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sábado, 6 de noviembre de 2021

La hermandad de la luna 7.1

Falta una hora para que amanezca oficialmente. Bajo la colcha en el dormitorio de la caseta de vigilancia, Tito despierta desnudo abrazado  a Carlos, con su pene erecto encajando en medio de las dos nalgas, que esta mañana las siente más duras y redondas que de costumbre. Se acurruca un poco más y Carlos se despierta.

“No has podido conciliar el sueño, ¿cierto?”

“Dormí algo”, admite el gladiador. “No mucho”.

Carlos  extiende su mano, busca el pene de Tito y se lo coloca justo en la entrada del hueco entre sus nalgas. Poco a poco, su esfínter va engulléndolo ayudado por la lubricación del miembro. Tito empuja despacio otro poco más hasta que su pubis se pega del todo a las posaderas de su compañero, a la vez que comienza a acariciarle el pecho.

“¿Te has depilado con crema, Carlos?”

“No”, se extraña el capataz. “¿Por qué?”

“No siento los vellos de tu pecho”.

Carlos se  pasa la mano y, efectivamente, parece estar libre de pilosidad. Prefiere no tomarle importancia y mas bien se concentra en hacer el amor, pero el pene de Tito comienza a perder rigidez.

“Te preocupa el mensaje de Edú, ¿cierto?”

“Viste las fotos, ¿no?”

“¿Cómo llegó a sus manos ese documento?”

Tito se destapa y levanta de la cama. Se tira al suelo y comienza a hacer unas lagartijas. Carlos se sienta sobre el lecho y enciende una pequeña lámpara. Mientras su compañero hace sus ejercicios, nota que sus vellos han desaparecido o han disminuido su grosor a lo largo de su cuerpo.

“Tengo que obtener esa carpeta, eso está más que claro”, dice Tito al terminar la serie.

“¿Y luego qué?”

“Tenemos aliados ahora, Carlos. Ésa es una gran ventaja que debemos usarla a favor”.

“¿Saúl?”

“No. Alguien de mayor peso, incluso que Christian”.

Mira un video 

Adán también despierta aún estando oscuro. Nota que Owen ya no ocupa la otra mitad de la cama. Se pone su bóxer y se asoma al pasillo: no hay nadie, así que puede pasear su erección sin ofender. En el salón del gimnasio, Owen está barriendo.

“Buenos días”, le dice.

“Buenos días”, le sonríe el otro muchacho.

Adán busca un trapo y un desinfectante en una de las gavetas en el escritorio de la entrada y se pone a limpiar las máquinas.

“Siento que hoy será un día tenso”.

“¿Debido al asunto del asesinato?”

“Sí”.

“La tensión ser necesario para la calma aparecer”.

“¿A dónde te fuiste ayer que los chicos estaban preocupados?”

Owen sonríe y no responde. Adán prefiere no insistir.

“Cuando las cosas poner difíciles, confiar en tu intuición”.

Adán mira a Owen mediante el espejo: sigue barriendo. El cuerpo de luchador trata de entender el consejo. Es cierto: debería confiar más en su intuición.

Mira otro video 

Esa media mañana, por la carretera junto al canal, la camioneta que alguna vez perteneció a Manolo salva la decena de kilómetros entre Collique y Santa Cruz, aunque su destino, en principio, no será el pueblo. Como hace casi una semana, Christian la conduce con la vista atenta al camino, aunque de vez en cuando dirige la mirada a la bella mujer que lo acompaña, abundante cabello negro resguardado bajo un artístico sombrero de paja, algo de maquillaje que en realidad no hace falta para destacar su belleza natural, una fina chaqueta de cuero, blusa, jeans celestes pegados a sus piernas muy bien ejercitadas, botas Marrones de taco ancho y bajo. Una canción romántica con aires de bolero suena en el equipo estereofónico, y nada más.

 



 

Christian intenta cambiar de canción.

“Déjala ahí”, reclama ella. “Hace años que no la escucho”.

El abogado la reinicia.

“¿estamos claros en lo que tienes que hacer, elga, o lo repasamos todo desde el comienzo?”

“Sí lo tengo claro, Chris. No hace falta”.

“¿Estás molesta?”

“No. Solo miro el camino”.

“Ésta no es la época”

Elga voltea a mirar a Christian:

“¿Época de qué?”

El chico sonríe pendencieramente.

 


sábado, 30 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.10

En el G4G, Saúl se da por vencido y decide rebotar sobre el pene de Joey, quien mantiene la concentración… hasta que tocan la puerta. Ambos abren los ojos.

“Nuestros invitados”, comenta el velludo y corpulento amante.

