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viernes, 3 de junio de 2022

La hermandad de la luna 10.12

Esa noche, como a las diez y cuarto, Frank está acostado sobre la cama de Flor con las piernas levantadas hacia el aire disfrutando cómo la lengua de la chica le besa las velludas nalgas y luego va en busca de su ano. No solo jadea, gime. Alza los brazos, se frota la cara; a pesar de la oscuridad, cierra los ojos y se concentra en el intenso cosquilleo que se transmite por todo su organismo hasta que su mano no resiste la necesidad de tomar su pene erecto y sobarlo despacio. Entonces, siente algo entre blando y duro que toca su esfínter y lo masajea, carente de humedad y calidez.

“No me lo metas”, pide.

“Tranquilo, querido”, Flor le acerca su lengua otra vez.

Afuera, en el salón de máquinas, Adán y Pablo terminan de cuadrar las cuentas, casi sin hacer más comentarios.

“Será difícil reemplazar al negro”, al fin se anima a expresar el cuerpo de luchador.

Pablo lo mira y sonríe; le palmea el hombro izquierdo.

“Alégrate, enfócate en el alumno, dile que sí puede, felicítalo cuando termine la serie y la haya completado, ayúdalo a terminarla sin decirle que es débil, escúchalo… ese huevón hacía que todos nos sintamos como en casa, como patas de toda la vida, como que nuestros problemas no existían”.

Adán mira fijamente a Pablo.

“¿Qué dices?”

“Owen no era un instructor, Carrillo; era una filosofía de vida… Es, quiero decir”.

Adán sonríe, mira al salón lleno de máquinas, de espejos, de las tres fotos en la pared del fondo incluyendo la suya.

“¿Siempre pedirás tu baja, Chira?”

“Aún no lo sé. Me encanta la Policía, me encanta esta nota del gym; me encanta bailar… Creo que Frank es el único que tiene las cosas claras: me dijo que postulará a la universidad el año que viene y estudiará Administración, que ya habló en La Luna y le dijeron que sí, aunque también él tiene miedo por eso de La Estirpe. Me preguntó que se siente tener una pinga metida en el culo…”

“¿Qué le dijiste?”

“Que él debería experimentarlo por su cuenta, que yo puedo decirle muchas cosas, pero es mejor cuando uno explora sus propias sensaciones, como yo lo hice”.

“¿Cuántos años tienes, huevón?”

“Veinticinco, Carrillo”.

“Hablas como si tuvieras más”.

“Digamos que mi maestro del sexo homosexual tiene cincuenta años”

Ambos se ríen. Guardan todo e ingresan a la casa. Al entrar al pasillo, los gemidos de Frank y Flor se oyen claros. Los dos hombres se miran a los ojos, sonríen, apagan las luces y se meten al otro dormitorio, se despojan de sus ropas y suben a la cama entre besos, abrazos, caricias, placer.

En la pared del lado, Frank está acostado sobre Flor quien le hunde sus tobillos en medio de su trasero mientras éste mueve su cadera rítmicamente y con paciencia, procurando que su pene erecto estimule gentilmente todo el canal vaginal mientras sus labios, lengua y saliva dicen sin palabras que ése es el mejor momento del mundo que puede pasar y las manos no censuran ningún camino, lo mismo que sobre su cuerpo no hay ningún rincón prohibido.

Del otro lado, Adán descubre que Pablo tiene diecisiete centímetros deliciosos al paladar como centro de un cuerpo marcado y que no deja de agitarse tratando de envolverse en esa playa desierta que parece rodearlo poco a poco hasta que puede sentir la brisa y hasta escuchar el rumor del mar. Es cuando puede ver a Adán engullendo su pene entre sus nalgas; en compensación, él acaricia su atlético y lampiño cuerpo, le toma el miembro con ambas manos y se lo comienza a frotar. El sol brilla pero no achicharra; mas bien entibia el momento. Pablo cierra sus ojos sin dejar de sonreír. Siente cómo se libera del peso, y en medio de la oscuridad que lo envuelve otra vez, busca ese cuerpo firme para hacer exactamente lo mismo: no consigue salir del dormitorio, pero no se desespera; solo se deja llevar por el momento… un largo momento.

“¿Hay espacio para mí?”, pregunta Frank en voz baja mientras tantea la cama.

“Siempre hay sitio”, responde Adán.

Las manos del más joven tocan la cara de Pablo y le acerca la suya; lo besa en la boca mientras se arrodilla con cuidado. Adán entiende el mensaje, entiende por qué Frank le pone la entrepierna en su cara y comienza a chupársela, luego le practica un largo beso negro, mientras la mano traviesa del recién llegado explora el pene y debajo de los testículos de Pablo.

