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miércoles, 7 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.3:: Pensé que lo conocía


Minutos después, en una clínica del centro en la gran ciudad, Baldo Pérez se sienta al costado de Adela Barrios.

“Té verde para ti, café negro para mí”.

Adela sonríe levemente y agradece; bebe un poco:

“No sé cómo agradecerte que nos hayas ayudado a esta hora. No sabía a quién recurrir”.

“Descuida. Me he ausentado tanto tiempo que… bueno, quiero recuperar el tiempo que perdí”.

“Parece que Leo te perdonó”.

“¿Y tú, Adela?”

“Hace tiempo te perdoné. En realidad, si hay una responsabilidad, es de ambos”.

“Tienes razón. Y si no me hubiese comportado como el cobarde que fui, creo que nada de esto hubiese ocurrido”.

“Pensaba que conocía a mi hijo, pero…” Adela suspira y una lágrima aparece en sus ojos.

Baldo pone su brazo izquierdo sobre los hombros de Adela:

“Leandro no es un mal chico; simplemente, trató de responder a la adversidad con la primera herramienta que tuvo a mano: su apariencia. Pero fíjate que en todo momento, lo hizo para darte una mejor vida. Ése no era su trabajo sino el mío”.

“¿En qué nos equivocamos, Baldo?”

“En muchas cosas, Adela; pero quizás la más importante: jugar según las reglas. Yo debí respetarte esa noche”.

“Y yo debí negarme”.

“Como dices, la responsabilidad es compartida”.

“Leo también debió jugar según las reglas, Baldo; aunque también tengo culpa en esto: tanto que empujaba a Cintia y a él mismo a algo sobre lo que ninguno de los dos estaba seguro. Me preocupaba lo que había descubierto sobre Leo, y nunca tuve el valor de conversarlo como madre e hijo”.

“Leo ya es mayor de edad; tiene que aprender a responsabilizarse por su vida y sus acciones. Tú y yo podemos opinar, aconsejarlo, pero sus decisiones son suyas”.

“Pero, mi deber como madre…”

“Ya, Adela, deja de culparte. Al menos tomó la precaución de asegurarlas. Este lugar no es barato. De veras, estoy terminando unos trámites en la Corporación, y tendrán un seguro extra”.

Adela toma otro sorbo de té:

“¿Cómo te va en la presidencia?”

“Administrador judicial, mas bien. Logramos contener la fuga de inversionistas y proveedores. Ahora tenemos que recuperar la confianza de todo el mundo. Yo pensaba ya no regresar a ese edificio, lanzar mi carrera al Congreso; todo tendrá que esperar cinco años más”.

Una mujer en ropa verde clara se les acerca.

“Adela, señor Pérez, buenas noches, mejor dicho buenos días”.

“¿Cómo está Cintia, doctora Barreto?”

“Todo en orden. Solo fue una descompensación. Un poco de suero con vitaminas, descanso y listo. Que se quede en observación el resto del día de hoy, que pase la noche aquí, y el lunes le damos de alta durante la mañana”.

“¿Y el bebé, doctora?”, pregunta Baldo.

“Sin novedad. Para sus cinco meses de gestación, creciendo fuerte… y esperemos que sin problemas. Si Cintia toma su tratamiento, no tiene por qué haber complicaciones cuando nazca. Y… ¿cómo está Leo?”

Adela suspira. Su vaso de té está medio lleno, medio vacío.

 


Justo en ese momento, un hombre cuarentón se satisface por segunda vez. Descansa un poco sobre el cuerpo del muchacho cuyo trasero ha disfrutado esa madrugada.

“Qué rica perra eres, gringo”.

“Qué bueno te haya gustado”, le dice el joven totalmente desganado. “Ahora déjame dormir”.

El hombre gira, se quita el preservativo y lo lanza hacia un rincón, se acomoda al lado del chico, quien gira hasta ponerse de costado. Medio metro más allá descansan otros dos varones. Uno ronca como motor diésel con el escape roto. El chico ya se está acostumbrando a tanta bulla. Se acomoda su ropa interior y trata de dormir. Está resignado; es el precio que deberá pagar para sobrevivir en la prisión. Quién sabe si vuelva a dormir cómodamente alguna vez en el dormitorio de su penthouse. Por ahora, un novio y una novia sin planes para casarse viven allí montando esporádicas reuniones swinger, a la vez que administran la Torre Echenique.

 

[FIN] 

martes, 6 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.2: No fueron negocios limpios


A ciento cincuenta metros de ahí, en el estacionamiento subterráneo de la Corporación, el auto de Baldo Pérez toma su lugar. El abogado baja, mira a los cuatro lados y va a la cajuela trasera; la abre y sale Darío sobándose la cintura.

“Ya no hagas tonterías, hijo”.

“Tranquilo, doc. Quizás sea la última”.

El supermodelo llama el ascensor y espera pacientemente llegar al quinto piso. Cuando la puerta al fin se abre al término de la subida, una de las secretarias lo reconoce y recibe. Al muchacho no le gusta el semblante de la empleada.

“Su padre lo está esperando, joven”, le anuncia con voz temblorosa a la vez que le abre la puerta de Presidencia, un amplio despacho alfombrado, vista a la calle, paredes enchapadas en fino roble, aire acondicionado, una artística mesa de madera, sillas con forro de terciopelo, cuadros, fotos, medallas, plantas y, al fondo, el escritorio de José Miguel Echenique, el heredero de un imperio que incluye bienes raíces, participación en banca y algunos medios de comunicación, dos minas de oro, una de cobre, nuevas tecnologías, administración de dos puertos de gran calado y tres aeropuertos domésticos, y quizás la franquicia estrella de todo el conglomerado, el cuarenta y dos por ciento de participación en National Retailers, la razón social detrás de Lawrence’s. Tras el escritorio y delante de las fotografías de su padre y su abuelo, los fundadores de la pequeña empresa que comenzó exportando artesanía de madera, el padre de Darío lo espera con una mirada tensa y serena. El supermodelo se da cuenta, conforme se acerca, que en la mesa hay una laptop cerrada, dos celulares y unas carpetas cuyo color le es familiar. Comienza a sudar frío.

“Papá”, al fin se anima a hablar.

“Hijo”, se quiebra José Miguel.

Darío mira mejor la laptop, las carpetas y los celulares, y ahora no tiene duda. Se abre una puerta lateral, y entra Mauricio, apuntando a José Miguel con la misma pistola que el menor de los Echenique guardaba en el penthouse, el mismo arma con el que disparó a Rico, la misma con la que creyó haberse desecho de su amante más reciente la noche anterior.

“¿Quién te dijo que el glutamato monosódico es efervescente, querido Darío?”, ironiza el pistolero.

“No entiendo lo que dices”.

“Pretendiste dormirme para asesinarme como lo hiciste con ese migrante de mierda, pero nunca te diste cuenta que los sobres que habías comprado cuando huíamos a la finca, de pronto se convirtieron en bicarbonato de sodio”.

Darío no tiene tiempo para pensar en qué momento se hizo el cambiazo.

“Señor Estrada, diga de una vez qué pide y terminemos con esto”, demanda José Miguel.

“Soy cómplice de asesinato por seguir las locuras de su hijo. ¿Diez mil a mi cuenta ahora mismo y otros diez mil todos los meses durante diez años, Echenique; yo me iré lejísimos, y me olvidaré que ustedes existen”.

“eso es sencillo y lo aceptaré si deja de apuntarme y me asegura que estos documentos no han sido copiados”, trata de ser estoico el empresario.

“Apenas salga del país le envío las copias, pero antes, deshágase de la Policía”.

“No la llamó mi papá”, interviene Darío. “La llamé yo porque voy a entregarme”.

“¿Cómo dices, imbécil?”, reacciona Mauricio, y gira disparando.

Darío cae al suelo y se queda inmóvil sumido en llanto.

De pronto, una puerta se abre de golpe, y cuando Mauricio reacciona… se oye otro disparo.

