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lunes, 27 de febrero de 2023

Lucas: Un ron por ese chibolo

Soy Lucas, vivo en Piura,  y tengo 38 años. Mi obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?

 


Hace un tiempo yo chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su ano con mi semen.

 

No había momento en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo botar ese conchesumare.

 

Llegó el sábado. Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más placentera posible. Me fui bien animado a chambear.

 

A eso del mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como loco.

 

Salí de la chamba a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me para, lubrico como mierda.

 

Quedamos de vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento, estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí acabarme la chata e irme a joder a otra parte.

 

Ya estaba tomando el último vaso cuando él apareció.

“Disculpa, brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”

¿De qué vainas habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al palo, lubricando, especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo que le destacaba su culito bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.

“Practico fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.

Compré otro ron y comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se acabó la segunda chata, llegó la duda:

“¿Dónde la seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.

“Vamos a la disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio, no le dije eso.

“OK… vamos”, le dije.

 

La pasamos bien en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!

“¿La seguimos en otro lado?”, le consulté.

“¿Dónde?”

 

En veinte minutos ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la ropa.

 

Ya calatos, nos abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.

 

Acaricié su culo de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar seda sobre porcelana.

 

Mis labios dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la intimidad no me ponen nada.

 

Bajé a chuparle las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar toda mi boca caliente.

“Así, pata… la mamas bien rico”.

Succioné bien su pichula para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez. Volví a bajar a seguirle chupando su rico pene.

 

Solito se fue acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos. ¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos qué queríamos.

 

Separé sus nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito cerradito. En mi excitación, quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose. Decidí sopearlo más.

 

Me incorporé. Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.

 

Empecé a empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano iba a succionar mi falo arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué hermosa sensación bombear ese agujero!

¡así,papito”, susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.

Ese pedido con voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco. El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible. Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más rico que nunca antes nadie haya sentido.

 

Como me lo agarré piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.

 

En un momento que tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.

 

Estuvimos buen rato así hasta que…

“Ya las voy a dar”, le dije.

Él me sonrió.

“Quiero quitarme el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.

Volvió a sonreír y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.

 

Cuando sentí que ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene, se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca. Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del mundo.

 

Me incliné a besarlo en la boca nuevamente.

“La pasé de la puta madre”, le dije.

“Yo igual”, me respondió.

Para entonces, el efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.

 

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miércoles, 10 de agosto de 2022

Ser Rafael 1.4: Igual me lo caché a pelo


¡a la mierda! ¡Ya estábamos aquí! ¿Para nada?

Le escupí saliva y lo fui penetrando poco a poco. Me excitó más ver su cara tratando de contener el dolor.

Luego, Juan se acostó boca abajo, proyectó su trasero y dejó que se lo asaltara sin compasión. Todo el tiempo gemía, jadeaba y se quejaba virilmente. Jamás se afeminó, y puedo decir que eso me excitó más aún.

No recuerdo en qué momento acabé, pero sí estaba completamente sudado.

Prendimos la televisión.

“Eres un toro, mierda”, me dijo.

“¿Te gustó?”

“Me encantó”. Él sonreía de un modo empalagoso, como si huhbiera logrado un objetivo largamente esperado. Algo me decía que debía ponerme alerta, pero no hice caso.

Nos besamos de nuevo.

“Te mueves bien, también”, reconocí.

“Gracias… Y, ¿a qué te dedicas?”

“Chambeo en lo que salga”, le mentí.

“Yo trabajo viendo cuentas en un estudio”.

“Ah, chévere”.

“¿Vives cerca?”

“No. Lejos”, mentí otra vez.

“¿Si te haces tarde para regresar?”

“Me quedo acá”.

“¿Solo?”

“Si te vas, busco a otro pata”. Me reí pícaramente sin ánimo de ofender.

“entonces, me quedo todo el tiempo que sea necesario”.

“¿La piensas aguantar toda la noche?”, desafié.

“Comenzando ahora mismo”, me replicó, y volvió a besarme por todo el cuerpo. Y el ritual de sexo oral con posterior apareamiento se repitió otras dos veces más.

Cuando terminé por tercera vez, cerré los ojos con la intención de descansar unos diez minutos.

Cuando los abrí de nuevo, el cuerpo desnudo de Juan seguía a mi costado, profundamente dormido.

Volteé a ver mi reloj en la mesita de noche.

“¡Por la gran puta!”

Era las cuatro y media de la mañana. 

Ser Rafael 1.3: al telo con el chico del cine


La función apenas pasaba la hora cuando decidimos salir del cine y buscar un taxi, en el que todo el trayecto se hizo corto hablando de cosas que ya no recuerdo… fútbol quizás, como para no levantar la sospecha del conductor. ¡Qué estrategia para más tonta! Al conductor solo le interesaba que pagáramos la carrera. Era tácito que si nos llevaba a donde nos llevaba, en esas fachas, no era a meditar ni recitar mantras.

en cuestión de quince minutos, ambos estábamos metidos en la habitación de un hospedaje para parejas, el Dreams, al otro lado de la ciudad.

Recién pude observarlo: un poco más bajo que yo, delgado pero de tronco ejercitado (a juzgar por la camiseta entallada que vestía), buenas piernas (a juzgar por el jean entallado que vestía), cabello corto negro, ojos negros, trigueño quizás… el tono de piel era imposible determinar con ese fluorescente de baja potencia.

“Eres guapo”, me dijo con una sonrisa bonachona.

“Tú también”, devolví el cumplido.

Nos acercamos, nos abrazamos fuerte. Nos besamos… en la boca.

Poco a poco nos fuimos desnudando.

Conforme descubría su piel, entendía que no se trataba del típico pasivo que se empecina en guardar formas femeninas.

“¿Vas al gym?”, le pregunté susurrando entre dos besos franceses largos.

“Sí, a veces”.

“Parece que fueras todos los días”.

