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miércoles, 7 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.3:: Pensé que lo conocía


Minutos después, en una clínica del centro en la gran ciudad, Baldo Pérez se sienta al costado de Adela Barrios.

“Té verde para ti, café negro para mí”.

Adela sonríe levemente y agradece; bebe un poco:

“No sé cómo agradecerte que nos hayas ayudado a esta hora. No sabía a quién recurrir”.

“Descuida. Me he ausentado tanto tiempo que… bueno, quiero recuperar el tiempo que perdí”.

“Parece que Leo te perdonó”.

“¿Y tú, Adela?”

“Hace tiempo te perdoné. En realidad, si hay una responsabilidad, es de ambos”.

“Tienes razón. Y si no me hubiese comportado como el cobarde que fui, creo que nada de esto hubiese ocurrido”.

“Pensaba que conocía a mi hijo, pero…” Adela suspira y una lágrima aparece en sus ojos.

Baldo pone su brazo izquierdo sobre los hombros de Adela:

“Leandro no es un mal chico; simplemente, trató de responder a la adversidad con la primera herramienta que tuvo a mano: su apariencia. Pero fíjate que en todo momento, lo hizo para darte una mejor vida. Ése no era su trabajo sino el mío”.

“¿En qué nos equivocamos, Baldo?”

“En muchas cosas, Adela; pero quizás la más importante: jugar según las reglas. Yo debí respetarte esa noche”.

“Y yo debí negarme”.

“Como dices, la responsabilidad es compartida”.

“Leo también debió jugar según las reglas, Baldo; aunque también tengo culpa en esto: tanto que empujaba a Cintia y a él mismo a algo sobre lo que ninguno de los dos estaba seguro. Me preocupaba lo que había descubierto sobre Leo, y nunca tuve el valor de conversarlo como madre e hijo”.

“Leo ya es mayor de edad; tiene que aprender a responsabilizarse por su vida y sus acciones. Tú y yo podemos opinar, aconsejarlo, pero sus decisiones son suyas”.

“Pero, mi deber como madre…”

“Ya, Adela, deja de culparte. Al menos tomó la precaución de asegurarlas. Este lugar no es barato. De veras, estoy terminando unos trámites en la Corporación, y tendrán un seguro extra”.

Adela toma otro sorbo de té:

“¿Cómo te va en la presidencia?”

“Administrador judicial, mas bien. Logramos contener la fuga de inversionistas y proveedores. Ahora tenemos que recuperar la confianza de todo el mundo. Yo pensaba ya no regresar a ese edificio, lanzar mi carrera al Congreso; todo tendrá que esperar cinco años más”.

Una mujer en ropa verde clara se les acerca.

“Adela, señor Pérez, buenas noches, mejor dicho buenos días”.

“¿Cómo está Cintia, doctora Barreto?”

“Todo en orden. Solo fue una descompensación. Un poco de suero con vitaminas, descanso y listo. Que se quede en observación el resto del día de hoy, que pase la noche aquí, y el lunes le damos de alta durante la mañana”.

“¿Y el bebé, doctora?”, pregunta Baldo.

“Sin novedad. Para sus cinco meses de gestación, creciendo fuerte… y esperemos que sin problemas. Si Cintia toma su tratamiento, no tiene por qué haber complicaciones cuando nazca. Y… ¿cómo está Leo?”

Adela suspira. Su vaso de té está medio lleno, medio vacío.

 


Justo en ese momento, un hombre cuarentón se satisface por segunda vez. Descansa un poco sobre el cuerpo del muchacho cuyo trasero ha disfrutado esa madrugada.

“Qué rica perra eres, gringo”.

“Qué bueno te haya gustado”, le dice el joven totalmente desganado. “Ahora déjame dormir”.

El hombre gira, se quita el preservativo y lo lanza hacia un rincón, se acomoda al lado del chico, quien gira hasta ponerse de costado. Medio metro más allá descansan otros dos varones. Uno ronca como motor diésel con el escape roto. El chico ya se está acostumbrando a tanta bulla. Se acomoda su ropa interior y trata de dormir. Está resignado; es el precio que deberá pagar para sobrevivir en la prisión. Quién sabe si vuelva a dormir cómodamente alguna vez en el dormitorio de su penthouse. Por ahora, un novio y una novia sin planes para casarse viven allí montando esporádicas reuniones swinger, a la vez que administran la Torre Echenique.

 

[FIN] 

martes, 6 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.2: No fueron negocios limpios


A ciento cincuenta metros de ahí, en el estacionamiento subterráneo de la Corporación, el auto de Baldo Pérez toma su lugar. El abogado baja, mira a los cuatro lados y va a la cajuela trasera; la abre y sale Darío sobándose la cintura.

“Ya no hagas tonterías, hijo”.

“Tranquilo, doc. Quizás sea la última”.

El supermodelo llama el ascensor y espera pacientemente llegar al quinto piso. Cuando la puerta al fin se abre al término de la subida, una de las secretarias lo reconoce y recibe. Al muchacho no le gusta el semblante de la empleada.

“Su padre lo está esperando, joven”, le anuncia con voz temblorosa a la vez que le abre la puerta de Presidencia, un amplio despacho alfombrado, vista a la calle, paredes enchapadas en fino roble, aire acondicionado, una artística mesa de madera, sillas con forro de terciopelo, cuadros, fotos, medallas, plantas y, al fondo, el escritorio de José Miguel Echenique, el heredero de un imperio que incluye bienes raíces, participación en banca y algunos medios de comunicación, dos minas de oro, una de cobre, nuevas tecnologías, administración de dos puertos de gran calado y tres aeropuertos domésticos, y quizás la franquicia estrella de todo el conglomerado, el cuarenta y dos por ciento de participación en National Retailers, la razón social detrás de Lawrence’s. Tras el escritorio y delante de las fotografías de su padre y su abuelo, los fundadores de la pequeña empresa que comenzó exportando artesanía de madera, el padre de Darío lo espera con una mirada tensa y serena. El supermodelo se da cuenta, conforme se acerca, que en la mesa hay una laptop cerrada, dos celulares y unas carpetas cuyo color le es familiar. Comienza a sudar frío.

“Papá”, al fin se anima a hablar.

“Hijo”, se quiebra José Miguel.

Darío mira mejor la laptop, las carpetas y los celulares, y ahora no tiene duda. Se abre una puerta lateral, y entra Mauricio, apuntando a José Miguel con la misma pistola que el menor de los Echenique guardaba en el penthouse, el mismo arma con el que disparó a Rico, la misma con la que creyó haberse desecho de su amante más reciente la noche anterior.

“¿Quién te dijo que el glutamato monosódico es efervescente, querido Darío?”, ironiza el pistolero.

“No entiendo lo que dices”.

“Pretendiste dormirme para asesinarme como lo hiciste con ese migrante de mierda, pero nunca te diste cuenta que los sobres que habías comprado cuando huíamos a la finca, de pronto se convirtieron en bicarbonato de sodio”.

Darío no tiene tiempo para pensar en qué momento se hizo el cambiazo.

