El viernes por
la noche, en la discoteca, lo que le molestaba a Leandro no era ni el ruido, ni
la gente fumando, ni la semioscuridad que no dejaba lucir su traje gris
metálico pegado al cuerpo (y que, a pesar de ello, había provocado ciertas miradas no tan
disimuladas a su entrepierna y su culo), o que uno de los chicos ahí le haya
quedado mirando el trasero a Cintia (sin que ella lo note) con cierta lascivia;
le molestaba que lo hubiesen dejado en zona VIP, y no en Platinum, donde
estaban los ‘boxes’, y a donde solo se podía entrar si te lo autoriza un
vigilante alto y con pinta de luchador de catchascán, un micrófono de grulla
decorándole la mejilla izquierda.
El trabajo de
esa noche será impulsar una bebida energizante y repartir toda la mercancía
publicitaria que han dispuesto. Otro chico y otra chica cubren la sala,
organizan concursos en las mesas, dan a probar el producto, se toman fotos.
Leandro idea una manera para escabullirse a la zona prohibida cuando en la
puerta aparece Darío, quien pregunta algo al vigilante y éste le niega con la
cabeza tras hablar mediante el micrófono. La bulla y la distancia le impiden
saber qué se están diciendo. Darío vuelve a entrar a la zona de boxes. Es
cuando Leandro intenta algo arriesgado, y camina hasta el vigilante (ante la
aterrada mirada de Cintia):
“Tengo que
coordinar algo con Darío Echenique”, le grita al oído. “¿Puedo entrar un
momento a verlo?”
“¿Darío qué?”,
el guarda frunce su ceño.
“Darío
Echenique, el modelo con el que acabas de hablar”.
“Tú estás en VIP,
¿no?”
Leandro sabe que
negarlo es estúpido:
“Solo le daré un
dato que necesita saber”.
“Lo siento; VIP
en VIP, Platinum en Platinum”.
Cuando intenta
insistir, una de las modelos le topa el brazo y se le acerca a la oreja:
“¿Quieres dejar
de fomentarme desorden, Leandro?”
“Necesito hablar
con Darío”, pide el muchacho.
“No puedes”, lo
desautorizan. “Regresa a tu puesto”.
Leandro vuelve
cerca a Cintia, quien se le aproxima y lo codea fuerte en el costado:
“¿Qué
pretendes?”
“¿Yo? Nada”.
Cintia desiste
en regañarlo porque la modelo les llama al orden con un gesto.
Leandro regresa
a jugar con la concurrencia cuando se percata que Darío sale disparado de la
zona de boxes hacia la puerta de acceso de ese salón. Está con un ojo allí y el
otro en sus concurrentes. A los pocos minutos, Darío y otro guardia de
seguridad escoltan a una persona no tan alta, cabello corto, cuidada barba, camisa y jean mas bien
normales. Lo reconoce porque lo ha visto en varias revistas de moda y sociedad:
¡Roberth Peña!
Casi instintivamente,
camina hacia él, dejando a la gente con la que ha estado jugando, y cuando va a
alcanzarlo, ¡pum!, se choca contra el primer guardia de seguridad:
“¿A dónde crees
que vas?”
Leandro no tiene
una respuesta y solo sigue a Darío con la mirada, desesperado, impotente, como
si alguien muy querido se hubiese ido a un largo viaje, o para siempre. Otra vez
le topan el brazo. Es Cintia:
“Por favor, no
la cagues”, lo ruega al oído.
Leandro lee la
frustración en el rostro de su amiga y regresa a su puesto.
Un cuarto de
hora después, Darío reaparece junto al guardia de seguridad. Leandro lo mira
pero no intenta nada, aunque nota con extrañeza que la otra modelo de su sala
se les haya acercado. Darío reingresa a la zona de boxes y la modelo camina
derechito hacia él. Fijo que lo despedirán en ese mismo momento:
“Anda
discretamente al cuarto de servicio”, le indica la chica.
Ya fue, piensa
el muchacho. Sabe que cuando entre, le pedirán que entregue el uniforme, tomará
su ropa y tendrá que irse del lugar. ¿Y Cintia? A esperarla afuera soplándose y
resoplándose el frío húmedo de la medianoche. ¿Le pagarán una fracción, no?
