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sábado, 16 de marzo de 2024

Lo sabemos: a ti también te fascina el culo de Jesús Neyra

 






Este actor, modelo, bailarín y ex futbolista nació en Lima, Perú, el 29 de noviembre de 1989. Ha sido tanto galán como villano. Nos sorprende con cada interpretación. Pero, por encima de todo, nos trae con la pinga dura y el culo dilatado por esa hermosa combinación de inteligencia, talento y, como no, un hermoso físico.

 

Y justo hoy queremos concentrarnos en lo tercero, el físico, y en particular en esas hermosas dos nalgas que traen más de una pinga bien al palo desde que lanzó su carrera en 2008.

 

Aparentemente el culo de Jesús Neyra es un don de la genética. Si bien jugar fútbol suele ddesarrollarte unos hermosos y redondos glúteos, no todo quien corre termina nalgón. Así que por su lado peruano-hispano o por el lado italiano, de donde desciende, debe existir algún ancestro que ha lucido un trasero tan o más lindo que el suyo.

 

Personas que han logrado conversar con él fuera de los reflectores y las cámaras nos contaron que el propio Jesús habría asegurado que no le dedica tanto tiempo a su cuerpo como pareciera. Aunque, cuando participó en la telenovela Avenida Perú, sí admitió que se metió a un entrenamiento físico especial para encarnar a un luchador de artes marciales mixtas.

 






Recordemos también que ha participado en realities de baile y trabaja en teatro musical, que exige mucho desplazamiento coreográfico en los escenarios. Ambas cosas demandan fortaleza en las piernas y los glúteos. Entonces, todo tiene sentido, ¿o no?

 

Al margen de si es o no es gay (él dice que no), también es cierto que una de nuestras fantasías sexuales es tenerlo totalmente desnudo, hacer que se agache, abrirle esos dos globos de puro músculo y comenzar por hacerle un buen beso negro que lo dilate tanto para que luego sea fácil enterrarle toda nuestra barreta. Y darle y darle hasta que nuestro semen inunde ese hueco caliente. Debe ser una rica experiencia. ¿O tú qué opinas?

 

Por lo demás, insistimos, este chico nos cae excelente y esperamos que el éxito le siga sonriendo. Y que, por supuesto, siga cuidando ese físico y nos siga deleitando con ese hermoso trasero.

 

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viernes, 20 de enero de 2023

ASS (62): Así me la mamó, pero tú lo haces más rico

Damián pide a Juan reconstruir lo que pasó la noche que cachó con Paco.


“Nos cruzamos esa noche en la calle, me decía que venía de tomar unas chelas con unos amigos… creo que en el semental, o algo así”, relata Juan.

“¿Será el Cimarrón?”, interrumpe Damián.

“Sí, creo que sí”, replica Juan. “el hecho que venía algo picado, me hizo el habla, y, bueno… si se me estaba ofreciendo así, yo creí que podríamos venir aquí a pasarla bien. Total, ¿quién iba a enterarse?”

el peón y el policía están sentados en una mesa simple en la salita de la casa que Julio tiene en su parcela, cerca de San Sebastián. El dueño de la propiedad también está presente ese miércoles, ya pasadas las nueve de la noche.

“¿Te sirve esa información?”, pregunta Julio.

“va a cobrar relevancia en la medida en que paco despierte o podamos encontrar al mototaxista para corroborar datos”, explica Damián.

“¿encontrar al mototaxista?”, se extraña Julio.

“Pidió su alta desde ayer por la tarde y desde entonces su paradero es un misterio”, responde Damián.

“Lo que les digo es la pura verdad”, reclama Juan.

Damián estudia las agradables facciones del chico y le palmea el hombro:

“Mira, muchacho, aquí entre nos, yo sí creo que estás diciendo la verdad, pero si ese otro huevón va a hacer lo que pienso que va a hacer, lo mejor es que tengamos datos exactos para que Julio sepa cómo lo puede joder”.

“Perdone, don Julio”, baja la voz Juan.

“No es tu culpa”, responde el aludido, de manera tranquila.

“Lo que no entiendo es por qué quiere joderte de esa manera”, observa Damián a Julio.

El ex futbolista suspira y se estira sobre su silla.

“Cuando Sandro se hizo adolescente, se hizo hincha del equipo y lo veíamos apoyando en todos los partidos. Su viejo era socio del club y aportaba fuerte. Eso hizo que Sandro tuviera más acceso, incluso a los vestuarios. Tendría 15 o 16 años, y de pronto noté que rondaba mucho a los jugadores. Una vez lo descubrí cachando con uno de ellos en las duchas. Era José Luis. Sandro alucinó que el Pelu era su pareja y no lo abandonaba ni a sol ni a sombra. Tuve que hablar con su viejo para que nos lo quitara de encima porque ya estaba afectando nuestro rendimiento. Desde allí me cogió fastidio”.

“¿Y nunca lo pudo superar?”, inquiere Damián.

“No lo sé. Cuando Sandro cumplió 18 años, pidió adelanto de herencia a su viejo. Sandro fue siempre hábil para los negocios e hizo crecer su plata. Fue cuando se hizo socio. La huevada era que jugador que fichábamos, jugador que debía meterle pinga. Era fijo. Y cuando se le prendía a uno, no lo dejaba ni a sol ni a sombra. Hizo que uno de los chicos se separe de su mujer, y ya te imaginarás cómo fue eso. Me tocó ponerlo en su sitio. Empezó a decir que Pelu y yo éramos pareja, que hacíamos orgías con los otros futbolistas. Entonces le saqué su mierda”.

“¿Le pegaste?”

“Ya me había sacado de mis casillas y me había indispuesto con mi mujer… Me denunció… Menos mal que todo el equipo, incluyendo el cuerpo técnico, sacó la cara por mí y testificó diciendo que él era un acosador. Renunció como socio del club. La huevada es que eso te explica por qué me tiene cólera”.

“Ahora me quedan las cosas más claras”, comenta Damián. “Solo un detalle: ¿podrían mostrarme qué pasó  esa noche que viniste con Paco?”

“Mostrarle, ¿cómo?”, se extraña Juan.

“Hacer exactamente lo que hicieron esa noche ”.

Minutos después, Julio se desnuda por completo y entra al cuarto. Juan y Damián ya están acostados, calatos, uno al lado del otro.

“Comenzó a conversarme y a acariciar”, cuenta Juan.

“¿Cómo te acarició?”, averigua Damián.

“Me pasó la mano desde la tetilla hasta mi huevo”.

“¿Así?”

Damián pasa la palma de su mano desde el pectoral, suavemente, hasta detenerse sobre el pene semierecto de Juan.

“Así, así, exacto; entonces Paco comenzó a pajearme”.

Julio no pierde detalle de cómo Damián comienza a masturbar a su peón hasta que el pene se le pone bien duro. Su miembro también se pone bien rígido.

“entonces comenzó a chupármela”, indica Juan.

“¡Así?”

Damián se dobla como puede para iniciar el sexo oral.

“Tienes que parar el culo”, indica Juan.

Damián asume la posición señalada, lo que el peón aprovecha para acariciar las nalgas y masajear el ano del policía.

“La chupas mejor que ese huevón”, comenta el joven.

“¿Y solo cacharon Paco y tú?”, pregunta Julio mientras se masajea su pene duro.

