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viernes, 10 de febrero de 2023

ASS (65): “Me la metiste a pelo”

Alejo y Miguel comienzan a hacer planes futuros, como si fuesen una pareja de enamorados, cachan rico… entonces, una inesperada visita les llega.

 



Anteriormente en ASS…

A la una de la tarde de ese jueves, Alejo termina su rutina de entrenamiento en el AS de San Sebastián. Está sudado de pies a cabeza. Solo viste su pantaloncillo de lycra, sin ropa interior (lo que le marca su generoso paquete y hace que la tela se le meta por la raja de su gran culo), calcetines y zapatillas. Miguel se le acerca:

“la ducha ya está limpia, así que puedes usarla ahora mismo”.

Alejo sonríe:

“¿Sabes qué he estado pensando, Miguel? Vamos a darle duro un año entero al porno gay, reunamos suficiente plata, ahorremos, la juntamos y la invertimos en comprar el AS. Si no nos alcanza, lo alquilamos; el hecho es que lo sigamos trabajando”.

“¿Y Alberto ya sabe eso?”

Alejo toma un poco de agua:

“Una vez cuando estábamos cachando lo conversamos. Lo que nos dijo Pedro alguna vez es cierto: en algún momento se va a saber cuál era la real intención de fundar el gimnasio, y ahora que ya la sabemos, lo mejor sería que lo protejamos. Entonces, si la propiedad pasa a nosotros, él queda limpio. Sería lo más justo”.

“Espera… ¿de dónde sacaste esa idea?”

“Marcano me estuvo explicando”.

“¿Y dejaremos de hacer porno gay por completo?”

Alejo se lo piensa un poco:

“Quizás ya no con la presión de ahora”.

“¿Marcano también dejará de hacer porno?”

“Dice que cuando pueda crecer su negocio y se pague solo”.

Ambos caminan hacia la puerta que lleva al baño:

“Pero, Alejo, también sabemos que Beto no puso la inversión del AS; que, en realidad, fue…”

“Entonces se lo planteamos, Migue… total, estamos trabajando para él, ¿no?”

“¿y si nos dicen que no?”

“Ponemos un hostal para encuentros gay… o yo pongo mi taller mecánico y tú… lo que tengas pensado”.

Miguel sonríe:

“Por ahora pienso que debes quitarte el sudor de todo el cuerpo, en especial de tu culo y tus bolas”.

“Y… ¿si nos duchamos juntos? No hay alumnos”.

Los dos musculosos entran totalmente desnudos al baño y comparten la hora del aseo. Aprovechan el jabón para acariciarse sus firmes músculos: pectorales, brazos, culos, piernas. Un beso en la boca, seguido de otros tantos, no tardan en aparecer.

Cuando se han enjuagado el jabón, y aún con el cuerpo húmedo, Miguel besa toda la espalda hasta llegar al culo de Alejo. Le separa ambas nalgas, y, mientras el segundo se inclina,el primero aprovecha para lamer cada glúteo y el ano cerradito al medio.

“Puta madre, qué rico lo haces, huevón”, reacciona alejo muy excitado.

Miguel sigue estimulando el esfínter hasta que nota una dilatación en el agujero.

“¿Estás listo, ale?”

Alejo respira profundo:

“Listo”.

Miguel se pone de pie, y con la verga ya dura, comienza a penetrarlo lentamente. La sensación que tiene Alejo ahora ya no es la incomodidad de aquella primera vez cuando probó pinga y quedó adolorido, menos de esa segunda vez cuando ya se había entrenado un poco más. Por otro lado, Miguel es un amante consciente, interesado en que ambos gocen el momento por igual.

“Lo tienes cerradito, so carajo”, comenta Miguel con toda la calentura encima.

“Muévete rico, papá… lo haces bien”.

Miguel comienza a bombear poco a poco hasta que sus 18 centímetros pueden trabajar como un pistón dispuesto a dar todo el placer que ambos puedan imaginar. Alejo comienza a pajearse, al mismo tiempo.

Lo que sí Miguel aún no logra controlar la duración del acto cuando hace de penetrador. No pasan ni diez minutos cuando expulsa todo su semen dentro del recto de su mejor amigo.

“A la mierda”, gruñe el activo.

Alejo, quien no ha dejado de pajearse, gira:

“Arrodíllate”.

Miguel obedece.

“Abre la boca y saca la lengua”.

Miguel hace lo que su amante le pide. Alejo se pajea más fuerte aún, haciendo que su mano golpee contra su afeitado pubis, que suena como si chasqueara un culo. Jadea cada vez más fuerte. Su rostro revela que el orgasmo es inminente.

“¡Mierda! ¡Las doy, carajo!”

Alejo dispara su semen en la boca de Miguel, con la misma masividad de siempre. Se inclina a besarlo en la boca y saborear su propio esperma mezclado con la saliva de su amigo. El fluido viril se pega entre la lengua y los dientes de ambos. Se separan y sonríen.

“Creo que te pediré que seamos pareja”, susurra Alejo entre broma y serio.

“Creo que diría que sí”.

Entonces el timbre de la puerta suena. Ambos se miran extrañados.

“¿Hay alumno programado para esta hora?”, pregunta Miguel.

“No que yo sepa”, responde Alejo.

Ambos ingresan rápidamente al dormitorio. Miguel se pone la ropa que ya se había quitado y va a abrir la puerta de la calle. Queda de una pieza.

“¿edú?”, se extraña. “¿Hombre! ¿Dónde te habías metido?”

“¿Puedo entrar?”, consulta el futbolista, quien luce tan guapo como el día que llegó a San Sebastián; de hecho, luce un ceñido traje deportivo: camiseta y short que le marcan su cuerpo fibroso.

Miguel le da paso, y detrás de él, otro chico tan guapo como él, también vestido deportivamente, lo que revela un cuerpo más o menos atlético.

“Es Bartolomé”, explica Edú. “Trabaja en el seguro”.

Miguel no entiende nada, pero confía en su amigo.

“¿Podemos conversar un ratito? Es importante”.

“Claro, Edú”.

Pasan a la sala de recepción que también se usa para los ejercicios de calentamiento y se sientan alrededor del escritorio.

“No voy a dar rodeos”, anuncia edú. “Tengo VIH”.

Miguel se sorprende, pero entiende que debe ser empático:

“Edú: si el médico te dice que puedes entrenar sin problemas, por lo menos yo no me hago ninguna palta en que…”

“Gracias, la verdad te agradezco eso, pero… no fue por eso que vine a verte”.

Miguel pone cara de intriga.

“¿Recuerdas esa vez que me hiciste el masaje, el primer día que vine?”

Miguel traga saliva, mira un poco avergonzado a Bartolo.

“Claro”, al fin responde.

“Me la metiste a pelo”.

Miguel hace memoria rápidamente, comienza a sudar frío. Por el pasillo al fondo, Alejo aparece serio.

Y para terminar, te dejamos una porno gay |Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

lunes, 12 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.1: Perdón al desnudo


el lunes, justo un día después de regresar del viaje relámpago a la sierra, salí del trabajo poco después de las cinco de la tarde, como era mi costumbre.

Apenas llegué a la calle, lo encontré allí parado como si nada.

“¿Listo, Rafo?”

Me alegré de verlo.

“Claro, Tuco. Pensé… pensé que no ibas a venir”.

No me respondió. Me palmeó en el hombro y caminamos hasta el gimnasio.

No hablamos más que de los planes del negocio y de las cosas del trabajo. No se mencionó más que eso ni al entrenar, ni cuando nos bañamos, y menos cuando regresamos a casa con Laura. Bueno, la razón es obvia.

Esa noche, los tres pusimos en blanco y negro todos los pasos que tomaríamos para que la creación de Josué se fuera concretando.

“Hoy me vieron la taleguita en el trabajo, y por lo menos dos patas se acercaron a preguntarme dónde la había comprado”, relaté.

“Hablas huevadas”, desconfió el Tuco.

“¡Verídico, hermano! Les dije que les podía conseguir, si deseaban”.

“Ay, claro. Ustedes viajan, compran cosas y a mí no me consiguen nada”, reclamó Laura.

Me levanté de la mesa, fui a mi cuarto y regresé con el tapete multicolor. Laura abrió la boca de asombro y se acercó para colgarse de mi cuello y darme muchos besos.

Josué siguió viendo los papeles que había llevado en tanto que mamá salió con tazas de café que trajimos de la sierra. El aroma era deliciosamente penetrante.

Mi madre también se sentó con nosotros, miraba cómo trabajábamos y de vez en cuando nos lanzaba ideas. Buenísimas, por cierto.

Terminamos casi a medianoche.


el resto de esos días, tras el gimnasio, Laura y yo regresábamos a mi casa y nos poníamos a trabajar en el proyecto de automatización del negocio. Decidimos tomarnos, incluso, los fines de semana. Era una curiosa manera de pasarnos el tiempo juntos, sin necesidad de terminar en sexo.

Precisamente, no recuerdo si fue viernes o sábado, cuando estábamos programando en silencio y Laura se levantó, caminó varias veces por la sala. Vio el tapete que mamá puso sobre el sofá, probó algo de café, y me quedó mirando fijamente.

“Piura’s Switzerland”

“¿qué?”

“La suiza piurana, Rafo. ¡el nombre del negocio! ¿Te imaginas? Todos los productos de la sierra de Piura en su hogar, no importa el lugar del mundo dónde esté”.

