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viernes, 4 de marzo de 2022

La hermandad de la luna 9.4

La siguiente escala de Christian es el AMW en Santa Cruz. Encuentra la puerta abierta, así que baja de la camioneta e ingresa. Adentro está Owen entrenando a dos chicos y una chica. El instructor le sonríe y se le acerca a solo centímetros, como para tener una conversación más íntima.

“Welcome, dude – what can I do for ya?”

“No, sir”, rebate Christian. “What can I do for you, instead? And I can do a lot of things for you, Owen.”

El instructor invita al abogado a sentarse en el escritorio de la entrada.

“Get me on the spot, please, cuz I don’t get ya.”

“You know those accusations are so embarrassing for you, embarrassing for this business, embarrassing for your new friends. The next’s gonna happen is Migrations Police will come here to detain you. If that happens, you’ll be expulsed to South Africa, and everything you’re building here to become shit.”

“So, what’s your deal, Christian?”

“I’m a lawyer, Owen. I can block that detention. I can make your time here to be better. I can give you three pretty things you need: advice, defense, and protection. So, quit this. Come with me. I have a house, I have connections, I have all you need to avoid you go to the jail.”

“In exchange of what? My long, bold cock into your warm  ass?”

Christian se toma unos segundos para responder a eso.

“I don’t deny I like you, and I loved the way you fucked me that night. You know? I got at a strange jungle. I didn’t feel your strong and huge cock into my ass. I didn’t feel pain but pleasure, pleasure and peace – love, Owen! We made love!”

Owen no ha perdido su sonrisa desde que la conversación en voz baja comenzó.

“Yes, we made it. I made it ynto ya, actually, because I thought it could work to change your mind, but I’m giving you up.”

Christian sonríe extrañado:

What… do you mean?”

“You know who’s behind you, Christian Esteves. You know who killed Monolo Rodríguez. And now, you know who I am, an anticorp activist. I tried to change you with the power of love, but you are too dirty and polluted to understand you have to give up after all those years somebody gave you a hand to survive. What did you do? Betraying him. And you’re gonna betray her. And you’re gonna betray me.”

La expresión de Owen cambia. Christian puede ver la rabia en sus ojos, como si aquella selva se encendiera en llamas. Siente, además, que está a punto de perder el sentido. Un portazo lo interrumpe todo.

“¿Buenos días, doctor Christian”, saluda Flor tragando saliva y con su celular en la mano.

El abogado reacciona como si hubiese regresado de un sueño que lo sorprende y lo asusta. Al frente, Owen sigue con su rostro serio. Christian se pone de pie y retrocede un poco.

“That’s my fucking last offer, Mgombo. Then, nobody’s gonna save you.”

El instructor no reacciona y permanece sentado, mientras sus tres alumnos miran la escena asustados. Frustrado, Christian da media vuelta y sale del gimnasio. Todavía turulato, se sienta en la camioneta, bebe un poco de agua. Siente que recupera el control de sus sentidos.

“I’m sorry, Owen. Tú y todos tus amigos se irán a la misma mierda”, le dice al retrovisor.

Christian arranca la camioneta y se va pueblo adentro.

 Mira un video aquí.

En el gimnasio, Owen se tranquiliza progresivamente.

“Excuse me”, se disculpa ante Flor.

“I don’t mind, Owen. There’s something most important than this.”

Flor le extiende su celular.

“César found something, didn’t he?”, se anticipa el instructor. “Ya already have a Rosetta’s Stone, so ya need a Champollion.”

“How do you know that?,” se sorprende Flor.

“I’m not that Champollion, pretty lady, but that one was here last night. Call him right now before they attack.”

  

sábado, 19 de febrero de 2022

proyecto Lujuria 5.2: Sexo gay real sobre el escenario


Más de ochocientos kilómetros al sur, en Miraflores, Lima, Evandro y Alexis están en el teatro revisando el escenario para ver si se requieren ajustes en el decorado, las luces, la tramoya.

“¿Cómo te diste cuenta, huevón?”

“No jodas, Evan. El chamo está solo aquí, siente nostalgia, de pronto le das la mano, te vuelves su amigo, le das trabajo, le consigues el papel en el montaje, le consigues hogar, compartes sus ratos de melancolía. ¿Te das cuenta que ha pasado a depender emotivamente de ti?”

“No sé si halagarme o preocuparme, Alex. Me parece que le crucé los chicotes esa noche”.

“Lo que sí, eres un arrecho de mierda. ¿Qué habrías hecho si alguien los descubría? Y no me vengas con que ya era muy tarde, que nadie iba a entrar, que ya lo habías calculado. ¿Te has puesto a pensar en la reacción de Laura?”

“Me botaría del edificio con todas mis cosas y sería una masa sanguinolienta en la zona residencial de Jesús María… Actor controvertido y odiado muere por crimen pasional. Ya lo veo”.

Alexis ríe:

“Claro que desde el infierno porque al cielo no creo que te vayas”.

“Bueno, tampoco tú eres un angelito. A ver, ¿qué necesidad de cachar con ese Gibrán?”

“Solo aseguraba nuestros intereses, querido Cruzado”.

“Aunque entre su culo y el del Os, obvio que el del Os, querido Rodríguez”.

“Eso me alivia; pensé que te habías obsesionado con mi culo porque hasta ahora no consigues controlar tu erección cuando hacemos las escenas”.

Evandro se para en seco y mira a Alexis sonriendo pendejamente:

“No me digas que te jode”.

“Me paltea el público, y peor aún me paltea Zaira”.

“Huevón, ¿no recuerdas cuando bailábamos y hacíamos esos sows en Santa Anita, Comas, Los Olivos, Lince, San Borja?”

“Pero no vas a comparar, pues, Evan: esa gente iba a ver sexo en vivo; esta gente viene a ver arte”.

Evandro mira a Alexis y de pronto no puede contener la carcajada.

“¿De qué te ríes?

“Que este teatro esté en Miraflores, no significa que no quieran ver sexo. ¿Acaso no sabías que en 1992 hubo un show de strippers a media cuadra del óvalo en plena avenida Ricardo Palma? ‘Striptamente femenino’ decía el aviso. ¿O qué me dices del show de strippers más famoso del país? ¿No se daba aquí en Miraflores, en lo alto de un edificio?”

“¿1992, Evan? Tú no tenías ni dos años de edad. ¿Cómo sabías?”

“¿En 1992, Arnold Escalante tenía veinte años y un físico envidiable para la época, y conserva todas las fotos del evento”.

“Y te las mostró”.

“Toditas”.

Evandro baja la palanca de las luces y el escenario queda en penumbra.

“Arnold no tiene un gran culo pero se mueve bien”, comenta Alexis.

“Tú no tienes nada que envidiarle a Escalante, Alex. Lo tienes mejor en todo el sentido de la palabra”.

“Muy velludo para ciertos estándares”.