“Señor Estrada, diga de una vez qué pide y terminemos con esto”, demanda José Miguel.

“Soy cómplice de asesinato por seguir las locuras de su hijo. ¿Diez mil a mi cuenta ahora mismo y otros diez mil todos los meses durante diez años, Echenique; yo me iré lejísimos, y me olvidaré que ustedes existen”.

“eso es sencillo y lo aceptaré si deja de apuntarme y me asegura que estos documentos no han sido copiados”, trata de ser estoico el empresario.

“Apenas salga del país le envío las copias, pero antes, deshágase de la Policía”.

“No la llamó mi papá”, interviene Darío. “La llamé yo porque voy a entregarme”.

“¿Cómo dices, imbécil?”, reacciona Mauricio, y gira disparando.

Darío cae al suelo y se queda inmóvil sumido en llanto.

De pronto, una puerta se abre de golpe, y cuando Mauricio reacciona… se oye otro disparo.

 

Una ambulancia llega al edificio de la Corporación. Leandro y Elías se miran desesperados. Ambos están detenidos en el auto patrullero a la entrada de la propiedad. Los dos policías que los intervinieron se montan en los asientos delanteros y dan arranque. Leandro logra ver tras el cristal trasero que otros autos patrulleros se acercan al edificio corporativo. Gira la cabeza otra vez.

“Perdóname por meterte en esto”, le dice a Elías en voz baja.

“No es tu culpa, no es mi culpa; somos… un efecto colateral”.

El auto continúa abriéndose paso por la avenida hasta llegar a la comisaría del distrito.

 

“¿Tú crees que los negocios de los Echenique han sido limpios como dice su sitio web? ¡Por favor! Hay que ser muy ingenuo. Por debajo de toda esa lista, lo que nunca dijeron al público y ahora están comenzando a cantar en el tribunal es que traficaban con terrenos y propiedades. Fraguaban títulos, subvaluaban compras, estafaban gente, revendían mediante testaferros, compraban silencios con casas y departamentos. ¿Quién te regala una torre de diez pisos, casi a todo lujo, como adelanto de herencia?”

Es la fiesta que marca el fin de un nuevo verano y la mezcla de muchas músicas es el telón de la noche fresca a orillas del mar. Alberto Madero bebe su segundo escocés metido en la piscina en la naked party organizada por UnderMale, una marca de ropa interior masculina que está introuduciéndose en mercado nacional.

“Por qué no lo denunciaste antes?”, pregunta Leandro a su lado y también sumergido en el agua.

“Obviamente, porque me faltaban los documentos; lástima que en el proceso, perdimos a Pepe”.

“Perdimos suena a manada; lo que no me pareció es que desaparecieras por una semana”.

“Ay, Leo Leandro, ¿ibas a esperar que me salga la detención provisional para recién levantar vuelo? Menos mal que el finado tuvo la precaución de pasarme las fotos de todos los papeles, y últimamente el Ministerio Público solo se mueve si la prensa presiona”.

“Pero, el celular de Rico te incrimina”, le observa el futbolista.

“A lo más me darán suspendida con reglas de conducta; lo que me preocupa es lo que va a pedirme la mujer en la demanda de divorcio, especialmente ahora que conocemos lo que conocemos”.

“¿Sabes? Extraño a Rico y extraño a Roberth. A los dos por igual”.

Madero abraza a Leandro , le toma la mejilla con la otra mano y le da un beso leve en la boca.

“También los extraño, Leo Leandro. Desde el lunes vamos a reorganizar Tirador Films. No he creado una marca para que esté como un peso muerto. ¿Te sientes listo?”

“Uff, Beto, me jode no ser parte de la temporada del San Lázaro, pero espero que lo otro me compense”.

“Ya escuchaste lo que dijo el médico: actividad física sí, esfuerzo extenuante no. Una vez que Sparking cierre trato con el laboratorio, vamos a darle PREP a todo el talento. Grabamos la primera película y de inmediato comenzamos con tu tratamiento”.

Alguien se les acerca nadando cual delfín, y justo cuando va a alcanzarlos, se sumerge.

“Guau, qué rico se siente esa boca bajo el agua”, comenta Alberto excitado.

“La chupa bien este conchesumadre”, suscribe Leandro.

Entonces, el chico, de hermoso cuerpo, emerge frente a ellos y los abraza de la cintura.

“Um cara no outro lado quer foder comeu e Leandjo”.

“¿Le dijiste cuánto es, Gerson?”

“Sí, ele aceitó. ¿Vao Leo?”

“¿Quiere completo o cómo?”

“Seiscentos p’ra os dois”.

“No lo hagamos esperar, entonces. ¿Quién tiene las llaves del cuarto, Beto?”

“El bartender. Por cierto, a él debes pedirle los condones. ¡Ah! Dile que se quede… Tienen que ver ese par de… ufff, ya las verán”.

Leandro y Gerson sonríen y van nadando hasta el otro lado de la piscina.

  

lunes, 5 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.1: ¿Por qué la rivalidad?


”Yo trabajé con Alberto Madero desde hace diez años después que hice mis prácticas en la Corporación Echenique. Había ido a recoger un certificado cuando me reencontré con él en las mismas oficinas. Beto buscaba la forma de conseguir esa cuenta publicitaria, pero no sé por qué se la negaban”.

“¿Cómo que te reencontraste con él en la oficina, Elías?”

“Cuando yo entré a la universidad, Darío, él ya estaba en cuarto año. Nos conocimos en una fiesta. Justo él acababa de tener a su hija. Terminamos tirando esa madrugada, y así fue hasta que egresó al año siguiente. Le había perdido el rastro hasta ese día en la Corporación”. Tú acababas de entrar a quinto de secundaria”.

“Sí me acuerdo. Tiré contigo ese día que te invité a la casa de playa”.

“El reencuentro fue después que eso, Darío. El hecho es que Beto había fundado Sparking con otros dos amigos, uno de ellos Roberth Peña”.

“¿Desde entonces comenzó la rivalidad entre Darío y Beto?”

“No creo, Leandro. Creo que fue cuando hicimos la campaña de Lawrence’s hace tres años. Yo era asistente administrativo de la agencia, y en los ratos libres veníamos al dos cero uno, en este mismo condominio, a… bueno, ya sabes”.

Lawrence’s ya me tenía contratado como imagen de la línea juvenil de ropa. Bueno, lo… era desde hace cinco años”, acota el supermodelo.

“Para entonces, Darío quería meter a un chico en la sesión, pero Beto no quiso porque… es negro, bueno, moreno, mulato, no sé… Beto siempre fue un poco racista”.

“Sí: Pepe”, suspira Darío. “Esta mañana que logré llegar a la Torre…”. Comienza a llorar, y Leandro lo conforta.

“¿Quieres seguir con esto, Darío?”

“quiero llegar a la Corporación, donde papá”, solloza Darío. “Es mi único lugar seguro ahora”.

