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domingo, 10 de noviembre de 2013

Sexo Mandamiento (4)

No sé si fue mi impresión, pero estaba más guapo que la última vez que nos vimos. Se había cortado el cabello, y la ropa formal que llevaba, ligeramente ceñida a su cuerpo, lo hacían lucir aún más varonil.

“Hola”, me dijo y de inmediato me abrazó, yo de inmediato respondí el abrazo. Por alguna razón, ese abrazo me brindó una sensación de protección y de cariño que, sinceramente, no había sentido hasta ese momento. “¿Cómo has estado? ¿Te pasó el susto?” Me preguntó preocupado. “Sí, ya fue esa huevada. Créeme que si puedes sobrevivir a mi vieja, puedes sobrevivir a cualquier susto”, le dije riendo. “A la mierda, ¿tan jodida es tu vieja?” me preguntó riéndose. “Sí créeme”, le respondí.

Una vez dentro del departamento, conversamos de muchas cosas, me contó cosas de su trabajo. Yo le comenté ciertos problemas en casa, como las peleas con mi vieja, le conté el incidente con la profesora en la mañana. “¡Ta’ huevona esa vieja! Eso solo tiene un nombre: falta de huevo, como no tiene quien se la cache, le jode que el resto del mundo disfrute su vida como se debe”, me dijo y dicho esto se paró y movió sus caderas como loco como si estuviese bailando negroide. Yo me reí, me pareció gracioso. “Sí, yo también creo que es una vieja aguantada que habla así porque no hay quien se la cache”, le dije. “Sí, tienes razón y me parece paja que la hayas puesto en su lugar, a eso yo le llamo tener huevos”, me dijo.

Me pidió que lo esperara, que se iba a duchar porque venía cansado de la chamba. Me dejó en la sala del pequeño departamento y se dirigió a su cuarto. Yo me quedé ahí sentado mirando televisión. Me aburrí y me paré. Comprendí por fin por qué me pidió disculpas, la primera vez que nos vimos, por su “desorden”. Esta vez todo se encontraba mucho más pulcro que la vez anterior. El departamento, parecía sacado de uno de esos comerciales de desinfectantes.

De repente, el silencio producido por la televisión apagada, se vio interrumpido por un, desafinado, pero alegre, canto. Sonreí y dispuesto a tomar la iniciativa esta vez, me dirigí al cuarto. Una vez en él, me desnudé y me dirigí a la ducha. Ahí en la ducha, Adríán se encontraba desnudo y cubierto enteramente por espuma. Me metí a la ducha en silencio aprovechando que se encontraba con los ojos cerrados y  lo abrazé por detrás. Se sobresaltó.

Lentamente empecé a masajear la espuma en su cuerpo. Abrió la ducha y poco a poco su cuerpo empezó a quedar descubierto. Se volteó y puso sus brazos alrededor de mi nuca y yo aproveché para descender las mías hasta su cintura. Me miró, y juntó su nariz a la mía. “Te he extrañado, me susurró”. Yo también, le respondí.

Nos besamos, bajo el chorro tibio de la ducha. Nuestros cuerpos se unieron en un abrazo fuerte. Nuestros miembros chocaban con cada movimiento nuestro. Con rudeza, me tiró contra la pared lateral de la ducha y bajó suavemente por mi cuello, deslizándose por mis tetillas y mi abdomen, jugó un momento en mi ombligo hasta que finalmente llegó a mi miembro. Suavemente, tomó mi miembro en su boca, provocando en mí un leve gemido y una acelerada respiración. El movimiento de su boca introduciéndose mi miembro cada vez más, me estaba volviendo loco, yo solo optaba por gemir y respirar fuerte. Mis manos estaban sujetadas fuertemente a su cabeza. Él se puso de pie y tomó mis hombros jalándolos hacia abajo. Yo bajé a su miembro de inmediato. Me puse de rodillas e introduje su pene en mi boca. Una sensación indescriptible me invadió. Al levantar la mirada, me encontré con la mirada de Adrián, llena de placer. Sus caderas se movían duramente, como si me estuviese “cachando por la boca”. En un momento determinado mientras me enloquecía succionando el miembro de él, se volteó dejando delante de mí su hermoso culo, era algo velludo, pero eran unos vellos preciosamente ordenados, finos, delicados. Mordí suavemente sus nalgas. Él parecía enloquecer, Poco a poco fui introduciéndome entre ellas  hasta tener mi lengua entera lamiendo su ano. Poco a poco y con un deleite jamás experimentado, empecé a introducir mi lengua dentro de su ano. Él por su cuenta, empezó a gemir fuertemente.