La
carceleta del Poder Judicial en Collique no es tan fría como parece, ni tan
lúgubre como la describen. Es mas bien un espacio tibio y silencioso. Tras las
rejas del pequeño cubículo, Christian Esteves tiene un colchón sobre el que
puede recostarse y descansar, aunque no quisiera porque la misma pesadilla se
repite cada vez que cierra sus ojos. Un policía ingresa y hace sonar los
fierros.
“Tienes
visita, doctor”.
Elga lo
espera en una salita blindada; carga una bolsa plástica como las de las tiendas
por departamentos, y luce bien rellena.
“¿Cómo
estás?”, lo saluda.
“Decidiendo
si me declaro esquizofrénico, aunque ahora eso dejó de ser atenuante; pero al
menos no me mandarán con la lacra”.
“¿Por
qué declinaste tener un abogado?”
Christian
sonríe:
“¿Y qué
diablos soy yo? ¿¿Manolo Rodríguez no me pagó toda una carrera de Derecho para
que la desperdicie pidiendo otro defensor? Lástima que usaré todo mi talento
para defenderme de su propio fantasma”.
Elga
entrega la bolsa:
“Hay una
frazada, fruta y la gaseosa que tanto te gusta… la verde sin azúcar; me costó
trabajo convencer al policía para dejarla pasar”.
El
abogado se extraña.
“No
recuerdo haberte dicho mi sabor favorito de gaseosa”.
Elga
carraspea y se pone de pie:
“Vendré
en la medida en que me dejen venir. ¿Quieres que contacte a tu familia?”
“No hace
falta. Gracias… No estoy loco, elga… Todo lo que vi y sentí realmente ocurrió”.
La mujer
se toma unos segundos.
“Lo sé,
Chris… Te creo al cien por ciento”.
“¡No
estoy loco, Elga!”
Ella
está a punto de dar media vuelta cuando frena en seco:
“Quizás
no tengas que pelear con el fantasma de Manolo”.
Christian
se desconcierta.
“¿Qué
carajos quieres decir?”
Segundos
de silencio apenas interrumpidos por el ruido lejano de la calle…
“No hay
tal fantasma, Chris”.
Elga
sale y deja al joven totalmente solo y descompuesto. En poco tiempo, el policía
a cargo lo regresa a su celda. Descubre el contenido de la bolsa y se concentra
en la botella plástica que contiene la verde gaseosa: una seña gráfica que él
conoce de más.
“¡¡Noooo!!”,
se desespera y llora. “Maldito hijo de puta”, musita.
A la
mañana siguiente, un paquete de preservativos cae de una máquina dispensadora.
Tito la recoge y examina con cuidado. Tras él, están los cubículos con los
inodoros y los urinarios; junto a él, un espejo de pared a pared encima de dos
lavabos. La luz de la mañana entra blanca por una pequeña ventana al costado de
un extractor de aire. El gladiador mira su imagen reflejada: no pareces tener
cuarenta y cinco años, se dice mentalmente. Entonces, la puerta se abre y un
joven alto, guapo y esbelto ingresa.
“Me
dijeron que estabas acá”, saluda Edú.
Tito le
muestra el paquete de preservativos.
“¿Sigues
jurando que tú no dejaste esto en el jardín de mi casa hace una semana?”
El
recién llegado se pone serio.
“Chico,
¿me llamaste para esto? ¿En qué idioma te digo que no fui yo? Si supiera guaco, te lo diría en guaco, pero te lo
repito en castellano: desde aquélla vez que me echaste como un perro del AMW,
no he vuelto a pisar Santa Cruz”.
Tito
baja la mano y guarda el paquetito en el bolsillo de su pantalón.
“No, no
te llamé para eso. ¿Sabías que existía un acuerdo entre Manolo y Saúl respecto
a este lugar?”
“¿Al baño?”,
ironiza Edú.
El
gladiador ríe despacio.
“No, a
esto que llamó GGG, JaJeJí, o como mierda sea…”
“G4G, o yi for yi, un acrónimo que viene de Gentlemen For Gentlemen o Caballeros
Para Caballeros, que, sospecho, fue acuñado por el mismo que bautizó a tu gimnasio
como AMW, Ancient Moon Warriors, los
Antiguos Guerreros de la Luna. Lo de La Luna es creación de Manolo, definitivamente,
pero esa obsesión con el inglés, chico, es creación de Christian”.