Saúl se levanta con cuidado, y así desnudo, va a abrir. Juan, Alvin y Édgar ingresan al espacio. La revelación es el biólogo quien desnudo, efectivamente, luce un hermoso cuerpo esbelto y atlético, velludo, especialmente en la zona pélvica, pero con esa cara de niño bueno, probablemente, todo se le puede pasar por alto. Precisamente, Alvin es tomado como centro para hacer un círculo, donde él alterna besos con Joey a derecha y Édgar a izquierda, y, como si fuesen hormigas, el primero traslada el ósculo a Juan y el segundo lo hace con Saúl; finalmente, estos dos cierran el circuito. Siempre tomando a Alvin como referencia, Saúl y Juan le chupan el pene al mismo tiempo, lo que constituye una nueva revelación: dieciseis centímetros con venas por todas partes, buen grosor, aunque algo desviado hacia la izquierda, irrelevante pero detectable a un ojo clínico. Detrás de los feladores, los musculosos practican primero el beso negro, y cuando consiguen la dilatación, meten sus miembros insistiendo en no moverse; en todo caso, que se muevan los otros dos. Joey y Édgar cierran los ojos. Cuando Alvin los ve, excitado y sonriente, intenta lo mismo y siente fluir esa corriente por su cuerpo medio, y, cuando está a punto de eyacular, los abre, hace conttacto visual con esos portentos masculinos y sonríen mutuamente; los dos chicos le hacen señas para que acompase su respiración. Entonces, Saúl eyacula casi sin tener erección; deja de moverse, pero no pide que le saquen el pene de su ano. A continuación, sobre el sofá, Édgar se sienta y reclina como Joey lo hizo antes con Saúl; entonces, Juan se sienta sobre su pene erecto y se reclina. Alvin también penetra a Juan por el ano, y Joey se sienta casi sobre la cara de Édgar, quien le hace un beso negro mientras Juan se la chupa. Alvin entiende el truco: no moverse o moverse muy sutilmente. Juan termina derramando su semen sobre el abdomen de Édgar.

“¿Sexo tántrico?”, pregunta Alvin a Joey mientras esperan que Édgar se limpie el esperma en la ducha del camerino,donde también están Juan y Saúl.

“No sé cómo se llama”, admite el gladiador. “Solo sé que es alucinante”.

“¿Podremos repetirlo con tu amigo o… contigo?”

Joey sonríe, toma la cabeza de Alvin y lo besa en la boca:

“Cuando quieras”.

Mira un video. 

Tres cuartos de hora después, un minibús se detiene frente al portón de la finca. Tito desciende. Mientras el vehículo sigue su camino a Santa Cruz, el gladiador camina y su celular comienza a vibrar. El número es desconocido, así que no lo contesta. Tito toca el timbre y espera. Su celular vuelve a vibrar. El mismo número. Al fin presiona el ícono de contestar.

 “¿Tito? ¿Tito Carrillo?”

“Sí, ¿quién es?”

“Tito, soy Edú”.

El gladiador disimula su sorpresa.

“Ah, el nuevo amante de Christian Esteves”.

La portezuela del portón se abre. Tito se agacha, saluda a Carlos e ingresa.

“No soy el amante de Christian, Tito; no soy amante de nadie, y no te llamé por eso”.

“¿Entonces me dirás qué le pusiste al huevón de Christian que se desmayó en el GGG?”

“Tito, vale, deja los infantilismos, por Dios. Te llamo porque tengo en mi mano algo que puede interesarte, y que tiene que ver con algo llamado… Cruz Dorada. ¿Te suena?”

Tito se desconcierta, quedando boquiabierto, y Carlos trata de adivinar el gesto.

Mira otro video. 

Quince minutos después, Adán llega a casa, y encuentra la mesa servida con cuatro platos y a Flor preocupada.

 “No encontramos a Owen, tío”.

Por la puerta del fondo, la que conecta al gimnasio, Frank entra y camina hacia la sala comedor.

“Ni rastros”, avisa.

“Voy a buscarlo”, decide Adán, dando media vuelta y abriendo la puerta de la calle.

Cuando está a punto de salir…

“Hola, Frank”.

El aludido se asusta y queda pálido. Lentamente se da media vuelta.

“¿Dónde te habías metido?”, alcanza a articular el joven.

“Yo fui durmiendo”.

