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domingo, 17 de octubre de 2021

El retorno al sitio prohibido del abuelo

Modelo: Luángel.
Fotos: Firdusi.


La gente piensa que la Especialidad de Historia es aburrida. Se equivocan. Puede ser más interesante de lo que sospechan, especialmente cuando hay verdades históricas que nos ocultan por falsa moral, para que no se nos derrumbe la imagen casi santificada de los primeros pobladores y esas cosas. Pero yo aprendí que ni los héroes eran tan santos ni los enemigos eran tan siniestros.


La cosa es que durante las clases virtuales, mi profe nos dejó realizar una monografía sobre algún hecho, personaje o sitio histórico. Mis compañeros optaron por trabajos que pueden hacer consultando Google o en los libros de la casa. Eso no está mal. Yo decidí hacer algo más osado.


Recuerdo que cuando era niño y pasaba vacaciones con el abuelo en el campo, me contaba historias de grandes guerreros, conquistadores. Ya saben, esas cosas que a uno lo hacen alucinar y poner rostro de sorpresa. Pero una tarde, uno de mis primos me dijo algo que despertó mi curiosidad: “Te voy a mostrar el sitio prohibido del abuelo”.


Yo tenía 14 o 15, mi primo sí 16 o 17. Como supondrán, a su sola mención, aluciné. ¿qué era eso del sitio prohibido del abuelo? 
“eso sí”, me dijo. “Le dices a tu vieja que nos vamos a deslizar en las dunas, ni por broma le digas nada del sitio prohibido”.
Acepté.


Al día siguiente, muy temprano comenzamos la caminata. Como hora y media avanzando por un camino de tierra. A pesar que lo atormentaba con preguntas, mi primo no me soltó más datos sobre el lugar. 
“Va a gustarte”, me repetía. 
Vestíamos ropa de deportes. Subimos una lomita y llegamos a una especie de pampita donde habían varias piedras, algunas paradas y medio raras. 
“son pingas”, me dijo mi primo. 
Yo pensé que me estaba hueveando, pero al acercarme mejor y examinarlas, pues sí: parecían pingas.
“Aquí los antiguos hacían una ceremonia secreta”, me explicó mi primo, “una orgía entre patas”. 
¿Cómo mierda podía ser posible eso? 
“Así iniciaban a los guerreros del ejército de los gentiles”, siguió contándome mi primo. 
“¿Y cómo era esa ceremonia?”, le pregunté notando que cierta euforia se apoderaba de su rostro, y viendo cómo el bulto en su short crecía mas y más. 
 “Pero… esa ceremonia solo es para elegidos”, me sonrió.
“¿Yo no lo soy?”, lo reté.
“No sé”, me replicó.
“entonces, ¿por qué me trajiste?”, le insistí.
“Para continuar la tradición”.
“¿qué tradición hablas?”


Me llevó hacia una parte de la explanada donde habían más piedras y se quitó toda la ropa. Estaba calato. Su pinga se puso al palo casi al toque. 
“Calatéate”, me dijo. 
No sé por qué, comencé a sentir una sensación extraña. No cuestioné. Me desnudé por completo. 
“Ven, guerrerito”, me dijo. Me le acerqué. Me tomó de los hombros y me empujó hacia el suelo, buscando que me arrodille. Mi boca quedó frente a su pinga que estaba lubricando como mierda. 
“Chúpamela, guerrerito”, me pidió. Se trataba de un pene grueso y cabezón, todo recto, unos 16 cm. Ni siquiera lo pensé. Comencé a mamárselo. Mi primo gemía.



Tras chupársela por buen rato, me hizo ponerme en perrito, se arrodilló detrás de mí, me acarició las nalgas, me las abrió. Me hizo el beso negro. Ya se podrán imaginar cómo mi cuerpo adolescente vibró, se electrizó, gozó. A continuación, puso su pinga en la entrada de mi ano y comenzó a empujar, metiéndolo. Sentí un poco de dolor al inicio, pero como estaba bien lubricado, entró como las huevas. 


Me bombeó por largo rato,yo disfruté. Tras varios minutos, él gruñó y yo sentí su miembro palpitar en mi recto. 
“Las di, guerrerito”, dijo. 
Fue la primera vez que me preñaban el culo.


Regresamos a casa, pero antes pasamos por las dunas donde nos revolcamos para que nadie sospechara. Obviamente ni loco se lo conté a nadie más, pero me quedó la curiosidad por el sitio prohibido. Averigüé todo lo que pude, pero no encontré información. Quizás por eso opté por esa carrera. En cierto modo supuse que al ingresar a la universidad, tendría acceso a más información pero nada.


Antes de la cuarentena conocí a un pata en la playa con quien nos hicimos amigos. Eventualmente terminamos tirando una noche de copas, una noche loca. Como su familia tenía casa de playa y ese fin de semana estaba solo, aprovechamos y terminamos haciendo todas las poses. Resulta que el pata es estudiante de Arqueología. Esa noche, después de disfrutar sus 17 cm en mi anito, y con menos borrachera, nos pusimos a hablar sobre historia, los documentos secretos, las crónicas españolas, cómo muchos caciques indígenas fueron quemados vivos por consentir la sodomía homosexual ritual, y me acordé del sitio prohibido. Le desperté la curiosidad.


Quedamos que regresaría en dos semanas para visitar la zona y registrarla, pero justo comenzó la cuarentena. Cagada la cosa. De todos modos, nos mantuvimos en contacto hasta que el gobierno dijo que se abrían las carreteras. Contra el consejo de su familia, se vino para el norte, y sin avisar a nadie más, hicimos la excursión. Pasé la voz a mi primo pero no se animaba. Él ahora tiene 21 y ya se acompañó, encima tiene un bebito. Pero me dio indicaciones para llegar.


Caminamos entre la arena y llegamos. Ahí estaban las piedras. “Rituales de fertilidad”, dijo de inmediato mi amigo. Una energía inusual se apoderó de mi cuerpo, como si algo me llamara. “Ven”, le dije. Él estaba tomando fotos a las piedras y sacando su GPS para hacer registro, y lo dejó todo por seguirme.
Lo llevé donde mi primo me llevó, y le dije que hiciese lo mismo que yo. Me quedé calato. Él hizo lo mismo. Su cuerpo delgado pero fibrado lucía rico. Su pinga ya estaba al palo. Tomó su cámara y me hizo una sesión de fotos que aquí se las comparto. Cachamos allí en medio de fantasmas, viento, arena y recuerdos. Me la metió por el culo. Se vino tres veces seguidas. Me había dejado tanto semen dentro que, cuando me puse de pie, se me escurrió por las piernas. Inexplicablemente, él se arrodilló y me lo limpió lamiéndome el cuerpo. Regresamos. Lástima que se nos olvidó fotografiar cómo me metía su pinga.


