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sábado, 24 de diciembre de 2022

ASS (58): el primer facial de Julián

Mientras alejo le enseña al nadador cómo chupar bien el pene, el hombre que espiaba todo en la piscina resulta tener su nivel de arrechura.



Enrique escribe en el cheque, lo desglosa del talonario y se lo da al hombre delgado, joven, que está parado frente a él en el vestuario de la Piscina Comunitaria. El hombre, cabello negro crespo y barba en el rostro no rasurado hace un par de días,  se sorprende al leer la cifra:

“¿tanto, míster?”

“Creo que es suficiente, carnal, para que no le digas a nadie lo que estamos haciendo aquí”.

“Pero yo no pensaba contarle a nadie que están haciendo porno entre patas”, se ruboriza el hombre. “ya le dije que vine a ver mi cargador y cuando me di cuenta… pues… ese chico se estaba cachando al otro joven…”

“¡Estás seguro que no te mandaron Eliezer o José Luis?”

“No, señor, ya le dije que me olvidé mi cargador, vine y no pensé que iba a encontrarme…”

En eso entra Flavio con su escultural cuerpo cubierto por la bata de baño. El hombre delgado calla por vergüenza.

“¿ya arreglaron?”, pregunta a enrique.

“ya, aunque dice que no pensaba echar aguas”.

Flavio mira al hombre, aún aturdido; le sonríe.

“No le veo pinta de querer delatarnos”. Entonces, se dirige a Enrique: “¿Te contó Alejo que lo descubrió pajeándose mientras veía a lo lejos cómo yo cachaba con Julián?”

“Eso es lo que le conté al señor aquí”, se defiende el hombre.

“Además, Alejo me contó que parece tener un buen pene”, agrega Flavio.

Enrique sonríe:

“No pretenderás hacer lo que estoy sospechando”.

Flavio habla nuevamente con el hombre:

“¿¿me permites un momento?”

“¿Qué?”, reacciona el varón, todavía aturdido.

“Confía en mí”.

Flavio toma la camiseta del hombre y se la quita. Su cuerpo delgado es en realidad marcado de músculos con algo de vello en pecho y abdomen. Entonces, Flavio afloja el cinturón, desabotona el pantalón y baja la cremallera, y hala el pantalón hasta las rodillas.

“Lindas piernas”, comenta Flavio.

“Juego fútbol en segunda división… los fines de semana”.

”ah, eso explica tu culo redondo y durito”, comenta Flavio mientras palmea levemente el trasero del hombre, quien parece no estar incómodo. “ahora, la prueba de fuego”.

Flavio baja el bóxer medio raído, igual, hasta las rodillas, y puede ver un pene más o menos largo debajo de una abundante mata de vello púbico.

“¿¿Cuánto te mide?”

“No lo sé, joven”.

“¿Puedo?”, susurra Flavio en su clásico tono seductor.

“Claro… si desea”.

El actor y modelo porno comienza a chupar el pene al varón, quien mira el sexo oral mientras siente cómo esa lengua y esos labios le masajean la virilidad de forma magistral. La erección se produce en cuestión de un minuto.

Enrique no pierde detalle; se acomoda su pene ya duro dentro de su pantalón.

Afuera en la alberca, se supone que Julián ha desafiado a Alejo para hacer un largo de ida y vuelta.

“el perdedor mama el pene al ganador”, retó ante cámara antes de lanzarse al agua.

“Trato hecho”, le respondió a Alejo.

Adrede, Julián llega a décimas de segundo después que su contrincante.

“Puta madre… tendré que tragarme esa pija”.

“Te va a gustar mi pija”, responde Alejo, sonriendo.

Ambos salen del agua, van a la banca donde antes Julián se estaba pajeando. Willy los sigue con la cámara. Los dos talentos llegan aún en su tanga de natación, sus gorras y sus gafas para el agua.

Julián se sienta en la banca mientras Alejo permanece de pie para bajarse la tanga. Lo hace.

“Trágate  toda mi pija”, pide.

Julián, en realidad,  traga un poco de saliva, abre la boca y se dispone a pagar el reto. Jamás en su vida ha chupado pinga. Le dijeron que eso no se hace porque ‘eso no es de hombres’; pero hay algo en la verga de este hombre que le hace imposible dejar de succionar y succionar hasta que consigue hacerla crecer hasta sus 18 centímetros.

Para Julián es raro y nuevo el sabor del líquido pre-seminal, algo salado pero tampoco desagradable. Dicho sea de paso que alejo aprendió con esto de hacer porno lo importante que es tener la pinga y los huevos bien perfumados y limpios.

“Trágate toda mi pija”, insiste Alejo muy cariñosamente, mientras acaricia la cabeza a Julián, pero el novato mamapenes apenas si consigue meterse la tercera parte del falo erecto.

“No es fácil”, sonríe algo frustrado.

Alejo entiende que esto puede estropear la toma, así que hace algo que no debería estar en el guión… aparte que no hay un guión concreto.

“Ponte de pie… yo te enseño”.

Julián se sorprende un poco pero acepta; toma el lugar de Alejo quien ahora le baja la tanga:

“Se hace así”.

Alejo, por primera vez ante cámara, abre su boca y mama el pene del nadador con una maestría que deja a Willy como estúpido por lo que aprecia en el viewfinder de la cámara.

Los 16 centímetros de Julián ya están duros, entrando y saliendo de la boca de Alejo, quien la mama por algunos minutos más hasta que se detiene:

“¿ya sabes cómo hacerlo?”, se pone de pie. “Ahora es tu turno”.

Julián se arrodilla y trata de imitar la lección. Lo consigue en parte. Tácitamente, los talentos y el camarógrafo entienden que esa escena será un toma y dame.

“Así, Julián, la mamas rico”, dice alejo excitado, aunque en realidad su compañero sexual aún tiene problemas para embocarse todo su miembro. “¿Te la vuelvo a chupar?”, le consulta luego de unos minutos.

Julián acepta y vuelve a ponerse de pie; Alejo se la vuelve a chupar mientras le acaricia el redondo y firme culo.

“También quisiera mamarte el orto”, le dice al nadador.

“Claro”, susurra su compañero girando y agachándose sobre la banca.

Alejo le separa las nalgas y descubre el ano cerradito y rosado a Julián. Besa cada cachete, los lame; al fin se lanza a la conquista del agujero rectal.

Al experimentar esas placenteras cosquillas, Julián se siente en la gloria, tanto que comienza a pajearse.

Willy hace verdaderos malabares para lograr una toma perfecta porque la acción se da por ambos lados.

“Las voy a dar, las voy a dar, carajo”, susurra Julián muy excitado. “¡Ohhh!”

Ráfagas de su semen caen sobre la mayólica especial de la alberca.

“Arrodíllate”, pide Alejo.

Julián lo hace.

Alejo pone su pene a la altura de la boca de Julián, se masturba tan fuerte como puede. El nadador no sabe si abrir o cerrar los labios.

Tras unos minutos, Alejo eyacula sobre  el rostro de Julián dando un suspiro fuerte y viril.

Hace que el nadador se ponga de pie y comienza a lamerle el rostro limpiando su propia leche. Julián trata de disimular su desconcierto.