Me levanté y lo abrazé por detrás. Nos empezamos a besar locamente, y mientras lo hacíamos, empezé a rozar mi miembro en la entrada de su ano. Él gemía sin control. “Creo que hoy me toca chantarme a mi” me dijo riéndose, “así parece” le dije. Tomé una toalla, me sequé y me dirigí a la cama. Me acosté y unos minutos después salió él. Por su corpulento, cubierto de vellos, aun corrían algunas gotas de agua, lo cual a mí me pareció sexy. Su mirada se clavó en mi erecto miembro. De inmediato se acostó en la cama y con las piernas abiertas, se posó sobre mí. Me besó, sus besos eran apasionados, fuertes, calientes, eran una mezcla perfecta entre lo rudo y lo dulce. Poco a poco, descendió por mi abdomen hasta llegar a mi pene, el cual se tragó en un solo acto. Hizo que me retorciera de placer. Sin duda era la mejor mamada que me habían dado jamás. Subió nuevamente a besarme y luego empezó a rozar su culo con mi durísima verga. Poco a poco el fuego se iba incrementando. Nuestros besos, nuestras lamidas y caricias iban aumentando su intensidad. Hasta que el momento propicio se dio y él exclamó: “¡métemela huevón, métemela!”. Él mismo tomó un preservativo y me lo colocó. Yo estaba extasiado. Yo recostado en la cama y él sentado sobre mí con sus rodillas flexionadas. Me besó, lamió mis orejas, mi cuello, mis axilas. Y fue el mismo quien se introdujo mi miembro, poco a poco, con paciencia. Su cara denotaba dolor y placer. Yo por mi parte, sentía como mi miembro se habría paso en sus entrañas. “¡Estás bien apretadito!” le dije y reí, “Sí, solo hice de pasivo una vez, tu eres la segunda, tienes un no sé qué que me llevó  a animarme” me dijo y me besó. Por fin estuve dentro de él completamente. Me aferré a su cuerpo y él al mío. El determinaba el ritmo. Yo no me movía, pero el sí ¡y de qué manera!

“¡Que rico es cachar contigo!” me dijo, “Tas’ huevón, que rico es hacerlo contigo mierda”, le dije poniendo blancos los ojos de placer. Sin sacarla y en una muestra de flexibilidad, se reclinó y yo me puse sobre él. Ahora quien dirigía el movimiento era yo. “Asu mare, que rico te mueves huevón” exclamó, “y eso que aún estoy calentando” le respondí. Nuestros gemidos y rugidos invadían la habitación entera.

Cambiamos de pose, ahora él se colocó a cuatro patas en el borde de la cama y yo detrás suyo, de pie. Introduje suavemente mi miembro en él. Gimió y se estremeció. Su fuerte espalda quebrándose para mí, y su cintura apretada, que no había visto tanto en la primera cita, me volvían loco. Bombeé con más fuerza, con más rapidez. Tomé su corto cabello y lo jalé fuerte hacia atrás mientras mi otra mano sujetaba fuertemente su cintura. “¡Ah mierda! ¡Qué rico!” exclamé y el solo se limitó a gemir. Era increíble la sensación de placer que sentía al poseerlo, no sé si era su apretado ano, o la sensación de poseer a un machote como él, o los gestos de placer que él tenía. Mis caderas se movían rápidamente, pero alternaban lo rápido con lo lento. Lo sacaba completamente y lo volvía a meter. Adrián se retorcía de placer. Era excitante ver mi miembro entrar y salir de su ano.

Él se acostó suavemente y yo me puse sobre él sin dejar de penetrarlo, sujetando con mi brazo su cuello y con la otra mano, dando nalgadas y amasando sus nalgas. Sentí de repente  que una explosión se expandía en mi cuerpo. “¡Me vengo!”, exclamé. Retiré mi miembro y me quité el preservativo, poniéndome de pie sobre la cama, él se dio vuelta y esperó mi leche. Pronto un chorro de semen salió disparado de mi verga, en dirección al pecho de Adrián.  Descendí hacia él, que me esperaba con las piernas abiertas. Me coloqué sobre él y lo besé. Él se masturbaba, así que metí dos dedos en su dilatado ano, mientras le besaba las tetillas. El no dejó de masturbarse y retorcerse de placer, hasta que finalmente se vino, lanzando contra mi abdomen  sus masculinos fluidos.

Él se recostó a un lado de la cama y yo me recosté sobre su pecho abrazándolo, él también me abrazó. “Wow” me dijo, besándome la frente. “Eres bien rico” le dije y lo besé. Permanecimos abrazados por largo tiempo en la cama. “Me gustaría verte más seguido y no precisamente para tirar. Me gustaría empezar a salir contigo” me dijo. Algo dentro de mí se puso en alerta. Adrián me gustaba y mucho, pero ¿salir? Eso no estaba en mis planes. Me separé de él y me senté en el borde de la cama. Nuevamente ese bochorno se apoderó de mí y mi cabeza empezó a girar como dentro de una licuadora. “¿Qué pasa dije algo malo? Me preguntó algo alarmado, “No, no es nada” le respondí.