Todavía quedan muchos cabos sueltos en mi monografía. Por ejemplo: si mi abuelo izo la ceremonia alguna vez, cómo mis tíos se llegaron a enterar, quién de ellos se lo contó a mi primo. Y lo más fascinante: cómo fue antes de mi abuelo. Por supuesto, la cosa es cómo plantearé mi monografía para que mi profe no se dé cuenta cuál es el enigma del lugar, pero ya me las ingeniaré.

domingo, 5 de julio de 2020

Ideas para tu próxima película erótica o porno gay



Mucha gente sigue pensando que la fórmula del porno o el erotismo gay en cámara consiste en conseguirte chicos guapos de buen cuerpo que se quiten la ropa, se les pare la verga y comiencen a chuparla, meterla en el culo y eyacular mientras disfrutan el orgasmo. Pero olvidan que hay un público que también quiere ver historia, y una buena historia. Por éso parte de nuestro equipo se pasó esta cuarentena creando algunas historias que podrían interesarte poner en pantalla si lo tuyo es producir entretenimiento para adultos gays o bi. A continuación te presentamos algunas sinopsis:

  1. Beto y Juan se refugian en un dormitorio para protegerse de una amenaza que está exterminando a todo el mundo afuera, pero Juan no soporta el encierro. Beto hará lo que tiene a su alcance para evitar que salga; pero, uno de ambos no soportará más la reclusión.
  2. Tommy es reclutado por su viejo amigo Andy para un proyecto ultraconfidencial del Ejército, por lo que convoca a cuatro jóvenes fisicoculturistas para que participen del mismo; en medio del tren sexual, los chicos descubren un aparente montaje.
  3. El mundo heterosexual de Abel se tambalea cuando descubre que algunos de sus compañeros de trabajo tienen relaciones homosexuales, alterando por completo su propia identidad, su relación con su pareja y su familia, su entorno laboral y hasta su futuro; aunque también le muestra ciertas ventajas que puede tomar a su favor para superar su propia situación personal rompiendo muchos convencionalismos sociales.
  4. Miguel Ángel Roca es un destacado rreportero quien viaja a cubrir la investigación de David Torres, un viejo compañero y mentor universitario. La ocasión permitirá renacer una antigua atracción sexual entre ambos, a la que terminará involucrando al camarógrafo que ha viajado con él y un joven campesino quien vive en la zona.
  5. La carrera de  Leandro Pérez como modelo puede despegar si se acuesta con Darío Echenique, uno de los más importantes del medio: lo que para el primero significa una mejor calidad de vida, para el segundo significa acabar con su soledad. Y ambos querrán pagar el precio sin importar las consecuencias.




Si deseas recibir la ficha técnica de cada obra así como su valor de venta, envíanos un correo electrónico a hunks_piura@gmail.com para enviártelas. Algunas obras han sido adaptadas al inglés si te interesa producirlas para ese mercado.

domingo, 5 de abril de 2020

El juramento de #semen es para toda la vida

Cuando hice el servicio militar, hace ya casi 20 años, había un juego que mis promociones y yo solíamos hacer cuando dormíamos. Como éramos varios en la cuadra, teníamos que compartir camas. Como a veces hacía calor, dormíamos en calzoncillo (en esa época no estaban de moda los bóxers), y por joder, cuando el otro promoción estaba de espaldas, lo agarrabas de la cintura, le arrimabas tu paquete al medio del culo, y hacías como que te lo cachabas. Así fue como conocí a mi promoción Wálter, un pata flaquito pero marcado, metro 65, lampiño, culo normal pero bien paradito.




Una madrugada, cuando vino de una guardia, como de costumbre se sentó sobre la cama y comenzó a desvestirse. Yo estaba de espalda, durmiendo hacia la pared. Esa noche tenía un calzoncillo bien pegado. Yo soy metro 68, velludo, y en ese tiempo mi contextura era normal.
"¿Estás despierto?", me preguntó bien despacito.
De puro pendejo, no le respondí.
"Ya, oe, Pérez, habla. ¿Estás despierto?"
Y me colocó su paquete en mis nalgas. Solo que esta vez noté que su paquete estaba duro, durazo.
"Aguarda, mierda", le respondí sonriéndome y bien despacito también. "¿Qué pasó?"
"Me gané una huevada. Yo y Sánchez. En el algarrobo cerca de la esquina de la torre, notamos que dos bultos se acercaron. Activamos los largavistas de visión nocturna y... ¡dos patas cachando, huevón!"
"Hablas huevadas", le respondí.
Me narró que ambos llegaron con mucho sigilo, en una zona que en esa época era oscura, y cuando comenzaron a espiarlos vieron cómo se desvestían, y ya calatos cómo uno de ellos se arrodillaba en la arena para chupar lo que parecía ser un gran pene. Luego, cómo el activo ponía al pasivo en cuatro patas y se la clavaba hasta que luego de varias minutos, el activo sacaba su mazo, se lo pajeaba y parecía llegar al orgasmo sobre el cuerpo de su amante.
"¿Qué dijo Sánchez?"
"Ese pendejo se pajeó allí en la torre".


Sentí la mano de Wálter sobre mi cintura, como usándola para narrarme lo que vio, luego sentí su mano en mi cadera. Éso me arrechó y también se me paró.
"Ya deja dormir", pedí.
"¿Por qué?", me preguntó.
Tomé su mano y la puse sobre mi paquete duro. Él no la retiró. Mas bien metió su mano dentro de mi calzoncillo y me tocó mi verga dura.
"¿Hace cuánto que no cachas, Pérez?"
"No sé", le dije por responder cualquier huevada.
Entonces me comenzó a pajear. Yo me quedé tranquilo. Bueno, ni tan tranquilo. Con mi mano libre, le bajé el tirante de su calzoncillo, que para variar era delgado, y le toqué su paquete.