“¿Te gusta mi cuerpo, Paúl?”

“Me encanta, Juan. Me encanta”.

Volvimos a besarnos.

Ya desnudos, nos acostamos sobre la cama; mejor dicho, me acosté sobre él. No dejamos de acariciarnos con las manos y con la boca; aunque él fue más allá: usó la suya para acariciarme esa masculinidad, que a veces no se controlaba y que en dos ocasiones me hizo pasar momentos embarazosos en las duchas del gimnasio, debido a su tamaño.

“¡qué rico la chu…!” No pude terminar la frase. Su magistralidad me había dejado sin palabras.

Se acostó sobre mí. Me besó.

“No es grande, Paúl… es ¡enorme!”

Me sonreí.

“¿La quieres dentro?”

“¡Claro! ¿Tienes condones?”

“No. ¿Tú?”

“Tampoco”.

“Caballero, sexo light”, propuse.

Así que seguimos revolcándonos, presionando nuestros penes duros con fuerza, hasta que me quedé encima de él, me incorporé, le levanté y separé las piernas hasta ver aquel lugar donde pensaba hallar satisfacción. Estaba muy, muy excitado.

“¿En serio no tienes forros?”

“No, Paúl”.

Lo pensé dos segundos.

“¿estás sano?”

“¿SIDA? Nada. Estoy limpio… en todo el sentido de la palabra”.

Me tomé otro par de segundos. 

Ser Rafael 1.2: Su mano dentro de mi calzoncillo


“¿Vienes seguido?”.

“No. Una vez a las quinientas”. ¿Y tú?”

“Una vez al mes, o a los dos meses”, me dijo sin vacilar.

“O sea, medio caserito”, me sonreí en la oscuridad.

“Ni tanto”.

En la pantalla, T.T.Boyd probaba todas las poses que podía entre indistintos gemidos suyos y de la rubia, hasta que la acostó boca arriba, ubicó su falo sobre los enormes senos de la modelo, se masturbó y eyaculó fuerte y profusamente dando un rugido.

“¿Te estabas pajeando, no?”

La pregunta de Juan me sacó de cuadro, otra vez.

“¿Cómo?”

“Cuando vine del baño, me di cuenta que te estabas pajeando”.

Yo dudé qué decir. O sea, ni en mi casa había pasado por eso, y ahora tenía que rendir cuentas a un extraño, quien encima parecía tener ojos de gato.

“Como las huevas, Paúl… Todo el mundo aquí busca sexo”.

Traté de mirarlo en la oscuridad. Apenas distinguí un perfil, cabello corto, camiseta, jeans. Por el pasillo del fondo, sombras que pasaban y repasaban.

Me lo tomé con calma.

En el fondo, Juan tenía razón: todo el mundo que viene al cine triple X busca sexo. Quien no se está masturbando en las butacas, deja que lo masturben y hasta que le den sexo oral; en los baños, la gente practica el coito a vista y paciencia de quien sea. Con

suerte puedes unirte a la acción; o si no algo más conservador como mostrar tu pene erecto en el urinario a quien venga.

“Oye… Juan…. Tú… ¿también buscas sexo?”

“Sí”.

“¿Y qué… qué tipo de sexo?”

“sexo tranqui”.

“¿Tranqui?”

“Sí, tranqui. Lo normal”.

Regresé a ver la acción en la pantalla. Un pata con pinta de universitario musculoso besaba y desnudaba a una morena. Nuevamente, sentí cómo la sangre fluía a los cuerpos cavernosos de mi miembro.

La erección fue patente en menos de un minuto.

Suspiré un poco.

“¿Qué pasó”, me preguntó Juan.

“Nada. Creo que… se me paró”.

“Alucina”.

No transcurrieron ni diez segundos, cuando sentí que una mano subducía mi antebrazo. Recogí toda mi extremidad por detrás del asiento. Muy poco después, sentí unos dedos sobre mi muslo, hasta llegar a mi pubis. Los dedos se hicieron palma. La palma comenzó a masajearme la erección por encima del short. Respiré rítmicamente, como cuando alzas pesas en el gimnasio. La mano se deslizó hasta el elástico de mi short. Y lentamente se metió dentro de él. Fue cuando Juan me acarició el bulto duro sobre el calzoncillo. Otro minuto más, y por fin sentí la suave palma haciendo contacto directo con ‘mi amigo de toda la vida’, congestionado al máximo por la irrigación vascular.

“Parece grueso”, me dijo.

“Es grueso”, le respondí.

Lo miré. Pude percibir que me miró en la oscuridad.

No era ni las nueve de la noche.

    

Ser Rafael 1.1: Una noche en el cine XXX


Siempre admiré a T.T.Boyd: su cuerpo simétrico y con volumen, su rostro agradable, su actitud, y la manera cómo desplegaba sus sesiones de sexo explícito en la pantalla. Siempre que buscaba en la red, alquilaba videos porno o iba a la sala triple X de la ciudad, procuraba sus películas… bueno, videos.

en el ecran del espacio donde el noveinta y nuebe punto nueve por ciento de la concurrencia son varones, o al menos se visten como tales, el actor porno ejecutaba una de sus típicas escenas de penetración a una modelo rubia y de exagerada ninfomanía.

La imagen era muy opaca, lo suficiente para que sin vergüenza metiera la mano dentro de mi short, buscara la pretina de mi calzoncillo y me acomodara mi dura masculinidad que pugnaba por ganar espacio y longitud.

“¿está ocupado el asiento?”, dijo alguien de pie a mi derecha.

La aparición hizo que me quitara la mano de mis genitales tan rápido como pude.

“No. Está libre”, respondí.

La silueta se sentó.

Yo puse mis antebrazos en los respaldos de la butaca. Para nada perdí contacto visual con la acción en la pantalla.

“Recién comenzó?”, me dijo aquella persona . Era una voz varonil, no tan grave. Afable diría yo.

“No… La verdad no… Tendrá como diez minutos”, informé.