“Gracias”, le dice alejo, sonriendo en voz baja cuando termina de limpiarle la cara de su propio semen. Sella todo con un besito en la boca.

Willy corta la grabación.

“De la puta madre”, califica asombrado.

Adentro en el vestuario, Flavio también recibe el semen del hombre que estaba espiando toda la escena; se lo traga.

“Rico; yo creo que sí califica”, dice a Enrique.

El hombre está sudando del puro orgasmo; también mira a Enrique:

“¿ya me puedo ir?”

Enrique sonríe:

“¿y si te propongo otro trato?”

    

martes, 29 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.2: Es... elías


Por la noche, mientras Madero revisa los programas dominicales en su casa, junto a su esposa,, recibe una llamada en su celular. Se levanta y camina hacia el estudio.

“¿Sí, Leandro? ¿qué pasó, muchacho?”

“Señor Madero, no soy Leandro; soy el comandante Mesías”.

“Claro, claro, muchacho. Cuéntame”.

“¿Está con alguien y no puede hablar?”

“Exacto, pero dame el dato”.

“Logramos que el ministro incluya a Darío Echenique entre Los Más Buscados. Llame a sus amigos en los medios porque si no se difunde, esto se nos cae. La familia comenzará a presionar cuando se sepa”.

“Dalo por hecho; gracias por avisar mas bien”.

Madero se encierra en su estudio, marca algo en el teléfono.

“Dime, Beto”, le contestan.

“Ahora es cuando. ¿Puedes escabullirte?”

“¿Ya lo incluyeron?”

“Sí. La Policía ya hizo su parte; ahora nos toca hacer la nuestra. Te corto que tengo un culo de llamadas por hacer”.

 


A esa misma hora, en una finca rural camino a la sierra, Mauricio llega al clímax penetrando a Darío. El dormitorio con paredes de barro enlucidas de blanco, ventana de madera cerrada, no se luce debido a la luz mortecina de un candil. Mauricio ruge y deja de moverse, acaba la cópula, se quita el condón y lo bota al suelo. Se acuesta a su lado evidentemente cansado.

“¿Qué tal estuve?”

“Bárbaro, como siempre”, responde Darío.

Mauricio toma un celular de una mesita de noche a su lado, prende la pantalla.

“Se cargó algo. ¿Cuándo acabará todo esto, Echenique?”

“Pronto, Mau. Solo una persona más y listo”.

“Ojalá sea pronto, porque quiero regresar al gimnasio que no voy hace dos semanas y media, y quiero depilarme todo”.

“Tranquilo, que muy pronto ya no te preocuparás por eso”.

“¿Me pagarás una depilación por hidrólisis como la tuya?”

“Ya veremos. ¿Ya tienes listas las capturas de pantalla?”

“Me faltan algunas: este celular de Rico sí que ha sido una caja de sorpresas, mensajes, comunicaciones, rastreos, fotos, videos, sexo, sexo y más sexo. ¿Sabías que podía geolocalizar todos los vehículos de tu viejo? Por lo pronto, tu auto y el de ese huevón están en una instalación de la Policía”.

“Extrae lo que te dije, y cuando lo tengas listo, me avisas”.

“Espera, amorcito. Solo una más y estará lista en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Yeah baby!”

“Ponlas en el grupo que te pedí”.

“¿Qué número quieres hacer visible?”

“El de Rico, obviamente”.

Darío se levanta, toma una linterna pequeña y camina a la cocina, busca dos tazas, las lava y sirve un poco de té en ambas, pero a una le agrega el polvo blanco de un sobrecito. Al regresar al dormitorio, le ofrece una de las tazas a Mauricio, quien agradece y la bebe.

“Ya se está distribuyendo y algunos ya están viendo los primeros envíos”. Mauricio deja el celular en la mesa de noche.

“¿No verificarás quién más va a verlo?”

“Confía en el poder de la tecnología, Darío Echenique”, sonríe mientras bebe el resto de la taza. “Y lava mejor tu vajilla de metal o aprende a hacer mejor té”, ríe.

Su amante ríe también. Mauricio se levanta y se pone sus zapatillas.

“¿A dónde vas, Mau?”

“A mear. ¿Me acompañas para que me la tengas?”

“Ay, asqueroso”.

Ambos ríen. A los pocos minutos, el fisicoculturista regresa y se echa al lado de Darío; lo abraza.

“Tirar contigo a uno sí que lo deja cansado”, comenta.

“Sí, muy cansado”, ssolo responde el otrora supermodelo.

Media hora después, Mauricio parece estar profundamente dormido. Darío intenta reanimarlo dándole empujones y pequeñas bofetadas. No obtiene respuesta. Como puede, el joven de ochenta y dos kilos de peso intenta mover a otro musculoso de noventa y cinco y consigue sacarlo hasta la sala de la casa, lo envuelve en la sábana, busca su pistola en una gaveta de la entrada y descubre que está descargada.

“Hijo de puta”, reniega.

Regresa al cuarto, busca la mochila de Mauricio y en la bolsa de ropa interior sucia encuentra la cacerina; carga el arma, y regresa a la sala iluminándose con la linterna; ubica la sábana, apaga la luz, acerca el arma, dispara a quemarropa. Darío jadea fuertemente y se pone de pie para buscar la linterna cuando siente que algo le golpea secamente en la cabeza, y queda inconsciente.

 


La foto de Darío Echenique, mejor dicho, la foto de los mejores tiempos de Darío Echenique está en primera plana de los diarios más influyentes con titulares del tipo “Buscado” o “50 mil de recompensa”, pero no va sola. Muchas rotativas han impreso al lado algunas capturas de pantalla en las que se leen conversaciones de mensajería instantánea entre Rico y Alberto Madero donde se detalla el lanzamiento de Tirador Films y las ideas-fuerza que se debía decir durante la entrevista de televisión, cuyo objetivo era afectar la imagen de Darío. Temprano esa mañana, Leandro despierta con los gritos de Baldo:

“¡Hijo! ¡¡Hijo!!”

El futbolista se cubre la cintura con una toalla y abre: su padre le muestra el diario, y Leandro se desconcierta por completo.

 


En cuestión de una hora, ambos están en la sede de Sparking Advertising junto a la secretaria abriendo casi de golpe la oficina de Madero.

“¿Dices que no se ha comunicado para nada?

“No, Leo. Lo estoy llamando a sus teléfonos: su celular está apagado y en su casa me lo niegan”, informa la mujer.

“¿qué ganamos entrando así a su oficina, hijo? No somos el Ministerio Público”, recrimina el papá.

“Beto nos debe explicaciones”, responde el muchacho.

 Entonces, un guardia de seguridad llama a la secretaria, quien sale corriendo a atender. Padre e hijo se miran. Van tras ella.

“Acaban de dejar esto para el señor Leandro Pérez”, dice el guardia mostrando un sobre pequeño.

“¿Quién?”, interviene el aludido.

“Debe ser un mensajero porque venía en una motocicleta”,

 “¿Y no dejó cargo para firmar?”, consulta la secretaria.

El guardia niega con la cabeza.