“El
acuerdo entre Manolo y Saúl”, prosigue Tito, “era que Saúl podía generar todo
el dinero que quisiera, pero la quinta parte de todo lo que ganara iba a la
cuenta de Manolo porque resulta que nunca renunció a la propiedad de ese lugar;
simplemente la hizo franca, o algo por el estilo”.
“La hizo
una franquicia: dejaba que un tercero opere el negocio con los valores de marca
del suyo, por lo que tenía derecho a un porcentaje de las ganancias”.
“Claro,
pero en papeles, Saúl era el propietario”.
“Por eso
se llama franquicia, Tito”.
“Por eso
te llamé, Edú… Creo que conoces de más lo que ha pasado con Saúl, cómo
terminaron encontrando su cuerpo con un balazo en la cabeza en la casa de La
Santita… Pero también conoces de administración: cuando tú tenías a cargo el
gimnasio, levantamos clientela como mierda”.
“¿Quieres
que asuma la franquicia del G4G?”
“No sé
si tus papeles te lo permiten… Pero lo que sí puedes hacer es administrarlo
porque al no existir quién asuma la propiedad, digamos que… ésta revierte a su
dueño anterior, o algo así me explicaron”.
“¿Saúl
no tiene herederos, acaso?”
“No
tienen derecho a nada porque, al igual que yo, solo ponía su nombre para el
papel, pero la propiedad siempre fue de Manolo”.
“¿Ambos
son, o eran, testaferros?”
“Por eso
Christian jodía a Saúl hasta que lo mató, o eso parecen indicar las pruebas, y
parece que eso iba a pasar conmigo, pero… Owen nos salvó”.
“A ver,
chico. Es mucha información. ¿Qué hacía exactamente Christian y… quién es ese
Owen?”
“Al
parecer, Christian extorsionaba a Saúl a espaldas de Manolo, y Saúl murió
creyendo que todos habíamos violado el acuerdo de no joderlo. Conmigo,
Christian no lo hizo porque sabía con quién se metía. Y Owen… Owen es una larga
historia… ¿Te interesa el negocio?”
Edú se
toma unos segundos.
“¿Podemos
hablarlo fuera de aquí?”
Tito
asiente:
“Vamos a
la salita de reuniones porque es más cómodo… además, si llegamos a un acuerdo…”
“¿Qué
pasará?”, se intriga edú.
“Tenemos
condones”, sonríe Tito palmeándose el bolsillo derecho delantero de su jean.
Los movimientos son precisos, fuertes,, más de gimnasta que de bailarín.
“Oye, ¿ése no es… no es Edgar?”,
se sorprende Juan García en el privado.
“¿Cómo se atrevió?”, se pregunta a su vez, un desconcertado Christian.
La estrofa acaba y la luz de todo el local se apaga súbitamente.
Al encenderse, el bailarín ya no está solo en el escenario. Lo acompaña
un hombre negro con una estructura muscular armoniosamente precisa, el cuerpo
ungido en aceite y vistiendo únicamente una tanga hilo dental negra con una
luna bordada en blanco sobre el gran paquete.
“En qué momento entró ese chico?”, pregunta Saúl a uno de los azafatos.
“¿No lo dejaste entrar tú?”, le responde temiendo una reprimenda.
La gente, mientras tanto, vibra, grita y se mueve al ritmo. Los dos
bailarines simulan una lucha y el blanco va siendo despojado poco a poco de su
enterizo hasta que al llegar el segundo coro, se lo bajan de golpe quedando
totalmente desnudo.
“¿Y ese negro de dónde salió?”, se maravilla García.
“Ni idea, huevón”, responde Christian, quien trata de tomar
fotos con su celular pero, por alguna razón, quizás la poca luz, no llegan a
imprimirse en pantalla; entonces prefiere grabar video.
El tema llega a un vibrante intermedio de percusión
electrónica y el bailarín blanco quita la tanga al negro, junta su cuerpo, lo
abraza, y continúa bailando hasta que ambos penes se ponen erectos. Cuando
regresa la parte coral, los dos saltan del escenario y se confunden entre el
público, dejándose tocar indebidamente pero bajo aparente consentimiento
tácito. Ambos saltan felinamente al escenario justo para el término del tema.
