Conocer a un chico ahora es cosa relativamente sencilla. Si tenemos las agallas para abordarlo en persona, todavía tenemos la inquietud de cómo llamar su atención. Si lo hacemos por redes sociales, podría parecer fácil pero ya no como antes.
Conforme ser gay, bisexual o heterocurioso está dejando de ser tabú poco a poco, la gente ahora exige más cosas que solo interesarte por la edad, estado civil o rol sexual. Sea en persona, o sea por virtual, ahora lo que seduce es tu tema de conversación.
Claro que si quieres sexo al paso, un agarre, la vieja fórmula nunca falla. pero si lo que buscas es un contacto con quien puedas ir más allá de una buena culeada o mamada, deja de apuntar al culo o a la verga. Comienza a apuntar al cerebro.
Una forma de buscar buenos temas de conversación es analizar un poco el perfil de la persona o el espacio en que lo encontramos. Un "¿qué opinas de...?" siempre será la mejor forma de romper el hielo. el resto va a depender de tu habilidad para armar una buena conversación.
Y la fórmula funciona incluso con los prospectos más complicados. ¿Tú qué opinas? te leemos en X y en hunks.piura@gmail.com
Soy Lucas,
vivo en Piura, y tengo 38 años. Mi
obsesión son los chibolos de 22 años, delgados pero formaditos. ¿Por qué?
Hace un tiempo yo
chambeaba en Chiclayo. Un miércoles me encontré en un grupo de contactos gay
a un chibolo de 20 años. Le mandé solicitud, me aceptó, chateamos buen rato, me
cayó simpático, quedamos para vernos el sábado. Esa noche y las siguientes
hasta el viernes, aluciné follando sin control con él en mi cama, inundando su
ano con mi semen.
No había momento
en que me quedara calato en la cama, pusiera dura mi verga de 15 centímetros
y la frotara contra la almohada hasta que se me saliera la leche imaginando que
perforaba su sabroso culito. Ni las duchas frías que tomaba me bajaban la
calentura. ¡a la mierda! Cuánto esperma me hizo
botar ese conchesumare.
Llegó el sábado.
Como le dije que tenía sitio, organicé mi cuarto para que la cita fuese lo más
placentera posible. Me fui bien animado a chambear.
A eso del
mediodía, el huevón me pasó un mensaje: “No creo que la haga, causa… tengo un
culo de trabajos de la universidad por entregar” ¡Carajo!, me dije. ¡Y qué iba
hacerme esa noche? Porque si él tenía un culo de trabajos, yo no había dejado
de alucinar cómo sería probar su culo mientras le hacía el amor. Ni modo. Me
resigné. Algo haría. Quizás… pajearme como
loco.
Salí de la chamba
a eso de las seis y media de la tarde cuando otro mensaje me entró. Era el
mismo chibolo. Yo estaba desganado, así que no le di bola. Pero el chico
insistió. “Al diablo mis trabajos… ¿dónde nos vemos?” Puta madre. De solo
pensarlo, se me fue el cansancio y hasta mi verga
se puso dura bajo mi ropa. Y ya sentía el bóxer húmedo porque cuando se me
para, lubrico como mierda.
Quedamos de
vernos en el Paseo de las Musas. A pesar que yo había deseado ese momento,
estaba medio nervioso. Me compré un roncito y me puse a tomar un poco como para
darme valor. La huevada es que el chibolo no aparecía por ningún lado. Decidí
acabarme la chata e irme a joder a otra parte.
Ya estaba tomando
el último vaso cuando él apareció.
“Disculpa,
brother”, me dijo todo humilde. “traté de zafarme, pero una vaina y otra…”
¿De qué vainas
habla este huevón? Mejor estaba mi vaina, otra vez al
palo, lubricando,
especialmente con esa ropa entallada que le marcaba su físico, y ese pitillo
que le destacaba su culito
bien redondito y sus piernas gruesitas y firmes.
“Practico
fútbol”, me contó cuando se sentó a conversar.
Compré otro ron y
comenzamos a hablar. Le invité pero no quiso. Nos caímos en gracia. Cuando se
acabó la segunda chata, llegó la duda:
“¿Dónde la
seguimos?”, le dije, con la esperanza de que ya quisiera que cachemos.
“Vamos a la
disco”, me propuso. No era precisamente lo que tenía en mente, primero porque
ya le tenía hambre a ese culito y segundo porque no soy bueno bailando. Obvio,
no le dije eso.
“OK… vamos”, le
dije.
La pasamos bien
en la disco. Como ya la había comenzado con ron, la seguí con ron. Quizás eso
me dio valor para bailar. No sé ni cómo lo hice, o si hice el ridículo, pero el
caso fue que también el chibolo aceptó tomar unos vasitos. Aprovechando la
penumbra, me le acerqué y mi mano traviesa le acarició una nalga: estaba
durita. Imagínense cuando nos tocó perrear, ahora era mi pinga la que se había
puesto no durita al rozar su trasero… ¿estaba duraza!
“¿La seguimos en
otro lado?”, le consulté.
“¿Dónde?”
En veinte minutos
ya estábamos en mi cuarto. Apenas cerramos la puerta, nos besamos en
la boca como locos. Qué rico sentir su lengua. Me imagino que le excitó mi
aliento a ron. Comenzamos a quitarnos la
ropa.
Ya calatos, nos
abrazamos fuerte y dejamos que nuestras pingas duras se frotaran y rozaran. La
suya también lubricaba un montón. Mientras nos besábamos, subimos a la cama.
Acaricié su culo
de futbolista. Obviamente que así sin ropa era más redondito y firme que con
ella. Aparte que esas nalgas lampiñas hacían que las caricias fuesen como pasar
seda sobre porcelana.
Mis labios
dejaron los suyos y comencé a besar suavemente su cuello con aroma de rico
perfume varonil. ¿Bien!, dije yo. Él comenzó a gemir y jadear con tono de
macho. ¿Bien, carajo!, dije yo. Los patas que se comportan como mujeres en la
intimidad no me ponen nada.
Bajé a chuparle
las tetillas. El chibolo se alocó más y acariciaba mi cabello. En realidad, me
despeinaba. Seguí bajando. No tuve problema en chuparle su pene. No era largo o
grueso, pero estaba ahí, levantado y duro como un gancho del que debía colgar
toda mi boca caliente.
“Así, pata… la
mamas bien rico”.
Succioné bien su pichula
para ordeñarle un poco de precum y luego lo guardé en mi boca para buscar la
suya e intercambiarlo junto a nuestras salivas mientras nos besábamos otra vez.
Volví a bajar a seguirle chupando
su rico pene.
Solito se fue
acostando sobre mi cama. Abrió sus piernas para que le lama los testículos.
¿Requetebién!, dije yo. Solito levantó las piernas. Obviamente, ambos sabíamos
qué queríamos.
Separé sus
nalgas, saqué mi lengua, y, sin perder tiempo, fui a conquistar su anito
cerradito. En mi excitación,
quería penetrarlo solo con mi lengua. Él me agarró fuerte del cabello y quería
que no deje de hacerle el beso negro. Miré un toque: ya estaba dilatándose.
Decidí sopearlo
más.
Me incorporé.
Aprovechando mi saliva y mi líquido preseminal, le fui metiendo mi
pene. El chibolo era tan estrecho que incluso para meterle la cabecita fue
un poquito trabajoso. Así que me estiré, saqué el condón que había separado
para esa noche especial, me lo puse, y luego saqué el lubricante y lo
embadurné bien. Puse algo del gel en el ano de ese hermoso chico.
