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domingo, 29 de enero de 2023

Gozando nuestros culos en simultáneo

Si su cuerpazo ya me había sorprendido, me sorprendió mucho más la pose que hicimos para disfrutar de nuestros anos.

 


Hola. De nuevo soy Gonzalo. Con esto de las protestas, la empresa para la que trabajo ya no nos está enviando al sur ni a la selva del Perú, así que ha decidido reforzar la chamba en el norte.

Mis jefes me comisionaron para ver unas vainas y yo acepté gustoso. Con un poco de suerte, podría darme un salto a esa playa solitaria, si seguía solitaria, para estar un rato cachando a ese pescador que conocí la vez anterior.

Lo primero que hice fue mensajearlo. Al responder me dijo que esos días estaba en alta mar, en plena faena, y que era complicado que nos reunamos. Ni modo, dije. No tiene sentido ir a la playa. Encima, llegando a Piura, mis jefes me escribieron que esté atento porque deseaban cerrar negocios con un cliente, así que no podía moverme de la ciudad. Y tal cliente no tardó en aparecer. Me llamó al celular y me pidió que me reúna con él.

Como para mí el calor acá está fuerte, me puse una camisa delgada y un pantalón delgado muy fresco. Me presenté a la oficina del cliente: un pata casi de mi edad, guapo, en una oficina muy ventilada y vestido en polo. Me recibió.

Cuando se levantó para saludarme, me percaté que vestía una bermuda. Mi ojo clínico al toque se dio cuenta que el pata tiraba su gym.

Hablamos del negocio, llegamos a buen trato; me ofreció celebrarlo:

“Te invito a comer a mi casa”, me dijo.

Como supondrán, yo no podía negarme porque acabábamos de cerrar parte de un trato. Así que me subí a su camioneta. Allí dentro pude confirmar que sus brazos y piernas eran puro gym. Lo mismo su torso. No pregunté. Cuando entrenas también, desarrollas un ojo clínico. Procuré ser discreto y comenzamos a hablar de otras huevadas.

Conforme avanzamos, me di cuenta que salíamos de la ciudad. En cuestión de media hora, o más, llegamos como a un fundo lleno de algarrobos. Y, escondida entre ellos, una linda casa con su jardín. Bajamos.

La sombra de los árboles atenuaron el calor un poco a la vez que refrescaban el aire. De más está decir que me sentía complacido respirando aire puro. El pata regresó:

“Mira, van a demorarse una media hora en traer el almuerzo… ¿estás apurado?”

“No”, le respondí. “Para nada”.

“Mostro”, me dijo. Se fue por ahí hablando por su celular.

Si hubiese estado solo, hacía rato que me hubiese calateado y recorrido ese fundo a mis anchas, pero… era solo un invitado.

El pata regresó:

“Adelante, por favor. ¿Quieres tomarte algo helado mientras nos traen la comida?”

“Claro, por qué no”.

Dentro de su sala hacía un poco de calor, hasta que viendo a la mampara del fondo creí notar algo parecido a una piscina o una fuente. Asumo que el pata se dio cuenta.

“¿Quieres darte un chapuzón?”, me dijo.

Yo me avergoncé un poco.

“No traje ropa de baño”, me justifiqué.

“Yo menos”, dijo el pata. “¿Si quieres, báñate calato”.

“Pero, ¿y tu familia?”

“Mi esposa está trabajando en Piura, mis hijos están en vacaciones útiles, esto solo lo ocupamos los fines de semana… salvo que te paltee estar calato; entonces, lo entendería”.

“No… no me paltea estar calato en una piscina”.

No quise ser majadero. Levanté mi culo de ese sofá y seguí al pata. Por cierto, tiene un hermoso culo, o al menos eso traslucía la bermuda que se puso.

Abrió la mampara. No era una piscina propiamente dicha, pero esa agua cristalina que brillaba al sol no podía desaprovecharse. Me quité mi camisa, mis zapatos frescos, mi pantalón y mi bóxer. Me metí al agua: estaba tibia.

La fuente no era profunda. Me senté y solo me cubría hasta el pecho. Qué rico sentir el agua cubriendo mi cuerpo desnudo. Cerré los ojos. Disfruté el momento.

“Tu trago”, me dijo el pata sacándome de mi meditación.

Estaba calato también. No me había equivocado: su cuerpo era puro músculo magro, bien esculpido en el gym con ese tono trigueño oscuro que resaltaba sus formas. Su pene parecía normal. Su vello púbico parecía recortado. Era más lampiño que otra cosa.

Se metió a la fuente junto a mí. Chocamos los vasos.

“Por el inicio de una fructífera relación… de negocios”.

“Porque todo salga bien… en los negocios, quiero decir”, respondí sonriendo.

Me preguntó qué me parecía la jato; le dije que bravaza.

“Vas al gym, ¿no?”, me lanzó.

“Sí”, le respondí extrañado. “Tú… también, ¿no?”

“Sí… algo”.

“Tienes un cculazo... ¡perdón! Un cuerpa…”

El pata se carcajeó. Yo me arroché más.

“No eres el primer pata que me lo dice”, me tranquilizó palmeándome el hombro. “Lástima que no pueda devolverte el cumplido”.

“¿Por qué?”, pregunté aún arrochado.

“No he visto tu culo aún”.

“¿Quieres verlo?”

“Si deseas”.

Yo sonreí y, sin tanto roche, me puse de pie dándole la espalda.

“Redondito, blanquito y lampiño… ¿puedo tocarlo?”, me dijo el pata.

“Sí, creo”.

Sentí sus suaves manos  primero tanteando, luego sobando, finalmente acariciando. Mi pinga se estaba poniendo dura. Entonces sentí  que con dos de sus dedos me separaba mis nalgas justo a la altura de mi agujero.

“Estás pito”, me dijo.

“¿Tú también estás pito?”, le devolví.

“A ver… mira”.

Giré. Él se había puesto de pie y se había apoyado en el filo de la fuente. Separó sus piernas, como en las cárceles gringas, y me miró sonriendo. Yo, ya sin roche y con mi pinga bien dura, me agaché a verlo. Le separé sus nalgas.

“Creo que también estás pito”, le observé.

“Bien pito”, me confirmó. “pero creo que tú te mueres por clavarme esa pinga en mi culo, ¿o no?”

“¿Por qué dices eso?”, me palteé.

“Porque la tienes bien al palo, y seguro con la leche a punto de derramarse”.

Yo me quedé helado.

“Ven, hagamos algo”, me invitó.

Fuimos hasta uno de los dormitorios, y así calatos nos echamos frente a frente. Nos revolcamos abrazados en la cama mientras nos besábamos en la boca. Nuestras pingas duras se presionaban una contra la otra. No saben lo rico que se sentía todo eso. Entonces dejó de besarme:

“Déjame hacerte un beso negro, y tú me lo haces a mí también”.

“si solo es beso negro, chévere; pero, ¿quién comienza?”

“Hagámoslo al mismo tiempo”.