 

Una ambulancia llega al edificio de la Corporación. Leandro y Elías se miran desesperados. Ambos están detenidos en el auto patrullero a la entrada de la propiedad. Los dos policías que los intervinieron se montan en los asientos delanteros y dan arranque. Leandro logra ver tras el cristal trasero que otros autos patrulleros se acercan al edificio corporativo. Gira la cabeza otra vez.

“Perdóname por meterte en esto”, le dice a Elías en voz baja.

“No es tu culpa, no es mi culpa; somos… un efecto colateral”.

El auto continúa abriéndose paso por la avenida hasta llegar a la comisaría del distrito.

 

“¿Tú crees que los negocios de los Echenique han sido limpios como dice su sitio web? ¡Por favor! Hay que ser muy ingenuo. Por debajo de toda esa lista, lo que nunca dijeron al público y ahora están comenzando a cantar en el tribunal es que traficaban con terrenos y propiedades. Fraguaban títulos, subvaluaban compras, estafaban gente, revendían mediante testaferros, compraban silencios con casas y departamentos. ¿Quién te regala una torre de diez pisos, casi a todo lujo, como adelanto de herencia?”

Es la fiesta que marca el fin de un nuevo verano y la mezcla de muchas músicas es el telón de la noche fresca a orillas del mar. Alberto Madero bebe su segundo escocés metido en la piscina en la naked party organizada por UnderMale, una marca de ropa interior masculina que está introuduciéndose en mercado nacional.

“Por qué no lo denunciaste antes?”, pregunta Leandro a su lado y también sumergido en el agua.

“Obviamente, porque me faltaban los documentos; lástima que en el proceso, perdimos a Pepe”.

“Perdimos suena a manada; lo que no me pareció es que desaparecieras por una semana”.

“Ay, Leo Leandro, ¿ibas a esperar que me salga la detención provisional para recién levantar vuelo? Menos mal que el finado tuvo la precaución de pasarme las fotos de todos los papeles, y últimamente el Ministerio Público solo se mueve si la prensa presiona”.

“Pero, el celular de Rico te incrimina”, le observa el futbolista.

“A lo más me darán suspendida con reglas de conducta; lo que me preocupa es lo que va a pedirme la mujer en la demanda de divorcio, especialmente ahora que conocemos lo que conocemos”.

“¿Sabes? Extraño a Rico y extraño a Roberth. A los dos por igual”.

Madero abraza a Leandro , le toma la mejilla con la otra mano y le da un beso leve en la boca.

“También los extraño, Leo Leandro. Desde el lunes vamos a reorganizar Tirador Films. No he creado una marca para que esté como un peso muerto. ¿Te sientes listo?”

“Uff, Beto, me jode no ser parte de la temporada del San Lázaro, pero espero que lo otro me compense”.

“Ya escuchaste lo que dijo el médico: actividad física sí, esfuerzo extenuante no. Una vez que Sparking cierre trato con el laboratorio, vamos a darle PREP a todo el talento. Grabamos la primera película y de inmediato comenzamos con tu tratamiento”.

Alguien se les acerca nadando cual delfín, y justo cuando va a alcanzarlos, se sumerge.

“Guau, qué rico se siente esa boca bajo el agua”, comenta Alberto excitado.

“La chupa bien este conchesumadre”, suscribe Leandro.

Entonces, el chico, de hermoso cuerpo, emerge frente a ellos y los abraza de la cintura.

“Um cara no outro lado quer foder comeu e Leandjo”.

“¿Le dijiste cuánto es, Gerson?”

“Sí, ele aceitó. ¿Vao Leo?”

“¿Quiere completo o cómo?”

“Seiscentos p’ra os dois”.

“No lo hagamos esperar, entonces. ¿Quién tiene las llaves del cuarto, Beto?”

“El bartender. Por cierto, a él debes pedirle los condones. ¡Ah! Dile que se quede… Tienen que ver ese par de… ufff, ya las verán”.

Leandro y Gerson sonríen y van nadando hasta el otro lado de la piscina.

  

lunes, 5 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.1: ¿Por qué la rivalidad?


”Yo trabajé con Alberto Madero desde hace diez años después que hice mis prácticas en la Corporación Echenique. Había ido a recoger un certificado cuando me reencontré con él en las mismas oficinas. Beto buscaba la forma de conseguir esa cuenta publicitaria, pero no sé por qué se la negaban”.

“¿Cómo que te reencontraste con él en la oficina, Elías?”

“Cuando yo entré a la universidad, Darío, él ya estaba en cuarto año. Nos conocimos en una fiesta. Justo él acababa de tener a su hija. Terminamos tirando esa madrugada, y así fue hasta que egresó al año siguiente. Le había perdido el rastro hasta ese día en la Corporación”. Tú acababas de entrar a quinto de secundaria”.

“Sí me acuerdo. Tiré contigo ese día que te invité a la casa de playa”.

“El reencuentro fue después que eso, Darío. El hecho es que Beto había fundado Sparking con otros dos amigos, uno de ellos Roberth Peña”.

“¿Desde entonces comenzó la rivalidad entre Darío y Beto?”

“No creo, Leandro. Creo que fue cuando hicimos la campaña de Lawrence’s hace tres años. Yo era asistente administrativo de la agencia, y en los ratos libres veníamos al dos cero uno, en este mismo condominio, a… bueno, ya sabes”.

Lawrence’s ya me tenía contratado como imagen de la línea juvenil de ropa. Bueno, lo… era desde hace cinco años”, acota el supermodelo.

“Para entonces, Darío quería meter a un chico en la sesión, pero Beto no quiso porque… es negro, bueno, moreno, mulato, no sé… Beto siempre fue un poco racista”.

“Sí: Pepe”, suspira Darío. “Esta mañana que logré llegar a la Torre…”. Comienza a llorar, y Leandro lo conforta.

“¿Quieres seguir con esto, Darío?”

“quiero llegar a la Corporación, donde papá”, solloza Darío. “Es mi único lugar seguro ahora”.

Leandro lo suelta, se escabulle del cuarto de servicio situado en la azotea del Condominio donde los tres muchachos se han refugiado para escapar a las cámaras de seguridad de los pisos inferiores,  y casi repta hasta ganar el borde del techo. Se asoma con muchísimo sigilo y mira a ambos lados de la calle, así como una bocacalle que lleva a una autopista cercana.

“¿Por qué desapareciste, Elías?”

“Porque no quería ser trofeo ni tuyo ni de Beto; y si ya me había despedido, ¿qué sentido tenía quedarme? Primero estaba yo, mi dignidad”.

“¿Por qué reapareciste ahora, entonces?”

“Cuando me enteré sobre el asesinato de Roberth, sabía que esto se iba a complicar; el caso es que no sabía a quién acercarme, así que pensé en Leandro, pero antes comencé a vigilarlo”.

“No hay moros en la costa”, anuncia el futbolista, quien retorna al cuarto usando el mismo sigilo con el que había salido. “¿Me perdí de algo?”

“Para hacerte corto el cuento, Darío y yo nos reencontramos hace tres años, y en el proceso de reunirnos para planificar la producción, comenzamos a gustarnos hasta que él me llamó”.

“Tú nunca ibas a hacerlo, elí, porque te morías de miedo por Beto. Según tú, lo amabas, pero te diste cuenta que no era así”.

“El hecho es que Darío y yo comenzamos a citarnos aquí, en el dos cero uno, que entonces yo ocupaba”.

“¿En las mismas narices de Beto Madero?”, se sorprende Leandro.

“Luego de la campaña, Beto comenzó a viajar mucho buscando cuentas, clientes, proyectos, y era la ocasión en la que yo citaba a Darío para hacer el amor”.

“Y ése fue el mayor error que se nos pudo ocurrir”, agrega el supermodelo.

