Un cubano quien añora a su enamorado que se fue a la Florida vaga por las calles de La Habana. Desea reunirse con él, pero le es imposible. Además, tiene que cruzar los 120 kilómetros de mar entre los dos pedazos de tierra. Y lo hace. Lo que viene luego es una incesante búsqueda de su amado a través de La Pequeña Habana, uno de los sectores pintorescos de Miami.
Ése es solo el inicio de la odisea que Julio Durán protagonizó en "Hot Times in Little Havana", uno de los videos largos de Kristen Bjorn (cuando el porno tenía argumento), que es un homenaje a la belleza hispana. De hecho, buena parte del material está hablado en español y portugués.
Julio recuerda este video con mucho cariño, en especial la escena donde le tuvo que chupar la pinga a cinco modelos. También recuerda la escena de la balsa en medio del mar. Sin dobles, en polo, short jean y zapatillas, con un clima frío y el riesgo de que fuera confundido con un balsero real.
Julio se retiró del porno por algún tiempo para dedicarse a su empleo en un banco, a certificarse como entrenador personal, (el chato tiene un hermoso cuerpo además de una buena pinga sin circuncidar), y prometió que si regresaba, iba a hacerlo con Kristen Bjorn pues consideró que su trabajo era más profesional y sabía sacar lo mejor de él como actor.
En la vida real, Julio aseguró pasar momentos divertidos con sus amigos e ir de fiesta. Se define como gay versátil dentro y fuera de la pantalla. Aquí te lo traemos para que lo conozcas y lo disfrutes. Y si ya lo conocías, para que recuerdes tus tiempos en que, solo mirarlo, se te ponía la verga dura y te dabas unos buenos pajazos.
Luego de un trío con Sandro, Bartolo pide a
Marcano que haga algo por Edú.
Hacia las 5 de la
tarde, Marcano abre la puerta de la pensión donde vive en San Sebastián.
Mientras sube las escaleras, va imaginando mentalmente que las buenas noticias
no podían llegar en mejor momento. De la nada, hay 3000 dólares en su cuenta
bancaria, y solo en una semana. Desde que llegó al Perú escapando de la crisis
en Venezuela nunca había visto cuatro dígitos en su estado.
“Hola, chamo”, le
saluda una voz medio aflautada. Marcano gira: es Sandro.
“Qué haces,
vale”.
“¿qué haces tú más
bien? Te desapareciste desde ayer por la tarde. ¿Dónde has estado?”
“Trabajando”,
dice sseguro y sonriente el venezolano fortachón.
“Luces cansado…
¿no querrás tomar una ducha?”
La puerta de la
calle suena. Ambos varones giran a ver de quién se trata: Bartolo va subiendo
las escaleras.
“Hola gente. ¿Qué
dicen?”
“Nada, Bartolito,
que Marcano dice que sería una buena idea si compartimos una buena ducha
vespertina”.
El aludido se
sorprende; Bartolo sonríe.
Diez minutos
después, Sandro, Bartolo y Marcano entran como pueden en el estrecho espacio.
Rozarse es inevitable. El anfitrión se termina poniendo al centro como si fuera
la carne del sánguche. El jabón da el argumento perfecto para que los tres se
acaricien el cuerpo. Los besos no tardan en llegar.
Sobre la cama, el
trío comienza a orquestarse. Sandro y Bartolo comparten mamar los 21
centímetros de verga que se maneja Marcano, aunque Bartolo aprovecha y acaricia
la lampiña, redonda y dura nalga del venezolano, y uno de sus dedos explora sin
roche por la raja hasta meterse al medio.
“¿A quién me
cacho primero?”, consulta el caribeño musculoso usando la típica jerga criolla
peruana.
“¿Podrán cacharme
los dos a mí?”, invita Sandro muy coquetamente.
Bartolo es el
primero en ponerse un condón y meter su pene dentro del ano del dueño del
cuarto mientras éste continúa chupando el gran falo de Marcano. Como activo, el
fisioterapeuta profesional tiende a ser más acompasado, no tan rudo. Por
experiencia sabe de más que meter un pedazo duro de carne en el esfínter tan
delicado puede no ser placentero si se hace bruscamente.
