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viernes, 12 de agosto de 2022

ASS (41): La última escena de su primera porno gay

Una orgía entre todos los actores es el gran cierre para el primer trabajo de Enrique en Perú.


 

Enrique está esperando en la única salida de pasajeros del Aeropuerto de Castilla. De pronto a lo lejos, la estampa de un chico de cabello rubio ensortijado, bello rostro y un cuerpo evidentemente en forma llama su atención. Es joven, se dice mentalmente. Está padre el bato, califica. ¿Le irá a las panochas… o las vergas… o los culos?, se pregunta. Lo sigue con la mirada. El chico va acompañado de otro varón alto y delgado con quien conversa hasta que ambos llegan a una camioneta donde los espera un varón que él conoce: Alberto. De pronto, alguien le toca el brazo y lo saca de su burbuja de fantasía homoerótica.

“Hola Enrique”.

“Ju-Ju-Juan”, reaccciona el mexicano.

“Julián”, sonríe el recién llegado, cabello negro, rostro agradable, cuerpo de nadador.

Los domingos, el trayecto a Los ejidos se hace relativamente rápido, especialmente de mañana.

“Mientras me garantices que vas a pagarme la guita apenas termine de hacer esas escenas, hasta me dejo meter pinga por el culo”, sonríe el nadador.

“¿Tanto así, güey?”

“Debo plata a un culo de gente”.

Al llegar a la casa, Julián se sorprende al ver a Alejo,Marcano y Flavio en pequeñas toallas anudadas a la cintura mientras Willy prepara unas luces LED, la cámara de video y el trípode. Flavio trata de hacer contacto visual con Julián, pero éste busca la mirada a Alejo, quien se la brinda. Le sonríe.

“Por ahora vas a ver detrás de cámaras cómo se hace esto; luego comenzará un poquito de training para cuando te toque”, avisa Enrique.

“Yo… puedo ser su trainer”, dice Flavio coquetamente.

Julián sonríe por compromiso.

Cuando Enrique baja, también solo cubierto por una toalla anudada a la cintura, todo comienza al grito de Willy: “¡Acción!”

La última escena de la primera película de ASS comienza con Alejo, encarnando a Santi, mirando su celular mientras se soba el paquete bajo la toalla. Marcano entra:

“eh, tú, pana, ¿qué haces sobándote el huevo?”

“estoy arrecho viendo esta porno”.

Marcano se sienta al lado de Santi qquien comparte el celular.

Sin roche alguno, el venezolano comienza a ssobar el paquete a su amigo peruano.

“Me la estás poniendo más dura, huevón”.

“Y te la puedo poner más dura aún”, le responde el segundo.

Ambos se besan apasionadamente en la boca. Santi se descubre la toalla: su pinga ya está al palo. Deja el celular a un lado y Marcano se reclina a chupársela. Marcano sí que se sabe tragar todo ese pedazo de carne. Santi, en agradecimiento, le acaricia el cuerpo y trata de llegar a su culo quitándole la toalla.

Están en lo mejor cuando alguien los interrumpe.

“¿Así que quieren comer solitos?”, seduce Flavio.

Santi y Marcano le sonríen: “Ven”, lo invitan.

Flavio se saca la toalla, se sienta a lado de Santi y se turna con Marcano  para mamar la pinga gorda, larga y lubricada que destaca como un pequeño poste trigueño.

“No dejen de mamarla”, indica Willy, quien deja de grabar y mueve el trípode con la cámara a otro ángulo. “Tú a mis espaldas”, pide a Julián, quien tiene su verga al palo dentro de su ropa. “Acción, Enrique”.

De pronto, enrique, encarnando a Bill, entra y mira la mamada en grupo. Santi lo mira: “Para todos hay”, le sonríe.

Bill se quita la toalla y se arrodilla entre las piernas de Santi. Mama la verga. A continuación, se forma sobre el sofá un trenecito encabezado por Flavio, seguido de Marcano, seguido de Bill y santi a la retaguardia. Todos están inclinados haciendo un beso negro al compañero adelante.

