Llegó el momento en
que no estaba seguro qué cuerpo estaba acariciando, ni qué cuerpo me estaba
acariciando.
También llegó el
momento en que todo mi estado de conciencia desapareció, tanto que ya no
recuerdo nada más.
Lo siguiente que viene
a mi memoria es el cuarto ya iluminado por la luz del sol mañanero. Estaba
desnudo sobre los cojines. El bailarín descansaba sobre mi pecho, también
desnudo. De Eduardo no habían señas.
Desperté al chico.
“¿Mi ropa?”, le
consulté.
“Tranquilo. Está en mi
cuarto. La primera puerta a la derecha. Todo está completo”.
Me acarició el
pectoral.
“¿Y Eduardo?”
“No sé. Seguro está
dormido en el cuarto, o en el baño; pero no te preocupes por él”. El chico se
incorporó y buscó mi boca, la que no le puse a su alcance.
“Hagamos el amor de
nuevo. Anoche estuviste bárbaro”.
“Quisiera, pero no.
Hoy me caso. A todo esto ¿cómo te llamas?”
Sonó la puerta.
Alguien la abrió.
“¿¡Eduardo”?”, llamé.
Se corrió el velo de
la cortina.
“Eduardo está abajo.
Por lo visto, no es bueno haciendo recados”.
Era ¿Laura?
Solté al otro
muchacho, quien no se despegaba de mi hombro. Me restregué los ojos.
¡No era una visión!
¡¡No era un sueño!! ¡¡¡Circulinas y sirenas!!!
“quieres dejarnos
solos?”, demandó ella al bailarín aún desnudo.
El muchacho,
evidentemente atemorizado, obedeció. Yo me senté sobre los cojines y me cubrí
los genitales con uno de ellos.
“Laura, yo… yo puedo
explicar”.
“No es necesario. Las
cosas se explican por sí solas. Claro, el señor ya no me era infiel porque
había dejado de buscar mujeres. ¡Y yo de babosa, confiando en todo el mundo!
¿Sabes? Eduardo me contó sobre sus noches de pasión, sobre la vez que él me
entregó tu reloj. Ahora entiendo por qué le tenías cólera. ¡Puro engaño,
Rafael! ¡Puro engaño!”
Me puse de pie,
ofuscado.
“sí, Laura. Soy
homosexual. Me costó trabajo darme cuenta, pero eso es lo que soy. ¡eso es con
quien quieres casarte”!”
Laura vino y comenzó a
darme puñetes en el pecho.
“¡¿Y por qué recién me
lo dices ahora?! ¡¿Por qué no fuiste lo suficientemente valiente para decírmelo
antes?!”
Laura comenzó a llorar
y dejó de puñetearme. Yo no me moví de donde estaba, y eso que no estaba seguro
bajo ningún aspecto.
“Ya no te cases
conmigo. Sería lo más honesto”.
Laura se calmó un
poco.
“No, Rafael. No te voy
a dar ese gusto. No le voy a dar a nadie ese gusto. Tú juraste llevarme al
altar, desposarme y así será. Tenemos invitados, tenemos una fiesta, tenemos
reservas… No vas a dejarme en ridículo”.“
“Voy a vestirme”.
Caminé y pasé por su
costado.
“solo algo más”, me
retuvo. “Josué sabía de esto?”
“Sí”.
“Ahora entiendo su
negativa. Por lo menos, él sí tuvo un poquito de dignidad”.
La miré fijamente.
“También lo hice con
él”.
Laura volvió a llorar
con amargura.
Llegué al cuarto donde
me dijeron que estaba mi ropa. La encontré doblada y con todo completo. Al
ponérmela, me di cuenta que algo había debajo. Lo extendí: era el traje
ajustado que había usado en el cumpleaños de Laura. Un papel pegado en él
decía: “Te dije que yo iba a tener la razón. NDNPNQ. Perdiste por fin”. Lo tiré
con rabia al piso, luego lo tomé.
Laura y yo bajamos del
edificio. Yo aferraba ese traje en mi mano, cual bandera de una guerra que
había perdido.
A diferencia de otras
ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su
espalda cada vez que debía frenar.
Llegamos.
Josué me dejó en la
vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.
Me dio la mano con
fuerza.
“Rafo, no hay nada qué
pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.
Sentí su voz
quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.
“Solo dímelo, y soy
capaz de…”
“Rafo, ya lo sabes… Lo
mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.
“No me pidas eso. ¡Me
necesitas!”
Josué ya estaba
llorando.
“No. No lo hagas por
mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.
Se calmó un poco.
“Josué, no me pidas
que deje de verte. No tú”.
“Te amo, Rafo. Te amo
con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.
Arrancó la moto y se
fue.
Comencé a llorar en
plena calle. Presentía lo peor.
Toda esa semana, Josué
no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme
para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir,
según deduje).
En lo que a ese
domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.
El resto de la semana
no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y
me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.
Igual, esa semana se
hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos
del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y
me mandaba directo a la cama.
El viernes, víspera de
la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde
nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos
Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me
esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.
Laura se las había
ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran
en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.
Hubo los juegos de
siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que
nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en
hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie
y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el
trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le
dio lo mismo si eran bonitos o feos.
La reunión finalizó
casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.
“Rafo, le pedí a
nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.
¿Nuestro amigo? Si
algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse
con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no
pedirle cátedra de eso.
“¿Ah sí?” Me lo quedé
mirando.
“Sí, Rafito, como
Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.
Al fondo salían los
dos strippers.
“OK. Que me lleve a
casa, entonces”.
Me retiré con Eduardo.
“Menos mal que mañana
estaré casado”, le dije rezongando.
Fuimos hasta el auto.
Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para
todos nosotros tomaban un taxi.
“Estuvo misio el show
de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.
“Sí, medio monse”, le
respondí.
“Sé que Laura me
encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una
verdadera despedida de soltero”.
“¿Una disco de
ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.
“Mejor que eso”.
Eduardo hizo una
llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a
un departamento.
Nos recibió un chico
blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz,
perfumada y con una música a punta de saxo y piano.
Cruzamos una especie
de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por
todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y
difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía
árabe.
El anfitrión había
cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a
bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles
cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.
Eduardo me convidó de
una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.
Lo caté y encontré
agradable.
El muchacho ya se
había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente
labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.
El chico me pidió la
botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de
Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa.
Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los
jeans.
Un cuarto de botella
después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando
sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de
quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.
Yo, obviamente, nada
de sueño; estaba más que excitado.
El bailarín se
levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le
hiciera lo mismo que él le había practicado.
Como era de suponerse,
la performance se repitió.
“Desnúdate”, me dijo
el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.
