Mostrando entradas con la etiqueta atlético. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta atlético. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de febrero de 2023

ASS (64): ¿Su dinero será tan limpio como su culo?

Enrique entrega primero un chequezote a José Luis, y luego ambos entregan sus nalgas a Eliezer y Salaverry.

 


“No puedo creer que finalmente lo hicieron”, reacciona Salaverry.

en la casa de campo que posee José Luis cerca de Piura están reunidos su asesor principal, Eliezer y Enrique, quien entrega un pequeño sobre al dueño de casa. José Luis lo abre y los ojos casi se le desorbitan. Mira a Salaverry y Eliezer:

“¿Y esto?”

“La historia porno gay del campeón latinoamericano de natación censurado por dopaje va a tener millones de vistas, así que el estudio se convenció de adelantar algunos pagos”.

“Pero esto es un culo”, comenta algo desconcertado, José Luis.

“Y es solo el inicio”, sella Enrique.

Salaverry carraspea:

“Va a perdonarme la pregunta, pero creo que en este punto debo hacerla: ¿el origen de ese dinero… es lícito?”

Enrique sonríe:

“Las drogas, las armas de fuego y el sexo son los negocios que mueven fortunas que escandalizan a Forbes, pero que nunca las consideran en sus conteos anuales”.

“Las drogas y las armas no tienen fuentes legales de financiamiento”, observa Salaverry. “No sé si el sexo también”.

“Casi nada tiene una fuente legal de financiamiento, pero tranquilícese: recuerde que mucha gente precompra contenido, y son millones de gays alrededor del mundo”.

Salaverry no sabe qué replicar.

“¿Y luego?”, interviene Eliezer.  “Cuando el video porno salga y la gente note que es en la Piscina Comunitaria, y lo conecte con los días que cerramos, quizás cuestionen a José Luis”.

”Todo está bajo control”, sonríe Enrique. “Mientras no se reprima a la comunidad gay o bi, será la misma comunidad la que proteja a José Luis, y vote por él”.

Eliezer y Salaverry se miran algo escépticos, pero el cheque de cinco dígitos –cuatro ceros—parece tranquilizarlos por ahora.

“Celebremos, ¿no?”, anima José Luis, quien se levanta, se acerca a enrique, lo abraza y le da un beso en la boca; le hace una seña para que lo siga.

Cuando ambos se ponen en camino, Salaverry mira a Eliezer quien le contesta con una sonrisa, un guiño de ojo y la misma seña para seguir a los dos primeros amantes.

Ya en el cuarto de José Luis, los cuatro varones se desnudan por completo. Se arrodillan en el centro de la cama haciendo una cruz con sus piernas. Se abrazan, se acarician las espaldas y los culos, se besan en la boca. Sus cuatro penes comienzan a ponerse duros, y aunque no son iguales en tamaño, se hacen contacto. Los de enrique y de Salaverry brotan mucho líquido preseminal.

“Hagamos ronda”, propone el mexicano.

Enrique besa el cuello a Salaverry, éste hace lo mismo con el de José Luis, éste con el de Eliezer y finalmente este último con el de Enrique. Así se cierra todo el circuito.

A continuación, enrique  y José Luis se ponen en cuatro patas abriendo bien las nalgas. Salaverry lame el ano a su jefe, José Luis;Eliezer vuelve a disfrutar del trasero azteca de Enrique. Los dos beneficiarios del beso negro juntan sus labios y sus lenguas.

Cuando los anos de esos dos hombres están dilatados, Salaverry unta con su líquido preseminal el agujero de José Luis, mientras Eliezer se coloca un condón y le unta mucho lubricante; lo coloca y comienza a empujar. Salaverry también se protege con un condón y comienza a meter sus 18 centímetros gruesos y venudos dentro del culo de su jefe.

En un par de minutos, el sexo anal comienza a calentar motores. Bombeos lentos que poco a poco se irán incrementando hasta el clásico chasquido de las caderas contra las nalgas de los pasivos, quienes ahora gimen y jadean como condenados.

Salaverry disfruta viendo cómo su pinga entra y sale del culo de José Luis; eliezer se solaza viendo el gesto del otro asesor, casi no toma atención de cómo sodomiza a Enrique. Entonces, Salaverry forma en su rostro ese rictus característico de que la eyaculación está cerca:

“Las voy a dar, mierda”, avisa.

Salaverry ruge: es evidente que ya llegó al orgasmo. Eliezer lo comprueba porque deja de moverse, saca su pene con el condón manchado de blanco, signo inequívoco que ya expulsó su semen. Recupera el aliento y se relaja.

José Luis se levanta:

“Luces intelectual y todo eso, pero a la hora de cachar, eres arrechísimo”, le dice.

Salaverry solo sonríe mientras se seca una gotita de sudor que cae por su frente, y se soba su pene semi-flácido.

Eliezer tiene para rato aún, pero sabe que el culo de Enrique es aguantador.

José Luis hace otra seña a Salaverry. Ambos se van a la ducha.

Ya dentro, bajo el agua, el dueño de casa acaricia el velludo cuerpo de su asesor mientras le unta el jabón.

“Me encanta cómo me cachas… ¿por qué preguntaste a Enrique si su dinero es limpio?”

“Me gusta  tu culo porque sigue bien firme, pelu; pero… ¿acaso no viste la cantidad de ceros que tenía ese cheque? Encima, son dólares. ¿Cómo vamos a justificar eso ante la Onpe?”

José Luis da un beso en la boca a salaverry, a la vez que le acaricia la pinga y las bolas:

“Lo pitufeamos como hacen todos… Para eso contraté al hijo del Capi. Enrique tiene a sus chicos. Ya he pensado en eso”.

“¿en serio no te preocupa que pueda ser plata de narcos? Es cuerpón, vergón, hermoso culo, se nota que aguanta bien la pinga; pero también es mexicano, joven, con plata suficiente para comprarse de un sopapo una casa en Los ejidos. ¿en serio crees que la pornografía gay dé tanto?”

“Si fuera narco, alguno de nuestros amigos policías nos hubiera dicho algo, en especial esos que les gusta meter pinga y que les metan bien la pinga”.

“¿Y si quizás no nos dicen nada porque… también te están investigando? Recuerda que fui policía, trabajé en Inteligencia. Si debemos dejar que nos metan un dildo por el culo con tal de conseguir información valiosa, nos abrimos de nalgas”.

José Luis mira a Salaverry con cierta perplejidad mientras le sigue acariciando el pene y los testículos, tanto, que otra vez hay una erección.

Afuera, Eliezer sigue cachando con intensidad el culo de Enrique.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

viernes, 13 de enero de 2023

ASS (61): ¿Quieres probar mi semen?

Pedro y Huamán siguen explorando una forma de alcanzar el placer sin meter la pinga al culo.