“¿No te duele?”, pregunta.

“¿Quieres probar?”, lo desafían.

Frank lo duda en ese momento. Tiene menos de dos semanas para la siguiente luna nueva. Es más que suficiente para tomar una decisión, piensa.

Mira un video aquí.

Dos noches después, el sábado, Juan lee por segunda vez el documento de cinco páginas que Tito logró recuperar de una notaría en Collique. Los dos están junto a Alvin, en uno de los cuartos de visitas de la casa grande, totalmente desnudos pero relajados. Tito coloca una mochila llena sobre una mesa.

“esto es sin dudas un adelanto de herencia”, dice el fiscal  a Tito. “El asunto es que…, bajo las circunstancias actuales, no sé cuánto valor llegará a tener; pero por ahora es perfectamente legal aunque discutiblemente aplicable”.

“¿Quieres decir que Elga repartió las propiedades?”

“No exactamente. Transfiere La Luna a propiedad de Charlie, Édgar y tú, pero siempre que se constituyan como una sociedad de responsabilidad limitada; y, bueno, ahora que sabemos la verdad del gimnasio y del club, pide que se les incorpore como unidades de negocio de la nueva empresa”.

“Podrían llamarla La Estirpe”, interviene Alvin.

“No aconsejo crear la nueva empresa porque todo está muy confuso aún en términos legales, quiero decir”, acota Juan.

“¿Como tu situación matrimonial?”, bromea el biólogo

Juan sonríe.

“eso sí lo tengo claro: el lunes iniciaré los trámites del divorcio… al demonio si Collique dice que soy un fiscal gay… No tiene sentido estar en algo que no te genera comodidad y va a ser un mal ejemplo a la larga para mis hijos”.

Alvin se incorpora y besa en la boca a Juan.

“Bienvenido”, le sonríe.

“Pero no entiendo por qué recién meten al AMW y al GGG o como se llame en el adelanto de herencia”, interrumpe Tito.

“Pues, lo único que se me ocurre es que ella quería dejarles a ustedes el pleito con Christian Esteves, en lugar de lidiarlo. Elga conoce mejor que nadie los negocios de Manolo Rodríguez, y ante todo lo que pasó, tenía una papa caliente encima: juego de lealtades, remordimiento de última hora. Una cosa es manejar a Elga, pero otra distinta es enfrentar a la Estirpe, a la que Christian había renunciado. ¿Divide y vencerás? ¡Nunca iba a funcionar con ustedes!”

“¿Christian quería matarme, Juan?”

“es una posibilidad, Joey”.

“El ADN de la ropa empapada en sangre coincide con las muestras que estaban en tu vereda”, agrega Alvin. “El tal Valdivia”.

“El plan era perfecto: amedrentamiento, y si no funcionaba, asesinato”, continúa Juan. “Pero es como si alguien les hubiese salado todo: el extraño colapso de los matones, la carpeta lila, hasta diría que la propia movida torpe del comisario, si fue él, al armar esa campaña contra Owen… es como si el plan hubiese estado hecho para ser un fracaso… bueno, estamos hablando de Christian, ¿no?”

Una luz llega a Tito cual ráfaga.

“Owen… Fue Owen… ¿Recuerdas lo que te contó Chira?”

“Primero lo sometería a un examen toxicológico y un peritaje psicológico”… no sé… esas supuestas visiones, esos cambios de conducta… los policías son sometidos a mucho maltrato durante su formación y no descarto falsos recuerdos por un síndrome de estrés postraumático”.

“¿Un qué?”, se extraña Tito.

“Una mente desconfigurada que no diferencia entre realidad y fantasía debido a un evento muy malo que le pasó”, intenta explicar Alvin.

“Pero él sabía toda la verdad todo este tiempo”, insiste Tito. “¿Tú crees que está loco?”

“Lo que nos regresa al inicio de esta discusión: legalmente, más que soluciones, ahora es cuando comenzarán nuevos líos, especialmente ahora que Cruz Dorada ha quedado como una enorme organización criminal que traficaba terrenos, compraba autoridades, medios, voluntades y hasta vidas”.

“Todo lo que Owen nos dijo que pasa en los países donde trabajan”, añade Tito.

“Si hay un modus operandi internacional, me parece que lo más inteligente será hacer el caso… internacional”, aconseja Juan. “No será el primer ni el último caso de corrupción transnacional, desgraciadamente”.

Tito saca algo de la mochila, lo extiende y se coloca una túnica de lana; alcanza otras dos y las deja sobre la cama.