Realmente mi enamorada estaba inspirada. Llamamos al Tuco, le contamos la idea pero no sonaba muy convencido.

Aún así, seguimos trabajando.

Ese domingo fuimos a jugar pelota en uno de esos recreos campestres con piscina, cerca de la ciudad.

Estaba a punto de meter un gol, cuando nuevamente tuve esa sensación de ser observado por alguien desde algún punto. Me desconcentré, miré a los lados, y recibí un empujón de otro muchacho que jugaba.

“estás boca abierta, Rafo”, me pasó la voz.

Yo sonreí.

Esa noche, mientras estaba en redes sociales, se abrió una ventana de chat. Era al.

“Tus fotos ser muy bonitas”, escribió.

Comencé a explicarle del proyecto que estaba trabajando, y pareció muy interesado.

Al día siguiente, cuando Josué y yo íbamos al gimnasio, se lo conté.

“Al dice que puede ser nuestro concesionario en la Florida”, le anuncié.

“Suena bien. ¿Y qué le gustó más?”

“Los tejidos. Parece que la artesanía podría ser lo máximo allá afuera”.

“Excelente”.

Fuera de eso, aquel día el Tuco estaba mayormente callado.

Tras entrenar, nos duchamos. Justo acababa de cerrar la llave, cuando Josué se puso a la entrada de mi cubículo, e ingresó. Ambos estábamos mojados y desnudos.

“Rafo, sobre lo que pasó esa vez en el viaje, quería pedirte perdón. No debí hacerlo porque somos amigos, porque nos queremos, nos respetamos y porque no me parece, considerando que Laura es tu enamorada, y mi amiga”.

Quedé confundido.

“Pero, no creo que fue culpa tuya solamente. Yo te correspondí, Tuco”.

“Como sea. No debió pasar y no debe pasar de nuevo”.

“¿Crees que pueda pasar de nuevo?”

“Tenemos que evitar que pase, Rafo. Sí podemos”.

“¿quieres decir que?”

“No quiero decir nada, Rafo. Solo quiero que me perdones, y que jamás pasará de nuevo”.

¡Vaya! Un nuevo enfoque para esa rara trilogía –deber, poder, querer- que me pareció lógica, aunque no me dejó del todo satisfecho, ni convencido por lo menos.

“Tuco, no quiero perder tu amistad. ¡eres mi mejor amigo! No quiero que esa huevada nos aleje. Quiero que me trates como siempre lo has hecho”.

“Sí. Perdona. Pero estaba incómodo. Yo sé que me quieres, y precisamente por eso, vamos a hacer las cosas bien”.

“De acuerdo”.

Nos dimos un cordial abrazo, donde fue imposible evitar el contacto de las pieles. Aunque, honestamente, eso fue lo último que me preocupó, pues no quería escatimar mi afecto a esta persona. No es bueno escatimar el afecto. No es bueno guardarse nada especialmente si es verdadero y puro, como la amistad.

Cuando nos separamos, Jaime estaba en el estrecho pasillo entre las dos duchas, mirándonos con rabia.

“Ahora entiendo todo”, espetó con ridículo despecho.

El Tuco y yo lo miramos y nos carcajeamos. Jaime salió muy molesto. 

jueves, 1 de diciembre de 2022

Ser Rafael 15.1: Mi mundo comienza a descascararse


Elena se quedó tres semanas con nosotros. la última se llevó a mamá a un hotel en la playa, a unas tres horas de casa.

Claro que mamá puso mil y un pretextos para no ir, pero mi hermana se las ingenió para que aceptara. mejor dicho, casi se la llevó en peso.

Aproveché esa semana para probar algo que elena me sugirió: convivir con Laura. comenzamos un martes y me pareció que la idea no fue buena.

yo solía despertarme a las seis y media o siete de la mañana, arreglarme, tomar desayuno y a las ocho estar ya camino al trabajo, donde me quedaba hasta las cinco, iba al gimnasio, y regresaba a las nueve o nueve y cuarto.

Laura se levantaba a las seis, salía a correr media hora, llegaba a bañarse, preparar el desayuno (junto a Carmen) para tomarlo conmigo, ir a su trabajo, y estar de vuelta a las cinco y media o seis de la tarde.

"¿Por qué tienes que ir al gimnasio?", me enfrentó la primera noche. "¿Por qué no sales a correr conmigo? ¿Cuál es tu obsesión de sacar cuerpo? eres mi enamorado. yo te quiero como eres. ¿O es que estás sacando cuerpo para otra mujer?"

"¿Y éso a qué viene? toda la vida has sabido que siempre he entrenado en el gimnasio. ¿A qué viene el reclamo?"

"Que te tengo que esperar tres horas, que llegas cansado, casi no hablamos".

Me le acerqué, y la comencé a besar y acariciar.

"Rafo, no me convencerás con ese truco".

yo continué.

"Rafo, no..."

Laura se dejó envolver tanto, hasta que cayó conmigo en la cama para hacer el amor, con la intensidad que siempre solíamos aplicar. ah, claro, y sin olvidar la protección: tenía que comprar un paquetito todos los días, pues todos los días se repitió la misma escena.

Siempre que terminábamos de hacerlo, Laura solía descansar su cabeza sobre mi hombro.

"Rafo, ¿crees que funcionemos como esposos… quiero decir, que seamos una pareja para toda la vida?"

Honestamente, no tenía respuesta que me convenciera.


Si algo pasaba conmigo, por aquellas semanas, era que sentía a mi mundo comenzando a descascararse; algo que no me atrevía a ver se descubría frente a mí. Pero tampoco me atrevía a abrir los ojos para comprobar, de hecho, que estaba allí y era imposible ignorarlo o evadirlo.

"Creo que sí, pero ya sabes qué pienso sobre casarnos".

"Claro".

una de las cosas que más extrañaba de mis noches era que, cuando no iba a ver a Laura, me ponía a conversar por la computadora o el celular; por ejemplo, con Al.

El problema era que tampoco me desesperaba por chatear porque cuando le contée a Al que Laura vendría a pasarse unos días conmigo, me trató hoscamente: "Laura no merecer lo que tú dar", me dijo un día por videollamada, mientras se quitaba la ropa para mostrarme sus bubble butts. A pesar de su molestia, me masturbé igual aquella vez. Sí, sé que es paradójico, pero igual ambos salimos ganando: él vio cómo me autocomplacía hasta explotar, todo por la Webcam.


Luego que Elena y mamá regresaron, volví a mi rutina ‘de soltero’, excepto que Al ya no me hablaba por la Internet.

Mas bien terminé hablando con mi hermana, frente a frente, en mi cuarto.

Ella tocó la puerta y se metió, mientras yo escuchaba música.

“Negrito, ¿y conversaste con Laura… sobre eso que conversamos?”

“No. No creo que sea una cosa de vida o muerte”.

Elena suspiró y acarició mi cabello crespo.

“Negro, actúa ahora que puedes. Toma una decisión basada en lo que realmente te hará sentir bien. Más tarde… puede ser muy tarde”.

“Zamba, hay algo que no te conté”.

Elena me miró con mucho interés. Tomé aire y le relaté la primera noche que pasé con Eduardo, claro está, obviándole ciertos detalles morbosos.

Aunque sentía vergüenza hablando, también sentía que me liberaba de un gran peso.

“Ay, Dios. Negro… ¿Hace cuánto pasó eso?”

“Cuatro, casi cinco meses”.

“Si tienes algo, no nos enteraremos hasta dentro de un mes o dos meses”.

“¿Y eso por qué?”

Elena me explicó que, por lo menos, el VIH se hacía detectable al sexto mes.

En realidad se pasó dándome una especie de consejería sobre el tema.

Me quedé preocupado.

“Soy de lo peor, ¿no Zamba?”

Elena volvió a acariciar mi cabeza.

“Eres un muchachito ligeramente irresponsable; pero, recuerda lo que te dije: pase lo que pase, la primera persona con la que debes contar es conmigo”.

Hacía mucho tiempo que no me sentía tan bien, que alguien me consideraba con un cariño tan honesto y hermoso.

“Te amo, hermanita”.

“Yo más, Negro feo”.

Sonreímos y nos dimos un estrecho, lindo y cálido abrazo.

“Prométeme que lucharás por ser feliz, Negro, y que te chequearás”.

“Te lo prometo, Zamba. Te lo prometo”.


Al día siguiente, elena tomó su vuelo de regreso a la capital. Yo regresé a mi rutina de siempre: trabajo, gimnasio, Laura. Y cuando no había Laura, entonces redes sociales.

Al ya no me hablaba en línea, aunque tampoco me había eliminado de sus contactos. Por lo tanto, si él no me habla, ¿yo para qué? Si quería ‘ley del hielo’ hasta raspadilla le mandaba.

Pero tampoco fue el fin del mundo. Seguía encontrándome con mi amigo Josué en el gimnasio, hasta que sucedió algo distinto: me esperaba en la puerta de mi trabajo y así íbamos y salíamos juntos.

Solo para seguir hablando, pusimos como pretexto la ducha luego de cada sesión de entrenamiento.

“Oye Tuco, ¿por qué le destrozaste el corazón a elena?”

“¿Te contó? Tú ya sabes la razón”.

“¿Por qué se la dijiste? Eres bien huevón”.