“Sí, solo él y yo”.

Damián deja de mamar la pinga:

“¿qué pasó luego? ¿Le metiste tu pene?”

“Sí”, responde Juan muy excitado. “Se sentó encima de mi pinga”.

Damián toma un condón, le pone su propio líquido pre-seminal como lubricante, pues también se le ha parado el pene, unta ese mismo fluido al miembro de Juan, se coloca, pone la punta del glande en la entrada de su culo y comienza a tragárselo por atrás poco a poco.

“Aa la mierda”, reacciona el policía. “el tuyo sí duele”.

“Métetelo despacio”, aconseja Julio. Para qué te apuras si igual vas a gozar rico cachando?”

Damián sigue el consejo mientras respira hondo y lento y trata de expandir los músculos de su ano.

Ya con todo el pene dentro de su recto, el policía comienza a rebotar despacio.

“¡él cachó así?”, pregunta excitado a Juan.

“Sí”, dice el chico, bien arrecho, “pero tú te dejas cachar más rico”.

“¡así de rico, papito? ¿Así te gusta meter verga a un buen culito?”

“Claro que sí… y tu culito… está más sabrosito”.

Ambos gimen y jadean mientras Julio hace un esfuerzo para evitar que la leche se le salga mientras se sigue masturbando.

La sensación le parece tan deliciosa a Juan que no puede contener su orgasmo:

“Las voy a dar, carajo”, anuncia, y eyacula dentro del condón.

Damián deja de cabalgarlo poco a poco, pero su pene está bien al palo.

“¿Y él se pajeó sobre ti?”

“No”, suspira Juan, más relajado. “en realidad, le hice perrito, pero no se vació”.

Julio reacciona:

“¿Perrito, dijiste? O sea que siguieron cachando”.

Damián se saca el pene de su ano:

“¿Y cómo cacharon en perrito?”

“mirando a esa pared”, señala Juan hacia los pies de la cama.

“Eso lo puedo hacer yo”, anuncia Julio encaramándose, buscando un preservativo y poniéndoselo mientras Damián adopta la posición. Poco después, el pene del ex futbolista taladra el ojete del policía fiscal. Julio cacha como loco.

“¿Así se lo clavó?”, pregunta excitado a Juan.

“No, pero qué rico es verte dándole pinga a ese pata”.

Damián goza al sentir cómo esa pija le taladra el culo. Gime.

“agárrame piernas al hombro”, pide.

Julio se olvida de la reconstrucción de los hechos y le da gusto al policía. Adoptan la nueva posición. El ex futbolista vuelve a introducir su pene al ano del robusto efectivo del orden, en tanto éste comienza a pajearse:

“¿La damos juntos? Ya casi me vengo”.

“Yo igual”, avisa Julio.

“Vamos”.

Los dos reanudan la acción, solo que esta vez Julio bombea con más fuerza:

“Concha su madre, carajo, las voya dar, mierda… ¡las voy a dar,reconchasumadre!”

Julio eyacula dentro del ano de Damián, mientras éste apura su masturbación hasta que las ráfagas de su semen se disparan sobre su abdomen y pecho:

“Rico, carajo”, murmura Damián.

Tras lavarse y secarse, el futbolista y el policía salen de la casa en la parcela y están a punto de montar la moto que los regrese a San Sebastián. Es las once y media de la noche:

“Eres un pendejo”, sonríe Julio. “Todo lo que hiciste para que cachemos contigo”.

Damián no responde nada; solo sonríe. Ambos montan la moto. Cuando ya ven más cerca las luces de la ciudad… un camión sale de la nada.

“¿¿carajo!!”, advierte Damián tratando de controlar la motocicleta…

Para terminar, te dejamos con una porno gay | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com

  


miércoles, 7 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.3:: Pensé que lo conocía


Minutos después, en una clínica del centro en la gran ciudad, Baldo Pérez se sienta al costado de Adela Barrios.

“Té verde para ti, café negro para mí”.

Adela sonríe levemente y agradece; bebe un poco:

“No sé cómo agradecerte que nos hayas ayudado a esta hora. No sabía a quién recurrir”.

“Descuida. Me he ausentado tanto tiempo que… bueno, quiero recuperar el tiempo que perdí”.

“Parece que Leo te perdonó”.

“¿Y tú, Adela?”

“Hace tiempo te perdoné. En realidad, si hay una responsabilidad, es de ambos”.

“Tienes razón. Y si no me hubiese comportado como el cobarde que fui, creo que nada de esto hubiese ocurrido”.

“Pensaba que conocía a mi hijo, pero…” Adela suspira y una lágrima aparece en sus ojos.

Baldo pone su brazo izquierdo sobre los hombros de Adela:

“Leandro no es un mal chico; simplemente, trató de responder a la adversidad con la primera herramienta que tuvo a mano: su apariencia. Pero fíjate que en todo momento, lo hizo para darte una mejor vida. Ése no era su trabajo sino el mío”.

“¿En qué nos equivocamos, Baldo?”

“En muchas cosas, Adela; pero quizás la más importante: jugar según las reglas. Yo debí respetarte esa noche”.

“Y yo debí negarme”.

“Como dices, la responsabilidad es compartida”.

“Leo también debió jugar según las reglas, Baldo; aunque también tengo culpa en esto: tanto que empujaba a Cintia y a él mismo a algo sobre lo que ninguno de los dos estaba seguro. Me preocupaba lo que había descubierto sobre Leo, y nunca tuve el valor de conversarlo como madre e hijo”.

“Leo ya es mayor de edad; tiene que aprender a responsabilizarse por su vida y sus acciones. Tú y yo podemos opinar, aconsejarlo, pero sus decisiones son suyas”.

“Pero, mi deber como madre…”

“Ya, Adela, deja de culparte. Al menos tomó la precaución de asegurarlas. Este lugar no es barato. De veras, estoy terminando unos trámites en la Corporación, y tendrán un seguro extra”.

Adela toma otro sorbo de té:

“¿Cómo te va en la presidencia?”

“Administrador judicial, mas bien. Logramos contener la fuga de inversionistas y proveedores. Ahora tenemos que recuperar la confianza de todo el mundo. Yo pensaba ya no regresar a ese edificio, lanzar mi carrera al Congreso; todo tendrá que esperar cinco años más”.

Una mujer en ropa verde clara se les acerca.

“Adela, señor Pérez, buenas noches, mejor dicho buenos días”.

“¿Cómo está Cintia, doctora Barreto?”

“Todo en orden. Solo fue una descompensación. Un poco de suero con vitaminas, descanso y listo. Que se quede en observación el resto del día de hoy, que pase la noche aquí, y el lunes le damos de alta durante la mañana”.

“¿Y el bebé, doctora?”, pregunta Baldo.

“Sin novedad. Para sus cinco meses de gestación, creciendo fuerte… y esperemos que sin problemas. Si Cintia toma su tratamiento, no tiene por qué haber complicaciones cuando nazca. Y… ¿cómo está Leo?”

Adela suspira. Su vaso de té está medio lleno, medio vacío.

 


Justo en ese momento, un hombre cuarentón se satisface por segunda vez. Descansa un poco sobre el cuerpo del muchacho cuyo trasero ha disfrutado esa madrugada.

“Qué rica perra eres, gringo”.

“Qué bueno te haya gustado”, le dice el joven totalmente desganado. “Ahora déjame dormir”.

