sábado, 31 de diciembre de 2022

ASS (59): el ‘remember’ de Damián y Sandro

A veces, los policías obtienen información sensible de la forma más inesperada; por ejemplo, tras hacer el amor.



A las 11 de la mañana, bajo el inclemente sol de San Sebastián, Sandro llega a su pensión montado en su bicicleta. Luce un gorro, lentes de sol, camiseta, malla y zapatillas. Se le aprecia en forma. Al aproximarse a la vereda, nota a alguien que mira hacia ambos lados de la pista; su figura le es familiar.

“¡Damiancito! ¡Dichosos los ojos!”

El policía reacciona y sonríe:

“¡Hola Sandrito! ¿Llegando de entrenar?”

“Más o menos… ¡¿y qué milagro tú sin tu moto?”

“Le está fallando el carburador y tuve que dejarla en el mecánico… estoy esperando mototaxi”.

“Ah, entonces estás ocupado”.

“No mucho, ¿por qué?”

Los dos varones suben las escaleras de la pensión.

“Bienvenido a tu primer hogar en San Sebastián”, adula Sandro.

“No ha cambiado mucho, quizás la pintura”, comenta Damián de manera aparentemente despreocupada.

Ambos suben las escaleras y entran al cuarto de Sandro.

“Mucho calor, ¿cierto?”, seduce el anfitrión.

“Si pretendes que me meta a la ducha contigo… la respuesta es sí”.

Sandro sonríe. No espera mucho tiempo y comienza a desnudarse por completo.

“No te pones calzón, ¿ah, vagabunda?”, bromea Damián al ver a sandro sacarse la malla bajo la que carece de ropa interior.

“Si pudiera andar calato sintiendo el asiento en la raja de mi culo, créeme que lo haría”.

Damián también se quita la ropa y se abraza con Sandro. Ambos se besan apasionadamente.

“¿Quién te chapa mejor: ella o yo?”

“ya, Sandrito, no comiences; ¿vamos a ducharnos?”

La pasión continúa bajo el agua. Damián no deja de acariciar las nalgas duras de su amante; mete su mano entre ellas. Logra introducir su dedo medio dentro del ano del ciclista.

“Vamos rápido, mi amor”, sonríe Sandro.

“Quiero meterte mi pinga como lo hacíamos antes”.

Sobre la cama, Sandro se acuesta boca abajo y levanta el culo. Damián se pone el condón, le abre las piernas, le zampa poco a poco su pene erecto.

“Ay, bebe. Despacio”.

Damián se acuesta encima y comienza a bombearle el ano con firmeza. Ambos gimen y jadean sinparar. No cambian de posición. Comienzan a sudar copiosamente.

“Ah, mierda. Me vengo”.

“Dame tu leche, mi amor. Así, dame tu leche, papi”.

Damián se incorpora, se saca el condón:

“Voltéate”.

Sandro gira

Damián casi ahorca a Sandro con sus piernas, le pone el pene en la boca:

“Chupa, mierda”.

En realidad, Damián bombea la boca de Sandro hasta que eyacula:

“Mierda,carajo… ¡la puta!”

Sandro se traga el semen. Damián se acuesta al lado aún desnudo.

“qué rico”, reacciona Sandro.

“No importa cuánto tiempo pase, siempre es un deleite cacharte ese culo”, replica Damián.

“Pero desde que te fuiste de aquí, parece que ya no tienes tiempo para mí”.

“Ese trabajo con la Fiscalía quita tiempo; encima mi señora, mi chibolo. Ya no es igual. Hasta me estoy poniendo panzón, carajo”.

“Pero sigues siendo lindo para mí”.

Damián sonríe, se incorpora y le clava un besito en los labios a Sandro.

“Gracias… Oí por ahí que vas a postular por San Sebastián”.

“Me invitaron. No pude resistir. Si me eligen, te llamo como mi seguridad personal. O mejor, como mi jefe de Seguridad Ciudadana”.

Damián sonríe:

“Con seguir siendo tu cacherazo me conformo”.

“¿y no estás cachando con nadie más? Pensé que tú y Paco… ya sabes… “

“¿Por ese trío que hicimos contigo? Bueno. No te negaré que caché con Paco una vez más, pero me jode que sangre como mierda. Tuve que lavar toda una ropa de cama una vez que lo hicimos”.

“Igual yo. Lástima lo que le pasó. Eso de irse a cachar en el campo, encima en la parcela de ese huevón de Julio”.

“¿Cómo sabes eso?”

“Ay, Dami. No me digas que no lo sabes siendo policía”.

“No. Fue un accidente, según entiendo, pero esos detalles, ni enterado. ¿Paco te dijo algo antes de eso?”

“No… digamos que… hay fuentes, señor poli”.

Damián sonríe otra vez, gira hacia Sandro, se acuesta encima suyo y lo besa de nuevo en la boca:

“quiero cacharte de nuevo… a pelo”

“¿estás sanito?”

“Totalmente. ¿Tú?”

“No sé. No me hice la prueba”.