Yo me quedé idiota. ¿Cómo iba a hacerse eso? Sin embargo, ese piurano tenía un método: haciendo el clásico 69, comprimiendo un poco los abdominales, era posible que nuestras lenguas pudieran alcanzar los anos y las nalgas del compañero mientras nuestras pingas se frotaban contra nuestros pechos y nuestras bolas bailaban en nuestros cuellos. Las caricias de su lengua en mi ano eran por demás placenteras; imagino que las mías en el suyo lo eran igual.

Ni en mis más arrechos sueños húmedos hubiera pensado en ese modo de darnos placer al mismo tiempo, mucho más cuando comenzamos a pajear nuestros penes a puro movimiento de cadera. Sudábamos, pero, qué mierda, esto era mil veces mejor que meterla en su ano.

Y así, entre lamida, caricia y frotación, no pude más y le solté todo mi semen en su pecho. Me prendí a su ano y sus nalgas como si fuese mi más querido muñeco de peluche.  Yo solo jadeaba.

Minutos después, pude sentir su eyaculación caliente en mi pecho. Él siguió haciéndome el beso negro.

Entonces sonó su celular. Se levantó y lo contestó. Pude ver toda su espalda, culo y piernas bien formados. ¡Qué cuerpazo me había comido esa mañana! Cortó.

“Bañémonos en la ducha: el almuerzo está por llegar”, me avisó.

“Oye… ¿te gustó?”

El pata me sonrió:

“¡Me encantó! Y ahora que vamos a estar haciendo negocios, lo vamos a repetir. ¿No crees?”

Yo sonreí. Definitivamente esa era una buena idea.

Mira otros relatos de Gonzalo |Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com     

viernes, 25 de noviembre de 2022

Ser Rafael 14.2: También me acosté con hombres


Al salir del establecimiento, había avanzado los primeros diez metros, cuando una voz aguda me llamó.

“¡Raaaaffffooooo!”

Decidí caminar más rápido, pero alguien me había dado alcance. Me topó del hombro, y yo giré dispuesto a armar pelea.

“¡Oee, so reconch….! ¡Tuco!”

Mi mejor amigo, Josué, estaba parado frente a mí.

“Carajo. Esa mente. ¡esa mente, por Dios!”

Le di un fuerte abrazo, y un manazo a la vez por la broma.

“¿Cuándo llegaste?”

“Esta tarde”.

“¿Y por qué mierda no llamaste?”

“Carajo, Rafo. ¿Uno ya no puede darte sorpresas?”

“¿Con que ésas tenemos? Yo tengo una real sorpresa”.

Lo llevé al punto de encuentro con Laura y elena. Las muestras de ruidoso afecto no se hicieron esperar. Como el Tuco llegaba a mi casa desde que éramos púberes, forzosamente conocía a mi hermana.

Estaba contemplando henchido de felicidad aquel cuadro, cuando tuve esa rara sensación de ser observado. Volteé a ver, pero nada. ¿Me estaré volviendo paranóico?, pensé.

Desde esa noche, todas las salidas las hacíamos los cuatro, dos parejas. Incluso, Josué iba a ver a elena cuando yo estaba trabajando, para sacarla a la calle.

Mientras tanto, él y yo nos veíamos en el gimnasio. si teníamos que salir con las chicas, nos duchábamos juntos. Jaime me miraba molesto los primeros días, hasta que desapareció.

Para Josué y para mí no era vergonzoso mirarnos desnudos, y no me refiero a estar en forma o no, sino que toda la vida hemos visto cómo nuestros cuerpos adolescentes evolucionaban a su configuración adulta, y como si nada. Incluso solíamos jugar dándonos puñetazos amortiguados.

Un momento con Josué siempre era un momento para hacer reír y reír, para llorar y consolar, para compartir, para retar, para pensar, y hasta para callar. Además, era la única persona con la que me podía abrir y revelarlo todo, como lo que pasó con Al.

“¿en serio te ofreció ir a estados Unidos? Asu. ¿Qué le hiciste al gringo?”

“No me parece que haya mala intención en lo que me dijo, pero no me nace ir para allá”.

“¿Y sobre lo que te dijo de Laura? ¿De tu relación con Laura?”

“No lo sé, huevón. ¿Piensas que soy homosexual?”

“No seas huevón, Rafo. No se trata de lo que yo piense, sino de cómo seas, y cómo te aceptes además”.

“Si fueras gay, ¿tendrías palta en admitirlo?”

Josué pensó unos segundos.

“No. Especialmente frente a ti, no tendría palta”.

“¿en serio?”

“En serio. Es más. También he tirado con hombres”.

Me quedé helado.

No supe cómo reaccionar.

Busqué articular algo.

“Bi-bi- sexual?”

“Creo que sí… ¿Te jode, Rafo?”

Seguía realmente desconcertado.

Tras unos segundos para procesar tal carga de información, me le estreché y le dí un abrazo cariñoso.

“No, huevón. Eres mi amigo, mi pata, ¡mi hermano! ¿Cómo me va a joder?”


De vez en cuando, elena y yo también buscábamos la forma de pasar un rato solos, para conversar de nuestras cosas, o visitar amigos o amigas en común, o largarnos por ahí caminando, conversando, aconsejándonos. Porque antes que mi hermana, Laura es mi mejor amiga.

Aparte que nuestros torneos fraternales de video juegos eran épicos: casi siempre ella me ganaba. Sí, soy medio torpe en eso de concursar.

Tras una batalla que perdí vergonzosamente, fuimos a un café cercano a tomar unos jugos. Como me acababa de ganar, se la pasó recordándomelo todo el rato.

No paramos de reírnos hasta que nos quedamos en silencio.

Era el momento que buscaba, quizás.

“Zamba, ¿cierta esa cháchara de que apoyarías a tu hijo si fuera gay?”

“Claro, Negrito. ¿sabes por qué hay tanto gay haciendo porquería y media con su vida? O bien porque la familia no los acepta, o bien porque los aceptan a cambio de que ‘aporte’ algo para la casa. Por donde lo mires es una actitud condicional”.

“¿Y qué pasaría si fuera otro miembro de tu familia… como… un hermano, por decir?”

Elena dejó de sorber su jugo y me clavó la mirada, seria.

“Rafael, ¿qué tratas de decirme?”

Me puse nervioso. Me costó trabajo hablar.

“¿Me querrías igual si yo, alguna vez, hubiera… me hubiera acostado con otro hombre?”

“¿Y realmente lo hiciste?”

Esperé otro poco, y agarré valor.

“Sí, lo hice”.

Elena me quedó mirando. Entonces, sentí su mano fría sobre la mía… y juraría que no era por el jugo.

“Negro, eres mi hermano. Te amo igual. Tienes todo mi apoyo. Solo hay un detalle: ¿Laura?”

Oh, oh. Creo que ya oí esto antes.

“Laura no lo sabe, sospecho”.

“No me refiero a si lo sabe o no lo sabe. Me refiero a que si esos encuentros con otros chicos han sido antes de Laura o mientras has estado con Laura”.

“Mientras”.

Elena suspiró. Se tomó varios segundos. Ella no sabía a dónde dirigir su mirada.