Owen, sonriendo, le palmea amistosamente su hombro izquierdo. Flor y Adán miran al pasillo como si hubiese aparecido un fantasma.


sábado, 23 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.9

En la casa de Tito, en Santa Cruz, Frank se ha vuelto a acostar con Flor, quien permanece bajo su cuerpo. La sábana y la colcha están sobre el suelo. Tras el coito frustrado por la puerta que se había golpeado al costado, más temprano, los dos jóvenes pudieron encender su líbido de nuevo y disfrutar de una larga sesión de sexo sin mayores pretensiones más que disfrutar. El clímax ha ocurrido hace segundos.

“Sácate el condón antes que tu pene se ponga blando”, pide Flor.

“Primero tengo que sacarte mi… bueno, mi….”

“¿Tu pene de mi vagina, Frank?”

“Qué poco romántica eres, ¿no?”, sonríe él.

“Las cosas por su nombre, querido mío”.

Frank se incorpora hasta quedarse de rodillas y saca el preservativo de su pene aún duro, le hace un nudito, y, bajándose de la cama, primero prende la luz, y luego lo coloca en el cesto de la basura.

“Si hiciera esto en mi casa, mi vieja ya estaría agarrándome a escobazos”, comenta el muchacho, quien luce su espectacular figura sin nada que lo tape.

Flor, quien tampoco se queda atrás, hablando en términos de anatomía llevada a la perfección, se le acerca, también desnuda y le besa la espalda salada debido al sudor.

“Vamos a bañarnos y luego a preparar la cena, si no, tío Adán se terminará comiendo la mesa”.

Frank ríe y gira para darle un beso en la boca.

“Oye, ¿y Owen nos habrá escuchado?”

“¿Por qué te preocupa si nos escuchó Owen?”, se extraña Flor.

“Mmmm. No sé. Tu viejo, fijo, nos vio”.

“Y siendo mi papi, no hizo nada; menos Owen”.

“Igual, no lo he escuchado toda la tarde desde que vinieron del gimnasio”.

Quizás esté ahí descansando. Bañémonos, hagamos la cena, y lo buscamos para comer”.

Frank la besa de nuevo.

Mira un video 

En el dormitorio junto a la caseta de vigilancia en La Luna, Owen está acostado sobre la cama y la ocupa toda irremediablemente; Carlos está sentado sobre su pubis, con todo su pene erecto metido en su ano sin hacer más nada que tomarse de las manos y mirarse a los ojos, sonriendo, iluminado por la pequeña lámpara de emergencia que está sobre el suelo. Ambos acompasan su respiración tratando de sincronizarla, sintiendo como una especie de corriente fluye deliberadamente en todo el medio de sus cuerpos. El pene de Carlos está erecto y goteando el coloide líquido preseminal sobre el liso y suave vientre de Owen. Gimen muy despacio, casi imperceptiblemente cuando espiran.

Mira otro video. 

En la salita del G4G, Joey prueba una variante, sentándose con la espalda algo arqueada pero apoyada en el sofá, y Saúl sentado sobre su miembro erecto, también en silencio, tratando de controlar la respiración, aunque aún no consigue poner duro su miembro.

“No siento nada”, reclama Saúl con cierta dulzura.

“Shhh. Concéntrate”, le pide Joey.

Mira otro video más.

En la finca, Owen se pone en cuatro patas manteniendo su espalda en una horizontal lo más perfecta posible mientras Carlos le mete la lengua entre  los glúteos y le lame el ano, con los dedos medio e índice izquierdos le masajea el perineo, y con la mano derecha hace suavemente lo mismo con su pene duro. Los dos respiran despacio y profundo procurando conservar la misma energía que fluye por el medio de sus cuerpos físicos. Luego, Carlos levanta su tronco y con toda la paciencia del mundo, lo penetra mientras le acaricia las caderas y la espalda como si en sus dedos tuviese plumas muy suaves. No hace el baile pélvico, pero siente cómo conecta con la otra persona. Es un increíble intercambio de placer, felicidad y plenitud.

sábado, 9 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.7

En el centro de Collique, en una calle ni estrecha ni ancha pero que conecta a una de las avenidas principales, una camioneta está aparcada en la fachada de un laboratorio de análisis clínicos que parece estar cerrado al público. Parece, porque adentro, el guapo biólogo Alvin Saldívar revisa una muestra en el microscopio, la calibra y llama a la otra persona que lo acompaña, el fiscal Juan García, para que tome su lugar. El abogado acerca sus ojos a los visores.

“Parece una colmena de abejas”, comenta.

“Imagina que cuando Janssen inventó el microscopio hace más de cuatrocientos años, fue lo mismo que vio”.

“¿Y qué se supone que estoy viendo, Alvin?”