El hombre gira, se quita el preservativo y lo lanza hacia un rincón, se acomoda al lado del chico, quien gira hasta ponerse de costado. Medio metro más allá descansan otros dos varones. Uno ronca como motor diésel con el escape roto. El chico ya se está acostumbrando a tanta bulla. Se acomoda su ropa interior y trata de dormir. Está resignado; es el precio que deberá pagar para sobrevivir en la prisión. Quién sabe si vuelva a dormir cómodamente alguna vez en el dormitorio de su penthouse. Por ahora, un novio y una novia sin planes para casarse viven allí montando esporádicas reuniones swinger, a la vez que administran la Torre Echenique.

 

[FIN] 

martes, 6 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.2: No fueron negocios limpios


A ciento cincuenta metros de ahí, en el estacionamiento subterráneo de la Corporación, el auto de Baldo Pérez toma su lugar. El abogado baja, mira a los cuatro lados y va a la cajuela trasera; la abre y sale Darío sobándose la cintura.

“Ya no hagas tonterías, hijo”.

“Tranquilo, doc. Quizás sea la última”.

El supermodelo llama el ascensor y espera pacientemente llegar al quinto piso. Cuando la puerta al fin se abre al término de la subida, una de las secretarias lo reconoce y recibe. Al muchacho no le gusta el semblante de la empleada.

“Su padre lo está esperando, joven”, le anuncia con voz temblorosa a la vez que le abre la puerta de Presidencia, un amplio despacho alfombrado, vista a la calle, paredes enchapadas en fino roble, aire acondicionado, una artística mesa de madera, sillas con forro de terciopelo, cuadros, fotos, medallas, plantas y, al fondo, el escritorio de José Miguel Echenique, el heredero de un imperio que incluye bienes raíces, participación en banca y algunos medios de comunicación, dos minas de oro, una de cobre, nuevas tecnologías, administración de dos puertos de gran calado y tres aeropuertos domésticos, y quizás la franquicia estrella de todo el conglomerado, el cuarenta y dos por ciento de participación en National Retailers, la razón social detrás de Lawrence’s. Tras el escritorio y delante de las fotografías de su padre y su abuelo, los fundadores de la pequeña empresa que comenzó exportando artesanía de madera, el padre de Darío lo espera con una mirada tensa y serena. El supermodelo se da cuenta, conforme se acerca, que en la mesa hay una laptop cerrada, dos celulares y unas carpetas cuyo color le es familiar. Comienza a sudar frío.

“Papá”, al fin se anima a hablar.

“Hijo”, se quiebra José Miguel.

Darío mira mejor la laptop, las carpetas y los celulares, y ahora no tiene duda. Se abre una puerta lateral, y entra Mauricio, apuntando a José Miguel con la misma pistola que el menor de los Echenique guardaba en el penthouse, el mismo arma con el que disparó a Rico, la misma con la que creyó haberse desecho de su amante más reciente la noche anterior.

“¿Quién te dijo que el glutamato monosódico es efervescente, querido Darío?”, ironiza el pistolero.

“No entiendo lo que dices”.

“Pretendiste dormirme para asesinarme como lo hiciste con ese migrante de mierda, pero nunca te diste cuenta que los sobres que habías comprado cuando huíamos a la finca, de pronto se convirtieron en bicarbonato de sodio”.

Darío no tiene tiempo para pensar en qué momento se hizo el cambiazo.

“Señor Estrada, diga de una vez qué pide y terminemos con esto”, demanda José Miguel.

“Soy cómplice de asesinato por seguir las locuras de su hijo. ¿Diez mil a mi cuenta ahora mismo y otros diez mil todos los meses durante diez años, Echenique; yo me iré lejísimos, y me olvidaré que ustedes existen”.

“eso es sencillo y lo aceptaré si deja de apuntarme y me asegura que estos documentos no han sido copiados”, trata de ser estoico el empresario.

“Apenas salga del país le envío las copias, pero antes, deshágase de la Policía”.

“No la llamó mi papá”, interviene Darío. “La llamé yo porque voy a entregarme”.

“¿Cómo dices, imbécil?”, reacciona Mauricio, y gira disparando.

Darío cae al suelo y se queda inmóvil sumido en llanto.

De pronto, una puerta se abre de golpe, y cuando Mauricio reacciona… se oye otro disparo.

 

Una ambulancia llega al edificio de la Corporación. Leandro y Elías se miran desesperados. Ambos están detenidos en el auto patrullero a la entrada de la propiedad. Los dos policías que los intervinieron se montan en los asientos delanteros y dan arranque. Leandro logra ver tras el cristal trasero que otros autos patrulleros se acercan al edificio corporativo. Gira la cabeza otra vez.

“Perdóname por meterte en esto”, le dice a Elías en voz baja.

“No es tu culpa, no es mi culpa; somos… un efecto colateral”.

El auto continúa abriéndose paso por la avenida hasta llegar a la comisaría del distrito.

 

“¿Tú crees que los negocios de los Echenique han sido limpios como dice su sitio web? ¡Por favor! Hay que ser muy ingenuo. Por debajo de toda esa lista, lo que nunca dijeron al público y ahora están comenzando a cantar en el tribunal es que traficaban con terrenos y propiedades. Fraguaban títulos, subvaluaban compras, estafaban gente, revendían mediante testaferros, compraban silencios con casas y departamentos. ¿Quién te regala una torre de diez pisos, casi a todo lujo, como adelanto de herencia?”

Es la fiesta que marca el fin de un nuevo verano y la mezcla de muchas músicas es el telón de la noche fresca a orillas del mar. Alberto Madero bebe su segundo escocés metido en la piscina en la naked party organizada por UnderMale, una marca de ropa interior masculina que está introuduciéndose en mercado nacional.

“Por qué no lo denunciaste antes?”, pregunta Leandro a su lado y también sumergido en el agua.

“Obviamente, porque me faltaban los documentos; lástima que en el proceso, perdimos a Pepe”.

“Perdimos suena a manada; lo que no me pareció es que desaparecieras por una semana”.

“Ay, Leo Leandro, ¿ibas a esperar que me salga la detención provisional para recién levantar vuelo? Menos mal que el finado tuvo la precaución de pasarme las fotos de todos los papeles, y últimamente el Ministerio Público solo se mueve si la prensa presiona”.

“Pero, el celular de Rico te incrimina”, le observa el futbolista.

“A lo más me darán suspendida con reglas de conducta; lo que me preocupa es lo que va a pedirme la mujer en la demanda de divorcio, especialmente ahora que conocemos lo que conocemos”.

“¿Sabes? Extraño a Rico y extraño a Roberth. A los dos por igual”.

Madero abraza a Leandro , le toma la mejilla con la otra mano y le da un beso leve en la boca.

“También los extraño, Leo Leandro. Desde el lunes vamos a reorganizar Tirador Films. No he creado una marca para que esté como un peso muerto. ¿Te sientes listo?”

“Uff, Beto, me jode no ser parte de la temporada del San Lázaro, pero espero que lo otro me compense”.

“Ya escuchaste lo que dijo el médico: actividad física sí, esfuerzo extenuante no. Una vez que Sparking cierre trato con el laboratorio, vamos a darle PREP a todo el talento. Grabamos la primera película y de inmediato comenzamos con tu tratamiento”.