“Hermano, debes definir esa situación. Una cosa concreta no puede ocupar dos espacios al mismo tiempo sobre cualquier plano. Es ley de la Física y es ley de la vida. ¿entiendes lo que trato de decirte?”

“Creo que sí. Debo definir las cosas”.

“Primero, por tu bien; luego, por el de todas las partes involucradas… Solo espero que te estés protegiendo, porque si no, agregarás otro problema”.

Laura volvió a sorber su jugo, mientras mi memoria traía de vuelta aquella noche con Eduardo. Aún así, sentí que regresé a casa con mi mochila medio vacía… 


Más noches después, cuando yo llegaba del gimnasio, encontré a Elena sentada en la sala viendo televisión. Lucía triste. Me chocó ver ese rostro, pero tampoco quería sentirme culpable, por lo que decidí enfrentarlo.

“Zamba, ¿estás bien?”

Elena me sonrió sin ganas.

Me le acerqué para tener algo de intimidad.

“Todo bien”.

“Zamba, esa cara no me engaña. Algo te jode. ¿es… es por mi culpa?”

Me abrazó.

“No, Negrito lindo. No es por ti. Es por mí, porque soy medio estúpida a veces”.

“¿Y eso?”

Los ojos de elena comenzaron a aguarse.

“Es Josué”.

Me quedé extrañado. ¿qué había sucedido con mi amigo?

“¿Le pasó algo?”

“No. Solo me le declaré. ¿Sabes que ese chico me gusta mucho? No sé. Es lindo, atento, chambero, maduro, respetuoso. El chico ideal. Me dijo… ‘no’”.

Rápidamente até cabos.

“Y… ¿te dijo por qué no?”

“Porque le gustan los chicos, alucina. Pero ya pasó. Tranquilo que no me moriré por eso. A propósito de lo que hablamos”.

Elena se rió despacio.

“Lo siento, Zamba”.

“Descuida. Por lo visto ya lo sabías, porque no pusiste cara de sorpresa”.

Sonreí.

“La verdad, sí. Me lo dijo hace poco”.

Me levanté para dejar las cosas en mi dormitorio.

“Negro”.

Volteé a verla, tras frenar en seco.

“¿Qué pasó?”

“Ustedes son amigos desde chibolos. Se conocen tan bien. Si alguna vez decides salir del armario e iniciar una relación, Josué sería la persona ideal para ti”.

Me quedé más helado que antes.

Lo que elena me decía era una completa estupidez… por donde quiera que se le mirara.

jueves, 17 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.3: Ser gay no es malo

    


Al descansaba su cabeza en mi hombro, mientras con su mano derecha jugaba con mi tetilla.

“esto gustó Al”.

“A mí también, Al. Te mueves chévere”.

“¿Chéve..? Che…”

“Cool”.

Al rió un poquito.

“Yo gustar tú mucho”. Yo querer tú venir a mi país”.

“¿Ir a estados Unidos?” Me quedé pensando. “Pero ya tengo una vida aquí, una carrera aquí; además están mi madre y Laura”.

“Si tú querer Laura, ¿por qué tu hacer amor a mí?”.

¡Por Dios! ¿Cómo explicarle a Al, sin ser ofensivo, que, si bien me había caído excelente, que sentía química, solo fue sexo?

“Mira, Al. Lo pensaré. ¿Qué te parece?”

Al levantó su cabeza de mi hombro, y levantó un poco el torso hasta casi posarlo sobre el mío.

“Tú tener mucho talento. Yo creer tú necesitar otro espacio… mucho mejor… no éste”.

“¿Por qué dices eso?”

“Tú y yo ser gay. Tú poder negar, pero cuando hombre hacer amor a otro hombre, ser homosexual”.

“¿Yo soy homosexual?”

“Ser homosexual no ser malo. Malo es tú no aceptar eso”. Ser homosexual es ser como bueno como ser humano”.

Al me besó en la boca.

¿Será que estaba hallando la respuesta a una pregunta existencial en el lugar más vanal que pudiera imaginar? Digo, hay gente que gasta fortunas en psicólogos, consejeros espirituales, coaches, viajes místicos, mesas en lagunas milagrosas… y no siempre encuentran lo que buscan.

Y no siempre encuentran lo que buscan… Me hizo recordar un libro de mi infancia.

Al reposó su cabeza en mi hombro y quedó plácidamente dormido.

Le di vueltas un rato a la idea, hasta que caí en la cuenta que Al no me conocía de toda la vida. Mi madre sí, Laura sí, hasta el Tuco sí. ¿qué autoridad tiene este gringo sexy y culón para darme una lección de vida en medio de nuestra atlética desnudez?

Me acomodé bien y cerré mis ojos.

Entonces, sonó mi celular.

Las ventanas revelaban una mañana de sol piurano radiante.

Al se movió un poco.

Mi móvil seguía sonando: ¡Laura!

“¿Mi amor? Dime… No. Vine un rato a la oficina. ¿Necesitas algo? No sé… Ya. Dame una hora y voy a buscarte… Besos. Te amo”.

Mientras colgaba, Al se había acomodado sobre mi brazo de tal modo que una de sus manos estaba intentando despertar mi herramienta de placer. Lo detuve amablemente.

“Debo ver a Laura con urgencia”. ¿Me prestas el baño un instante?”

Al me soltó, rodó hasta liberar mi brazo, y me dio la espalda. No quise perder tiempo en explicar nada. Solo me levanté y fui a ducharme.

Iba a bajar las escaleras, cuando vi mi celular otra vez: ¡diez y veinte de la mañana! Ni por asomo regresaba a mi casa, sino que iría a buscar a Laura al trabajo, aunque me cruzara con el insoportable de Eduardo.

    


    Cuando llegué a la sala de recepción, la encargada –asumo que el tipo de la madrugada había cambiado turno- me dijo que me esperaban.

Quedé sorprendido, pero aún así me acerqué al sofá: era Laura.

“q-q-qué haces aquí?”

“Buscándote, Rafo. ¿Tú qué haces aquí?”

Debí ponerme pálido. Yo, por lo menos, sentí que sudaba frío.

¡OK, lo enfrentaría de una buena vez!

“Vine a ver a Al”.

Laura se mostró desconcertada, extrañada mas bien… una mezcla de ambas.

“en… entonces éste sí es el hotel de al”.

Ahora el desconcertado era yo.

Pero, ya que la pelota me vino rodadita y no hay nadie que me obstruya el arco, aquí va mi pase maestro.

“Sí… ¿Por qué? ¿Tiene algo de malo que lo acompañe? Me pidió que lo acompañe porque me dio algo para mi chamba”.

Laura quedó boquiabierta, pero sin exagerar tampoco.

“Ahora que lo mencionas, Rafo, Al me dijo que quería compartirte unas cosas, pero anduvo misterioso. Y… ¿dónde están esas cosas?”

Tiempo de una reacción ingeniosa. Detalle: no olvides poner cara de niñito inocente, o sea, abre un poco los ojitos y haz un pucherito, pero todo en plan inocencia. Paso siguiente: muestra tu teléfono inteligente, pero bien rápido.

