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domingo, 4 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 4.1: Rompiendo las reglas


El viernes por la noche, en la discoteca, lo que le molestaba a Leandro no era ni el ruido, ni la gente fumando, ni la semioscuridad que no dejaba lucir su traje gris metálico pegado al cuerpo (y que, a pesar de ello,  había provocado ciertas miradas no tan disimuladas a su entrepierna y su culo), o que uno de los chicos ahí le haya quedado mirando el trasero a Cintia (sin que ella lo note) con cierta lascivia; le molestaba que lo hubiesen dejado en zona VIP, y no en Platinum, donde estaban los ‘boxes’, y a donde solo se podía entrar si te lo autoriza un vigilante alto y con pinta de luchador de catchascán, un micrófono de grulla decorándole la mejilla izquierda.

 


El trabajo de esa noche será impulsar una bebida energizante y repartir toda la mercancía publicitaria que han dispuesto. Otro chico y otra chica cubren la sala, organizan concursos en las mesas, dan a probar el producto, se toman fotos. Leandro idea una manera para escabullirse a la zona prohibida cuando en la puerta aparece Darío, quien pregunta algo al vigilante y éste le niega con la cabeza tras hablar mediante el micrófono. La bulla y la distancia le impiden saber qué se están diciendo. Darío vuelve a entrar a la zona de boxes. Es cuando Leandro intenta algo arriesgado, y camina hasta el vigilante (ante la aterrada mirada de Cintia):

“Tengo que coordinar algo con Darío Echenique”, le grita al oído. “¿Puedo entrar un momento a verlo?”

“¿Darío qué?”, el guarda frunce su ceño.

“Darío Echenique, el modelo con el que acabas de hablar”.

“Tú estás en VIP, ¿no?”

Leandro sabe que negarlo es estúpido:

“Solo le daré un dato que necesita saber”.

“Lo siento; VIP en VIP, Platinum en Platinum”.

Cuando intenta insistir, una de las modelos le topa el brazo y se le acerca a la oreja:

“¿Quieres dejar de fomentarme desorden, Leandro?”

“Necesito hablar con Darío”, pide el muchacho.

“No puedes”, lo desautorizan. “Regresa a tu puesto”.

 


Leandro vuelve cerca a Cintia, quien se le aproxima y lo codea fuerte en el costado:

“¿Qué pretendes?”

“¿Yo? Nada”.

Cintia desiste en regañarlo porque la modelo les llama al orden con un gesto.

 


Leandro regresa a jugar con la concurrencia cuando se percata que Darío sale disparado de la zona de boxes hacia la puerta de acceso de ese salón. Está con un ojo allí y el otro en sus concurrentes. A los pocos minutos, Darío y otro guardia de seguridad escoltan a una persona no tan alta, cabello corto,  cuidada barba, camisa y jean mas bien normales. Lo reconoce porque lo ha visto en varias revistas de moda y sociedad: ¡Roberth Peña!

 

Casi instintivamente, camina hacia él, dejando a la gente con la que ha estado jugando, y cuando va a alcanzarlo, ¡pum!, se choca contra el primer guardia de seguridad:

“¿A dónde crees que vas?”

Leandro no tiene una respuesta y solo sigue a Darío con la mirada, desesperado, impotente, como si alguien muy querido se hubiese ido a un largo viaje, o para siempre. Otra vez le topan el brazo. Es Cintia:

“Por favor, no la cagues”, lo ruega al oído.

Leandro lee la frustración en el rostro de su amiga y regresa a su puesto.

 


Un cuarto de hora después, Darío reaparece junto al guardia de seguridad. Leandro lo mira pero no intenta nada, aunque nota con extrañeza que la otra modelo de su sala se les haya acercado. Darío reingresa a la zona de boxes y la modelo camina derechito hacia él. Fijo que lo despedirán en ese mismo momento:

“Anda discretamente al cuarto de servicio”, le indica la chica.

Ya fue, piensa el muchacho. Sabe que cuando entre, le pedirán que entregue el uniforme, tomará su ropa y tendrá que irse del lugar. ¿Y Cintia? A esperarla afuera soplándose y resoplándose el frío húmedo de la medianoche. ¿Le pagarán una fracción, no?

