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viernes, 4 de marzo de 2022

La hermandad de la luna 9.4

La siguiente escala de Christian es el AMW en Santa Cruz. Encuentra la puerta abierta, así que baja de la camioneta e ingresa. Adentro está Owen entrenando a dos chicos y una chica. El instructor le sonríe y se le acerca a solo centímetros, como para tener una conversación más íntima.

“Welcome, dude – what can I do for ya?”

“No, sir”, rebate Christian. “What can I do for you, instead? And I can do a lot of things for you, Owen.”

El instructor invita al abogado a sentarse en el escritorio de la entrada.

“Get me on the spot, please, cuz I don’t get ya.”

“You know those accusations are so embarrassing for you, embarrassing for this business, embarrassing for your new friends. The next’s gonna happen is Migrations Police will come here to detain you. If that happens, you’ll be expulsed to South Africa, and everything you’re building here to become shit.”

“So, what’s your deal, Christian?”

“I’m a lawyer, Owen. I can block that detention. I can make your time here to be better. I can give you three pretty things you need: advice, defense, and protection. So, quit this. Come with me. I have a house, I have connections, I have all you need to avoid you go to the jail.”

“In exchange of what? My long, bold cock into your warm  ass?”

Christian se toma unos segundos para responder a eso.

“I don’t deny I like you, and I loved the way you fucked me that night. You know? I got at a strange jungle. I didn’t feel your strong and huge cock into my ass. I didn’t feel pain but pleasure, pleasure and peace – love, Owen! We made love!”

Owen no ha perdido su sonrisa desde que la conversación en voz baja comenzó.

“Yes, we made it. I made it ynto ya, actually, because I thought it could work to change your mind, but I’m giving you up.”

Christian sonríe extrañado:

What… do you mean?”

“You know who’s behind you, Christian Esteves. You know who killed Monolo Rodríguez. And now, you know who I am, an anticorp activist. I tried to change you with the power of love, but you are too dirty and polluted to understand you have to give up after all those years somebody gave you a hand to survive. What did you do? Betraying him. And you’re gonna betray her. And you’re gonna betray me.”

La expresión de Owen cambia. Christian puede ver la rabia en sus ojos, como si aquella selva se encendiera en llamas. Siente, además, que está a punto de perder el sentido. Un portazo lo interrumpe todo.

“¿Buenos días, doctor Christian”, saluda Flor tragando saliva y con su celular en la mano.

El abogado reacciona como si hubiese regresado de un sueño que lo sorprende y lo asusta. Al frente, Owen sigue con su rostro serio. Christian se pone de pie y retrocede un poco.

“That’s my fucking last offer, Mgombo. Then, nobody’s gonna save you.”

El instructor no reacciona y permanece sentado, mientras sus tres alumnos miran la escena asustados. Frustrado, Christian da media vuelta y sale del gimnasio. Todavía turulato, se sienta en la camioneta, bebe un poco de agua. Siente que recupera el control de sus sentidos.

I’m sorry, Owen. Tú y todos tus amigos se irán a la misma mierda”, le dice al retrovisor.

Christian arranca la camioneta y se va pueblo adentro.

 Mira un video aquí.

En el gimnasio, Owen se tranquiliza progresivamente.

“Excuse me”, se disculpa ante Flor.

“I don’t mind, Owen. There’s something most important than this.”

Flor le extiende su celular.

“César found something, didn’t he?”, se anticipa el instructor. “Ya already have a Rosetta’s Stone, so ya need a Champollion.”

“How do you know that?,” se sorprende Flor.

“I’m not that Champollion, pretty lady, but that one was here last night. Call him right now before they attack.”

  

sábado, 22 de enero de 2022

Proyecto Lujuria 4.1: Un nuevo hogar para el musculoso Osmar


A la mañana siguiente, Osmar y Evandro lucen más relajados en el gimnasio, pero Gibrán cree que lo más prudente es seguir conservando distancia. Ni siquiera hace el intento de forzar otra coincidencia con el segundo al momento que se va a duchar. Tras terminar su sesión de sesenta minutos de puro physique y salir de asearse, encuentra a Osmar algo absorto mirando los clasificados en el diario.

“¿Buscando empleo?”

El instructor reacciona sonriendo:

“No, vale. Buscando casa”.

“¿Algo en mente?”

Osmar describe a Gibrán la misma idea que le dijo la otra noche a Evandro: algo con cierto espacio, donde se pudiera montar algún espectáculo discreto, recibir a los amigos, estar más abrigado…

“¿Por qué no vas a verme a mi casa a las ocho, ocho y media esta noche? Conozco un sitio que podría interesarte”.

“No puedo, pana. A esa hora estoy camino al teatro, pero mañana a esa hora creo que estoy libre… ¿está cerca?”

“Recontra cerca”.

 


“Nada que hacer, huevón: los astros se te están alineando”, celebra Evandro mientras va camino al teatro con Osmar. “Primero, el contrato de publicidad; ahora un posible sitio. ¡Nacionalízate, pendejo!” El galán se carcajea.

“No lo sé. ¿Por qué no me acompañas?”

Evandro mira por un instante a su amigo:

“¿estás seguro?”

“me sentiría más seguro”.

“De acuerdo. Así lo haremos”.

Al llegar al teatro, Alexis se los queda mirando y se sonríe. Está tentado a preguntar por lo obvio, pero, ¿para qué preguntar por lo obvio?

 


A la noche siguiente, cuando Osmar descansa del teatro llega al departamento de Gibrán con Evandro… y con Alexis. El dueño de casa se sorprende al ver la comitiva.

“¿Está lejos de aquí, pana?”, le pregunta el entrenador.

“No”, responde Gibrán dudando.

En pocos minutos, muestra una habitación dentro de su propio departamento. Está semivacía. Apenas tiene una cama tipo tarima con un colchón protegido por una sábana blanca, una mesita de noche, armario empotrado, , ventana con cortinas cerradas, una luz eléctrica amarillo pálida desde un foco LED.

