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viernes, 25 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.3

 

Aparentemente, la noticia sobre Owen no ha afectado la concurrencia en el AMW. Si bien durante el invierno, peor aún durante la mañana de un día de semana no van más que cuatro o cinco alumnos, todavía no se ve un resentimiento que pueda afectar al negocio. Flor lo verifica y aprovecha para enseñarle un video en su celular a Owen.

“This was yesterday,” le dice en voz baja.

“D’ya suspect he’s behind that post?”

“Isn’t it too much coincidence, Owen?”

“So ya trust in me, Flor, don’t ya?”

“I’m not sure yet. What I say is this is too much coincidence.”

Entonces el celular de la chica suena.

“There’s somebody else who thinks like ya”., sonríe Owen.

Flor contesta.

“Dime, Chechi”.

“¿Viste lo que sacó Santa Cruz Directo?”

“Sí, justo aquí estoy con Owen”. (El aludido hace hola con la mano.) “Te manda saludos por cierto”.

“Tú qué piensas, Flor”.

“No sé qué pensar, Chechi. Más temprano lo hablamos y Owen dice que hay algo en la historia que no está completo”.

“¿Sigue contigo? ¿Puedes pasármelo, porfa?”

La chica entrega el celular al instructor.

“Es César”, le avisa.

Owen agradece y contesta.

“Hey, César, bro”.

Hello Owen. ¿Cómo es eso que la historia no está completa?”

“Haber otro wwebsite pero no estar activo ya”.

“Mmmm. A ver, dame el nombre. Veré qué puedo hacer”.

Mira un video aquí. 

Juan llega a su oficina en el Ministerio Público disculpándose con medio mundo por el retraso. Llega a su escritorio y se pone a organizar papeles cuando entra su secretaria.

“Por favor, dile a la gente que haré mi hora completa de atención al público y retrasa mis diligencias treint… ¡No! Mejor cuarenta y cinco minutos. ¿Recados?”

“Hace veinte minutos lo llamó un señor… Edú; como no estaba, solo dejó un mensaje, que usted lo entendería”.

“¿Cuál?”

“La Santita”.

El fiscal García entrecierra sus ojos. Se levanta.

“Por favor, contáctame con la doctora Dolores Salvavera y… pide a Sistemas que nos envíe un escáner, y que me lo instalen aquí mismo”.

“De inmediato, doctor García”.

Juan toma su celular otra vez y busca en su directorio.

“Hola, doctor. ¿Ya lo vio?”

“Sí, ya tengo el dato, Joey”.

“Yo también tengo otro: Cruz Dorada está detrás de todo”.

“¿Cómo lo sabes?”

Mira otro video aquí.

A media mañana, elga sigue revisando papeles cuando oye el timbre del portón. No le da importancia hasta que oye el ruido de un motor ingresando. Sale a la puerta.

“¿Y éste?”, se pregunta.

Christian estaciona la camioneta en el centro del patio principal y baja, camina al despacho.

“¿Qué haces aquí?”, se extraña Elga.

“¿Qué pasa? ¿No puedo visitarte?”

Christian cierra la puerta y en la caseta de vigilancia, Adán y Carlos solo pueden especular sobre lo que allí se está conversando, aunque parece transcurrir en buenos términos, a juzgar por la imagen de la cámara.

“¿Tiene derecho a visitarla, no?”, trata de suavizar las sospechas el capataz.

“A mí no me parece una visita de cortesía”, afirma el cuerpo de luchador.

Dentro del despacho, Christian muestra su celular a Elga, quien lo lee.

“¿Y esto cómo nos toca?”

“Nos beneficia porque perjudica a Tito. Ese negro es su gran aliado ahora, pero con esta publicación, ya no más”.

“Insisto, Chris: ¿y eso cómo nos beneficia? Nosotros estamos aquí arreglando papeles para una venta”.

“Y esa noticia nos cae como anillo al dedo porque Tito podría responder ante las autoridades, y Tito es el mayor opositor a la venta”.

“A mí me pareció que fue Carlos”.

“Nunca subestimes a La Estirpe, Elga”.

“Claro, lo dices con conocimiento de causa, y eso me lleva a preguntarte: ¿tú le diste estos papeles a este medio?”

“Quién sabe… Mas bien, con este dato, no tiene sentido que alarguemos lo de la venta. Nava me ha preguntado si es fijo que cerremos trato esta semana y le dije que sí, el viernes; pero si podemos sorprenderlo antes…”

“Christian, fui clara cuando te dije que no me presiones, que quiero tomarme mi tiempo”.

El abogado se acerca hasta la silla donde la mujer está sentada y se agacha a darle un beso en la boca.

“¿Sabes que estuve viendo opciones en Internet? ¿Qué piensas de Europa? El pata que me hizo las fotos hace años me invita a recorrer el Mediterráneo”.

“El pata que te hizo las fotos hace años estaba enamorado de ti”.

“¿Y no crees que eso nos conviene? Cerramos la venta, recibimos nuestra plata, vamos para allá y paseamos”.