“Para tu libro, doctor: todas las células, en tanto son las unidades mínimas de la vida, tienen núcleo, organelos y una membrana que la separa de las otras células. Si esa membrana no existiera, los tejidos serían como un puré. Ahora bien, hay una clave que nunca debes olvidar: cuando las membranas en conjunto forman un patrón sin forma definida, es probable que estés viendo células de origen animal; pero si forman un patrón, digamos más ordenado o cuadriculado, como si fuese una colmena con cientos de celditas, es probable que sea un tejido de origen vegetal”.

“¿Esto es vegetal?”

“Por la apariencia, sí; pero el análisis visual no basta. Ahí es donde aplicas reactivos, y el resto es comparar la reacción de la muestra con un catálogo enorme de posibilidades. Así fue cómo creo que se trata del Croton lechleri”.

“¿Con qué margen de error, Alvin?”

“Pongámosle un noventa por ciento. Recuerda que la medicina tradicional lo vende acá en el mercado, así que no es tan complicado de identificar tampoco”.

“¿Pero cómo fue que salió del ano de una persona?”

“La pregunta, doctor, sería mas bien: ¿puede una persona humana fabricar esta sustancia? Respuesta: no. Entonces, ¿cómo llegó ahí? En ciencia tenemos una premisa, casi una máxima: cuando hay demasiada especulación, la posibilidad más simple puede ser la más cercana a la realidad”.

“¿Qué tratas de decir?”

“Alguien le regó la sangre de grado en un patrón que parecía un sangrado resultante de un trauma con herida dentro del ano debido a la introducción violenta de cualquier cuerpo como un pene erecto”.

“Pero no vi músculo conmocionado, ni hinchado, ni irritado, ni nada”.

“Entonces, alguien le puso la sustancia, doctor. Tú sabes que no soy médico, pero que el ser humano no produce células de origen vegetal, pues, a menos que seamos un híbrido genético”.

“¿Cuánto mide la tuya, Alvin?”

“mmmm. Nunca la he medido pero creo que no es grande ni chiquita. ¿La tuya?”

“Dieciseis”, responde García.

Alvin sonríe.

“Además, doctor, tú me has dicho que el sujeto parece tener una vida homosexual activa, así que el riesgo de sangrado, si hubiese sido sangrado, a estas alturas, lo veo difícil”.

“¿Y si el sujeto que se lo metió se hubiese regado el pene con sangre de grado?”

“Como te digo, no soy médico, pero apliquemos lógica: si yo me unto o embadurno mi pene con alguna sustancia y penetro el ano o la vagina, y probablemente más la vagina debido a su lubricación natural, es probable que si hago un frotis justo después del acto, encuentre rastros de taninos”.

García no se contiene más y usa su mano para tocar el paquete de Alvin bajo la bata:

“Deberíamos hacer un experimento, ¿no?”

Alvin sonríe:

“Ten cuidado con la cámara”, le señala con los ojos.

A García parece no importarle hasta que su celular suena. Lo saca.

“Dime, Édgar”.

“Hola, doctor. Perdona por llamarte a esta hora pero necesito tu ayuda”.

“Ehh. Claro, dime”.

“¿Puedo verte personalmente?”

Mira un video, 

En las duchas de La Luna, Carlos deja que el agua lo recorra de la cabeza a los pies. Owen está detrás suyo como ayudando a que el agua toque la cara, las orejas, el cuello, el pecho, la espalda, el abdomen, las nalgas, los genitales, los muslos, las pantorrillas, los pies. Es agua fría, a la que la piel del capataz está más que acostumbrada.

“Respira profundo, lleva el aire a cada célula, bota despacio, siente tu propia energía, ai apaec”, instruye Owen.

Carlos mantiene los ojos cerrados y trata de conectar consigo mismo por un instante más. Owen cierra el agua; también está húmedo.

“Abrázame”, le indica y se acurruca al cuerpo musculoso y desnudo que siente en la oscuridad. En cuestión de segundos, las gotas que lo recorren piel abajo se desvanecen. No se evaporan; solo se desvanecen. Carlos siente su cuerpo y el de Owen totalmente secos y frescos.

“¿Cómo haces eso?”

“Ambos lo hicimos”.

“¿Qué? ¿Eres un babalao o algo por el estilo?”

Owen ríe.

“No, para nada. Conozco sus costumbres pero no soy parte de ellos; mejor dicho, no me hicieron parte de ellos”.

Ambos salen del piso de mayólica y Carlos busca su ropa. Encuentra su camiseta, su jean, su calzoncillo. Los organiza para comenzarse a vestir.

“¿Dónde aprendiste a hacerlo?”

“En todas partes, Carlos. Cuando recorres el mundo, te das cuenta que todas las culturas tienen los mismos puntos comunes: presencia, trascendencia y justicia”.