 

Continuará…

 

© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

Texto producido con el Método Writting Fitness. Más información aquí.

 

domingo, 3 de noviembre de 2013

Sexo Mandamiento (3)

A la mañana siguiente, me levanté temprano. Miré la imagen de la Virgen colgar en la puerta de mi habitación, me conmoví. La imagen de la virgen siempre había evocado en mí gran devoción. Me paré delante de la imagen y recité una Salve.

Me vestí con el buzo, tomé mi reproductor MP3 y coloqué música electrónica. Me eché a trotar por la manzana.

Poco a poco iba acelerando la marcha, veía a los escolares ir con sus padres a sus colegios. Recordaba el tiempo en que Papá nos había llevado a mi hermana y a mí al colegio. Realmente fueron tiempos felices. Empecé a sentir cansancio, “solo un poco más” me dije.

De regreso a casa, me topé con una compañera de universidad. “Hola Tavito” me saludó entusiasmada, también regresaba de correr. “Hola Mariana” le respondí,  sin el mismo entusiasmo que ella había mostrado al saludarme. Por alguna razón yo pensaba gustarle a Mariana, sin embargo era hasta ese momento solo un pensamiento.  Llegué a casa, tomé una ducha y bajé a desayunar listo para ir a la universidad. Salí de casa y tomé un taxi. Tenía un curso aburridísimo, la sola presencia de la profesora era aburrida, sin embargo no era aquello lo que más me aburría de su apestoso curso, sino la forma cucufata de pensar que pretendía inculcarnos. Aunque no era materia de su curso, tocaba temas referidos a la drogadicción, a la prostitución, al consumo de alcohol, y siempre nosotros, los estudiantes de mi generación, éramos unos perdidos, unos demonios, y en fin, una serie de apelativos negativos. Aquella mañana no sería la excepción.

“Hoy, mientras venía de camino a la universidad, me topé con una ingrata sorpresa”, empezó a decir la profesora, con su modo peculiar de hablar, arrastrando las palabras, en una suerte de susurro casi inaudible. “Vi a dos jovencitos – ambos varones- tomados de la mano, dispuestos a tomar un taxi” exclamó con un tono de repudio. “Esa es una de las razones por las que nuestra sociedad está como está”, seguía diciendo.  Cada vez su discurso se llenaba de más repudio, de más odio. “Son unos enfermos, eso no es normal, se nos creó hombre y mujer. Así que si alguno de ustedes atraviesa por esas confusiones, está aún a tiempo de ir a un psiquiatra para que los cure, porque ser homosexual es una enfermedad curable”. Y dicho esto clavó la mirada en un muchacho de aspecto humilde, al que todos nosotros respetábamos por ser sumamente inteligente. Que sea afeminado jamás fue un obstáculo para que la lucidez de su pensamiento se manifieste. Jerónimo, así se llamaba el chico, tomó sus cosas y se fue del salón casi corriendo. Al ver esto, la profesora esbozó una sonrisa macabra. No contuve mis impulsos y me paré, y apretando los puños dije: “Profesora”, casi gritando. La profesora regresó a mirar con un gesto desafiante, que dejaba ver que aunque no lo dijera, le sorprendía que yo gritase de esa manera. “Dígame Señor Lazarte” me dijo, a lo que sin más, y temblando de miedo por dentro, proferí: “Creo yo, que esta vez usted se ha excedido, como ya lo hace bastante. Habla usted de temas que sinceramente no le competen”. “Creo yo que usted está equivocado Sr. Lazarte, mi labor como docente no se extingue en el mero hecho de brindar conocimientos técnicos…” se defendió. “Creo que si está equivocada” dije defendiéndome, con una pasión que me embargaba cada vez más, quizá por la injusticia, quizá porque también me había sentido agredido. “Su labor es educar, y educarnos en nuestra carrera. Para saber lo que está bien y lo que está mal ya hemos tenido buen tiempo en casa y en el colegio. Si sus creencias son tales, creo que usted no debe pretender obligarnos a creer de esa manera. Yo soy católico y como tal creo en Dios y se de lo que está bien y mal, pero no por ello juzgo, que para juez nuestro, solo Dios”.

Cuando terminé tenía a la mitad del salón mirándome. Todos susurraban. Pero lo que más me impactó y hasta atemorizó fue la mirada llena de ira que la profesora tenía hacia mí. Empezó a hablar, pero los oídos me zumbaban, la vista se me nubló. Tomé mis cosas y me fui del salón.

