando vio lo que tenía en la mano, puso cara de circunstancia. No le dije nada. No me dijo nada.
Doblé lo más que pude el papel aluminio y lo tiré a una esquina. La ceremonia de la miel se repetiría esa noche.

CONTINUARÁ...
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