  

viernes, 27 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.11

La carceleta del Poder Judicial en Collique no es tan fría como parece, ni tan lúgubre como la describen. Es mas bien un espacio tibio y silencioso. Tras las rejas del pequeño cubículo, Christian Esteves tiene un colchón sobre el que puede recostarse y descansar, aunque no quisiera porque la misma pesadilla se repite cada vez que cierra sus ojos. Un policía ingresa y hace sonar los fierros.

“Tienes visita, doctor”.

Elga lo espera en una salita blindada; carga una bolsa plástica como las de las tiendas por departamentos, y luce bien rellena.

“¿Cómo estás?”, lo saluda.

“Decidiendo si me declaro esquizofrénico, aunque ahora eso dejó de ser atenuante; pero al menos no me mandarán con la lacra”.

“¿Por qué declinaste tener un abogado?”

Christian sonríe:

“¿Y qué diablos soy yo? ¿¿Manolo Rodríguez no me pagó toda una carrera de Derecho para que la desperdicie pidiendo otro defensor? Lástima que usaré todo mi talento para defenderme de su propio fantasma”.

Elga entrega la bolsa:

“Hay una frazada, fruta y la gaseosa que tanto te gusta… la verde sin azúcar; me costó trabajo convencer al policía para dejarla pasar”.

El abogado se extraña.

“No recuerdo haberte dicho mi sabor favorito de gaseosa”.

Elga carraspea y se pone de pie:

“Vendré en la medida en que me dejen venir. ¿Quieres que contacte a tu familia?”

“No hace falta. Gracias… No estoy loco, elga… Todo lo que vi y sentí realmente ocurrió”.

La mujer se toma unos segundos.

“Lo sé, Chris… Te creo al cien por ciento”.

“¡No estoy loco, Elga!”

Ella está a punto de dar media vuelta cuando frena en seco:

“Quizás no tengas que pelear con el fantasma de Manolo”.

Christian se desconcierta.

“¿Qué carajos quieres decir?”

Segundos de silencio apenas interrumpidos por el ruido lejano de la calle…

“No hay tal fantasma, Chris”.

Elga sale y deja al joven totalmente solo y descompuesto. En poco tiempo, el policía a cargo lo regresa a su celda. Descubre el contenido de la bolsa y se concentra en la botella plástica que contiene la verde gaseosa: una seña gráfica que él conoce de más.

“¡¡Noooo!!”, se desespera y llora. “Maldito hijo de puta”, musita.

Mira un video aquí. 

A la mañana siguiente, un paquete de preservativos cae de una máquina dispensadora. Tito la recoge y examina con cuidado. Tras él, están los cubículos con los inodoros y los urinarios; junto a él, un espejo de pared a pared encima de dos lavabos. La luz de la mañana entra blanca por una pequeña ventana al costado de un extractor de aire. El gladiador mira su imagen reflejada: no pareces tener cuarenta y cinco años, se dice mentalmente. Entonces, la puerta se abre y un joven alto, guapo y esbelto ingresa.

“Me dijeron que estabas acá”, saluda Edú.

Tito le muestra el paquete de preservativos.

“¿Sigues jurando que tú no dejaste esto en el jardín de mi casa hace una semana?”

El recién llegado se pone serio.

“Chico, ¿me llamaste para esto? ¿En qué idioma te digo que no fui yo? Si supiera guaco, te lo diría en guaco, pero te lo repito en castellano: desde aquélla vez que me echaste como un perro del AMW, no he vuelto a pisar Santa Cruz”.

Tito baja la mano y guarda el paquetito en el bolsillo de su pantalón.

“No, no te llamé para eso. ¿Sabías que existía un acuerdo entre Manolo y Saúl respecto a este lugar?”

“¿Al baño?”, ironiza Edú.

El gladiador ríe despacio.

“No, a esto que llamó GGG, JaJeJí, o como mierda sea…”

“G4G, o yi for yi, un acrónimo que viene de Gentlemen For Gentlemen o Caballeros Para Caballeros, que, sospecho, fue acuñado por el mismo que bautizó a tu gimnasio como AMW, Ancient Moon Warriors, los Antiguos Guerreros de la Luna. Lo de La Luna es creación de Manolo, definitivamente, pero esa obsesión con el inglés, chico, es creación de Christian”.