Sin perder la posición, luego todos se meten el pene al ano del compañero adelante, excepto Flavio quien solo se pajea y excepto Santi cuyo hermoso y redondo culo queda libre a la fantasía; sin embargo, él y Marcano tendrán que hacer el baile pélvico para estimular el culo y la verga de Bill y el culo de Flavio.

Corte a un contraplano: Miguel o Mike baja las escaleras, mira la orgía, y sin esperar que le digan nada, se saca la toalla. La cámara muestra su pinga en proceso de erección estimulada con su mano.

Nuevo corte y nueva escena: Bill se sienta sobre el sofá y Flavio se sienta sobre su pinga, metiéndosela por el ano. Flavio cabalga un poco. Entonces llega Alejo y, aprovechando la lubricación natural de su pene, también se lo clava por el mismo agujero. Por fin, una doble penetración en pantalla.

Al costado, Mike llega y se arrodilla apoyándose en el asiento del ssofá. Marcano va por detrás y le hace un beso negro. Por precaución, Willy ha dado otra cámara a Julián para que grabe ese otro ángulo. El nadador lo hace muy a pesar de su excitación.

Al poco rato, Marcano mete sus 21 centímetros gruesos al culo de Mike.

La orgía continúa por media hora más.

En la última toma, Flavio se acuesta sobre la alfombra  a los pies del sofá. Mike y Santi se arrodillan a su derecha, Bill y Marcano lo hacen a su izquierda. Todos se masturban.

“las voy a dar”, avisa Mike; es el primero en eyacular. Su ssemen cae sobre el pecho de Flavio.

“Me vengo”, avisa enrique; es el segundo. Su leche cae sobre el otro pectoral y parte del abdomen de Flavio.

Quedan Santi y Marcano. ¿Quién será el primero en correrse? Contra todo pronóstico, ambos lo hacen casi en simultáneo.

“Las voy a dar”, gruñe Santi.

“Voy a acabar”, reacciona Marcano.

Finalmente, Flavio se ppajea y su semen se une al de sus otros cuatro compañeros creando una capa blanquecina sobre su blanca y bien labrada piel.

Como acto final, Flavio se unta las cinco leches sobre su cuerpo como si fuera jabón. Toma un poco con su dedo, lo prueba. Sonríe pícaramente a la cámara.

“¡Corten!”, avisa Willy tras un instante.

Cerca suyo, Julián tiene toda la ropa interior húmeda. También se ha vaciado.

Y para terminar,un video porno gay. 

sábado, 2 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.6

En La Luna, Carlos recibe una llamada inesperada:

“¿Cómo que vas a demorarte unas horas?”

“A menos que puedas meterte al estudio y buscar algo, y, si lo encuentras, me avisas”, indica Tito en el teléfono.

“¿Algo como qué?”

“No sé. Algo. A lo mejor, Manolo guardaba algo allí”.

“Ya te dije que no tengo la llave; y aunque la tuviera, hay una cámara de seguridad: si el alerta le llega a Elga o al huevón de Christian, somos historia”.

“Te entiendo… bueno, ¿me puedes justificar un par de horas?”

Carlos refunfuña:

“Ya, ya, ya. Está bien. Nada más, apúntala”.

“Sabes que soy buen pagador”, evidentemente sonríe Tito.

El capataz cuelga la llamada y el timbre de la caseta de vigilancia suena. Mira mediante el sistema de circuito cerrado en la computadora, y la visión nocturna le revela un varón alto y fornido. ¿Tito habrá enviado a Adán mientras tanto? ¡Qué raro que venga tan desabrigado! Carlos, más por protocolo, abre el armario, saca una escopeta y camina hacia el portón. Al descubrir la rejilla, se queda sorprendido:

“Buenas noches, Carlos”, le dice un sujeto al que casi no puede ver, pero cuyos timbre y acento ya le son familiares.

“¿Owen? ¿Viniste con alguno de los chicos?”

“No, yo venir solo”.

Carlos abre la puertecita del portón y hace pasar al esbelto varón.

“¿Ser el arma necesario?”