Ya es de noche en Piura. Pedro sale muy agotado de su clase del miércoles. Traspone la puerta.

“¿Joven Pedro!”

El muchacho se sobresalta, gira con cierto asombro. Desde una motocicleta, un chico fornido le alza la mano. Trata de identificar su rostro: es Huamán, el sereno. Se le acerca.

“Te ves distinto con ropa de civil”, le comenta sonriendo. “¿Qué haces acá?”

“Su tío Eliezer se fue de reunión con don José Luis, me dijo que usted iba a salir a esta hora; entonces…”

“¿te mandó a verme?”, le pregunta Pedro, muy extrañado.

“No”, replica Huamán. “yo decidí venir a verlo… ¿No le molesta, no?”

Pedro sonríe otra vez:

“No, para nada”.

Pedro monta la moto y ambos parten hacia Castilla. En el trayecto, los baches hacen inevitable que el pecho y todo el cuerpo de Pedro se pegue a la espalda y el culo de Huamán. Tras 15 minutos de viaje, debido al tráfico, llegan.

“Misión cumplida”, anuncia el sereno.

“Gracias”, vuelve a sonreír Pedro. “¿Te vas a la base?”

“La verdad no sé a dónde ir: mi familia se ha ido al campo por unos días y me voy a aburrir en mi jato”.

Pedro lo piensa un poco.

“¿Por qué no subes un rato… digo, como que conversamos”?

Huamán lo duda:

“Pero… ¿y si llega su tío como la otra vez?”

Pedro ríe:

“Le dije que me estabas ayudando a mover unas cosas, y que estábamos limpiando”.

“¿y qué dijo?”

“No soy nada de mi tío Eliezer, ¿qué va a decirme?”

Huamán mete la motocicleta al jardín interior y entra con Pedro a la casa; suben hasta el dormitorio que el segundo ocupa.

“Voy a bañarme”, avisa Pedro.

“¿Quieres que te acompañe?”

“¿Por qué no?”

Ambos se sonríen. Se desnudan e ingresan al baño.

Bajo la ducha, mientras el agua recorre sus cuerpos, sus bocas se besan, sus manos se acarician, sus penes erectos se rozan. Aprovechando el jabón, Huamán soba las nalgas a Pedro y mete su mano hasta masajear el ojo del culo.

“No me lo vayas a meter”.

“No… ni loco… si quieres, hazme lo mismo”.

“¿en serio?”

“Sí, méteme los dedos entre las nalgas”.

Pedro no se hace de rogar. Unta sus manos en jabón y repite la caricia del sereno. Ahora ambos se masajean el ano mientras se besan apasionadamente.

La maniobra surte efecto de inmediato: como sus dedos surcan suavemente la orilla de sus orificios, y el jabón los lubrica, eso activa una serie de estímulos nerviosos que transmiten algo así como electricidad a todo el cuerpo.

Para completar el cuadro, los dos varones mecen suavemente sus pelvis, una contra otra, haciendo que el pene de uno se masajjee en el pubis del otro.

“Sigue así, Huamán”, Jadea Pedro. “Qué rico”.

“Me vuelves loco… ¿quieres chupármela?”

“Claro”.

Allí, dentro de la ducha, Pedro se arrodilla, toma el pene gordo y cabezón del sereno y se lo mete a la boca. Lo succiona mientras que con uno de sus dedos sigue masajeando el hueco anal.

Huamán siente que esa forma de chupar la pinga es lo máximo. Cierra los ojos y se deja ir.

“Las voy a dar, ¡las voy a dar!”, susurra.

En cuestión de segundos, el semen sale a chorros y llena la boca de Pedro, quien sigue haciendo la fellatio mientras se traga la leche hasta que siente  flácido el pene de su amante.

“Te la chupo yo”, pide Huamán.

Los papeles se invierten. Con cierta dificultad, el sereno mama los 15 centímetros del joven guapo; de hecho, no le cabe todo el falo dentro de su boca, pero Pedro no se lo reclama.

Huamán mama verga con algo de torpeza pero se siente rico.

Por supuesto, el culo de Pedro no escapa a las caricias del sereno: lo soba, lo amasa con delicadeza, lo palmea levemente, y sigue estimulando el ano con uno de sus dedos.

Pedro demora más que Huamán en eyacular, pero todo tiene su final…

“Me vengo, me vengo”, avisa.

Huamán se saca el pene de su boca, lo masturba y deja que la leche de su amante se dispare sobre su cara. ¡Wow! Qué hermoso facial se hace.

Luego, ambos chicos descansan desnudos y abrazados sobre la cama.

“¿Por qué no te tragaste mi leche?”, pregunta Pedro.

“No sé”, responde Huamán. “Nunca lo he hecho… ¿A qué sabe?”

“No sé”, responde Pedro. “el semen es diferente según el hombre”.

Ambos sonríen.

Pedro siente que Huamán le toca su pene flácido otra vez.

“Me gustaría probar tu semen”.

Pedro mira a Huamán:

“¡Estás seguro de querer probar mi semen?”

“No… pero podemos intentar”.

Pedro sonríe otra vez. Su pene vuelve a ponerse duro.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

sábado, 24 de diciembre de 2022

ASS (58): el primer facial de Julián

Mientras alejo le enseña al nadador cómo chupar bien el pene, el hombre que espiaba todo en la piscina resulta tener su nivel de arrechura.



Enrique escribe en el cheque, lo desglosa del talonario y se lo da al hombre delgado, joven, que está parado frente a él en el vestuario de la Piscina Comunitaria. El hombre, cabello negro crespo y barba en el rostro no rasurado hace un par de días,  se sorprende al leer la cifra:

“¿tanto, míster?”

“Creo que es suficiente, carnal, para que no le digas a nadie lo que estamos haciendo aquí”.

“Pero yo no pensaba contarle a nadie que están haciendo porno entre patas”, se ruboriza el hombre. “ya le dije que vine a ver mi cargador y cuando me di cuenta… pues… ese chico se estaba cachando al otro joven…”

“¡Estás seguro que no te mandaron Eliezer o José Luis?”

“No, señor, ya le dije que me olvidé mi cargador, vine y no pensé que iba a encontrarme…”

En eso entra Flavio con su escultural cuerpo cubierto por la bata de baño. El hombre delgado calla por vergüenza.

“¿ya arreglaron?”, pregunta a enrique.

“ya, aunque dice que no pensaba echar aguas”.

Flavio mira al hombre, aún aturdido; le sonríe.

“No le veo pinta de querer delatarnos”. Entonces, se dirige a Enrique: “¿Te contó Alejo que lo descubrió pajeándose mientras veía a lo lejos cómo yo cachaba con Julián?”