“No para los míos”.

Evandro se acerca a Alexis, lo abraza y le planta un beso francés en la boca que es correspondido mientras le acaricia las nalgas encima de su pantaloneta deportiva que eligió como atuendo esa mañana .

“Me encanta cuando Zaira me hace el beso negro”, susurra el velludo actor.

“¿Mejor que los míos?”

Evandro busca el nudo de la pantaloneta de Alexis y lo desata; baja la prenda. Hace que su compañero gire, le baja el bóxer, y mientras éste se apoya sobre la cama y separa sus piernas, Evandro le besa las nalgas peludas y luego mete su lengua en el ano caliente dejándolo mojado con su saliva. Alexis gime y no tarda en dilatar su esfínter:

“No has perdido el toque. Sigue. Sigue””.

Las manos de Evandro bajan más la pantaloneta y el bóxer y comienzan a manosear el largo grueso y lubricado pene ya erecto y las grandes y peludas bolas de su amigo.

“¿quieres chupármela?”

Evandro deja de hacer el beso negro:

“Voltéate”.

Alexis se incorpora, gira, y deja que Evandro le mame la pinga con mucha fruición mientras su dedo índice masajea el ojo del culo y su otra mano, el resto de las velludas nalgas. Poco a poco, ese dedo va metiéndose en ese hueco aprovechando la lubricación que dejó la saliva. Alexis jadea y gime.

“Quiero chupártela, Evan”.

El actor que está arrodillado se pone en pie, se desabotona su jean y se lo baja con todo y bóxer hasta los muslos. Alexis toma el pene semierecto de Evandro, se lo mete a la boca y comienza a succionarlo. ¿Hace cuánto que no prueba ese extraño salado del líquido preseminal de su amigo? Sus manos acarician las nalgas lampiñas y suaves.

“Voltéate”, pide a Evandro.

Alexis devuelve el beso negro combinado con un rico masaje de pinga y bolas, tanto que Evandro tampoco evita gemir,jadear y desear algo más, aunque no sabe si pedirlo.

Ambos hombres están en lo mejor de ese toma y dame cuando una voz los deja helados:

“¿Amorcito?” 

viernes, 11 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.1

Tras levantarse a correr por la finca, Tito toma un baño y regresa a la caseta de vigilancia. Apenas han pasado cinco minutos después de la seis de la mañana. Carlos está mirando su celular y su expresión no denota tranquilidad.

“¿Quién falleció?”, bromea el gladiador.

“Owen”, murmura el capataz casi sin advertir la pregunta.

Tito se alarma y sale disparado a buscar su bicicleta. Carlos se da cuenta de su torpeza y va corriendo tras él.

“¡No es eso!”, le alarga el celular.

El gladiador mira el contenido:

“¡Por la reconcha de su madre, carajo!”, se enfurece.

Mira un video aquí. 

Tito llega como un rayo al gimnasio. Ya está abierto. Los alumnos del primer turno entrenan con cara de circunstancia mientras Owen revisa el celular de uno de ellos. El gladiador y el instructor se miran muy serios: las noticias son malísimas. Tito encarga el AMW a Adán, quien tampoco luce cómodo, y hace ingresar a Owen a la sala de su casa.

“Albergan a terrorista en Santa Cruz”, lee Flor. “Uno de los miembros más recientes de nuestra comunidad, el entrenador personal Owen Mgombo, estaría implicado en una acusación por terrorismo planteada por la justicia de la República Sudafricana. Según documentos a los que Santa Cruz Directo tuvo acceso, Mgombo habría participado en actos de sabotaje contra empleados de la empresa GC Ventures en la Provincia del Cabo, Sudáfrica, junto a otros veinte subversivos, los que fueron condenados a treinta y cinco años de prisión hace diez años. Hasta donde pudimos tener conocimiento, el mencionado sujeto no habría recibido beneficios para salir libre, por lo que su presencia en nuestro país y nuestra comunidad serían irregulares. Mgombo, como dijimos, es el instructor de un gimnasio en nuestra localidad, y se ha ganado el aprecio de sus alumnos por su carisma y aparente experiencia en el deporte de las pesas. Se desconoce cuál será la respuesta de las autoridades”.

“¿Y esas cosas en inglés?”, pregunta Tito, muy serio.

“Son auténticas, papi. Dicen que Owen es un activista anticorp, que protagonizó varias protestas y actos de sabotaje, y que en ese atentado en particular fallecieron veintiséis personas entre gerentes y empleados. Dice que usó una bomba subterránea activada a distancia cuando el ómnibus pasaba sobre ella. La foto es suya, el diario existe, la noticia existe”.

Adán voltea la cara hacia Owen:

“Te pregunté quién eras y me dijiste que no tengo nada de qué preocuparme. Entonces, ¿esto?”

Yo no negarte yo fui y soy activista anticorp, pero ese caso no terminó así: la justicia sudafricana lo revisó y una decisión es esperada”.

“¿qué quieres decir?”, trata de entender Tito.

“Do you mean that a veredict is waited, that there’s no veredict yet?”, pregunta Flor.

“Yes, I do,” responde Owen.

“So you should be still jailed, don’t you?”

Tito mira a su hija y al instructor algo fastidiado. Flor toma aire:

“Técnicamente, papá, Owen debería estar en la cárcel aún”.

“¿qué haces aquí, entonces?”, le cuestiona el gladiador.

“Los activistas anticorp protestar a nivel mundial contra abusos de corporaciones, y Golden Cross, Cruz Dorada, ser una de ellas. Es cierto que nosotros bloqueado entradas, conducido manifestaciones, dar declaraciones de prensa; pero nosotros nunca atentar contra vida de trabajadores porque ellos tener vidas y familias”.

“Entonces, si ustedes no activaron esa bomba, ¿quién lo hizo, Owen?”

“Ellos mismos, Tito”.

“En las impresiones que aparecen aquí no dice nada de eso”, interviene Flor.

“Porque Cape Town Torch es un medio comprado por Golden Cross. Si tu conseguir The Light Seeker, tú poder conocer la otra mitad de historia”.

“Lo busco y ya”, resuelve Flor.

“el website no existir ya porque Golden Cross acusarlo por noticias falsas”.

“¿Y ganaron el caso?”, pregunta Tito.

“Nosotros sospechar Golden Cross compró fiscal y juez”.

“¿Y es fácil escapar de una cárcel en Sudáfrica?”

“No saberlo”.

“¿Cómo te escapaste tú, Owen?”, Tito comienza a perder la paciencia.

“Yo nunca escapar de ninguna cárcel en Sudáfrica, Tito. Yo nunca fui en Sudáfrica. Yo venir de Inglaterra, pero yo haber nacido en otra parte”.

“Jamaica”, interviene Flor poniendo pausa a una búsqueda infructuosa en su celular.

“El pasaporte”, recuerda Tito.

