sábado, 9 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.7

En el centro de Collique, en una calle ni estrecha ni ancha pero que conecta a una de las avenidas principales, una camioneta está aparcada en la fachada de un laboratorio de análisis clínicos que parece estar cerrado al público. Parece, porque adentro, el guapo biólogo Alvin Saldívar revisa una muestra en el microscopio, la calibra y llama a la otra persona que lo acompaña, el fiscal Juan García, para que tome su lugar. El abogado acerca sus ojos a los visores.

“Parece una colmena de abejas”, comenta.

“Imagina que cuando Janssen inventó el microscopio hace más de cuatrocientos años, fue lo mismo que vio”.

“¿Y qué se supone que estoy viendo, Alvin?”

“Para tu libro, doctor: todas las células, en tanto son las unidades mínimas de la vida, tienen núcleo, organelos y una membrana que la separa de las otras células. Si esa membrana no existiera, los tejidos serían como un puré. Ahora bien, hay una clave que nunca debes olvidar: cuando las membranas en conjunto forman un patrón sin forma definida, es probable que estés viendo células de origen animal; pero si forman un patrón, digamos más ordenado o cuadriculado, como si fuese una colmena con cientos de celditas, es probable que sea un tejido de origen vegetal”.

“¿Esto es vegetal?”

“Por la apariencia, sí; pero el análisis visual no basta. Ahí es donde aplicas reactivos, y el resto es comparar la reacción de la muestra con un catálogo enorme de posibilidades. Así fue cómo creo que se trata del Croton lechleri”.

“¿Con qué margen de error, Alvin?”

“Pongámosle un noventa por ciento. Recuerda que la medicina tradicional lo vende acá en el mercado, así que no es tan complicado de identificar tampoco”.

“¿Pero cómo fue que salió del ano de una persona?”

“La pregunta, doctor, sería mas bien: ¿puede una persona humana fabricar esta sustancia? Respuesta: no. Entonces, ¿cómo llegó ahí? En ciencia tenemos una premisa, casi una máxima: cuando hay demasiada especulación, la posibilidad más simple puede ser la más cercana a la realidad”.

“¿Qué tratas de decir?”

“Alguien le regó la sangre de grado en un patrón que parecía un sangrado resultante de un trauma con herida dentro del ano debido a la introducción violenta de cualquier cuerpo como un pene erecto”.

“Pero no vi músculo conmocionado, ni hinchado, ni irritado, ni nada”.

“Entonces, alguien le puso la sustancia, doctor. Tú sabes que no soy médico, pero que el ser humano no produce células de origen vegetal, pues, a menos que seamos un híbrido genético”.

“¿Cuánto mide la tuya, Alvin?”

“mmmm. Nunca la he medido pero creo que no es grande ni chiquita. ¿La tuya?”

“Dieciseis”, responde García.

Alvin sonríe.

“Además, doctor, tú me has dicho que el sujeto parece tener una vida homosexual activa, así que el riesgo de sangrado, si hubiese sido sangrado, a estas alturas, lo veo difícil”.

“¿Y si el sujeto que se lo metió se hubiese regado el pene con sangre de grado?”

“Como te digo, no soy médico, pero apliquemos lógica: si yo me unto o embadurno mi pene con alguna sustancia y penetro el ano o la vagina, y probablemente más la vagina debido a su lubricación natural, es probable que si hago un frotis justo después del acto, encuentre rastros de taninos”.

García no se contiene más y usa su mano para tocar el paquete de Alvin bajo la bata:

“Deberíamos hacer un experimento, ¿no?”

Alvin sonríe:

“Ten cuidado con la cámara”, le señala con los ojos.

A García parece no importarle hasta que su celular suena. Lo saca.

“Dime, Édgar”.

“Hola, doctor. Perdona por llamarte a esta hora pero necesito tu ayuda”.

“Ehh. Claro, dime”.

“¿Puedo verte personalmente?”

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En las duchas de La Luna, Carlos deja que el agua lo recorra de la cabeza a los pies. Owen está detrás suyo como ayudando a que el agua toque la cara, las orejas, el cuello, el pecho, la espalda, el abdomen, las nalgas, los genitales, los muslos, las pantorrillas, los pies. Es agua fría, a la que la piel del capataz está más que acostumbrada.

“Respira profundo, lleva el aire a cada célula, bota despacio, siente tu propia energía, ai apaec”, instruye Owen.

Carlos mantiene los ojos cerrados y trata de conectar consigo mismo por un instante más. Owen cierra el agua; también está húmedo.

“Abrázame”, le indica y se acurruca al cuerpo musculoso y desnudo que siente en la oscuridad. En cuestión de segundos, las gotas que lo recorren piel abajo se desvanecen. No se evaporan; solo se desvanecen. Carlos siente su cuerpo y el de Owen totalmente secos y frescos.