“Eso es lo que le conté al señor aquí”, se defiende el hombre.

“Además, Alejo me contó que parece tener un buen pene”, agrega Flavio.

Enrique sonríe:

“No pretenderás hacer lo que estoy sospechando”.

Flavio habla nuevamente con el hombre:

“¿¿me permites un momento?”

“¿Qué?”, reacciona el varón, todavía aturdido.

“Confía en mí”.

Flavio toma la camiseta del hombre y se la quita. Su cuerpo delgado es en realidad marcado de músculos con algo de vello en pecho y abdomen. Entonces, Flavio afloja el cinturón, desabotona el pantalón y baja la cremallera, y hala el pantalón hasta las rodillas.

“Lindas piernas”, comenta Flavio.

“Juego fútbol en segunda división… los fines de semana”.

”ah, eso explica tu culo redondo y durito”, comenta Flavio mientras palmea levemente el trasero del hombre, quien parece no estar incómodo. “ahora, la prueba de fuego”.

Flavio baja el bóxer medio raído, igual, hasta las rodillas, y puede ver un pene más o menos largo debajo de una abundante mata de vello púbico.

“¿¿Cuánto te mide?”

“No lo sé, joven”.

“¿Puedo?”, susurra Flavio en su clásico tono seductor.

“Claro… si desea”.

El actor y modelo porno comienza a chupar el pene al varón, quien mira el sexo oral mientras siente cómo esa lengua y esos labios le masajean la virilidad de forma magistral. La erección se produce en cuestión de un minuto.

Enrique no pierde detalle; se acomoda su pene ya duro dentro de su pantalón.

Afuera en la alberca, se supone que Julián ha desafiado a Alejo para hacer un largo de ida y vuelta.

“el perdedor mama el pene al ganador”, retó ante cámara antes de lanzarse al agua.

“Trato hecho”, le respondió a Alejo.

Adrede, Julián llega a décimas de segundo después que su contrincante.

“Puta madre… tendré que tragarme esa pija”.

“Te va a gustar mi pija”, responde Alejo, sonriendo.

Ambos salen del agua, van a la banca donde antes Julián se estaba pajeando. Willy los sigue con la cámara. Los dos talentos llegan aún en su tanga de natación, sus gorras y sus gafas para el agua.

Julián se sienta en la banca mientras Alejo permanece de pie para bajarse la tanga. Lo hace.

“Trágate  toda mi pija”, pide.

Julián, en realidad,  traga un poco de saliva, abre la boca y se dispone a pagar el reto. Jamás en su vida ha chupado pinga. Le dijeron que eso no se hace porque ‘eso no es de hombres’; pero hay algo en la verga de este hombre que le hace imposible dejar de succionar y succionar hasta que consigue hacerla crecer hasta sus 18 centímetros.

Para Julián es raro y nuevo el sabor del líquido pre-seminal, algo salado pero tampoco desagradable. Dicho sea de paso que alejo aprendió con esto de hacer porno lo importante que es tener la pinga y los huevos bien perfumados y limpios.

“Trágate toda mi pija”, insiste Alejo muy cariñosamente, mientras acaricia la cabeza a Julián, pero el novato mamapenes apenas si consigue meterse la tercera parte del falo erecto.

“No es fácil”, sonríe algo frustrado.

Alejo entiende que esto puede estropear la toma, así que hace algo que no debería estar en el guión… aparte que no hay un guión concreto.

“Ponte de pie… yo te enseño”.

Julián se sorprende un poco pero acepta; toma el lugar de Alejo quien ahora le baja la tanga:

“Se hace así”.

Alejo, por primera vez ante cámara, abre su boca y mama el pene del nadador con una maestría que deja a Willy como estúpido por lo que aprecia en el viewfinder de la cámara.

Los 16 centímetros de Julián ya están duros, entrando y saliendo de la boca de Alejo, quien la mama por algunos minutos más hasta que se detiene:

“¿ya sabes cómo hacerlo?”, se pone de pie. “Ahora es tu turno”.

Julián se arrodilla y trata de imitar la lección. Lo consigue en parte. Tácitamente, los talentos y el camarógrafo entienden que esa escena será un toma y dame.

“Así, Julián, la mamas rico”, dice alejo excitado, aunque en realidad su compañero sexual aún tiene problemas para embocarse todo su miembro. “¿Te la vuelvo a chupar?”, le consulta luego de unos minutos.

Julián acepta y vuelve a ponerse de pie; Alejo se la vuelve a chupar mientras le acaricia el redondo y firme culo.

“También quisiera mamarte el orto”, le dice al nadador.

“Claro”, susurra su compañero girando y agachándose sobre la banca.

Alejo le separa las nalgas y descubre el ano cerradito y rosado a Julián. Besa cada cachete, los lame; al fin se lanza a la conquista del agujero rectal.

Al experimentar esas placenteras cosquillas, Julián se siente en la gloria, tanto que comienza a pajearse.

Willy hace verdaderos malabares para lograr una toma perfecta porque la acción se da por ambos lados.

“Las voy a dar, las voy a dar, carajo”, susurra Julián muy excitado. “¡Ohhh!”

Ráfagas de su semen caen sobre la mayólica especial de la alberca.

“Arrodíllate”, pide Alejo.

Julián lo hace.

Alejo pone su pene a la altura de la boca de Julián, se masturba tan fuerte como puede. El nadador no sabe si abrir o cerrar los labios.

Tras unos minutos, Alejo eyacula sobre  el rostro de Julián dando un suspiro fuerte y viril.

Hace que el nadador se ponga de pie y comienza a lamerle el rostro limpiando su propia leche. Julián trata de disimular su desconcierto.

“Gracias”, le dice alejo, sonriendo en voz baja cuando termina de limpiarle la cara de su propio semen. Sella todo con un besito en la boca.

Willy corta la grabación.

“De la puta madre”, califica asombrado.

Adentro en el vestuario, Flavio también recibe el semen del hombre que estaba espiando toda la escena; se lo traga.

“Rico; yo creo que sí califica”, dice a Enrique.

El hombre está sudando del puro orgasmo; también mira a Enrique:

“¿ya me puedo ir?”

Enrique sonríe:

“¿y si te propongo otro trato?”

    

sábado, 17 de septiembre de 2022

ASS (46): Juan y Paco cachan en la parcela

Tras una noche de algunas copas, una noche de rico sexo termina de mala manera.



Casi a las once de la noche del domingo, Paco sale de un barcito de poca monta en una calle céntrica de San Sebastián. Se llama El Cimarrón y es punto fijo de levante gay. Pero esa noche no fue muy propicia que digamos. Con tres copas de vino encima, lo único que ha conseguido el docente es aplacar un poco su sensación de frío. Al llegar a la esquina para tomar el mototaxi, cruzando la acera viene andando un chico que no había visto antes en la ciudad. Se le nota delgado pero no escurrido, algo atlético. Paco no lo pierde de vista; de hecho, cruza y se le coloca muy al alcance. Nota que el muchacho parece estar buscando algo.

