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martes, 18 de octubre de 2022

el precio de Leandro 9.2: Orgía con el nuevo jefe


Media hora después, en su búngalo, entiende perfectamente lo que su compañero de cuarto trató de decir cuando ambos junto a la modelo se enredan como un torbellino sobre una de las camas, confundiendo las caricias y los besos en tres idiomas y un mismo gesto hasta que Gerson consigue acostarse encima de la chica, y Leandro se queda al costado de ambos.

“Acaríciame”, le dice el muchacho, y el futbolista comienza a pasearle su mano izquierda por la espalda hasta bajar a sus nalgas, en las que se solaza: “Sigue, Leandro, sigue”.

Súbitamente se escuchan golpes en la puerta. Leandro se asusta. ¿Estarán haciendo demasiada bulla y alguien los ha quejado?

“Abre a porta, ábrela”, pide Gerson.

Leandro baja de la cama, busca una toalla, trata de disimular su excitación y va.

“Hola muchacho”, le dice Alberto Madero quien llega junto al camarógrafo. “¿Podemos pasar?”

“Pe-pe-perdone, señor, no eera nuestra…”

Madero se adelanta a tres centímetros de la cara del muchacho y busca su oído:

“Venimos a la fiesta”.

Los gemidos de la modelo comienzan a llegar desde adentro, mientras los nuevos invitados entran a la salita y se despojan de sus ropas. El camarógrafo se asoma a la puerta del dormitorio:

“Fuck!”, exclama.

Madero abre otra botella de vodka, da un vaso plástico a Leandro y se sirve en el suyo propio.

“Beberemos esto porque ya sé que es lo único que los emborracha y no les crea panza”. Le da la botella al futbolista.

“Primera vez que lo pruebo”.

“¿Te gusta?”

“Fuerte, pero rico”.

Leandro mira hacia la puerta del dormitorio y el camarógrafo ya no está ahí.

“Déjalos”, dice Madero. “Solo sigue la regla: lo que pasa luego del trabajo, se olvida para siempre”.

“¿Incluso las gracias?”, sonríe Leandro.

“Bueno, hay excepciones”, Madero choca su vaso de plástico, también sonriendo, da un trago, mira fijamente al joven, acerca su cara, le da un beso en la boca, y es correspondido. A los gemidos de la modelo se unen los de uno de los varones en el dormitorio.

“voy gozar!”, exclama Gerson desde adentro; luego, un gruñido.

“Modero has vodka outside,” avisa el camarógrafo.

Leandro suelta los labios del director creativo cuando siente  un brazo tras su espalda y una cadera y un muslo rozando los suyos. Voltea y encuentra un rostro cansado pero satisfecho:

“Precisso vodka”, pide Gerson.

Madero busca la botella y otro vaso plástico. El modelo se sirve.

“Salud”, le dice Alberto.

Los tres jóvenes chocan sus vasos, dan un trago, comienzan a acariciarse e inician un nuevo trío. Ahora Leandro puede probar ese trasero que, si bien no es tan crecido como el suyo, sí está firme. Gerson lo disfruta. Madero también recorre la espalda del futbolista con sus labios hasta llegar al medio de sus glúteos; intenta llegar hasta ese punto clave, pero el movimiento febril de pelvis se lo hace complicado; entonces se arrodilla, y comienza a sobárselo.

“No lo metas”, le advierte el futbolista.

“Confía en mí”, pide Madero.

Leandro siente en pocos minutos unos chorros calientes en su espalda baja pero prefiere mantener la concentración.

“Fode meu cú”, le repite Gerson. “Fode meu cú”.

El futbolista trata de respirar hondo para alargar el momento mientras gotas de sudor recorren su cuerpo. Madero mira la acción bebiendo otro vaso con vodka. Identifica el gesto típico del orgasmo, nota cómo el muchacho se hiperventila, cómo cierra los ojos y arquea las cejas.

“Las voy a dar”, gruñe Leandro.

 


A la una de la mañana, el camarógrafo y la modelo duermen en la cama que ocupaba Gerson, mientras éste yace en la que ocupaba Leandro. El futbolista y Madero se acomodan en el rústico sofá de la sala. El vodka apenas si está un poquito por debajo de la mitad.

“¿Ya no quieres?”, consulta el director creativo.