Alguien se les acerca nadando cual delfín, y justo cuando va a alcanzarlos, se sumerge.

“Guau, qué rico se siente esa boca bajo el agua”, comenta Alberto excitado.

“La chupa bien este conchesumadre”, suscribe Leandro.

Entonces, el chico, de hermoso cuerpo, emerge frente a ellos y los abraza de la cintura.

“Um cara no outro lado quer foder comeu e Leandjo”.

“¿Le dijiste cuánto es, Gerson?”

“Sí, ele aceitó. ¿Vao Leo?”

“¿Quiere completo o cómo?”

“Seiscentos p’ra os dois”.

“No lo hagamos esperar, entonces. ¿Quién tiene las llaves del cuarto, Beto?”

“El bartender. Por cierto, a él debes pedirle los condones. ¡Ah! Dile que se quede… Tienen que ver ese par de… ufff, ya las verán”.

Leandro y Gerson sonríen y van nadando hasta el otro lado de la piscina.

  

lunes, 5 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.1: ¿Por qué la rivalidad?


”Yo trabajé con Alberto Madero desde hace diez años después que hice mis prácticas en la Corporación Echenique. Había ido a recoger un certificado cuando me reencontré con él en las mismas oficinas. Beto buscaba la forma de conseguir esa cuenta publicitaria, pero no sé por qué se la negaban”.

“¿Cómo que te reencontraste con él en la oficina, Elías?”

“Cuando yo entré a la universidad, Darío, él ya estaba en cuarto año. Nos conocimos en una fiesta. Justo él acababa de tener a su hija. Terminamos tirando esa madrugada, y así fue hasta que egresó al año siguiente. Le había perdido el rastro hasta ese día en la Corporación”. Tú acababas de entrar a quinto de secundaria”.

“Sí me acuerdo. Tiré contigo ese día que te invité a la casa de playa”.

“El reencuentro fue después que eso, Darío. El hecho es que Beto había fundado Sparking con otros dos amigos, uno de ellos Roberth Peña”.

“¿Desde entonces comenzó la rivalidad entre Darío y Beto?”

“No creo, Leandro. Creo que fue cuando hicimos la campaña de Lawrence’s hace tres años. Yo era asistente administrativo de la agencia, y en los ratos libres veníamos al dos cero uno, en este mismo condominio, a… bueno, ya sabes”.

Lawrence’s ya me tenía contratado como imagen de la línea juvenil de ropa. Bueno, lo… era desde hace cinco años”, acota el supermodelo.

“Para entonces, Darío quería meter a un chico en la sesión, pero Beto no quiso porque… es negro, bueno, moreno, mulato, no sé… Beto siempre fue un poco racista”.

“Sí: Pepe”, suspira Darío. “Esta mañana que logré llegar a la Torre…”. Comienza a llorar, y Leandro lo conforta.

“¿Quieres seguir con esto, Darío?”

“quiero llegar a la Corporación, donde papá”, solloza Darío. “Es mi único lugar seguro ahora”.

Leandro lo suelta, se escabulle del cuarto de servicio situado en la azotea del Condominio donde los tres muchachos se han refugiado para escapar a las cámaras de seguridad de los pisos inferiores,  y casi repta hasta ganar el borde del techo. Se asoma con muchísimo sigilo y mira a ambos lados de la calle, así como una bocacalle que lleva a una autopista cercana.

“¿Por qué desapareciste, Elías?”

“Porque no quería ser trofeo ni tuyo ni de Beto; y si ya me había despedido, ¿qué sentido tenía quedarme? Primero estaba yo, mi dignidad”.

“¿Por qué reapareciste ahora, entonces?”

“Cuando me enteré sobre el asesinato de Roberth, sabía que esto se iba a complicar; el caso es que no sabía a quién acercarme, así que pensé en Leandro, pero antes comencé a vigilarlo”.

“No hay moros en la costa”, anuncia el futbolista, quien retorna al cuarto usando el mismo sigilo con el que había salido. “¿Me perdí de algo?”

“Para hacerte corto el cuento, Darío y yo nos reencontramos hace tres años, y en el proceso de reunirnos para planificar la producción, comenzamos a gustarnos hasta que él me llamó”.

“Tú nunca ibas a hacerlo, elí, porque te morías de miedo por Beto. Según tú, lo amabas, pero te diste cuenta que no era así”.

“El hecho es que Darío y yo comenzamos a citarnos aquí, en el dos cero uno, que entonces yo ocupaba”.

“¿En las mismas narices de Beto Madero?”, se sorprende Leandro.

“Luego de la campaña, Beto comenzó a viajar mucho buscando cuentas, clientes, proyectos, y era la ocasión en la que yo citaba a Darío para hacer el amor”.

“Y ése fue el mayor error que se nos pudo ocurrir”, agrega el supermodelo.

“Una noche que él y yo estábamos en la cama, en pleno acto, Beto llegó, abrió la puerta. Fue horrible. Prácticamente nos sacó a empellones del departamento, desnudos. Se encerró. Al día siguiente, cuando fui a Sparking, me negaron el acceso y me entregaron mi carta de despido. Menos mal que había trabajado largos ocho años porque con la liquidación alquilé una granja a las afueras, me dediqué a producir lácteos orgánicos, y ahora soy mi propio jefe y empleado; de hecho, he comenzado a comprar la propiedad”.

“Linda historia de infidelidades, muchachos”, interviene Leandro. “Pero… hay algo en su historia que no cuadra: ¿Beto Madero, con todo el talento que tiene, comenzó una rivalidad con Darío Echenique, con todo el talento que tiene, solo por un problema de cuernos?”

“Yo tampoco me lo explico”, observa Elías. “Solo éramos amantes porque Beto para entonces ya tenía sus dos hijos”.”

Con mayor razón”, agrega Leandro. “Algo no calza”.

“Por eso necesito llegar a la Corporación, Leo. Cuando llegué al departamento hoy temprano, noté que mi laptop y algunos documentos habían desaparecido”.

“¿Documentos de qué, Darío?”

“No viene al caso. El único que sabía sobre su existencia era Pepe, y solo te diré que durante estos años… tuve que pagarle para que no dijera nada sobre ellos, y supongo que cuando lo despidieron, se lo contó a Madero. El tema aquí es que  si lo mataron, entonces se los llevó quien lo mató, y quien lo mató sabe la importancia de esos papeles, además de toda la información que hay en mi computadora”.

“¿Y quién lo mató, Darío?”

“Creo que mi pareja actual: Mauricio Estrada. No voy a decir más, excepto que… necesito llegar a la Corporación”.

 


Una hora después, una furgoneta con el logotipo de La Granjita llega al control de entrada del edificio de Corporación Echenique, situado al límite del Distrito este y Las Ciénagas, en uno de los bordes de la gran ciudad. Se trata de un complejo  muy peculiar con un edificio de cinco pisos, de los que sobresalen otros tres edificios en perpendicular pero más pequeños, todos tapizados en vidrio verde petróleo. Visto desde el aire, el complejo tiene forma de letra E, y desde el satélite, junto con el cerco, forma el isotipo de la compañía: esa letra E encerrada en un cuadrado de fina línea continua.

“Traigo unos pedidos de La Granjita para la cafetería”, dice el afable conductor.

“¿Viene a ver a alguien?”, le pregunta el vigilante.