“Porque es mejor ser transparente para luego evitar problemas, ¿no crees?”

¡Listo! El Tuco me jodió… fraternalmente, pero me jodió.

¡Bien hecho por meter mi pequeña y carnosa boquita donde nadie me llama!

Por otra parte, Josué fue el repelente perfecto para esos ‘lanzados’ como Jaime, quien nunca volvió a acercárseme. Es decir, mientras Josué estaba a mi lado, porque un día que no fue, Jaime se aproximó más de lo debido.

“Por fin viniste sin tu ‘seguridad’”.

Yo me sonreí abiertamente.

“Somos amigos. No me digas que estás celoso”.

“Como que no tienes olfato para seleccionar a tus amistades, bebito”.

Jaime colocó la yema de su dedo medio sobre mi duro abdominal superior y y lo presionó, como queriendo bajar.

Me dio vergüenza por el resto de la gente que, si bien estaba concentrada entrenando, pudo haber advertido el ‘lance’.

En eso, sentí que alguien me obligaba a girar tomándome del brazo.

Volteé.

“??Laura!! ¿Q-qué haces aquí?”

“Entrenando, amorcito. Acabo de inscribirme”.

Me abrazó. Yo estaba marcando treinta y ocho del susto.

    

domingo, 13 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.1: ¿Eres gay?


La semana de capacitación en el banco me reveló dos cosas: mi competencia profesional era mejor de lo que esperaba, lo que me hizo dominar la herramienta que nos estaban enseñando casi al momento; lo otro era que Al no era tan ignorante del español como pretendía, aunque tampoco lo dominaba del todo; pero hablando en infinitivos podía defenderse perfectamente. Mismo Tarzán.

Así que aprovechábamos todos los descansos para conversar algo, que no necesariamente fuera del trabajo.

Me enteré que, aunque nacido en el centro de los estados Unidos, se mudó a la Florida porque llegó a odiar el frío extremo y porque amaba la playa al punto de tener una casa en un lugar algo aislado, donde, de vez en cuando, practicaba el nudismo.

“¿Y nunca te han dicho nada por andar desnudo?”

“Mi propiedad privada. Mía. Nadie poder entrar. Yo poder hacer yo querer”.

“estabas solo?”

“Muchas veces. Yo también invitar amigos”.

“Y todos estaban desnudos”.

“Sí”.

Esa noche lo llevé al mismo gimnasio donde yo entrenaba, y causó la sensación entre todo el mundo por su físico y por la ropa deportiva entalladísima y brevísima que lucía (sin ropa interior, según noté en el vestuario).

Tras tomar una ducha allí mismo, íbamos a cenar; luego lo iba a dejar a su hotel, pues, según me dijo, gustaba dormir temprano para levantarse al día siguiente “con mucha energía”.

como ya teníamos confianza desde la Internet, el martes lo invité a cenar en mi casa.

Mi madre, obviamente encantada y honrada, se desbarató conversándole.

Al, educadamente, le sonreía, aunque luego confirmé que entendía poco o muy poco de lo que ella le hablaba.

Mis compañeros de trabajo y hasta mi jefa se sorprendieron de la amistad que se había desarrollado entre los dos. Aunque tampoco les parecía fuera de lo común, ya que, como me dijo uno de mis colegas, “te haces amigo hasta de las piedras, huevón”.

    


El miércoles por la noche, estábamos comiendo en un restaurante vegetariano del centro.

“¿Rafo, ¿tú ser gay?”

La pregunta a quemarropa me dejó turulato. Casi me atraganto con la carne de soya.

“No… no sé”.

Al sonrió.

“OK”.

“¿Y tú?”

“Sí. Yo ser gay”.

Miré a ambos lados temiendo que alguien nos escuchara. Él pareció no tomarle importancia.

Más tarde, en mi cama, la vendita pregunta me dio vueltas en la cabeza.

Era un hecho que sobre ese mueble de descanso funcionaba perfectamente con mujeres y varones, aunque la mayor parte de mis experiencias sexuales hayan sido con mujeres. Ahora bien, ¿en qué momento eres heterosexual, homosexual o bisexual? ¿Hay algún número? Quiero decir, como los tests, donde del cero al diez, eres más lo uno pero no tanto lo otro; de diez a treinta, eres de ambos; de treinta a más, ya luces la pluma en tu cabeza, aunque tengas apariencia de machito.

Todo iba bien en mi proceso de silogismos y falacias hasta que mi celular sonó. Era la alarma de mensajes de texto.

“Debes extrañar tu reloj. Puedes verme para recogerlo. ¿Lo quieres?”

Ignoré el recado de Eduardo. Ignoré la pregunta de Al. Ignoré todo. Me acurruqué y me quedé dormido.

El jueves llegó Laura.

Luego de dejar a Al en su hotel, fui a verla a su casa.

Como toda su familia, ella seguía triste, pero no tanto como su madre y su padre.

Estuve conversando un rato con ella.

Mientras me contaba las novedades del funeral de su abuela, yo hacía lo mismo con la capacitación en el banco, y la sorpresa que resultó tener a Al como nuestro capacitador o trainer, como les dicen en esa jerga que confunde el idioma… tanto como yo estaba confundido respecto a esa pregunta que ya me habían lanzado: ¿quién soy yo?.

Un mensaje de texto me ingresó.

“¿No recogerás tu reloj?”

Me incomodé.

Laura trató de tomar mi celular y ver mi mensaje.

“¿quién es? ¿Por qué te molestas?”

“Es la operadora con sus promociones. Voy a borrarlo”.

“Pero, dámelo. ¿Por qué no me lo quieres dar?”

Retuve como pude mi teléfono, y borré el mensaje.

“Porque ya te dije que es un mensaje publicitario. No tiene importancia, Laura”.

Ella se puso seria.

“Rafo, espero que no estés volviendo a las andadas. Mira que esta vez no te voy a tolerar cosas”.

“Mi amor, confía en mí, ¿sí?” Sonreí pícaramente. “Mañana salimos para distraernos”.

“estoy de duelo, Rafo”.

“Por eso mismo. Solo saldremos. Le diré a Al. Solo conversar. No disco, no baile”.

Laura hizo un gesto de duda, y como que preaceptó mi idea.

Camino de mi casa, llamé a Eduardo.

“¡Rafo, al fin!”

“Oye, so mierda. ¿Quieres dejar de joder con esa huevada del reloj? Por mí, métetelo al culo y no jodas más

Quiso replicarme, pero le corté. 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.1: Ganando puntos


La reverenda gana se me quitó a las seis y cuarto de la mañana, demasiado temprano para un sábado.

Tras ducharme y vestirme, fui a la cocina, cual ratoncillo atraído por el queso.

“Buenos días, joven”.

“¡Camuchita! ¿qué delicias nos tienes para hoy”?

Carmen me miró cariñosamente con rabiecita.

“No soy Camuchita, jovencito. Car-men-ci-ta”.

“Por eso. Camuchita”.

A la mujer no le quedó otra que reírse, lo que premié con un cálido beso en su frente.

¿Qué desayuné? Pues… café, claras de huevo, un rico trozo de papaya, y tostadas… con queso… Éso explica por qué llegué cual ratoncillo.

Carmen y yo desayunamos juntos. Le conté lo de la abuela de Laura.

“¿está lejos el pueblo de la finada?”

“Como a hora y media, dos horas quizás”.

“¿Por qué no va a verla?”

La idea no sonaba mal.


A las ocho estaba tomando el bus para Chulucanas, como una hora al este. Un cuarto para las diez estaba en Santa Rosa de la Quebrada, un caserío perdido en un algarrobal, flanqueado por dos arroyos que, en verano, son imposibles de cruzar debido a las lluvias torrenciales.

en menos de cinco minutos di con la casa.

Ya sabes: pueblo chico… y todo el mundo termina soñando lo mismo.

Iba con un ramo de flores típicas de funeral que compré en el mercado de Chulucanas, tras asesorarme con la veterana vendedora, pues en estos menesteres póstumos era más torpe que elefante bailando sobre lago congelado al inicio de la primavera. Claro, como en Piura hay elefantes y temperaturas bajo cero, la figura se entiende perfecta.

Me perdonarás, pero dormir mal siempre me pone de un humor insoportable.

Apenas Laura me vio, vino hacia mí. Me abrazó triste.

“Mi amor, ¿cómo llegaste?”

Ehhh… Lo siento. No pienso explicártelo de nuevo.

Como siguiente número tenemos: conocer a toda la familia:

Algo de veinte tíos y tías, como 50 primos y primas, y eso que no agrego esposas, esposos, hijos, hijas y demás relacionados de la que en vida fue.

Faltó poco para que también me presentaran al resto de la población.

Me quedé idiota cuando conocí a una prima de Laura que no pasaba de los veinte, porque ya tenía esposo y tres hijitos. Creía entender el por qué la idea de la descendencia en que se empecinó mi enamorada por algún tiempo.

En la sala de la vivienda, estaba el cajón de madera, pintado de plomo, con una puertecilla abierta donde podía verse el rostro de la difunta. Toda persona que llegaba, tras dar el pésame de rigor, iba a contemplar la faz inerte de la señora.

A mí, la verdad, la idea me aterraba, así que me las ingenié para no honrar la invitación de la familia. De hecho, si soporté ver la cara de mi padre ya fallecido fue por el amor que le tengo, y porque me resistía a creer que jamás volvería a gozarlo. No fue fácil para mí estar en ese velorio, menos en éste.

