sábado, 31 de julio de 2021

La hermandad de la luna 5.3

Christian entra furioso al departamento que alguna vez perteneció a Manolo; las luces de la sala aún están encendidas. Mira las fotos y una mezcla de ira y dolor se agitan en su ser como cuando la lava fluida intenta calentar el mar y solo consigue crear pegotes de piedra que explotan aún dentro del frío únicamente para perder el calor. Ahí están Manolo empresario, Manolo deportista, Manolo viajero, Manolo amigo, Manolo hijo, Manolo padre, Manolo hermano… Manolo, el creador no tan secreto de La Estirpe.

“Ni creas que me quedaré a derramar una puta lágrima por ti”, depreca Christian. “Ni una puta lágrima más de las que ya te lloré, ni una”.

Pero sus ojos, pronto, comienzan a brotar gotas que recorren su rostro. Respira profundo, quiere hacerse el valiente, enfrentar lo que quiebra su alma, como alguien le aconsejó, pero no lo consigue. Va al dormitorio, busca algo de ropa, se dará un nuevo duchazo. La noche del sábado todavía guarda algo de virginidad.

 


Casi por dar las once de la noche, en La Luna, Tito avanza con su linterna, su escopeta y un armonioso silbido. La humedad se hace más intensa.

“No tarda en garuar”, avisa por el radio portátil.

“Buenas noticias para la melga que aramos esta semana”, le contesta Carlos, quien no pierde detalle de sus pasos desde el mini centro de control en la caseta de vigilancia.

Alguien avanza imperceptiblemente por el patio principal hasta ocupar LA puerta.

“¿Tío?”, se anuncia Flor.

Carlos casi salta de susto hasta el techo.

“Perdona, tío”, sonríe la chica.

“¿Qué haces aquí?”

“Estaba aburrida adentro; le estoy mensajeando a Frank y no responde”.

Carlos reflexiona unos segundos, pero no halla nada convincente que decir.

“Debe haberse quedado dormido”, excusa.

“¿Tú crees, tío? Si Frank se va A LA CAMA a medianoche o la una, más si es fin de semana. Me parece que se fue de fiesta y anda muy… ocupado, tú sabes”.

“¿Son celos o me parece?”, sonríe el capataz.

“Ay, tío”, reacciona la chica. “¿Celos yo de él? ¡Por favor!”

De pronto, en una de las imágenes, Flor nota que una silueta blanca aparece; algo en ella le dice que no tema pero algo también le hace temer. Avisa a Carlos, quien toma el radio y abre comunicación.

“Tito, ¿Tito?”

“¿Qué pasa, Charlie?”

“Sujeto en los tamarindos; avanza con precaución”.

“Enterado”.

Pero, sorpresivamente, la silueta se desvanece poco a poco. Carlos mira a Flor como para convencerse de que no está viendo mal; la chica luce intrigada y atemorizada. Carlos toma el radio otra vez:

“¿Tito? ¿Tito?”

Nota en una de las ventanas que el gladiador agarra su aparato y parece responderle, pero no tiene retorno. Carlos va al armario detrás suyo, saca la otra escopeta.

“Te vas a quedar aquí, Flor, encerrada, y por nada del mundo, ¿enntendiste?, por nada del mundo abrirás la puerta hasta que yo regrese dándote tres toques”.

“¿Qué harás, tío?”, se pone nerviosa la chica.

“Todo estará bien”.

Carlos sale de la caseta, prende su linterna y comienza a caminar hacia la fila de tamarindos que está justo detrás de la piscina, no más de treinta metros detrás de la casa grande. Pone su arma en ristre y al apuntar al árbol donde detectó la silueta, no hay nada.

“Qué mierda?”, se dice.

Otra luz se acerca.

“¡¿Tito, eres tú?!”

La luz amarilla se aproxima más, temblando en la oscuridad y creando un haz con las finas gotas que empiezan a caer

“¡Sí, Carlos! ¿Qué pasa? ¿Quién está ahí?”

“¡Nadie! ¿Tu radio funciona?”

Tito, quien ya está en el claro que da a la fila de árboles, activa el interruptor de su aparato pero oye estática. Las lucecitas piloto están prendidas.

“No hay señal”, informa a Carlos.

“No puede estar pasando de nuevo”, se alarma el capataz.

Un muy agudo pitido se oye con debilidad.

En la caseta de vigilancia, Flor puede ver a los dos varones dialogando (aunque no puede escuchar nada), cuando de pronto la silueta blanca comienza a aparecer junto a otro de los tamarindos pero del lado opuesto a donde están Tito y Carlos. La chica toma el radio:

“¿Papi? ¿Tío? Respondan… ¿Cambio?”

Únicamente escucha un chasquido permanente como si alguien aún no se animara a bajar la aguja para que el disco de acetatto suene.

“¿Papi? ¿Tío?”, intenta comunicarse más nerviosa aún.

La silueta se desvanece. Entonces, Flor puede ver que Tito saca algo de su bolsillo, lo mira y se lo lleva a la oreja. En segundos, la entrada de una bachata suena en su celular. Mira la pantalla y contesta:

“¿Papi?”

Hay un silencio que se quiebra de pronto.

“It’s me. There’s nothing to fear”.

Flor se asusta mucho más aún. Oye, entonces, el sonido de llamada entrante en el auricular, y le da paso:

“¿Aló?”, dice al borde del llanto.

“¿Hija? ¿Estás bien?”

“¿Qué está pasando, pa?”, solloza.

“Ahora regresamos. ¡No te muevas de la caseta!”

 

sábado, 24 de julio de 2021

La hermandad de la luna 5.2

En el AMW, Adán jala una barra ezeta cargada con quince kilos de pesas amenazando con golpear su mentón. Los movimientos son vigorosos en extremo, tanto que suda profusamente. Termina la serie y se mira al espejo, no para ver cuánto ha vascularizado; busca una respuesta que su reflejo parece no darle. Owen se le acerca  y le toca la nuca.

“¿Frustrado?”

Adán lo mira y entiende que debe serenarse.

“¿Dónde ser más útil? ¿Aquí o allá?”, cuestiona el instructor.

Adán se tranquiliza del todo.

“Tienes razón”.

Abraza a Owen.

“Tienes mucha razón, carajo”, le dice al oído.