“El acuerdo entre Manolo y Saúl”, prosigue Tito, “era que Saúl podía generar todo el dinero que quisiera, pero la quinta parte de todo lo que ganara iba a la cuenta de Manolo porque resulta que nunca renunció a la propiedad de ese lugar; simplemente la hizo franca, o algo por el estilo”.

“La hizo una franquicia: dejaba que un tercero opere el negocio con los valores de marca del suyo, por lo que tenía derecho a un porcentaje de las ganancias”.

“Claro, pero en papeles, Saúl era el propietario”.

“Por eso se llama franquicia, Tito”.

“Por eso te llamé, Edú… Creo que conoces de más lo que ha pasado con Saúl, cómo terminaron encontrando su cuerpo con un balazo en la cabeza en la casa de La Santita… Pero también conoces de administración: cuando tú tenías a cargo el gimnasio, levantamos clientela como mierda”.

“¿Quieres que asuma la franquicia del G4G?”

“No sé si tus papeles te lo permiten… Pero lo que sí puedes hacer es administrarlo porque al no existir quién asuma la propiedad, digamos que… ésta revierte a su dueño anterior, o algo así me explicaron”.

“¿Saúl no tiene herederos, acaso?”

“No tienen derecho a nada porque, al igual que yo, solo ponía su nombre para el papel, pero la propiedad siempre fue de Manolo”.

“¿Ambos son, o eran, testaferros?”

“Por eso Christian jodía a Saúl hasta que lo mató, o eso parecen indicar las pruebas, y parece que eso iba a pasar conmigo, pero… Owen nos salvó”.

“A ver, chico. Es mucha información. ¿Qué hacía exactamente Christian y… quién es ese Owen?”

“Al parecer, Christian extorsionaba a Saúl a espaldas de Manolo, y Saúl murió creyendo que todos habíamos violado el acuerdo de no joderlo. Conmigo, Christian no lo hizo porque sabía con quién se metía. Y Owen… Owen es una larga historia… ¿Te interesa el negocio?”

Edú se toma unos segundos.

“¿Podemos hablarlo fuera de aquí?”

Tito asiente:

“Vamos a la salita de reuniones porque es más cómodo… además, si llegamos a un acuerdo…”

“¿Qué pasará?”, se intriga edú.

“Tenemos condones”, sonríe Tito palmeándose el bolsillo derecho delantero de su jean. 

sábado, 21 de agosto de 2021

La hermandad de la luna 5.7



 

Los movimientos son precisos, fuertes,, más de gimnasta que de bailarín.

“Oye, ¿ése no es… no es Edgar?”, se sorprende Juan García en el privado.

“¿Cómo se atrevió?”, se pregunta a su vez, un desconcertado Christian.

La estrofa acaba y la luz de todo el local se apaga súbitamente.

 



Al encenderse, el bailarín ya no está solo en el escenario. Lo acompaña un hombre negro con una estructura muscular armoniosamente precisa, el cuerpo ungido en aceite y vistiendo únicamente una tanga hilo dental negra con una luna bordada en blanco sobre el gran paquete.

“En qué momento entró ese chico?”, pregunta Saúl a uno de los azafatos.

“¿No lo dejaste entrar tú?”, le responde temiendo una reprimenda.

La gente, mientras tanto, vibra, grita y se mueve al ritmo. Los dos bailarines simulan una lucha y el blanco va siendo despojado poco a poco de su enterizo hasta que al llegar el segundo coro, se lo bajan de golpe quedando totalmente desnudo.

“¿Y ese negro de dónde salió?”, se maravilla García.

“Ni idea, huevón”, responde Christian, quien trata de tomar fotos con su celular pero, por alguna razón, quizás la poca luz, no llegan a imprimirse en pantalla; entonces prefiere grabar video.

El tema llega a un vibrante intermedio de percusión electrónica y el bailarín blanco quita la tanga al negro, junta su cuerpo, lo abraza, y continúa bailando hasta que ambos penes se ponen erectos. Cuando regresa la parte coral, los dos saltan del escenario y se confunden entre el público, dejándose tocar indebidamente pero bajo aparente consentimiento tácito. Ambos saltan felinamente al escenario justo para el término del tema. Han sido los tres minutos y medio, o algo más, más gloriosos de la historia del G4G, y el público aplaude con euforia. Los dos bailarines sonríen, saludan y lanzan besos a quienes les piden otro tema para bailar. La luz en el escenario se apaga, ambos recogen su ropa y regresan al decadente camerino.