“¿Cómo haces eso?”

“Ambos lo hicimos”.

“¿Qué? ¿Eres un babalao o algo por el estilo?”

Owen ríe.

“No, para nada. Conozco sus costumbres pero no soy parte de ellos; mejor dicho, no me hicieron parte de ellos”.

Ambos salen del piso de mayólica y Carlos busca su ropa. Encuentra su camiseta, su jean, su calzoncillo. Los organiza para comenzarse a vestir.

“¿Dónde aprendiste a hacerlo?”

“En todas partes, Carlos. Cuando recorres el mundo, te das cuenta que todas las culturas tienen los mismos puntos comunes: presencia, trascendencia y justicia”.

“¿Y qué le pasó a tu modo de hablar? Ya no hablas como antes”.

Owen sonríe de nuevo.

“El acento ser un disfraz como la ropa”.

Carlos siente que le quitan las prendas de la mano y las colocan en la banquita de madera. No las puede ver porque las luces han estado apagadas todo el tiempo, pero las puede escuchar.

“¿Qué haces, Owen?”

Carlos siente que le toman las manos y se las entrelazan.

“La ropa, el idioma, la nacionalidad, la creencia y hasta el color de la piel solo son disfraces que nos diferencian. Dime qué sientes”.

“Un calorcito en mis palmas, como un cosquilleo”.

“Cierra los ojos, controla tu respiración, no pienses en nada, y no sueltes mis manos”.

Carlos hace caso. El calor y el hormigueo se extiende de las manos a todo el cuerpo. Y cesa poco a poco hasta regresar a su punto de origen.

“Abre los ojos”, le pide Owen.

Carlos se sorprende: ahora está en medio de una exuberante selva con árboles altos y frondosos por donde mire, matas colgando en todos lados, trinos y aullidos en sonido envolvente, haces de luz blanca colándose por las copas. A escasos centímetros, la figura robusta de Owen con su imborrable sonrisa. Carlos quisiera preguntar lo obvio, pero se contiene.

“Éste es mi refugio”, le responde a lo que se abstuvo cuestionar.

El capataz entonces siente que algo duro topa su pene inexplicablemente duro también. Sin decir nada, más que una guerra de espadas, inicia una especie de sutil combate sin violencia, con cariño mas bien, que genera una sensación de bienestar que se extiende desde la base de su pelvis, sube por sus entrañas, corazón, garganta, base del cerebro, lo alto de la cabeza, y parece proyectarse en rayos de luz blanca hacia el infinito, compitiendo con los que caen desde arriba. Un débil resplandor verde parece inundar el cuerpo de Owen, quien abre sus brazos, lo aprisiona entre ellos, hace que él también lo abrace pegando ambos cuerpos. Los dos se besan en la boca. Carlos siente nuevamente el calorcito y el hormigueo al mismo tiempo en sus labios, al medio de su pecho y en medio de sus piernas, y desde esos puntos, diseminándose por todo su cuerpo. Un inexplicable placer mezclado con una inconmensurable paz lo llena hasta sentir que sus pies se despegan del suelo. Cuando el beso acaba, Owen y él siguen desnudos en las duchas de la finca.

“¿Cómo te sientes ahora?”

“Liberado… agradecido… pleno”.

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domingo, 3 de octubre de 2021

The Lust Project 2.1

At ten to six in the morning, Evandro pedals on the stationery bike with the ass lifted up in the air. His calves and tights begin to burn while he feels a sweat drop on his face although he can’t see it in the big mirror in front of him. Osmar comes in from somewhere with a swepper and a holder, approaches to the electronic tachometer of the device.

“Four minutes more and you pass to squats.”

For an instant, he put his eye  in the middle of the lycra tights that the two chicks of his partner and, evidently, trainee forms.

“Do you like my ass?”

“NoI don’t, man. I look at your muscular tone.”

Although unexplainabily, the trainer feels his penis is erecting but he blames himself in silence. What the hell! If everyday he sees asses even better than that.

At a quarter past seven, evandro is under the shower in the lockerroom of Steel Fit Gym.

“Luke?”

The actor scares and turns around. A boy evidently in his 20s is dressed to start a training morning.

“Hello,” Evandro smiles.

“Do you perform Luke in that play?”

“Chastitty Will?”

“Yes, it is,” the boy smiles.

“Are you a fundamentalist Catholic and you come here to murder me?”

The speaker laughs.

“No, I don’t anyway. Instead, I’d congratulate you. Excellent play”

“Have you went to see it? The play, I mean.”

“Last night. I recognized you, even the one who performs Matthew.”

“Oh, Osmar. And if you wait at around ten or ten and a half, you can match who performs John.”

“Osmar spoke me about the play, he told me you were here, and, well… I’d… you know…”

“Thanks,” evandro smiles. “I really appreciate it.”

“That’s it. See you.”

