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viernes, 3 de junio de 2022

La hermandad de la luna 10.12

Esa noche, como a las diez y cuarto, Frank está acostado sobre la cama de Flor con las piernas levantadas hacia el aire disfrutando cómo la lengua de la chica le besa las velludas nalgas y luego va en busca de su ano. No solo jadea, gime. Alza los brazos, se frota la cara; a pesar de la oscuridad, cierra los ojos y se concentra en el intenso cosquilleo que se transmite por todo su organismo hasta que su mano no resiste la necesidad de tomar su pene erecto y sobarlo despacio. Entonces, siente algo entre blando y duro que toca su esfínter y lo masajea, carente de humedad y calidez.

“No me lo metas”, pide.

“Tranquilo, querido”, Flor le acerca su lengua otra vez.

Afuera, en el salón de máquinas, Adán y Pablo terminan de cuadrar las cuentas, casi sin hacer más comentarios.

“Será difícil reemplazar al negro”, al fin se anima a expresar el cuerpo de luchador.

Pablo lo mira y sonríe; le palmea el hombro izquierdo.

“Alégrate, enfócate en el alumno, dile que sí puede, felicítalo cuando termine la serie y la haya completado, ayúdalo a terminarla sin decirle que es débil, escúchalo… ese huevón hacía que todos nos sintamos como en casa, como patas de toda la vida, como que nuestros problemas no existían”.

Adán mira fijamente a Pablo.

“¿Qué dices?”

“Owen no era un instructor, Carrillo; era una filosofía de vida… Es, quiero decir”.

Adán sonríe, mira al salón lleno de máquinas, de espejos, de las tres fotos en la pared del fondo incluyendo la suya.

“¿Siempre pedirás tu baja, Chira?”

“Aún no lo sé. Me encanta la Policía, me encanta esta nota del gym; me encanta bailar… Creo que Frank es el único que tiene las cosas claras: me dijo que postulará a la universidad el año que viene y estudiará Administración, que ya habló en La Luna y le dijeron que sí, aunque también él tiene miedo por eso de La Estirpe. Me preguntó que se siente tener una pinga metida en el culo…”

“¿Qué le dijiste?”

“Que él debería experimentarlo por su cuenta, que yo puedo decirle muchas cosas, pero es mejor cuando uno explora sus propias sensaciones, como yo lo hice”.

“¿Cuántos años tienes, huevón?”

“Veinticinco, Carrillo”.

“Hablas como si tuvieras más”.

“Digamos que mi maestro del sexo homosexual tiene cincuenta años”

Ambos se ríen. Guardan todo e ingresan a la casa. Al entrar al pasillo, los gemidos de Frank y Flor se oyen claros. Los dos hombres se miran a los ojos, sonríen, apagan las luces y se meten al otro dormitorio, se despojan de sus ropas y suben a la cama entre besos, abrazos, caricias, placer.

En la pared del lado, Frank está acostado sobre Flor quien le hunde sus tobillos en medio de su trasero mientras éste mueve su cadera rítmicamente y con paciencia, procurando que su pene erecto estimule gentilmente todo el canal vaginal mientras sus labios, lengua y saliva dicen sin palabras que ése es el mejor momento del mundo que puede pasar y las manos no censuran ningún camino, lo mismo que sobre su cuerpo no hay ningún rincón prohibido.

Del otro lado, Adán descubre que Pablo tiene diecisiete centímetros deliciosos al paladar como centro de un cuerpo marcado y que no deja de agitarse tratando de envolverse en esa playa desierta que parece rodearlo poco a poco hasta que puede sentir la brisa y hasta escuchar el rumor del mar. Es cuando puede ver a Adán engullendo su pene entre sus nalgas; en compensación, él acaricia su atlético y lampiño cuerpo, le toma el miembro con ambas manos y se lo comienza a frotar. El sol brilla pero no achicharra; mas bien entibia el momento. Pablo cierra sus ojos sin dejar de sonreír. Siente cómo se libera del peso, y en medio de la oscuridad que lo envuelve otra vez, busca ese cuerpo firme para hacer exactamente lo mismo: no consigue salir del dormitorio, pero no se desespera; solo se deja llevar por el momento… un largo momento.

“¿Hay espacio para mí?”, pregunta Frank en voz baja mientras tantea la cama.

“Siempre hay sitio”, responde Adán.