El resto de asistentes estaba sentado en la sala alrededor de la capilla ardiente, conversando. Igual afuera, donde habían sillas y una banca.

Por allí circulaba una jarra blanca de aluminio y vasitos pequeños: trago corto. La evadí como pude.

Decidí estar un rato con los papás de Laura, quienes se deshicieron en agradecimientos por asistir a momento tan luctuoso. Honestamente, no pretendía ganar puntos con la familia, sino evitar morir de aburrimiento sin nadie en mi casa. El gran problema es que, si seguía aquí, iba a contraer depresión.

Igual gané puntos con la familia. Efectos colaterales, les llaman.

Me pareció que ya era suficiente. Estaba listo para fugar a Chulucanas.

“Jovencito”, dijo una de las tías de Laura. “Venga para que se sirva un almuercito”.

Detengámonos aquí a revisar un capítulo de la enciclopedia ilustrada de la idiosincrasia piurana: Jamás desprecies la comida que te ofrecen, aunque tenga diez mil calorías, pues el o la oferente pueden sentirse desairados. Mucho peor: nunca desaires a la familia de tu enamorada.

Me aparté un poco, fui a la cocina y me senté frente a mi plato.

¿Quién dijo que hay hambre en el campo? Con esta porción podía cubrir mis tres comidas del día, incluyendo bocadillos.

Laura se sentó a mi costado izquierdo, y todo el tiempo mantuvo su rostro apoyado EN mi hombro.


A las tres de la tarde, inicié la ruta de vuelta a casa.

El calor era inclemente, así que lo que más deseaba era llegar, ducharme y dormir hasta el día siguiente… o hasta las ocho de la noche.

Me despertó la alarma de redes sociales en mi celular. Era Al.

Y no era la única persona interesada en contactarme. Había un mensaje de texto que entró mientras dormía.

“Debo decir que mi sábado está abu. ¿Puedo saber qué tal el tuyo?”.

Sí. Era Eduardo. No le di importancia.

Por su parte, Al se pasó contándome de su estancia en la playa, de su paseo en moto acuática, y de cómo tuvo la suerte de encontrarse delfines nadando cerca de la orilla.

Era las nueve de la noche.

Una llamada entró a mi celular. El número me era desconocido.

Imaginé que Eduardo estaba comunicándose de otro aparato… telefónico, aclaro.

“¡¿qué quieres?!”, contesté molesto.

“Perdona… ¿Rafael?”

¡Momento! Esa voz asustada no era la de Eduardo. 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.2: El chico de la ducha


Esa noche en el gimnasio, entrené como loco. Mi propósito era simple: agotarme tanto que, al llegar a mi casa, no tuviera más ganas que de dormir hasta que me diera la reverenda gana de levantarme, al día siguiente, sin importar la hora.

Es más. Como había llevado todo para recoger a Laura, no me quedó otra que ducharme en ese lugar.

Ya estaba en el cubículo de la ducha que había elegido, entre las dos existentes, la más cercana a los casilleros, cuando sentí que alguien ingresó detrás de mí.

“Hola”, me dijeron.

“Hola”, contesté, mientras abría la llave.

Me metí en esa primera lluvia, dispuesto a dejarme refrescar tras la extenuante sesión de entrenamiento.

“Pata, disculpa”, me dijeron a mi espalda.

Volteé: era el tipo que, la última vez que me duché aquí, me palmeó el trasero aunque no lo reconoció. Imbécil yo no soy.

“¿Qué pasó?”

“Quería disculparme por el incidente de la vez pasada. No fue mi intención”.

El tipo estaba desnudo, arrimado a la pared que separaba mi ducha de la suya.

Aunque delgado, tenía algo de volumen y marcación en sus músculos. En realidad, más marcación que volumen.

Y también noté cierto largo arriba del promedio en cierta parte íntima suya.

“Olvídalo. Ya pasó”, acepté.

“Gracias. Oye, ¿y hace cuánto tiempo entrenando?”

“Uuuuuhhhhh… desde los quince… nueve años y meses. ¿Y tú?”

“Ah, con razón. Solo tres años, pero dejando por meses”.

“”¿Por qué ‘con razón’?”, sonreí… pícaramente.

“Bueno… no vayas a molestarte, pero… tienes un gran físico”.

“Gracias”.

El agua de la ducha seguía mojándome el cuerpo.

El tipo sonrió y fue a ducharse. Ya me sentía más relajado.

“¿Y te dedicas a algo?”, levanté mi voz.

“Exportaciones. Soy comerciante. ¿Tú?”

“Sistemas”.

No oí réplica. Seguí bañándome.

A lo mejor no le era atractiva mi carrera, o no le era atractivo yo.

Seguí duchándome.

“¿A qué me dijiste que te dedicas?”, me gritó.

“¿No oíste?”

Según percibí, el tipo cerró el grifo. Volví a sentir su voz a mi espalda.

“Ahora sí. ¿A qué te dedicas?”

“¿No me oíste?”

“O es la ducha o es este murito”.

Ahí estaba otra vez, desnudo y húmedo, viéndome a mí, desnudo, húmedo y en proceso de ‘calentamiento’.

Hice matemáticas rápidamente.

En este gimnasio hay dos duchas. Dos personas ocupan las dos duchas. Si la gente de afuera se percató que entramos los dos, harán una resta simple: dos tipos menos dos duchas es igual a… mejor no entro.

“Tengo una idea loca… si no puedes escucharme por esta pared, o tu ducha… ¿por qué no compartimos mi ducha?”

El tipo se quedó mirándome perplejo, en silencio.

“Sí que es una idea loca. ¿Y si alguien entra?”

Le expliqué pitagóricamente cuáles eran nuestras probabilidades.

Esperó dos segundos.

Entró.

El roce de nuestros cuerpos fue inevitable, tanto, que nos olvidamos continuar la charla.

Lo tomé de su cintura, y fui de frente a la conquista de sus labios. Él me respondió. Entonces nos abrazamos. Nuestra excitación no tardó en aparecer, al punto que la presionamos mutuamente.

Comencé a besarle el cuello.

“¡¿Ya están libres las duchas?!”

Alguien llamaba desde la puerta del vestuario.

El tipo se asustó.

Yo le hice señas que no dijera nada y que se tranquilizara.

“¡Cinco minutos!”, grité.

“¡Ya, Rafo!”, me respondió la voz desconocida.

Le expliqué al tipo que saliera de la forma más normal, y que afuera veríamos cómo seguíamos esa caliente sesión. Me hizo caso, no sin antes alabar lo “largo y grueso” de mi dotación.


Ya en la calle, lo alcancé en un puesto de revistas que había cerca del portón del gimnasio.

“¿Eres Rafo? Jaime, mucho gusto”.

“Rafael mas bien. El gusto es mío”.

“¿Vives solo?”

“ehhh. No. Con mi familia. Mas bien, ¿qué tal un telo?”

“No, huevón. Allí es más fácil que te ampayen. Tengo mi depa cerca de acá, a unas cuatro cuadras. Mejor vamos allí. Vivo solo”.

No habíamos avanzado ni media cuadra.

“¡¡Rafael!!”

Me quedé helado. 

viernes, 28 de octubre de 2022

ASS (50): El secreto erótico del novicio

Mientras Santos entrena culo y piernas, Alejo y Miguel aprovechan para retozar desnudos en la ducha y en la cama hasta que algo aparece en el celular.



 

Esa noche del lunes en el AS de san Sebasstián quedan apenas dos alumnos entrenando, o terminando de entrenar. Alejo mira el reloj de pared: diez para las diez. Es casi la hora de cierre.

Con el poco pudor que le queda, el entrenador viste aquella noche un enterizo tipo luchador grecorromano, pero de licra, color celeste con ribetes plateados; debajo no tiene ropa interior, lo que le marca su gran bulto por delante y hace que de cuando en cuando se le meta la tela entre las nalgas. Ahora calza zapatillas de marca y gruesos calcetines. Revisa nuevamente su celular y termina de alimentar a una aplicación la planilla de ingresos y gastos de aquel día.

“Buenas noches”, le dice alguien vistiendo como él, pero en tono negro satinado.

“Bue-buen… buenas noches”, vacila el fortachón a la par que trata de reponerse de la primera impresión, pues acaba de ingresar un hermoso muchacho blanco, musculoso, rubio muy crespo, ojos azules y con vellos también rubios sobre su pecho y piernas que dan la impresión de que no los llevara,o que tuviera una especie de cubierta acolchada.

“¿Tú eres Alejo, verdad?”

“Claro. Tú…”

“Soy Santos”, alarga la mano el chico, quien habla con evidente acento español. “Vine ayer para ayudar a los Padres Alberto y…”

“Ah, eres el novicio”.

Santos sonríe: “Sí,eso mismo soy”.

Entonces Alejo examina mejor su rostro, pero ya no con embelezo sino con intriga.

“No sé si te mosqueo entrenando a esta hora; lo que pasa es que todas mis tareas…”

“Tranquilo”, interrumpe Alejo. “El AS es todo tuyo. ¿Necesitas que te oriente o ya tienes rutina?”

“Creo que ambas”, responde Santos, siempre con su sonrisa carismática.

