Mostrando entradas con la etiqueta ducha. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ducha. Mostrar todas las entradas

sábado, 31 de diciembre de 2022

ASS (59): el ‘remember’ de Damián y Sandro

A veces, los policías obtienen información sensible de la forma más inesperada; por ejemplo, tras hacer el amor.



A las 11 de la mañana, bajo el inclemente sol de San Sebastián, Sandro llega a su pensión montado en su bicicleta. Luce un gorro, lentes de sol, camiseta, malla y zapatillas. Se le aprecia en forma. Al aproximarse a la vereda, nota a alguien que mira hacia ambos lados de la pista; su figura le es familiar.

“¡Damiancito! ¡Dichosos los ojos!”

El policía reacciona y sonríe:

“¡Hola Sandrito! ¿Llegando de entrenar?”

“Más o menos… ¡¿y qué milagro tú sin tu moto?”

“Le está fallando el carburador y tuve que dejarla en el mecánico… estoy esperando mototaxi”.

“Ah, entonces estás ocupado”.

“No mucho, ¿por qué?”

Los dos varones suben las escaleras de la pensión.

“Bienvenido a tu primer hogar en San Sebastián”, adula Sandro.

“No ha cambiado mucho, quizás la pintura”, comenta Damián de manera aparentemente despreocupada.

Ambos suben las escaleras y entran al cuarto de Sandro.

“Mucho calor, ¿cierto?”, seduce el anfitrión.

“Si pretendes que me meta a la ducha contigo… la respuesta es sí”.

Sandro sonríe. No espera mucho tiempo y comienza a desnudarse por completo.

“No te pones calzón, ¿ah, vagabunda?”, bromea Damián al ver a sandro sacarse la malla bajo la que carece de ropa interior.

“Si pudiera andar calato sintiendo el asiento en la raja de mi culo, créeme que lo haría”.

Damián también se quita la ropa y se abraza con Sandro. Ambos se besan apasionadamente.

“¿Quién te chapa mejor: ella o yo?”

“ya, Sandrito, no comiences; ¿vamos a ducharnos?”

La pasión continúa bajo el agua. Damián no deja de acariciar las nalgas duras de su amante; mete su mano entre ellas. Logra introducir su dedo medio dentro del ano del ciclista.

“Vamos rápido, mi amor”, sonríe Sandro.

“Quiero meterte mi pinga como lo hacíamos antes”.

Sobre la cama, Sandro se acuesta boca abajo y levanta el culo. Damián se pone el condón, le abre las piernas, le zampa poco a poco su pene erecto.

“Ay, bebe. Despacio”.

Damián se acuesta encima y comienza a bombearle el ano con firmeza. Ambos gimen y jadean sinparar. No cambian de posición. Comienzan a sudar copiosamente.

“Ah, mierda. Me vengo”.

“Dame tu leche, mi amor. Así, dame tu leche, papi”.

Damián se incorpora, se saca el condón:

“Voltéate”.

Sandro gira

Damián casi ahorca a Sandro con sus piernas, le pone el pene en la boca:

“Chupa, mierda”.

En realidad, Damián bombea la boca de Sandro hasta que eyacula:

“Mierda,carajo… ¡la puta!”

Sandro se traga el semen. Damián se acuesta al lado aún desnudo.

“qué rico”, reacciona Sandro.

“No importa cuánto tiempo pase, siempre es un deleite cacharte ese culo”, replica Damián.

“Pero desde que te fuiste de aquí, parece que ya no tienes tiempo para mí”.

“Ese trabajo con la Fiscalía quita tiempo; encima mi señora, mi chibolo. Ya no es igual. Hasta me estoy poniendo panzón, carajo”.

“Pero sigues siendo lindo para mí”.

Damián sonríe, se incorpora y le clava un besito en los labios a Sandro.

“Gracias… Oí por ahí que vas a postular por San Sebastián”.

“Me invitaron. No pude resistir. Si me eligen, te llamo como mi seguridad personal. O mejor, como mi jefe de Seguridad Ciudadana”.

Damián sonríe:

“Con seguir siendo tu cacherazo me conformo”.

“¿y no estás cachando con nadie más? Pensé que tú y Paco… ya sabes… “

“¿Por ese trío que hicimos contigo? Bueno. No te negaré que caché con Paco una vez más, pero me jode que sangre como mierda. Tuve que lavar toda una ropa de cama una vez que lo hicimos”.

“Igual yo. Lástima lo que le pasó. Eso de irse a cachar en el campo, encima en la parcela de ese huevón de Julio”.

“¿Cómo sabes eso?”

“Ay, Dami. No me digas que no lo sabes siendo policía”.

“No. Fue un accidente, según entiendo, pero esos detalles, ni enterado. ¿Paco te dijo algo antes de eso?”

“No… digamos que… hay fuentes, señor poli”.

Damián sonríe otra vez, gira hacia Sandro, se acuesta encima suyo y lo besa de nuevo en la boca:

“quiero cacharte de nuevo… a pelo”

“¿estás sanito?”

“Totalmente. ¿Tú?”

“No sé. No me hice la prueba”.

Damián sonríe otra vez. Lo besa de nuevo apasionadamente en la boca para luego estimular el cuello, luego las tetillas. Toma el pene semierecto de Sandro, se lo mete a la boca y comienza a chuparlo diligentemente mientras con uno de sus dedos le masajea el orificio del ano.

“Ah, ah, Damiancito. Así, chúpamela rico, papi”.

El policía sigue haciendo lo que le piden por largo rato.

“Las voy a dar”, avisa Sandro.

Damián deja de mamar el pene, lo masturba y hace que toda la leche se dispare sobre el abdomen de su amigo.

“Ambos necesitamos otra ducha, creo”, sonríe el invitado.

Tras asearse de nuevo, Damián baja solo hacia la calle otra vez, toma sucelular y marca. Le contestan:

“Tiene que ser esta noche sí o sí. Este huevón sabe más de lo que dice…”

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.  | Tuitéanos ahora

  

sábado, 3 de diciembre de 2022

ASS (55): Todos tus secretos están seguros

Un policía se ofrece a cubrir las espaldas de Julio.



Solo para relajarse, Julio emplea las últimas horas de ese martes para jugarse un partido de fulbito con algunos amigos de san Sebastián. Sabe que nunca es bueno irse a la cama de mal humor. Mete un par de goles y queda satisfecho. Termina el encuentro. Está sudoroso y más oxigenado.

“50 años y como si nada”, le comenta alguien”.

“¡Damián!”, se regocija Julio al voltear y ver al hombre en sus 30, algo cuerpón pero evidentemente fuera de forma, quien jugó en el equipo opuesto aquella noche. El short que se puso no disimula su redondo culo ni sus gruesotas piernas. “¿Cómo va la comisaría?”, le pregunta.

“Bien, aunque hay una nota que te quiero comentar”.

“Hablemos”, sonríe Julio.

“No aquí”.

En menos de diez minutos, ambos llegan al departamento de Damián, en el centro de san Sebastián.

“¿Agua, jugo, chela?”, ofrece el anfitrión.

“Agüita nada más… Aunque ahorita lo que extraño es la ducha de mi casa”.

“Si quieres, puedes ducharte aquí”, ofrece Damián. “Mi señora no está, por si acaso; recién esta noche regresa de Trujillo”.

Julio se lo piensa: ¿será buena idea ducharse en el departamento del policía? Por otro lado,le incomoda su cuerpo pegajoso debido al sudor.

“espero que no te asustes de verme calato”, bromea como sondeando al efectivo, quien se sonríe.

“No sería mala idea verte calato, así sé qué marcas ocultas tienes si debo identificar tu cadáver”.

“Pues… una vergota”, responde Julio.

Ambos ríen.

Pasan al dormitorio y se quitan toda la ropa.

“La fiscal le tomó declaración al mototaxista que se accidentó el lunes de mañanita y el pata  le dijo que había recogido al tal Paco en tu parcela. Tranquilo. Esto no es un interrogatorio ni quiero sacar provecho, capitán. Simplemente quiero anticiparme  a lo que la fiscal pueda hacer mañana porque quiere investigar la ruta”.

“Y habiendo tanto caso por resolver acá, ¿por qué la fiscal quiere investigar ese caso en particular?”