Las manos del más joven tocan la cara de Pablo y le acerca la suya; lo besa en la boca mientras se arrodilla con cuidado. Adán entiende el mensaje, entiende por qué Frank le pone la entrepierna en su cara y comienza a chupársela, luego le practica un largo beso negro, mientras la mano traviesa del recién llegado explora el pene y debajo de los testículos de Pablo.

“¿No te duele?”, pregunta.

“¿Quieres probar?”, lo desafían.

Frank lo duda en ese momento. Tiene menos de dos semanas para la siguiente luna nueva. Es más que suficiente para tomar una decisión, piensa.

Mira un video aquí.

Dos noches después, el sábado, Juan lee por segunda vez el documento de cinco páginas que Tito logró recuperar de una notaría en Collique. Los dos están junto a Alvin, en uno de los cuartos de visitas de la casa grande, totalmente desnudos pero relajados. Tito coloca una mochila llena sobre una mesa.

“esto es sin dudas un adelanto de herencia”, dice el fiscal  a Tito. “El asunto es que…, bajo las circunstancias actuales, no sé cuánto valor llegará a tener; pero por ahora es perfectamente legal aunque discutiblemente aplicable”.

“¿Quieres decir que Elga repartió las propiedades?”

“No exactamente. Transfiere La Luna a propiedad de Charlie, Édgar y tú, pero siempre que se constituyan como una sociedad de responsabilidad limitada; y, bueno, ahora que sabemos la verdad del gimnasio y del club, pide que se les incorpore como unidades de negocio de la nueva empresa”.

“Podrían llamarla La Estirpe”, interviene Alvin.

“No aconsejo crear la nueva empresa porque todo está muy confuso aún en términos legales, quiero decir”, acota Juan.

“¿Como tu situación matrimonial?”, bromea el biólogo

Juan sonríe.

“eso sí lo tengo claro: el lunes iniciaré los trámites del divorcio… al demonio si Collique dice que soy un fiscal gay… No tiene sentido estar en algo que no te genera comodidad y va a ser un mal ejemplo a la larga para mis hijos”.

Alvin se incorpora y besa en la boca a Juan.

“Bienvenido”, le sonríe.

“Pero no entiendo por qué recién meten al AMW y al GGG o como se llame en el adelanto de herencia”, interrumpe Tito.

“Pues, lo único que se me ocurre es que ella quería dejarles a ustedes el pleito con Christian Esteves, en lugar de lidiarlo. Elga conoce mejor que nadie los negocios de Manolo Rodríguez, y ante todo lo que pasó, tenía una papa caliente encima: juego de lealtades, remordimiento de última hora. Una cosa es manejar a Elga, pero otra distinta es enfrentar a la Estirpe, a la que Christian había renunciado. ¿Divide y vencerás? ¡Nunca iba a funcionar con ustedes!”

“¿Christian quería matarme, Juan?”

“es una posibilidad, Joey”.

“El ADN de la ropa empapada en sangre coincide con las muestras que estaban en tu vereda”, agrega Alvin. “El tal Valdivia”.

“El plan era perfecto: amedrentamiento, y si no funcionaba, asesinato”, continúa Juan. “Pero es como si alguien les hubiese salado todo: el extraño colapso de los matones, la carpeta lila, hasta diría que la propia movida torpe del comisario, si fue él, al armar esa campaña contra Owen… es como si el plan hubiese estado hecho para ser un fracaso… bueno, estamos hablando de Christian, ¿no?”

Una luz llega a Tito cual ráfaga.

“Owen… Fue Owen… ¿Recuerdas lo que te contó Chira?”

“Primero lo sometería a un examen toxicológico y un peritaje psicológico”… no sé… esas supuestas visiones, esos cambios de conducta… los policías son sometidos a mucho maltrato durante su formación y no descarto falsos recuerdos por un síndrome de estrés postraumático”.

“¿Un qué?”, se extraña Tito.

“Una mente desconfigurada que no diferencia entre realidad y fantasía debido a un evento muy malo que le pasó”, intenta explicar Alvin.

“Pero él sabía toda la verdad todo este tiempo”, insiste Tito. “¿Tú crees que está loco?”

“Lo que nos regresa al inicio de esta discusión: legalmente, más que soluciones, ahora es cuando comenzarán nuevos líos, especialmente ahora que Cruz Dorada ha quedado como una enorme organización criminal que traficaba terrenos, compraba autoridades, medios, voluntades y hasta vidas”.

“Todo lo que Owen nos dijo que pasa en los países donde trabajan”, añade Tito.

