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viernes, 25 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.3

 

Aparentemente, la noticia sobre Owen no ha afectado la concurrencia en el AMW. Si bien durante el invierno, peor aún durante la mañana de un día de semana no van más que cuatro o cinco alumnos, todavía no se ve un resentimiento que pueda afectar al negocio. Flor lo verifica y aprovecha para enseñarle un video en su celular a Owen.

“This was yesterday,” le dice en voz baja.

“D’ya suspect he’s behind that post?”

“Isn’t it too much coincidence, Owen?”

“So ya trust in me, Flor, don’t ya?”

“I’m not sure yet. What I say is this is too much coincidence.”

Entonces el celular de la chica suena.

“There’s somebody else who thinks like ya”., sonríe Owen.

Flor contesta.

“Dime, Chechi”.

“¿Viste lo que sacó Santa Cruz Directo?”

“Sí, justo aquí estoy con Owen”. (El aludido hace hola con la mano.) “Te manda saludos por cierto”.

“Tú qué piensas, Flor”.

“No sé qué pensar, Chechi. Más temprano lo hablamos y Owen dice que hay algo en la historia que no está completo”.

“¿Sigue contigo? ¿Puedes pasármelo, porfa?”

La chica entrega el celular al instructor.

“Es César”, le avisa.

Owen agradece y contesta.

“Hey, César, bro”.

Hello Owen. ¿Cómo es eso que la historia no está completa?”

“Haber otro wwebsite pero no estar activo ya”.

“Mmmm. A ver, dame el nombre. Veré qué puedo hacer”.

Mira un video aquí. 

Juan llega a su oficina en el Ministerio Público disculpándose con medio mundo por el retraso. Llega a su escritorio y se pone a organizar papeles cuando entra su secretaria.

“Por favor, dile a la gente que haré mi hora completa de atención al público y retrasa mis diligencias treint… ¡No! Mejor cuarenta y cinco minutos. ¿Recados?”

“Hace veinte minutos lo llamó un señor… Edú; como no estaba, solo dejó un mensaje, que usted lo entendería”.

“¿Cuál?”

“La Santita”.

El fiscal García entrecierra sus ojos. Se levanta.

“Por favor, contáctame con la doctora Dolores Salvavera y… pide a Sistemas que nos envíe un escáner, y que me lo instalen aquí mismo”.

“De inmediato, doctor García”.

Juan toma su celular otra vez y busca en su directorio.

“Hola, doctor. ¿Ya lo vio?”

“Sí, ya tengo el dato, Joey”.

“Yo también tengo otro: Cruz Dorada está detrás de todo”.

“¿Cómo lo sabes?”

Mira otro video aquí.

A media mañana, elga sigue revisando papeles cuando oye el timbre del portón. No le da importancia hasta que oye el ruido de un motor ingresando. Sale a la puerta.

“¿Y éste?”, se pregunta.

Christian estaciona la camioneta en el centro del patio principal y baja, camina al despacho.

“¿Qué haces aquí?”, se extraña Elga.

“¿Qué pasa? ¿No puedo visitarte?”

Christian cierra la puerta y en la caseta de vigilancia, Adán y Carlos solo pueden especular sobre lo que allí se está conversando, aunque parece transcurrir en buenos términos, a juzgar por la imagen de la cámara.

“¿Tiene derecho a visitarla, no?”, trata de suavizar las sospechas el capataz.

“A mí no me parece una visita de cortesía”, afirma el cuerpo de luchador.

Dentro del despacho, Christian muestra su celular a Elga, quien lo lee.

“¿Y esto cómo nos toca?”

“Nos beneficia porque perjudica a Tito. Ese negro es su gran aliado ahora, pero con esta publicación, ya no más”.

“Insisto, Chris: ¿y eso cómo nos beneficia? Nosotros estamos aquí arreglando papeles para una venta”.

“Y esa noticia nos cae como anillo al dedo porque Tito podría responder ante las autoridades, y Tito es el mayor opositor a la venta”.

“A mí me pareció que fue Carlos”.

“Nunca subestimes a La Estirpe, Elga”.

“Claro, lo dices con conocimiento de causa, y eso me lleva a preguntarte: ¿tú le diste estos papeles a este medio?”