No esperé más. Me
quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había
otra botella de licor.
“Tómala”, me dijo.
La agarré, la abrí y
la bebí sin usar copa ni vaso.
“Ven”, me invitó.
Eduardo nos hizo sexo
oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al
dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y
que lo probara.
El bailarín sacó unos
condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos
indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad
nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.
Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro
gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.
Para ser el
abogado de un presidente homofóbico, la imagen de Ricardo Milos bailando
exóticamente en medio de una audiencia judicial es qcomo recibir un golpe de
pinga en las mejillas… o en el mismo culo.
La imagen que se
vio durante la audiencia corresponde al stripper, modelo y escortbrasileño Ricardo Milos, quien se hizo
famoso allá por 2011 cuando su imagen bailando eróticamente luciendo una
pañoleta roja y una tanga con los colores de la bandera estadounidense se
hizo viral alrededor del mundo, especialmente en la comunidad gaymer… perdón,
gamer.
Lo
particularmente curioso es que el presidente peruano Pedro Castillo se ha
declarado abiertamente contra la comunidad gay durante su campaña
política, incluso parece tener problemas con las mujeres porque es lo que más
escasea en su gabinete. Además, muchos de sus ministros y funcionarios tienen o
han tenido denuncias por violencia contra las mujeres, incluso violación
sexual. ¿No será que Castillo tiene su ladito gay? Quién sabe.
Mientras tanto, Lo
poco que se sabe deRicardo Milos es que habría nacido en 1977, que mide metro
72 y pesa 86 kilos. O sea, es culturista.
Los videos
de Ricardo Milos parecen ser populares en la comunidad de abogados peruanos
porque su imagen también ha aparecido en una audiencia virtual aquí en la
ciudad de Piura. Y por lo visto, tienen un gran archivo de videos de
strippers porque también aparecieron en otras audiencias en todo el país.
Nosotros hemos buscado
si hay videos de Ricardo Milos calato, pero no hemos encontrado nada. Si
tú tienes alguno, avísanos. Mientras tanto sí hemos hallado este video suyobailando y este otro video suyo bailando. Se mueve rico el csm, ¿no? No olvides comentar acá abajo o en nuestro Twitter.
Tras un show
porno, Alejo se lleva una inesperada sorpresa.
Cuando la noche
del viernes acaba y comienza la madrugada del sábado, un grupo de cinco chicos
se bañan desnudos en la piscina de la casa de enrique. El agua está temperada,
así que si bien en el resto de la ciudad corre viento frío, adentro del agua,
la cosa se mantiene de tibia a fresca. Alguno sale al bar que allí se dispuso y
en el que enrique está desplegando su otro talento: bartending.
“en un momento
tengo listo tu trago”.
Enrique lo
prepara y lo sirve. El chico, delgado, se apoya en la mesa viendo la única
prenda que el bartender está luciendo esa noche: un bóxer rojo opaco de
adelante pero transparente de las nalgas. Y enrique tiene un generoso par de
nalgas. Sorpresivamente, entra Alejo vestido de la misma manera y de frente se
para frente a Enrique:
“Oe, ¿por qué me
quitaste mi chamba?”, le reclama.
“¿De qué chamba
me hablas? ¿Acaso tú llegaste a tiempo para dedicarte a tu… chamba?”
Para sorpresa de
todos, Alejo da empellones a enrique y lo lleva hasta el otro lado de la
piscina. Los ocupantes quedan desconcertados. Los dos patas vestidos con la
misma sexy lencería se agarran a pelear allí delante de todos, y en una
maniobra de Alejo, ambos caen a la piscina. Enrique trata de llegar al borde
pero su oponente trata de halarlo al agua, y en el forcejeo, le termina
quitando el bóxer. Al quedarse oficialmente desnudo, enrique da media vuelta e
inicia la lucha dentro del agua. Los otros invitados se acercan a separarlos.
Ambos púgiles se dejan controlar (y de paso manosear) por los otros bañistas.
“¿Sabes cómo
resolvemos esto?”, ddesafía Enrique. “Con un duelo”.
“Acepto el
duelo”, responde Alejo.
Ambos salen de la
piscina pidiendo antes que el resto no intervenga y que se mantenga tranquilo
porque será el jurado.
“Pero yo ya estoy
encuerado y tú no”, observa Enrique.
“No me paltea
ccalatearme”, responde Alejo, y en el acto se saca el bóxer.
Ambos se juntan e
inician combate cuerpo a cuerpo; pero ante los ojos de los otros cinco en la
piscina, algo raro pasa con esa lucha, porque poco a poco, las bocas de ambos
contrincantes se buscan hasta besarse profundamente. Tras algún rato, al
separar sus cuerpos, sus vergas, cada uno bien dotado con 18 centímetros, están
bien al palo. Encima tienen hermosos culos. Allí mismo comienzan una guerra de
espadas.
La concurrencia
entiende, entonces, que todo es un montaje, pero un montaje erótico. Alejo hace
una llave y Enrique gira dándole la espalda, lo que permite rrestregar su pene
erecto entre las nalgas del anfitrión.
“Te he vencido”,
le dice.
“Tienes razón…
acepto la derrota”.
“Ponte de
rodillas”.
Enrique se hinca
ante Alejo y comienza a chuparle el pene y lamerle las bolas. Debajo del agua,
algunas erecciones entre los concurrentes comienzan a manifestarse. Alguno
aprovecha y toca el miembro del compañero y comienza a pajearlo.
En el borde, tras
mamarla por buen rato, enrique se voltea y Alejo se agacha para inclinarse,
abrirle las nalgas y aplicarle un buen beso negro. Enrique gime y jadea
extasiado. Bajo el agua, ya no hay mucha inhibición: es evidente que al menos
dos parejas de patas se están pajeando.
Aprovechando la
postura de enrique, Alejo escupe entre las nalgas y comienza a meter su pene erecto. Cuando
logra introducirlo todo, comienza a mecerse vigorosamente. Ambos machos siguen
gimiendo y jadeando. Adentro del agua, una de las parejas se anima también a
practicar sexo anal mientras los otros cuatro miran, se pajean, o se besan.
Tras veinte
minutos de espectáculo, Alejo saca su pene, lo pajea y dispara su semen en la
nalga de enrique más visible ante su público. A su vez, Enrique se pone de pie
frente a Alejo, se la pajea también y le eyacula entre los dos grandes y lampiños
pectorales. Por fin, ambos se ponen de pie, se besan en la boca nuevamente y
hacen una venia al respetable que aplaude:
“Feliz aniversario”,
saludan a los dos que están en pleno coito aún en la piscina.