“Si hay un modus operandi internacional, me parece que lo más inteligente será hacer el caso… internacional”, aconseja Juan. “No será el primer ni el último caso de corrupción transnacional, desgraciadamente”.

Tito saca algo de la mochila, lo extiende y se coloca una túnica de lana; alcanza otras dos y las deja sobre la cama.

“Es hora. Vamos”.

Los tres se ponen en marcha por en medio de la finca hasta llegar a la acequia y pasar al camino secreto, pero en lugar de ir a los algarrobos que rodean la laguna, suben la lomita. En la cumbre, Carlos y César están arrodillados frente a un fuego amarillo cuidando que no se apague. Tito, Juan y Alvin se hincan en silencio. Los cinco miran las flamas danzando en la fría noche, dejando escapar chispas, disfrutan la calidez y la luz.

Og ya está listo”, advierte Tito. “¿Seguimos esperando?”

“No”, anuncia alguien a sus espaldas.

Carlos y Tito miran a donde sonó la voz y sonríen; Alvin queda boquiabierto, Juan trata de mantener la serenidad, César está tranquilo y satisfecho.

“Perdonen la demora””, dice el hombre de recio y armonioso cuerpo que, desnudo y erecto, se sienta al lado de Carlos y le quita la túnica dejándolo también desnudo mientras lo besa en la boca hasta que su pene se eleva y engrosa por completo.

“Prosigue”, le dice.

“Gracias, Manolo”, sonríe el capataz.

Entonces, las flamas amarillas del fuego se tornan rojas, y en el cielo, las nubes se despejan para que la última luna llena brille con fuerza. Sobre sus cabezas, un lucero verde se forma y comienza a revolotear en espiral. . Sobre la cima de la lomita, los cuatro hombres que restan se quitan las túnicas y comienza la ceremonia de iniciación que terminará casi con los rayos del nuevo día en una orgía que admite todas las combinaciones posibles.


  

viernes, 11 de marzo de 2022

La hermandad de la luna 9.4

Christian llega hasta la plaza principal de Santa Cruz y se estaciona cerca de la comisaría. Al alcanzar la puerta se queda de una pieza, pero se repone casi instantáneamente.

“Pablito, dichosos los ojos que te ven”.

El guardia intenta conservar la serenidad, casi sin éxito:

“Buenos días, licenciado. ¿Cómo le puedo ayudar?”

“Venía a ver al inútil de tu jefe, pero creo que tú me serás más eficaz. ¿A qué hora termina tu turno?”

“Mediodía, licenciado”.

“Búscame en Collique; sabes de sobra dónde vivo”.

“Tengo que regresar a las cuatro, licenciado”.

“Vas a tener tiempo de sobra, suboficial Chira; además, yo invito el almuerzo y el postre… o al revés”. Christian guiña un ojo.

“Yo lo llamo, licenciado”, responde el aturdido policía.

“Ni se te ocurra fallarme”.

Christian regresa a la camioneta. Apenas abre la puerta, una llamada entra a su celular.

“Buenos días, Nava. Dígame”.

“¿Por dónde estás, Esteves?”

“Pues… aquí, en Collique haciendo unas diligencias. ¿quiere verme?”

“Ya te estoy viendo, Esteves, y solo tengo algo que decirte: aléjate de donde estás porque si la cagas, olvídate de nuestro convenio”.

Nava le corta la llamada y Christian se pone a ver a todos lados, especialmente a la puerta de la comisaría: Chira parece mirar y tocar algo en su celular.

Mira un video aquí. 

Bordeando el mediodía, el abogado llega al departamento que pertenecía a Manolo en el sector sur de Collique, va al escritorio y revuelve papeles; luego abre un estante donde hay más de ellos. Revisa algunas carpetas hasta que se topa con una de color lila. La abre y su rostro se ilumina psicóticamente.

“No, Nava, el que te va a cagar soy yo”, maldice.

Toma su celular y busca un contacto; lo llama.

“Doctor Esteves, ¿qué pasó?”

“Juan, necesito verte urgente: necesito tu ayuda”.

“ehhh… Estoy en una diligencia ahora mismo”.

“Juancho, no te niegues, por favor”.

“Perdone, doctor Esteves, le llamo luego”.

Juan le corta la llamada.

“¡Maldito hijo de puta!”, se enfurece el abogado.

Su celular vuelve a sonar.

“Ya estoy libre, licenciado; me baño, cambio y vo…”

“No te molestes en venir, traidor de mierda. ¡No te molestes en venir, carajo!”