Caminé hasta la puerta de la universidad, y luego hasta mi casa. No podía entender por qué había actuado de esa manera, era contradictorio. Cada vez que pensaba en que yo era homosexual, la piel se me ponía de gallina, me daba miedo pensar que me fuese a condenar. Me daba miedo también la reacción de mis padres, de mi hermana al saber que yo era homosexual. A veces pensaba que todo se me pasaría algún día, que de repente a cierta edad me casaría y fundaría una familia. Pensaba que todo sería pasajero. ¡Qué equivocado estaba!

Pero la forma en como trataron a Jerónimo me pareció injusta. Él era un estudiante brillante. Yo era bueno, pero el era brillante y además era becado, y eso era realmente admirable.

Caminé hasta mi casa. Me sentía agotado. Me desnudé y al quitarme el pantalón, vi caer un papel al suelo. Lo recogí, era el correo electrónico de Adrián, sonreí.

Me senté frente a mi escritorio, abrí mi laptop y entré a mi correo electrónico. Añadí a Adrián a mis contactos y de inmediato apareció conectado. “Hola” me dijo. Ante su saludo, por alguna manera, me quedé helado, me sentí emocionado. La piel se me puso como de gallina. “Hola” le respondí.  Conversamos bastante, realmente disfrutaba mucho conversar con él. Me hacía reír con sus pavadas. Lo dejé porque tenía que ir a almorzar y luego de un rato  a entrenar en la piscina. Pero quedamos de vernos a las 7 en su departamento.

Salí de casa con un entusiasmo que pocas veces sentía. Llegué a la piscina. Me desnudé en los camerinos como de costumbre. Me coloqué el apretado slip de natación, la gorra y sobre ella los lentes. Salí a la piscina propiamente dicha. Hice calentamiento y luego me clavé en ella. Nadaba por espacio de 20 minutos y descansaba 5  y así lo hice hasta completar una hora en el agua. Salí, me sequé, me puse la misma ropa ligera con la que había ido a nadar esa tarde y regresé a mi casa.

Me sentía entusiasmado. No sé si era el solo hecho que me iba a volver a ver con Adrián, o, si era la tácita invitación a volver a tener sexo con él, lo que hacía que me entusiasme y emocione. Llegué a casa nuevamente, tiré mi mochila sobre la cama, me desnudé y me metí a la ducha. Cantaba mientras me duchaba. La verga la tenía dura a más no poder, y aunque tenía ganas, decidí no masturbarme.

Me vestí, y me marché. Tomé un taxi y me dirigí al departamento de Adrián. Me bajé del taxi y en cuestión de unos pocos minutos estuve delante de su casa. Toqué el timbre del intercomunicador y casi de inmediato una voz ronca y varonil respondió: ¿Quién es? Preguntó, “Yo, ¿quién más?, respondí riéndome. “¿Quién es yo?” Replicó, en un tono juguetón. “Adrián apúrate ¿quieres?, Soy yo, Gustavo”, respondí riéndome pero sintiéndome secretamente incomodo por su broma. “Ah, Ahora sí”, dijo, y finalmente abrió la puerta.

 

(CONTINUARÁ...)

 

 © 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

Texto producido con el Método Writting Fitness. Más información aquí.

domingo, 27 de octubre de 2013

Sexo Mandamiento (2)

Salí inmediatamente del departamento de Adrián, pero no sin equipaje,. Llevaba dentro de mí los momentos de placer, el recuerdo de sus gemidos y gestos; pero también me llevaba una gran confusión.

Tomé un taxi y me dirigí al centro de la ciudad, compré una cremolada en una conocida heladería, y me senté a tomar el fresco en la plaza de armas. Aunque mi cuerpo se sentía bien, mi mente era un remolino, una lluvia, ¡una tormenta de ideas! No podía negar que había disfrutado al máximo cada instante en la compañía de Adrián: el placer obtenido en nuestro encuentro íntimo había sido de gran magnitud.

Recordaba y recordaba, y poco a poco empezaron a aparecer imágenes de mi reciente encuentro con él y con otros  anteriores; poco a poco mi miembro empezó a tomar forma nuevamente. De repente, cuando me encontraba preso de mi excitación, mis ojos se posaron en la cruz que corona la cúpula de la catedral. Nuevamente la confusión se apoderó de mí.

Decidí  que había tenido mucho por ese día, que lo mejor será esperar que llegue el día siguiente, que seguramente será mejor. Me dirigí a casa caminando, “quizá caminando mis dudas se disipen”, pensé en ese momento

Mientras más caminaba, más cansado me empezaba a sentir, pero ya me encontraba cerca de casa, frente al cementerio San Teodoro para ser exactos. Mi celular empezó a vibrar en el interior de mi bolsillo: era mi madre. Estaba histérica, porque no había llegado a casa desde las 7 pm que salí.