Han sido los tres minutos y medio, o algo más, más gloriosos de la historia del
G4G, y el público aplaude con euforia. Los dos bailarines sonríen, saludan y
lanzan besos a quienes les piden otro tema para bailar. La luz en el escenario
se apaga, ambos recogen su ropa y regresan al decadente camerino.
“Te llaman del VIP con cortinas”, le avisa otro azafato a
Saúl, quien continúa asombrado.
El dueño del local llega como puede –la actuación ha
arremolinado a la concurrencia—y ensaya su mejor sonrisa:
“¿Algún problema, doctores?”
“Ni en las épocas de La Luna había esto”, se entusiasma
García. “¡Qué tal juego de luces y sonido, Saulín!”
“¿Sí? Digo, sí, claro… lo… acabamos de adquirir”.
“¿Pueden hacernos un privado esos dos sementales?”, pide
Christian.
La única ducha del G4G no es exactamente una fina lluvia
sino un tubo del que cae un chorro de agua fría. Adán y Owen entran como pueden
y se quitan el aceite con el que han maquillado sus cuerpos. Saúl entra a
verlos.
“No se vayan chicos”, les pide mostrándoles dos billetes de
doscientos, los mismos que había ofrecido más temprano a Frank y César,
quienes, por su parte, continúan en Collique, afuera del edificio donde está el
club.
“Te has tirado como diez minutos dándole explicaciones a la
jerma”, critica irónicamente el
fisicoculturista.
“Puta, chato, la comadre me ha llamado un culo de veces”.
“Te marca bien para ser solo un agarre”.
“Ha pasado una huevada en la finca… y parece que ha quedado
registrado en las cámaras”.
“¿Otra vez?”
“Vamos al toque”, indica Frank poniéndose su casco.
“¿A casa de Tito?”
“No, huevón, a La Luna”.
Christian reproduce el video que tomó. Hay luces, hay
sonido, hay gritos, está la canción noventera, pero del espectáculo no hay ni
un cuadro.
“Este aparato es de alta gama, incluso tiene visión
nocturna”, se defiende el frustrado fotógrafo y videógrafo.
En ese momento tocan la puerta del privado. García abre. Un
sonriente Adán y otro sonriente Owen están bajo el dintel vestidos solo con una
toalla. anudada a la cintura.
“Gracias por venir, chicos”, se emociona el fiscal.
Las cortinas del privado se cierran y los dos bailarines se
sientan junto a los dos abogados, liberándose de las toallas, quedando desnudos.
“¡A los años, doctor!”, Adán abraza a García, mientras Owen
se sienta al lado de Christian.
“Te he visto en otras partes”, le comenta algo desafiante
el abogado más joven y guapo.
“¿eres serio?”, sonríe el muchacho negro, con su
inconfundible español masticado.
“Don’t you speak Spanish?”, averigua el chico de leyes.
“No, I
don’t”.
“Right…
Are you pursuing me, anyway?”
“What
makes you think that?”, Owen abraza a Christian.
Al lado, García no pierde tiempo y acaricia el gran paquete
de Adán.
“Así que ahora trabajas en Santa Cruz”.
“Sí, ganándome la vida dignamente”.
“¿Quién dijo que esto no es ganarse la vida dignamente, Edgar?”
García acerca su cara a la de Adán y como resultado, éste
lo besa en la boca. El fiscal le sonríe.
“¿Puedo chupártela?”
“Puedes hacer lo que quieras… ¿pero aquí?”
“No tengo sitio, Edgar”.
“Lástima, pero no hay problema: chúpamela”.
Adán se acomoda mejor abriendo sus dos poderosas piernas,
poniendo la toalla en el suelo a sus pies para que García se arrodille y proceda
con el sexo oral. Al lado, Christian ha conseguido despertar los veintitantos
centímetros de virilidad a Owen.
“It’s
huge”.
“D’you
like it?”
“This must
hurt a lot.”
“Not if I
make you pretty horny.”
“Just do it.”