Leandro lo suelta, se escabulle del cuarto de servicio situado en la azotea del Condominio donde los tres muchachos se han refugiado para escapar a las cámaras de seguridad de los pisos inferiores,  y casi repta hasta ganar el borde del techo. Se asoma con muchísimo sigilo y mira a ambos lados de la calle, así como una bocacalle que lleva a una autopista cercana.

“¿Por qué desapareciste, Elías?”

“Porque no quería ser trofeo ni tuyo ni de Beto; y si ya me había despedido, ¿qué sentido tenía quedarme? Primero estaba yo, mi dignidad”.

“¿Por qué reapareciste ahora, entonces?”

“Cuando me enteré sobre el asesinato de Roberth, sabía que esto se iba a complicar; el caso es que no sabía a quién acercarme, así que pensé en Leandro, pero antes comencé a vigilarlo”.

“No hay moros en la costa”, anuncia el futbolista, quien retorna al cuarto usando el mismo sigilo con el que había salido. “¿Me perdí de algo?”

“Para hacerte corto el cuento, Darío y yo nos reencontramos hace tres años, y en el proceso de reunirnos para planificar la producción, comenzamos a gustarnos hasta que él me llamó”.

“Tú nunca ibas a hacerlo, elí, porque te morías de miedo por Beto. Según tú, lo amabas, pero te diste cuenta que no era así”.

“El hecho es que Darío y yo comenzamos a citarnos aquí, en el dos cero uno, que entonces yo ocupaba”.

“¿En las mismas narices de Beto Madero?”, se sorprende Leandro.

“Luego de la campaña, Beto comenzó a viajar mucho buscando cuentas, clientes, proyectos, y era la ocasión en la que yo citaba a Darío para hacer el amor”.

“Y ése fue el mayor error que se nos pudo ocurrir”, agrega el supermodelo.

“Una noche que él y yo estábamos en la cama, en pleno acto, Beto llegó, abrió la puerta. Fue horrible. Prácticamente nos sacó a empellones del departamento, desnudos. Se encerró. Al día siguiente, cuando fui a Sparking, me negaron el acceso y me entregaron mi carta de despido. Menos mal que había trabajado largos ocho años porque con la liquidación alquilé una granja a las afueras, me dediqué a producir lácteos orgánicos, y ahora soy mi propio jefe y empleado; de hecho, he comenzado a comprar la propiedad”.

“Linda historia de infidelidades, muchachos”, interviene Leandro. “Pero… hay algo en su historia que no cuadra: ¿Beto Madero, con todo el talento que tiene, comenzó una rivalidad con Darío Echenique, con todo el talento que tiene, solo por un problema de cuernos?”

“Yo tampoco me lo explico”, observa Elías. “Solo éramos amantes porque Beto para entonces ya tenía sus dos hijos”.”

Con mayor razón”, agrega Leandro. “Algo no calza”.

“Por eso necesito llegar a la Corporación, Leo. Cuando llegué al departamento hoy temprano, noté que mi laptop y algunos documentos habían desaparecido”.

“¿Documentos de qué, Darío?”

“No viene al caso. El único que sabía sobre su existencia era Pepe, y solo te diré que durante estos años… tuve que pagarle para que no dijera nada sobre ellos, y supongo que cuando lo despidieron, se lo contó a Madero. El tema aquí es que  si lo mataron, entonces se los llevó quien lo mató, y quien lo mató sabe la importancia de esos papeles, además de toda la información que hay en mi computadora”.

“¿Y quién lo mató, Darío?”

“Creo que mi pareja actual: Mauricio Estrada. No voy a decir más, excepto que… necesito llegar a la Corporación”.

 


Una hora después, una furgoneta con el logotipo de La Granjita llega al control de entrada del edificio de Corporación Echenique, situado al límite del Distrito este y Las Ciénagas, en uno de los bordes de la gran ciudad. Se trata de un complejo  muy peculiar con un edificio de cinco pisos, de los que sobresalen otros tres edificios en perpendicular pero más pequeños, todos tapizados en vidrio verde petróleo. Visto desde el aire, el complejo tiene forma de letra E, y desde el satélite, junto con el cerco, forma el isotipo de la compañía: esa letra E encerrada en un cuadrado de fina línea continua.

“Traigo unos pedidos de La Granjita para la cafetería”, dice el afable conductor.

“¿Viene a ver a alguien?”, le pregunta el vigilante.

“La señora Amaya”, le responde, mientras de reojo nota que hay dos policías en la entrada.

“estacionamiento tres, por el flanco izquierdo, doble a la derecha”. El vigilante entrega un gafete y justo en ese instante, los dos policías rodean el vehículo.

“Por favor, apague el motor, baje y abra las puertas traseras”, le ordenan mientras le muestran sus placas.

El conductor obedece la orden, deja que los efectivos retiren unos productos.

“Señor Echenique”, ordena el segundo policía, “salga de allí y entréguese sin oponer resistencia”.

Las telas del suelo, donde  hay un bulto evidente se mueven, y el policía se queda sorprendido:

“¡No es éste! ¡Nos engañaron!”, grita a su compañero.

“¿Dónde está¡”, apunta el primero al conductor.

Quién, jefe?”, le responde.

“Ya, no se haga. ¡Manos al vehículo!”

El efectivo lo esculca y le saca su billetera, la que resalta en su bolsillo posterior derecho debido a la corva de su nalga.

“¿Elías Bertello?”, verifica el uniformado.

El segundo policía sale de la puerta trasera conduciendo con las manos en alto a… Leandro.

miércoles, 30 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.3: ¿Qué mierda pasa aquí?


Quince minutos después, el futbolista da una vuelta al parque en su auto, y en una de las veredas de acceso identifica a una persona con el cabello largo y la barba crecida, un poquito más delgado, quien lo mira con angustia. Leandro le hace una seña discreta y el desconocido se acerca al auto.

“¿Darío?”, verifica.

El muchacho entra al asiento posterior.

“Llévame al edificio de la Corporación, Leo”.

“Primero vamos a mi casa; tengo que recoger a alguien”.

“¡No! ¡Llévame a la Corporación!”

“Darío, te prometo que no haré nada estúpido pero es urgen…”

“¡Carajo, Leo! ¡Necesito ver a mi papá! Mataron a Pepe en mi depa”.

Leandro gira casi toda su cabeza:

“¿Mataron a quién?”

 




El futbolista da un impensable vericueto, evitando las calles más transitadas.

“¿Quién mató al tal Pepe?”

“No lo sé, Leo. Subí al penthouse y cuando entré, estaba tirado en el piso sobre un charco de sangre, tenía una herida…”, Darío comienza a sollozar.

“¿Tú mataste a Roberth y a Rico?”

“¡Leo, por Dios! ¡No estoy para interrogatorios ahora!”

Se acercan a una avenida, y Leandro divisa a una patrulla policial situada del otro lado:

“Escúchame: vas a acostarte en el asiento y no me vas a levantar la cabeza por nada, ¿entendiste?”