“Mmm. Uno no sabe hasta que la utiliza”, indica Carlos sonriendo.

“Tu deber confiar en tu energía”.

Ambos llegan a la caseta de vigilancia. Al verlo vestido con una camiseta y pantalón delgados, Carlos ofrece café pero Owen le acepta un poco de agua.

“Pensé que venías con Tito, como me dijo que iba a demorarse unas horas para su turno”.

“Si querer, yo poder ser tu compañía hasta el venir”.

“Por mí, no hay problema; solo espero que no venga el abogado”.

“Ustedes estar estresados”.

“Debes saber por qué: el asesinato de nuestro patrón”.

¿Quién ser tu sospechoso?”

“La verdad, amigo Owen, cualquiera puede serlo… hasta yo”.

“Pero tú no has matado a él”.

“No ahora, amigo Owen, pero hace mucho tiempo, cuando era mocoso…”, Carlos se ensombrece de pronto.

“¿Has tú pedido por perdón porque has matado a alguien?”

Carlos mira a los ojos de Owen, y de pronto, las imágenes de él a los quince años, cuando caminaba cual guiñapo por los linderos de Santa Cruz, intoxicado en pasta básica de cocaína, regresan como si el presente hubiese movido un temporizador hacia atrás. A pesar del frío de aquel invierno, Carlos siente su cuerpo muy tenso y tibio.

“¿Flaco?”, una voz aflautada suena en medio de los algarrobos. “¿Flaquito?”

“¿Perlita?”, alcanza a articular con alguna dificultad.

Una silueta de delgada figura y frondoso cabello se abre paso entre la foresta seca.

“Aquí estoy, Perlita”, casi le susurra el muchacho.

La figura se acerca.

“¿Las tienes llenas?”

“Si tú vienes llena, ya sabes que le sacaré lustre a tu culito”, seduce el adolescente.

La figura de frondosa melena extrae un bultito de uno de sus bolsillos y se lo da en la mano.

“Te estoy pagando más que la semana pasada”, le informa a la vez que le acaricia el paquete bajo una raída pantaloneta de deportes.

“¿¿Y eso?”

“Ya veremos, flaquito”.

El muchacho se baja la pantaloneta descubriendo su pelvis sin ropa interior y parte de sus nalgas.

“Chúpala, Perlita”.

La figura de frondosa melena se arrodilla en el suelo de greda, toma el pene del muchacho en su boca y comienza a succionarlo. Él, por su parte, trata de adivinar en la oscuridad cuánto suman esos billetes, pero son tres, no los dos que suele llevarle. Se los coloca (como puede) dentro de uno de los bolsillos de la pantaloneta.

“Así, Perlita, trágatela todita”.

Tras cierto tiempo la otra persona se pone de pie, da la espalda y se baja el pantalón apretado. El muchacho acaricia las lampiñas nalgas infladas quién sabe con qué polímero y roza su pene adolescente que sigue ensalivado.

“¿Estás limpia, no Perlita?”

“Limpiecita, mi amor. Métemela”.

La penetración no es cosa difícil, aunque en medio del efecto de la droga, el chico la ejecuta con cierta violencia.

“¡¡Auuu!!”

“Calla, mierda, nos chapan y nos matan a pedradas”.

Perlita  toca los testículos de su amante quien la azota inmisericorde, y mete sus dedos con uñas postizas por debajo del perineo hasta que roza el ano del muchacho.

“Guarda, huevón, no me toques el culo”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

“Puta madre, pero no metas esos dedos”, advierte sin dejar de moverse.

Perlita toma una de las manos del muchacho, que le coge la cadera, y se la lleva hacia su entrepierna: tiene una gran erección.

“Te estoy pagando más flaquito”, dice entre jadeos. “Pajéame”.

El muchacho, no tan a regañadientes, toma un largo y grueso pene y comienza a masturbarlo sin dejar de pistonear el suyo dentro del recto de su evidente cliente.

“Basta”, dice Perlita.

“¿Qué pasó? ¿Las vas a dar?”

Perlita se para y corta la cópula, y casi fuerza al drogadicto a que gire.