“En la memoria de mi celu”.

“Con razón. Olvidé que estos gringos son paranóicos del espionaje corporativo. Ay, amor. Por un momento, pensé otra cosa”.

¡Mierda! Sudor frío cambia a helado. Sonrosado evitable cambia a color de hormiga. ¿Hay esos tonos en los catálogos de belleza femenina?

“¿Qué cosa?”

“Pues, lo lógico: que pasaste la noche con una mujer. ¿Qué más iba a ser?”

Me reí para liberar la opresión de mi pecho.

“¿Y quién te dijo que estaba acá?”

“No sé. Me llegó un mensaje de texto. Pensé que era chisme, hasta que llamé, me dijeron… Ay, Rafo, el caso es que no fue nada malo. Perdona mis celos”.

¡Bien! Ahora regresemos el sentimiento de culpabilidad.

“Laura, Laura, Laura. ¿Volvemos a lo mismo?”

Laura se me acercó y se puso cariñosa.

“Perdóname, ¿sí? En realidad, Al sí me lo dijo, pero como habló medio enrevesado, no le entendí. Vámonos mejor”.

“Sí, mejor”.

Noté que la recepcionista miraba la escena de reojo, conteniendo una abierta sonrisa burlona.

Salimos del hotel, y nos detuvimos para buscar un taxi. Llegó uno y lo abordamos.

No acababa de arrancar el vehículo, cuando Laura abrió su bolso.

“Ah, me encargaron esto y me dijeron que te agradezca, que te pasaste”.

“¿Qué es?”

Reconocí el objeto que Laura me daba en la mano, y ahí sí sentí que la presión se me bajó: era el reloj que había dejado tras el encuentro sexual con Eduardo. 

Al llegar al trabajo de mi enamorada, lo segundo que hice después de lo primero que tenía que hacer –dejarla en su oficina- fue buscar al infeliz sexópata ése.

No lo hallé.

Sonia me interceptó, saludándome. Casi ni la escuché.

“¿Y Eduardo?”, la inquirí.

“Ay, me olvidé decirle a Laurita”.

“¿Olvidaste decirle qué?”

“Eduardo renunció hace media hora”.


miércoles, 16 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.2: El premio de Al

    


El conductor del taxi me veía por el retrovisor y sonreía socarronamente. No le hice caso.

Eduardo llamó varias veces y le cancelé la llamada. Obviamente, tampoco le hice caso.

Llegué a casa, y mi madre veía el noticiero, el que apagó para que le diera razón sobre Laura. Mucho menos le hice caso.

Antes de pegar los ojos, vi algunos mensajes que tenía pendientes de responder, entre ellos unos de Al. Bueno, hay excepciones: le hice caso.

A la noche siguiente, luego del trabajo, Laura y yo fuimos a ver a Al, y salimos, como prometí, a pasar un rato conversando, escuchando música y tomando algo; por ello, invité a ambos a mi casa.

Sí, mi madre, para variar, encantadísima.

La conversación fue trilingüe: inglés, español… y los comentarios de mi progenitora. Hablamos sobre cosas de la profesión, y fue un intercambio divertido que duró hasta las doce y media de la noche.

Laura se fue un rato al baño, cuando le dije a Al que tenía que llevarla a su casa porque debía ir a su trabajo, temprano por la mañana.

“Al, ¿a qué hora sale tu vuelo?”

“Mediodía”.

“De acuerdo. Primero te dejo, luego a Laura”.

“Mejor, primero Laura, segundo Al”.

Me quedó mirando profundamente.

Laura regresó.

“Amor, te dejamos primero para que no te duermas mañana en tu trabajo”.

“¿Mejor no dejamos primero a Al?”

“él prefiere que primero te dejemos a ti”.

Laura pareció no objetarlo.

    

    

    

Durante el camino a casa de mi enamorada, hablamos sobre el fascinante mundo de la moneda electrónica. Al nos explicó de sus ventajas, y cómo mediante inversiones conservadoras podían tenerse decorosas ganancias.

Dejamos a Laura.

La misma conversación se mantuvo hasta que llegamos a su hotel, uno de los más caros en pleno centro de la ciudad. Bajamos del auto, no sin antes pedirle al conductor que me esperara un momento pues lo siguiente sería regresar a mi casa.

“Bueno, Al. Te dejo aquí”.

“¿Tú dejar Al solo?”

Volvió a clavarme sus ojos verdes, ésos mismos que me sacaron de cuadro aquella tarde en la playa. Sí, también los hombres palidecemos ante ciertas miradas de otros hombres.

“¿Y adónde vamos?”

“Seguir Al”.

Le obedecí, y entendí por qué debía seguirlo: sus bubble butts bajo sus entallados jeans, que ingresaban al hotel. Pedí disculpas al conductor y le pagué las dos carreras; lo dejé ir.

Al habló con el recepcionista y me hizo la seña de que lo siguiera otra vez.

Cuando cerró la puerta de su habitación, el gringo se volteó a verme, me acarició la cadera, se aproximó y me besó.

Lo hacía muy bien, por cierto.

“¿Tú saber tu ser mi mejor alumno de capacitación?”

“¿En serio?”

“éste ser tu premio”.

Volvió a besarme, y a desabotonarme la camisa conforme nuestros labios se saboreaban del alcohol remanente tras la velada en mi casa.

Ya desnudos, nos acostamos sobre la cómoda cama de dos plazas para comenzar la exploración de nuestros cuerpos con las manos, los labios, los sonidos y las desinhibiciones que el momento ameritaba.

Pensé haber llegado al cielo cuando iba besando su espalda desde la nuca hasta hundir mi rostro en medio de esas dos firmes protuberancias que capturaron mi interés, mis fantasías, mis erecciones desde aquella tarde en la playa, aquel instante cuando me envió sus fotos, las sesiones de capacitación, el entrenamiento de piernas en el gimnasio y el hecho de seguirlo hasta el hotel.

Luego, con las debidas protección y docilidad, hundí mi orgullo masculino en busca de una sensación que cualquier activo latino guarda en su lista de experiencias libidinosas por cumplir: penetrar un trasero gringo.

Sonidos, piel, penumbra, amplitud. Sexo.

Ambos estallamos tres veces. Quisimos hacerlo al mismo tiempo, pero tampoco se trataba de ser rígidos con el inexistente guion. Gozamos, en resumen.


domingo, 13 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.1: ¿Eres gay?


La semana de capacitación en el banco me reveló dos cosas: mi competencia profesional era mejor de lo que esperaba, lo que me hizo dominar la herramienta que nos estaban enseñando casi al momento; lo otro era que Al no era tan ignorante del español como pretendía, aunque tampoco lo dominaba del todo; pero hablando en infinitivos podía defenderse perfectamente. Mismo Tarzán.

Así que aprovechábamos todos los descansos para conversar algo, que no necesariamente fuera del trabajo.

Me enteré que, aunque nacido en el centro de los estados Unidos, se mudó a la Florida porque llegó a odiar el frío extremo y porque amaba la playa al punto de tener una casa en un lugar algo aislado, donde, de vez en cuando, practicaba el nudismo.