“Es hora. Vamos”.

Los tres se ponen en marcha por en medio de la finca hasta llegar a la acequia y pasar al camino secreto, pero en lugar de ir a los algarrobos que rodean la laguna, suben la lomita. En la cumbre, Carlos y César están arrodillados frente a un fuego amarillo cuidando que no se apague. Tito, Juan y Alvin se hincan en silencio. Los cinco miran las flamas danzando en la fría noche, dejando escapar chispas, disfrutan la calidez y la luz.

Og ya está listo”, advierte Tito. “¿Seguimos esperando?”

“No”, anuncia alguien a sus espaldas.

Carlos y Tito miran a donde sonó la voz y sonríen; Alvin queda boquiabierto, Juan trata de mantener la serenidad, César está tranquilo y satisfecho.

“Perdonen la demora””, dice el hombre de recio y armonioso cuerpo que, desnudo y erecto, se sienta al lado de Carlos y le quita la túnica dejándolo también desnudo mientras lo besa en la boca hasta que su pene se eleva y engrosa por completo.

“Prosigue”, le dice.

“Gracias, Manolo”, sonríe el capataz.

Entonces, las flamas amarillas del fuego se tornan rojas, y en el cielo, las nubes se despejan para que la última luna llena brille con fuerza. Sobre sus cabezas, un lucero verde se forma y comienza a revolotear en espiral. . Sobre la cima de la lomita, los cuatro hombres que restan se quitan las túnicas y comienza la ceremonia de iniciación que terminará casi con los rayos del nuevo día en una orgía que admite todas las combinaciones posibles.


  

viernes, 27 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.11

La carceleta del Poder Judicial en Collique no es tan fría como parece, ni tan lúgubre como la describen. Es mas bien un espacio tibio y silencioso. Tras las rejas del pequeño cubículo, Christian Esteves tiene un colchón sobre el que puede recostarse y descansar, aunque no quisiera porque la misma pesadilla se repite cada vez que cierra sus ojos. Un policía ingresa y hace sonar los fierros.

“Tienes visita, doctor”.

Elga lo espera en una salita blindada; carga una bolsa plástica como las de las tiendas por departamentos, y luce bien rellena.

“¿Cómo estás?”, lo saluda.

“Decidiendo si me declaro esquizofrénico, aunque ahora eso dejó de ser atenuante; pero al menos no me mandarán con la lacra”.

“¿Por qué declinaste tener un abogado?”

Christian sonríe:

“¿Y qué diablos soy yo? ¿¿Manolo Rodríguez no me pagó toda una carrera de Derecho para que la desperdicie pidiendo otro defensor? Lástima que usaré todo mi talento para defenderme de su propio fantasma”.

Elga entrega la bolsa:

“Hay una frazada, fruta y la gaseosa que tanto te gusta… la verde sin azúcar; me costó trabajo convencer al policía para dejarla pasar”.

El abogado se extraña.

“No recuerdo haberte dicho mi sabor favorito de gaseosa”.

Elga carraspea y se pone de pie:

“Vendré en la medida en que me dejen venir. ¿Quieres que contacte a tu familia?”

“No hace falta. Gracias… No estoy loco, elga… Todo lo que vi y sentí realmente ocurrió”.

La mujer se toma unos segundos.

“Lo sé, Chris… Te creo al cien por ciento”.

“¡No estoy loco, Elga!”

Ella está a punto de dar media vuelta cuando frena en seco:

“Quizás no tengas que pelear con el fantasma de Manolo”.

Christian se desconcierta.

“¿Qué carajos quieres decir?”

Segundos de silencio apenas interrumpidos por el ruido lejano de la calle…

“No hay tal fantasma, Chris”.

Elga sale y deja al joven totalmente solo y descompuesto. En poco tiempo, el policía a cargo lo regresa a su celda. Descubre el contenido de la bolsa y se concentra en la botella plástica que contiene la verde gaseosa: una seña gráfica que él conoce de más.

“¡¡Noooo!!”, se desespera y llora. “Maldito hijo de puta”, musita.

Mira un video aquí. 

A la mañana siguiente, un paquete de preservativos cae de una máquina dispensadora. Tito la recoge y examina con cuidado. Tras él, están los cubículos con los inodoros y los urinarios; junto a él, un espejo de pared a pared encima de dos lavabos. La luz de la mañana entra blanca por una pequeña ventana al costado de un extractor de aire. El gladiador mira su imagen reflejada: no pareces tener cuarenta y cinco años, se dice mentalmente. Entonces, la puerta se abre y un joven alto, guapo y esbelto ingresa.