“Una noche que él y yo estábamos en la cama, en pleno acto, Beto llegó, abrió la puerta. Fue horrible. Prácticamente nos sacó a empellones del departamento, desnudos. Se encerró. Al día siguiente, cuando fui a Sparking, me negaron el acceso y me entregaron mi carta de despido. Menos mal que había trabajado largos ocho años porque con la liquidación alquilé una granja a las afueras, me dediqué a producir lácteos orgánicos, y ahora soy mi propio jefe y empleado; de hecho, he comenzado a comprar la propiedad”.

“Linda historia de infidelidades, muchachos”, interviene Leandro. “Pero… hay algo en su historia que no cuadra: ¿Beto Madero, con todo el talento que tiene, comenzó una rivalidad con Darío Echenique, con todo el talento que tiene, solo por un problema de cuernos?”

“Yo tampoco me lo explico”, observa Elías. “Solo éramos amantes porque Beto para entonces ya tenía sus dos hijos”.”

Con mayor razón”, agrega Leandro. “Algo no calza”.

“Por eso necesito llegar a la Corporación, Leo. Cuando llegué al departamento hoy temprano, noté que mi laptop y algunos documentos habían desaparecido”.

“¿Documentos de qué, Darío?”

“No viene al caso. El único que sabía sobre su existencia era Pepe, y solo te diré que durante estos años… tuve que pagarle para que no dijera nada sobre ellos, y supongo que cuando lo despidieron, se lo contó a Madero. El tema aquí es que  si lo mataron, entonces se los llevó quien lo mató, y quien lo mató sabe la importancia de esos papeles, además de toda la información que hay en mi computadora”.

“¿Y quién lo mató, Darío?”

“Creo que mi pareja actual: Mauricio Estrada. No voy a decir más, excepto que… necesito llegar a la Corporación”.

 


Una hora después, una furgoneta con el logotipo de La Granjita llega al control de entrada del edificio de Corporación Echenique, situado al límite del Distrito este y Las Ciénagas, en uno de los bordes de la gran ciudad. Se trata de un complejo  muy peculiar con un edificio de cinco pisos, de los que sobresalen otros tres edificios en perpendicular pero más pequeños, todos tapizados en vidrio verde petróleo. Visto desde el aire, el complejo tiene forma de letra E, y desde el satélite, junto con el cerco, forma el isotipo de la compañía: esa letra E encerrada en un cuadrado de fina línea continua.

“Traigo unos pedidos de La Granjita para la cafetería”, dice el afable conductor.

“¿Viene a ver a alguien?”, le pregunta el vigilante.

“La señora Amaya”, le responde, mientras de reojo nota que hay dos policías en la entrada.

“estacionamiento tres, por el flanco izquierdo, doble a la derecha”. El vigilante entrega un gafete y justo en ese instante, los dos policías rodean el vehículo.

“Por favor, apague el motor, baje y abra las puertas traseras”, le ordenan mientras le muestran sus placas.

El conductor obedece la orden, deja que los efectivos retiren unos productos.

“Señor Echenique”, ordena el segundo policía, “salga de allí y entréguese sin oponer resistencia”.

Las telas del suelo, donde  hay un bulto evidente se mueven, y el policía se queda sorprendido:

“¡No es éste! ¡Nos engañaron!”, grita a su compañero.

“¿Dónde está¡”, apunta el primero al conductor.

Quién, jefe?”, le responde.

“Ya, no se haga. ¡Manos al vehículo!”

El efectivo lo esculca y le saca su billetera, la que resalta en su bolsillo posterior derecho debido a la corva de su nalga.

“¿Elías Bertello?”, verifica el uniformado.

El segundo policía sale de la puerta trasera conduciendo con las manos en alto a… Leandro.

lunes, 28 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 15.1: Te vaciaste en mi culo


Madero y Baldo ayudan a bajar las maletas de Adela y Cintia y ponerlas en el auto, que está flanqueado por los del abogado y de Madero. Las mujeres van con el futbolista, quien luce muy consternado; delante va su padre y detrás va su jefe.

“¿Crees que puedes conducir, Leandro?”, consulta Madero.

“Sí, sí puedo”.

Mientras parten al aeropuerto en formación tipo caravana, alguien les vigila desde otro auto ubicado a cierta distancia pero no les sigue.

“Repasemos”, anuncia Leandro mientras conduce y sacando entereza quién sabe de dónde. “estarán en un lugar seguro que será seguro en la medida en que no le digan a nadie donde estarán, y nos comuniquemos solo lo suficiente. Nada de fotos en redes sociales, nada de videos”.

“¿Estarás seguro, hijito?”

“Tranquila, má. Si no se queda papá, se queda Beto o se queda Genaro; pero no me quedaré solo”.

“¿Cuándo acabará todo esto, hijo?”, se angustia Adela.

“Pronto, mami. Cuando Darío esté bajo control, todos nos reuniremos otra vez. Te lo prometo”.

el futbolista se concentra en el auto de su padre que va delante suyo y aprieta sus dientes para no llorar.

 


Esa noche, Alberto instala un sistema de vigilancia en el dos cero uno del Condominio.

“Si alguien que no digite el código en la puerta logra ingresar, la alarma le dejará tal tinnitus que, cuando se recupere, un par de policías ya lo tendrán esposado”, explica.

Leandro no replica.

“Tendría que fallar el grupo electrógeno para que nada se active; además, podremos verlo desde tu celular y el mío”.

Leandro sigue con la boca cerrada.

“Ey, ey, ey. ¿Hay alguien ahí?”

“¿Por qué Rico?” Leandro rompe a llorar.

Alberto baja de la escalera y abraza al muchacho.

“No lo sé, Leo Leandro; pero te prometo… te…”

Alberto comienza a llorar junto a él. Lo besa en la mejilla y el cuello.

“Necesitamos relajarnos”, aconseja Madero entre sollozos. “O este dolor va a derrumbarnos”.

 


Lo mejor que se le puede ocurrir al director creativo es tomar una ducha tibia, a media luz, junto al futbolista. Trata de excitarlo; mejor dicho, trata de satisfacer su excitación frotando su pene erecto entre las nalgas del muchacho.

“No tengo ganas, Beto”.

Madero no hace caso. Besa la espalda y la nuca y sigue moviendo su pelvis en medio del trasero del futbolista quien parece laxo.

“No, Beto, no; no, por favor”.

“Tranquilo, mi amor”, suspira Madero.

Leandro se queja. Una opresión fuerte en su ano va convirtiéndose poco a poco en dolor.

“Respira hondo y despacio, Leo… hhondo… y despacio”.

El futbolista agarra la pequeña nalga de su jefe y la estruja mientras jadea y gime. Ambos lo hacen. Minutos después, Madero deja de cimbrarse y Leandro siente que la opresión en su recto cede.

“quiero cagar”, avisa el futbolista saliendo velozmente de la ducha.

 

Luego, en el dormitorio, Leandro descansa sobre el pecho de Madero.

“Bonita manera de recordar a Rico”.

“Necesitabas relajarte y, bueno, se me ocurrió eso”.

“Te vaciaste en mi culo”.

“¿Te jode?”

“No, pero… mis respetos por los pasivos”.

“La primera vez siempre es la más traumática, Leo Leandro”.

“Nunca supe cómo fue tu primera vez, Beto”.

“Super traumática. Tenía veinte años y estaba en la universidad haciendo un trabajo. Habíamos contratado a un modelo alto, musculoso, para unas fotos, y estábamos esperando a mis compañeros. El chico se estaba duchando y, cuando salió, no tenía toalla. Tenía una cosota, grande y gruesa. Me lo quedé mirando. Hizo que se la tocara, se la mamara. Cuando me di cuenta, estaba sin ropa, reclinado sobre una mesa recibiendo su pinga en mi culo. Me dolía como mierda, encima que demoró como mierda. Cuando llegué a mi casa y me saqué el interior, ¡puaj!, una mancha amarilla y roja”.

“Te lo había reventado”.

“De hecho. Se lo comenté a un amigo gay de confianza y me dijo que en esos casos siempre se debe usar lubricante a montones. Había obviado ese paso”.