“¿Haber ustedes visto mi pasaporte?”

Al ser descubiertos, Flor y Tito se miran avergonzados.

Mira otro video aquí. 

Elga también termina de trotar alrededor de la finca, y al regresar a la casa grande encuentra a Frank barriendo el porche.

“Buenos días”, lo saluda con una sonrisa seductora.

“Buenos días”, le responde el muchacho con una amplia sonrisa también.

“¿Habrá agua arriba en mi baño?”

“Ahorita subo a ver”.

Elga entra a la casa y Frank pide permiso a Carlos, quien contempla todo desde la caseta de vigilancia y suspira. En realidad, reza. La mujer llega al dormitorio y comienza a desvestirse. En veinte segundos, Frank toca la puerta. Ella lo recibe en ropa interior.

“Vengo a ver lo del agua”.

“Claro, pasa”.

Elga se quita el brassiere y la braga; sin que se lo pidan, Frank se saca la chaqueta y la camiseta y pide permiso. La mujer hace un gesto de victoria al ver el torso musculoso y velludo del muchacho. Busca una toalla y escucha que adentro abre la ducha. A los pocos segundos, Frank sale con el jean mojado.

“Parece que no hay problema”, informa.

“¿Me lo juras?”

“Claro; si quiere, la probamos”.

“Sí, buena idea”, se emociona elga.

Frank sonríe, se descalza por completo y se quita ahí mismo el pantalón y el bóxer evidentemente húmedos. Dentro de la ducha, la escena de la víspera se repite. Él la baña a ella, ella a él. Se enjuagan el jabón, se abrazan y besan con pasión. Ya secos, él se acuesta sobre la cama mientras ella le recorre el cuerpo a besos hasta tomar su pene cabezón con los labios y chupárselo diligentemente, las bolas también. La lengua traviesa de elga quiere ir más abajo y Frank cree que es hora de experimentar cómo se siente el estímulo allí donde su hombría entre comillas le dijo por diecinueve años que un hombre no puede sentir placer. ¡Y vaya que se siente rico! ¿Cuándo Frank iba a pensar que terminaría en una cama con las piernas levantadas al aire y dejando que alguien, quien sea, use su lengua para generarle placer en el ano? En retribución, él deja que Elga se siente en su cara y dar rienda suelta al sexo oral en su vulva mientras ella no sabe qué hacer con sus senos, más aún cuando él le aferra cariñosamente la cadera y la cintura o pasea sus gruesas manos por sus suaves y firmes piernas. Lo siguiente que hará esa mujer será cabalgarlo extasiada mientras él no cesa de recorrerla con las palmas y las yemas de sus dedos. De vez en cuando hace el intento de incorporarse (gracias a sus buenos abdominales) y le mama los senos. Finalmente, la propia Elga se mete el pene de Frank a su ano y termina de cabalgarlo hasta que la cara del muchacho le revela que el orgasmo se ha producido. Ella se inclina a besarlo.

“¿Crees que puedas revisarme la ducha más tarde?”

“Siempre que lo necesites”, le responde Frank seductoramente.

Ella sonríe.

Mira un video más aquí.  

sábado, 30 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.10

En el G4G, Saúl se da por vencido y decide rebotar sobre el pene de Joey, quien mantiene la concentración… hasta que tocan la puerta. Ambos abren los ojos.

“Nuestros invitados”, comenta el velludo y corpulento amante.

Saúl se levanta con cuidado, y así desnudo, va a abrir. Juan, Alvin y Édgar ingresan al espacio. La revelación es el biólogo quien desnudo, efectivamente, luce un hermoso cuerpo esbelto y atlético, velludo, especialmente en la zona pélvica, pero con esa cara de niño bueno, probablemente, todo se le puede pasar por alto. Precisamente, Alvin es tomado como centro para hacer un círculo, donde él alterna besos con Joey a derecha y Édgar a izquierda, y, como si fuesen hormigas, el primero traslada el ósculo a Juan y el segundo lo hace con Saúl; finalmente, estos dos cierran el circuito. Siempre tomando a Alvin como referencia, Saúl y Juan le chupan el pene al mismo tiempo, lo que constituye una nueva revelación: dieciseis centímetros con venas por todas partes, buen grosor, aunque algo desviado hacia la izquierda, irrelevante pero detectable a un ojo clínico. Detrás de los feladores, los musculosos practican primero el beso negro, y cuando consiguen la dilatación, meten sus miembros insistiendo en no moverse; en todo caso, que se muevan los otros dos. Joey y Édgar cierran los ojos. Cuando Alvin los ve, excitado y sonriente, intenta lo mismo y siente fluir esa corriente por su cuerpo medio, y, cuando está a punto de eyacular, los abre, hace conttacto visual con esos portentos masculinos y sonríen mutuamente; los dos chicos le hacen señas para que acompase su respiración. Entonces, Saúl eyacula casi sin tener erección; deja de moverse, pero no pide que le saquen el pene de su ano. A continuación, sobre el sofá, Édgar se sienta y reclina como Joey lo hizo antes con Saúl; entonces, Juan se sienta sobre su pene erecto y se reclina. Alvin también penetra a Juan por el ano, y Joey se sienta casi sobre la cara de Édgar, quien le hace un beso negro mientras Juan se la chupa. Alvin entiende el truco: no moverse o moverse muy sutilmente. Juan termina derramando su semen sobre el abdomen de Édgar.

“¿Sexo tántrico?”, pregunta Alvin a Joey mientras esperan que Édgar se limpie el esperma en la ducha del camerino,donde también están Juan y Saúl.

“No sé cómo se llama”, admite el gladiador. “Solo sé que es alucinante”.

“¿Podremos repetirlo con tu amigo o… contigo?”

Joey sonríe, toma la cabeza de Alvin y lo besa en la boca:

“Cuando quieras”.

Mira un video. 

Tres cuartos de hora después, un minibús se detiene frente al portón de la finca. Tito desciende. Mientras el vehículo sigue su camino a Santa Cruz, el gladiador camina y su celular comienza a vibrar. El número es desconocido, así que no lo contesta. Tito toca el timbre y espera. Su celular vuelve a vibrar. El mismo número. Al fin presiona el ícono de contestar.

 “¿Tito? ¿Tito Carrillo?”

“Sí, ¿quién es?”

“Tito, soy Edú”.

El gladiador disimula su sorpresa.

“Ah, el nuevo amante de Christian Esteves”.

La portezuela del portón se abre. Tito se agacha, saluda a Carlos e ingresa.

“No soy el amante de Christian, Tito; no soy amante de nadie, y no te llamé por eso”.

“¿Entonces me dirás qué le pusiste al huevón de Christian que se desmayó en el GGG?”

“Tito, vale, deja los infantilismos, por Dios. Te llamo porque tengo en mi mano algo que puede interesarte, y que tiene que ver con algo llamado… Cruz Dorada. ¿Te suena?”