“Hola”, al fin le lanza cuando lo tiene muy cerca.

“Hola”, le responde el chico pero pasa de largo. O casi. “Perdona, busco la calle Los Cardos, ¿sabes dónde está?”

“Te puedo llevar”, le responde Paco con cierto gesto coqueto.

El muchacho sonríe, agradece y accede.

Al llegar a la calle indicada, el paseo a dúo parece finalizar.

“Ya, aquí me oriento al paradero de mototaxis”.

“Pero esas mototaxis van al campo”.

“es que cuido una parcela acá cerca de la ciudad”.

Paco se desilusiona un poco:

“Ah, tienes que regresar a ver a tu familia…”

“No, yo la cuido solo. El dueño es de aquí, pero vine a cenar donde unos familiares y me hice tarde”

“¿Quién es el dueño?”

“Un señor llamado  Julio… ha sido futbolista”

El cerebro de Paco parece despertar. Finge buscarse algo en el bolsillo y poner cara de preocupación.

“¿Qué te pasa, pata?”, pregunta el joven.

“Mierda… no saqqué las llaves de mi casa, ya a esta hora mi vieja no me abre la puerta ni cagando”.

“¿Qué harás?”

“Pasar la noche en la calle, pues… ¿cómo me dijiste que te llamas?”

“Juan… mucho gusto”.

“Yo soy Paco… Tendré que buscarme una cómoda banca en un parque y pasar la noche ahí”.

“Pero… hace mucho frío, es peligroso”. El muchacho parece reflexionar algo. “Tengo una idea, Paco”.

Veinte minutos después, una mototaxi los deja en la puerta de madera que accede a la parcela de Julio, y cinco minutos después, en el cuarto que ocupa Juan.

“Hace más calorcito aquí”, comenta Paco sonriendo.

“Sí, de hecho yo duermo calato… como nadie entra aquí”.

“Ah, que coincidencia”, finge Paco. “Yo también duermo calato en mi casa”.

“Durmamos calatos, entonces”, invita Juan. “Total, somos hombres, ¿no?”

No pasan ni dos minutos, y ambos varones ya están desnudos dentro de la cama, tapados con esa gruesa colcha de alpaca.

“¿Se siente rico dormir calato, no?”, prosigue Paco.

“Sí”, confirma Juan. “Y más cuando se te para la verga”.

“¿Tienes la verga al palo?”, pregunta Paco fingiendo inocencia.

“Duraza”, sonríe Juan en la oscuridad.

“No te creo”, finge refutar el docente.

“Tócala… si quieres”, dice el otro chico, pero la invitación viene con cogidita de mano bajo la colcha a lo que Paco no se hace de rogar: efectivamente, el pene del muchacho está duro y grueso.  Paco lo toma y comienza a explorarlo.

“¿Cuánto mide?”

“No sé. ¿Por qué?”

“Es grandecito”.

“¿Tú crees?”

“Sí”, responde paco.

“¿Quieres… chupármelo?”

Paco entiende que hace rato le han sacado línea y que no vale seguirse con rremilgos. Sonríe en la oscuridad. Se interna bajo la colcha, recorre con su mano libre el marcado cuerpo de Juan y llega a su falo. Lo huele un poco. Parece limpio. Abre la boca y le lame la cabecita en círculos.

“Rico, carajo”, suspira Juan.

Poco a poco, Paco se va metiendo un ttrozo más del pene erecto dentro de su boca hasta tragárselo todo. Como su culo está a la altura de la cara de Juan, éste último se moja el índice derecho con su saliva y le va acariciando las lampiñas y firmes nalgas hasta dar con su ano. Comienza a meterle el dedo poco a poco. Paco comienza a gemir mientras sigue tragándose ese sable de 17 centímetros.

“La chupas rico, pata, y tu culo está sabroso”.

Tras varios minutos de la maniobra, paco deja de mamar la verga, y destapando a ambos, gira y se sienta sobre el pene de Juan:

“Ahora vas a gozar rico, papito”.

Paco coge el falo y lo calibra dentro de su ano. Comienza a metérselo con facilidad debido a la saliva que le ha dejado y a que el dedo de su amante lo ha dilatado lo suficiente… aunque ese ano tiene cierta lubricación extra.

Paco cabalga el pene de Juan por largo rato mientras se apoya en los marcados pectorales del otro chico, quien no deja de acariciarle las nalgas.

“Te cacho en cuatro”, propone Juan.

Paco acepta, adopta la posición y ahora deja que el mancebo lo bombee con cierta firmeza. Paco gime de placer. Definitivamente, ese chico sabe cómo penetrar el ano de otro hombre. La ingle del activo chasquea al chocar con las nalgas del pasivo.

“las voy a dar”, anuncia Juan.

“Dame tu leche, papito”… dame toda tu leche”.

“Ahhh”, gruñe Juan, y eyacula dentro del recto de Paco.

Juan sigue gruñendo de placer por algún tiempo más hasta que saca su miembro, y se baja de la cama.

Luego que ambos se limpian, regresan al lecho. Vuelven a cubrirse bajo la colcha.

“Sabes que tu cara me es conocida de algún lado”, le lanza Juan.

“¿Sí? ¿de dónde?”

“Eso es lo que trato de recordar, pero ya te he visto antes”.

“San Sebastián no es grande; quizás de ahí”.

“Quizás”, reflexiona Juan.

Ambos se quedan profundamente dormidos.

A las cinco de la mañana, Paco despierta y tras esperar a Rodo, el mototaxista, regresa a casa. Antes de salir, se despide de Juan con un profundo beso en la boca.

“¿Volveremos a vernos?”, le consulta.

“Ya tienes mi número”, le sonríe Juan. “Coordinamos”.

Paco sonríe.

Durante el trayecto de regreso, Rodo no se aguanta el comentario:

“Ya se te hizo costumbre venir a esta parcela, no?”

“Te la perdiste”, le dice el docente muy suelto de huesos.

De pronto, algo inesperado. Una camioneta sale de una parcela justo antes del puente que conecta con las primeras casas de la ciudad. Rodo trata de evadirlo.

La mototaxi maniobra mal y cae al canal que está al lado de la carretera, quedando llantas arriba.

Rodo y Paco quedan inconscientes.