Damián ya se ha quedado desnudo del todo: su cuerpo tiene un fino tapiz de vellitos en el pecho y el culo; las piernas y en especial la zona púbica sí parecen un bosque sin podar. Julio también ya se ha quedado en cueros, mostrando su cuerpo atlético, aún en forma, y su largo pene dormido descansando sobre sus grandes huevos.

“Ni idea, capi… me dijeron algunos colegas que ella y el tal Paco son amigos pero no me consta”.

Damián entrega una toalla a Julio.

“Tú primero”.

“Y… ¿por qué no los dos juntos? Digo… como que seguimos conversando”.

Damián sonríe:

“Por mí no hay problema”

Revisa aquí qué le pasó a Paco.


 La ducha es estrecha, pero tiene algo que no tiene Julio en casa: agua caliente. Los dos disfrutan el baño con el inevitable roce de pieles como consecuencia. Julio trata de concentrarse en otra cosa para evitar que se le pare el pene; ya intuye en qué va a terminar esa vaina.

“¿Cómo crees que el tal Paco fue a dar a tu parcela?”

“Ni idea, Damián; yo no tengo confianza con él”.

“¿Y no tendrá confianza con el tal edú, que es tu amigo? Para nadie es secreto que Paco tira con todos los patas de San Sebastián y que Edú también ha sido medio promiscuo”.

Julio medio sonríe:

“¿Tú también te has cachado a Paco?”

Damián no se anda con complejos:

“sí, y casi me descubre la mujer. El huevón debe tener las paredes del ano muy débiles porque aguanta bien, disfruta, pero sangra como mierda”.

Esa confesión pone a Julio menos tenso:

“¿en serio sangra por el culo?”

“Pensé que lo había sacado de pito, pero recordé que cuando le sopeé el ano, noté que ya tenía su uso; entonces me dije que yo no le había ‘quitado la virginidad’”.

Ambos ríen.

“¿Qué hiciste?”, pregunta Julio simulando ignorancia.

“Caballero, a lavar la sábana a las doce de la noche y rogar que se secara para la mañana siguiente… pero, no me has respondido: ¿será que conocía al tal edú?”

“No sé… Edú ya no trabaja conmigo; se fue hace un par de semanas; no me dijo por qué, solo que se iba y desde entonces no sé nada de él”.

“Puta madre”, reacciona Damián. “Porque Edú era la mejor explicación de que Paco haya aparecido en tu parcela”.

“¿Seguro que no me estás jalando la lengua, Damián?”

El policía sonríe:

“Nada que ver; ya te dije: quiero minimizar impactos. Como tú pienso que el caso no da para tanto, pero no quiero que esto termine siendo un lío para ti”.

“¿Y por qué tu interés en que no me perjudique?”

Damián suspira, pone su mano en el pene de Julio y comienza a masajearlo.

“Porque no te lo mereces”, responde Damián con seguridad.

Ambos se miran directo a los ojos. Se sonríen. Julio se deja de cosas, estrecha al policía con un abrazo y le aproxima su boca. Se besan. Luego de eso, Damián se las ingenia para arrodillarse en la estrecha ducha y comienza a mamar la verga a Julio. Qué rico es chupar esos 18 centímetros que se vuelven a poner duros como roca.

¿es cierto que el culo de Paco sangra mucho cuandole meten pene?


Sin secarse, ambos se tiran a la cama. Se revuelcan. Julio besa el cuello, las tetillas, levanta las piernas a Damián y revisa entre las nalgas.

“Tampoco eres virgen, carajo”.

“¿Te jode?”

“No… me excita más”.

Julio se agacha y comienza a hacer un beso negro que arranca suspiros viriles a Damián, quien comienza a autocomplacerse masajeando su pinga gorda y venuda, unos 16 centímetros quizás, que elimina líquido preseminal en cantidad.

“¿Tienes condones?”, consulta Julio.

Damián abre como puede un cajón de su mesita de noche, le alcanza un paquetito a Julio, y con esa misma mano, trata de ordeñar un poco de su precum para untarlo en su ano.

Julio, con su pene ya forrado por el látex, comienza a penetrarlo. La entrada es sencilla. Damián sigue gimiendo y gruñendo virilmente mientras siente que se lo cachan por el culo.

Julio se apoya encima del policía y le hace el amor de una forma gentil. Ambos se besan en la boca. El ex futbolista no entiende por qué esta sesión de coito anal parece ser diferente a las otras que ha vivido, siempre como el activo. Así que solo disfruta.

A los cinco minutos cambian de pose: esta vez Damián cabalga a Julio. El policía también es cuidadoso para que su sobrepeso no mate toda la pasión, y se mueve rico, aparte que pone un rostro de arrecho, nada que ver con su gesto duro de policía.

“Tírame tu leche en la cara”, pide Damián.

“Todavía no las voy a dar”, sonríe julio.

“No importa”, suspira el policía, quien comienza a masturbarse cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte. “¡A la mierda!”, ruge. Su semen se dispara sobre el abdomen de Julio.

el ex futbolista siente que el ano de Damián comienza a oprimirle el pene, así que se lo saca y le cumple la fantasía. Se pajea y dispara todo su esperma en el rostro de Damián, quien se lo saborea.

Ambos vuelven a ducharse.

“espero que esto no trascienda de tu depa”, advierte Julio.

“Todos tus secretos están a salvo conmigo”, tranquiliza Damián. “A mí tampoco me conviene que se sepa que recibo pene como si nada”.

Julio sonríe:

“entonces… te contaré toda la historia…”

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.


jueves, 1 de diciembre de 2022

Ser Rafael 15.1: Mi mundo comienza a descascararse


Elena se quedó tres semanas con nosotros. la última se llevó a mamá a un hotel en la playa, a unas tres horas de casa.

Claro que mamá puso mil y un pretextos para no ir, pero mi hermana se las ingenió para que aceptara. mejor dicho, casi se la llevó en peso.

Aproveché esa semana para probar algo que elena me sugirió: convivir con Laura. comenzamos un martes y me pareció que la idea no fue buena.

yo solía despertarme a las seis y media o siete de la mañana, arreglarme, tomar desayuno y a las ocho estar ya camino al trabajo, donde me quedaba hasta las cinco, iba al gimnasio, y regresaba a las nueve o nueve y cuarto.

Laura se levantaba a las seis, salía a correr media hora, llegaba a bañarse, preparar el desayuno (junto a Carmen) para tomarlo conmigo, ir a su trabajo, y estar de vuelta a las cinco y media o seis de la tarde.

"¿Por qué tienes que ir al gimnasio?", me enfrentó la primera noche. "¿Por qué no sales a correr conmigo? ¿Cuál es tu obsesión de sacar cuerpo? eres mi enamorado. yo te quiero como eres. ¿O es que estás sacando cuerpo para otra mujer?"

"¿Y éso a qué viene? toda la vida has sabido que siempre he entrenado en el gimnasio. ¿A qué viene el reclamo?"

"Que te tengo que esperar tres horas, que llegas cansado, casi no hablamos".

Me le acerqué, y la comencé a besar y acariciar.

"Rafo, no me convencerás con ese truco".

yo continué.

"Rafo, no..."

Laura se dejó envolver tanto, hasta que cayó conmigo en la cama para hacer el amor, con la intensidad que siempre solíamos aplicar. ah, claro, y sin olvidar la protección: tenía que comprar un paquetito todos los días, pues todos los días se repitió la misma escena.

Siempre que terminábamos de hacerlo, Laura solía descansar su cabeza sobre mi hombro.

"Rafo, ¿crees que funcionemos como esposos… quiero decir, que seamos una pareja para toda la vida?"

Honestamente, no tenía respuesta que me convenciera.


Si algo pasaba conmigo, por aquellas semanas, era que sentía a mi mundo comenzando a descascararse; algo que no me atrevía a ver se descubría frente a mí. Pero tampoco me atrevía a abrir los ojos para comprobar, de hecho, que estaba allí y era imposible ignorarlo o evadirlo.

"Creo que sí, pero ya sabes qué pienso sobre casarnos".

"Claro".

una de las cosas que más extrañaba de mis noches era que, cuando no iba a ver a Laura, me ponía a conversar por la computadora o el celular; por ejemplo, con Al.