Empecé a
empujarle mi pinga. Logró entrar todita poco a poco, pero, como era tan
estrecho, me apretaba como mierda, y sentía que en cualquier momento ese ano
iba a succionar mi falo
arrancándolo de mi cuerpo. Comencé a mecerme. ¿Puta madre, por Dios! ¡qué
hermosa sensación bombear ese
agujero!
¡así,papito”,
susurraba el chibolo. “Cáchame rico así”.
Ese pedido con
voz de macho me calentó más, por lo tanto le di con todo y me moví como loco.
El chibolo se quejaba medio rugiendo, como macho. Eso para mí era combustible.
Le di más fuerte aún. Ambos estábamos fuera de nuestros seres entregándonos al sexo más
rico que nunca antes nadie haya sentido.
Como me lo agarré
piernas al hombro, mi pubis y mis bolas azotaban sus nalgas como
un castigo placentero, que nunca desearía que acabe.
En un momento que
tomé aliento para volverlo a cachar fuerte, él puso sus manos en mi pecho y me
hizo entender que quería que me acostara. Lo hice. Ese hermoso nene se sentó
sobre mi verga, se abrió bien sus nalgas y se dejó clavar por mi herramienta
sexual. Comenzó a cabalgar como loco. Ahora era su hermoso culo de futbolista
el que azotaba mi piel. Siguió gimiendo y jadeando. Por ratos se inclinaba y me
besaba en la boca sin dejar de mover ese fabuloso trasero.
Estuvimos buen
rato así hasta que…
“Ya las voy a
dar”, le dije.
Él me sonrió.
“Quiero quitarme
el condón y llenarte el culo con mi leche”, le dije.
Volvió a sonreír
y me señaló su boca lo más pendejamente que puedas imaginar.
Cuando sentí que
ya no iba a aguantar más, le dí unas nalgaditas y él se desconectó de mi pene,
se arrodilló sobre mi cama y yo me puse de pie sobre ella. Me hice una
paja que era capaz de arrancarme mi pinga y le di toda mi leche en su boca.
Él no solo la saboreó; se la ttragó como quien traga el licor más rico del
mundo.
Me incliné a
besarlo en la boca nuevamente.
“La pasé de la
puta madre”, le dije.
“Yo igual”, me
respondió.
Para entonces, el
efecto del ron se nos había pasado. Nos quedamos conversando un rato y cuando
nos dimos cuenta, ya casi estaba amaneciendo.
Julián pide ser pasivo
otra vez, y ahora aguantándose la gran verga de Marcano.
A la mañana siguiente,
jueves, Julián está en el vestuario de la Piscina Comunitaria totalmente desnudo, revisando la tanga que lucirá ese día para la
grabación. Esta vez es una de color
naranja casi fosforescente.
Alguien ingresa.
Julián no hace esfuerzo alguno por cubrir su pinga, sus huevos o su culo. Más
bien, le llama la atención el muchacho alto y corpulento que acaba de entrar.
¡Qué hermosa
anatomía! Además, ese rostro es guapísimo.
“Hola”, saluda el
recién llegado blandiendo una sonrisa magnética.
Marcano comienza a
desnudarse y descubrir su cuerpo de revista fisicoculturista poco a poco.
“Sí… haremos las
escenas sexuales de esta mañana juntos. ¿Has pensado cómo?”
Marcano queda
completamente desnudo. Julián no evita verle el pene largo, aunque dormido. Supone que al ponerse erecto
va a ser una herramienta de dimensiones colosales.
“La verdad no tengo
idea”, responde el nadador.
Marcano revisa la
prenda que le han asignado. Sonríe. Es un hilo dental blanco. Comienza a
ponérselo.
“Se me ocurre… que…
nos dejemos llevar… ¿eres activo, pasivo, versátil?”
“Aún no lo tengo
claro”, dice Julián. “Pero creo que tu sugerencia es válida… dejémonos llevar”.
La sorpresa para todos
es que Marcano nada a nivel experto. Así que se les ocurre hacer una competencia de
estilos con Julián.
Willy, como siempre,
graba todo desde todos los costados de la piscina.
Ambos chicos llegan a
los podios, emergen y se quitan las gafas de natación.
“¿Quién ganó?”,
pregunta Julián muy contento.
“Creo que ninguno…
llegamos empates”, responde Marcano.
“¿Desempatamos o qué?”
“Tengo una mejor
idea”.
Ambos se meten bajo la
ducha del vestuario. La abren. Mientras el agua recorre sus cuerpos, se
acarician mutuamente, se abrazan, no tardan en besarse. Separan sus bocas por
un instante:
Marcano, entonces,
comienza a besarlo por el cuello y bajando hacia cada tetilla, el vientre,
hasta que, arrodillado, comienza a mamar el pene de Julián. Con qué maestría
Marcano se mete y saca el miembro ya duro de su nuevo amante.
El nadador no puede
disimular el placer que le provoca esafellatio.
Marcano deja de mamar
la pinga, acaricia la cadera de Julián, y lo hace girar amigablemente.
Cuando el musculoso
tiene ante sí el culo del nadador, no espera más y le separa las nalgas a la vez que
dirige su lengua a toda la raja y después a todo el ano. Julián se siente en la
gloria. Hace minutos que espera esa sensación.
Willy no deja de
seguir toda la acción mediante su cámara.
Varios minutos
después, Marcano deja de hacer el beso negro y se pone en pie:
“Chúpamela”, pide.
Julián, aún extasiado
por la caricia que ha recibido el ojo de su culo, gira, se arrodilla, toma el
pene de Marcano y se lo mete a la boca con ansiedad. A cada nueva succión, ese
pedazo de carne crece hasta sus enormes proporciones.
Lo que al inicio
parecía tarea fácil con un pene morcillón suma grados de dificultad conforme se
engrosa y se extiende hasta sus 21 centímetros. La boca de Julián no está
acostumbrada y siente arcadas por más que trata de mentalizarse.
“Lo haces riquísimo,
pana”, lo anima Marcano. “La chupas delicioso”.
Es como un
interruptor: Julián fluye mejor con la mamada y comienza a disfrutarla más. Lo
mismo Marcano.
“¿Quieres lamerme el
culo?”,consulta Marcano.
“¡Me encantaría!”
El venezolano gira y
pone sus enormes y firmes nalgas al alcance de la boca de Julián, quien ya
aprendió que, en esos casos, no debe pedir permiso, solo proceder. Lame los dos
glúteos,
lame la raja, saborea el ojo de ese culo. Marcano también experimenta esas
deliciosas cosquillas:
“Así, pana. AAsí.
Cómete bien mi ano”.
Ese beso negro también
dura varios minutos hasta que Julián cesa, palmea una de las nalgas y lanza un
pedido inesperado:
“Méteme tu verga”.
Marcano gira, duda un
poco. Sonríe nervioso:
“¿En serio quieres
sentir mi verga?”
“Confío en ti”.
Marcano desea hacerlo,
pero no tiene lubricante a mano y él sabe lo que significa meter su pene erecto en
ese culo que, evidentemente, no está entrenado para ese tipo de dimensión y
acometida. . entonces ve algo y lo toma: una barrita de jabón que hay cerca de
una de las regaderas.
Como ambos tienen sus
cuerpos húmedos, la soba entre sus manos, hace espuma, la frota contra el ano de Julián y luego
la frota en su pene, de paso que lo pone más duro.