Y para terminar, tedejamos con una porno gay.


martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.5: Un adonis sin leotardo


Un minuto después llega al piso diez, y al abrirse la puerta lo espera un pasillo pequeño decorado con una pintura en la que se aprecia un arreglo floral inyectado en rojo y rosa, algo de verde, tonos pastel, un marco blanco que casi se mimetiza contra la pared blanca. No tiene los conocimientos en apreciación del arte para interpretar si es signo de buen gusto, pero recuerda que un motivo pictórico similar estaba en el cuadro de la sala de reunión, la tarde anterior, y en el departamento de la novia, el último domingo. Hay una puerta justo a la derecha pero la ignora; avanza a la que está más al fondo, del lado izquierdo. Llega y toca el timbre: una hermosa chica, una de las que estuvo en la reunión de la tarde anterior, lo recibe con una sonrisa.

“Adelante, por favor”, lo invita. “Darío sale ahorita”.

Al ingresar, el muchacho sigue intrigado por el blanco de las paredes y los cuadros con flores, aunque ahora se agrega un nuevo detalle, muebles tan hinchados como edemas púrpura marcados con detalles cromados.

“Toma asiento”, vuelve a invitar la chica. “¿Quieres tomar algo?”

“No, gracias”, despierta Leandro.

La chica se despide y sale del penthouse. Una vez solo, Leandro no resiste la tentación de alzar el cuello tanto como puede para examinar todo el espacio. Estaba en eso cuando un joven tan alto como él, esbelto como él solo, vestido en un leotardo negro de licra y zapatillas, aparece y lo saluda. Leandro no puede cerrar la boca de la impresión: los ojos de Darío revelan afabilidad y belleza haciendo juego con su cabello medianamente recortado, que luce su forma crespa.

“¿Listo?”, sonríe el modelo de los modelos.

 


Avanzan un pequeño pasillo e ingresan a un enorme salón que tiene las paredes llenas de espejos, unas cuatro máquinas de gimnasio colocadas junto a las paredes, y al fondo un espacio vacío con una puerta en la esquina.

“¿Vamos a ensayar así?”, curiosea Darío.

“No. ¿Va a venir alguien más?”

“Invité a otro chico, pero no me ha confirmado; sin embargo, no pienso esperarlo. Mejor comenzamos”.

Leandro entonces se baja la cremallera de su chaqueta de entrenamiento y la pone dentro de su mochila y se afloja la pantaloneta de su pantalón de entrenamiento.

“Ah, si quieres puedes cambiarte acá adentro”, le observa Darío.

“No, ya estoy acostumbrado”, aclara Leandro, quien se queda solo en una camiseta entallada manga cero y una pantaloneta de licra, manga corta, y que le marca sus poderosas piernas y trasero, además del paquete.

 


De inmediato los dos jóvenes se colocan uno al lado del otro frente al espejo. Darío prende el ‘funk’ que deben ensayar y enseña los pasos. Desde la primera toma, el futbolista los repite casi a la perfección. Cinco tomas después, todo está debidamente sincronizado entre ambos. Darío, sorprendido, choca sus manos con las de Leandro.

“¿Dónde aprendiste a bailar tan bien?”

“De toda mi vida”, sonríe el futbolista. “¿Y tú?”

“Estudié danza clásica y moderna; claro que a mi padre eso no le hizo ninguna gracia, pero me las ingenié”.

“¿Típico padre machista?”

Darío asiente:

“Mamá me apañaba y le hicimos creer a mi viejo que mis músculos eran porque me había metido a nadar; la huevada fue que cuando quiso ir a una de mis competencias, tuvimos que pagarle a un maestro para que me metiera a una”.

“¿Se la creyó?”

“Nunca lo supimos; estaba algo ebrio, así que ni siquiera se percató que llegué penúltimo”.

“Un caso fue tu papá, Darío”.

“¿El tuyo no lo fue, Leandro?”

“No”, se ensombrece el futbolista por un momento. “Ni siquiera se preocupó por mí. Apenas si pasaba la mensualidad, pero como si no lo hubiese tenido”.

“Perdona”, se excusa Darío.

“Tranquilo”, alivia Leandro. “Ya lo asumí tanto que no me duele”.

Ambos jóvenes se quedan en silencio mirando al suelo de parquet.

“¿Limón, fresa o maracuyá?”, reacciona el anfitrión.

“¿Cómo?”, se extraña Leandro.

“Tu rehidratante”.

“Maracuyá”, ironiza Leandro. “Dicen que soy ácido”.

Darío se carcajea sin entender cómo es que, de pronto, siente una conexión inmediata con el recién llegado.

 


Otros cinco ensayos después, Leandro termina sudado aunque no cansado. Darío lo lleva a una habitación, quizás de huéspedes, para que tome una ducha. Bajo el agua tibia y aspirando el aroma de un fragante jabón, repasa su plan. Hasta ahora todo parece ir bien, quizá mejor de lo esperado. Está allí, en la misma casa del modelo más cotizado del país, bailando con él, conversando con él, verificando que cada detalle se presenta tal como le había sido advertido. Súbitamente, la mampara de vidrio que funciona como cortina se abre. Leandro se asusta.

“¿Qué tal el agua?”

Darío ingresa, completamente desnudo, confirmando la perfección que ya se evidenciaba bajo el leotardo mojado en sudor que, a pesar del color negro, no disimuló nada, ni siquiera la inexistencia de alguna ropa interior.

“Rica”, responde Leandro con la mayor naturalidad que le es posible.

“¿Puedo bañarme contigo?”

“Claro”.

Darío se coloca bajo la ducha y deja que el agua recorra todo su cuerpo en el que parece no existir un solo vello corporal. Se unta el jabón primero en las manos y luego se lo pasa por toda la piel.

“¿Y cuáles son tus objetivos, Leandro?”

“Seguir dándole al fútbol, darle mejor vida a mamá, y ser uno de los mejores modelos del país”.

“¿Te dará tiempo para todo?”

“Por ahora le estoy dando duro al fútbol porque es lo que nos da de comer”, acota Leandro.

“Lástima que no me guste el fútbol; de lo contrario sería uno de tus hinchas”.

“Yo sí he seguido casi toda tu carrera, Darío”.

“¿en serio?”

“Totalmente en serio. Tengo algunos recortes y en varios apareces tú”.

Darío sonríe mientras se sigue untando el jabón.

“¿Esperas que te ayude a ser un gran modelo?”, lanza el dardo, con una mirada algo seductora.

“Lo dejo a tu voluntad, Darío”.

Entonces, la mano del dueño de casa se posa en el pectoral de Leandro y comienza a masajearlo incidiendo en la tetilla, cuyo pezón se pone duro en cuestión de segundos.

“Estás en forma”, califica el dueño de casa. ¿Qué tal si pone sus dos manos en ese cuerpo marcado? Leandro no dice nada, solo comienza a sonreír.

“Sí me gustaría ayudarte”, dice al fin Darío. “No eres como los demás”.