“Está chévere, pana, pero… mis horarios son…”

“Te daría otro juego de llaves para la puerta de la calle y la del depa; además, tendrías tu propia llave de este cuarto”.

“¿Y el uso del baño?”

“Cuando salgas al gym, yo estaré dormido aún; cuando regreses, yo estaré en el trabajo; cuando salgas al teatro, a lo mejor coincidimos en la puerta de abajo o quizás no. Recién nos veríamos a medianoche, si aún estoy despierto. A lo mejor el sábado, y más seguro el domingo nos tendríamos que organizar. Ah, porque organizaríamos las tareas, la limpieza, los accesos, esas cosas”.

“¿Y los costos?”, sonríe Osmar.

En la sala, Evandro toma cola negra y Alexis bebe agua.

“Si tú dices que no hay nada, no hay nada”, dice el segundo.

“Estás viendo fantasmas donde no hay, huevón”, responde el primero mirando si ya salen del cuarto. “Ojalá no demore”.

“Seguro se lo está comiendo”.

“Os es medio monse para eso”.

Al fin, Gibrán sale con el instructor y se reúne con Evandro y Alexis en la sala.

“Lo tomo”, anuncia Osmar.

“Seguro?”, pregunta dubitativamente Evandro.

Alexis carraspea.

“Va a tener sus propias llaves, pueden venir a verlo cuando deseen, y… si quieren ensayar, el espacio es enorme”, anuncia Gibrán.

“¿Cuándo te mudarías?”, consulta Evandro.

“En una semana, aprovechando el descanso”, responde Osmar. “Lo ideal hubiese sido este domingo pero ya ssabes que tengo ese viaje”.

“¿Ya arreglaron lo de los cost…?”

“Tranquilo, pana. Ya todo está acordado”.

“Entonces, podemos venir a visitar al Osmar sin tanto roche”, al fin abre su boca Alexis.

“Cuando quieran, chicos”, confirma Gibrán.

Evandro se pone de pie:

“Si ya arreglaron, no se diga más. Tenemos que movernos rápido”.

Osmar entiende que debe despedirse, así que da la mano a su alumno; Evandro hace lo mismo:

“¿Nos vamos?”, invita a Alexis.

“Pensé que iban a quedarse un rato más; iba a preparar una cenita”, explica Gibrán.

“Tenemos un compromiso y…”

“Tenemos suena a manada”, interrumpe Alexis. “Vayan ustedes… yo… apreciaré la invitación… Zaira rrecién se aparecerá en la casa a las diez o diez y media. No voy a hallarme solito allí”.

Osmar y Evandro se desconciertan por un momento pero no insisten. Terminan de despedirse y se van. Gibrán los acompaña. Cuando el anfitrión regresa, Alexis está recostado sobre el sofá, descalzo, sobándose el paquete.

“¿Y cuál es el menú?”, pregunta. “¿O prefieres que yo elija?”

Gibrán traga saliva y no sabe qué responder, hasta que ensaya una salida:

“¿qué sugerirías tú?”

Alexis se pone de pie y lentamente se quita la chompa y el polo. Su pecho velludo está al descubierto. Pero la sorpresa de la noche viene cuando se quita el pantalón.

“No te pusiste ropa interior”, se sorprende Gibrán.

“Ni falta que me hace”, responde el actor acariciándose la verga.

Minutos después, ambos están arrodillados, abrazados, frente a frente, sobre la cama del dormitorio principal, totalmente desnudos. Alexis besa en la boca a Gibrán, mete su lengua, no tiene reparos en casi saborear la saliva del otro chico. Entonces, le besa suavemente el cuello. Gibrán jadea despacio, gime mucho más despacio aún.

A continuación, mientras el anfitrión chupa el pene erecto y babeante del hombre que está acostado boca arriba bajo su cuerpo, el segundo le abre las nalgas y le mete lengua en el ano, el perineo, incluso las bolas. Aunque el pene de Gibrán baila duro entre su mentón y su cuello, prefiere no chuparlo… por ahora.

Como siguiente número de la sesión sexual, el actor unta un poco de su líquido preseminal en el dilatado hueco del otro chico, se pone un condón y va metiendo su masculinidad en la clásica pose de perrito. Bombea poco a poco, sin prisa pero sin pausa.

“Así, Juan, dame pinga rico. Así papi, así”.

Cuando Alexis siente que ese recto ya está dilatado del todo, bombea más intenso al punto que hace chasquear su pubis sobre las nalgas del muchacho, quien ahora gime y jadea más fuerte.

“Rómpeme el culo así. ¡no pares! ¡No pares!”

Alexis se vuelve a acostar boca arriba y hace que Gibrán se siente sobre su verga gorda y que comience a cabalgar. Ahora es el chico quien hace sonar sus nalgas contra el cuerpo velludo del otro hombre.

“¿Te gusta mi pinga?”

“Me encanta, ¡la quiero todita!”

Alexis toma el pene de Gibrán y comienza amasturbarlo tan fuerte que las ráfagas de esperma se esparcen por su vientre y pecho velludos, a la par que el agujero de su culo se estrecha a la mínima expresión. Alexis  hace que Gibrán se arrodille en su colchón, mientras él se pone de pie, se quita y tira el condón, y se masturba junto a la boca del muchacho:

“Saca la lengua, carajo; toda la lengua”.

El glande del pene descansa sobre las papilas gustativas del pasivo quien, en segundos, siente el fluido pegajoso, caliente y acre inundándole la boca. No contento con degustar, lo traga. Luego Alexis hace que Gibrán lama su propio semen aún adherido al vello de su vientre y pecho.

Tras el orgasmo mutuo, el anfitrión descansa sobre el firme y peludo cuerpo del visitante. Le da un beso en la boca.

“¿Y qué fue esto?”

Alexis sonríe:

“Tómalo como la inicial del alquiler de Osmar”.

Gibrán ríe.

“No era necesario, pero… podría ser una forma de cobrar las mensualidades”.

“¿No acordaron eso, acaso?”