Alejo y enrique
van a ducharse al segundo piso de la residencia.
“Solo espero que
ese pasivo esté limpio de la panza, si no, mañana tendré que cambiar el agua”,
reclama el dueño de casa. “Por cierto, cabrón, tu idea de la performance
estuvo cañón”.
“Como que ya
salíamos de lo mismo del baile y del calateo, ¿no?”
“¿Te quedas a
pasar la noche?”
“No, enrique. Me
prestaron la moto y tengo que devolverla”.
“Con tu
exclusividad deberías pensar en comprarte una moto”, sonríe el anfitrión.
Enrique baja
rápidamente a la piscina vistiendo un bóxer blanco convencional.
“Si desean, tengo
un cuarto”, avisa a la pareja de enamorados quienes siguen abrazados.
“Ya lo preñé hace
rato”, sonríe el que está detrás.
Cuando Enrique
regresa a la barra pensando que definitivamente el resto de ese sábado se la
pasará desaguando, llenando y desinfectando la piscina, uno de los invitados
emerge.
“¿Y el otro
chico?”, pregunta dándole alcance.
“¿por qué?”
“¡Da servicios?”
Enrique casi
choca con Alejo cuando éste baja lasescaleras.
“Te tengo un
cliente”.
Alejo se lo
piensa.
Diez minutos
después, el invitado que preguntó por el escort abre la puerta de uno de los
dormitorios. Al entrar, Alejo lo espera tapado en la cama.
“Ponle seguro”,
pide el gigoló.
Cuando la puerta
está cerrada y asegurada, Alejo se destapa: está calato, y su pinga está más
dormida que erecta. El invitado, ahora convertido en su cliente, se acuesta a
su lado. Alejo lo abraza y lo besa en la boca:
“Prepárate para
gozar”, le anuncia.
Tras un poco de
caricias románticas, Alejo se pone bajo el hombre, de unos 35 años, y deja que vaya
hasta su pinga para chupársela:
“Los huevos
también”, indica.
Con sus 18
centímetros duros y autolubricando, lo siguiente será forrarse con un condón y
meterle del otro lubricante, el de base de agua:
“Siéntate y
cabalga”.
El cliente sigue
las instrucciones y lentamente se sienta sobre la gorda vara de carne hasta que
su ano la engulle toda. Comienza a rebotar.
“Cáchame,
Alejandro, cáchame así”, gime de dolor el hombre llegando al éxtasis.
El escort se
extraña de que lo llamen por su nombre real, pero trata de restarle importancia
y gira con su cliente hasta meterle verga haciendo un piernas al hombro. El cliente
comienza a pajearse hasta que no aguanta
más y eyacula en su propio vientre, lo que estrecha su recto y es la señal para
que Alejo cese la penetración.
“Pensé que harías
carrera en el Ejército”, le dice el hombre.
“Alejo se
extraña.
“¿No te acuerdas
de mí?”
“No, la verdad”,
sonríe el escort para no generar conexión y porque realmente no lo recuerda.
“Fui tu profesor
reemplazante de Literatura en la secundaria. No te reconocí por el corte de
pelo y los músculos, pero ese timbre de voz y esos ojos…”
“¿Quieres que te
devuelva tu plata o…?”
“No, Alejandro.
No es eso. Solo que no pensé encontrarte aquí y así. Más bien, si quieres puedo
conseguirte trabajo, digamos, no sé… Ahora estoy a cargo de una oficina en educación,
aquí en la Regional y…”
”Gracias. Yo te
aviso”, contesta secamente el escort, levantándose de la cama. “Puedes ducharte
aquí”, le señala la puerta del baño.
“¿Dije algo
malo?”
Alejo toma aire y
disimulando su incomodidad todo lo que puede:
“Creo que me
confundes. Yo soy Santiago. Y, claro, siempre que sea para cachar, nos podemos
ver. Espero lo hayas disfrutado”.
Así, calato,
Alejo deja la habitación y deja a su cliente totalmente desconcertado.
Un poco
después de esa hora, en algún condominio de surco, un grupo de mujeres departe
entre música de Christina Aguilera y algunas piñas coladas. Una rara
combinación.
“Si te
quieres divorciar, divórciate, le dije”, relata una mujer cuarentona de cabello
recogido teñido y un vestido casi sastre. “¿Crees que quiero un solo centavo de
tu mugre plata?”, blande su copa. “Te equivocas, papacito”.
“¿Y qué
dijo?”, pregunta otra de cabello más corto, muy maquillada.
“Me dijo:
tampoco esperes recibir un solo centavo. Pero el muy idiota olvidó notariar el
acuerdo de bienes separados y… es bueno cuando tu caso lo ve una jueza”.
Todas ríen.
En eso, tocan
el timbre de la casa. Una tercera mujer se levanta a atender.
“Me das el
teléfono de tu abogado”, pide la segunda. “Como van las cosas, la separación
será cuestión de unos meses… Eso sí, ni loca lo dejo cargadito, sino cagadito”.
Todas ríen.
“Somos hermanas,
recuerda”, asevera la primera.
La mujer que
salió a atender la puerta reingresa:
“Chicas,
chicas… creo que estamos en problemas”.
“No me
jodas”, reclama la primera mujer.
Entonces,
entran a la sala un hombre alto, su cuerpo atlético dentro de un uniforme verde
de policía, grandes lentes de sol (considerando que son nueve y media de la
noche o por ahí), que se los quita. Detrás suyo, ingresa otro hombre en un
atuendo parecido, aunque un poquito más alto.
“Perdonen,
señoras”, dice con voz marcial, “pero los vecinos nos han reportado que hay un
barullo aquí que está incomodando”.
“¿Y desde
cuándo las Águilas Negras intervienen un hogar sin autorización judicial,
suboficial?, reclama la primera mujer.”
“Porque
nosotros no somos las Águilas Negras”, responde el hombre y coloca un raro aparatejo
en el suelo. “Somos… las Águilas del Placer”.
El que lo
ssecunda se agacha y toca el cubo de plástico y una música electrónica se
escucha. Ambos uniformados se ponen en el centro de la sala, espalda con
espalda, y comienzan a contonearse. Las damas entienden que eso no es una
intervención policial verdadera y se arremolinan. Ambos se acercan a la primera
mujer, la ponen al centro y bailan junto a ella; es cuando cada cual toma cada
mano de la dama, la ponen sobre sus camisas.
“Jala”, instruye
el supuesto policía.
La mujer
obedece y dos pares de pectorales más tres pares de abdominales definidos
(además de cuatro bien torneados brazos) aparecen no solo ante ella sino ante
todas sus amigas. La música avanza. Los dos hombres se quitan los cinturones
que aseguran cada pantalón y juegan con ellos.