Damián sonríe otra vez. Lo besa de nuevo apasionadamente en la boca para luego estimular el cuello, luego las tetillas. Toma el pene semierecto de Sandro, se lo mete a la boca y comienza a chuparlo diligentemente mientras con uno de sus dedos le masajea el orificio del ano.

“Ah, ah, Damiancito. Así, chúpamela rico, papi”.

El policía sigue haciendo lo que le piden por largo rato.

“Las voy a dar”, avisa Sandro.

Damián deja de mamar el pene, lo masturba y hace que toda la leche se dispare sobre el abdomen de su amigo.

“Ambos necesitamos otra ducha, creo”, sonríe el invitado.

Tras asearse de nuevo, Damián baja solo hacia la calle otra vez, toma sucelular y marca. Le contestan:

“Tiene que ser esta noche sí o sí. Este huevón sabe más de lo que dice…”

Y para terminar, te dejamos con una porno gay.  | Tuitéanos ahora

  

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.3: Perdiste por fin


Llegó el momento en que no estaba seguro qué cuerpo estaba acariciando, ni qué cuerpo me estaba acariciando.

También llegó el momento en que todo mi estado de conciencia desapareció, tanto que ya no recuerdo nada más.

Lo siguiente que viene a mi memoria es el cuarto ya iluminado por la luz del sol mañanero. Estaba desnudo sobre los cojines. El bailarín descansaba sobre mi pecho, también desnudo. De Eduardo no habían señas.

Desperté al chico.

“¿Mi ropa?”, le consulté.

“Tranquilo. Está en mi cuarto. La primera puerta a la derecha. Todo está completo”.

Me acarició el pectoral.

“¿Y Eduardo?”

“No sé. Seguro está dormido en el cuarto, o en el baño; pero no te preocupes por él”. El chico se incorporó y buscó mi boca, la que no le puse a su alcance.

“Hagamos el amor de nuevo. Anoche estuviste bárbaro”.

“Quisiera, pero no. Hoy me caso. A todo esto ¿cómo te llamas?”

Sonó la puerta. Alguien la abrió.

“¿¡Eduardo”?”, llamé.

Se corrió el velo de la cortina.

“Eduardo está abajo. Por lo visto, no es bueno haciendo recados”.

Era ¿Laura?

Solté al otro muchacho, quien no se despegaba de mi hombro. Me restregué los ojos.

¡No era una visión! ¡¡No era un sueño!! ¡¡¡Circulinas y sirenas!!!

“quieres dejarnos solos?”, demandó ella al bailarín aún desnudo.

El muchacho, evidentemente atemorizado, obedeció. Yo me senté sobre los cojines y me cubrí los genitales con uno de ellos.

“Laura, yo… yo puedo explicar”.

“No es necesario. Las cosas se explican por sí solas. Claro, el señor ya no me era infiel porque había dejado de buscar mujeres. ¡Y yo de babosa, confiando en todo el mundo! ¿Sabes? Eduardo me contó sobre sus noches de pasión, sobre la vez que él me entregó tu reloj. Ahora entiendo por qué le tenías cólera. ¡Puro engaño, Rafael! ¡Puro engaño!”

Me puse de pie, ofuscado.

“sí, Laura. Soy homosexual. Me costó trabajo darme cuenta, pero eso es lo que soy. ¡eso es con quien quieres casarte”!”

Laura vino y comenzó a darme puñetes en el pecho.

“¡¿Y por qué recién me lo dices ahora?! ¡¿Por qué no fuiste lo suficientemente valiente para decírmelo antes?!”

Laura comenzó a llorar y dejó de puñetearme. Yo no me moví de donde estaba, y eso que no estaba seguro bajo ningún aspecto.

“Ya no te cases conmigo. Sería lo más honesto”.

Laura se calmó un poco.

“No, Rafael. No te voy a dar ese gusto. No le voy a dar a nadie ese gusto. Tú juraste llevarme al altar, desposarme y así será. Tenemos invitados, tenemos una fiesta, tenemos reservas… No vas a dejarme en ridículo”.“

“Voy a vestirme”.

Caminé y pasé por su costado.

“solo algo más”, me retuvo. “Josué sabía de esto?”

“Sí”.

“Ahora entiendo su negativa. Por lo menos, él sí tuvo un poquito de dignidad”.

La miré fijamente.

“También lo hice con él”.

Laura volvió a llorar con amargura.

Llegué al cuarto donde me dijeron que estaba mi ropa. La encontré doblada y con todo completo. Al ponérmela, me di cuenta que algo había debajo. Lo extendí: era el traje ajustado que había usado en el cumpleaños de Laura. Un papel pegado en él decía: “Te dije que yo iba a tener la razón. NDNPNQ. Perdiste por fin”. Lo tiré con rabia al piso, luego lo tomé.

Laura y yo bajamos del edificio. Yo aferraba ese traje en mi mano, cual bandera de una guerra que había perdido.

el sol afuera ya estaba alto. 

martes, 27 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero


A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.

Llegamos.

Josué me dejó en la vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.

Me dio la mano con fuerza.

“Rafo, no hay nada qué pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.