“La señora Amaya”, le responde, mientras de reojo nota que hay dos policías en la entrada.

“estacionamiento tres, por el flanco izquierdo, doble a la derecha”. El vigilante entrega un gafete y justo en ese instante, los dos policías rodean el vehículo.

“Por favor, apague el motor, baje y abra las puertas traseras”, le ordenan mientras le muestran sus placas.

El conductor obedece la orden, deja que los efectivos retiren unos productos.

“Señor Echenique”, ordena el segundo policía, “salga de allí y entréguese sin oponer resistencia”.

Las telas del suelo, donde  hay un bulto evidente se mueven, y el policía se queda sorprendido:

“¡No es éste! ¡Nos engañaron!”, grita a su compañero.

“¿Dónde está¡”, apunta el primero al conductor.

Quién, jefe?”, le responde.

“Ya, no se haga. ¡Manos al vehículo!”

El efectivo lo esculca y le saca su billetera, la que resalta en su bolsillo posterior derecho debido a la corva de su nalga.

“¿Elías Bertello?”, verifica el uniformado.

El segundo policía sale de la puerta trasera conduciendo con las manos en alto a… Leandro.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.3: ¿Qué mierda pasa aquí?


Quince minutos después, el futbolista da una vuelta al parque en su auto, y en una de las veredas de acceso identifica a una persona con el cabello largo y la barba crecida, un poquito más delgado, quien lo mira con angustia. Leandro le hace una seña discreta y el desconocido se acerca al auto.

“¿Darío?”, verifica.

El muchacho entra al asiento posterior.

“Llévame al edificio de la Corporación, Leo”.

“Primero vamos a mi casa; tengo que recoger a alguien”.

“¡No! ¡Llévame a la Corporación!”

“Darío, te prometo que no haré nada estúpido pero es urgen…”

“¡Carajo, Leo! ¡Necesito ver a mi papá! Mataron a Pepe en mi depa”.

Leandro gira casi toda su cabeza:

“¿Mataron a quién?”

 




El futbolista da un impensable vericueto, evitando las calles más transitadas.

“¿Quién mató al tal Pepe?”

“No lo sé, Leo. Subí al penthouse y cuando entré, estaba tirado en el piso sobre un charco de sangre, tenía una herida…”, Darío comienza a sollozar.

“¿Tú mataste a Roberth y a Rico?”

“¡Leo, por Dios! ¡No estoy para interrogatorios ahora!”

Se acercan a una avenida, y Leandro divisa a una patrulla policial situada del otro lado:

“Escúchame: vas a acostarte en el asiento y no me vas a levantar la cabeza por nada, ¿entendiste?”

Darío se asusta pero hace caso. El auto cruza la avenida de lo más natural cuando, de pronto, un policía toca su silbato y se detiene delante:

“Mierda, reconchasumadre”, reacciona el conductor, quien mira a ambos lados, pisa el acelerador, quiebra el timón  y escapa por otra calle. Por más “¡Alto!” que grita el efectivo, el muchacho da una evasiva mortal en medio de otros vehículos.

“¿Nos siguen, Leo?”, pregunta Darío, muy asustado.

“¡No levantes el cuerpo, mierda!”

Entrando al Distrito Este, Leandro urde un plan extremadamente urgente. Saca su celular, marca.

“¡¿Qué haces?!”, Darío se angustia más.

“¡Confía en mí, mierda! ¡estamos cerca!”

Por fin le responden el teléfono:

“Hola leo”.

“Llámalo urgente, dile que estoy a cuatro cuadras, que marque en la puerta: dos, dos, cero, nueve, dos. ¿Me copiaste?”

“Dos, dos, cero, nueve, dos”, le dicen por el auricular.

“¿A quién llamas?”, pregunta Leandro.

“Te llamo luego”, dice Leandro y corta.

“¡¿A quién llamas?!”, reitera Darío.

“Confía en mí y no te levantes; mas bien, escúchame con cuidado: vamos a llegar a un lugar seguro, voy a parar el auto, nos bajamos volando y así mismo nos metemos dentro. No podemos perder un segundo, ¿entendiste?”.

“¿Qué lugar seguro es?”

“¡Darío, carajo, tú confía! ¿Quieres? ¿Me entendiste? ¿Sí o no?”

“¡De acuerdo! Confiaré en ti”.

“Alístate que llegamos en quince segundos o menos”.

Leandro destraba los seguros de las puertas, entretanto.

“Ya estamos aquí. ¿Listo? Vamos en tres, dos, uno…”

Leandro sale velozmente del auto y Darío lo mismo. Alguien les abre la puerta de acceso al Condominio. Al cerrarla, Darío se queda helado:

“¿Qué… mierda pasa aquí?”

“Hola, amigo”, saluda un hombre alrededor de sus treinta, contextura normal, cabello corto.

“Hola, elías”, da la mano Leandro. “Mucho gusto”.


 


martes, 29 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.2: Es... elías


Por la noche, mientras Madero revisa los programas dominicales en su casa, junto a su esposa,, recibe una llamada en su celular. Se levanta y camina hacia el estudio.

“¿Sí, Leandro? ¿qué pasó, muchacho?”

“Señor Madero, no soy Leandro; soy el comandante Mesías”.

“Claro, claro, muchacho. Cuéntame”.

“¿Está con alguien y no puede hablar?”

“Exacto, pero dame el dato”.

“Logramos que el ministro incluya a Darío Echenique entre Los Más Buscados. Llame a sus amigos en los medios porque si no se difunde, esto se nos cae. La familia comenzará a presionar cuando se sepa”.

“Dalo por hecho; gracias por avisar mas bien”.

Madero se encierra en su estudio, marca algo en el teléfono.

“Dime, Beto”, le contestan.

“Ahora es cuando. ¿Puedes escabullirte?”

“¿Ya lo incluyeron?”

“Sí. La Policía ya hizo su parte; ahora nos toca hacer la nuestra. Te corto que tengo un culo de llamadas por hacer”.

 


A esa misma hora, en una finca rural camino a la sierra, Mauricio llega al clímax penetrando a Darío. El dormitorio con paredes de barro enlucidas de blanco, ventana de madera cerrada, no se luce debido a la luz mortecina de un candil. Mauricio ruge y deja de moverse, acaba la cópula, se quita el condón y lo bota al suelo. Se acuesta a su lado evidentemente cansado.

“¿Qué tal estuve?”

“Bárbaro, como siempre”, responde Darío.

Mauricio toma un celular de una mesita de noche a su lado, prende la pantalla.

“Se cargó algo. ¿Cuándo acabará todo esto, Echenique?”

“Pronto, Mau. Solo una persona más y listo”.

“Ojalá sea pronto, porque quiero regresar al gimnasio que no voy hace dos semanas y media, y quiero depilarme todo”.

“Tranquilo, que muy pronto ya no te preocuparás por eso”.

“¿Me pagarás una depilación por hidrólisis como la tuya?”

“Ya veremos. ¿Ya tienes listas las capturas de pantalla?”

“Me faltan algunas: este celular de Rico sí que ha sido una caja de sorpresas, mensajes, comunicaciones, rastreos, fotos, videos, sexo, sexo y más sexo. ¿Sabías que podía geolocalizar todos los vehículos de tu viejo? Por lo pronto, tu auto y el de ese huevón están en una instalación de la Policía”.