Owen besa a Christian y acaricia su cuerpo con mucha
seguridad. El abogado siente una inexplicable electricidad recorriéndolo todo,
una extraña sensación: de pronto ya no hay música, no hay multitud, no hay
privado, ni siquiera están los otros dos amantes; parece estar transportado en
lo profundo de una selva virgen, sintiendo una brisa agradable y los sonidos de
la fauna nocturna. Owen parece tener arrimado a Christian a la corteza de un
árbol grueso pero suave al tacto. Ambos no tienen más cobertura que su piel, ni
más ganas que su energía. El abogado, que aquí entiende ya no es abogado,
siente cómo le succionan el pene de una forma sutil y surreal: nunca nadie
había conseguido tragarse sus diecinueve centímetros en una sola embocada, y
parece que le estuvieran absorbiendo toda su energía vital; y cuando casi se
desvanece, siente que sus dos testículos bailan en la boca del otro chico.
Christian gime y jadea desde el fondo de sus entrañas. Ahora siente una lengua
que parece penetrarlo por completo a través de su ano, su pene a punto de
explotar pero conteniéndose sin explicación, y siente también como si estuviese
suspendido en el aire. Trata de reaccionar, pero no lo consigue. Es demasiado tarde:
Owen le ha abierto las piernas y, sonriendo afable, le introduce su miembro,
profundo entre las nalgas.
“¿Te gusta, mi amor?”, le pregunta el chico negro, quien
parece haber perdido su acento súbitamente.
“Hazme tuyo”, pide Christian una y otra vez. “Soy tuyo”.
Owen toma los diecinueve centímetros de Christian y los masajea
con suavidad y sin premura. El orgasmo parece llegar e irse, llegar e irse,
llegar e irse. No hay dolor, solo una sensación increíble de supremo placer.
Entonces, Christian se aferra con firmeza al fuerte cuello de su amante.
“¡Las voy a dar!”, grita, y expulsa todo su esperma, tan
masivamente como nunca antes.
Cuando vuelve en sí, mira cómo Adán penetra en posición de
perrito a García, haciendo sonar su ingle en las dos delgadas pero firmes
nalgas. Busca en el resto del cuarto.
“¿Dónde está?”, se llena de ansiedad. “¡¿Dónde está ese negro?!”
Adán y García parecen no hacerle caso, así que los empuja.
“¡¡¿Dónde está el negro?!!”
Los dos sodomitas se asustan.
“¿Qué carajos tienes, Esteves?”, le reclama el fiscal.
Fuera de sí y totalmente desnudo, Christian sale del
privado y recorre el pasillo hasta el salón principal.
“¡¡¡¿Dónde está?!!”
La gente lo mira asustada (alguno intenta tomarle una
fotografía, sin éxito). Christian regresa y llega al camerino, totalmente
histérico y casi tirando la puerta.
“¡¡¡¿Dónde estás,
carajo, negro de mierda?!!!”
Siente un fluido cálido recorriendo sus abductores. Se toca, regresa su mano, y no puede creer
cómo se han teñido sus dedos. Gotas de un líquido rojo caen al suelo. De pronto
ve todo oscurecerse y se desploma.
Cuando despierta, una luz blanca lo encandila y un aroma
característico de hospital entra por su nariz. Intenta ver hacia sus pies:
viste una bata celeste de paciente y está cubierto por una sábana delgada con
el logotipo del seguro social estampado a manera de mosaico. En un sillón, un
policía dormita.
“¿Zapata?”, alcanza a decir. “¡Zapata!”
El policía reacciona, y se pone de pie como eyectado de su
asiento.
“Me reconoció, doctor; voy a llamar a una enf…”
“No, Zapata, no llames a nadie. ¿Cómo llegué aquí?”
“Lo trajo un joven alto, blanco, buen cuerpo; dijo que
estaba en una dis…”
“No importa… quiero irme de aquí”.
“Pero, tengo que hacer mi atestado, doctor”.
“Ni se te ocurra escribirlo; solo quiero salir de aquí, y
que nadie se entere, Zapata”.
“Pero, doctor”.
“¿No me oíste, acaso?”
“Sí, doctor”.
El policía sale y lo deja sin nadie más.
“Me las vas a pagar, negro reconchatumadre”, se promete
Christian. “Esta vez no fuiste una puta visión… y todos tus amiguitos se irán a
la mierda contigo”.
En la cocina de la casa grande, la infusión de valeriana parece ser la
especialidad de Carlos. Sirve una taza para Flor, y se prepara para verter el
contenido de la tetera en otras dos tazas, para Tito y él. Se sienta junto a
ellos.
“ A mí me parece que es Manolo intentando decirnos algo: es su
silueta”, comenta.