The boy comes out and Evandro doesn’t know if smiling himself or thinking the way he will kill Osmar when he comes out the lockerroom.

  

sábado, 2 de octubre de 2021

La hermandad de la luna 6.6

En La Luna, Carlos recibe una llamada inesperada:

“¿Cómo que vas a demorarte unas horas?”

“A menos que puedas meterte al estudio y buscar algo, y, si lo encuentras, me avisas”, indica Tito en el teléfono.

“¿Algo como qué?”

“No sé. Algo. A lo mejor, Manolo guardaba algo allí”.

“Ya te dije que no tengo la llave; y aunque la tuviera, hay una cámara de seguridad: si el alerta le llega a Elga o al huevón de Christian, somos historia”.

“Te entiendo… bueno, ¿me puedes justificar un par de horas?”

Carlos refunfuña:

“Ya, ya, ya. Está bien. Nada más, apúntala”.

“Sabes que soy buen pagador”, evidentemente sonríe Tito.

El capataz cuelga la llamada y el timbre de la caseta de vigilancia suena. Mira mediante el sistema de circuito cerrado en la computadora, y la visión nocturna le revela un varón alto y fornido. ¿Tito habrá enviado a Adán mientras tanto? ¡Qué raro que venga tan desabrigado! Carlos, más por protocolo, abre el armario, saca una escopeta y camina hacia el portón. Al descubrir la rejilla, se queda sorprendido:

“Buenas noches, Carlos”, le dice un sujeto al que casi no puede ver, pero cuyos timbre y acento ya le son familiares.

“¿Owen? ¿Viniste con alguno de los chicos?”

“No, yo venir solo”.

Carlos abre la puertecita del portón y hace pasar al esbelto varón.

“¿Ser el arma necesario?”

“Mmm. Uno no sabe hasta que la utiliza”, indica Carlos sonriendo.

“Tu deber confiar en tu energía”.

Ambos llegan a la caseta de vigilancia. Al verlo vestido con una camiseta y pantalón delgados, Carlos ofrece café pero Owen le acepta un poco de agua.

“Pensé que venías con Tito, como me dijo que iba a demorarse unas horas para su turno”.

“Si querer, yo poder ser tu compañía hasta el venir”.

“Por mí, no hay problema; solo espero que no venga el abogado”.

“Ustedes estar estresados”.

“Debes saber por qué: el asesinato de nuestro patrón”.

¿Quién ser tu sospechoso?”

“La verdad, amigo Owen, cualquiera puede serlo… hasta yo”.

“Pero tú no has matado a él”.

“No ahora, amigo Owen, pero hace mucho tiempo, cuando era mocoso…”, Carlos se ensombrece de pronto.

“¿Has tú pedido por perdón porque has matado a alguien?”

Carlos mira a los ojos de Owen, y de pronto, las imágenes de él a los quince años, cuando caminaba cual guiñapo por los linderos de Santa Cruz, intoxicado en pasta básica de cocaína, regresan como si el presente hubiese movido un temporizador hacia atrás. A pesar del frío de aquel invierno, Carlos siente su cuerpo muy tenso y tibio.

“¿Flaco?”, una voz aflautada suena en medio de los algarrobos. “¿Flaquito?”

“¿Perlita?”, alcanza a articular con alguna dificultad.

Una silueta de delgada figura y frondoso cabello se abre paso entre la foresta seca.

“Aquí estoy, Perlita”, casi le susurra el muchacho.

La figura se acerca.

“¿Las tienes llenas?”

“Si tú vienes llena, ya sabes que le sacaré lustre a tu culito”, seduce el adolescente.

La figura de frondosa melena extrae un bultito de uno de sus bolsillos y se lo da en la mano.

“Te estoy pagando más que la semana pasada”, le informa a la vez que le acaricia el paquete bajo una raída pantaloneta de deportes.

“¿¿Y eso?”

“Ya veremos, flaquito”.

El muchacho se baja la pantaloneta descubriendo su pelvis sin ropa interior y parte de sus nalgas.

“Chúpala, Perlita”.

La figura de frondosa melena se arrodilla en el suelo de greda, toma el pene del muchacho en su boca y comienza a succionarlo. Él, por su parte, trata de adivinar en la oscuridad cuánto suman esos billetes, pero son tres, no los dos que suele llevarle. Se los coloca (como puede) dentro de uno de los bolsillos de la pantaloneta.

“Así, Perlita, trágatela todita”.

Tras cierto tiempo la otra persona se pone de pie, da la espalda y se baja el pantalón apretado. El muchacho acaricia las lampiñas nalgas infladas quién sabe con qué polímero y roza su pene adolescente que sigue ensalivado.

“¿Estás limpia, no Perlita?”

“Limpiecita, mi amor. Métemela”.

La penetración no es cosa difícil, aunque en medio del efecto de la droga, el chico la ejecuta con cierta violencia.