 

A las diez y cuarto de la noche, Frank  llega en su motocicleta a media cuadra del Extreme Body Gym & Spa, en una esquina, donde desmonta y se quita el casco; lleva una mochila en la espalda. Hay algunos autos estacionados en fila junto a la vereda y, desde su ubicación, puede ver otros en la entrada del local. Espera sin quitarse los mitones de cuero que cubren sus manos; la noche es muy fría. Entre la gente que sale, divisa a César, quien se le acerca a paso acelerado, mirando a ambos lados y cargando en un hombro su propia mochila.

“Arranca, huevón: Christian está adentro”.

“Monta, entonces”, le ordena Frank.


sábado, 17 de julio de 2021

La hermandad de la luna 5.1

Adán se reclina sobre el sofá en la sala de la casa de Tito, mira a la luz prendida en el techo, resopla fuerte. Alza los brazos y los pone tras su cabeza como intentando oxigenarse más, tragar y digerir todo lo que acaba de escuchar. “Mi sospechoso también es Christian”, revela.

“César me dijo que puede hackear el celular de ese huevón, pero aunque lo lograra, no tendría claro qué información es la que buscamos”, añade Frank, quien está sentado a su lado

“Y a estas alturas ya deben haberla borrado”.

“¿Tú crees, Adán?”

“¡Claro, Frank! Esa gente no da puntada sin hilo”.

Es sábado, nueve de la noche en Santa Cruz.

“Ahora sabemos que Christian y Cruz Dorada trabajan juntos, Adán”.

“No lo sabemos, Frank; lo sospechamos y tenemos muchas pistas. La huevada es cómo demostramos que Christian y Cruz Dorada se unieron para asesinar a Manolo con tal de comprar La Luna sin problemas”.

“El tal Saúl me dijo…”

“El tal Saúl no es de confiar, Frank. Ya viste que se caga de miedo, así que basta con que ellos sospechen que nosotros sospechamos, que ustedes conversaron con él, que le metan miedo y él va a aflojar la lengua”.

“Yo le aseguré que…”

“¡No entiendes, Frank! No se trata de lo que tú le asegures, se trata del poder que tienen ellos. Lo de Flor ha sido una advertencia”.

“Que les salió mal porque hasta a Owen quisieron meterlo en el saco”.

“¿Y te das cuenta, Frank? Hasta la Policía está metida”.

“Es una venganza de Christian porque Tito no dejó que manipularan al señor Manolo, ¿cierto?”

“Yo le advertí a Manolo que ese chibolo no era de confiar; me miró mal, así que no le advertí más”.

“¿De dónde salió Christian?”

“Igual que Tito y Carlos, lo reclutó durante su servicio militar. Su familia no era pobre pero tampoco tenía tanta plata. Cuando empezó a ser parte de La Estirpe, comenzó a dársela de estrella. Como era el más joven y el de mejor cara, comenzó a usar ese gancho para tener las mejores propinas; hasta su carrera de Derecho le pagó Manolo”.

Frank, entonces, recuerda la tarjetita de presentación que le había enseñado la noche anterior a Carlos. Efectivamente, Christian ocupaba casi un primer plano y la cámara parecía adorarlo.

“Tengo que volver al G4G como me comprometí”.

“¿Volver para qué? ¿Qué harás si Christian aparece? ¿Te has puesto a pensar que sospecharía que tu actuación ahí no es ninguna casualidad? Y en últimas, ¿si Flor se entera que actuaste ahí?”

“Ya me comprometí, Adán… y de paso lo comprometí a César”.

“¡Pero el chato solo baila en despedidas de solteras!”

“Igual yo, pero esto amerita arriesgarse, ¿no?”

“No lo sé, Frank… ya tienes el dato, no sé qué más buscas: ¿una confesión de Christian después de irte a la cama cuando acabe  tu show?”

Adán se levanta del sofá y se va por el pasillo. El que se queda aún sentado entiende que no está resolviendo un rompecabezas; le está añadiendo piezas mas bien.


 

En la finca, Tito y Flor comparten una afición que hace semanas no disfrutaban así, juntos: las peleas de artes marciales mixtas por la televisión. ¿Cuánto darían por estar en las tribunas que rodean el octágono? De solo saber los nombres de tan lejanas ciudades alrededor del mundo, se miran y se conforman con la imagen que viene casi gratis y vía satélite. Justo termina uno de los eventos.

“No es justo”, reclama Tito. “El brasileño tenía las de ganar”.

“No sé papi: me debes diez”, anuncia su hija.

El gladiador la abraza y le comienza a dar muchos besos en la mejilla.

“¿Qué haces, papi?”

“Te pago los diez en besitos”.

Ambos ríen.

“Te amo, Florcita, y espero que Frank llegue a amarte tanto como yo”.

“Ay, papi. Ya te dije que ese chico no va en serio; solo será hasta que se vaya del pueblo, en octubre”.

“Igual, Flor. Así se vaya mañana, los dos se me cuidan. ¿Tienes condones?”

“Sí, sí tengo. Sabes que estadísticamente hablando, las más precavidas somos nosotras”.

Justo entonces, Carlos aparece con un inmenso tazón lleno de palomitas de maíz. Flor abre la boca de sorpresa, como cuando una niña conoce que ha sido premiada con el juguete más preciado.

“¡Por Dios, tío!”

“Es para los tres, no para ti solita”, bromea el capataz.

“Si siguen alimentándome así, voy a terminar chanchita”, juguetea la chica.

“Sales a correr conmigo por la finca a las cinco de la mañana, luego calistenia y asunto resuelto”, aconseja Carlos mientras pone el tazón en la mesa de centro frente al televisor.

“Claro, encima de tío alcahuete, tienes tío entrenador personal”, ríe Tito.

“Ay, no le digas así, papi”.

“¿Al fin se convenció tu progenitor de que es mejor que tú experimentes a que él haga experimentos contigo?”, Carlos no se queda callado, fraternalmente hablando.

“Frank es un buen muchacho, impulsivo como todos los de su edad, pero malo no es; aparte es deportista”, califica Tito.

“Y buen bailarín, ¿no, Flor?”, Carlos come unas palomitas, sonriendo.

La chica se sonroja.

 

sábado, 10 de julio de 2021

La hermandad de la luna 4.7

A mediodía ya no quedan alumnos en el AMW, así que Adán y Owen deciden cerrarlo. Tras cuadrar cuentas, los dos ingresan a la casa.

“Tengo que ir a la finca; te traeré almuerzo”.

“No ser necesario”, sonríe Owen. “Yo saber cocinar”.

“¿Seguro?”

“Sí”.

Adán busca su gorra y va al pasillo largo para sacar su bicicleta, cuando se detiene en seco.

“¿Cómo hiciste lo de anoche?”