Abrí los ojos. Estaba más o menos oscuro. Tratando de no hacer ruido, me volteé en la cama hasta quedar frente a frente con él. Le bajé su calzoncillo, cosa que él me ayudó, a la vez que me bajaba el mío. Juntamos ambas vergas duras, nos abrazamos, y mientras las masajeábamos contra el cuerpo del otro, nos besamos en la boca. No era el primer pata que besaba en la boca, pero era mi pata, mi promoción. Fue una experiencia rica.
"Las voy a dar", le dije.
Él me puso mirando arriba y con cuidado de no hacer ruido, puso mi pinga en su boca, me la chupó. Le di toda mi leche en ese espacio suave, húmedo y caliente.
"También las voy a dar", me dijo.
Se puso boca arriba. Yo dudé algunos segundos. También cuidando de no hacer ruido, me incliné hasta su pinga, se la chupé y por primera vez en mi vida recibí semen de otro pata. Sabía medio raro, pero ya estaba acostumbrado: el rancho no era comida de cinco tenedores que digamos.





A la mañana siguiente, hicimos como que no pasó nada. Todo normal. Volvimos a repetir la cosa unas dos o tres veces hasta que salimos de baja. Yo me fui a trabajar a Arequipa, él se quedó acá y creo que fue a Lima. Casi había perdido el contacto con él hasta que antes de la cuarentena estaba viendo unos negocios en Canchaque a ver si iba con turistas para la Semana Santa, cuando estaba cruzando la plaza de armas y alguien me pasó la voz.
"¡Pérez!"
Volteé a ver. Un pata algo maceteado me sonreía desde una de las bancas. Me le acerqué. ¡No saben el gozo cuando reconocí a Wálter!
"¡A los años! ¿Qué haces acá, huevón?"
"Tengo un par de días libres en el trabajo y me vine a pasear".
"¿Ya conocías acá?"
"No, es mi primera vez", me guiñó un ojo.
"¿Quieres que te lo muestre?", le sonreí.
"Todito", se carcajeó él.


Caminamos por el mirador, los peroles, vimos el paisaje, aunque hacía algo de frío, él estaba comenzando a sudar.
"¿Quieres darte un baño acá cerca?", consulté.
"Pero no he traído ropa de baño".
"Tú sígueme".
Lo llevé a un paraje del río Pusmalca donde hay unas totoras y algo de pajonal, un poco retirado del pueblo. Al llegar, me calateé todo.
"¡Qué rico cuerpo, promoción!", me alabó.
"El fitness", le sonreí.
Me metí al agua. él se calateó también.
"También tienes rico cuerpo", le observé.
"el fútbol", me sonrió, y parecía darle la razón porque el culo le había crecido lo mismo que las piernas. Se sumergió todo. Aprovechando la soledad, aprovechamos para ponernos al día de toda nuestra vida. él trabaja como ingeniero de telecomunicaciones y yo, como dije arriba, soy operador turístico.
"Esta agua sí que relaja", me dijo.
"¿Te gusta?"
"Como mierda", me dijo. "¿Te acuerdas cuando te hice masajes una vez y me dijiste que estabas bien relajado después de la sesión?"
"Bueno", recordé, "relajado y bien al palo también". Me reí.
"Estoy igual", me guiñó un ojo.
"Hablas huevadas".
Wálter tomó mi mano sumergida, y como esa vez en la cuadra hace 20 años, la puso sobre su paquete. Mas bien sobre su pinga: estaba dura, a pesar del agua fría.
"¿Qué tal?", me dijo.
"Toca la mía", le respondí.
No solo la hizo. Comenzó a pajearme dentro del agua. Yo hice lo mismo. Terminamos eyaculando allí, sin que nadie se diese cuenta. Quién sabe a dónde fluyó nuestro semen, que parecía dos pequeñas nubes blancas alejándose con rapidez.





La siguiente parada del 'tour' fue un hostal en el pueblo. No sé con qué cara nos vieron pero nos dieron una matrimonial. (Nos dijeron que las dobles estaban llenas y no había simples.) Desde que entramos y nos quitamos la ropa, lo primero que hicimos fue tirarnos sobre la cama, abrazarnos y besarnos como locos. Ahora sí podía recorrer su cuerpo bajo el mío.
"Chúpame las tetillas", me pidió, y al hacerlo el huevón comenzó a gemir como mierda, tanto que le tuve que tapar la boca. Luego le chupé la verga, unos 15 cm rectita, y tras levantarle las piernas, le hice un beso negro tierno y profundo. Dilató de inmediato, y era evidente que por ese agujero ya habían entrado varios falos, pero a la mierda... disfruté lamiendo, besando y punteando, mientras él gemía y jadeaba, pedía más, me acariciaba.


Cuando yo me puse boca arriba, él también me besó todo el cuerpo y al llegar a mi pinga, 14 cm recta, me la chupó un rato, luego los huevos. entonces, se sentó sobre mi palo, se puso saliva en el ano, y fue bajando poco a poco hasta que sus nalgas tocaron mi ingle. Rebotó algunos minutos. Luego me lo puse piernas al hombro, pero en vez de bombearlo, probé una técnica tántrica en la que él tenía que apretar el culo mientras yo activaba sus zonas erógenas y en especial su ruta de chakras. Bueno, cuando guías turistas y cachas con ellos, aprendes de todo, ¿no? Wálter disfrutó tanto la experiencia, que, tras hora y media después, eyaculó sobre su abdomen. Afuera ya era de noche.
"Lo máximo, Pérez", me dijo extasiado. "Es la primera vez en mi vida que cacho tan rico".
"Y yo también", le repliqué. "Debe ser porque nos tenemos un cariño de años".
"Debe ser".





Tras cenar algo, el resto de esa noche volvimos a cachar. Esta vez repetí la misma técnica, toda mi pinga en su orto, pero teniéndolo en perrito mientras yo le masajeaba la espalda. Wálter se contorsionaba de la pura excitación, jadeaba, me decía que era mi puta, que me amaba, que lo haga mío.  Luego lo puse boca arriba. Mientras él me pajeaba, yo lo pajeaba. Nuestro esperma se disparó en los vientres de ambos.


Al día siguiente, tomamos el ómbnibus de regreso a Piura. Nos mirábamos como idiotas y nos sonreíamos mientras veíamos la campiña pasar bajo la primera lluvia de verano. Al llegar a Piura, nos despedimos.
"¿Cuándo vuelves a tener días libres, Wálter?"
"En cualquier momento... yo te aviso".
"Ojalá sea pronto porque... es la primera vez en muchos años que hago el amor con alguien".
Pérez se emocionó y los ojos se le aguaron. Ahora nos comunicamos por chat y espero esa próxima vez, que, según me dijo, podría ser un trío. Estamos buscando candidato.

miércoles, 18 de marzo de 2020

Al predicador que madruga, Nino lo ayuda (II)



Al poco rato estábamos en mi cuarto. No es que fuera el sitio más detalladamente ordenado de mi casa, pero sí era el más seguro. Seguro mientras el pestillo estuviera presionado, digo.


