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miércoles, 4 de enero de 2023

Ser Rafael 20.3: Orgulloso de ser quien soy


Esa noche nos la pasamos hablando de todo hasta quedarnos profundamente dormidos. Lo último que recuerdo es su cabeza posada en mi pecho, ambos desnudos, bien abrigados por las cobijas. Afuera, el cielo parecía llorar fuertemente de alegría a pesar de la oscuridad.

Cuando abrí mis ojos, el sol se colaba por las rendijas de la puerta en haces diminutos.

Aún estaba acostado sobre la cama, pero ni la cabeza de Josué ni Josué entero estaban ni en mi pecho ni a mi lado.

Miré al techo. Algunas partes del yeso blanco se habían caído. Podía ver el armazón de cañas de carrizo.

Me senté sobre la cama, busqué los zapatos de charol negro, mi boxer.

Abrí la puerta del patio interno.

La mañana serrana me invadió con frescura.

“Buenos días”.

Josué entraba con una maleta.

“Hola”.

“¿Dormiste bien?”

“Sí. Creo que sí. ¿Cuántas veces hicimos el amor?”.

“Calla, presumido. Nos quedamos bien dormidos. Elena te manda esta maleta”.

“¿Alguna otra novedad?”

“Que tu madre manda a decir que reflexiones bien las cosas, que Laura te quiere matar, que eres la comidilla de la ciudad, y que a Eduardo lo mandaron a golpear”.

“¿Quién?”

“Ni idea, pero elena me dijo por teléfono que Laura estuvo pidiendo su cabeza”.

“Lamento haber llegado tan lejos y decepcionado a mucha gente, pero, por primera vez, me siento pleno y feliz, contento conmigo mismo, orgulloso de quien soy realmente. Por fin creo haberme aceptado”.

Josué me sonrió al escuchar éso. Se acercó, y me besó.  

“Ahora báñate y cámbiate que te ves huachafo”.

Metimos la maleta al cuarto, la abrimos y buscamos mis sandalias. Me desnudé y me puse una toalla a la cintura.

Lo miré de nuevo.

“Te amo”.

“También te amo, Rafo”.

Volvimos a besarnos.

desde entonces, vivo orgulloso y contento. Claro que no fue fácil entender quién soy, pero tampoco me rendí. Sigo en el proceso, y la verdad es fascinante.

Claro que hubo ciertos precios que pagar.

Me descontaron una semana de trabajo, tras la que Josué y yo volvimos a casa, a mi casa, y ocupamos mi viejo cuarto. Mamá recuperó su alcoba matrimonial.

Seguimos dándole a Merchandise, pero demoramos los planes pues tres meses después, él fue admitido al programa que le daba medicamentos para que su vida se prolongara. Lo acompañaba a sus controles, y de vez en cuando participábamos en las reuniones del grupo de apoyo. Incluso los llevamos de excursión a la sierra.

A los seis meses, abrimos una tienda en el centro comercial más caro de la ciudad, y Al vino para firmar un contrato que lo declaraba nuestro dealer en la Florida. Por cierto, llegó con su pareja, el otro muchacho con quien lo conocí en la playa.

A todo esto, me reconcilié con Laura, quien se hizo socia de Merchandise. Eso sí, la reconciliación implicó que todo ese año trabajara para pagar todas las cuentas que demandó la payasada del matrimonio. Claro está, quedamos como socios y amigos.

Tras ello, renuncié al banco y me dediqué de lleno al negocio con Josué.

Vivíamos unos días en la ciudad, unos días en la sierra. Viajábamos mucho, y crecimos un montón. ¡Ah! No dejamos de entrenar, ni hacer deporte, especialmente cuando Josué comenzó a ganar peso.

A Eduardo siempre lo encontrábamos borracho los fines de semana cerca de Port au Prince, diciendo las incoherencias de costumbre, hasta que dejamos de verlo un sábado. Por la prensa nos enteramos que hallaron su cuerpo a las afueras de la ciudad con evidentes signos de tortura, sin sus documentos ni su dinero.

Elena se hizo nuestra máxima aliada. Ahora anda empecinada en cabildear para que se apruebe el matrimonio gay en el país. Me ha dicho que debería escribir toda mi experiencia, y hasta publicarla como novela.

Creo que exagera.

Me parece que no es para tanto.

¿O tú qué piensas?

[FIN.]


martes, 3 de enero de 2023

Ser Rafael 20.2: Ahora sí se lo que tengo que hacer


No sabía qué hacer.