“Jala”.
Tira de los pantalones
y ambos adonis no solo permiten que el selecto respetable aprecie sus muy bien
trabajadas piernas, sino que las mujeres que pueden ver sus espaldas puedan
contemplar sus dos redondas nalgas en toda su gloria, en especial del chico más
alto y que ha permanecido mudo toda la presentación. La homenajeada tendrá que
imaginar qué hay debajo porque los bultos están asegurados con una licra
blanca.
“¿quieres
más?”
“¿Por qué no?”,
responde la mujer.
El primero
deja de contonearse, junta sus piernas y en un movimiento rápido se baja el
hilo dental y logra sacárselo a pesar que los borceguíes siguen aferrados a sus
pies. Entonces, el segundo hace lo mismo. Las mujeres enloquecen aunque no por
mucho tiempo. La música acaba y el acto también. Ambos le dan un beso en cada
mejilla:
“Feliz
cumpleaños”, le sonríen al unísono.
Agradecen al
resto del público, recogen su ropa, el cubo de plástico (que en realidad es un
parlante uSB) y se retiran a a un
pasadizo de la casa donde se visten de nuevo. Quien fue a abrirles la puerta,
les da alcance:
“, Soberbio,
chicos”.
Evandro y
Osmar se aseguran los broches de velcro que permiten quitar o poner los
pantalones sin tener que meter cada pierna en una manga.
“Gracias”,
responde el primero, muy sonriente.
Ya vestidos,
los dos chicos salen al pasillo y se dirigen al ascensor.
“Cuando
estemos seguros en el carro, te transfiero”, avisa Evandro a Osmar.
“Tranquilo,
pana”, le responde.
La puerta se
abre y ante los dos falsos uniformados aparecen dos verdaderos serenos. Osmar
se asusta un poco mientras su compañero disimula muy bien su sorpresa.
“Suboficiales,
buenas noches, ¿los llamaron por un incidente en este edificio?”, pregunta uno
de los efectivos, quien se queda un poquito boquiabierto examinando la cara del
sujeto que tiene enfrente. “Aguante… usted no es suboficial”.
Osmar se da
por perdido. Evandro carraspea:
“Mire, yo le
explico. Lo que…”
“¡Evandro
Cruzado! ¡Claro! Usted es el de las novelas, esa serie. ¿Cómo no me había
acordado de su cara?” Y volteando hacia su otro sorprendido compañero: “¡Evandro
Cruzado, Rojas! ¡Hombre, el Felipe de Mientras
no te vayas, el Ramón de Ronda de
fuego”.
El segundo
sereno parece caer en la cuenta.
Por su parte,
Evandro sonríe aún medio asustado:
“eso le iba a
decir… en realidad, venimos de un… casting”.
“Ah”, ahora
se sorprende el sereno. “¿en este edificio?”
“A veces lo
citan a uno en sitios inesperados, es parte de la carrera”.
“Ah, mire
usted. Nosotros vinimos porque nos reportaron que hay una fiesta y los vecinos,
usted sabe. ¿No habrá escuchado nada por ahí?”
“No”. Evandro
se voltea hacia Osmar: “¿Tú?”
El aludido
hace un gesto de ignorarlo todo.
“Bueno,
investigaremos. ¿Se toman una selfie
con nosotros?”
“Pero no
podemos hacerlo con estos uniformes…”
“Decimos que
estaban grabando una novela. Total, cuánta gente no se disfraza en estos días”.
Evandro y
Osmar acceden y posan junto a los serenos.
Los movimientos son precisos, fuertes,, más de gimnasta que de bailarín.
“Oye, ¿ése no es… no es Edgar?”,
se sorprende Juan García en el privado.
“¿Cómo se atrevió?”, se pregunta a su vez, un desconcertado Christian.
La estrofa acaba y la luz de todo el local se apaga súbitamente.
Al encenderse, el bailarín ya no está solo en el escenario. Lo acompaña
un hombre negro con una estructura muscular armoniosamente precisa, el cuerpo
ungido en aceite y vistiendo únicamente una tanga hilo dental negra con una
luna bordada en blanco sobre el gran paquete.
“En qué momento entró ese chico?”, pregunta Saúl a uno de los azafatos.
“¿No lo dejaste entrar tú?”, le responde temiendo una reprimenda.
La gente, mientras tanto, vibra, grita y se mueve al ritmo. Los dos
bailarines simulan una lucha y el blanco va siendo despojado poco a poco de su
enterizo hasta que al llegar el segundo coro, se lo bajan de golpe quedando
totalmente desnudo.
“¿Y ese negro de dónde salió?”, se maravilla García.
“Ni idea, huevón”, responde Christian, quien trata de tomar
fotos con su celular pero, por alguna razón, quizás la poca luz, no llegan a
imprimirse en pantalla; entonces prefiere grabar video.
El tema llega a un vibrante intermedio de percusión
electrónica y el bailarín blanco quita la tanga al negro, junta su cuerpo, lo
abraza, y continúa bailando hasta que ambos penes se ponen erectos. Cuando
regresa la parte coral, los dos saltan del escenario y se confunden entre el
público, dejándose tocar indebidamente pero bajo aparente consentimiento
tácito. Ambos saltan felinamente al escenario justo para el término del tema.
Han sido los tres minutos y medio, o algo más, más gloriosos de la historia del
G4G, y el público aplaude con euforia. Los dos bailarines sonríen, saludan y
lanzan besos a quienes les piden otro tema para bailar. La luz en el escenario
se apaga, ambos recogen su ropa y regresan al decadente camerino.
“Te llaman del VIP con cortinas”, le avisa otro azafato a
Saúl, quien continúa asombrado.
El dueño del local llega como puede –la actuación ha
arremolinado a la concurrencia—y ensaya su mejor sonrisa:
“¿Algún problema, doctores?”
“Ni en las épocas de La Luna había esto”, se entusiasma
García. “¡Qué tal juego de luces y sonido, Saulín!”
“¿Sí? Digo, sí, claro… lo… acabamos de adquirir”.
“¿Pueden hacernos un privado esos dos sementales?”, pide
Christian.
La única ducha del G4G no es exactamente una fina lluvia
sino un tubo del que cae un chorro de agua fría. Adán y Owen entran como pueden
y se quitan el aceite con el que han maquillado sus cuerpos. Saúl entra a
verlos.
“No se vayan chicos”, les pide mostrándoles dos billetes de
doscientos, los mismos que había ofrecido más temprano a Frank y César,
quienes, por su parte, continúan en Collique, afuera del edificio donde está el
club.
“Te has tirado como diez minutos dándole explicaciones a la
jerma”, critica irónicamente el
fisicoculturista.