“No exactamente, pero ya sabes que los contratos tienen adendas”.

“Dímelo a mí”.

“Solo una duda… Osmar tiene rico cuerpo, un culazo, pero no se le paraba la pinga con facilidad cuando hicimos el trío con Evandro… ¿acaso son pareja ellos dos?”

Alexis ríe despacio:

“Ni idea, huevón. Y si lo fueran, ¿te jodería?”

“No creo. Conociéndome, no sirvo para tener pareja”.

“¿Por qué?”

“Soy un infiel de mierda, y así como tú, quiero cachar con todos los patas ricos y vergones que pueda conocer… por eso vivo solo acá”.

Alexis carraspea. Por un rato pasa por su cabeza que, a sus treinta y cinco años, el concepto de fidelidad aún no se ha arraigado como quisiera, aunque lo disfrace de sexo por dinero, sexo por trabajo, sexo por favores, sexo por canje, pero nunca de sexo por puro gusto.

  

domingo, 16 de enero de 2022

ASS (11): ¡La tiene de 21 cm!

Es bueno ducharse tras entrenar; es mejor si todo termina en un trío.


 

 Aunque es media mañana de lunes, en el gimnasio al lado de la parroquia, que realmente se llama AS (pero más se le conoce como “el gym de la parroquia”), la cantidad de alumnos se redujo a su mínima expresión: uno haciendo piernas y el otro haciendo hombros. Ambos están concentrados viéndose en los espejos que se intercalan a las pinturas de los ángeles, y Miguel los vigila desde la puerta que separa el gran patio techado donde están las máquinas de potencia, de una sala que ahora quedó como antesala, que funciona realmente como recepción y sala de calentamiento (con un par de bicicletas estacionarias).

Una canción de Chino y Nacho suena en la radio… y Miguel se pregunta por qué si el Chino Miranda ha posado prácticamente calato, no lo hizo mostrando su verga al palo. ¿No que los venezolanos se enorgullecen de sus dotes? Quien está ejercitando hombros es, precisamente, un venezolano que se gana la vida en San Sebastián haciendo instalaciones eléctricas seguras y reparando electrodomésticos. Además de su buen cuerpo, en especial buen culo y buenas piernas, es evidente que debajo de su short baila una rica verga y un par de generosos huevos.

el chico que está ejercitando piernas, mejor dicho más culo (y vaya que si tiene un rico culo) que piernas, termina de entrenar y se acerca a Miguel todo sudoroso:

“Listo”.

“Anda a ducharte, Paco”.

“No, gracias. Mejor me ducho en mi jato… solo espero que hayan juntado agua”.

Al mismo tiempo, el venezolano que estaba ejercitando hombros termina y también se acerca a Miguel:

“Listo, pana, gracias. Oye, ¿podrás darme un masaje?”

“Claro, Marcano. Dúchate y te los hago. ¿Trajiste toalla?”

“No, pana… ¿podrás…?”

Miguel sonríe:

“Normal, Marcano. Anda a la ducha y ya te la alcanzo”.

El venezolano va a la antesala y de ahí a un pasillito que lo lleva al baño de la ex casa abandonada. Miguel y Paco se quedan solos en el gran patio techado.

“¿en serio vas a masajear a ese chico?”

“Claro, Paco. Y encima, se deja masajear calato”.

“No jodas”.

Marcano no se caracteriza precisamente por ser la persona más pudorosa de San Sebastián. Se desnuda en el baño con la puerta abierta dejando al descubierto la maravillosa anatomía que Dios le dio, especialmente ese par de grandes glúteos que coronan otro par de gruesas y fuertes piernas, y delante, debajo de un vello púbico rasurado, un pene dormido de unos 12 o 13 centímetros descansando sobre un par de hinchadas pelotas.

Aunque pensando más inocentemente, quizás Marcano haya obviado cerrar la puerta porque solo está Miguel y se supone que Paco ya se va a su casa. Se mete a la ducha y deja que el agua rrefresque su escultural cuerpo. Gira para que el líquido se distribuya por toda su piel. De pronto, Paco llega a la puerta y traga saliva al ver tal monumento de hombre. Marcano le sonríe:

“Hola, pana”.

“ehh… voy… voy a la lavander… voy… voy por la toalla”.

“Gracias, pana”, le sonríe Marcano.

Casi al segundo, Miguel pasa frente a la puerta ya sin polo:

“¿Qué tal está el agua?”

“De la puta madre, vale… ¿quieres bañarte?”

“Si no eres egoísta”.

“qué va, vale. Ya nos hemos bañado juntos, ¿no?”

Al ingresar a su cuarto, y quitarse el short y la tanga que se puso esa mañana, y dejarlas sobre su cama, Paco entra desde el pequeño espacio que se usa como lavandería con una toalla extendida:

“¿¿Vas a masajearlo calato?”

“Algo mejor que eso”, le sonríe.

Cuando Marcano está untándose el jabón, Miguel entra totalmente desnudo con Paco, también en pelotas.

“Estoy de oferta”, bromea con Marcano: “Pague uno y dúchese con dos”.

El venezolano se ríe:

“Como en la antigua Roma”.

Los tres chicos se acomodan como pueden en el metro cuadrado de mayólica blanca y comparten la ducha. El roce de sus pieles es inevitable.

“Perdona”, dice Paco a Marcano”.

“¿Por qué, pana?”

La verga ya parada del chico, unos 16 centímetros, cabezona, parece haberse atascado entre las dos nalgas del otro alumno quien se a quedado frente a frente con Miguel con sus penes flácidos también rozando.

“¿Tú crees que esté contraindicado tener sexo luego de un masaje”, pregunta Marcano a Miguel.

”Al contrario: nada mejor que un buen masaje erótico antes de una buena sesión de sexo”.

“¿Incluso sexo de a tres?”, sonríe Marcano.

“Incluso”, sonríe Miguel.

Paco sigue atónito y con su pene erecto aún atascado entre las dos nalgas de Marcano, y a punto de disparar su semen allí mismo entre ellas sin hacer nada más.