Darío se asusta pero hace caso. El auto cruza la avenida de lo más natural cuando, de pronto, un policía toca su silbato y se detiene delante:

“Mierda, reconchasumadre”, reacciona el conductor, quien mira a ambos lados, pisa el acelerador, quiebra el timón  y escapa por otra calle. Por más “¡Alto!” que grita el efectivo, el muchacho da una evasiva mortal en medio de otros vehículos.

“¿Nos siguen, Leo?”, pregunta Darío, muy asustado.

“¡No levantes el cuerpo, mierda!”

Entrando al Distrito Este, Leandro urde un plan extremadamente urgente. Saca su celular, marca.

“¡¿Qué haces?!”, Darío se angustia más.

“¡Confía en mí, mierda! ¡estamos cerca!”

Por fin le responden el teléfono:

“Hola leo”.

“Llámalo urgente, dile que estoy a cuatro cuadras, que marque en la puerta: dos, dos, cero, nueve, dos. ¿Me copiaste?”

“Dos, dos, cero, nueve, dos”, le dicen por el auricular.

“¿A quién llamas?”, pregunta Leandro.

“Te llamo luego”, dice Leandro y corta.

“¡¿A quién llamas?!”, reitera Darío.

“Confía en mí y no te levantes; mas bien, escúchame con cuidado: vamos a llegar a un lugar seguro, voy a parar el auto, nos bajamos volando y así mismo nos metemos dentro. No podemos perder un segundo, ¿entendiste?”.

“¿Qué lugar seguro es?”

“¡Darío, carajo, tú confía! ¿Quieres? ¿Me entendiste? ¿Sí o no?”

“¡De acuerdo! Confiaré en ti”.

“Alístate que llegamos en quince segundos o menos”.

Leandro destraba los seguros de las puertas, entretanto.

“Ya estamos aquí. ¿Listo? Vamos en tres, dos, uno…”

Leandro sale velozmente del auto y Darío lo mismo. Alguien les abre la puerta de acceso al Condominio. Al cerrarla, Darío se queda helado:

“¿Qué… mierda pasa aquí?”

“Hola, amigo”, saluda un hombre alrededor de sus treinta, contextura normal, cabello corto.

“Hola, elías”, da la mano Leandro. “Mucho gusto”.


 


miércoles, 23 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 14.3: Persecución


A mitad de esa semana, a vísperas de cumplirse dos desde la última vez que se supo algo de Roberth, Rico va manejando su auto por una atestada avenida del centro a las siete y media de la noche, cuando nota mediante el retrovisor que dos personas en una motocicleta manejan por un carril incorrecto, justo de su lado. El conductor del vehículo parece muy fornido.

“Estos hijos de papá creen que las pistas les pertenecen”, se dice mientras una salsa suena en el equipo de sonido.

Dobla hacia una calle a la derecha, y nota que los dos sujetos siguen tras él en el mismo lado. Su sentido de alerta se activa. Busca espacios libres y maniobra el auto para ponerse en un lugar que considere más seguro.

“¿Por qué mierda no van a derecha?”

Coge su celular, mira a la pista, busca una aplicación, mira al retrovisor.

“Puto GPS, actívate”.

Mira la pantalla: hay una esperanza. Violando la regla de no adelantar, acelera un poco, dobla a la derecha por una calle más estrecha, se quita el cinturón y se estaciona frente a una comisaría. Baja corriendo y entra al precinto, muy azorado:

“Quiero denunciar que alguien me está siguiendo”, dice al policía que casi lo detiene en la entrada.

El efectivo lo reconoce:

“Adelante, señor”.

Rico repite el relato frente  a un segundo policía que toma la denuncia.

“Vamos por partes, señor. Su nombre… real, por favor”.

“Luis Ricardo Durán Rodríguez”.

“edad… real, señor”.

“Veinticuatro”.

“¿Documento de identidad?”

“Estoy tramitando mi carnet de extranjería”.

El policía ingresa los datos en una computadora.

“¿Profesión u ocupación?”

“Modelo”.

“¿Porno?”, sonríe irónico el policía.

El celular de Rico comienza a vibrar, lo saca. Es un alerta de mensaje, pero la ignora.

“Entonces, cuénteme qué pasó”.

“Le acabo de decir que dos sujetos venían siguiéndome en una moto. Iban por un carril prohibido. Vestían traje anti-abrasiones y cascos cerrados”.

“¿Cómo puede asegurar que lo seguían? ¿Pudo identificar a alguno de los sujetos?”

“La verdad no, le soy honesto; pero por la apariencia, uno de ellos podría ser Darío Echenique”.

El policía resopla y se recuesta en el respaldo de su silla:

“Señor… Durán: entenderá que no puedo basarme en… suposiciones”.

“Pero usted me está preguntando…”

“Además, señor, ¿qué no me dice que esto no es más que una maniobra publicitaria, de las que ustedes acostumbran hacer?”

Rico siente que no tiene futuro en esa comisaría:

“Gracias, oficial. Perdone que le haya quitado tiempo”.

Mientras sale, revisa el mensaje que le había entrado. Un muchacho de hermoso cuerpo musculado, desnudo, aparece en su pantalla.

“¿Y ése quién es?”, le pregunta alguien a su costado.

Rico se asusta: es el policía que lo recibió en la puerta.

“Ni idea”, le dice.

“¿Aún estás haciendo audiciones?”, le consulta el uniformado, con disimulo.

“Sí. ¿Conoces a alguien mayor de edad, así como ese chico?”

“Creo que sí. ¿Puedes darme tu número?”

 


Al salir de la comisaría, Rico llama al aspirante a modelo que lo ha contactado. Quedan en encontrarse en un parque a media hora conduciendo, donde va a recogerlo. Mira a ambos lados y da un gran rodeo en la ruta fijándose en los retrovisores, de forma compulsiva. Nadie lo sigue ahora. ¿Pudo ser simple susto? Llega con diez minutos de retraso debido al tráfico, baja de su auto y comienza a caminar por una de las veredas interiores hasta que vea un chico solitario, muy parecido al que vio desnudo en la foto que le enviaron.

“¿Mauricio?”, pregunta Rico.

“Sí”, le contesta el muchacho, sin ocultar sus nervios. “Hola”.

El productor de videos porno se sienta a su costado.

“Respira, Mauricio. Todo va a estar bien”.

Rico pone su mano izquierda en el enorme y firme muslo derecho del aspirante.

“¿es la primera vez que haces casting?”

“Sí. ¿Cuánto tiempo demorará?”

“Media hora, una hora. Depende. ¿Cuántos años tienes?”

“Veinti… cuatro”.

“La edad que me dijiste por mensaje. ¿Te parece si vamos a donde te haré la audición? Tengo el auto cerca”.

“Claro”, le responde Mauricio, todavía nervioso.