Christian corta la llamada. Lo rellaman, pero él no responde. Piensa, y piensa mucho. Toma su celular y busca a otro contacto.

“¡Chris de mi vida! ¿Cómo estás, amigo?”

“Bien, Saulito”, disimula. “¿Qué haces, amigo?”

“Nada, amiguis”.

“Ah, qué bueno, porque quería proponerte algo, Saulito”.

“Mmmm… ¿Qué será?”

Mira otro video aquí. 

En la finca, los tres peones tratan de relajarse trabajando entre los limoneros.

“está echando más flor tu tamarindo, primo”, comenta Adán.

“Bien raro porque está haciendo frío”, observa Tito.

Frank sonríe solamente, cuando el radio de los tres suena.

“Sobrino, la señora Elga te necesita urgente; con La Estirpe, vamos donde Yup”.

“No son buenas noticias”, comenta Tito. “Bueno, para Frank sí”.

“Para algunos no serán buenas noticias”, añade Adán.

Frank llega hasta el despacho e ingresa.

“¿Mandaste llamarme?”

Elga luce algo sombría:

“¿A qué hora sales hoy?”

“Apenas termine de almorzar, antes de las dos”.

“¿¿qué tal es la comida en Santa Cruz?”

“Más o menos. ¿Por qué?””

“Quiero que me lleves a almorzar fuera”.

Frank piensa que elga se acaba de volver loca.

Tito y Adán llegan hasta los algarrobos junto a la laguna y comienzan a desvestirse.

“Parece que serán los últimos ritos”, dice el primero.

Adán prefiere no confundir más a su primo con la propia confusión que no le permite ver nada claro en su mente. Entonces, Carlos llega con una mochila vieja.

“¿Y la que te regaló Manolo?”, le pregunta Tito, ya desnudo.

“La lavé y todavía no se seca”, sonríe el capataz mientras comienza a quitarse la ropa.

Una vez frente a la laguna, los tres varones se inclinan respetuosamente hasta que sus frentes tocan el césped que rodea la fuente.

“Senos propicia, Yup”, ora Carlos.

Los tres se ponen de pie. El capataz se calza su especie de mitra en forma de media luna, mientras Adán y Tito se colocan sus cascos. Carlos les unta resina aromática de palo santo, a la vez que ambos se toman de las manos y piden mentalmente que el ritual atraiga algo de buena suerte a sus vidas y al lugar por el que han trabajado por más de una década.

“Ahora”, indica Carlos.

Tito y Adán se ponen en guardia, se rodean; al mismo tiempo ambos se asaltan y comienza la lucha cuerpo a cuerpo. Cruzan sus brazos, juntan sus pechos, se apoyan tensando todos los músculos de sus piernas y traseros. Rugen tratando de derrotarse pero el combate está muy parejo. Por momentos, sus penes flácidos se rozan. Entonces, Tito logra que Adán pierda el equilibrio y logra hacerlo caer de espaldas sobre el césped; se acuesta encima tratando de someterlo, peroAdán consigue abrir sus piernas e intenta una llave que le permite rodar y ponerse sobre su primo. Se sienta en su pene y le inmoviliza los brazos con sus manos; comienza a mover sus posaderas, logrando que Tito erecte. Éste abre sus piernas también y vuelve a poner a Adán bajo su cuerpo para continuar frotando su miembro contra el del otro hombre, inmovilizándolo. Poco a poco, el pene de Tito va ingresando en el ano de Adán. LA cópula ritual comienza. Pasados varios minutos, el gladiador ruge.

“Las di”, anuncia entre jadeos. Es cuando Adán comienza a masturbarse hasta disparar su semen sobre su bien trabajado vientre. Entonces, Carlos se arrodilla dejando la cabeza de Adán entre sus piernas y también se masturba hasta eyacular. Como ai apaec mira las ráfagas blancas sobre el torso del guerrero vencido.

“Mucho poder en camino como un río fuera de control en verano”, pronostica.

Tras el baño ritual en la laguna, Carlos llega a la casa grande: Frank está calentando la motocicleta en el patio principal y Elga baja las escaleras con una mochila llena.

“Organiza los tiempos para que los chicos no se recarguen de trabajo”, instruye la mujer.

Carlos asiente.

“No sé qué harás, pero ten muchísimo cuidado”.

Elga no le responde; solo se le acerca y le da un beso cariñoso en la mejilla. Se va.

Shi te bendiga”, el capataz dice cuando ella está ausente.