Marcano y Miguel, entonces, sin más preámbulo, se abrazan y se besan profundo en la boca, lengua incluída. El venezolano se separa de esos labios, gira, y con su verga ya al palo, besa a Paco quien trastabilla incluso para juntar sus labios.

Cuando ambos se separan, Paco mira a la entrepierna de Marcano:

“A la puta… es enorme”.

“21 centímetros”, sonríe el venezolano. “¿La quieres chupar?”

Paco, sin confirmar nada, se arrodilla sobre la mayólica y comienza a mamar el gran pene.  Miguel se pone al costado: sus 18 centímetros también están a toda su extensión.

“Chúpasela a él también”, pide Marcano.

Paco obedece. Tras un minuto de mame, Miguel toma la mejilla de Paco:

“Ponte de pie”.

El chico se incorpora mientras los otros dos se miran a la cara y se guiñan un ojo; entonces ambos se arrodillan y se alternan succionando el miembro de paco quien no puede creer nada de lo que allí está pasando:

“Las voy a dar, chicos. Ya no aguanto”.

Miguel toma el pene de Paco y junta su mejilla a la de Marcano. Pajea el falo y deja que el semen se dispare en ambos rostros.

“La puta”, suspira Paco en pleno orgasmo.

Y para terminar,te dejamos con un video porno. 

sábado, 8 de enero de 2022

Proyecto Lujuria 3.1: Remordimiento tras el trío


A la una y cuarto de la madrugada, los dos invitados salen del condominio.

“Y nuestro concursante Osmar, de Caracas”, se lleva cien dólares a su marcador”, anuncia Evandro en voz baja y casi burlonamente. “¿quiere mandar saludos a alguien?”

“Ya, no jodas”, sonríe el otro galán.

“No entiendo”, comenta Evandro ya dentro del auto, resoplando antes de abrocharse el cinturón de seguridad. “Decías que ni el culo de Alexis te para la pinga, pero se te paró con ese chibolo”.

“Prefiero no hablar de eso, Evan”.

“Perdona por sacarte de libreto”.

“Fresco, pana”.

Evandro mira el rostro algo desencajado de Osmar:

“Algo no está bien”.

“Pana, vamos a la residencial… de veras, me cago de sueño”.

“¿qué harás por la mañana”.

“es domingo…” Osmar mira sonriendo tristemente a Evandro: “Dormiré hasta tarde”.

Su amigo sonríe también. Vuelve a resoplar. Tiene la sensación que algo o bien se cagó entre ambos, o… mejor ni pensar en eso. Gira la llave. El auto arranca. Acelera. Diez minutos después, ambos por fin llegan a casa.

 


Cuando Osmar despierta en su cuarto, lo primero que hace es ver su celular: diez y media de la mañana. Sí ha podido dormir sus ocho horas reglamentarias pero luego  de pasar sesenta minutos revolcándose sobre la cama tratando de digerir el trío de esa madrugada.

Tras arreglar su estrecha habitación,  en la azotea del edificio residencial, baja el ascensor y se va trotando con una mochila vacía hasta una lavandería en la avenida Salaverry, frente a una puerta lateral del hospital Rebagliati y como a media cuadra del Steel Fit Gym. Con el pretexto de hacer una limpieza a fondo, se la pasa casi todo el día en el establecimiento, ahora cerrado al público, donde se prepara almuerzo y cena, toma un baño, y tras revisar redes y hablar con su familia en Venezuela (“Me contrataron para una campaña de publicidad nacional… es un producto nuevo pero confiaron en mí”), regresa al edificio a eso de las cuatro de la tarde. Al abrir la puerta, un sobre manila pequeño queda sellado con la huella de su zapatilla. Se agacha, lo recoge y lo abre: cinco billetes de veinte dólares.

 


A la mañana siguiente, coincide con evandro en la base del edificio.

“Gracias”, le susurra.

“¿Por qué?”, consulta su amigo con un mal actuado cinismo.

“Olvídalo… hoy toca… vamos”.

El resto de la mañana ambos cruzan palabra solo lo indispensable; incluso Gibrán, quien se acerca a saludarlos con entusiasmo, respira tensión en el aire y, a pesar de la sonrisa de Osmar, prefiere portarse como un alumno más.

 


Esa tarde, el instructor, ahora enfocado en su faceta como actor, prefiere ir en taxi al teatro. ¿qué mierda está pasando en su cabeza? Al llegar, solo Alexis está preparándose.

“¿Aún no llega Evan?”

“¿No vinieron juntos?”

Osmar prefiere no dar más rollo.

Al término de la función, cuando se despide de todos, evandro lo separa a un lado:

“Te llevo”.

“evan, no es necesario…”

“Carajo, Os; dije que te llevo. No discutas”.

Osmar hace un gesto de disconformidad que Alexis detecta pero prefiere hacerse de la vista gorda.

  

viernes, 31 de diciembre de 2021

Proyecto Lujuria 2.3: Un trío por tu cumple


A la noche siguiente, mejor dicho al filo de que el sábado se transforme en domingo, el auto de Evandro se estaciona en un condominio de cuatro pisos que más tiene facha de clínica aunque pintada de rojo ladrillo, no muy lejos del edificio donde suele aparcar.

“¿Y por qué no buscas cuarto alrededor de la residencial?”, pregunta mientras se saca el cinturón de seguridad.

“La verdad no he visto, aunque dicen que los domingos salen buenas ofertas en los clasificados”, contesta Osmar.

“Sí, en especial una que dice: vaquero, policía, bombero, marino o beisbolista… secciónrelax

Osmar sonríe y se desabrocha el cinturón de seguridad:

“Por cierto, deberías arreglar el de marino que tiene un hilito suelto que no me da confianza”.

“Si te va bien con ese contrato y haces lo que te aconsejé, quizás ya no debas preocuparte por esos disfraces”.

Evandro abre la puerta y sale del auto; Osmar hace lo mismo. El conductor se da la vuelta y se acerca a su amigo hasta palmearle el hombro.