“Claro, con diez kilos menos, porque lo que haya sido tenía una figura
de campeonato”.
Carlos saca su celular y revisa la fotografía que le tomó al monitor de
la laptop. examina la figura blanca.
“Bueno, es un fantasma, ¿no?”, trata de entender.
“Entonces son ciertas las cosas misteriosas que pasan en esta finca y
que la gente comenta en el pueblo”, reacciona Flor.
“Yo nunca te negué que fueran ciertas”, recuerda Tito.
“Yo nunca desconfíe de tu palabra, papá; la que nunca creyó en lo que
decías era mamá, porque pensaba que todo era un pretexto para… bueno, ustedes
saben… esa cosa…ay, ustedes saben”.
“Sí era Manolo”, insiste Carlos. “¿Recuerdas que ese día estaba
preocupado por tus tamarindos?”
Tito hace memoria y, efectivamente, el capataz parece tener razón.
“A mí no me parece el señor Manolo”, arguye Flor.
“¿Por qué?”, pregunta Tito.
“No sé, papá… me da la impresión que no fue él. El señor Manolo está
muerto, enterrado en Collique. ¿Cómo un muerto puede aparecer y desaparecer
así?”
Tito y Carlos se miran y tratan de entender la lógica de la chica, pero
parecen no lograrlo.
“Hija”, Tito carraspea. “Acaba tu té y te acompaño al cuarto. Es más,
voy a quedarme contigo para que no te pase nada”.
“¡Ay, papá! ¡No me volví loca! Solo que no me parece que sea él. ¿Por
qué? Simplemente eso… no sé… intuición femenina”.
Carlos se pone de pie.
“Intentaré ver si puedo traer la laptop; esta pantalla del celular no
me inspira mucha confianza”.
El capataz sale, y Flor mira fijamente a su padre:
“¿Pasa algo?”, sonríe Tito.
“¿quién es Owen en realidad, papá?”
“Owen? ¿Qué tiene que ver Owen aquí?”
“Ay, papá. ¿Cómo es posible que un paleopsicólogo y antropólogo se
quede estancado en un pueblo de aquí por falta de plata? ¿No puede mandar un
e-mail y pedir que le envíen más? ¿Acaso no tiene familiares? ¿Sabes que no
tiene un perfil en redes sociales?”
“Muchas preguntas, Flor, y… yo tampoco tengo perfil en redes sociales”.
“Porque no te da la gana, papá; pero, ¿sabes cuántos Owen Mgombo existen?¡Ninguno! Me tomé el
trabajo de buscar. Hay con sonidos parecidos, pero ves las fotos y ninguno
siquiera se le acerca al Owen que conocemos, y casi todos están en África; no
en Inglaterra, menos en Jamaica”.
“¿Recuerdas que tu tío Adán y tú le esculcaron el pasaporte? Tú misma
dijiste que era auténtico”.
“Y que Owen está demasiado joven para tener cuarenta y siete o cuarenta
y ocho años. Papá, no pongo en duda que Owen exista: ¡existe! Lo que pongo en
duda es si nos ha dicho la verdad sobre quién es realmente”.
Los labios de Tito se ponen blancos y es incapaz de sostener la mirada
a su hija.
“¿Quién es Owen en realidad?”, insiste Flor.
Tito suspira dispuesto a hablar cuando… la entrada de un reggaetón
suena en el celular de la chica. Ella mira la pantalla.
“¡Vaya! El señor apareció”.
Se pone de pie y se va a contestar a otro lado de la casa.
“¿Frank?”, pregunta mientras se aleja.
Solo en la cocina, Tito entiende que parece haber muchos secretos
incluso en lo que él cree mantener en secreto.
A una decena de kilómetros, un tema techno
con toques étnicos suena en los parlantes del G4G. Un hombre blanco, algo
orejón, cabello crespo y ojos claros se ha despojado de una túnica roja para
quedarse en un enterizo de licra rojo con tiras en los hombros tipo bibidí y
mangas a medio muslo, lo que le marca un impresionante cuerpo mmesomorfo
minuciosamente labrado con pesas, barras, poleas, bicicleta, carreras,
natación… en fin, todo lo que su segregación hormonal le ha permitido practicar
y aprovechar. Dicho sea de paso, el bulto en su entrepierna es muy evidente.
