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martes, 25 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.1: Sexo en la playa


La reunión en casa de Laura duró hasta la una y media de la mañana.

La celebración hubiera seguido de no ser porque la gente al día siguiente –menos la homenajeada y su chico, o sea yo- tenía que trabajar.

Todos se despidieron, incluso Eduardo.

Mientras recogían las cosas, me quedé conversando con Laura en la sala de su casa, como hasta las dos de la mañana cuando nos quedamos dormidos en su sofá: ella recostada sobre mis piernas; yo apoyado en el respaldo del mueble.

A las cinco y media sonó la alarma de mi celular. Por un momento me sentí desubicado, ya que no era mi casa y mucho menos mi cuarto.

Además, me sentía raro porque era la primera vez que pasaba la noche con Laura sin desvestirnos ni hacer el amor.

La urgí para que se cambie, baje sus cosas y salgamos tan rápido como fuera posible rumbo a mi casa a recoger mis cosas y los pasajes. Estaban más seguros sobre mi mesa de noche que dentro de mi bolsillo.

A diez para las seis conseguimos parar un taxi. Una bachata cortavenas sonaba en el radiorreceptor del vehículo. No recuerdo la letra, pero estaba de moda en ese momento.

Cuando pasamos por la estación de servicio que está camino a mi casa, me fijé en la acera donde días antes –mejor dicho, varias madrugadas antes- descubrí a Eduardo totalmente ebrio.

No había señas suyas. Solo un panadero que vendía su diaria mercancía a una adormilada empleada doméstica.

¿Por qué estaba pendiente de encontrarlo? ¿Acaso iba a parar el taxi y rescatarlo como aquella vez? ¿Para llevarlo a dónde? ¿Al mismo sitio donde alguna vez también llevé a Laura? ¿Y qué diría Laura, por cierto?

A las seis en punto estábamos en casa.

Carmen se quedó sorprendida de verme llegar de nuevo a esa hora. Mi madre ya estaba en pie, lista para darme el discurso de ‘si te haces tarde, llama’, pero pasé de largo. Recogí mis cosas y salí de nuevo a la calle.

“Rafo, no me vas a dejar con la palabra en la boca”, refunfuñó mi madre.

“Te prometo que al regreso, más tarde, te explico todo. Laura está afuera esperándome. Nos deja el bus”, la interrumpí.

Mi madre se quedó desconcertada.

A las seis y quince, por fin, estábamos en el paradero. Un cuarto de hora después, partimos a la playa.

Cuando nos despertamos, había transcurrido una hora, y el vehículo estaba a punto de llegar a su paradero de destino.

Desayunamos en una fuentecita de soda cercana y nos dirigimos al hotel que yo había reservado. Era un lugar lleno de búngalos frente a la playa.

Ya en el nuestro, a puertas cerradas, tomé a Laura, la abrazé y la besé.

“¿Lista para tu regalo?”

“¿Otro?”

“Sí. Uno que no pude darte anoche”.

Me separé. Me desabotoné la camisa, la tiré por donde cayera. Me le acerqué y, tarareando la típica canción de Nueve Semanas y Media, me desajusté el cinturón, le di uno de los extremos, e hice que me lo sacara.

Empecé a contonear las caderas y, como pude, me quité los zapatos usando nada más que los dedos de los pies. Me desabotoné el pantalón y lentamente me bajé la cremallera. Tomé sus manos, hice que sujetara cada lado de la prenda y comenzara a bajármela.

La puse de pie.

Sin apuro, le levanté, le quité su blusa. Desabotoné su short; lo tiré al suelo. Hice que se contoneara a mi ritmo y que tarareara la sensual canción conmigo. La besé. Le quité el brassiere y comencé a besarle los senos.

Puse sus manos en la pretina de mi boxer. Hice que me lo bajara lentamente al punto que tuvo que arrodillarse. Sin que se lo pida, tomó mi miembro en sus labios y lo hizo crecer hasta que alcanzó longitud y rigidez. Allí estuvo largo rato.

La puse en pie de nuevo.

Poco a poco me eché sobre ella en la cama. Recorrí su cuerpo a besos. Le quité la tanga y hundí mi cabeza entre sus piernas.

Mi boca volvió a ascender su cuerpo hasta besarla en los labios.

“Hazme tuya, Rafo”, susurró excitada.

Alcancé mi mochila como pude, saqué un preservativo, me lo puse y comencé a cumplir su ruego.