Sentí su voz quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.

“Solo dímelo, y soy capaz de…”

“Rafo, ya lo sabes… Lo mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.

“No me pidas eso. ¡Me necesitas!”

Josué ya estaba llorando.

“No. No lo hagas por mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.

Se calmó un poco.

“Josué, no me pidas que deje de verte. No tú”.

“Te amo, Rafo. Te amo con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.

Arrancó la moto y se fue.

Comencé a llorar en plena calle. Presentía lo peor.


Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).

En lo que a ese domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.

El resto de la semana no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.

Igual, esa semana se hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y me mandaba directo a la cama.

El viernes, víspera de la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.

Laura se las había ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.

Hubo los juegos de siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le dio lo mismo si eran bonitos o feos.

La reunión finalizó casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.

“Rafo, le pedí a nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.

¿Nuestro amigo? Si algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no pedirle cátedra de eso.

“¿Ah sí?” Me lo quedé mirando.

“Sí, Rafito, como Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.

Al fondo salían los dos strippers.

“OK. Que me lleve a casa, entonces”.

Me retiré con Eduardo.

“Menos mal que mañana estaré casado”, le dije rezongando.

Fuimos hasta el auto. Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para todos nosotros tomaban un taxi.

“Estuvo misio el show de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.

“Sí, medio monse”, le respondí.

“Sé que Laura me encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una verdadera despedida de soltero”.

“¿Una disco de ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.

“Mejor que eso”.

Eduardo hizo una llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a un departamento.

Nos recibió un chico blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz, perfumada y con una música a punta de saxo y piano.

Cruzamos una especie de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía árabe.

El anfitrión había cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.

Eduardo me convidó de una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.

Lo caté y encontré agradable.

El muchacho ya se había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.

El chico me pidió la botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa. Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los jeans.

Un cuarto de botella después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.

Yo, obviamente, nada de sueño; estaba más que excitado.

El bailarín se levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le hiciera lo mismo que él le había practicado.

Como era de suponerse, la performance se repitió.

“Desnúdate”, me dijo el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.

No esperé más. Me quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había otra botella de licor.

“Tómala”, me dijo.

La agarré, la abrí y la bebí sin usar copa ni vaso.

“Ven”, me invitó.

Eduardo nos hizo sexo oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y que lo probara.

El bailarín sacó unos condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.

Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.1: No avalaré una farsa



Los preparativos para los dos matrimonios, tanto civil como religioso, o al revés, nos tomaron unos tres meses acelerándolo todo (es decir, pagando todo tipo de sobrecostos), pues no queríamos que se cruzara con las celebraciones de fin de año. No hay nada más incómodo que poner tu boda cerca de Navidad y Año Nuevo, al punto que los invitados no tendrían claro por qé se emborracharon.

Tampoco queríamos que se cruce con mi cumpleaños: la víspera de Navidad. Por eso mi segundo nombre, Jesús.

Lo que más nos retrasó fue buscar una iglesia relativamente céntrica y decente. Laura quería algo tan amplio como la Catedral; yo prefería algo más íntimo. Hasta una paraliturgia me vendría bien, pues solo deseaba decir ‘sí, juro’ (¿o era ‘sí, acepto’?), y listo.

Al final llegamos a un término medio en una iglesia céntrica y discreta. Claro que dejando dos noches asistíamos a las charlas prematrimoniales, donde la única entusiasta a morir era Laura; yo, la verdad, no entendía tanto simbolismo y tanta fórmula. Seamos realistas.

Fueron tres meses de abstinencia sexual también; es decir, solo lo hice con ella, pero en ocasiones tan espaciadas, que cierta vez me comentó que su mayor deseo era llegar a la noche de bodas para disfrutar a tope y sin preocupaciones… léase, sin condón.

Acordamos vivir en mi casa temporalmente. De hecho, mamá renunció a su alcoba matrimonial y se pasaría a mi cuarto; yo pasaría a la suya (Laura y yo, es decir). Sí, viviríamos con ella; pero, teniendo en cuenta que Laura y doña Haydeé se llevaban de maravillas, la convivencia suegra-nuera iba a ser de lo más cordial. El que salía perjudicado era yo, pues no perdía una madre, sino que me ponía doble soga al cuello.

Sin embargo, la convivencia no fue posible durante el periodo previo a la boda; se pospuso para después de la ceremonia.

Cuando no la pasaba con Laura, estaba reunido con Josué viendo detalles y avances de su negocio, o acompañándolo por el simple hecho de acompañarlo para que continúe rumiando su condición de salud.

Me familiarizé con el cóctel de medicamentos que le obligaban a tomar: isoniacidas, ácido fólico, sulfas. También nos habituamos a comer más saludable, dejar de beber alcohol, y no abandonar el gimnasio. en realidad, la última fue decisión nuestra, pues jamás se la prescribieron.

Su ánimo fue aumentando poco a poco.

Sus padres y hermanos fueron adaptándose a la nueva realidad, aunque vivían con terror de que alguien se enterara o se contagiara.