“¿Y nunca te han dicho nada por andar desnudo?”

“Mi propiedad privada. Mía. Nadie poder entrar. Yo poder hacer yo querer”.

“estabas solo?”

“Muchas veces. Yo también invitar amigos”.

“Y todos estaban desnudos”.

“Sí”.

Esa noche lo llevé al mismo gimnasio donde yo entrenaba, y causó la sensación entre todo el mundo por su físico y por la ropa deportiva entalladísima y brevísima que lucía (sin ropa interior, según noté en el vestuario).

Tras tomar una ducha allí mismo, íbamos a cenar; luego lo iba a dejar a su hotel, pues, según me dijo, gustaba dormir temprano para levantarse al día siguiente “con mucha energía”.

como ya teníamos confianza desde la Internet, el martes lo invité a cenar en mi casa.

Mi madre, obviamente encantada y honrada, se desbarató conversándole.

Al, educadamente, le sonreía, aunque luego confirmé que entendía poco o muy poco de lo que ella le hablaba.

Mis compañeros de trabajo y hasta mi jefa se sorprendieron de la amistad que se había desarrollado entre los dos. Aunque tampoco les parecía fuera de lo común, ya que, como me dijo uno de mis colegas, “te haces amigo hasta de las piedras, huevón”.

    


El miércoles por la noche, estábamos comiendo en un restaurante vegetariano del centro.

“¿Rafo, ¿tú ser gay?”

La pregunta a quemarropa me dejó turulato. Casi me atraganto con la carne de soya.

“No… no sé”.

Al sonrió.

“OK”.

“¿Y tú?”

“Sí. Yo ser gay”.

Miré a ambos lados temiendo que alguien nos escuchara. Él pareció no tomarle importancia.

Más tarde, en mi cama, la vendita pregunta me dio vueltas en la cabeza.

Era un hecho que sobre ese mueble de descanso funcionaba perfectamente con mujeres y varones, aunque la mayor parte de mis experiencias sexuales hayan sido con mujeres. Ahora bien, ¿en qué momento eres heterosexual, homosexual o bisexual? ¿Hay algún número? Quiero decir, como los tests, donde del cero al diez, eres más lo uno pero no tanto lo otro; de diez a treinta, eres de ambos; de treinta a más, ya luces la pluma en tu cabeza, aunque tengas apariencia de machito.

Todo iba bien en mi proceso de silogismos y falacias hasta que mi celular sonó. Era la alarma de mensajes de texto.

“Debes extrañar tu reloj. Puedes verme para recogerlo. ¿Lo quieres?”

Ignoré el recado de Eduardo. Ignoré la pregunta de Al. Ignoré todo. Me acurruqué y me quedé dormido.

El jueves llegó Laura.

Luego de dejar a Al en su hotel, fui a verla a su casa.

Como toda su familia, ella seguía triste, pero no tanto como su madre y su padre.

Estuve conversando un rato con ella.

Mientras me contaba las novedades del funeral de su abuela, yo hacía lo mismo con la capacitación en el banco, y la sorpresa que resultó tener a Al como nuestro capacitador o trainer, como les dicen en esa jerga que confunde el idioma… tanto como yo estaba confundido respecto a esa pregunta que ya me habían lanzado: ¿quién soy yo?.

Un mensaje de texto me ingresó.

“¿No recogerás tu reloj?”

Me incomodé.

Laura trató de tomar mi celular y ver mi mensaje.

“¿quién es? ¿Por qué te molestas?”

“Es la operadora con sus promociones. Voy a borrarlo”.

“Pero, dámelo. ¿Por qué no me lo quieres dar?”

Retuve como pude mi teléfono, y borré el mensaje.

“Porque ya te dije que es un mensaje publicitario. No tiene importancia, Laura”.

Ella se puso seria.

“Rafo, espero que no estés volviendo a las andadas. Mira que esta vez no te voy a tolerar cosas”.

“Mi amor, confía en mí, ¿sí?” Sonreí pícaramente. “Mañana salimos para distraernos”.

“estoy de duelo, Rafo”.

“Por eso mismo. Solo saldremos. Le diré a Al. Solo conversar. No disco, no baile”.

Laura hizo un gesto de duda, y como que preaceptó mi idea.

Camino de mi casa, llamé a Eduardo.

“¡Rafo, al fin!”

“Oye, so mierda. ¿Quieres dejar de joder con esa huevada del reloj? Por mí, métetelo al culo y no jodas más

Quiso replicarme, pero le corté. 

sábado, 8 de octubre de 2022

Ser Rafael 7.2: Perdí, Paúl



En líneas generales, me sentía mucho mejor, así que la charla pareció cumplir su propósito… al menos de mi parte, que era lo que interesaba.

Regresé a casa, y tras tomar un baño, me eché un momento sin ponerme nada más.

Sonó mi celular. Ya era de noche.

Pensé alarmado en Laura.

Vi mi reloj: ocho y seis de la noche.

El móvil seguía sonando.

No era ella.

“¡Habla Tuco!”

“Oe, Rafo, te tengo un notición que te gustará”.

“¿Dejarás de roncar mientras duermes?” Me reí estrepitosamente en la bocina.

“¡Mejor que eso! Me regreso a trabajar a la santa tierra que me vio nacer”.

“¿en serio regresas a Piura? ¿Cuándo?”

“No sé, pata. Como van las cosas acá, en un mes más o menos”.

“Pero será temporal…”

“A lo mejor no”.

“Excelente, Tuco. Es la mejor noticia que me han dado. Oye, ¿sabes que volví a encontrar al patita de esa noche?”

“¿el del cine?”

Le afirmé, le conté cómo apareció trabajando en la oficina de Laura, cómo traté de separarlos, cómo apliqué ésa de que si no puedes contra ellos te les unas, y la charla de esa tarde.

“Mi único consejo por ahora, Rafo: no bajes la guardia con ese pata”.

“Ah, lógico. Solo necesitaba conversar”.

Josué me cambió de tema. Me comenzó a hablar de los planes que tenía una vez que volviera: poner un negocio, establecerse definitivamente, dejar el nomadismo.

Me dio tanto gusto la llamada de mi mejor amigo, que nos mantuvimos en línea como una hora, hasta que me sonó la alarma de llamada entrante. Ahora sí era Laura.

“Amorcito, disculpa, ya estoy saliendo para allá”.

“Rafo, pero si todavía es temprano. Solo llamaba para avisarte que pases por casa de Sonia, la recojas y te vengas con ella”.

“¿Con Sonia?”

“Es que su esposo nos dará alcance en la disco”.

Cuando terminé de bañarme, abrí mi armario y me vi desnudo al espejo. Hice el ejercicio de preguntarme quién soy. O por lo menos eso le había entendido a Eduardo.

Y por lo menos en la imagen que se reflejaba, veía a un chico apuesto, de muy buen cuerpo sin llegar a exageraciones gracias a mi genética africana, de ojos hábiles para combinar con mi pícara sonrisa, la que siempre usaba para conseguir algo que era imposible por conductos regulares.