Ubica el glande en el
esfínter y comienza a empujar. Julián aplica las lecciones que aprendió cuando
Miguel se la metió el día anterior: se relaja, respira profundo y despacio,
trata de expandir su ano y permite que el glande de Marcano ingrese poco a poco.
Obviamente, Marcano sabe que la paciencia es la clave.
Conforme le va
introduciendo un centímetro más, va bombeando despacito. Julián siente que esa pinga duele más pero
trata de resistir hasta que un súbito hincón viene de su ano.
“Au”, susurra mientras
hace un gesto de dolor.
“¿Sigo?”
Julián respira un
poco, se tranquiliza:
“Sigue”.
Marcano juzga que no
debe meter todo su falo. Cuando llega a la mitad, comienza a bombear despacio
mientras acaricia el atlético cuerpo de su amante, quien siente que le succionan
todo el cuerpo por el ano.
“así, pata, qué rico”,
suspira.
A Marcano le encanta
meter su pene dentro de un agujero apretadito. Eso lo excita más. Mucho, más
bien. Cuando menos se da cuenta, gran parte de su miembro ya está dentro de las
entrañas del nadador.
La escena de sexo nada
simulado continúa dentro de esa ducha donde un insólito Julián vuelve a ser pasivo mientras un
musculoso y aventajado Marcano lo sigue poseyendo con gentileza y sensualidad.
Ambos gimen y jadean.
Cuando la gran verga
del venezolano ya está toda enterrada dentro del culo del nadador, y su cadera
empieza a chocar contra esas firmes nalgas, el orgasmo se hace inevitable:
“Me vengo, pana. ¡Me
vengo!”
“Dame tu leche, quiero
tu leche”.
Marcano saca su pene,
se pajea duro y eyacula sobre la nalga derecha de Julián. Una densa mancha
blanca se desliza por toda la pierna del pasivo, quien gira, se abraza a su cachero, y
sobándole el pene aún duro, lo besa en la boca.
Julián hace lo que le
dicen. Marcano se arrodilla, abre las nalgas y revisa el ano. Solo está rojo de
la penetración, pero NO SE OBSERVAN OTRAS LESIONES.
“Todo parece estar en
orden”.
“Gracias”, responde
Julián.
Marcano abre la ducha
y se asea:
“Tienes lindo cuerpo…
y lindo culo, pana”.
“Gracias. Tú tienes un
cuerpazo, Y UN CULAZO… y una pingaza”.
“¿ya te has comido
vergas como la mía?”
“No… es la segunda
verga que me como, y en solo veinticuatro horas”.
Marcano sonríe:
“Tenía miedo de
romperte ese culo apretado; menos mal que aguantaste”.
Julián ríe.
“¿también vives en San
Sebastián?”
“Sí, y también conozco
a alejo y Miguel; de hecho, entrenamos juntos”.
“Me gustaría verlos de
nuevo; son buenos patas”.
“si tienes libre, ¿por
qué no nos visitas? A los chicos les va a encantar, creo”.
“No sería mala idea”,
responde Julián. “¿estarán libres el sábado?”
“Sí, creo que sí”,
replica Juan. “el hecho que venía algo picado, me hizo el habla, y, bueno… si
se me estaba ofreciendo así, yo creí que podríamos venir aquí a pasarla bien.
Total, ¿quién iba a enterarse?”
el peón y el policía
están sentados en una mesa simple en la salita de la casa que Julio tiene en su
parcela, cerca de San Sebastián. El dueño de la propiedad también está presente
ese miércoles, ya pasadas las nueve de la noche.
“va a cobrar
relevancia en la medida en que paco despierte o podamos encontrar al
mototaxista para corroborar datos”, explica Damián.
“¿encontrar al
mototaxista?”, se extraña Julio.
“Pidió su alta desde
ayer por la tarde y desde entonces su paradero es un misterio”, responde
Damián.
“Lo que les digo es la
pura verdad”, reclama Juan.
Damián estudia las
agradables facciones del chico y le palmea el hombro:
“Mira, muchacho, aquí
entre nos, yo sí creo que estás diciendo la verdad, pero si ese otro huevón va
a hacer lo que pienso que va a hacer, lo mejor es que tengamos datos exactos
para que Julio sepa cómo lo puede joder”.
“Perdone, don Julio”,
baja la voz Juan.
“No es tu culpa”,
responde el aludido, de manera tranquila.
“Lo que no entiendo es
por qué quiere joderte de esa manera”, observa Damián a Julio.
El ex futbolista
suspira y se estira sobre su silla.
“Cuando Sandro se hizo
adolescente, se hizo hincha del equipo y lo veíamos apoyando en todos los
partidos. Su viejo era socio del club y aportaba fuerte. Eso hizo que Sandro
tuviera más acceso, incluso a los vestuarios. Tendría 15 o 16 años, y de pronto
noté que rondaba mucho a los jugadores. Una vez lo descubrí cachando con uno de
ellos en las duchas. Era José Luis. Sandro alucinó que el Pelu era su pareja y
no lo abandonaba ni a sol ni a sombra. Tuve que hablar con su viejo para que
nos lo quitara de encima porque ya estaba afectando nuestro rendimiento. Desde
allí me cogió fastidio”.
“¿Y nunca lo pudo
superar?”, inquiere Damián.
“No lo sé. Cuando
Sandro cumplió 18 años, pidió adelanto de herencia a su viejo. Sandro fue
siempre hábil para los negocios e hizo crecer su plata. Fue cuando se hizo
socio. La huevada era que jugador que fichábamos, jugador que debía meterle
pinga. Era fijo. Y cuando se le prendía a uno, no lo dejaba ni a sol ni a
sombra. Hizo que uno de los chicos se separe de su mujer, y ya te imaginarás
cómo fue eso. Me tocó ponerlo en su sitio. Empezó a decir que Pelu y yo éramos
pareja, que hacíamos orgías con los otros futbolistas. Entonces le saqué su
mierda”.
“¿Le pegaste?”
“Ya me había sacado de
mis casillas y me había indispuesto con mi mujer… Me denunció… Menos mal que
todo el equipo, incluyendo el cuerpo técnico, sacó la cara por mí y testificó
diciendo que él era un acosador. Renunció como socio del club. La huevada es
que eso te explica por qué me tiene cólera”.
“Ahora me quedan las
cosas más claras”, comenta Damián. “Solo un detalle: ¿podrían mostrarme qué
pasó esa noche que viniste con Paco?”
“Mostrarle, ¿cómo?”,
se extraña Juan.
“Hacer exactamente lo
que hicieron esa noche ”.
Minutos después, Julio
se desnuda por completo y entra al cuarto. Juan y Damián ya están acostados, calatos, uno al
lado del otro.
“Comenzó a conversarme
y a acariciar”, cuenta Juan.
“¿Cómo te acarició?”,
averigua Damián.
“Me pasó la mano desde
la tetilla hasta mi huevo”.
“¿Así?”
Damián pasa la palma de
su mano desde el pectoral, suavemente, hasta detenerse sobre el pene semierecto
de Juan.
“Así, así, exacto;
entonces Paco comenzó a pajearme”.
Julio no pierde
detalle de cómo Damián comienza a masturbar a su peón hasta que el pene se le
pone bien duro. Su miembro también se pone bien rígido.
“entonces comenzó a
chupármela”, indica Juan.
“¡Así?”
Damián se dobla como
puede para iniciar el sexo oral.
“Tienes que parar el
culo”, indica Juan.
Damián asume la
posición señalada, lo que el peón aprovecha para acariciar las nalgas y masajear el ano
del policía.
“La chupas mejor que
ese huevón”, comenta el joven.