“Yo quiero ahorrar mi plata, Christian”.

“Bueno, viajo solo”.

Súbitamente, el abogado se baja la cremallera de su apretado jean y se saca el miembro aún flácido.

“Hazle cariñito”.

“Ahora no, Chris”, ruega elga.

“No seas mala: te ha echado de menos”.

En la caseta de vigilancia, corren apuestas. Finalmente, Christian se baja el pantalón y deja ver sus perfectas nalgas.

“Me debes veinte”, dice Adán. “¿Llamo a los chicos?”

“No, igual lo verán mas tarde”.

Christian se quita la camisa y la deja sobre la silla de Elga, a quien pone de pie, quita el vestido de tiritas, quita la braga, la sienta en el escritorio y le mete el pene, mientras ella cierra los ojos no tanto por la excitación. Está pensando en alguien más, y el abogado parece advertirlo.

“¿qué pasa?”

“Nada, no tengo ganas, Chris”.

“¿No estarás cachando con estos hijos de puta, no?”

“¡No! No es eso; solo que no tengo ganas”.

Christian suspira incómodo, le saca el pene, se sube el bóxer y el pantalón y busca su camisa para ponérsela.

“Me voy”, le anuncia.

Elga vuelve a vestirse también. Cuando Christian reabre la puerta del despacho, gira.

“Espero que sea pena o cansancio, porque si es traición, te juro que no te la voy a perdonar en absoluto”, le dice algo ofuscado.

“No me presiones, Chris. Tú sabes muy bien por qué no debes hacerlo”, ella le guiña un ojo.

El abogado camina a abrir la puerta de la camioneta cuando Adán sale de la caseta de vigilancia como quien no está enterado de nada.

“¡ey, tú!”

Adán no le responde.

“¡Adán!”, insiste Christian.

El cuerpo de luchador se detiene y gira; camina con demasiada autosuficiencia hacia el abogado.

“¿Me llamabas?”

“No te preguntaré si ya regaste lo del sábado porque de hecho que ya lo hiciste; solo te diré que si eso me trae consecuencias, tú me las vas a pagar”.

Adán lo mira desafiante:

“¿Acaso me vas a matar como le pasó a Manolo?”

Christian se enfurece:

“¡So reconchatumadre!”

Alza el puño para golpear al cuerpo de luchador, pero éste reacciona con suma rapidez, toma el brazo y le aplica una llave que pone el trasero del agresor pegado a la ingle del peón.

“¿Así te gusta, ¿no?”, le susurra Adán. “Mi huevo bien pegado a tu culo, ¿cierto?”

“¡So reconchatumadre, ssuéltame!”.

Carlos corre desde la caseta y Tito y Frank vienen desde el fondo a toda velocidad; los separan: el capataz y el más nuevo contienen al cuerpo de luchador, y el gladiador al abogado.

“Vete, Christian”, le sugiere Tito. “No la cagues más”.

“¡ no la cagues más, Tito! ¡Tú no la cagues más!”, espeta enfurecido el abogado.

El aludido le tira un rodillazo en medio de las dos nalgas.

“¡Auuuu!”, grita de dolor Christian.

“Hazme caso: ya no la cagues”, le repite Tito.

Elga sale desde la casa grande y corre hasta ponerse en medio de todos los hombres.

“¿Qué pasa aquí?”, grita enérgica.

“El insolente de su empleado, señora de Rodríg…”, se queja el abogado.

“¡Ya, Christian! ¡Basta! Vete de una vez y regresa cuando acordamos”.

Christian mira molesto a Elga, mira a todos muy furioso. Se suelta de Tito y regresa a la camioneta.

 

sábado, 17 de abril de 2021

La hermandad de la luna 3.1

Tito despierta en su mitad de la cama durmiendo de lado. La tiene durísima, pero antes de nada, cree que primero debe ir al baño. Gira y extiende su brazo derecho hacia la otra mitad y no halla nada, mejor dicho a nadie. Se sienta sobre la cama, se despereza, busca sus sandalias, una toalla y se cubre la cintura. Toma su bóxer y se lo pone justo encima de su pene erecto para disimular su estado de rigidez, y sale del dormitorio. Al entrar al pasillo, nota que el baño de la casa tiene la luz encendida, así que decide avanzar hasta la sala, abrir una puerta lateral, caminar otro largo pasillo hasta la lavandería, abrir otra puerta y entrar al baño del gimnasio, que se conecta no tan secretamente con la casa. Tito prende la luz eléctrica, se quita la toalla y la cuelga junto al bóxer en la misma ducha donde la noche anterior había descubierto a Owen en pleno aseo. El gladiador redibuja con precisión el cuerpo del joven negro en su cabeza y lo proyecta al cubículo como un holograma. Entonces, se pregunta cómo habrá amanecido su flamante instructor. Como sabe que a esa hora ningún alma entra a ninguna parte del AMW, avanza desnudo hacia la puerta que conecta al salón de entrenamiento, la abre con cuidado, y lo que hay sobre las colchonetas, iluminado con el rayo de luz que se escapa del baño lo deja otra vez boquiabierto: Owen está desnudo, sentado, espalda recta, cabeza algo levantada, leve sonrisa, ojos cerrados, ambas manos casi en el suelo con las yemas de los dedos unidas, las piernas recogidas pero no cruzadas, mas bien juntando la planta de los pies, y el pene erecto luciendo un largo y grosor que superan los suyos. Tito decide regresar al baño en silencio cuando, de pronto, Owen abre los ojos.