En la antesala donde están las máquinas para calentamiento, Alejo toma todas las medidas al nuevo alumno y las ingresa en el aplicativo del celular.

“Qué guay que vosotros estéis tecnificados”.

“recién desde esta tardecita”, sonríe ahora Alejo sin dejar de examinar el rostro del nuevo alumno. “Pareces tener el canon perfecto… ¿Santos?”

“Sí, así me llamo”.

“¿Hace cuánto no entrenas?”

“Hace… 48 horas”.

“Entonces sigue el programa de entrenamiento que seguías, y si necesitas ayuda, me avisas”.

“Genial”, replica el novicio sin renunciar a esa hermosa y blanca sonrisa. Entonces, los dos alumnos que siguen en la gran sala pasan por el lado de ambos y se despiden. Nadie más excepto Alejo y Santos quedan en el AS. Entonces el primero toma nuevamente su celular y busca. Está en eso cuando siente sutilmente una mano tocándole en el medio de su bien formado y duro culo. Alejo se asusta.

“Eras tú”, reacciona suspirando.

“No… el fantasma de Paco nada más”. Miguel sonríe gracioso.

“¿Qué? ¿Ya fue?”

“Nada aún, pero los médicos no le dan esperanzas… Y, oye, vino Santos… Olvidé avisarte”.

“¿Tú lo mandaste?”

“Luego te cuento”.

Miguel se aproxima hasta Santos, quien está haciendo sentadilla libre, y, aprovechando su descanso entre series, lo saluda y conversa brevemente. Ambos se sonríen mucho y parecen bromearse. Entonces,Miguel regresa donde Alejo.

“Voy a ducharme… ¿me acompañas?”

“Pero…”

“Tranquilo. Estudia Educación Física, así que si tú o yo nos vamos, él tranquilamente nos reemplaza”.

Mientras Santos está a mitad de la prensa para piernas, Alejo y Miguel ingresan a la ducha, totalmente desnudos. En tanto el agua comienza a caer recorriendo sus cuerpos, Miguel besa la boca de Alejo. Sus penes no tardan en ponerse erectos conforme se estrujan uno contra el otro.

“Aguanta, huevón”, reacciona seductor Alejo. “Recuerda que tenemos que guardar leche para la porno de esta semana”.

“Tranquilo, mi amor”, responde Miguel. “No quiero que me la metas… quiero que comiences a mimarme ahora”.

Mientras se ponen el jabón mutuamente, las manos de ambos recorren cada centímetro cuadrado de sus físicos de dios griego. Nada queda exceptuado. Ni siquiera la pinga, las bolas, la entrepierna,las nalgas y en medio de ellas. Este momento es aprovechado por Miguel para, de todas maneras, darle una mamada al pene de Alejo. Qué rico sabe su líquido pre-seminal.

“¿Quieres hacerlo tú?”, invita.

Alejo respira hondo. Titubea unos segundos. Trae a su mente el hecho de que ésa no será la primera vez, que, de hecho, aprendió a hacerlo antes. Respira hondo de nuevo. Se arrodilla, abre su boca, cierra sus ojos, deja que Miguel le ponga el glande en su lengua. Poco a poco, Alejo va mamando el falo de su mejor amigo mientras pajea el suyo.

“Así, Ale… así… qué rico la chupas”, susurra Miguel,todo excitado.

Casi a las diez y media de esa noche, Alejo, solo cubierto por la cintura con una toalla y calzando sandalias, se acerca a un sudoroso Santos quien está echado boca abajo sobre la máquina de femorales. Entonces se percata del redondo culo que tiene el novicio. Y parece… que no tiene ropa interior debajo.

“Tranquilo, que solo vine a saber si necesitabas ayuda”, se adelanta el fortachón peruano al ver cierta cara de ansiedad en su colega español.

“Ah, pensé que…”

“Nada. Tú tranquilo. Solo voy a apagar las luces que no necesitamos”.

“me parece perfecto, pues tenemos que ser responsables con el planeta”.

No termina la oración cuando desde el fondo, Miguel también viene al encuentro de ambos caminando vestido solo con ttoalla y en sandalias. Se detiene al lado de Santos, quien ha reanudado su serie. Lo mira y mira la pantalla del celular. El novicio siente que algo raro está pasando allí. Ahora solo quedan las luces de la zona de piernas dentro del AS.

Entonces, Miguel siente que le tocan el culo; se voltea y su toalla está a punto de caer. Logra detenerla mientras mira a Alejo haciéndole un gesto de retirarse.

“Estamos en el cuarto”, le avisan a Santos.

Y en ese cuarto, Alejo y Miguel, ya libres de las toallas, siguen retozando sobre la cama, besándose, acariciándose y revolcándose. Sus penes duros se refriegan en medio de una romántica y sensual batalla.

A eso de las once les tocan la puerta. Con la impudicia que lo caracteriza, Alejo se levantta abrirla así, desnudo y con su pene de 18 centímetros erecto. Santos está con el enterizo bajado hasta la altura de la cintura mostrando su bello torso y parte de su cadera izquierda: efectivamente, parece no tener ropa interior.

“He de irme, regreso mañana, chaval”.

La desnudez y la gran y húmeda erección del entrenador parecen no inmutar al novicio.

“Un momento”, se levanta Miguel, también desnudo y con el pene erecto. “Tenemos una duda y queremos que nos la resuelvas”, le dice a Santos.

El español se turba un poco, especialmente cuando le dan el celular con algo en la pantalla. Lo mira. Abre la boca y se pone evidentemente nervioso.

“¿De-de-de dónde sacaron esto?”

“Eres tú, ¿cierto?”, interpela Miguel.

Un hermoso chico desnudo y con el pene erecto se despliega en la pantalla en una foto aparentemente tomada en una playa.

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


jueves, 15 de septiembre de 2022

Ser Rafael 5.3: Ligero error de cálculo



Esa noche soñé con las duchas del gimnasio. estaba dejando que el agua me refrescara cuando alguien entró a mi cubículo. No pude ver la cara de la otra persona; solo sentí que me besaba y me acariciaba el húmedo cuerpo. También sentí la dureza de nuestra excitación, rozándonos.

Cuando parecía llegar al clímax, pude ver el rostro de mi acompañante: Juan… Eduardo, mejor dicho.

Me desperté asustado.

Tenía una palpitante erección.

Ya había amanecido.



Casi a la hora del almuerzo, Laura me llamó.

“Pasó algo increíble, Rafo”.

“¿Te llamaron del BGU?”

“Más o menos. Mi jefe se enteró de mi postulación, y me dijo que tenía otros planes para mí”.

¡Vaya! Buenas noticias, pensé. Una promoción. Quizás otro proyecto.

“¿Y qué fue?”

“Me nombrará, me aumentará el sueldo y me ascenderá dentro de este proyecto. Seré sub-jefa administrativa”.

No sabía si ponerme alegre o triste.

“¡gracias, amor. Si no me hubieras animado a pasar esa entrevista, nada de esto me hubiera ocurrido!”

Llegó la hora de que Hércules emponzoñe sus dardos.

“Me alegro por ti, Laura; pero, si estuviera en tu lugar, pediría seleccionar a mi personal. Y ya te dije quién me da mala espina”.

“Sí, amor. Descuida”.


martes, 13 de septiembre de 2022

Ser Rafael 5.2: Pareces estar madurando




¿Se habrá molestado por lo inoportuno del ‘telefonazo’? ¿estará en el baño? ¿Salió y ya viene?

Sonó una puerta, evidentemente cerrada de golpe por el viento.

¡Qué estúpido! Fui a buscar mi celular en la mesita de centro de mi sala. Le marqué, pero apenas entraba la llamada, ella me cortaba.

¿Qué hice ahora para que ella me tratara así?

Tenía que buscarla. Solo debía lavarme la cara y salir disparado.

Entré a mi dormitorio por una toalla.

“¿Acaso me buscabas?”

Laura estaba acostada sobre mi cama totalmente desnuda. No era un espejismo. Era su glorioso y esbelto cuerpo.

Nota al pie: las mujeres demoran una eternidad para vestirse, pero son más rápidas que la velocidad de la luz para invertir el proceso… ¿o es mi impresión?

el alma me regresó al cuerpo.

Sonreí, cerré la puerta y le puse pestillo, me desnudé y me acosté sobre ella.

Volví a besarla con pasión, y a frotar mi cuerpo contra el suyo.

Cuando estábamos muy excitados, me arrodillé, saqué un condón, pero ella me detuvo la mano.

“Déjame a mí”.

Lo abrió, tomó mi miembro, y delicadamente me lo puso.

El resto fue dejarnos llevar por el mismo baile y la misma sinfonía de nuestras hormonas, las que se movían a millones de revoluciones por milisegundo.

Satisfecho nuestro requerimiento de intimidad sexual, adoptamos nuestra clásica posición de descanso.

“Sería bonito convivir”, lanzó Laura.

Me tomé mi tiempo para responder sin ser duro. La idea no me gustaba para nada.

“No quiero dejar sola a mamá”, le respondí.

“si ése es el problema, podríamos convivir aquí”.

“No, gracias, Laura. Será para que te adopte como hija, y la verdad no te lo recomiendo. Además, ¿no crees que es muy pronto para barajar esa posibilidad?”

“Rafo, ya tenemos más de tres años”.

“No, mi amor. Por ahora, convivencia no”.