“¿Y solo cacharon Paco
y tú?”, pregunta Julio mientras se masajea su pene duro.
“Sí, solo él y yo”.
Damián deja de mamar
la pinga:
“¿qué pasó luego? ¿Le
metiste tu pene?”
“Sí”, responde Juan
muy excitado. “Se sentó encima de mi pinga”.
Damián toma un condón,
le pone su propio líquido pre-seminal como lubricante, pues también se le ha
parado el pene, unta ese mismo fluido al miembro de Juan, se coloca, pone la
punta del glande
en la entrada de su culo y comienza a tragárselo por atrás poco a poco.
“Aa la mierda”,
reacciona el policía. “el tuyo sí duele”.
“Métetelo despacio”,
aconseja Julio. Para qué te apuras si igual vas a gozar rico cachando?”
Damián sigue el
consejo mientras respira hondo y lento y trata de expandir los músculos de su ano.
Ya con todo el pene
dentro de su recto, el policía comienza a rebotar despacio.
“¡él cachó así?”,
pregunta excitado a Juan.
“Sí”, dice el chico,
bien arrecho, “pero tú te dejas cachar más rico”.
“¡así de rico, papito?
¿Así te gusta meter verga a un buen culito?”
“Claro que sí… y tu
culito… está más sabrosito”.
Ambos gimen y jadean
mientras Julio hace un esfuerzo para evitar que la leche se le salga mientras
se sigue masturbando.
La sensación le parece
tan deliciosa a Juan que no puede contener su orgasmo:
“Las voy a dar,
carajo”, anuncia, y eyacula dentro del condón.
Damián deja de
cabalgarlo poco a poco, pero su pene está bien al palo.
“¿Y él se pajeó sobre
ti?”
“No”, suspira Juan,
más relajado. “en realidad, le hice perrito, pero no se vació”.
Julio reacciona:
“¿Perrito, dijiste? O
sea que siguieron cachando”.
Damián se saca el pene
de su ano:
“¿Y cómo cacharon en
perrito?”
“mirando a esa pared”,
señala Juan hacia los pies de la cama.
“Eso lo puedo hacer
yo”, anuncia Julio encaramándose, buscando un preservativo y poniéndoselo
mientras Damián adopta la posición. Poco después, el pene del ex futbolista
taladra el ojete del policía fiscal. Julio cacha como loco.
“¿Así se lo clavó?”,
pregunta excitado a Juan.
“No, pero qué rico es
verte dándole pinga a ese pata”.
Damián goza al sentir
cómo esa pija le taladra el culo. Gime.
“agárrame piernas al
hombro”, pide.
Julio se olvida de la
reconstrucción de los hechos y le da gusto al policía. Adoptan la nueva
posición. El ex futbolista vuelve a introducir su pene al ano del robusto
efectivo del orden, en tanto éste comienza a pajearse:
“¿La damos juntos? Ya
casi me vengo”.
“Yo igual”, avisa
Julio.
“Vamos”.
Los dos reanudan la acción,
solo que esta vez Julio bombea con más fuerza:
“Concha su madre,
carajo, las voya dar, mierda… ¡las voy a dar,reconchasumadre!”
Julio eyacula dentro
del ano de Damián, mientras éste apura su masturbación hasta que las ráfagas de
su semen se disparan sobre su abdomen y pecho:
“Rico, carajo”,
murmura Damián.
Tras lavarse y
secarse, el futbolista y el policía salen de la casa en la parcela y están a
punto de montar la moto que los regrese a San Sebastián. Es las once y media de
la noche:
“Eres un pendejo”,
sonríe Julio. “Todo lo que hiciste para que cachemos contigo”.
Damián no responde
nada; solo sonríe. Ambos montan la moto. Cuando ya ven más cerca las luces de
la ciudad… un camión sale de la nada.
“¿¿carajo!!”, advierte
Damián tratando de controlar la motocicleta…
Pedro y Huamán
siguen explorando una forma de alcanzar el placer sin meter la pinga al culo.
Ya es de noche en
Piura. Pedro sale muy agotado de su clase del miércoles. Traspone la puerta.
“¿Joven Pedro!”
El muchacho se
sobresalta, gira con cierto asombro. Desde una motocicleta, un chico fornido
le alza la mano. Trata de identificar su rostro: es Huamán, el sereno. Se le
acerca.
“Te ves distinto
con ropa de civil”, le comenta sonriendo. “¿Qué haces acá?”
“Su tío Eliezer
se fue de reunión con don José Luis, me dijo que usted iba a salir a esta hora;
entonces…”
“¿te mandó a verme?”,
le pregunta Pedro, muy extrañado.
“No”, replica Huamán. “yo
decidí venir a verlo… ¿No le molesta, no?”
Pedro monta la moto
y ambos parten hacia Castilla. En el trayecto, los baches hacen inevitable que
el pecho y todo el cuerpo de Pedro se pegue a la espalda y el culo de Huamán.
Tras 15 minutos de viaje, debido al tráfico, llegan.
Bajo la ducha, mientras el
agua recorre sus cuerpos, sus bocas se besan, sus manos se acarician, sus penes erectos
se rozan. Aprovechando el jabón, Huamán soba las nalgas a Pedro y mete su mano
hasta masajear el ojo del culo.
“No me lo vayas a
meter”.
“No… ni loco… si
quieres, hazme lo mismo”.
“¿en serio?”
“Sí, méteme los
dedos entre las nalgas”.
Pedro no se hace
de rogar. Unta sus manos en jabón y repite la caricia del sereno. Ahora ambos
se masajean el ano mientras se besan apasionadamente.
La maniobra surte
efecto de inmediato: como sus dedos surcan suavemente la orilla de sus
orificios, y el jabón los lubrica, eso activa una serie de estímulos nerviosos
que transmiten algo así como electricidad a todo el cuerpo.
Para completar el
cuadro, los dos varones mecen suavemente sus pelvis, una contra otra, haciendo
que el pene de uno se masajjee en el pubis del otro.
“Sigue así,
Huamán”, Jadea Pedro. “Qué rico”.
“Me vuelves loco…
¿quieres chupármela?”
“Claro”.
Allí, dentro de
la ducha, Pedro se arrodilla, toma el pene gordo y cabezón del sereno y se lo
mete a la boca. Lo succiona mientras que con uno de sus dedos sigue masajeando
el hueco anal.
Huamán siente que
esa forma de chupar la pinga es lo máximo. Cierra los ojos y se deja ir.
“Las voy a dar,
¡las voy a dar!”, susurra.
En cuestión de
segundos, el semen sale a chorros y llena la boca de Pedro, quien sigue
haciendo la fellatio
mientras se traga la leche hasta que siente
flácido el pene de su amante.
“Te la chupo yo”,
pide Huamán.
Los papeles se
invierten. Con cierta dificultad, el sereno mama los 15 centímetros del joven guapo;
de hecho, no le cabe todo el falo dentro de su boca, pero Pedro no se lo
reclama.
Huamán mama verga
con algo de torpeza pero se siente rico.
Por supuesto, el
culo de Pedro no escapa a las caricias del sereno: lo soba, lo amasa con delicadeza,
lo palmea levemente, y sigue estimulando el ano con uno de sus dedos.
Pedro demora más
que Huamán en eyacular, pero todo tiene su final…
“Me vengo, me
vengo”, avisa.
Huamán se saca el
pene de su boca, lo masturba y deja que la leche de su amante se dispare sobre
su cara. ¡Wow! Qué hermoso facial se hace.
Luego, ambos
chicos descansan desnudos y abrazados sobre la cama.