Merchandise arrancó con el pie derecho. Abrió una tiendecita en el centro de la ciudad.

Durante la primera noche, quienes hacían bulla eran los grillos; pero ese fin de semana, hasta yo tuve que ponerme detrás del mostrador para atender a la clientela.

Al segundo mes, los pedidos por las redes sociales se hicieron significativos, por lo que Josué tuvo que reclutar a dos proveedores más, y hacer viajes cada tres días a traer mercancía.

Merchandise comenzaba a pegar, y Josué –ya poco le llamábamos el Tuco- comenzó a planear el ingreso a centros comerciales o a ampliar la tienda.

Solo faltaba una semana para la boda. Era domingo, y le estaba ayudando a cerrar el local,, tarde por la noche, luego de haberle ayudado todo el día.

“Tendrás que contratar más vendedores. Esta época de fiestas es jodida para todo negocio”.

“Tienes razón, Rafo. Mi hermana ya no se abastece sola por las tardes”.

“Oye, mi matri será el sábado que viene, el dieciséis. Laura y yo estuvimos conversando si acaso podrías…”

“No. La respuesta es no”.

Me incomodó un poquito su actitud.

“Tuco, no quisiste ser el padrino por ese rollo de que estaba cometiendo un error…”

“Y lo sigo sosteniendo, Rafo. Estás engañando a Laura, engañando a todo el mundo. No creo que te estés engañando a ti. A mí no me engañas”.

“De acuerdo. Sí, soy consciente que lo hago por tapar algo. El caso es que Laura y yo queremos que, al menos, seas el testigo del civil”.

Josué se rió levemente, tan incómodo como yo. Verificó las cámaras de seguridad en su lap-top.

“Del agua mansa me libre Dios, que del registrador civil también me libro yo”.

Me le acerqué.

“Para mí sería realmente importante que tu firma esté en esa partida de matrimonio”.

Me clavó la mirada.

“Rafo, créeme, te quiero como mierda, y tú sabes cuánto, pero no avalaré una mentira, ni ante Dios ni ante la Ley… especialmente ante la Ley. A lo mejor termino preso por mentir”.

Se rió. Me contagió esa chispa de buen humor.

“Mira, Josué: piénsalo con calma. Lo del testigo no se necesita sino hasta la misma ceremonia. Me avisas un día antes, ¡el viernes!, y listo”.

Me miró con ternura.

“Rafo, ¿y por qué no paras esta farsa? Ambos sabemos perfectamente que no serás feliz”.

Tragué saliva. O sea, Glup.

Fue la primera vez en mi vida que miraba el rostro de alguien que me generaba mariposas en el estómago, esa ansiedad de no querer separarte, esa sed inexplicable de hacer eterno el momento. ¿Qué mierda te estaba pasando en ese instante, Rafael Jesús?

Le acaricié nerviosamente su mejilla izquierda.

Él me tomó suavemente la muñeca.

Comenzamos a acercar nuestros rostros.

Treinta…

Veinte…

Diez centímetros…

¿Iba a ocurrir lo que pensábamos que iba a ocurrir?

Nueve,

Ocho.

“Las cámaras, Rafo”.

“Al diablo las cámaras”.

Cinco,

Cuatro.

Mi celular sonó.

Era Laura, preguntando cómo estaba todo en la tienda y si Josué quería más ayuda.

Cuando terminé de hablar, él tenía todo listo.

“salgamos”, me ordenó.

Activó la alarma antirrobos.

Fuimos en silencio a sacar su motocicleta de una cochera vecina.

Al llegar a donde él la tenía estacionada, la preparamos para salir a casa.

“Tuco, ésa es la razón por la que te opones, ¿cierto?”

“Rafo, tú debes tomar la decisión correcta, pero tú en función de ti, no de mí, no de Laura, no de nadie. Tú puedes hacerlo”.

“Te juro, Tuco, que ya no sé ni lo que quiero, a pesar que tengo claro lo que debo y lo que puedo”.

Josué subió a la moto, la arrancó, me indicó que abordara. 

sábado, 24 de diciembre de 2022

ASS (58): el primer facial de Julián

Mientras alejo le enseña al nadador cómo chupar bien el pene, el hombre que espiaba todo en la piscina resulta tener su nivel de arrechura.



Enrique escribe en el cheque, lo desglosa del talonario y se lo da al hombre delgado, joven, que está parado frente a él en el vestuario de la Piscina Comunitaria. El hombre, cabello negro crespo y barba en el rostro no rasurado hace un par de días,  se sorprende al leer la cifra:

“¿tanto, míster?”

“Creo que es suficiente, carnal, para que no le digas a nadie lo que estamos haciendo aquí”.

“Pero yo no pensaba contarle a nadie que están haciendo porno entre patas”, se ruboriza el hombre. “ya le dije que vine a ver mi cargador y cuando me di cuenta… pues… ese chico se estaba cachando al otro joven…”

“¡Estás seguro que no te mandaron Eliezer o José Luis?”