Elena me abrazó.

“¡Rafo!”

Volteé.

Era… el otro hermano de Josué.

“Mi hermano salió en la moto”.

“¿Sabes a dónde fue?”

“No, pero se fue en la moto. Le dije que no, pero el muy cojudo se fue solo”.

El hermano de Josué me guiñó un ojo y sonrió levemente.

“OK. Gracias”.

Miré a elena en silencio.

Entonces, até cabos.

“¡Al Terminal de Castilla!”

Mi hermana me miró extrañada.

Diez para las dos de la tarde.

Llegamos.

El terminal estaba atestado de gente que salía, esperaba y llegaba.

“Toma esto”.

Me quité el saco del frac y se lo di a elena. Me desaté la pajarita y la guardé en uno de los bolsillos de mi pantalón.

“No, Negro, lleva el saco. Necesitas abrigo”.

“¿Ya sabes lo que tienes que hacer, Zamba?”

“Sí. ¿Tú sabes lo que debes hacer?”

“Sí. Ahora sí lo sé”.

“Listo. Aquí te dejo. Que Dios te proteja”.

Me dio un beso en la frente, y se fue.

“¡Zamba! Perdóname”.

“No, Negrito. Estoy orgullosa de ti”.

Abordé un bus.

Cuatro y media de la tarde.

Por fin llegué a la casa de paredes blancas y tejas rojas, luego de bajarme en la plaza de Canchaque, ir cuesta arriba, esquivar tres o cuatro perros bravos, aguantarme las miradas cuestionadoras de los pobladores, y hallar que la puerta… tenía candado.

Me senté en la vereda.

Miré al cerro Mishawaka.

¿Había decidido correctamente?

No pude más.

Me hice un ovillo, poniendo mi cabeza sobre mis rodillas y lloré amargamente, fuerte, como para que la cordillera circundante me escuchara, como para que la quebrada se detuviera, como para que algún ave bajara a consolarme aunque sea picotazos, como para que… una motocicleta se acercara y detuviera.

Alguien descendió.

Levanté mi mirada.

“Carajo, Rafo. ¿Qué parte de ‘no nos veremos hasta después de tu viaje de bodas’ no se entendió?”

Me recuperé tan pronto como pude. Enjugué mi rostro.

“Ya no habrá viaje de bodas”, dije.

Josué se acercó a mí. Comenzaba a emocionarse (conocía ese gesto a leguas).

“¿Y… Laura?”

“No. No vine por ella. Vine por mí”.

“¿Para qué?”

“Para no cometer el mayor error de mi vida”.

Josué se terminó de sorprender y estuvo a punto de quebrarse.

“Y… ¿éstas son… éstas son formas de venir?”

Sonreí con mi rostro nuevamente bañado en lágrimas.

“¡Yo también te amo, Josué! ¡Yo también te amo!”

Me levanté de un salto, fui hacia él. Lo abracé.

Él también me apretó fuerte con sus brazos.

Lloramos de alegría, juntos.

¡Juntos!

Como siempre debió ser.

Y la cordillera se hizo el más bello paisaje al atardecer, y las aves trinaron como nunca, y la quebrada bailó hermosa entre las rocas como jamás se vio… y la moto casi se saca la mugre por no asegurarla bien.

“Rafo, ¿te parece si tomamos un baño?”

“¿Tan mal huelo?”

Josué se rió.

“Necesitamos remover todo el pasado. Es hora de comenzar algo distinto, juntos”.

“Y luego tendremos que preparar la cena juntos, ¿no? Me muero de hambre”.

Volvimos a reírnos.

Nos besamos con intensidad y ternura.

Ah. Esos primeros planos siempre me han fascinado, aunque los protagonistas sean del mismo sexo.

El sol comenzaba a ocultarse.


lunes, 2 de enero de 2023

Ser Rafael 20.1: No acepto


“Negro…”

“Sí, ya sé. No me afeité”.

Elena me miraba la cara fijamente.

“Mejor no digo nada”.

Verifiqué mi reloj: doce y media de la tarde. Ya teníamos un retraso de media hora sobre la que aparecía en la invitación.

Mi hermana Elena , el padrino de Laura y yo seguíamos esperando en el altar de la iglesia. Elena era mi madrina.

“Negro, ¿y si aplicas el cinco-cinco?”

Volteé a mirarla serio.

“ay, Negro, era solo una idea”.

Estaba nervioso y sofocado. Apuesto a que no solo era el frac.