“¡¡Auuu!!”

“Calla, mierda, nos chapan y nos matan a pedradas”.

Perlita  toca los testículos de su amante quien la azota inmisericorde, y mete sus dedos con uñas postizas por debajo del perineo hasta que roza el ano del muchacho.

“Guarda, huevón, no me toques el culo”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

“Puta madre, pero no metas esos dedos”, advierte sin dejar de moverse.

Perlita toma una de las manos del muchacho, que le coge la cadera, y se la lleva hacia su entrepierna: tiene una gran erección.

“Te estoy pagando más flaquito”, dice entre jadeos. “Pajéame”.

El muchacho, no tan a regañadientes, toma un largo y grueso pene y comienza a masturbarlo sin dejar de pistonear el suyo dentro del recto de su evidente cliente.

“Basta”, dice Perlita.

“¿Qué pasó? ¿Las vas a dar?”

Perlita se para y corta la cópula, y casi fuerza al drogadicto a que gire.

“¿Qué pasa, mierda?”, se extraña el chico.

Con una fuerza física inusitada, Perlita obliga a que su gigoló ponga su cuerpo en ángulo recto. Coloca ese largo y grueso pene entre las velludas nalgas del chico.

“No, mierda, no me la metas, mierda”.

“Te estoy pagando más, flaquito”.

El chico pone las manos al suelo y éstas aterrizan en filudas piedras.

“No, mierda, no, no, no me la metas”, se desespera el muchacho.

Pero, Perlita, inmisericorde, introduce su falo de un solo golpe.

“¡¡Conchatumadre!!”, grita de dolor, coge las piedras sobre las que apoyó sus manos y con una flexibilidad sacada de alguna parte, quizás el efecto de la droga, gira y le incrusta en la sien derecha, y la otra en la opuesta.

“¡¡¡Ayyyyy!!!!”

Perlita cae al suelo, y el flaquito le percute la cara, inmisericorde, sin darse cuenta en la oscuridad qué desgarra o a quién ataca. Patea el cuerpo, lo lapida, salta sobre él despanzurrándolo, se asegura la raída pantaloneta y sale corriendo del pequeño algarrobal mientras unos perros se acercan ladrando.

Cuando Carlos vuelve en sí, tiene el rostro bañado en lágrimas, los ojos cerrados.

“Perdóname, Perlita”, llora amargamente. “No te quise matar, Perlita”.

El capataz se refugia entre los dos gruesos pectorales de Owen, quien lo abraza.

“Él ya te perdonó, flaquito; él ya te perdonó”.

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domingo, 26 de septiembre de 2021

The Lust Project 1.3

The streets of Lima  when the midnight is coming on are more fluent than at the peak hour. That has a disadvantage: getting public transportation, like Osmar uses to take for going to the theater to work or anywhere more than a mile distance, is a true odyssey. But the advantage is when you are picked up in a private car, you avoid the strucks.

“Anyway, you gotta consider fucking Escalante if he assigns you the role,” Evandro advises with his two hands driving the steering wheel.

“I get no hard-on neither with Alexis’ ass, that it’s also firm and muscled, the less I’m gonna have a hard-on with Escalante’s ass,” Osmar replies on the co-pilot seat.

“Have you touched it to him, hey, rascal?”

“No, I haven’t. But these pants he wore today did not looked the buttocks well.”

“The reason why I got my roles on the soap-operas, series, the TV-films, is I fucked him good, but, well, the CEO’s are a level above.”

“But you’ve got talent, evan. Why do you have to fuck a casting director?”

“I’m not white like you, I’m more tanned. Even if I were black, they’d choose me, but the shit TV in this country is so racist that you’re white or you’re black. Tanned are not allowed.”

“In my conttry, there are tanned actors and actresses…”

“But Venezuela is Venezuela, indeed, Osmar. Here in Peru, they didn’t take out these kinda-Mexican, kinda-Argentinian criteria. Dude, even in Colombia or Brazil, even in Miami, I could get a job.”

“Why didn’t you migrate?”

“With a wife, two kids, zero solid connections, and, well, that bad reputation they made me up, who would recommend me?”

“You need to remake your public relations.”

The auto arrives to the base of a building in a traditional mid-high-class residential bourh in Jesus Maria, and it comes into the parking lot. The engine turns off at least.

“Take my advice – or you fuck Escalante, or you won’t overcome that commercial.”

“If they call at me.”

Osmar and evandro come out the vehicle, take the elevator. When it reaches the eighth floor, evandro leavetakes.

“See you earlier at the gym.”

“It will take legs tomorrow,” Osmar blinks an eye. “Greetings to Laura.”

“Thanks,” his partner smiles.