“Te contaré, Beto, que hemos obviado ese paso”.

“¿Te arde o te duele?”

“No, se siente raro nada más”.

Leandro hace que Madero se gire, dejándole su nuca lista para ser besada.

“Ahora es mi turno”, le avisa.

Trata de excitarse pero no lo consigue. Desiste pero se queda en esa nueva posición:

“¿qué dijiste en tu casa, a tu esposa?”

“Que estás en peligro de que un publicitario te meta pinga por segunda vez”.

Leandro ríe:

“Primero yo se la tengo que meter”.

Madero consigue girar, besa a Leandro y se revuelca con él sobre la cama.

“Si quieres que se te pare, relájate, Leo Leandro”.

“Quiero, trato, Beto Alberto, pero no puedo”.

“Bueno, es un proceso. No te exijas”.

“¿Sabes que me provoca encarar a Darío por lo que hizo a Robertth y Rico?”

“Ya escuchaste a tu viejo: es altamente riesgoso porque te puede matar, y yo te aconsejo lo mismo”.

“No me siento cómodo huyendo porque no es mi estilo; es como si tuviera el arco libre y no pateo el gol”.

“Es que esto no es fútbol, es estrategia legal. ¿Alguna vez jugaste ajedrez, Leandro?”.

“Nunca. A duras penas, ludo”.

“Si encaras a Darío, todo el argumento de que la víctima eres tú se nos viene al suelo”.

“a veces no me siento la víctima, Beto”.

“Pues, tendrás que creértela, o hacer que el resto se la crea en última instancia”.

“Entiendo: decir que es lo que no es y que no es lo que sí es. Reglas de la publicidad”.

 

Al día siguiente, domingo, Leandro no despierta con el desayuno sino con el periódico en la cama

“Cuerpo B, página dos”, indica Madero.

Leandro abre el diario, y casi se queda de una pieza. “entrégate, Darío” es el titular a toda página, “José Miguel Echenique” como antetítulo, “Padre de modelo promete ‘un buen abogado’” como bajada. El futbolista mira sorprendido a Madero.

“¿No fuiste tú, no?”

“Leandro, ¿cómo se te ocurre que voy a inventar una noticia así, y todavía con ese hijo de puta?”

“Entonces… ¿fue mi papá?” 

miércoles, 23 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.3: Persecución


A mitad de esa semana, a vísperas de cumplirse dos desde la última vez que se supo algo de Roberth, Rico va manejando su auto por una atestada avenida del centro a las siete y media de la noche, cuando nota mediante el retrovisor que dos personas en una motocicleta manejan por un carril incorrecto, justo de su lado. El conductor del vehículo parece muy fornido.

“Estos hijos de papá creen que las pistas les pertenecen”, se dice mientras una salsa suena en el equipo de sonido.

Dobla hacia una calle a la derecha, y nota que los dos sujetos siguen tras él en el mismo lado. Su sentido de alerta se activa. Busca espacios libres y maniobra el auto para ponerse en un lugar que considere más seguro.

“¿Por qué mierda no van a derecha?”

Coge su celular, mira a la pista, busca una aplicación, mira al retrovisor.

“Puto GPS, actívate”.

Mira la pantalla: hay una esperanza. Violando la regla de no adelantar, acelera un poco, dobla a la derecha por una calle más estrecha, se quita el cinturón y se estaciona frente a una comisaría. Baja corriendo y entra al precinto, muy azorado:

“Quiero denunciar que alguien me está siguiendo”, dice al policía que casi lo detiene en la entrada.

El efectivo lo reconoce:

“Adelante, señor”.

Rico repite el relato frente  a un segundo policía que toma la denuncia.

“Vamos por partes, señor. Su nombre… real, por favor”.

“Luis Ricardo Durán Rodríguez”.

“edad… real, señor”.

“Veinticuatro”.

“¿Documento de identidad?”

“Estoy tramitando mi carnet de extranjería”.

El policía ingresa los datos en una computadora.

“¿Profesión u ocupación?”

“Modelo”.

“¿Porno?”, sonríe irónico el policía.

El celular de Rico comienza a vibrar, lo saca. Es un alerta de mensaje, pero la ignora.

“Entonces, cuénteme qué pasó”.

“Le acabo de decir que dos sujetos venían siguiéndome en una moto. Iban por un carril prohibido. Vestían traje anti-abrasiones y cascos cerrados”.

“¿Cómo puede asegurar que lo seguían? ¿Pudo identificar a alguno de los sujetos?”

“La verdad no, le soy honesto; pero por la apariencia, uno de ellos podría ser Darío Echenique”.

El policía resopla y se recuesta en el respaldo de su silla:

“Señor… Durán: entenderá que no puedo basarme en… suposiciones”.

“Pero usted me está preguntando…”

“Además, señor, ¿qué no me dice que esto no es más que una maniobra publicitaria, de las que ustedes acostumbran hacer?”

Rico siente que no tiene futuro en esa comisaría:

“Gracias, oficial. Perdone que le haya quitado tiempo”.

Mientras sale, revisa el mensaje que le había entrado. Un muchacho de hermoso cuerpo musculado, desnudo, aparece en su pantalla.

“¿Y ése quién es?”, le pregunta alguien a su costado.

Rico se asusta: es el policía que lo recibió en la puerta.

“Ni idea”, le dice.

“¿Aún estás haciendo audiciones?”, le consulta el uniformado, con disimulo.

“Sí. ¿Conoces a alguien mayor de edad, así como ese chico?”

“Creo que sí. ¿Puedes darme tu número?”

 


Al salir de la comisaría, Rico llama al aspirante a modelo que lo ha contactado. Quedan en encontrarse en un parque a media hora conduciendo, donde va a recogerlo. Mira a ambos lados y da un gran rodeo en la ruta fijándose en los retrovisores, de forma compulsiva. Nadie lo sigue ahora. ¿Pudo ser simple susto? Llega con diez minutos de retraso debido al tráfico, baja de su auto y comienza a caminar por una de las veredas interiores hasta que vea un chico solitario, muy parecido al que vio desnudo en la foto que le enviaron.

“¿Mauricio?”, pregunta Rico.

“Sí”, le contesta el muchacho, sin ocultar sus nervios. “Hola”.

El productor de videos porno se sienta a su costado.

“Respira, Mauricio. Todo va a estar bien”.

Rico pone su mano izquierda en el enorme y firme muslo derecho del aspirante.

“¿es la primera vez que haces casting?”

“Sí. ¿Cuánto tiempo demorará?”

“Media hora, una hora. Depende. ¿Cuántos años tienes?”

“Veinti… cuatro”.

“La edad que me dijiste por mensaje. ¿Te parece si vamos a donde te haré la audición? Tengo el auto cerca”.

“Claro”, le responde Mauricio, todavía nervioso.

Ambos se ponen de pie y comienzan a caminar por la vereda. A los lados el follaje está alto y el alumbrado público no es muy potente. No dan ni cinco pasos cuando algo suena del lado de Mauricio, quien se aleja. Al reaccionar Rico, ve que Darío se le acerca vestido con un traje anti-abrasiones y le apunta con una pistola. Un disparo suena, ahogado por el tráfico circundante. De inmediato, dos personas fugan a toda velocidad montadas en una motocicleta. 

martes, 22 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.2: yo tengo la culpa


Los buenos oficios de Baldo Pérez permiten que Leandro regrese a casa a las cinco de la tarde tras un intenso interrogatorio en la Comisaría. Aún lleva su ropa de entrenamiento. Una propina de Alberto Madero mantiene oculta la visita del futbolista a la estación policial. Paralelamente, un comunicado interno del San Lázaro advierte a todo su personal no decir una palabra de lo ocurrido esa mañana, bajo pena de amonestación. Los pocos datos que se filtran a cierta prensa son rápidamente bloqueados por Sparking. Cintia lleva a su novio para que tome una ducha y descanse, mientras Adela se reencuentra con el padre de su hijo, bajo esas circunstancias, tras dos décadas de alejamiento forzado.