“¿Y qué le pasó a tu modo de hablar? Ya no hablas como antes”.

Owen sonríe de nuevo.

“El acento ser un disfraz como la ropa”.

Carlos siente que le quitan las prendas de la mano y las colocan en la banquita de madera. No las puede ver porque las luces han estado apagadas todo el tiempo, pero las puede escuchar.

“¿Qué haces, Owen?”

Carlos siente que le toman las manos y se las entrelazan.

“La ropa, el idioma, la nacionalidad, la creencia y hasta el color de la piel solo son disfraces que nos diferencian. Dime qué sientes”.

“Un calorcito en mis palmas, como un cosquilleo”.

“Cierra los ojos, controla tu respiración, no pienses en nada, y no sueltes mis manos”.

Carlos hace caso. El calor y el hormigueo se extiende de las manos a todo el cuerpo. Y cesa poco a poco hasta regresar a su punto de origen.

“Abre los ojos”, le pide Owen.

Carlos se sorprende: ahora está en medio de una exuberante selva con árboles altos y frondosos por donde mire, matas colgando en todos lados, trinos y aullidos en sonido envolvente, haces de luz blanca colándose por las copas. A escasos centímetros, la figura robusta de Owen con su imborrable sonrisa. Carlos quisiera preguntar lo obvio, pero se contiene.

“Éste es mi refugio”, le responde a lo que se abstuvo cuestionar.

El capataz entonces siente que algo duro topa su pene inexplicablemente duro también. Sin decir nada, más que una guerra de espadas, inicia una especie de sutil combate sin violencia, con cariño mas bien, que genera una sensación de bienestar que se extiende desde la base de su pelvis, sube por sus entrañas, corazón, garganta, base del cerebro, lo alto de la cabeza, y parece proyectarse en rayos de luz blanca hacia el infinito, compitiendo con los que caen desde arriba. Un débil resplandor verde parece inundar el cuerpo de Owen, quien abre sus brazos, lo aprisiona entre ellos, hace que él también lo abrace pegando ambos cuerpos. Los dos se besan en la boca. Carlos siente nuevamente el calorcito y el hormigueo al mismo tiempo en sus labios, al medio de su pecho y en medio de sus piernas, y desde esos puntos, diseminándose por todo su cuerpo. Un inexplicable placer mezclado con una inconmensurable paz lo llena hasta sentir que sus pies se despegan del suelo. Cuando el beso acaba, Owen y él siguen desnudos en las duchas de la finca.

“¿Cómo te sientes ahora?”

“Liberado… agradecido… pleno”.

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sábado, 2 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.6

En La Luna, Carlos recibe una llamada inesperada:

“¿Cómo que vas a demorarte unas horas?”

“A menos que puedas meterte al estudio y buscar algo, y, si lo encuentras, me avisas”, indica Tito en el teléfono.

“¿Algo como qué?”

“No sé. Algo. A lo mejor, Manolo guardaba algo allí”.

“Ya te dije que no tengo la llave; y aunque la tuviera, hay una cámara de seguridad: si el alerta le llega a Elga o al huevón de Christian, somos historia”.

“Te entiendo… bueno, ¿me puedes justificar un par de horas?”

Carlos refunfuña:

“Ya, ya, ya. Está bien. Nada más, apúntala”.

“Sabes que soy buen pagador”, evidentemente sonríe Tito.

El capataz cuelga la llamada y el timbre de la caseta de vigilancia suena. Mira mediante el sistema de circuito cerrado en la computadora, y la visión nocturna le revela un varón alto y fornido. ¿Tito habrá enviado a Adán mientras tanto? ¡Qué raro que venga tan desabrigado! Carlos, más por protocolo, abre el armario, saca una escopeta y camina hacia el portón. Al descubrir la rejilla, se queda sorprendido:

“Buenas noches, Carlos”, le dice un sujeto al que casi no puede ver, pero cuyos timbre y acento ya le son familiares.

“¿Owen? ¿Viniste con alguno de los chicos?”

“No, yo venir solo”.

Carlos abre la puertecita del portón y hace pasar al esbelto varón.

“¿Ser el arma necesario?”

“Mmm. Uno no sabe hasta que la utiliza”, indica Carlos sonriendo.

“Tu deber confiar en tu energía”.

Ambos llegan a la caseta de vigilancia. Al verlo vestido con una camiseta y pantalón delgados, Carlos ofrece café pero Owen le acepta un poco de agua.

“Pensé que venías con Tito, como me dijo que iba a demorarse unas horas para su turno”.

“Si querer, yo poder ser tu compañía hasta el venir”.

“Por mí, no hay problema; solo espero que no venga el abogado”.