“Llamemos a la Policía”, sugiere Baldo.

Leandro casi arranca el sobre de las manos del guardia y lo palpa.

“¿Estás loco, hijo?”

“ésto no es explosivo”, tantea Leandro. “Parece una memoria”.

“¿Explosivo?”, se alarma la secretaria.

“No le haga caso, señora. Leandro, llamemos a la policía”.

“Apuesto que lo envió Darío, papá. Ya lo hizo antes con el catálogo, hace más de dos semanas. Trata de decirme algo”.

“Hijo, ¡razona! Tenemos que avisar a las autoridades antes de hacer nada”.

Leandro rompe el sobre y saca el contenido: efectivamente es una memoria plomo oscura.

“Necesito que me presten una de las computadoras de Diseño, por favor”, pide el joven.

 


Lo que contiene la memoria deja a Leandro con más preguntas que respuestas; y lo que más le intriga son varias fotos de Darío junto a un joven en actitud muy cariñosa. No es Rico, ni él, ni tampoco el chico de mantenimiento, o los otros modelos con los que ha trabajado, a quienes sí logra reconocer.

“¿Y ése quién es?”, se pregunta.

El diseñador a su costado palidece.

“Estás violando el derecho a la intimidad de Darío Echenique”, insiste su padre.

“¿Y qué tal si Darío Echenique lo envió para que sepamos algo?”

El diseñador se levanta:

“Voy a tomar agua”, se excusa.

“Tenemos que regresar al Condominio”, pide el futbolista.

“No, ijo; tenemos que llevar esa memoria a la Policía”.

Leandro espera un par de segundos:

“Genial. Tú lleva la memoria a la Policía, yo regreso al Condominio. Nos hablamos por teléfono ante cualquier novedad”.

“Los llamaré para coordinar la entrega”, advierte el abogado.

Baldo sale de la sala de Diseño y Leandro teclea algo en la computadora, a su vez que el diseñador reingresa.

“¿Qué haces?”, le pregunta a Leandro.

“Busca otra memoria como la que está dentro de tu CPU, pero antes me vas  a decir algo”.

Justo en ese instante, vibra el celular del futbolista. Lo saca, mira, toca y contesta:

“¿Diga?”

“Leo, necesito verte urgente”.

Esa voz, aunque apagada, es familiar.

“¿Darío?”, se conmueve el chico.

“No ttengo mucho tiempo; encuéntrame en el parque detrás de la Torre”.

Cortan la llamada. Leandro revisa el número:

“Es un teléfono público”.

 Se pone de pie.

“No interrumpas el copiado y ponlo en otra memoria”, instruye. “Conversaremos cuando regrese”.

“Leandro”, lo retiene el diseñador. “Sí conozco a ese chico”.

Leandro lo mira fijamente a los ojos y lo toma de ambos hombros:

“Entonces dime quién es”.

“Es… elías”.

Leandro se sorprende.

  

lunes, 28 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 15.1: Te vaciaste en mi culo


Madero y Baldo ayudan a bajar las maletas de Adela y Cintia y ponerlas en el auto, que está flanqueado por los del abogado y de Madero. Las mujeres van con el futbolista, quien luce muy consternado; delante va su padre y detrás va su jefe.

“¿Crees que puedes conducir, Leandro?”, consulta Madero.

“Sí, sí puedo”.

Mientras parten al aeropuerto en formación tipo caravana, alguien les vigila desde otro auto ubicado a cierta distancia pero no les sigue.

“Repasemos”, anuncia Leandro mientras conduce y sacando entereza quién sabe de dónde. “estarán en un lugar seguro que será seguro en la medida en que no le digan a nadie donde estarán, y nos comuniquemos solo lo suficiente. Nada de fotos en redes sociales, nada de videos”.

“¿Estarás seguro, hijito?”

“Tranquila, má. Si no se queda papá, se queda Beto o se queda Genaro; pero no me quedaré solo”.

“¿Cuándo acabará todo esto, hijo?”, se angustia Adela.

“Pronto, mami. Cuando Darío esté bajo control, todos nos reuniremos otra vez. Te lo prometo”.

el futbolista se concentra en el auto de su padre que va delante suyo y aprieta sus dientes para no llorar.

 


Esa noche, Alberto instala un sistema de vigilancia en el dos cero uno del Condominio.

“Si alguien que no digite el código en la puerta logra ingresar, la alarma le dejará tal tinnitus que, cuando se recupere, un par de policías ya lo tendrán esposado”, explica.

Leandro no replica.

“Tendría que fallar el grupo electrógeno para que nada se active; además, podremos verlo desde tu celular y el mío”.

Leandro sigue con la boca cerrada.

“Ey, ey, ey. ¿Hay alguien ahí?”

“¿Por qué Rico?” Leandro rompe a llorar.

Alberto baja de la escalera y abraza al muchacho.

“No lo sé, Leo Leandro; pero te prometo… te…”

Alberto comienza a llorar junto a él. Lo besa en la mejilla y el cuello.

“Necesitamos relajarnos”, aconseja Madero entre sollozos. “O este dolor va a derrumbarnos”.

 


Lo mejor que se le puede ocurrir al director creativo es tomar una ducha tibia, a media luz, junto al futbolista. Trata de excitarlo; mejor dicho, trata de satisfacer su excitación frotando su pene erecto entre las nalgas del muchacho.

“No tengo ganas, Beto”.

Madero no hace caso. Besa la espalda y la nuca y sigue moviendo su pelvis en medio del trasero del futbolista quien parece laxo.

“No, Beto, no; no, por favor”.

“Tranquilo, mi amor”, suspira Madero.

Leandro se queja. Una opresión fuerte en su ano va convirtiéndose poco a poco en dolor.

“Respira hondo y despacio, Leo… hhondo… y despacio”.

El futbolista agarra la pequeña nalga de su jefe y la estruja mientras jadea y gime. Ambos lo hacen. Minutos después, Madero deja de cimbrarse y Leandro siente que la opresión en su recto cede.

“quiero cagar”, avisa el futbolista saliendo velozmente de la ducha.

 

Luego, en el dormitorio, Leandro descansa sobre el pecho de Madero.

“Bonita manera de recordar a Rico”.

“Necesitabas relajarte y, bueno, se me ocurrió eso”.

“Te vaciaste en mi culo”.

“¿Te jode?”

“No, pero… mis respetos por los pasivos”.

“La primera vez siempre es la más traumática, Leo Leandro”.

“Nunca supe cómo fue tu primera vez, Beto”.

“Super traumática. Tenía veinte años y estaba en la universidad haciendo un trabajo. Habíamos contratado a un modelo alto, musculoso, para unas fotos, y estábamos esperando a mis compañeros. El chico se estaba duchando y, cuando salió, no tenía toalla. Tenía una cosota, grande y gruesa. Me lo quedé mirando. Hizo que se la tocara, se la mamara. Cuando me di cuenta, estaba sin ropa, reclinado sobre una mesa recibiendo su pinga en mi culo. Me dolía como mierda, encima que demoró como mierda. Cuando llegué a mi casa y me saqué el interior, ¡puaj!, una mancha amarilla y roja”.

“Te lo había reventado”.