“Me dijeron que estabas acá”, saluda Edú.

Tito le muestra el paquete de preservativos.

“¿Sigues jurando que tú no dejaste esto en el jardín de mi casa hace una semana?”

El recién llegado se pone serio.

“Chico, ¿me llamaste para esto? ¿En qué idioma te digo que no fui yo? Si supiera guaco, te lo diría en guaco, pero te lo repito en castellano: desde aquélla vez que me echaste como un perro del AMW, no he vuelto a pisar Santa Cruz”.

Tito baja la mano y guarda el paquetito en el bolsillo de su pantalón.

“No, no te llamé para eso. ¿Sabías que existía un acuerdo entre Manolo y Saúl respecto a este lugar?”

“¿Al baño?”, ironiza Edú.

El gladiador ríe despacio.

“No, a esto que llamó GGG, JaJeJí, o como mierda sea…”

“G4G, o yi for yi, un acrónimo que viene de Gentlemen For Gentlemen o Caballeros Para Caballeros, que, sospecho, fue acuñado por el mismo que bautizó a tu gimnasio como AMW, Ancient Moon Warriors, los Antiguos Guerreros de la Luna. Lo de La Luna es creación de Manolo, definitivamente, pero esa obsesión con el inglés, chico, es creación de Christian”.

“El acuerdo entre Manolo y Saúl”, prosigue Tito, “era que Saúl podía generar todo el dinero que quisiera, pero la quinta parte de todo lo que ganara iba a la cuenta de Manolo porque resulta que nunca renunció a la propiedad de ese lugar; simplemente la hizo franca, o algo por el estilo”.

“La hizo una franquicia: dejaba que un tercero opere el negocio con los valores de marca del suyo, por lo que tenía derecho a un porcentaje de las ganancias”.

“Claro, pero en papeles, Saúl era el propietario”.

“Por eso se llama franquicia, Tito”.

“Por eso te llamé, Edú… Creo que conoces de más lo que ha pasado con Saúl, cómo terminaron encontrando su cuerpo con un balazo en la cabeza en la casa de La Santita… Pero también conoces de administración: cuando tú tenías a cargo el gimnasio, levantamos clientela como mierda”.

“¿Quieres que asuma la franquicia del G4G?”

“No sé si tus papeles te lo permiten… Pero lo que sí puedes hacer es administrarlo porque al no existir quién asuma la propiedad, digamos que… ésta revierte a su dueño anterior, o algo así me explicaron”.

“¿Saúl no tiene herederos, acaso?”

“No tienen derecho a nada porque, al igual que yo, solo ponía su nombre para el papel, pero la propiedad siempre fue de Manolo”.

“¿Ambos son, o eran, testaferros?”

“Por eso Christian jodía a Saúl hasta que lo mató, o eso parecen indicar las pruebas, y parece que eso iba a pasar conmigo, pero… Owen nos salvó”.

“A ver, chico. Es mucha información. ¿Qué hacía exactamente Christian y… quién es ese Owen?”

“Al parecer, Christian extorsionaba a Saúl a espaldas de Manolo, y Saúl murió creyendo que todos habíamos violado el acuerdo de no joderlo. Conmigo, Christian no lo hizo porque sabía con quién se metía. Y Owen… Owen es una larga historia… ¿Te interesa el negocio?”

Edú se toma unos segundos.

“¿Podemos hablarlo fuera de aquí?”

Tito asiente:

“Vamos a la salita de reuniones porque es más cómodo… además, si llegamos a un acuerdo…”

“¿Qué pasará?”, se intriga edú.

“Tenemos condones”, sonríe Tito palmeándose el bolsillo derecho delantero de su jean. 

viernes, 20 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.10

Casi al mismo tiempo, tocan insistentemente la puerta principal de la casa de Tito. Pablo Chira, quien duerme en el sofá, se despierta y se sienta. Frank sale de la habitación más próxima a la sala completamente desnudo.

“Ocúltate en el baño del gimnasio”, le susurra  al visitante acercándosele.

“Tranquilo”, le replica Chira, dándole leves palmaditas en la redonda, velluda y dura nalga. “Ya estoy recagado con ellos”.

El más joven –de la casa de Tito—sonríe. Sigue su camino y asoma su torso por la puerta.

“Perdone, caballero”, le indica un policía. “Orden de detención al señor Owen… Mo-Mo-Mo-gam-bo”.

“No hay nadie con ese nombre acá”, sonríe Frank.

“Señor, no nos haga…”

Frank abre la puerta de par en par (protegiéndose tras ella):

“Pase y verifique”.

El policía duda por un instante, pero decide que es mejor verificar. Su primera sorpresa es encontrar a Chira en la sala.