Aunque la presencia del chico no me incomodó, sí pensé que era inoportuna. Me había sentado en una de las esquinas posteriores de la platea, cerca de una columna, para que

nadie viera si acaso pretendía masturbarme. Y éste era uno de esos momentos cuando deseaba hacerlo.

Sí, suena raro.

Jamás me masturbaba en el baño de mi casa ni en mi cama. Siempre sentía el miedo que mi vieja o la empleada entraran y me sorprendieran. A mi vieja le habría dado un infarto, en primera por la escena, y en segunda porque la Naturaleza fue muy generosa con el tamaño de mi miembro.

Además, a propósito había ido al cine con la ropa del gimnasio, de donde venía, para evitar la incomodidad de bajarme la bragueta, desabotonarme, y buscar al ‘muchacho’ con el propósito de que tome aire.

La única vez que hice eso, casi lo magullé con la cremallera. Y, aunque iba a encontrar quién se preste solícito, o solícita (si era una loca), a ayudarme, iba a ser el señor papelón.

¿A qué hora se iría este pata del costado? ¡Quería masajeármelo!

Y pasó.

Como si el cielo me hubiera escuchado, el compañero de fila se levantó de su asiento.

Cuando me aseguré que no viniera, procedí a sacármelo y autocomplacerme. Total, aquí está oscuro y la única forma de detectar mi osadía era con un visor de infrarrojos, o cuando algún hijo de puta se le ocurriera encender un cigarro al costado. Obviamente, más que llenarse los pulmones de nicotina, la intención del tabacómano era ganarse con los rostros de la concurrencia. Quién sabe, a lo mejor algún parroquiano nuevo en la sala, o uno de ésos, como yo, que aparecían una vez a las quinientas.

me acomodé mejor en el asiento. Me relajé. Mi mano ya estaba haciendo su trabajo. Emitía pequeños jadeos, uno que otro suspiro.

Entonces, algo me sacó de cuadro.

Otra vez a mi derecha, alguien ocupaba el sitio.

Maldije para mis adentros, guardé a mi ‘compañero de toda la vida’, regresé a mi posición de concurrente ‘decente’.

“En Internet dice que ese huevón es medio latino”, me confió la voz de mi compañero de AL LADO. Era el mismo tipo de hacía unos minutos.

“Sí, ¿no?”, repliqué. Típica salida de quien te quiere decir ‘no me importa’ o ‘sigue la flecha’.

“Sí”, insistió otra vez. “Incluso dice que fue gimnasta”.

¿Gimnasta? ¡aguarda! ¿T.T.Boyd es gimnasta?

“O sea… ese huevón ¿es chato?”. Tenía que salir de dudas.

“Sí, creo que no pasa del metro setenta”, prosiguió.

¿Metro setenta? ¡La puta! Y yo que me quejaba de mi metro setenta y cinco.

“Además, dicen que la tele aumenta cinco kilos”, agregó.

¡Reputa! O sea, yo con cinco kilos, fácil que le hago la competencia en cuerpo… ¿cinco años entrenando todos los días (bueno, cinco días a la semana) por dos horas en el gimnasio!

“¿qué más sabes de T.T.Boyd?”, curioseé.

Sí, lo admito, esa conversación comenzaba a ponerse interesante.

“Pues… hizo cine gay hace poco”, me respondió.

“¿Cine gay? Me estás floreando”.

“¡nada! Entra a Internet, y descúbrelo tú mismo… por cierto, soy Juan”.

Sentí una palmadita en mi bíceps derecho.

“Yo, Ra… Ra… Ra… eh… Rato que no entro a Internet”. Alzé mi mano derecha y se la estreché.

“Mucho gusto”, me dijo. “¿Cómo te llamas?”

“Eh, Paúl. Sí, Paúl”.

“OK, Paúl”, repitió.

Era obvio que parecía un seudónimo fácil y manganzón. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

Lo que pesqué trotando calato en la playa

Mi meta era llegar hasta una chalana y regresar al toque a la jato que estaba alquilando, pero alguien me hizo cambiar de planes.


Mi nombre es Gonzalo y me encanta salir a correr un rato por el parque de mi barrio. Lo hago para relajarme y tener mi cuerpo en forma, especialmente mis piernas y mi culo. Trabajo como abogado y mi chamba es demasiado absorbente, llena de estrés.

Aprovechando el feriado largo, decidí desconectarme en una playa. Alquilé una jato a unos patas y me quedé allí.

Dormir calato y arrullado por las olas del mar norteño es lo máximo, ddespertarse con ellas es lo mismo. Me da la sensación de libertad y relax. Se los recomiendo.

Apenas despuntó el día, me levanté. Tenía mi pija bien al palo, pero aún así me asomé a la puerta para ver las olas romper. Considerando la temporada, suponía que nadie más caminaba o trotaba por esa arena. Así fue. El mar reventaba hermoso,la playa estaba desierta. Serían como las 6 y cuarto o por ahí cuando decidí algo inusual para cualquiera pero no para mí: trotar calato.

Qué sensación para más mostra sentir la arena bajo mis pies ejercitando mis piernas y mis nalgas mientras mi pinga, ya baja, saltaba de aquí para allá. Mi meta era llegar hasta unas lanchas o chalanas que estaban, a mi juicio, unos 200 o 300 metros más adelante, tocarlas, regresar, hacer una rutina de jercicios, bañarme y pasar el día rascándome las bolas.

Corrí así, calato, sin problemas hasta llegar a una de las chalanas. Cuando mi mano iba a tocar la punta de una de ellas, de la nada apareció un chibolo. Sus 25 años le calculé, cuerpo recio a pesar de que estaba bien abrigado con su gorrito, chompa, jean y botas de plástico. Ambos nos sorprendimos al vernos así. Mi vergüenza inicial cedió ante mi desinhibición.

“Buenos días”, le dije. “¿qué tal la pesca?”