“Ya vieja ya estoy en camino” le dije

“Más te Vale Gustavo, más te vale, me has tenido muy preocupada” me respondió

“¡Vaya! Por fin alguien se preocupa por su hijo; yo pensaba que solo te interesaban mis medallas y diplomas”. Y diciendo esto colgué la llamada acelerando el paso.

Cuando me encontraba acercándome a un conocido colegio femenino, la sensación de estar siendo observado me invadió. Aceleré el paso. Un tipo con fachas de malviviente apareció ante mí.

“Paja tus tabas colorao” me dijo el tipejo colocándose delante de mí. Yo intenté seguir caminando, pero se interpuso en mi camino. “¿vas a apurao?” me dijo. “¡Qué chucha te importa!” Repliqué, sintiendo como la adrenalina empezaba a recorrer mi cuerpo. “Ah, carajo, estos pitucos se han avivao”, me dijo.

Intenté retroceder, pero me topé con alguien detrás. Otro tipo de similares características se encontraba a mi espalda. “Ya me cagué, putamadre”, pensé. Empezaron a intimidarme. Me dio rabia. Siempre había sentido fastidio por la gente de malvivir, no los discriminaba, pero detestaba que pese a sus condiciones, no busquen la forma de superarse. Mi viejo había sido recontra pobre y jamás robó. Ahora, mi viejo,  era un empresario de éxito. Intenté correr, pero fue tarde, ya me habían tomado por el cuello y uno de los huevones ya empezaba a retirarme las zapatillas. Lo pateé. “Ya te cagaste” me dijo, y de inmediato enterró su puño izquierdo en mi abdomen. Me dolió como mierda y sentí que el aire empezó a faltarme.

Ya me había logrado retirar una zapatilla, empezaba a hacer lo mismo con la otra. Se escuchó el chirriar de unas llantas sobre el pavimento. Un auto se detuvo delante de la penosa escena. Un tipo corpulento bajó del auto negro que se había detenido delante de nosotros. “¡Suéltalo conchatumare!” exclamó. Empezó a pelear con el que me había tomado del cuello. Yo corrí y cogí mis zapatillas. En la confusión no había reconocido al huevón. “Sube al carro” me gritó. Subí. Le propinó una buena golpiza a uno de los tipos, y el otro se dio a la fuga.

¿A…Adrián? ”Hola Tavo” me dijo. “Puta huevón, que lechero soy, si no llegabas en ese momento me hacían mierda” le dije, preso de gratitud y emoción. Sí, esos choros de mierda son la cagada.

“Y se puede saber ¿qué hacías  caminando tan tarde por una zona que  es tan peligrosa? Me interrogó Adrián, titubee, no sabía que responderle. A grandes rasgos le expliqué que había salido a aclarar mis dudas, a disipar mis confusiones. “Me dejaste pasmado hoy, no entendí porqué actuaste de esa manera” me dijo entre asombrado y aun confuso. “Ya algún día entenderás” le respondí. Le dije que no era ningún tema personal para con él, que al contrario había disfrutado mucho acostarme con él. Mi vieja me volvió a llamar. “Ya voy vieja, ya voy! Putamadre!” contesté furioso y colgué.

“Hazme un favor, déjame en el grifo””, Le pedí a Adrián. “Bueno, en realidad me iba a otro lado, pero bueno está bien te llevo” me respondió él. Llegamos. Me dio su correo y me pidió que cualquier cuestión en la que pudiera ayudarme, solo le escribiese. Tomé un taxi y me dirigí a casa.

Cuando llegué, mi madre me esperaba prevista de sus ataques más fuertes. Me acusó de irresponsable, de descuidado. “Vaya, ya me sorprendía que te preocupes por mí, sigues haciendo lo mismo, sólo me ves como una máquina de ganar medallas” le respondí a sus reclamos. Se quedó callada, solo bajó la mirada y se retiró. Le dije a Matilde, la empleada, que no tenía hambre. Matilde como siempre acató la orden y se alejó, esta vez dándome un consejo: “Ay  joven Gustavito, no le hable así a su mamá, ya sabe cómo es ella, sólo déjela” me dijo con voz temblorosa pero sincera. “Gracias Matilde, tu pareces ser la única cuerda en esta casa” le respondí, dándole un beso en la frente.

Me dirigí a mi habitación. Me desvestí, lancé la ropa sobre la cama. Me dispuse a tomar una ducha. Una vez en el baño de mi habitación, me detuve a mirarme en el espejo. Me encontraba agotado, pero una sutil sonrisa empezaba a aparecer en mi rostro. No entendía por qué. Estaba confundido. Éso estaba claro. Pero mi culpa se hacía menor, casi insignificante, cada vez que pensaba en Adrián.