  

viernes, 28 de enero de 2022

La hermandad de la luna 8.4

En casa de Tito, Flor ingresa a su dormitorio, en cuya cama Frank ya está acostado. Ella se quita toda la ropa, levanta la cobija y se mete también. Comienza a besar la espalda del muchacho, siente su cuerpo desnudo y lo acaricia hasta llevar su mano al pubis velludo.

“Flor, tengo que madrugar mañana”.

“Por eso vine temprano, queridito”.

Frank suspira: si se queda allí estático, ella va a desilusionarse; si procede, mañana despertará cansado, además de que si lo necesitan para otras labores, quizás no se sienta cómodo.

“En serio, tengo que dormir”.

“De acuerdo”.

Flor abandona el lecho, vuelve a vestirse y sale del dormitorio. Ya solo, Frank comienza a llorar.

Mira un video aquí. 

En la finca, Elga recibe una llamada a su teléfono.

“Sí, te entiendo”, dice.”Mantenme informada”, por favor.

Cuelga y se siente algo ansiosa; también siente una inexplicable tristeza, cierta melancolía, una atracción rara. No es el primer hombre que prueba; pero, ¿qué lo hace tan especial? La gente se reiría de ella si confiesa que un sentimiento parece haber germinado, porque hay gente que la cree incapaz de ello.

“No eres más que la mujerzuela a quien mi marido le dio su apellido para asegurarle un sitio donde caerse muerta”, le dijo Esmeralda, visiblemente dolida, cuando se organizaba el funeral.

“¡Lúcete! Tú eres la señora ahora”, la animó Manolo alguna vez.

Pero ella siempre se negó, siempre evitó a ese círculo social en el que su esposo se movía hábilmente a pesar de todo.

“Yo sé que él te dio la estabilidad, pero yo te doy buen sexo”, solía repetirle mas bien Christian desde que ambos comenzaron a acostarse.

Elga prefiere tomar aire. Se abriga, abre la mampara y sale a la terraza a contemplar la luna llena y las estrellas, las luces no tan lejanas de Santa Cruz. Mira la piscina imaginando el cuerpo perfecto al desnudo de Frank emergiendo del agua fría, impulsándose a la orilla, acercándosele con una sonrisa, despojándola de su bata, tomándola de la mano e invitándola a sumergirse abrazados, haciendo el amor dentro de la fuente. Elga no evita excitarse, pero también tiene mucho sentido de la realidad: Frank no está esa noche en la finca, así que no tiene mucha lógica seguirle dando alas a tal fantasía. Un resplandor amarillo aparece en el rabillo de su ojo izquierdo; voltea: debe ser alguien caminando con una linterna, o al menos eso espera. ¿Y si fuese alguna de esas raras cosas que la gente ha dicho por largo tiempo que suceden en La Luna? Cierto temor la invade; reingresa al dormitorio, cierra la mampara, corre la cortina y se mete a la cama. Toma su celular, busca un número y llama.

“Deje su mensaje después de la señal”, le responde la grabación.

Pero, ¡un momento!, seamos racionales, piensa. A lo mejor era Tito o Carlos yendo a alguna parte. Corre la cortina, reabre la mampara, sale al balcón otra vez. La noche sigue igual excepto que la luna llena está más alta en el cielo. Respira el aire frío y se repite que no hay nada que temer. Entonces, un tímido destello verde parece flotar en el aire. Se frota los ojos. No parece ser una visión. Lo que parece una débil pulsación se hace más y más intensa. Elga toma su celular, remarca la última llamada y espera.

“Don’t be afraid”, escucha lentamente en el auricular.

“¿Eres tú?”, Elga pregunta asustada.

Nadie le responde; entonces, remarca. Escucha el tono de línea caída. Mira la pantalla: Sin servicio.

Sorpresivamente, la luz parece cobrar vida, dar suaves vueltas en el aire, y conforme revoluciona, va describiendo una espiral en el sentido de las agujas del reloj. Elga  puede jurar que se está acercando con cada vuelta. Su sentido de protección le pide refugiarse en el dormitorio, pero algo más fuerte la paraliza y mantiene boquiabierta. Entonces, el punto luminoso se detiene casi encima de ella y lanza un especie de rayo blanco.

Mira otro video aquí. 