Calatear a Miguel no fue tan complicado como pensé. entre besos y abrazos, toda su ropa quedó regada por el suelo de mi habitación. Yo solo tenía que sacarme mi short y listo.
Para ser un chico que nunca fue a un gimnasio, sus músculos estaban con volumen aunque sin marca. Su abdomen era normal aunque sin marca. Apenas si tenía vello en el pubis (evidentemente nunca recortado o rasurado) y algo en las piernas. Nuestras pingas estaban apretándose, erectas del todo. Me separé a vérsela y masajeársela.


"¿Sabes cuánto mide ésto, Miguel?"
"Nunca la he medido... ¿Cuánto le calculas?"
"17, 18... tranquilamente".
"Parece que fuera del mismo tamaño que la tuya", me dijo.
Tomé mi pinga y la puse encima de la suya. Iguales. La diferencia era que la suya era más cabezona y alguito estrecha en la base. Por cierto, tenía ricos huevos, ¡grandes! Era obvio que ese bulto en el pantalón no era finta.
"Tú te afeitas los pendejos", me dijo sonriendo.
"Así es más rico para mí", le dije.


Volví a besarlo en la boca, luego en el cuello, chupé sus tetillas, bajé por el abdomen y me arrodillé hasta que mi cara estuvo a la altura de su miembro. Lo masajeé un poco con mi mano y me lo metí a mi boca.
"¡Mierda!", exclamó Miguel. "Qué rico", suspiraba una y otra vez.
Yo succionaba y succionaba mientras mis manos le acariciaban sus bolotas y luego sus nalgotas, y luego sus muslotes.
él no cesaba de suspirar diciendo que se sentía rico.
Para ser un supuesto primerizo, se dejó acariciar allí donde otros supuestos activos te sacan las manos. Mis dedos traviesos trataron de abrirse paso entre sus nalgas, pero las tenía tan comprimidas, que apenas pude masajearlas.


Ya acostado sobre mi cama, le puse un condón, lo unté con mucho lubricante, y me senté encima de su pene.


A pesar que yo estaba recontraexcitado,no había conseguido dilatar bien mi ano, así que tuve algo de dificultad en lograr meterme su garrote. Fui haciéndolo poco a poco.


Conforme me metía cada centímetro más, la cara de Miguel era una arrechura completa. Imagínense cuando mi culo se había tragado todo su bate.


Comencé a rebotar. Cuando estaba seguro que ese pedazo de carne no se me iba a ssalir, me incliné para besarlo en la boca.
"Muévete, pappi", le suspiré. "Disfruta mi culo".
"Lo tienes apretadito, mierda".
"¿Te gusta así?"
"Me encanta".


Comenzó a bombearme cada vez mas rápido. Yo me alocaba. Mientras tanto, mi pinga dura golpeaba su abdomen ddejando pequeños rastros brillantes de mi líquido preseminal.
De pronto, él se ladeó y me puso debajo de su cuerpo. Con sus fuertes brazos levantó mis piernas tanto como pudo y siguió metiéndomela y sacándomela más rápido y más rápido cada vez.


Jadeaba fuerte, y ese jadeo se incrementó hasta que hizo rechinar sus dientes y rugió despacio, como para que solo lo escuchara yo. entonces sentí como su pinga latía dentro de mi ano.


Cuando él volvió en sí, tenía la frente con gotitas de sudor.
"Las di", suspiró aliviado y satisfecho, Miguel.





Se acostó a mi lado, aún calato, y se puso a darme piquitos en la boca.
"Qué rico, Nino".
"¿Te gustó?", sonreí más por autoconvencerme de que ese muchacho o era el típico pata reprimido caleta, o que en serio había experimentado por primera vez. ¿Pero alguien que lo hace por primera vez contigo en su vida se queda a darte piquitos luego de venirse? No me pareció prudente preguntárselo. Iba a joder todo el momento.


"A mí también me encantó", le dije acariciando su mejilla.
"Pero no duré mucho... creo que menos de diez minutos".
"Éso es lo de menoss, Miguel. Yo valoro la calidad, no la cantidad".
"¿Quieres decir que estuve...?"
"Del uno al diez... nueve punto seis".
Ambos reímos.


Entonces oí unos tacos fuera de la puerta de mi cuarto. Me quedé helado. Miguel lo mismo: petrificado.
"¿Ninito?", me llamaba la aguda voz femenina.





Como pude me puse un polo y el bendito short, sin nada debajo, y salí de mi cuarto cerrando la puerta de golpe.
"Hola mami", saludé tratando de disimular mi nerviosismo tanto como me fuera posible. "¿Ya terminaste tus trámites?"
"Ni comienzo, hijito: resulta que me olvidé mi DNI".


Inmediatamente pensé que la llegada de mamá sería muy breve, y éso me alivió un poco. Mamá se metió a su cuarto y yo me quedé allí dispuesto a interponerme entre cualquier persona, energía o elemento y la puerta de mi cuarto.


Mamá salió.
"¡Lo había dejado en mi mesa de noche!"
"Al menos lo hallaste", le comenté sonriendo nerviosamente.
"Bueno, hijito, me voy. Vengo para hacer el almuerzo".
"Ya, mami. Nos vemos".


Mamá comenzó a caminar el pasillo y tomar la sala. Contaba los segundos para escuchar cómo la puerta de la sala se cerraba.
"¡Ah, Nino! De veras. ¿Y ese maletín y esos folletos?"
Sudé frío. ¡La evidencia de un intruso en la sala de mi casa! Por la arrechura se me había olvidado. Traté de pensar rápido.
"Eeeee... es de un alumno, mami... Me lo dejó encargado porque está viendo a alguien por acá".
"¿Así?", me dijo desde la sala.
"Sí; de aquí lo viene a ver".
"Bueno", replicó ella.


Por fin escuché que se abría la puerta de la sala y se cerraba.


Casi en puntillas avancé por el pasadizo y me asomé poquito a poquito a la sala de mi casa: ninguna mora en la costa. No al menos por ese momento. Regresé a mi cuarto, saqué la llave que tenía en un bolsillito de mi short y abrí la puerta. Cuando vi a la cama, Miguel ya no estaba. Su ropa tampoco estaba regada en el suelo, y menos sus zapatos. ¿Cómo se había esfumado? Mi ventana es amplia, pero difícilmente alguien podría salir o entrar por allí, excepto el viento; además, afuera habían unos cardos que dan unas lindas florecitas fucsias redondas. Entonces opté por llamarlo: "¿Miguel, Miguel?"