“Buenos días”.

El gladiador se queda mudo e inmóvil. El instructor se pone de pie, se le acerca, lo abraza pegándole su falo al vientre.

“Tiempo para tomar un baño”, le dice.

El pene de Tito se pone erecto de inmediato como toda respuesta. Y, aunque siente de nuevo la paz que había experimentado la mañana anterior, cierta energía comienza a fluir por todo su cuerpo y se concentra en la zona perineal. Tito jadea y gime profundamente, y eyacula en el pene erecto y el vientre de Owen, quien da respiros cada vez más profundos y reacciona de la misma forma. Una humedad amenaza pegar ambos pubis.

“Necesitamos un duchazo”, suspira el gladiador.


 

Adán se queda sorprendido al escuchar el relato. Va con Tito camino a la finca. Ambos han preferido caminar aprovechando la fresca mañana. A su paso, es un trecho de cuarenta a cuarenta y cinco minutos.

“¿Y todo eso pasó en un par de minutos, primo?”, pregunta el cuerpo de luchador.

 “¿Un par de minutos? A mí me pareció como media hora”.

“Será un milagro si el negro no se va hoy”.

“No me vengas con tus presentimientos; además, él me abrazó”.

“No sé qué pensar, pero solo te digo algo: no te encariñes con él como pasó con edú”.

“Bah, ese venezolano de mierda era, o es, un puto de primera; si esas duchas hablaran…”

“Oye, huevón. El asunto no es que el chico sea venezolano, o éste sea jamaicano, o aparezca un extraterrestre. El punto es que no puedes emocionarte con facilidad por alguien a quien apenas conoces”.

Los dos llegan a La Luna, y cuando acaban de tocar el timbre en el portón, una camioneta se divisa a un extremo de la pista al lado del canal.

“¿Christian a esta hora de la mañana?”, se extraña Tito.

La camioneta sigue hacercándose, y cuando Carlos les abre la puertecilla, pasa de largo, les toca claxon.

“Esos reconchasumadre”, refunfuña el gladiador al notar el logotipo de Luna Dorada en una de las puertas.


 

“No sé, muchachos: a mí me parece demasiado fácil pensar que ellos están detrás de la muerte de Manolo”, opina Adán mientras toma desayuno junto a Tito, Carlos y Frank.

“¿Cómo que no? ¿Quiénes han estado detrás de estas tierras hace meses? ¿Ya no recuerdas cómo se metieron la otra vez?”, observa el gladiador.

“Tiene sentido”, interviene Carlos. “Manolo los sacó a balazos; podría ser venganza”.

“Claro”, Adán sorbe un poco de café. “La lógica dice que si Manolo los botó a balazos, luego ellos lo mandaron a matar; pero… ¿por qué una empresa como Cruz Dorada se mancharía así la reputación ordenando un asesinato?”

“Porque tienen plata”, responde Tito. “La noticia ni siquiera ha salido en medios”.

“Bueno, ahí sí hay que ser bien honestos: la señora Esmeralda ha querido manejarlo todo con hermetismo extremo”, arguye Carlos. “Recuerda que hasta restringió el número de personas que asistirían al funeral”.

“Pero es por lo que sabemos, ¿no?”, lanza Adán.

Frank los ve en silencio y mil teorías pueblan su cabeza. El cuerpo de luchador se percata de esa mirada.

“¿Aún no le cuentas?”, clava los ojos en Carlos, quien se queda mudo. Frank mira de reojo a Tito, quien prefiere observar su café. Adán no pierde detalle de ese intercambio.

“Cuéntale tú, primo, entonces”, dice el luchador, quien sonríe algo frustrado. “NO entiendo por qué tanto secreto”.

“Cuéntamelo tú”, al fin abre la boca Frank.

“¿Sabes lo que es la estirpe?”

“Sí, Adán; mi tío Carlos me lo contó”.

“¿Sabes que la estirpe es una especie de secta secreta que …?”

“¡Ya, Adán!”, interrumpe Tito. “No fuerces las cosas. ¿Ya se te olvidó tu consejo?”

Adán queda en silencio, incómodo, y sirve un poco de café. El silencio en que se ha sumido la cocina permite escuchar a los horneros darle la bienvenida al nuevo día con sus trinos en notas descendentes.

“¿Ustedes tienen sexo entre ustedes, cierto?”, suelta Frank.

Tito casi se atora, Adán atomiza el café que tiene en la boca rociándolo a la mesa, Carlos suspira como sabiendo que ya no se puede contener más el secreto.