“No, señor, ya le dije que me olvidé mi cargador, vine y no pensé que iba a encontrarme…”

En eso entra Flavio con su escultural cuerpo cubierto por la bata de baño. El hombre delgado calla por vergüenza.

“¿ya arreglaron?”, pregunta a enrique.

“ya, aunque dice que no pensaba echar aguas”.

Flavio mira al hombre, aún aturdido; le sonríe.

“No le veo pinta de querer delatarnos”. Entonces, se dirige a Enrique: “¿Te contó Alejo que lo descubrió pajeándose mientras veía a lo lejos cómo yo cachaba con Julián?”

“Eso es lo que le conté al señor aquí”, se defiende el hombre.

“Además, Alejo me contó que parece tener un buen pene”, agrega Flavio.

Enrique sonríe:

“No pretenderás hacer lo que estoy sospechando”.

Flavio habla nuevamente con el hombre:

“¿¿me permites un momento?”

“¿Qué?”, reacciona el varón, todavía aturdido.

“Confía en mí”.

Flavio toma la camiseta del hombre y se la quita. Su cuerpo delgado es en realidad marcado de músculos con algo de vello en pecho y abdomen. Entonces, Flavio afloja el cinturón, desabotona el pantalón y baja la cremallera, y hala el pantalón hasta las rodillas.

“Lindas piernas”, comenta Flavio.

“Juego fútbol en segunda división… los fines de semana”.

”ah, eso explica tu culo redondo y durito”, comenta Flavio mientras palmea levemente el trasero del hombre, quien parece no estar incómodo. “ahora, la prueba de fuego”.

Flavio baja el bóxer medio raído, igual, hasta las rodillas, y puede ver un pene más o menos largo debajo de una abundante mata de vello púbico.

“¿¿Cuánto te mide?”

“No lo sé, joven”.

“¿Puedo?”, susurra Flavio en su clásico tono seductor.

“Claro… si desea”.

El actor y modelo porno comienza a chupar el pene al varón, quien mira el sexo oral mientras siente cómo esa lengua y esos labios le masajean la virilidad de forma magistral. La erección se produce en cuestión de un minuto.

Enrique no pierde detalle; se acomoda su pene ya duro dentro de su pantalón.

Afuera en la alberca, se supone que Julián ha desafiado a Alejo para hacer un largo de ida y vuelta.

“el perdedor mama el pene al ganador”, retó ante cámara antes de lanzarse al agua.

“Trato hecho”, le respondió a Alejo.

Adrede, Julián llega a décimas de segundo después que su contrincante.

“Puta madre… tendré que tragarme esa pija”.

“Te va a gustar mi pija”, responde Alejo, sonriendo.

Ambos salen del agua, van a la banca donde antes Julián se estaba pajeando. Willy los sigue con la cámara. Los dos talentos llegan aún en su tanga de natación, sus gorras y sus gafas para el agua.

Julián se sienta en la banca mientras Alejo permanece de pie para bajarse la tanga. Lo hace.

“Trágate  toda mi pija”, pide.

Julián, en realidad,  traga un poco de saliva, abre la boca y se dispone a pagar el reto. Jamás en su vida ha chupado pinga. Le dijeron que eso no se hace porque ‘eso no es de hombres’; pero hay algo en la verga de este hombre que le hace imposible dejar de succionar y succionar hasta que consigue hacerla crecer hasta sus 18 centímetros.

Para Julián es raro y nuevo el sabor del líquido pre-seminal, algo salado pero tampoco desagradable. Dicho sea de paso que alejo aprendió con esto de hacer porno lo importante que es tener la pinga y los huevos bien perfumados y limpios.

“Trágate toda mi pija”, insiste Alejo muy cariñosamente, mientras acaricia la cabeza a Julián, pero el novato mamapenes apenas si consigue meterse la tercera parte del falo erecto.

“No es fácil”, sonríe algo frustrado.

Alejo entiende que esto puede estropear la toma, así que hace algo que no debería estar en el guión… aparte que no hay un guión concreto.

“Ponte de pie… yo te enseño”.

Julián se sorprende un poco pero acepta; toma el lugar de Alejo quien ahora le baja la tanga:

“Se hace así”.

Alejo, por primera vez ante cámara, abre su boca y mama el pene del nadador con una maestría que deja a Willy como estúpido por lo que aprecia en el viewfinder de la cámara.

Los 16 centímetros de Julián ya están duros, entrando y saliendo de la boca de Alejo, quien la mama por algunos minutos más hasta que se detiene:

“¿ya sabes cómo hacerlo?”, se pone de pie. “Ahora es tu turno”.

Julián se arrodilla y trata de imitar la lección. Lo consigue en parte. Tácitamente, los talentos y el camarógrafo entienden que esa escena será un toma y dame.

“Así, Julián, la mamas rico”, dice alejo excitado, aunque en realidad su compañero sexual aún tiene problemas para embocarse todo su miembro. “¿Te la vuelvo a chupar?”, le consulta luego de unos minutos.

Julián acepta y vuelve a ponerse de pie; Alejo se la vuelve a chupar mientras le acaricia el redondo y firme culo.

“También quisiera mamarte el orto”, le dice al nadador.