Respiré hondo. Traté de guardar la serenidad.

Mi madre estaba en primera fila con cara de angustia. No, mirarla no me iba a ayudar. La familia de Laura parecía andar con ojos de huevo estrellado. ¡por Dios! ¿Nadie quería levantarme la moral?

“Negro…”

“Elena, ya basta. Me siento pésimo. No hagas que me sienta peor”.

Mi hermana se acercó y me acomodó la pajarita. Me dio una bofetadita cariñosa.

“Era solo eso”.

Doce y treinta y cinco.

El carro donde venía Laura se asomó en la puerta. Ella y su padre bajaron. La marcha comenzó a sonar.

Sin saber cómo, Laura entró radiante, con una gran sonrisa en su rostro. A veces miraba a la gente en las bancas. Su progenitor trataba de disimular, sin éxito, un rostro de incomodidad.

Su lento desfile sobre la alfombra roja se hacía interminable.

Al fin, llegó hasta mí.

Me dio un leve beso en la boca, sin dejar de sonreír. Yo no podía hacer eso con facilidad; mas bien, comencé a sudar más frío aún.

Por último, clavé mi mirada en ninguna parte.

La ceremonia transcurrió… como todas las ceremonias,.

En realidad, no escuchaba al cura, sino que sentía que mi vida, toda mi vida transcurría en segmentos, como una película, de la misma forma como dicen que pasa con los moribundos. Estaba allí en un cadalso que ayudé a construir, y del que parecía no poder bajarme. Juro que hasta podía escuchar con mucha potencia cada latido de mi corazón acelerándose, transformándose en un tam-tam aterrador.

Solo esperaba ese momento en que mencionan tus nombres de pila y tienes que responder afirmativamente, como lo dice el protocolo, el canon, la costumbre, la tradición, todas esas cosas que la humanidad ha construido para ocultar mediante fórmulas verbales socialmente correctas lo que el corazón no siente.

Mi cabeza se hizo un remolino.

El big-bang fue inevitable.

La primera bomba atómica era apenas una burbuja de jabón estallando.

¡Bum!

“¡No, Padre!”

El sacerdote se volteó asustado a mirarme.

Un silencio sobrecogedor se esparció por todo el recinto.

Después supe que todo el mundo se miraba entre sí con un desconcierto estilo catástrofe.

Laura comenzó a enfurecerse. Hizo esfuerzos sobrehumanos para no estallar. Aún así, volteé a mirarla.

Si alguna vez tuve que ser super valiente, éste era el momento.

“No, Laura”.

“No me hagas esto”, masculló ella, muy molesta.

“No… No debo. No puedo… No quiero”.

Lo repetí al borde del delirio varias veces, mientras mi respiración se agitaba. Miré a elena, que trataba de tranquilizarme, al público que ya estaba inquieto, al cura que no sabía dónde meterse. Por último, vi mis manos: estaban libres.

“Perdóname, Laura”.

Miré al altar.

“Perdóname, Diosito”.

Sin que nada ni nadie me importara bajé de allí sin ver atrás. La gente empezaba a armar barullo. Solo sentía a elena detrás de mí que gritaba: “¡No se le acerquen. Soy su abogada!”

Escuché a alguien aplaudir. Vi de reojo: era Jaime.

A medida que ganaba la puerta, aumentaba el paso, como si me fueran a cerrar las puertas. En realidad, me las estaban cerrando. Pero aún así, logré salir.

Respiré la primera bocanada de aire de la calle. Miré a elena. No sabía qué hacer.

“¿Dónde vive, Negro? ¡¿Dónde vive?!”, me urgió.

Por fin reaccioné.

”¡Ven!”, le grité.

Elena y yo corrimos hasta una esquina, paramos un taxi, le indicamos que vaya al sector oeste.

Los edificios, las casas, la gente, las calles, los árboles, toda la ciudad pasaba rápida frente a mis ojos… y eso que paramos como en siete semáforos. A lo mejor era una rara variante de la relatividad general.

Una y veinte de la tarde.

“es allí”, señalé.

“espérenos”, dijo elena al taxista.

Fui a tocar la puerta. La gente estaba extrañada de ver dos tipos de etiqueta a esa hora y en ese lugar. Me dio igual.

Por fin escuché pasos. Por fin, luego de una semana. Por fin, esa puerta se abría.

Por fin…

“¡Hola, Rafo!”

… era el hermanito de Josué.

“¿Tu hermano?”

“Se fue”.

“¿Se fue? ¿A… dónde se fue?”