“¿Ustedes son parte de la estirpe?”, agrega el joven.

Carlos alza su mano izquierda y toca el redondo y musculoso hombro derecho de su sobrino:

“Creo que ha llegado la hora de que lo sepas todo”.

Frank luce normal, como si la noticia no le afectara.

 

viernes, 4 de febrero de 2022

la hermandad de la luna 8.5

En la oscuridad del AMW, Adán está sentado en el escritorio de la entrada revisando videos en su celular. Afuera, una motocicleta parece estacionarse, murmullos de dos personas, luego toques en la puerta. El cuerpo de luchador se levanta y abre primero una ventanita.

Édgar, soy yo”, le dice alguien desde afuera.

“ahorita abro”.

Adán toma sus llaves y quita el seguro; pasa uno de los dos motorizados.

“¿qué tal?”

“Ahí más o menos, Juan”.

Detrás pasa el segundo con la moto y la coloca justo al frente del escritorio. Adán cierra la puerta y se acerca a saludar al que acaba de entrar.

“¿Recuerdas a mi amigo Alvin, ¿no?”, le indica el primer visitante.

“Claro, de anoche”, confirma Adán.

“Qué tal”, saluda el conductor.

Despojados de cascos y trajes protectores, Juan y Alvin ingresan a la casa de Tito. Adán va tras ellos. No terminan de entrar al pasillo cuando se abre la puerta del baño y Owen sale cubierto por una toalla.

“Buenas noches”, los saluda.

Los dos visitantes se sorprenden del físico de ébano frente a ellos y Juan comienza a salivar. Adán pasa la voz a Flor, quien sesienta con el fiscal a repetirle la historia de aquella tarde cuando llegaron los dos empleados de Cruz Dorada a la casa, mientras el cuerpo de luchador va con Alvin a la entrada real del inmueble.

“Debería estar aquí”, apunta el primero mientras el biólogo usa una pequeña brocha para retirar la capa de tierra a lo largo de la veredita de acceso.

En la sala, Flor termina su relato.

“¿Solo estabas con ese chico aquí?”, cuestiona Juan.

“Sí, solo con Owen”.

“¿Y de dónde apareció ese muchacho?”

“Simplemente apareció, como le dije”.

Alvin entra a la casa sin gesto, mientras que Adán lo hace muy frustrado.

“¿Pudiste tomar muestras?”, consulta Juan.

“No hay mancha”, responde Alvin.

“¡Es imposible!”, reacciona Flor. “El doctor Christian le dijo a papá que no barriera ni lavara la vereda”.

“García y Saldívar se miran a los ojos. El segundo va a su mochila y saca un frasco.

“¿Qué es eso?”, se alarma el fiscal.

“Luminol”, dice Alvin.

“No puedes; tendría que haber una diligencia, y esto es absolutamente extraoficial sin contar que estoy violando jurisdicción”, le observa García.

“Es la única forma de que tengamos una prueba”.

“Sí hay mancha”, interviene Owen aparecido quién sabe cómo.

“¿Sabes dónde está?”, averigua Alvin.

“Christian tomó una foto”, responde Owen.

Alvin y Juan vuelven a mirarse. Juan cree que éste es el final del camino, al menos extralegalmente hablando.

“Yo tengo una foto”, dice alguien desde atrás de Owen.

Todos voltean la cara hacia el pasillo: Frank alza su celular en la mano izquierda con la pantalla iluminada. Adán, Juan, Alvin y Flor lo miran boquiabiertos (no tanto porque hubiese salido en short), mientras que Owen le sonríe aprobatoriamente. 

sábado, 10 de julio de 2021

La hermandad de la luna 4.7

A mediodía ya no quedan alumnos en el AMW, así que Adán y Owen deciden cerrarlo. Tras cuadrar cuentas, los dos ingresan a la casa.

“Tengo que ir a la finca; te traeré almuerzo”.

“No ser necesario”, sonríe Owen. “Yo saber cocinar”.

“¿Seguro?”

“Sí”.

Adán busca su gorra y va al pasillo largo para sacar su bicicleta, cuando se detiene en seco.

“¿Cómo hiciste lo de anoche?”

“¿Yo?”, rresponde el risueño instructor. “Yo no hacerlo solo”.

“¿Cómo lo hicimos, entonces?”

“energía, Ádam. Tu saberlo. ¿Por qué dudarlo?”

El cuerpo de luchador sonríe:

“Hablaremos cuando regrese… y hablaremos mucho”.

Al abrir la puerta y sacar la bicicleta, mira al jardín y nota algo que allí no estaba el día anterior: un pasamontañas negro. Qué raro, se dice. Se agacha a recogerlo, abre su mochila y lo guarda.


 

Tras el almuerzo en la finca, Tito decide quedarse todo el fin de semana con Flor.

“Tomaré tus turnos de vigilancia”, le dice a Frank.

La chica no es partidaria de la idea luego de la intensa noche anterior, pero también trata de entender a su padre tras las horas tensas que les tocaron vivir. Tito encarga a Adán la administración del gimnasio por las próximas cuarenta y ocho horas.