“Extrae lo que te dije, y cuando lo tengas listo, me avisas”.

“Espera, amorcito. Solo una más y estará lista en cinco, cuatro, tres, dos, uno. Yeah baby!”

“Ponlas en el grupo que te pedí”.

“¿Qué número quieres hacer visible?”

“El de Rico, obviamente”.

Darío se levanta, toma una linterna pequeña y camina a la cocina, busca dos tazas, las lava y sirve un poco de té en ambas, pero a una le agrega el polvo blanco de un sobrecito. Al regresar al dormitorio, le ofrece una de las tazas a Mauricio, quien agradece y la bebe.

“Ya se está distribuyendo y algunos ya están viendo los primeros envíos”. Mauricio deja el celular en la mesa de noche.

“¿No verificarás quién más va a verlo?”

“Confía en el poder de la tecnología, Darío Echenique”, sonríe mientras bebe el resto de la taza. “Y lava mejor tu vajilla de metal o aprende a hacer mejor té”, ríe.

Su amante ríe también. Mauricio se levanta y se pone sus zapatillas.

“¿A dónde vas, Mau?”

“A mear. ¿Me acompañas para que me la tengas?”

“Ay, asqueroso”.

Ambos ríen. A los pocos minutos, el fisicoculturista regresa y se echa al lado de Darío; lo abraza.

“Tirar contigo a uno sí que lo deja cansado”, comenta.

“Sí, muy cansado”, ssolo responde el otrora supermodelo.

Media hora después, Mauricio parece estar profundamente dormido. Darío intenta reanimarlo dándole empujones y pequeñas bofetadas. No obtiene respuesta. Como puede, el joven de ochenta y dos kilos de peso intenta mover a otro musculoso de noventa y cinco y consigue sacarlo hasta la sala de la casa, lo envuelve en la sábana, busca su pistola en una gaveta de la entrada y descubre que está descargada.

“Hijo de puta”, reniega.

Regresa al cuarto, busca la mochila de Mauricio y en la bolsa de ropa interior sucia encuentra la cacerina; carga el arma, y regresa a la sala iluminándose con la linterna; ubica la sábana, apaga la luz, acerca el arma, dispara a quemarropa. Darío jadea fuertemente y se pone de pie para buscar la linterna cuando siente que algo le golpea secamente en la cabeza, y queda inconsciente.

 


La foto de Darío Echenique, mejor dicho, la foto de los mejores tiempos de Darío Echenique está en primera plana de los diarios más influyentes con titulares del tipo “Buscado” o “50 mil de recompensa”, pero no va sola. Muchas rotativas han impreso al lado algunas capturas de pantalla en las que se leen conversaciones de mensajería instantánea entre Rico y Alberto Madero donde se detalla el lanzamiento de Tirador Films y las ideas-fuerza que se debía decir durante la entrevista de televisión, cuyo objetivo era afectar la imagen de Darío. Temprano esa mañana, Leandro despierta con los gritos de Baldo:

“¡Hijo! ¡¡Hijo!!”

El futbolista se cubre la cintura con una toalla y abre: su padre le muestra el diario, y Leandro se desconcierta por completo.

 


En cuestión de una hora, ambos están en la sede de Sparking Advertising junto a la secretaria abriendo casi de golpe la oficina de Madero.

“¿Dices que no se ha comunicado para nada?

“No, Leo. Lo estoy llamando a sus teléfonos: su celular está apagado y en su casa me lo niegan”, informa la mujer.

“¿qué ganamos entrando así a su oficina, hijo? No somos el Ministerio Público”, recrimina el papá.

“Beto nos debe explicaciones”, responde el muchacho.

 Entonces, un guardia de seguridad llama a la secretaria, quien sale corriendo a atender. Padre e hijo se miran. Van tras ella.

“Acaban de dejar esto para el señor Leandro Pérez”, dice el guardia mostrando un sobre pequeño.

“¿Quién?”, interviene el aludido.

“Debe ser un mensajero porque venía en una motocicleta”,

 “¿Y no dejó cargo para firmar?”, consulta la secretaria.

El guardia niega con la cabeza.

“Llamemos a la Policía”, sugiere Baldo.

Leandro casi arranca el sobre de las manos del guardia y lo palpa.

“¿Estás loco, hijo?”

“ésto no es explosivo”, tantea Leandro. “Parece una memoria”.

“¿Explosivo?”, se alarma la secretaria.

“No le haga caso, señora. Leandro, llamemos a la policía”.

“Apuesto que lo envió Darío, papá. Ya lo hizo antes con el catálogo, hace más de dos semanas. Trata de decirme algo”.

“Hijo, ¡razona! Tenemos que avisar a las autoridades antes de hacer nada”.

Leandro rompe el sobre y saca el contenido: efectivamente es una memoria plomo oscura.

“Necesito que me presten una de las computadoras de Diseño, por favor”, pide el joven.

 


Lo que contiene la memoria deja a Leandro con más preguntas que respuestas; y lo que más le intriga son varias fotos de Darío junto a un joven en actitud muy cariñosa. No es Rico, ni él, ni tampoco el chico de mantenimiento, o los otros modelos con los que ha trabajado, a quienes sí logra reconocer.

“¿Y ése quién es?”, se pregunta.

El diseñador a su costado palidece.

“Estás violando el derecho a la intimidad de Darío Echenique”, insiste su padre.

“¿Y qué tal si Darío Echenique lo envió para que sepamos algo?”

El diseñador se levanta:

“Voy a tomar agua”, se excusa.

“Tenemos que regresar al Condominio”, pide el futbolista.

“No, ijo; tenemos que llevar esa memoria a la Policía”.

Leandro espera un par de segundos:

“Genial. Tú lleva la memoria a la Policía, yo regreso al Condominio. Nos hablamos por teléfono ante cualquier novedad”.

“Los llamaré para coordinar la entrega”, advierte el abogado.

Baldo sale de la sala de Diseño y Leandro teclea algo en la computadora, a su vez que el diseñador reingresa.

“¿Qué haces?”, le pregunta a Leandro.

“Busca otra memoria como la que está dentro de tu CPU, pero antes me vas  a decir algo”.

Justo en ese instante, vibra el celular del futbolista. Lo saca, mira, toca y contesta:

“¿Diga?”

“Leo, necesito verte urgente”.

Esa voz, aunque apagada, es familiar.

“¿Darío?”, se conmueve el chico.

“No ttengo mucho tiempo; encuéntrame en el parque detrás de la Torre”.

Cortan la llamada. Leandro revisa el número:

“Es un teléfono público”.

 Se pone de pie.

“No interrumpas el copiado y ponlo en otra memoria”, instruye. “Conversaremos cuando regrese”.

“Leandro”, lo retiene el diseñador. “Sí conozco a ese chico”.

Leandro lo mira fijamente a los ojos y lo toma de ambos hombros:

“Entonces dime quién es”.

“Es… elías”.

Leandro se sorprende.

  

lunes, 28 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 15.1: Te vaciaste en mi culo


Madero y Baldo ayudan a bajar las maletas de Adela y Cintia y ponerlas en el auto, que está flanqueado por los del abogado y de Madero. Las mujeres van con el futbolista, quien luce muy consternado; delante va su padre y detrás va su jefe.

“¿Crees que puedes conducir, Leandro?”, consulta Madero.