No dejamos ningún centímetro cuadrado del lecho sin arrugar ni probar. No hubo parte de nuestras anatomías que nuestras manos y todo nuestro cuerpo no llegara a cubrir. No hubo posición que no probáramos. No hubo momento más especial que terminar juntos.

Desnudos, nos quedamos dormidos como hasta las once de la mañana. Hacía un poco de calor. 

martes, 18 de octubre de 2022

el precio de Leandro 9.2: Orgía con el nuevo jefe


Media hora después, en su búngalo, entiende perfectamente lo que su compañero de cuarto trató de decir cuando ambos junto a la modelo se enredan como un torbellino sobre una de las camas, confundiendo las caricias y los besos en tres idiomas y un mismo gesto hasta que Gerson consigue acostarse encima de la chica, y Leandro se queda al costado de ambos.

“Acaríciame”, le dice el muchacho, y el futbolista comienza a pasearle su mano izquierda por la espalda hasta bajar a sus nalgas, en las que se solaza: “Sigue, Leandro, sigue”.

Súbitamente se escuchan golpes en la puerta. Leandro se asusta. ¿Estarán haciendo demasiada bulla y alguien los ha quejado?

“Abre a porta, ábrela”, pide Gerson.

Leandro baja de la cama, busca una toalla, trata de disimular su excitación y va.

“Hola muchacho”, le dice Alberto Madero quien llega junto al camarógrafo. “¿Podemos pasar?”

“Pe-pe-perdone, señor, no eera nuestra…”

Madero se adelanta a tres centímetros de la cara del muchacho y busca su oído:

“Venimos a la fiesta”.

Los gemidos de la modelo comienzan a llegar desde adentro, mientras los nuevos invitados entran a la salita y se despojan de sus ropas. El camarógrafo se asoma a la puerta del dormitorio:

“Fuck!”, exclama.

Madero abre otra botella de vodka, da un vaso plástico a Leandro y se sirve en el suyo propio.

“Beberemos esto porque ya sé que es lo único que los emborracha y no les crea panza”. Le da la botella al futbolista.

“Primera vez que lo pruebo”.

“¿Te gusta?”

“Fuerte, pero rico”.

Leandro mira hacia la puerta del dormitorio y el camarógrafo ya no está ahí.

“Déjalos”, dice Madero. “Solo sigue la regla: lo que pasa luego del trabajo, se olvida para siempre”.

“¿Incluso las gracias?”, sonríe Leandro.

“Bueno, hay excepciones”, Madero choca su vaso de plástico, también sonriendo, da un trago, mira fijamente al joven, acerca su cara, le da un beso en la boca, y es correspondido. A los gemidos de la modelo se unen los de uno de los varones en el dormitorio.

“voy gozar!”, exclama Gerson desde adentro; luego, un gruñido.

“Modero has vodka outside,” avisa el camarógrafo.

Leandro suelta los labios del director creativo cuando siente  un brazo tras su espalda y una cadera y un muslo rozando los suyos. Voltea y encuentra un rostro cansado pero satisfecho:

“Precisso vodka”, pide Gerson.

Madero busca la botella y otro vaso plástico. El modelo se sirve.

“Salud”, le dice Alberto.

Los tres jóvenes chocan sus vasos, dan un trago, comienzan a acariciarse e inician un nuevo trío. Ahora Leandro puede probar ese trasero que, si bien no es tan crecido como el suyo, sí está firme. Gerson lo disfruta. Madero también recorre la espalda del futbolista con sus labios hasta llegar al medio de sus glúteos; intenta llegar hasta ese punto clave, pero el movimiento febril de pelvis se lo hace complicado; entonces se arrodilla, y comienza a sobárselo.

“No lo metas”, le advierte el futbolista.

“Confía en mí”, pide Madero.

Leandro siente en pocos minutos unos chorros calientes en su espalda baja pero prefiere mantener la concentración.

“Fode meu cú”, le repite Gerson. “Fode meu cú”.

El futbolista trata de respirar hondo para alargar el momento mientras gotas de sudor recorren su cuerpo. Madero mira la acción bebiendo otro vaso con vodka. Identifica el gesto típico del orgasmo, nota cómo el muchacho se hiperventila, cómo cierra los ojos y arquea las cejas.

“Las voy a dar”, gruñe Leandro.

 


A la una de la mañana, el camarógrafo y la modelo duermen en la cama que ocupaba Gerson, mientras éste yace en la que ocupaba Leandro. El futbolista y Madero se acomodan en el rústico sofá de la sala. El vodka apenas si está un poquito por debajo de la mitad.