Tito se desconcierta, quedando boquiabierto, y Carlos trata de adivinar el gesto.

Mira otro video. 

Quince minutos después, Adán llega a casa, y encuentra la mesa servida con cuatro platos y a Flor preocupada.

 “No encontramos a Owen, tío”.

Por la puerta del fondo, la que conecta al gimnasio, Frank entra y camina hacia la sala comedor.

“Ni rastros”, avisa.

“Voy a buscarlo”, decide Adán, dando media vuelta y abriendo la puerta de la calle.

Cuando está a punto de salir…

“Hola, Frank”.

El aludido se asusta y queda pálido. Lentamente se da media vuelta.

“¿Dónde te habías metido?”, alcanza a articular el joven.

“Yo fui durmiendo”.

Owen, sonriendo, le palmea amistosamente su hombro izquierdo. Flor y Adán miran al pasillo como si hubiese aparecido un fantasma.


sábado, 23 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.9

En la casa de Tito, en Santa Cruz, Frank se ha vuelto a acostar con Flor, quien permanece bajo su cuerpo. La sábana y la colcha están sobre el suelo. Tras el coito frustrado por la puerta que se había golpeado al costado, más temprano, los dos jóvenes pudieron encender su líbido de nuevo y disfrutar de una larga sesión de sexo sin mayores pretensiones más que disfrutar. El clímax ha ocurrido hace segundos.

“Sácate el condón antes que tu pene se ponga blando”, pide Flor.

“Primero tengo que sacarte mi… bueno, mi….”

“¿Tu pene de mi vagina, Frank?”

“Qué poco romántica eres, ¿no?”, sonríe él.

“Las cosas por su nombre, querido mío”.

Frank se incorpora hasta quedarse de rodillas y saca el preservativo de su pene aún duro, le hace un nudito, y, bajándose de la cama, primero prende la luz, y luego lo coloca en el cesto de la basura.

“Si hiciera esto en mi casa, mi vieja ya estaría agarrándome a escobazos”, comenta el muchacho, quien luce su espectacular figura sin nada que lo tape.

Flor, quien tampoco se queda atrás, hablando en términos de anatomía llevada a la perfección, se le acerca, también desnuda y le besa la espalda salada debido al sudor.

“Vamos a bañarnos y luego a preparar la cena, si no, tío Adán se terminará comiendo la mesa”.

Frank ríe y gira para darle un beso en la boca.

“Oye, ¿y Owen nos habrá escuchado?”

“¿Por qué te preocupa si nos escuchó Owen?”, se extraña Flor.

“Mmmm. No sé. Tu viejo, fijo, nos vio”.

“Y siendo mi papi, no hizo nada; menos Owen”.

“Igual, no lo he escuchado toda la tarde desde que vinieron del gimnasio”.

Quizás esté ahí descansando. Bañémonos, hagamos la cena, y lo buscamos para comer”.

Frank la besa de nuevo.

Mira un video 

En el dormitorio junto a la caseta de vigilancia en La Luna, Owen está acostado sobre la cama y la ocupa toda irremediablemente; Carlos está sentado sobre su pubis, con todo su pene erecto metido en su ano sin hacer más nada que tomarse de las manos y mirarse a los ojos, sonriendo, iluminado por la pequeña lámpara de emergencia que está sobre el suelo. Ambos acompasan su respiración tratando de sincronizarla, sintiendo como una especie de corriente fluye deliberadamente en todo el medio de sus cuerpos. El pene de Carlos está erecto y goteando el coloide líquido preseminal sobre el liso y suave vientre de Owen. Gimen muy despacio, casi imperceptiblemente cuando espiran.

Mira otro video. 

En la salita del G4G, Joey prueba una variante, sentándose con la espalda algo arqueada pero apoyada en el sofá, y Saúl sentado sobre su miembro erecto, también en silencio, tratando de controlar la respiración, aunque aún no consigue poner duro su miembro.

“No siento nada”, reclama Saúl con cierta dulzura.

“Shhh. Concéntrate”, le pide Joey.

Mira otro video más.

En la finca, Owen se pone en cuatro patas manteniendo su espalda en una horizontal lo más perfecta posible mientras Carlos le mete la lengua entre  los glúteos y le lame el ano, con los dedos medio e índice izquierdos le masajea el perineo, y con la mano derecha hace suavemente lo mismo con su pene duro. Los dos respiran despacio y profundo procurando conservar la misma energía que fluye por el medio de sus cuerpos físicos. Luego, Carlos levanta su tronco y con toda la paciencia del mundo, lo penetra mientras le acaricia las caderas y la espalda como si en sus dedos tuviese plumas muy suaves. No hace el baile pélvico, pero siente cómo conecta con la otra persona. Es un increíble intercambio de placer, felicidad y plenitud.

sábado, 16 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.8

Las noches del domingo en el G4G no son ttan concurridas como las de la víspera, pero tampoco hay mucho espacio libre. Saúl entra al gran salón y mira satisfecho que, a pesar de los últimos y raros acontecimientos, la clientela no ha mermado.

“Hola, Tony”, le topan el hombro.

Saúl gira y se encuentra con el rostro sonriente de un tipo alto como él, ojos claros, cabello crespo corto y con grandes entradas, camiseta pegada que dibuja una trabajada musculatura.

“¡Joey! ¿Pero que´significa esto?”

Ambos ingresan al saloncito privado. Saúl enciende la lámpara en una mesa.

“¿qué les pasa que, de pronto, decidieron incumplir el trato?”, reclama el anfitrión.

“No es por molestarte”.

“Lo mismo me dijo Édgar anoche, y todo terminó con Chris nuevamente colapsado en el hospital”.

“Sí, me contaron”.

“¿Qué se traen entre manos? Primero, Chris regresa, luego trae a Manolo; ahora ustedes”.

“¿Por qué dejaste que Christian regresara?”

“¿Acaso no lo sabes? Casi me hace un escándalo. Le dije que me reservaba el derecho de admisión, y me mandó una carta notarial diciendo que si le negaba el acceso, me denunciaría aplicando el artículo no sé cuantitos del código no sé cuantote. No niego que paga su cuenta, pero jode”.

“Te entiendo, y créeme que yo mismo no quiero estar aquí, pero es Christian precisamente lo que me trae. ¿Dices que solía venir con Manolo?”

“Casi semanalmente, incluso la noche en que supuestamente lo asesinaron”.

“¿A qué te refieres con supuestamente?”

“Es un decir.

“¿Viste si había algo raro entre ellos esa noche?”

“Ay, Joey. No creerás que Chris es el asesino. Ese muchacho podrá ser todo lo antipático que quieras, pero asesino, no. Incluso esa noche estaban con arrumacos y besitos, y casi cachan en el privado. Si me preguntas por un sospechoso, podría hasta ser yo, y ganas no me faltan por lo que ya sabes; pero Chris, no”.