“¿qué harás con esos disfraces si me va bien con… Lust?”, pregunta Osmar sarcásticamente.

“Alexis ya no es mi opción porque Zaira lo marca bien, así que entraré en modo Escalante: full casting”.

“¿Sabes, Evan? Me encantaría alquilar algo como el depa donde vives, donde haya todo ese espacio como para dar shows sin sobresalto, con mucha privacidad, dormir más abrigado, recibir a los amigos cuando me dé la gana, ofrecer un café, una limonada, un trago”.

Osmar siente el brazo de su amigo y compañero alrededor del cuello:

“Te ayudaré a buscar y mudarte; ahora, vamos donde…”

Evandro vuelve a juntar su índice y su pulgar izquierdos y los hace latir. Osmar se ríe.

Al llegar al tablero de timbres, el primero mira al cuarto piso mientras el segundo busca la dirección en su celular para asegurarse de presionar el botón correcto.

“Demasiado silencio para ser una fiesta”, observa Evandro.

“Quizás sean las reglas del condominio”, supone Osmar mientras presiona el cuatro cero tres. Suena una campanilla electrónica.

“Ya sabes: llegamos, cumplimos, departimos y nos regresamos al toque a la residencial”, recuerda Evandro.

“No me digas que este coño y sus amigos se fueron a una disco”.

“¿Te dejó algún mensaje?”

“Nada”.

Osmar vuelve a presionar el botón y de nuevo suena el ding-dong-dang electrónico.

“Vamos pa’ la casa mejor”, se desanima Evandro.

“Bueno… llegamos, cumplimos, nos vamos”.

No acaban de dar media vuelta el par de galanes cuando se oye una voz como aletargada en el intercomunicador. Ambos se miran. Osmar se acerca:

“¿Gi… brán?”

“¿quién es?”, responden por el pequeño altavoz.

“Evandro y Osmar”.

“Un toque”, responden.

Evandro topa la firme cintura de su amigo:

“Este huevón ya está avanzadito; mejor nos vamos”.

La cerradura electrónica de la puerta suena. Osmar vuelve a mirar a su amigo:

“Entremos a averiguar”, propone. “Si no hay nada, nos vamos”.

En dos minutos, o menos, los dos chicos ya están en el pasillo del cuarto piso y frente al cuatro cero tres. Osmar toca la puerta. Ésta se abre. La cabeza de Gibrán se asoma; su hombro está desnudo:

“Chicos, vinieron”, sonríe el anfitrión.

 


Gibrán sirve un vaso de cola negra a Evandro (sin trago, tengo que conducir) y un cuba libre a Osmar. Viste un bóxer opaco de adelante, transparente en la otra mitad. Mientras está de espaldas preparando el trago, Evandro vuelve a hacer a Osmar la seña con sus índice y pulgar izquierdos.

“Después de la chamba, mis amigos me llevaron a comer cebiche a Chorrillos, y chela como mierda”, explica Gibrán. “Solo recuerdo que llegué a casa de noche, me duché y me eché a dormir”.

Se prepara un segundo vaso de cuba, se sienta junto a sus dos invitados y brinda.

“Por tu cumple”, anuncia Evandro. “Y yo que venía a bailar”.

“Puedes bailar si quieres”, sonríe Gibrán, “aunque sin pareja o…”

“¿O como qué?”

“¿Es cierto que tienes un negocio de strippers?”

Osmar tose atorándose con el sorbo que acaba de dar; Evandro se lo toma como si nada.

“Sí, es cierto, pero el negocio ha decaído un poco estas semanas”, explica el aludido.

“Deben ser muy caros”, continúa Gibrán”.

“Somos exclusivos más bien”, sonríe Evandro.

“¿De cuánto hablamos?”

“Treinta y cinco dólares por veinte minutos por mitra”.

Osmar solo carraspea en silencio mientras degusta su trago.

“¿En qué terminan: hilo, bóxer, o… calatos”.

“Hilo son cuarenta; calatos, cincuenta más diez minutos extra”, sigue haciendo negocios Evandro. “Eso sí: no fotos, no video; ahí el precio se dobla”.

“¿Alguna vez se han dejado grabar o fotografiar?”

“Cuando lo intentan y no pagan, paramos el show: business are business”.

“¿Y qué pasa si alguien quiere un strip-show completo de los dos? ¿Setenta dólares?”

“No, pues. Te dejamos a sesenta”.

“¿Y alguna vez han hecho un show con final feliz?”

“Alguna vez me lo pidieron: cobré diez dólares más y lo hice”.

“¿Tú también has hecho algún show con final feliz, Osmar?”

El susodicho va casi por la mitad de su trago:

“Aún no”, sonríe desmotivadamente y mirando el líquido oscuro en su vaso sobre el que flota un gajito de limón.

“Interesante, chicos”, comenta Gibrán sorbiendo otro poco de su cuba.

Evandro apura su cola negra y deja el vaso en la mesa de centro:

“Bueno, perdona por levantarte de tu sueño, nos alegramos que hayas pasado un cumpleaños divertido y… nos vemos en el gym, ¿no, Os?”

Osmar entiende el mensaje, deja su vaso sin concluir sobre la mesa de centro, carraspea:

“Si, nos vemos el…”

“¿Cuánto me cobran ambos por un show al rojo vivo… pero bien al rojo vivo?

Osmar mira algo alarmado a Evandro, quien no está sorprendido; está haciendo aritmética.

 


En menos de diez minutos, los tres varones están a luz de lámpara de mesa en el dormitorio de Gibrán bailando pegados al ritmo de un reggaetón lento, sensual más bien. Aunque el anfitrión tiene músculos marcados, no posee el volumen de sus dos visitantes: Evandro lo abraza desde atrás y con las manos sobre las filudas caderas; Osmar delante con las manos de su alumno rodeándole la estrecha cintura en tanto las suyas acarician los dorsales, o la evidencia de que allí podrían estar.