Contra su propio pronóstico, Christian llega al G4G. Aunque no viste
llamativo como en otras ocasiones, eso no le impide voltear cabezas apreciando
su rostro de niño bueno y su físico de dios griego; pero él lo ignora todo,
incluso una mano que subrepticiamente le han metido en medio de sus dos nalgas.
“¡Chris!”, le pasan la voz, a
la vez que siente lo cogen fuerte de la cintura; se da la vuelta y se alegra,
en cierto modo.
“¡Juanchito! Pensé que hoy sería sábado familiar”.
“Problemitas que nunca faltan; ya sabes cómo son las mujeres”.
Ambos van a un privado y prefieren beber una limonada frozen “con harto jarabe”, debido a que
cada cuál tendrá que salir conduciendo más tarde, si es que los planes no
varían.
“Pensé que no ibas a venir, como dijiste esa noche”, le observa García.
“Nada, doctor; estaba aburrido en casa, el gym no me agotó… mejor me vine a mi ex hogar”.
García ríe.
“¿Y cómo va el caso del finado?”
“Ay, Juanito, no vine al club para hablar de trabajo; mejor otro tema,
¿te parece?”
“Ya, ya, disculpa; no quería remover tu… duelo”.
Christian prefiere ignorar también la ironía con que ese comentario
estuvo cargado, y contrataca:
“¿Y esta vez por qué fue la pelea con la mujer?”
“Dice que paro más tiempo en la red que ocupándome de ella. Está loca.
Trabajo duro, pago casi todos los servicios de esa casa, le compro ropa,
salimos de viaje fuera del país en vacaciones, vamos a las recepciones
sociales, ayudo a hacer las tareas a mis cachorros. Ya pues, ¿qué más quiere?
¿Que me quede encerrado todo el día a ver las mismas huevadas en la televisión?
¡Que no joda!”
“¿Y no será que ella huele algo? Recuerda que vas a un gimnasio que
tiene cierta famita”.
“Tengo derecho a mi espacio y ella lo sabe muy bien, así como yo le
dejo el suyo”.
Muy ajenos, en el CAMERINO, Frank y César ensayan su coreografía por
tercera o cuarta vez. Los otros dos chicos que comparten el cuarto los miran
maravillados por la flexibilidad.
“¿Qué les parece?”, consulta Frank.
“¿Son karatecas de verdad?”, le repregunta uno de ellos.
“Más o menos”, presume Frank.
Los otros dos strippers se
miran.
“Pero… ¿y la parte sexual?”
Ahora Frank y César se miran.
“ehhh… ya improvisaremos en el escenario”, responde César.
“¿Por qué?”, se intriga Frank. “¿Qué harán ustedes?”
“Cacharemos en vivo frente a todos”, responde el otro stripper muy suelto de huesos.
Frank y César comienzan a sudar frío.
Desde su privado y prottegidos por la penumbra que se interrumpe de vez
en cuando por los haces de luces psicodélicas, Christian y César miran cómo el
resto de la gente baila sin importarle si son parejas de hombres, de mujeres,
si son hombres vestidos de mujer, mujeres vestidos de hombre…
“No hay buen material esta noche”, comenta Christian. “Lo mismo de
siempre”.
Juan mira su reloj: once y media de la noche.
“Veamos si el panorama mejora a continuación”, pronostica.
Christian no toma importancia a las palabras de su colega. Entonces,
las luces de la pista de baile se apagan y se encienden las del escenario. Una
salpimentada mezcla de música urbana comienza a sonar por los parlantes del G4G,
y dos jóvenes con anteojos, camisas, pantalones de tela y zapatos negros
aparecen en el escenario. Comienzan a ejecutar la coreografía que consiste en
varios movimientos acrobáticos individuales y apoyándose en el cuerpo del
compañero, hasta que la mezcla se hace lenta y sensual; comienzan a
desabotonarse las camisas.
“¿Tanto cuesta mandar a reemplazar los botones por tiritas de velcro?”,
se queja Christian en el privado.
“¿Velcro?”, consulta García.
“Esa tela que le dicen pega-pega”.
Los torsos de los bailarines son dignos de escuela de artes plásticas.
Mayor perfección no se podía pedir.
“Esos chibolos no son de Collique, ¿no?”, comenta García.