Mi miembro, ante su recuerdo, despertaba  como si tuviera voluntad propia. Pronto empecé a sentir cómo mi cuerpo incrementaba su temperatura. Me miré en el espejo y al verme desnudo, imaginé cómo Adrián me recorría con sus gruesas y grandes manos. Me excité. Llevé  las mías a mi miembro y empecé a masturbarme, recordando las caricias y besos de Adrián, su fuerza, nuestra pugna de fuerzas, todo era genial en él.

Acariciaba mi miembro con gran deseo, moviéndolo, mirándome en el espejo. Me miraba y veía nuevamente mi rostro desfigurado por el placer.  El placer que daba el autosatisfacerme era fuerte, pero no equiparable con el que sentí con Adrián. Tocaba mis tetillas. Lamía mis axilas, siempre mirándome al espejo, imaginando y recordándolo milimétricamente. La sensación era realmente excitante.

Suspiré fuerte, y sentí que ya me venía. Solté un chorro blanco, y sonreí con placer. Me había imaginado siendo de Adrián nuevamente.

Tomé una ducha y me recosté. La confusión se apoderó de mí nuevamente, al mirar la imagen de la Virgen que colgaba en la puerta de mi habitación. Me tapé con el edredón, me coloqué los audífonos, cerré los ojos y me quedé dormido, agotado por todo el acontecer del día.

 

Continuará.

 

 

 

 

 

 

© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.

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domingo, 20 de octubre de 2013

Sexo Mandamiento (1)

Mi nombre es Gustavo. Hoy me considero gay y lo admito orgullosamente; pero eso, que ahora admito con tanta facilidad, ha sido objeto de muchas luchas internas, hasta que finalmente me decidí a ser feliz.

Siempre he sido deportista, y mi gran pasión ha sido desde que tengo uso de razón, la natación, así que ya pueden imaginar el cuerpo que tengo.

Mido 1.78, peso 73 kilos, soy marcado del cuerpo, piel blanca y lampiña, ojos verdes y cabello castaño oscuro. Nunca me fue difícil conseguir puntos.

Una noche, caminaba temeroso, sintiendo el viento frío azotar mi cara. No podía creer que  estaba a punto de volverme a acostar con un huevón. Había jurado en mi última confesión que no lo haría más.

Tenía dentro de mí una lucha de sentimientos: por un lado estaba mi aferrado catolicismo, por otro lado me encontraba a mí mismo preso de mis pasiones.

Quería follar. Cuando veía a un chico como el que me iba a encontrar a continuación, mi cuerpo, simplemente no entendía de razones, simplemente pedía y yo accedía a sus pedidos.

  Al fin llegué a la dirección indicada. Era una conocida y exclusiva urbanización piurana. No me fue difícil encontrar el edificio en el que me había citado con Adrián, un huevón que había conocido en una página de contactos gay. Toqué el timbre del intercomunicador, e inmediatamente una voz gruesa me contestó. Hola, quedamos de vernos, le dije, ah, sí, sí, pasa, me contestó.

Entré, el huevón me saludó atentamente. Me pidió disculpas por el desorden del pequeño departamento, pero francamente no entendí porque se disculpaba si yo alcanzaba a ver todo en su lugar. Si así es de desordenado, ¿cómo diablos será cuando en realidad pone en orden las cosas? ¡Wow!, exclamé para mis adentros.

Me invitó un vaso de cerveza; conversamos un poco. Me comentaba que no era de Piura, que pese a haber venido en muchas de sus vacaciones para acá por motivos familiares, nunca había pensado en quedarse a vivir.

La conversación se hizo muy amena, pero yo no había ido, precisamente hasta ahí, para tener una charla. Sutilmente le indiqué que estábamos perdiendo el tiempo solo hablando cuando podíamos disfrutarlo de mejor manera.

Aproveché un momento de silencio en la conversación, aquellos que se dan cuando el tema se ha agotado. Me levanté del sillón, me dirigí hacia donde él se encontraba sentado, lo besé suavemente en los labios, y le dije: “ya papi, no perdamos tiempo, entremos en acción “. Le volví a besar.

Lo que había empezado en la sala tuvo su continuación en la ducha.

Él se desnudó y me quedé impresionado con lo que estaba ante mis ojos: Adrián tenía un cuerpo casi perfecto, caja ancha, pectorales, brazos, abdominales y piernas trabajados en las maquinas del gym; todo su cuerpo se encontraba cubierto por una capa densa de fino vello, que empezaba en toda el área de los pectorales y descendía en undelgado hilo por el abdomen hasta volverse a ampliar en la zona del ombligo y seguir bajando hasta confundirse con su abundante, pero delicado vello púbico, bajo el cual yacía aún dormido su miembro viril, que, hasta entonces, era normal.