“¿Yo?”, rresponde el risueño instructor. “Yo no hacerlo solo”.

“¿Cómo lo hicimos, entonces?”

“energía, Ádam. Tu saberlo. ¿Por qué dudarlo?”

El cuerpo de luchador sonríe:

“Hablaremos cuando regrese… y hablaremos mucho”.

Al abrir la puerta y sacar la bicicleta, mira al jardín y nota algo que allí no estaba el día anterior: un pasamontañas negro. Qué raro, se dice. Se agacha a recogerlo, abre su mochila y lo guarda.


 

Tras el almuerzo en la finca, Tito decide quedarse todo el fin de semana con Flor.

“Tomaré tus turnos de vigilancia”, le dice a Frank.

La chica no es partidaria de la idea luego de la intensa noche anterior, pero también trata de entender a su padre tras las horas tensas que les tocaron vivir. Tito encarga a Adán la administración del gimnasio por las próximas cuarenta y ocho horas.

“Deberíamos traer a Owen esta noche para comer y tomar algo aquí”, sugiere el cuerpo de luchador.

“Primero verifica que no haya alumnos para mañana; con esto de que el negro se ha vuelto popular, no descarto que le aparezcan citas de entrenamiento; por otro lado, no quiero dejar ni la casa ni el local solos después de lo que pasó”.

Adán mira a los cuatro costados y se cuida de que no haya nadie escuchándolos.

“¿No hay problema que me quede solo con Owen?”

“No. ¿Qué problema va a haber, primo?”

“Solo… decía”.

“Sigo tu consejo, primito querido”, ironiza Tito.

“Y… ¿te quedó alguna… marca?”

El gladiador no entiende la pregunta.

“En el culo, huevón”, susurra Adán.

“Ah… No, la verdad nada. ¿Y a ti?”

“Ni mierda, primo. ¿Cómo lo hizo si era enorme?”

Tito no sabe qué decir. Incluso para él es un misterio cómo los tres consiguieron dormir tan cómodos esa madrugada en la misma cama de plaza y media.

 


A las siete y media de la noche, Frank y César llegan hasta el tercer piso de un edificio como cualquier edificio en el lado sur de Collique.

“¿Seguro que tu amigo te dijo aquí?”, duda el más joven.

“Es el número”, dice el menos joven.

Frank toca el timbre. Ambos esperan. Un chico joven y guapo les abre la puerta. “¿El señor Saúl? Venimos de parte del fiscal García”.


 

Saúl es un tipo mestizo con rasgos afro, cuarenta y tantos, algo alto, ni delgado ni musculoso, pero sí evidentemente en forma. Tiene ojos grandes, boca también grande y de labios carnosos, cabello crespo esponjado. Viste camiseta y jean entallados, zapatos marrón oscuro con relieves que imitan la piel de un reptil.

“¿Así que quieren bailar como Strippers?”

“No,solo yo”, aclara Frank.

Ambos, junto a César, están en una pequeña oficina donde no hay más que un sofá y un sillón, una mesa de centro sin mayor pretensión estilística, la luz difusa de una lámpara.

“Muéstrame lo que sabes hacer, entonces”, pide Saúl.

Frank mueve la mesa de centro a un costado, coge su celular, ubica el tema interpretado con saxofón y comienza a moverse de manera sensual sin perder el contacto visual con su examinador, quien está sentado junto a César sobre el sofá. Se deshace de la camiseta y Saúl, casi por reflejo, topa y acaricia el grueso muslo del fisicuculturista. Conforme la sensual pieza continúa, el bailarín delante de ellos se quita las zapatillas, el cinturón (con el que hace el típico juego de azotarse sin azotarse y sobarse la entrepierna), y se desabrocha el jean. Frank se acerca a Saúl:

“Baja el cierre”.

El hombre suelta el muslo de César (y César respira menos tenso), lo lleva a la base de la cremallera y con la otra ase el ganchito, lo baja lentamente. Un interior negro con una luna blanca en cuarto creciente, bordada en hilo, aparece debajo.

“No puede ser”, murmura Saúl.

“Bájame el jean”, instruye Frank sin dejar de contonearse.

Saúl duda, tiene el pantalón cogido de las mangas, tocando los duros muslos, pero no se decide a nada. Respira hondo y rápido, y se pone de pie súbitamente.

“¿Qué significa esto?”, inquiere serio. “¿Son policías?”

Frank y César se miran algo nerviosos.

“No, no lo somos”, intenta tranquilizar el primero. “¿Por qué?”

“¿De dónde sacaste esa tanga?”

Frank se mira la entrepierna y reacciona de inmediato.

“Ah, se la compré a un amigo en el gimnasio al que voy”.

“¿Qué gimnasio?”, pregunta un ansioso Saúl.

“El Extreme”, mete su boca César, como impelido por un resorte.

Saúl intenta tranquilizarse, y Frank  se levanta un poco el jean, acercándose. Pone su mano derecha en la nuca de su anfitrión, y la izquierda en medio de su pecho.

“¿Te traemos agua? No luces bien”.

Saúl se niega. César se levanta y lo toma del brazo derecho.

“Siéntate, tranquilízate”, le sugiere.

Saúl considera que ésa es una mejor idea. Frank se coloca a su lado.

“¿Quién los envió, muchachos? ¿Cuánta plata quiere García? ¿Van a cerrarme el local?”

“Nada de eso, señor. Solo vine a pedirle trabajo porque me dijeron que su club es… muy concurrido”.

“¿Quién te dijo eso?”

“ehhh…”, se entromete César.  “Lo que mi amigo trata de decir es que… usted tiene un público selecto… como… el doctor… García”.

Saúl parece respirar más tranquilo.

“Entonces García los mandó”.

“Solo nos recomendó”, aclara César.

¿En serio solo es eso, muchachos?”

“Sí, mire”, le dice Frank terminándose de sacar el jean y poniéndose de pie delante suyo, girando hasta darle la espalda, luciendo el hilo dental negro.

“Rico culo, aunque falta depilarlo…”, califica a Frank.  “¿Y tú no bailas?”, se dirige a César.

Frank carraspea.

“Sí, pero… ehhh… no vine preparado”, se justifica César.

Frank carraspea de nuevo.

“Pero… ehhh… puedes verme si quieres”, ofrece el fisicoculturista, quien se pone de pie, pide música, y comienza a desprenderse de su camiseta, sus zapatillas, su jean y se queda en un bóxer blanco pegado.