“Quién sabe… Mas bien, con este dato, no tiene sentido que alarguemos lo de la venta. Nava me ha preguntado si es fijo que cerremos trato esta semana y le dije que sí, el viernes; pero si podemos sorprenderlo antes…”

“Christian, fui clara cuando te dije que no me presiones, que quiero tomarme mi tiempo”.

El abogado se acerca hasta la silla donde la mujer está sentada y se agacha a darle un beso en la boca.

“¿Sabes que estuve viendo opciones en Internet? ¿Qué piensas de Europa? El pata que me hizo las fotos hace años me invita a recorrer el Mediterráneo”.

“El pata que te hizo las fotos hace años estaba enamorado de ti”.

“¿Y no crees que eso nos conviene? Cerramos la venta, recibimos nuestra plata, vamos para allá y paseamos”.

“Yo quiero ahorrar mi plata, Christian”.

“Bueno, viajo solo”.

Súbitamente, el abogado se baja la cremallera de su apretado jean y se saca el miembro aún flácido.

“Hazle cariñito”.

“Ahora no, Chris”, ruega elga.

“No seas mala: te ha echado de menos”.

En la caseta de vigilancia, corren apuestas. Finalmente, Christian se baja el pantalón y deja ver sus perfectas nalgas.

“Me debes veinte”, dice Adán. “¿Llamo a los chicos?”

“No, igual lo verán mas tarde”.

Christian se quita la camisa y la deja sobre la silla de Elga, a quien pone de pie, quita el vestido de tiritas, quita la braga, la sienta en el escritorio y le mete el pene, mientras ella cierra los ojos no tanto por la excitación. Está pensando en alguien más, y el abogado parece advertirlo.

“¿qué pasa?”

“Nada, no tengo ganas, Chris”.

“¿No estarás cachando con estos hijos de puta, no?”

“¡No! No es eso; solo que no tengo ganas”.

Christian suspira incómodo, le saca el pene, se sube el bóxer y el pantalón y busca su camisa para ponérsela.

“Me voy”, le anuncia.

Elga vuelve a vestirse también. Cuando Christian reabre la puerta del despacho, gira.

“Espero que sea pena o cansancio, porque si es traición, te juro que no te la voy a perdonar en absoluto”, le dice algo ofuscado.

“No me presiones, Chris. Tú sabes muy bien por qué no debes hacerlo”, ella le guiña un ojo.

El abogado camina a abrir la puerta de la camioneta cuando Adán sale de la caseta de vigilancia como quien no está enterado de nada.

“¡ey, tú!”

Adán no le responde.

“¡Adán!”, insiste Christian.

El cuerpo de luchador se detiene y gira; camina con demasiada autosuficiencia hacia el abogado.

“¿Me llamabas?”

“No te preguntaré si ya regaste lo del sábado porque de hecho que ya lo hiciste; solo te diré que si eso me trae consecuencias, tú me las vas a pagar”.

Adán lo mira desafiante:

“¿Acaso me vas a matar como le pasó a Manolo?”

Christian se enfurece:

“¡So reconchatumadre!”

Alza el puño para golpear al cuerpo de luchador, pero éste reacciona con suma rapidez, toma el brazo y le aplica una llave que pone el trasero del agresor pegado a la ingle del peón.

“¿Así te gusta, ¿no?”, le susurra Adán. “Mi huevo bien pegado a tu culo, ¿cierto?”

“¡So reconchatumadre, ssuéltame!”.

Carlos corre desde la caseta y Tito y Frank vienen desde el fondo a toda velocidad; los separan: el capataz y el más nuevo contienen al cuerpo de luchador, y el gladiador al abogado.

“Vete, Christian”, le sugiere Tito. “No la cagues más”.

“¡ no la cagues más, Tito! ¡Tú no la cagues más!”, espeta enfurecido el abogado.

El aludido le tira un rodillazo en medio de las dos nalgas.

“¡Auuuu!”, grita de dolor Christian.

“Hazme caso: ya no la cagues”, le repite Tito.

Elga sale desde la casa grande y corre hasta ponerse en medio de todos los hombres.

“¿Qué pasa aquí?”, grita enérgica.

“El insolente de su empleado, señora de Rodríg…”, se queja el abogado.

“¡Ya, Christian! ¡Basta! Vete de una vez y regresa cuando acordamos”.

Christian mira molesto a Elga, mira a todos muy furioso. Se suelta de Tito y regresa a la camioneta.