“De hecho. Se lo comenté a un amigo gay de confianza y me dijo que en esos casos siempre se debe usar lubricante a montones. Había obviado ese paso”.

“Te contaré, Beto, que hemos obviado ese paso”.

“¿Te arde o te duele?”

“No, se siente raro nada más”.

Leandro hace que Madero se gire, dejándole su nuca lista para ser besada.

“Ahora es mi turno”, le avisa.

Trata de excitarse pero no lo consigue. Desiste pero se queda en esa nueva posición:

“¿qué dijiste en tu casa, a tu esposa?”

“Que estás en peligro de que un publicitario te meta pinga por segunda vez”.

Leandro ríe:

“Primero yo se la tengo que meter”.

Madero consigue girar, besa a Leandro y se revuelca con él sobre la cama.

“Si quieres que se te pare, relájate, Leo Leandro”.

“Quiero, trato, Beto Alberto, pero no puedo”.

“Bueno, es un proceso. No te exijas”.

“¿Sabes que me provoca encarar a Darío por lo que hizo a Robertth y Rico?”

“Ya escuchaste a tu viejo: es altamente riesgoso porque te puede matar, y yo te aconsejo lo mismo”.

“No me siento cómodo huyendo porque no es mi estilo; es como si tuviera el arco libre y no pateo el gol”.

“Es que esto no es fútbol, es estrategia legal. ¿Alguna vez jugaste ajedrez, Leandro?”.

“Nunca. A duras penas, ludo”.

“Si encaras a Darío, todo el argumento de que la víctima eres tú se nos viene al suelo”.

“a veces no me siento la víctima, Beto”.

“Pues, tendrás que creértela, o hacer que el resto se la crea en última instancia”.

“Entiendo: decir que es lo que no es y que no es lo que sí es. Reglas de la publicidad”.

 

Al día siguiente, domingo, Leandro no despierta con el desayuno sino con el periódico en la cama

“Cuerpo B, página dos”, indica Madero.

Leandro abre el diario, y casi se queda de una pieza. “entrégate, Darío” es el titular a toda página, “José Miguel Echenique” como antetítulo, “Padre de modelo promete ‘un buen abogado’” como bajada. El futbolista mira sorprendido a Madero.

“¿No fuiste tú, no?”

“Leandro, ¿cómo se te ocurre que voy a inventar una noticia así, y todavía con ese hijo de puta?”

“Entonces… ¿fue mi papá?” 

martes, 22 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.2: yo tengo la culpa


Los buenos oficios de Baldo Pérez permiten que Leandro regrese a casa a las cinco de la tarde tras un intenso interrogatorio en la Comisaría. Aún lleva su ropa de entrenamiento. Una propina de Alberto Madero mantiene oculta la visita del futbolista a la estación policial. Paralelamente, un comunicado interno del San Lázaro advierte a todo su personal no decir una palabra de lo ocurrido esa mañana, bajo pena de amonestación. Los pocos datos que se filtran a cierta prensa son rápidamente bloqueados por Sparking. Cintia lleva a su novio para que tome una ducha y descanse, mientras Adela se reencuentra con el padre de su hijo, bajo esas circunstancias, tras dos décadas de alejamiento forzado.

“éste no es momento para recriminaciones”, tercia aún conmovido Madero. “Lo que nos debe interesar es el bienestar de Leandro ahora”.

“Yo no sé cómo lidiar con los hallazgos de la Policía”, reconoce Baldo.

“¿Por qué? ¿Están culpando a Leandro?”, comienza a intranquilizarse Adela.

“No, mujer, por favor, conserva la calma. Nuestro hijo va a colaborar con las investigaciones pero no lo acusan de nada”.

“Ahora sí es nuestro hijo”.

“Señor y señora, les dije que éste no es momento para recriminaciones. Mire, doctor Pérez, lo que sabemos ahora lo dejo a su criterio ético, pero… si yo fuese usted, pondría mi criterio de padre y abogado por delante de todas las cosas; y usted, Adela, nada de desesperarse, mas bien quiero que saque fuerzas de donde sea porque a partir de ahora vamos a tener un cerco de seguridad en torno a este departamento, al auto de Leo cuando lo devuelva la Policía, en fin, en torno a todo”.

“¿Estamos en riesgo, señor Madero?”, consulta la madre.

“Probablemente. Las huellas que hallaron en el catálogo que Leandro creyó eran un artefacto explosivo son… son de Darío Echenique”.

“¡¡No!”, exclama la mujer.

“Y aunque Leandro y el doctor Pérez crean que no, yo pienso que ese chico mató a Roberth Peña”.

“¿Roberth murió?”. Adela se desvanece.

Baldo la auxilia.

“No sea bruto, Madero. ¿No sabe que la madre de Leandro sufre de baja presión?”

“Perdone, doctor”.

  


A los quince minutos llega una ambulancia,  y una camilla es ingresada al Condominio. Desde un auto con las luces apagadas, alguien divisa todo lo que pasa al exterior del inmueble.

Leandro se olvida de descansar y acompaña a su madre en el vehículo.

“No tiene pruebas para afirmar que Darío Echenique asesinó al tal Roberth Peña, así que le sugiero tener cuidado cuando suelte sus hipótesis o teorías frente a terceros”, aconseja Baldo Pérez a Madero cuando la ambulancia parte a una clínica.

“Tiene razón; pero recuerde que la Torre tiene cámaras de vigilancia; y si yo fuese usted, y quiero defender la inocencia de mi hijo –porque creo hará eso—ya estaría pidiendo copias antes de que las borren”.

“La Policía ya las tiene, señor Madero”.

 


El lunes siguiente, los videos aparecen misteriosamente filtrados a la prensa, y en ellos se identifica claramente a Roberth entrando al penthouse a las nueve y treinta y dos de la noche, y luego una persona vistiendo una polera con capucha ingresando al mismo lugar a las diez y cuarenta y tres de la noche. El detalle es que la persona que ingresa lleva un costal. Veinticinco minutos después, el encapuchado y otro encapuchado sacan ese costal lleno cargándolo al hombro.

“¿es el cuerpo de Roberth?”, pregunta Leandro entre sollozos.

“No sabemos”, dice su padre.

“Sí lo es”, afirma Madero.

“¿Reconoces al sujeto que llega con el costal?”, pregunta Baldo.

“No, pero… Darío tiene muchos amigos modelos. Por la contextura puede ser cualquiera de ellos”.

“Aunque éste es fisicoculturista por la espaldaza”, observa Madero. “¿Qué tal un… un… Mauricio Estrada?”, sondea revisando unas notas.

“Ni la más remota idea, Beto. No lo conozco”.

“¿Vio, señor Madero? Su afirmación no es exacta”, apunta Baldo.

“Pero sí reconozco esa polera y ese cuerpo, papá, el del otro chico: sí es Darío”.

“Video, huellas. ¿Qué más necesita para convencerse? ¿Una declaración incriminatoria, doctor Pérez?”

“Yo tengo la culpa”, solloza Leandro. “¡Yo tengo la culpa!”

“¿Culpa de qué, Leo?”, Madero intenta razonar.

“Yo le pedí a Roberth que visite a Darío”.