“¿Por qué no te
tragaste mi leche?”, pregunta Pedro.
“No sé”, responde
Huamán. “Nunca lo he hecho… ¿A qué sabe?”
“No sé”, responde
Pedro. “el semen es diferente según el hombre”.
Ambos sonríen.
Pedro siente que
Huamán le toca su pene flácido
otra vez.
“Me gustaría probar
tu semen”.
Pedro mira a
Huamán:
“¡Estás seguro de
querer probar mi semen?”
“No… pero podemos
intentar”.
Pedro sonríe otra
vez. Su pene vuelve a ponerse duro.
Willy mira por
primera vez cómo otro pata saca de pito a otro pata metiéndosela por el culo.
Las grabaciones
en la Piscina Comunitaria se retoman a las tres de la tarde de ese miércoles.
Miguel y Julián nadan un largo completo.
Willy no los pierde de vista a través de la cámara.
Los dos muchachos
llegan a los podios.
“Nadas muy bien”,
califica Julián.
“Gracias... y eso
que le he perdido la práctica”.
“Si lo aprendes
una vez, no se te olvida nunca”.
“Eso es cierto”,
apoya Miguel. “Como cuando aprendes a bailar y eso no se te olvida nunca”.
“O cuando
aprendes a cachar rico”, replica Julián, sonriendo pícaramente. “Me pregunto
qué se siente ser pasivo”.
“¿Quieres
aprender cómo ser un pasivo?”
“Me llama la
atención, pero me jode el que pueda dolerme si me meten la pinga por el culo”.
“Bueno, no voy a
negarte que duele al inicio, pero si sabes la técnica correcta, lo puedes
convertir en una experiencia muy placentera”.
“Hablas como todo
un experto”, sigue sonriendo Julián. “¿Qué tal eres como maestro?”
Willy se
sorprende al escuchar este diálogo pero no dice nada. Se supone que esta
producción no tiene guión, debe fluir orgánicamente, así que solo se dedica a
grabar y vigilar que el audio sea comprensible. Pero un presentimiento comienza
a ponerle el pene duro a su máxima expresión. Corta.
En el camerino,
Julián abre las piernas dejando la banca en medio de ellas y apoya sus
antebrazos en la tabla para sentarse. Miguel
se agacha tras él, masajea las nalgas lampiñas y comienza a lamerlas
tiernamente. Julián no disimula el placer que le produce esa caricia en su
trasero.
Poco a poco,
Miguel va paseando su lengua hasta llegar al ano del nadador, que luce
cerradito y rosado. Comienza a lamerlo. Para Julián, sentir nuevamente, por
segunda vez en ese día, aquella experiencia es alucinante. Esas cosquillas se
sienten tan bien que solo queda jadear y gemir.
“Voy a poner mi
dedo, Julián; confía en mí”, anuncia Miguel.
“OK”, responde el
nadador.
Miguel toma un
tubito de lubricante, lo esparce generosamente
por su dedo índice (previamente ha llegado con las uñas bien recortadas)
y comienza a masajear el ano de Julián. Nota que comienza a relajarse. Miguel
prueba metiendo la punta de su dedo índice.
“¿Cómo te
sientes?”, consulta.
“Normal”, susurra
Julián.
Miguel prueba a
meter un poco más su dedo dentro del ano de su amante y a moverlo un poco. El
Lubricante en exceso evita cualquier laceración involuntaria en la delicada
piel interna del fundillo.
“¿y ahora cómo te
sientes?”
“Bien… se siente
rico”
Miguel intenta ahora
meter su dedo medio del mismo modo como lo hizo con su dedo índice, lentamente,
sin apuro. Julián siente un pequeño escozor que estremece todo su cuerpo.
“Respira hondo y
lento, Julián”, recomienda Miguel. “Hondo y lento”.
El deportista
sigue la recomendación. Se estremece un
poco más. Siente cómo cierta energía se despierta en todo su vientre. Miguel
mete y saca sus dos dedos y percibe que
el músculo anal se relaja mucho más. Ir lento es la clave.
Con su otra mano,
Miguel comienza a masajearse el pene para lograr su erección.
“¿estás listo
para recibir mi verga?”, consulta.
“¿No me dolerá?”,
pregunta entre temeroso y excitado, Julián.
“Trataré que no
mucho… confía en mí”.
Miguel hace que
Julián levante su culo y él se pone en pie. Unta mucho lubricante a su pene ya
erecto y coloca el glande en la entrada del ano. Por ahora, solo mete
lentamente la cabeza de su falo y puntea procurando que no se salga. Julián
comienza a gemir tratando de controlar el dolor leve y buscando maximizar el
placer: respira hondo y lento.
Miguel trata de
meter un poco más, y lentamente el resto de sus 18 centímetros van ingresando.
Se toma todo el tiempo del mundo hasta que su pubis por fin toca las dos nalgas
duras del nadador. Comienza a bombear lentamente.
Miguel sabe lo
que significa aguantarse una verga en el culo, por eso es gentil. La idea es
que la sensación de placer que producen las terminales nerviosas en el esfínter
se transmitan a todo el cuerpo, entonces, no tiene sentido ser rudo,
especialmente si jamás en tu vida te la han metido por atrás.
A Willy le parece
surrealista asistir y filmar lo que parece ser la primera vez de un pata. El
pene dentro de su pantalón sigue durísimo y pugnando por salir.
Miguel no aguanta
más y siente la inminencia del orgasmo.
“¿Telas doy
dentro?”, pregunta muy excitado.
“Sí… quiero
sentir eso”, responde Julián en el mismo tono.
Miguel eyacula
dentro del culo de Julián, aunque éste último solo siente cómo late el miembro
aprisionado por su recto. Miguel deja de moverse y, de paso, deja su pene
dentro de allí hasta que solito se vaya
poniendo blando. Recién entonces lo retira todo flácido y con algunas trazas de
semen; le tranquiliza que no haya sangrado.
Willy dirige la
cámara hacia el ano de Julián. Aún está dilatado y húmedo debido al lubricante.
Además está un poco rojo, con algunas manchitas de semen.
“¿Cómo te
sientes?”, pregunta Miguel.
“Chévere”,
susurra Julián, quien se incorpora, gira, busca la boca de su amante y lo besa.
“Eres un gran maestro”.
Willy anuncia que
ya ha cortado. Miguel se le acerca y le toca la bragueta.
“La tienes
durísima”.
Miguel se
arrodilla, abre el cierre al camarógrafo y le saca la picha; se la comienza a
chupar. Julián decide que lo mejor será ducharse. Antes se toca el ano. Lo
siente aún húmedo.
Entonces siente
que algo caliente comienza a fluir desde allí hacia sus piernas. Se asusta:
“Chicos… ¿qué
es?”
Miguel se
aproxima y sonríe:
“Tranquilo, es
solo mi leche saliendo de tu culo”.
“¿Nada más?”
Willy se acerca
también:
“No, nada más.
Miguel fue magistral sacándote ese culo de pito”.
“Y ahora seré
magistral mamándote la verga”, le indica.
Cuando enrique
entra, Willy ya ha llenado la boca de Miguel con su semen. Sonríe y mueve la
cabeza.
A veces, los
policías obtienen información sensible de la forma más inesperada; por ejemplo,
tras hacer el amor.
A las 11 de la
mañana, bajo el inclemente sol de San Sebastián, Sandro llega a su pensión
montado en su bicicleta. Luce un gorro, lentes de sol, camiseta, malla y
zapatillas. Se le aprecia en forma. Al aproximarse a la vereda, nota a alguien
que mira hacia ambos lados de la pista; su figura le es familiar.