“Más o menos, míster”, me respondió. “No tanta como quisiera pero ya la mandé al terminal pesquero”.

“Lástima”, le dije sonriendo. “Yo que quería comerme un pescadito para el desayuno”.

“Pero si quiere, puede meterse al mar”, me bromeó. “Tiene buena carnada si quiere pescar alguna otra cosa”, me señaló mi paquete con sus ojos.

Yo me miré mi verga. Comenzaba a ponerse dura.

“Ésta no es carnada”, le dije. “es mi anzuelo. ¿Qué pescado crees que me lo pueda picar?”.

“Suba, yo le enseño”, me invittó el chibolo.

Trepé la chalana (menos mal que no había gente en la playa si no iban a verme el agujero del culo mientras subía), y entré junto a él.

“¿Qué pescado crees que pueda picar mi anzuelo?”, le reiteré.

El pescador, sin más roche ni tiempo que perder, se arrodilló, se puso frente a mi ‘anzuelo’, lo acarició y lo terminó de poner duro.

“A lo mejor un hermoso pescadito norteño”, dijo. Y se zampó mi falo dentro de su boca. Me la comenzó a chupar mientras sus gruesas manos me acariciaban mi redondo culo.

“Mierda”, dije. “Sí que piqué una buena cachemita”.

El chibolo estuvo tragándose todo mi miembro por buen rato mientras se quedaba calato también. Y no me equivoqué respecto a su físico: cuerpo bien en forma no tanto por el gimnasio o el ejercicio físico, sino por la vida dura de la pesca en los fríos mares peruanos. Entonces, me la dejó de chupar y sacó un condón de su ropa, me lo ofreció.

“¿Sabes ensartar pescados?”

“No sé”, le dije. “Pero puedes enseñarme”.

El chibolo giró y me ofreció su lampiño y gordo culo. Ricas y duritas nalgas tenía. Me arrodillé. Me puse el forro y lentamente lo fui ensartando. ¡Vaya! Ese pescadito sí que fue fácil de enganchar.

Me lo caché rico por buen rato hasta que sentí que las iba a dar.

“Se me viene la leche de tigre”, le dije bien arrecho.

El patita se separó de mi ‘anzuelo’, se volteó, me sacó el condón, me pajeó fuerte y dejó que mi semen se disparara en su cara. Jadeé de placer, carajo.

El sol ya comenzaba a salir en esa playa solitaria.

“¿Quieres desayunar? Estoy solo en la jato que alquilé”.

“¿Te podré pescar yo?”, me dijo limpiándose mi esperma aún en su cara. “Tienes un rico culo”.

“Ya veremos”, le dije. “Si sabes sopearme bien, ya veremos”.

Como contagiado de mi desnudez, se puso de pie y bajamos así de la chalana.

El huevón tenía un buen ‘anzuelo’ entre sus piernas y me supo besar bien el ano, pero no me la supo clavar. Entonces lo volví a cachar.

En vez de desayunar, nos quedamos bien jato.

Hoy mientras escribía esto lo wasapeé. Le pregunté si le jodía que cuente esta historia.

“Si no dices quién soy ni dónde estoy, claro”.

Así que, así me pasó a mí. Y de algo estoy bien seguro: la próxima vez ya no tendré que ver en qué playa me quedo ni dónde puedo correr calato, ni tampoco a quién buscar. Ese hermoso ‘pescadito’ que supo atrapar mi garfio me esperan el próximo feriado largo.

Cuéntanos tu relato y mándanos tus fotos discretamente a hunks.piura@gmail.com (solo para adultos).

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sábado, 11 de junio de 2022

Proyecto Lujuria 9.1: evandro y Alejandro cachan rico en la ducha


A las seis y cuarto de la tarde, Alejandro entra en su dormitorio alquilado.

“Pasa”, invita.

Evandro ingresa tras él. La puerta se cierra.

“Todo está casi igual”, dice mientras gira su cabeza en ciento ochenta grados.

Alejandro deja las llaves en un enorme cenicero de vidrio con motivos turísticos de Montego Bay, Jamaica, un recuerdo de uno de sus viajes periodísticos que terminó siendo cuasiturístico, y que conserva sobre el archivador de metal; va a su cama y se comienza a desnudar:

“Me disculparás, pero ha sido un día pesado: necesito una ducha”.

“Yo también”, secunda Evandro sin ninguna intención. “Especialmente luego de lo que me contaste: ducha con masaje, de ser posible”

Alejandro ríe un poco:

“¿Recuerdas ese gym de mala muerte en Ventanilla”.

“La ducha no tenía lluvia, era un chorro”, sonríe Evandro. “Y en invierno era una tortura bañarse ahí”.

“Acá al menos tengo de esas termas brasileñas de resistencia”.

“Todas las termas tienen resistencia, Alejo”.

“No jodas con tus tecnicismos”.

El fotógrafo ya está calato con una toalla al hombro y camino al baño. Abre la cortina de la ducha, la cierra, abre la llave del agua, regula la palanca de temperatura y entra.

“¿Qué piensas hacer?”, pregunta alzando la voz un poco.

Nadie responde.

“¿Evandro?”, confirma el surfista. “Sigues ahí?”

Cuando está a punto de salir para ver si no se ha desvanecido en el aire o el suelo, casi se estrella con el actor, totalmente desnudo y con un paquetito plateado en su mano derecha:

“¿Podemos?”

Alejandro ssonríe. Ambos entran en la ducha.

Tras la cortina no hay diálogo, excepto el de dos cuerpos húmedos y cansados que comienzan a prodigarse caricias y besos. Hay jadeos, gemidos, hay lujuria al por mayor.

Evandro mete su pinga rrecta, gorda y babeante, pero protegida por un condón, en el ano de Alejandro. Gozan sin hacer tanto malabar, aunque el fotógrafo tiene un estilo muy peculiar de mover la cadera y masturbar el pene que sigue en sus entrañas hasta ordeñarlo todo.