“Se mueven bien, chicos; pero los shows en el G4G terminan con los chicos… desnudos”, aclara Saúl.

Frank y César se miran algo nerviosos. El más joven hace un gesto con la cara y el fisicoculturista se le acerca; el que viste la tanga hilo dental toma la pretina del bóxer, y se lo baja a César simulando besarle el cuello.

“Sígueme la corriente”, alcanza a decirle casi infrasónicamente en la oreja.

El más musculoso toma las tiras de la tanga y se las baja a Frank. Ambos se abrazan y siguen besándose en el cuello mientras rozan sus penes. Lo gracioso es que, por la diferencia de estaturas, el más joven lo hace a la altura del ombligo de César, y éste termina metiendo su erección entre las dos piernas de su amigo.

“me han puesto arrechísimo”, comenta Saúl, quien se pone en pie, se desnuda todo y se acerca a los chicos tratando de meter su pene erecto y largo entre los torsos bien labrados. Ambos le besan indistintamente el cuello y las tetillas. Saúl se hinca y comienza a chupar los falos de cada uno. César mira a Frank con cara de ¿¿y qué viene ahora?’. El joven alto y atlético solo guiña un ojo como respuesta.

“Oh”, Saúl deja de mamar los penes y se sienta en el sofá. “Vengan”.

Ambos chicos lo siguen y flanquean, continúan besándose en el cuello, mientras sus manos se confunden acariciando alguno de los tres cuerpos.

“Mejor nos tranquilizamos, chicos”, opina Saúl; “si los ordeño ahora, ya no querrán bailar más tarde”.

“Solo bailaré yo”, reitera Frank.

Saúl sonríe. Al fin, el más joven se anima a darle un breve beso en la boca, aunque por puro compromiso.

“¿Por qué te jodió ver mi tanga?”

“¿¿Sabes qué tiene bordada?”

“Una Luna. Pero, ¿qué tiene que ver eso?”

“Pensé que era un mensaje de los dueños anteriores. ¿Has oído hablar de Manolo Rodríguez?”

“No”, miente Frank con todo desparpajo.

“Fue el dueño de este local hasta hace cinco o seis años, pero no sé por qué terminó vendiéndolo. Él protegía a un chibolito, Christian, que intentaba manipularlo, pero Manolo no caía fácil, aunque no tanto porque fuese fuerte sino porque tenía un grupo de empleados. Se llamaban La Estirpe, un juego de letras que venía de strippers. Recuerdo que había un ojos claros, velludo como tú, blanco; le llamaban Joey. A Christian no le gustaba que ese chico interfiriera en sus planes. Manolo mandó todo a la mierda y puso en venta el local. Yo se lo terminé comprando. Christian quiso venir a manipularme también, pero lo puse en su sitio; ahora es cliente”.

“¿Es cliente de aquí?”, Frank verifica.

“Sí, viene siempre. Tres o cuatro veces por semana. Hoy de hecho que viene para quedarse de amanecida hasta mañana”, sonríe Saúl.

“¿Y vino esta semana?”, interviene César.

“¿Seguro que no son policías, chicos? Tienen todo el corte”.

“Sí”, bromea Frank. “Tócame mi pistola y mi placa”, le insinúa moviendo su cadera.

Saúl ríe.

“Sí, sí vino esta semana: el miércoles estuvo un rato, pero tuvo un problema con otro chico, un venezolano que lo conocemos como Edú”.

Frank y César se miran sorprendidos pero tratando de disimular lo más posible para que Saúl no lo advierta.

“Tuvimos que llamar a la ambulancia porque Christian se desmayó en un privado”.

“¿Y el venezolano?”

“Se esfumó”, responde Saúl.

“Vamos a prepararnos para venir más tarde”, avisa César a Frank, quien asiente. Los dos chicos recogen las prendas del suelo y se visten otra vez. Saúl hace lo mismo y saca su billetera, toma dos de doscientos y le da uno a cada chico.

“Díganle al Juancho que no me haga problemas, por favor”.

Los chicos miran desconcertados a Saúl.

“No somos policías”, repite Frank.

“No importa… aunque sea para sus pasajes. ¿Vendrán más tarde, no?”

“Claro”, miente Frank. “Solo algo más… ¿Christian solo vino el miércoles?”

“Ah, no”, retoma Saúl. “También vino el lunes, y no vino solo: estuvo con Manolo, y fue la última vez que los vimos juntos… y que lo vimos vivo”. Saúl comienza a sollozar.

Frank abraza al hombre mientras mira sorprendido a César.

“Toma”, le devuelve el billete a Saúl, quien lo mira totalmente desconcertado.

“¿Por qué?”

“Nadie debe saber que tuvimos esta conversación… podría comprometerte”, aconseja el muchacho.

“Me das miedo”, tiembla Saúl.

“Tranquilo que nada te va a pasar, promete Frank. “Te diré qué vamos a hacer”.


 

sábado, 3 de julio de 2021

La hermandad de la luna 4.6

En la cocina de la casa grande, el reloj marca media hora después de las cero horas. Carlos prepara una infusión de valeriana, mejor dos, y sirve una a Frank, quien revisa la pantalla del celular de su tío.

“¿Es en serio todo esto?”

“Parece que sí”, responde Carlos.

“¿Y… qué fue lo que vi esta noche?”

“energía antigua, Frank. Es la forma cómo los gentiles tratan de avisarnos cosas: el verde significa simpatía, el celeste significa precaución, el rojo significa victoria.

“¿Y el amarillo?”

“Que no pasa nada, que todo sigue igual y hace falta cambiarlo”.

“¿Hay blanco?”

Carlos sonríe:

“No, el blanco es exclusivamente el color de Shi, la Luna, y significa plenitud”.

“¿Y de qué o de quién debemos cuidarnos, tío?”

“No lo sé”, responde Carlos.

Frank termina toda su taza y se levanta de la mesa.

“Ah, luego lavo la tanga y te la devuelvo, tío”.

“No hace falta: es tuya”.

El muchacho sonríe y entra a la sala. En el segundo piso, en el dormitorio lateral, lo espera alguien que no le generará susto alguno. Abajo, en la cocina, Carlos se queda pensando en la pregunta de su sobrino: ¿de quién deben cuidarse? La respuesta que tiene parece obvia.