“No sé. Dijo que quería estar tranquilo, que no lo molesten… ¿Le vas a dejar algo?”

“No”.

Me desolé.

Miré a elena.

Suspiré.

Ambos sudábamos a chorros.

Me sentí perdido.

Comencé a llorar. 

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.3: Perdiste por fin


Llegó el momento en que no estaba seguro qué cuerpo estaba acariciando, ni qué cuerpo me estaba acariciando.

También llegó el momento en que todo mi estado de conciencia desapareció, tanto que ya no recuerdo nada más.

Lo siguiente que viene a mi memoria es el cuarto ya iluminado por la luz del sol mañanero. Estaba desnudo sobre los cojines. El bailarín descansaba sobre mi pecho, también desnudo. De Eduardo no habían señas.

Desperté al chico.

“¿Mi ropa?”, le consulté.

“Tranquilo. Está en mi cuarto. La primera puerta a la derecha. Todo está completo”.

Me acarició el pectoral.

“¿Y Eduardo?”

“No sé. Seguro está dormido en el cuarto, o en el baño; pero no te preocupes por él”. El chico se incorporó y buscó mi boca, la que no le puse a su alcance.

“Hagamos el amor de nuevo. Anoche estuviste bárbaro”.

“Quisiera, pero no. Hoy me caso. A todo esto ¿cómo te llamas?”

Sonó la puerta. Alguien la abrió.

“¿¡Eduardo”?”, llamé.

Se corrió el velo de la cortina.

“Eduardo está abajo. Por lo visto, no es bueno haciendo recados”.

Era ¿Laura?

Solté al otro muchacho, quien no se despegaba de mi hombro. Me restregué los ojos.

¡No era una visión! ¡¡No era un sueño!! ¡¡¡Circulinas y sirenas!!!

“quieres dejarnos solos?”, demandó ella al bailarín aún desnudo.

El muchacho, evidentemente atemorizado, obedeció. Yo me senté sobre los cojines y me cubrí los genitales con uno de ellos.

“Laura, yo… yo puedo explicar”.

“No es necesario. Las cosas se explican por sí solas. Claro, el señor ya no me era infiel porque había dejado de buscar mujeres. ¡Y yo de babosa, confiando en todo el mundo! ¿Sabes? Eduardo me contó sobre sus noches de pasión, sobre la vez que él me entregó tu reloj. Ahora entiendo por qué le tenías cólera. ¡Puro engaño, Rafael! ¡Puro engaño!”

Me puse de pie, ofuscado.

“sí, Laura. Soy homosexual. Me costó trabajo darme cuenta, pero eso es lo que soy. ¡eso es con quien quieres casarte”!”

Laura vino y comenzó a darme puñetes en el pecho.

“¡¿Y por qué recién me lo dices ahora?! ¡¿Por qué no fuiste lo suficientemente valiente para decírmelo antes?!”

Laura comenzó a llorar y dejó de puñetearme. Yo no me moví de donde estaba, y eso que no estaba seguro bajo ningún aspecto.

“Ya no te cases conmigo. Sería lo más honesto”.

Laura se calmó un poco.

“No, Rafael. No te voy a dar ese gusto. No le voy a dar a nadie ese gusto. Tú juraste llevarme al altar, desposarme y así será. Tenemos invitados, tenemos una fiesta, tenemos reservas… No vas a dejarme en ridículo”.“

“Voy a vestirme”.

Caminé y pasé por su costado.

“solo algo más”, me retuvo. “Josué sabía de esto?”

“Sí”.

“Ahora entiendo su negativa. Por lo menos, él sí tuvo un poquito de dignidad”.

La miré fijamente.

“También lo hice con él”.

Laura volvió a llorar con amargura.

Llegué al cuarto donde me dijeron que estaba mi ropa. La encontré doblada y con todo completo. Al ponérmela, me di cuenta que algo había debajo. Lo extendí: era el traje ajustado que había usado en el cumpleaños de Laura. Un papel pegado en él decía: “Te dije que yo iba a tener la razón. NDNPNQ. Perdiste por fin”. Lo tiré con rabia al piso, luego lo tomé.

Laura y yo bajamos del edificio. Yo aferraba ese traje en mi mano, cual bandera de una guerra que había perdido.

el sol afuera ya estaba alto. 

martes, 27 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.2: Despedida de soltero


A diferencia de otras ocasiones, hicimos todo el trayecto en silencio. Mi pecho chocaba contra su espalda cada vez que debía frenar.