El problema era que tampoco me desesperaba por chatear porque cuando le contée a Al que Laura vendría a pasarse unos días conmigo, me trató hoscamente: "Laura no merecer lo que tú dar", me dijo un día por videollamada, mientras se quitaba la ropa para mostrarme sus bubble butts. A pesar de su molestia, me masturbé igual aquella vez. Sí, sé que es paradójico, pero igual ambos salimos ganando: él vio cómo me autocomplacía hasta explotar, todo por la Webcam.


Luego que Elena y mamá regresaron, volví a mi rutina ‘de soltero’, excepto que Al ya no me hablaba por la Internet.

Mas bien terminé hablando con mi hermana, frente a frente, en mi cuarto.

Ella tocó la puerta y se metió, mientras yo escuchaba música.

“Negrito, ¿y conversaste con Laura… sobre eso que conversamos?”

“No. No creo que sea una cosa de vida o muerte”.

Elena suspiró y acarició mi cabello crespo.

“Negro, actúa ahora que puedes. Toma una decisión basada en lo que realmente te hará sentir bien. Más tarde… puede ser muy tarde”.

“Zamba, hay algo que no te conté”.

Elena me miró con mucho interés. Tomé aire y le relaté la primera noche que pasé con Eduardo, claro está, obviándole ciertos detalles morbosos.

Aunque sentía vergüenza hablando, también sentía que me liberaba de un gran peso.

“Ay, Dios. Negro… ¿Hace cuánto pasó eso?”

“Cuatro, casi cinco meses”.

“Si tienes algo, no nos enteraremos hasta dentro de un mes o dos meses”.

“¿Y eso por qué?”

Elena me explicó que, por lo menos, el VIH se hacía detectable al sexto mes.

En realidad se pasó dándome una especie de consejería sobre el tema.

Me quedé preocupado.

“Soy de lo peor, ¿no Zamba?”

Elena volvió a acariciar mi cabeza.

“Eres un muchachito ligeramente irresponsable; pero, recuerda lo que te dije: pase lo que pase, la primera persona con la que debes contar es conmigo”.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, que alguien me consideraba con un cariño tan honesto y hermoso.

“Te amo, hermanita”.

“Yo más, Negro feo”.

Sonreímos y nos dimos un estrecho, lindo y cálido abrazo.

“Prométeme que lucharás por ser feliz, Negro, y que te chequearás”.

“Te lo prometo, Zamba. Te lo prometo”.


Al día siguiente, elena tomó su vuelo de regreso a la capital. Yo regresé a mi rutina de siempre: trabajo, gimnasio, Laura. Y cuando no había Laura, entonces redes sociales.

Al ya no me hablaba en línea, aunque tampoco me había eliminado de sus contactos. Por lo tanto, si él no me habla, ¿yo para qué? Si quería ‘ley del hielo’ hasta raspadilla le mandaba.

Pero tampoco fue el fin del mundo. Seguía encontrándome con mi amigo Josué en el gimnasio, hasta que sucedió algo distinto: me esperaba en la puerta de mi trabajo y así íbamos y salíamos juntos.

Solo para seguir hablando, pusimos como pretexto la ducha luego de cada sesión de entrenamiento.

“Oye Tuco, ¿por qué le destrozaste el corazón a elena?”

“¿Te contó? Tú ya sabes la razón”.

“¿Por qué se la dijiste? Eres bien huevón”.

“Porque es mejor ser transparente para luego evitar problemas, ¿no crees?”

¡Listo! El Tuco me jodió… fraternalmente, pero me jodió.

¡Bien hecho por meter mi pequeña y carnosa boquita donde nadie me llama!

Por otra parte, Josué fue el repelente perfecto para esos ‘lanzados’ como Jaime, quien nunca volvió a acercárseme. Es decir, mientras Josué estaba a mi lado, porque un día que no fue, Jaime se aproximó más de lo debido.

“Por fin viniste sin tu ‘seguridad’”.

Yo me sonreí abiertamente.

“Somos amigos. No me digas que estás celoso”.

“Como que no tienes olfato para seleccionar a tus amistades, bebito”.

Jaime colocó la yema de su dedo medio sobre mi duro abdominal superior y y lo presionó, como queriendo bajar.

Me dio vergüenza por el resto de la gente que, si bien estaba concentrada entrenando, pudo haber advertido el ‘lance’.

En eso, sentí que alguien me obligaba a girar tomándome del brazo.

Volteé.

“??Laura!! ¿Q-qué haces aquí?”

“Entrenando, amorcito. Acabo de inscribirme”.

Me abrazó. Yo estaba marcando treinta y ocho del susto.

    

lunes, 28 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 15.1: Te vaciaste en mi culo


Madero y Baldo ayudan a bajar las maletas de Adela y Cintia y ponerlas en el auto, que está flanqueado por los del abogado y de Madero. Las mujeres van con el futbolista, quien luce muy consternado; delante va su padre y detrás va su jefe.

“¿Crees que puedes conducir, Leandro?”, consulta Madero.

“Sí, sí puedo”.

Mientras parten al aeropuerto en formación tipo caravana, alguien les vigila desde otro auto ubicado a cierta distancia pero no les sigue.

“Repasemos”, anuncia Leandro mientras conduce y sacando entereza quién sabe de dónde. “estarán en un lugar seguro que será seguro en la medida en que no le digan a nadie donde estarán, y nos comuniquemos solo lo suficiente. Nada de fotos en redes sociales, nada de videos”.

“¿Estarás seguro, hijito?”

“Tranquila, má. Si no se queda papá, se queda Beto o se queda Genaro; pero no me quedaré solo”.

“¿Cuándo acabará todo esto, hijo?”, se angustia Adela.

“Pronto, mami. Cuando Darío esté bajo control, todos nos reuniremos otra vez. Te lo prometo”.

el futbolista se concentra en el auto de su padre que va delante suyo y aprieta sus dientes para no llorar.

 


Esa noche, Alberto instala un sistema de vigilancia en el dos cero uno del Condominio.

“Si alguien que no digite el código en la puerta logra ingresar, la alarma le dejará tal tinnitus que, cuando se recupere, un par de policías ya lo tendrán esposado”, explica.

Leandro no replica.

“Tendría que fallar el grupo electrógeno para que nada se active; además, podremos verlo desde tu celular y el mío”.

Leandro sigue con la boca cerrada.

“Ey, ey, ey. ¿Hay alguien ahí?”

“¿Por qué Rico?” Leandro rompe a llorar.

Alberto baja de la escalera y abraza al muchacho.

“No lo sé, Leo Leandro; pero te prometo… te…”

Alberto comienza a llorar junto a él. Lo besa en la mejilla y el cuello.

“Necesitamos relajarnos”, aconseja Madero entre sollozos. “O este dolor va a derrumbarnos”.

 


Lo mejor que se le puede ocurrir al director creativo es tomar una ducha tibia, a media luz, junto al futbolista. Trata de excitarlo; mejor dicho, trata de satisfacer su excitación frotando su pene erecto entre las nalgas del muchacho.

“No tengo ganas, Beto”.

Madero no hace caso. Besa la espalda y la nuca y sigue moviendo su pelvis en medio del trasero del futbolista quien parece laxo.

“No, Beto, no; no, por favor”.

“Tranquilo, mi amor”, suspira Madero.

Leandro se queja. Una opresión fuerte en su ano va convirtiéndose poco a poco en dolor.

“Respira hondo y despacio, Leo… hhondo… y despacio”.

El futbolista agarra la pequeña nalga de su jefe y la estruja mientras jadea y gime. Ambos lo hacen. Minutos después, Madero deja de cimbrarse y Leandro siente que la opresión en su recto cede.

“quiero cagar”, avisa el futbolista saliendo velozmente de la ducha.

 

Luego, en el dormitorio, Leandro descansa sobre el pecho de Madero.

“Bonita manera de recordar a Rico”.

“Necesitabas relajarte y, bueno, se me ocurrió eso”.

“Te vaciaste en mi culo”.

“¿Te jode?”

“No, pero… mis respetos por los pasivos”.

“La primera vez siempre es la más traumática, Leo Leandro”.

“Nunca supe cómo fue tu primera vez, Beto”.

“Super traumática. Tenía veinte años y estaba en la universidad haciendo un trabajo. Habíamos contratado a un modelo alto, musculoso, para unas fotos, y estábamos esperando a mis compañeros. El chico se estaba duchando y, cuando salió, no tenía toalla. Tenía una cosota, grande y gruesa. Me lo quedé mirando. Hizo que se la tocara, se la mamara. Cuando me di cuenta, estaba sin ropa, reclinado sobre una mesa recibiendo su pinga en mi culo. Me dolía como mierda, encima que demoró como mierda. Cuando llegué a mi casa y me saqué el interior, ¡puaj!, una mancha amarilla y roja”.