Me quedé petrificado por un instante. ¡Santa mierda, todo ésto me voy a comer!, dije para mis adentros. Nos besamos apasionadamente bajo el tibio chorro de agua. “Que rico besas, huevón”, me dijo separándose y volviendo a besarme. “¡tú también! ¡Besas genial pendejo!”, le respondí invadido por una arrechura que solo despertaba en mí, cuando me encontraba con un huevón que de verdad me gustaba.

Sus manos, fuertes, rudas y ásperas, acariciaban la suavidad de mi espalda, descendiendo, de cuando en cuando, a mi culo. Mis manos recorrían su velludo torso y descendían por sus brazos.

Sabía que me hacía tarde, y que no me quedaba mucho tiempo para disfrutar tal banquete, así que decidí acelerar un poco las cosas.

Suavemente llevé sus brazos hacia atrás, lo empujé sutilmente contra la pared de la ducha, y conducido por un deseo indescriptible, lamí sus axilas. El olor que manaba de ellas, era demasiado para mí: una mezcla entre el halo de perfume masculino, típico del desodorante, y el olor propio de su sudoración. Era un olor a macho.

Poco a poco descendí a sus tetillas. Fue impresionante el gemido y la fuerte respiración que tuvo Adrián cuando toqué con mis labios esa zona. Esa actitud me arrechó a un más.

Por fin, tenía ante mi su miembro. “¡Wow!”, exclamé en cuanto lo tuve delante. No podía creer cómo es que había podido crecer tanto. Si inactivo era tan pequeño.

“¿Te gusta?”, me preguntó.

“¿bromeas?”, le respondí.

Introduje dentro de mi boca tan rica verga., Era como de unos 19 o 20 centímetros, no lo sé, gruesa.

Jugué lentamente con mi lengua en su glande, y me deslizaba por el tronco hasta llegar a sus bolas.

Me sentía a punto de estallar. El rítmico movimiento de sus caderas era sensacional,las cosas calientes que me decía, Mis manos recorriendo su masculino cuerpo, sus manos aferradas con fuerza a mis cabellos  jalándome hacia sí. ¡Todo era perfecto en ese huevón! Sin duda, el mejor polvo que había tenido hasta entonces.

De la ducha nos trasladamos a la cama, sin secarnos y olvidando cerrarla. Nos arrojamos a las sabanas, su cuerpo sobre el mío, mis piernas abiertas, su rostro áspero por la barba no afeitada, su enorme verga rozando mi lampiño culo, sus labios besando los míos.

El momento decisivo había llegado. Era hora que uno se someta al otro.

Recuerdo que me preguntó por mi rol en la cama, y solo respondí: “contigo me da igual”, y como resulta casi obvio, en un chico así, me tocó a mí.

“con esa respuesta, ¡ya perdiste!” me dijo, con una sonrisa pícara y  malévola en los labios.

Me volteó, coloqué mi pecho sobre el colchón y levanté mi culo. El bajó hasta allí, recorriendo toda mi espalda. La humedad de su lengua y la aspereza de su barba se combinaban en una sensación magnífica.

En la entrada de mi culo sentía cómo su lengua se movía en círculos, para después moverse desordenadamente, y finalmente ingresar.

Mientras jugaba con su lengua no paraba de preguntarme si me gustaba, a lo que yo extasiado y entre gemidos respondía que sí. Mi cuerpo experimentaba un placer grandísimo, no comparable a ninguno que ya había sentido.

¡Chúpamela! Me ordenó y se levantó de la cama, colocándose al filo de ésta, mientras con un gesto sádico me miraba mientras yo me introducía un dedo al culo sin perder contacto visual. Me lancé hacia él en busca de su miembro, mi cuerpo quedó tendido en su cama mientras mi cabeza sobresalía de ella, y se hizo una con su cuerpo cuando introduje  su miembro denuevo en mi boca.

Me jaló con fuerza hacia sí fuertemente. ¡suave, huevón! ¿Qué chucha, tengo garganta de lata? Reímos. Es que la chupas tan rico, que por mí te quedaras todo el día ahí, me dijo. Me relajé, volvió  con el juego de su lengua en mi ano, pero ahora ya había introducido un dedo.

Era hora de culminar, así que armándome de valor, le dije: “ya huevón, ¡cáchame!, te quiero sentir adentro”.

Adrián sonrió y fue en busca de un condón y una botella diminuta de lubricante. Se lo colocó. Yo me preparaba psicológicamente para aguantar semejante huevada. Todo va a estar bien, todo va a estar bien, me repetía, mientras mi mente imaginaba el placer que iba a sentir.

Él empezó. Su pene rozaba la entrada de mi ano. Cuando empujaba, ejercía presión sobre él, y me provocaba un intenso dolor. Yo solo respiraba profundamente, frunciendo el ceño y ahogando gritos o quejas de dolor. ¡Puta madre, si así duele sin entrar, cómo mierda dolerá ya adentro!, me sermoneaba a mí mismo.