Llegamos.

Josué me dejó en la vereda fuera de mi block. No había un alma en la calle.

Me dio la mano con fuerza.

“Rafo, no hay nada qué pensar: no seré tu testigo. No me pidas algo que me hará sufrir”.

Sentí su voz quebrarse. Yo sentí que mi corazón se encogía.

“Solo dímelo, y soy capaz de…”

“Rafo, ya lo sabes… Lo mejor será que dejemos de vernos hasta que regreses de tu viaje de bodas”.

“No me pidas eso. ¡Me necesitas!”

Josué ya estaba llorando.

“No. No lo hagas por mí. Hazlo por ti, por ti, por ti”.

Se calmó un poco.

“Josué, no me pidas que deje de verte. No tú”.

“Te amo, Rafo. Te amo con todo lo que soy y lo que tengo. Confío en ti”.

Arrancó la moto y se fue.

Comencé a llorar en plena calle. Presentía lo peor.


Toda esa semana, Josué no respondió mis llamadas, ni me contestó en redes sociales, ni fue a esperarme para ir juntos al gimnasio (se cambió de turno a la mañana, para no coincidir, según deduje).

En lo que a ese domingo correspondió, fue difícil conciliar el sueño.

El resto de la semana no tuve otra opción que respetar su decisión, aunque me doliera en el alma. Y me estaba doliendo mucho en el alma; pero, ¿por qué?.

Igual, esa semana se hizo llevadera pues Laura se encargó de mantenerme absorbido. Apenas salíamos del gimnasio, ella tenía mil pendientes para hacer, lo que me dejaba agotado y me mandaba directo a la cama.

El viernes, víspera de la boda, mis compañeros de trabajo me llevaron directamente a un local donde nos encontramos con los compañeros de trabajo de Laura, algunos amigos –menos Josué-, y… Eduardo. Quiero decir, Eduardo estuvo allí invitado por Laura. Me esforcé para no toparme con él durante toda la celebración.

Laura se las había ingeniado para que las fiestas de despedida de soltero y de soltera se hicieran en el mismo lugar, a la misma hora y con la misma gente.

Hubo los juegos de siempre, comida, trago, y como broche de fondo, un stripper y una stripper, que nos deleitaron con un espectáculo erótico convencional, esto es, se quedaron en hilo dental, se acariciaron, hicieron la finta de tener relaciones pero de pie y listo. Lo único rescatable era la espalda, los pectorales, las piernas y el trasero del bailarín. Obviamente, como la gente estaba más o menos bebida, le dio lo mismo si eran bonitos o feos.

La reunión finalizó casi a medianoche, cuando Laura, medio bebida, se me acercó con Eduardo.

“Rafo, le pedí a nuestro amigo que se asegure de que irás directo a tu camita”.

¿Nuestro amigo? Si algo tengo que reconocerle a Eduardo es su camaleónica manera de relacionarse con mi entorno, generar tamaños desbarajustes y salir ileso. Fui un tonto al no pedirle cátedra de eso.

“¿Ah sí?” Me lo quedé mirando.

“Sí, Rafito, como Eduardo no ha tomado casi nada, que te lleve en el carro”.

Al fondo salían los dos strippers.

“OK. Que me lleve a casa, entonces”.

Me retiré con Eduardo.

“Menos mal que mañana estaré casado”, le dije rezongando.

Fuimos hasta el auto. Lo abordamos. Enfrente nuestro, el chico y la chica que habían actuado para todos nosotros tomaban un taxi.

“Estuvo misio el show de los strippers, ¿cierto?”, me comentó.

“Sí, medio monse”, le respondí.

“Sé que Laura me encargó algo, pero… si deseas, puedo llevarte a un lugar donde sí tendrás una verdadera despedida de soltero”.

“¿Una disco de ambiente? No, gracias. Prefiero ir a casa”.

“Mejor que eso”.

Eduardo hizo una llamada y fuimos a un edificio cerca de unas residencias militares; subimos a un departamento.

Nos recibió un chico blanco simpático, de evidente buen cuerpo, en medio de una sala a media luz, perfumada y con una música a punta de saxo y piano.

Cruzamos una especie de cortinas hechas con velos y pasamos a un espacio donde había cojines por todos lados, botellas con algo que parecía ser vino, lámparas de luz tenue y difusa. Esperamos unos minutos. La música cesó un segundo y comenzó una melodía árabe.