“Te lo había reventado”.

“De hecho. Se lo comenté a un amigo gay de confianza y me dijo que en esos casos siempre se debe usar lubricante a montones. Había obviado ese paso”.

“Te contaré, Beto, que hemos obviado ese paso”.

“¿Te arde o te duele?”

“No, se siente raro nada más”.

Leandro hace que Madero se gire, dejándole su nuca lista para ser besada.

“Ahora es mi turno”, le avisa.

Trata de excitarse pero no lo consigue. Desiste pero se queda en esa nueva posición:

“¿qué dijiste en tu casa, a tu esposa?”

“Que estás en peligro de que un publicitario te meta pinga por segunda vez”.

Leandro ríe:

“Primero yo se la tengo que meter”.

Madero consigue girar, besa a Leandro y se revuelca con él sobre la cama.

“Si quieres que se te pare, relájate, Leo Leandro”.

“Quiero, trato, Beto Alberto, pero no puedo”.

“Bueno, es un proceso. No te exijas”.

“¿Sabes que me provoca encarar a Darío por lo que hizo a Robertth y Rico?”

“Ya escuchaste a tu viejo: es altamente riesgoso porque te puede matar, y yo te aconsejo lo mismo”.

“No me siento cómodo huyendo porque no es mi estilo; es como si tuviera el arco libre y no pateo el gol”.

“Es que esto no es fútbol, es estrategia legal. ¿Alguna vez jugaste ajedrez, Leandro?”.

“Nunca. A duras penas, ludo”.

“Si encaras a Darío, todo el argumento de que la víctima eres tú se nos viene al suelo”.

“a veces no me siento la víctima, Beto”.

“Pues, tendrás que creértela, o hacer que el resto se la crea en última instancia”.

“Entiendo: decir que es lo que no es y que no es lo que sí es. Reglas de la publicidad”.

 

Al día siguiente, domingo, Leandro no despierta con el desayuno sino con el periódico en la cama

“Cuerpo B, página dos”, indica Madero.

Leandro abre el diario, y casi se queda de una pieza. “entrégate, Darío” es el titular a toda página, “José Miguel Echenique” como antetítulo, “Padre de modelo promete ‘un buen abogado’” como bajada. El futbolista mira sorprendido a Madero.

“¿No fuiste tú, no?”

“Leandro, ¿cómo se te ocurre que voy a inventar una noticia así, y todavía con ese hijo de puta?”

“Entonces… ¿fue mi papá?” 

viernes, 11 de noviembre de 2022

ASS (52): ¿Puedes hacerme un favor?

tras cachar un rato, Bartolo cuenta a Sandro que Dago ya despertó.



Con muchas preguntas en la cabeza, Sandro aprovecha esa mañana para coger su bicicleta y emprender una de esas rutas de hora y media que terminan dejándole el culo y las piernas bien hinchados y duros. Llega a la pensión donde vive antes del mediodía. En la puerta se encuentra de pechito con Bartolo, vestido en su bata de personal de salud.

“¿Llegas o te vas?”, le pregunta Sandro.

“Llego”, le responde Bartolo.

“Perfecto: necesito un masaje”, le pide el primero acercándose discretamente.

“OK.. pero yo antes necesito una ducha”.

“Yo tengo una”, sonríe Sandro pícaramente.

Los dos atletas comparten el baño y aprovechan para pasarse el jabón por sus pechos, sus espaldas, sus abdómenes, sus culos y al medio de ellos, sus pingas, sus bolas, sus piernas.

“qué rico me tocas”, susurra Sandro mientras busca la boca de Bartolo. Lo besa profundo.

Ya secos, ambos se olvidan del masaje y se revuelcan en la cama. Bartolo le chupa ambas tetillas, también la pinga y las bolas; le levanta las piernas y le mete lengua en su ano liso y ancho, signo inequívoco que un pene, o varios penes, ya entró ahí más de una lujuriosa vez.

“¿te masajeo primero y te cacho después?”, propone Bartolo.

“Mientras me hagas llegar al clímax, haz lo que quieras, mi vida”.

Bartolo sonríe. Pone a Sandro boca abajo y comienza a sobarle la nuca, luego los hombros, toda la espalda superior de arriba abajo y de los lados al centro. No olvida los brazos, sigue con la espalda media y baja. Da algunos golpecitos con la yema de sus dedos. Continnúa con las musculosas nalgas, de arriba abajo, de la cadera a la raja. Con uno de sus pulgares, le soba sutilmente el ano. Luego deja que su pene semi-erecto se pose encima de esa profunda división del culo.

Sigue con las piernas, y luego lo pone boca arriba. Ahora es el trasero de bartolo el que se posa encima del pene erecto de Sandro mientras le soba el pecho.

“¿Quieres que te la meta, Bartolito?”.

“Si quieres… ¿por qué no?”

Sandro sonríe. Saca un condón y lubricante. Bartolo se encarga de proteger el pene y untarlo del coloide. Luego, comienza a insertarse ese pedazo de carne, engulléndolo con su ano. Gime y jadea. Posteriormente, comienza a rebotar sobre él.

La sensación de placer que experimenta Sandro es indescriptible. El problema, quizás, es que no está tan habituado a ser activo: siete u ocho minutos después, eyacula dentro del condón.

Descansa sobre su cama con Bartolo al lado.

“¿Y cómo va la campaña?”,le pregunta.

“Ahí… más o menos. Ayer estuve con el candidato regional, Pelu”.

“Ah,el que fue futbolista o algo así”.

“Sí,ése. Rico culo y rica verga tiene ese man”.

“¿También cachas con él”.

“Yo quiero cachar con todos los hombres guapos y masculinos que conozca, Bartolito, y tú eres uno de esos privilegiados”.

Sandro se aproxima a dar un beso a su amante de turno.

“¿Y tú qué novedades? ¿algo interesante en el hospital?”

“nada en especial. Los pacientes de siempre, aunque hoy me dijeron que evalúe a un pata que se accidentó ayer temprano acá cerca de san Sebastián”.

“¿Quién es?”

“Dagoberto… algo… no recuerdo el apellido. El caso que venía con un pasajero que había recogido,un camión salió de sorpresa de una parcela, él perdió el control y cayó con todo y pasajero al canal que hay al lado”.

“¿No será Dago, un pata que hace mototaxi?”

“Ni idea, Sandro. Es un pata gruesito, más o menos agraciado. Buenas piernas”.

“¿quién era el pasajero?”

“Un tal Francisco, creo que es profesor de aula. Me parece haberlo visto en el AS alguna vez. Creo que es amigo del instructor o algo así”.

La curiosidad de Sandro se activa.

“¿No será un tal Paco? Es una locaza”.

“Ni idea, Sandro. El mototaxista despertó hoy. Milagrosamente ssolo tiene contusiones, una luxación de hombro y codo, pero ningún hueso roto”.

“¿Y Paco está despierto?”

“No, aún no”.

“¿Y qué cuenta el mototaxista?”

“Muy poco. Lo que te dije. Fue a recoger a ese profe a una parcela como a las cinco de la mañana y pasó todo lo que te dije”.

Sandro se extraña. ¿en qué parcela podría haber estado Paco?

“Se me paró la pinga”, avisa Bartolo. “¿Te cacho al toque?”

Sandro sonríe. Hace que su amante se acueste sobre él.

“Claro… ¿Puedo pedirte un favor?”

“Mientras no sea plata…”

“No, algo más fácil”.

Bartolo sonríe. Se incorpora , levanta las piernas al ciclista, vuelve a hacerle un beso negro, y, al ver que ese ano ya está bien dilatado, pide un condón, se lo pone, unta lubricante y mete su pedazo de masculinidaden ese ccálido y gentil agujero.

Bartolo bombea gentilmente, controlando su respiración, transmitiendo energía erótica en cada movimiento que devuelve la excitación a Sandro, quienluego se pone en cuatro patas y deja que el fisioterapéuta le azote las nalgas con su ingle. Bartolo prueba a tener un orgasmo sin eyacular, y consigue tener dos. Ni una gota de leche fuera. Nno es necesario. Sí es posible llegar al éxtasis sin desperdiciar ese precioso fluido blanco.

