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sábado, 17 de septiembre de 2022

ASS (46): Juan y Paco cachan en la parcela

Tras una noche de algunas copas, una noche de rico sexo termina de mala manera.



Casi a las once de la noche del domingo, Paco sale de un barcito de poca monta en una calle céntrica de San Sebastián. Se llama El Cimarrón y es punto fijo de levante gay. Pero esa noche no fue muy propicia que digamos. Con tres copas de vino encima, lo único que ha conseguido el docente es aplacar un poco su sensación de frío. Al llegar a la esquina para tomar el mototaxi, cruzando la acera viene andando un chico que no había visto antes en la ciudad. Se le nota delgado pero no escurrido, algo atlético. Paco no lo pierde de vista; de hecho, cruza y se le coloca muy al alcance. Nota que el muchacho parece estar buscando algo.

“Hola”, al fin le lanza cuando lo tiene muy cerca.

“Hola”, le responde el chico pero pasa de largo. O casi. “Perdona, busco la calle Los Cardos, ¿sabes dónde está?”

“Te puedo llevar”, le responde Paco con cierto gesto coqueto.

El muchacho sonríe, agradece y accede.

Al llegar a la calle indicada, el paseo a dúo parece finalizar.

“Ya, aquí me oriento al paradero de mototaxis”.

“Pero esas mototaxis van al campo”.

“es que cuido una parcela acá cerca de la ciudad”.

Paco se desilusiona un poco:

“Ah, tienes que regresar a ver a tu familia…”

“No, yo la cuido solo. El dueño es de aquí, pero vine a cenar donde unos familiares y me hice tarde”

“¿Quién es el dueño?”

“Un señor llamado  Julio… ha sido futbolista”

El cerebro de Paco parece despertar. Finge buscarse algo en el bolsillo y poner cara de preocupación.

“¿Qué te pasa, pata?”, pregunta el joven.

“Mierda… no saqqué las llaves de mi casa, ya a esta hora mi vieja no me abre la puerta ni cagando”.

“¿Qué harás?”

“Pasar la noche en la calle, pues… ¿cómo me dijiste que te llamas?”

“Juan… mucho gusto”.

“Yo soy Paco… Tendré que buscarme una cómoda banca en un parque y pasar la noche ahí”.

“Pero… hace mucho frío, es peligroso”. El muchacho parece reflexionar algo. “Tengo una idea, Paco”.

Veinte minutos después, una mototaxi los deja en la puerta de madera que accede a la parcela de Julio, y cinco minutos después, en el cuarto que ocupa Juan.

“Hace más calorcito aquí”, comenta Paco sonriendo.

“Sí, de hecho yo duermo calato… como nadie entra aquí”.

“Ah, que coincidencia”, finge Paco. “Yo también duermo calato en mi casa”.

“Durmamos calatos, entonces”, invita Juan. “Total, somos hombres, ¿no?”

No pasan ni dos minutos, y ambos varones ya están desnudos dentro de la cama, tapados con esa gruesa colcha de alpaca.

“¿Se siente rico dormir calato, no?”, prosigue Paco.

“Sí”, confirma Juan. “Y más cuando se te para la verga”.

“¿Tienes la verga al palo?”, pregunta Paco fingiendo inocencia.

“Duraza”, sonríe Juan en la oscuridad.

“No te creo”, finge refutar el docente.

“Tócala… si quieres”, dice el otro chico, pero la invitación viene con cogidita de mano bajo la colcha a lo que Paco no se hace de rogar: efectivamente, el pene del muchacho está duro y grueso.  Paco lo toma y comienza a explorarlo.

“¿Cuánto mide?”

“No sé. ¿Por qué?”

“Es grandecito”.

“¿Tú crees?”

“Sí”, responde paco.

“¿Quieres… chupármelo?”

Paco entiende que hace rato le han sacado línea y que no vale seguirse con rremilgos. Sonríe en la oscuridad. Se interna bajo la colcha, recorre con su mano libre el marcado cuerpo de Juan y llega a su falo. Lo huele un poco. Parece limpio. Abre la boca y le lame la cabecita en círculos.

“Rico, carajo”, suspira Juan.

Poco a poco, Paco se va metiendo un ttrozo más del pene erecto dentro de su boca hasta tragárselo todo. Como su culo está a la altura de la cara de Juan, éste último se moja el índice derecho con su saliva y le va acariciando las lampiñas y firmes nalgas hasta dar con su ano. Comienza a meterle el dedo poco a poco. Paco comienza a gemir mientras sigue tragándose ese sable de 17 centímetros.

“La chupas rico, pata, y tu culo está sabroso”.

Tras varios minutos de la maniobra, paco deja de mamar la verga, y destapando a ambos, gira y se sienta sobre el pene de Juan:

“Ahora vas a gozar rico, papito”.

Paco coge el falo y lo calibra dentro de su ano. Comienza a metérselo con facilidad debido a la saliva que le ha dejado y a que el dedo de su amante lo ha dilatado lo suficiente… aunque ese ano tiene cierta lubricación extra.

Paco cabalga el pene de Juan por largo rato mientras se apoya en los marcados pectorales del otro chico, quien no deja de acariciarle las nalgas.

“Te cacho en cuatro”, propone Juan.

Paco acepta, adopta la posición y ahora deja que el mancebo lo bombee con cierta firmeza. Paco gime de placer. Definitivamente, ese chico sabe cómo penetrar el ano de otro hombre. La ingle del activo chasquea al chocar con las nalgas del pasivo.

“las voy a dar”, anuncia Juan.

“Dame tu leche, papito”… dame toda tu leche”.

“Ahhh”, gruñe Juan, y eyacula dentro del recto de Paco.

Juan sigue gruñendo de placer por algún tiempo más hasta que saca su miembro, y se baja de la cama.

Luego que ambos se limpian, regresan al lecho. Vuelven a cubrirse bajo la colcha.

“Sabes que tu cara me es conocida de algún lado”, le lanza Juan.

“¿Sí? ¿de dónde?”

“Eso es lo que trato de recordar, pero ya te he visto antes”.

“San Sebastián no es grande; quizás de ahí”.

“Quizás”, reflexiona Juan.

Ambos se quedan profundamente dormidos.

A las cinco de la mañana, Paco despierta y tras esperar a Rodo, el mototaxista, regresa a casa. Antes de salir, se despide de Juan con un profundo beso en la boca.

“¿Volveremos a vernos?”, le consulta.

“Ya tienes mi número”, le sonríe Juan. “Coordinamos”.

Paco sonríe.

Durante el trayecto de regreso, Rodo no se aguanta el comentario:

“Ya se te hizo costumbre venir a esta parcela, no?”

“Te la perdiste”, le dice el docente muy suelto de huesos.