“¿Qué pasa, mierda?”, se extraña el chico.

Con una fuerza física inusitada, Perlita obliga a que su gigoló ponga su cuerpo en ángulo recto. Coloca ese largo y grueso pene entre las velludas nalgas del chico.

“No, mierda, no me la metas, mierda”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

El chico pone las manos al suelo y éstas aterrizan en filudas piedras.

“No, mierda, no, no, no me la metas”, se desespera el muchacho.

Pero, Perlita, inmisericorde, introduce su falo de un solo golpe.

“¡¡Conchatumadre!!”, grita de dolor, coge las piedras sobre las que apoyó sus manos y con una flexibilidad sacada de alguna parte, quizás el efecto de la droga, gira y le incrusta en la sien derecha, y la otra en la opuesta.

“¡¡¡Ayyyyy!!!!”

Perlita cae al suelo, y el flaquito le percute la cara, inmisericorde, sin darse cuenta en la oscuridad qué desgarra o a quién ataca. Patea el cuerpo, lo lapida, salta sobre él despanzurrándolo, se asegura la raída pantaloneta y sale corriendo del pequeño algarrobal mientras unos perros se acercan ladrando.

Cuando Carlos vuelve en sí, tiene el rostro bañado en lágrimas, los ojos cerrados.

“Perdóname, Perlita”, llora amargamente. “No te quise matar, Perlita”.

El capataz se refugia entre los dos gruesos pectorales de Owen, quien lo abraza.

“Él ya te perdonó, flaquito; él ya te perdonó”.

Mira un video  

sábado, 26 de junio de 2021

La hermandad de la luna 4.5

En la caseta de vigilancia, Carlos acaricia por enésima vez la brillante tarjeta de presentación. Una década después, La Estirpe en La Luna sigue conservando su encanto.


 

En Collique Sur, tres hombres entran a una sala a oscuras.

“Recuerden que mientras más silenciosos, mejor”, advierte Christian en voz baja.

Mientras él camina con cuidado hasta el otro extremo, el hombre más delgado se junta al más bajo y musculado, e intenta besarlo.

“No me gusta”, le susurra.

“El auspicio viene con servicio completo”, le advierte el otro.

El fisicoculturista se conforma y deja que los labios de su ‘benefactor’ saboreen los suyos sin gracia, mientras que siente una mano acariciarle el paquete. Christian regresa y se les acerca de nuevo:

“Sigan la luz”, habla bajito.

Tras avanzar con cuidado, llegan a un dormitorio iluminado. Christian cierra la puerta, y puede ver a García quitándose la ropa. César parece no estar muy a gusto.

“¿Todo bien?”, le consulta el abogado.

“Sí”, responde César secamente, y comienza a quitarse la ropa.

El trasero de García no es voluminoso como el de sus otros dos compañeros sexuales. Podría decirse que, aunque pequeño, firme, lampiño y pecoso, era un culito cumplidor, fácil de estimular a lengüetazos como Christian lo conocía de sobra. Lo nuevo era saber cómo excitar a un nervioso César, quien básicamente se limita a meter sus gruesos catorce centímetros en la boca del instigador de ese trío. Trata de durar tanto como puede, pero no lo consigue. En solo cinco minutos se la llena con su semen. Christian, por su parte, busca un preservativo, se lo calza y mete sus diecinueve centímetros dentro del ano de su amigo. El fisicoculturista, si alguien le hubiese preguntado por su deseo, solo quiere salir de ahí, pero no lo logrará hasta media hora después.

“No has perdido el toque, Chris”, le comenta García mientras se pone la ropa de nuevo. “Como en tus viejas épocas de La Luna. ¿Qué fue de La Estirpe?”.

“Siguen trabajando en la finca… veremos hasta cuándo”.

“¿Y ya no bailan ni dan servicios?”

“Ni idea; tendrías que buscarlos en Santa Cruz para tirar con ellos”.

César se pone más nervioso aún conforme sigue vistiéndose.

“¿Vamos a tomar algo al G4G?”, propone García.