“¡Damiancito!
¡Dichosos los ojos!”
El policía
reacciona y sonríe:
“¡Hola Sandrito!
¿Llegando de entrenar?”
“Más o menos… ¡¿y
qué milagro tú sin tu moto?”
“Le está fallando
el carburador y tuve que dejarla en el mecánico… estoy esperando mototaxi”.
“Ah, entonces
estás ocupado”.
“No mucho, ¿por
qué?”
Los dos varones
suben las escaleras de la pensión.
“Bienvenido a tu
primer hogar en San Sebastián”, adula Sandro.
“No ha cambiado
mucho, quizás la pintura”, comenta Damián de manera aparentemente
despreocupada.
Ambos suben las
escaleras y entran al cuarto de Sandro.
“Mucho calor,
¿cierto?”, seduce el anfitrión.
“Si pretendes que
me meta a la ducha contigo… la respuesta es sí”.
Sandro sonríe. No
espera mucho tiempo y comienza a desnudarse por completo.
“No te pones
calzón, ¿ah, vagabunda?”, bromea Damián al ver a sandro sacarse la malla
bajo la que carece de ropa interior.
“Si pudiera andar
calato sintiendo el asiento en la raja de mi culo, créeme que lo haría”.
Damián también se
quita la ropa y se abraza con Sandro. Ambos se besan apasionadamente.
“¿Quién te chapa
mejor: ella o yo?”
“ya, Sandrito, no
comiences; ¿vamos a ducharnos?”
La pasión
continúa bajo el agua. Damián no deja de acariciar las nalgas duras de su
amante; mete su mano entre ellas. Logra introducir su dedo medio dentro del ano
del ciclista.
“Vamos rápido, mi
amor”, sonríe Sandro.
“Quiero meterte
mi pinga como lo hacíamos antes”.
Sobre la cama,
Sandro se acuesta boca abajo y levanta el culo. Damián se pone el condón, le
abre las piernas, le zampa poco a poco su pene erecto.
“Ay, bebe.
Despacio”.
Damián se acuesta
encima y comienza a bombearle el ano con firmeza. Ambos gimen y jadean
sinparar. No cambian de posición. Comienzan a sudar copiosamente.
“Ah, mierda. Me
vengo”.
“Dame tu leche,
mi amor. Así, dame tu leche, papi”.
Damián se
incorpora, se saca el condón:
“Voltéate”.
Sandro gira
Damián casi
ahorca a Sandro con sus piernas, le pone el pene en la boca:
“Chupa, mierda”.
En realidad,
Damián bombea la boca de Sandro hasta que eyacula:
“Mierda,carajo…
¡la puta!”
Sandro se traga
el semen. Damián se acuesta al lado aún desnudo.
“qué rico”,
reacciona Sandro.
“No importa
cuánto tiempo pase, siempre es un deleite cacharte ese culo”, replica Damián.
“Pero desde que
te fuiste de aquí, parece que ya no tienes tiempo para mí”.
“Ese trabajo con
la Fiscalía quita tiempo; encima mi señora, mi chibolo. Ya no es igual. Hasta
me estoy poniendo panzón, carajo”.
“Pero sigues
siendo lindo para mí”.
Damián sonríe, se
incorpora y le clava un besito en los labios a Sandro.
“Gracias… Oí por
ahí que vas a postular por San Sebastián”.
“Me invitaron. No
pude resistir. Si me eligen, te llamo como mi seguridad personal. O mejor, como
mi jefe de Seguridad Ciudadana”.
Damián sonríe:
“Con seguir
siendo tu cacherazo me conformo”.
“¿y no estás
cachando con nadie más? Pensé que tú y Paco… ya sabes… “
“¿Por ese trío
que hicimos contigo? Bueno. No te negaré que caché con Paco una vez más, pero
me jode que sangre como mierda. Tuve que lavar toda una ropa de cama una vez
que lo hicimos”.
“Igual yo.
Lástima lo que le pasó. Eso de irse a cachar en el campo, encima en la parcela
de ese huevón de Julio”.
“¿Cómo sabes
eso?”
“Ay, Dami. No me
digas que no lo sabes siendo policía”.
“No. Fue un
accidente, según entiendo, pero esos detalles, ni enterado. ¿Paco te dijo algo
antes de eso?”
“No… digamos que…
hay fuentes, señor poli”.
Damián sonríe
otra vez, gira hacia Sandro, se acuesta encima suyo y lo besa de nuevo en la
boca:
“quiero cacharte
de nuevo… a pelo”
“¿estás sanito?”
“Totalmente.
¿Tú?”
“No sé. No me
hice la prueba”.
Damián sonríe
otra vez. Lo besa de nuevo apasionadamente en la boca para luego estimular el
cuello, luego las tetillas. Toma el pene semierecto de Sandro, se lo mete a la
boca y comienza a chuparlo diligentemente mientras con uno de sus dedos le
masajea el orificio del ano.
“Ah, ah,
Damiancito. Así, chúpamela rico, papi”.
El policía sigue
haciendo lo que le piden por largo rato.
“Las voy a dar”,
avisa Sandro.
Damián deja de
mamar el pene, lo masturba y hace que toda la leche se dispare sobre el abdomen
de su amigo.
“Ambos
necesitamos otra ducha, creo”, sonríe el invitado.
Tras asearse de
nuevo, Damián baja solo hacia la calle otra vez, toma sucelular y marca. Le
contestan:
“Tiene que ser
esta noche sí o sí. Este huevón sabe más de lo que dice…”
A diferencia de otras
ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su
espalda cada vez que debía frenar.
Llegamos.
Josué me dejó en la
vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.
Me dio la mano con
fuerza.
“Rafo, no hay nada qué
pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.
Sentí su voz
quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.
“Solo dímelo, y soy
capaz de…”
“Rafo, ya lo sabes… Lo
mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.
“No me pidas eso. ¡Me
necesitas!”
Josué ya estaba
llorando.
“No. No lo hagas por
mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.
Se calmó un poco.
“Josué, no me pidas
que deje de verte. No tú”.
“Te amo, Rafo. Te amo
con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.
Arrancó la moto y se
fue.
Comencé a llorar en
plena calle. Presentía lo peor.
Toda esa semana, Josué
no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme
para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir,
según deduje).
En lo que a ese
domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.
El resto de la semana
no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y
me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.
Igual, esa semana se
hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos
del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y
me mandaba directo a la cama.
El viernes, víspera de
la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde
nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos
Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me
esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.
Laura se las había
ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran
en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.
Hubo los juegos de
siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que
nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en
hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie
y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el
trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le
dio lo mismo si eran bonitos o feos.
La reunión finalizó
casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.
“Rafo, le pedí a
nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.
¿Nuestro amigo? Si
algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse
con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no
pedirle cátedra de eso.
“¿Ah sí?” Me lo quedé
mirando.
“Sí, Rafito, como
Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.
Al fondo salían los
dos strippers.
“OK. Que me lleve a
casa, entonces”.
Me retiré con Eduardo.
“Menos mal que mañana
estaré casado”, le dije rezongando.
Fuimos hasta el auto.
Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para
todos nosotros tomaban un taxi.
“Estuvo misio el show
de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.
“Sí, medio monse”, le
respondí.
“Sé que Laura me
encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una
verdadera despedida de soltero”.
“¿Una disco de
ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.
“Mejor que eso”.
Eduardo hizo una
llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a
un departamento.