“Te llaman del VIP con cortinas”, le avisa otro azafato a Saúl, quien continúa asombrado.

El dueño del local llega como puede –la actuación ha arremolinado a la concurrencia—y ensaya su mejor sonrisa:

“¿Algún problema, doctores?”

“Ni en las épocas de La Luna había esto”, se entusiasma García. “¡Qué tal juego de luces y sonido, Saulín!”

“¿Sí? Digo, sí, claro… lo… acabamos de adquirir”.

“¿Pueden hacernos un privado esos dos sementales?”, pide Christian.


 

La única ducha del G4G no es exactamente una fina lluvia sino un tubo del que cae un chorro de agua fría. Adán y Owen entran como pueden y se quitan el aceite con el que han maquillado sus cuerpos. Saúl entra a verlos.

“No se vayan chicos”, les pide mostrándoles dos billetes de doscientos, los mismos que había ofrecido más temprano a Frank y César, quienes, por su parte, continúan en Collique, afuera del edificio donde está el club.

“Te has tirado como diez minutos dándole explicaciones a la jerma”, critica irónicamente el fisicoculturista.

“Puta, chato, la comadre me ha llamado un culo de veces”.

“Te marca bien para ser solo un agarre”.

“Ha pasado una huevada en la finca… y parece que ha quedado registrado en las cámaras”.

“¿Otra vez?”

“Vamos al toque”, indica Frank poniéndose su casco.

“¿A casa de Tito?”

“No, huevón, a La Luna”.


 

Christian reproduce el video que tomó. Hay luces, hay sonido, hay gritos, está la canción noventera, pero del espectáculo no hay ni un cuadro.

“Poca fotosensibilidad, seguro”, intenta explicar García.

“Este aparato es de alta gama, incluso tiene visión nocturna”, se defiende el frustrado fotógrafo y videógrafo.

En ese momento tocan la puerta del privado. García abre. Un sonriente Adán y otro sonriente Owen están bajo el dintel vestidos solo con una toalla. anudada a la cintura.

“Gracias por venir, chicos”, se emociona el fiscal.

Las cortinas del privado se cierran y los dos bailarines se sientan junto a los dos abogados, liberándose de las toallas, quedando desnudos.

“¡A los años, doctor!”, Adán abraza a García, mientras Owen se sienta al lado de Christian.

“Te he visto en otras partes”, le comenta algo desafiante el abogado más joven y guapo.

“¿eres serio?”, sonríe el muchacho negro, con su inconfundible español masticado.

“Don’t you speak Spanish?”, averigua el chico de leyes.

“No, I don’t”.

“Right… Are you pursuing me, anyway?”

“What makes you think that?”, Owen abraza a Christian.

Al lado, García no pierde tiempo y acaricia el gran paquete de Adán.

“Así que ahora trabajas en Santa Cruz”.

“Sí, ganándome la vida dignamente”.

“¿Quién dijo que esto no es ganarse la vida dignamente, Edgar?”

García acerca su cara a la de Adán y como resultado, éste lo besa en la boca. El fiscal le sonríe.

“¿Puedo chupártela?”

“Puedes hacer lo que quieras… ¿pero aquí?”

“No tengo sitio, Edgar”.

“Lástima, pero no hay problema: chúpamela”.

Adán se acomoda mejor abriendo sus dos poderosas piernas, poniendo la toalla en el suelo a sus pies para que García se arrodille y proceda con el sexo oral. Al lado, Christian ha conseguido despertar los veintitantos centímetros de virilidad a Owen.

“It’s huge”.

“D’you like it?”

“This must hurt a lot.”

“Not if I make you pretty horny.”

“Just do it.”