De pronto, algo inesperado. Una camioneta sale de una parcela justo antes del puente que conecta con las primeras casas de la ciudad. Rodo trata de evadirlo.

La mototaxi maniobra mal y cae al canal que está al lado de la carretera, quedando llantas arriba.

Rodo y Paco quedan inconscientes.

Y para terminar, tedejamos con una porno gay.


viernes, 7 de enero de 2022

La hermandad de la luna 8.1

En una esquina poco transitada de la Zona Industrial de Collique, la camioneta del fiscal Juan García permanece estacionada. Él, al volante, mira impaciente su reloj de pulsera.

“¿Será cumplido?”, pregunta algo nervioso.

“Si no viene en diez minutos, nos vamos”, le propone Tito.

“Sería una verdadera pérdida de tiempo”.

“Tienes miedo, ¿no?”

“La cagada sería que alguien llame a Emergencias y nuestro plan se va al carajo”.

El celular del gladiador vibra. Lee el mensaje.

“Está por llegar”.

Un par de minutos después, ambos divisan a un muchacho de tez blanca, cabello corto, alto, buen cuerpo, vistiendo una polera blanca, jeans y zapatillas.

“Ahí viene Edú”.

Tito baja del vehículo y lo ataja antes que cualquier otra cosa.

“Hola”, le saluda el muchacho.

“Hola, a los tiempos”, le responde el gladiador, dándole la mano derecha y haciendo el intento de esculcarlo con la izquierda a lo largo de su costado.

“Es el colmo, chico”, reclama Edú. “No vengo armado”.

“No lo hago por mí sino por mi amigo”.

“Sigo en forma, si eso quieres verificar”, ironiza el muchacho.

“Eso no lo discuto… mejor sube”.

Ya a bordo de la camioneta, y tras las presentaciones de rigor, Edú saca la carpeta lila de su polera y la entrega a Tito, quien la abre y hojea.

“Sí son los documentos”, verifica y se la entrega a García quien también la revisa varios segundos.

“No mmentiría en eso, Tito”, arguye el chico.

“Todo parece estar en orden”, opina el fiscal. “El único problema es que son fotocopias. ¿Tienes idea de cómo llegó esto al centro de reciclaje, Edú?”

“Como todo el material: los recolectores lo traen y nosotros tenemos que clasificarlo según su tipo si es que no ha venido preclasificado”.

“Me refiero a que si sabes de qué parte viene, dónde se recogió”.

“Ni idea. Al centro llega material del Gran Collique, y es bien complicado determinar de dónde”.

Juan resopla de frustración.

“Pero sí es el documento, ¿no?”, intenta celebrar Tito.

“Legalmente hablando, todavía no podemos usarlo como prueba porque no es el original. Si tan solo hubiese un escrito, un título, un testimonio en original, eso ayudaría mucho. La utilidad de esto es a nivel de un documento de trabajo, algo que nos indica dónde podemos buscar, pero ningún fiscal utilizaría esto a menos que el original haya sido destruido. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿dónde está el original?”

Tito se queda perplejo.

“Miren, panas, yo solo hice lo que creí correcto. De ahí si les sirve o no, no es mi problema”, rezonga Edú. “Regreso a mi trabajo”.

El chico va a abrir la puerta del carro, cuando García lo impide desde el tablero.

“¡Déjame salir, chico! ¡Esto ya es secuestro!”

“Tranquilízate, Edú, y escúchame bien: no es tu culpa que el documento tenga fotocopias, y entiendo tu punto sobre la procedencia, pero quiero que hagas algo por nosotros, y es que trates de preguntar entre los recolectores si alguien recuerda algo, alguna pista que nos dé idea de dónde vino, dónde lo entregaron”.

“Insisto: ya hice lo que tenía que hacer y mi colaboración concluye aquí. Déjame bajar, vale”.

Juan quita los seguros y permite que Edú los deje casi sin despedirse. Tito abre la puerta del copiloto, y le da alcance.

“Toma por la información”, da unos billetes de forma asolapada.

Edú mira al gladiador a los ojos:

“Yo también conocí a Manolo, y tú sabes a qué nivel, Tito; así que lo hago en su memoria, a ver si eso ayuda a saber quién y por qué lo mató”.

El gladiador se queda con los billetes en la mano y su informante se aleja caminando por la vereda solitaria.

“¡Espera!”, le grita y corre a retenerlo otra vez.

“¿Y ahora qué carajos quieres?”

“Necesito saber qué pasó la noche cuando llevaste a Christian al hospital”.

“No diré nada más”.

Edú trata de avanzar su camino y Tito lo retiene fuerte del brazo. García se acerca con la camioneta, por si las dudas.

“No quiero saber qué hiciste con Christian, sino saber cómo fue que se desmayó y todo eso”.

“No tengo mucho tiempo libre, Tito”.

“Nosotros tampoco; por favor, ayúdanos… por la memoria de Manolo… por favor”.

Subido de nuevo a la camioneta, que Juan ha movido de ubicación por seguridad, Edú narra desde que lo reconoció en medio de la concurrencia al G4G, solo cinco días atrás hasta que fueron al privado.

“Yo le exigí condones porque, tú sabes bien, Tito, que con quien sea, solo tengo sexo protegido. Él no quería pero igual se fue al baño. Yo me había quedado en posición y, de pronto, sentí como si alguien me poseyera, como metiéndomela por el culo, pero fuera de esta dimensión, como si me hubiesen llevado a las selvas de mi país. Cuando llegué al orgasmo, vi a Christian desmayado en el suelo, sin camiseta, y con la cajita de condones a su lado”.

“¿Los condones que se venden en el baño del club?”, pregunta Tito.

“Asumo que sí”.

Imágenes de la víspera llegan a la cabeza del gladiador.

“¿Y por qué te importa la marca de los condones?”, se sorprende Juan.

“¿Qué pasó con ese paquetito de condones, Edú? ¿El que Christian tenía?”

“Ni idea, porque yo me preocupé por sacar a tu amigo de ahí, porque Saúl se cagaba de miedo. Llamé a emergencias, lo puse en el  pasillo hasta que llegaron los paramédicos”.

“Un momento”, interrumpe Juan. “La Policía dice que tú lo llevaste hasta el hospital”.

”No, no lo hice”.

“Y Saúl dice que tú saliste fugando”, añade Tito.

“Tampoco lo hice”, niega Edú. “Saqué a Christian por la entrada de servicio porque Saúl no quería que la gente lo vea”.

El fiscal y el gladiador se miran a los ojos, totalmente confundidos.

“¿Dices que te sentiste como en una selva cuando algo te poseyó?”, averigua Juan.

“Oigan, me hago tarde”.

“Por favor, Edú, solo una pregunta más y te prometo que te dejamos libre”.