Me levanté de la cama, tomé mi toalla y fui a ducharme.



  Una semana después, llamaron a Laura para entrevistarla.

Para su buena suerte, ésta fue programada justo después de su horario de trabajo.

Pensé acompañarla, pero iba a ponerla tensa; así que me fui a entrenar como de costumbre.

Como quedé para cenar con ella luego de mi rutina, llevé ropa y tomé un baño en las duchas del gimnasio.

En realidad solo habían dos, separadas por una pared de mayólica y sin nada que la aislara del estrecho pasillo que conducía al vestidor de varones.

Cuando acabé, un chico que jamás había visto allí estaba desnudo, listo para ingresar a la otra ducha libre. Me saludó con cierto gesto gay. Le respondí, pero salí inmediatamente. Sentí que me tiró una palmada leve en mi nalga. Paré y me detuve a verlo, serio.

“¿Te pasa algo, huevón?”

“Perdona, amigo. Fue casualidad”.

Me sonrió. Salí a vestirme.

Cené con la familia de Laura: su padre, su madre, su hermano menor y su hermanita. La entrevista había transcurrido sin sobresaltos. Las mismas preguntas analíticas de siempre.

Por cierto, la cena estuvo rica.

“Muchacho, la verdad me da gusto que estés pendiente de mi hija en esas cosas”. Me dijo su padre. “Ya le dije que no pretenda hacer carrera trabajando para el gobierno. Este país no paga bien a sus empleados. Mírame a mí: treinta años de servicio para una pensión de hambre. Si no fuera porque sé hacer otras cosas,…”

La madre cortó el discurso paterno con el clásico ‘¿más juguito?’.

Me quedé allí hasta las diez de la noche.

Al salir estaba satisfecho porque había ganado puntos ante el patriarca de la familia, y porque había una posibilidad de que, al salir de su trabajo actual, redujera el riesgo de que Eduardo pudiera abrir la boca.

Sabía que no tenía todo bajo control. Solo me quedaba cruzar los dedos.

Volví a tener la sensación de que alguien me espiaba a lo lejos.

Vi en todas direcciones, pero nada. ¿Me estaba comenzando a volver loco?



Al llegar a mi casa, mi madre estaba viendo el noticiero.

“¿Fue Laurita a la entrevista?”

“sí, dice que le fue bien”.

”Hijo, ¿puedo decirte algo?”

Oh, oh. Alerta de sermón. Me detuve, con gesto de casi-fastidio.

“¿qué pasó, mami?”

“Rafito, me da gusto ver cómo as madurado en estos meses. Eres distinto. Alguien más juicioso y razonable”.

“Gracias, mami. Es ley de la vida, creo”.

Mi madre sonrió con cariño.

“Me dará gusto que venga tu hermana, y vea cómo todo marcha bien a pesar de la ausencia de tu padre”.

Confieso que no entendí a qué venía esa relación entre que todo marchara bien y que mi padre no estuviera.

Fui a mi dormitorio, me desnudé y descansé en santa paz. 

sábado, 10 de septiembre de 2022

ASS (45): La declaración

Miguel y Alejo vuelven a cachar invirtiendo sus roles usuales, pero algo sale inesperado y sorpresivo.



Miguel está desnudo, acostado en la cama dentro del dormitorio que hay en el AS de San Sebastián, revisando su celular. Es raro verlo sin los vellos que le cubren todo el cuerpo, luego de la depilación a la que se sometió para participar en el video porno. Se echa un gel con base de sábila para que no pique ni irrite. En esso,Alejo entra también desnudo y secándose. Se acuesta al lado.

“¿Así que ahora lo tendrán controladito a Beto?”

“la verdad no lo sé porque ese pendejo es experto en robarte un chocolate de tu propia mano”.

“¿Y así es cura?”

“Ay, huevón; los curas son unos pendejos de mierda”.

Alejo sonríe, gira y se acuesta encima de Miguel. Le da un beso en la boca. Miguel le corresponde.

“Pensé que estabas templado de Pedro”.

“Me gusta Pedro, pero ya veo que su caso está jodido con eso de que su viejo lo mandó a Piura”.

“Aunque creo que Enrique lo va a tener a cargo, según entendí a Flavio”.

“Con mayor razón… mejor cachemos tú y yo un rato”.

Alejo y Miguel se besan de nuevo.

“Tengo el ano algo irritado: Marcano tiene rica verga pero es un monstruo”.

“Así nomás, mi Miki, rozadita”.

Un nuevo beso. Ambos giran en la cama.

“¿Sabías que ese novicio español tiene toda la traza de gay de gym?”

“¿Ya lo perfilaste, mierda?”, sonríe Alejo.

“Hace ratón”, replica Miguel, quien comienza a besar suavemente el cuello de su amigo y lo recorre hasta el surco entre ambos pectorales; entonces va a la tetilla derecha. La chupa levemente. Alejo jadea y disfruta.

“Me aloca cuando haces eso, mierda”, le dice.

Miguel ahora va a la tetilla izquierda. Repite la operación. Sigue por los abdominales de tabla de lavar, lame el espacio donde antes había vello púbico y que ahora apenas si tiene unas puntitas luego de la rasurada que Alejo se dio. De inmediato, mete a su boca la pinga entre flácida y erecta que comienza a crecer y engrosarse ahí en toda la entrepierna.

“Así, huevón… así me gusta… toda, chúpamela toda”.

La fellatio dura varios minutos y se alterna con la succión de testículos con la suavidad y paciencia que solo Miguel sabe aplicar. Entonces, el compañero sexual toma las enormes piernas de Alejo y las eleva. El musculoso no protesta. Su ano rosado y cerradito está ahí listo para que Miguel lo acaricie con su lengua.

“¡Carajo, Mi…! ¿sí!”

Alejo deja que el placer se proyecte desde su culo, su bien formado culo al resto de su ser mientras toma su pene aún erecto y comienza a pajearlo suavemente, no sin antes lamerse la mano para que su propia saliva lubrique el masaje. Alejo gime despacio.

Entonces Miguel deja de lamer el ano:

“¿Recuerdas la otra vez cuando solo te entró la cabecita?”

“¿Quieres metérmela, pendejo?”

“¿Qué dices? ¿Te la meto?”

Alejo abre el cajón de la mesita de noche a un lado de la cama, hurga un poco y encuentra el frasquito de lubricante. Se lo da a Miguel quien se arrodilla: ya tiene su verga al palo.

“Será al toque”, avisa Miguel mientras se esparce el coloide por todo su pene erecto. “Tú sabes que no duro mucho como activo”.

Alejo no dice nada, solo trata de relajarse respirando hondo, pensando en que esta vez sí será placentero.

Miguel resopla y pone su glande en la entrada de todo el ano. Comienza a empujar muy lentamente. El beso negro que le aplicó minutos antes no lo ha dilatado como hubiese querido, así que tendrá que ser paciente. Mientras tanto, la cabecita comienza a ingresar.

Alejo siente un ligero escozor en su esfínter, pero trata de controlarlo respirando hondo, como cuando lo vacunaron y no sintió que le metían la agujita.

“Continúo?”, consulta Miguel.

“Dale”, susurra Alejo mientras se toca su miembro y comienza a estimularlo hasta ponerlo duro otra vez.

La cara de su compañero, casi en trance, convence a Miguel que todo parece estar en orden. Baja la mirada: su glande ya está por completo dentro del ano. Aún falta el resto de su más o menos grueso tronco. El chisguete de lubricante está al lado por si acaso. Hasta donde vamos, Miguel piensa que es un progreso; su amigo y compañero aún no ha gritado ni rechazado la penetración. Mete un poquito más. Alejo gime. Le arde un poco.

“sigue”, vuelve a gemir a Miguel.

Otro poquito más. A este ritmo, la mitad del pene de Miguel ya está dentro del recto de Alejo. Y entonces… sucede lo inesperado.

“Mierda”, susurra el ex velludo. Gime. Inconteniblemente vacía su semen dentro. Jadea.

“¿qué pasó?”, pregunta Alejo comprensivamente.

“No pude… no pude aguantar”.

El pene de Miguel comienza a perder rigidez, aunque aún sigue dentro del ano de Alejo.

“Podemos intentarlo después”, propone el fortachón.

El pene de Miguel sale de las entrañas de Alejo sin hacer nada más; está completamente blando.

“Perdóname”, dice el activo ad-hoc.

Alejo sonríe, toma de las manos a su amigo y hace que se acueste encima suyo. Lo besa en la boca casi a la fuerza.

“Perdonarte, ¿qué, huevón? No hay nada que perdonar. Ambos lo quisimos. No salió hoy. Saldrá otro día”.

“Me puse nervioso, Alejo”.

“Te entiendo… quizás me preparé yo,pero olvidé prepararte a ti”.

Miguel sonríe algo descontento:

“Aluciné que al menos iban a ser un par de minutos de placer”.

“Creo que fue mejor así… Creo que de ahora en adelante, ambos… ambos seremos amigos con derecho”.

Miguel se sorprende.

“¿Qué estás diciendo,Alejo? Y tu promesa de…”

“Tengo que desterrar lo que pasó esa vez en el cuartel… Y si no lo hago hoy, no lo haré nunca…. Éste ha sido el primer paso… Sí… el primer… paso”.

Miguel comienza a sollozar y se abraza fuerte a Alejo.