Como cierre, Evandro coge el pene de Alejandro, lo soba fuerte aprovechando la lubricación del jabón hasta que la eyaculación se produce.

“¿qué harás ahora?”, pregunta Alejandro terminándose de vestir.

“Tengo que ingresar esos datos en el diagrama de flujo… las cosas no van a resultar como esperaba”, responde el actor también terminándose de poner la ropa.

“Oye, y perdona que me meta en esto, pero… ¿eres feliz con Laura?”

“Por favor, no me remuevas culpas, ¿quieres?”

“¿Y Osmar?”

“Ya veremos”. Evandro guiña un ojo.

Se acomoda la casaca y verifica que su cabello no esté húmedo aunque sí peinado con su raro copetito.

“Lo gracioso de todo esto”, reflexiona Alejandro, “es que acabamos de serles técnicamente infieles”.

“No jodas con tus tecnicismos”, sonríe Evandro.

Ambos terminan riendo. Un nuevo abrazo. Otro beso en la boca. ¿Es un nuevo adiós?

  

viernes, 10 de junio de 2022

La hermandad de la luna (epílogo)

En Fogatas, la playa por donde pasa la línea que permite dividir a la Tierra en dos mitades perfectamente iguales, un ansioso Ismael Nava se sienta en una mesa al interior de un restaurante de hamburguesas. Es mediodía, el tiempo está templado, y poco o nada le importa que donde él está sentado es invierno pero saliendo por la puerta principal, a unos diez metros de distancia, es verano. Chiquito se le aproxima y sienta al frente.

“Ya nos traen la orden, inge”.

“No me llames así, carajo”, regaña Nava en voz baja.

“Disculpe, don Mayo. ¿Cuándo tomaremos el vuelo?”

“Una semana todavía porque tienen que arreglarme lo de tu pasaporte: hacerte pasar por ciudadano de acá y sacarte papeles no se hace de un rato al otro como en Collique, pero Latinoamérica es Latinoamérica, donde sobornas a quien sea y… ya sabemos qué pasa”.

Chiquito sonríe.

“¿Y cuándo podré llamar a mi mujer y mi viejita, in… don Mayo?”

“Carajo, huevón, espera a que lleguemos a Londres y ahí nos organizamos. Le has dejado regular cantidad de plata a tu familia, así que no creo que la desaparezcan en una semana”.

De pronto, una hermosa joven vestida con breve blusa de tiritas, short y sandalias entra, observa a los lados y camina hasta sentarse en la misma mesa que los dos varones. Nava mira a Chiquito muy sorprendido; lo mismo el matón.

“Hola, caballeros”, dice con voz muy dulce y coqueta.

“Buenas tardes”, trata de ser cortés Nava. “Perdone, ¿nos conocemos?”

“No creo, pero… podríamos conocernos más”.

Nava y Chiquito vuelven a cruzar miradas. El segundo le mira los senos sin ningún disimulo pero no con afanes pecaminosos, mas bien de seguridad, detectando algún cable oculto, algo fuera de lo común.

“El reloj”, reacciona alarmándose, y levantándose de la mesa. “¡El reloj, inge!”

Todos en el restaurante voltean la cara.

“Siéntate, por favor”, advierte Nava en voz baja.

Chiquito reocupa su asiento con los ojos desorbitados, totalmente jadeante.

“Al grano, señorita”, el ingeniero se pone serio. “Su presencia nos está inquietando”.

La chica mete la mano a su bolsillo y saca un carnet con una foto.

“Prensa. Quiero que me cuente la historia de Cruz Dorada en el valle de Collique, del otro lado de la frontera”.

Chiquito se vuelve a levantar de golpe, tira la silla, se mete la mano a la cintura y saca una pistola: apunta a la chica. Nava se para con rapidez y lo encara.

“No seas imbécil”.

El matón mira con desesperación a la joven audaz y mira a Nava. Gimottea. Al instante, se lleva el cañón del arma a la boca. Los comensales gritan de espanto.

Un disparo se oye.

Todos salen despavoridos, entre ellos Nava, pero su carrera se acaba en la esquina de esa calle cuando alguien lo bloquea de un golpe y lo agarra del pecho.

“¿Pensó abandonarme, ingeniero?”

Ismael abre sus ojos y su boca: el Carnes lo tiene paralizado. A sus costados, la gente huye; la Policía está a punto de llegar.

Mira un video aquí.

Esa noche, el grandulón se cobra la victoria de una forma diferente, al menos nunca antes experimentada en toda su vida pero que nunca dejó de producirle curiosidad: con su no tan largo aunque sí grueso pene erecto metido dentro del ano de otro hombre que es la perfección física andando, o al menos la que él recientemente ha conocido. Cierra los ojos, trata de resistir pero no puede más: eyacula en el interior de ese otro varón.

“Perdona”.

“No hay problema; excelente siendo primera vez”, le dice el amante del momento, mientras su pene erecto pierde firmeza y descansa poco a poco sobre el bajo vientre del cuerpón.

“¿en serio te gustó?”, el Carnes le acaricia los bien formados glúteos, aún sobre su pubis.

“A mí sí”.

“¿Pensaste que no lo iba a lograr?”

“Yo no decir eso. Yo sentir cierta duda, entonces yo decidí reto”.

El Carnes sonríe.

“Ahora sabes que puedes confiar en mí, y tú sabes por qué debes creer en mí”.

“Sí, sí saberlo”.

“¿Y ahora qué, Owen?”

“Tú ser libre. La frontera estar a diez horas en auto. Mañana poder regresar”.

“Mi país ya no es mi casa; no tengo que hacer nada allí”.

“Entonces… mi casa ser tu casa, pero ser viaje muy largo”.

El Carnes palmea una de las nalgas.

“Será la primera vez en mi vida que un viaje tenga sentido para mí”.

Owen sonríe, se inclina y besa los labios del hombre.

“Entonces, ir a casa”.