“Deberíamos traer a Owen esta noche para comer y tomar algo aquí”, sugiere el cuerpo de luchador.

“Primero verifica que no haya alumnos para mañana; con esto de que el negro se ha vuelto popular, no descarto que le aparezcan citas de entrenamiento; por otro lado, no quiero dejar ni la casa ni el local solos después de lo que pasó”.

Adán mira a los cuatro costados y se cuida de que no haya nadie escuchándolos.

“¿No hay problema que me quede solo con Owen?”

“No. ¿Qué problema va a haber, primo?”

“Solo… decía”.

“Sigo tu consejo, primito querido”, ironiza Tito.

“Y… ¿te quedó alguna… marca?”

El gladiador no entiende la pregunta.

“En el culo, huevón”, susurra Adán.

“Ah… No, la verdad nada. ¿Y a ti?”

“Ni mierda, primo. ¿Cómo lo hizo si era enorme?”

Tito no sabe qué decir. Incluso para él es un misterio cómo los tres consiguieron dormir tan cómodos esa madrugada en la misma cama de plaza y media.

 


A las siete y media de la noche, Frank y César llegan hasta el tercer piso de un edificio como cualquier edificio en el lado sur de Collique.

“¿Seguro que tu amigo te dijo aquí?”, duda el más joven.

“Es el número”, dice el menos joven.

Frank toca el timbre. Ambos esperan. Un chico joven y guapo les abre la puerta. “¿El señor Saúl? Venimos de parte del fiscal García”.


 

Saúl es un tipo mestizo con rasgos afro, cuarenta y tantos, algo alto, ni delgado ni musculoso, pero sí evidentemente en forma. Tiene ojos grandes, boca también grande y de labios carnosos, cabello crespo esponjado. Viste camiseta y jean entallados, zapatos marrón oscuro con relieves que imitan la piel de un reptil.

“¿Así que quieren bailar como Strippers?”

“No,solo yo”, aclara Frank.

Ambos, junto a César, están en una pequeña oficina donde no hay más que un sofá y un sillón, una mesa de centro sin mayor pretensión estilística, la luz difusa de una lámpara.

“Muéstrame lo que sabes hacer, entonces”, pide Saúl.

Frank mueve la mesa de centro a un costado, coge su celular, ubica el tema interpretado con saxofón y comienza a moverse de manera sensual sin perder el contacto visual con su examinador, quien está sentado junto a César sobre el sofá. Se deshace de la camiseta y Saúl, casi por reflejo, topa y acaricia el grueso muslo del fisicuculturista. Conforme la sensual pieza continúa, el bailarín delante de ellos se quita las zapatillas, el cinturón (con el que hace el típico juego de azotarse sin azotarse y sobarse la entrepierna), y se desabrocha el jean. Frank se acerca a Saúl:

“Baja el cierre”.

El hombre suelta el muslo de César (y César respira menos tenso), lo lleva a la base de la cremallera y con la otra ase el ganchito, lo baja lentamente. Un interior negro con una luna blanca en cuarto creciente, bordada en hilo, aparece debajo.

“No puede ser”, murmura Saúl.

“Bájame el jean”, instruye Frank sin dejar de contonearse.

Saúl duda, tiene el pantalón cogido de las mangas, tocando los duros muslos, pero no se decide a nada. Respira hondo y rápido, y se pone de pie súbitamente.

“¿Qué significa esto?”, inquiere serio. “¿Son policías?”

Frank y César se miran algo nerviosos.

“No, no lo somos”, intenta tranquilizar el primero. “¿Por qué?”

“¿De dónde sacaste esa tanga?”

Frank se mira la entrepierna y reacciona de inmediato.

“Ah, se la compré a un amigo en el gimnasio al que voy”.

“¿Qué gimnasio?”, pregunta un ansioso Saúl.

“El Extreme”, mete su boca César, como impelido por un resorte.

Saúl intenta tranquilizarse, y Frank  se levanta un poco el jean, acercándose. Pone su mano derecha en la nuca de su anfitrión, y la izquierda en medio de su pecho.

“¿Te traemos agua? No luces bien”.

Saúl se niega. César se levanta y lo toma del brazo derecho.

“Siéntate, tranquilízate”, le sugiere.

Saúl considera que ésa es una mejor idea. Frank se coloca a su lado.

“¿Quién los envió, muchachos? ¿Cuánta plata quiere García? ¿Van a cerrarme el local?”

“Nada de eso, señor. Solo vine a pedirle trabajo porque me dijeron que su club es… muy concurrido”.

“¿Quién te dijo eso?”

“ehhh…”, se entromete César.  “Lo que mi amigo trata de decir es que… usted tiene un público selecto… como… el doctor… García”.

Saúl parece respirar más tranquilo.

“Entonces García los mandó”.

“Solo nos recomendó”, aclara César.

¿En serio solo es eso, muchachos?”

“Sí, mire”, le dice Frank terminándose de sacar el jean y poniéndose de pie delante suyo, girando hasta darle la espalda, luciendo el hilo dental negro.