“¿Ya no quieres?”, consulta el director creativo.

“No, ya no”, responde el futbolista, ebrio pero consciente. “Mejor no duermo porque… perderemos el vuelo”.

Madero sonríe:

“¿Arreglaste tu maleta?”

“Aún no; lo haré de aquí”.

“Tienes rico culo y cachas como profesional”.

“Te vaciaste en mi espalda”.

“Era ahora o nunca”.

“Yo soy activo… Creo que el trago…”

“Olvídate de activo, pasivo, versátil. Ésas son huevadas, Leandro”.

“¿Tú qué eres?”

“Soy todos, soy ninguno… Soy lo que se dé”.

“Huevadas”, sonríe Leandro. “Tenía miedo que… me la metieras”.

“Ni loco. No tenía condones. Tú sí se la zampaste a Gerson a pelo”.

“Estoy sano”.

“¿Y Gerson?”

“Está sano”.

Madero mueve la cabeza:

“Tampoco te la iba a meter si no me lo autorizabas”.

“Tienes buen culo también”, sonríe Leandro.

“Troto, voy en bici. No lo hago frecuentemente pero apenas tengo un tiempo libre, aprovecho”.

“Y yo que pensé… que iba a estar tranquilo… Y míranos: sin ropa, chupando vodka, lejos de casa…”

“¿Te jode, Leandro?”

“No sé… Pensé que sería… diferente”.

“¿No lo es?”

“No lo sé… Estoy saliendo de algo jodido… Se supone que esto… debería ser mejor… O eso me dijo Roberth”.

“¿Algo jodido? ¿Con alguien?”

“¿Tú… sabes algo?”

“Lo que se rumora en la ciudad… ¿cierto que te lo cachas a Darío Echenique?”

Leandro hace un gesto de disgusto:

“No quiero hablar de él… No quiero hablar de él”.

“Tranquilo”.

“Solo quiero que me vaya mejor… de ahora en adelante”.

“Definitivamente será mejor… Ahora todo depende de cuánto quieras superarte”.

“¿Haciendo esto? ¿Tirando?”

“No, Leandro. El trabajo es una cosa, y ahí sí tenemos que ser profesionales. Esto no es parte del trato. Si se da, se da. Las caricias se venden por separado”.

“¿en serio no son parte del paquete?”

“No, no lo son… Aunque, ya que hablas de paquetes…”

Madero se reclina y coloca su cara en la entrepierna de Leandro. Quizás ésa era la respuesta que el muchacho no hallaba: las caricias se venden por separado. Nuevamente siente tibio y húmedo allí abajo.

 


Mientras todo el equipo espera la salida del avión a la gran ciudad, Leandro está sentado solo en la fila de asientos pegada a la pared. Del otro lado de la sala, Gerson y la modelo siguen conversando animadamente y haciendo intentos de arrumacos; el camarógrafo está viendo su celular dos filas más adelante. Obviamente con éste último no podía cruzar palabra por la diferencia de idiomas, pero en el caso de Gerson, desde que tomaron desayuno y dejaron el hotel, lo ha notado distante. O quizás está más concentrado en la rubia. De pronto, alguien toca su antebrazo.

“¿Nervioso por el viaje?”

Es el señor Madero.

“No, para nada”, responde Leandro.

“¿Por qué esa cara, entonces?”

“No sé si estuve a la altura de sus expectativas”, disimula el muchacho.

“¡Claro que sí!”, Madero le guiña un ojo.

Leandro sonríe e ilumina sus ojos caramelo:

“Me refería al comercial”.

El director creativo sonríe también:

“Solo he visto los previews de la filmación pero luces bien. Tienes futuro en modelaje, así que, cuando regresemos, vamos a tener una conversación sobre lo que vendrá. A eso me refería”.

“A mí me gustaría estudiar, señor Madero”.

“¡Eso es bueno! ¿Qué te atrae?”

“Me gusta este mundo de la publicidad, pero… no lo tengo claro aún”.

“Puedes estudiar Comunicación o la propia Publicidad”.

“Pero me refiero al manejo del negocio, la administración”.

“Entonces, deberías estudiar algo relacionado con Marketing y Administración de Empresas. Hay buenos lugares a los que puedes asistir”.

“Además, necesito aprender inglés. Me sentía perdido durante la filmación”.

Madero sonríe:

“Igual, hay cientos de institutos donde puedes aprender… ¿Administración dijiste?”