“Te amo”, musita el amigo.

“Yo también”, susurra el musculoso.

Entre las nalgas de éste, el semen que se quedó en la primera porción del recto comienza a sentirse como una capa aceitosa que parece suavizarlo todo. Incluso esa súbita declaración.

Y para terminar,te dejamos con un video porno gay.


jueves, 18 de agosto de 2022

Ser Rafael 2.2: Mi amigo Josué


Mientras el colectivo me llevaba al centro de la ciudad, trataba de no dejarme abrumar por el hecho de que Laura, mi enamorada (en principio), hubiera llamado a la casa.

De hecho sí me percaté que me había llamado al celular, pues cuando lo prendí, encontré cinco notificacioness suyas y un mensaje de voz que ignoré, que ni siquiera escuché, pero que tranquilamente era suyo.

Si bien el trabajo me puso fuera del alcance de su requerimiento, no pude quitarme de la cabeza el hecho de que quisiera hablar conmigo. Se supone que la última vez que la había visto, tres semanas antes, fui claro al pedirle no querer saber más de ella.

Laura es ingeniera de sistemas como yo, pero consiguió trabajo en una oficina gubernamental, lejos de donde estaba.

Comenzamos a ser enamorados desde el sexto ciclo de la carrera, o sea, unos tres años y medio atrás.

Laura es hermosa, cabello lacio negro bien cuidado, no tan blanca, delgada, tranquila, de su casa, inteligente y con mucha actitud. Llegó a ser la delegada de salón, y varios compañeros llegaron a preguntarme cómo fue posible que la alumna más brillante del ciclo anduviera con el sinvergüenza de la facultad. Yo me reía solito.

Tampoco hice mucho esfuerzo para conquistarla; simplemente fui yo mismo.

Aunque sí reconozco que, al mes de ser enamorados, me la llevé a la cama, y la hice disfrutar como nunca en su vida. Desde entonces, uno de los momentos que ella ansiaba más era hacer el amor conmigo. Allí para nada era tranquila ni juiciosa, perdía todo el control, gemía con tal ansiedad que parecía morir. Gracias a mí, ella conoció algunos hospedajes al paso y los años nuevos en la playa, donde mientras el resto se abrazaba por otros doce meses de prosperidad mojándose en las rompientes, nosotros recibíamos las doce haciéndolo en nuestra habitación, al punto que nos perdíamos todas las fiestas, a propósito.

Como nuestras horas de almuerzo coincidían, la llamé.

“¿Rafo?”

“Me dijeron que llamaste a la casa. ¿Qué quieres?”

Fui seco al hablarle, como si se tratara de las cojudas que llaman inoportunamente a venderte celulares o planes tarifarios nuevos, o seguros que no necesitas, o a ofrecerte tarjetas de crédito preaprobadas (como las del Popular).

“Sí. Disculpa. Es que… quiero hablar contigo”.

“Creo que ya hablamos lo que teníamos que hablar”.

“Sí, Rafo. Entiendo, pero… creo que… me equivoqué”.

¿Laura reconociendo que se equivocó? ¡ésta sí que era nueva!

Siempre que nos peleábamos, jamás ella reconoció parte de la responsabilidad. Siempre era mi culpa. Aunque, siendo honestos, todas nuestras peleas eran por pendejadas mías, y todas por no tener cuidado a la hora de meterme con alguna chica que por ahí se me lanzaba. Aparte que fui un imbécil, porque se me ocurría llevar mis choques-y-fugas al mismo hospedaje donde solía llevar a Laura, al Dreams, tanto que una vez me sorprendió justo a la salida y se armó el escándalo. ¿Cómo se enteró? Nunca falta un chismoso, un atrasador o una despechada.

“Rafo, ¿sigues ahí?”

“sí. Te veo en tu jato a las nueve, ¿te parece?”

“Claro. Te espero”.


Salí a las cinco y media y fui directo al gimnasio. En las bancas de abdominales estaba Josué, mi pata de toda la vida, mi promo de toda la secundaria, mi amigo, mi mejor amigo, mi confidente, la única persona que me entendía en el mundo y que nunca me dio la espalda.

“¡Tuco!”

Josué se levantó de la banca, se acercó y me saludó con un estrecho abrazo.

“¿Qué hay, Rafo?”

“¿Y ese milagro?”

“Ah. Estoy de vacaciones por quince días”.

Josué no fue a la universidad. Estudió algo relacionado con construcción en una de esas escuelas técnicas donde debes asistir con uniforme, y tuvo la suerte de engancharse con una contratista que lo tenía paseando por todo el norte peruano. En su cuenta de redes sociales, siempre tenía fotos suyas con unos paisajes lindísimos como fondo.

Aunque nos veíamos una o dos veces al mes, eran charlas largas, donde podía desahogarme, soñar, maldecir, reír y hasta llorar. Durante la época del colegio, era el único capaz de contradecir con fundamento a los profesores. Por ese temperamento medio subversivo, le decíamos el Tuco.

Esa tarde entrenamos juntos.

“Te arreglaste con tu señora, Rafo?”

“No, pero me llamó hoy. Quiere que vaya a verla”.

“¿Irás?”

“Sí. Saliendo de aquí”.

“¿La perdonarás?”

“No sé. Esta vez sí se pasó de la raya, huevón”.

Josué comenzó a levantar la barra con pesas. Estábamos entrenando pecho.

Hizo sus doce repeticiones y dejó todo listo para que entrara yo a hacer press de banca.

“Cambia esa cara, Rafo. Seguro se arreglarán”.

“Esta vez pasó una huevada más”.

Josué frunció levemente el entrecejo. Era obvio que no entendía nada.

“¿estás con otra jerma?”

“Oe, Tuco, ¿qué haces el sábado por la noche?”

“Nada, huevón. Plan H. mirar el programa de coreografías en la tele”.

“Mariconadas”, espeté.

Josué se rió, mientras yo comenzaba mi serie. Hice trece o catorce repeticiones. No recuerdo bien.

Al levantarme de la banca, , Josué me miraba con esa sonrisa acogedora. Ah, carajo, ¡qué chévere es la amistad!

“Anda a mi jato el sábado, Tuco. Necesito conversar, huevón”.

Josué se la pensó unos segundos.

“¿A tu vieja le siguen gustando los alfajores?”

“Sabes que mi vieja es dulcera, así que cualquier cosa con azúcar, te la apreciará sin chistar”.

Reímos juntos de nuevo. 

viernes, 22 de julio de 2022

Proyecto Lujuria 10.3: Las carreras de Osmar y Evandro por fin despegarán




A la mañana siguiente, lunes, cuando Gibrán llega al Steel Fit Gym, encuentra una gigantografía de Osmar en la recepción con un destello amarillo al costado y el aviso ‘clases premium’ en rojo encendido. De espaldas, el cuerpo muscularmente hipertrofiado de Luis Miguel, el propietario del local, en ropa deportiva limpiando el polvo de la flamante impresión. Al notar que no está solo, gira su tronco:

“Solo aplica a los alumnos nuevos”, aclara. “A los antiguos, recién desde la próxima membresía… Aunque ahora que van a contratarlo de la tele, tendré que apurarme buscando alguien que lo cubra”.

Gibrán mira la foto otro ratito más, sonríe con cierta tristeza y avanza hacia su clase.

 



Al mediodía, en el departamento de Giaccomo Viteri, Zaira y Evandro almuerzan con el joven director.

“Ya decía yo de cuándo acá Zaira era tan específica y prolija con las indicaciones en el guión”, comenta sonriendo .

“Lo hicimos debido al veto que Escalante lanzó”, explica también sonriendo la directora. “Si aparecía su crédito, él era capaz de bloquearnos todo”.

Giaccomo mueve la cabeza:

“Pobre Arnold… Miren, chicos, yo creo que llevarla al cine como adaptación no sería un éxito comercial; lo que se me estaba ocurriendo es contar qué pasó después del final agregando un personaje sin perder el estilo de la obra. ¿Qué dices, Evan? Finalmente, contigo tendremos que hablar  de ahora en adelante, ¿no?”

“¿Tienes alguna idea?”

“El cuarto personaje que propongo no debería ser religioso… un laico, en principio”.

“Ya entiendo”, reflexiona Zaira. “Lo que trata es de evitar que el montaje o la cinta se spoileen entre sí”, dice a Evandro.

“¿Ustedes harían esa adaptación?”, pregunta el joven actor algo escéptico.

“Keith, tú y yo. Lo haremos al estilo brasileño: hacemos lluvia de ideas, vemos qué trama podría funcionar, planteamos sinopsis, votamos y armamos toda la historia”.

“¿Con el mismo elenco, no?”

“Más el cuarto personaje…” 

viernes, 20 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.10

Casi al mismo tiempo, tocan insistentemente la puerta principal de la casa de Tito. Pablo Chira, quien duerme en el sofá, se despierta y se sienta. Frank sale de la habitación más próxima a la sala completamente desnudo.

“Ocúltate en el baño del gimnasio”, le susurra  al visitante acercándosele.

“Tranquilo”, le replica Chira, dándole leves palmaditas en la redonda, velluda y dura nalga. “Ya estoy recagado con ellos”.

El más joven –de la casa de Tito—sonríe. Sigue su camino y asoma su torso por la puerta.