Se acuesta sobre Sandro.

“Qué rico es cachar contigo, carajo”, le dice.

“¿Y podrás hacerme el favor?”

“Claro… cuenta con eso, Sandrito”.

Dos horas después, el ciclista llega a la ssala donde Dago se recupera. El mmototaxista se sorprende.

“Yo sé que me conoces de vista, pero me gustaría ayudarte”. Sandro saca varios billetes y se los deja discretamente debajo de un teléfono celular. “¿Puedes contarme detalles del accidente?

Dago mira los billetes, luego mira a Sandro. Está desconcertado.

“¿Por qué quiere saber detalles?”

“Confía en mí… ¿aceptas la oferta?”

Dago se lo piensa. Sandro espera con paciencia. Mientras tanto, en Cuidados Intensivos, Paco sigue inconsciente.

 

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


viernes, 4 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.2: El chico de la ducha


Esa noche en el gimnasio, entrené como loco. Mi propósito era simple: agotarme tanto que, al llegar a mi casa, no tuviera más ganas que de dormir hasta que me diera la reverenda gana de levantarme, al día siguiente, sin importar la hora.

Es más. Como había llevado todo para recoger a Laura, no me quedó otra que ducharme en ese lugar.

Ya estaba en el cubículo de la ducha que había elegido, entre las dos existentes, la más cercana a los casilleros, cuando sentí que alguien ingresó detrás de mí.

“Hola”, me dijeron.

“Hola”, contesté, mientras abría la llave.

Me metí en esa primera lluvia, dispuesto a dejarme refrescar tras la extenuante sesión de entrenamiento.

“Pata, disculpa”, me dijeron a mi espalda.

Volteé: era el tipo que, la última vez que me duché aquí, me palmeó el trasero aunque no lo reconoció. Imbécil yo no soy.

“¿Qué pasó?”

“Quería disculparme por el incidente de la vez pasada. No fue mi intención”.

El tipo estaba desnudo, arrimado a la pared que separaba mi ducha de la suya.

Aunque delgado, tenía algo de volumen y marcación en sus músculos. En realidad, más marcación que volumen.

Y también noté cierto largo arriba del promedio en cierta parte íntima suya.

“Olvídalo. Ya pasó”, acepté.

“Gracias. Oye, ¿y hace cuánto tiempo entrenando?”

“Uuuuuhhhhh… desde los quince… nueve años y meses. ¿Y tú?”

“Ah, con razón. Solo tres años, pero dejando por meses”.

“”¿Por qué ‘con razón’?”, sonreí… pícaramente.

“Bueno… no vayas a molestarte, pero… tienes un gran físico”.

“Gracias”.

El agua de la ducha seguía mojándome el cuerpo.

El tipo sonrió y fue a ducharse. Ya me sentía más relajado.

“¿Y te dedicas a algo?”, levanté mi voz.

“Exportaciones. Soy comerciante. ¿Tú?”

“Sistemas”.

No oí réplica. Seguí bañándome.

A lo mejor no le era atractiva mi carrera, o no le era atractivo yo.

Seguí duchándome.

“¿A qué me dijiste que te dedicas?”, me gritó.

“¿No oíste?”

Según percibí, el tipo cerró el grifo. Volví a sentir su voz a mi espalda.

“Ahora sí. ¿A qué te dedicas?”

“¿No me oíste?”

“O es la ducha o es este murito”.

Ahí estaba otra vez, desnudo y húmedo, viéndome a mí, desnudo, húmedo y en proceso de ‘calentamiento’.

Hice matemáticas rápidamente.

En este gimnasio hay dos duchas. Dos personas ocupan las dos duchas. Si la gente de afuera se percató que entramos los dos, harán una resta simple: dos tipos menos dos duchas es igual a… mejor no entro.

“Tengo una idea loca… si no puedes escucharme por esta pared, o tu ducha… ¿por qué no compartimos mi ducha?”

El tipo se quedó mirándome perplejo, en silencio.

“Sí que es una idea loca. ¿Y si alguien entra?”

Le expliqué pitagóricamente cuáles eran nuestras probabilidades.

Esperó dos segundos.

Entró.

El roce de nuestros cuerpos fue inevitable, tanto, que nos olvidamos continuar la charla.

Lo tomé de su cintura, y fui de frente a la conquista de sus labios. Él me respondió. Entonces nos abrazamos. Nuestra excitación no tardó en aparecer, al punto que la presionamos mutuamente.

Comencé a besarle el cuello.

“¡¿Ya están libres las duchas?!”

Alguien llamaba desde la puerta del vestuario.

El tipo se asustó.

Yo le hice señas que no dijera nada y que se tranquilizara.

“¡Cinco minutos!”, grité.

“¡Ya, Rafo!”, me respondió la voz desconocida.

Le expliqué al tipo que saliera de la forma más normal, y que afuera veríamos cómo seguíamos esa caliente sesión. Me hizo caso, no sin antes alabar lo “largo y grueso” de mi dotación.


Ya en la calle, lo alcancé en un puesto de revistas que había cerca del portón del gimnasio.

“¿Eres Rafo? Jaime, mucho gusto”.

“Rafael mas bien. El gusto es mío”.

“¿Vives solo?”

“ehhh. No. Con mi familia. Mas bien, ¿qué tal un telo?”

“No, huevón. Allí es más fácil que te ampayen. Tengo mi depa cerca de acá, a unas cuatro cuadras. Mejor vamos allí. Vivo solo”.

No habíamos avanzado ni media cuadra.

“¡¡Rafael!!”

Me quedé helado. 

viernes, 28 de octubre de 2022

ASS (50): El secreto erótico del novicio

Mientras Santos entrena culo y piernas, Alejo y Miguel aprovechan para retozar desnudos en la ducha y en la cama hasta que algo aparece en el celular.



 

Esa noche del lunes en el AS de san Sebasstián quedan apenas dos alumnos entrenando, o terminando de entrenar. Alejo mira el reloj de pared: diez para las diez. Es casi la hora de cierre.

Con el poco pudor que le queda, el entrenador viste aquella noche un enterizo tipo luchador grecorromano, pero de licra, color celeste con ribetes plateados; debajo no tiene ropa interior, lo que le marca su gran bulto por delante y hace que de cuando en cuando se le meta la tela entre las nalgas. Ahora calza zapatillas de marca y gruesos calcetines. Revisa nuevamente su celular y termina de alimentar a una aplicación la planilla de ingresos y gastos de aquel día.

“Buenas noches”, le dice alguien vistiendo como él, pero en tono negro satinado.

“Bue-buen… buenas noches”, vacila el fortachón a la par que trata de reponerse de la primera impresión, pues acaba de ingresar un hermoso muchacho blanco, musculoso, rubio muy crespo, ojos azules y con vellos también rubios sobre su pecho y piernas que dan la impresión de que no los llevara,o que tuviera una especie de cubierta acolchada.

“¿Tú eres Alejo, verdad?”

“Claro. Tú…”

“Soy Santos”, alarga la mano el chico, quien habla con evidente acento español. “Vine ayer para ayudar a los Padres Alberto y…”

“Ah, eres el novicio”.

Santos sonríe: “Sí,eso mismo soy”.

Entonces Alejo examina mejor su rostro, pero ya no con embelezo sino con intriga.

“No sé si te mosqueo entrenando a esta hora; lo que pasa es que todas mis tareas…”

“Tranquilo”, interrumpe Alejo. “El AS es todo tuyo. ¿Necesitas que te oriente o ya tienes rutina?”

“Creo que ambas”, responde Santos, siempre con su sonrisa carismática.

En la antesala donde están las máquinas para calentamiento, Alejo toma todas las medidas al nuevo alumno y las ingresa en el aplicativo del celular.

“Qué guay que vosotros estéis tecnificados”.

“recién desde esta tardecita”, sonríe ahora Alejo sin dejar de examinar el rostro del nuevo alumno. “Pareces tener el canon perfecto… ¿Santos?”

“Sí, así me llamo”.

“¿Hace cuánto no entrenas?”

“Hace… 48 horas”.

“Entonces sigue el programa de entrenamiento que seguías, y si necesitas ayuda, me avisas”.