Inexplicablemente, en lo alto de la lomita que tanta curiosidad le había dado a la mujer, dos figuras humanas con un extraño tocado en forma de media luna y túnicas blancas con diseños geométricos están arrodilladas flanqueando un pequeño fuego. Como si invisibles cuerdas se los permitiera, se ponen de pie sin apoyar las manos en el suelo. Uno le quita la túnica al otro, y el otro hace lo mismo recíprocamente. Debajo no tienen nada. A la luz del pequeño fuego, es posible notar dos cuerpos bien esculpidos en los que poco a poco sus penes comienzan a crecer y a elevarse. Cuando consiguen toda su erección, ambos sujetos se acercan, tocan las palmas de sus manos, rozan sus falos, y con leves movimientos de cinturas los hacen luchar. Susurros, como si una multitud estuviera presente, se oyen alrededor. La sutil lucha pélvica continúa hasta que la luz verde que sobrevuela el lugar hace evoluciones más cerradas siempre dibujando una espiral en el cielo, que termina justo sobre los dos varones, los ilumina con un haz blanco. Es cuando detienen el movimiento de sus caderas y copioso semen comienza a caer de sus miembros. Una vez que esa rara forma de eyacular termina, la luz poco a poco se diluye en el aire y el fuego que estaba a sus pies se apaga. Solo queda la luz de la luna llena. Igual, como si una cuerda los suspendiera desde arriba, ambos lentamente se hincan sobre el suelo.

Mira un video más. 

El timbre de un celular suena. Elga abre los ojos. Está bañada en sudor, desnuda sobre la cama, sin cobijarse, muy lubricada de la entrepierna. La mampara de la terraza está cerrada lo mismo que la cortina. Trata de recobrar el aliento, busca el teléfono y lo contesta.

“¿Hola?”

Ya no hay nadie en línea. Rellama.

“¿Aló?”, responde una voz masculina en el auricular. “¿Elga? ¿estás bien?”

“Sí… sí lo estoy… “

Mira otro video más. 

Pasadas las once de esa noche, una motocicleta corre a cierta velocidad por la carretera junto al canal. Dos personas con casco y traje antiabrasiones van a bordo. Al llegar a la entrada de Santa Cruz, se detienen. El conductor saca un celular de su bolsillo y se quita uno de los guantes, revisa algo en la pantalla; el otro carga una mochila en la espalda.

“Vamos bien”, suspira el primero. “Cinco cuadras adelante y listo”.

“Menos mal, se alivia el acompañante.

  

domingo, 28 de febrero de 2021

La hermandad de la luna 1.3

A un cuarto para las dos, los tres amantes salen al patio delantero donde Adán y Carlos descansan tras almorzar.

“Tienes la tarde libre”, congracia Manolo a Tito.

“Quisiera, pero hay que vigilar ese tamarindo”, se excusa el peón.

Manolo se sonríe al comprobar la lealtad que, tres décadas después, se mantiene indestructible.

“¿Y no regresaron los de Cruz Dorada?”, consulta el dueño a Carlos.

“Desde esa vez que los sacaste a balazos, no”, informa su capataz; “pero sí los he visto rondando por el canal”.

“¿De todas maneras no venderás la finca?”, consulta Adán.

“Estás loco”, responde Manolo. “Estas veinte hectáreas están produciendo, y produciendo bien: mango, maíz, tamarindo, jatrofa, palta, maracuyá. ¡Todo lo estamos vendiendo! Y con su trabajo, esta tierra realmente está dando un gran rendimiento, todo orgánico. ¿Qué se siente que el fruto de su trabajo llegue a un supermercado de Nueva York, Madrid, Amberes, Bruselas, Turín?”

“Y no te olvides el banano que se va para California y Oregón”, agrega Carlos.

“¿Se dan cuenta?”, arguye Manolo. “¿Qué garantía hay que Cruz Dorada respete el valor y el poder de su trabajo?”

“Además, está… eso”, agrega Carlos.

Manolo palmea el hombro del capataz, le sonríe:

“Nos vamos”.

Christian y él se suben a la camioneta y parten tomando la pista al lado del canal.

“¿Ya le dijiste cómo Oj cambió de amarillo a azul?”, se adelanta Adán a Carlos.

“No, no me parece oportuno”, se justifica el capataz. “Manolo confía demasiado en Christian”.

“Y por lo visto, cacha mucho con él”, murmura el fornido Adán, aunque no tan despacio como para pasar inadvertido. “Él y Tito”.

“Tú también has cachado con él, yo también he cachado con él”.

“No por placer, Carloncho; no como ellos”.


 

A lo largo del canal no hay mucha agua pero tampoco está escasa.