“Rico culo, aunque falta depilarlo…”, califica a Frank.  “¿Y tú no bailas?”, se dirige a César.

Frank carraspea.

“Sí, pero… ehhh… no vine preparado”, se justifica César.

Frank carraspea de nuevo.

“Pero… ehhh… puedes verme si quieres”, ofrece el fisicoculturista, quien se pone de pie, pide música, y comienza a desprenderse de su camiseta, sus zapatillas, su jean y se queda en un bóxer blanco pegado.

“Se mueven bien, chicos; pero los shows en el G4G terminan con los chicos… desnudos”, aclara Saúl.

Frank y César se miran algo nerviosos. El más joven hace un gesto con la cara y el fisicoculturista se le acerca; el que viste la tanga hilo dental toma la pretina del bóxer, y se lo baja a César simulando besarle el cuello.

“Sígueme la corriente”, alcanza a decirle casi infrasónicamente en la oreja.

El más musculoso toma las tiras de la tanga y se las baja a Frank. Ambos se abrazan y siguen besándose en el cuello mientras rozan sus penes. Lo gracioso es que, por la diferencia de estaturas, el más joven lo hace a la altura del ombligo de César, y éste termina metiendo su erección entre las dos piernas de su amigo.

“me han puesto arrechísimo”, comenta Saúl, quien se pone en pie, se desnuda todo y se acerca a los chicos tratando de meter su pene erecto y largo entre los torsos bien labrados. Ambos le besan indistintamente el cuello y las tetillas. Saúl se hinca y comienza a chupar los falos de cada uno. César mira a Frank con cara de ¿¿y qué viene ahora?’. El joven alto y atlético solo guiña un ojo como respuesta.

“Oh”, Saúl deja de mamar los penes y se sienta en el sofá. “Vengan”.

Ambos chicos lo siguen y flanquean, continúan besándose en el cuello, mientras sus manos se confunden acariciando alguno de los tres cuerpos.

“Mejor nos tranquilizamos, chicos”, opina Saúl; “si los ordeño ahora, ya no querrán bailar más tarde”.

“Solo bailaré yo”, reitera Frank.

Saúl sonríe. Al fin, el más joven se anima a darle un breve beso en la boca, aunque por puro compromiso.

“¿Por qué te jodió ver mi tanga?”

“¿¿Sabes qué tiene bordada?”

“Una Luna. Pero, ¿qué tiene que ver eso?”

“Pensé que era un mensaje de los dueños anteriores. ¿Has oído hablar de Manolo Rodríguez?”

“No”, miente Frank con todo desparpajo.

“Fue el dueño de este local hasta hace cinco o seis años, pero no sé por qué terminó vendiéndolo. Él protegía a un chibolito, Christian, que intentaba manipularlo, pero Manolo no caía fácil, aunque no tanto porque fuese fuerte sino porque tenía un grupo de empleados. Se llamaban La Estirpe, un juego de letras que venía de strippers. Recuerdo que había un ojos claros, velludo como tú, blanco; le llamaban Joey. A Christian no le gustaba que ese chico interfiriera en sus planes. Manolo mandó todo a la mierda y puso en venta el local. Yo se lo terminé comprando. Christian quiso venir a manipularme también, pero lo puse en su sitio; ahora es cliente”.

“¿Es cliente de aquí?”, Frank verifica.

“Sí, viene siempre. Tres o cuatro veces por semana. Hoy de hecho que viene para quedarse de amanecida hasta mañana”, sonríe Saúl.

“¿Y vino esta semana?”, interviene César.

“¿Seguro que no son policías, chicos? Tienen todo el corte”.

“Sí”, bromea Frank. “Tócame mi pistola y mi placa”, le insinúa moviendo su cadera.

Saúl ríe.

“Sí, sí vino esta semana: el miércoles estuvo un rato, pero tuvo un problema con otro chico, un venezolano que lo conocemos como Edú”.

Frank y César se miran sorprendidos pero tratando de disimular lo más posible para que Saúl no lo advierta.

“Tuvimos que llamar a la ambulancia porque Christian se desmayó en un privado”.

“¿Y el venezolano?”

“Se esfumó”, responde Saúl.

“Vamos a prepararnos para venir más tarde”, avisa César a Frank, quien asiente. Los dos chicos recogen las prendas del suelo y se visten otra vez. Saúl hace lo mismo y saca su billetera, toma dos de doscientos y le da uno a cada chico.

“Díganle al Juancho que no me haga problemas, por favor”.

Los chicos miran desconcertados a Saúl.

“No somos policías”, repite Frank.

“No importa… aunque sea para sus pasajes. ¿Vendrán más tarde, no?”

“Claro”, miente Frank. “Solo algo más… ¿Christian solo vino el miércoles?”

“Ah, no”, retoma Saúl. “También vino el lunes, y no vino solo: estuvo con Manolo, y fue la última vez que los vimos juntos… y que lo vimos vivo”. Saúl comienza a sollozar.