“Pues sí, pero si vas a preguntarme si consumo drogas, la respuesta es no. Tito lo sabe bien”.

“No, mi pregunta es si luego de eso notaste algo raro en tu ropa”.

“¿Juan? Tengo veintiocho años y llevo la mitad de mi vida recibiendo huevo por el culo: no sangré, si eso quieres saber; y tampoco tuve escozor, irritación o problemas para cagar. Y no diré nada más: mi residencia sale en tres meses y si me embarco en un lío legal por su culpa, mi madre y mis hermanos no tendrán qué comer. ¿Me entienden?”

Juan destraba las puertas traseras por segunda vez y deja ir a Edú, quien retoma la vereda por la que vino.

“Explícame eso de la caja de condones”, emplaza a Tito.

“Creo que mejor te cuento toda la historia”, suspira el gladiador, tras tomar una bocanada de aire con aroma a fresa.

Mira un video aquí. 

Elga termina de ordenar unos papeles en la finca y los guarda en una carpeta de cartulina cuando Adán toca su puerta.

“¿Ocupada?

“No, ya cerrando la jornada. ¿Qué pasó?”

“Bueno, quiero… pedirte disculpas por… por lo de Frank”.

Elga sonríe:

“¿Disculpas por Frank? ¿Y qué hay que disculparle a Frank?”

“Es que…. Como que yo te lo puse en bandeja”, tú sabes….”

Elga ríe:

“Ay, Adán. No hay nada que disculpar”. Ella se pone de pie y se acerca al cuerpo de luchador. “Fue la mejor bienvenida que me dieron a La Luna en años, ¿escuchas?, ¡en años!”

“¿En serio?”

“Tranquilo, el chico estuvo soberbio… me encantaría probarlo de nuevo, aunque… me gustaría saber quién fue su maestro”

Adán sonríe.

“Te juro que no fui yo”.

“¿Fue Manolo?”

“No lo sé. Quien lo presentó fue Carlos, que es su tío. Nosotros lo conocemos del pueblo y del gimnasio, pero su talento sexual pues… no sé”.

Elga sonríe seductora dando la espalda a la cámara.

“¿Y tú… has mejorado tu talento, Adán? La estirpe no solo tenía su fama bailando”.

“Sería… de ponerme a prueba”, sonríe seductor el cuerpo de gladiador.

“¿Por qué no subes?”

“Me encantaría, elga, pero debo regresar a casa a cuidar a mi sobrina Flor mientras Tito viene a hacer su guardia”.

“Flor ya es una mujer”, obvserva Elga.

“No es por eso. Lo que pasa es que la semana pasada, dos trabajadores de Cruz Dorada quisieron atentar contra ella”.

Elga se ensombrece:

“¿Cruz Dorada?”, se le quiebra la voz.

“La Policía inventó todo un cuento; ahora que Tito venga, te lo puede contar… y a lo mejor… mostrarte su talento”.

La jefa comienza a sudar frío. Adán se despide y se retira. Elga regresa a su escritorio y se sienta pensativa, cuando su celular suena.

“Dime, Crhis”.

“¿Qué quiere ese reconchasumadre?”

Elga se toma unos segundos y mira a la cámara muy seria.

“Venía a informarme algo sobre el tractor”.

“Ah, OK. ¿Es algo grave?”.

“No… puedo resolverlo sola. Te llamo luego”.

Mira otro video  

domingo, 7 de noviembre de 2021

ASS (02): Un culo y unos labios golosos

La ducha que toman al mismo tiempo el Padre Alberto, Pedro y Juan se convierte en otro trío.

 


 La puerta del baño se abre y se prende la luz. Juan,el Padre Alberto y pedro entran.

“No es muy grande, pero podemos bañarnos los tres”.

El sacerdote se quita la toalla que lo cubre y queda totalmente calato. Juan y Pedro por fin pueden contemplar su espalda ancha, su cintura estrecha, su culo bien pronunciado y sus poderosas piernas. Los dos también se desnudan e ingresan mientras el Padre saca un poco de agua con un baldecito y se lo echa al cuerpo.

“espero que no esté tan fría”, indica Juan.

“Para quitarme bien el trago está bien”, sonríe Alberto quien toma un jaboncillo y comienza a untárselo. Pedro es el siguiente en echarse el agua.

El Padre Alberto se percata mejor del físico desnudo de Juan: parece más un futbolista, es decir, marcado y delgado de la cintura para arriba, pero algo masivo de la cintura para abajo. Detiene su mirada en la pinga del chico debajo de un vello púbico algo crecido.

“Así que ésa te has aguantado, Pedrito”, comenta.

El aludido también toma el jaboncillo y se lo pasa por la raja del culo donde unos 15 minutos antes, dos penes erectos habían penetrado y dejado una gran cantidad de semen.

”Y eso que está dormidita”, bromea Juan.

“¿Se la podrá despertar otra vez?”, sonríe el Padre.

“Si me la chupan bien, ¿por qué no?”

El Padre sonríe de nuevo y, sin pedir permiso, se agacha hasta aferrarse de las caderas de Juan y usar sus labios como aspiradora para succionar la picha del muchacho. La suelta un ratito.

“Chúpame el culo, Pedrito”, pide.

El acólito obedece y, separando las nalgas del sacerdote, descubre el ano rodeado de vellitos. Comienza a lamerlo y succionarlo. El aroma del jabón también está presente ahí.

“Clávame, Pedrito”

El monaguillo, quien ya tiene sus 15 centímetros gruesos al palo, pone la cabecita de su pene en todo el ano del cura y comienza la penetración. Su miembro es rápidamente engullido. De inmediato, Pedro se mueve y hace chocar su cuerpo sobre las nalgas de Alberto, quien no deja de mamar la verga a Juan.

Pedro acelera un poco más su baile pélvico hasta que no puede contener su eyaculación.

“Las voy a dar, las voy a dar”, anuncia. Y sucede. Su esperma se dispara más adentro del ano de Alberto. Ya tenía tanta arrechura contenida que se aceleró tras el trío en el cuarto donde va a pasar la noche con Juan.

“Clávame tú”, dice el Padre separando sus labios del pene del anfitrión.

Juan gira y mete su pinga casi de golpe; total, ese agujero está ya abierto. Comienza a moverse.

“Qué rico”, se excita el cura mientras comienza a pajearse ahí, agachado, casi sosteniéndose con las uñas de sus manos del tanque de metal en el que se acumula el agua que viene poca y a ratos cuando la sueltan por el canal.

Pedro se queda ahí viendo todo como si asistiera a una película porno en 3D. Juan le sonríe.

“¿Qué tal cacho?”, le pregunta.

“Cachas rico”, atina a responder Pedro sin quitar su mirada del pene entrando y saliendo del ano del cura.