 

viernes, 18 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.2

Cuando Frank regresa a la caseta de vigilancia, Carlos y Tito lo esperan.

“Pasó de nuevo, no?”, pregunta el gladiador.

El más joven no sabe cómo reaccionar.

“¿ella te gusta, Frank?”, reitera Tito.

“Tengo que hablar con Flor”, responde el chico con la voz algo temblorosa.

“Ahora eso no es lo importante”, sorpresivamente replica el gladiador.

Frank lo mira absolutamente confundido.

“Hay información seria que debes manejar, sobrino”, le añade Carlos. “Y esto va a cambiar muchas cosas”.

“¿Sabes la diferencia entre persona y personaje?”, inquiere Tito.

Frank no se siente en capacidad de hacer filosofía a esa hora.

 Mira un video aquí.

Elga, por su parte, se prepara el desayuno con el celular en la oreja.

“Sí, estaba en la ducha, Christian. ¿Cuál es el problema?”

“¿Y te demoraste hora y media?”

“Salí a correr”.

“¿Cómo está la cosa por allá?”

“Pues, Manolo y estos chicos lo tienen todo tan bien organizado que no se me hace problema encontrar la información, pero me falta revisar más”.

“¿Quieres mi ayuda?”

“No, por ahora no; todo está bajo control”.

“Bueno, tienes que enterarte de algo que acaba de pasar en Santa Cruz y que afecta directamente a uno de tus empleados”.

Elga se pone en modo alerta. Su cabeza velozmente comienza a atar cabos.

Mira otro video aquí. 

En Collique, Juan está tarde para ir a su trabajo. Ha llegado cerca de la una de la mañana (con el consabido reclamo de su esposa), y recién está saliendo de la ducha. Al entrar a su cuarto para cambiarse, escucha que su celular tiene activa una alarma de mensaje. En realidad, cinco mensajes seguidos de Alvin, alarmantes. El último tiene un enlace que abre. El fiscal lo lee y recuerda algo:

“Puta madre”, masculla.

Hace una llamada de urgencia.

“Acabo de leerlo: no son buenas noticias, ¿sabes?”

Ya vestido, sale disparado hacia su despacho personal.

“¿Vas a desayunar?”, le consulta su esposa al pasar por el comedor.

“Ahorita”, le dice a la volada.

Abre uno de los cajones, saca la carpeta lila y trata de leer cada folio en un segundo.

“Mierda”, susurra.

Toma su teléfono otra vez y hace otra llamada.

“Hola. Necesito tu ayuda y te prometo algo realmente bueno”.

Mira otro video más. 

Flor barre la vereda de su casa cuando su vecina sale.

“Ya era hora m’ijita porque tenían esa vedera todita cochina”.

Flor sonríe.

“Se nos pasó, señito”.

“¿Y qué fue del chico que se desmayó la semana pasada?”

Flor remece su cabeza.

“¿Chico? ¿Cuál chico?”

“el chico que tenía ese trapo como máscara en la cabeza, m’ijita”.

Flor muestra muchísimo interés.

“A ver, cuénteme”.

Tenemos un video más aquí. 

En la comisaría de Santa Cruz, el suboficial Chira comienza su turno como guardia de puerta. Todo lo que tendrá que hacer durante ese tiempo será verificar quién entra y quién sale del local. Se sienta a leer el cuaderno de ocurrencias en el escritorio a la entrada, y cuando acaba se para en la puerta a ver la plaza. Desde la ventana del hotel del pueblo, alguien con el cuerpo de catchascanista aún en pelotas lo observa y le toma una foto.

“No me digas que se te acabó la plata, cadete”, comenta.

Envía la foto y en cuestión de un minuto alguien lo llama.

inge”.

“¿De cuándo es esa foto, Carnes?”

“De ahoritita mismo, inge”.

Mira otro video más aquí.  

viernes, 11 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.1

Tras levantarse a correr por la finca, Tito toma un baño y regresa a la caseta de vigilancia. Apenas han pasado cinco minutos después de la seis de la mañana. Carlos está mirando su celular y su expresión no denota tranquilidad.

“¿Quién falleció?”, bromea el gladiador.

“Owen”, murmura el capataz casi sin advertir la pregunta.