El otro hombre mete la mano a su bolsillo (con cierta dificultad) y saca la bolsita plástica.

“Éstos son los condones que hay en la máquina del baño, ¿cierto?”

Saúl toma la bolsa y la examina.

“¿Quién le puso ese papel con el nombre de acá?”

“No lo sé”.

“Sí, es la marca que hay en el dispensador; pero, ¿cómo sé que son los de esa máquina?”

El hombre solo sonríe al darse cuenta que el uso de la prueba no prueba nada, y decide llevar el cuestionario por donde comenzó:

“Supe que Christian vino después de que encontraran a Manolo muerto. Se desvaneció, ¿cierto?”

“Sí, estaba con un venezolano que se hizo humo, igual como el negro del sábado que apareció como fantasma y se fue lo mismo”.

El hombre se extraña.

“¿qué venezolano?”

“Ay, no sé, Joey. ¡Ah! ¡Sí! Edú

El hombre se queda perplejo.

Mira un video. 

En la salita de espera, en el laboratorio de análisis clínicos, Juan García se reúne con otro sujeto alto y muy atlético, ojos claros, cabello corto crespo y negro, iluminados únicamente con el haz de luz que entra desde la sala donde se realizan las diferentes pruebas.

“Sí, Édgar, sí estoy enterado del caso, pero no puedo hacer nada porque no tengo jurisdicción: mientras la investigación se desarrolle en La Santita, no hay mucho que hacer; a menos que la Junta de Fiscales lo derive acá a Collique. Y aunque ello pasara, la probabilidad de que llegara a mi despacho es remota porque todo depende de que me lo asignen o no. Y hay un asunto más grave aún: fui amigo de Manolo, así que no sería ético que yo investigue ese caso como fiscal; ¡me recusarían en primera!”.

El otro hombre se desilusiona.

“¿Tampoco se puede saber qué fiscal tiene el caso en La Santita?”

“¡Ah! Eso es sencillo, hasta creo que me lo sé de memoria: la doctora Dolores Salvavera”.

“Podemos hablar con ella, ¿no?”

“No, Édgar. No se puede hacer eso a menos que seas una de las partes en el proceso, y tú no lo eres”.

“Pero yo fui su empleado”.

“A lo mejor te llamarán como testigo, pero eso no significa que seas o la parte agraviada o la parte agraviante: solo ellas tienen acceso a la carpeta fiscal”.

“La justicia es una vaina, Juan”.

“La justicia, querido Édgar, tiene plazos, partes y reglas, y todo eso se llama Leyes. Escúchame: yo no puedo intervenir abiertamente en ese proceso porque me sancionarían, pero sí puedo orientarte como profesional en Derecho, de manera extraoficial, obviamente”.

“¿Y cómo te lo pagaría? Eso cuesta”.

Juan extiende su mano a la entrepierna del hombre:

“Tú sabes cómo me doy por pagado”.

Alvin Saldívar sale del salón de análisis. Ya no tiene su bata blanca; solo una camiseta y una pantaloneta manga larga sintética ceñidas y zapatillas. El chico también tiene un cuerpo atlético: brazos formados, torso bien esculpido, nalgas redondas, piernas con cierto volumen.

“Disculpen, ¿demorarán aún?”

“Estamos negociando los términos”, responde el fiscal aún con la mano en la entrepierna del otro hombre.

Alvin sonríe. Súbitamente suena un celular. El hombre atlético recién llegado saca el suyo y contesta.

“Habla”.

“¿Terminaste con el fiscal?”, le dicen por el auricular.

“Más o menos. ¿Tú?”

“Sí, ya. ¿Tienes ganas de un trío?”

El hombre mira a Juan:

“¿Podrá ser cuarteto?, dice al teléfono.

Espera unos segundos. Alvin carraspea y comienza a sobarse la entrepierna. El hombre sentado sonríe.

“Mas bien quinteto”, dice al teléfono.

Espera otro poco de segundos.

“Ya, vengan”, le responden.

  

sábado, 9 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.7

En el centro de Collique, en una calle ni estrecha ni ancha pero que conecta a una de las avenidas principales, una camioneta está aparcada en la fachada de un laboratorio de análisis clínicos que parece estar cerrado al público. Parece, porque adentro, el guapo biólogo Alvin Saldívar revisa una muestra en el microscopio, la calibra y llama a la otra persona que lo acompaña, el fiscal Juan García, para que tome su lugar. El abogado acerca sus ojos a los visores.

“Parece una colmena de abejas”, comenta.

“Imagina que cuando Janssen inventó el microscopio hace más de cuatrocientos años, fue lo mismo que vio”.

“¿Y qué se supone que estoy viendo, Alvin?”

“Para tu libro, doctor: todas las células, en tanto son las unidades mínimas de la vida, tienen núcleo, organelos y una membrana que la separa de las otras células. Si esa membrana no existiera, los tejidos serían como un puré. Ahora bien, hay una clave que nunca debes olvidar: cuando las membranas en conjunto forman un patrón sin forma definida, es probable que estés viendo células de origen animal; pero si forman un patrón, digamos más ordenado o cuadriculado, como si fuese una colmena con cientos de celditas, es probable que sea un tejido de origen vegetal”.

“¿Esto es vegetal?”

“Por la apariencia, sí; pero el análisis visual no basta. Ahí es donde aplicas reactivos, y el resto es comparar la reacción de la muestra con un catálogo enorme de posibilidades. Así fue cómo creo que se trata del Croton lechleri”.

“¿Con qué margen de error, Alvin?”

“Pongámosle un noventa por ciento. Recuerda que la medicina tradicional lo vende acá en el mercado, así que no es tan complicado de identificar tampoco”.

“¿Pero cómo fue que salió del ano de una persona?”

“La pregunta, doctor, sería mas bien: ¿puede una persona humana fabricar esta sustancia? Respuesta: no. Entonces, ¿cómo llegó ahí? En ciencia tenemos una premisa, casi una máxima: cuando hay demasiada especulación, la posibilidad más simple puede ser la más cercana a la realidad”.

“¿Qué tratas de decir?”

“Alguien le regó la sangre de grado en un patrón que parecía un sangrado resultante de un trauma con herida dentro del ano debido a la introducción violenta de cualquier cuerpo como un pene erecto”.

“Pero no vi músculo conmocionado, ni hinchado, ni irritado, ni nada”.

“Entonces, alguien le puso la sustancia, doctor. Tú sabes que no soy médico, pero que el ser humano no produce células de origen vegetal, pues, a menos que seamos un híbrido genético”.

“¿Cuánto mide la tuya, Alvin?”

“mmmm. Nunca la he medido pero creo que no es grande ni chiquita. ¿La tuya?”

“Dieciseis”, responde García.

Alvin sonríe.