“Buenos días, Guerrero”.

“Buenos días”, le responde el policía, desconcertado.

“¿Quiere registrar los cuartos? Lo hago pasar al gimnasio”, ofrece Frank.

Al fondo del pasillo, Tito abre la puerta de su dormitorio, ya vestido, y abre la puerta que conecta al AMW.

“Pase, suboficial, porque estamos a punto de abrir”.

Guerrero avanza temiendo por su vida, pero avanza. Desenfunda su arma y la rastrilla para ingresar al salón de máquinas. Le encienden las luces. No hay nadie. Tito lo guía hasta el baño del gimnasio. Entran. Tampoco hay nadie. Le abren la puerta que conecta a la lavandería. Ni allí ni en los pasillos donde están estacionadas las dos bicicletas y la moto de Frank hay nadie. Aunque se extraña de que esos vehículos no estuvieran unas horas antes, prefiere no hacer preguntas.

“Disculpe, don Tito”.

“Pero le falta mi cuarto, la cocina, el baño de la casa y… el cuarto de mi hija”.

“Mejor fírmeme el cargo”, pide Guerrero.

Mira un video aquí.

Hacia las seis y veinte de la mañana, Cristian llega en un taxi al edificio donde vive, en Collique Sur. Lo primero que le llama la atención  es el carro de la Policía estacionado justo en la puerta, y personas con cámaras y celulares hablando y tomando el lugar. Ingresa y se encuentra al portero algo asustado.

“¿Qué pasó?”, le pregunta haciendo una mueca en dirección a la calle.

“Están en el departamento del señor Manolo”.

“¡¿Qué?!”

Christian llega al último piso y se encuentra a un policía resguardando la puerta y a un par de vecinos curioseando. Le muestra su carnet del Colegio de Abogados.

“Soy el doctor Christian Esteves y represento el legado del señor Rodríguez. ¿Qué ha pasado?”

“Orden de allanamiento, doctor. Adentro está el fiscal”.

Christian se congela, entra en pánico, se agita y gira sobre sus pasos rumbo al ascensor. Casi atropellando al portero, sale rápidamente hacia la camioneta, cuya llave siempre estuvo resguardada en el bolsillo del pantalón que viste desde el día anterior. Enciende el vehículo, y por defecto, la radio sintoniza una estación de noticias.

“Lo que sabemos a esta hora”, narra una mujer, “es que también se están allanando dos propiedades en una zona exclusiva del balneario La Santita, provincia de Collique. Uno de ellos había sido comprado recientemente por la corporación Cruz Dorada, y el otro, como les venimos informando desde el inicio de este noticiero, perteneció al recientemente asesinado Manuel Rod…”

Los latidos y la respiración de Christian se hacen más fuertes, al punto que puede oírlos más que cualquier otro sonido alrededor. Se paraliza. Entonces, suena su celular. El abogado regresa en sí y contesta.

“¿Doctora Salvavera? Buenos días”.

“Buenos días, doctor Esteves. Verá: estamos ejecutando una orden de allanamiento en la propiedad de quien fuera su patrocinado”.

“Sí, me acabo de enterar”, interrumpe muy nervioso, temiendo escuchar algo peor.

“Bueno, sí, se filtró. ¿Podría venir, por favor? Queremos verificar cierto hallazgo con usted”.

“Sí… ahora mismo voy”.

Christian corta la llamada, y trata de tomar aire. Los planes que había diseñado tendrán que modificarse radicalmente. Pero tiene que pensar rápido porque algunos pisos arriba, la Policía puede darse cuenta de muchas cosas.

 “Así es, se trata de un cuadernillo de documentos en los que se registran operaciones de compra-venta de bienes raíces, ejecutada por la Corporación Cruz Dorada, y que se habrían ejecutado de forma aparentemente fraudulenta –repetimos, aparentemente fraudulenta—en gran parte del valle de Colliq…”

“¿De qué documentos hablan?”, se pregunta Christian.

Busca rápidamente en su celular. Pasea y pasea sus dedos hasta que lo encuentra, y comienza a hiperventilarse.

“¡No, mierda ¡La carpeta!!”, Christian comienza a llorar. “¡Manolo reconchatumadre!”

Al fin decide acelerar el vehículo y hacer el camino hacia la finca en doce minutos. Lo mismo: un carro de la policía en toda la entrada, un par de policías a ambos lados de la puerta. Christian nota que no hay nadie más, así que decide pisar el acelerador a fondo y seguir de largo hasta Santa Cruz. Se estaciona frente al portón del AMW, que ya está abierto al público, abre la guantera, saca la pistola y se la acomoda en el cinto disimulándola bajo su chaqueta. Toma aire y baja. Su primera sorpresa al ingresar es que Frank y Adán están atendiendo a la concurrencia. El segundo, al percatarse de su presencia, se le aproxima y lo saluda.