“Claro”, susurra su compañero girando y agachándose sobre la banca.

Alejo le separa las nalgas y descubre el ano cerradito y rosado a Julián. Besa cada cachete, los lame; al fin se lanza a la conquista del agujero rectal.

Al experimentar esas placenteras cosquillas, Julián se siente en la gloria, tanto que comienza a pajearse.

Willy hace verdaderos malabares para lograr una toma perfecta porque la acción se da por ambos lados.

“Las voy a dar, las voy a dar, carajo”, susurra Julián muy excitado. “¡Ohhh!”

Ráfagas de su semen caen sobre la mayólica especial de la alberca.

“Arrodíllate”, pide Alejo.

Julián lo hace.

Alejo pone su pene a la altura de la boca de Julián, se masturba tan fuerte como puede. El nadador no sabe si abrir o cerrar los labios.

Tras unos minutos, Alejo eyacula sobre  el rostro de Julián dando un suspiro fuerte y viril.

Hace que el nadador se ponga de pie y comienza a lamerle el rostro limpiando su propia leche. Julián trata de disimular su desconcierto.

“Gracias”, le dice alejo, sonriendo en voz baja cuando termina de limpiarle la cara de su propio semen. Sella todo con un besito en la boca.

Willy corta la grabación.

“De la puta madre”, califica asombrado.

Adentro en el vestuario, Flavio también recibe el semen del hombre que estaba espiando toda la escena; se lo traga.

“Rico; yo creo que sí califica”, dice a Enrique.

El hombre está sudando del puro orgasmo; también mira a Enrique:

“¿ya me puedo ir?”

Enrique sonríe:

“¿y si te propongo otro trato?”

    

martes, 20 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.2: Tu peor error


Lloré. Escuché que él también lloró.

Las lágrimas corrían profusamente sobre mi rostro.

Era como si el dique que las había contenido todo ese día se rompiera irremediablemente. Lo curioso del asunto es que era una suerte de desastre necesario. Algún sentido debía tener todo ese dolor.

“Rafo, ¿en serio nunca me abandonarás?”

“No, mierda. Me corto un huevo antes de dejarte. Eres mi hermano, huevón. Aunque todo el mundo te deje, yo nunca, mierda. ¿Me oíste? ¡Nunca!”

No dejé de llorar. En mucho tiempo no lo había hecho por considerarlo tiempo perdido. Obviamente, ese momento no calificaba como tal.


A la mañana siguiente, Laura me llamó. Le dije que esa noche teníamos que hablar de algo importante.

“Nos vemos en el gimnasio, entonces”, me recordó.

“OK”, respondí.

Llamé a Josué. Me costó trabajo convencerlo de que vaya al gimnasio también.

Ese día, almorcé rápidamente y busqué una joyería.

Estaba pagando, cuando volví a tener la impresión de ser observado. Miré a todos los costados, pero no encontré a nadie.

Apenas dejé el negocio, me choqué con Eduardo.

“¿Me estás espiando?”, le di a quemarropa. “Hace tiempo me estás espiando, ¿no?”

“¿Por qué piensas eso, Rafo?”

“Rafael para ti. Eres una mierda. ¿Cómo te jugaste con algo tan jodido como… como esa enfermedad?”, bajé un poco la voz.

“¿Cuál enfermedad? ¿De qué hablas?”

“Ya. No te hagas el cojudo que ya lo sé todo: estoy sano y eso es lo que importa”.

Eduardo se rió.

“Ay, Rafo. Perdón, Rafael. En ningún momento te dije que yo estaba enfermo”.

“Dijiste que perdiste. Siempre que te he encontrado borracho salías con eso, y no me vengas que no te acuerdas”.

“Perdí porque cuando te conocí, pensé que podíamos tener algo”.

“¿Ser pareja?”, sonreí burlonamente.

“Sí. Porque me gustas mucho, porque eres un experto en la cama, porque yo te puedo dar todo el placer y la dedicación que tú quieres. No creo que Laura me supere”.

NO resistí la risa.

“¿Sabes qué, Eduardo? Nunca haría pareja contigo. Solo fue sexo. Recuerda dónde te conocí, recuerda dónde te encontré. Estás mal de la cabeza”.

Comencé a caminar.

“Al menos, yo sé quién soy”, me dijo en voz alta.

“Deja de espiarme”, advertí.

Seguí mi camino.


Más tarde, Josué y yo llegamos al gimnasio juntos. No es que el Tuco anduviera con el ánimo a tope, pero tenía fe que una hora y media de esfuerzo físico le activara las endorfinas, la serotonina o la oxitocina, y eso podría arreglar el asunto mientras tanto.

Nos pusimos la ropa de deportes y salimos a hacer nuestra rutina, pero antes me desvié a la sala de aeróbicos para buscar a Laura.

La encontré conversando con dos chicas.

“¿Amor?”, la llamé.

“¡Rafo, mi vida, te extrañé!”

Se me acercó y me besó.

“Oye, te tengo una mala y una buena noticia”.

Laura cambió su semblante alegre.