Tito se alarma y sale disparado a buscar su bicicleta. Carlos se da cuenta de su torpeza y va corriendo tras él.

“¡No es eso!”, le alarga el celular.

El gladiador mira el contenido:

“¡Por la reconcha de su madre, carajo!”, se enfurece.

Mira un video aquí. 

Tito llega como un rayo al gimnasio. Ya está abierto. Los alumnos del primer turno entrenan con cara de circunstancia mientras Owen revisa el celular de uno de ellos. El gladiador y el instructor se miran muy serios: las noticias son malísimas. Tito encarga el AMW a Adán, quien tampoco luce cómodo, y hace ingresar a Owen a la sala de su casa.

“Albergan a terrorista en Santa Cruz”, lee Flor. “Uno de los miembros más recientes de nuestra comunidad, el entrenador personal Owen Mgombo, estaría implicado en una acusación por terrorismo planteada por la justicia de la República Sudafricana. Según documentos a los que Santa Cruz Directo tuvo acceso, Mgombo habría participado en actos de sabotaje contra empleados de la empresa GC Ventures en la Provincia del Cabo, Sudáfrica, junto a otros veinte subversivos, los que fueron condenados a treinta y cinco años de prisión hace diez años. Hasta donde pudimos tener conocimiento, el mencionado sujeto no habría recibido beneficios para salir libre, por lo que su presencia en nuestro país y nuestra comunidad serían irregulares. Mgombo, como dijimos, es el instructor de un gimnasio en nuestra localidad, y se ha ganado el aprecio de sus alumnos por su carisma y aparente experiencia en el deporte de las pesas. Se desconoce cuál será la respuesta de las autoridades”.

“¿Y esas cosas en inglés?”, pregunta Tito, muy serio.

“Son auténticas, papi. Dicen que Owen es un activista anticorp, que protagonizó varias protestas y actos de sabotaje, y que en ese atentado en particular fallecieron veintiséis personas entre gerentes y empleados. Dice que usó una bomba subterránea activada a distancia cuando el ómnibus pasaba sobre ella. La foto es suya, el diario existe, la noticia existe”.

Adán voltea la cara hacia Owen:

“Te pregunté quién eras y me dijiste que no tengo nada de qué preocuparme. Entonces, ¿esto?”

Yo no negarte yo fui y soy activista anticorp, pero ese caso no terminó así: la justicia sudafricana lo revisó y una decisión es esperada”.

“¿qué quieres decir?”, trata de entender Tito.

“Do you mean that a veredict is waited, that there’s no veredict yet?”, pregunta Flor.

“Yes, I do,” responde Owen.

“So you should be still jailed, don’t you?”

Tito mira a su hija y al instructor algo fastidiado. Flor toma aire:

“Técnicamente, papá, Owen debería estar en la cárcel aún”.

“¿qué haces aquí, entonces?”, le cuestiona el gladiador.

“Los activistas anticorp protestar a nivel mundial contra abusos de corporaciones, y Golden Cross, Cruz Dorada, ser una de ellas. Es cierto que nosotros bloqueado entradas, conducido manifestaciones, dar declaraciones de prensa; pero nosotros nunca atentar contra vida de trabajadores porque ellos tener vidas y familias”.

“Entonces, si ustedes no activaron esa bomba, ¿quién lo hizo, Owen?”

“Ellos mismos, Tito”.

“En las impresiones que aparecen aquí no dice nada de eso”, interviene Flor.

“Porque Cape Town Torch es un medio comprado por Golden Cross. Si tu conseguir The Light Seeker, tú poder conocer la otra mitad de historia”.

“Lo busco y ya”, resuelve Flor.

“el website no existir ya porque Golden Cross acusarlo por noticias falsas”.

“¿Y ganaron el caso?”, pregunta Tito.

“Nosotros sospechar Golden Cross compró fiscal y juez”.

“¿Y es fácil escapar de una cárcel en Sudáfrica?”

“No saberlo”.

“¿Cómo te escapaste tú, Owen?”, Tito comienza a perder la paciencia.

“Yo nunca escapar de ninguna cárcel en Sudáfrica, Tito. Yo nunca fui en Sudáfrica. Yo venir de Inglaterra, pero yo haber nacido en otra parte”.

“Jamaica”, interviene Flor poniendo pausa a una búsqueda infructuosa en su celular.