Owen besa a Christian y acaricia su cuerpo con mucha seguridad. El abogado siente una inexplicable electricidad recorriéndolo todo, una extraña sensación: de pronto ya no hay música, no hay multitud, no hay privado, ni siquiera están los otros dos amantes; parece estar transportado en lo profundo de una selva virgen, sintiendo una brisa agradable y los sonidos de la fauna nocturna. Owen parece tener arrimado a Christian a la corteza de un árbol grueso pero suave al tacto. Ambos no tienen más cobertura que su piel, ni más ganas que su energía. El abogado, que aquí entiende ya no es abogado, siente cómo le succionan el pene de una forma sutil y surreal: nunca nadie había conseguido tragarse sus diecinueve centímetros en una sola embocada, y parece que le estuvieran absorbiendo toda su energía vital; y cuando casi se desvanece, siente que sus dos testículos bailan en la boca del otro chico. Christian gime y jadea desde el fondo de sus entrañas. Ahora siente una lengua que parece penetrarlo por completo a través de su ano, su pene a punto de explotar pero conteniéndose sin explicación, y siente también como si estuviese suspendido en el aire. Trata de reaccionar, pero no lo consigue. Es demasiado tarde: Owen le ha abierto las piernas y, sonriendo afable, le introduce su miembro, profundo entre las nalgas.

“¿Te gusta, mi amor?”, le pregunta el chico negro, quien parece haber perdido su acento súbitamente.

“Hazme tuyo”, pide Christian una y otra vez. “Soy tuyo”.

Owen toma los diecinueve centímetros de Christian y los masajea con suavidad y sin premura. El orgasmo parece llegar e irse, llegar e irse, llegar e irse. No hay dolor, solo una sensación increíble de supremo placer. Entonces, Christian se aferra con firmeza al fuerte cuello de su amante.

“¡Las voy a dar!”, grita, y expulsa todo su esperma, tan masivamente como nunca antes.

Cuando vuelve en sí, mira cómo Adán penetra en posición de perrito a García, haciendo sonar su ingle en las dos delgadas pero firmes nalgas. Busca en el resto del cuarto.

“¿Dónde está?”, se llena de ansiedad.  “¡¿Dónde está ese negro?!”

Adán y García parecen no hacerle caso, así que los empuja.

“¡¡¿Dónde está el negro?!!”

Los dos sodomitas se asustan.

“¿Qué carajos tienes, Esteves?”, le reclama el fiscal.

Fuera de sí y totalmente desnudo, Christian sale del privado y recorre el pasillo hasta el salón principal.

“¡¡¡¿Dónde está?!!”

La gente lo mira asustada (alguno intenta tomarle una fotografía, sin éxito). Christian regresa y llega al camerino, totalmente histérico y casi tirando la puerta.

 “¡¡¡¿Dónde estás, carajo, negro de mierda?!!!”

Siente un fluido cálido recorriendo sus abductores. Se toca, regresa su mano,  y no puede creer cómo se han teñido sus dedos. Gotas de un líquido rojo caen al suelo. De pronto ve todo oscurecerse y se desploma.

Cuando despierta, una luz blanca lo encandila y un aroma característico de hospital entra por su nariz. Intenta ver hacia sus pies: viste una bata celeste de paciente y está cubierto por una sábana delgada con el logotipo del seguro social estampado a manera de mosaico. En un sillón, un policía dormita.

“¿Zapata?”, alcanza a decir. “¡Zapata!”

El policía reacciona, y se pone de pie como eyectado de su asiento.

“Me reconoció, doctor; voy a llamar a una enf…”

“No, Zapata, no llames a nadie. ¿Cómo llegué aquí?”

“Lo trajo un joven alto, blanco, buen cuerpo; dijo que estaba en una dis…”

“No importa… quiero irme de aquí”.

“Pero, tengo que hacer mi atestado, doctor”.

“Ni se te ocurra escribirlo; solo quiero salir de aquí, y que nadie se entere, Zapata”.

“Pero, doctor”.

“¿No me oíste, acaso?”

“Sí, doctor”.

El policía sale y lo deja sin nadie más.

“Me las vas a pagar, negro reconchatumadre”, se promete Christian. “Esta vez no fuiste una puta visión… y todos tus amiguitos se irán a la mierda contigo”.

sábado, 14 de agosto de 2021

La hermandad de la luna 5.5

En la cocina de la casa grande, la infusión de valeriana parece ser la especialidad de Carlos. Sirve una taza para Flor, y se prepara para verter el contenido de la tetera en otras dos tazas, para Tito y él. Se sienta junto a ellos.

“ A mí me parece que es Manolo intentando decirnos algo: es su silueta”, comenta.