Nos recibió un chico
blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz,
perfumada y con una música a punta de saxo y piano.
Cruzamos una especie
de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por
todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y
difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía
árabe.
El anfitrión había
cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a
bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles
cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.
Eduardo me convidó de
una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.
Lo caté y encontré
agradable.
El muchacho ya se
había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente
labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.
El chico me pidió la
botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de
Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa.
Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los
jeans.
Un cuarto de botella
después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando
sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de
quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.
Yo, obviamente, nada
de sueño; estaba más que excitado.
El bailarín se
levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le
hiciera lo mismo que él le había practicado.
Como era de suponerse,
la performance se repitió.
“Desnúdate”, me dijo
el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.
No esperé más. Me
quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había
otra botella de licor.
“Tómala”, me dijo.
La agarré, la abrí y
la bebí sin usar copa ni vaso.
“Ven”, me invitó.
Eduardo nos hizo sexo
oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al
dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y
que lo probara.
El bailarín sacó unos
condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos
indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad
nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.
Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro
gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.
Mientras alejo le
enseña al nadador cómo chupar bien el pene, el hombre que espiaba todo en la
piscina resulta tener su nivel de arrechura.
Enrique escribe
en el cheque, lo desglosa del talonario y se lo da al hombre delgado, joven,
que está parado frente a él en el vestuario de la Piscina Comunitaria. El
hombre, cabello negro crespo y barba en el rostro no rasurado hace un par de
días, se sorprende al leer la cifra:
“¿tanto, míster?”
“Creo que es
suficiente, carnal, para que no le digas a nadie lo que estamos haciendo aquí”.
“Pero yo no
pensaba contarle a nadie que están haciendo porno entre patas”, se ruboriza el
hombre. “ya le dije que vine a ver mi cargador y cuando me di cuenta… pues… ese
chico se estaba cachando al otro joven…”
“¡Estás seguro
que no te mandaron Eliezer o José Luis?”
“No, señor, ya le
dije que me olvidé mi cargador, vine y no pensé que iba a encontrarme…”
En eso entra
Flavio con su escultural cuerpo cubierto por la bata de baño. El hombre delgado
calla por vergüenza.
“¿ya
arreglaron?”, pregunta a enrique.
“ya, aunque dice
que no pensaba echar aguas”.
Flavio mira al
hombre, aún aturdido; le sonríe.
“No le veo pinta
de querer delatarnos”. Entonces, se dirige a Enrique: “¿Te contó Alejo que lo
descubrió pajeándose mientras veía a lo lejos cómo yo cachaba con Julián?”
“Eso es lo que le
conté al señor aquí”, se defiende el hombre.
“Además, Alejo me
contó que parece tener un buen pene”, agrega Flavio.
Enrique sonríe:
“No pretenderás
hacer lo que estoy sospechando”.
Flavio habla
nuevamente con el hombre:
“¿¿me permites un
momento?”
“¿Qué?”,
reacciona el varón, todavía aturdido.
“Confía en mí”.
Flavio toma la
camiseta del hombre y se la quita. Su cuerpo delgado es en realidad marcado de
músculos con algo de vello en pecho y abdomen. Entonces, Flavio afloja el
cinturón, desabotona el pantalón y baja la cremallera, y hala el pantalón hasta
las rodillas.
“Lindas piernas”,
comenta Flavio.
“Juego fútbol en
segunda división… los fines de semana”.
”ah, eso explica
tu culo redondo y durito”, comenta Flavio mientras palmea levemente el trasero
del hombre, quien parece no estar incómodo. “ahora, la prueba de fuego”.
Flavio baja el
bóxer medio raído, igual, hasta las rodillas, y puede ver un pene más o menos
largo debajo de una abundante mata de vello púbico.
“¿¿Cuánto te
mide?”
“No lo sé,
joven”.
“¿Puedo?”,
susurra Flavio en su clásico tono seductor.
“Claro… si
desea”.
El actor y modelo
porno comienza a chupar el pene al varón, quien mira el sexo oral mientras
siente cómo esa lengua y esos labios le masajean la virilidad de forma
magistral. La erección se produce en cuestión de un minuto.
Enrique no pierde
detalle; se acomoda su pene ya duro dentro de su pantalón.
Afuera en la
alberca, se supone que Julián ha desafiado a Alejo para hacer un largo de ida y
vuelta.
“el perdedor mama
el pene al ganador”, retó ante cámara antes de lanzarse al agua.
“Trato hecho”, le
respondió a Alejo.
Adrede, Julián
llega a décimas de segundo después que su contrincante.
“Puta madre… tendré
que tragarme esa pija”.
“Te va a gustar
mi pija”, responde Alejo, sonriendo.
Ambos salen del
agua, van a la banca donde antes Julián se estaba pajeando. Willy los sigue con
la cámara. Los dos talentos llegan aún en su tanga de natación, sus gorras y
sus gafas para el agua.
Julián se sienta
en la banca mientras Alejo permanece de pie para bajarse la tanga. Lo hace.
“Trágate toda mi pija”, pide.
Julián, en
realidad, traga un poco de saliva, abre
la boca y se dispone a pagar el reto. Jamás en su vida ha chupado pinga. Le
dijeron que eso no se hace porque ‘eso no es de hombres’; pero hay algo en la
verga de este hombre que le hace imposible dejar de succionar y succionar hasta
que consigue hacerla crecer hasta sus 18 centímetros.
Para Julián es
raro y nuevo el sabor del líquido pre-seminal, algo salado pero tampoco
desagradable. Dicho sea de paso que alejo aprendió con esto de hacer porno lo
importante que es tener la pinga y los huevos bien perfumados y limpios.
“Trágate toda mi
pija”, insiste Alejo muy cariñosamente, mientras acaricia la cabeza a Julián,
pero el novato mamapenes apenas si consigue meterse la tercera parte del falo
erecto.
“No es fácil”,
sonríe algo frustrado.
Alejo entiende
que esto puede estropear la toma, así que hace algo que no debería estar en el
guión… aparte que no hay un guión concreto.
“Ponte de pie… yo
te enseño”.
Julián se
sorprende un poco pero acepta; toma el lugar de Alejo quien ahora le baja la
tanga:
“Se hace así”.
Alejo, por
primera vez ante cámara, abre su boca y mama el pene del nadador con una
maestría que deja a Willy como estúpido por lo que aprecia en el viewfinder de
la cámara.
Los 16
centímetros de Julián ya están duros, entrando y saliendo de la boca de Alejo,
quien la mama por algunos minutos más hasta que se detiene:
“¿ya sabes cómo hacerlo?”, se pone de pie. “Ahora es tu turno”.
Julián se
arrodilla y trata de imitar la lección. Lo consigue en parte. Tácitamente, los
talentos y el camarógrafo entienden que esa escena será un toma y dame.
“Así, Julián, la
mamas rico”, dice alejo excitado, aunque en realidad su compañero sexual aún
tiene problemas para embocarse todo su miembro. “¿Te la vuelvo a chupar?”, le
consulta luego de unos minutos.
Julián acepta y vuelve
a ponerse de pie; Alejo se la vuelve a chupar mientras le acaricia el redondo y
firme culo.
“También quisiera
mamarte el orto”, le dice al nadador.
“Claro”, susurra
su compañero girando y agachándose sobre la banca.
Alejo le separa
las nalgas y descubre el ano cerradito y rosado a Julián. Besa cada cachete, los
lame; al fin se lanza a la conquista del agujero rectal.