Me asusté cuando un chico moreno, desnudo, salía por debajo de mi cama, con cara de aterrado.
"¿Se fue?"





Tras reponerse (o sea, ir al baño un toque), regresó a mi cama, donde yo estaba recostado. Él se había puesto su bóxer y su pantalón. Recién eran las diez de la mañana.
"Creo que me voy", me dijo.
Lo miré. Entendí.


Me levanté de la cama y me le acerqué para besarlo en la boca. Me correspondió.
"No sé qué decirte", me indicó.
"No digas nada", pedí. "Todo está bien".
"¿Puedo preguntarte algo?"
"¿Algo más? Claro".
"¿Te dolió mi pene cuando te lo metiste... en tu...? Tú sabes".
Yo me sonreí.
"Sí, un poco; pero lo disfruté".
Nos volvimos a besar.


"Y... ¿duele mucho cuando lo meten la primera vez?"
"Depende", le dije. "Todo está en cómo te estimulen".
Lo besé en la boca de nuevo.
"Así se comienza", le susurré.
Miguel sonrió.
"¿Sabes?", me dijo. "No sé qué te parecerá, pero.... me... me gustaría... quisiera... ¿Qué pasaría si... si me lo metes?"
¿Meterte mi pinga en tu culo?", le pregunté, tratando de confirmar.
"Sí", me dijo tímido. "¿Éso es malo?"
"No, para nada".
Volvimos a besarnos con pasión y a quitarnos la ropa de nuevo. Mucho antes de que me lo pidiera, ya la tenía al palo.


Nos acostamos en la cama y tras revolcarnos y frotarnos nuestras vergas duras, hice que se pusiera boca abajo, y lentamente comencé a besarlo y lamerlo desde la nuca, yendo a lo largo de su espina y acariciando su espalda con mis manos, hasta que llegué a sus enormes nalgas, redondas, lampiñitas. Las comencé a besar y a morder con cariño, a lo que él respondió con suspiros de arrechura. Lo mismo cuando comencé a lamerlas. Pasé mi lengua por la raja de su culo, y fui separando sus glúteos hasta dejar al descubierto el orificio de su ano, que estaba cerradito. Lo besé primero, a lo que el gimió, y luego lo comencé a lamer. Él gimió más aún. Tenía ese ano húmedo con mi saliva, a lo que comenzó a ceder, fue dilatando alguito. Suavemente usé mi dedo índice para estimularlo más. Me puse un condón, le unté con lubricante toda la entrada y también mi miembro. Hice que se ponga en cuatro para exponer más su huequito y le coloqué la cabeza de mi pene. Comencé a empujar lento, dándole tiempo para que su ano se acostumbrara a la penetración. Sabía que iba a tomarme tiempo, pero valía la pena. Apenas había entrado la mitad de mi glande, cuando él comenzó a quejarse.


"Respira hondo", le dije.
Lo hizo.
empujé más. Toda la cabecita por fin estaba dentro. ¡Tenían que ver como su ano se había expandido de ser un puntito entre sus nalgas! ¿El seguía quejándose, aunque por ratos me parecía que también eran gemidos de placer. empujé un poco más mi pinga dentro de su ano, lentamente, poquito a poquito, despacito. Lo que quería era que lo disfrutara, no que le agarrara temor a la penetración. él seguía quejándose, aunque en menor grado, jadeando, gimiendo.
"¿Te duele?", le pregunté por si acaso.
"Un poco", me respondió suspirando.
"¿Sigo?"
"Sí".


El primer tercio de mi pene ya estaba dentro de él. Seguí metiendo. Sabía que no debía desesperarme, solo disfrutar. Comencé a bombear un poco para sentir el cosquilleo en mi glande; pero su hueco estaba tan apretado que el resto de mi miembro no se deslizaba en absoluto como pasaba con otros patas. Bueno, tampoco me puedo quejar: apretadito es más rico.


Gracias al bombeo, logró entrar hasta la mitad de mis 18 centímetros. Miguel seguía jadeando de placer. Yo también comencé a jadear y gemir un poco. El ver cómo la mitad de mi pene estaba en medio de esas dos poderosas nalgas lampiñas era toda una delicia que no vería ni en la mejor peli porno. Decidí disfrutar tanto como me era posible porque después de ese día quién sabe cuándo tendría la oportunidad de encontrar algo y a alguien así. Y ese pensamiento comenzó a excitarme más y más, más y más, tanto que comencé a bombear más fuerte y poquito a poquito más profundo. Miguel comenzaba a quejarse de nuevo. Y tanto me movía que en una de esas, todo mi falo entró de golpe.


"¡¡Auuu, mierda!!", se quejó él.
"Perdona", dije entre jadeos. Junté mi pubis tanto como pude a sus nalgas, esperé que se le pasara un poco el dolor y comencé a bombear de nuevo, ya a mis anchas, cada vez más rápido y más rápido, hasta que comencé a chasquearle y ese sonido de piel con piel chocando se mezcló con los quejidos, los jadeos, los gemidos, los pedidos...
"Así mueve tu culo", le decía yo.


Miguel, como podía, movía sus caderas.
Ya todo estaba desenfrenado, yo estaba ya en trance. Jadeé más fuerte y me entregué al orgasmo. Mi leche se disparó dentro del condón. Poco a poco fui recobrando la calma. Cuando saqué mi miembro, toda la punta del jebe estaba recontrallena de mi fluído blanco, mientras que su ano estaba recontradilatado mostrando el efecto del roce.


Miguel seguía jadeando, aunque lentamente.
"¿Eyaculaste?", me preguntó cansado.
También cansado le afirmé con la cabeza.





Tras darnos un duchazo, regresamos al cuarto a cambiarnos.
"¿A dónde irás ahora?", curioseé.
"Creo que a mi casa", me dijo mientras se vestía.


No quise hurgar más. Si era cierto que se trataba de su primera vez, quizás querría pensar. Aún así, quise asegurarme de algo.
"¿Cómo te sientes?", repregunté.
Miguel me miró, y me sonrió dulcemente.
"Tranquilo, todo bien conmigo". Se puso de pie. "Y contigo también". Se me acercó y me besó en la boca; le correspondí aunque sentía que era un beso rígido.