Era un muchacho al que todo lo que le pusieras encima le quedaba bien, desde la ropa interior hasta el traje formal de diseñador.

Era hábil con mi trabajo. Era hábil coqueto. Era un muñequito trigueño para una torta de brillante y jugoso chocolate, como las selva Negra.

Pero, ¿quién era en realidad?

Salí de mi trance y de mi casa para entregarme a una noche de diversión, baile, algunos tragos y una hermosa compañía: Laura.

La jornada se acabó cerca de las cuatro de la mañana, cuando fui a dejarla, y luego acompañé a Sonia y su esposo.

Pensaba que el saldo de ese día había sido más que positivo y me estaba dejando grandes ganancias.

Desde hacía mucho tiempo, no me sentía realmente feliz, como encarrilado otra vez en un destino más tranquilo, más promisorio, más centrado.



Cuando el taxi de regreso volteaba por la estación de gasolina para ir al conjunto residencial donde vivía, divisé un caminante que reconocí.

Pedí al taxista que le diera encuentro.

Bajé rápidamente.

“¡Eduardo!”

El chico me vio. Estaba muy bebido.

“Paúl”.

Se abalanzó sobre mí y se rindió en mi pecho. Sentí unos espasmos: él estaba llorando amargamente.

“No soy Paúl. Soy Rafael. ¿Qué te pasó?”

Lo abrazé.

“Eduardo, ¿a dónde vas?”

Siguió aferrado a mi cuello . el olor a alcohol que él emanaba era fuerte.

Sin mediar palabra lo metí al taxi, y no se me ocurrió otra grandiosa idea que llevarlo al Dreams, donde él y yo lo hicimos aquella vez hace más de un trimestre.

Al llegar a la habitación, no dejó de llorar.

Le quité las zapatillas, y me recosté a su lado para intentar consolarlo.

“¿Por qué lloras así, Eduardo?”

“Perdí, Paúl. Perdí”.

“No soy Paúl. Soy Rafael. Paúl no es mi nombre real. ¿No lo recuerdas?”.

Puse mi mano en su hombro. Eso pareció tranquilizarlo.

Minutos después, me di cuenta que se había quedado dormido.

Miré mi reloj: cinco y cinco de la mañana.

Salí de allí, bajé y le recomendé al recepcionista que lo viera.

“Descuide, joven. Siempre le pasa eso”.

“¿Siempre?”

“Sí. Así son las loquitas”.

Eso parecía explicar por qué Eduardo decía que ‘perdió’. Seguro que intentó abordar a algún chico y lo despreció como aquel galán de su primer año de universidad. Y es que es bien difícil que la sociedad te acepte si saben que estás con un maricón.

Y la razón es tan sencilla de explicar, pero tan difícil de asumir: porque también eres maricón.

A menos que, como yo, renuncies a serlo, y asunto arreglado.

Por lo menos tenía claro quién no era.

Al salir del hospedaje, lo que me preocupaba era conseguir un taxi seguro, y luego cómo capear la regañada que mi madre iba a darme a pesar de la hora.

Para fortuna no ‘perdí’: conseguí lo primero, y lo otro no se dio.



Casi a mediodía, sonó mi celular. Yo estaba destapado y con una fuerte erección.

Con los ojos aún cerrados, busqué a tientas el aparato.

“¿Sí?”

“Rafael. Soy Eduardo. Estoy bien. Gracias por cuidarme”.

“De nada, Eduardo. La próxima vez no andes borracho tan tarde por esa zona”.

“Lo prometo”.

“Oye, Eduardo… ¿a qué te referías con eso de que ‘perdí’?”

“¿Yo… dije eso? La verdad no lo recuerdo. Seguro estaba bien borracho”.

“Seguro. Hablamos, eduardo”.

Colgó, y era hora de comenzar el domingo.

Me anudé una toalla a la cintura, tratando de disimular mi prominencia viril.

Vi que mamá no anduviera por el pasillo.

Cuando salí, volví a verme en el espejo, esta vez del baño: ¿quién eres, Rafael Jesús? ¿Quién eres? Me sonreí a mí mismo.

Al abrir la puerta, doña Haydeé estaba estacionada frontalmente con cara de poquitísimos amigos.

“¿Dónde te habías metido toda la madrugada, Rafo?”


viernes, 7 de octubre de 2022

Ser Rafael 7.1: ¿Cómo te defines?




“La primera vez que estuve con un chico tenía catorce años; era de noche durante unas vacaciones. Fuimos a visitar a una tía a Paita, y esa noche daban una fiesta. Como uno de mis primos tenía uno de esos juegos por computadora, quiso mostrárnoslo y enseñarnos a jugar. Éramos cuatro primos, todos varones: el menor de trece, yo de catorce, y otros dos primos de dieciséis. el dueño del equipo era hijo único así que sus padres le consentían en todo. Cuando nos aburrimos de jugar, él nos preguntó si queríamos ver el secreto de un tío de veintisiete años, que guardaba celosamente en su cuarto. Se trataba de un caserón, así que había muchos tíos instalados con su familia”.

“¿Era droga o qué?”, interrumpí.

“No. Era un disco de video. Mi primo de dieciséis lo puso en el reproductor y todos nos quedamos pasmados: era una porno gay. Vimos de todo, hasta una orgía de patas, y terminamos medio locos… Tú entiendes”.

“¿Qué hicieron?”

“Nos comenzamos a pajear mutuamente. Nos calateamos. Luego mi primo se agarró a mi otro primo, y el que restaba me la metió a mí”.

“El de dieciséis?”

“No. El de trece”.

Eduardo sonrió ruborizado tras hacer esta revelación.

“¿Te dolió?”, seguí.

“Un poco. Para tener trece años, la de mi primo ya estaba más o menos desarrollada”.

“¿Y sus viejos?”

“Entretenidos en la fiesta. Nunca se dieron cuenta”.

Era tarde de sábado, a menos de cuatro días de la fiesta sorpresa para Laura.

Era un caserío cercano a la ciudad, donde varios universitarios suelen ir para comer cebiche y beber chicha.

Temprano esa mañana, yo había contactado a Eduardo por teléfono, y le propuse reunirnos allí después de su trabajo para charlar mientras comíamos algo típico –un chavelito- y tomábamos algo suave. Obviamente, accedió.

Mi condición fue que no se lo comentara a nadie.

Tras esa primera conversación en buenos términos que ambos tuvimos en ese café del centro, yo sentía que necesitaba comprender muchas cosas que no tenía claras… aunque tampoco tenía claro cuáles eran esas cosas.

Quizás al conversar de todo podía descubrirlas.

Y así, de trabajo pasamos a música, de allí a ropa. Y de allí terminamos removiendo nuestro historial sexual.

Aunque me sentía raro por terminar conversando con la persona a la que días antes quería borrar de la faz del planeta, me di cuenta que tal charla era liberadora.

No me sentía bien hacía mucho tiempo. De hecho, solo me sentía bien cuando me confesaba ante mi amigo Josué.