“El pasaporte”, recuerda Tito.

“¿Haber ustedes visto mi pasaporte?”

Al ser descubiertos, Flor y Tito se miran avergonzados.

Mira otro video aquí. 

Elga también termina de trotar alrededor de la finca, y al regresar a la casa grande encuentra a Frank barriendo el porche.

“Buenos días”, lo saluda con una sonrisa seductora.

“Buenos días”, le responde el muchacho con una amplia sonrisa también.

“¿Habrá agua arriba en mi baño?”

“Ahorita subo a ver”.

Elga entra a la casa y Frank pide permiso a Carlos, quien contempla todo desde la caseta de vigilancia y suspira. En realidad, reza. La mujer llega al dormitorio y comienza a desvestirse. En veinte segundos, Frank toca la puerta. Ella lo recibe en ropa interior.

“Vengo a ver lo del agua”.

“Claro, pasa”.

Elga se quita el brassiere y la braga; sin que se lo pidan, Frank se saca la chaqueta y la camiseta y pide permiso. La mujer hace un gesto de victoria al ver el torso musculoso y velludo del muchacho. Busca una toalla y escucha que adentro abre la ducha. A los pocos segundos, Frank sale con el jean mojado.

“Parece que no hay problema”, informa.

“¿Me lo juras?”

“Claro; si quiere, la probamos”.

“Sí, buena idea”, se emociona elga.

Frank sonríe, se descalza por completo y se quita ahí mismo el pantalón y el bóxer evidentemente húmedos. Dentro de la ducha, la escena de la víspera se repite. Él la baña a ella, ella a él. Se enjuagan el jabón, se abrazan y besan con pasión. Ya secos, él se acuesta sobre la cama mientras ella le recorre el cuerpo a besos hasta tomar su pene cabezón con los labios y chupárselo diligentemente, las bolas también. La lengua traviesa de elga quiere ir más abajo y Frank cree que es hora de experimentar cómo se siente el estímulo allí donde su hombría entre comillas le dijo por diecinueve años que un hombre no puede sentir placer. ¡Y vaya que se siente rico! ¿Cuándo Frank iba a pensar que terminaría en una cama con las piernas levantadas al aire y dejando que alguien, quien sea, use su lengua para generarle placer en el ano? En retribución, él deja que Elga se siente en su cara y dar rienda suelta al sexo oral en su vulva mientras ella no sabe qué hacer con sus senos, más aún cuando él le aferra cariñosamente la cadera y la cintura o pasea sus gruesas manos por sus suaves y firmes piernas. Lo siguiente que hará esa mujer será cabalgarlo extasiada mientras él no cesa de recorrerla con las palmas y las yemas de sus dedos. De vez en cuando hace el intento de incorporarse (gracias a sus buenos abdominales) y le mama los senos. Finalmente, la propia Elga se mete el pene de Frank a su ano y termina de cabalgarlo hasta que la cara del muchacho le revela que el orgasmo se ha producido. Ella se inclina a besarlo.

“¿Crees que puedas revisarme la ducha más tarde?”

“Siempre que lo necesites”, le responde Frank seductoramente.

Ella sonríe.

Mira un video más aquí.  

viernes, 4 de febrero de 2022

la hermandad de la luna 8.5

En la oscuridad del AMW, Adán está sentado en el escritorio de la entrada revisando videos en su celular. Afuera, una motocicleta parece estacionarse, murmullos de dos personas, luego toques en la puerta. El cuerpo de luchador se levanta y abre primero una ventanita.

Édgar, soy yo”, le dice alguien desde afuera.

“ahorita abro”.

Adán toma sus llaves y quita el seguro; pasa uno de los dos motorizados.

“¿qué tal?”

“Ahí más o menos, Juan”.

Detrás pasa el segundo con la moto y la coloca justo al frente del escritorio. Adán cierra la puerta y se acerca a saludar al que acaba de entrar.

“¿Recuerdas a mi amigo Alvin, ¿no?”, le indica el primer visitante.

“Claro, de anoche”, confirma Adán.

“Qué tal”, saluda el conductor.

Despojados de cascos y trajes protectores, Juan y Alvin ingresan a la casa de Tito. Adán va tras ellos. No terminan de entrar al pasillo cuando se abre la puerta del baño y Owen sale cubierto por una toalla.