Osmar continues up until the twelveth floor, and after the sliding door opens, he takes out his key, opens a fence, goes up to the roof. The view of Lima from that height is ghostly. The fog vanishes or hides many lights. He comes into a kind of service room beside the water tank, and he appreciates for the last time his camping bed, his suitcase that works like a closet, takes off all the clothes, and not forgetting to thank the heaven, he gets into the cold sheet and a double Tigre covertor. While he tries to conciliate the dream, remembers Escalante’s ass, handles the penis and the testicles, but he doesn’t get any erection. He sleeps, better.


  

sábado, 25 de septiembre de 2021

La hermandad de la luna 6.5

Vestido con solo una toalla anudada a la cintura, Tito ingresa a su casa por la puerta trasera cuando oye un par de gemidos tras una puerta abierta, la del dormitorio de Flor. Cierra los ojos y se resiste a husmear sobre lo que parece evidente: adentro, Frank hace el amor entre gentil y vigoroso con la hija del gladiador. Aunque ambos jóvenes intentan cobijar su desnudez en la oscuridad, el edredón y los intentos por no hacer ruido, la puerta semiabierta al descuido no es capaz de guardar el secreto. Sin voltear la mirada, Tito avanza casi de puntillas hasta la puerta del lado, la de su dormitorio. La abre con sumo cuidado de no hacer ruido y también olvida cerrarla para evitar el sonido. Comienza a buscar ropa y cuando la tiene toda tendida sobre su cama, algo cae al suelo: el paquete de preservativos con el pedazo de papel que tiene escrito “G4G” encerrado en una bolsita plástica transparente. Tito la levanta, la examina curioso y, entonces, ¡plaf!, su puerta se cierra de golpe sin que nadie, aparentemente, la haya empujado.

“¿Papá?”, se escucha medrosamente desde el cuarto del lado.

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En La Santitta, el frío invierno tiene a raya a todo el mundo excepto a los tablistas que aprovechan las altas olas para desafiar su centro de gravedad y dibujar estelas de espuma sobre el mar esmeralda. Claro que al anochecer, esa estampa no es visible, haciendo que el pueblo sea casi fantasma. Entonces es la hora de las parejas que no pueden o prefieren no pagar un motel, algunos drogadictos que esperan regresar el verano en medio de sus delirios psicodélicos, o algunas personas que llegan en su motocicleta sin sospechar que alguien va a verles, a menos que sea el vigilante de la calle; pero, ¿para qué existen las puertas falsas? Una motocicleta apaga su luz antes de pararse al costado de una hermosa casa de playa; alguien vestido en zapatos, jeans y una chaqueta con capucha desmonta, se aproxima a una de las puertas y usa su celular. En medio minuto, la puerta se abre y el sujeto se mete.

“Buenas noches, capitán Castro”, lo saluda, ya dentro, un tipo con una polera que magnifica su robusta complexión.

“Buenas noches, Chiquito”, le responde el recién llegado.

“El ingeniero lo espera”.

En una sala con mueblesconfeccionados en madera de coco y tapizados con telas de colores vivos, el motociclista se baja la capucha y espera. No mucho. Un cincuentón vestido en chompa y jeans imitando el estilo de un magnate de las computadoras sale de un pasillo y le extiende la mano.

“¡Comisario! Buenas noches. Gracias por venir de inmediato”.

“Qué tal, ingeniero Nava. Usted dirá”.

“¿Qué novedades tenemos de Santa Cruz sobre el asunto que usted ya sabe?”

“Desconozco, ingeniero; usted sabe que eso escapa a mi jurisdicción”.

Nava sonríe:

“No me refería a eso. ¿Qué fue de su topo? Lo último que supimos es que intentaba tramar amistad con el nuevo amante de José Alberto Carrillo; luego, que lo envió a borrar cierta evidencia. Luego, nada”.

“Ehhh. Bueno, ingeniero, no… hay mucho que hacer. Además, es domingo, y como supondrá, mi gente tiene derecho a descansar, ¿no?”.

“Ahora entiendo por qué  el lunes”, comenta Nava en voz alta. “Pero no vine para reprocharle; quiero que me diga qué sabe de ese negro”.

“Pues… llegó el sábado pasado a Santa Cruz, estuvo metido tres días en la biblioteca del pueblo, se hospedó detrás  de la plaza, conversó con los lugareños sobre las costumbres preincas, comió en el mercado y ahora es un empleado de José Alberto Carrillo”.

“¿Tenemos su nombre?”

El comisario saca una libretita del bolsillo de su jean, pasa unas hojas:

“Owen MMgombo. M, G, O, M, B, O”.

Nava abre los ojos, lo que para el comisario solo significa una cosa: sorpresa.

“¿Lo conoce, ingeniero?”

“No”, disimula Nava. “No le niego que la presencia de ese negro nos intriga, pero queremos saber qué tipo de relación tiene con los empleados de Rodríguez y cuán peligroso es, o si puede ser un aliado ya que los que tenemos… parecen fallar”.