Una alarma suena en el celular de El Carnes. Lo rescata de la mesa de noche al lado y lo revisa. Ríe.

“Ciento veinte me gusta”.

El Carnes deja el celular en la mesa otra vez, gira con Owen y se le acuesta encima. En la pantalla, brilla la foto de un iracundo Ismael Nava esposado a un poste de energía eléctrica en una calle de Fogatas con el texto: Welcome to the Middle of the World. #WhiteCross #endgame #moonbrotherhood 

viernes, 3 de junio de 2022

La hermandad de la luna 10.12

Esa noche, como a las diez y cuarto, Frank está acostado sobre la cama de Flor con las piernas levantadas hacia el aire disfrutando cómo la lengua de la chica le besa las velludas nalgas y luego va en busca de su ano. No solo jadea, gime. Alza los brazos, se frota la cara; a pesar de la oscuridad, cierra los ojos y se concentra en el intenso cosquilleo que se transmite por todo su organismo hasta que su mano no resiste la necesidad de tomar su pene erecto y sobarlo despacio. Entonces, siente algo entre blando y duro que toca su esfínter y lo masajea, carente de humedad y calidez.

“No me lo metas”, pide.

“Tranquilo, querido”, Flor le acerca su lengua otra vez.

Afuera, en el salón de máquinas, Adán y Pablo terminan de cuadrar las cuentas, casi sin hacer más comentarios.

“Será difícil reemplazar al negro”, al fin se anima a expresar el cuerpo de luchador.

Pablo lo mira y sonríe; le palmea el hombro izquierdo.

“Alégrate, enfócate en el alumno, dile que sí puede, felicítalo cuando termine la serie y la haya completado, ayúdalo a terminarla sin decirle que es débil, escúchalo… ese huevón hacía que todos nos sintamos como en casa, como patas de toda la vida, como que nuestros problemas no existían”.

Adán mira fijamente a Pablo.

“¿Qué dices?”

“Owen no era un instructor, Carrillo; era una filosofía de vida… Es, quiero decir”.

Adán sonríe, mira al salón lleno de máquinas, de espejos, de las tres fotos en la pared del fondo incluyendo la suya.

“¿Siempre pedirás tu baja, Chira?”

“Aún no lo sé. Me encanta la Policía, me encanta esta nota del gym; me encanta bailar… Creo que Frank es el único que tiene las cosas claras: me dijo que postulará a la universidad el año que viene y estudiará Administración, que ya habló en La Luna y le dijeron que sí, aunque también él tiene miedo por eso de La Estirpe. Me preguntó que se siente tener una pinga metida en el culo…”

“¿Qué le dijiste?”

“Que él debería experimentarlo por su cuenta, que yo puedo decirle muchas cosas, pero es mejor cuando uno explora sus propias sensaciones, como yo lo hice”.

“¿Cuántos años tienes, huevón?”

“Veinticinco, Carrillo”.

“Hablas como si tuvieras más”.

“Digamos que mi maestro del sexo homosexual tiene cincuenta años”

Ambos se ríen. Guardan todo e ingresan a la casa. Al entrar al pasillo, los gemidos de Frank y Flor se oyen claros. Los dos hombres se miran a los ojos, sonríen, apagan las luces y se meten al otro dormitorio, se despojan de sus ropas y suben a la cama entre besos, abrazos, caricias, placer.

En la pared del lado, Frank está acostado sobre Flor quien le hunde sus tobillos en medio de su trasero mientras éste mueve su cadera rítmicamente y con paciencia, procurando que su pene erecto estimule gentilmente todo el canal vaginal mientras sus labios, lengua y saliva dicen sin palabras que ése es el mejor momento del mundo que puede pasar y las manos no censuran ningún camino, lo mismo que sobre su cuerpo no hay ningún rincón prohibido.

Del otro lado, Adán descubre que Pablo tiene diecisiete centímetros deliciosos al paladar como centro de un cuerpo marcado y que no deja de agitarse tratando de envolverse en esa playa desierta que parece rodearlo poco a poco hasta que puede sentir la brisa y hasta escuchar el rumor del mar. Es cuando puede ver a Adán engullendo su pene entre sus nalgas; en compensación, él acaricia su atlético y lampiño cuerpo, le toma el miembro con ambas manos y se lo comienza a frotar. El sol brilla pero no achicharra; mas bien entibia el momento. Pablo cierra sus ojos sin dejar de sonreír. Siente cómo se libera del peso, y en medio de la oscuridad que lo envuelve otra vez, busca ese cuerpo firme para hacer exactamente lo mismo: no consigue salir del dormitorio, pero no se desespera; solo se deja llevar por el momento… un largo momento.

“¿Hay espacio para mí?”, pregunta Frank en voz baja mientras tantea la cama.

“Siempre hay sitio”, responde Adán.

Las manos del más joven tocan la cara de Pablo y le acerca la suya; lo besa en la boca mientras se arrodilla con cuidado. Adán entiende el mensaje, entiende por qué Frank le pone la entrepierna en su cara y comienza a chupársela, luego le practica un largo beso negro, mientras la mano traviesa del recién llegado explora el pene y debajo de los testículos de Pablo.

“¿No te duele?”, pregunta.

“¿Quieres probar?”, lo desafían.

Frank lo duda en ese momento. Tiene menos de dos semanas para la siguiente luna nueva. Es más que suficiente para tomar una decisión, piensa.

Mira un video aquí.

Dos noches después, el sábado, Juan lee por segunda vez el documento de cinco páginas que Tito logró recuperar de una notaría en Collique. Los dos están junto a Alvin, en uno de los cuartos de visitas de la casa grande, totalmente desnudos pero relajados. Tito coloca una mochila llena sobre una mesa.

“esto es sin dudas un adelanto de herencia”, dice el fiscal  a Tito. “El asunto es que…, bajo las circunstancias actuales, no sé cuánto valor llegará a tener; pero por ahora es perfectamente legal aunque discutiblemente aplicable”.