“Puedes comenzar cuando quieras”, susurra Evandro al tiempo que muerde muy despacio el lóbulo de la oreja derecha de Gibrán.

El chico toma la camiseta alicrada de Osmar y comienza a sacársela entre lento y rápido. El torso de dios griego no solo aparece ante sus ojos sino que lo puede acariciar a voluntad. Prueba a masajear las dos tetillas del hombre y los pezones se ponen duros. Afloja el cinturón, desabotona el jean, trata de bajarlo con cierta dificultad. Se arrodilla para concretar la tarea, y Osmar gentilmente flexiona las piernas para dejar que cada manga se despegue de sus poderosas piernas (previamente, ya se había quedado descalzo). Así, arrodillado, Gibrán le baja el bóxer: el pene flácido y los grandes cojones bajo el rasurado vello púbico de su instructor están frente a su cara. Los acaricia. Son suaves al tacto. No reaccionan. Entonces, toca ambas caderas y luego el enorme culo.

Gibrán sonríe, se pone de pie, da media vuelta y pega sus pequeñas pero firmes nalgas a la entrepierna de Osmar, la que parece seguir sin reacción; toma la camisa de Evandro y la desabotona de arriba abajo; la saca del todo y la tira al suelo. Afloja el cinturón, desabotona el jean, corre la cremallera, lo comienza a bajar y repite la operación de arrodillarse para que la prenda se libere de las extremidades inferiores del artista. Finalmente, baja la tanga blanca de angostas tiras y ante su cara, salta un pene que bajo la tela hacía un gran bulto, pero que ahora se extiende de frente, aparentemente erecto. Una gotita de líquido preseminal se queda en la mejilla de Gibrán conforme el glande la golpea.

“¿Puedo?, consulta a Evandro con timidez hipócrita.

“Claro”, le sonríe el varón.

Gibrán abre la boca y deja que el falo entre en ella y lo comienza a succionar con cierto chasquido. Logra tragárselo hasta que su nariz perfecta toca el recortado vello púbico

Y su mentón puede palpar el gran escroto donde parecen guardarse dos poderosos testículos. Aunque desde su perspectiva, Osmar no puede distinguir muy bien la acción, pues la cabeza de Gibrán lo tapa, inexplicablemente también siente que su pene comienza a ponerse erecto en menos de un minuto. Y bien erecto, aunque sin la lubricación que ostenta su amigo.

“Así chúpame la pinga”, seduce Evandro, quien mira a Osmar en la semipenumbra y le sonríe. “Chúpasela a Os también”.

Gibrán gira, y antes de meterse la pinga de su instructor a la boca, nota que es cabezona, medio incircuncisa, y con la base más delgada, quizás no tan larga y recta como la del otro muchacho; más bien, una del tipo hongo.

Osmar siente la humedad caliente y cierra los ojos intentando hallar disfrute en el sexo oral pero no lo consigue; de hecho, su erección va desvaneciéndose.

“¿No te gusta cómo lo hago?”, susurra Gibrán separando sus labios de la pija por un momento.

“Chupas el huevo como los dioses”, miente Osmar; pero la verdad es que su pene está semierecto otra vez.

“Chúpamela de nuevo”, sugiere Evandro (cuyo miembro se ha puesto semiflácido), y cuando Gibrán gira sobre el suelo para practicar la fellatio, Osmar vuelve a sentir que su erección retorna. Prefiere no razonarlo en ese momento.

Poco después, Evandro mete su pinga en el ano del cumpleañero, previamente protegido por un condón, él arrodillado sobre la cama, el chico boca arriba y con las manos del activo presionando sus piernas contra su abdomen y pecho. Al mismo tiempo, Gibrán mama el miembro de Osmar, arrodillado en la cabecera y con el rostro de su alumno prácticamente bajo su perineo, quien ni siquiera mira lo que hacen con su órgano sexual sino que no pierde detalle de lo que pasa justo frente a sus narices: la penetración anal en todo su esplendor.

A la una de la mañana, los tres comparten la ducha. Gibrán insiste en extraer el semen de la verga de Evandro y lo consigue. Sabe neutra, simple. Prueba entonces con la de Osmar, que a mantenido masturbada y dura, pero al metérsela a la boca, otra vez pierde rigidez.

“Perdona, estoy algo cansado”, se justifica el instructor.

Gibrán lo entiende y prefiere masturbarse sobre el piso de mayólica. Las ráfagas de semen caen a los pies de Osmar.

  

sábado, 24 de abril de 2021

La hermandad de la luna 3.2

“El que va a renunciar será el sobrino de Carlos mas bien”, comenta Tito a Adán. “¿Tenías que abrirle los ojos así?”

“Si no era hoy, ¿era cuándo?”, se defiende el cuerpo de luchador.

Ambos caminan hacia uno de los campos por sembrar donde un tractor los espera para iniciar el arado.

“Además, no va a renunciar. Ya sabe la nota. No la comparte, pero ya la sabe, ¿o me vas a decir que no te ha pasado nada con ese chico?”

 “Hablas huevadas”, se pone serio Tito.

El celular de ambos varones suena en simultáneo. Se miran, lo sacan y abren la aplicación de mensajes: “A mediodía donde Yup”.

“Te dije que no iba a renunciar”, sentencia Adán y se adelanta hasta el tractor.

 


Poco antes de mediodía, los dos varones avanzan por el camino secreto hasta el sitio donde los algarrobos se hacen más tupidos. Ya están colgadas las ropas de Carlos y Frank en las salientes, así que ellos también se desnudan por completo, quedando a mano solamente con unos cascos simples de cuero con una gran lengüeta que protegerá su nuca. Siguen el camino de cemento hasta el espacio de gramita que rodea la transparente laguna frente a la que  Carlos y Frank están desnudos, arrodillados con la espalda recta, meditando en silencio. Los dos recién llegados adoptan la misma posición justo a continuación de los dos primeros.

“Estamos aquí frente a Yup, la diosa transportadora de vida”, interviene Carlos, “para que sea testiga de esta primera ceremonia de iniciación en que le presentamos a Frank, quien pide ser incorporado como guerrero”.