El comisario carraspea tratando de no darse por aludido:

“Carrillo lo protege, eso lo tengo seguro: cuando le dije que el tal Mgombo había abusado de su hija, no reaccionó”.

“Ése fue un psicosocial infantil. Por eso retomé el control de esa operación. Si seguíamos confiando en ese invertido, esto ya sería un culebrón mexicano”. Así que, como al inicio, usted y yo coordinamos sin intermediarios, pero quiero mucha diligencia.

“¿Cuándo no he sido diligente, ingeniero?”, reclama el comisario con cierta zalamería.

Nava sonríe:

“Espere aquí; voy por su cheque”, le avisa.

El ingeniero regresa por el pasillo del que había aparecido y abre una puerta. Adentro, el Carnes, quien parece tener el costado izquierdo de la cabeza ya recuperado pues no luce nada, mira la pantalla de la laptop. Nava ingresa y cierra con seguro.

“¿Se vio y se escuchó la conversación?”

“Fuerte y clarito, ingeniero”.

“¿¿Apuntaste el nombre?”

El Carnes toma un papel en verde fosforescente:

“¿Lo busco, inge?”

“Ya debías haberlo buscado”.

El Carnes sonríe y teclea en la computadora.

Un cuarto de hora después, o un poco más, Nava regresa a la sala con un pequeño sobre que tiene una protuberancia cuadrangular.

“Me disculpa, comisario, por la demora”.

“Descuide, ingeniero”.

Nava entrega el sobre a brazo extendido, como para que alguien más lo note. Cuando el receptor lo abre, porque quiere verificar qué le dan, encuentra un cheque a su nombre: “Estamos generosos, ingeniero”. Hay, además, una memoria USB plateada. El policía mira al ingeniero con ojos de pregunta.

“Ya le dije, Castro, que nuestra prioridad por ahora es ese Owen Mgombo. Así que allí tiene varios documentos que, espero, estudie muy discretamente, y usted sabrá qué hacer con apego a ley”.

El comisario se desconcierta un poco:

“¿Alguna operación en particular?”

“Dije: con apego a ley, señor comisario. No me invente escenarios de telenovela, porque le aseguro que no terminará con final feliz”.

“¿Me está amenazando, ingeniero?”

“No, oficial. Le estoy mostrando el camino alfombrado para llegar al cielo”.

El comisario sonríe y asiente con la cabeza. Da la mano a Nava y se va. Al poco rato, El Carnes entra.

“¿La habrás apagado, no?”

“Claro que sí, inge. Yo siempre soy precavido”.

“Bueno, es discutible”.

“¿No cree que debemos seguir al tombito?”

Nava suspira:

“Sí, pero desde mañana. A ver si éste demuestra que sabe hacer algo más que emborracharse, tener sexo y cobrar coimas”.

Ya fuera de la casa, el comisario Castro se cubre la cabeza con su capucha cuando desde el fondo de la calle, un par de luces se van acercando. Aunque baja el cuello, el policía mira de qué se trata. Más o menos a unos cincuenta metros, lo que, evidentemente, es un vehículo se detiene y apaga sus faros. Alguien baja: reconoce ese rostro, ese corte de cabello y hasta esa figura a pesar de estar bien abrigada.

“Doctor Esteves, ¿qué lo trae a la playa en invierno?”, murmura.

Más allá, Christian saca una llave, abre una puerta y entra. Antes que lo descubran, Castro arranca su motocicleta y pasa al costado de la camioneta solo para verificar si se trata de la misma matrícula, o al menos una de las que él se sabe de memoria. Tras el cerco de ladrillo, pueden verse luces encendidas en un segundo piso. Diez minutos después, Christian sale con una mujer delgada y de cabello largo, sube a la camioneta, le da arranque y se va de La Santita, aparentemente.

“¿Ya te cambiaron los gustos, doctorcito?”, se pregunta Castro, no tan camuflado  desde cierto punto con vista privilegiada a orillas del mar.

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domingo, 19 de septiembre de 2021

The Lust Project 1.2

That night, in a bedroom just enlighted by the blue light entering from a window covered by some dry branches, an evidently Athletic naked man sits down pushing inside over a narrow bed. He thinks. Then, a door opens. Other male wearing shirt and pants comes in and closes that door.

“Why haven’t you dress yet?,” he asks the man on the bed who looks at the one who up to get in.

“Do you understand what we did this afternoon, Luke?”

“Just forget about it,” the other says already sitting down on the bed too, showing him his back.

“How do you ask me to forget about?”

“John, don’t do this more complicated. Matthew asked why you didn’t go down to have the dinner. I didn’t know what to answer him.”

“Didn’t you know or didn’t you want?”

Luke stands up impulsively.

“For God’s sake, John! Do you want I tell him outspeaking we broke the chastity will?”