Entonces vi mi celular: eran 10 y 42. Salimos a la sala.


Miguel metió en silencio sus folletos, cerró su maletín, se acomodó la ropa.
"¿Puedo verte otra vez?", me sonrió.
"¡Claro! Sería chévere".
Abrió al toque su maletín, sacó un folleto y me lo dio.
"Nino, para que no me olvides", me dijo.
"Imposible olvidarte", le sonreí, mientras tomaba el impreso a todo color.


Se acercó de nuevo y me abrazó, besándome en la boca otra vez. Justo en ese momento, se abrió la puerta de la calle.

jueves, 13 de febrero de 2020

Ningún caramelo sabe mejor que mi mejor amigo

   ¿Cuándo mi mejor amigo se convirtió en uno de mis objetos sexuales? No sé si desde la primera vez cuando lo conocí hace unos seis años. Casi de inmediato me comenzó a gustar todo de él, y conforme han pasado los meses, y el tiempo nos ha comenzado a maltratar tanto como  hemos entrado o vamos rumbo a los cuarenta, muchas cosas suyas me gustan, desde lo intelectual hasta lo físico, aunque intelectualmente no es Platón pero tiene muchos menos traumas, ni aunque físicamente sea un Bob Paris aunque abiertamente haya defendido al colectivo gay y salir casi sin rasguños.


Y en ese caso, no sé si también me gusta el hecho de que aunque siempre se ha definido como heterosexual, nunca ha cerrado la puerta a las experiencias homosexuales (que no le signifiquen sentir dolor, como que le metan el pene por el culo), algo que otros hombres, especialmente quienes ya cruzaron la línea cuando el alcohol les ha jugado malas pasadas, jamás de los jamases darían por probable aunque hace rato ya fue posible.


Lo que sí tengo claro es que en nuestro caso, lo sexual puede ser muy carnal en lo teórico, pero en la práctica, está altamente cargado de simbolismos enmarcados por  el cariño o la lealtad que nos profesamos. Sin embargo, ¿desde cuándo la probabilidad de un acercamiento sexual comenzó a transformarse en posibilidad? Yo diría desde los pocos meses después de conocernos, cuando él tenía un juego que externamente me daba terror porque podríamos terminar desplomados en el suelo, pero que internamente me encantaba mucho. 

Aprovechando que soy más bajo que él en estatura, me levantaba en peso pegándome a su cuerpo por unos segundos. Aparte de terminar como dos sacos de papas en el piso, mi otro temor es que alguien subiera (porque siempre sucedía en el segundo piso de mi casa, donde acostumbro estar solo) y viera la escena. ¿qué habríamos dicho? ¿Una nueva forma de pesar a la persona? ¡Qué ingenuo!


En una ocasión, una de esas cargadas terminó con él dejándome echado sobre el sofá de mi sala, con su cuerpo casi encima del mío y nuestras caras muy cerca. ¿Robarle un beso? Me hubiese gustado, pero estaba lidiando con la impresión, porque siempre era todo repentino, y su reacción. Eventualmente me dijo que era un juego, y a veces ahora lo repetimos aunque con una connotación mucho más erótica. ¿Lo del beso? Por lo menos yo, es una probabilidad que no descarto: él sabe bien que para mí, el beso es el prólogo y letra capital de cualquier encuentro sexual, aunque, claro, depende mucho de quién te lo dé, cómo te lo dé y por qué te lo da.


Si bien solemos hablar de sexo más a un nivel puramente teórico, casi enciclopédico, ha sido apenas en los últimos tres o cuatro años cuando hemos comenzado a hablar de qué pasaría si ambos se nos ocurriera ir a la cama no en plan descanso, como ya había pasado antes, sino a tirar. Siempre hemos evadido la escena con bromas y hasta yo llegué a decirle que lo más que pasaría es que terminemos desnudos chismeando de todo el mundo o haciendo chistes de las cosas  más estúpidas solo como para no hacer brumosa la atmósfera del momento. Mas, como ambos decimos, nunca hay que decir nunca.


Una vez que salimos de viaje, yo me sentí mal por algo que comí y que me hizo mala interacción con una medicina. Parecía tener fiebre, así que me quité la ropa y me acosté en la cama. Él insistía que quería salir a bailar, pero honestamente yo no tenía ánimos, así que asumo pensó que me hacía el enfermo porque, súbitamente, sentí todo su peso encima de mi cuerpo. ¡No jodas! Intenté abrazarlo pero me dijo que no porque tenía una máquina deafeitar y podía cortarme accidentalmente. Se levantó y se metió al baño. Estaba en calzoncillo.


Cierta tarde que vino de hacer unos papeleos, se sentó conmigo a conversar en el mueble, y por joderlo comencé a palmearle la espalda baja burlándome de un polo chiquito que se había puesto. Cuando se sentaba y se inclinaba hacia adelante, el polo se le recogía y revelaba su lampiña y tersa –porque tiene una piel tersa—zona lumbar. Entonces noté algo inusual: donde debía estar la pretina de su ropa interior, no había nada. Se lo observé y me admitió lo increiblemente cachondo: no llevaba ninguna.


Por joder, comencé a darle manacitos en la cadera, la espalda baja y amenazaba con meter mi mano dentro de su jean apretado, como suele usarlos. Cuando se despidió, como siempre por iniciativa mía, solemos abrazarnos. Mientras me pegaba a su cuerpo, se me ocurrió darle una nalgada. Él me lo reclamó sin agresividad, pero hizo algo que a mí me sorprendió y excitó al mismo tiempo: tomó mis manos, se las metió dentro de la pretina de su pantalón e hizo que le acariciara sus nalgas.


¡No jodas! No es el culo formado de algún chico de gimnasio, como los que he tenido suerte de ver o tocar; es mas bien redondito, suave, lampiño en principio. Casi jadeando, tuve mis manos ahí. Él se sonreía pendejamente, no sé si por su acción o por mi cara de arrecho.


Yo, de puro pendejo, saqué una de mis manos y le toqué la braguetta. Él entonces se aflojó un poco el pantalón e hizo que le tocara su pene. Estaba más flácido que erecto. Claro que en ese momento asumí que ése era su tamaño mínimo ya que no tenía más referencias sobre él, excepto por su testimonio verbal y lo que una vez pude sentir cuando ocurrían las cargadas.