Leandro asiente con la cabeza. Madero pierde su mirada al frente, tuerce un poco la boca, y voltea a ver a Leandro con un brillo en los ojos:

“¿Sabes? La carrera de modelo es muy eventual, especialmente si estás comenzando: sesiones, hojas de vida, audiciones, contratos, pagos. Ufff. Si vas a estudiar, necesitas un empleo fijo”.

“¿Me está diciendo que abandone el modelaje?”

“No. Estoy diciendo que necesitas un empleo fijo”.

“No tengo ninguno”.

“Ya veremos”, sonríe Madero. “Ya veremos”.


  

miércoles, 28 de septiembre de 2022

el precio de Leandro 6.3: Sexo no simulado


Leandro estuvo a las seis de la mañana del día siguiente en una esquina de la Torre esperando a Rico. Una hora después, ambos estaban pasando por maquillaje ya en la locación, una casa de campo camino a la sierra. La sinopsis del videoclip no es nada del otro mundo: una mujer tiene su pareja oficial pero sueña con otro hombre al que idealiza, y ése sería el papel de Leandro. La primera escena que le tocó rodar fue harto incómoda porque debía estar acostado encima de la cantante sobre el frío suelo del porche y porque no solo estaba siendo vigilado por Roberth y Rico, sino por dos asistentes, una maquilladora y un productor. La tortura duró cerca de media hora. La segunda escena que le tocó grabar se hizo en la vieja bañera de la casa, más llena de espuma que de agua. Todo lo que tenía que hacer es estar sumergido y sentado detrás de la cantante ocultando su cara de la cámara bajo el pretexto que le besaba el cuello. Por lo reducido del espacio, solo estaba Roberth haciendo correr la cámara sobre un trípode-dolly que iba suavemente entre un lado y otro.

“¡Corten! ¡Queda!”, grita el fotógrafo. “Esperen que retiremos un poco de aparatos para que puedan salir”, instruye al talento metido en la bañera.

Un asistente entra y ayuda a desmontar la cámara y el trípode, llevándoselo en menos de cinco minutos; entonces otra asistente entra con una toalla para ayudar a que Luna Estrella salga del agua con espuma.

“Rica escena”, le alcanza a susurrar a Leandro, quien se sonroja al máximo.

La cantante sale del agua cubierta en la toalla y se retira. De inmediato Roberth entra con otra toalla para lograr la salida de Leandro.

“Yo sé que el agua está rica, pero no pensarás quedarte allí todo el día”, reta el fotógrafo.

“¿No está viniendo nadie más?”, pregunta el muchacho evidentemente incómodo.

“No. ¿Necesitas que venga alguien?”

“¡No! ¡Ni cagando!”

Al levantarse Leandro, Roberth entiende la tensión: el modelo se ha excitado mucho. Cosas de novatos, piensa.

 


La última escena es la más desafiante para el equipo. Luna rettoza con su novio real, encarnado por Rico, y cuando acaba con éste, comienza a hacerlo con su novio de fantasía, encarnado por Leandro. Los tres más Roberth están en uno de los dormitorios, el más grande, junto a una cama de cromo forjado. El tamaño del lecho hace que el futbolista recuerde inevitablemente la del penthouse. Tras el enésimo retoque de maquillaje, Roberth explica la coreografía y adelanta que lo hará desde diferentes ángulos, por lo que se tendrá que repetir la acción muchas veces, de tal modo que haya suficiente material para las dos versiones: una sutilmente erótica en la que se lucirá más el rostro de la cantante, y otro más softcore con muchos desnudos y escenas de sexo simulado.

“¡Acción!”, ordena Roberth, y Rico comienza a moverse sensualmente sobre Luna, quien finge (en teoría) disfrutar el acto. Leandro espera totalmente desnudo a espaldas del fotógrafo. “¡Cambio!” Rico libera a Luna y Leandro camina hasta el borde de la cama, para acostarse sobre la mujer y moverse con más vigor, a lo que ella responde con mayor entusiasmo. Al lado de ambos, el personaje de Rico duerme plácidamente.

“Corten, voy a tomar otro ángulo”, indica Roberth.

Leandro deja de cimbrarse. El roce y el movimiento le han vuelto a jugar otra mala pasada.

“Discúlpame, no tengo experiencia en esto”, susurra.

“No me importa”, sonríe pícaramente Luna. “Sé cómo arreglarlo”.

La cantante hace un raro meneo de caderas y Leandro siente que toda su masculinidad está ingresando de verdad en las entrañas bajo su piel.