“Puta, chato, la comadre me ha llamado un culo de veces”.
“Te marca bien para ser solo un agarre”.
“Ha pasado una huevada en la finca… y parece que ha quedado
registrado en las cámaras”.
“¿Otra vez?”
“Vamos al toque”, indica Frank poniéndose su casco.
“¿A casa de Tito?”
“No, huevón, a La Luna”.
Christian reproduce el video que tomó. Hay luces, hay
sonido, hay gritos, está la canción noventera, pero del espectáculo no hay ni
un cuadro.
“Este aparato es de alta gama, incluso tiene visión
nocturna”, se defiende el frustrado fotógrafo y videógrafo.
En ese momento tocan la puerta del privado. García abre. Un
sonriente Adán y otro sonriente Owen están bajo el dintel vestidos solo con una
toalla. anudada a la cintura.
“Gracias por venir, chicos”, se emociona el fiscal.
Las cortinas del privado se cierran y los dos bailarines se
sientan junto a los dos abogados, liberándose de las toallas, quedando desnudos.
“¡A los años, doctor!”, Adán abraza a García, mientras Owen
se sienta al lado de Christian.
“Te he visto en otras partes”, le comenta algo desafiante
el abogado más joven y guapo.
“¿eres serio?”, sonríe el muchacho negro, con su
inconfundible español masticado.
“Don’t you speak Spanish?”, averigua el chico de leyes.
“No, I
don’t”.
“Right…
Are you pursuing me, anyway?”
“What
makes you think that?”, Owen abraza a Christian.
Al lado, García no pierde tiempo y acaricia el gran paquete
de Adán.
“Así que ahora trabajas en Santa Cruz”.
“Sí, ganándome la vida dignamente”.
“¿Quién dijo que esto no es ganarse la vida dignamente, Edgar?”
García acerca su cara a la de Adán y como resultado, éste
lo besa en la boca. El fiscal le sonríe.
“¿Puedo chupártela?”
“Puedes hacer lo que quieras… ¿pero aquí?”
“No tengo sitio, Edgar”.
“Lástima, pero no hay problema: chúpamela”.
Adán se acomoda mejor abriendo sus dos poderosas piernas,
poniendo la toalla en el suelo a sus pies para que García se arrodille y proceda
con el sexo oral. Al lado, Christian ha conseguido despertar los veintitantos
centímetros de virilidad a Owen.
“It’s
huge”.
“D’you
like it?”
“This must
hurt a lot.”
“Not if I
make you pretty horny.”
“Just do it.”
Owen besa a Christian y acaricia su cuerpo con mucha
seguridad. El abogado siente una inexplicable electricidad recorriéndolo todo,
una extraña sensación: de pronto ya no hay música, no hay multitud, no hay
privado, ni siquiera están los otros dos amantes; parece estar transportado en
lo profundo de una selva virgen, sintiendo una brisa agradable y los sonidos de
la fauna nocturna. Owen parece tener arrimado a Christian a la corteza de un
árbol grueso pero suave al tacto. Ambos no tienen más cobertura que su piel, ni
más ganas que su energía. El abogado, que aquí entiende ya no es abogado,
siente cómo le succionan el pene de una forma sutil y surreal: nunca nadie
había conseguido tragarse sus diecinueve centímetros en una sola embocada, y
parece que le estuvieran absorbiendo toda su energía vital; y cuando casi se
desvanece, siente que sus dos testículos bailan en la boca del otro chico.
Christian gime y jadea desde el fondo de sus entrañas. Ahora siente una lengua
que parece penetrarlo por completo a través de su ano, su pene a punto de
explotar pero conteniéndose sin explicación, y siente también como si estuviese
suspendido en el aire. Trata de reaccionar, pero no lo consigue. Es demasiado tarde:
Owen le ha abierto las piernas y, sonriendo afable, le introduce su miembro,
profundo entre las nalgas.
“¿Te gusta, mi amor?”, le pregunta el chico negro, quien
parece haber perdido su acento súbitamente.
“Hazme tuyo”, pide Christian una y otra vez. “Soy tuyo”.
Owen toma los diecinueve centímetros de Christian y los masajea
con suavidad y sin premura. El orgasmo parece llegar e irse, llegar e irse,
llegar e irse. No hay dolor, solo una sensación increíble de supremo placer.
Entonces, Christian se aferra con firmeza al fuerte cuello de su amante.
“¡Las voy a dar!”, grita, y expulsa todo su esperma, tan
masivamente como nunca antes.
Cuando vuelve en sí, mira cómo Adán penetra en posición de
perrito a García, haciendo sonar su ingle en las dos delgadas pero firmes
nalgas. Busca en el resto del cuarto.
“¿Dónde está?”, se llena de ansiedad. “¡¿Dónde está ese negro?!”
Adán y García parecen no hacerle caso, así que los empuja.
“¡¡¿Dónde está el negro?!!”
Los dos sodomitas se asustan.
“¿Qué carajos tienes, Esteves?”, le reclama el fiscal.
Fuera de sí y totalmente desnudo, Christian sale del
privado y recorre el pasillo hasta el salón principal.
“¡¡¡¿Dónde está?!!”
La gente lo mira asustada (alguno intenta tomarle una
fotografía, sin éxito). Christian regresa y llega al camerino, totalmente
histérico y casi tirando la puerta.
“¡¡¡¿Dónde estás,
carajo, negro de mierda?!!!”
Siente un fluido cálido recorriendo sus abductores. Se toca, regresa su mano, y no puede creer
cómo se han teñido sus dedos. Gotas de un líquido rojo caen al suelo. De pronto
ve todo oscurecerse y se desploma.
Cuando despierta, una luz blanca lo encandila y un aroma
característico de hospital entra por su nariz. Intenta ver hacia sus pies:
viste una bata celeste de paciente y está cubierto por una sábana delgada con
el logotipo del seguro social estampado a manera de mosaico. En un sillón, un
policía dormita.
“¿Zapata?”, alcanza a decir. “¡Zapata!”
El policía reacciona, y se pone de pie como eyectado de su
asiento.
“Me reconoció, doctor; voy a llamar a una enf…”
“No, Zapata, no llames a nadie. ¿Cómo llegué aquí?”
“Lo trajo un joven alto, blanco, buen cuerpo; dijo que
estaba en una dis…”
“No importa… quiero irme de aquí”.
“Pero, tengo que hacer mi atestado, doctor”.
“Ni se te ocurra escribirlo; solo quiero salir de aquí, y
que nadie se entere, Zapata”.
“Pero, doctor”.
“¿No me oíste, acaso?”
“Sí, doctor”.