“Ni me lo menciones”, casi salta Christian. “No pienso aparecer por ahí en un largo tiempo”.

“”¿Sabes cómo se llama el venezolano o dónde puedo ubicarlo? Podemos revisar su registro migratorio”.

“Déjalo ahí, García.  Quizás en dos semanas, el G4G sea otro de mis lejanos recuerdos, como La Luna… como las dos La Luna, como La Estirpe… como miles de huevadas que hice acá”.

García y César miran a Christian con un gran signo de interrogación en sus cabezas. Cuando los dos bajan en el ascensor, César prende su celular y responde algunos mensajes que le han llegado desde las ocho de la noche cuando comenzó a entrenar en el Extreme.

“´¿No te vacilan los tríos, cierto?”, pregunta García.

“ehh… yo… yo ni siquiera tiro con… con patas”.

“¿Y lo del sauna?”

“ehhh… no sé… no… sé”.

“Te jalo a tu casa, ¿te parece? Solo tenemos que caminar al gimnasio para ver mi carro”.

“Ehh… Puedo tomar un taxi acá”.

“Quiero conocer tu casa, quiero saber todo de ti, César”.

El fisicoculturista se alarma. Apenas se abre la puerta del ascensor en el primer piso, por alguna razón, le entra el pánico y usa sus dos poderosas piernas para salir corriendo a toda la velocidad que le es posible.

“¡¡Oye, César!!”, grita García, pero se contiene al ver al portero del edificio.

“¿Todo bien, señor?”

García pasa de largo y prefiere usar su derecho a guardar silencio.

 


En La Luna, Carlos trata de mantener la vista atenta a las imágenes que le llegan de las cámaras de seguridad mientras Frank está a mitad de segunda ronda, la que evidentemente comenzó un poco más tarde tras el show privado que había dado una hora antes. Por ratos relee los mensajes que le acaban de llegar. En las imágenes de la laptop, su sobrino aparece avanzando en un universo pintado en tonos de verde debido a la función de visión nocturna de las cámaras en alta definición.

“Sector paltos, en orden”, avisa por la radio.

“Sector paltos en orden, enterado”, le confirma Carlos.

“Ti…”, habla Carlos y la comunicación se corta.

“Frank… ¿Frank, cambio?”

En la pantalla el joven aparece congelado al igual que todo el entorno. La única respuesta que se recibe es estática.

“Frank… ¿Frank? ¡Cambio!”

El capataz se asusta, abre un armario y saca una segunda escopeta, toma otro radio portátil y sale a la zona donde están las plantas de palta.

“¿Frank? Responde. ¿Cambio?”

Más estática. De pronto se oye un disparo.

“¡¡Frank, sobrino!!”

Carlos prende la linterna y corre hasta donde ha escuchado el balazo. Una luz amarilla se mueve errática entre las plantas.

“¡Alto ahí, carajo!”

Carlos reconoce la voz nerviosa de su sobrino:

“¡Soy yo, tu tío!”

El capataz da alcance al joven y lo encuentra nervioso y agitado.

“¿Qué fue eso, tío?”, tiembla.

“¿La viste, ¿no? ¿La viste, Frank?”

El muchacho no sabe qué responder.


 

En Santa Cruz, algo lejos del episodio tenso, Tito descubre que puede meter en la misma ducha a dos hombres más de su contextura y, aunque están algo apretados, pueden disfrutar la experiencia sensual de librarse del sudor, llenarse de un aroma más agradable, quedar limpios mientras intercambian besos y caricias, mientras sienten todos sus cuerpos firmes rozarse con suma facilidad, mientras sienten sus penes erectos moverse como resortes sin temor de un delante, un detrás, un activo o un pasivo. No hay etiquetas cuando el verdadero placer surge entre dos, tres o más personas que aceptan libremente las reglas del juego. Y a pesar de la excitación, no están tensos, no se sienten agotados, no sienten nada más que el momento. Así es cómo Adán logra introducir su pene erecto dentro del ano de Owen, y en lugar de hacer el típico movimiento hacia el frente y hacia atrás, construye un sutil baile meneando sus caderas con variaciones que apenas marcan unos milímetros.