“¿Quieres decir que Elga repartió las propiedades?”

“No exactamente. Transfiere La Luna a propiedad de Charlie, Édgar y tú, pero siempre que se constituyan como una sociedad de responsabilidad limitada; y, bueno, ahora que sabemos la verdad del gimnasio y del club, pide que se les incorpore como unidades de negocio de la nueva empresa”.

“Podrían llamarla La Estirpe”, interviene Alvin.

“No aconsejo crear la nueva empresa porque todo está muy confuso aún en términos legales, quiero decir”, acota Juan.

“¿Como tu situación matrimonial?”, bromea el biólogo

Juan sonríe.

“eso sí lo tengo claro: el lunes iniciaré los trámites del divorcio… al demonio si Collique dice que soy un fiscal gay… No tiene sentido estar en algo que no te genera comodidad y va a ser un mal ejemplo a la larga para mis hijos”.

Alvin se incorpora y besa en la boca a Juan.

“Bienvenido”, le sonríe.

“Pero no entiendo por qué recién meten al AMW y al GGG o como se llame en el adelanto de herencia”, interrumpe Tito.

“Pues, lo único que se me ocurre es que ella quería dejarles a ustedes el pleito con Christian Esteves, en lugar de lidiarlo. Elga conoce mejor que nadie los negocios de Manolo Rodríguez, y ante todo lo que pasó, tenía una papa caliente encima: juego de lealtades, remordimiento de última hora. Una cosa es manejar a Elga, pero otra distinta es enfrentar a la Estirpe, a la que Christian había renunciado. ¿Divide y vencerás? ¡Nunca iba a funcionar con ustedes!”

“¿Christian quería matarme, Juan?”

“es una posibilidad, Joey”.

“El ADN de la ropa empapada en sangre coincide con las muestras que estaban en tu vereda”, agrega Alvin. “El tal Valdivia”.

“El plan era perfecto: amedrentamiento, y si no funcionaba, asesinato”, continúa Juan. “Pero es como si alguien les hubiese salado todo: el extraño colapso de los matones, la carpeta lila, hasta diría que la propia movida torpe del comisario, si fue él, al armar esa campaña contra Owen… es como si el plan hubiese estado hecho para ser un fracaso… bueno, estamos hablando de Christian, ¿no?”

Una luz llega a Tito cual ráfaga.

“Owen… Fue Owen… ¿Recuerdas lo que te contó Chira?”

“Primero lo sometería a un examen toxicológico y un peritaje psicológico”… no sé… esas supuestas visiones, esos cambios de conducta… los policías son sometidos a mucho maltrato durante su formación y no descarto falsos recuerdos por un síndrome de estrés postraumático”.

“¿Un qué?”, se extraña Tito.

“Una mente desconfigurada que no diferencia entre realidad y fantasía debido a un evento muy malo que le pasó”, intenta explicar Alvin.

“Pero él sabía toda la verdad todo este tiempo”, insiste Tito. “¿Tú crees que está loco?”

“Lo que nos regresa al inicio de esta discusión: legalmente, más que soluciones, ahora es cuando comenzarán nuevos líos, especialmente ahora que Cruz Dorada ha quedado como una enorme organización criminal que traficaba terrenos, compraba autoridades, medios, voluntades y hasta vidas”.

“Todo lo que Owen nos dijo que pasa en los países donde trabajan”, añade Tito.

“Si hay un modus operandi internacional, me parece que lo más inteligente será hacer el caso… internacional”, aconseja Juan. “No será el primer ni el último caso de corrupción transnacional, desgraciadamente”.

Tito saca algo de la mochila, lo extiende y se coloca una túnica de lana; alcanza otras dos y las deja sobre la cama.

“Es hora. Vamos”.

Los tres se ponen en marcha por en medio de la finca hasta llegar a la acequia y pasar al camino secreto, pero en lugar de ir a los algarrobos que rodean la laguna, suben la lomita. En la cumbre, Carlos y César están arrodillados frente a un fuego amarillo cuidando que no se apague. Tito, Juan y Alvin se hincan en silencio. Los cinco miran las flamas danzando en la fría noche, dejando escapar chispas, disfrutan la calidez y la luz.

“Og ya está listo”, advierte Tito. “¿Seguimos esperando?”

“No”, anuncia alguien a sus espaldas.

Carlos y Tito miran a donde sonó la voz y sonríen; Alvin queda boquiabierto, Juan trata de mantener la serenidad, César está tranquilo y satisfecho.

“Perdonen la demora””, dice el hombre de recio y armonioso cuerpo que, desnudo y erecto, se sienta al lado de Carlos y le quita la túnica dejándolo también desnudo mientras lo besa en la boca hasta que su pene se eleva y engrosa por completo.

“Prosigue”, le dice.

“Gracias, Manolo”, sonríe el capataz.

Entonces, las flamas amarillas del fuego se tornan rojas, y en el cielo, las nubes se despejan para que la última luna llena brille con fuerza. Sobre sus cabezas, un lucero verde se forma y comienza a revolotear en espiral. . Sobre la cima de la lomita, los cuatro hombres que restan se quitan las túnicas y comienza la ceremonia de iniciación que terminará casi con los rayos del nuevo día en una orgía que admite todas las combinaciones posibles.


  

viernes, 27 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.11

La carceleta del Poder Judicial en Collique no es tan fría como parece, ni tan lúgubre como la describen. Es mas bien un espacio tibio y silencioso. Tras las rejas del pequeño cubículo, Christian Esteves tiene un colchón sobre el que puede recostarse y descansar, aunque no quisiera porque la misma pesadilla se repite cada vez que cierra sus ojos. Un policía ingresa y hace sonar los fierros.

“Tienes visita, doctor”.

Elga lo espera en una salita blindada; carga una bolsa plástica como las de las tiendas por departamentos, y luce bien rellena.

“¿Cómo estás?”, lo saluda.