Por lo menos, en ese momento, lo asumimos como otro jueguito, aunque luego, entre broma y serio, me dijo por chat que yo era un aprovechado. Momento, le dije. Yo admito que estaba jodiendo, pero quien me metió las manos dentro de su ropa fue él por decisión propia. Y aunque el asunto pasó por alto, lo que yo comencé a temer es que él comenzara a alejarse, más aún sabiendo que lo que no tiene en físico, le sobra en coquetería y seducción. Ahí lo dejo.





Las cosas siguieron mejorando entre ambos, como amigos quiero decir, hasta que fuimos de campamento y entre las cervezas y el vino que nos tomamos, decidimos darnos un baño en la quebrada que corría al lado nuestro. Como era medianoche, por seguridad, nadé abrazado junto a él. Y como era medianoche, nos bañamos desnudos. Por un momento, nadar rozando su cadera desnuda con la mía, o anclando mis piernas con las suyas mientras por ratos sentía su pene fue una experiencia por demás alucinante.


Al año siguiente, justo el pasado, mientras lo ayudaba a hacer unas tareas en mi computadora, decidimos tomar un receso y terminamos en un portal de videos porno. Le pasé los datos de unas películas antiguas, y le comencé a contar cómo era el asunto del cine porno, cómo son los códigos de comportamiento y toda la nota. Le expliqué cómo los patas comenzaban a tocarte la pinga, y eventualmente terminé tocándole la suya, pero encima de su ropa. Entonces me di cuenta que a cada intento, su miembro crecía y se ponía rígido más y más, hasta que erectó por completo. No aguanté. Casi sin su autorización, y subrayo el casi, metí mi mano y pude tocar ese pedazo de carne, ni grandote ni insignificante. Me recuerda mucho al mío en dimensiones.


Desde entonces, los tocamientos entre debidos e indebidos se fueron repitiendo más de mi parte, lo acepto. Él siempre trató de limitarme, de no ir más allá. Acepté jugar con sus reglas, pero en algún momento del partido lograba avanzar usando las mías.


Una noche que vino de estudiar, estábamos comiendo unos dulces y por casualidad unos rodaron detrás de mi espalda, en el sofá en el que estábamos sentados viendo televisión. Mi amigo, con una agilidad felina, se puso de pie, se sentó en mis muslos y prácticamente me abrazó. ¡Dios mío! ¡Eso no podía ser cierto! ¿Era lo que pensaba que era? Puso sus dos manos en mi espalda baja, y luego regresó a sentarse en su lugar: había rescatado los dulces que yo había protegido con mi cuerpo. Bueno, definitivamente parecía ser amor al chicharrón.


Otra noche después de Navidad, prácticamente terminamos sentados frente a frente haciendo una postura de sexo tántrico en la escalera externa de mi casa. Como hay rejas gruesas, y está algo oscuro, no nos palteó mucho si alguien veía desde la calle.



Una tarde que nos dejaron solos en casa y él estaba buscando unos documentos en mi máquina, nos pusimos a tomar agua y revisar el lugar. Nos metimos a uno de los cuartos y se sentó a mi lado en la cama. Como es verano, vino con short. Se acostó. Mientras hablábamos, me acosté a su lado y puse mi cabeza en su pecho, que por cierto, sin hacer tanto ejercicio lo tiene formadito. Hubiese deseado que se me acostara encima, pero no sé cómo terminé poniendo sus dos piernas sobre las mías. Me preguntó por qué hice eso y mas bien le pregunté si le incomodaba; me dijo que no. No sé cómo, la vaina es que luego yo terminé simulando un piernas al hombro sobre esa cama, ambos con ropa, con él empujando mi cabeza como para que le chupara el pene mientras simulaba meterle el mío.  Yo no erecté en ese momento, pero juraría que cuando él me dijo que parara porque le dolían sus pantorrillas, le toqué el paquete: estaba duro.


Luego, volvió a mi máquina y cuando estaba sentado, simulamos que yo se la chupaba. A propósito, choqué mi cara contra su miembro, bueno, contra la tela de su shortt en todo caso.


Otra tarde que vino a pasar el tiempo,, estábamos en la azotea. Como hay un muro de seguridad, mientras probábamos un equipo y él se hacía una selfie, me arrodillé detrás suyo, y rocé mi cara con el medio de sus dos nalgas luego de un intento frustrado de simular una fellatio. No me aguanté, y antes de irse, le besé su pene, siempre protegido con su ropa, tras una sesión de “acaríciame mis piernas”, que a mi opinión parecen de futbolista esporádico, ya saben, ni tan masivo que cada músculo necesite dos manos para ser acariciado, ni tan pequeño que todo se pierda en una sola superficie.





Lo último que pasó ayer simplemente sobrepasó incluso mis propias fantasías con él, en las que estamos abrazados y desnudos bajo una fina sábana mientras nos rozamos y besamos, pero no llegamos a más.


Como siempre, vino por la tarde a ver unos formatos. Honestamente yo traté de controlarme, traté de distraerme hablando de cosas que son más útiles y que sí nos importan, pero entre puñetitos y palmaditas, no pude. Entonces, él se despidió. Nos pusimos de pie, y lo abracé como suelo hacer, aunque deliberadamente traté de que nuestros penes se juntaran. Estaban flácidos. Él me observó que ese rroce lo hacía sentir raro, no mal pero raro. Entonces de pronto me preguntó cómo era una guerra de espadas, y comenzó a menear su cadera: nuestros paquetes estaban golpeándose con cierto cuidado. Pero como yo soy más bajo que él, como que no sentía el punto de contacto justo en el propio miembro, hasta que graciosamente se agachó un poco y comenzó a hacerlo. Me excité. Y como yo estaba sin ropa interior, ya pues, se me notó.


No sé por qué me separé de él, pero cuando regresé, se había bajado su short y calzoncillo hasta medio muslo… aguanta… yo me bajé mi bermuda, e intenté reahcer la guerra de espadas, pero él no me permitió. A cambio, dejó sus nalgas al descubierto, e hizo que se las acariciara. Me apoyé en su cuerpo y aprovechando que ya estaba oscuro, comencé a hacerlo en círculos con las yemas de mis dedos, pero con una torpeza única, como si estuviese acariciando un material demasiado delicado, no con rudeza, no con seguridad. Fue la primera vez que me percaté que en la base de sus dos glúteos, es apenas velludito.


Estuvimos así unos segundos, y luego se levantó el short.
“¿Sigues erecto?”, curioseó al sentir mi entrepierna en su muslo.
“No, ya no”. Efectivamente, se me había bajado un poco.