“Sabes que fue torpe correr a los empleados de Cruz Dorada como lo hiciste”, observa Christian.

“No les dio la puta gana entender que yo no vendo la finca”.

“Manolo, ¡han triplicado el precio por lo que realmente cuesta La Luna!”

“La finca La Luna, mi finca, no está en venta. Fin de la discusión, Christian. Mas bien, nunca terminaste de decirme por qué ya no quieres participar con los muchachos”.

“Porque, querido Manolo, ya no soy el chico que rescataste en ese cuartel hace trece años; me hiciste crecer”.

Entonces el abogado divisa en la orilla del canal a un hombre negro, alto y completamente desnudo, una cadena de hierro esposando sus manos. Parece que lo mira fijamente. Christian se queda sin habla. Cuando al fin puede parpadear.

“¡Frena, Manolo!”

“¿Qué pasa?”

La camioneta se detiene en seco, Christian sale y casi se va cuerpo abajo al pequeño caudal; recupera el equilibrio, y cuando mira camino atrás, no hay nada. Va corriendo hasta el punto donde vio al negro musculoso. No puede ser. Ni huellas, excepto un leño de zapote.

“¿Qué tienes?”, Manolo le da alcance.

“Vi algo… ¡vi a alguien!”

“Hablas huevadas; necesitas un buen almuerzo, especialmente luego de ese trío que hicimos”.

Manolo abraza a Christian y casi lo fuerza a regresar al vehículo.


 

Esa noche, Adán hace su ronda armado de escopeta, linterna y radio. Ilumina a los lados en la oscuridad de las diez de la noche. Corre un viento muy frío, así que está bien abrigado.

“Mango sector dos, despejado”, informa presionando el botón del radio.

“Mango sector dos, despejado”, confirma Carlos mediante la bocina del artefacto. “Pasa a las paltas”.

Adán camina unos veinte metros más hacia la casa grande. La noche es serena, apenas un mosquito, los incesantes grillos, una que otra libélula, el resplandor intenso de Collique a la izquierda, el leve resplandor de Santa Cruz, el pueblo más próximo. El cielo sobre su cabeza luce encapotado y negro. Un par de ojos rojos aparecen en el camino. Adán sonríe.

“Zorrito, zorrito, ¿horas de cacería?”,

Al fin llega a los paltos y lo mismo, dirige la linterna en cada fila de árboles, las recorre poniendo su escopeta en ristre. A pesar de la seguridad en torno a La Luna, siempre habrá quien ose violarla y se escabulla para cosechar lo que jamás sembró, aunque nadie ha pretendido incursionar en la propiedad por miedo.

“Tío”, le preguntó alguna vez Frank a Carlos antes de ir a su prueba para conseguir el puesto, “¿qué hay de cierto sobre la luz verde que sobrevuela la finca?”

“¿Luz verde? ¿Cuál luz verde, sobrino?”

“Dicen que se ve a medianoche desde el pueblo”.

“La gente habla huevadas”, siempre ha sido la respuesta de Carlos.

Precisamente en el pueblo, donde falta una buena posta de salud, donde la escuela está en malas condiciones, donde las pistas se están cuarteando, donde la basura se acumula a la entrada y la salida, hay dos tipos de negocios que siempre están en excelentes condiciones: los restaurantes turísticos y el AMW Gym, administrado por Tito. (“¿Cómo mierda se pronuncia ese nombre?”, le pregunta Adán, uno de los alumnos habituales, constantemente). Precisamente, Frank sale de la ducha ya abrigado y listo para irse a casa. En la mesa de recepción, Tito cuadra caja.

“¿Está todo en orden, jefe?”, verifica el muchacho.

“Sí, como siempre”, da conformidad Tito. “Ahora que vas a trabajar en la finca, vamos a ver cómo nos multiplicamos”.

“¿Y no hay otro instructor que pueda hacerse cargo cuando tú o yo no podamos? ¿O piensas cerrar el gimnasio?”

“Ni cagando, Fran. Si pasa algo en La Luna, éste será mi refugio económico. Vete a casa que mañana debes madrugar a tu nueva chamba”.


 

De vuelta en la finca, Adán termina su ronda nocturna y regresa al puesto de vigilancia, donde Carlos tiene un escritorio  sobre el que se haya una laptop hábilmente colocada para que el visitante no vea el contenido: imágenes en directo generadas por varias cámaras estratégicamente conectadas a lo largo de la finca y dentro de la casa grande; incluso hay un par en la entrada de la pista.