El policía sale y lo deja sin nadie más.
“Me las vas a pagar, negro reconchatumadre”, se promete
Christian. “Esta vez no fuiste una puta visión… y todos tus amiguitos se irán a
la mierda contigo”.
En la cocina de la casa grande, la infusión de valeriana parece ser la
especialidad de Carlos. Sirve una taza para Flor, y se prepara para verter el
contenido de la tetera en otras dos tazas, para Tito y él. Se sienta junto a
ellos.
“ A mí me parece que es Manolo intentando decirnos algo: es su
silueta”, comenta.
“Claro, con diez kilos menos, porque lo que haya sido tenía una figura
de campeonato”.
Carlos saca su celular y revisa la fotografía que le tomó al monitor de
la laptop. examina la figura blanca.
“Bueno, es un fantasma, ¿no?”, trata de entender.
“Entonces son ciertas las cosas misteriosas que pasan en esta finca y
que la gente comenta en el pueblo”, reacciona Flor.
“Yo nunca te negué que fueran ciertas”, recuerda Tito.
“Yo nunca desconfíe de tu palabra, papá; la que nunca creyó en lo que
decías era mamá, porque pensaba que todo era un pretexto para… bueno, ustedes
saben… esa cosa…ay, ustedes saben”.
“Sí era Manolo”, insiste Carlos. “¿Recuerdas que ese día estaba
preocupado por tus tamarindos?”
Tito hace memoria y, efectivamente, el capataz parece tener razón.
“A mí no me parece el señor Manolo”, arguye Flor.
“¿Por qué?”, pregunta Tito.
“No sé, papá… me da la impresión que no fue él. El señor Manolo está
muerto, enterrado en Collique. ¿Cómo un muerto puede aparecer y desaparecer
así?”
Tito y Carlos se miran y tratan de entender la lógica de la chica, pero
parecen no lograrlo.
“Hija”, Tito carraspea. “Acaba tu té y te acompaño al cuarto. Es más,
voy a quedarme contigo para que no te pase nada”.
“¡Ay, papá! ¡No me volví loca! Solo que no me parece que sea él. ¿Por
qué? Simplemente eso… no sé… intuición femenina”.
Carlos se pone de pie.
“Intentaré ver si puedo traer la laptop; esta pantalla del celular no
me inspira mucha confianza”.
El capataz sale, y Flor mira fijamente a su padre:
“¿Pasa algo?”, sonríe Tito.
“¿quién es Owen en realidad, papá?”
“Owen? ¿Qué tiene que ver Owen aquí?”
“Ay, papá. ¿Cómo es posible que un paleopsicólogo y antropólogo se
quede estancado en un pueblo de aquí por falta de plata? ¿No puede mandar un
e-mail y pedir que le envíen más? ¿Acaso no tiene familiares? ¿Sabes que no
tiene un perfil en redes sociales?”
“Muchas preguntas, Flor, y… yo tampoco tengo perfil en redes sociales”.
“Porque no te da la gana, papá; pero, ¿sabes cuántos Owen Mgombo existen?¡Ninguno! Me tomé el
trabajo de buscar. Hay con sonidos parecidos, pero ves las fotos y ninguno
siquiera se le acerca al Owen que conocemos, y casi todos están en África; no
en Inglaterra, menos en Jamaica”.
“¿Recuerdas que tu tío Adán y tú le esculcaron el pasaporte? Tú misma
dijiste que era auténtico”.
“Y que Owen está demasiado joven para tener cuarenta y siete o cuarenta
y ocho años. Papá, no pongo en duda que Owen exista: ¡existe! Lo que pongo en
duda es si nos ha dicho la verdad sobre quién es realmente”.
Los labios de Tito se ponen blancos y es incapaz de sostener la mirada
a su hija.
“¿Quién es Owen en realidad?”, insiste Flor.
Tito suspira dispuesto a hablar cuando… la entrada de un reggaetón
suena en el celular de la chica. Ella mira la pantalla.
“¡Vaya! El señor apareció”.
Se pone de pie y se va a contestar a otro lado de la casa.
“¿Frank?”, pregunta mientras se aleja.
Solo en la cocina, Tito entiende que parece haber muchos secretos
incluso en lo que él cree mantener en secreto.
A una decena de kilómetros, un tema techno
con toques étnicos suena en los parlantes del G4G. Un hombre blanco, algo
orejón, cabello crespo y ojos claros se ha despojado de una túnica roja para
quedarse en un enterizo de licra rojo con tiras en los hombros tipo bibidí y
mangas a medio muslo, lo que le marca un impresionante cuerpo mmesomorfo
minuciosamente labrado con pesas, barras, poleas, bicicleta, carreras,
natación… en fin, todo lo que su segregación hormonal le ha permitido practicar
y aprovechar. Dicho sea de paso, el bulto en su entrepierna es muy evidente.
Contra su propio pronóstico, Christian llega al G4G. Aunque no viste
llamativo como en otras ocasiones, eso no le impide voltear cabezas apreciando
su rostro de niño bueno y su físico de dios griego; pero él lo ignora todo,
incluso una mano que subrepticiamente le han metido en medio de sus dos nalgas.
“¡Chris!”, le pasan la voz, a
la vez que siente lo cogen fuerte de la cintura; se da la vuelta y se alegra,
en cierto modo.
“¡Juanchito! Pensé que hoy sería sábado familiar”.
“Problemitas que nunca faltan; ya sabes cómo son las mujeres”.
Ambos van a un privado y prefieren beber una limonada frozen “con harto jarabe”, debido a que
cada cuál tendrá que salir conduciendo más tarde, si es que los planes no
varían.
“Pensé que no ibas a venir, como dijiste esa noche”, le observa García.
“Nada, doctor; estaba aburrido en casa, el gym no me agotó… mejor me vine a mi ex hogar”.
García ríe.
“¿Y cómo va el caso del finado?”
“Ay, Juanito, no vine al club para hablar de trabajo; mejor otro tema,
¿te parece?”
“Ya, ya, disculpa; no quería remover tu… duelo”.
Christian prefiere ignorar también la ironía con que ese comentario
estuvo cargado, y contrataca:
“¿Y esta vez por qué fue la pelea con la mujer?”
“Dice que paro más tiempo en la red que ocupándome de ella. Está loca.
Trabajo duro, pago casi todos los servicios de esa casa, le compro ropa,
salimos de viaje fuera del país en vacaciones, vamos a las recepciones
sociales, ayudo a hacer las tareas a mis cachorros. Ya pues, ¿qué más quiere?
¿Que me quede encerrado todo el día a ver las mismas huevadas en la televisión?
¡Que no joda!”