“Por lo menos al Extreme no van… bueno, tampoco creo que puedan
pagarlo”, sentencia Christian.
Los muchachos en el escenario se deshacen de sus zapatos y comienzan a
jugar con la idea de desabotonarse sus pantalones; por lo menos, ya desajustaron
sus cinturones. Por fin deciden bajarse las prendas cuando la música da un giro
a un ritmo algo más lento, más hip-hop,
revelando unos bóxers semitransparentes negros.
“Quieren lucirse como ese actor cubano”, comenta García.
“Solo que el actor cubano debe tener como diez centímetros más de
estatura, cinco más de pinga y huevos, y… como diez kilos más”.
La mezcla de música ahora se centra en una percusión donde los bajos
hacen retumbar todo, y los dos strippers
se miran frente a frente, se abrazan y comienzan a acariciarse el cuerpo de
arriba abajo; se juntan y se dan un beso.
“Por fin comenzó la acción”, se excita García.
El de la derecha baja totalmente el bóxer al otro y se queda de
rodillas, lo que aprovecha para tomar en su boca el pene semierecto y
comenzarlo a chupar. Algunos grititos se escapan del público.
Desde el CAMERINO, que está conectado al escenario por un breve
pasillo, Frank y César se asoman.
“A la puta”, dice el primero. “Una cosa es que me la chupen, pero chuparla…”
“Te dije que era una mala idea”, se queja el musculoso.
“¿Chicos?”, alguien los llama a sus espaldas, y los dos machotes se
asustan.
El pene del
primer stripper está evidentemente
duro, señal que le dice al segundo que es tiempo de levantarse y darse la
vuelta. Ahora el primero se arrodilla para bajarle el bóxer, ponerlo en veinte
dedos e iniciar un gran beso negro.
“¿Cómo que cambio de planes?”, se extraña Frank en el camerino.
“Ya no saldrán a escena”, anuncia Saúl, “porque… no están tan dotados como
ellos”.
“¿Dotados?”, se extraña César.
“Su… picha… es… ustedes saben”, se justifica Saúl haciendo una señal
con sus dedos.
Frank y César no saben si mirarse con alivio o con preocupación.
“¿Ehh… ¿entonces nos vamos?”, consulta el fisicoculturista.
“Me temo que sí, chicos; discúlpenme”.
Saúl sale del camerino.
“Caballero, nomás”, farfulla Frank.
En el escenario, ha comenzado un coito sin protección que ha puesto a
toda la concurrencia boquiabierta, como siempre musicalizada con el hip-hop.
“Y yo que pensaba iba a aburrirme esta noche”, suspira Christian.
“¿Cuánto le medirá a ese chico?”, reacciona lo mismo, García.
“Fácil sus veinte”.
Mientras tanto, Frank y César terminan de vestirse para irse del local,
cuando la puerta del camerino se abre: los dos muchachos se quedan
estupefactos.
“Hola, chicos”, saluda Adán llevando una mochila en uno de sus hombros.
El coito en el escenario ha tomado ribetes casi salvajes hasta que el
activo saca su largo y grueso miembro y hace que el pasivo gire a chupárselo.
En el camerino, Adán se acerca a Frank, mete la mano a su bolsillo y
saca un llavero:
“Regresen a Santa Cruz tan pronto puedan y quédense en casa de Tito
hasta que yo regrese”.
“Pero…”, objeta Frank.
“Hazme caso: Christian está en el público y, si los ve, su plan puede
venirse a la mierda”.
Afuera, uno de los strippers
eyacula en la boca de su compañero, quien se pone de pie y comienza a
masturbarse. Quien lo penetró ahora se pone de rodillas y abre su boca.
En el camerino, Frank duda. Tras unos segundos toma la llave.
“Estaré bien”, tranquiliza Adán. “Regresen a casa”.
“¿Y Owen?”, pregunta Frank.
“No sé. ¡Regresen ya!”
Aplausos y gritos se oyen desde afuera. Es la señal inesperada para que
Frank y César cojan sus mochilas y salgan, pero del local. Adán queda solo en
el vestidor y comienza a quitarse la ropa, cuando da media vuelta de pronto.
“Pensé que no ibas a venir”.
“Perdona la demora”, contesta Owen aparecido de la nada y totalmente
desnudo, aunque luciendo brazaletes dorados en sus muñecas.