“¿Para qué?”

“Hijo, no digas nada que pueda involucrarte en el caso”, aconseja su papá.

“Porque justo ese jueves salió lo de la productora y… don José Miguel me llamó para preguntarme si yo estaba detrás de esa campaña”.

“¿Y estabas tú detrás de esa campaña?”, inquiere Madero con cinismo.

“Claro que no, Beto. Yo ni enterado. Pero le pedí a Rob que lo visite, que hable. Supuse que Darío iba a sentirse mal. Yo lo mandé a morir”, Darío rompe en llanto.

“No, campeón”, al fin se conduele Madero. “Tú no mandaste a morir a nadie. Solo trataste de ser un buen amigo. Solo hiciste eso”. ¿No es cierto, doctor Pérez?”

“Es cierto, hijo. Nada te incrimina, pero vamos a tener que armar muy bien tu declaración ante las autoridades cuando lo requieran. ¿Dices que José Miguel Echenique te contactó por esos titulares contra Darío?”

“Sí, él lo hizo”.

Baldo se levanta del sofá donde están viendo el televisor.

“¿A dónde va, Pérez?”, averigua Madero.

“A seguir su consejo: a anteponer mis intereses de padre y abogado”.

Madero abraza a Leandro y le da un beso en el cabello. Su cabeza urde nuevos planes:

“Tú no eres culpable de nada, ¿entendiste?”, le susurra. “De nada”.

Madero se queda inmóvil, abrazado de su amigo, viendo sin ver la pantalla del televisor.

 


Esa misma semana, el canal de cable cancela Línea Blanca con Leo Pérez. Madero no puede hacer nada por salvar el programa, y solo declara que se debe a “presiones de un empresario muy poderoso”.

“¿Te parece correcto haber publicado éso? ¿Qué estás tratando de decir? Ahora la gente pensará que lo cancelaron por influencia del papá de Darío”.

“Es solo una declaración, Leandro”.

“¿Sabes que José Miguel Echenique está tan devastado por todo esto? Todos los medios han publicado que Darío es el sospechoso principal”.

“Leandro, ésta es la segunda o tercera vez que te escucho abogar por la familia Echenique y no decir una sola palabra sobre la familia de Roberth. ¿Acaso sigues enamorado de Darío?”

“¡Beto, por Dios! Nunca he estado enamorado de Darío, y claro que pienso en Roberth, y me torturo a mí mismo de que por esa llamada que le hice, pasó lo que pasó”.

“¡Carajo, no eres culpable! ¡Roberth Peña es una víctima de un asesino con una enfermedad mental, que encima es alcohólico! La justicia tiene suficientes pruebas para mandar a ese hijo de… a que se pudra un buen tiempo en la cárcel. Claro, si a José Miguel como se llame no se le ocurre comprar jueces o fiscales, como suelen hacerlo”

“¿Por qué tanta rabia contra Darío, Beto?”

“Mira, Leandro: deja de preocuparte por ese asesino, y concéntrate en qué vamos a lanzar como nuevo proyecto. Aún tenemos a tu patrocinador, así que no debemos perder ese dinero”.

Leandro se levanta de su escritorio:

“Mamá y Cintia viven con temor ahora. Desde que mamá fue dada de alta, pasa prácticamente sedada. No tengo cabeza para esto en este mismo instante. ¿Y sabes qué la angustia más? Que el siguiente… puedo ser yo”.

El futbolista sale de la oficina y Madero comienza a tener un conflicto consigo mismo: quizás en mucho tiempo, es la primera vez que siente un escozor muy incómodo llamado remordimiento.

 


lunes, 21 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 14.1: ¡No, Rob!


“Sigo sin entender por qué justo eligieron esta semana para lanzar su Tirando, Tirado…”, comenta Leandro.

Tirador Films”, aclara Rico, quien está acostado desnudo en la cama delante del futvbolista, quien lo abraza también desnudo; y detrás de ambos, Alberto Madero, también desnudo, abraza a Leandro. Es domingo por la noche y ahora la casa abandonada, donde se ha improvisado el estudio de la naciente productora, es su nuevo sitio de encuentros. Sobre el suelo hay cuatro preservativos usados junto a ingentes cantidades de papel higiénico arrugado.

“Como se llame la productora de la flecha en forma de pinga”, reclama Leandro muy cariñosamente.

“¿Y qué tiene de malo, Leo Leandro?”

“No tiene nada de malo, Rico Ricardo. El problema es cómo lo ha levantado ese medio, y cómo rápidamente me han querido meter en el saco”.

Leandro no puede ver cómo su amigo traga saliva.

“¿Qué te jode más?”, pregunta Madero. “El echo de que la hayan lanzado, el hecho de que no te hayan incluído, o el hecho de que mencionaran a tu ex novio?”

“No fue mi novio, Beto; pero sí, se fueron de alma contra Darío”.

“Bueno, eso de que nunca fueron novios, me consta, Leo Leandro; pero, ¿por qué te preocupa cómo se sienta Darío?”

“Yo preguntaría, querido Rico Ricardo, ¿qué necesidad tenían de meter a Darío en el saco?”

“Simple, Leo”, interviene Madero. “Ellos querían levantar su historia de alguna manera, y hallaron ese modo”.

“¿No habrán sido tus consejos, Beto?”

“Para nada”, se apura Rico.

“Aunque eso no es lo que me jode la cabeza ahora, muchachos”, confía Leandro. “Con hoy van tres días que no sé nada de Roberth”.

“Ahora que lo mencionas”, reacciona Rico, “es cierto porque el viernes debió venir para hacer unas fotos, pero me cansé de llamarlo y nada”.

“Podría estar en alguna locación sin acceso a red celular, caballeros”, tranquiliza Madero.

Leandro se incorpora sobre la cama y sale del medio de ambos varones.

“¿Qué pasó?”, se extraña el director creativo.

“Nada, chicos; mañana tenemos que grabar desde temprano y quiero llegar a casa para disfrutar a mi vieja y a… mi novia”.

“¿Cada cuánto te la follas?”, pregunta Madero mientras se pega a la espalda de Rico.

“Cada que tú no me la ordeñas, querido jefe”, sonríe el futbolista mientras se viste.

Al caminar el corredor de la quinta donde está Tirador, insiste con su celular.

“Hello. This is Roberth Peña. I can’t take your call at this moment, so leave me your message after the beep.”

¡Biiiip!

“Hola Rob, soy Leo. Apenas oigas mi mensaje, llámame, no importa qué hora sea”.

Abre la reja de la calle y camina hasta su auto que está aparcado detrás del de Madero, y algo raro le genera temor. Coge de nuevo su teléfono y marca nueve uno uno.

“Buenas noches, señorita. Mi nombre es Leandro Pérez Barrios. Hay un paquete sospechoso en la plumilla del parabrisas de mi auto”.

La Policía llega en quince minutos. Efectivos de la Unidad Antiexplosivos sellan la cuadra y obligan a una evacuación preventiva de los vecinos.

“Salgamos”, ruega Rico a Alberto, quien ha logrado ponerse duro otra vez.

“Ni loco, huevón. Acá estamos seguros. Pásame un forro”.