 


A la una de la mañana, la calle a la que da la fachada verdadera de la casa de Tito está vacía. La única luz encendida es la de los postes de alumbrado público. Alguien vestido de negro camina procurando hacer el menor ruido posible. Se acerca con mucho sigilo a la vereda y se pone en cuclillas, saca un frasquito de un bolsillo y un cepillo de dientes del otro; vierte un líquido sobre el cemento y comienza a refregarlo con el pequeño instrumento de plástico. Cuando está más concentrado en su tarea, busca el recipiente y no lo encuentra. ¡Se supone que lo había guardado otra vez en su bolsillo izquierdo! Mira alrededor, pero no encuentra nada hasta que, sin previo aviso, se queda helado del susto.

“¿Buscas esto?”, susurra un hombre negro musculoso, quien parece estar suspendido en el aire a solo unos centímetros sobre el jardín, totalmente desnudo, con gruesos brazaletes dorados en ambas muñecas,  y con el pomito en la mano.

La persona, quien tiene el rostro cubierto por un pasamontañas, no puede articular palabra y colapsa sobre la vereda.

Cuando el día despierta, a eso de las cinco de la mañana, la vecina de Tito sale a barrer su vereda cuando distingue el bulto negro; lo topa con la escoba, y, al notar que se trata de una persona, más por curiosidad que por otra cosa, le descubre la cara.

“¡Jesús, María y José!”, se asusta la doña.

Le da pequeñas bofetadas. Al no hallar respuesta, deja la escoba olvidada en la vereda, y va ligerito a la posta médica por ayuda. No pasa ni un minuto cuando el joven reacciona; se sienta en el cemento, atontado. Mira a su alrededor nuevamente: solo está el cepillo. Se alarma al ver la escoba tirada junto a él y la puerta abierta de la casa vecina. Se desespera buscando algo más, pero no lo halla. Prueba a ponerse de pie.

“A la mierda”, murmura.

Abandona la escena por sus propios medios tan rápido como le es posible, olvidando el pasamontañas en la huída.


 

Ya a media mañana, César llega a La Luna a pedido de Carlos. Su propósito es usar la habilidad que el fisicoculturista tiene con los aplicativos de computación para detectar qué pasó con los saltos de grabación en la cámara, aunque la respuesta técnica está sobreentendida: el equipo dejó de transmitir imágenes en vivo por un tiempo, y eso en la grabación se nota como un salto, aunque en vivo luciera como una fotografía digital.

“Las dos interrupciones fueron de dos minutos; mira el reloj en esas tomas y mira el reloj de otra cámara que elegí al azar”, sseñala a Carlos.

“No hay pérdida de tiempo”, comprueba el capataz.

“Es un problema muy común en estos equipos y en estas redes: oscilaciones de electricidad, saturación de datos en la red; virus no es porque ya le pasé mi medicina mágica y tu laptop está más limpia que laboratorio de discos compactos”, presume César.

“Fueron esas luces”, concluye Carlos.

“¿Variaciones del campo electromagnético capaces de afectar una cámara de video? ¿eso me estás diciendo, Zavala?”

El capataz no sabe cómo responder a eso, pero no es el dato que más le preocupa.

“¿Así que Christian Esteves no solo dispone de la camioneta sino también del departamento”.

“Ya te imaginarás que cuando fuimos con ese otro pata, el tal García, me recagaba de miedo; miedo y respeto, tú sabes: ésa fue la casa de Manolo”.

“¿Cuál García?”, se intriga Carlos.

“Un flaco, pero bien marcado, como de tu estatura, blanquito, pecoso”.

El capataz hace memoria rápidamente.

“¡Juan García!”

Lo conoces, Zavala?”

“Era asiduo cuando bailábamos en La Luna. Su familia es de plata, así que lo teníamos metido todos los fines de semana desde que salió de la universidad o por ahí, pero apenas Christian se licenció e ingresó al elenco, se le hizo cliente habitual. Ahora es fiscal”.

“A la mierda; por eso se conocen. ¿Sabes que quería convertirse en mi sponsor a cambio de que me convirtiera en su marido?”

“Esa es su cantaleta de toda la vida… es pura boca; solo hay que seguirle la corriente, pero de que sí suelta buen billete, sí suelta si lo tienes bajo control”, Carlos se estruja la entrepierna.

“Quería que vayamos a un local que tiene nombre como fórmula química. NH4, H2O, CH4, algo así”. César verifica otros parámetros en la laptop. “¡Ya me acordé! G4G”.

“Me suena, pero no lo conozco”, afirma Carlos.

“Ahí quería el García seguirla”.

Frank entra de improviso, carraspeando:

“Tío, Tito te necesita en la fila de tamarindos”.

“Ahora vengo”, indica el capataz; ttoma una gorra y sale a ver qué está pasando.

Frank espera hasta quedar a solas con César:

“Así que el G4G”.

César lo mira sin entender.

“¿Qué tiene, mi Frankie?”

“Quisiera ir ahí… y tú vas a ayudarme, César”.

sábado, 26 de junio de 2021

La hermandad de la luna 4.5

En la caseta de vigilancia, Carlos acaricia por enésima vez la brillante tarjeta de presentación. Una década después, La Estirpe en La Luna sigue conservando su encanto.


 

En Collique Sur, tres hombres entran a una sala a oscuras.

“Recuerden que mientras más silenciosos, mejor”, advierte Christian en voz baja.

Mientras él camina con cuidado hasta el otro extremo, el hombre más delgado se junta al más bajo y musculado, e intenta besarlo.

“No me gusta”, le susurra.

“El auspicio viene con servicio completo”, le advierte el otro.

El fisicoculturista se conforma y deja que los labios de su ‘benefactor’ saboreen los suyos sin gracia, mientras que siente una mano acariciarle el paquete. Christian regresa y se les acerca de nuevo:

“Sigan la luz”, habla bajito.

Tras avanzar con cuidado, llegan a un dormitorio iluminado. Christian cierra la puerta, y puede ver a García quitándose la ropa. César parece no estar muy a gusto.

“¿Todo bien?”, le consulta el abogado.

“Sí”, responde César secamente, y comienza a quitarse la ropa.

El trasero de García no es voluminoso como el de sus otros dos compañeros sexuales. Podría decirse que, aunque pequeño, firme, lampiño y pecoso, era un culito cumplidor, fácil de estimular a lengüetazos como Christian lo conocía de sobra. Lo nuevo era saber cómo excitar a un nervioso César, quien básicamente se limita a meter sus gruesos catorce centímetros en la boca del instigador de ese trío. Trata de durar tanto como puede, pero no lo consigue. En solo cinco minutos se la llena con su semen. Christian, por su parte, busca un preservativo, se lo calza y mete sus diecinueve centímetros dentro del ano de su amigo. El fisicoculturista, si alguien le hubiese preguntado por su deseo, solo quiere salir de ahí, pero no lo logrará hasta media hora después.

