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domingo, 28 de agosto de 2022

Otra fantasía gay con Fernando Carrillo

Este actor venezolano, al margen de si lo deseas o no, bien puede anotarse un récord: ser el objeto de deseo masculino que no ha perdido vigencia por más de 30 años.


Dicen que el buen vino es más rico cuanto más añejo, y parece que eso también sucede con el actor venezolano Fernando Carrillo (Caracas, 6 de enero de 1966) , quien con los años no se desluce sino todo lo contrario: además de su hermoso rostro, ese esculpido cuerpo en el que destacan esos increíbles abdominales y ese glorioso culo, lo hacen absolutamente irresistible.

El gran aporte de Fernando Carrillo a la comunidad gay y bi de Latinoamérica es haber sido uno de los protagonistas de sus más húmedas y pegajosas fantasías  por más de tres décadas desde que apareció en las pantallas de su país hasta que poco a poco se hizo más internacional, especialmente cuando llegó a radicarse en México.

Cómo olvidarlo cuando  lucía su cuerpo apenas cubierto con una tanga que solo consiguió parar penes y salivar a los amantes del beso negro, o más aún verlo en aquella emblemática foto filtrada de cuando grababa un duchazo totalmente desnudo. ¿Por Dios! ¿Qué jugosa retaguardia!


Pero si hablamos de fantasías eróticas con el buen Fer, ¿a cuáles nos referimos? Pensemos en su actitud de galán caballero e impetuoso a la vez, todo un monumento de carne al deseo sexual más cachondo. Así que desde Hunks of Piura  se nos ha ocurrido algo.

Como a Carrillo le encanta la vida en el campo, imagina que lo llevas a una cabaña para que descanse y lo acuestas en una cama muy cómoda. El actor se va quitando la ropa con esa sensualidad natural que lo caracteriza y una vez que está bien desnudo se echa boca arriba sobre el lecho.

Lo que Fernando ignora es que en las cuatro esquinas de la cama hay suaves cuerdas que nos servirán para atarle ambas manos y ambos pies. Ya bien sujeto, tú te desnudas por completo, tomas una pluma y comienzas a pasearla por toda su hermosa anatomía hasta detenerte en su bien cincelado abdomen. Paseas la pluma de lado a lado mientras él gime y pide que te detengas, pero tú no le harás caso.

entonces, te sientas sobre su pene semi-erecto, y con un suave masaje de tu raja del culo comenzarás a ponérselo duro y palpitante. Cuando lo consigas, sin dejar de pasear la pluma, te reclinarás hasta que le chupes y lamas sus tetillas. Él te pedirá que pares, que ya no más. Tú continuarás. No olvides seguir moviendo tu culo sobre su pene ahora ya erecto del todo. El actor jadeará y gemirá de placer, ya sin articular más palabra.

En ese momento dejas de besarle las tetillas y sin dejar de pasarle la pluma por el abdomen, le mamas bien su verga y le lames sus huevos con ahínco. Usa los dedos de tu otra mano para masajearle el ano gentilmente aprovechando que está amarrado con las piernas abiertas.

Entonces, te incorporarás, volverás a sentarte sobre su verga  y aumentarás elmovimiento de tu culo mientras sigues trabajándole el abdomen con la pluma, y te moverás tanto hasta que sientas que su semen fluye caliente entre tu ano y su pubis. Será el turno para que tú tomes tu verga y te la frotes hasta que tu leche se dispare sobre su abdomen esculpido como tabla de lavar.

Como acto final, te volverás a inclinar a lamer y tragar tu propio esperma… y el suyo, si es posible. Esa es nuestra fantasía. ¿Cuál es la tuya? Cuéntala en la caja de comentarios aquí debajo. Y si no te gusta Carrillo, dinos a quién y qué le harías. ¡Nunca dejemos de fantasear!

Mira también actorvenezolano, fantasía gay y actor desnudo.


martes, 16 de agosto de 2022

el precio de Leandro 1.3: Tienes lindo cuerpo


La señora Ibarburu invita a que la novia y el novio examinen más de cerca el trabajo de la confección. La novia se aproxima a Cintia y casi toma de rehén a la modista preguntándole mil y un detalles, que si el tul, que si este encaje, que si el largo del velo, que si el acampanado de la falda, que si el torso encorsetado. El novio está del otro extremo de la sala con Leandro, tratando de ser más pragmático.

“Así de fácil”, le dice el modelo sacándose el saco y revelando un fajín rojo oscuro (“concho de vino”, diría la novia).

“¿seguro que sí puedes respirar con eso?”, inquiere el prometido.

“Sí, normal”, asegura Leandro.

“Pero tú eres esbelto, huevón”, se queja el novio real.

“Tú tampoco eres gordo”, devuelve el novio de muestra.

“Juegas fútbol, ¿no?”