El anfitrión había cambiado su camiseta y su jean por una camisa y pantalón vaporosos. Se puso a bailar rítmicamente delante nuestro, como si su cuerpo recibiera gentiles cantidades de electricidad, lo que lucía grácil pero enérgico.

Eduardo me convidó de una de las botellas. Era un licor dulce, parecido al vino.

Lo caté y encontré agradable.

El muchacho ya se había despojado de la camisa, revelando pectorales y abdominales finamente labrados. Invitó a que Eduardo se ponga de pie, y lo hizo bailar.

El chico me pidió la botella y tomó el licor directamente del envase, se acercó a la cabeza de Eduardo y lo besó con la boca bien abierta, a medida que le quitaba la camisa. Volvió a probar otro poco de trago, a repetir el beso, y a intentar sacarle los jeans.

Un cuarto de botella después, Eduardo solo vestía calcetines, y el bailarín le estaba practicando sexo oral, primero por adelante; luego hundió su cabeza entre las nalgas de quien supuestamente tenía que asegurarse de que ya estuviera en cama.

Yo, obviamente, nada de sueño; estaba más que excitado.

El bailarín se levantó, se quitó el pantalón y se quedó sin nada de ropa. Hizo que Eduardo le hiciera lo mismo que él le había practicado.

Como era de suponerse, la performance se repitió.

“Desnúdate”, me dijo el chico. “Deja toda tu ropa a ese costado”.

No esperé más. Me quedé como Dios me trajo al mundo, y puse mi ropa donde me dijo. Allí había otra botella de licor.

“Tómala”, me dijo.

La agarré, la abrí y la bebí sin usar copa ni vaso.

“Ven”, me invitó.

Eduardo nos hizo sexo oral a los dos. Luego, ambos se arrodillaron como si estuvieran adorando al dios de la fornicación; dejaron que regara licor entre sus trabajadas nalgas, y que lo probara.

El bailarín sacó unos condones de entre los cojines, y el resto de la faena consistió en penetrarlos indistintamente y en todas las posiciones que la embriaguez y la flexibilidad nos permitieran. El chico también penetró a Eduardo, y Eduardo hizo lo propio.

Nuestros jadeos y gemidos, y uno que otro gruñido, se confundían con la música árabe que parecía no cesar.

lunes, 26 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.1: No avalaré una farsa



Los preparativos para los dos matrimonios, tanto civil como religioso, o al revés, nos tomaron unos tres meses acelerándolo todo (es decir, pagando todo tipo de sobrecostos), pues no queríamos que se cruzara con las celebraciones de fin de año. No hay nada más incómodo que poner tu boda cerca de Navidad y Año Nuevo, al punto que los invitados no tendrían claro por qé se emborracharon.

Tampoco queríamos que se cruce con mi cumpleaños: la víspera de Navidad. Por eso mi segundo nombre, Jesús.

Lo que más nos retrasó fue buscar una iglesia relativamente céntrica y decente. Laura quería algo tan amplio como la Catedral; yo prefería algo más íntimo. Hasta una paraliturgia me vendría bien, pues solo deseaba decir ‘sí, juro’ (¿o era ‘sí, acepto’?), y listo.

Al final llegamos a un término medio en una iglesia céntrica y discreta. Claro que dejando dos noches asistíamos a las charlas prematrimoniales, donde la única entusiasta a morir era Laura; yo, la verdad, no entendía tanto simbolismo y tanta fórmula. Seamos realistas.

Fueron tres meses de abstinencia sexual también; es decir, solo lo hice con ella, pero en ocasiones tan espaciadas, que cierta vez me comentó que su mayor deseo era llegar a la noche de bodas para disfrutar a tope y sin preocupaciones… léase, sin condón.

Acordamos vivir en mi casa temporalmente. De hecho, mamá renunció a su alcoba matrimonial y se pasaría a mi cuarto; yo pasaría a la suya (Laura y yo, es decir). Sí, viviríamos con ella; pero, teniendo en cuenta que Laura y doña Haydeé se llevaban de maravillas, la convivencia suegra-nuera iba a ser de lo más cordial. El que salía perjudicado era yo, pues no perdía una madre, sino que me ponía doble soga al cuello.

Sin embargo, la convivencia no fue posible durante el periodo previo a la boda; se pospuso para después de la ceremonia.

Cuando no la pasaba con Laura, estaba reunido con Josué viendo detalles y avances de su negocio, o acompañándolo por el simple hecho de acompañarlo para que continúe rumiando su condición de salud.