“¿Tú gustar?”, pregunta Owen a Tito.

“Es enorme. ¿Cuánto te mide?”

“Voltear… el tamaño no importar””.

Tito gira como puede, respira hondo y lento como le enseñó el instructor, relaja todo su cuerpo –que de por sí ya lo tiene relajado—y levanta un poco las nalgas concentrando su energía en un punto justo al medio de su entrepierna.

“Ya”, avisa.

Las manos de Owen acarician las caderas de Tito hasta moverse hacia su pene, el que masajea suave y lentamente.

“Danza, Tito”.

El gladiador comienza a mover su cadera casi imperceptiblemente, y siente que algo invade su ano.

“Resppirar lento… no desenfocar”.

Tito percibe la intrusión pero no siente dolor. Gime al igual que los otros dos varones, mientras mantiene el ritmo ralentizado y profundo del aire oxigenando cada célula de su cuerpo.

“Ve a tu lugar mágico”, susurra Owen.

Tito cierra los ojos y se transporta hasta su temprana adolescencia en Shacshapampa, un valle verde de grandes árboles, cultivos fértiles, altas cordilleras que le sirven como protección, el lugar donde se jugaba subiendo y bajando las laderas, retozando en la quebrada, recolectando dulces frutos, oyendo e imitando el trinar armonioso de las aves, gozando el cielo azul con las nubes cual copos de algodón, bebiendo leche recién ordeñada, comiendo rico jamón con maíz y queso, siendo feliz, intensamente, inmensamente feliz.

Gira, escucha el susurro en su mente.

Tito ya no siente la opresión en su ano; da media vuelta y, sin abrir sus ojos, mete su pene a Owen, quien hace lo mismo con Adán, cuyo lugar ideal es esa playa donde pasó sus vacaciones apenas cuando había cumplido dieciocho años, en La Santitta, corriendo por la arena, animándose a nadar en el tranquilo mar, pescando algo en los roquedales que podían ingresar sin ser arrastrados, pasando tiempo con un joven tan atlético como él con quien solía patear pelota.

“Este sitio es místico”, le dijo alguna vez.

“¿Por qué?” le respondió el Adán postadolescente.

“¿Ves ese montículo cerca al mar?”

“¿El que parece de barro?”

“Ajá. No es natural”.

Haciendo elipsis mental, se coloca con su amigo en la base del montículo. Es grande, quizás como una casa de dos pisos.

“¿Lo subimos?”

“Claro”, le dice su amigo, “pero antes tenemos que hacer el rito de los guerreros”.

“¿Cuáles guerreros?”

“Los antiguos guerreros de la Luna”.

Su amigo ya está totalmente desnudo para ese momento.

“¿Por qué te calateas, huevón?”

“Porque el rito se hace calato”.

Adán se da cuenta que también está completamente desnudo. Su amigo, entonces, se le aproxima, lo abraza, le da un beso en la boca y pega su pene tan fuerte como puede al otro pene.

“Éstas son mariconadas”, protesta Adán sin mucha convicción.

“La tienes bien parada, huevón”, le sonríe su amigo, quien de inmediato se arrodilla para chupársela. Mira alrededor: están solos. Una vez que termina la mamada, su amigo se voltea y se pone en cuatro patas.

“Cáchame”, le pide.

Adán obedece. Y gime, jadea, disfruta, experimenta por primera vez la calidez del agujero de otro varón.

“Sigue así. Poséeme”. Siempre vas a encontrarme junto al mar… recuerda que siempre vas a encontrarme junto al mar”.

Alguien le pide a Adán que gire, y él obedece.

Quedan atrás sus recuerdos de la playa, y su presente está dentro de esa reducida ducha junto a su primo y a Owen.

“Hacer triángulo”, pide el instructor.

Los tres se abrazan, se besan indistintamente, siguen moviendo sus caderas haciendo chocar sus penes erectos.

“Venir ahora… venir”.