Pedro tampoco luce mal así, calato: cuerpo atlético y lampiño, buenos pectorales, buenos brazos, vientre plano y cintura estrecha, culo redondito, piernas formadas, grandes huevos.

Juan acelera y hace sonar sin roche su pelvis sobre las nalgas de Alberto.

“Así, rico. Dame verga, cabrón. Dame tu rrica verga”. El Padre Alberto sí que es goloso cuando se trata de ser pasivo.

Juan demora un poco más el segundo orgasmo de esa noche, lo que Alberto agradece, sin duda; pero todo tiene su final:

“Las doy de nuevo”, avisa.

Pero esta vez, hace algo diferente al primer trío: saca su pene aún erecto (el glande colorado de tanta fricción), y comienza a pajearse. Su leche espesa termina disparándose entre las nalgas del cura, quien aprovecha y dispara el suyo sobre el falso piso de la ducha. Pedro queda allí viendo todo, casi desconcertado y con uno de sus pies llenos de un semen que no es el suyo.

A la mañana siguiente, de regreso a San Sebastián en la camioneta de la parroquia, solo van el sacerdote y su acólito.

“¿Cómo sabías lo de Juan?”

“No lo sabía; fue casualidad… aunque ya lo sospechaba”, sonríe Alberto.

“¿Cómo lo sospechabas?”

“Es promoción de Alejo: ¿no te ha contado las orgías que había en ese cuartel?”

“Nunca”.

“¿Cuál será el próximo cumpleaños? Podríamos pedirle que nos cuente alguna de sus historias del ejército… Por cierto que Juan tiene rica pinga”.

“¿Lo convertirás en otro ángel?”

El Padre Alberto vuelve a sonreír mientras llegan a las primeras calles de San Sebastián, la pequeña ciudad rodeada de campos de cultivo y algarrobales.

Y para terminar,te dejamos con una porno. 

sábado, 27 de marzo de 2021

La hermandad de la luna 2.4

Pocos minutos después, Tito y Adán llegan al primer paradero de minibuses para esperar el regreso de Flor, quien ha ido a Collique, donde estudia el sexto ciclo de Administración de Empresas. Ambos montan sus bicicletas, o hacen el ademán de usarlas como caballos. La gente los mira con envidia y respeto.

“¿Estás diciendo que Christian le ha estado jugando chueco a Manolo?”

“No, Tito, no he dicho eso; lo que digo es que cuando hemos preguntado por él, Oj se volvió azul, y la noche antes que avisaran lo de Manolo fue lo mismo”.

“¿Y eso se conecta con Christian, Adán?”

“No lo sé; solo te cuento los hechos”.

“El problema, querido primo, es que cuando comienzas con tus presentimientos, hay que tenerte cuidado. A ver, ¿qué detectas de Owen?”

“¿De quién?”

Justo en ese momento llega el minibús y se detiene. Se baja un poco de gente, y entre ella, aparece Flor. Son las siete de la noche en Santa Cruz.


 

La casa donde viven Tito y Flor está justo al lado del AMW; de hecho, son parte de la misma propiedad. Cuando Adán no hace turno de noche en La Luna, también se queda allí. Justo ahora sale del dormitorio de Tito, quien es su primo hermano en realidad, vestido con un enterizo plomo alicrado corto, como los que usan los luchadores grecorromanos, que permite ver al descubierto sus bien trabajados brazos, parte de sus pectorales y piernas. El resto, aunque cubierto por la tela, se marca con demasiada facilidad, dejando muy poco para que la concurrencia del negocio imagine. Camina hasta la sala donde Flor está prendiendo su laptop.

“¿Así que solo fuiste por una exposición? ¿Qué tal saliste?”.

“Yo bien, tío, pero mi grupo divagó todo lo que quiso, no estudió las diapos; mañana veremos, pero yo no pienso desaprobar ese curso”.

“¿Y qué estudian en Comportamiento del Consumidor, sobrina? ¿Cuánta marihuana le darán al paciente?”

Adán y Flor ríen.

“Algo así, tío, algo así”.

De pronto, una mochila sobre el sofá llama la atención del hombre con cuerpo de luchador, se acerca, abre el bolsillo delantero. Flor lo mira con curiosidad y susto. Adán esculca un poco.

“¿Qué haces, tío?”

“Protegiendo al confiado de tu viejo, sobrina”.

Por fin Adán parece hallar lo que estaba buscando y lo extrae:

“A propósito de marihuana”, comenta.

Se lo entrega a Flor:

“¿Jamaica?”, se sorprende la joven.

“¿Qué esperas, Flor? Tienes Internet, ¿no?”

La chica abre el pasaporte y comienza a teclear en la laptop. Entonces, entra Tito. Adán y Flor se quedan de una pieza.


 

En La Luna, Carlos comienza la primera ronda nocturna, armado con la escopeta, la linterna y el radio portátil. Se acerca a una de las construcciones de la parcela, protegidas en medio de gruesos árboles de mango y palta.

“Duchas y vestidores, despejado”, reporta por la radio.

“Duchas y vestidores, despejado: confirmado”, le responde Carlos por el aparato.

“¿Ya vas entendiendo el procedimiento, sobrino?”

“Facilito, tío”.

Carlos sonríe. No da ni cinco pasos cuando una súbita ráfaga fría corre, más fría que el frío que comienza a hacer esa noche de inicio de invierno, y de la nada, un débil resplandor celeste aparece frente a él hasta concentrarse en un punto de luz del mismo color. Carlos toma el radio:

“Sobrino, ¿lo ves?”, consulta nervioso. “¿Lo ves?”

En el radio solo se oye estática. De pronto, la luz se desvanece.

“¿Tío? ¿Tío? ¿Estás ahí?”

 

sábado, 20 de marzo de 2021

La hermandad de la luna 2.3

Poco antes de la una de la tarde, un azorado gladiador llega a La Luna casi echando a perder la cadena de la bicicleta, la deja en un lado y corre adentro de la casa grande. Continúa con su ropa de entrenamiento, llega empapado en sudor. Entra a la cocina; Flor está alistando la vajilla para servir el almuerzo. Él la mira conmovido, se le abalanza, la abraza fuertemente y se echa a llorar.

“Te amo, hijita mía… yo te amo, hijita mía… Perdóname”.

Extrañada al inicio, Flor no resiste el llanto y se aferra a su progenitor con un amor que hace años no se prodigan.

“Yo también te amo, papá”, le responde con ternura. “Yo también… Perdóname a mí”.

Tito se separa un poco.

“Debí dedicarte más tiempo, Florcita”.

La chica trata de enjugar con sus pulgares las lágrimas de su progenitor.