Sus manos ahora soban ambas caderas a Leandro, y decide dar una movida más: acercar todo su cuerpo y pegarlo al del otro muchacho.

“Enjuaguémonos”, le dice al oído, casi besándole el cuello.

“Se te está parando, Darío”.

“¿Te incomoda?”

“No sé”, responde Leandro tímidamente. “No sé… si es correcto”.

“A ti también se te está parando”.

Leandro se deshace amablemente del contacto y se pone bajo la lluvia para enjuagarse y para ver si el agua fría también se lleva la excitación sexual que comienza a delatarlo.

“Tranquilo que el viernes estaré a las siete, como nos citaste”, apacigua Leandro. Al finalizar, abre la mampara, busca la toalla y sale un poco para secarse. Al concluir, deja a Darío con el jabón comenzando a secarse sobre la piel.

  

El precio de Leandro 3.4: Una paciente, una clienta


La consulta de Adela tiene algún progreso, aunque no tan notable como la doctora Barreto querría. Cuando la paciente está vestida otra vez, se sienta frente a la profesional.

“¿Estás tomando tu medicamento, Adela?”

“Sí, doctora, pero luego que tomo el de la noche siento mucho sueño”.

Barreto revisa la historia:

“Te voy a pedir algunos análisis, solo para verificar algunas cosas; nada de qué preocuparnos por ahora”.

Adela asiente mientras ve cómo le escriben la receta.

“¿Tu hijo te sigue apoyando, Adela?”

“Sí”, sonríe la madre. “Ese muchacho está pendiente de mí todo el tiempo”.

“Excelente”, califica la ginecóloga mientras termina de escribir la receta.

“Doctora… ¿cuánto le debemos”

“Ehhh, Adela, ehhh, yo… yo me arreglo con Leandro, tú tranquila”, sonríe Barreto.

Adela prefiere no seguir preguntando, tampoco quiere imaginar lo que está imaginando.

 


Esa tarde, Leandro regresa a la Torre Echenique, pero esta vez solo. Apenas se abre la puerta del ascensor…

“¡Hola Leandro!”

… Desde el estacionamiento del sótano sube la novia para la que había modelado el domingo vestido como el novio que nunca querría ser y a la que había satisfecho no solo mostrándose desnudo, en su departamento, sino acostándose con ella a vista y placer de su novio de verdad. Leandro traga saliva.

“¿Qué pasó?”, pregunta la chica.

“Nada, venía a… venía a ver a alguien”.

“¿Será a mí?”

“Ehhh, si quieres, puedo pasar, pero sería más tarde… tú sabes, tengo una diligencia…”

La novia se sonríe al escuchar las justificaciones de Leandro, así que decide cortarlas robándole un beso y apretando con cuidado el paquete bajo la ropa deportiva.

“Yo te espero igual”, le susurra.

En ese momento, se abre la puerta del ascensor, y Leandro siente como si el aparato se hubiera descolgado al vacío. Para su buena suerte, es solo el pasillo vacío. Quizás alguien que pidió el aparato y se cansó de esperarlo.

 

    

El precio de Leandro 3.3: El monstruo


A continuación todos y todas se sientan en una mesa larga encabezada por una pizarra blanca acrílica donde Darío dibuja unos diagramas:

“Ésta será el área Vip, y ésta otra será el área Platinum”, expone. “Su trabajo será atender a quienes asistan a cada área y evitar que uno se cuele en el área que no le corresponde, y en ese sentido vamos a trabajar coordinados con toda la seguridad que se ha dispuesto para el evento. ¿Preguntas?”

Uno de los chicos alza la mano:

“¿Cuándo saldrá el pago?”

El resto sonríe y ríe muy calladamente. Darío también sonríe:

“Sábado desde las diez de la mañana pueden recoger sus cheques aquí mismo. ¿Otra pregunta?”

“¿Habrá coreografía, Darío?”, alza la mano otra chica.

“La verdad no habíamos pensado en eso”, resopla el modelo. “Pero deberíamos por precaución, y en ese sentido, yo sé qué chicas bailan, pero aquí no conozco a chicos que bailen”.

“¡Yo bailo!”, eleva la mano Leandro, ante la atónita mirada de Cintia.

 


A la mañana siguiente, Adela va a su consulta mensual donde la doctora Barreto, una ginecóloga de treinta y pocos años que abrió hace algún tiempo un espacio lindo en el centro de la ciudad. Aquí es más acogedor, menos frío que el hospital público donde la profesional también atiende. Leandro está al costado de Adela con los ojos puestos en un afiche mostrando una familia feliz, pero su mirada no la contempla, está haciendo números. Si el joven es rápido con las piernas, lo es tanto con el cálculo mental. Hasta donde van los gastos ese mes, existe un sobrante que podría servir para…

“Leíto, ¿estás bien?”

El muchacho corta la meditación.

“Sí, má. ¿Por qué?”

“Estás como ido, hijito”.

“Nada, mamita; solo me aburre… esperar”, sonríe mintiendo él.

“Serán unos minutos más que nos toque esperar… No puedo decir lo mismo de Cintia, hijito”.

Leandro mueve la cabeza como si se acabara de despertar. ¿Qué está tratando de decir su progenitora?

“No me mires así, Leíto. Esa chica te hace muchísimos favores, pero tú pareces no darte cuenta que lo hace porque está embobada por ti”.

“Ay, má. Cintia es solo una amiga. No la veo como mujer… quiero decir, es una mujer, y linda, pero no la veo como enamorada, ni pareja, ni nada de eso”.

“Entonces, te aprovechas de su buena voluntad, hijo”.

“Mamá, Cintia nunca me dice que no, y somos amigos…”

“No creo que ella solo quiera ser tu amiga, hijo; y parece que tú te has dado cuenta”, asevera Adela. “Yo no crié un hijo así”.

Leandro decide refugiarse en su sentido del humor:

“Es que no soy tu hijo, Leandro”, dice el chico con solemnidad.

“¿Entonces?”

“Soy el monstruo Leandro”, juega el joven, exagerando su voz ronca y alzando las manos como un enajenado. Adela ríe, y justo en ese momento se abre la puerta: es la doctora Barreto.

“¡Hola, Adela!”

“Hola, doctora”.

“Hola, Leandro”

“No soy Leandro”, juega el cuasitransfigurado futbolista. “soy el monstruo Leandro”.

“Bueno, señor monstruo Leandro”, dice la ginecóloga conteniendo la risa. ¿Me permite examinar a su señora madre?”

“Síiii”, dice el chico metido en su improvisado personaje.

  

El precio de Leandro 3.2: Tras Darío Echenique


Cuando Leandro baja del segundo piso tras una ducha rápida, Rico está revisando las fotografías en una laptop aparecida quién sabe de dónde:

“salieron chéveres”, califica mostrándolas.