“Decidiendo si me declaro esquizofrénico, aunque ahora eso dejó de ser atenuante; pero al menos no me mandarán con la lacra”.

“¿Por qué declinaste tener un abogado?”

Christian sonríe:

“¿Y qué diablos soy yo? ¿¿Manolo Rodríguez no me pagó toda una carrera de Derecho para que la desperdicie pidiendo otro defensor? Lástima que usaré todo mi talento para defenderme de su propio fantasma”.

Elga entrega la bolsa:

“Hay una frazada, fruta y la gaseosa que tanto te gusta… la verde sin azúcar; me costó trabajo convencer al policía para dejarla pasar”.

El abogado se extraña.

“No recuerdo haberte dicho mi sabor favorito de gaseosa”.

Elga carraspea y se pone de pie:

“Vendré en la medida en que me dejen venir. ¿Quieres que contacte a tu familia?”

“No hace falta. Gracias… No estoy loco, elga… Todo lo que vi y sentí realmente ocurrió”.

La mujer se toma unos segundos.

“Lo sé, Chris… Te creo al cien por ciento”.

“¡No estoy loco, Elga!”

Ella está a punto de dar media vuelta cuando frena en seco:

“Quizás no tengas que pelear con el fantasma de Manolo”.

Christian se desconcierta.

“¿Qué carajos quieres decir?”

Segundos de silencio apenas interrumpidos por el ruido lejano de la calle…

“No hay tal fantasma, Chris”.

Elga sale y deja al joven totalmente solo y descompuesto. En poco tiempo, el policía a cargo lo regresa a su celda. Descubre el contenido de la bolsa y se concentra en la botella plástica que contiene la verde gaseosa: una seña gráfica que él conoce de más.

“¡¡Noooo!!”, se desespera y llora. “Maldito hijo de puta”, musita.

Mira un video aquí. 

A la mañana siguiente, un paquete de preservativos cae de una máquina dispensadora. Tito la recoge y examina con cuidado. Tras él, están los cubículos con los inodoros y los urinarios; junto a él, un espejo de pared a pared encima de dos lavabos. La luz de la mañana entra blanca por una pequeña ventana al costado de un extractor de aire. El gladiador mira su imagen reflejada: no pareces tener cuarenta y cinco años, se dice mentalmente. Entonces, la puerta se abre y un joven alto, guapo y esbelto ingresa.

“Me dijeron que estabas acá”, saluda Edú.

Tito le muestra el paquete de preservativos.

“¿Sigues jurando que tú no dejaste esto en el jardín de mi casa hace una semana?”

El recién llegado se pone serio.

“Chico, ¿me llamaste para esto? ¿En qué idioma te digo que no fui yo? Si supiera guaco, te lo diría en guaco, pero te lo repito en castellano: desde aquélla vez que me echaste como un perro del AMW, no he vuelto a pisar Santa Cruz”.

Tito baja la mano y guarda el paquetito en el bolsillo de su pantalón.

“No, no te llamé para eso. ¿Sabías que existía un acuerdo entre Manolo y Saúl respecto a este lugar?”

“¿Al baño?”, ironiza Edú.

El gladiador ríe despacio.

“No, a esto que llamó GGG, JaJeJí, o como mierda sea…”

“G4G, o yi for yi, un acrónimo que viene de Gentlemen For Gentlemen o Caballeros Para Caballeros, que, sospecho, fue acuñado por el mismo que bautizó a tu gimnasio como AMW, Ancient Moon Warriors, los Antiguos Guerreros de la Luna. Lo de La Luna es creación de Manolo, definitivamente, pero esa obsesión con el inglés, chico, es creación de Christian”.

“El acuerdo entre Manolo y Saúl”, prosigue Tito, “era que Saúl podía generar todo el dinero que quisiera, pero la quinta parte de todo lo que ganara iba a la cuenta de Manolo porque resulta que nunca renunció a la propiedad de ese lugar; simplemente la hizo franca, o algo por el estilo”.

“La hizo una franquicia: dejaba que un tercero opere el negocio con los valores de marca del suyo, por lo que tenía derecho a un porcentaje de las ganancias”.

“Claro, pero en papeles, Saúl era el propietario”.

“Por eso se llama franquicia, Tito”.

“Por eso te llamé, Edú… Creo que conoces de más lo que ha pasado con Saúl, cómo terminaron encontrando su cuerpo con un balazo en la cabeza en la casa de La Santita… Pero también conoces de administración: cuando tú tenías a cargo el gimnasio, levantamos clientela como mierda”.

“¿Quieres que asuma la franquicia del G4G?”

“No sé si tus papeles te lo permiten… Pero lo que sí puedes hacer es administrarlo porque al no existir quién asuma la propiedad, digamos que… ésta revierte a su dueño anterior, o algo así me explicaron”.

“¿Saúl no tiene herederos, acaso?”

“No tienen derecho a nada porque, al igual que yo, solo ponía su nombre para el papel, pero la propiedad siempre fue de Manolo”.

“¿Ambos son, o eran, testaferros?”

“Por eso Christian jodía a Saúl hasta que lo mató, o eso parecen indicar las pruebas, y parece que eso iba a pasar conmigo, pero… Owen nos salvó”.

“A ver, chico. Es mucha información. ¿Qué hacía exactamente Christian y… quién es ese Owen?”

“Al parecer, Christian extorsionaba a Saúl a espaldas de Manolo, y Saúl murió creyendo que todos habíamos violado el acuerdo de no joderlo. Conmigo, Christian no lo hizo porque sabía con quién se metía. Y Owen… Owen es una larga historia… ¿Te interesa el negocio?”

Edú se toma unos segundos.

“¿Podemos hablarlo fuera de aquí?”

Tito asiente:

“Vamos a la salita de reuniones porque es más cómodo… además, si llegamos a un acuerdo…”

“¿Qué pasará?”, se intriga edú.

“Tenemos condones”, sonríe Tito palmeándose el bolsillo derecho delantero de su jean.