“Perdone, caballero”, le indica un policía. “Orden de detención al señor Owen… Mo-Mo-Mo-gam-bo”.

“No hay nadie con ese nombre acá”, sonríe Frank.

“Señor, no nos haga…”

Frank abre la puerta de par en par (protegiéndose tras ella):

“Pase y verifique”.

El policía duda por un instante, pero decide que es mejor verificar. Su primera sorpresa es encontrar a Chira en la sala.

“Buenos días, Guerrero”.

“Buenos días”, le responde el policía, desconcertado.

“¿Quiere registrar los cuartos? Lo hago pasar al gimnasio”, ofrece Frank.

Al fondo del pasillo, Tito abre la puerta de su dormitorio, ya vestido, y abre la puerta que conecta al AMW.

“Pase, suboficial, porque estamos a punto de abrir”.

Guerrero avanza temiendo por su vida, pero avanza. Desenfunda su arma y la rastrilla para ingresar al salón de máquinas. Le encienden las luces. No hay nadie. Tito lo guía hasta el baño del gimnasio. Entran. Tampoco hay nadie. Le abren la puerta que conecta a la lavandería. Ni allí ni en los pasillos donde están estacionadas las dos bicicletas y la moto de Frank hay nadie. Aunque se extraña de que esos vehículos no estuvieran unas horas antes, prefiere no hacer preguntas.

“Disculpe, don Tito”.

“Pero le falta mi cuarto, la cocina, el baño de la casa y… el cuarto de mi hija”.

“Mejor fírmeme el cargo”, pide Guerrero.

Mira un video aquí.

Hacia las seis y veinte de la mañana, Cristian llega en un taxi al edificio donde vive, en Collique Sur. Lo primero que le llama la atención  es el carro de la Policía estacionado justo en la puerta, y personas con cámaras y celulares hablando y tomando el lugar. Ingresa y se encuentra al portero algo asustado.

“¿Qué pasó?”, le pregunta haciendo una mueca en dirección a la calle.

“Están en el departamento del señor Manolo”.

“¡¿Qué?!”

Christian llega al último piso y se encuentra a un policía resguardando la puerta y a un par de vecinos curioseando. Le muestra su carnet del Colegio de Abogados.

“Soy el doctor Christian Esteves y represento el legado del señor Rodríguez. ¿Qué ha pasado?”

“Orden de allanamiento, doctor. Adentro está el fiscal”.

Christian se congela, entra en pánico, se agita y gira sobre sus pasos rumbo al ascensor. Casi atropellando al portero, sale rápidamente hacia la camioneta, cuya llave siempre estuvo resguardada en el bolsillo del pantalón que viste desde el día anterior. Enciende el vehículo, y por defecto, la radio sintoniza una estación de noticias.

“Lo que sabemos a esta hora”, narra una mujer, “es que también se están allanando dos propiedades en una zona exclusiva del balneario La Santita, provincia de Collique. Uno de ellos había sido comprado recientemente por la corporación Cruz Dorada, y el otro, como les venimos informando desde el inicio de este noticiero, perteneció al recientemente asesinado Manuel Rod…”

Los latidos y la respiración de Christian se hacen más fuertes, al punto que puede oírlos más que cualquier otro sonido alrededor. Se paraliza. Entonces, suena su celular. El abogado regresa en sí y contesta.

“¿Doctora Salvavera? Buenos días”.

“Buenos días, doctor Esteves. Verá: estamos ejecutando una orden de allanamiento en la propiedad de quien fuera su patrocinado”.

“Sí, me acabo de enterar”, interrumpe muy nervioso, temiendo escuchar algo peor.

“Bueno, sí, se filtró. ¿Podría venir, por favor? Queremos verificar cierto hallazgo con usted”.

“Sí… ahora mismo voy”.

Christian corta la llamada, y trata de tomar aire. Los planes que había diseñado tendrán que modificarse radicalmente. Pero tiene que pensar rápido porque algunos pisos arriba, la Policía puede darse cuenta de muchas cosas.

 “Así es, se trata de un cuadernillo de documentos en los que se registran operaciones de compra-venta de bienes raíces, ejecutada por la Corporación Cruz Dorada, y que se habrían ejecutado de forma aparentemente fraudulenta –repetimos, aparentemente fraudulenta—en gran parte del valle de Colliq…”

“¿De qué documentos hablan?”, se pregunta Christian.

Busca rápidamente en su celular. Pasea y pasea sus dedos hasta que lo encuentra, y comienza a hiperventilarse.

“¡No, mierda ¡La carpeta!!”, Christian comienza a llorar. “¡Manolo reconchatumadre!”

Al fin decide acelerar el vehículo y hacer el camino hacia la finca en doce minutos. Lo mismo: un carro de la policía en toda la entrada, un par de policías a ambos lados de la puerta. Christian nota que no hay nadie más, así que decide pisar el acelerador a fondo y seguir de largo hasta Santa Cruz. Se estaciona frente al portón del AMW, que ya está abierto al público, abre la guantera, saca la pistola y se la acomoda en el cinto disimulándola bajo su chaqueta. Toma aire y baja. Su primera sorpresa al ingresar es que Frank y Adán están atendiendo a la concurrencia. El segundo, al percatarse de su presencia, se le aproxima y lo saluda.

“No vengo a verte a ti sino al negro”, le espeta Christian.

“No sé a cuál negro te refieres”, replica el cuerpo de luchador con un cinismo muy mesurado.

Christian repliega levemente su chaqueta y deja ver el arma por unos segundos.

“Dime dónde está, o esto no va a terminar bien”.

Adán se da cuenta del riesgo y clava la mirada fijamente en el abogado.

“Salgamos de aquí y te diré dónde está”

“No, Adán, ese truco no va a funcionar ahora”.

Al fondo, Frank presiente que la situación no es buena pero prefiere no hacer nada para evitar la alarma entre los alumnos que ya están entrenando esa mañana, y quienes tampoco aspiran tranquilidad en el ambiente. Mientras tanto, Adán insiste en concentrar la atención de Christian en sus ojos caramelo.

“No me iré de aquí hasta que me entreguen al negro”, insiste el abogado.

Entonces, un raro prodigio sucede ante los ojos del muchacho: la piel clara y pecosa de Adán comienza a oscurecerse en tanto que su masa muscular aumenta y se marca más; el marrón claro de los ojos se hace amarillo, y la estatura se eleva un poco más. La ropa invernal desaparece del cuerpo. Christian comienza a jadear e hiperventilarse otra vez, pero intenta conservar la calma, o quizás perderla más: saca el arma del cinto y la pone a quemarropa, o a flor de piel, en todo el medio del masivo pecho masculino enfrente suyo.

“What did you do to me?,” el joven comienza a sollozar.

El hombre transformado no le responde; solo le insinúa una sonrisa. De pronto, siente que alguien se aproxima por su espalda.  Christian hace un giro rápido y se topa con Owen , quien entra al gimnasio. Le apunta con el arma.

“End game”, le sentencia el recién llegado.

Y antes de que el abogado dispare, , un agudo dolor siente súbitamente por el medio de su espina, obligándolo a arquearse y baleando una planta de sábila colgada justo sobre el portón, la que comienza a manar un líquido rojo. Una violenta torsión de su muñeca derecha lo obliga a soltar el arma, y prácticamente con el antebrazo derecho roto, tiene que someterse a alguien que lo inmoviliza desde atrás, girando hasta tumbarlo sobre el suelo, sometiéndolo.

“Qué rico culo tienes”, le susurra Adán en su oído. “Lástima que se lo van a cachar los presos”.

Por ambos accesos a la casa, entran Tito y Pablo, quienes atan las manos y los pies de Christian con cuerdas para evitar su escape.

“Ojalá la Policía no tarde en llegar”, comenta el gladiador.

“Testaferro… Solo has sido un puto testaferro”, rezonga Christian en el suelo.

“Ya está en camino”, avisa Pablo.

“Y tú, mi puto cómplice. ¿Ya les dijiste, suboficial Chira, que tú mataste a Manolo Rodríguez?”, sigue espetando el abogado.

“Tienes derecho a guardar silencio”, le recita el joven policía.

Minutos después, la patrulla se lleva a Christian hasta la comisaría de Santa Cruz, donde el capitán Castro lo recibe junto a otros policías. Tiene el brazo entablillado.

“Usted no va a quedar limpio, comisario: ¿ya le dijo a su personal en qué está involucrado?”

“Llévenlo al calabozo”, ordena el oficial.

“”Usted planificó la muerte de Manolo Rodríguez, capitán!”, grita como enajenado el abogado.

Castro, sí, prefiere guardar silencio; mas bien se soba su propio pecho y regresa a su despacho. Allí sentado con su soledad, por primera vez en muchos meses siente que ya no hay camino hacia adelante, excepto a ser compañero de celda de quién sabe qué maleante. Revisa su celular: su nombre aparece en los papeles que ahora son de dominio público, que lo involucran con Cruz Dorada. En la puerta de la comisaría, se trata de regresar a la normalidad. Un vehículo llega y baja una mujer en traje sastre con una medalla colgada al pecho. Se presenta como una fiscal provincial y requiere hablar con el comisario cuando un disparo se oye. Todo el mundo se asusta, algunos se cubren. Solo uno rastrea el sonido y va comisaría adentro.

“¡Traigan una ambulancia urgente!”, comienza a gritar. “¡El capitán está herido!”