Me familiarizé con el cóctel de medicamentos que le obligaban a tomar: isoniacidas, ácido fólico, sulfas. También nos habituamos a comer más saludable, dejar de beber alcohol, y no abandonar el gimnasio. en realidad, la última fue decisión nuestra, pues jamás se la prescribieron.

Su ánimo fue aumentando poco a poco.

Sus padres y hermanos fueron adaptándose a la nueva realidad, aunque vivían con terror de que alguien se enterara o se contagiara.


Merchandise arrancó con el pie derecho. Abrió una tiendecita en el centro de la ciudad.

Durante la primera noche, quienes hacían bulla eran los grillos; pero ese fin de semana, hasta yo tuve que ponerme detrás del mostrador para atender a la clientela.

Al segundo mes, los pedidos por las redes sociales se hicieron significativos, por lo que Josué tuvo que reclutar a dos proveedores más, y hacer viajes cada tres días a traer mercancía.

Merchandise comenzaba a pegar, y Josué –ya poco le llamábamos el Tuco- comenzó a planear el ingreso a centros comerciales o a ampliar la tienda.

Solo faltaba una semana para la boda. Era domingo, y le estaba ayudando a cerrar el local,, tarde por la noche, luego de haberle ayudado todo el día.

“Tendrás que contratar más vendedores. Esta época de fiestas es jodida para todo negocio”.

“Tienes razón, Rafo. Mi hermana ya no se abastece sola por las tardes”.

“Oye, mi matri será el sábado que viene, el dieciséis. Laura y yo estuvimos conversando si acaso podrías…”

“No. La respuesta es no”.

Me incomodó un poquito su actitud.

“Tuco, no quisiste ser el padrino por ese rollo de que estaba cometiendo un error…”

“Y lo sigo sosteniendo, Rafo. Estás engañando a Laura, engañando a todo el mundo. No creo que te estés engañando a ti. A mí no me engañas”.

“De acuerdo. Sí, soy consciente que lo hago por tapar algo. El caso es que Laura y yo queremos que, al menos, seas el testigo del civil”.

Josué se rió levemente, tan incómodo como yo. Verificó las cámaras de seguridad en su lap-top.

“Del agua mansa me libre Dios, que del registrador civil también me libro yo”.

Me le acerqué.

“Para mí sería realmente importante que tu firma esté en esa partida de matrimonio”.

Me clavó la mirada.

“Rafo, créeme, te quiero como mierda, y tú sabes cuánto, pero no avalaré una mentira, ni ante Dios ni ante la Ley… especialmente ante la Ley. A lo mejor termino preso por mentir”.

Se rió. Me contagió esa chispa de buen humor.

“Mira, Josué: piénsalo con calma. Lo del testigo no se necesita sino hasta la misma ceremonia. Me avisas un día antes, ¡el viernes!, y listo”.

Me miró con ternura.

“Rafo, ¿y por qué no paras esta farsa? Ambos sabemos perfectamente que no serás feliz”.

Tragué saliva. O sea, Glup.

Fue la primera vez en mi vida que miraba el rostro de alguien que me generaba mariposas en el estómago, esa ansiedad de no querer separarte, esa sed inexplicable de hacer eterno el momento. ¿Qué mierda te estaba pasando en ese instante, Rafael Jesús?

Le acaricié nerviosamente su mejilla izquierda.

Él me tomó suavemente la muñeca.

Comenzamos a acercar nuestros rostros.

Treinta…

Veinte…

Diez centímetros…

¿Iba a ocurrir lo que pensábamos que iba a ocurrir?

Nueve,

Ocho.

“Las cámaras, Rafo”.

“Al diablo las cámaras”.

Cinco,

Cuatro.

Mi celular sonó.

Era Laura, preguntando cómo estaba todo en la tienda y si Josué quería más ayuda.

Cuando terminé de hablar, él tenía todo listo.

“salgamos”, me ordenó.

Activó la alarma antirrobos.

Fuimos en silencio a sacar su motocicleta de una cochera vecina.

Al llegar a donde él la tenía estacionada, la preparamos para salir a casa.

“Tuco, ésa es la razón por la que te opones, ¿cierto?”

“Rafo, tú debes tomar la decisión correcta, pero tú en función de ti, no de mí, no de Laura, no de nadie. Tú puedes hacerlo”.

“Te juro, Tuco, que ya no sé ni lo que quiero, a pesar que tengo claro lo que debo y lo que puedo”.