“Buenas noches”, los saluda.

Los dos visitantes se sorprenden del físico de ébano frente a ellos y Juan comienza a salivar. Adán pasa la voz a Flor, quien sesienta con el fiscal a repetirle la historia de aquella tarde cuando llegaron los dos empleados de Cruz Dorada a la casa, mientras el cuerpo de luchador va con Alvin a la entrada real del inmueble.

“Debería estar aquí”, apunta el primero mientras el biólogo usa una pequeña brocha para retirar la capa de tierra a lo largo de la veredita de acceso.

En la sala, Flor termina su relato.

“¿Solo estabas con ese chico aquí?”, cuestiona Juan.

“Sí, solo con Owen”.

“¿Y de dónde apareció ese muchacho?”

“Simplemente apareció, como le dije”.

Alvin entra a la casa sin gesto, mientras que Adán lo hace muy frustrado.

“¿Pudiste tomar muestras?”, consulta Juan.

“No hay mancha”, responde Alvin.

“¡Es imposible!”, reacciona Flor. “El doctor Christian le dijo a papá que no barriera ni lavara la vereda”.

“García y Saldívar se miran a los ojos. El segundo va a su mochila y saca un frasco.

“¿Qué es eso?”, se alarma el fiscal.

“Luminol”, dice Alvin.

“No puedes; tendría que haber una diligencia, y esto es absolutamente extraoficial sin contar que estoy violando jurisdicción”, le observa García.

“Es la única forma de que tengamos una prueba”.

“Sí hay mancha”, interviene Owen aparecido quién sabe cómo.

“¿Sabes dónde está?”, averigua Alvin.

“Christian tomó una foto”, responde Owen.

Alvin y Juan vuelven a mirarse. Juan cree que éste es el final del camino, al menos extralegalmente hablando.

“Yo tengo una foto”, dice alguien desde atrás de Owen.

Todos voltean la cara hacia el pasillo: Frank alza su celular en la mano izquierda con la pantalla iluminada. Adán, Juan, Alvin y Flor lo miran boquiabiertos (no tanto porque hubiese salido en short), mientras que Owen le sonríe aprobatoriamente. 

viernes, 21 de enero de 2022

La hermandad de la luna 8.3

En Collique, Juan García ha estado dándole vuelta a las experiencias sexuales, aparentemente sobrenaturales, de Christian y Edú. Lo que más le intriga es por qué en el primer caso sí aparece una sustancia que en el segundo no. ¿Acaso edú omite información? Además, ¿por qué Tito, o Joey como lo conoció siempre, insistía en el dato de la caja de preservativos? Necesita al menos una teoría, así que, mientras va al gimnasio, hace una parada en el laboratorio clínico de Alvin Saldívar. Siempre que necesita algo de ciencia, él es su fuente más confiable. Se estaciona frente a su local y espera pacientemente que atienda a su llamado. En cinco minutos, ya está abordando su camioneta en la que una resucitada banda inglesa hilvana la música de fondo.

“Sexo tántrico”, hipotetiza el biólogo.

 “¿Y eso cómo se come?”

“el tantra es toda una filosofía oriental que propone el equilibrio en todo como forma de vida, y pone el reto de trascender a lo espiritual desde lo puramente corporal. No es algo exclusivo del Oriente porque todas las creencias tienen una facción que plantea lo mismo: desde lo carnal se puede conseguir una mejor vibración del alma, pasando por una constante tranquilidad mental”.

“Quiero aprender”, se emociona Juan.

“Yo ccreo que esos amigos tuyos de anoche ya conocen la técnica”.

“¿Édgar y Joey?”

“Ustedes ni lo notaron, pero yo sí me di cuenta que ellos sí usan esa técnica”.

“¿Cómo así te diste cuenta, Saldívar?”

“Se notaba que trabajaban su respiración, que la hacían profunda y lenta, casi ni se movían; ustedes hacían toda la chamba. ¿No tuviste alguna sensación mientras me la chupaban?”

“Ahora que lo mencionas”, trata de recordar Juan. “Por ratos parecía como si oliera la hierba de las montañas, por ratos el cloro de la piscina… puede ser el desinfectante, ¿no?”

“Pues, si usan una lejía con aroma a pino o hierbas, quizás”.

“¿Tenía que sentir algo acaso?”