“No has perdido el toque, Chris”, le comenta García mientras se pone la ropa de nuevo. “Como en tus viejas épocas de La Luna. ¿Qué fue de La Estirpe?”.

“Siguen trabajando en la finca… veremos hasta cuándo”.

“¿Y ya no bailan ni dan servicios?”

“Ni idea; tendrías que buscarlos en Santa Cruz para tirar con ellos”.

César se pone más nervioso aún conforme sigue vistiéndose.

“¿Vamos a tomar algo al G4G?”, propone García.

“Ni me lo menciones”, casi salta Christian. “No pienso aparecer por ahí en un largo tiempo”.

“”¿Sabes cómo se llama el venezolano o dónde puedo ubicarlo? Podemos revisar su registro migratorio”.

“Déjalo ahí, García.  Quizás en dos semanas, el G4G sea otro de mis lejanos recuerdos, como La Luna… como las dos La Luna, como La Estirpe… como miles de huevadas que hice acá”.

García y César miran a Christian con un gran signo de interrogación en sus cabezas. Cuando los dos bajan en el ascensor, César prende su celular y responde algunos mensajes que le han llegado desde las ocho de la noche cuando comenzó a entrenar en el Extreme.

“´¿No te vacilan los tríos, cierto?”, pregunta García.

“ehh… yo… yo ni siquiera tiro con… con patas”.

“¿Y lo del sauna?”

“ehhh… no sé… no… sé”.

“Te jalo a tu casa, ¿te parece? Solo tenemos que caminar al gimnasio para ver mi carro”.

“Ehh… Puedo tomar un taxi acá”.

“Quiero conocer tu casa, quiero saber todo de ti, César”.

El fisicoculturista se alarma. Apenas se abre la puerta del ascensor en el primer piso, por alguna razón, le entra el pánico y usa sus dos poderosas piernas para salir corriendo a toda la velocidad que le es posible.

“¡¡Oye, César!!”, grita García, pero se contiene al ver al portero del edificio.

“¿Todo bien, señor?”

García pasa de largo y prefiere usar su derecho a guardar silencio.

 


En La Luna, Carlos trata de mantener la vista atenta a las imágenes que le llegan de las cámaras de seguridad mientras Frank está a mitad de segunda ronda, la que evidentemente comenzó un poco más tarde tras el show privado que había dado una hora antes. Por ratos relee los mensajes que le acaban de llegar. En las imágenes de la laptop, su sobrino aparece avanzando en un universo pintado en tonos de verde debido a la función de visión nocturna de las cámaras en alta definición.

“Sector paltos, en orden”, avisa por la radio.

“Sector paltos en orden, enterado”, le confirma Carlos.

“Ti…”, habla Carlos y la comunicación se corta.

“Frank… ¿Frank, cambio?”

En la pantalla el joven aparece congelado al igual que todo el entorno. La única respuesta que se recibe es estática.

“Frank… ¿Frank? ¡Cambio!”

El capataz se asusta, abre un armario y saca una segunda escopeta, toma otro radio portátil y sale a la zona donde están las plantas de palta.

“¿Frank? Responde. ¿Cambio?”

Más estática. De pronto se oye un disparo.

“¡¡Frank, sobrino!!”

Carlos prende la linterna y corre hasta donde ha escuchado el balazo. Una luz amarilla se mueve errática entre las plantas.

“¡Alto ahí, carajo!”

Carlos reconoce la voz nerviosa de su sobrino:

“¡Soy yo, tu tío!”

El capataz da alcance al joven y lo encuentra nervioso y agitado.

“¿Qué fue eso, tío?”, tiembla.

“¿La viste, ¿no? ¿La viste, Frank?”

El muchacho no sabe qué responder.


 

En Santa Cruz, algo lejos del episodio tenso, Tito descubre que puede meter en la misma ducha a dos hombres más de su contextura y, aunque están algo apretados, pueden disfrutar la experiencia sensual de librarse del sudor, llenarse de un aroma más agradable, quedar limpios mientras intercambian besos y caricias, mientras sienten todos sus cuerpos firmes rozarse con suma facilidad, mientras sienten sus penes erectos moverse como resortes sin temor de un delante, un detrás, un activo o un pasivo. No hay etiquetas cuando el verdadero placer surge entre dos, tres o más personas que aceptan libremente las reglas del juego. Y a pesar de la excitación, no están tensos, no se sienten agotados, no sienten nada más que el momento. Así es cómo Adán logra introducir su pene erecto dentro del ano de Owen, y en lugar de hacer el típico movimiento hacia el frente y hacia atrás, construye un sutil baile meneando sus caderas con variaciones que apenas marcan unos milímetros.

“¿Tú gustar?”, pregunta Owen a Tito.

“Es enorme. ¿Cuánto te mide?”

“Voltear… el tamaño no importar””.

Tito gira como puede, respira hondo y lento como le enseñó el instructor, relaja todo su cuerpo –que de por sí ya lo tiene relajado—y levanta un poco las nalgas concentrando su energía en un punto justo al medio de su entrepierna.

“Ya”, avisa.

Las manos de Owen acarician las caderas de Tito hasta moverse hacia su pene, el que masajea suave y lentamente.

“Danza, Tito”.

El gladiador comienza a mover su cadera casi imperceptiblemente, y siente que algo invade su ano.

“Resppirar lento… no desenfocar”.

Tito percibe la intrusión pero no siente dolor. Gime al igual que los otros dos varones, mientras mantiene el ritmo ralentizado y profundo del aire oxigenando cada célula de su cuerpo.

“Ve a tu lugar mágico”, susurra Owen.

Tito cierra los ojos y se transporta hasta su temprana adolescencia en Shacshapampa, un valle verde de grandes árboles, cultivos fértiles, altas cordilleras que le sirven como protección, el lugar donde se jugaba subiendo y bajando las laderas, retozando en la quebrada, recolectando dulces frutos, oyendo e imitando el trinar armonioso de las aves, gozando el cielo azul con las nubes cual copos de algodón, bebiendo leche recién ordeñada, comiendo rico jamón con maíz y queso, siendo feliz, intensamente, inmensamente feliz.

Gira, escucha el susurro en su mente.