“Házmelo rico”, le dice al oído, jadeando.

“Vamos y… ¡acción!”, vuelve a ordenar Roberth.

Leandro se olvida de cualquier pudor y deja de actuar para la cámara. No se detendrá hasta que el clímax se lo marque antes que las órdenes del director.

 

A las seis de la tarde, los dos modelos regresan a la ciudad. En el horizonte no se ve ningún sol que se oculte.

“Las recontracagué”, se repite Leandro tras contar por tercera vez lo que pasó durante el rodaje.

“¡Bah! No te hagas tanto problema. Ella misma te lo permitió”, le tranquiliza Rico.

“Huevón, ni siquiera tenía un puto forro, Suponte que quede preñada y la canción”.

“¿Y crees que ella se dejará preñar así de fácil? Esta noche se tomará una de esas píldoras de emergencia y asunto arreglado. Además, Rob no te llamó la atención, ¿o sí?”

Leandro niega con la cabeza.

“Míralo del lado positivo: mañana tenemos un jugoso cheque que recoger y cobrar”.

  

viernes, 11 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.1

Tras levantarse a correr por la finca, Tito toma un baño y regresa a la caseta de vigilancia. Apenas han pasado cinco minutos después de la seis de la mañana. Carlos está mirando su celular y su expresión no denota tranquilidad.

“¿Quién falleció?”, bromea el gladiador.

“Owen”, murmura el capataz casi sin advertir la pregunta.

Tito se alarma y sale disparado a buscar su bicicleta. Carlos se da cuenta de su torpeza y va corriendo tras él.

“¡No es eso!”, le alarga el celular.

El gladiador mira el contenido:

“¡Por la reconcha de su madre, carajo!”, se enfurece.

Mira un video aquí. 

Tito llega como un rayo al gimnasio. Ya está abierto. Los alumnos del primer turno entrenan con cara de circunstancia mientras Owen revisa el celular de uno de ellos. El gladiador y el instructor se miran muy serios: las noticias son malísimas. Tito encarga el AMW a Adán, quien tampoco luce cómodo, y hace ingresar a Owen a la sala de su casa.

“Albergan a terrorista en Santa Cruz”, lee Flor. “Uno de los miembros más recientes de nuestra comunidad, el entrenador personal Owen Mgombo, estaría implicado en una acusación por terrorismo planteada por la justicia de la República Sudafricana. Según documentos a los que Santa Cruz Directo tuvo acceso, Mgombo habría participado en actos de sabotaje contra empleados de la empresa GC Ventures en la Provincia del Cabo, Sudáfrica, junto a otros veinte subversivos, los que fueron condenados a treinta y cinco años de prisión hace diez años. Hasta donde pudimos tener conocimiento, el mencionado sujeto no habría recibido beneficios para salir libre, por lo que su presencia en nuestro país y nuestra comunidad serían irregulares. Mgombo, como dijimos, es el instructor de un gimnasio en nuestra localidad, y se ha ganado el aprecio de sus alumnos por su carisma y aparente experiencia en el deporte de las pesas. Se desconoce cuál será la respuesta de las autoridades”.

“¿Y esas cosas en inglés?”, pregunta Tito, muy serio.

“Son auténticas, papi. Dicen que Owen es un activista anticorp, que protagonizó varias protestas y actos de sabotaje, y que en ese atentado en particular fallecieron veintiséis personas entre gerentes y empleados. Dice que usó una bomba subterránea activada a distancia cuando el ómnibus pasaba sobre ella. La foto es suya, el diario existe, la noticia existe”.

Adán voltea la cara hacia Owen:

“Te pregunté quién eras y me dijiste que no tengo nada de qué preocuparme. Entonces, ¿esto?”

Yo no negarte yo fui y soy activista anticorp, pero ese caso no terminó así: la justicia sudafricana lo revisó y una decisión es esperada”.

“¿qué quieres decir?”, trata de entender Tito.

“Do you mean that a veredict is waited, that there’s no veredict yet?”, pregunta Flor.

“Yes, I do,” responde Owen.

“So you should be still jailed, don’t you?”

Tito mira a su hija y al instructor algo fastidiado. Flor toma aire:

“Técnicamente, papá, Owen debería estar en la cárcel aún”.

“¿qué haces aquí, entonces?”, le cuestiona el gladiador.