“¿Y no será que ella huele algo? Recuerda que vas a un gimnasio que
tiene cierta famita”.
“Tengo derecho a mi espacio y ella lo sabe muy bien, así como yo le
dejo el suyo”.
Muy ajenos, en el CAMERINO, Frank y César ensayan su coreografía por
tercera o cuarta vez. Los otros dos chicos que comparten el cuarto los miran
maravillados por la flexibilidad.
“¿Qué les parece?”, consulta Frank.
“¿Son karatecas de verdad?”, le repregunta uno de ellos.
“Más o menos”, presume Frank.
Los otros dos strippers se
miran.
“Pero… ¿y la parte sexual?”
Ahora Frank y César se miran.
“ehhh… ya improvisaremos en el escenario”, responde César.
“¿Por qué?”, se intriga Frank. “¿Qué harán ustedes?”
“Cacharemos en vivo frente a todos”, responde el otro stripper muy suelto de huesos.
Frank y César comienzan a sudar frío.
Desde su privado y prottegidos por la penumbra que se interrumpe de vez
en cuando por los haces de luces psicodélicas, Christian y César miran cómo el
resto de la gente baila sin importarle si son parejas de hombres, de mujeres,
si son hombres vestidos de mujer, mujeres vestidos de hombre…
“No hay buen material esta noche”, comenta Christian. “Lo mismo de
siempre”.
Juan mira su reloj: once y media de la noche.
“Veamos si el panorama mejora a continuación”, pronostica.
Christian no toma importancia a las palabras de su colega. Entonces,
las luces de la pista de baile se apagan y se encienden las del escenario. Una
salpimentada mezcla de música urbana comienza a sonar por los parlantes del G4G,
y dos jóvenes con anteojos, camisas, pantalones de tela y zapatos negros
aparecen en el escenario. Comienzan a ejecutar la coreografía que consiste en
varios movimientos acrobáticos individuales y apoyándose en el cuerpo del
compañero, hasta que la mezcla se hace lenta y sensual; comienzan a
desabotonarse las camisas.
“¿Tanto cuesta mandar a reemplazar los botones por tiritas de velcro?”,
se queja Christian en el privado.
“¿Velcro?”, consulta García.
“Esa tela que le dicen pega-pega”.
Los torsos de los bailarines son dignos de escuela de artes plásticas.
Mayor perfección no se podía pedir.
“Esos chibolos no son de Collique, ¿no?”, comenta García.
“Por lo menos al Extreme no van… bueno, tampoco creo que puedan
pagarlo”, sentencia Christian.
Los muchachos en el escenario se deshacen de sus zapatos y comienzan a
jugar con la idea de desabotonarse sus pantalones; por lo menos, ya desajustaron
sus cinturones. Por fin deciden bajarse las prendas cuando la música da un giro
a un ritmo algo más lento, más hip-hop,
revelando unos bóxers semitransparentes negros.
“Quieren lucirse como ese actor cubano”, comenta García.
“Solo que el actor cubano debe tener como diez centímetros más de
estatura, cinco más de pinga y huevos, y… como diez kilos más”.
La mezcla de música ahora se centra en una percusión donde los bajos
hacen retumbar todo, y los dos strippers
se miran frente a frente, se abrazan y comienzan a acariciarse el cuerpo de
arriba abajo; se juntan y se dan un beso.
“Por fin comenzó la acción”, se excita García.
El de la derecha baja totalmente el bóxer al otro y se queda de
rodillas, lo que aprovecha para tomar en su boca el pene semierecto y
comenzarlo a chupar. Algunos grititos se escapan del público.
Desde el CAMERINO, que está conectado al escenario por un breve
pasillo, Frank y César se asoman.
“A la puta”, dice el primero. “Una cosa es que me la chupen, pero chuparla…”
“Te dije que era una mala idea”, se queja el musculoso.
“¿Chicos?”, alguien los llama a sus espaldas, y los dos machotes se
asustan.
El pene del
primer stripper está evidentemente
duro, señal que le dice al segundo que es tiempo de levantarse y darse la
vuelta. Ahora el primero se arrodilla para bajarle el bóxer, ponerlo en veinte
dedos e iniciar un gran beso negro.
“¿Cómo que cambio de planes?”, se extraña Frank en el camerino.
“Ya no saldrán a escena”, anuncia Saúl, “porque… no están tan dotados como
ellos”.
“¿Dotados?”, se extraña César.
“Su… picha… es… ustedes saben”, se justifica Saúl haciendo una señal
con sus dedos.
Frank y César no saben si mirarse con alivio o con preocupación.
“¿Ehh… ¿entonces nos vamos?”, consulta el fisicoculturista.
“Me temo que sí, chicos; discúlpenme”.
Saúl sale del camerino.
“Caballero, nomás”, farfulla Frank.
En el escenario, ha comenzado un coito sin protección que ha puesto a
toda la concurrencia boquiabierta, como siempre musicalizada con el hip-hop.
“Y yo que pensaba iba a aburrirme esta noche”, suspira Christian.
“¿Cuánto le medirá a ese chico?”, reacciona lo mismo, García.
“Fácil sus veinte”.
Mientras tanto, Frank y César terminan de vestirse para irse del local,
cuando la puerta del camerino se abre: los dos muchachos se quedan
estupefactos.
“Hola, chicos”, saluda Adán llevando una mochila en uno de sus hombros.
El coito en el escenario ha tomado ribetes casi salvajes hasta que el
activo saca su largo y grueso miembro y hace que el pasivo gire a chupárselo.
En el camerino, Adán se acerca a Frank, mete la mano a su bolsillo y
saca un llavero:
“Regresen a Santa Cruz tan pronto puedan y quédense en casa de Tito
hasta que yo regrese”.
“Pero…”, objeta Frank.
“Hazme caso: Christian está en el público y, si los ve, su plan puede
venirse a la mierda”.
Afuera, uno de los strippers
eyacula en la boca de su compañero, quien se pone de pie y comienza a
masturbarse. Quien lo penetró ahora se pone de rodillas y abre su boca.
En el camerino, Frank duda. Tras unos segundos toma la llave.
“Estaré bien”, tranquiliza Adán. “Regresen a casa”.
“¿Y Owen?”, pregunta Frank.
“No sé. ¡Regresen ya!”
Aplausos y gritos se oyen desde afuera. Es la señal inesperada para que
Frank y César cojan sus mochilas y salgan, pero del local. Adán queda solo en
el vestidor y comienza a quitarse la ropa, cuando da media vuelta de pronto.
“Pensé que no ibas a venir”.
“Perdona la demora”, contesta Owen aparecido de la nada y totalmente
desnudo, aunque luciendo brazaletes dorados en sus muñecas.