“Genial”, replica el novicio sin renunciar a esa hermosa y blanca sonrisa. Entonces, los dos alumnos que siguen en la gran sala pasan por el lado de ambos y se despiden. Nadie más excepto Alejo y Santos quedan en el AS. Entonces el primero toma nuevamente su celular y busca. Está en eso cuando siente sutilmente una mano tocándole en el medio de su bien formado y duro culo. Alejo se asusta.

“Eras tú”, reacciona suspirando.

“No… el fantasma de Paco nada más”. Miguel sonríe gracioso.

“¿Qué? ¿Ya fue?”

“Nada aún, pero los médicos no le dan esperanzas… Y, oye, vino Santos… Olvidé avisarte”.

“¿Tú lo mandaste?”

“Luego te cuento”.

Miguel se aproxima hasta Santos, quien está haciendo sentadilla libre, y, aprovechando su descanso entre series, lo saluda y conversa brevemente. Ambos se sonríen mucho y parecen bromearse. Entonces,Miguel regresa donde Alejo.

“Voy a ducharme… ¿me acompañas?”

“Pero…”

“Tranquilo. Estudia Educación Física, así que si tú o yo nos vamos, él tranquilamente nos reemplaza”.

Mientras Santos está a mitad de la prensa para piernas, Alejo y Miguel ingresan a la ducha, totalmente desnudos. En tanto el agua comienza a caer recorriendo sus cuerpos, Miguel besa la boca de Alejo. Sus penes no tardan en ponerse erectos conforme se estrujan uno contra el otro.

“Aguanta, huevón”, reacciona seductor Alejo. “Recuerda que tenemos que guardar leche para la porno de esta semana”.

“Tranquilo, mi amor”, responde Miguel. “No quiero que me la metas… quiero que comiences a mimarme ahora”.

Mientras se ponen el jabón mutuamente, las manos de ambos recorren cada centímetro cuadrado de sus físicos de dios griego. Nada queda exceptuado. Ni siquiera la pinga, las bolas, la entrepierna,las nalgas y en medio de ellas. Este momento es aprovechado por Miguel para, de todas maneras, darle una mamada al pene de Alejo. Qué rico sabe su líquido pre-seminal.

“¿Quieres hacerlo tú?”, invita.

Alejo respira hondo. Titubea unos segundos. Trae a su mente el hecho de que ésa no será la primera vez, que, de hecho, aprendió a hacerlo antes. Respira hondo de nuevo. Se arrodilla, abre su boca, cierra sus ojos, deja que Miguel le ponga el glande en su lengua. Poco a poco, Alejo va mamando el falo de su mejor amigo mientras pajea el suyo.

“Así, Ale… así… qué rico la chupas”, susurra Miguel,todo excitado.

Casi a las diez y media de esa noche, Alejo, solo cubierto por la cintura con una toalla y calzando sandalias, se acerca a un sudoroso Santos quien está echado boca abajo sobre la máquina de femorales. Entonces se percata del redondo culo que tiene el novicio. Y parece… que no tiene ropa interior debajo.

“Tranquilo, que solo vine a saber si necesitabas ayuda”, se adelanta el fortachón peruano al ver cierta cara de ansiedad en su colega español.

“Ah, pensé que…”

“Nada. Tú tranquilo. Solo voy a apagar las luces que no necesitamos”.

“me parece perfecto, pues tenemos que ser responsables con el planeta”.

No termina la oración cuando desde el fondo, Miguel también viene al encuentro de ambos caminando vestido solo con ttoalla y en sandalias. Se detiene al lado de Santos, quien ha reanudado su serie. Lo mira y mira la pantalla del celular. El novicio siente que algo raro está pasando allí. Ahora solo quedan las luces de la zona de piernas dentro del AS.

Entonces, Miguel siente que le tocan el culo; se voltea y su toalla está a punto de caer. Logra detenerla mientras mira a Alejo haciéndole un gesto de retirarse.

“Estamos en el cuarto”, le avisan a Santos.

Y en ese cuarto, Alejo y Miguel, ya libres de las toallas, siguen retozando sobre la cama, besándose, acariciándose y revolcándose. Sus penes duros se refriegan en medio de una romántica y sensual batalla.

A eso de las once les tocan la puerta. Con la impudicia que lo caracteriza, Alejo se levantta abrirla así, desnudo y con su pene de 18 centímetros erecto. Santos está con el enterizo bajado hasta la altura de la cintura mostrando su bello torso y parte de su cadera izquierda: efectivamente, parece no tener ropa interior.

“He de irme, regreso mañana, chaval”.

La desnudez y la gran y húmeda erección del entrenador parecen no inmutar al novicio.

“Un momento”, se levanta Miguel, también desnudo y con el pene erecto. “Tenemos una duda y queremos que nos la resuelvas”, le dice a Santos.

El español se turba un poco, especialmente cuando le dan el celular con algo en la pantalla. Lo mira. Abre la boca y se pone evidentemente nervioso.

“¿De-de-de dónde sacaron esto?”

“Eres tú, ¿cierto?”, interpela Miguel.

Un hermoso chico desnudo y con el pene erecto se despliega en la pantalla en una foto aparentemente tomada en una playa.

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


sábado, 22 de octubre de 2022

ASS (49): Un trío gay desconcertante

Pedro es convocado a la casa de José Luis y se encuentra con Sandro; los tres terminan cachando al mismo tiempo.



Cuando Pedro termina de trabajar en la oficina , minutos después de las 4 de la tarde, un mensaje en su celular le llama la atención. Eliezer le pide encontrarse con un sereno en la puerta. Lo identifica y se le acerca:

“Tengo órdenes de llevarlo donde don José Luis, joven”, le dice con cierta discreción.

Pedro  va detrás del sereno y lo primero que llama su atención es la espalda ancha del efectivo, cintura aparentemente delgada, un buen par de nalgas. ¿Tendrá buenas piernas? El uniforme no le permite intuirlo. Además debe fijarse dónde pisa.

Ambos llegan a un estacionamiento donde hay motocicletas.

“Suba”, el sereno pide a Pedro mientras le alarga un casco de protección.

Un cuarto de hora después, el vehículo está a punto de dejar el área urbana de Castilla y se interna por el camino al lado de un canal y de la pared de la universidad nacional. De cuando en cuando, la inercia hace que la pelvis de Pedro tope las nalgas del sereno: son duras. El caso es que el uniformado parece no tener ese reflejo de otros motociclistas que, cuando sienten un paquete masculino en su culo ídem, tienden a sentarse milímetros más adelante.

“Si se siente más seguro, agárreme de la cintura”, alcanza a decir el sereno.

Pedro, más por morbo que por seguridad, coloca tímidamente sus manos en cada costado. La erección de su pene es inevitable. Incluso, por un momento, es capaz de jurar que el sereno le pega más el trasero.

Diez minutos después de eso, llegan a una casa de campo cercada con paredes en las que se ven cables eléctricos y cámaras de seguridad. El sereno escribe algo en la pantalla de su celular. Al ratito, se abre una de las hojas del portón. Ingresan.

“Sígame”, le dice con sigilo y vuelve a darle la espalda.

Los dos suben al segundo piso. Salaverry está en la antesala del dormitorio. El sereno se cuadra, saluda y se va.

“Entra”, instruye el asistente de José Luis a Pedro. “Desnúdate y métete al baño: tu padrino te espera allí”.

El chico se extraña pero acata. Ingresa, se quita toda la ropa, hasta el bóxer, se pone unas sandalias que parecen ser del tamaño de su pie y entra a la habitación que le señalan. Sabe bien cuál es. Ya ha entrado antes.

En la tina de la ducha, José Luis y Sandro se han acomodado de tal forma que el segundo parece estar sentado sobre el pubis del primero. Ambos se están besando con pasión. Pedro se sorprende un poco: no esperaba encontrarse con este varón, también de San Sebastián, a quien su padre detesta. José Luis deja de besar al otro pata y sonríe al ver a su ahijado:

“Ven, te estábamos esperando”.

Sandro  se separa un poco y cede su espacio a Pedro, quien, al asentar su culo sobre el cuerpo de su padrino, percibe que, efectivamente, la pinga está dura. La suya vuelve a ponerse erecta otra vez.

José Luis abraza a Pedro y abre la boca. Le acerca la cara. Pedro no sabe si corresponder el beso. José Luis lo nota:

“Tranquilo, aquí estamos en confianza”, le sonríe.