The naked man doesn’t know what to answer. Luke put his hand on the door’s lock.

“Then, I’ll forget about it. I’m gonna take a shower.”

“Wait!”

Luke goes rounding the bed and reaches John who stood up aside. He stands up in front of him, and he takes him from the arms. After some silent seconds, he approaches his face and kisses on the mouth. John doesn’t only respond but he grants. Luke separates his lips.

“We already made it once – fuck-off!”

Luke takes out the shirt, then the shoes, the pants, the underware. He approaches John,hugs him, and both grant a romantic kiss each other that continues with a slow fall on the bed. John opens his legs and begins to rise while the Luke’s hip begins to move between his partner buttocks. Maybe it’s the few light but the impression given is his penis starts growing. They just have begun when knocks are heard on the door.

“John? Luke?  Open!,” somebody asks outside.

The two lovers scare.

“What do we do now?,” John asks so feared.

“Shut up,”  Luke orders almost whispering. “Don’t do noise.”

Suddenly, it’s heard somebody is inserting a key, that the door opens, and that somebody comes in and closes it back. The two boys over the bed get petrified, overwhelmed trying to look at the just arrived.

“I already knew it,” Matthew whispers. “Do you have me as a brother or as an informer?”

Silent seconds.

“Make like your conscience rules,” Luke answers so humble.

Matthew begins to undress completely, gets on the bed, and Luke decides that the best will be sharing John in a kind of threesome that happens amid kisses, hugs, rolls over, caresses, moans, some whisper, until forming a rare little line that ends in a progressive orgasm beginning with Matthew, then Luke, and finally John who reaches the climax warmed by his two brothers. The light through the window turns off. The curtains close.

After a little silence moment, the applause in the public doesn’t only outbreak like a wave but it ends in a cheer. The little room is rocking. The curtains open again and the three stars are stood up already wearing bathrobes thanking the audience.

“Superb!,” a woman screams from the public.

A carnation flower fells to the foot of one of them who takes it, kisses it, and bring it back.

The curtains close again and the three actors run to the backstage.

“Other almost-full,” evandro celebrates looking himself at the mirror rounded by blurry yellow light bombs.

“And other play you don’t control your erection, damn it!,” Alexis smiles at him looking himself at the mirror too.

Osmar prefers to laugh while takes out the bathrobe and looks for his clothes on the closet.

“I’m sorry, Alex. I try to concentrate but I can’t. You’ve got a tasty ass.”

“Look, dude, if it got hard even I could say it’s part of the role but it gets you hard and you pre-cum a lot.”

John passes a tissue amid the buttocks.

“I’m OK I was not casted for John’s role,” Osmar laughs.

“No, dude,” evandro kids. “I don’t hold on so and I drill that asshole.”

Everybody laughs. Zaira Banquells comes into the wardrobe carrying the costumes the aactors left thrown on the stage.

“82 percent of attendance… despite the boycott of God’s Army, we enjoy a pretty health, 12 plays later.”

“Don’t remind me I deserve you my life, Zaira,” Evandro notes while he looks for his clothes.

“If you’d reconciliate with you know who, believe me you’d be better, speaking in professional terms.”

Evandro doesn’t say anything, just smiles while dressing his underware.

“And by the way, what about your casting?,” Zaira asks Osmar.

“I tried to make it Ok although I think getting naked before that Escalante was unnecessary but… a job is a job.”

“That commercial was mine,” Evandro complains friendly fixing the shirt now while Alexis is naked showing his athletic and hairy body everywhere as he looks for his clothes.

“Did he also ban you from advertising agencies?,” Osmar asks without intention.

“Some.”

“Evan’s problem,” Zaira intervenes, “is sometimes he mostly acts like a union leader than an actor, but like a leftist union leader. Did you know he took kicking a stage director literally who seemed to stalk a revelation actress?”

“Don’t fuck,” Alexis gets his word in. “It was justified.”

“Yes,” Zaira continues, “but not inside the sound stage and in fron of the full cast, crew, press, and even without a proof. You first catch the wolf, then you open his stomach, but evandro did it reverse.”

“Frantically, it made me sick,” the alleged justifies.

“Well, I’m ready,” Alexis opens his way, gets close to Zaira whom he stamps a kiss on her lips.

“Just coming in home, rinse that mouth very well because remember you shared saliva with little Evan,” the woman laughs.

“The caustic soda is over, darling, so you’ll have to hold on.”

Everybody laughs. Alexis and Zaira come out, although she stops for a while and addresses Evandro:

“Work on that erection – my Alex’s still virgin.”

Everybody laughs again, and the two lovers come away the wardrobe. Osmar approaches Evandro, gives him a couple of palms on the shoulder.

“You gotta breathe deeply, unfocus your mind outta the erotic but focus on…”

“Stop, Osmar. Don’t remember me the Actor’s Studio lessons. Are you ready?”