“Sí, en el San Lázaro”, sonríe el muchacho. “¿Te gusta el fútbol?”

“No”, sonríe el novio. “Casi ni veo deportes, pero tu cara se me hacía conocida de algún sitio, y ya recuerdo de dónde”.

“¿De… dónde?”, averigua el joven, más por satisfacer su vanidad que su curiosidad.

época Semanal”, sonríe el novio, percibiendo cómo el rostro de Leandro se sonroja sin poderlo evitar. “Te dedicaron cuatro páginas de fotos”, agrega como una estocada de gracia.

“¿Las viste todas?”, trata de recuperarse el futbolista-modelo, carraspeando.

“Sí, bonitas tomas, pero… quien más las disfrutó… fue ella”, el novio hace un gesto con los ojos señalando a la novia.

“¿Y le gustaron?

“¿Por qué no lo averiguamos?”, sonríe pendejamente el cliente.

 


Media hora después, como a las seis y media de esa tarde, el novio y la novia se acercan en su auto a la Torre Echenique, un edificio residencial situado en el mismo Distrito Centro sur, un moderno desarrollo inmobiliario que tiene unos cinco años de creado, tras demoler dos viejas casonas republicanas (no sin protesta del Ministerio de Cultura). Pasan la verja de seguridad, se estacionan en el sótano y bajan… con Leandro. Lo han invitado. Mejor dicho, el novio lo invitó de forma muy subrepticia y el chico no se pudo resistir, al extremo que no le importó acudir con su calentador de deportes (calzando unas zapatillas) y su mochila, borrando cualquier atisbo del traje de etiqueta que estaba luciendo una hora antes. Los tres toman el ascensor y van hasta el piso seis.

“La Corporación Echenique es una de las más poderosas del país: desayunan plata, almuerzan plata, cenan plata, duermen bajo plata, cagan plata”, explica el novio a su manera.

“Ya”, protesta la novia. “No termines diciendo cosas que lamentes después”.

“Pero ellos deben vivir en el extranjero, ¿no?”, curiosea Leandro despreocupadamente.

“No”, contesta la novia. “Uno de los hijos del señor Echenique vive en el piso diez, en un enorme penthouse”.

Leandro no pregunta más. Sabe que en estos casos, mientras más discreto, más rentable.

  

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Felices los 4 (8)

Tras una orgía, Rafael muestra su rostro real.



    


Tras asegurarse que todo el Olympus está bien cerrado, ángel y Eduardo bajan la escalera interna de caracol que los conecta con la casa habitación.

“Claro, mientras sales de viaje, Rafa y su esposa pueden venirme a ayudar”.

“No es su esposa, a duras penas son pareja, aclara Eduardo. “¿Y dónde se quedarían?”

“En el otro cuarto que tienes”, responde el instructor. “Abajo hay tres cuartos y apenas aprovechamos el nuestro”.



Abren la puerta de uno de los dormitorios más pequeños y sobre la cama, un hombre atlético, de amplia espalda y grandes nalgas, está sentado cabalgando el largo y grueso pene de otro chico moreno y atlético como él. Eduardo traga saliva al ver ese ano engullendo el falo del otro varón (protegido con un preservativo), siente su erección al reconocer los gemidos del jinete.



Minutos después los cuatro hombres comparten una ducha a media luz en la que el dueño del inmueble no sabe a qué cuerpo girar para dar y recibir caricias, o a quién dar besos. Mejor opta por arrodillarse en la bañera, tomar el pene largo, grueso e imperceptible curvo hacia arriba de Ángel, y el falo largo, grueso y evidentemente curvo hacia la izquierda de Rafael, los masajea un poco y comienza a mamarlos un rato uno, otro rato el otro. Tras ellos, Amado espera su turno con su pene largo, recto y grueso esperando su turno. El vapor crea una atmósfera cómplice y pantanosa.



Lo que pasa luego es que el ano de Eduardo es alternadamente penetrado por Rafael, Amado (siempre protegido con un condón) y Ángel. El ahora dueño del Olympus está cómodo en cuatro patas sobre su cama sintiendo cómo es placenteramente torturado por tres tipos de virilidad, una más elegante, otra más salvaje, una más sutil, otra más lujuriosa, una suya, otra… quién sabe. Lo que importa en ese momento es disfrutar. Más nada.

“Solo espero que no se apareen con Ángel”, advierte Eduardo mientras acompaña a Rafael y Amado a la puerta una vez que acaba la sesión.

“Vendré a verlo con Ingrid”, aclara el policía.

“Espero que no sea una arrecha de mierda como Dalila”.

“Tranquilo, mi Lalo: tengo bien domada a esa chuchita”.

“Y tú resultaste ser toda una revelación”, dice el anfitrión a Amado.