“Ustedes estar estresados”.

“Debes saber por qué: el asesinato de nuestro patrón”.

¿Quién ser tu sospechoso?”

“La verdad, amigo Owen, cualquiera puede serlo… hasta yo”.

“Pero tú no has matado a él”.

“No ahora, amigo Owen, pero hace mucho tiempo, cuando era mocoso…”, Carlos se ensombrece de pronto.

“¿Has tú pedido por perdón porque has matado a alguien?”

Carlos mira a los ojos de Owen, y de pronto, las imágenes de él a los quince años, cuando caminaba cual guiñapo por los linderos de Santa Cruz, intoxicado en pasta básica de cocaína, regresan como si el presente hubiese movido un temporizador hacia atrás. A pesar del frío de aquel invierno, Carlos siente su cuerpo muy tenso y tibio.

“¿Flaco?”, una voz aflautada suena en medio de los algarrobos. “¿Flaquito?”

“¿Perlita?”, alcanza a articular con alguna dificultad.

Una silueta de delgada figura y frondoso cabello se abre paso entre la foresta seca.

“Aquí estoy, Perlita”, casi le susurra el muchacho.

La figura se acerca.

“¿Las tienes llenas?”

“Si tú vienes llena, ya sabes que le sacaré lustre a tu culito”, seduce el adolescente.

La figura de frondosa melena extrae un bultito de uno de sus bolsillos y se lo da en la mano.

“Te estoy pagando más que la semana pasada”, le informa a la vez que le acaricia el paquete bajo una raída pantaloneta de deportes.

“¿¿Y eso?”

“Ya veremos, flaquito”.

El muchacho se baja la pantaloneta descubriendo su pelvis sin ropa interior y parte de sus nalgas.

“Chúpala, Perlita”.

La figura de frondosa melena se arrodilla en el suelo de greda, toma el pene del muchacho en su boca y comienza a succionarlo. Él, por su parte, trata de adivinar en la oscuridad cuánto suman esos billetes, pero son tres, no los dos que suele llevarle. Se los coloca (como puede) dentro de uno de los bolsillos de la pantaloneta.

“Así, Perlita, trágatela todita”.

Tras cierto tiempo la otra persona se pone de pie, da la espalda y se baja el pantalón apretado. El muchacho acaricia las lampiñas nalgas infladas quién sabe con qué polímero y roza su pene adolescente que sigue ensalivado.

“¿Estás limpia, no Perlita?”

“Limpiecita, mi amor. Métemela”.

La penetración no es cosa difícil, aunque en medio del efecto de la droga, el chico la ejecuta con cierta violencia.

“¡¡Auuu!!”

“Calla, mierda, nos chapan y nos matan a pedradas”.

Perlita  toca los testículos de su amante quien la azota inmisericorde, y mete sus dedos con uñas postizas por debajo del perineo hasta que roza el ano del muchacho.

“Guarda, huevón, no me toques el culo”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

“Puta madre, pero no metas esos dedos”, advierte sin dejar de moverse.

Perlita toma una de las manos del muchacho, que le coge la cadera, y se la lleva hacia su entrepierna: tiene una gran erección.

“Te estoy pagando más flaquito”, dice entre jadeos. “Pajéame”.

El muchacho, no tan a regañadientes, toma un largo y grueso pene y comienza a masturbarlo sin dejar de pistonear el suyo dentro del recto de su evidente cliente.

“Basta”, dice Perlita.

“¿Qué pasó? ¿Las vas a dar?”

Perlita se para y corta la cópula, y casi fuerza al drogadicto a que gire.

“¿Qué pasa, mierda?”, se extraña el chico.

Con una fuerza física inusitada, Perlita obliga a que su gigoló ponga su cuerpo en ángulo recto. Coloca ese largo y grueso pene entre las velludas nalgas del chico.

“No, mierda, no me la metas, mierda”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

El chico pone las manos al suelo y éstas aterrizan en filudas piedras.

“No, mierda, no, no, no me la metas”, se desespera el muchacho.

Pero, Perlita, inmisericorde, introduce su falo de un solo golpe.

“¡¡Conchatumadre!!”, grita de dolor, coge las piedras sobre las que apoyó sus manos y con una flexibilidad sacada de alguna parte, quizás el efecto de la droga, gira y le incrusta en la sien derecha, y la otra en la opuesta.

“¡¡¡Ayyyyy!!!!”

Perlita cae al suelo, y el flaquito le percute la cara, inmisericorde, sin darse cuenta en la oscuridad qué desgarra o a quién ataca. Patea el cuerpo, lo lapida, salta sobre él despanzurrándolo, se asegura la raída pantaloneta y sale corriendo del pequeño algarrobal mientras unos perros se acercan ladrando.