“No vengo a verte a ti sino al negro”, le espeta Christian.

“No sé a cuál negro te refieres”, replica el cuerpo de luchador con un cinismo muy mesurado.

Christian repliega levemente su chaqueta y deja ver el arma por unos segundos.

“Dime dónde está, o esto no va a terminar bien”.

Adán se da cuenta del riesgo y clava la mirada fijamente en el abogado.

“Salgamos de aquí y te diré dónde está”

“No, Adán, ese truco no va a funcionar ahora”.

Al fondo, Frank presiente que la situación no es buena pero prefiere no hacer nada para evitar la alarma entre los alumnos que ya están entrenando esa mañana, y quienes tampoco aspiran tranquilidad en el ambiente. Mientras tanto, Adán insiste en concentrar la atención de Christian en sus ojos caramelo.

“No me iré de aquí hasta que me entreguen al negro”, insiste el abogado.

Entonces, un raro prodigio sucede ante los ojos del muchacho: la piel clara y pecosa de Adán comienza a oscurecerse en tanto que su masa muscular aumenta y se marca más; el marrón claro de los ojos se hace amarillo, y la estatura se eleva un poco más. La ropa invernal desaparece del cuerpo. Christian comienza a jadear e hiperventilarse otra vez, pero intenta conservar la calma, o quizás perderla más: saca el arma del cinto y la pone a quemarropa, o a flor de piel, en todo el medio del masivo pecho masculino enfrente suyo.

“What did you do to me?,” el joven comienza a sollozar.

El hombre transformado no le responde; solo le insinúa una sonrisa. De pronto, siente que alguien se aproxima por su espalda.  Christian hace un giro rápido y se topa con Owen , quien entra al gimnasio. Le apunta con el arma.

“End game”, le sentencia el recién llegado.

Y antes de que el abogado dispare, , un agudo dolor siente súbitamente por el medio de su espina, obligándolo a arquearse y baleando una planta de sábila colgada justo sobre el portón, la que comienza a manar un líquido rojo. Una violenta torsión de su muñeca derecha lo obliga a soltar el arma, y prácticamente con el antebrazo derecho roto, tiene que someterse a alguien que lo inmoviliza desde atrás, girando hasta tumbarlo sobre el suelo, sometiéndolo.

“Qué rico culo tienes”, le susurra Adán en su oído. “Lástima que se lo van a cachar los presos”.

Por ambos accesos a la casa, entran Tito y Pablo, quienes atan las manos y los pies de Christian con cuerdas para evitar su escape.

“Ojalá la Policía no tarde en llegar”, comenta el gladiador.

“Testaferro… Solo has sido un puto testaferro”, rezonga Christian en el suelo.

“Ya está en camino”, avisa Pablo.

“Y tú, mi puto cómplice. ¿Ya les dijiste, suboficial Chira, que tú mataste a Manolo Rodríguez?”, sigue espetando el abogado.

“Tienes derecho a guardar silencio”, le recita el joven policía.

Minutos después, la patrulla se lleva a Christian hasta la comisaría de Santa Cruz, donde el capitán Castro lo recibe junto a otros policías. Tiene el brazo entablillado.

“Usted no va a quedar limpio, comisario: ¿ya le dijo a su personal en qué está involucrado?”

“Llévenlo al calabozo”, ordena el oficial.

“”Usted planificó la muerte de Manolo Rodríguez, capitán!”, grita como enajenado el abogado.

Castro, sí, prefiere guardar silencio; mas bien se soba su propio pecho y regresa a su despacho. Allí sentado con su soledad, por primera vez en muchos meses siente que ya no hay camino hacia adelante, excepto a ser compañero de celda de quién sabe qué maleante. Revisa su celular: su nombre aparece en los papeles que ahora son de dominio público, que lo involucran con Cruz Dorada. En la puerta de la comisaría, se trata de regresar a la normalidad. Un vehículo llega y baja una mujer en traje sastre con una medalla colgada al pecho. Se presenta como una fiscal provincial y requiere hablar con el comisario cuando un disparo se oye. Todo el mundo se asusta, algunos se cubren. Solo uno rastrea el sonido y va comisaría adentro.