“Por lo general, durante la experiencia de sexo tántrico tratas de visualizar un lugar donde te sientas a gusto o en libertad, donde sientas que tu excitación crece pero a la vez es balanceada por así decirlo”.

“¿Tú pensabas en las montañas?”

“No, en la piscina”, ríe Alvin.

“Pero, ¿y el asunto de la sangre de grado?”

“Ése es un misterio desde el punto de vista científico, querido Juancho, pero sospecho que debe tener una explicación lógica”.

“¿Cuál?”

“Alguien se lo aplicó para hacerle creer que había sangrado”.

Joey me dijo que hay un lugar donde sí podríamos hallar sangre verdadera. ¿Tienes que hacer algo más tarde, como a las once?”

Mira un video aquí. 

en la finca, finaliza la primera ronda nocturna. Tito deja a Elga en la entrada de la casa grande y luego camina a la caseta de vigilancia.

“Sucedió otra vez”, es el primer comentario de Carlos.

“Ella está encubriendo a Christian”, responde Tito.

“¿Cómo lo sabes?”

“Quiso contarme un cuento”.

Por su parte, Elga llega a su habitación, la misma que alguna vez fue la de Manolo. Hay demasiada información que procesar y mucha no está en los papeles que ha revisado todo el día.

“La Estirpe va a oponerse, pero tú tienes el control”, le había advertido Christian durante la semana pasada.

Pero ella sabe que jamás había tenido el control. Que solo aceptó casarse con Manolo para impedir que Esmeralda se apropiara de La Luna durante el proceso de divorcio. Por eso, inicialmente la propiedad había estado a nombre de Tito, para evadir a la justicia. Su matrimonio, solo en el papel, únicamente ponía un candado contra la codicia de la primera familia del patrón.

“Aparte de los chicos, la única mujer en quien confío eres tú”, le dijo Manolo. “Ni siquiera en mis padres o hermanos”. Claro, si ellos prácticamente abían relegado a Rodríguez, como la relegaron a ella, cuando se enteraron de que el sexo era su negocio principal. Así que toma su celular, marca y se lo pone a la oreja.

“Están sospechando de Christian”, le dice a alguien. “¿Por qué no me habías dicho nada de la hija de Tito?”

Mira un video más.

En Santa Cruz, la plaza principal parece no tener mayor movimiento una noche de lunes, excepto los autos que van para o vienen de Collique, las mototaxis, las motocicletas, la gente yendo de aquí para allá. La Comisaría tiene su fachada cerca a la municipalidad, y en una banca desde la que se aprecia estratégicamente, el Carnes mordisquea unas galletas. De pronto, nota que un muchacho algo alto y atlético entra con mucho sigilo, demasiado diría él. Ya hace media hora que vio a otro, vestido de civil, delgado, que había llegado y entrado sin mayor aspaviento.

“¿El capitán Castro, por favor?”, pregunta al guardia de puerta el joven que acaba de llegar a la comisaría.

“¡Chira! ¿Dónde te habías metido?”, lo reconoce su colega. “Está con el chico de Santa Cruz directo, en su oficina”.

El muchacho que acaba de llegar se sorprende:

“¿Hay algún operativo en progreso?”

“Ni idea, Chira”.

Efectivamente, a puertas cerradas, el comisario transfiere al celular de un joven de veinticuatro años, a lo sumo, una serie de documentos en un idioma que no entiende mucho.

“¿Son auténticos?”

“¡Claro, muchacho! ¿Crees que voy a blufearte?”, tranquiliza el policía.

“Pero si es cierto lo que usted dice, ¿cómo fue que dejaron entrar a un terrorista?”

“No lo sé; lo que necesito es que lo difundas para que nosotros podamos actuar”.

El comisario saca dos billetes de cien.

“Gracias”, sonríe el joven.

“Ya sabes qué puede pasarte si dices de dónde sacaste la información”.

“Pierda cuidado, capitán”.

Cuando el muchacho sale, Chira camina hasta la puerta de Castro y toca tres veces seguidas, luego una pausa y otras dos seguidas.

“Adelante”.

“Suboficial Chira reportándose, mi capitán”, saluda con la mano derecha extendida tocando la sien del mismo lado.

“¡Vaya! Regresó el hijo pródigo”.

Affuera en el parque, El Carnes toma su celular y llama a alguien.