“Frente a Yup, prometo que ejecutaré mi primera prueba con ahínco, honor y respeto, y para ello, elijo como contrincante a… Tito”.

el aludido siente que su corazón salta de sorpresa; el acompañante al lado, lo mismo.

“Tito, ¿aceptas el reto?”, consulta Carlos.

El gladiador se toma unos segundos, segundos muy tensos. Sabe que esa elección no es adrede.

“Tito, ¿acept…?”

“Sí, acepto”.

Carlos se toma otro par de segundos, lo mismo que toma aire:

“Contrincantes: ofrézcanse a Yup”.

Tito y Frank se ponen de pie, caminan e ingresan a la laguna hasta lanzarse y sumergirse por un momento, sin que el agua logre despojarlos de su ansiedad. Al emerger y regresar a la orilla, Carlos y Adán ya tienen toallas con las que secan a cada uno de los participantes de pies a cabeza, sin dejar un espacio con resquicios de humedad, lo que significa secar también el pene, los testículos, el perineo  y en medio de las dos velludas,redondas y duras nalgas que ambos poseen. Frank y Tito solo respiran profundo, lento y conscientemente. Una vez secos, Carlos y Adán toman frascos de vaselina y los untan nuevamente de arriba abajo, al medio y entre los espacios por donde difícilmente llega la luz. Los dos que terminarán expectando el rito, toman las gorras con diseños triangulares y se las colocan en la cabeza; los otros dos, los cascos.

“No golpes, solo la fuerza de sus músculos y sus cuerpos”, advierte el capataz. “Comiencen… ¡ahora!”

Tito y Frank se miran frente a frente, se abrazan y se dan un profundo beso en la boca. De inmediato se separan y se ponen en guardia, agachándose un poco, moviendo sus antebrazos, describiendo un círculo de lucha sobre el césped. Entonces, Frank se lanza sobre Tito, quien lo recibe y lo aprisiona con sus extremidades superiores rodeando los dorsales y la espalda media; las piernas de ambos se ponen altamente tensas tratando de que uno no avance sobre el otro, los glúteos elevados a su máxima expresión debido al esfuerzo, los velludos pechos comparten la aceleración de sus latidos conforme hacen contacto, los jadeos y gruñidos compiten con los trinos de los pájaros que aparentemente se han posado a contemplar el combate. Tito adelanta un pie y mueve algo fuera del círculo imaginario a Frank, quien trata de no rendirse pero termina deslizándose apenas centímetros, por lo que torpemente gira y le da la espalda al veterano gladiador con la esperanza de ponerle una zancadilla, pero no resulta. Termina cayendo de bruces sobre el césped y Tito encima suyo inmovilizándolo con su peso y sus piernas, las que abre para atenazar las del joven retador, al mismo tiempo que comienza a mover su pubis sobre las nalgas de Frank, quien se desespera, cierra los ojos y piensa que todo está perdido, especialmente cuando siente la dureza de una erección entre sus glúteos.

“¡Me rindo!”, grita desesperado.

Tito cesa el movimiento púbico. El sudor de ambos se confunde con la piel untada en vaselina. Carlos no tiene más opción que declarar la derrota del aspirante a guerrero. Entonces, Tito clava la mirada en los ojos de Adán: quizás esté perdiendo la habilidad de presentir con exactitud.


 

En el AMW, Owen despide a sus últimos dos alumnos de la primera mitad del día y cierra con seguro la puerta de acceso. Toca otra puerta lateral que conecta a la casa de Tito. Flor abre.

“¿Terminaron?”, consulta la chica.

“Sí, terminado”, sonríe el instructor.

Flor cuadra la caja de esa media mañana, y, tras la segunda verificación, mas bien sobra dinero: cinco más.

“No registraste a alguien”, le observa ella.

“Oh, el nuevo”, Owen saca un papel del bolsillo de su short.

“OK. Ahora sí, everything’s alright”.

“You speak english, Flor?”

“Just a Little”, sonríe la chica.

“Oh, I’ve got those additional eight”, él le dice sacando otra vez un puñado de monedas de a uno y de  medio centavo.

“Your tips?”

“I guess so”, Sonríe Owen.

“Daddy said you keep your tips, don’t include them in the final amount”.

“Thank you. Your daddy and you’re very good to me, even when you still distrust”.

“It’s natural, Owen. You appeared from anywhere here in Santa Cruz”.

“And you’re wondering who I am. It’s OK. I have nothing to hide.”

“No offense to you. Those times are not safe.”

“Yeah, I know, Flor”, sonríe Owen.

“Take a bath. It’s lunch time,” invita la chica.”

 

miércoles, 16 de septiembre de 2020

Felices los 4 (8)

Tras una orgía, Rafael muestra su rostro real.



    


Tras asegurarse que todo el Olympus está bien cerrado, ángel y Eduardo bajan la escalera interna de caracol que los conecta con la casa habitación.

“Claro, mientras sales de viaje, Rafa y su esposa pueden venirme a ayudar”.

“No es su esposa, a duras penas son pareja, aclara Eduardo. “¿Y dónde se quedarían?”

“En el otro cuarto que tienes”, responde el instructor. “Abajo hay tres cuartos y apenas aprovechamos el nuestro”.



Abren la puerta de uno de los dormitorios más pequeños y sobre la cama, un hombre atlético, de amplia espalda y grandes nalgas, está sentado cabalgando el largo y grueso pene de otro chico moreno y atlético como él. Eduardo traga saliva al ver ese ano engullendo el falo del otro varón (protegido con un preservativo), siente su erección al reconocer los gemidos del jinete.



Minutos después los cuatro hombres comparten una ducha a media luz en la que el dueño del inmueble no sabe a qué cuerpo girar para dar y recibir caricias, o a quién dar besos. Mejor opta por arrodillarse en la bañera, tomar el pene largo, grueso e imperceptible curvo hacia arriba de Ángel, y el falo largo, grueso y evidentemente curvo hacia la izquierda de Rafael, los masajea un poco y comienza a mamarlos un rato uno, otro rato el otro. Tras ellos, Amado espera su turno con su pene largo, recto y grueso esperando su turno. El vapor crea una atmósfera cómplice y pantanosa.