“Ay, Rafo. No empecemos otra vez, y menos aquí”.

“¿Cuál quieres primero?”

“La mala”.

“Bueno… La mala es que…. Ya no seremos enamorados”.

Laura comenzó a enfurecerse.

“¡Y déjame adivinar la buena: te revolcarás con alguna perra de esas que siempre solías buscar!”

Sonreí abiertamente.

“Yo no diría eso, Laura”.

“¡Y encima eres un cínico, Rafael!”

Comenzó a darme manazos en mi pecho.

Sorpresivamente, saqué una cajita negra forrada en terciopelo.

Laura se quedó helada. Enrojeció de vergüenza.

“La buena”, dije tranquilamente, “es que delante de todos, te pido que dejemos de ser enamorados para comenzar a ser esposos”.

Abrí la cajita, y el anillo de compromiso brilló ante sus ojos… y los de toda la gente que curioseaba con poco disimulo, alrededor.

Laura se quedó muda, empezó a respirar más rápido.

Se desmayó.

Mientras la reanimábamos con ayuda de sus amigas, la gente allí adentro comenzó a aplaudir.

Laura y sus amigas no hicieron la clase, y se quedaron contemplando la joya. Yo sí comencé mi rutina.

Cuando estaba acercándome a la primera máquina, se me cruzó Jaime.

“¡Hipócrita!”, me regañó.

No le hice caso.

En la máquina del costado estaba Josué, jalando las poleas con una fuerza inusitada, como si la furia pasara a ser su combustible. Creí entenderlo. Tras todo lo que se enteró, y el hecho de que tenía que asumir una lucha de por vida, su actitud era justificada. O al menos creí eso.

Comencé a hacer barras.

Tras finalizar la rutina de ese día, fuimos a tomar un baño, como era costumbre.

Cuando terminé, me asomé a la otra ducha. Josué tenía el cuerpo untado en jabón.

“¿Te parece si mañana seguimos lo del negocio? Esta noche quiero pasarlo con Laura”.

No me dirigió la mirada.

“Normal. Como quieras. Mañana lo seguimos”.

“Tuco, solo será por esta noche. No creas que voy a dejarte ir solo por lo que sabemos”.

Por fin me miró.

“No es eso,Rafo”.

“¿Entonces?”

“Tú sabes muy bien que estás cometiendo el peor de tus errores, y la estás arrastrando en esto”.

Me quedé mirándolo sin responder.

El Tuco tenía razón.

Mientras tanto, el agua revelaba de nuevo el cuerpo trigueño de mi amigo, en el que por fuera todo parecía normal, pero donde más de una procesión circulaba por dentro. 

“¿Qué debo hacer, entonces? ¿Dar marcha atrás?”, lo cuestioné humilde.

“Piensa en ti, por favor, Rafo. Solo piensa en ti. No jodas tu vida por quedar bien con el mundo entero. Solo piensa en ti”.

El rostro de Josué tenía un gesto de súplica.

“Ya tomé una decisión. Voy a afrontarla, Tuco”.

Mi amigo se quedó en silencio por algún ratito mientras el agua de la ducha no dejaba de tapizarlo de un brillo opaco e indiferente.

“Caballero. Te apoyaré… pero no estoy de acuerdo contigo”.

Bajé la mirada.

Nos quedamos en silencio por casi un minuto o dos.

El agua se desvanecía por el sumidero.

¿Qué más se estaba desvaneciendo en mi vida?

lunes, 19 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.1: No quiero que te mueras


En la pantalla SE VEÍA…

¡Por Dios, ya no recuerdo qué se veía en la pantalla!

ese domingo ESTUVO repleto de sentimientos encontrados. Por un lado, alegría y satisfacción porque yo no; pero tristeza e incertidumbre porque mi mejor amigo sí.

Tras conocer la inesperada noticia, me pasé toda la jornada con Josué, acompañándolo, dándole mi apoyo, mostrándole que si habíamos estado en las malas, no dejaría de estar en las peores. Y ésta fue la peor de todas, hasta ese momento.

Lo realmente jodido fue sentarnos ante sus padres y revelarles que, además de ser homosexual, era…

La oscuridad que tenía alrededor ayudó a disimular mi llanto silencioso.

¿Por qué él?


Estaba en la función de siete y cuarto de la noche en el cine triple X, y apenas habían corrido cinco o seis minutos de la cinta.

Mientras el actor y la actriz se quitaban la ropa en la pantalla, yo no sabía qué hacer con mi espíritu: si blindarlo y vestirlo contra el frío, o quitarle todo y arriesgarme a rasguñarlo más.

Un hombre se sentó a mi derecha. Encendió un cigarro. No me importó que me viera o me reconociera.

“Hola”, me dijo. “¿Recién comenzó?”

“Sí”, respondí con levedad.

Está buena, ¿no?”

“Sí, parece que sí”.

“¿Siempre vienes?”

“Hace siete meses que no vengo”.

“¿Cómo te llamas?”

“Rafael”.

“Bonito nombre… ¿pero no es el verídico, no?”

“Es mi nombre”.