Cuando Carlos vuelve en sí, tiene el rostro bañado en lágrimas, los ojos cerrados.

“Perdóname, Perlita”, llora amargamente. “No te quise matar, Perlita”.

El capataz se refugia entre los dos gruesos pectorales de Owen, quien lo abraza.

“Él ya te perdonó, flaquito; él ya te perdonó”.

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viernes, 10 de septiembre de 2021

La hermandad de la luna 6.3

Cuando Carlos termina de asegurar el portón, Tito le da alcance a paso ligero.

“¿Por qué no me avisaste que ese hijo de puta vino?”

“¿Cómo sabía que todos estábamos aquí, porque preguntó por todos?”, le contesta el capataz.

El gladiador entiende que es hora de cambiar planes.

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No es ni media tarde cuando Tito baja la mochila de Flor, y Flor tras él.

“No, hija, no es tu culpa, pero ese imbécil puede regresar y puede indisponer a tu tío Carlos con la viuda, así que más vale prevenir”.

Flor se resigna.

En el patio delantero, Frank carbura su motocicleta,  y Tito embarca a su hija.

“Luego vienes por César”, le indica.

El chico y la chica regresan al pueblo, mientras que Adán alista su bicicleta para seguirles.

“¿Llegó a contarte algo”, le pregunta al gladiador.

“¿Desde cuándo sospechas de Christian?”

“Lo hablamos cuando regreses, ¿te parece?”

Tito asiente con la cabeza.

Mientras tanto, en la caseta de vigilancia, César tiene tiempo para prender su laptop.

“¿Eres tú, no?”, le cuestiona a Owen, y éste solo atina a sonreírle.

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Esa misma tarde, Juan García intenta pasar un momento familiar en un mal de Collique. Mientras sus hijos se sumergen en la piscina de pelotas, bajo su atenta mirada, su esposa, una hermosa y delgada chica de treinta y dos años intenta mejorar ciertos aspectos ásperos de la relación. A pesar de su brillante carrera primero como abogado y ahora como fiscal, Juan siempre tuvo un serio conflicto con su vida personal, al punto que decidió casarse a los veintisiete, hace diez años, más por acallar los crecientes rumores en torno a su vida homosexual que por un sentimiento de verdadero cariño a la chica que había conocido cuando el ya estaba en su penúltimo año de Derecho y ella apenas comenzaba la carrera. Elegir no le fue difícil: ella siempre le fue devota, lo admiraba, pero la vida conyugal fue de traspiés en traspiés por el simple hecho de que Juan nunca tuvo fuerza de voluntad para cumplir esa parte del “prometes serle fiel”. Una semana sin alguna pelea, tan solo una pelea, era una rareza.

“¿Qué posibilidades hay de que pidas un destaque fuera de Collique si apruebas el examen?”, le plantea ella.

“No sé, mi amor; primero tendría que aprobar el examen”.

“Tú estás preparado, eres uno de los mejores y casi no has perdido ningún caso. Has mandado mucha gente a la cárcel”.

Juan suspira:

“Pero tú sabes que el Ministerio Público no mide el rendimiento por la cantidad de personas que logré meter a la cárcel”.

“Yo sé, Juani; lo que digo es que…”

El celular del fiscal comienza a sonar. Aunque se resiste, no puede.

“Disculpa”.

Lo saca y mira la pantalla: no es uno de sus clásicos contactos para llevarlo a la cama y hacerlo gozar “más que mi mujer”, como les dice a quienes admite que sí está casado.

“¿Por qué no apagas el teléfono, Juan?”

“Amor, por favor”, se incomoda él. “No empecemos”.

Responde, de todos modos:

“¿Magali? ¿Qué novedades me tienes?”

“Analicé lo del algodón”, le responde una voz masculina en el teléfono (hasta para asuntos de trabajo suele mentir ante su esposa), “y te tengo dos noticias. ¿Cuál quieres?”

“Las dos sin anestesia”, responde el fiscal con seguridad.

“La primera, no es sangre humana; la segunda, es un líquido de origen vegetal”.

“¿Qué?”, se extraña Juan al extremo. “Debe existir un error”.

“Pensé lo mismo, pero no, y adivina qué fue lo que encontré”, le anuncian por el teléfono.

“Dime”.

“Croton lechleri. ¿Te suena familiar?”

“Para nada”.

“Sangre de grado, doctor García”.

Juan se queda mudo.