 


Veinte minutos después, los uniformados consiguen retirar el sobre y lo abren con cuidado.

“¡Es una revista!”, avisa el efectivo.

“Lácrala”, ordena otro. “Va a Criminalística”.

“¿Qué revista es?”, indaga Leandro.

Tras un par de minutos, la respuesta de otro efectivo lo deja en choque:

“Un catálogo de Lawrence’s, señor; pero de la colección de hace un año”.

Leandro se muerde los labios, mira a los alrededores. Sospecha que se trata de Darío.

 


A la mañana siguiente, el muchacho vuelve a llamar al nueve uno uno esta vez para reportar la desaparición de Roberth. No tiene respuestas hasta el jueves de esa semana, cuando durante una práctica en el Estadio Municipal, Genaro le avisa que Alberto Madero está en la pista atlética acompañado por tres policías. Se les acerca a paso ligero como la cosa más natural y, conforme se aproxima, nota que el rostro del director creativo está desencajado. Uno de los oficiales le da alcance:

“Señor Leandro Pérez Barrios, por favor, venga conmigo a la comisaría”.

“¿Por qué? ¿Descubrieron algo en el catálogo que dejaron en mi auto?”

“En realidad, queremos que responda unas preguntas”.

Leandro mira a Alberto, quien ya no puede contener las lágrimas. La ansiedad comienza a invadir al joven.

“¿Quiere decirme qué pasa, por favor?”

“Venga conmigo a la comisaría, por favor; así como está”.

“Vamos, Leo; yo estaré contigo”, trata de tranquilizar Madero entre sollozos.

Los otros dos efectivos se ponen detrás de Leandro y lo escoltan hasta un auto patrulla. Al llegar a la estación, lo ingresan a un cuarto con sillas y una mesa.

“llama a Baldomero Pérez en la Corporación Echenique”, alcanza a avisar a su jefe. “Dile que es una urgencia conmigo”

“¿A quién, dónde?”, se extraña Madero.

Lo sientan en una silla.

“Perdonen, yo voy a colaborar con ustedes todo lo que necesiten pero no hablaré sin mi abogado”.

“Es su derecho, señor Pérez; pero esto tiene que ver con dos llamadas que hizo a Emergencias: la del domingo por la noche y la del lunes por la mañana. Tenemos el análisis de Criminalística y nos preguntamos de quién serán esos cinco dedos que están impresos en la carátula del catálogo”.

“Oficial, con todo respeto; por eso los llamé a ustedes. Ni siquiera toqué ese sobre porque supuse que era un explosivo”.

“¿Puesto por quién?”

Leandro se traba.

“No lo sé. Lo ignoro”.

“Lo sabe, pero prefiere no decirlo”.

“Nos preguntamos si hay alguna relación con la llamada del lunes”.

“Igual. Por eso los llamé. No sé nada de mi amigo Roberth Peña hace exactamente una semana. Es como si se lo hubiese tragado la tierra”.

“¿Cómo sabe que se lo tragó la tierra?”

“Oficial, es un decir”.

“El cuerpo de Roberth Peña fue hallado bajo tierra en una finca, a veintisiete kilómetros de aquí”.

“¿Cuerpo? ¿Qué cuerpo? ¡¿A qué se refiere?!”

“Su amigo fue hallado muerto, señor Pérez”.

“¡¡¡Noooo!!!”, reacciona Leandro como si le hubiesen desgarrado la carne. “¡¡Nooooo, nooo, noo Rob!! ¡No Rob!”, se echa a llorar con amargura.

“Fue apuñalado, señor Pérez”.

“¡¡¡Nooooooo!!!” ¡¡No Rob, oficial, no Rob!! Leandro se inclina sobre la mesa que tiene delante y llora sin consuelo. “No Rob”, repite una y mil veces. “No Rob”.

 


jueves, 10 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 12.4: ¿Papá?


                    Cintia queda dormida en el pecho de su amado, mientras él mira a la oscuridad, intentando analizar el recorrido de sus últimos catorce meses de vida. La cancha de fútbol, la casa de novios, la casa de esos dos novios, el taxista amistoso, la convocatoria… Darío. Alguien le habló sobre darma y karma, las dos fuerzas del universo que atraen lo positivo y lo negativo respectivamente. Leandro no tiene claro cuál de las dos lo comanda. ¿O acaso está al medio? ¿O no está en ninguna parte? Cuando comienza a quedarse letárgico, su celular vibra. Lo toma y mira la pantalla, reconoce el número, corta la llamada y no la contesta.

 


En ese preciso instante, a unos cinco o seis kilómetros de distancia, en el último piso de la Torre Echenique, un ebrio Darío llora en medio de una solitaria cama. Su cabello está un poco largo y desordenado, la barba medio crecida, desnudo y acompañado por otra botella de vodka; insiste con su celular mientras escucha a Bach. Se lo lleva a la oreja.

“Hola, soy Leo Pérez. Ahora no puedo atenderte, así que deja tu mensaje luego de la señal”.

¡Bip!

“Leo, soy Darío. Por favor, llámame cuando puedas. Te amo”.

Bebe otro sorbo y trata de concentrarse en la melodía. No lo consigue. Vuelve a manipular la pantalla de su celular y se lo lleva a la oreja.

“¿Darío?”, le contesta una voz somnolienta.

“Hola”, habla algo imperativo. “Necesito que vengas a la Torre”.

“Darío, son… son doce y media de la noche”.

“¿Y qué tiene? Para eso te compré esa moto. Vístete. Te espero”.

Bebe otro sorbo de vodka, y por alguna razón busca desde su celular la canción de Luna Estrella en la que aparecieron Rico y Leandro como modelos. La intenta cantar sin éxito, o en todo caso, como todo hombre alcoholizado.

 


Ese lunes por la  mañana, en la oficina, Leandro está con cara de pocos amigos viendo unas cuentas. Madero entra.

“¿Hay algo malo en el departamento o ya tuviste tu primera pelea de conviviente?”

“Nada de eso. Digamos que alguien me hizo una llamada casi a medianoche y… me jode”.

“¿Alguien con una carrera en decadencia, que fue rechazado como imagen de una poderosa firma comercial que, en su lugar, puso a cierto deportista que tengo enfrente?”

“¿Cómo lo sabes?”

“Últimamente Darío Echenique está hecha la melodramática”.

“No es broma, Beto. Parece, pero mortifica”.

“¿Y cómo tiene tu número si lo cambiaste cuando comenzó el programa?”

“Buena pregunta, pero si crees que yo se lo di, pues no fui yo; dicho sea de paso, desde que no tengo nada con él, vivo más tranquilo, con cosas más importantes sobre las que debo ocuparme como estas facturas”.

“Ese Echenique sí que es terco, entonces”, concluye Madero.

“Ya veré cómo me lo saco de encima”, se alivia Leandro.

El futbolista ordena sus papeles y sale un momento de su propia oficina, porque parte de sus negociaciones incluyeron su propia oficina. No da ni dos pasos cuando su celular vibra, lo mira, se niega a contestar pensando que Darío está usando otro número. Insisten en timbrarlo, saca el aparato, respira hondo y responde:

“Oye tú, deja de joderme, ¿quieres?”, habla en voz baja.