“Claro, con diez kilos menos, porque lo que haya sido tenía una figura de campeonato”.

Carlos saca su celular y revisa la fotografía que le tomó al monitor de la laptop. examina la figura blanca.

“Bueno, es un fantasma, ¿no?”, trata de entender.

“Entonces son ciertas las cosas misteriosas que pasan en esta finca y que la gente comenta en el pueblo”, reacciona Flor.

“Yo nunca te negué que fueran ciertas”, recuerda Tito.

“Yo nunca desconfíe de tu palabra, papá; la que nunca creyó en lo que decías era mamá, porque pensaba que todo era un pretexto para… bueno, ustedes saben… esa cosa…ay, ustedes saben”.

“Sí era Manolo”, insiste Carlos. “¿Recuerdas que ese día estaba preocupado por tus tamarindos?”

Tito hace memoria y, efectivamente, el capataz parece tener razón.

“A mí no me parece el señor Manolo”, arguye Flor.

“¿Por qué?”, pregunta Tito.

“No sé, papá… me da la impresión que no fue él. El señor Manolo está muerto, enterrado en Collique. ¿Cómo un muerto puede aparecer y desaparecer así?”

Tito y Carlos se miran y tratan de entender la lógica de la chica, pero parecen no lograrlo.

“Hija”, Tito carraspea. “Acaba tu té y te acompaño al cuarto. Es más, voy a quedarme contigo para que no te pase nada”.

“¡Ay, papá! ¡No me volví loca! Solo que no me parece que sea él. ¿Por qué? Simplemente eso… no sé… intuición femenina”.

Carlos se pone de pie.

“Intentaré ver si puedo traer la laptop; esta pantalla del celular no me inspira mucha confianza”.

El capataz sale, y Flor mira fijamente a su padre:

“¿Pasa algo?”, sonríe Tito.

“¿quién es Owen en realidad, papá?”

“Owen? ¿Qué tiene que ver Owen aquí?”

“Ay, papá. ¿Cómo es posible que un paleopsicólogo y antropólogo se quede estancado en un pueblo de aquí por falta de plata? ¿No puede mandar un e-mail y pedir que le envíen más? ¿Acaso no tiene familiares? ¿Sabes que no tiene un perfil en redes sociales?”

“Muchas preguntas, Flor, y… yo tampoco tengo perfil en redes sociales”.

“Porque no te da la gana, papá; pero, ¿sabes cuántos Owen Mgombo existen?¡Ninguno! Me tomé el trabajo de buscar. Hay con sonidos parecidos, pero ves las fotos y ninguno siquiera se le acerca al Owen que conocemos, y casi todos están en África; no en Inglaterra, menos en Jamaica”.

“¿Recuerdas que tu tío Adán y tú le esculcaron el pasaporte? Tú misma dijiste que era auténtico”.

“Y que Owen está demasiado joven para tener cuarenta y siete o cuarenta y ocho años. Papá, no pongo en duda que Owen exista: ¡existe! Lo que pongo en duda es si nos ha dicho la verdad sobre quién es realmente”.

Los labios de Tito se ponen blancos y es incapaz de sostener la mirada a su hija.

“¿Quién es Owen en realidad?”, insiste Flor.

Tito suspira dispuesto a hablar cuando… la entrada de un reggaetón suena en el celular de la chica. Ella mira la pantalla.

“¡Vaya! El señor apareció”.

Se pone de pie y se va a contestar a otro lado de la casa.

“¿Frank?”, pregunta mientras se aleja.

Solo en la cocina, Tito entiende que parece haber muchos secretos incluso en lo que él cree mantener en secreto.


 

A una decena de kilómetros, un tema techno con toques étnicos suena en los parlantes del G4G. Un hombre blanco, algo orejón, cabello crespo y ojos claros se ha despojado de una túnica roja para quedarse en un enterizo de licra rojo con tiras en los hombros tipo bibidí y mangas a medio muslo, lo que le marca un impresionante cuerpo mmesomorfo minuciosamente labrado con pesas, barras, poleas, bicicleta, carreras, natación… en fin, todo lo que su segregación hormonal le ha permitido practicar y aprovechar. Dicho sea de paso, el bulto en su entrepierna es muy evidente.