Los tres dejan de contener la energía que tienen en la entrepierna y comienzan a liberarla sin importar si cae en la ingle, los muslos, el suelo húmedo, la oscuridad de esa noche de viernes, cuando el cuarto creciente trata de iluminar el cielo parcialmente nublado.

 

sábado, 29 de mayo de 2021

La hermandad de la luna 4.1

Christian revisa las facturas y la planilla que esa semana ha generado La Luna. Se saca sus delgados anteojos, cierra sus párpados, se soba con sus dedos el tabique  de su nariz perfecta y suspira. Enfrente está Carlos. Ambos están en el pequeño estudio que pertenece al departamento dúplex de Manolo en el sector sur de Collique, una más o menos lujosa área residencial cerca de todas las comodidades de la vida moderna, lejos de todo lo que recuerde a pobreza y subdesarrollo.

“No hay variaciones con la semana anterior, excepto el ingreso de tu sobrino”, indica el abogado, quien abre una gaveta y saca una chequera.

“Y… ¿ya pensaron qué harán con la finca?”, consulta Carlos.

“Aún no. Elga todavía no me da instrucciones porque sigue haciendo papeleo. ¿Sabías que Esmeralda quería tomar el control de La Luna? Nos costó trabajo decirle que no, que cuando se divorció de Manolo solo tenía el control de la naviera; además que su familia caga plata, así que de pobre nunca va a morirse, menos los inútiles de sus hijos. Claro que eso no se lo dijimos pero si administra bien esa naviera, tiene para darle de comer y vestir a cuatro generaciones”.

“La señora Esmeralda nunca aceptó la nueva vida de Manolo”, recuerda Carlos.

“Ponte en su lugar: saber que tu marido cacha con tres patas lo mismo que cacha contigo, ¿tú qué harías?”

“Con cuatro… tú también cachaste con él”.

“Ah, sí… esa huevada de la estirpe, una hermosa leyenda para pasar horas de pasión encerrado con tan simétricos cuerpos de mi mismo sexo. Ya pasaron esas épocas. Mi futuro es otro, Carlos”.

“¿Por eso ya no participaste de las últimas ceremonias?”

“Por eso”, sonríe Christian. “Y a propósito, ¿ya fajaron con tu sobrino… cómo se llama?”

“Frank. No, aún no”.

“Rico cuerpo tiene el huevón… rico culo. Ojalá le entre porque sí me provoca sopearlo. Mas bien, ¿cierto que la hija de Tito lo choteó?”

“No sé, Christian. Hasta donde sé, no son enamorados formales”.

“Ha llegado por acá el rumor de que un negro se comió a la chibola en plena casa de Tito. Avezada, ¿no?”

Carlos mira a Cristian entrecerrando sus ojos. El segundo se da cuenta y sonríe.

“¿Qué tiene? Es solo un rumor. Ya sabes cómo es el teléfono malogrado en Santa Cruz. ¿Qué va a hacer un negro en casa de Tito?”

Carlos prefiere no responder, y ese silencio le indica a Christian que parece haberse ido de boca. Continúa llenando y firmando los cheques hasta que finaliza. Se los entrega al capataz, quien los guarda en un morral  hecho con lo que alguna vez fueron botellas para tomar agua. Se pone de pie.

“Bueno, será hasta el otro viernes; ya debo regresar”.

“Un momento, Charlie. ¿Qué tanto apuro? Apenas es un cuarto para las cinco”.

Christian se levanta de su silla y camina hasta donde Carlos, lo abraza y besa en la boca.

“Tengo diligencias que hacer”, informa el capataz mientras le da una nalgada al abogado.

“Y yo tengo las llaves de la camioneta de Manolo… y las llaves del cuarto de visitas…. ¿Qué dices?”

“Estoy sudado, Christi…”

“¿Y acaso acá no hay duchas?”

El abogado vuelve a besar al capataz.

“¿Y no regresará la señora Elga?”, se separa Carlos.

“Elga lo sabe todo y no se hace problemas; además, ya estás al palo”.

Efectivamente, bajo el jean, la mano de Christian soba algo más duro que la bragueta.