Ambos se ponen de pie y comienzan a caminar por la vereda. A los lados el follaje está alto y el alumbrado público no es muy potente. No dan ni cinco pasos cuando algo suena del lado de Mauricio, quien se aleja. Al reaccionar Rico, ve que Darío se le acerca vestido con un traje anti-abrasiones y le apunta con una pistola. Un disparo suena, ahogado por el tráfico circundante. De inmediato, dos personas fugan a toda velocidad montadas en una motocicleta. 

lunes, 14 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.2: Confesión mortal


A la mañana siguiente, en el dos cero uno del Condominio Las Flores, el futbolista sale de ducharse cuando Cintia entra muy nerviosa al cuarto, blandiendo un celular en la mano. Leandro se alarma y toma el aparato… Comienza a sudar frío. En la pantalla, fotos de Rico y Pepe bajo el titular “Darío Echenique nos abrió y cerró puertas”.

“¿Sabías que Rico tiene una productora porno?”, reclama Cintia.

“¿Yo?”, disimula mal Leandro. “no, para nada”.

“¡Ay, Leo! Son amigos íntimos. ¿Me vas a decir que no sabías esto?”

“No, te lo juro”, responde el muchacho con todo el cinismo de que es capaz.

“¿Sabes? Creo que mientes, pero tranquilo que no le diré nada a Adela. Solo algo más: ¿también es mentira el rumor que Darío y tú fueron pareja?”

“Ay, Cintia. Ahora me inventarán que hice videos porno”.

“¿Y por qué no darlo por cierto, Leo, ah?”

Cintia se va del dormitorio, indignada. Sin duda que uno de los chicos en las fotos es Rico; pero, ¿en que momento se le ocurrió sacar esto por los medios? Y, ¿quién es ese otro muchacho, cuya cara le es familiar?

“Claro, el moreno con uniforme de mantenimiento en la Torre Echenique”, se dice a sí mismo.

Busca su celular, topa algo en la pantalla y se lo lleva a la oreja:

“¿Houston? Tenemos problemas”.

De pronto escucha la alarma de llamada entrante:

“Espera un momento. No te vayas”.

Da paso a la siguiente llamada:

“¿Aló?”


“Hola Leandro. Te saluda José Miguel Echenique. Necesito hablar urgentemente contigo”.

 

Esa noche, Darío está devastado, llorando en el penthouse, y, para variar, embriagado en vodka. Roberth está a su lado.

“¿Por qué lo hicieron?”, se repite una y otra vez entre lágrimas.

“No tengo ni la más remota idea de quién les dijo que hagan este disparate”, le contesta firme el fotógrafo.

“Ha sido Madero, que no termina de perdonarme lo de Elías. ¡Siempre me la tuvo jurada!”

“Darío, eso pasó hace tres años. No creo que la capacidad de rencor de Beto sea tan tóxica”.

“Por eso no le voy a dar más el gusto, Rob: voy a salir del armario. Ya tengo la exclusiva vendida a Época Semanal y tú vas a hacer las fotos”.

“¿Que vas a hacer qué? ¿Te has puesto a pensar en las consecuencias?”

“Sí, confirmaré lo que es un rumor. Ahora sí nadie tendrá argumento para hablar a mis espaldas”.

“¿Y has pensado por un momento en Leandro,Darío?”

“¿Y quién crees que será el próximo en hablar? ¿Te has dado cuenta que los están buscando uno a uno? ¿Quién falta? Leandro. ¿Con quién trabaja Leandro? Con Alberto Madero”.

“El propio Leandro me llamó y me dijo que no va a declarar, que sí lo llamaron para hacerlo pero que no va a hacer ningún comentario”.

“Ay, Roberth. Como ahora es popular, a lo mejor no acordaron pagar lo que él les pidió por abrir la boca”.

“¡Te equivocas, Darío! Leandro no va a hablar porque te tiene respeto aún”.

“¿Y por qué no viene a decírmelo en mi cara, Rob?”

“¡Porque también te tiene miedo, Darío! Porque te has convertido en una persona insoportable de la que no se sabe qué esperar. De hecho, nadie quiere hacer tratos contigo porque todo lo ves ese bendito trago”.

Roberth hace una maniobra veloz y le quita la botella al supermodelo y la lanza a una de las paredes. El vidrio se hace añicos al estamparse contra uno de los cuadros de flores, cuyo lienzo se rompe y despinta un poco. Darío llora con mayor amargura.

“¿No te das cuenta, Rob? Todo es un plan de Beto. Él buscó a Leo, y lo contrató para vengarse de mí, porque no me perdona, ¡no me perdona!”

“No sé si Beto quiso vengarse de ti con Leandro, pero no es tan exacto que él lo buscó, como tampoco es exacto que Leandro será el próximo en hablar. Él no quiere hacerte daño, pero con tu decisión, sí se lo vas a hacer. Vas a dañar a quien no te hace daño, Darío”.

“¿Por qué dices que Madero no buscó a Leandro?”

“Porque no fue así. Madero no sabía de la existencia de Leandro hasta que él le mandó su book y luego vio el catálogo de Lawrence’s”.

“¿Te das  cuenta? Él lo buscó, Rob. ¿él lo buscó!”

“¡Porque yo le di el contacto!, Darío!” Yo los puse en contacto”.

“¿Qué?”, se desencaja el supermodelo.

“Leandro estaba harto de que lo absorbas y me pidió ayuda. Le di contactos, y uno de ellos respondió: Beto”.

“¿Estaba harto de mí?”

“Y ojo que en ese momento estabas bueno y sano y no entendías razones. Menos vas a entenderlas ahora que andas drogado”.

Darío deja de llorar y comienza a enfurecerse.

“Qué irónica es la vida. Mi mejor amigo propició el contacto entre mi peor enemigo y el amor de mi vida. ¡Qué irónico, por Dios!”.

Darío explota en llanto otra vez, y se va a la cocina.

“¡Darío!”

“¡Voy a prepararme un puto jugo de naranjas!

Pero al llegar a la puerta de la cocina, un brillo a las tres llama la atención del supermodelo. Lo mira por unos segundos. Mira a Roberth, quien se ha sentado sobre el sofá, inclinado hacia adelante con el rostro entre sus brazos acodados sobre sus muslos. Darío mueve la hoja de la puerta para que haga bulla, rápidamente se pone en cuclillas, coge algo y corre a toda velocidad hacia el fotógrafo, quien siente agudos dolores en su espalda y un líquido caliente inundándola, a la vez que su vista se torna borrosa primero, y oscura poco a poco…


 


jueves, 10 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 12.4: ¿Papá?


                    Cintia queda dormida en el pecho de su amado, mientras él mira a la oscuridad, intentando analizar el recorrido de sus últimos catorce meses de vida. La cancha de fútbol, la casa de novios, la casa de esos dos novios, el taxista amistoso, la convocatoria… Darío. Alguien le habló sobre darma y karma, las dos fuerzas del universo que atraen lo positivo y lo negativo respectivamente. Leandro no tiene claro cuál de las dos lo comanda. ¿O acaso está al medio? ¿O no está en ninguna parte? Cuando comienza a quedarse letárgico, su celular vibra. Lo toma y mira la pantalla, reconoce el número, corta la llamada y no la contesta.