“Además, doctor, tú me has dicho que el sujeto parece tener una vida homosexual activa, así que el riesgo de sangrado, si hubiese sido sangrado, a estas alturas, lo veo difícil”.

“¿Y si el sujeto que se lo metió se hubiese regado el pene con sangre de grado?”

“Como te digo, no soy médico, pero apliquemos lógica: si yo me unto o embadurno mi pene con alguna sustancia y penetro el ano o la vagina, y probablemente más la vagina debido a su lubricación natural, es probable que si hago un frotis justo después del acto, encuentre rastros de taninos”.

García no se contiene más y usa su mano para tocar el paquete de Alvin bajo la bata:

“Deberíamos hacer un experimento, ¿no?”

Alvin sonríe:

“Ten cuidado con la cámara”, le señala con los ojos.

A García parece no importarle hasta que su celular suena. Lo saca.

“Dime, Édgar”.

“Hola, doctor. Perdona por llamarte a esta hora pero necesito tu ayuda”.

“Ehh. Claro, dime”.

“¿Puedo verte personalmente?”

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En las duchas de La Luna, Carlos deja que el agua lo recorra de la cabeza a los pies. Owen está detrás suyo como ayudando a que el agua toque la cara, las orejas, el cuello, el pecho, la espalda, el abdomen, las nalgas, los genitales, los muslos, las pantorrillas, los pies. Es agua fría, a la que la piel del capataz está más que acostumbrada.

“Respira profundo, lleva el aire a cada célula, bota despacio, siente tu propia energía, ai apaec”, instruye Owen.

Carlos mantiene los ojos cerrados y trata de conectar consigo mismo por un instante más. Owen cierra el agua; también está húmedo.

“Abrázame”, le indica y se acurruca al cuerpo musculoso y desnudo que siente en la oscuridad. En cuestión de segundos, las gotas que lo recorren piel abajo se desvanecen. No se evaporan; solo se desvanecen. Carlos siente su cuerpo y el de Owen totalmente secos y frescos.

“¿Cómo haces eso?”

“Ambos lo hicimos”.

“¿Qué? ¿Eres un babalao o algo por el estilo?”

Owen ríe.

“No, para nada. Conozco sus costumbres pero no soy parte de ellos; mejor dicho, no me hicieron parte de ellos”.

Ambos salen del piso de mayólica y Carlos busca su ropa. Encuentra su camiseta, su jean, su calzoncillo. Los organiza para comenzarse a vestir.

“¿Dónde aprendiste a hacerlo?”

“En todas partes, Carlos. Cuando recorres el mundo, te das cuenta que todas las culturas tienen los mismos puntos comunes: presencia, trascendencia y justicia”.

“¿Y qué le pasó a tu modo de hablar? Ya no hablas como antes”.

Owen sonríe de nuevo.

“El acento ser un disfraz como la ropa”.

Carlos siente que le quitan las prendas de la mano y las colocan en la banquita de madera. No las puede ver porque las luces han estado apagadas todo el tiempo, pero las puede escuchar.

“¿Qué haces, Owen?”

Carlos siente que le toman las manos y se las entrelazan.

“La ropa, el idioma, la nacionalidad, la creencia y hasta el color de la piel solo son disfraces que nos diferencian. Dime qué sientes”.

“Un calorcito en mis palmas, como un cosquilleo”.

“Cierra los ojos, controla tu respiración, no pienses en nada, y no sueltes mis manos”.

Carlos hace caso. El calor y el hormigueo se extiende de las manos a todo el cuerpo. Y cesa poco a poco hasta regresar a su punto de origen.

“Abre los ojos”, le pide Owen.

Carlos se sorprende: ahora está en medio de una exuberante selva con árboles altos y frondosos por donde mire, matas colgando en todos lados, trinos y aullidos en sonido envolvente, haces de luz blanca colándose por las copas. A escasos centímetros, la figura robusta de Owen con su imborrable sonrisa. Carlos quisiera preguntar lo obvio, pero se contiene.

“Éste es mi refugio”, le responde a lo que se abstuvo cuestionar.

El capataz entonces siente que algo duro topa su pene inexplicablemente duro también. Sin decir nada, más que una guerra de espadas, inicia una especie de sutil combate sin violencia, con cariño mas bien, que genera una sensación de bienestar que se extiende desde la base de su pelvis, sube por sus entrañas, corazón, garganta, base del cerebro, lo alto de la cabeza, y parece proyectarse en rayos de luz blanca hacia el infinito, compitiendo con los que caen desde arriba. Un débil resplandor verde parece inundar el cuerpo de Owen, quien abre sus brazos, lo aprisiona entre ellos, hace que él también lo abrace pegando ambos cuerpos. Los dos se besan en la boca. Carlos siente nuevamente el calorcito y el hormigueo al mismo tiempo en sus labios, al medio de su pecho y en medio de sus piernas, y desde esos puntos, diseminándose por todo su cuerpo. Un inexplicable placer mezclado con una inconmensurable paz lo llena hasta sentir que sus pies se despegan del suelo. Cuando el beso acaba, Owen y él siguen desnudos en las duchas de la finca.

“¿Cómo te sientes ahora?”

“Liberado… agradecido… pleno”.

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sábado, 2 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.6

En La Luna, Carlos recibe una llamada inesperada:

“¿Cómo que vas a demorarte unas horas?”

“A menos que puedas meterte al estudio y buscar algo, y, si lo encuentras, me avisas”, indica Tito en el teléfono.

“¿Algo como qué?”

“No sé. Algo. A lo mejor, Manolo guardaba algo allí”.

“Ya te dije que no tengo la llave; y aunque la tuviera, hay una cámara de seguridad: si el alerta le llega a Elga o al huevón de Christian, somos historia”.

“Te entiendo… bueno, ¿me puedes justificar un par de horas?”

Carlos refunfuña:

“Ya, ya, ya. Está bien. Nada más, apúntala”.

“Sabes que soy buen pagador”, evidentemente sonríe Tito.

El capataz cuelga la llamada y el timbre de la caseta de vigilancia suena. Mira mediante el sistema de circuito cerrado en la computadora, y la visión nocturna le revela un varón alto y fornido. ¿Tito habrá enviado a Adán mientras tanto? ¡Qué raro que venga tan desabrigado! Carlos, más por protocolo, abre el armario, saca una escopeta y camina hacia el portón. Al descubrir la rejilla, se queda sorprendido:

“Buenas noches, Carlos”, le dice un sujeto al que casi no puede ver, pero cuyos timbre y acento ya le son familiares.

“¿Owen? ¿Viniste con alguno de los chicos?”

“No, yo venir solo”.

Carlos abre la puertecita del portón y hace pasar al esbelto varón.

“¿Ser el arma necesario?”

“Mmm. Uno no sabe hasta que la utiliza”, indica Carlos sonriendo.

“Tu deber confiar en tu energía”.