“Oe, ¿y… qué posibilidades hay de trabajar paraRoberth Peña?”

“Todas”, sonríe Rico. “Pero, primero hay que convencerlo de que tienes potencial, y sí lo tienes: tengo estas fotos más las de tu ‘book’”.

“¿También le mostrarás las fotos ‘malcriadas’?”

“¡Por supuesto! Roberth es super mente abierta… Aunqe, ahora que sé que le entras, se me ocurre una idea más eficaz”.

 


Y el resultado  apenas si tarda una hora en producirse. Mientras Adela, Leandro y Rico almuerzan en la casa de los dos primeros, el celular del ahora visitante suena. Disculpándose, se para y va a un lado: es un mensaje instantáneo. Tras leerlo, gira sobre sus talones y sonríe a Leandro.

 


Al día siguiente, Cintia y el futbolista suben juntos tres de los diez pisos de la Torre Echenique.

“¿Estás seguro que es aquí? No veo signos de reunión”, reclama la muchahcha.

“Confía en mí”, trata de tranquilizarla.

“En ti sí confío, Leandro; en quien no confío es en ese Rico. Ni siquiera nos ha acompañado”.

“Trabaja en su taxi, ¿recuerdas?”

Llegan a la puerta marcada con el tres cero cinco. Cintia toca el timbre. Luce cara de pocos amigos. Esperan unos segundos, cuando una hermosa chica sale y abre para atenderles.

“Somos Cintia Chávez y Leandro Pérez”, explica la moza, seria.

La chica que los atiende se mete de nuevo y sale medio minuto después con papeles sujetos a una base de acrílico blanco. Parece buscar en una lista.

“Chávez… Pérez… ¡Sí! Pasen, por favor”.

Ingresan a una sala donde hay al menos una docena de chicos y chicas, cada cual más apuesto, más bella, una oda a la esbeltez. Leandro y Cintia parecen estar soñando, especialmente Leandro. En medio de tanta beldad y casi perfección que solo habían visto en avisos publicitarios y catálogos de perfumes o ropa, al fondo, está Darío Echenique, cabello castaño oscuro algo largo, rostro de ángel, labios naturalmente carnosos, cuerpo atlético como extraído de libro de arte, vestido en una sencilla camiseta y un jean delgado, ambas prendas algo ceñidas. No solo es el modelo más importante del país, sino uno de los herederos de una de las familias con mayor poder, cuyas unidades de negocio van desde los bienes raíces, las minas de cobre y oro, y algunas franquicias exclusivas. Está dirigiendo algo, pues señala a un grupo de dos chicos que lo escuchan con atención, aunque en realidad todo el mundo está atento de reojo a lo que Darío pudiera decir: con todo el poder que representa, lo peor que puede hacer alguien que tiene uno de los trabajos más eventuales del mundo es contradecirlo.

 


Una chica se acerca a Cintia:

“¿Van a participar en la presentación?”

“Sí”, responde la recién llegada, algo dubitativa.

“¿estudias, trabajas?”, arma conversación aquella muchacha.

“Estudio secretariado”, responde Cintia con mucha actitud. “¿Y tú?”

“Economía, pero este ciclo sí que ha estado fatal”, le confiesa como si se tratara de una amiga de años. “A ver si esta activación me permite pagar unas deudas”.

Leandro sigue absorto en Darío, tratando de buscarle la mirada, cuando siente un codazo. Reacciona.

“Te están preguntando si estudias”, indica Cintia.

“No”, responde Leandro, algo anonadado. “Soy futbolista”.

  

domingo, 28 de agosto de 2022

Otra fantasía gay con Fernando Carrillo

Este actor venezolano, al margen de si lo deseas o no, bien puede anotarse un récord: ser el objeto de deseo masculino que no ha perdido vigencia por más de 30 años.


Dicen que el buen vino es más rico cuanto más añejo, y parece que eso también sucede con el actor venezolano Fernando Carrillo (Caracas, 6 de enero de 1966) , quien con los años no se desluce sino todo lo contrario: además de su hermoso rostro, ese esculpido cuerpo en el que destacan esos increíbles abdominales y ese glorioso culo, lo hacen absolutamente irresistible.

El gran aporte de Fernando Carrillo a la comunidad gay y bi de Latinoamérica es haber sido uno de los protagonistas de sus más húmedas y pegajosas fantasías  por más de tres décadas desde que apareció en las pantallas de su país hasta que poco a poco se hizo más internacional, especialmente cuando llegó a radicarse en México.

Cómo olvidarlo cuando  lucía su cuerpo apenas cubierto con una tanga que solo consiguió parar penes y salivar a los amantes del beso negro, o más aún verlo en aquella emblemática foto filtrada de cuando grababa un duchazo totalmente desnudo. ¿Por Dios! ¿Qué jugosa retaguardia!


Pero si hablamos de fantasías eróticas con el buen Fer, ¿a cuáles nos referimos? Pensemos en su actitud de galán caballero e impetuoso a la vez, todo un monumento de carne al deseo sexual más cachondo. Así que desde Hunks of Piura  se nos ha ocurrido algo.

Como a Carrillo le encanta la vida en el campo, imagina que lo llevas a una cabaña para que descanse y lo acuestas en una cama muy cómoda. El actor se va quitando la ropa con esa sensualidad natural que lo caracteriza y una vez que está bien desnudo se echa boca arriba sobre el lecho.

Lo que Fernando ignora es que en las cuatro esquinas de la cama hay suaves cuerdas que nos servirán para atarle ambas manos y ambos pies. Ya bien sujeto, tú te desnudas por completo, tomas una pluma y comienzas a pasearla por toda su hermosa anatomía hasta detenerte en su bien cincelado abdomen. Paseas la pluma de lado a lado mientras él gime y pide que te detengas, pero tú no le harás caso.

entonces, te sientas sobre su pene semi-erecto, y con un suave masaje de tu raja del culo comenzarás a ponérselo duro y palpitante. Cuando lo consigas, sin dejar de pasear la pluma, te reclinarás hasta que le chupes y lamas sus tetillas. Él te pedirá que pares, que ya no más. Tú continuarás. No olvides seguir moviendo tu culo sobre su pene ahora ya erecto del todo. El actor jadeará y gemirá de placer, ya sin articular más palabra.

En ese momento dejas de besarle las tetillas y sin dejar de pasarle la pluma por el abdomen, le mamas bien su verga y le lames sus huevos con ahínco. Usa los dedos de tu otra mano para masajearle el ano gentilmente aprovechando que está amarrado con las piernas abiertas.