  

sábado, 4 de septiembre de 2021

La hermandad de la luna 6.2

En La Luna, el almuerzo entre seis caballeros y una dama es una de las veladas más animadas que se hayan celebrado dentro de su comedor: cebiche de caballa como entrada, cabrito de plato fuerte con camote o arroz como guarniciones, clarito de jora y chicha morada. Anécdotas, risas, bromas, planes, un homenaje a quien en vida fuera el patrón de la finca, Manolo Rodríguez… ¡y salud! Cuando puede, César mira detenidamente a Owen, y luego a Flor. El muchacho bajo análisis parece no advertirlo.

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Sin que los comensales se den cuenta, la camioneta que pertenecía a Manolo pasa rauda por la carretera junto al canal. No se detiene porque sigue de largo hasta Santa Cruz; llega hasta la casa de Tito. Christian baja y toca primero la puerta del gimnasio. Nadie responde. Camina toda la pared, da vuelta hacia la fachada. Lo mismo: ninguna respuesta. La vecina de Tito sale.

“No están, joven”.

“¿Todos?”

“Sí, se fueron pa’ la finca”.

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Al finalizar el almuerzo, Carlos y Adán se ofrecen para lavar toda la vajilla mientras Flor, Franky César deciden aprovechar el poco sol existente para nadar un poco en la piscina.

“La vaina es que no traje ropa de baño”, aclara César.

“¿Qué mierda? Nosotros tampoco”, sonríe Frank.

Al mismo tiempo, Tito aprovecha para dar una vuelta al interior de la finca con Owen bajo el pretexto de mostrársela.

“Explícame ese asunto de Collique”.

“¿De quién tu sospechar sobre el asesinato de Monolo?

“La verdad no sé qué pensar. Lo lógico es pensar que fue Cruz Dorada, pero hay algo que me intriga más”.

“¿Intrigarte?”

“Sí, Owen. ¿Quién eres tú realmente?”

El muchacho sonríe, pone su recio antebrazo en el redondo hombro derecho de su amigo:

Tú desconfiar de mí?”

“No sé en quién creer, Owen”, responde Tito con mucha afabilidad.

Ambos continúan caminando.

En ese momento, un claxon suena en el portón de la finca; luego el timbre. En la cocina, Carlos mira sorprendido a un Adán que, como nunca, luce muy nervioso.

“Iré a la piscina para prevenir a los chicos”, reacciona el cuerpo de luchador.

Carlos avanza hasta el portón, abre una rejilla.

“Soy yo”, dice Christian aún afuera.

El capataz abre. El vehículo se estaciona en la entrada principal, y el abogado baja y da la mano a Carlos:

“¿Y cómo están tus invitados?”, saluda viendo la motocicleta de Frank, aparcada justo al lado.

El capataz no sabe qué responder.

Christian camina y casi irrumpe en la sala, pero no encuentra a nadie; abre la mampara de vidrio y pasa al jardín posterior donde está la piscina. No hay nadie. Carlos va tras el abogado.

“Solo fue un almuerzo en memoria de Manolo”, trata de informar.

“¿Y no me invitaron?”, pregunta Christian con cierta ironía.

“Perdona, pero…”

“Soy parte de La Luna, Carlos, y de las dos La Luna. Tú lo sabes mejor que yo. ¿Por qué me excluyeron?”

Carlos suspira fuerte:

“Siempre te hemos invitado a las celebraciones y las reuniones de la finca, Christian; y siempre te has excusado”.

El joven carraspea ante la fuerza del argumento:

“Pero… eran… cosas irrelevantes. Ésta no lo es: es la muerte de Manolo, quien también fue mi patrón”.

“Discúlpanos, entonces, por excluirte; habrán otros homenaj…”

“Sí, todos los que quieran, pero ya no aquí, Carlos. Ahora yo soy el responsable legal de esta propiedad, y estas decisiones deben consultarlas conmigo por un mínimo de respeto”.

“¿Perdona?”

Christian vuelve a carraspear:

“Imagina que hubiese sido la señora Elga en vez de yo. ¿Qué le hubieses dicho? Recuerda que yo renuncié a La Estirpe, no a La Luna. ¿OK?”.

Christian regresa a la sala y luego a al patio delantero, y de ahí a la camioneta; Carlos siempre tras él. Entre los tupidos arbustos y los árboles de tamarindo, Flor, Frank y César tiemblan totalmente desnudos más de miedo que de frío; Adán comparte el escondite junto a ellos.

“Eso estuvo realmente cerca”, suelta los labios el cuerpo de luchador.

“¿Qué pasa ahí?”, les grita alguien desde atrás.

Los cuatro ahora no solo sienten miedo sino vergüenza.

“Papi”, musita Flor.