“Papi, que yo recuerde, la persona que más me ha dedicado tiempo en esta vida has sido tú. Quien ha sacado la cara por mí has sido tú. Quien me ha formado para ser fuerte has sido tú. Tú, el tío Adán, el tío Carlos, el tío Manolo. No he tenido grandezas, papi; pero ustedes me han hecho sentir grande. Y aunque mamá no está, y la extraño, tú hiciste lo imposible por darme seguridad. Pero debes entender que ahora yo debo volar con mis alas, papi. Si no aleteo, no sabré si soy fuerte como tú me educaste”.

“Tienes razón; yo tengo que confiar en ti. Pero… tienes que tener más cuidado”.

“Ay, papi. Yo sé cómo controlarlo; además, no es nada serio: Frank se irá en octubre. ¿Cómo crees que yo empezaré algo serio con alguien que no va a quedarse?”

“Pero hoy”.

“Estoy en mis días infértiles”, susurra la chica.

“Pero él”.

“él está en abstinencia”, sonríe Flor. “Si pasa algo, tú serías el primero en enterarte… y todo Santa Cruz te respeta”.

“¿Te alcanza para otro almuerzo?”

Adán y un asustado Frank entran a la cocina. Tito camina hasta el joven y le da un fuerte abrazo.

“Te dije que no iba a hacerle nada… nada excepto encariñarse con él”, guiña un ojo Adán a Flor.

 


A las dos y media de la tarde, Tito llega como un rayo al hotel de Santa Cruz, situado, una calle detrás de la plaza principal. Sigue con su ropa de entrenamiento y lleva una mochila la espalda. Deja la bicicleta en la vereda e ingresa en busca del recepcionista.

“¿Owen Bongo, Mongo, Gongo, Congo? ¡No sé cómo se llama!”

“¿Owen Mgombo?”, verifica una joven algo asustada.

“¡Sí, él! Vengo a dejarle un encargo”.

“Dejó la habitación hace media hora, don Tito”.

El gladiador se desanima.

“Pero su turno acababa a las tres”.

“Se fue antes; agradeció y se fue. Solo dijo que el gimnasio es bueno”.

“¿Eso dijo?”, abre sus ojos verdes, Tito.


 

Un ciclista ccruza el pueblo a toda velocidad y llega al AMW. Un joven negro vestido en camiseta, jean, gorra en la cabeza y zapatillas lo espera.

“Yo no poder dejar Santa Cruz sin decir adiós”.

Tito desmonta y lo mira con una sonrisa irónica:

“No, no dirás adiós porque no te irás de Santa Cruz”.

Owen sonríe:

“Yo deber volver a casa”.

“Aquí tienes una casa”.

“Yo necesitar pagar por comida”.

Tito abre su mochila y saca un portaviandas tibio:

“No es mucho pero es un almuerzo”.

Owen sigue sonriendo:

“Yo necesitar un empleo si quedar en Santa Cruz”.

“Ya lo tienes: trainer del AMW”.

 


Espera: ¿le ofreciste el puesto solo porque no es venezolano?”, intenta entender Adán.

Junto a sus otros tres compañeros se reúnen en la caseta de vigilancia de La Luna. Son las seis de la tarde y Carlos acaba de llegar tras el funeral en Collique.

“¡No es eso!”, se excusa Tito. “Lo he visto entrenar y realmente parece fisicoculturista de competencia, como ésos de revista”.

“¿Revista porno?”, bromea Adán.

“Bueno, el problema con el venezolano no es que fuese venezolano, ¿o no, Tito?”, agrega Carlos.

“Ya, déjense de huevadas; ¿qué novedades hubo en el entierro?”, se defiende Tito.

“Nada”, responde Carlos. “No fue mucha gente, solo contados, sin responsos, algo simple; ni siquiera hubo misa”.

“¿Y Christian te dijo por qué no se respetó su voluntad?”, continúa Tito.

“Estuvo un ratito con la señora Esmeralda; luego desapareció pero nadie me da razón”.

“No sé ustedes, muchachos, pero a mí se me hace algo raro”, opina Adán.

“Explícate”, apela Carlos.

“eso es lo que no termino de asimilar, patas. Como que todo estuviese pasando demasiado rápido. ¿Y eso de que al entierro solo iban algunos invitados?”.

“Bueno, es obvio que la señora Esmeralda quiso hacerlo todo a su manera”, trata de explicar el capataz. “Y ya sabemos que ni ella ni sus hijos estaban conformes con la nueva vida que Manolo había adoptado”.

“Más que nueva vida, la otra vida que siempre tuvo”, puntualiza Adán.

Frank solo escucha, escucha y asimila; considera que no está tan integrado al grupo ni empapado de la situación que intuye como para meter boca.

“Ahora tú eres el hombre en La Luna, Carlos”, palmea Tito. “Así que, hasta nuevo aviso, tú das las órdenes”.

“Seguir trabajando como siempre y mejor que siempre, muchachos”, afirma el capataz con mucha seguridad. “A Manolo le hubiese gustado que hagamos eso, y que tengamos a los de Cruz Dorada lejos de esta propiedad, y ustedes saben por qué”.

Tito extiende su mano derecha, Adán pone la suya encima, y Frank hace lo propio. Carlos agrega la suya:

“¡Así lo haremos!”, prometen a coro marcial.

Frank acompaña a Carlos esa noche de ronda. La finca ha llegado a ser el único hogar del capataz. Apenas si sale al pueblo o a Collique para hacer compras, pero las veinticuatro horas de cada día de su vida transcurren allí en la parcela.

“Tío, ¿puedo preguntarte algo?”, se suelta Frank. “Adán habló de que si cambió a verde o a azul, y tú dijiste que todos sabemos qué estamos protegiendo; en el pueblo la gente mira con temor a la finca, sin contar lo de las luces verdes. ¿Cuál es la nota aquí?”

Carlos sonríe mientras caminan a la cocina de la casa grande a ver qué pueden cenar.

“Es mucha información y la irás sabiendo poco a poco, pero podemos comenzar por lo siguiente: mucho antes de La Luna, mucho antes de que llegara la gente que hablaba español, mucho antes toda esta zona era un pequeño reino. Se trata de un pueblo que, entre otras cosas, cultivaba la tierra. Cuando los incas los conquistaron, y luego hicieron lo mismo los españoles, ese pueblo trató de organizarse secretamente conservando un linaje. A eso se llama la estirpe. Nadie sabe cómo y quién es parte ahora de esa estirpe, pero cada vez que alguien compraba esta tierra, todo salía mal, hasta que hace veinte años la compró Manolo Rodríguez. La comenzó a trabajar y le produjo. Todo el mundo se quedó sorprendido porque la consideraban tierra maldita. Yo llegué a los tres o cuatro meses y había comenzado con camote y frejol. ¡No sabes las camionetadas que sacábamos! Cuando iba al pueblo, la gente comenzó a decir que Manolo era parte de esa estirpe y no sé qué más huevadas, y se comenzó a tejer la leyenda. Veinte años después, a pesar de nuestro tamaño, somos una de las fincas con mayor productividad de Santa Cruz, y el problema es que las tierras alrededor han reducido su rendimiento; entonces casi todos han vendido a Cruz Dorada. Nosotros no. Y aunque han intentado boicotearnos para forzar la venta, la tierra se mantiene fértil y pródiga”.