 


En ese preciso instante, a unos cinco o seis kilómetros de distancia, en el último piso de la Torre Echenique, un ebrio Darío llora en medio de una solitaria cama. Su cabello está un poco largo y desordenado, la barba medio crecida, desnudo y acompañado por otra botella de vodka; insiste con su celular mientras escucha a Bach. Se lo lleva a la oreja.

“Hola, soy Leo Pérez. Ahora no puedo atenderte, así que deja tu mensaje luego de la señal”.

¡Bip!

“Leo, soy Darío. Por favor, llámame cuando puedas. Te amo”.

Bebe otro sorbo y trata de concentrarse en la melodía. No lo consigue. Vuelve a manipular la pantalla de su celular y se lo lleva a la oreja.

“¿Darío?”, le contesta una voz somnolienta.

“Hola”, habla algo imperativo. “Necesito que vengas a la Torre”.

“Darío, son… son doce y media de la noche”.

“¿Y qué tiene? Para eso te compré esa moto. Vístete. Te espero”.

Bebe otro sorbo de vodka, y por alguna razón busca desde su celular la canción de Luna Estrella en la que aparecieron Rico y Leandro como modelos. La intenta cantar sin éxito, o en todo caso, como todo hombre alcoholizado.

 


Ese lunes por la  mañana, en la oficina, Leandro está con cara de pocos amigos viendo unas cuentas. Madero entra.

“¿Hay algo malo en el departamento o ya tuviste tu primera pelea de conviviente?”

“Nada de eso. Digamos que alguien me hizo una llamada casi a medianoche y… me jode”.

“¿Alguien con una carrera en decadencia, que fue rechazado como imagen de una poderosa firma comercial que, en su lugar, puso a cierto deportista que tengo enfrente?”

“¿Cómo lo sabes?”

“Últimamente Darío Echenique está hecha la melodramática”.

“No es broma, Beto. Parece, pero mortifica”.

“¿Y cómo tiene tu número si lo cambiaste cuando comenzó el programa?”

“Buena pregunta, pero si crees que yo se lo di, pues no fui yo; dicho sea de paso, desde que no tengo nada con él, vivo más tranquilo, con cosas más importantes sobre las que debo ocuparme como estas facturas”.

“Ese Echenique sí que es terco, entonces”, concluye Madero.

“Ya veré cómo me lo saco de encima”, se alivia Leandro.

El futbolista ordena sus papeles y sale un momento de su propia oficina, porque parte de sus negociaciones incluyeron su propia oficina. No da ni dos pasos cuando su celular vibra, lo mira, se niega a contestar pensando que Darío está usando otro número. Insisten en timbrarlo, saca el aparato, respira hondo y responde:

“Oye tú, deja de joderme, ¿quieres?”, habla en voz baja.

“ehhh… ¿Leandro?”, duda una voz muy grave en el auricular. Y ésa no es la  de Darío.

“Perdone, sí, soy yo; pensé que eran… eran esta gente que vende cosas por teléfono”.

“Comprendo. Mira, Leandro. Te habla Baldo Pérez”.

“¿Papá?”, se extraña el muchacho.

“Sí, hijo… Me encantaría conversar contigo… en persona”.


lunes, 7 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 12.1: Me estoy volviendo versátil


Darío sale de circulación por un mes. Por primera vez en muchos años, su padre le da cara, aunque sea para enviarlo a una clínica cerca de Vancouver, donde recibe terapia y algo de medicina alternativa. Cuando regresa a la Torre Echenique, encuentra a Pepe como administrador.

“Tu papá consideró que era el elemento más confiable, y, tratándose de ti, no pude negarme”, le explica.

Darío no quiere contradecir a nadie. En la clínica le repitieron mil y una veces el verbo “to release”, mil y una vez “to set free”, otro tantos “to take easy”, y para variar “to heal”. Pepe le entrega las cuentas de esos treinta y tantos días, pero Darío casi no revisa el detalle:

“Gracias. Hiciste bien en aceptar”.

“Por nada. Cuando necesites un amigo, aquí me tienes. Ahora tú te quedas a cargo y yo regresaré a lo mío”.

Darío piensa un par de segundos:

“no. Quédate. Aún te necesito”.

Desde esa mañana, ambos comparten la administración de la torre, las tareas en el penthouse y hasta la cama. El plan de Pepe para su amigo es simple y saludable: ejercicio. Poco a poco, va metiéndolo en el mundo del fisicoculturismo, al punto que cuando dos meses después Darío establece DE Management, su propia firma de representación para talentos, Pepe pasa a ser uno de los fichados. Casi al mismo tiempo también registra DE Real estate para aislar la administración de la Torre, dos fincas camino a la sierra y una casa de playa que su familia posee. Ni una palabra sobre la promesa de venganza que se hizo; no al menos que lo hubiese mencionado.

 


Por esos mismos días, el San Lázaro se queda a dos escasos puntos de ascender a primera división. Leandro está muy disconforme, y comienza a planificar una escuela de verano para futbolistas mientras espera el reinicio de la temporada al año siguiente; pero, cuando está en plenos preparativos, Alberto Madero decide adelantarle su regalo navideño: un contrato de tiempo completo como asistente administrativo en Sparking Advertising.

“Pero, ¿y el equipo?”, duda el futbolista.

“Cuando comience la temporada, lo decidirás”, le responde su jefe guiñando un ojo.

 


Ya un par de semanas antes se había lanzado el comercial que se filmó en Playa Norte tanto en la señal abierta como los canales de paga y servidores de video en línea… en todo el continente. Leandro no es consciente de lo que eso significa hasta que comienza a frecuentar lugares públicos donde antes pasaba como un chico guapo pero no tan conocido, a ser el “tú eres el del catálogo” o “tú eres el del comercial”; quizás un “te vi en Época Semanal” seguido de una especie de escaneo que suele terminar en sus nalgas.

“Menos mal que aún no detectan que también soy el chico del videoclip, porque ahí sí mi madre me cuelga de los huevos”, le comenta a Rico cuando van a comprar lo necesario para cenar en Nochebuena.

“Si no me reconocen a mí, peor van a reconocerte a ti, hermano”, le responde el muchacho.

Por supuesto que mucho contribuye el silencio pagado y bajo advertencia de Luna Estrella. “Tienes cuentas no muy claras con Impuestos”, le dijo una voz en el teléfono, “así que lo mejor será que sigas instrucciones”.

Aunque siempre existe cierto margen de error, como les pasa a Leandro y Rico cuando una semana después están tomando sol en Playa Norte justo a vísperas de Año Nuevo, y notan que dos chicas cuchichean. Las miran y les sonríen hasta que se les acercan y les preguntan de frente por el videoclip. Ambos chicos solo se sonríen mientras no muy lejos, Cintia mira la escena.

“¿Cuándo Leíto te dará tu lugar, hijita?”, reniega Adela, bajo un enorme sombrero y gafas oscuras.

“Son solo admiradoras, doña”, minimiza la chica. Aunque súbitamente, unas dos semanas después, Leandro se le declara, y ella casi termina desvanecida.