Frank abraza al hombre mientras mira sorprendido a César.

“Toma”, le devuelve el billete a Saúl, quien lo mira totalmente desconcertado.

“¿Por qué?”

“Nadie debe saber que tuvimos esta conversación… podría comprometerte”, aconseja el muchacho.

“Me das miedo”, tiembla Saúl.

“Tranquilo que nada te va a pasar, promete Frank. “Te diré qué vamos a hacer”.


 

viernes, 22 de abril de 2022

La hermandad de la luna 10.5

En la finca, Elga y Carlos cenan algo ligero.

“entonces, te quedas más tranquila”.

“Puede decirse que sí”.

El celular de la mujer suena. Ella hace un gesto de incomodidad pero contesta.

“Dime, Crhis”.

“Ya compré los pasajes: salimos mañana a mediodía a la capital y por la noche a Miami, luego haremos conexión a Madrid. Alista tu equipaje o dime qué te empaco acá”.

“Pero, Christian. ¿Tan rápido?”

“¡No me contradigas! Mañana te paso viendo”.

“¿Y… la venta?”

“No te preocupes; mañana te paso viendo”.

El abogado corta la llamada y Elga se queda algo pasmada.

“¿Malas noticias?”, averigua el capataz.

“Pésimas”, responde la mujer.

Se escucha el timbre del portón. Carlos abre y entra Tito en su bicicleta.

“¿Crees que sea posible habilitar el cuarto que ocupaba Flor?”

“¿Qué pasó?”, se alarma Carlos.

“¿Dónde está elga?”, replica el gladiador.

El capataz luce desconcertado.

Mira un video aquí. 

Casi hora y media después, la camioneta de Juan se estaciona a un costado de la puerta del AMW. A su lado está Alvin, quien carga su mochila. Ambos bajan e ingresan. Al biólogo le llama la vista las tres fotos que están al fondo del salón, además del cuerpo armonioso de Owen, quien lo saluda sonriendo a la distancia. Adán los recibe y los hace pasar a la sala, donde están Frank y Flor, algo tensos. El cuerpo de luchador entrega  la bolsa plástica a Alvin, quien la guarda en otra más gruesa con cierre hermético de plástico. Introduce todo el contenido en la mochila.

“Si la muestra coincide, el resto será presionar a Cruz Dorada para que nos revele su identidad, y denunciarlo por acoso junto al otro sujeto”, adelanta Juan.

“Luis Alfonso Valdivia Serrano”, recita Adán.

“¿Qué cosa?, se asombra el fiscal.

“El nombre del baleado”.

“¿Cómo lo conseguiste”.

“Tendrías que ser un comando de estirpe para entenderlo”, guiña un ojo el cuerpo de luchador.

“¿Y dices que Owen le paró el sangrado?”, averigua Alvin.

“No sé cómo lo hizo, pero lo hizo”, responde Adán.

Y a propósito de Owen… ¿será que… podemos tomar una clase con él?”, consulta Juan.

Adán y Frank se miran desconcertados.

“Sabemos lo que piensan, pero Juan tiene un plan”, tranquiliza Alvin.

Frank y Adán, y encima Flor, se miran más desconcertados aún.

“¿Trajeron ropa para entrenar?”

Juan y Alvin asienten con la cabeza, sonriendo.

“Pero antes conversemos”, propone el fiscal. “Vamos a pagar por nuestra clase”.

“Y comenzaremos diciendo que de no ser por tu foto, Frank, no tendríamos más que pistas sueltas”, dice Alvin.

“Y no fue lo único bueno que hizo”, añade Flor besándolo en la mejilla.

“Mejor aún”, califica Juan. “Así que hemos pensado lo siguiente…”

Tres cuartos de hora después, un carro de la Policía se estaciona en toda la esquina donde está la casa de Tito; seis efectivos bajan. Adán está en el gimnasio preparándose para cerrar aunque aún hay tres alumnos; en el sofá de la sala, Frank y Flor tienen tiempo para besarse y desnudarse por completo a pesar de la tensión. Tocan la puerta principal.

“No temas”, le dice el enamorado. “Anda al cuarto”.

Flor le hace caso, y cuando está oculta, Frank se asoma a la puerta.

 “Soy el fiscal Leonardo Vargas, de la Fiscalía Distrital Mixta de Santa Cruz, y vengo a detener al ciudadano sudafricano Owen Mgombo”.

Un sujeto con chaleco del Ministerio Público encima de su ropa sport le muestra un papel. Detrás del funcionario hay tres policías.

“Déjenos pasar”, el fiscal exhorta al joven de bello torso que lo atiende.

“¿Me permite su orden, por favor?”, pide Frank respetuosamente.

La luz eléctrica parece oscilar.

 “Te conozco”, le responde Vargas. “Tú no eres abogado ni eres el dueño de esta casa”.

“¿Me permite su orden, por favor?”, insiste Frank más pausadamente. “Tengo derecho a revisarla”.

Uno de los policías saca su celular e intenta llamar. El aparato está muerto.