“What Zaira said seemed me a woman’s friendly complain rather than a scene director’s.”

Evandro laughs and looks straight at Osmar’s eyes.

“And you still believe that crap of his still-virgin ass? Let’s go.” 

sábado, 18 de septiembre de 2021

La hermandad de la luna 6.4

En casa de Tito, Frank ya no tiene que ocultar su atracción por Flor. Están muy abrazados en el sofá de la sala, besándose y acariciándose.

“No puedo creer que papá te haya dado permiso para quedarte aquí”, se rregocija la chica.

“Yo menos”, sonríe él.

“Siempre te irás de Santa Cruz en octubre?”

“Por ahora, sí. ¿Por qué? ¿Quieres venir conmigo?”

“Estás loco”, sonríe Flor. “Me falta un año para terminar la carrera, y no estoy dispuesta a cortarla por nada”.

“entonces no hay mucho que discutir: gozaremos todo lo que podamos hasta que me vaya”.

“Y con precaución, amorcito”, lo besa ella.

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Pegado a la casa, en el baño del AMW, Tito, Adán y Owen aprovechan una ducha compartida para intercambiar información más que para intercambiar fluídos, aunque la posibilidad tampoco está ausente.

Fue muy arriesgado lo que hicieron”, dice Tito. “Había una especie de pacto entre Manolo y Saúl: ni lo invadíamos, ni nos invadía”.

“Digamos que fue una medida desesperada luego de la incursión detecttivesca de tu yerno”, explica Adán.

“Mira, no quiero decir nada, pero el hecho de que Christian y Manolo hayan estado en el GGG o como se llame solo horas antes de que lo asesinaran, no prueba que Christian asesinó a Manolo”.

“¿Y piensas hallar pruebas así de fácil, primo?”

“Yo sigo sospechando de Cruz Dorada, quizás esos dos matones que vinieron a asustar a Flor”.

“Cruz Dorada ser una compañía transnacional”, interviene Owen. “Su matriz estar en Londres, y llamarse Golden Cross Limited. ¿Ustedes saber qué ser latifundio?”

“Mi papá repetía esa palabra todo el tiempo pero nunca llegué a entender qué significaba”, recuerda Tito.

“Mucha tierra en pocas manos”, aclara Owen. “El negocio de Cruz Dorada no solo ser agricultura o ganadería; actualmente, el negocio de Cruz Dorada es el control de todo: la política, la economía, la cultura, la educación, la información, la vida de los lugares donde ella operar”.

“¿Para qué?”, se intriga Adán.

“Si controlas todo, el poder es tuyo”, sentencia Tito.

“Correcto. Especialmente, las condiciones de trabajo. La estrategia de Cruz Dorada ha sido comprar la mayor tierra como posible para tener poder sobre autoridades, precios locales, grupos sociales, pero particularmente sobre condiciones de trabajo. Acá tienen un lobby que estar bloqueando en el Congreso un proyecto de ley para que beneficios de trabajadores en agricultura ser como en otras industrias”.

“¿Y por eso mataron a Manolo?”, trata de entender Tito.

“No saber, pero en póliza corporativa, asesinato ser siempre el último recurso cuando ellos detectar alguien quien bloquear intereses”.

“¡Listo! Ahí lo tienen: Cruz Dorada lo mandó a matar”.

“Pero como tú decir, Tito, no tener pruebas”.

“Como tampoco tenemos pruebas de que Christian lo haya hecho. Hasta ahora lo del club puede ser una coincidencia”.

“Claro”, ironiza Adán. “Salieron del club, ¿y luego Manolo se reunió con su asesino? ¡Fue Christian, Tito! ¡No te cierres!”.

“Usualmente, las corporaciones no cometer crímenes directamente”, explica Owen. “Ellos siempre usar terceras personas con quienes ellos no tener aparentemente relación”.

“¿Cruz Dorada ya lo hizo en otras partes?”, averigua el gladiador.

“Hay casos no claros en otros países de Latinoamérica y el sur de África, lugares donde ley ser muy débil o hay gobiernos acusados de corrupción o dictaduras. Cuando Cruz Dorada fundó en los mil novecientos sesentas, su estrategia fue ligar con Iglesia Católica, trabajando como una caridad para agricultores; pero, desde investigaciones contra Iglesia Católica, ellos preferir usar sus conexiones en gobiernos para ejercer poder, y ellos conseguir poder comprando la mayor tierra que ellos ser posible: latifundio”.

Adán, entonces, recuerda la visión que tuvo cuando Owen lo penetró la noche que hicieron trío con Tito.

“La Santita”, murmura.

“¿Qué?”, reacciona Tito.

“A Manolo lo asesinaron y quemaron en la ruta entre Collique y La Santita, ¿recuerdas?”

“¿Y?”, trata de entender el gladiador.

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