“Perfecto”, califica Madero. “Si vas a estar en este medio y la gente te ve sin pareja, te seguirá relacionando con Echenique, y… no es buena referencia”.

“¿Aunque no sienta nada?”, replica Leandro.

“Recuerda que en el mundo de la publicidad, lo cierto es falso y lo falso es cierto”, sentencia su jefe, mientras descansa a su lado tras uno de tantos encuentros secretos en el Condominio Las Flores, como corolario a la fiesta de cumpleaños del director creativo: treinta y seis velas había soplado. “La gente cree con facilidad lo fantástico, y nunca da por cierto lo real”.

“Lo real es que me estoy convirtiendo en versátil”, remata el chico.

“¿Y lo fantástico?”

“Que no lo hago nada mal”.

 

“Entonces quédate con él”. 

miércoles, 2 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 11.3: Conozco ese culo


Ya cerca de la medianoche, Darío termina de trabajar en su laptop, gozoso por la tarde que había pasado. Cierra el aparato, se frota la nuca, se levanta de su mesa de comedor y gana su sofá, toma el control, prende el LED. Sigue en el canal de videos musicales. Tras unos comerciales, se anuncia un estreno. Darío se arrellana esperando alguna novedad. ¡Y vaya que sí! Cuando la música comienza a sonar, la silueta a contraluz de un hombre y una mujer, aparentemente desnudos, gana la pantalla. El supermodelo sonríe pensando en la osadía de la producción. Entonces, algo le llama la atención en los créditos –Director: Roberth Peña—y le toma mayor interés.

“¿Y qué milagro no me contó de este proyecto?”, susurra.

Entonces, el rostro de Luna Estrella llena la pantalla.

“Ay, esa puta”, murmura.

Darío busca el control remoto, pero, como nunca, se esconde entre los cojines del sofá. Se da por rendido. En la pantalla, aparece la escena de la bañera, en la que la cantante es abrazada desde detrás por un amante que oculta su rostro, y, en medio del movimiento de Dolly, hay un efecto de fundido que cambia a otro hombre metido con esa mujer. Entonces, el ojo clínico del televidente nota algo en el brazo del modelo. No logra identificarlo del todo hasta que llega al coro y la cantante hace el amor con quien parece ser el mismo hombre sobre lo que parece ser el porche de una casa.

“¡Ay Dios!”, exclama Darío. “el otro puto de Rico Durán”.

Nuevamente el efecto de fundido, y ahora Luna Estrella es poseída por quien evidentemente es un segundo hombre. Y es cuando solo basta un parpadeo, un solo parpadeo, para ver un mentón y una boca que le son familiares. Darío abre sus ojos tanto como puede, hace rápida memoria mental, intenta hacer un poco de antropometría a puro ojo de buen cubero. Espera otra imagen.

“No puede ser”, comienza a ponerse ansioso.

Entra la escena de la cama donde no hay duda que uno de los modelos es Rico. El mismo Rico que hace un año despreció una carrera de pasarela y revistas de ‘buena’ reputación para explotar un mercado donde se sentía más a gusto y que a Darío le incomodaba: el entretenimiento para adultos. El mismo Rico que ahora se gana la vida haciendo taxi en un carro que el propio Darío financió.

“entonces, si uno es el putazo… ¿el otro es…?”

Darío niega con la cabeza y la ansiedad se acrecienta. Recuerda la noche del lunes anterior cuando fue buscando un acercamiento y se encontró respuestas evasivas y un ex amante hostil.

“No puede ser, ¡no puede ser!”

Darío halla su celular mientras un segundo cuerpo aparece de espaldas en pantalla y muestra su bien desarrollado trasero. Marca, timbra, nadie responde, nadie excepto una grabación indicando que el usuario del teléfono no está disponible. Insiste. El segundo hombre se acuesta sobre una excitada Luna Estrella, a quien le hace el amor de una manera vigorosa, solo azucarada por el efecto de slow motion, cuando en un segundo se hacen correr quince cuadros o menos como si fuesen treinta o veinticuatro. Y esa anatomía en pantalla, tanto como la del otro hombre yacente, la conoce de sobra. ¡Claro que la conoce de sobra!

 Darío no obtiene respuesta y no espera a que el videoclip acabe. Mientras va a la cocina, marca al director de la pieza. “Deje su mensaje”, le dice una grabación. Llama a un tercer número. Le cortan. Abre la refrigeradora. No está. ¡Maldita sea! ¿Dónde la pusieron? Se hiperventila. ¡Al diablo con todo!

 


Apenas pasada la medianoche, el ascensor en el piso tres se abre y un Darío fuera de sí camina hasta la sala de reuniones, abre la puerta como puede, entra, va a un pequeño almacén.

“Aquí estabas, mierda”, le dice mientras la toma de la tapa y la abre a la fuerza; la huele. La bebe olvidando toda su formación en etiqueta social.

“Me las van a pagar los tres”, se repite mientras gasta el licor. “¡Me la van a pagar los tres!”, se jura mientras otro sorbo de vodka ingresa a su boca, a puro pico de botella. Cuando despierta, está en lo que parece ser la habitación de una clínica y solo viste una bata de hospital. Tiene un suero conectado por vía endovenosa. Una enfermera ingresa, lo mira y lo saluda muy afable.

“¿qué día es hoy?”, pregunta el supermodelo.

“Miércoles, joven”.

“¿qué hago aquí?”

“Tranquilo. Te encontraron desmayado. Aparentemente, te intoxicaste”. 

lunes, 24 de octubre de 2022

el precio de Leandro 10: En bandeja de plata


Poco después del mediodía, aquel jueves, Leandro está almorzando en casa junto a su madre y Rico. Los dos tienen la boca abierta.

“Una mosca va a aterrizar ahí”, bromea el futbolista. “Bueno, yo también me quedé igual cuando me lo dijo”.

“¿Pero ese señor Madero es de confianza?”, reacciona Adela.

“Roberth fue quien finalmente me había recomendado con él. Además, no es un tiempo completo. Solo voy en las tardes  después de almuerzo: entro a las dos, salgo a las seis. No se cruza con el San Lázaro, no se cruza con los desfiles, sería una entrada fija y nos ayudaría a vivir un poco mejor”.

“Solo espero que no sea otro estrés, hijo”, comenta Adela.

“No”, descarta Leandro. “Éstos son serios y tienen otro tipo de proyección”.

“Lo digo por lo que te pasó con Darío”.

Leandro hace un gesto negativo con la cabeza a la vez que frunce el ceño.

“¿Y el comercial cuándo sale?”, interviene Rico.

“Me dijeron que un mes porque todavía tienen que editarlo”.

“¿Tanto tiempo?”

“Me dijeron que lo editarán en Estados Unidos. Lo único que sé es que lo pautearán luego de las diez de la noche, ya sabes,  por lo del Horario de Protección al Menor”.

“¿Sales desnudo, Leo?”, Adela se pone seria.

Leandro sonríe:

“Y mostrando las joyas de la familia”.

Su madre hace un gesto de regaño y se levanta de la mesa:

“De castigo, los dos me lavan los platos”.