 

sábado, 7 de agosto de 2021

La hermandad de la luna 5.4

Contra su propio pronóstico, Christian llega al G4G. Aunque no viste llamativo como en otras ocasiones, eso no le impide voltear cabezas apreciando su rostro de niño bueno y su físico de dios griego; pero él lo ignora todo, incluso una mano que subrepticiamente le han metido en medio de sus dos nalgas.

“¡Chris!”, le pasan la voz, a la vez que siente lo cogen fuerte de la cintura; se da la vuelta y se alegra, en cierto modo.

“¡Juanchito! Pensé que hoy sería sábado familiar”.

“Problemitas que nunca faltan; ya sabes cómo son las mujeres”.

Ambos van a un privado y prefieren beber una limonada frozen “con harto jarabe”, debido a que cada cuál tendrá que salir conduciendo más tarde, si es que los planes no varían.

“Pensé que no ibas a venir, como dijiste esa noche”, le observa García.

“Nada, doctor; estaba aburrido en casa, el gym no me agotó… mejor me vine a mi ex hogar”.

García ríe.

“¿Y cómo va el caso del finado?”

“Ay, Juanito, no vine al club para hablar de trabajo; mejor otro tema, ¿te parece?”

“Ya, ya, disculpa; no quería remover tu… duelo”.

Christian prefiere ignorar también la ironía con que ese comentario estuvo cargado, y contrataca:

“¿Y esta vez por qué fue la pelea con la mujer?”

“Dice que paro más tiempo en la red que ocupándome de ella. Está loca. Trabajo duro, pago casi todos los servicios de esa casa, le compro ropa, salimos de viaje fuera del país en vacaciones, vamos a las recepciones sociales, ayudo a hacer las tareas a mis cachorros. Ya pues, ¿qué más quiere? ¿Que me quede encerrado todo el día a ver las mismas huevadas en la televisión? ¡Que no joda!”

“¿Y no será que ella huele algo? Recuerda que vas a un gimnasio que tiene cierta famita”.

“Tengo derecho a mi espacio y ella lo sabe muy bien, así como yo le dejo el suyo”.


 

Muy ajenos, en el CAMERINO, Frank y César ensayan su coreografía por tercera o cuarta vez. Los otros dos chicos que comparten el cuarto los miran maravillados por la flexibilidad.

“¿Qué les parece?”, consulta Frank.

“¿Son karatecas de verdad?”, le repregunta uno de ellos.

“Más o menos”, presume Frank.

Los otros dos strippers se miran.

“Pero… ¿y la parte sexual?”

Ahora Frank y César se miran.

“ehhh… ya improvisaremos en el escenario”, responde César.

“¿Por qué?”, se intriga Frank. “¿Qué harán ustedes?”

“Cacharemos en vivo frente a todos”, responde el otro stripper muy suelto de huesos.

Frank y César comienzan a sudar frío.

 


Desde su privado y prottegidos por la penumbra que se interrumpe de vez en cuando por los haces de luces psicodélicas, Christian y César miran cómo el resto de la gente baila sin importarle si son parejas de hombres, de mujeres, si son hombres vestidos de mujer, mujeres vestidos de hombre…

“No hay buen material esta noche”, comenta Christian. “Lo mismo de siempre”.

Juan mira su reloj: once y media de la noche.

“Veamos si el panorama mejora a continuación”, pronostica.

Christian no toma importancia a las palabras de su colega. Entonces, las luces de la pista de baile se apagan y se encienden las del escenario. Una salpimentada mezcla de música urbana comienza a sonar por los parlantes del G4G, y dos jóvenes con anteojos, camisas, pantalones de tela y zapatos negros aparecen en el escenario. Comienzan a ejecutar la coreografía que consiste en varios movimientos acrobáticos individuales y apoyándose en el cuerpo del compañero, hasta que la mezcla se hace lenta y sensual; comienzan a desabotonarse las camisas.

“¿Tanto cuesta mandar a reemplazar los botones por tiritas de velcro?”, se queja Christian en el privado.

“¿Velcro?”, consulta García.

“Esa tela que le dicen pega-pega”.

Los torsos de los bailarines son dignos de escuela de artes plásticas. Mayor perfección no se podía pedir.

“Esos chibolos no son de Collique, ¿no?”, comenta García.