“embadúrnate de
lubricante”, le dijo uno de sus maestros del instituto superior tecnológico la
primera noche que probó a ser gay activo a cambio de mejorar la nota en un
parcial. “Métela despacio… disfrutando”. Desde entonces, nunca ha dejado de
aplicar tal consejo.
El asunto es que
el ano de Sandro ya está bien usado, así que meter y sacar, bombear y parar, es
casi pan comido.
Bartolo demora
unos diez minutos en el baile pélvico hasta que eyacula dentro del condón. Mira
a Marcano.
“Ponte más
lubricante”, aconseja.
Mientras el
musculoso se pone el forro y unta casi todo el cojincito, Sandro aprovecha para
cambiar de postura. Se acuesta boca arriba y levanta sus piernas mostrando su
agujero rectal ya dilatado.
Marcano va
metiendo centímetro por centímetro, con sumo cuidado, mirando más la cara del
pasivo que su miembro ingresando. Sandro trata de aguantar el escozor, así que
el potro procura ser lo más gentil que su anatomía le permite.
“Acuéstate encima
mío y hazme tuyo”, pide el anfitrión, sin embargo.
Marcano accede.
Sentado en un
mueble al lado de la cama, Bartolo mira la escena como si se tratase de una
película porno en 3D. Y de hecho lo es porque su amigo ahora va camino a ser la
estrella del video adulto gay que alguna vez soñó ser.
“qué rico”, no
deja de decir Sandro.
Marcano sigue
moviéndose más por compromiso que por afán de conseguir placer; entonces,
agarra el pene del pasivo y lo comienza a masturbar.
“¿Qué haces,
papi?”
“Goza, vale”.
El miembro se
pone duro debido a la estimulación. Sandro no puede más y se vacía en su propio
abdomen.
“Eso fue trampa”,
sonríe. “No vale”.
“Ah, no tengo la
culpa que no sepas aguantarte”, sonríe el venezolano.
Ya de noche, en
el cuarto de Bartolo, Marcano termina de desnudarse para compartir la cama con
su amigo:
“¿Qué es eso que
querías conversar conmigo, vale?”
“es sobre Edú,
Marcano. Tú sabes que es seropositivo”.
“¿Sero qué…?”,
trata de disimular el aludido.
“Él me contó lo
de la prueba en Piura”.
Marcano comprende
que Bartolo no está sonsacándolo:
“¿Qué pasa con
edú?”
“Necesito tu
ayuda… él tiene que meterse a tratamiento ya”.
Medio año
después, un fibrado y ralamente velludo Keith entra con una tabla hawaiana en
un búngalo a la orilla de la playa. Apenas viste una bermuda turquesa húmeda que
le marca el culo, el grueso paquete y las anchas piernas. Tras sí, ingresa
Alexis, vistiendo una tanga de baño blanca también húmeda.
“Parece que
la reparación de casas te deja buena plata”, dice el segundo viendo la
habitación construída y amoblada en pura madera y palma.
“Ahorro es
progreso”, replica Keith dejando la tabla en la pared y abriendo un poco la
ventana mientras de fondo se oye al mar romper.
“No eras así
en la secundaria”.
“Cuando
migras, el mundo cambia: si sigues dilapidando, te jodes”.
Alexis
sonríe:
“Lindo
lugar”.
“Lindo
cuerpo”.
“Gracias”,
sonríe el velludo y atlético en tanga.
“¿Quieres un
trago? Tengo chela solamente”.
“No, gracias;
quiero regresar sobrio a mi hotel”.
Keith sonríe.
“Te puedo
dejar en la puerta de tu cuarto. ¿Recuerdas ese campamento en quinto?”
“Nos
embriagamos con ron”.
“¿Recuerdas
lo que pasó después?”
“Prefiero no
recordar… ya te dije por qué”.
Los dos
varones se miran fijamente por algunos segundos. Entonces, Keith se aproxima,
toma la mejilla y besa en la boca a Alexis, quien le corresponde pero luego
parece arrepentirse:
“No
deberíamos…”
“Aquí estamos
solos tú y yo”.
“Nos miran”.
“Deja que nos
miren”.