El hombre dio una pitada. En pocos segundos, el olor a tabaco se imponía a la humedad del recinto.

“¿qué buscas?”, me preguntó.

“Respuestas. Hace tiempo que busco respuestas”. Suspiré largamente. “La vida parece haberme dado una segunda oportunidad. El caso es que en mi vida he estado con un pie en dos hemisferios distintos, entre tirar con mujeres o tirar con hombres. Tiro con mujeres para conservar ciertas apariencias, pero la verdad es que me gusta tirar con hombres”.

El hombre dio otra pitada.

“Me parece que ya tienes las cosas claras. ¿Qué respuestas buscas, entonces?”

“La gente no acepta que dos hombres hagan una vida juntos, aunque te mueras de amor por uno de ellos. En cambio, no hay joda si se trata de hombre y mujer, aunque luego se pasen años de años como perro y gato… gata quiero decir”.

El hombre suspiró.

“¿Tienes enamorada, al menos?”

“Claro. Casi cuatro años de relación, dando tumbos, pero ahí vamos”.

“Cásate, entonces”.

Volteé a mirarlo y noté cómo la combustión del tabaco iluminaba sutilmente su grueso rostro.

“¿estás loco?”

“No…. ¿Rafael dijiste? Casarte lo resuelve todo. Cuidas tu imagen pública, y puedes hacer tus cochinadas por allí. Además te protege de los otros chicos: cuando estás soltero, están allí encima como moscas, alucinando que pueden tener algo contigo; en cambio, cuando te casas, te miran con respeto, no te acosan y puedes darte el lujo de elegir, usar y botar. Casarte te da caché”.

“¿Cómo sabes todo eso?”

El hombre volvió a pitar. Botó la colilla y la pisó con su zapato.

“Hace catorce años que estoy casado. Desde los 24 años. Tengo treinta y ocho. Tengo mi mujer, dos hijos, y cuando quiero acción, vengo acá, consigo cualquier pasivita y me olvido del asunto. Satisfago a todas las partes, especialmente a mí, y nadie me dice nada”.

Me quedé pensando. Lo que había escuchado parecía tener sentido.

Súbitamente, percibí su mano sobre mi muslo. Me lo apretó. La tomé y la retiré.

“Gracias por el consejo. Tengo que irme”.

“¿Volveremos a vernos, Rafael? Tienes buenas piernas”.

“Quién sabe”.

Me levanté, previa escala en el baño. Tenía necesidad de orinar.

Mientras acababa, oí unos gemidos que venían de uno de los cubículos al costado. Sigilosamente avancé, y lo hallé con la puerta abierta: un chico estaba agachado, con el pantalón y la ropa interior por las rodillas mientras otro hombre, como de treinta y cinco, lo penetraba casi apoyado en una de las paredes, en tanto que enfrente de ambos, pegado a la otra pared, otro hombre, de unos veintiocho, estaba también con un pantalón deportivo bajado a la altura del muslo, con su miembro rígido al aire libre, tratando de que la boca del pasivo pudiera complacerlo. El de treinta y cinco me vio, mientras se

movía con cierta dificultad; hizo con su cabeza el ademán de que me acercara. No le acepté y me fui.

Apenas era las ocho de la noche, cuando llegué a la casa de Laura. Toqué el timbre varias veces, pero no me respondieron. Llamé a su celular. Parecía estar apagado.

Regresé a mi casa.

Mamá estaba con cara de pocos amigos.

“¡Se te olvida llamar para avisar dónde estás o a qué hora regresarás!”

“Estaba ayudando al Tuco, mamá. Se presentó un problema, y tenía que acompañarlo”.

“¿Qué problema?”

“Nada. Un proceso del negocio. Nada más”.

“¿Quieres decirme en que líos te estás…”

“Mamá, trátame como adulto, por favor. Déjame tomar mis decisiones, ¿quieres?”

Mi madre guardó silencio mientras me observaba con asombro. Fui a mi dormitorio.

Me bañé y me acosté desnudo en mi cama.

Llamé a Eduardo. Su broma pesada debía tener una explicación, y esta vez no aceptaría un ¿estuve borracho, no me acuerdo’ como excusa.

Nada, mierda.

Llamé a Josué.

“¿Cómo sigues?”

“Ahí”, me contestó lloroso. “Pensando”.

“¿Irás al hospital, como te dijeron?”

“No sé, huevón. Justo ahora que comenzamos el negocio”.

“Pero si te enfermas más, ya no podrás manejar el negocio”.

Josué se quedó callado un rato.

“¿Y si cancelo todo, Rafo?”

“No debes. ¡es tu proyecto! No puedes. Hay gente que depende de ti. Y sé que, en el fondo, no quieres. Has luchado tanto por esto. Podría ser una prueba”.

“Una prueba para conseguir ¿qué, Rafo?”

“No lo sé, la verdad. Solo sé que tienes que luchar y que jamás te dejaré de lado”.

“¿Por qué?”

No pude más. Comencé a sollozar.

“Porque te quiero, carajo. Porque no quiero que te mueras”.