“Por lo menos al Extreme no van… bueno, tampoco creo que puedan pagarlo”, sentencia Christian.

Los muchachos en el escenario se deshacen de sus zapatos y comienzan a jugar con la idea de desabotonarse sus pantalones; por lo menos, ya desajustaron sus cinturones. Por fin deciden bajarse las prendas cuando la música da un giro a un ritmo algo más lento, más hip-hop, revelando unos bóxers semitransparentes negros.

“Quieren lucirse como ese actor cubano”, comenta García.

“Solo que el actor cubano debe tener como diez centímetros más de estatura, cinco más de pinga y huevos, y… como diez kilos más”.

La mezcla de música ahora se centra en una percusión donde los bajos hacen retumbar todo, y los dos strippers se miran frente a frente, se abrazan y comienzan a acariciarse el cuerpo de arriba abajo; se juntan y se dan un beso.

“Por fin comenzó la acción”, se excita García.

El de la derecha baja totalmente el bóxer al otro y se queda de rodillas, lo que aprovecha para tomar en su boca el pene semierecto y comenzarlo a chupar. Algunos grititos se escapan del público.

Desde el CAMERINO, que está conectado al escenario por un breve pasillo, Frank y César se asoman.

“A la puta”, dice el primero. “Una cosa es que me la chupen, pero chuparla…”

“Te dije que era una mala idea”, se queja el musculoso.

“¿Chicos?”, alguien los llama a sus espaldas, y los dos machotes se asustan.

El pene del primer stripper está evidentemente duro, señal que le dice al segundo que es tiempo de levantarse y darse la vuelta. Ahora el primero se arrodilla para bajarle el bóxer, ponerlo en veinte dedos e iniciar un gran beso negro.

“¿Cómo que cambio de planes?”, se extraña Frank en el camerino.

“Ya no saldrán a escena”, anuncia Saúl, “porque… no están tan dotados como ellos”.

“¿Dotados?”, se extraña César.

“Su… picha… es… ustedes saben”, se justifica Saúl haciendo una señal con sus dedos.

Frank y César no saben si mirarse con alivio o con preocupación.

“¿Ehh… ¿entonces nos vamos?”, consulta el fisicoculturista.

“Me temo que sí, chicos; discúlpenme”.

Saúl sale del camerino.

“Caballero, nomás”, farfulla Frank.

En el escenario, ha comenzado un coito sin protección que ha puesto a toda la concurrencia boquiabierta, como siempre musicalizada con el hip-hop.

“Y yo que pensaba iba a aburrirme esta noche”, suspira Christian.

“¿Cuánto le medirá a ese chico?”, reacciona lo mismo, García.

“Fácil sus veinte”.

Mientras tanto, Frank y César terminan de vestirse para irse del local, cuando la puerta del camerino se abre: los dos muchachos se quedan estupefactos.

“Hola, chicos”, saluda Adán llevando una mochila en uno de sus hombros.

El coito en el escenario ha tomado ribetes casi salvajes hasta que el activo saca su largo y grueso miembro y hace que el pasivo gire a chupárselo.

En el camerino, Adán se acerca a Frank, mete la mano a su bolsillo y saca un llavero:

“Regresen a Santa Cruz tan pronto puedan y quédense en casa de Tito hasta que yo regrese”.

“Pero…”, objeta Frank.

“Hazme caso: Christian está en el público y, si los ve, su plan puede venirse a la mierda”.

Afuera, uno de los strippers eyacula en la boca de su compañero, quien se pone de pie y comienza a masturbarse. Quien lo penetró ahora se pone de rodillas y abre su boca.

En el camerino, Frank duda. Tras unos segundos toma la llave.

“Estaré bien”, tranquiliza Adán. “Regresen a casa”.

“¿Y Owen?”, pregunta Frank.

“No sé. ¡Regresen ya!”

Aplausos y gritos se oyen desde afuera. Es la señal inesperada para que Frank y César cojan sus mochilas y salgan, pero del local. Adán queda solo en el vestidor y comienza a quitarse la ropa, cuando da media vuelta de pronto.

“Pensé que no ibas a venir”.

“Perdona la demora”, contesta Owen aparecido de la nada y totalmente desnudo, aunque luciendo brazaletes dorados en sus muñecas.