“éste no es momento para recriminaciones”, tercia aún conmovido Madero. “Lo que nos debe interesar es el bienestar de Leandro ahora”.

“Yo no sé cómo lidiar con los hallazgos de la Policía”, reconoce Baldo.

“¿Por qué? ¿Están culpando a Leandro?”, comienza a intranquilizarse Adela.

“No, mujer, por favor, conserva la calma. Nuestro hijo va a colaborar con las investigaciones pero no lo acusan de nada”.

“Ahora sí es nuestro hijo”.

“Señor y señora, les dije que éste no es momento para recriminaciones. Mire, doctor Pérez, lo que sabemos ahora lo dejo a su criterio ético, pero… si yo fuese usted, pondría mi criterio de padre y abogado por delante de todas las cosas; y usted, Adela, nada de desesperarse, mas bien quiero que saque fuerzas de donde sea porque a partir de ahora vamos a tener un cerco de seguridad en torno a este departamento, al auto de Leo cuando lo devuelva la Policía, en fin, en torno a todo”.

“¿Estamos en riesgo, señor Madero?”, consulta la madre.

“Probablemente. Las huellas que hallaron en el catálogo que Leandro creyó eran un artefacto explosivo son… son de Darío Echenique”.

“¡¡No!”, exclama la mujer.

“Y aunque Leandro y el doctor Pérez crean que no, yo pienso que ese chico mató a Roberth Peña”.

“¿Roberth murió?”. Adela se desvanece.

Baldo la auxilia.

“No sea bruto, Madero. ¿No sabe que la madre de Leandro sufre de baja presión?”

“Perdone, doctor”.

  


A los quince minutos llega una ambulancia,  y una camilla es ingresada al Condominio. Desde un auto con las luces apagadas, alguien divisa todo lo que pasa al exterior del inmueble.

Leandro se olvida de descansar y acompaña a su madre en el vehículo.

“No tiene pruebas para afirmar que Darío Echenique asesinó al tal Roberth Peña, así que le sugiero tener cuidado cuando suelte sus hipótesis o teorías frente a terceros”, aconseja Baldo Pérez a Madero cuando la ambulancia parte a una clínica.

“Tiene razón; pero recuerde que la Torre tiene cámaras de vigilancia; y si yo fuese usted, y quiero defender la inocencia de mi hijo –porque creo hará eso—ya estaría pidiendo copias antes de que las borren”.

“La Policía ya las tiene, señor Madero”.

 


El lunes siguiente, los videos aparecen misteriosamente filtrados a la prensa, y en ellos se identifica claramente a Roberth entrando al penthouse a las nueve y treinta y dos de la noche, y luego una persona vistiendo una polera con capucha ingresando al mismo lugar a las diez y cuarenta y tres de la noche. El detalle es que la persona que ingresa lleva un costal. Veinticinco minutos después, el encapuchado y otro encapuchado sacan ese costal lleno cargándolo al hombro.

“¿es el cuerpo de Roberth?”, pregunta Leandro entre sollozos.

“No sabemos”, dice su padre.

“Sí lo es”, afirma Madero.

“¿Reconoces al sujeto que llega con el costal?”, pregunta Baldo.

“No, pero… Darío tiene muchos amigos modelos. Por la contextura puede ser cualquiera de ellos”.

“Aunque éste es fisicoculturista por la espaldaza”, observa Madero. “¿Qué tal un… un… Mauricio Estrada?”, sondea revisando unas notas.

“Ni la más remota idea, Beto. No lo conozco”.

“¿Vio, señor Madero? Su afirmación no es exacta”, apunta Baldo.

“Pero sí reconozco esa polera y ese cuerpo, papá, el del otro chico: sí es Darío”.

“Video, huellas. ¿Qué más necesita para convencerse? ¿Una declaración incriminatoria, doctor Pérez?”

“Yo tengo la culpa”, solloza Leandro. “¡Yo tengo la culpa!”

“¿Culpa de qué, Leo?”, Madero intenta razonar.

“Yo le pedí a Roberth que visite a Darío”.

“¿Para qué?”

“Hijo, no digas nada que pueda involucrarte en el caso”, aconseja su papá.

“Porque justo ese jueves salió lo de la productora y… don José Miguel me llamó para preguntarme si yo estaba detrás de esa campaña”.

“¿Y estabas tú detrás de esa campaña?”, inquiere Madero con cinismo.

“Claro que no, Beto. Yo ni enterado. Pero le pedí a Rob que lo visite, que hable. Supuse que Darío iba a sentirse mal. Yo lo mandé a morir”, Darío rompe en llanto.

“No, campeón”, al fin se conduele Madero. “Tú no mandaste a morir a nadie. Solo trataste de ser un buen amigo. Solo hiciste eso”. ¿No es cierto, doctor Pérez?”

“Es cierto, hijo. Nada te incrimina, pero vamos a tener que armar muy bien tu declaración ante las autoridades cuando lo requieran. ¿Dices que José Miguel Echenique te contactó por esos titulares contra Darío?”

“Sí, él lo hizo”.

Baldo se levanta del sofá donde están viendo el televisor.

“¿A dónde va, Pérez?”, averigua Madero.

“A seguir su consejo: a anteponer mis intereses de padre y abogado”.

Madero abraza a Leandro y le da un beso en el cabello. Su cabeza urde nuevos planes:

“Tú no eres culpable de nada, ¿entendiste?”, le susurra. “De nada”.

Madero se queda inmóvil, abrazado de su amigo, viendo sin ver la pantalla del televisor.

 


Esa misma semana, el canal de cable cancela Línea Blanca con Leo Pérez. Madero no puede hacer nada por salvar el programa, y solo declara que se debe a “presiones de un empresario muy poderoso”.

“¿Te parece correcto haber publicado éso? ¿Qué estás tratando de decir? Ahora la gente pensará que lo cancelaron por influencia del papá de Darío”.

“Es solo una declaración, Leandro”.

“¿Sabes que José Miguel Echenique está tan devastado por todo esto? Todos los medios han publicado que Darío es el sospechoso principal”.

“Leandro, ésta es la segunda o tercera vez que te escucho abogar por la familia Echenique y no decir una sola palabra sobre la familia de Roberth. ¿Acaso sigues enamorado de Darío?”

“¡Beto, por Dios! Nunca he estado enamorado de Darío, y claro que pienso en Roberth, y me torturo a mí mismo de que por esa llamada que le hice, pasó lo que pasó”.

“¡Carajo, no eres culpable! ¡Roberth Peña es una víctima de un asesino con una enfermedad mental, que encima es alcohólico! La justicia tiene suficientes pruebas para mandar a ese hijo de… a que se pudra un buen tiempo en la cárcel. Claro, si a José Miguel como se llame no se le ocurre comprar jueces o fiscales, como suelen hacerlo”

“¿Por qué tanta rabia contra Darío, Beto?”

“Mira, Leandro: deja de preocuparte por ese asesino, y concéntrate en qué vamos a lanzar como nuevo proyecto. Aún tenemos a tu patrocinador, así que no debemos perder ese dinero”.

Leandro se levanta de su escritorio:

“Mamá y Cintia viven con temor ahora. Desde que mamá fue dada de alta, pasa prácticamente sedada. No tengo cabeza para esto en este mismo instante. ¿Y sabes qué la angustia más? Que el siguiente… puedo ser yo”.

El futbolista sale de la oficina y Madero comienza a tener un conflicto consigo mismo: quizás en mucho tiempo, es la primera vez que siente un escozor muy incómodo llamado remordimiento.

 


lunes, 21 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 14.1: ¡No, Rob!


“Sigo sin entender por qué justo eligieron esta semana para lanzar su Tirando, Tirado…”, comenta Leandro.