Lo que pasa luego es que el ano de Eduardo es alternadamente penetrado por Rafael, Amado (siempre protegido con un condón) y Ángel. El ahora dueño del Olympus está cómodo en cuatro patas sobre su cama sintiendo cómo es placenteramente torturado por tres tipos de virilidad, una más elegante, otra más salvaje, una más sutil, otra más lujuriosa, una suya, otra… quién sabe. Lo que importa en ese momento es disfrutar. Más nada.

“Solo espero que no se apareen con Ángel”, advierte Eduardo mientras acompaña a Rafael y Amado a la puerta una vez que acaba la sesión.

“Vendré a verlo con Ingrid”, aclara el policía.

“Espero que no sea una arrecha de mierda como Dalila”.

“Tranquilo, mi Lalo: tengo bien domada a esa chuchita”.

“Y tú resultaste ser toda una revelación”, dice el anfitrión a Amado.

“Gracias, don Lalo”, sonríe el moreno. “Y gracias por el mes gratis”.



    


Eduardo abre la puerta y Rafael saca su motocicleta que está parada en una vereda interna del jardín delantero de la casa. Amado se encarama justo detrás juntando su paquete a las nalgas del conductor.



En cinco minutos llegan a una calle estrecha dominada por un enorme algarrobo.

“Ese tronco me recuerda ya sabes a qué”, sonríe Rafael.

Amado sonríe también.

“Gracias por traerme y…” el moreno se acerca al oído del conductor. “Gracias por dejarme probar ese culo”.

“Gracias por el banano”, retribuye Rafael. “Espero que no sea debut y despedida”.

“No lo será”, promete Amado, quien saca una llave y abre una puerta de madera algo tosca, parte de una casa común y corriente. Camina hasta su dormitorio. Se quita toda la ropa en la oscuridad.

“Huevón”, susurra.



     

Diez minutos de trayecto con el frío calándole las manos, el pecho y las piernas, y el policía vestido de atleta llega a su casa pocos minutos antes de la medianoche. Su pareja lo espera profundamente dormida, ocupando la mitad de la cama matrimonial. Recién se despierta cuando él ocupa la otra y le roza su cuerpo desnudo.

“¿Qué dice Lalo?”, averigua adormilada.

“Nada en especial”, susurra Rafael. “Extraña a Dalila”.

“Sí… claro”., dice ella antes de quedarse dormida otra vez y de un tirón hasta que el despertador suena a las cinco y se repite el rito de dejar el desayuno preparado e ir hasta el Olympus. Es miércoles. Esta vez, Ángel viste otro de sus enterizos en el que el blanco de la tela no le deja lugar a dudas a la alumna: debajo no hay ropa interior alguna. Mientras ejecuta su rutina, Ingrid puede casi ver cada músculo al desnudo, y mucho más el paquete, aunque lo que jala su vista es el acupulado trasero. Ángel se da cuenta:

“¿Te incomoda?”, le pregunta ensayando una sonrisa cándida.

“No, para nada”, responde ella con mucha seguridad. “Me gusta cuando un chico se pone algo sexy y lo luce con actitud”.

“Ya te dije que tú miras las cosas de otra manera, no como el común de las personas”.



Eduardo sube al tercer piso con cara  de circunstancia, se acerca a Ángel, lo llama a un costado y conversa algo. Ingrid finge indiferencia, pero aunque quisiera, la música de  fondo le impide saber qué están hablando, pero la cara que pone Ángel no le da buena espina. La charla dura un par de minutos. Eduardo sale disparado, El instructor regresa donde su alumna.

“¿Todo bien?”, pregunta Ingrid.

“Todo bien”, responde seco el chico.



    


En la esquina de la manzana donde queda el Olympus, Eduardo espera. Mira hacia la derecha tratando de distinguir algo. Los minutos se le hacen eternos. Toma su celular y marca, timbra en el auricular pero nadie le responde. Entonces lo divisa y lo ve acercarse hasta que se estaciona frente a sí vistiendo una casaca larga y las manos inusualmente cubiertas por guantes de cuero.

“Sube”, le dice Rafael sentado en la motocicleta.  “¿qué pasó?”

“Que tu plan falló”, casi reclama Eduardo ya colocado a su espalda.

El vehículo arranca y el conductor toma una vía más discreta bajo una fila de algarrobos.

“Cálmate, huevón”, se pone firme Rafael. “Sabe qué le pasó pero no quién se lo hizo; además, tu obstáculo es otro, recuerda”.

“Te dije que no era una buena idea”, tiembla Eduardo.

“¿Te arrepientes?”

“¡No sé! Pienso que esto se salió de las manos”.



    


Al llegar a un parque, el conductor sigue de largo por la carretera que mira al río.

“¡Vamos a la clínica!”, reclama Eduardo.

“Me falta combustible y en la ciudad me sale caro”, responde Rafael.



Cruzan el puente. Al fondo se ve una estación de servicios. Cuando Eduardo cree que están perdiendo el tiempo, la moto en lugar de seguir la pista, se mete por un camino de tierra.

“¡¿Qué haces?!”, se alarma el pasajero.

Rafael no responde.

“¡¿Qué haces, carajo?!”



Eduardo entra en pánico y busca su celular, pero en el esfuerzo por abrir el apretado bolsillo de su pantalón de pronto el vehículo pasa sobre un hueco y él cae de espaldas al suelo seco arcilloso. Algunas piedras le hieren. Casi ni puede gritar por el dolor.



Rafael detiene la motocicleta unos metros más allá, baja y se acerca al herido.

“Ningún plan mío falla”, le dice, sacando su pistola de reglamento oculta por su casaca, luego un silenciador. Eduardo mira el arma con pavor.