Keith abraza
y besa profundo a Alexis mientras le quita el bañador y lo deja desnudo. La
marca de bronceado magnifica las ya grandes nalgas respecto a todo el musculado
físico. En retribución, Alexis afloja el velcro de la bermuda y se la baja,
dejando también desnudo a Keith. Ya libres, ambos se acarician. Sus penes se
ponen erectos. Parece que con el surfista se cumple la regla ésa de que cuanto
más delgados, más aventajados.
Alexis se
arrodilla y comienza a chupársela tratando de tragársela tanto como pueda. Keith
mira la acción.
Tras algunos
minutos, el surfista hace que su compañero sexual se ponga de pie, lo apoya en
un mueble y se arrodilla tras sus nalgas velludas a hacerle un beso negro mientras
se las acaricia, palmea y le arranca gemidos.
Luego de cierto tiempo, escupe directo al ano, se pone
de pie, va en busca de algo y regresa abriendo un paquetito del que saca un
preservativo que extiende por todo su falo, se encoge ligeramente de rodillas y
comienza a penetrarlo. Bombea
gentilmente. Simultáneamente, Alexis se
masturba. Los dos gimen y jadean
despacio.
Minutos más
tarde, Keith llega al orgasmo: saca su pene, tira el condón quién sabe dónde, se
masturba y dispara su semen entre las nalgas de Alexis. Finalmente se arrodilla
y le lame su propia lefa.
“Y… corten”,
ordena Giaccomo desde el otro lado de la habitación.
A su costado,
César deja de grabar en la cámara mientras se acomoda su pene erecto bajo su
bermuda en tanto Alejandro aprovecha para tomar algunas fotos fijas de los
actores a quienes pide quedarse en sus marcas por un instante. Su pene largo y
grueso también se marca bajo su short.
“Recupérate,
amor, para hacer las tomas de apoyo”, indica Giaccomo.
En una esquina,
Evandro con unos papeles sobre una tabla de acrílico, anota algo con un
lapicero y lo deja sobre una mesa; su grueso y largo pene erecto se marca bajo
una tanga roja oscura.
“Saldré a
tomar aire”.
Afuera, en
una hamaca, Osmar recibe la brisa en esa playa en algún lugar al sur de
Zorritos, Tumbes, también en tanga de baño (pero celeste), lentes de sol, su
celular en la mano. Evandro se le aproxima y acaricia la cabeza; Osmar sonríe.
“Arnold se
suicidó anoche… Aparente sobredosis”.
“No fue de
amor, ¿no?”
“Evan: aunque
te haya jugado chueco, respeta su memoria”.
“Qué lástima
por Abelardo Sosa. Justo había viajado a Lima para visitarlo y se encuentra
con…”“
Evandro se
queda en silencio mirando pensativo las olas del mar.
“¿Con qué, Evan?”
El aludido sonríe
con la boca abierta poniendo la punta de su lengua bajo el último incisivo sin decir nada.
“Evan, no
estarás pensando que…”,
Osmar también
se queda en silencio.
“Si dicen que
fue sobredosis, fue sobredosis… de amor”.
“¿Tú crees
que…?”
“Fue sobredosis,
Os. Y… a propo, ¿tú conmigo, tú conmigo, tú conmigo, tú conmigo, tú conmigo?”
“Ya hemos
hablado, Evan”.
“De todas
maneras me sale el divorcio en unos dos meses, máximo. Eso sí, me van a
exprimir, pero mis hijos no tienen la culpa de mi decisión”.
“Eso me
desanima”.
“¿Mis hijos?”
“No, tus
decisiones. No creo que hayas madurado lo suficiente, y yo… francamente… aún no
tengo claras las mías, especialmente con papá, mamá y mis hermanos recién
mudados a los Estados Unidos”.
“¿Te mudarás
a Homestead con ellos?”
“No creo,
Evan; aún están procesando… mis destapes”.
“¿Entonces te
irás a Los Ángeles con Alex, Keith y Giacco?”
Alejandro
abre la puerta del búngalo:
“¡Evan, support shots!”
“Ya vengo”,
Evandro vuelve a acariciar la cabeza a Osmar, quien se queda mirando fijamente
al horizonte. Su celular ahora se resbala en su vientre de tabla de lavar. Hay
decisiones que tomar, efectivamente.
Un saxo comienza a sonar;
Yuri entona: ¿Quién eres tú, que llora en silencio? ¿Quién eres tú, que viene
de lejos? Cansado de amar, cansado de tanta espera…