“No, ya no”, responde el futbolista, ebrio pero consciente. “Mejor no duermo porque… perderemos el vuelo”.

Madero sonríe:

“¿Arreglaste tu maleta?”

“Aún no; lo haré de aquí”.

“Tienes rico culo y cachas como profesional”.

“Te vaciaste en mi espalda”.

“Era ahora o nunca”.

“Yo soy activo… Creo que el trago…”

“Olvídate de activo, pasivo, versátil. Ésas son huevadas, Leandro”.

“¿Tú qué eres?”

“Soy todos, soy ninguno… Soy lo que se dé”.

“Huevadas”, sonríe Leandro. “Tenía miedo que… me la metieras”.

“Ni loco. No tenía condones. Tú sí se la zampaste a Gerson a pelo”.

“Estoy sano”.

“¿Y Gerson?”

“Está sano”.

Madero mueve la cabeza:

“Tampoco te la iba a meter si no me lo autorizabas”.

“Tienes buen culo también”, sonríe Leandro.

“Troto, voy en bici. No lo hago frecuentemente pero apenas tengo un tiempo libre, aprovecho”.

“Y yo que pensé… que iba a estar tranquilo… Y míranos: sin ropa, chupando vodka, lejos de casa…”

“¿Te jode, Leandro?”

“No sé… Pensé que sería… diferente”.

“¿No lo es?”

“No lo sé… Estoy saliendo de algo jodido… Se supone que esto… debería ser mejor… O eso me dijo Roberth”.

“¿Algo jodido? ¿Con alguien?”

“¿Tú… sabes algo?”

“Lo que se rumora en la ciudad… ¿cierto que te lo cachas a Darío Echenique?”

Leandro hace un gesto de disgusto:

“No quiero hablar de él… No quiero hablar de él”.

“Tranquilo”.

“Solo quiero que me vaya mejor… de ahora en adelante”.

“Definitivamente será mejor… Ahora todo depende de cuánto quieras superarte”.

“¿Haciendo esto? ¿Tirando?”

“No, Leandro. El trabajo es una cosa, y ahí sí tenemos que ser profesionales. Esto no es parte del trato. Si se da, se da. Las caricias se venden por separado”.

“¿en serio no son parte del paquete?”

“No, no lo son… Aunque, ya que hablas de paquetes…”

Madero se reclina y coloca su cara en la entrepierna de Leandro. Quizás ésa era la respuesta que el muchacho no hallaba: las caricias se venden por separado. Nuevamente siente tibio y húmedo allí abajo.

 


Mientras todo el equipo espera la salida del avión a la gran ciudad, Leandro está sentado solo en la fila de asientos pegada a la pared. Del otro lado de la sala, Gerson y la modelo siguen conversando animadamente y haciendo intentos de arrumacos; el camarógrafo está viendo su celular dos filas más adelante. Obviamente con éste último no podía cruzar palabra por la diferencia de idiomas, pero en el caso de Gerson, desde que tomaron desayuno y dejaron el hotel, lo ha notado distante. O quizás está más concentrado en la rubia. De pronto, alguien toca su antebrazo.

“¿Nervioso por el viaje?”

Es el señor Madero.

“No, para nada”, responde Leandro.

“¿Por qué esa cara, entonces?”

“No sé si estuve a la altura de sus expectativas”, disimula el muchacho.

“¡Claro que sí!”, Madero le guiña un ojo.

Leandro sonríe e ilumina sus ojos caramelo:

“Me refería al comercial”.

El director creativo sonríe también:

“Solo he visto los previews de la filmación pero luces bien. Tienes futuro en modelaje, así que, cuando regresemos, vamos a tener una conversación sobre lo que vendrá. A eso me refería”.

“A mí me gustaría estudiar, señor Madero”.

“¡Eso es bueno! ¿Qué te atrae?”

“Me gusta este mundo de la publicidad, pero… no lo tengo claro aún”.

“Puedes estudiar Comunicación o la propia Publicidad”.

“Pero me refiero al manejo del negocio, la administración”.

“Entonces, deberías estudiar algo relacionado con Marketing y Administración de Empresas. Hay buenos lugares a los que puedes asistir”.

“Además, necesito aprender inglés. Me sentía perdido durante la filmación”.

Madero sonríe:

“Igual, hay cientos de institutos donde puedes aprender… ¿Administración dijiste?”