Tras comer, en vez de tomar un carro para regresar a la civilización, decidimos hacer el trayecto a pie. Tampoco era lejos, y la actividad física nos oxigenaría tras el clarito que nos bebimos.

“Y sigues viendo a tus primos?”

“El hijo de mis tíos ahora vive en el extranjero, el otro primo mayor se casó hace un año, y al menor lo veo cada vez que viene para la ciudad pero ya no pasa nada”

“¿No hablan sobre eso?”

“No. Para nada… Rafael, ¿te has vuelto a ver con alguno de los chicos con quienes te acostaste?”

“Solo con el capitán del equipo de básquet. Tiene una tienda de ropa deportiva, y lo saludo cuando necesito algo para el gym. Pero no ha vuelto a pasar nada”.

Los algarrobos nos hacían sombra y los cercos de púas nos exponían a que, cada vez que pasaba un vehículo, recibiéramos un baño de polvo ocre, pues no podíamos ir más allá, dentro de los campos de cultivo, para protegernos.

“¿Cuándo te definiste como gay, Eduardo?”

“Al salir del colegio. Me di cuenta que lo mío no eran las mujeres, a pesar que tuve dos enamoradas. Cuando cumplí diecisiete tuve también mi primer enamorado. Comenzó en el pre-universitario y duró hasta el primer ciclo de la universidad”.

“¿Por qué se acabó?”

“Al mismo tiempo que conmigo, él salía con una chica. Lo enfrenté, y me dijo que prefería la chica, que todo el mundo lo miraría mal si lo veían con un maricón”.

No tuve comentarios al respecto.

”Quizás es difícil para un maricón como yo poder tener algo serio con alguien”.

“Ya aparecerá, Eduardo. Paciencia que ya aparecerá”.

Le sonreí amistosa y compasivamente.

Él me devolvió el gesto.

“Oye, Rafael, ¿y cómo te defines?”

“¿Quién soy?”

“No. Me refiero a tu orientación sexual”.

“¿Orientación?”

“¿Gay, bi, hetero?”

Llegamos, al fin, a los límites de la ciudad.

“Creo que heterosexual. ¿sabes que tu pregunta me sigue dando vueltas en la cabeza? Ésa de ‘quién soy’”.

“¿Aún no te la respondes, Rafael?”

“Me cuesta. No tengo muchas cosas claras, en realidad”.

“¿sobre tu sexualidad?”

“Sobre todo, mas bien”.

“Mmm. Podría enseñarte una técnica que amí me sirvió. Solo necesitamos un espejo, y mientras más grande, mejor”.

Me reí por la expresión.

“Puede ser, pero mejor otro día. Quiero regresar a casa, descansar un rato y salir más tarde con Laura. Mas bien, gracias por la conversa.

Eduardo me sonrió de nuevo.

“Ah, antes de que me olvide: Laura nunca debe enterarse de que nos encontramos y mucho menos de esto que hemos conversado. es más, hagamos de cuenta que eso que pasó nunca pasó”, le advertí.

“Descuida… Ella nunca lo sabrá”, contestó Eduardo poniéndose serio.

“Solo tengo el temor que te dije; pero, aparte de eso, mientras más lo olvide, mucho mejor”.

Nos estrechamos la mano y me fui.

martes, 4 de octubre de 2022

Hunks Shopping Online: Catálogo Octubre 2022

¿Buscas ropa de baño atractiva y accesorios para un sexo anal sin accidentes desagradables? Has llegado al lugar correcto.

La canción dice que “para hacer bien el amor hay que venir al sur”… al sur del planeta, por supuesto, pero donde se goza mejor es definitivamente aquí en el norte. Si tienes la posibilidad de venir a tomarte unos días, eres bienvenido; pero si no, ¿por qué no llevar un poco del calor norteño allí donde estés?

Y como ya viene el verano, antes de hacer el amor, primero tienes que seducir en la playa o la piscina. Por eso, aquí tenemos la mejor ropa de baño para que te luzcas este verano. Más adelante te explicaremos cómo adquirirla antes que se agote.

Y como sabemos que esas prendas te van a marcar bien el culo o el paquete, o ambos, será sencillo que conquistes al chico de tus sueños, o al menos de tus fantasías. Y como queremos que tu experiencia sexual sea altamente placentera, también te ofrecemos accesorios ideales para que el sexo anal (independientemente de que tú metas pinga, te metan la pinga, o ambas) no tenga accidentes desagradables. O sea, al mismo estilo de tu película porno gay favorita. Más adelante te explicaremos cómo adquirirlo todo discretamente.

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  • Toda la transacción se hará en privado para garantizar tu discreción.
  • No responderemos mensajes en los comentarios de este post o en los tuits públicos. 

martes, 30 de agosto de 2022

El precio de Leandro 3.6: Pagando la consulta


“Tranquilo, Leo, todo va bien”.

“No sé, huevón. Creo que la cagué”.

“No. Conozco a Darío. Si hubieses hecho lo contrario, sí la habrías cagado”.

Leandro escucha con dificultad a Rico en el teléfono mientras desciende por el elevador.

“¿Y ahora qué?”, inquiere el futbolista mientras el aparato se detiene en el piso seis y la puerta se abre.

“Espera al viernes, bro”.

“¿Y crees que…?”, Leandro trata de ubicar un número mientras camina por el pasillo del piso seis una vez que sale del ascensor.

“Será como te dije; recuerda tu objetivo: Roberth”.

Leandro llega a la puerta del seis cero tres.

“Bueno. ¿Podrás recogerme en una hora aquí en la Torre?”

“Claro, Leo. Quedamos”.

El chico corta la llamada y toca el timbre. Espera. Le abre la novia.

“Pensé que no vendrías”.

“¿Y hacerte esperar?”

Leandro ingresa al departamento y la puerta se cierra tras él. La novia busca en su cartera y entrega al muchacho un billete de cien. Acto seguido, se quita la bata de baño que viste y queda totalmente desnuda. Leandro hace lo mismo. Lo siguiente será echarse sobre el sofá y repetir la faena del domingo, aunque, claro, sin la mirada ni las caricias furtivas del novio ahora ausente.

 


Una hora después de haber acabado ese ‘servicio’, Leandro toca el timbre en la puerta de un pequeño condominio en el Distrito Centro, pregunta y lo hacen pasar. Sube corriendo los tres pisos y tras tocar una puerta, otra mujer vestida en una bata de baño le abre.

“Buenas noches, Leo. Pensé que ya no llegarías”.

“Perdona la hora; no podía faltar”.

La mujer lo hace pasar hacia una sala abigarrada con cuadros andinos y muebles de madera, muchos espejos y cristales en los que un elefante habría recibido un Premio Nóbel por ejecutar El Lagho de los Cisnes por no romper nada.

“Lo importante es que llegaste”, dice ella, quitándose la prenda y quedando completamente desnuda.