Tirador Films”, aclara Rico, quien está acostado desnudo en la cama delante del futvbolista, quien lo abraza también desnudo; y detrás de ambos, Alberto Madero, también desnudo, abraza a Leandro. Es domingo por la noche y ahora la casa abandonada, donde se ha improvisado el estudio de la naciente productora, es su nuevo sitio de encuentros. Sobre el suelo hay cuatro preservativos usados junto a ingentes cantidades de papel higiénico arrugado.

“Como se llame la productora de la flecha en forma de pinga”, reclama Leandro muy cariñosamente.

“¿Y qué tiene de malo, Leo Leandro?”

“No tiene nada de malo, Rico Ricardo. El problema es cómo lo ha levantado ese medio, y cómo rápidamente me han querido meter en el saco”.

Leandro no puede ver cómo su amigo traga saliva.

“¿Qué te jode más?”, pregunta Madero. “El echo de que la hayan lanzado, el hecho de que no te hayan incluído, o el hecho de que mencionaran a tu ex novio?”

“No fue mi novio, Beto; pero sí, se fueron de alma contra Darío”.

“Bueno, eso de que nunca fueron novios, me consta, Leo Leandro; pero, ¿por qué te preocupa cómo se sienta Darío?”

“Yo preguntaría, querido Rico Ricardo, ¿qué necesidad tenían de meter a Darío en el saco?”

“Simple, Leo”, interviene Madero. “Ellos querían levantar su historia de alguna manera, y hallaron ese modo”.

“¿No habrán sido tus consejos, Beto?”

“Para nada”, se apura Rico.

“Aunque eso no es lo que me jode la cabeza ahora, muchachos”, confía Leandro. “Con hoy van tres días que no sé nada de Roberth”.

“Ahora que lo mencionas”, reacciona Rico, “es cierto porque el viernes debió venir para hacer unas fotos, pero me cansé de llamarlo y nada”.

“Podría estar en alguna locación sin acceso a red celular, caballeros”, tranquiliza Madero.

Leandro se incorpora sobre la cama y sale del medio de ambos varones.

“¿Qué pasó?”, se extraña el director creativo.

“Nada, chicos; mañana tenemos que grabar desde temprano y quiero llegar a casa para disfrutar a mi vieja y a… mi novia”.

“¿Cada cuánto te la follas?”, pregunta Madero mientras se pega a la espalda de Rico.

“Cada que tú no me la ordeñas, querido jefe”, sonríe el futbolista mientras se viste.

Al caminar el corredor de la quinta donde está Tirador, insiste con su celular.

“Hello. This is Roberth Peña. I can’t take your call at this moment, so leave me your message after the beep.”

¡Biiiip!

“Hola Rob, soy Leo. Apenas oigas mi mensaje, llámame, no importa qué hora sea”.

Abre la reja de la calle y camina hasta su auto que está aparcado detrás del de Madero, y algo raro le genera temor. Coge de nuevo su teléfono y marca nueve uno uno.

“Buenas noches, señorita. Mi nombre es Leandro Pérez Barrios. Hay un paquete sospechoso en la plumilla del parabrisas de mi auto”.

La Policía llega en quince minutos. Efectivos de la Unidad Antiexplosivos sellan la cuadra y obligan a una evacuación preventiva de los vecinos.

“Salgamos”, ruega Rico a Alberto, quien ha logrado ponerse duro otra vez.

“Ni loco, huevón. Acá estamos seguros. Pásame un forro”.

 


Veinte minutos después, los uniformados consiguen retirar el sobre y lo abren con cuidado.

“¡Es una revista!”, avisa el efectivo.

“Lácrala”, ordena otro. “Va a Criminalística”.

“¿Qué revista es?”, indaga Leandro.

Tras un par de minutos, la respuesta de otro efectivo lo deja en choque:

“Un catálogo de Lawrence’s, señor; pero de la colección de hace un año”.

Leandro se muerde los labios, mira a los alrededores. Sospecha que se trata de Darío.

 


A la mañana siguiente, el muchacho vuelve a llamar al nueve uno uno esta vez para reportar la desaparición de Roberth. No tiene respuestas hasta el jueves de esa semana, cuando durante una práctica en el Estadio Municipal, Genaro le avisa que Alberto Madero está en la pista atlética acompañado por tres policías. Se les acerca a paso ligero como la cosa más natural y, conforme se aproxima, nota que el rostro del director creativo está desencajado. Uno de los oficiales le da alcance:

“Señor Leandro Pérez Barrios, por favor, venga conmigo a la comisaría”.

“¿Por qué? ¿Descubrieron algo en el catálogo que dejaron en mi auto?”

“En realidad, queremos que responda unas preguntas”.

Leandro mira a Alberto, quien ya no puede contener las lágrimas. La ansiedad comienza a invadir al joven.

“¿Quiere decirme qué pasa, por favor?”

“Venga conmigo a la comisaría, por favor; así como está”.

“Vamos, Leo; yo estaré contigo”, trata de tranquilizar Madero entre sollozos.

Los otros dos efectivos se ponen detrás de Leandro y lo escoltan hasta un auto patrulla. Al llegar a la estación, lo ingresan a un cuarto con sillas y una mesa.

“llama a Baldomero Pérez en la Corporación Echenique”, alcanza a avisar a su jefe. “Dile que es una urgencia conmigo”

“¿A quién, dónde?”, se extraña Madero.

Lo sientan en una silla.

“Perdonen, yo voy a colaborar con ustedes todo lo que necesiten pero no hablaré sin mi abogado”.

“Es su derecho, señor Pérez; pero esto tiene que ver con dos llamadas que hizo a Emergencias: la del domingo por la noche y la del lunes por la mañana. Tenemos el análisis de Criminalística y nos preguntamos de quién serán esos cinco dedos que están impresos en la carátula del catálogo”.

“Oficial, con todo respeto; por eso los llamé a ustedes. Ni siquiera toqué ese sobre porque supuse que era un explosivo”.

“¿Puesto por quién?”

Leandro se traba.

“No lo sé. Lo ignoro”.

“Lo sabe, pero prefiere no decirlo”.

“Nos preguntamos si hay alguna relación con la llamada del lunes”.

“Igual. Por eso los llamé. No sé nada de mi amigo Roberth Peña hace exactamente una semana. Es como si se lo hubiese tragado la tierra”.

“¿Cómo sabe que se lo tragó la tierra?”

“Oficial, es un decir”.

“El cuerpo de Roberth Peña fue hallado bajo tierra en una finca, a veintisiete kilómetros de aquí”.

“¿Cuerpo? ¿Qué cuerpo? ¡¿A qué se refiere?!”

“Su amigo fue hallado muerto, señor Pérez”.

“¡¡¡Noooo!!!”, reacciona Leandro como si le hubiesen desgarrado la carne. “¡¡Nooooo, nooo, noo Rob!! ¡No Rob!”, se echa a llorar con amargura.

“Fue apuñalado, señor Pérez”.

“¡¡¡Nooooooo!!!” ¡¡No Rob, oficial, no Rob!! Leandro se inclina sobre la mesa que tiene delante y llora sin consuelo. “No Rob”, repite una y mil veces. “No Rob”.

 


lunes, 14 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.2: Confesión mortal


A la mañana siguiente, en el dos cero uno del Condominio Las Flores, el futbolista sale de ducharse cuando Cintia entra muy nerviosa al cuarto, blandiendo un celular en la mano. Leandro se alarma y toma el aparato… Comienza a sudar frío. En la pantalla, fotos de Rico y Pepe bajo el titular “Darío Echenique nos abrió y cerró puertas”.

“¿Sabías que Rico tiene una productora porno?”, reclama Cintia.

“¿Yo?”, disimula mal Leandro. “no, para nada”.

“¡Ay, Leo! Son amigos íntimos. ¿Me vas a decir que no sabías esto?”

“No, te lo juro”, responde el muchacho con todo el cinismo de que es capaz.

“¿Sabes? Creo que mientes, pero tranquilo que no le diré nada a Adela. Solo algo más: ¿también es mentira el rumor que Darío y tú fueron pareja?”

“Ay, Cintia. Ahora me inventarán que hice videos porno”.