Leandro asiente con la cabeza. Madero pierde su mirada al frente, tuerce un poco la boca, y voltea a ver a Leandro con un brillo en los ojos:

“¿Sabes? La carrera de modelo es muy eventual, especialmente si estás comenzando: sesiones, hojas de vida, audiciones, contratos, pagos. Ufff. Si vas a estudiar, necesitas un empleo fijo”.

“¿Me está diciendo que abandone el modelaje?”

“No. Estoy diciendo que necesitas un empleo fijo”.

“No tengo ninguno”.

“Ya veremos”, sonríe Madero. “Ya veremos”.


  

lunes, 17 de octubre de 2022

El precio de Leandro 9.1: Comercial caliente en la playa


El equipo completo de Sparking Advertising, mejor dicho del anunciante que ha contratado a la agencia de publicidad, compuesto por casi dos docenas de personas, llega a Playa Norte alrededor de la una de la tarde del martes, justo a la hora del almuerzo. Leandro ya había salido en ocasiones anteriores de la gran ciudad, pero eso de ir a un balneario y alojarse en un búngalo es una experiencia absolutamente nueva. Le asignan como compañero a otro de los modelos, Gerson, un joven muy blanco, atlético, ojos verdes, cabello pelirrojo, un acento que lo había escuchado a algunos jugadores de fútbol.

“Eu sempre foi uma bestia para os esportes em equipe; a duras penas si pratiqei nata-nata-nata-ción”, le confía a Leandro mientras entran a la cabaña que será su hogar por un día y medio, una construcción con madera y palmeras, muy al estilo surfista.

“También nado pero como cardio, no a nivel competitivo”, señala el futbolista.

Ambos dejan sus equipajes, se rifan las camas y van a almorzar. El resto de la tarde todo el equipo  artístico y de producción se la pasa trabajando sus marcas, las coreografías, dispone la ubicación de los equipos, ajusta todo lo que haya que ajustar. El trabajo finaliza cuando el sol se oculta en el horizonte dando un espectáculo que parece incendiar el cielo.

“Si te vuelve a buscar, dile que yo lo llamaré para conversar cuando regrese”,  habla Leandro con su madre mediante el teléfono. Está desnudo sobre su cama. “Sí, má, todo aquí es hermoso y algún día te voy a traer para que conozcas”.

Gerson sale del baño tras ducharse, totalmente descubierto. Leandro aprecia el físico donde destaca un par de pectorales bien pronunciados y la ausencia de vello corporal, algo que le recuerda a Darío, aunque con más testosterona encima.

“¿Vamos cenar, Leo?”

“Claro”, le sonríe el futbolista. “Me visto y ya”.

“¿Con quién estás hijito, estás sin ropa otra vez?”, se alarma Adela a mil doscientos kilómetros de distancia.

“Tranquila, má; todo está bien. Te hablo más tarde”.

La producción cuida que la comida sea lo más ligera pero nutritiva posible. Las instrucciones del señor Madero son no aumentar un gramo más y tenerlo todo marcado para la jornada del miércoles.

“¿Cómo te sientes?”, se acerca a Leandro cuando acaba la reunión de esa noche.

“Bien chévere, gracias por la oportunidad”.

“Vete a dormir porque mañana será pesado”, instruye Madero.

Leandro mira el reloj: ni siquiera son las nueve. Mira alrededor y ve que solo queda el equipo de producción, la mayor parte hablando en un idioma que no entiende.

“Hasta mañana”, asiente el muchacho. Total, ¿para qué contradecir a tu jefe apenas entrando a un nuevo trabajo?

Al llegar al búngalo y entrar al cuarto, lo encuentra apenas iluminado por la lámpara de noche. Sobre su cama, Gerson, otra vez totalmente desnudo, lee un libro cuyo título parece estar escrito en castellano pero no es castellano. Leandro también se quita toda la ropa y se echa en su cama a ver sus redes sociales en el celular. ¿Será bueno compartir o no las fotografías que se tomó esa tarde teniendo en cuenta que Darío va a verlas? ¿Sería capaz de tomar un avión y llegar a hacerle otra escena muy a su estilo?

“Vocé gosta ísto?”

Leandro mira a su derecha: Gerson ha cerrado su libro y lo ha puesto sobre la mesa de noche, además ha girado hasta ponerse de lado.