Al experimentar
esas placenteras cosquillas, Julián se siente en la gloria, tanto que comienza
a pajearse.
Willy hace
verdaderos malabares para lograr una toma perfecta porque la acción se da por
ambos lados.
“Las voy a dar,
las voy a dar, carajo”, susurra Julián muy excitado. “¡Ohhh!”
Ráfagas de su
semen caen sobre la mayólica especial de la alberca.
“Arrodíllate”,
pide Alejo.
Julián lo hace.
Alejo pone su
pene a la altura de la boca de Julián, se masturba tan fuerte como puede. El
nadador no sabe si abrir o cerrar los labios.
Tras unos
minutos, Alejo eyacula sobre el rostro
de Julián dando un suspiro fuerte y viril.
Hace que el
nadador se ponga de pie y comienza a lamerle el rostro limpiando su propia
leche. Julián trata de disimular su desconcierto.
“Gracias”, le
dice alejo, sonriendo en voz baja cuando termina de limpiarle la cara de su
propio semen. Sella todo con un besito en la boca.
Willy corta la
grabación.
“De la puta
madre”, califica asombrado.
Adentro en el
vestuario, Flavio también recibe el semen del hombre que estaba espiando toda
la escena; se lo traga.
“Rico; yo creo
que sí califica”, dice a Enrique.
El hombre está
sudando del puro orgasmo; también mira a Enrique:
Santos es enviado
a recoger unas cosas en el cuarto de Marcano, donde tendrá la oportunidad sde
ver y probar su enorme taladro.
A eso de las
nueve menos cuarto, el guapo Santos está revisando unas listas que el Padre
David le encargó.
En el Centro de Acogida a Migrantes, también conocido como CAMI, no solo se los
registra; también se trata de conocer sus historias y se busca darles un techo
dónde guarecerse, servicios higiénicos decentes y tres comidas básicas. Para
santos esto no es nuevo. Antes de iniciar su noviciado, trabajó largo tiempo
como voluntario en las organizaciones de acogida de migrantes que llegaban a
España por cuanto medio fuese posible. Allí creyó sentir su vocación religiosa.
“Hola”.
Santos se
sobresalta, levanta la mirada. ¡qué tal sorpresa! Un chico trigueño moreno,
fornido, vestido en mono o mameluco azul y con un pequeño maletín metálico
aparece en la puerta de la recepción. La cara le es familiar.
“¡Hola!”,
reacciona el novicio. “Anoche te vi…”
“Cuando salía de
ducharme en el AS”, contesta el joven muy sonriente. “Vine porque el Padre
David me mandó llamar”.
“Ah, cierto. Tú
eres el electricista, ¿no?”
“Handy-man, más
bien”, guiña un ojo. “Me llamo Marcano”.
El chico da la
mano y guapo rubio se la corresponde:
“Santos, mucho
gusto. Ahora lo busco y…”
“¡Marcano!
Llegaste, che”, se oye desde el pasadizo. “Vení a ver la conexión”.
“Permiso”, pide
Marcano a Santos, quien se queda medio ensoñado. Ese mameluco cubre demasiado
el hermoso cuerpo bien esculpido que vio la noche anterior. Lo que no recuerda
si llegó a ver sus genitales. Quizás sí, pero en medio del desconcierto es
complicado tener memoria clara. Al menos, sí nota que lo ancho de la prenda no
disimula su enorme culo.
En poco tiempo,
el Padre David regresa a la oficina:
“Che, necesito
que vos vayás con Marcano a recoger unas cosas para la instalación que falta”.
“¿Yo, Padre?”
“Sí, vos. Creo
que hay cosas pesadas y tú eres algo fornido. Andá con él”.
A Santos le
parece un sueño estar sentado en la misma motocicleta tras el portentoso cuerpo
de Marcano recorriendo las soleadas calles de San Sebastián. Queriendo y no
queriendo, choca sus grandes pectorales contra la amplia espalda del Handy-man.
“¿Así que vienes
de España?”
“De Barcelona”,
responde Santos.
“Interesante”.
Ambos llegan a la
pensión y suben al cuarto de Marcano donde tiene un mini almacén con accesorios
eléctricos: alambre, interruptores, tomacorrientes. El venezolano se baja la
cremallera y se quita la mitad superior del mameluco; debajo tiene una camiseta
ceñida al cuerpo que no deja mucho a la imaginación. Voltea a ver a Santos y se
ssonríe al notar su cara de asombro:
“Perdona, vale.
Suelo estar solo aquí, así que cuando hago mis cosas, incluso me quedo
desnudo”.
“No tienes que
disculparte. Yo también estoy en pelotas cuando me encierro en mi recámara”.
“¡en serio? Si
tuviera más confianza contigo, me quedaría en pelotas, como dices”.
“yo no tendría
problemas… de hecho, anoche… te vi en pelotas”.
Marcano se
detiene, recuerda en segundos y cae en la cuenta:
“¡Naguará, chamo!
¿Tienes toda la razón!”
Santos se sonríe
ya menos tenso. Entonces, Marcano se detiene en su búsqueda:
“¿Te incomoda si
me desnudo?”
“ya te dije: no.
Si te apetece, yo también puedo desnudarme”.
“No suena mala
idea”.
Marcano se quita los
zapatos y los calcetines, se baja el mameluco, luego se retira la camiseta (con
cierta dificultad), y está a punto de quitarse el bóxer:
“Tú también,
pana”.
Santos, siempre
sonriendo entre nervioso y excitado, se quita la camisa, los zapatos, los calcetines,
el jean y también se queda en un colorido bóxer.
Marcano le
sonríe:
“¿Desnudos del
todo?”
“Desnudos del
todo”, responde Santos.
“A la cuenta de
tres… uno, dos, tres”.
Ambos se retiran
la ropa interior y se quedan en pelotas.
“La tienes parada”,
le observa Marcano señalando la entrepierna de Santos con la mirada.
El novicio se
pone rojo de vergüenza.
“Perdona”,
susurra.
“No… no hay nada
que perdonar”.
Marcano gira un
poco y muestra su largo pene aún dormido:
“Tu polla parece
grande”, comenta Santos.
“y eso que está
dormida aún”.
“¿Quieres decir
que cuando te empalmas…?”
Marcano se sonríe
más con cariño que con picardía como leyendo los narvios del otro mancebo:
“¿Me lo pongo
duro, me lo pones duro? ¿Cómo prefieres?”
Santos se
sorprende ante el ofrecimiento.
“Estamos solos tú
y yo, agrega Marcano. “Nadie va a enterarse, vale”.
“Pero… sería…
pecado”.
“Si me dices que
es pecado hacer el amor… ¿no estás contradiciendo tu fe?”
Santos se queda
ahí, inmóvil, con su pene erecto bajo su abundante vello púbico rubio. Los 23
ccentímetros de masculinidad de Marcano también comienzan a erguirse y
engrosarse.
Entonces, Santos
se olvida de todo. Se acerca a Marcano, le toca el pene semi-erecto con una
mano mientras la otra es posada en uno de los grandes pectorales; le acerca su
cara y lo besa en la boca. Marcano lo toca de la cadera y luego lleva sus manos
hacia las velludas nalgas para acariciárselas. Se separan.
“¿La puedo
chupar?”, consulta tímidamente.
“Todo lo que
quieras”, le responde Marcano igual.
Santos se
arrodilla, mira el falo, lo masajea un poco, se lo mete a la boca. Comienza a
succionarlo. Poco a poco sus labios, su lengua y su paladar se van adaptando a
la gruesa forma y sabor de ese pene caribeño.