Otra despedida. Volvió a bajarse el short y pedir que le acaricie las nalgas. Volví a hacerlo con menos inseguridad pero con un temor subyacente, ya saben, ¿estaré haciendo lo correcto o estaré cagando una relación hermosa de amistad? Aunque, por otro lado, era ahora o nunca. Me arrodillé, me puse tras suyo, le dije que confiara en mí, y comencé primero a besarle las nalgas y casi en medio de ellas, donde se le concentra más vello; entonces, se las mordisqueé.
Me moría por lamérselas, por empezar en una, seguir en otra, ir por el medio de su raja. Llegar a su ano. Otros chicos me han dicho que hago buenos besos negros. ¿Cómo habría reaccionado mi amigo? ¿Se habría excitado, como lo estaba mientras le besaba sus dos cachetes traseros y le tocaba su pene? El problema era que la posición cómo se había parado, yo no podía hacer mucho.


Si él estaba sorprendido, yo estaba alucinando. Se levantó el short y me puse de pie. Volví a abrazarlo juntando nuestros paquetes suaves.
“Te haré una pregunta y quiero que seas bien sincero conmigo”, me emplazó. “¿Llegarías a tener sexo con tu amigo?”
“Solo si mi amigo me lo pide”, le respondí.
Sonrió.
“Eres un aprovechado”, me reclamó amistosamente. “Yo te dejo acariciar mis nalgas y tú te pasas: si te doy el caramelo, no quieras comerte toda la torta”.


Un chorro de lucidez llegó a mi cabeza, y comprendí el asunto de respetar las reglas, porque hasta en el juego sexual, por el puro hecho de ser juego, hay reglas.
“Te prometo que si me das el caramelo, solo me comeré el caramelo”.
“está bien”, volvió a sonreírse. Nos abrazamos. De nuevo, otra despedida.


Súbitamente, me tomó por los dorsales, me abrió de piernas y simuló tirar conmigo de pie, con gemiditos incluídos. Yo comencé a jadear. ¡Dios! Eso estaba mejor que mis fantasías. Imagínense si hubiésemos estado desnudos y él con su pene erecto. ¡Qué rico hubiese sido sentir cómo me lo metía por mi culo! ¿Qué no habría hecho yo?
“¿Qué viene luego?”, sonrió. “Ser esposos?”
“No quiero ser tu esposo”, respondí divertido… aunque… no sé si realmente sea buena idea si bien suena lógico, pero quién sabe porque nadie ha regresado del futuro para decir qué tal es.


Estuvimos abrazados, filosofando a pene pegado un ratito, y volvió a bajarse el short. Yo sentí que donde estábamos era incómodo, así que lo jalé a una pared de la sala y ahí seguimos. Como que él perdió el ritmo, pero luego hice que se apoyara en mi cuerpo, y le acaricié el culo con un poquito más de lascivia, aunque no toda la que hubiese querido. Aproveché para besarle el cuello con sumo cuidado de no dejarle marca alguna: no solo me excitaba el morbo de estar haciendo todo eso con mi mejor amigo, sino el hecho de que, al margen de la incomodidad del momento, la confianza que tenía en su propio cuerpo lo pintaba como un gran amante, uno de ésos a quien no le importa rol, orientación o lo que fuera excepto sentir, ¡y qué rico se sentía!
. Volví a jadear. Esta vez no me conformé solo con el glúteo, exploré por encima de su raja y honestamente me quedé con ganas de separárselas y jugar con su ano a ver qué pasaba; no meterle el dedo porque eso es recontraincómodo, sino masajeárselo, dilatarlo, jugar.


Luego, él me llevó mis manos hacia adelante, se bajó del todo el short y por primera vez desde que lo conozco, me pidió masturbarlo. Le acaricié las bolas, parte del vello púbico que, como nunca, se lo había dejado crecer, pero no logré que se le parara porque de pronto le entraron dos llamadas importantes. Y realmente sí que lo eran. Como que eso ya rompió la atmósfera, aunque me quedé con las ganas de volver a sentir ese rico pene erecto, recto, perfecto, y llevarlo hasta el punto de un casi orgasmo tras lo que dejaría que se le bajara y masturbarlo suavemente aprovechando el montón de líquido preseminal que emana; o quien sabe, llevarlo hasta un final feliz y probar su semen, un fetiche que a él le encanta, porque hasta de cuál es el método más adecuado para mamárselo a él, hemos hablado varias veces. Ojalá haya el momento y el espacio suficientes para hacer un taller personalizado intensivo.


. Volvimos a despedirnos, y esta vez sí fue la definitiva.
Cuando llegamos a la calle, me dijo que le encantaría ver la experiencia en una historia escrita pero no lo tomé en serio hasta que hoy volvió a insistírmelo por chat. Dice que quiere analizar las cosas desde mi experiencia, y honestamente (como sé que también leerá esto), lo que tengo que decir es que, quizás no es lo que la pornografía te muestra como una secuencia predecible de excitación-erección-eyaculación, pero el truco en estos casos es no esperar nada más que vivir el momento, la experiencia, la oportunidad, la complicidad, entender ese adagio que ambos compartimos: el sexo es otra forma de comunicación eficaz entre dos personas que, al menos, se simpatizan, y donde lo impredecible siempre será lo óptimo.


Claro que en su nomenclatura, a esto le llamó “experimentación”; pero como yo le dije, lo mejor será no etiquetar nada, y en todo caso quedarnos con el solo hecho, la sola experiencia.





¿Repetirlo? Pues… sí, ¿por qué no? No sé si de nuevo aquí, o esta vez en otra parte; pero creo que con más tiempo y menos tensión. Y definitivamente con más tiempo y menos ropa o sin ella, porque esa piel sí amerita recorrerla con manos, lengua, crema, con lo que sea. Aunque, claro, todo dependerá de que ambos así lo queramos. Por lo menos, hay algo que podría jugar a nuestro favor: mi amigo me confesó que tras esta última experiencia, definitivamente ya no puede etiquetarse como puramente heterosexual. A mí no me importa eso. A mí me importa que nos sintamos libres, plenos y sin culpa si comenzácemos a hacer el amor con todas las de la ley.


Por lo menos en mi nueva fantasía tras lo de ayer, hay muchos más recursos que el simple abrazo, beso en la boca o el roce genital; hay todo un repertorio sexual que me encantaría ambos interpretemos a discreción.


Si no llegara a pasar, permanece la amistad, y todo lo que allí he conseguido junto a él, nunca lo pondré ni en hipoteca ni en subasta. Me costó cada hora y cada día construir algo hermoso, y eso está fuera de cualquier discusión.