Ambos llegan a la caseta de vigilancia. Al verlo vestido con una camiseta y pantalón delgados, Carlos ofrece café pero Owen le acepta un poco de agua.

“Pensé que venías con Tito, como me dijo que iba a demorarse unas horas para su turno”.

“Si querer, yo poder ser tu compañía hasta el venir”.

“Por mí, no hay problema; solo espero que no venga el abogado”.

“Ustedes estar estresados”.

“Debes saber por qué: el asesinato de nuestro patrón”.

¿Quién ser tu sospechoso?”

“La verdad, amigo Owen, cualquiera puede serlo… hasta yo”.

“Pero tú no has matado a él”.

“No ahora, amigo Owen, pero hace mucho tiempo, cuando era mocoso…”, Carlos se ensombrece de pronto.

“¿Has tú pedido por perdón porque has matado a alguien?”

Carlos mira a los ojos de Owen, y de pronto, las imágenes de él a los quince años, cuando caminaba cual guiñapo por los linderos de Santa Cruz, intoxicado en pasta básica de cocaína, regresan como si el presente hubiese movido un temporizador hacia atrás. A pesar del frío de aquel invierno, Carlos siente su cuerpo muy tenso y tibio.

“¿Flaco?”, una voz aflautada suena en medio de los algarrobos. “¿Flaquito?”

“¿Perlita?”, alcanza a articular con alguna dificultad.

Una silueta de delgada figura y frondoso cabello se abre paso entre la foresta seca.

“Aquí estoy, Perlita”, casi le susurra el muchacho.

La figura se acerca.

“¿Las tienes llenas?”

“Si tú vienes llena, ya sabes que le sacaré lustre a tu culito”, seduce el adolescente.

La figura de frondosa melena extrae un bultito de uno de sus bolsillos y se lo da en la mano.

“Te estoy pagando más que la semana pasada”, le informa a la vez que le acaricia el paquete bajo una raída pantaloneta de deportes.

“¿¿Y eso?”

“Ya veremos, flaquito”.

El muchacho se baja la pantaloneta descubriendo su pelvis sin ropa interior y parte de sus nalgas.

“Chúpala, Perlita”.

La figura de frondosa melena se arrodilla en el suelo de greda, toma el pene del muchacho en su boca y comienza a succionarlo. Él, por su parte, trata de adivinar en la oscuridad cuánto suman esos billetes, pero son tres, no los dos que suele llevarle. Se los coloca (como puede) dentro de uno de los bolsillos de la pantaloneta.

“Así, Perlita, trágatela todita”.

Tras cierto tiempo la otra persona se pone de pie, da la espalda y se baja el pantalón apretado. El muchacho acaricia las lampiñas nalgas infladas quién sabe con qué polímero y roza su pene adolescente que sigue ensalivado.

“¿Estás limpia, no Perlita?”

“Limpiecita, mi amor. Métemela”.

La penetración no es cosa difícil, aunque en medio del efecto de la droga, el chico la ejecuta con cierta violencia.

“¡¡Auuu!!”

“Calla, mierda, nos chapan y nos matan a pedradas”.

Perlita  toca los testículos de su amante quien la azota inmisericorde, y mete sus dedos con uñas postizas por debajo del perineo hasta que roza el ano del muchacho.

“Guarda, huevón, no me toques el culo”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

“Puta madre, pero no metas esos dedos”, advierte sin dejar de moverse.

Perlita toma una de las manos del muchacho, que le coge la cadera, y se la lleva hacia su entrepierna: tiene una gran erección.

“Te estoy pagando más flaquito”, dice entre jadeos. “Pajéame”.

El muchacho, no tan a regañadientes, toma un largo y grueso pene y comienza a masturbarlo sin dejar de pistonear el suyo dentro del recto de su evidente cliente.

“Basta”, dice Perlita.

“¿Qué pasó? ¿Las vas a dar?”

Perlita se para y corta la cópula, y casi fuerza al drogadicto a que gire.

“¿Qué pasa, mierda?”, se extraña el chico.

Con una fuerza física inusitada, Perlita obliga a que su gigoló ponga su cuerpo en ángulo recto. Coloca ese largo y grueso pene entre las velludas nalgas del chico.

“No, mierda, no me la metas, mierda”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

El chico pone las manos al suelo y éstas aterrizan en filudas piedras.

“No, mierda, no, no, no me la metas”, se desespera el muchacho.

Pero, Perlita, inmisericorde, introduce su falo de un solo golpe.

“¡¡Conchatumadre!!”, grita de dolor, coge las piedras sobre las que apoyó sus manos y con una flexibilidad sacada de alguna parte, quizás el efecto de la droga, gira y le incrusta en la sien derecha, y la otra en la opuesta.

“¡¡¡Ayyyyy!!!!”

Perlita cae al suelo, y el flaquito le percute la cara, inmisericorde, sin darse cuenta en la oscuridad qué desgarra o a quién ataca. Patea el cuerpo, lo lapida, salta sobre él despanzurrándolo, se asegura la raída pantaloneta y sale corriendo del pequeño algarrobal mientras unos perros se acercan ladrando.

Cuando Carlos vuelve en sí, tiene el rostro bañado en lágrimas, los ojos cerrados.

“Perdóname, Perlita”, llora amargamente. “No te quise matar, Perlita”.

El capataz se refugia entre los dos gruesos pectorales de Owen, quien lo abraza.

“Él ya te perdonó, flaquito; él ya te perdonó”.

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sábado, 25 de septiembre de 2021

La hermandad de la luna 6.5

Vestido con solo una toalla anudada a la cintura, Tito ingresa a su casa por la puerta trasera cuando oye un par de gemidos tras una puerta abierta, la del dormitorio de Flor. Cierra los ojos y se resiste a husmear sobre lo que parece evidente: adentro, Frank hace el amor entre gentil y vigoroso con la hija del gladiador. Aunque ambos jóvenes intentan cobijar su desnudez en la oscuridad, el edredón y los intentos por no hacer ruido, la puerta semiabierta al descuido no es capaz de guardar el secreto. Sin voltear la mirada, Tito avanza casi de puntillas hasta la puerta del lado, la de su dormitorio. La abre con sumo cuidado de no hacer ruido y también olvida cerrarla para evitar el sonido. Comienza a buscar ropa y cuando la tiene toda tendida sobre su cama, algo cae al suelo: el paquete de preservativos con el pedazo de papel que tiene escrito “G4G” encerrado en una bolsita plástica transparente. Tito la levanta, la examina curioso y, entonces, ¡plaf!, su puerta se cierra de golpe sin que nadie, aparentemente, la haya empujado.

“¿Papá?”, se escucha medrosamente desde el cuarto del lado.