“Los activistas anticorp protestar a nivel mundial contra abusos de corporaciones, y Golden Cross, Cruz Dorada, ser una de ellas. Es cierto que nosotros bloqueado entradas, conducido manifestaciones, dar declaraciones de prensa; pero nosotros nunca atentar contra vida de trabajadores porque ellos tener vidas y familias”.

“Entonces, si ustedes no activaron esa bomba, ¿quién lo hizo, Owen?”

“Ellos mismos, Tito”.

“En las impresiones que aparecen aquí no dice nada de eso”, interviene Flor.

“Porque Cape Town Torch es un medio comprado por Golden Cross. Si tu conseguir The Light Seeker, tú poder conocer la otra mitad de historia”.

“Lo busco y ya”, resuelve Flor.

“el website no existir ya porque Golden Cross acusarlo por noticias falsas”.

“¿Y ganaron el caso?”, pregunta Tito.

“Nosotros sospechar Golden Cross compró fiscal y juez”.

“¿Y es fácil escapar de una cárcel en Sudáfrica?”

“No saberlo”.

“¿Cómo te escapaste tú, Owen?”, Tito comienza a perder la paciencia.

“Yo nunca escapar de ninguna cárcel en Sudáfrica, Tito. Yo nunca fui en Sudáfrica. Yo venir de Inglaterra, pero yo haber nacido en otra parte”.

“Jamaica”, interviene Flor poniendo pausa a una búsqueda infructuosa en su celular.

“El pasaporte”, recuerda Tito.

“¿Haber ustedes visto mi pasaporte?”

Al ser descubiertos, Flor y Tito se miran avergonzados.

Mira otro video aquí. 

Elga también termina de trotar alrededor de la finca, y al regresar a la casa grande encuentra a Frank barriendo el porche.

“Buenos días”, lo saluda con una sonrisa seductora.

“Buenos días”, le responde el muchacho con una amplia sonrisa también.

“¿Habrá agua arriba en mi baño?”

“Ahorita subo a ver”.

Elga entra a la casa y Frank pide permiso a Carlos, quien contempla todo desde la caseta de vigilancia y suspira. En realidad, reza. La mujer llega al dormitorio y comienza a desvestirse. En veinte segundos, Frank toca la puerta. Ella lo recibe en ropa interior.

“Vengo a ver lo del agua”.

“Claro, pasa”.

Elga se quita el brassiere y la braga; sin que se lo pidan, Frank se saca la chaqueta y la camiseta y pide permiso. La mujer hace un gesto de victoria al ver el torso musculoso y velludo del muchacho. Busca una toalla y escucha que adentro abre la ducha. A los pocos segundos, Frank sale con el jean mojado.

“Parece que no hay problema”, informa.

“¿Me lo juras?”

“Claro; si quiere, la probamos”.

“Sí, buena idea”, se emociona elga.

Frank sonríe, se descalza por completo y se quita ahí mismo el pantalón y el bóxer evidentemente húmedos. Dentro de la ducha, la escena de la víspera se repite. Él la baña a ella, ella a él. Se enjuagan el jabón, se abrazan y besan con pasión. Ya secos, él se acuesta sobre la cama mientras ella le recorre el cuerpo a besos hasta tomar su pene cabezón con los labios y chupárselo diligentemente, las bolas también. La lengua traviesa de elga quiere ir más abajo y Frank cree que es hora de experimentar cómo se siente el estímulo allí donde su hombría entre comillas le dijo por diecinueve años que un hombre no puede sentir placer. ¡Y vaya que se siente rico! ¿Cuándo Frank iba a pensar que terminaría en una cama con las piernas levantadas al aire y dejando que alguien, quien sea, use su lengua para generarle placer en el ano? En retribución, él deja que Elga se siente en su cara y dar rienda suelta al sexo oral en su vulva mientras ella no sabe qué hacer con sus senos, más aún cuando él le aferra cariñosamente la cadera y la cintura o pasea sus gruesas manos por sus suaves y firmes piernas. Lo siguiente que hará esa mujer será cabalgarlo extasiada mientras él no cesa de recorrerla con las palmas y las yemas de sus dedos. De vez en cuando hace el intento de incorporarse (gracias a sus buenos abdominales) y le mama los senos. Finalmente, la propia Elga se mete el pene de Frank a su ano y termina de cabalgarlo hasta que la cara del muchacho le revela que el orgasmo se ha producido. Ella se inclina a besarlo.

“¿Crees que puedas revisarme la ducha más tarde?”

“Siempre que lo necesites”, le responde Frank seductoramente.

Ella sonríe.

Mira un video más aquí.