“ehhh… ¿Leandro?”, duda una voz muy grave en el auricular. Y ésa no es la  de Darío.

“Perdone, sí, soy yo; pensé que eran… eran esta gente que vende cosas por teléfono”.

“Comprendo. Mira, Leandro. Te habla Baldo Pérez”.

“¿Papá?”, se extraña el muchacho.

“Sí, hijo… Me encantaría conversar contigo… en persona”.


lunes, 7 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 12.1: Me estoy volviendo versátil


Darío sale de circulación por un mes. Por primera vez en muchos años, su padre le da cara, aunque sea para enviarlo a una clínica cerca de Vancouver, donde recibe terapia y algo de medicina alternativa. Cuando regresa a la Torre Echenique, encuentra a Pepe como administrador.

“Tu papá consideró que era el elemento más confiable, y, tratándose de ti, no pude negarme”, le explica.

Darío no quiere contradecir a nadie. En la clínica le repitieron mil y una veces el verbo “to release”, mil y una vez “to set free”, otro tantos “to take easy”, y para variar “to heal”. Pepe le entrega las cuentas de esos treinta y tantos días, pero Darío casi no revisa el detalle:

“Gracias. Hiciste bien en aceptar”.

“Por nada. Cuando necesites un amigo, aquí me tienes. Ahora tú te quedas a cargo y yo regresaré a lo mío”.

Darío piensa un par de segundos:

“no. Quédate. Aún te necesito”.

Desde esa mañana, ambos comparten la administración de la torre, las tareas en el penthouse y hasta la cama. El plan de Pepe para su amigo es simple y saludable: ejercicio. Poco a poco, va metiéndolo en el mundo del fisicoculturismo, al punto que cuando dos meses después Darío establece DE Management, su propia firma de representación para talentos, Pepe pasa a ser uno de los fichados. Casi al mismo tiempo también registra DE Real estate para aislar la administración de la Torre, dos fincas camino a la sierra y una casa de playa que su familia posee. Ni una palabra sobre la promesa de venganza que se hizo; no al menos que lo hubiese mencionado.

 


Por esos mismos días, el San Lázaro se queda a dos escasos puntos de ascender a primera división. Leandro está muy disconforme, y comienza a planificar una escuela de verano para futbolistas mientras espera el reinicio de la temporada al año siguiente; pero, cuando está en plenos preparativos, Alberto Madero decide adelantarle su regalo navideño: un contrato de tiempo completo como asistente administrativo en Sparking Advertising.

“Pero, ¿y el equipo?”, duda el futbolista.

“Cuando comience la temporada, lo decidirás”, le responde su jefe guiñando un ojo.

 


Ya un par de semanas antes se había lanzado el comercial que se filmó en Playa Norte tanto en la señal abierta como los canales de paga y servidores de video en línea… en todo el continente. Leandro no es consciente de lo que eso significa hasta que comienza a frecuentar lugares públicos donde antes pasaba como un chico guapo pero no tan conocido, a ser el “tú eres el del catálogo” o “tú eres el del comercial”; quizás un “te vi en Época Semanal” seguido de una especie de escaneo que suele terminar en sus nalgas.

“Menos mal que aún no detectan que también soy el chico del videoclip, porque ahí sí mi madre me cuelga de los huevos”, le comenta a Rico cuando van a comprar lo necesario para cenar en Nochebuena.

“Si no me reconocen a mí, peor van a reconocerte a ti, hermano”, le responde el muchacho.

Por supuesto que mucho contribuye el silencio pagado y bajo advertencia de Luna Estrella. “Tienes cuentas no muy claras con Impuestos”, le dijo una voz en el teléfono, “así que lo mejor será que sigas instrucciones”.

Aunque siempre existe cierto margen de error, como les pasa a Leandro y Rico cuando una semana después están tomando sol en Playa Norte justo a vísperas de Año Nuevo, y notan que dos chicas cuchichean. Las miran y les sonríen hasta que se les acercan y les preguntan de frente por el videoclip. Ambos chicos solo se sonríen mientras no muy lejos, Cintia mira la escena.

“¿Cuándo Leíto te dará tu lugar, hijita?”, reniega Adela, bajo un enorme sombrero y gafas oscuras.

“Son solo admiradoras, doña”, minimiza la chica. Aunque súbitamente, unas dos semanas después, Leandro se le declara, y ella casi termina desvanecida.

“Perfecto”, califica Madero. “Si vas a estar en este medio y la gente te ve sin pareja, te seguirá relacionando con Echenique, y… no es buena referencia”.

“¿Aunque no sienta nada?”, replica Leandro.

“Recuerda que en el mundo de la publicidad, lo cierto es falso y lo falso es cierto”, sentencia su jefe, mientras descansa a su lado tras uno de tantos encuentros secretos en el Condominio Las Flores, como corolario a la fiesta de cumpleaños del director creativo: treinta y seis velas había soplado. “La gente cree con facilidad lo fantástico, y nunca da por cierto lo real”.

“Lo real es que me estoy convirtiendo en versátil”, remata el chico.

“¿Y lo fantástico?”

“Que no lo hago nada mal”.

 

“Entonces quédate con él”. 

domingo, 6 de noviembre de 2022

ASS (51): Monumentos de hombre

Enrique y José Luis por fin cierran un trato y lo celebran con un ‘adelanto’ de orgía gay.



A primera hora del martes, Julián está nadando en la Piscina Comunitaria. Viste su trusa olímpica roja, gafas de bordes transparentes y la consabida gorra impermeable. Tres chicos más nadan junto a él pero entrenando por separado. Al terminar un largo, se encuentra con Flavio justo debajo de uno de los podios.

“No sé cómo puedes nadar en esta agua tan fría”, le comenta tratando de no tiritar.

Julián sonríe: “Vengo de un clima más frío, ¿recuerdas? Anda, nada. No quiero que te acalambres”.

Flavio se baja las gafas y se lanza a nadar. Viste un bañador celeste con una franja lateral plateada.

Willy los sigue desde fuera del agua hasta casi chocarse con enrique quien mira la escena muy discretamente tras unas gafas de sol (a pesar que está nublado) y una gorra negra. Entonces, el celular de enrique vibra. Lo saca: “Ya llegaron”.

El productor porno gay gira en 180. Al fondo llega Eliezer. Se le acerca y se saludan con un abrazo.

“Dijo que sí, pero por razones obvias no pudo bajar. ¿Podemos ir a tu casa? “

El mexicano hace una seña a Willy. El camarógrafo se acerca al borde de la piscina y le hace la misma seña a Julián: es hora de irse. El nadador le responde con el pulgar hacia arriba. Cuando Flavio termina su largo, ambos salen del agua.

Solo en ese momento es posible apreciar en toda su plenitud el cuerpo bien trabajado de ambos varones: cada músculo en su sitio, todo un poema a la perfección masculina, un monumento viviendo a la vitalidad y virilidad…

Enrique se adelanta hasta su casa en Los ejidos para cumplir su rol de anfitrión. Manda a Flavio y Julián quitarse el cloro de la piscina. Ambos suben hasta uno de los dormitorios.