“¡Traigan una ambulancia urgente!”, comienza a gritar. “¡El capitán está herido!” 

viernes, 13 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.9

Christian despierta nuevamente en el hospital de Collique Sur. Viste una bata de paciente y está cubierto con una sábana blanca delgada con el logotipo del seguro social en mosaico. Pero esta vez, está solo en el cuarto. Busca el botón para avisar a la Estación de enfermería, pero no lo encuentra. Recuerda que los hospitales públicos no son precisamente la vanguardia en comodidades para quien ingresa. Intenta tranquilizarse, pero no lo consigue.

“¡¡Zapata!!”, grita.

Una técnica de enfermería entra.

“¿Ya despertó, señor Esteves?”

“¿No me ve acaso?”, se indigna el abogado. “Llame al suboficial Zapata, ¿quiere?”

“él no está de guardia, señor”, le contesta la técnica algo altiva. “Y me respeta si quiere que lo atienda”.

“Mire, señorita, usted me atiende porque es su deber, y no le interesa si me agite o no. ¡Búsqueme al policía de guardia, por favor! ¡Hágalo si quiere conservar su empleo!”

La técnica sale molesta.

Tras varios minutos ingresa un joven que casi no le sostiene la mirada.

“Quiero denunciar que me violaron”, le suelta Christian.

El policía abre los ojos y levanta la cabeza.

“¡No te quedes ahí, Renato! ¡Procesa mi atestado!”

el uniformado saca como puede una libretita y un lapicero de su bolsillo, y se dispone a escribir con la mano temblorosa.

“¿Fue el surfer?”

“¿Qué surfer ni qué ocho cuartos, Renato! Fue un sujeto llamado Owen Mgombo. M, G, O, M, B, O. Vive en Santa Cruz, es natural de Johannesburgo, República Sudafricana. Más de metro noventa, cien kilos más o menos, raza negra, trabaja como instructor del gimnasio AMW. Allí duerme, así que si van ahora mismo, lo encuentran. Yo quiero pasar a Medicina Legal tan pronto sea posible. ¿entendiste?”

El policía duda.

“Owen… ¿qué?”

 Mira un video aquí.

Una hora después, en La Luna, el timbre suena y elga despierta. Está desnuda en la cama y Owen la abraza por la espalda. Quiere incorporarse, pero el peso del brazo no la deja.

“Tranquila”, le susurra.

“Pero quiero ver”, pide ella.

”Tranquila. Duerme. Carlos estar a cargo”.

Elga intenta serenarse y se acomoda otra vez. Hace mucho tiempo que no duerme de esa forma. Cierra los ojos y cree oír a lo lejos una motocicleta conforme recupera el sueño.

Mira otro video aquí. 

Poco antes de que ese miércoles amanezca, Christian llega a la sala de espera en Medicina Legal para tener un turno, y entre la gente sentada, reconoce a El Carnes. Se le aproxima.

“¿Te pegó Nava?”, le pregunta con sarcasmo.

El fortachón sonríe con pereza.

“Sí, me pateó atrás y el médico va a revisarme”.

“eso tengo que verlo”, sonríe el abogado.

Una de las puertas se abre, y una chica se pone a ver entre la gente como buscando a alguien. Christian lo advierte.

“Ahora vengo”.

Se pone de pie y disimuladamente se le acerca.

“¿Usted es el doctor Esteves?”

“Sí, el de las muestras de gasa”.

La chica tiene dificultad para articular y el muchacho comienza a alarmarse.

“Lo que sea que tenga, dímelo por favor: olvídate del protocolo”, susurra él.

“¿Está seguro que esa es la gasa con la que lo limpiaron?”

“Claro, estaba aún en la mesita de la enfermera. ¿Por qué?”

“Doctor… parece que le hubiesen curado alguna herida”.

“¿De qué habla?”

“No hay rastros de sangre”.

“¿Cómo que no hay rastros de sangre?”, comienza a indignarse Christian. “¿Y esa mancha roja qué es? ¿No es sangre?”

“Sí, es sangre… pero sangre de grado, doctor”.

“¡Qué estupidez dice!”, levanta la voz el muchacho.

La chica se molesta y le cierra la puerta en la nariz. Christian toca fuerte, pero nadie le abre. Un policía llega a pedirle que se retire a su sitio. La gente se lo queda mirando y accede.

“Necesito tu ayuda ahora, te pagaré muy bien”, le ofrece a El Carnes, una vez que vuelve a sentarse a su lado.

“Cuando pase mi turno… hablamos”.

“No… ahora, Carnes”.

El matón se inclina en su silla y se hace el somnoliento.

“Ahora no”, le responde.

Christian se molesta, se pone de pie y sale de ese lugar. 