“Sí, sí puedo”.

Mientras parten al aeropuerto en formación tipo caravana, alguien les vigila desde otro auto ubicado a cierta distancia pero no les sigue.

“Repasemos”, anuncia Leandro mientras conduce y sacando entereza quién sabe de dónde. “estarán en un lugar seguro que será seguro en la medida en que no le digan a nadie donde estarán, y nos comuniquemos solo lo suficiente. Nada de fotos en redes sociales, nada de videos”.

“¿Estarás seguro, hijito?”

“Tranquila, má. Si no se queda papá, se queda Beto o se queda Genaro; pero no me quedaré solo”.

“¿Cuándo acabará todo esto, hijo?”, se angustia Adela.

“Pronto, mami. Cuando Darío esté bajo control, todos nos reuniremos otra vez. Te lo prometo”.

el futbolista se concentra en el auto de su padre que va delante suyo y aprieta sus dientes para no llorar.

 


Esa noche, Alberto instala un sistema de vigilancia en el dos cero uno del Condominio.

“Si alguien que no digite el código en la puerta logra ingresar, la alarma le dejará tal tinnitus que, cuando se recupere, un par de policías ya lo tendrán esposado”, explica.

Leandro no replica.

“Tendría que fallar el grupo electrógeno para que nada se active; además, podremos verlo desde tu celular y el mío”.

Leandro sigue con la boca cerrada.

“Ey, ey, ey. ¿Hay alguien ahí?”

“¿Por qué Rico?” Leandro rompe a llorar.

Alberto baja de la escalera y abraza al muchacho.

“No lo sé, Leo Leandro; pero te prometo… te…”

Alberto comienza a llorar junto a él. Lo besa en la mejilla y el cuello.

“Necesitamos relajarnos”, aconseja Madero entre sollozos. “O este dolor va a derrumbarnos”.

 


Lo mejor que se le puede ocurrir al director creativo es tomar una ducha tibia, a media luz, junto al futbolista. Trata de excitarlo; mejor dicho, trata de satisfacer su excitación frotando su pene erecto entre las nalgas del muchacho.

“No tengo ganas, Beto”.

Madero no hace caso. Besa la espalda y la nuca y sigue moviendo su pelvis en medio del trasero del futbolista quien parece laxo.

“No, Beto, no; no, por favor”.

“Tranquilo, mi amor”, suspira Madero.

Leandro se queja. Una opresión fuerte en su ano va convirtiéndose poco a poco en dolor.

“Respira hondo y despacio, Leo… hhondo… y despacio”.

El futbolista agarra la pequeña nalga de su jefe y la estruja mientras jadea y gime. Ambos lo hacen. Minutos después, Madero deja de cimbrarse y Leandro siente que la opresión en su recto cede.

“quiero cagar”, avisa el futbolista saliendo velozmente de la ducha.

 

Luego, en el dormitorio, Leandro descansa sobre el pecho de Madero.

“Bonita manera de recordar a Rico”.

“Necesitabas relajarte y, bueno, se me ocurrió eso”.

“Te vaciaste en mi culo”.

“¿Te jode?”

“No, pero… mis respetos por los pasivos”.

“La primera vez siempre es la más traumática, Leo Leandro”.

“Nunca supe cómo fue tu primera vez, Beto”.

“Super traumática. Tenía veinte años y estaba en la universidad haciendo un trabajo. Habíamos contratado a un modelo alto, musculoso, para unas fotos, y estábamos esperando a mis compañeros. El chico se estaba duchando y, cuando salió, no tenía toalla. Tenía una cosota, grande y gruesa. Me lo quedé mirando. Hizo que se la tocara, se la mamara. Cuando me di cuenta, estaba sin ropa, reclinado sobre una mesa recibiendo su pinga en mi culo. Me dolía como mierda, encima que demoró como mierda. Cuando llegué a mi casa y me saqué el interior, ¡puaj!, una mancha amarilla y roja”.

“Te lo había reventado”.

“De hecho. Se lo comenté a un amigo gay de confianza y me dijo que en esos casos siempre se debe usar lubricante a montones. Había obviado ese paso”.

“Te contaré, Beto, que hemos obviado ese paso”.

“¿Te arde o te duele?”

“No, se siente raro nada más”.

Leandro hace que Madero se gire, dejándole su nuca lista para ser besada.

“Ahora es mi turno”, le avisa.

Trata de excitarse pero no lo consigue. Desiste pero se queda en esa nueva posición:

“¿qué dijiste en tu casa, a tu esposa?”

“Que estás en peligro de que un publicitario te meta pinga por segunda vez”.

Leandro ríe:

“Primero yo se la tengo que meter”.

Madero consigue girar, besa a Leandro y se revuelca con él sobre la cama.

“Si quieres que se te pare, relájate, Leo Leandro”.

“Quiero, trato, Beto Alberto, pero no puedo”.

“Bueno, es un proceso. No te exijas”.

“¿Sabes que me provoca encarar a Darío por lo que hizo a Robertth y Rico?”

“Ya escuchaste a tu viejo: es altamente riesgoso porque te puede matar, y yo te aconsejo lo mismo”.

“No me siento cómodo huyendo porque no es mi estilo; es como si tuviera el arco libre y no pateo el gol”.

“Es que esto no es fútbol, es estrategia legal. ¿Alguna vez jugaste ajedrez, Leandro?”.

“Nunca. A duras penas, ludo”.

“Si encaras a Darío, todo el argumento de que la víctima eres tú se nos viene al suelo”.

“a veces no me siento la víctima, Beto”.

“Pues, tendrás que creértela, o hacer que el resto se la crea en última instancia”.

“Entiendo: decir que es lo que no es y que no es lo que sí es. Reglas de la publicidad”.

 

Al día siguiente, domingo, Leandro no despierta con el desayuno sino con el periódico en la cama

“Cuerpo B, página dos”, indica Madero.

Leandro abre el diario, y casi se queda de una pieza. “entrégate, Darío” es el titular a toda página, “José Miguel Echenique” como antetítulo, “Padre de modelo promete ‘un buen abogado’” como bajada. El futbolista mira sorprendido a Madero.

“¿No fuiste tú, no?”

“Leandro, ¿cómo se te ocurre que voy a inventar una noticia así, y todavía con ese hijo de puta?”

“Entonces… ¿fue mi papá?” 

martes, 22 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.2: yo tengo la culpa


Los buenos oficios de Baldo Pérez permiten que Leandro regrese a casa a las cinco de la tarde tras un intenso interrogatorio en la Comisaría. Aún lleva su ropa de entrenamiento. Una propina de Alberto Madero mantiene oculta la visita del futbolista a la estación policial. Paralelamente, un comunicado interno del San Lázaro advierte a todo su personal no decir una palabra de lo ocurrido esa mañana, bajo pena de amonestación. Los pocos datos que se filtran a cierta prensa son rápidamente bloqueados por Sparking. Cintia lleva a su novio para que tome una ducha y descanse, mientras Adela se reencuentra con el padre de su hijo, bajo esas circunstancias, tras dos décadas de alejamiento forzado.

“éste no es momento para recriminaciones”, tercia aún conmovido Madero. “Lo que nos debe interesar es el bienestar de Leandro ahora”.

“Yo no sé cómo lidiar con los hallazgos de la Policía”, reconoce Baldo.