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En La Santitta, el frío invierno tiene a raya a todo el mundo excepto a los tablistas que aprovechan las altas olas para desafiar su centro de gravedad y dibujar estelas de espuma sobre el mar esmeralda. Claro que al anochecer, esa estampa no es visible, haciendo que el pueblo sea casi fantasma. Entonces es la hora de las parejas que no pueden o prefieren no pagar un motel, algunos drogadictos que esperan regresar el verano en medio de sus delirios psicodélicos, o algunas personas que llegan en su motocicleta sin sospechar que alguien va a verles, a menos que sea el vigilante de la calle; pero, ¿para qué existen las puertas falsas? Una motocicleta apaga su luz antes de pararse al costado de una hermosa casa de playa; alguien vestido en zapatos, jeans y una chaqueta con capucha desmonta, se aproxima a una de las puertas y usa su celular. En medio minuto, la puerta se abre y el sujeto se mete.

“Buenas noches, capitán Castro”, lo saluda, ya dentro, un tipo con una polera que magnifica su robusta complexión.

“Buenas noches, Chiquito”, le responde el recién llegado.

“El ingeniero lo espera”.

En una sala con mueblesconfeccionados en madera de coco y tapizados con telas de colores vivos, el motociclista se baja la capucha y espera. No mucho. Un cincuentón vestido en chompa y jeans imitando el estilo de un magnate de las computadoras sale de un pasillo y le extiende la mano.

“¡Comisario! Buenas noches. Gracias por venir de inmediato”.

“Qué tal, ingeniero Nava. Usted dirá”.

“¿Qué novedades tenemos de Santa Cruz sobre el asunto que usted ya sabe?”

“Desconozco, ingeniero; usted sabe que eso escapa a mi jurisdicción”.

Nava sonríe:

“No me refería a eso. ¿Qué fue de su topo? Lo último que supimos es que intentaba tramar amistad con el nuevo amante de José Alberto Carrillo; luego, que lo envió a borrar cierta evidencia. Luego, nada”.

“Ehhh. Bueno, ingeniero, no… hay mucho que hacer. Además, es domingo, y como supondrá, mi gente tiene derecho a descansar, ¿no?”.

“Ahora entiendo por qué  el lunes”, comenta Nava en voz alta. “Pero no vine para reprocharle; quiero que me diga qué sabe de ese negro”.

“Pues… llegó el sábado pasado a Santa Cruz, estuvo metido tres días en la biblioteca del pueblo, se hospedó detrás  de la plaza, conversó con los lugareños sobre las costumbres preincas, comió en el mercado y ahora es un empleado de José Alberto Carrillo”.

“¿Tenemos su nombre?”

El comisario saca una libretita del bolsillo de su jean, pasa unas hojas:

“Owen MMgombo. M, G, O, M, B, O”.

Nava abre los ojos, lo que para el comisario solo significa una cosa: sorpresa.

“¿Lo conoce, ingeniero?”

“No”, disimula Nava. “No le niego que la presencia de ese negro nos intriga, pero queremos saber qué tipo de relación tiene con los empleados de Rodríguez y cuán peligroso es, o si puede ser un aliado ya que los que tenemos… parecen fallar”.

El comisario carraspea tratando de no darse por aludido:

“Carrillo lo protege, eso lo tengo seguro: cuando le dije que el tal Mgombo había abusado de su hija, no reaccionó”.

“Ése fue un psicosocial infantil. Por eso retomé el control de esa operación. Si seguíamos confiando en ese invertido, esto ya sería un culebrón mexicano”. Así que, como al inicio, usted y yo coordinamos sin intermediarios, pero quiero mucha diligencia.

“¿Cuándo no he sido diligente, ingeniero?”, reclama el comisario con cierta zalamería.

Nava sonríe:

“Espere aquí; voy por su cheque”, le avisa.

El ingeniero regresa por el pasillo del que había aparecido y abre una puerta. Adentro, el Carnes, quien parece tener el costado izquierdo de la cabeza ya recuperado pues no luce nada, mira la pantalla de la laptop. Nava ingresa y cierra con seguro.

“¿Se vio y se escuchó la conversación?”

“Fuerte y clarito, ingeniero”.

“¿¿Apuntaste el nombre?”

El Carnes toma un papel en verde fosforescente:

“¿Lo busco, inge?”

“Ya debías haberlo buscado”.

El Carnes sonríe y teclea en la computadora.

Un cuarto de hora después, o un poco más, Nava regresa a la sala con un pequeño sobre que tiene una protuberancia cuadrangular.

“Me disculpa, comisario, por la demora”.

“Descuide, ingeniero”.

Nava entrega el sobre a brazo extendido, como para que alguien más lo note. Cuando el receptor lo abre, porque quiere verificar qué le dan, encuentra un cheque a su nombre: “Estamos generosos, ingeniero”. Hay, además, una memoria USB plateada. El policía mira al ingeniero con ojos de pregunta.

“Ya le dije, Castro, que nuestra prioridad por ahora es ese Owen Mgombo. Así que allí tiene varios documentos que, espero, estudie muy discretamente, y usted sabrá qué hacer con apego a ley”.

El comisario se desconcierta un poco:

“¿Alguna operación en particular?”

“Dije: con apego a ley, señor comisario. No me invente escenarios de telenovela, porque le aseguro que no terminará con final feliz”.

“¿Me está amenazando, ingeniero?”

“No, oficial. Le estoy mostrando el camino alfombrado para llegar al cielo”.

El comisario sonríe y asiente con la cabeza. Da la mano a Nava y se va. Al poco rato, El Carnes entra.

“¿La habrás apagado, no?”

“Claro que sí, inge. Yo siempre soy precavido”.

“Bueno, es discutible”.

“¿No cree que debemos seguir al tombito?”

Nava suspira:

“Sí, pero desde mañana. A ver si éste demuestra que sabe hacer algo más que emborracharse, tener sexo y cobrar coimas”.

Ya fuera de la casa, el comisario Castro se cubre la cabeza con su capucha cuando desde el fondo de la calle, un par de luces se van acercando. Aunque baja el cuello, el policía mira de qué se trata. Más o menos a unos cincuenta metros, lo que, evidentemente, es un vehículo se detiene y apaga sus faros. Alguien baja: reconoce ese rostro, ese corte de cabello y hasta esa figura a pesar de estar bien abrigada.

“Doctor Esteves, ¿qué lo trae a la playa en invierno?”, murmura.

Más allá, Christian saca una llave, abre una puerta y entra. Antes que lo descubran, Castro arranca su motocicleta y pasa al costado de la camioneta solo para verificar si se trata de la misma matrícula, o al menos una de las que él se sabe de memoria. Tras el cerco de ladrillo, pueden verse luces encendidas en un segundo piso. Diez minutos después, Christian sale con una mujer delgada y de cabello largo, sube a la camioneta, le da arranque y se va de La Santita, aparentemente.

“¿Ya te cambiaron los gustos, doctorcito?”, se pregunta Castro, no tan camuflado  desde cierto punto con vista privilegiada a orillas del mar.

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