Tranquilo bebe, tranquilo, sólo relájate. Dolerá al principio, pero luego te gustará, me calmó Adrián.

Al fin introdujo la puntita. Me dolía mucho aún. ¡Para! Me decía una voz en mi interior. ¡sigue, aguanta! Pugnaba otra.

No paré. Decidí aguantar.

Adrián tenía mucha paciencia, y así entre temores, dolores, gritos ahogados y un inusual placer, tuve dentro de mí todo su inmenso miembro. Sus movimientos empezaron lentos, con la finalidad de no lastimarme y de que poco a poco me adapte a su sexo.

¡Qué rico culo tienes! Repetía constantemente, mientras movía sus caderas. Sus manos, se trasladaban de arriba abajo por mi cintura y de ella se trasladaban a mis piernas.

Yo que aún en el sometimiento quería tener el control, le sugerí que cambiemos de pose: “déjame cabalgarte”, le dije. “Como gustes, bebito”, me respondió.

Él se recostó en la cama, y yo, aunque con dificultad, me senté sobre Adrián, introduciéndome la totalidad de su inmenso miembro. Sentía cómo su pene se abría paso dentro de mí, cómo mi culo se abría, cómo me dolía el arito y la parte en la que chocaba su inmensidad.

 Me dolía pero me gustaba, y yo quería disfrutar.

Adrián tomaba fuertemente mi cintura y yo de cuando en cuando bajaba a besarlo. Sus caderas tenían un ritmo espectacular, pasaban de lo suave a lo violento y de lo violento descendían a un movimiento lentísimo. El cambio de ritmos, me tenía enloquecido, sentía cómo es que mi ano se adaptaba a los cambios.

Adrián se sentó, pero yo aún permanecía sobre el. Su destreza en la cama me tenía impresionado.

Sus labios empezaron a lamer mis tetillas. Las besaba con devoción, como si de un culto antiguo y olvidado se tratase. De cuando en cuando, las mordía ligeramente.

Su cuerpo moviéndose bajo el mio, la fuerza con la que sujetaba mi cintura. Nuestros cuerpos unidos mediante mis manos tomando su cuello mientras besaba mi pecho, y sus fuertes manos, moviendo mi cintura e indicándome el modo en que debía moverme.

¡que rico te dejas cachar, colorado!, me repetía a cada instante. Él al igual que yo la estaba gozando de maravilla.

Él volvió a tirarse en la cama y yo me di vuelta, dejando mi espalda a su disposición. Él se deleitaba mirando mi cintura moverse para el, y yo me deleitaba con el reflejo del espejo de la cómoda que estaba frente a la cama.

Lograba ver cómo su miembro entraba y salía de mis entrañas, lograba ver mi rostro desfigurado por el placer, mis labios siendo mordidos por mí mismo. En segundo plano observaba a un Adrián extasiado, que retorcía su cuerpo a cada movimiento y se mordía los labios, mientras recorría mi espalda.

De repente, sentí en mi cuerpo una corriente eléctrica, que empezando en mi vientre, recorrió todo mi ser. Sentí que era arrojado al vacío, y ese vértigo invadió mi abdomen. La presión en mi erecto miembro aumentaba.

¡Me vengo!, grité.

Vente, vente, ¡vente!, me exigió.

Di media vuelta. El chorro de semen impactó en su pecho. Él, extasiado, lo esparció en todo su torso.

Me levanté. Él se quitó el preservativo y empezó a masturbarse mientras azotaba mi cara. Yo sentía las cachetadas de su húmedo y caliente miembro en mis mejillas.

Finalmente, y dando un fuerte gruñido, Adrián derramó su líquido masculino en mi rostro.

Lo besé y tomé una ducha.

Mientras el agua caliente caía sobre mí, mi mente no paraba de pensar. Las imágenes de lo que había hecho, unos minutos atrás, aparecían una tras otra. Sentía placer.

“nuestro cuerpo debe ser casto; es templo del Espíritu de Dios” . La frase del Cura, en una charla a la que me llevó un compañero de clase, vino a mi mente y el placer se deshizo.

 Una fuerte confusión se apoderó de mí, y un calor como el que se siente con un bochorno, incendió mi cuerpo.

Salí de la ducha furioso, tomé mi ropa, me la puse y Me fui corriendo del departamento, sin tan siquiera despedirme de Adrián, a quien vi de reojo: me miraba moviendo la cabeza y frunciendo el ceño, sin poder entender mi reacción después de lo rico que la habíamos pasado.

 

(CONTINUARÁ)

 

© 2013 Gonzalo Martínez. © 2013 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.  Escribe a hunks.piura@gmail.com o comenta aquí.