“¿Y por qué la diferencia?”, curiosea Frank.

“Quizás la leyenda, sobrino… no sea tan leyenda como parece”.

El joven se queda desconcertado.

 

domingo, 7 de marzo de 2021

La hermandad de la luna 2.1

“¡Cómo que no lo vamos a enterrar acá!”, se indigna Adán.

Los cuatro empleados de La Luna están reunidos en la caseta de vigilancia  a medio camino entre la entrada y la casa grande. Carlos viste de camisa blanca y pantalón de tela negro, zapatos también negros bien lustrados.

“¿Acaso elga ignora la última voluntad de Manolo?”, inquiere Tito, con algo de mayor entereza, pero sin ocultar su congoja.

“No fue elga”, informa Carlos. “Ni siquiera la dejaron tomar parte del velorio; la decisión es de la señora Esmeralda y sus hijos”.

“¿Y Christian qué dice?”, pregunta otra vez Adán, evidentemente molesto.

“No estaba; me dijeron que está haciendo papeleo. Incluso Esmeralda no autorizó a que abran la tapa del cajón”.

“Dicen en las noticias que lo balearon en la cara y luego lo quemaron”, interviene Frank sin una emoción definida.

“Ni lo menciones”, se incomoda Tito.

“Voy a Collique, ya mandé a hacer una corona de muertos; regreso”, anuncia Carlos, quien arranca la moto de Frank y sale de la propiedad. Adán se reclina sobre la pared de la caseta.

“Todo esto es una huevada completa”.

En ese momento una joven esbelta llega en una bicicleta montañera e ingresa. Bajo la gorra negra se recoge su melena hasta media espalda, crespa, castaña, ojos verdes, tez blanca, vistiendo una camiseta blanca, un jean azul y zapatillas. Se detiene ante los tres hombres y los saluda. Desmonta la bicicleta y se la entrega a Tito.

“¿Alguna novedad con César?”, pregunta el gladiador.

“No, pá, ninguna”.

“Listo, hija”, contesta el padre, se monta en la bicicleta. “Regreso”, informa a Adán y Frank. La recia figura del gladiador se aleja en el vehículo.

“Y… ¿qué me toca limpiar hoy?”, consulta la chica.

“Me parece que la sala y la lavandería”, notifica Adán.

“Boy”, dice la chica con mucha seguridad.

La joven camina hacia la casa grande e ingresa. Los dos varones, especialmente el más joven le clavan la mirada. El mayor de ellos aún no puede creer que han pasado casi veinte años desde que la viera llegar al mundo. Entonces, Tito y él corrían de un lado a otro de la clínica, mientras la madre de la chica esperaba, y las cosas seguían como todos los días en La Luna, cuando Manolo se había convertido en otro peón. Corta los recuerdos para evitar las lágrimas.

“¿Aún no le dices a Tito?”, codea Adán a Frank.

“¿Decirle qué?”

Adán logra sonreír.

“Voy a sacar unas cosas, tienes media hora de libertad… ah, la sala tiene una cámara de seguridad”, guiña el peón.


 

Tras rodear la casa grande, Frank abre una puerta posterior, una de las tres. No es necesario que use el juego de llaves. Adentro, la chica barre el polvo del suelo, mientras  algunas prendas se secan en los tendales.

“Sabía que no te aguantarías, Frank”.

El chico cierra la puerta trasera, le pone llave.

“Yo que tú no haría eso”, advierte la chica.

“Solo estamos tú y yo en la casa, Flor”.

Frank se aproxima a la chica, la abraza con intensidad, la besa profundamente en la boca y le acaricia la espalda con fruición. Flor le corresponde sin ambages.

“éste no es el mejor lugar”, vuelve a advertir ella.

“Tu papá se fue a Santa Cruz; demorará en regresar”.

Ambos jóvenes vuelven a besarse apasionadamente y a girar hasta que Frank coloca a Flor junto a la tina de lavado, la arrima, y comienza a levantarle la camiseta hasta quitársela. Él también  hace lo mismo. Ella acaricia casi febrilmente la espalda ancha del chico, que la besa con cuidado entre el cuello, la mejilla y la oreja.

“Me vuelves loco”, le dice él.

“Tú también”, le responde ella.

Frank  desabrocha el jean de la chica y de paso hace lo mismo con el suyo, trata de bajarlos indistintamente. Flor lleva un conjunto interior de inmaculado blanco, brassiere y tanga. Cuando Frank logra bajarse parte de su jean, revela un bóxer plomo que adelante luce una evidente aunque no tan grande erección. El chico toma los tirantes de la braga, comienza a bajarlos, puede acariciar las caderas de la chica, quien jadea fuerte…

“¡Qué carajos pasa aquí!”

Frank y Flor se asustan. El muchacho se pone delante de la chica y abre sus brazos.

“A ella no la tocas”, dice desesperado.

Delante de ambos, Tito está furioso. Su rostro está colorado, resopla como un toro. Apreta el puño y cuando va a dirigirlo a la cara del chico, algo lo detiene.

“¡¡No, Tito!!”

“¡Déjame, Adán! ¡¡Déjame, mierda!!”

El Orejón logra hacer una llave a Tito y lo retiene de ambos brazos, aprisionándolos con los suyos a su espalda.

“Vete, Frank”, ordena. “¡Vete!”

El muchacho se levanta el jean y se lo abrocha, busca su polo y abandona el patio. Flor también se levanta su jean y se lo abrocha. Tito pugna por seguir a Frank pero Adán lo mantiene inmóvil.

“La culpa es mía en todo caso”, trata de tranquilizarlo.

“¿Qué cosa estás diciendo?”, sigue indignado Tito.

“Yo le insinué que Flor estaba sola”, confiesa Adán.

“¡Ya basta, papá!”, reacciona al fin la chica. “No sé si te has dado cuenta pero ya soy mayor de edad, ya tengo libertad para tomar mis decisiones”.

“¡Eres una mocosa, carajo!”

“¡Pero ésta ya es mi vida, papá! ¡Igual como tú hiciste tu vida, ahora me toca hacer la mía!”

Tito intenta contenerse, respirar hondo. Adán no afloja la llave. Flor sigue allí con medio cuerpo semidesnudo.