“¿Por qué? ¿Están culpando a Leandro?”, comienza a intranquilizarse Adela.

“No, mujer, por favor, conserva la calma. Nuestro hijo va a colaborar con las investigaciones pero no lo acusan de nada”.

“Ahora sí es nuestro hijo”.

“Señor y señora, les dije que éste no es momento para recriminaciones. Mire, doctor Pérez, lo que sabemos ahora lo dejo a su criterio ético, pero… si yo fuese usted, pondría mi criterio de padre y abogado por delante de todas las cosas; y usted, Adela, nada de desesperarse, mas bien quiero que saque fuerzas de donde sea porque a partir de ahora vamos a tener un cerco de seguridad en torno a este departamento, al auto de Leo cuando lo devuelva la Policía, en fin, en torno a todo”.

“¿Estamos en riesgo, señor Madero?”, consulta la madre.

“Probablemente. Las huellas que hallaron en el catálogo que Leandro creyó eran un artefacto explosivo son… son de Darío Echenique”.

“¡¡No!”, exclama la mujer.

“Y aunque Leandro y el doctor Pérez crean que no, yo pienso que ese chico mató a Roberth Peña”.

“¿Roberth murió?”. Adela se desvanece.

Baldo la auxilia.

“No sea bruto, Madero. ¿No sabe que la madre de Leandro sufre de baja presión?”

“Perdone, doctor”.

  


A los quince minutos llega una ambulancia,  y una camilla es ingresada al Condominio. Desde un auto con las luces apagadas, alguien divisa todo lo que pasa al exterior del inmueble.

Leandro se olvida de descansar y acompaña a su madre en el vehículo.

“No tiene pruebas para afirmar que Darío Echenique asesinó al tal Roberth Peña, así que le sugiero tener cuidado cuando suelte sus hipótesis o teorías frente a terceros”, aconseja Baldo Pérez a Madero cuando la ambulancia parte a una clínica.

“Tiene razón; pero recuerde que la Torre tiene cámaras de vigilancia; y si yo fuese usted, y quiero defender la inocencia de mi hijo –porque creo hará eso—ya estaría pidiendo copias antes de que las borren”.

“La Policía ya las tiene, señor Madero”.

 


El lunes siguiente, los videos aparecen misteriosamente filtrados a la prensa, y en ellos se identifica claramente a Roberth entrando al penthouse a las nueve y treinta y dos de la noche, y luego una persona vistiendo una polera con capucha ingresando al mismo lugar a las diez y cuarenta y tres de la noche. El detalle es que la persona que ingresa lleva un costal. Veinticinco minutos después, el encapuchado y otro encapuchado sacan ese costal lleno cargándolo al hombro.

“¿es el cuerpo de Roberth?”, pregunta Leandro entre sollozos.

“No sabemos”, dice su padre.

“Sí lo es”, afirma Madero.

“¿Reconoces al sujeto que llega con el costal?”, pregunta Baldo.

“No, pero… Darío tiene muchos amigos modelos. Por la contextura puede ser cualquiera de ellos”.

“Aunque éste es fisicoculturista por la espaldaza”, observa Madero. “¿Qué tal un… un… Mauricio Estrada?”, sondea revisando unas notas.

“Ni la más remota idea, Beto. No lo conozco”.

“¿Vio, señor Madero? Su afirmación no es exacta”, apunta Baldo.

“Pero sí reconozco esa polera y ese cuerpo, papá, el del otro chico: sí es Darío”.

“Video, huellas. ¿Qué más necesita para convencerse? ¿Una declaración incriminatoria, doctor Pérez?”

“Yo tengo la culpa”, solloza Leandro. “¡Yo tengo la culpa!”

“¿Culpa de qué, Leo?”, Madero intenta razonar.

“Yo le pedí a Roberth que visite a Darío”.

“¿Para qué?”

“Hijo, no digas nada que pueda involucrarte en el caso”, aconseja su papá.

“Porque justo ese jueves salió lo de la productora y… don José Miguel me llamó para preguntarme si yo estaba detrás de esa campaña”.

“¿Y estabas tú detrás de esa campaña?”, inquiere Madero con cinismo.

“Claro que no, Beto. Yo ni enterado. Pero le pedí a Rob que lo visite, que hable. Supuse que Darío iba a sentirse mal. Yo lo mandé a morir”, Darío rompe en llanto.

“No, campeón”, al fin se conduele Madero. “Tú no mandaste a morir a nadie. Solo trataste de ser un buen amigo. Solo hiciste eso”. ¿No es cierto, doctor Pérez?”

“Es cierto, hijo. Nada te incrimina, pero vamos a tener que armar muy bien tu declaración ante las autoridades cuando lo requieran. ¿Dices que José Miguel Echenique te contactó por esos titulares contra Darío?”

“Sí, él lo hizo”.

Baldo se levanta del sofá donde están viendo el televisor.

“¿A dónde va, Pérez?”, averigua Madero.

“A seguir su consejo: a anteponer mis intereses de padre y abogado”.

Madero abraza a Leandro y le da un beso en el cabello. Su cabeza urde nuevos planes:

“Tú no eres culpable de nada, ¿entendiste?”, le susurra. “De nada”.

Madero se queda inmóvil, abrazado de su amigo, viendo sin ver la pantalla del televisor.

 


Esa misma semana, el canal de cable cancela Línea Blanca con Leo Pérez. Madero no puede hacer nada por salvar el programa, y solo declara que se debe a “presiones de un empresario muy poderoso”.

“¿Te parece correcto haber publicado éso? ¿Qué estás tratando de decir? Ahora la gente pensará que lo cancelaron por influencia del papá de Darío”.

“Es solo una declaración, Leandro”.

“¿Sabes que José Miguel Echenique está tan devastado por todo esto? Todos los medios han publicado que Darío es el sospechoso principal”.

“Leandro, ésta es la segunda o tercera vez que te escucho abogar por la familia Echenique y no decir una sola palabra sobre la familia de Roberth. ¿Acaso sigues enamorado de Darío?”

“¡Beto, por Dios! Nunca he estado enamorado de Darío, y claro que pienso en Roberth, y me torturo a mí mismo de que por esa llamada que le hice, pasó lo que pasó”.

“¡Carajo, no eres culpable! ¡Roberth Peña es una víctima de un asesino con una enfermedad mental, que encima es alcohólico! La justicia tiene suficientes pruebas para mandar a ese hijo de… a que se pudra un buen tiempo en la cárcel. Claro, si a José Miguel como se llame no se le ocurre comprar jueces o fiscales, como suelen hacerlo”

“¿Por qué tanta rabia contra Darío, Beto?”

“Mira, Leandro: deja de preocuparte por ese asesino, y concéntrate en qué vamos a lanzar como nuevo proyecto. Aún tenemos a tu patrocinador, así que no debemos perder ese dinero”.

Leandro se levanta de su escritorio:

“Mamá y Cintia viven con temor ahora. Desde que mamá fue dada de alta, pasa prácticamente sedada. No tengo cabeza para esto en este mismo instante. ¿Y sabes qué la angustia más? Que el siguiente… puedo ser yo”.

El futbolista sale de la oficina y Madero comienza a tener un conflicto consigo mismo: quizás en mucho tiempo, es la primera vez que siente un escozor muy incómodo llamado remordimiento.