Tito ya no siente la opresión en su ano; da media vuelta y, sin abrir sus ojos, mete su pene a Owen, quien hace lo mismo con Adán, cuyo lugar ideal es esa playa donde pasó sus vacaciones apenas cuando había cumplido dieciocho años, en La Santitta, corriendo por la arena, animándose a nadar en el tranquilo mar, pescando algo en los roquedales que podían ingresar sin ser arrastrados, pasando tiempo con un joven tan atlético como él con quien solía patear pelota.

“Este sitio es místico”, le dijo alguna vez.

“¿Por qué?” le respondió el Adán postadolescente.

“¿Ves ese montículo cerca al mar?”

“¿El que parece de barro?”

“Ajá. No es natural”.

Haciendo elipsis mental, se coloca con su amigo en la base del montículo. Es grande, quizás como una casa de dos pisos.

“¿Lo subimos?”

“Claro”, le dice su amigo, “pero antes tenemos que hacer el rito de los guerreros”.

“¿Cuáles guerreros?”

“Los antiguos guerreros de la Luna”.

Su amigo ya está totalmente desnudo para ese momento.

“¿Por qué te calateas, huevón?”

“Porque el rito se hace calato”.

Adán se da cuenta que también está completamente desnudo. Su amigo, entonces, se le aproxima, lo abraza, le da un beso en la boca y pega su pene tan fuerte como puede al otro pene.

“Éstas son mariconadas”, protesta Adán sin mucha convicción.

“La tienes bien parada, huevón”, le sonríe su amigo, quien de inmediato se arrodilla para chupársela. Mira alrededor: están solos. Una vez que termina la mamada, su amigo se voltea y se pone en cuatro patas.

“Cáchame”, le pide.

Adán obedece. Y gime, jadea, disfruta, experimenta por primera vez la calidez del agujero de otro varón.

“Sigue así. Poséeme”. Siempre vas a encontrarme junto al mar… recuerda que siempre vas a encontrarme junto al mar”.

Alguien le pide a Adán que gire, y él obedece.

Quedan atrás sus recuerdos de la playa, y su presente está dentro de esa reducida ducha junto a su primo y a Owen.

“Hacer triángulo”, pide el instructor.

Los tres se abrazan, se besan indistintamente, siguen moviendo sus caderas haciendo chocar sus penes erectos.

“Venir ahora… venir”.

Los tres dejan de contener la energía que tienen en la entrepierna y comienzan a liberarla sin importar si cae en la ingle, los muslos, el suelo húmedo, la oscuridad de esa noche de viernes, cuando el cuarto creciente trata de iluminar el cielo parcialmente nublado.

 

viernes, 18 de junio de 2021

La hermandad de la luna 4.4

A las diez de la noche, el sauna de vapor en el Xtreme Body Gym & Spa, en Collique Sur, solo tiene dos ocupantes: un fisicoculturista trigueño de baja estatura y Christian, quien comienza a mirarlo de reojo al inicio y luego con un descaro total, al punto que sus ojos poco o nada disimulan el interés que ha puesto en la rasurada entrepierna del musculoso. Y éste tampoco parece estar incómodo con la revisión visual a pesar de la penumbra, pero no intenta nada más. De pronto, la puerta se abre e ingresa un sujeto de contextura normal pero músculos más marcados que masivos.

“¿Qué hay, esteves”, saluda a Christian. “¿Qué dice la noche brava?”

“¿Qué hay, García?”

El recién llegado se sienta entre Christian y el musculoso.

“Bien aquí, relajándome tras una semana de escritos, diligencias, declaraciones… en fin, tanta chamba”.

“¿Hace cuánto asumiste? ¿Ya estás como titular o sigues como provisional?”

“Dos meses, huevón; provisional todavía. De todos modos daré el examen en octubre a ver si agarro una titular. ¿Tú sigues lamiéndole el culo a los Rodríguez?”, García se sonríe.

“Tratando de que las cosas sigan en orden”, responde Christian.

“Lástima lo de Manolo… era tan…”

Christian le topa el muslo a García con el suyo.

“¿Y qué te pasó anteanoche, esteves? ¿Cierto lo del venezolano?”

“¿De qué hablas, García? ¿Hay algún atestado con mi nombre?”

“No, y me pregunto por qué no existirá”, le responde mientras comienza a manosearle el pene y los testículos desparramados entre sus dos muslos.

“Ten cuidado que el monstruo puede despertarse”, sonríe Christian.

“No me digas que tienes pánico escénico”.

Entonces García palmea sinvergüenza el muslo del fisicoculturista.

“Buenas piernas, amigo. ¿Cómo te llamas?”

“Ehh… César. Me llamo César”, responde el otro muchacho con cierto nerviosismo.

“¿Nuevo por acá, no? ¿Eres de Collique?”

“ehh… sí, vivo cerca; lo que pasa es que recién empecé esta semana”.

“¿Y vienes por relajo o piensas competir… César?”

“Si encuentro sponsor, claro, me gustaría competir”.

García lleva su mano a los genitales del chico:

“Yo ssé que prepararse cuesta un culo de plata, y a veces es jodido hallarla”.

“Sí, es jodido”, sella César mientras abre un poco más sus voluminosas piernas.

Por su parte, el pene de Christian, con tanta manipulación, ya está duro, así que García, sin inhibición alguna, se agacha para chuparlo.

“Aguanta, huevón”, intenta detenerle el abogado, pero la cálida boca ya se está tragando el miembro.

“Hay un cuarto de descanso privado atrás”, informa César.

Christian lo mira con la poca luz que entra: el fisicoculturista está masturbándose.

“Tengo una mejor idea”, dice el abogado.


 

Las cuentas vuelven a cuadrar sin problemas en el AMW. Tito y Owen están sentados en el escritorio de la entrada, mientras al fondo, Adán está a mitad de sesión de piernas.

“¿Tiempo de entrenar?”, consulta el instructor.

“Pero no desnudos”, responde el gladiador haciendo un gesto hacia su primo, quien viste su enterizo alicrado y zapatillas.

“A él no molestar”, anima Owen.

Tito sonríe:

“¿qué nos pasó anoche, Owen? ¿Qué nos pasó ayer en la mañana?”

“Apaguemos luces”, responde el apelado sin ocultar sus blancos dientes. Tito se pone de pie.

“¿Tú saber que los chakras ser?”

“Ni idea. ¿Tú?”

“Para los antiguos indios, chakra ser un centro de energía. Nosotros tener más de doscientos en todo el cuerpo, pero haber siete principales: arriba de cabeza, aquí sobre tus cejas, la garganta, en medio de pecho, donde ustedes llamar boca de estómago, debajo de ombligo, y entre tus bolas y ano. El de arriba cabeza ser siete, y el detrás de bolas ser el uno”.