“¿esto?”, el futbolista lo mira de pies a cabeza.

“A Praia, el hotel, as garotas… ¿cómo vocé dize em español?”

“¿Las chicas?”

“¡Isso! ¡Las chicas! Vocé será meu profesor de español”.

Leandro ríe, mira al techo:

“Todo es hermoso”, suspira. “Y por fin, lo conseguí yo” mismo.

“Ísso é bon”.

“Y claro que seré tu profesor de español, si me enseñas inglés”.

“É fácil… Por qué vocé dize que vocé consigueu tudo ísto por vocé mesmo?”

“Es una larga historia. Dependía mucho de alguien y me estaba absorbiendo prácticamente”.

“¿Um produtor?”

“Algo así”.

“Eu sé cómo é isso. Desde menino meu problema foi meu look. Muitas pessoas oferecéron-me riqueza, dinero, fama. Mais, o precio era alto. Nao aceité. Perdí muitas oportunidades. Nao me arrepento. Incluso, iba a representar meu país nas Olimpiadas, mais primeiro mina pica, logo o dinero”.

“¿Mina pica?”, no comprende Leandro.

Gerson sonríe y se toca su miembro, sacudiéndolo. Leandro celebra el gesto, mira al techo de nuevo. ¿qué trata de decirle su compañero de cuarto? Quizás es tiempo de hacer las cosas de otra forma, se repite mentalmente.

 


Cuando Leandro despierta, la claridad está en el momento que vira de celeste a blanco. Observa a su derecha. Gerson duerme plácidamente sin cobija que lo cubra. Su pica está rígida y lubricando; la suya también. Trata de levantarse con cuidado y se va al armario, Se agacha para buscar su ropa.

“Grande cú”, oye a sus espaldas y se asusta.

Gerson se ha despertado muy sonriente y parece no incomodarle ocultar nada. Leandro le sonríe también.

 


Ambos muchachos deciden correr a lo largo de la orilla del mar. El sol se comienza a levantar tiñendo el cielo en un degradado de ocre a celeste pálido. Cuando regresan al hotel, un par de técnicos están armando un riel sobre la arena.

 


Tras desayunar algo ligero, todo el equipo ya está en la playa a las ocho menos cuarto. La idea es aprovechar al máximo el día despejado. Maquillaje, rebotadores, cables, dummies, gente, movimiento. Para Leandro, todo parece un sueño. Se coloca en fila para la escena del baile, ensaya, coordina, da ideas, disfruta. A diez metros de él, tras todo el alboroto, Alberto Madero supervisa todas las operaciones; se acerca al camarógrafo:

“Is everything ready?”

“Absolutely”, le responde un hombre tras un armatoste negro cargado con una gran lente.

What about the new model?”

“The soccer player? Check him out by yourself.”

El camarógrafo se hace a un lado y Madero acerca su ojo al visor. Se felicita por la buena elección, que ahora luce una bermuda blanca de tela y conversa con una modelo en un vestido corto blanco y escotado además de ceñido. Más allá, Gerson hace buenas migas con otra de las modelos, una rubia de ojos azules, esculpida cual muñeca.

 


El equipo descansa solo media hora para almorzar. Algo ligero, por cierto. La filmación continúa hasta las cinco de la tarde cuando la luz solar comienza a declinar. Todo el equipo aplaude. Solo para no quedarse con las ganas, Leandro corre al búngalo y se pone su ropa de baño para probar un poquito de esa mar que, le habían contado, no es tan esmeralda ni tan densa como la del sur y tiende a ser algo más cálida; pero en esta época del año, cuando el invierno aún no acaba, ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

 


Esa noche, técnicos, productores y modelos confraternizan alrededor de una fogata. Leandro llega y se sienta en cualquier lado. Gerson está más allá coqueteando con la misma modelo, el resto de personal del otro lado hablando animadamente. Él solo se concentra en disfrutar el calor de la llama, la brisa fría y su buena suerte. “Fue mejor de lo que esperaba”, le había dicho a su madre solo minutos antes en el teléfono.

“¿Todo bien?”, alguien le topa el hombro.

El futbolista se asusta y se voltea. Sonríe.

“Sí, señor Madero; todo bien, gracias”.

“Regreso”, le dice su nuevo jefe, quien camina hasta donde está sentado el director hablando con el camarógrafo.