Con cierta vergüenza, Pedro aproxima sus labios y no solo saborea el aliento de su padrino sino que usa su lengua para explorar más adentro. Sandro se aproxima más y cubre la espalda de Pedro. Ahora el joven parece estar en medio de un emparedado.

José Luis al fin se suelta y habla muy bajo, casi susurrando:

“¿Cómo te fue en tu primer día?”

“Bien, padrino; avancé las planillas que me dijo y dejé todo listo para los desembolsos”.

“Genial. ¿y con tu gente?”

“Ya envié un tutorial del aplicativo”.

“¿Tutorial?”, interviene Sandro.

“en su momento, señor candidato; por ahora, baste saber que este jovencito va a ser nuestra pieza clave para justificar nuestras cuentas, y desde ya le digo que sus instrucciones están bien claras”.

José Luis vuelve a besar a Pedro en la boca.

“Claro”, asiente Sandro.

“Ahora… cachemos”, pide José Luis.

Sandro se pega más a la espalda de Pedro y comienza a frotar su pene erecto entre la raja de las nalgas y la espalda baja del chico.

“Tienes el culo durito”, le dice.

“Tú tienes el culo más duro”, interviene José Luis. “La bici te ha formado ricas nalgas”.

“¿Me las quieres probar otra vez?”, sonríe Sandro.

José Luis hace un gesto y Pedro se levanta. Sandro se apoya en el borde de la bañera y se abre de piernas. José Luis  se acerca, le palmea las nalgas, se las abre,y de inmediato comienza a lamarle el agujero del culo. Pedro mira la escena entre desconcertado y arrecho.

“Chúpame el ano”, pide José Luis a Pedro en un breve descanso del beso negro que le practica a Sandro. Pedro se arrodilla, busca las abultadas nalgas de su padrino. En aquella estrecha bañera, ya es posible ver un tren de hombres comiéndose el culo. Sandro gime y jadea.

La acción continúa sobre la cama  de José Luis. El exfutbolista se acuesta mientras Sandro se sienta encima de su verga, protegida por un condón,  y se la mete por el culo. Casi de inmediato, Pedro se acerca por detrás y también mete su pija, inusualmente también protegida por un condón,  dentro del mismo agujero. Comienza a bombear. Sandro jadea más fuerte tratando de no hacer más ruido.

“Así, cáchenme rico”, susurra.

Cuando está en lo mejor, Sandro dispara su semen sobre el abdomen y pecho de José Luis. Le es imposible contener su gruñido conforme llega al clímax.

José Luis prefiere reír. Pedro sigue desconcertado.

“Me gustaría conocer al profe que me dijiste, a ver si nos apoya en la campaña”, al fin articula el anfitrión.

“Ojalá se pudiera, pero esta mañana lo hallaron accidentado”.

“¿Cómo dices que se llama?”, repregunta José Luis.

“Francisco, pero en San Sebastián lo conocemos como Paco, y es de la nota”, responde Sandro.

Pedro reacciona al fin.

“¿Cómo se accidentó Paco?”

“¿Lo conoces?”, pregunta José Luis.

“No sé muy bien, pero parece que venía del campo en una mototaxi y cayó al canal con elmototaxista”, relata Sandro. “Los dos están en el hospital, graves”.

Pedro tiene un mal presentimiento. Mientras tanto, Sandro y José Luis pasan a ducharse. La  pinga de Pedro hace rato que perdió toda su erección.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.


  

domingo, 16 de octubre de 2022

ASS (48): Tres gotas de prueba

Juan prefiere entregarse a un trío con Marcano y Julio, como queriendo ignorar algo.



Pasadas las diez de la mañana, Julio llega a su parcela a las afueras de San Sebastián. Encuentra a Juan, vestido solo con un short ceñido,  qquitando maleza de una acequia que lleva agua a los mangos. Por unos segundos, el ex futbolista se enfoca en el pequeño y firme culo de su peón y su cuerpo atlético en general, hasta que recuerda que el chico es gay activo.

“¿Ya te enteraste del accidente?”

Juan casi no reacciona.

“Oe”, insiste Julio sonriendo y palmeándole levemente una nalga. “¿Te enteraste o no?”

Juan reacciona como si recién despertara:

“¿Cuál accidente?”

“Acá cerca. Una mototaxi. Dicen que el chofer y el pasajero se sacaron la mierda”.

“Ah, ¿sí? Algo oí”.

Julio percibe algo, pero no atina a entender de qué se trata. Tampoco quiere preguntar. Entonces suena su celular. Contesta:

“Dime, chamo”.

“¿Siempre quiere que le haga la conexión que me pidió?”

“Si es ahorita, sí; justo estoy en la parcela”.

“Estoy en camino, entonces”.

Media hora después, Marcano llega. Julio va a buscarlo a la puerta de la propiedad y lo lleva hasta un lado de la casa. Ya sin roche, el ex futbolista mete la mano al culo del venezolano, quien solo sonríe.

“Rico y durito”, celebra Julio.

“Oiga, ¿y ya supo del accidente acá cerca?”

“Fueron dos, ¿no? ¿Tú sabes algo?”

“Pues… a uno lo conozco. Entrena con nosotros en el AS: Paco”.

Julio reacciona:

“Ah, mierda, ¡la Paco? ¿Hablas del profe?”

Marcano sonríe:

“Lo conoce?”

“Cuando edú cuidaba la parcela, un día se lo trajo para cachárselo; parece que hicieron un trío, pero no recuerdo con qué otro pata”.

Marcano traga saliva y usa su voltímetro para revisar una línea eléctrica. Julio vuelve a meterle la mano al culo:

“¿Tú ya has cachado con paco?”

Marcano piensa en milisegundos lo que va a decir. Regresa a su memoria aquella orgía en el bañodel AS. Aunque Pedro, el hijo de Julio, no estuvo presente aquella ocasión, sabe que la sola mención del gimnasio podría traer muchas preguntas incómodas.

“A decir verdad, una vez en mi cuarto”, miente el musculoso.

“¿No te dejó sangrando el colchón?”

Marcano se extraña y mira a Julio como resorte. Juan justo aparece en ese momento.

“Ya terminé”, avisa.

“Ayúdanos un toque acá”, pide Julio.

Juan deja la pala en su sitio y acude donde están realizando la instalación. Media hora después, ya está lista. . Los tres varones sudan.

“Pruébemelo”, bromea Marcano.

“Adentro en la ducha te lo pruebo rico”, responde sonriendo Julio.

Los tres varones sonríen. Julio acciona un interruptor y se encienden un par de focos en lo que sería el patio trasero de la casa de campo.

“Todo conforme, como siempre”, dice el dueño de la propiedad. “¿Pasamos?”

Ya desnudos, los tres se meten en la estrecha y rudimentaria ducha, que ahora ya puede utilizarse aprovechando el agua que se acumula en la lagunita existente al centro de la parcela. El líquido cae caliente debido al sol inclemente del norte peruano. Acarician sus cuerpos mientras se jabonan. Julio ahora sí puede meter su mano en medio de esas dos abultadas nalgas y explorar hasta que su dedo encuentra el ano de Marcano, quien no deja de besar la boca de Juan mientras acaricia su pene con una mano y con la otra masturba el suyo.

Julio arrima sus 18 centímetros a la raja del culo de Marcano:

“Quiero metértela, chamito”.

Sin secarse, los tres van al dormitorio. Sobre la colcha tendida encima de la cama, Marcano se pone en cuatro patas y se abre de nalgas. Julio le hace un apasionado beso negro. Juan está del otro lado dejando que el venezolano le chupe el pene.

Julio ssaca un condón, se lo coloca, escupe en el agujero y comienza a meterla poco a poco hasta que la conecta toda dentro de las entrañas del musculoso ahora en su faceta de electricista. Comienza a bombear.

Juan por su parte disfruta viendo cómo su pene erecto entra y sale de la cálida boca de Marcano.

Los dos activos casi eyaculan simultáneamente. Marcano paladea el semen de Juan: un poco ácido, pero rico dentro de su rango de sabores masculinos. Proteína al fin y al cabo. Él prefiere no eyacular; sabe que su leche debe guardarla para el examen médico que pasará más tarde.

Como nunca, Julio despide a Marcano con un apasionado beso en la boca.

“Si estuviera soltero…”

“Fresco”, susurra Marcano sonriendo. “Gracias por todo y por elsexo… Y si hay problemas con la conexión, me llamas, vale”.