“¿Y por qué no darlo por cierto, Leo, ah?”

Cintia se va del dormitorio, indignada. Sin duda que uno de los chicos en las fotos es Rico; pero, ¿en que momento se le ocurrió sacar esto por los medios? Y, ¿quién es ese otro muchacho, cuya cara le es familiar?

“Claro, el moreno con uniforme de mantenimiento en la Torre Echenique”, se dice a sí mismo.

Busca su celular, topa algo en la pantalla y se lo lleva a la oreja:

“¿Houston? Tenemos problemas”.

De pronto escucha la alarma de llamada entrante:

“Espera un momento. No te vayas”.

Da paso a la siguiente llamada:

“¿Aló?”


“Hola Leandro. Te saluda José Miguel Echenique. Necesito hablar urgentemente contigo”.

 

Esa noche, Darío está devastado, llorando en el penthouse, y, para variar, embriagado en vodka. Roberth está a su lado.

“¿Por qué lo hicieron?”, se repite una y otra vez entre lágrimas.

“No tengo ni la más remota idea de quién les dijo que hagan este disparate”, le contesta firme el fotógrafo.

“Ha sido Madero, que no termina de perdonarme lo de Elías. ¡Siempre me la tuvo jurada!”

“Darío, eso pasó hace tres años. No creo que la capacidad de rencor de Beto sea tan tóxica”.

“Por eso no le voy a dar más el gusto, Rob: voy a salir del armario. Ya tengo la exclusiva vendida a Época Semanal y tú vas a hacer las fotos”.

“¿Que vas a hacer qué? ¿Te has puesto a pensar en las consecuencias?”

“Sí, confirmaré lo que es un rumor. Ahora sí nadie tendrá argumento para hablar a mis espaldas”.

“¿Y has pensado por un momento en Leandro,Darío?”

“¿Y quién crees que será el próximo en hablar? ¿Te has dado cuenta que los están buscando uno a uno? ¿Quién falta? Leandro. ¿Con quién trabaja Leandro? Con Alberto Madero”.

“El propio Leandro me llamó y me dijo que no va a declarar, que sí lo llamaron para hacerlo pero que no va a hacer ningún comentario”.

“Ay, Roberth. Como ahora es popular, a lo mejor no acordaron pagar lo que él les pidió por abrir la boca”.

“¡Te equivocas, Darío! Leandro no va a hablar porque te tiene respeto aún”.

“¿Y por qué no viene a decírmelo en mi cara, Rob?”

“¡Porque también te tiene miedo, Darío! Porque te has convertido en una persona insoportable de la que no se sabe qué esperar. De hecho, nadie quiere hacer tratos contigo porque todo lo ves ese bendito trago”.

Roberth hace una maniobra veloz y le quita la botella al supermodelo y la lanza a una de las paredes. El vidrio se hace añicos al estamparse contra uno de los cuadros de flores, cuyo lienzo se rompe y despinta un poco. Darío llora con mayor amargura.

“¿No te das cuenta, Rob? Todo es un plan de Beto. Él buscó a Leo, y lo contrató para vengarse de mí, porque no me perdona, ¡no me perdona!”

“No sé si Beto quiso vengarse de ti con Leandro, pero no es tan exacto que él lo buscó, como tampoco es exacto que Leandro será el próximo en hablar. Él no quiere hacerte daño, pero con tu decisión, sí se lo vas a hacer. Vas a dañar a quien no te hace daño, Darío”.

“¿Por qué dices que Madero no buscó a Leandro?”

“Porque no fue así. Madero no sabía de la existencia de Leandro hasta que él le mandó su book y luego vio el catálogo de Lawrence’s”.

“¿Te das  cuenta? Él lo buscó, Rob. ¿él lo buscó!”

“¡Porque yo le di el contacto!, Darío!” Yo los puse en contacto”.

“¿Qué?”, se desencaja el supermodelo.

“Leandro estaba harto de que lo absorbas y me pidió ayuda. Le di contactos, y uno de ellos respondió: Beto”.

“¿Estaba harto de mí?”

“Y ojo que en ese momento estabas bueno y sano y no entendías razones. Menos vas a entenderlas ahora que andas drogado”.

Darío deja de llorar y comienza a enfurecerse.

“Qué irónica es la vida. Mi mejor amigo propició el contacto entre mi peor enemigo y el amor de mi vida. ¡Qué irónico, por Dios!”.

Darío explota en llanto otra vez, y se va a la cocina.

“¡Darío!”

“¡Voy a prepararme un puto jugo de naranjas!

Pero al llegar a la puerta de la cocina, un brillo a las tres llama la atención del supermodelo. Lo mira por unos segundos. Mira a Roberth, quien se ha sentado sobre el sofá, inclinado hacia adelante con el rostro entre sus brazos acodados sobre sus muslos. Darío mueve la hoja de la puerta para que haga bulla, rápidamente se pone en cuclillas, coge algo y corre a toda velocidad hacia el fotógrafo, quien siente agudos dolores en su espalda y un líquido caliente inundándola, a la vez que su vista se torna borrosa primero, y oscura poco a poco…


 


domingo, 13 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.1: Tirador Films


“Sé que he estado ausente durante toda tu vida, hijo, y te pido mil perdones por eso, y no hay justificación al respecto”, parece sincerarse Baldo Pérez, cincuenta y cinco años, algo obeso y cabello negro. “Pensé que con pasarle la manutención a tu madre ya estaba cumpliendo, y…”

“No hay problema”, reacciona Leandro. “Lo ehcho, hecho está y no hay manera de retroceder”.

El almuerzo en un exclusivo club del Distrito Centro Sur tiene cierto aire tenso a pesar de lo exquisito de los platos casi gourmet.

“Lo que quisiera saber es cómo obtuvo mi número de teléfono”, añade Leandro.

“El presidente del San Lázaro es amigo mío, hijo. No fue difícil conseguirlo, especialmente desde que la Fundación Echenique es su patrocinador: yo redacté el contrato, y lo hice con todo el gusto del mundo sabiendo que tú eres uno de los jugadores. ¡De sus mejores jugadores!”.

“¿Y usted también lo suspendió cuando alguien se lo pidió?”

“Leandro, mi relación con la familia Echenique es tan antigua como cuando José Miguel, el padre de Darío, si a él te refieres, y yo nos conocimos en la universidad. Han sido mis clientes por treinta años, y, no sé si lo sabes, pero el defecto de las empresas familiares es que la confusión entre casa y empresa es frecuente”.

“Claro, y usted solo tiene que acatar”.

“Por cierto, José Miguel Echenique te tiene en alta estima; incluso me dijo que se quería poner en contacto contigo para conversar. Y, cierto, será uno de los principales aportantes en mi campaña”.

“¿Sobre qué quiere conversar ese señor conmigo?”

“Ni idea. Pero no es el único que habla bien sobre ti. A donde voy, tu nombre solo produce elogios y satisfacciones, especialmente ahora que tienes ese programa de deportes. No lo he visto –te soy honesto—pero los comentarios son muy positivos. Te felicito”.

“Gracias, señor”.

“Leandro, hijo. Es justo por eso que te pedí esta reunión”.

“¿El programa de televisión?”

“En parte. Escucha, iré al grano: voy a postular al Congreso el año entrante y voy a iniciar mi campaña en medios, y tengo clarísimo que no solo se fijarán en mi trayectoria como abogado, sino que me van a escarbar todo. Y sé que media ciudad sabe que tengo un hijo fuera de mi matrimonio, y tú has ido saliendo de las sombras hasta ser quien eres ahora”.

“¿Pretende que regrese a las sombras donde nos dejó por veinte años a mi madre y a mí?”

“No, Leandro. Lo que pretendo es tu ayuda. Si sale en medios la historia de mi abandono, eso me hundirá, sin contar que va a afectarte a ti y a tu madre; por lo tanto, quiero proponerte que hagamos pública nuestra reconciliación”.

Leandro hace un esfuerzo para no reírse a carcajadas:

“¿Hacer algo para las cámaras, me dice?”