“Gracias, don Lalo”, sonríe el moreno. “Y gracias por el mes gratis”.



    


Eduardo abre la puerta y Rafael saca su motocicleta que está parada en una vereda interna del jardín delantero de la casa. Amado se encarama justo detrás juntando su paquete a las nalgas del conductor.



En cinco minutos llegan a una calle estrecha dominada por un enorme algarrobo.

“Ese tronco me recuerda ya sabes a qué”, sonríe Rafael.

Amado sonríe también.

“Gracias por traerme y…” el moreno se acerca al oído del conductor. “Gracias por dejarme probar ese culo”.

“Gracias por el banano”, retribuye Rafael. “Espero que no sea debut y despedida”.

“No lo será”, promete Amado, quien saca una llave y abre una puerta de madera algo tosca, parte de una casa común y corriente. Camina hasta su dormitorio. Se quita toda la ropa en la oscuridad.

“Huevón”, susurra.



     

Diez minutos de trayecto con el frío calándole las manos, el pecho y las piernas, y el policía vestido de atleta llega a su casa pocos minutos antes de la medianoche. Su pareja lo espera profundamente dormida, ocupando la mitad de la cama matrimonial. Recién se despierta cuando él ocupa la otra y le roza su cuerpo desnudo.

“¿Qué dice Lalo?”, averigua adormilada.

“Nada en especial”, susurra Rafael. “Extraña a Dalila”.

“Sí… claro”., dice ella antes de quedarse dormida otra vez y de un tirón hasta que el despertador suena a las cinco y se repite el rito de dejar el desayuno preparado e ir hasta el Olympus. Es miércoles. Esta vez, Ángel viste otro de sus enterizos en el que el blanco de la tela no le deja lugar a dudas a la alumna: debajo no hay ropa interior alguna. Mientras ejecuta su rutina, Ingrid puede casi ver cada músculo al desnudo, y mucho más el paquete, aunque lo que jala su vista es el acupulado trasero. Ángel se da cuenta:

“¿Te incomoda?”, le pregunta ensayando una sonrisa cándida.

“No, para nada”, responde ella con mucha seguridad. “Me gusta cuando un chico se pone algo sexy y lo luce con actitud”.

“Ya te dije que tú miras las cosas de otra manera, no como el común de las personas”.



Eduardo sube al tercer piso con cara  de circunstancia, se acerca a Ángel, lo llama a un costado y conversa algo. Ingrid finge indiferencia, pero aunque quisiera, la música de  fondo le impide saber qué están hablando, pero la cara que pone Ángel no le da buena espina. La charla dura un par de minutos. Eduardo sale disparado, El instructor regresa donde su alumna.

“¿Todo bien?”, pregunta Ingrid.

“Todo bien”, responde seco el chico.



    


En la esquina de la manzana donde queda el Olympus, Eduardo espera. Mira hacia la derecha tratando de distinguir algo. Los minutos se le hacen eternos. Toma su celular y marca, timbra en el auricular pero nadie le responde. Entonces lo divisa y lo ve acercarse hasta que se estaciona frente a sí vistiendo una casaca larga y las manos inusualmente cubiertas por guantes de cuero.

“Sube”, le dice Rafael sentado en la motocicleta.  “¿qué pasó?”

“Que tu plan falló”, casi reclama Eduardo ya colocado a su espalda.

El vehículo arranca y el conductor toma una vía más discreta bajo una fila de algarrobos.

“Cálmate, huevón”, se pone firme Rafael. “Sabe qué le pasó pero no quién se lo hizo; además, tu obstáculo es otro, recuerda”.

“Te dije que no era una buena idea”, tiembla Eduardo.

“¿Te arrepientes?”

“¡No sé! Pienso que esto se salió de las manos”.



    


Al llegar a un parque, el conductor sigue de largo por la carretera que mira al río.

“¡Vamos a la clínica!”, reclama Eduardo.

“Me falta combustible y en la ciudad me sale caro”, responde Rafael.



Cruzan el puente. Al fondo se ve una estación de servicios. Cuando Eduardo cree que están perdiendo el tiempo, la moto en lugar de seguir la pista, se mete por un camino de tierra.

“¡¿Qué haces?!”, se alarma el pasajero.

Rafael no responde.

“¡¿Qué haces, carajo?!”



Eduardo entra en pánico y busca su celular, pero en el esfuerzo por abrir el apretado bolsillo de su pantalón de pronto el vehículo pasa sobre un hueco y él cae de espaldas al suelo seco arcilloso. Algunas piedras le hieren. Casi ni puede gritar por el dolor.



Rafael detiene la motocicleta unos metros más allá, baja y se acerca al herido.

“Ningún plan mío falla”, le dice, sacando su pistola de reglamento oculta por su casaca, luego un silenciador. Eduardo mira el arma con pavor.