Julio acompaña al venezolano a la salida mientras Juan se queda en el cuarto poniéndose ropa limpia. Va a la cocina a ver qué hay para preparar el almuerzo. Después de esa faena, alimentarse es importante.

Está en esa tarea cuando Julio lo llama con un tono distinto, como de alarma.

Al entrar al dormitorio, halla al dueño de la parcela con un gesto muy serio, casi enojado, y la cama con la colcha removida.

“¿Estuvo aquí, no, mierda?”, inquiere Julio. “Estuvo aquí, ¿no, carajo?”

Juan se asusta. Sobre la sábana, tres gotas rojas secas destacan en el blanco de la tela.

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.



martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.5: Un adonis sin leotardo


Un minuto después llega al piso diez, y al abrirse la puerta lo espera un pasillo pequeño decorado con una pintura en la que se aprecia un arreglo floral inyectado en rojo y rosa, algo de verde, tonos pastel, un marco blanco que casi se mimetiza contra la pared blanca. No tiene los conocimientos en apreciación del arte para interpretar si es signo de buen gusto, pero recuerda que un motivo pictórico similar estaba en el cuadro de la sala de reunión, la tarde anterior, y en el departamento de la novia, el último domingo. Hay una puerta justo a la derecha pero la ignora; avanza a la que está más al fondo, del lado izquierdo. Llega y toca el timbre: una hermosa chica, una de las que estuvo en la reunión de la tarde anterior, lo recibe con una sonrisa.

“Adelante, por favor”, lo invita. “Darío sale ahorita”.

Al ingresar, el muchacho sigue intrigado por el blanco de las paredes y los cuadros con flores, aunque ahora se agrega un nuevo detalle, muebles tan hinchados como edemas púrpura marcados con detalles cromados.

“Toma asiento”, vuelve a invitar la chica. “¿Quieres tomar algo?”

“No, gracias”, despierta Leandro.

La chica se despide y sale del penthouse. Una vez solo, Leandro no resiste la tentación de alzar el cuello tanto como puede para examinar todo el espacio. Estaba en eso cuando un joven tan alto como él, esbelto como él solo, vestido en un leotardo negro de licra y zapatillas, aparece y lo saluda. Leandro no puede cerrar la boca de la impresión: los ojos de Darío revelan afabilidad y belleza haciendo juego con su cabello medianamente recortado, que luce su forma crespa.

“¿Listo?”, sonríe el modelo de los modelos.

 


Avanzan un pequeño pasillo e ingresan a un enorme salón que tiene las paredes llenas de espejos, unas cuatro máquinas de gimnasio colocadas junto a las paredes, y al fondo un espacio vacío con una puerta en la esquina.

“¿Vamos a ensayar así?”, curiosea Darío.

“No. ¿Va a venir alguien más?”

“Invité a otro chico, pero no me ha confirmado; sin embargo, no pienso esperarlo. Mejor comenzamos”.

Leandro entonces se baja la cremallera de su chaqueta de entrenamiento y la pone dentro de su mochila y se afloja la pantaloneta de su pantalón de entrenamiento.

“Ah, si quieres puedes cambiarte acá adentro”, le observa Darío.

“No, ya estoy acostumbrado”, aclara Leandro, quien se queda solo en una camiseta entallada manga cero y una pantaloneta de licra, manga corta, y que le marca sus poderosas piernas y trasero, además del paquete.

 


De inmediato los dos jóvenes se colocan uno al lado del otro frente al espejo. Darío prende el ‘funk’ que deben ensayar y enseña los pasos. Desde la primera toma, el futbolista los repite casi a la perfección. Cinco tomas después, todo está debidamente sincronizado entre ambos. Darío, sorprendido, choca sus manos con las de Leandro.

“¿Dónde aprendiste a bailar tan bien?”

“De toda mi vida”, sonríe el futbolista. “¿Y tú?”

“Estudié danza clásica y moderna; claro que a mi padre eso no le hizo ninguna gracia, pero me las ingenié”.

“¿Típico padre machista?”

Darío asiente:

“Mamá me apañaba y le hicimos creer a mi viejo que mis músculos eran porque me había metido a nadar; la huevada fue que cuando quiso ir a una de mis competencias, tuvimos que pagarle a un maestro para que me metiera a una”.

“¿Se la creyó?”

“Nunca lo supimos; estaba algo ebrio, así que ni siquiera se percató que llegué penúltimo”.

“Un caso fue tu papá, Darío”.

“¿El tuyo no lo fue, Leandro?”

“No”, se ensombrece el futbolista por un momento. “Ni siquiera se preocupó por mí. Apenas si pasaba la mensualidad, pero como si no lo hubiese tenido”.

“Perdona”, se excusa Darío.

“Tranquilo”, alivia Leandro. “Ya lo asumí tanto que no me duele”.

Ambos jóvenes se quedan en silencio mirando al suelo de parquet.

“¿Limón, fresa o maracuyá?”, reacciona el anfitrión.

“¿Cómo?”, se extraña Leandro.

“Tu rehidratante”.

“Maracuyá”, ironiza Leandro. “Dicen que soy ácido”.

Darío se carcajea sin entender cómo es que, de pronto, siente una conexión inmediata con el recién llegado.

 


Otros cinco ensayos después, Leandro termina sudado aunque no cansado. Darío lo lleva a una habitación, quizás de huéspedes, para que tome una ducha. Bajo el agua tibia y aspirando el aroma de un fragante jabón, repasa su plan. Hasta ahora todo parece ir bien, quizá mejor de lo esperado. Está allí, en la misma casa del modelo más cotizado del país, bailando con él, conversando con él, verificando que cada detalle se presenta tal como le había sido advertido. Súbitamente, la mampara de vidrio que funciona como cortina se abre. Leandro se asusta.

“¿Qué tal el agua?”

Darío ingresa, completamente desnudo, confirmando la perfección que ya se evidenciaba bajo el leotardo mojado en sudor que, a pesar del color negro, no disimuló nada, ni siquiera la inexistencia de alguna ropa interior.

“Rica”, responde Leandro con la mayor naturalidad que le es posible.

“¿Puedo bañarme contigo?”

“Claro”.

Darío se coloca bajo la ducha y deja que el agua recorra todo su cuerpo en el que parece no existir un solo vello corporal. Se unta el jabón primero en las manos y luego se lo pasa por toda la piel.

“¿Y cuáles son tus objetivos, Leandro?”

“Seguir dándole al fútbol, darle mejor vida a mamá, y ser uno de los mejores modelos del país”.

“¿Te dará tiempo para todo?”

“Por ahora le estoy dando duro al fútbol porque es lo que nos da de comer”, acota Leandro.

“Lástima que no me guste el fútbol; de lo contrario sería uno de tus hinchas”.

“Yo sí he seguido casi toda tu carrera, Darío”.

“¿en serio?”

“Totalmente en serio. Tengo algunos recortes y en varios apareces tú”.

Darío sonríe mientras se sigue untando el jabón.

“¿Esperas que te ayude a ser un gran modelo?”, lanza el dardo, con una mirada algo seductora.

“Lo dejo a tu voluntad, Darío”.

Entonces, la mano del dueño de casa se posa en el pectoral de Leandro y comienza a masajearlo incidiendo en la tetilla, cuyo pezón se pone duro en cuestión de segundos.

“Estás en forma”, califica el dueño de casa. ¿Qué tal si pone sus dos manos en ese cuerpo marcado? Leandro no dice nada, solo comienza a sonreír.

“Sí me gustaría ayudarte”, dice al fin Darío. “No eres como los demás”.

Sus manos ahora soban ambas caderas a Leandro, y decide dar una movida más: acercar todo su cuerpo y pegarlo al del otro muchacho.

“Enjuaguémonos”, le dice al oído, casi besándole el cuello.

“Se te está parando, Darío”.

“¿Te incomoda?”

“No sé”, responde Leandro tímidamente. “No sé… si es correcto”.

“A ti también se te está parando”.

Leandro se deshace amablemente del contacto y se pone bajo la lluvia para enjuagarse y para ver si el agua fría también se lleva la excitación sexual que comienza a delatarlo.

“Tranquilo que el viernes estaré a las siete, como nos citaste”, apacigua Leandro. Al finalizar, abre la mampara, busca la toalla y sale un poco para secarse. Al concluir, deja a Darío con el jabón comenzando a secarse sobre la piel.