“Pero vives bajo mi casa”, espeta serio el padre.

“Si ése es el problema, papá, me voy de ahí ahora mismo”.

Flor toma su camiseta, se la pone y se dispone a dejar el patio.

“¿Desde cuándo?”, contiene la rabia Tito.

Flor se detiene bajo el dintel de la puerta que permite el acceso a la casa grande propiamente dicha.

“Escuchen: esto es un diálogo entre padre e hija”, interviene Adán. “Te voy a soltar, Tito, pero no hagas huevadas, ¿entendiste?”

La llave es deshecha, el gladiador gira súbitamente, cierra los puños y enfrente tiene a su amigo de toda la vida mirándolo fijamente y serio a los ojos. Tito solo atina a largarse del patio, casi rozando a su hija mientras va como locomotora; Flor se alarma.

“Lo va a matar, tío Adán”.

“No, no lo hará”.

sábado, 6 de marzo de 2021

La hermandad de la luna 1.4

A la mañana siguiente, Tito llega en su bicicleta montañera y para en la caseta de vigilancia. Saluda a Carlos, aunque nota algo raro en su semblante.

“¿Dormiste mal?”

Mientras Tito pone su índice derecho al costado del reloj digital empotrado en la pared esperando que la luz piloto cambie de rojo a verde, Carlos comienza a narrarle la ceremonia de la noche anterior.

“Sí, vi la luz”, comenta el gladiador despreocupadamente. “Supuse que algo estabas haciendo con Adán, quien… ¿dónde está, por cierto?”

“Con Frank enseñándole cómo funciona el tractor”.

“Así que tu sobrino llegó tempranito”.

“¿Y quién se quedó en el AMW?”

“Flor insistió en que ella podía ayudar con la administración; uno de los chicos más avanzados se encargará de ver los entrenamientos a los otros chicos”.

El celular de Carlos comienza a sonar.

“¿Y cuando le toque venir aquí?”

“Tendrás que ayudarme, Carloncho”.

Carlos entra al puesto a contestar y Tito rodea la construcción para ubicar su bicicleta, se quita la mochila que en su amplia espalda parece un leve bulto, se desnuda hasta quedarse en un delgado bikini que le marca bulto y culazo y busca su ropa de faena cuando…

“¡Tito, Tito!”, llega Carlos, azorado.

“¿qué pasa? ¿Qué tienes?”

“Manolo, ¡Manolo!”, musita el capataz y rompe a llorar.

“¿Qué pasó con Manolo?”

“Lo mataron, Tito; ¡lo mataron!”



 


domingo, 28 de febrero de 2021

La hermandad de la luna 1.3

A un cuarto para las dos, los tres amantes salen al patio delantero donde Adán y Carlos descansan tras almorzar.

“Tienes la tarde libre”, congracia Manolo a Tito.

“Quisiera, pero hay que vigilar ese tamarindo”, se excusa el peón.

Manolo se sonríe al comprobar la lealtad que, tres décadas después, se mantiene indestructible.

“¿Y no regresaron los de Cruz Dorada?”, consulta el dueño a Carlos.

“Desde esa vez que los sacaste a balazos, no”, informa su capataz; “pero sí los he visto rondando por el canal”.

“¿De todas maneras no venderás la finca?”, consulta Adán.

“Estás loco”, responde Manolo. “Estas veinte hectáreas están produciendo, y produciendo bien: mango, maíz, tamarindo, jatrofa, palta, maracuyá. ¡Todo lo estamos vendiendo! Y con su trabajo, esta tierra realmente está dando un gran rendimiento, todo orgánico. ¿Qué se siente que el fruto de su trabajo llegue a un supermercado de Nueva York, Madrid, Amberes, Bruselas, Turín?”

“Y no te olvides el banano que se va para California y Oregón”, agrega Carlos.

“¿Se dan cuenta?”, arguye Manolo. “¿Qué garantía hay que Cruz Dorada respete el valor y el poder de su trabajo?”

“Además, está… eso”, agrega Carlos.

Manolo palmea el hombro del capataz, le sonríe:

“Nos vamos”.

Christian y él se suben a la camioneta y parten tomando la pista al lado del canal.

“¿Ya le dijiste cómo Oj cambió de amarillo a azul?”, se adelanta Adán a Carlos.

“No, no me parece oportuno”, se justifica el capataz. “Manolo confía demasiado en Christian”.

“Y por lo visto, cacha mucho con él”, murmura el fornido Adán, aunque no tan despacio como para pasar inadvertido. “Él y Tito”.

“Tú también has cachado con él, yo también he cachado con él”.

“No por placer, Carloncho; no como ellos”.


 

A lo largo del canal no hay mucha agua pero tampoco está escasa.

“Sabes que fue torpe correr a los empleados de Cruz Dorada como lo hiciste”, observa Christian.

“No les dio la puta gana entender que yo no vendo la finca”.

“Manolo, ¡han triplicado el precio por lo que realmente cuesta La Luna!”

“La finca La Luna, mi finca, no está en venta. Fin de la discusión, Christian. Mas bien, nunca terminaste de decirme por qué ya no quieres participar con los muchachos”.

“Porque, querido Manolo, ya no soy el chico que rescataste en ese cuartel hace trece años; me hiciste crecer”.

Entonces el abogado divisa en la orilla del canal a un hombre negro, alto y completamente desnudo, una cadena de hierro esposando sus manos. Parece que lo mira fijamente. Christian se queda sin habla. Cuando al fin puede parpadear.

“¡Frena, Manolo!”

“¿Qué pasa?”

La camioneta se detiene en seco, Christian sale y casi se va cuerpo abajo al pequeño caudal; recupera el equilibrio, y cuando mira camino atrás, no hay nada. Va corriendo hasta el punto donde vio al negro musculoso. No puede ser. Ni huellas, excepto un leño de zapote.

“¿Qué tienes?”, Manolo le da alcance.

“Vi algo… ¡vi a alguien!”

“Hablas huevadas; necesitas un buen almuerzo, especialmente luego de ese trío que hicimos”.

Manolo abraza a Christian y casi lo fuerza a regresar al vehículo.


 

Esa noche, Adán hace su ronda armado de escopeta, linterna y radio. Ilumina a los lados en la oscuridad de las diez de la noche. Corre un viento muy frío, así que está bien abrigado.

“Mango sector dos, despejado”, informa presionando el botón del radio.

“Mango sector dos, despejado”, confirma Carlos mediante la bocina del artefacto. “Pasa a las paltas”.

Adán camina unos veinte metros más hacia la casa grande. La noche es serena, apenas un mosquito, los incesantes grillos, una que otra libélula, el resplandor intenso de Collique a la izquierda, el leve resplandor de Santa Cruz, el pueblo más próximo. El cielo sobre su cabeza luce encapotado y negro. Un par de ojos rojos aparecen en el camino. Adán sonríe.