“No solo para las cámaras. Quiero recuperar mi relación contigo”.

“Jamás tuvimos una relación, señor”.

“Bueno, comenzarla desde el inicio, como el padre y el hijo que somos, y que te integres a tus otros dos hermanos y tu hermana”.

“Oh, la familia unida y feliz para que la prensa no diga que es un padre desnaturalizado y cruel”.

“Bueno, si lo dices así, sí”.

Leandro calla por unos segundos, mientras hunde el tenedor y el cuchillo con unos modales que sorprenden a Baldo por el nivel de perfección.

“Es más, hijo. Estaba pensando que Alberto Madero podría encargarse de manejar los medios como él lo sabe hacer. Mira lo que ha logrado con tu programa de telev…”

“Oiga usted. Me va a disculpar pero si ese programa funciona es porque le ponemos corazón, ganas, calidad, amor, dedicación, tiempo, creatividad, cerebro, vida. Algo que usted no hizo conmigo…”

“Lo sé, hijo, no mezquino…”

“Y si cree que me voy a prestar para levantarle o hundirle la imagen, perdone, se equivoca. Si la prensa levanta esa historia, yo lo único que voy a prometerle es que no haré ningún comentario y en todo caso le desearé la mejor de las suertes”.

“NO me hice entender bien, Leandro”.

“¿Y sabe algo más? No cuente conmigo. Por encima de todo, especialmente de usted, está mi madre. Yo trabajo por ella ya que otros irresponsables no lo hicieron o lo hicieron por obligación social, moral, o lo que sea. Haga de cuenta que esta reunión nunca sucedió”.

Leandro se levanta de la mesa y tira su servilleta a un costado.

“Y si comienza a molestarme, entonces me olvidaré de mi promesa… Ah, y me envía la cuenta del almuerzo”.

Leandro abandona el lugar del mismo modo como Baldo abandonó a su madre cuando supo que estaba embarazada de él. ¿Darma o karma? El muchacho no tiene una respuesta clara aunque sí una decisión que debe tomar.

 


A mitad de esa semana, se anuncia el lanzamiento de Tirador Films, una productora especializada en contenido adulto gay. Rico da una entrevista teniendo como fondo el logotipo de la flamante empresa: un arquero desnudo apuntando una saeta cuya punta es mas bien un falo.

“Está inspirado en una escena de Las mil y una noches, que filmó el cineasta italiano Pier Paolo Passolini, allá por mil novecientos setenta y cuatro si no me equivoco. Passolini fue cultor del hiperrealismo y ése es el estilo que vamos a darle a nuestras producciones”, declara ante una cámara.

“A ver, mi historia comienza hace cuatro años, cuando tenía veinticuatro y estaba buscando trabajo”, relata, a su turno, Pepe. “Me pasaron la voz de que necesitaban un guardia de seguridad en un local y me presenté. Me admitieron de inmediato. Lo que no me di cuenta en ese momento es que se trataba de un local de ambiente; pero, trabajo es trabajo… Una noche, uno de los strippers no pudo llegar. No recuerdo por qué. La cosa es que ya habían prometido un sow y la gente comenzaba a impacientarse. Yo siempre veía a los chicos cómo ensayaban y toda la cosa. Le hablé al administrador, lo dudó un momento, pero viendo la impaciencia de la gente, me mandó a vestuario, me preparé y salí. A la gente le gustó. Desde entonces fui uno de los bailarines regulares… Una noche llegó un chico y comenzamos a hablarnos, tratarnos. Llegamos a gustarnos y comenzamos algo. Me prometió que podía hacer una carrera en el modelaje… ¿Quién era el chico? Ehhh, Darío Echenique. La verdad es que no me sentía a gusto en ese mundo hasta que lo dejé, y como tengo habilidad para los trabajos manuales o de mantenimiento, me puse a chambear en eso hasta que me despidieron hace tres meses, y me quedé en el aire otra vez. Entonces, mi amigo Rico Durán me habló de su proyecto, lo pensé, hice unas pruebas, quedé. Pueden ver mis videos en nuestra página web y en el servicio de videos para adultos… Para mí no es inmoral. No estoy haciendo nada delictivo”.

“Estamos siguiendo todos los trámites de ley”, interviene Rico. “El talento es mayor de edad, todos han sido chequeados, han firmado autorizaciones y contratos; incluso, nos controlamos médicamente… Sí, a mí también Darío Echenique me quiso dar una mano en el modelaje de pasarela, pero no es lo mío. Me encanta esto. Lo que sí tengo que agradecerle es mi fuente de sustento por casi dos años: mi taxi, que ahora lo uso para trasladarnos a las locaciones. Así que los invito a que vean nuestro material, y recuerden: protéjanse siempre que tengan sexo con quien sea”.

La cámara delante de ellos continúa grabando hasta que el reportero a su costado ordena cortar.

“Muy bien chicos. Excelentes declaraciones. Solo una pregunta: ¿ese Darío Echenique no es el mismo modelo que tenía algo con este otro chico, el jugador de fútbol? ¿Cómo se llama?”

Rico y Pepe se miran con cierto susto, sin saber qué decir. Entonces, alguien desde el fondo sale en su auxilio: Alberto Madero.

“Perfecto, chicos. Alístense para las tomas de apoyo”.

Los dos modelos van al fondo de la sala y comienzan a desnudarse. Se trata de la casa abandonada que Rico había estado acondicionando todos estos meses.

“¿Tú sabes, Beto, cómo se llama ese muchacho de quien se dice tuvo una relación con el tal Echenique?”

“Ni idea. Mas bien, terminamos estas tomas y les doy su cheque a ambos”.

“¡Leo Pérez!”, reacciona el reportero. “Tú eres su productor, ¿cierto? ¿Sabes algo sobre el tema?”

“Sí, soy su productor, pero en su vida sentimental no me meto, así que tú tendrás que preguntárselo directamente”.

“¿Iremos a tu oficina por los cheques?”

“No. Terminemos de grabar acá y se los doy de inmediato”.

 


Poco antes del almuerzo, Leandro termina de negociar con un jugador de fútbol para tenerlo en uno de sus programas.

“Sí, sí, listo, a esa hora. Oye, pero dame la primicia de tu pase a Europa”.

Madero llega, entra y espera a que acabe la llamada.

“¿Nos vamos a comer?”

“Sí, Beto. Ordeno esto y salimos”.

El celular de Leandro suena.

“¡Hola! A los tiempos”.

“Hola leo. Oye, quiero consultarte algo a ver si puedes darme unas declaraciones”.

“Claro, veamos si es posible”.

“Mira… es sobre Darío Echenique”.

Leandro se incomoda:

“Mira, no tengo que declarar nada sobre ese muchacho”.

“Pero fue tu amigo”.

“Como te digo, no tengo nada que declarar sobre él”.

“Hay rumores de que…”

“Escucha: aprecio enormemente tu interés y tu trabajo, pero mientras no sean declaraciones sobre el programa de televisión, la verdad es que declino hablar. ¿Me entiendes?”

“De acuerdo; pero si un día…”

“Te tendré cualquier primicia. Hablamos”.

Leandro cuelga la llamada.

“¿Quién era?”, finge Madero.

“Tu amigo del programa de espectáculos”.

“¿Qué quiere?”

“Hablar sobre Darío, y la verdad no pienso decir nada sobre él”.

“¿Y por qué, Leo?”

“Por simple respeto, Beto. ¿Para qué voy a hacer leña del árbol caído?”

“No será que aún guardas… tú sabes… cariño por él?”

“Lo estimo como estimo a todo el mundo, pero… es solo un recuerdo. Ya te dije que ahora estoy en otro nivel, tenemos responsabilidades, proyectos, y por fin yo tomo el control de las cosas… Algo que Darío nunca entendió. Por eso me alejé de él”.

Madero hace un gesto indiferente y sale:

“No te demores que tengo hambre”.

Leandro sonríe.