La hermandad de la luna 10.8

Pero una decena de kilómetros más al oeste, la sesión sexual casi ha acabado entre el tablista y Christian, quien tiene las gruesas piernas levantadas y sostenidas en sus hombros mientras le meten y sacan el pene  como si quisieran acuchillar su interior a pesar que  ofreció un cuarto cómodo y hasta un aventón para satisfacer la excitación. El tablista eyacula profusamente dando un suspiro que nace desde el fondo de la calentura. El espacio entre cuatro paredes no se convirtió en un bosque exuberante, ni siquiera en una playa desierta, menos en la vieja acequia que corre a tres cuadras del edificio; tampoco se oyó más melodía que los resortes del colchón crujiendo debido a la intensidad con que el coito se produjo. El tablista saca su pene, se extrae el condón como quien le quita  la funda a una cimatarra (su miembro es curvo) y lo tira al suelo para tumbarse al costado de Christian, quien baja poco a poco las piernas.

“Rico anito tenías, huevón”, le dice el corredor de olas.

“Gracias”, responde el abogado por puro compromiso.

“Cuando te vi esa noche en el G4G todo calatito, dije: ¡carajo, me lo tengo que cachar!”

“Ni me lo recuerdes que no pienso aparecer por ahí nunca más”.

“¿qué trago probaste? ¿Sabías que se rumora que el tal Saúl le mete huevadas?”

“¿Qué tipo de huevadas?”

“Dicen, pero no me consta, que baja Sampedro de la sierra y la mezcla con los tragos, y, bueno, esa huevada te hace alucinar, porque tiene algo parecido al LSD”.

Christian, entonces, cree que su actuación más reciente podría estar justificada.

“¿Y tú no te has metido huevadas?”, le sonríe al tablista.

“Solo marimba, pero de ahí no paso y de vez en cuando. ¿Tú no has probado?”

“Coca alguna vez, pero le agarré miedito”.

“¿Cuando hacías porno?”

“¿Me has visto?”

“¿Por qué crees que te caché como te acabo de cachar? Y espero que no sea la última vez”.

“Espero que no”, miente Christian.

“Préstame tu baño pa’ ducharme al toque”.

“Sí, pasa; luego te voy a dejar a tu jato”.

El tablista se levanta de la cama y el abogado se queda allí pensando. Coge su celular y revisa novedades desde Santa Cruz. Ya no hay transmisión en vivo, pero sí fotos y el enlace de video. Puede ver a sus aún compañeros y al que considera uno de sus mejores amigos, o al menos uno de los más confiables, trabajando en una aparente alianza. Deja el celular sobre la mesa de noche y se levanta.

“Puta madre”, reniega al ver que el condón ha derramado su contenido sobre la alfombra celeste. Entonces siente otra vez algo fluído y tibio bajándole por los abductores.

“No otra vez”, se dice con temor.

Se pasa la mano y la retrae para mirarse: está manchada de rojo. Se angustia. Nuevamente, pierde el conocimiento. La alfombra amortigua la caída en cierto modo.

“¡Oe, pata, ¿pata?, ¿todo bien?”, le grita el tablista desde la ducha.

Mira un video aquí.

Poco antes de la medianoche, Juan, Alvin, Tito y Flor regresan a casa. Entran y hallan a Adán arreglando el reguero que habían dejado los policías.

“Me olvidé decirte que no acomodes nada”, se disculpa el fiscal.

“Ni modo; ya lo hice”, se resigna el cuerpo de luchador.

“¿qué hacemos si regresan?”, repasa Tito.

“Dejarlos entrar; pero, como ya saben que están asesorados, van a cuidar cada detalle”.

“Lástima por el doctor Leonardo; va a odiarnos”, observa Flor como si nada hubiese pasado esa noche.

“Le va a quedar tal trauma”, ríe Juan. “Lo hiciste perfecto; también eres una heroína”.

“Aprendí del mejor”, ella abraza el recio tronco de su padre.

“Luego hablaremos de tu desnudo artístico”, sonríe Tito.

“Aunque con los papeles que nos dio Edú… uffff… Cruz Dorada tiene sus días contados”, pronostica Juan.

“¿Tú crees?”, desconfía el gladiador.

El fiscal mira su reloj, saca su celular, busca algo y se lo entrega a Tito. Él mira la pantalla y mira a todos asombrado. Flor se lo quita y revisa el aparato.

“¿Cómo lo hicieron?”

“Tendrías que ser admirador de un comando de estirpe para entenderlo”, bromea el fiscal.

“Llevémonos a Owen ya”, aconseja Alvin.

“No será necesario”, advierte Adán. “Está en un lugar seguro”.

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