“Zorrito, zorrito, ¿horas de cacería?”,

Al fin llega a los paltos y lo mismo, dirige la linterna en cada fila de árboles, las recorre poniendo su escopeta en ristre. A pesar de la seguridad en torno a La Luna, siempre habrá quien ose violarla y se escabulla para cosechar lo que jamás sembró, aunque nadie ha pretendido incursionar en la propiedad por miedo.

“Tío”, le preguntó alguna vez Frank a Carlos antes de ir a su prueba para conseguir el puesto, “¿qué hay de cierto sobre la luz verde que sobrevuela la finca?”

“¿Luz verde? ¿Cuál luz verde, sobrino?”

“Dicen que se ve a medianoche desde el pueblo”.

“La gente habla huevadas”, siempre ha sido la respuesta de Carlos.

Precisamente en el pueblo, donde falta una buena posta de salud, donde la escuela está en malas condiciones, donde las pistas se están cuarteando, donde la basura se acumula a la entrada y la salida, hay dos tipos de negocios que siempre están en excelentes condiciones: los restaurantes turísticos y el AMW Gym, administrado por Tito. (“¿Cómo mierda se pronuncia ese nombre?”, le pregunta Adán, uno de los alumnos habituales, constantemente). Precisamente, Frank sale de la ducha ya abrigado y listo para irse a casa. En la mesa de recepción, Tito cuadra caja.

“¿Está todo en orden, jefe?”, verifica el muchacho.

“Sí, como siempre”, da conformidad Tito. “Ahora que vas a trabajar en la finca, vamos a ver cómo nos multiplicamos”.

“¿Y no hay otro instructor que pueda hacerse cargo cuando tú o yo no podamos? ¿O piensas cerrar el gimnasio?”

“Ni cagando, Fran. Si pasa algo en La Luna, éste será mi refugio económico. Vete a casa que mañana debes madrugar a tu nueva chamba”.


 

De vuelta en la finca, Adán termina su ronda nocturna y regresa al puesto de vigilancia, donde Carlos tiene un escritorio  sobre el que se haya una laptop hábilmente colocada para que el visitante no vea el contenido: imágenes en directo generadas por varias cámaras estratégicamente conectadas a lo largo de la finca y dentro de la casa grande; incluso hay un par en la entrada de la pista.

“¿Qué tal se me ve en HD?”, bromea Adán.

“Más horrible que en persona”, barbea Carlos.

“Los tamarindos de Tito no andan muy bien que digamos, y deberíamos hacer algo aprovechando que es luna nueva”.

“¿Estás cargado?”

“Completamente. ¿Tú?”

“Creo que sí”.

“Si no estás seguro, tenemos tres noches más, y creo que soy el único acá que sí puede guardar abstinencia”, ironiza Adán.

“De una vez vamos porque esas plantas no pueden esperar más tiempo”, acepta el capataz.

Ambos (Carlos porta una mochila) van avanzando a lo largo de la propiedad siguiendo el recorrido de una acequia, la principal. Cada cierto tramo se detienen y abren una pequeña compuerta. Por ahora el curso está húmedo, algo barroso debido a que esos días han estado regando otros sectores de la parcela. Llegan a la fila de overos, saltan la pequeña zanja, toman el camino secreto, ubican los algarrobos. El capataz abre su mochila y saca una botellita, se la ofrece a Adán, quien la abre y toma tres sorbos.

“¡Asssuuuuuuu!”, exclama al sentir cómo va raspando la garganta. Se la devuelve a Carlos, quien lo imita.

“Está potente”, comenta el peón.

“¿Ya te comenzó a hacer efecto?”, consulta Carlos.

“Poco a poco”.

El capataz saca unas prendas con peculiares triángulos de líneas negras dentro de los que hay círculos negros seguidos de triángulos negros donde hay círculos vacíos. Le da uno a su compañero, quien ubica la saliente de uno de los árboles y comienza a desvestirse por completo; Carlos hace lo mismo. Ya desnudos, avanzan por el camino encementado hasta la orilla  de la lagunita cuyo recipiente también ha sido reforzado con concreto para evitar al máximo la filtración y la erosión del suelo. Carlos y Adán se ponen las prendas en la cabeza y abren un frasquito de Agua de Florida.

“Se benévola, Yup, así como nosotros te protegemos con amor”, ora el capataz.

“Se benévola, Yup”, repite Adán.

El primero lanza un chorro del Agua de Florida al agua de la laguna y súbitamente el viento cesa, deja de hacer tanto frío. Carlos se inclina hasta poner su cabeza en contacto con la fina grama de las orillas, y Adán se arrodilla tras él en la misma posición. Esperan varios segundos.

“Yup aceptó la plegaria”, avisa Carlos. “Ahora exige nuestra ofrenda”.

Sin perder la posición, Adán se adelanta un poco hasta ganar las nalgas algo velludas de Carlos, las toma, las acaricia de adentro hacia afuera, acerca su boca y comienza a lamer el ano. Lo hace con sumo cuidado, respeto. Mete la lengua ampliando el esfínter, humedeciéndolo con su saliva. Logra expandirlo. Se arrodilla detrás de él y hace crecer su pene a punta de un lento masaje. Cuando está duro y bien lubricado, lo comienza a introducir lentamente. Carlos jadea y respira profundo y lento. Adán comienza a mecerse concentrándose en la imagen de unos ffrutales reventando de producción mientras sonríe para sí mismo; imagina el agua saciando la sed de cada planta, cada árbol, saciando su propia sed, limpiando su cuerpo, permitiendo preparar sus alimentos. ¡Oh, cuán bendita es el agua aquí! Siente la proximidad del orgasmo.

“Estoy listo”, avisa.

Saca su pene, se pone de pie, camina hacia la laguna hasta que le cubre medio cuerpo y detrás Carlos hace lo mismo. Ambos se masajean sus falos dentro del agua hasta que el semen de cada cual se dispara en lo cristalino. Salen de inmediato y caminan hasta un extremo de la piscina,, abren una compuerta, dejan fluir el líquido. Mientras esperan un tiempo prudencial, se ponen frente a frente, se abrazan con dulzura, se dan un beso profundo en la boca. Una luz verde sobrevuela el lugar. Cierran la compuerta y regresan hasta el punto en la orilla donde copularon. Carlos saca una raja seca de palo santo y le prende fuego. Ambos varones se arrodillan a contemplarlo en silencio. La flama amarilla progresivamente se vuelve verde. Buen augurio. Sin embargo, una súbita ráfaga fría de viento corre, y los dos hombres se miran con cierta alarma.

Oj se puso azul”, Adán rompe el silencio.