“¿Qué tal se me ve en HD?”, bromea Adán.

“Más horrible que en persona”, barbea Carlos.

“Los tamarindos de Tito no andan muy bien que digamos, y deberíamos hacer algo aprovechando que es luna nueva”.

“¿Estás cargado?”

“Completamente. ¿Tú?”

“Creo que sí”.

“Si no estás seguro, tenemos tres noches más, y creo que soy el único acá que sí puede guardar abstinencia”, ironiza Adán.

“De una vez vamos porque esas plantas no pueden esperar más tiempo”, acepta el capataz.

Ambos (Carlos porta una mochila) van avanzando a lo largo de la propiedad siguiendo el recorrido de una acequia, la principal. Cada cierto tramo se detienen y abren una pequeña compuerta. Por ahora el curso está húmedo, algo barroso debido a que esos días han estado regando otros sectores de la parcela. Llegan a la fila de overos, saltan la pequeña zanja, toman el camino secreto, ubican los algarrobos. El capataz abre su mochila y saca una botellita, se la ofrece a Adán, quien la abre y toma tres sorbos.

“¡Asssuuuuuuu!”, exclama al sentir cómo va raspando la garganta. Se la devuelve a Carlos, quien lo imita.

“Está potente”, comenta el peón.

“¿Ya te comenzó a hacer efecto?”, consulta Carlos.

“Poco a poco”.

El capataz saca unas prendas con peculiares triángulos de líneas negras dentro de los que hay círculos negros seguidos de triángulos negros donde hay círculos vacíos. Le da uno a su compañero, quien ubica la saliente de uno de los árboles y comienza a desvestirse por completo; Carlos hace lo mismo. Ya desnudos, avanzan por el camino encementado hasta la orilla  de la lagunita cuyo recipiente también ha sido reforzado con concreto para evitar al máximo la filtración y la erosión del suelo. Carlos y Adán se ponen las prendas en la cabeza y abren un frasquito de Agua de Florida.

“Se benévola, Yup, así como nosotros te protegemos con amor”, ora el capataz.

“Se benévola, Yup”, repite Adán.

El primero lanza un chorro del Agua de Florida al agua de la laguna y súbitamente el viento cesa, deja de hacer tanto frío. Carlos se inclina hasta poner su cabeza en contacto con la fina grama de las orillas, y Adán se arrodilla tras él en la misma posición. Esperan varios segundos.

“Yup aceptó la plegaria”, avisa Carlos. “Ahora exige nuestra ofrenda”.

Sin perder la posición, Adán se adelanta un poco hasta ganar las nalgas algo velludas de Carlos, las toma, las acaricia de adentro hacia afuera, acerca su boca y comienza a lamer el ano. Lo hace con sumo cuidado, respeto. Mete la lengua ampliando el esfínter, humedeciéndolo con su saliva. Logra expandirlo. Se arrodilla detrás de él y hace crecer su pene a punta de un lento masaje. Cuando está duro y bien lubricado, lo comienza a introducir lentamente. Carlos jadea y respira profundo y lento. Adán comienza a mecerse concentrándose en la imagen de unos ffrutales reventando de producción mientras sonríe para sí mismo; imagina el agua saciando la sed de cada planta, cada árbol, saciando su propia sed, limpiando su cuerpo, permitiendo preparar sus alimentos. ¡Oh, cuán bendita es el agua aquí! Siente la proximidad del orgasmo.

“Estoy listo”, avisa.

Saca su pene, se pone de pie, camina hacia la laguna hasta que le cubre medio cuerpo y detrás Carlos hace lo mismo. Ambos se masajean sus falos dentro del agua hasta que el semen de cada cual se dispara en lo cristalino. Salen de inmediato y caminan hasta un extremo de la piscina,, abren una compuerta, dejan fluir el líquido. Mientras esperan un tiempo prudencial, se ponen frente a frente, se abrazan con dulzura, se dan un beso profundo en la boca. Una luz verde sobrevuela el lugar. Cierran la compuerta y regresan hasta el punto en la orilla donde copularon. Carlos saca una raja seca de palo santo y le prende fuego. Ambos varones se arrodillan a contemplarlo en silencio. La flama amarilla progresivamente se vuelve verde. Buen augurio. Sin embargo, una súbita ráfaga fría de viento corre, y los dos hombres se miran con cierta alarma.

Oj se puso azul”, Adán rompe el silencio.