En el AMW, Adán jala una barra ezeta cargada con quince kilos de pesas
amenazando con golpear su mentón. Los movimientos son vigorosos en extremo,
tanto que suda profusamente. Termina la serie y se mira al espejo, no para ver
cuánto ha vascularizado; busca una respuesta que su reflejo parece no darle.
Owen se le acerca y le toca la nuca.
“¿Frustrado?”
Adán lo mira y entiende que debe serenarse.
“¿Dónde ser más útil? ¿Aquí o allá?”, cuestiona el instructor.
Adán se tranquiliza del todo.
“Tienes razón”.
Abraza a Owen.
“Tienes mucha razón, carajo”, le dice al oído.
A las diez y cuarto de la noche, Frank llega en su motocicleta a media cuadra del
Extreme Body Gym & Spa, en una esquina, donde desmonta y se quita el casco;
lleva una mochila en la espalda. Hay algunos autos estacionados en fila junto a
la vereda y, desde su ubicación, puede ver otros en la entrada del local. Espera
sin quitarse los mitones de cuero que cubren sus manos; la noche es muy fría. Entre
la gente que sale, divisa a César, quien se le acerca a paso acelerado, mirando
a ambos lados y cargando en un hombro su propia mochila.
Adán se reclina sobre el sofá en la sala de la casa de Tito, mira a la
luz prendida en el techo, resopla fuerte. Alza los brazos y los pone tras su
cabeza como intentando oxigenarse más, tragar y digerir todo lo que acaba de
escuchar. “Mi sospechoso también es Christian”, revela.
“César me dijo que puede hackear
el celular de ese huevón, pero aunque lo lograra, no tendría claro qué
información es la que buscamos”, añade Frank, quien está sentado a su lado
“Y a estas alturas ya deben haberla borrado”.
“¿Tú crees, Adán?”
“¡Claro, Frank! Esa gente no da puntada sin hilo”.
Es sábado, nueve de la noche en Santa Cruz.
“Ahora sabemos que Christian y Cruz Dorada trabajan juntos, Adán”.
“No lo sabemos, Frank; lo sospechamos y tenemos muchas pistas. La
huevada es cómo demostramos que Christian y Cruz Dorada se unieron para
asesinar a Manolo con tal de comprar La Luna sin problemas”.
“El tal Saúl me dijo…”
“El tal Saúl no es de confiar, Frank. Ya viste que se caga de miedo,
así que basta con que ellos sospechen que nosotros sospechamos, que ustedes
conversaron con él, que le metan miedo y él va a aflojar la lengua”.
“Yo le aseguré que…”
“¡No entiendes, Frank! No se trata de lo que tú le asegures, se trata
del poder que tienen ellos. Lo de Flor ha sido una advertencia”.
“Que les salió mal porque hasta a Owen quisieron meterlo en el saco”.
“¿Y te das cuenta, Frank? Hasta la Policía está metida”.
“Es una venganza de Christian porque Tito no dejó que manipularan al
señor Manolo, ¿cierto?”
“Yo le advertí a Manolo que ese chibolo no era de confiar; me miró mal,
así que no le advertí más”.
“¿De dónde salió Christian?”
“Igual que Tito y Carlos, lo reclutó durante su servicio militar. Su
familia no era pobre pero tampoco tenía tanta plata. Cuando empezó a ser parte
de La Estirpe, comenzó a dársela de estrella. Como era el más joven y el de
mejor cara, comenzó a usar ese gancho para tener las mejores propinas; hasta su
carrera de Derecho le pagó Manolo”.
Frank, entonces, recuerda la tarjetita de presentación que le había
enseñado la noche anterior a Carlos. Efectivamente, Christian ocupaba casi un
primer plano y la cámara parecía adorarlo.
“Tengo que volver al G4G como me comprometí”.
“¿Volver para qué? ¿Qué harás si Christian aparece? ¿Te has puesto a pensar
que sospecharía que tu actuación ahí no es ninguna casualidad? Y en últimas,
¿si Flor se entera que actuaste ahí?”
“Ya me comprometí, Adán… y de paso lo comprometí a César”.
“¡Pero el chato solo baila en despedidas de solteras!”
“Igual yo, pero esto amerita arriesgarse, ¿no?”
“No lo sé, Frank… ya tienes el dato, no sé qué más buscas: ¿una
confesión de Christian después de irte a la cama cuando acabe tu show?”
Adán se levanta del sofá y se va por el pasillo. El que se queda aún
sentado entiende que no está resolviendo un rompecabezas; le está añadiendo
piezas mas bien.
En la finca, Tito y Flor comparten una afición que hace semanas no
disfrutaban así, juntos: las peleas de artes marciales mixtas por la
televisión. ¿Cuánto darían por estar en las tribunas que rodean el octágono? De
solo saber los nombres de tan lejanas ciudades alrededor del mundo, se miran y
se conforman con la imagen que viene casi gratis y vía satélite. Justo termina
uno de los eventos.
“No es justo”, reclama Tito. “El brasileño tenía las de ganar”.
“No sé papi: me debes diez”, anuncia su hija.
El gladiador la abraza y le comienza a dar muchos besos en la mejilla.
“¿Qué haces, papi?”
“Te pago los diez en besitos”.
Ambos ríen.
“Te amo, Florcita, y espero que Frank llegue a amarte tanto como yo”.
“Ay, papi. Ya te dije que ese chico no va en serio; solo será hasta que
se vaya del pueblo, en octubre”.
“Igual, Flor. Así se vaya mañana, los dos se me cuidan. ¿Tienes
condones?”
“Sí, sí tengo. Sabes que estadísticamente hablando, las más precavidas
somos nosotras”.
Justo entonces, Carlos aparece con un inmenso tazón lleno de palomitas
de maíz. Flor abre la boca de sorpresa, como cuando una niña conoce que ha sido
premiada con el juguete más preciado.
“¡Por Dios, tío!”
“Es para los tres, no para ti solita”, bromea el capataz.
“Si siguen alimentándome así, voy a terminar chanchita”, juguetea la
chica.
“Sales a correr conmigo por la finca a las cinco de la mañana, luego
calistenia y asunto resuelto”, aconseja Carlos mientras pone el tazón en la
mesa de centro frente al televisor.
“¿Al fin se convenció tu progenitor de que es mejor que tú experimentes
a que él haga experimentos contigo?”, Carlos no se queda callado,
fraternalmente hablando.
“Frank es un buen muchacho, impulsivo como todos los de su edad, pero
malo no es; aparte es deportista”, califica Tito.
“Y buen bailarín, ¿no, Flor?”, Carlos come unas palomitas, sonriendo.