Tras entrar y cerrar la puerta, ambos se quitan toda la ropa y la dejan lista para lavar.

“Y pensar que en esas fotos y cuando te pones esa trusa, parece que tuvieras un pene chico y unas pelotitas”, comenta Flavio, entre seductor y divertido; “pero, cuando te quedas calato, realmente tienes un rico pene y unas hermosas bolas”.

Julián sonríe: “Darías lo que sea porque te clave mi pene en tu ano, ¿cierto?”

“Daría lo que sea por pasarme todo el tiempo del mundo contigo haciendo el amor, mi campeón”.

Julián sonríe de nuevo, se acerca a Flavio y lo palmea en una de sus redondas y firmes nalgas:

“A partir de mañana, creo que cacharemos hasta por gusto”.

Julián se mete a la ducha, Flavio lo sigue.

“¿Y podríamos hacer un ensayo ahora?”

Julián abre la ducha y se mete bajo la lluvia; el agua comienza a mojar su blanco cuerpo:

“Tengo que guardar leche para las grabaciones”.

“Yo puedo enseñarte cómo cachar sin llegar a eyacular”, sonríe Flavio mientras comienza a sobar la espalda húmeda del nadador.

“Hablas huevadas”.

Entonces, Flavio arrima todo su cuerpo y su pene erecto se encaja entre las nalgas de Julián:

“¿Aguarda, oe!”, reacciona el nadador.

“Confía en mí, campeón”, susurra Flavio mientras comienza a dar suaves pellizcos a las tetillas de Julián, y a mover lentamente su pinga al palo al medio del culo del nadador, quien, inexplicablemente, comienza a sentirse más relajado que de costumbre.

Abajo en la sala, José Luis y Eliezer están sentados en el sofá; en un modular va enrique, en el otro va Willy.

“Hermosa casa”, comenta José Luis; “parece que el porno es un buen negocio”.

“Creo que todo negocio es bueno si sabes cómo administrarlo”, sonríe enrique.

José Luis devuelve la sonrisa y se concentra en las agradables facciones del anfitrión:

“Vamos a cerrarles la piscina por dos días”, comienza a informarle; “al público le diremos que se trata de un mantenimiento preventivo. Yo cumplo con mi parte. Lo que no termino de entender es cómo ustedes podrían beneficiarme políticamente”.

“Simple”, explica enrique. “Sin ofender, pero los políticos se han devaluado mucho estos tiempos porque hablan de más y hacen menos o nada; en el mundo actual, las palabras sobran y son las acciones las que cuentan”.

“¿entonces?”

Enrique se pone de pie. Comienza a quitarse la ropa:

“El mercado gay y bi de Piura es el santo grial de cualquier marketero de este planeta porque no está tan disperso como en otros países, incluso México o Estados Unidos, que son lo que mejor conozco… Piura, Sullana, Paita, Talara, Chulucanas, Sechura… Son los lugares desde donde recibo más clientela… Y no solo te hablo de las ciudades sino de todo lo que hay alrededor”

“¿Me hablas de  la disco de ambiente?”, interrumpe José Luis mientras su mirada se posa ahora en los fuertes pectorales de Enrique, ya al desnudo.

“el antro de ambiente, el servicio de escorts, los shows privados, mercancía para adultos…”

“Y son los grandes mercados electorales de Piura”, se da cuenta Eliezer.

Enrique se afloja la hebilla de su cinturón y se desabotona el pantalón:

“Conozco cuáles son las obras emblemáticas de su gestión: si usted me autoriza a usarlas como locaciones para mis videos porno gay, la gente asociará inconscientemente el lugar con su gestor; incluso hasta lo podrían visitar… una especie de turismo gay”.

“Mensajes subliminales”, agrega Eliezer como descubriendo la pólvora.

“No,no pretenderás filmar escenas de sexo gay en las obras que yo gestioné”, atinge José Luis mientras ve el pequeño slip que no disimula el paquete de Enrique, quien ya deslizó su pantalón hasta las rodillas.

“Solo si usted me lo autoriza”.

Enrique hace una seña a Willy. Éste sube a la planta superior.

“Los desnudos están prohibidos en público por ley”, observa Eliezer. “Mucho más tener relaciones sexuales en la calle”.

“Me refiero a que si la obra tiene el espacio adecuado para montar una escena de sexo, como la piscina, y usted me lo autoriza, sí”, aclara Enrique, quien ahora solo se queda vistiendo su ajustado slip allí en medio de su propia sala. “Pero si no, solo la usaría como exteriores, y los interiores los haríamos en otra parte”.

El pene de José Luis está duro y pugnando por salir de su pantalón. Ya no sabe cómo sentarse en ese sofá para que su miembro se acomode y no le moleste.

En ese momento, Flavio y Julián bajan del segundo piso, calzando sandalias, sus cuerpos solo cubiertos por breves toallas.

“¿Tenemos un trato?”, sonríe Enrique, muy seductor.

José Luis no sabe dónde posar su mirada. Los tres monumentos de hombres tienen las manos listas en sus prendas y quedarse desnudos va a depender de su respuesta.

“Te prometo que todo está bajo control”, le dice Eliezer en voz baja mientras le toca el muslo.

Segundos de silencio.

Willy también baja solo en toalla y sandalias. No es un cuerpo de gimnasio, pero tampoco es un físico despreciable.

“Tenemos un trato”, afirma José Luis.

Enrique sonríe; se baja el slip. Flavio y Julián se quitan las toallas y se acercan al productor. Willy, aún bajando las escaleras, hace lo mismo.

“Gracias”, dice a José Luis. Entonces gira hacia Flavio y lo besa en la boca mientras con una de sus manos le acaricia el culo. Termina, gira al otro lado y hace lo mismo con Julián.

Lo que viene a continuación es un show caliente de caricias y besos que incluye apreciar cuatro penes erectos haciendo una continua guerra de espadas.

José Luis está excitadísimo. Eliezer le sigue acariciando el muslo.

 “Vengan, participemos”, invita willy.

En un par de minutos, seis varones desnudos, cuerpos bien trabajados, cada uno en su volumen, se rozan, acarician, besan. Manos recorriendo espaldas, manos recorriendo culos, manos masajeando penes, manos, manos, manos.

El show dura unos veinte minutos hasta que Enrique abraza a José Luis y lo besa en la boca mientras le coge fuerte las nalgas:

“Esto es solo un adelanto… te prometo que el viernes en la noche, te agrego tres chicos más”.

“¿Me vas a dejar con las ganas?”

“No, te la voy a mamar hasta que me des todos tus mecos en la boca… pero ellos sí necesitan guardarlos para que la escena salga bien padre”.

José Luis no reclama. Enrique se arrodilla y comienza a chuparle el pene. Ni siquiera en sus épocas de futbolista cuando veía a diez hombres calatos en las duchas, José Luis se sentía tan arrecho como ahora. Encima, Enrique la sabe mamar como los dioses. Por más que se resiste, termina eyaculando en la boca del productor.

“Tus mecos son deliciosos”, le susurra Enrique.

Y para finalizar, te dejamos con un #video porno gay.