En cuestión de segundos, Leandro vuelve a quedarse como vino al mundo, le hace el amor allí sobre el sofá. Total, esa mujer vive sola. Besos, caricias, sudor, un rápido ascenso, una larga meseta, un fin que el muchacho ya ni se esfuerza en retrasar pero que ella lo siente hasta tres veces en solo veinticinco minutos. La alarma del celular de Leandro marca el fin de la sesión de una hora que, en realidad, toma cuarenta y cinco minutos.

“¿Mensaje?”, alcanza a decir la mujer aún extasiada.

“Sí”, miente Leandro. “Seguro, mi casa”.

La mujer reacciona:

“¿Adela está sola?”

“Ehh, no, la dejé con alguien”.

Leandro sigue desnudo acostado sobre la mujer tratando de desenlazarse.

“Recuerda que ella necesita cuidado, Leo”.

“Lo se, y se lo doy pero tampoco trato de invadir su espacio”.

“Pero me preocupa que no estés cerca. ¿Qué tal si le pasa algo?”

“Me avisarán de inmediato”.

“Pero estás lejos… como a media hora de tu casa en bus”.

“Por favor…”

“Leo: no seas terco, mi amor; si Adela viviera aquí, podrías darle calidad de vida”.

“¿Qué tratas de decir?”

“Que sientes cabeza”.

Ahora el chico tiene una buena justificación para levantarse de allí, ponerse de pie y quitarse el preservativo:

“Apenas tengo diecinueve”.

La mujer se pone de pie y lo abraza por la espalda:

“Perdona, yo no quise…”



Tras ducharse, Leandro nota que la mujer se ha puesto de nuevo la bata de baño y está sentada en una esquina del sofá que unos diez minutos antes era el mejor lecho de pasión… que ella hubiese podido brindar. Coge su mochila y saca una camiseta.

“No debí decirte eso, perdóname”.

“Tranquila… Yo entiendo tu punto, pero… no es mi plan ahora. Si todo sale bien, conseguiré algo mejor y te prometo que ahora sí te pagaremos las consultas con dinero y no así”.

“Leo, yo no te estoy pidiendo que me pagues con dinero”.

Leandro siente perder terreno por esa reacción torpe:

“Tampoco me parece justo que no ganes nada”, trata de enmendar.

“Mientras Adela se tome su medicina y venga a sus controles mensuales, yo me daré por satisfecha”.

Leandro termina de arreglar su mochila.

“Claro, doctora Barreto. Lo tengo bien claro”.

La ginecóloga se acerca y estampa un beso en la boca a su amante.

“Tampoco te vayas así”, le ruega dulcemente.

“No estoy molesto”, sonríe el semental. “El molesto es… ¡el monstruo Leandrooo!”, juega el chico, transfigurando su voz, y generando una risa en la chica que termina de derretir cualquier indicio de hielo con escarcha.


 

  

martes, 26 de julio de 2022

¿Por qué la viruela del mono ataca a los gays?

Las noticias a nivel mundial dicen que lo que parecía un brote controlado comienza a multiplicar sus casos rápidamente, y algunos están usando la ocasión para culparnos a los gays y bi. Pero, ¿realmente tenemos alguna responsabilidad?

 


La viruela del mono es una enfermedad viral. A estas alturas de la vida, ya deberíamos saber algo acerca de los virus. Son un conjunto de grasas y proteínas que no tienen vida propia pero que sí tienen la habilidad de copiarse a sí mismos una vez que infectan una célula viva. Si la cantidad de células infectadas supera la cantidad de células que los reconocen y pueden ponerlos fuera de combate, entonces nos enfermamos.

No se puede matar a los virus, como sí sucede con las bacterias, pero si se consigue aislarlos, son incapaces de copiarse y se pueden desactivar, o sea desintegrarse en los elementos o sustancias que los forman.

Enfermedades causadas por los virus son la gripe, el herpes genital, la Covid-19 o el SIDA. En esencia, el mecanismo de infección es el mismo: alguien contagiado nos lo transmite y lo incubamos hasta que tarde o temprano se manifiesta.

 


Así funciona el contagio

Como su nombre lo dice, la viruela del mono es una enfermedad común de las selvas tropicales donde habitan los simios. Al igual que la rabia, ésta se puede transmitir a los humanos. Una vez que se aloja en nuestro cuerpo, puede cambiar o mutar y tener la capacidad de transmitirse a otros humanos si ignoramos la forma cómo trabaja cada virus.

En el caso de la viruela del mono, se ha determinado que su virus puede alojarse en nuestra saliva, y aquí viene el dato clave que debes tener en cuenta. No importa cómo uses tu boca, siempre que haya saliva involucrada, te puedes infectar y puedes contagiar a otras personas. Pero, ¿por qué los gays?

 


Cómo las relaciones sexuales pueden dar viruela del mono

Cuando tenemos sexo, nuestra boca debería jugar un rol clave ya sea besando la boca de otra persona, chupándole el pene o lamiéndole el ano. Si besamos en la boca a otra persona, y ésta ya se infectó aunque no presente síntomas, entonces nos va a pasar el virus. Como supondrás, es imposible de verlo debido a su tamaño microscópico.

Si la boca de la persona infectada nos chupa el pene, el virus puede ingresar por nuestra uretra, es decir ese conducto por donde sale nuestro semen. Si la boca de la persona infectada nos hace un beso negro, puede depositar el virus en la entrada de nuestro ano, y si hay alguna micro-herida, especialmente si nos pone saliva para que su pene entre más fácil, eso va a nuestro torrente sanguíneo. Resultado: contagio.

Claro que para desarrollar la enfermedad tiene que ver la cantidad de virus que entre en nuestro organismo, pero pongámonos en un caso promedio.

 


Cómo prevenimos contagiarnos de viruela del mono en las relaciones sexuales

Dicho todo esto, la viruela del mono no es específicamente una enfermedad o una infección de transmisión sexual, pero puede transmitirse por el contacto sexual. Tampoco es una enfermedad de gays porque desde que todos tenemos sexo al margen de nuestro rol u orientación sexual, estamos vulnerables a infectarnos.

De hecho, si una persona infectada sin protección, como una mascarilla, habla frente a otra sin protección, la contagia, porque la saliva viaja en gotitas que se disparan por el aire que botamos al articular palabra, mucho más si gritamos. Como vemos, en este caso, el sexo o la orientación sexual no tienen nada que ver.

De todos modos, lo que especialistas en salud recomiendan es la monogamia, o evitar los compañeros sexuales que sabemos tienden a ser promiscuos.

Teóricamente, el uso de condón en el sexo oral evita el contagio. En el caso del sexo anal, aparte del forro, es mejor usar lubricante para facilitar la entrada de nuestro miembro. Y, bueno, por ridículo que parezca, tener la mascarilla puesta podría ir a favor nuestro. Igual, existen las manos para estimular a la otra persona.

Como lo hemos aprendido con el SIDA, como lo hemos aprendido con la Covid-19, en la medida en que tomemos precaución sobre nuestro cuidado, evitaremos que la viruela del mono también se convierta en otro problema de salud pública. Hagamos la diferencia y comenta esto en la caja debajo o en nuestro Twitter.

Mira más sobre salud sexual y autoestima.