Entonces, te incorporarás, volverás a sentarte sobre su verga  y aumentarás elmovimiento de tu culo mientras sigues trabajándole el abdomen con la pluma, y te moverás tanto hasta que sientas que su semen fluye caliente entre tu ano y su pubis. Será el turno para que tú tomes tu verga y te la frotes hasta que tu leche se dispare sobre su abdomen esculpido como tabla de lavar.

Como acto final, te volverás a inclinar a lamer y tragar tu propio esperma… y el suyo, si es posible. Esa es nuestra fantasía. ¿Cuál es la tuya? Cuéntala en la caja de comentarios aquí debajo. Y si no te gusta Carrillo, dinos a quién y qué le harías. ¡Nunca dejemos de fantasear!

Mira también actorvenezolano, fantasía gay y actor desnudo.


martes, 16 de agosto de 2022

el precio de Leandro 1.4: El modelo al desnudo


Cinco minutos después, los tres ingresan al seis cero dos. Al encender la luz, Leandro se encuentra con una sala enorme, de paredes blancas, piso de parquet, gruesas cortinas blancas de techo a suelo donde se supone que está la ventana. Por muebles, un sofá sin tanto estilo, un par de modulares, una enorme tele plana, un par de cuadros con floreros de estilo algo impresionista tirando para un expresionismo que bien hubiese representado Van Gogh de no ser por su esquizofrenia, una luminaria triple de apariencia abstracta.

“Qué lindo”, califica Leandro, boquiabierto, no tanto por cortesía sino por contraste a su propia casa.

“Toma asiento”, invita el novio, jalando al chico hasta el sofá.

“¿Quieren tomar algo?”, consulta la novia.

“Vino tinto frío”, ordena el novio. “¿Tú, Leandro?”

“ehhh, no, yo… estoy bien, gracias”.

La novia pide permiso y se va sonriendo hacia la cocina. El novio y Leandro se sientan sobre el sofá.

Una vez que la mujer desaparece, el novio recuerda que debe cerrar un trato. Lleva su mano derecha a su bolsillo trasero derecho y extrae su billetera; saca tres billetes de cien y se los entrega a un sorprendido Leandro.

“No fue lo que acordamos”, le observa el muchacho, luciendo un enorme signo de exclamación solo visible para un historietista.

“Lo sé”, asiente el novio. “Solo tómalo”.

“Pero no tengo vuelto”, aclara Leandro.

“No te estoy pidiendo vuelto… Yo sé cómo puede acabar esto así que… te pago por el servicio y por tu silencio”.

El chico trata de pensar rápido.

“Yo solo hago de activo”, dispara.

“Yo también”, sonríe el novio.

Leandro regresa los billetes.

“No puedo”.

“No seas cojudo: ni te la voy a meter ni me la vas a meter. Ya sabes cuál fue nuestro trato y así quedará”.

“Aún así es mucho”, dice el joven separando un billete de cien.

El novio le contiene la mano.

“Tómalo como mi donativo al fútbol de segunda división”.

La puerta de la cocina se abre y Leandro esconde como puede los tres billetes en su bolsillo, asegurándolo con la cremallera de plástico. La novia sale con una artística copa servida hasta poco por encima de la mitad con un tinto que estaba enfriándose en la refrigeradora desde la última Navidad, y se lo ofrece al novio, quien le agradece. De inmediato, ella se sienta al costado de él teniendo al modelo justo enfrente, quien termina de programar sesenta… no, mejor noventa minutos en el temporizador de su celular inteligente.

“Quién lo diría”, interviene ella. “El galán de época Semanal en persona y en mi sala”.

“en nuestra sala”, añade el novio.

“Así que te gustaron las fotos”, trata de tomar el control Leandro.

“Bueno, no te negaré que las de la ducha estaban fabulosas”, sonríe ella comenzando a salivar.

“¿Y puedo saber por qué?, sorbe un poco de vino el novio.

“Por ese cuerpo marcado, esas piernas gruesas, esas nalgas… sexys”, deja de disimular la mujer.

“¿Quieres verlas en vivo?”, maniobra Leandro de nuevo.

“No solo tus nalgas… Las que subieron a Internet no dejaron nada a la imaginación… ¡Y sí que Dios fue bueno contigo!”, la novia se pasa la lengua por el labio superior, mientras se le humedecen otros labios.

Leandro sonríe muy seductor, se pone de pie y, sin pedir permiso alguno, se quita la chaqueta deportiva, luego las zapatillas; con un poco más de lentitud, la camiseta. Ahí está otra vez su cuerpo marcado aunque no hinchado. Entonces se desamarra la pantaloneta y se la baja hasta el suelo lentamente también. Luego, la camiseta de algodón caerá al piso.

“¿Lista?”, consulta el modelo.

“¡Más que lista!”, afirma la novia.

Leandro gira hasta darle la espalda y mucho más lentamente se saca el bóxer hasta que éste cae poco a poco al suelo. Al fin están allí las dos redondas y lampiñas nalgas que la novia solo pudo acariciar con su dedo sobre el tóxico papel couché.

“¿qué opinas ahora?”, seduce Leandro.

“¿Puedo… acariciarlas?”, consulta ella.

“Claro”.

Mientras la novia acerca sus manos temblorosas a los glúteos del joven, el novio mira la escena sin dejar de sorber su vino, que ahora apenas ocupa la cuarta parte de la copa. Mira cómo las yemas suaves de su futura esposa dibujan circunferencias imperfectas y espirales sobre esas medias esferas firmes, también suaves al tacto. Leandro jadea levemente al sentir las manos femeninas sobre su culo, el que aprieta más y más. La novia al fin se pone de pie y se acerca a la espalda superior del chico, que es lo más alto que puede, y empieza a besarlo por la hendidura de la espina cuesta abajo hasta llegar al trasero, al que sigue agasajando con besos cada vez más sonoros. El novio al fin acaba su vino, deja la copa sobre la mesa de centro, se pone de pie, y tira el respaldo del sofá hacia atrás; se quita la chompa, la camisa, la camiseta… en fin, todo lo necesario hasta quedarse a sola piel desnuda. Mientras tanto, Leandro juzga que es hora de dar media vuelta, y al hacerlo, pone su pene semierecto a la altura de la boca de la novia. Ella acaricia todo el cuerpo, el escroto, el pubis rasurado. El novio se acerca tras ella, y comienza a quitarle toda la ropa (a como puede). Cuando la erección de Leandro es patente, la novia no tiene problemas en abrir su boca y succionar, recorrer, lamer, besar esos gruesos diecinueve centímetros, mientras el novio pega su torso y su pelvis a la espalda y nalgas de su prometida, comenzando a besarle por detrás. En compensación, ella retrocede un poco, gira, besa al novio en la boca y hace que se ponga de pie para repetir la mamada, mientras Leandro se arrodilla a cubrirle la espalda, rozándole su masculinidad allí, en la no tan pronunciada cola.