“Checking your soccer boy?”, le sonríe el hombre de unos cuarenta y cinco años, delgado, algo de barba, cabello medio canoso largo recogido en una especie de cola de caballo.

“Yeah”, confirma Madero.

“He’s really hot. What are your plans about him?”

“Rather, what are his plans about us”?, responde Madero mientras se abre una lata de cerveza.

“He got naked in front of you, didn’t he?”

“Yes. But he did it because he needed the job. He’s got a talent. Let’s see where he wants to reach with it”.

“A big talent, as I could see,” agrega el camarógrafo.

Leandro siente que se aburre soberanamente y se sacude las manos dispuesto a regresar al búngalo. El vuelo está previsto para las nueve de la mañana y tiene que ordenar su equipaje aún. Cuando está a punto de levantarse, Gerson llega con la modelo rubia.

“Olá, cara. Afligido?”

 “No, cansado. Hemos trabajado todo el día”.

Gerson resopla.

“He was great,” comenta la modelo.

Leandro no tiene ni la más remota idea de lo que ella dijo.

“Yes, he was,” contesta Gerson. “Ela dice que vocé istuvo genial”.

“¿en serio? Ella también”.

“He says you too,” traduce Gerson.

“Oh! Thank you Laondro.”

“¿Cómo se dice “de nada” en inglés?”, le consulta a Gerson.

“Welcome”, le responde el otro modelo.

Los tres se sientan y comparten un vodka que ya tenían provisto. Del otro lado de la fogata, Madero mira con interés a esos jóvenes mientras prueba su cerveza. De pronto, su mirada y la de Gerson conectan. Le hace un gesto levantando las cejas y el número tres con los dedos, de forma algo disimulada. El modelo le sonríe y le guiña el ojo izquierdo. Madero habla algo al oído con el camarógrafo, entonces.

“A-re-na”, vocaliza Leandro a la modelo.

“Are-nah”, responde ella.

“¡Sí! ¡Arena!”, sonríe el muchacho.

“Yes, amigo!,” ella choca los cinco con el futvbolista.

“Would you like to spend here for a wile?,” Gerson le consulta a ella.

“Yes, for a while, why?”

We can go for something more private. Would you like to go?”

“What about Laondro?”

“Let me see. Leandro, ¿vocé gostaría assistir a uma festa mais privada?”

“¿Con quiénes? ¿Dónde? No tengo ropa para la fiesta”.

“Vocé nao precisará de ropa”.

Leandro mira sorprendido a Gerson, quien le guiña el ojo izquierdo.

  

viernes, 26 de noviembre de 2021

Proyecto Lujuria 1.1: Casting en la ducha


En el baño, César  resiste un poco más la sensación de usar el retrete para orinar. Delante suyo hay un trípode pequeño sobre la que está engarzada una cámara pequeña de televisión.

“Ya estoy listo”, dice por el intercomunicador sujeto a su cabeza.

“Dame un segundo”, le responde Escalante en su oreja. “Estoy tomando datos”.

César sabe que llenar la ficha tomará unos minutos más, así que aprovecha, avanza con cuidado de no tumbar el trípode, se baja la cremallera, saca su trigueña picha, apunta y dispara. ¡Qué alivio! Entonces, la puerta se abre y César se asusta.

Un joven alto, atlético sin ser tan musculado, guapo, cabello negro lacio con un raro ensortijado como copete, ojos marrón claro, pectorales, axilas y abdomen sin un solo pelo, todo en un tono blanco pálido lo mira a los ojos primero y luego mira su miembro en plena micción.

“Disculpa, pensé…”, le dice con un acento caribeño.

César no puede articular palabra.

“el modelo ya está contigo”, le avisan por el auricular.

César termina de orinar, carraspea.

El chico se saca la toalla, la cuelga y se mete a la ducha que en lugar de cortina tiene una mampara transparente.

A su vista queda un culo redondo, como si debajo de la piel se hubieran inflado un par de globos que están a punto de reventar, unas piernas mejor formadas que las de futbolista, lampiñas, y al girar un poco, el pene dormido sobre un par de grandes testículos.

César, avergonzado, sacude su picha y la mete de inmediato, casi choca con el lavabo.

“¿Ya estás listo?”, le insisten por el intercomunicador.