“Vete a la otra puerta”, le dice a uno de sus compañeros. “Se va a escapar por allá”.

Frank devuelve la orden y abre la puerta protegiéndose tras ella. La luz eléctrica continúa oscilando con levedad.

“Pase, por favor”.

El fiscal y los dos policías ingresan a la sala y lo primero que les sorprende es ver en pelotas al más joven. Uno de ellos lleva una cámara goPro asegurada a la cabeza.

“¿Podría vestirse, por favor?”, pide el hombre con una medalla que consiste en una estrella dorada de seis puntas sujeta al cuello por un listón celeste.

“Así suelo estar en casa”, replica Frank.

“ésta no es tu casa sino la de José Alberto Carrillo”, espeta el fiscal a cargo.

Uno de los policías ingresa a la cocina y luego al baño; el otro abre la habitación de Tito y parece estar revolviendo cosas.

“¿Y esa puerta?”, inquiere impaciente el fiscal

“¿Quiere que se la abra?”, pregunta Frank.

“¡Me respetas, muchacho!”

“¿Y yo qué hice ahora? ¿Se la dejo o no se la dejo abierta?”

Vargas comienza a molestarse.

“Ábrela, so malcriado”.

Frank sonríe y jala la puerta del pasadizo. El fiscal ingresa y se topa con la bicicleta de Adán; avanza hasta la lavandería y no encuentra a nadie.

“¡Abran esta puerta!”, grita al hallar otra que está cerrada por dentro.

Frank, aún totalmente desnudo, va por el pasillo cuando ambos escuchan a Flor dando un grito desgarrador.  El primero da media vuelta.

“¡Tombo so reconchatumadre!”

“Mierda”, masculla el fiscal y va corriendo también.

Cuando llegan al pasadizo de la casa, el policía con la cámara sale pidiendo disculpas, y Frank se le abalanza dándole un puñetazo en la cara.

“¡Me quiso manosear!”, llora a voces Flor desde dentro del dormitorio.

El otro policía intenta que Frank no vuelva a agredirlo, pero el más joven se zafa e ingresa al dormitorio. Flor está desnuda sobre la cama apenas cubierta por una sábana.

“¡Ese policía me quiso manosear! ¡Me quiso manosear!”, grita llorando.

Adán entra de golpe por el pasillo y se queda en la puerta. Frank sale del dormitorio. Los dos tienen encorchetados al fiscal y los dos policías quienes los miran asustados. Por si fuera poco, en la puerta de acceso al gimnasio se suman Juan y Alvin, mientras el tercer alumno rompe el cerco del portón y comienza a alborotar al vecindario.

“Usted no sale de acá, doctor, hasta que ese policía se vaya preso por abusador sexual”, le dice Adán con firmeza y furia, en estricto tono militar.

Juan se adelanta y saca de su short su identificación en alto.

“Ministerio Público. Segunda Fiscalía Provincial Corporativa de Collique. Usted, señor fiscal y estos dos efectivos se van detenidos mientras se aclara este altercado”.

“Pe-pe-pero, colega, vinimos a detener a un prófugo”.

“¿Señor fiscal, guarde silencio, por favor”, insta Juan.

“Pero, García, el instructor acá es sudafricano y está de ilegal”.

“¿Cuál sudafricano?”, Adán mete su cuchara. “Nuestro instructor no es sudafricano y tenemos sus papeles para probarlo”.

“Todos guarden silencio, he dicho”, interviene Juan García.

Vargas entiende que ha caído en una celada, mientras Flor sigue llorando a voces desde dentro de su dormitorio. Una multitud de gente comienza a formarse alrededor de la casa de Tito y el gimnasio.

“el policía la quiso forzar”, comienza a expandirse el rumor.

Los otros cuatro efectivos en el portón del AMW se ven perdidos cuando la gente comienza a bloquear uno de los carriles de la avenida. Alvin sale a requerir a tres de ellos para ejecutar la detención por flagrancia.

“¡Que se lleven preso al policía violador!”, grita la vecina de Tito.

 “¡Sí! ¡Que se lo lleven preso!”

El policía que queda solitario junto al portón solo atina a pedir orden a la multitud, mientras, milagrosamente se reactiva la señal de los celulares y la luz eléctrica parece estabilizarse. Veinte minutos después, Tito llega en su bicicleta (abriéndose paso a gritos entre la gente que lo rodea) e ingresa por el portón del gimnasio, mientras que por la otra, un magullado comisario Castro llega en otro vehículo e intenta extraer al fiscal local y dos de sus efectivos ahora detenidos, pero la multitud se lo impide así que da media vuelta hasta regresar a la estación en la plaza principal. Juan es quien sale y convence a la gente que es necesario trasladar a los detenidos porque si se mantienen dentro de la casa de Tito sería una arbitrariedad, pero la multitud no escucha razones; entonces, sale Adán y lo logra: montan a los tres detenidos en el mismo camión preparado para Owen. El administrador de Santa Cruz Directo no pierde detalle de la noticia y la transmite en vivo mediante su fanpage.