El hijo hace un saludo militar y la madre se rinde entre sonrisas mientras se va a la cocina; entonces, Leandro se acerca al oído de Rico:

“También le hablé sobre ti y quiere conocerte”.

Rico vuelve a quedar con la boca abierta.

Inesperadamente, el celular del futbolista vibra; lo saca y mira la pantalla. Contesta:

“Genaro, hermano, ¿qué pasó?”

“Vente volando al club: quieren tu cabeza en bandeja de plata”, le dicen por el auricular.

Leandro palidece.

 


En un club del Distrito Centro Sur, Roberth y Madero se reúnen para almorzar. El director creativo se deshace en elogios sobre Leandro.

“¿Y crees que es buena idea contratarlo?”

“Pero, Roberth: tú mismo lo recomendaste”.

“Como modelo, no como asistente administrativo”.

“¿Desconfías de su talento? Hará ambos; además, estará en prueba tres meses, y si rinde, ya veremos”.

“No desconfío de Leandro en absoluto, sino de ciertas decisiones corporativas. Bueno, es tu empresa; nada más, no cometas la barbaridad que cometiste con Elías. Es lo único que te ruego”.

“Leandro no es Elías. Son el agua y el aceite. Además, no me lo menciones; quiero hacer buena digestión hoy”.

 


A las tres y media de la tarde, en la Torre Echenique, Darío trabaja cierto papeleo con la modelo que lo asiste administrativamente. Están en la sala de reuniones del tercer piso.

“Y eso es todo”, le anuncia la chica.

“Tranquila que yo meto los datos a la computadora como me lo enseñó Mauricio”.

La modelo se pone de pie, besa a Darío en la frente:

“Listo, mi príncipe; te llamo por cualquier novedad”.

Darío sonríe y agradece, regresa su mirada a su laptop donde alimenta cifras. Sin que se dé cuenta, a sus espaldas, la modelo coincide con Leandro en la puerta al momento de abrirla. Ambos se saludan. En tanto la chica se va, Leandro cierra la puerta y se acerca hasta Darío, quien al darse la vuelta, pensando que su compañera había olvidado algo, se queda de una pieza; no sabe cómo reaccionar.

“Hola” saluda el futbolista muy humilde, pero consciente que acaba de dar un nuevo jaque.

“Hola”, responde el supermodelo con ojos de huevo estrellado. “¿Cómo entraste?”

“eh, por la puerta”.

Darío sonríe, se levanta, abraza a Leandro y le da un beso en la boca. Leandro le corresponde con dulzura.

“Pensé que nunca más iba a verte”, le susurra el supermodelo.

“¿De dónde sacaste esa idea?”, le palmea una nalga el futbolista.

“No importa ahora eso; lo que importa es que regresaste y tenemos tanto de qué hablar”.

“Sobre el San Lázaro, por ejemplo. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué hiciste que suspendan el auspicio de la Fundación Echenique?”

“Es que… Leo…”

“¿Porque no me encontrabas? ¿Por eso? ¿Te das cuenta qué hiciste? No me perjudicas a mí solamente; es todo el club”.

Darío baja la mirada, no está plenamente consciente si su derecho a guardar silencio es y puede ser usado en su contra.

“¿Te das cuenta que has mezclado lo personal con los negocios?”, le recrimina Leandro con mucho cariño, sin levantar la voz. “El que tú y yo tengamos desacuerdos no tiene por qué afectar el resto, ni afectar a la gente. Tú sabes que no soy un delincuente”.

“Perdóname”, musita Darío con los ojos llenos de lágrimas.

“Yo te perdono”, Leandro besa la frente del supermodelo. “Pero quienes no me lo están perdonando son los directivos del club; me dijeron que lo resuelva o no volverán a convocarme, mucho más cuando ellos no habían solicitado el apoyo sino que les llegó… y tú y yo sabemos que fue tu iniciativa”.

“No pueden hacer eso, Leo; tú eres su mejor jugador”.

“Quizás. Pero también les inyecté dinero, y ahora por mi causa ese dinero se va; y si ese dinero se va, ahora sí me tocará irme a ver cómo me gano la vida”.

Jaque mate. Darío deja de abrazar a Leandro, va a su escritorio, busca su celular, mueve sus dedos sobre la pantalla y se lo lleva a la oreja.

“¿Doctor? Sí, soy Darío Echenique. Mire, lo llamaba sobre el asunto San Lázaro. Que todo continúe como se acordó inicialmente con el club… ¿No me escuchó? Ignore esa orden. Gracias”. Deja el celular en la mesa. “Está arreglado”, anuncia a Leandro.

“¿Cuándo se resolverá”, consulta el futbolista.

En pocos segundos, el celular de Darío lanza el Concierto de Brandenburgo número dos como timbre. Lo contesta. “Gracias, doctor; lo aprecio. Hasta luego”. Cuelga. “Está resuelto”, avisa a Leandro.

“Gracias”, le dice el futbolista con humildad. “No por mí; por el club”. Entonces siente una vibración en el bolsillo delantero izquierdo de su ceñido jean, saca su celular y lo contesta. “Genaro, hermano. Dime”.

 




Diez minutos después de besuqueos y caricias, Leandro y Darío regresan al tres cero uno de la Torre.

“¿Por qué acá?”, se extraña el ahora visitante.

“eh, no aguanto más como para subir siete pisos”, le justifica el anfitrión.

Se meten al no tan reciente dormitorio de Leandro, se desnudan lentamente y de a pocos, se tiran a la cama. En cuestión de minutos, y tras una meticulosa estimulación oral, Darío se sienta sobre el pene erecto de su amante y comienza a rebotar cual resorte. Cuando se cansa, tira su espalda hacia atrás, lo que Leandro aprovecha para alzarle las piernas y acometerlo.

“Hazme tuyo, mi amor”, repite el supermodelo una y otra vez mientras se autoestimula hasta explotar. 


Al anochecer, Darío recién llega al penthouse y encuentra a Pepe tirado en su sofá, vistiendo solo un bóxer y viendo un canal de videos musicales en la super pantalla LED.

“Te vas en este mismo momento”, ordena el dueño de casa.

“¿Cómo? No me puedes echar así por así, Darío”.

“¿No me escuchaste? Te pones ropa, agarras tus cosas y te vas ahora mismo”.

“Tenemos un acuerdo”, le aclara el moreno.

Darío se ofusca, va a su dormitorio, abre una gaveta secreta y regresa a la sala. Cuando pepe levanta la vista, el supermodelo le está apuntando con una nueve milímetros:

“Cuento diez, y que Dios me ampare”.

El hombrón abre sus ojazos y corre disparado al cuarto.

En la pantalla, Luna Estrella disfruta un baño de burbujas, y el trasero de un anónimo amante aparece por el lado derecho, mientras ella lo mira entre romántica y lujuriosa. Darío baja el arma y mira la pantalla. ¿Por qué le son familiares esas nalgas? Demasiada paranoia en un solo día, se autorrecrimina. Mejor, apaga la tele.