“Sí, dame un toque”, responde el camarógrafo mientras se lava y seca las manos y las lleva a la cámara. “¿Cuál es tu nombre?”, le pregunta al fin al chico desnudo bajo la ducha aún sin abrir.

“Osmar… Osmar Rivero”.

“Soy… César… ¿ya te dijo Escalante en qué consiste la escena?”

“Sí”, sonríe Osmar.

“Espera mi señal”.

César enfoca la cámara, hace un acercamiento a los abdominales de tabla de lavar en medio de una delgadísima cintura y luego mueve el anillo de zoom hasta tener un plano general del modelo.

“Listo”, dice por el intercomunicador.

“Dale acción”, le confirma Escalante.

César levanta la mano y hace cuenta regresiva con sus dedos. Al formar puño la baja y pone el ojo al visor de la cámara.

Osmar abre la ducha y deja que el agua moje todo su cuerpo, menos la cara y el cabello; toma la pastilla de jabón que ya estaba allí, recién abierta, y comienza a pasárselo suavemente, mirando sensualmente a la cámara, por sus pectorales, sus abdominales, sus axilas levantando los brazos y a lo largo de éstos, una de sus nalgas y a lo largo de su enorme muslo. Y su rostro con esa expresión de quien disfruta como ningún otro momento del día ese tiempo que uno le dedica a la higiene personal.

Luego, Osmar se pone de espaldas a César y se unta los dos grandes glúteos, en medio de ellos, voltea al otro costado y repite la operación del inicio. A continuación, se pone en frontal y asea sus genitales brevemente, siempre sonriendo a la cámara. Abre la llave de la ducha de nuevo, se enjuaga por completo con la misma sensualidad como se enjabonó todo el cuerpo, se seca y sale.

“¿qué tal lo hice?”, pregunta.

“ehhh… bien… creo”.

El camarógrafo sonríe mientras dentro de su cremallera, su picha está como roca y su calzoncillo mojadito de líquido preseminal.

Cuando Osmar regresa a la habitación contigua, que en realidad es un dormitorio matrimonial y busca su ropa para vestirse, Escalante está revisando unos apuntes en su tableta. Voltea a ver al modelo.

“¿Cómo te sentiste?”

“Bien. Ya te dije que el desnudo es natural para mí”.

Escalante sonríe.

“De todos modos, espera mi llamada, solo mi llamada, y si eres seleccionado, negociamos… ¿me dijiste que tienes tu permiso temporal en regla, no?”

“expira en dos meses, pero sí”.

“Listo”, vuelve a sonreír Escalante, un hombre de rostro agradable ya en sus cuarenta.

Osmar se termina de poner la ropa, se arregla la bufanda, agradece y se despide. Escalante lo acompaña hasta la puerta y la cierra, luego camina al baño.

En la ducha, ahora es César quien se refresca: cuerpo más o menos trabajado, lampiño, rico culo, verga semierecta bajo un vello púbico algo crecido.

“A ti no te haré casting”, sonríe Escalante.

“Ese venezolano que entró último me puso a mil, huevón”, confiesa el camarógrafo.

“¿Y a mí qué crees?”

Escalante se desnuda por completo, tira su ropa a la alfombra del dormitorio y se mete a la ducha con su compañero.

“Yo me inclino por el venezolano”, dice César cogiendo la cintura del otro hombre, delgado formado, blanco, lampiño, vello púbico recortado, a quien se aproxima y da un beso en la boca.

“Yo también”, dice Escalante. “Pero veamos qué dice el cliente”.

“Tengo ganas de ccacharte”.

“Vamos a la cama”.

Escalante se arrodilla, toma la picha de César y la mama con fruición hasta ponerla completamente dura mientras sus manos se afirman en las dos redondas nalgas de su compañero, luego se unta jabón en todo el ojo del culo, coge el cipote del camarógrafo y se lo mete como si nada. César jadea.

“qué rico tu ano calentito”.

“Dame pinga”, ruega el director de talento.

César logra meter sus diecisiete centímetros y bombea como condenado. Al mismo tiempo, Escalante masajea sus dieciocho centímetros que ya se pusieron duros. César no resiste más y dispara toda su leche dentro del recto de su jefe mientras éste dispara la suya  en la blanca mayólica de la ducha. César siente cómo el esfínter anal estrangula su aún dura picha.

“Rico”, suspira. “Mejor que mi mujer”.