“O sea el de las bolas es el más importante”, comenta Tito.

“No”, aclara Owen. “Los números no expresar importancia pero orden. Y cuando haber orden, haber balance. Entonces, la función de chakras es mantener nuestra energía física, mental y espiritual balanceada. Si un chakra no estarlo, el ser no tener armonía”.

“¿Y por qué tuvimos sexo?”

“El chakra uno ser el chakra  raíz de todo nuestro ser. Ahí comenzar todo: la vida, la energía, la creatividad, la trascendencia. Antiguos indios llamarlo muladara y ser el primer centro de energía”. Entonces, cuando tú tenerlo bloqueado, tu energía no fluir, quedar acumulada, y cuando acumular energía, poder manifestar en una forma violenta”.

“¿Por eso tuvimos sexo?”

“Tú llamarte guerrero, y todo guerrero necesitar esa energía para saber cómo responder los retos de la vida, y saber elegir qué retos tomar. Antiguos pueblos de acá sospecharlo; por eso, organizar torneos de combate no para matar contendor pero recanalizar energía. El combate siempre es perdido por el que no tiene energía balanceada, y sexo conseguirlo. Por eso, vencedores tomaban sus penes en ano de vencidos, no como castigo pero rebalance”.

“Pero nosotros no combatimos ayer ni anoche”.

“Tú fluir mal tu energía, y tu energía no estar balanceada. Anoche traté tu energía fluir mejor. ¿Cómo sentir hoy?”

“Curiosamente mejor que ayer”.

“Ahora, ver esto”.

Owen sonríe y avanza hasta donde está Adán, quien descansa entre series de sentadillas. Bajo la única luz fluorescente encendida, le toma la espalda media. Adán lo mira, le sonríe, se voltea hasta quedar frente a él, lo abraza –lo que es correspondido—y lo besa en la boca. Tito se queda boquiabierto. Owen toma las tiras del enterizo de Adán, que descansan sobre ambos trapecios, y comienza a bajarlas, desnudando progresivamente y por completo el cuerpo de luchador, quien hasta ayuda moviendo las piernas para que la prenda empapada en sudor abandone por completo su cuerpo. Adán espera a que Owen se ponga en pie para quitarle la camiseta manga cero y el short, dejándolo también completamente desnudo. Ambos se sonríen y miran a Tito.

“¿Qué esperar?”

El gladiador se les acerca. Mientras Adán lo libera de la camiseta, Owen lo libera del short; luego, ambos toman cada lado del microbóxer y lo dejan como Dios lo trajo al mundo. Aunque, a decir verdad, lo único que los tres traen puestas son sus zapatillas.


 

En el dormitorio lateral de la casa grande, Flor trabaja en su laptop, y se detiene un momento. Se estira en la silla, suspira. De pronto tocan su puerta. La chica se pone de pie.

“¡Ya voy, tío Carlos!”

Pero, al abrir la puerta.

“Hola, muñeca”.

Frank está vestido con un mono y gorra blancos que tienen bordada una Luna cuarto creciente en hilos negros brillantes; calza unas botas negras para lluvia.

“No solicité servicio a la habitación, joven”, sonríe la chica.

“Es cortesía de la casa”, responde el galán y activa su celular. Una melodía interpretada con un saxofón suena desde alguno de sus bolsillos. El muchacho ingresa al dormitorio y comienza a moverse muy lento y muy sexy. La chica sonríe y se sienta en la cama para apreciar mejor el espectáculo privado. Frank agarra la gorra y se la saca, la sostiene con sus dientes  y, sin dejar de bailar y dar vueltas, toma la cremallera del mono y se lo baja, descubriendo su pecho velludo y musculado, así como sus abdominales bien definidos, y por supuesto esos brazos cuyos bíceps y tríceps parecen olas. El elástico de la cintura impide que el resto de la prenda caiga, lo que será imposible si primero no se deshace de las botas, las que quedan a un lado de la cama. Sigue bailando y esta vez toma el elástico, lo expande y empuja el resto del mono hacia el suelo. Flor no puede creer que debajo, el chico luzca una tanga negra hilo dental con una Luna blanca bordada justo ahí adelante. A pesar que no tiene sus nalgas depiladas, el hecho de que sean grandes lo perdona todo. Entonces, el mozo se acerca a la chica, libera la gorra que sigue entre sus dientes, se la pone a la altura del paquete y mueve sus caderas. Ella entiende el mensaje: toma las tiras de la tanga y comienza a bajarlas dejando que se deslice piernas abajo. Con una patada,  Frank tira la prenda más allá y baila sin quitar la gorra de sus partes íntimas; lo que sí no deja a la imaginación es su gran trasero. Cuando la música acaba, se coloca delante de Flor:

“La gorra es suya, señorita”.

La joven ríe algo atontada, pero no alarga el momento más: quita la gorra y se la pone a la cabeza.

“No vale con trampa”, reclama ella al ver que Frank usa sus manos para tapar su pene y sus testículos.

“¿Sabes abrir puertas?”

“Todas, Frank. Todas”.

Flor toma ambas manos con las suyas, las retira. Él toma los hombros de ella, la pone de pie, la abraza y la besa con dulzura en los labios. Comienza a desnudarla por completo. Por fin, ese chico y esa chica pueden expresarse el deseo que hace meses los invade. Él por fin puede besarle el cuello, los senos turgentes, los pezones duros, la delgada y suave cintura, paladearle la intimidad que la chica le ha guardado mientras acaricia sus piernas, y ella gime y jadea sin censura, tanto que, en compensación, le hace el mismo recorrido al hombre, a quien termina por succionar los dieciseis centímetros con un glande más grande que el resto del tronco, lamiendo unas ricas pelotas tapizadas de fino vello. Frank se pone un preservativo, y mientras se acuesta sobre la chica, le introduce poco a poco su peculiar falo. Las cosquillas que ambos sienten los transportan de un lado al otro de la cama, arrugan las sábanas y cobijas, hacen que la laptop pase a hibernación descuidando que su ojo electrónico mire cómo dos almas libres hacen el amor con intensidad y romance, cómo Flor se sienta sobre Frank demostrándole que ella también tiene tanto control, o quizás más que él, que el mejor momento para llegar al clímax es acostándose de lado y dándose un beso que parece eterno, viendo cómo poco a poco los dos amantes recobran la conciencia y se asustan al darse cuenta de un detalle que termina por generarles risa:

“Nos olvidamos cerrar la puerta”.