Josué subió a la moto, la arrancó, me indicó que abordara. 

martes, 20 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.2: Tu peor error


Lloré. Escuché que él también lloró.

Las lágrimas corrían profusamente sobre mi rostro.

Era como si el dique que las había contenido todo ese día se rompiera irremediablemente. Lo curioso del asunto es que era una suerte de desastre necesario. Algún sentido debía tener todo ese dolor.

“Rafo, ¿en serio nunca me abandonarás?”

“No, mierda. Me corto un huevo antes de dejarte. Eres mi hermano, huevón. Aunque todo el mundo te deje, yo nunca, mierda. ¿Me oíste? ¡Nunca!”

No dejé de llorar. En mucho tiempo no lo había hecho por considerarlo tiempo perdido. Obviamente, ese momento no calificaba como tal.


A la mañana siguiente, Laura me llamó. Le dije que esa noche teníamos que hablar de algo importante.

“Nos vemos en el gimnasio, entonces”, me recordó.

“OK”, respondí.

Llamé a Josué. Me costó trabajo convencerlo de que vaya al gimnasio también.

Ese día, almorcé rápidamente y busqué una joyería.

Estaba pagando, cuando volví a tener la impresión de ser observado. Miré a todos los costados, pero no encontré a nadie.

Apenas dejé el negocio, me choqué con Eduardo.

“¿Me estás espiando?”, le di a quemarropa. “Hace tiempo me estás espiando, ¿no?”

“¿Por qué piensas eso, Rafo?”

“Rafael para ti. Eres una mierda. ¿Cómo te jugaste con algo tan jodido como… como esa enfermedad?”, bajé un poco la voz.

“¿Cuál enfermedad? ¿De qué hablas?”

“Ya. No te hagas el cojudo que ya lo sé todo: estoy sano y eso es lo que importa”.

Eduardo se rió.

“Ay, Rafo. Perdón, Rafael. En ningún momento te dije que yo estaba enfermo”.

“Dijiste que perdiste. Siempre que te he encontrado borracho salías con eso, y no me vengas que no te acuerdas”.

“Perdí porque cuando te conocí, pensé que podíamos tener algo”.

“¿Ser pareja?”, sonreí burlonamente.

“Sí. Porque me gustas mucho, porque eres un experto en la cama, porque yo te puedo dar todo el placer y la dedicación que tú quieres. No creo que Laura me supere”.

NO resistí la risa.

“¿Sabes qué, Eduardo? Nunca haría pareja contigo. Solo fue sexo. Recuerda dónde te conocí, recuerda dónde te encontré. Estás mal de la cabeza”.

Comencé a caminar.

“Al menos, yo sé quién soy”, me dijo en voz alta.

“Deja de espiarme”, advertí.

Seguí mi camino.


Más tarde, Josué y yo llegamos al gimnasio juntos. No es que el Tuco anduviera con el ánimo a tope, pero tenía fe que una hora y media de esfuerzo físico le activara las endorfinas, la serotonina o la oxitocina, y eso podría arreglar el asunto mientras tanto.

Nos pusimos la ropa de deportes y salimos a hacer nuestra rutina, pero antes me desvié a la sala de aeróbicos para buscar a Laura.

La encontré conversando con dos chicas.

“¿Amor?”, la llamé.

“¡Rafo, mi vida, te extrañé!”

Se me acercó y me besó.

“Oye, te tengo una mala y una buena noticia”.

Laura cambió su semblante alegre.

“Ay, Rafo. No empecemos otra vez, y menos aquí”.

“¿Cuál quieres primero?”

“La mala”.

“Bueno… La mala es que…. Ya no seremos enamorados”.

Laura comenzó a enfurecerse.

“¡Y déjame adivinar la buena: te revolcarás con alguna perra de esas que siempre solías buscar!”

Sonreí abiertamente.

“Yo no diría eso, Laura”.

“¡Y encima eres un cínico, Rafael!”

Comenzó a darme manazos en mi pecho.

Sorpresivamente, saqué una cajita negra forrada en terciopelo.

Laura se quedó helada. Enrojeció de vergüenza.

“La buena”, dije tranquilamente, “es que delante de todos, te pido que dejemos de ser enamorados para comenzar a ser esposos”.

Abrí la cajita, y el anillo de compromiso brilló ante sus ojos… y los de toda la gente que curioseaba con poco disimulo, alrededor.

Laura se quedó muda, empezó a respirar más rápido.

Se desmayó.

Mientras la reanimábamos con ayuda de sus amigas, la gente allí adentro comenzó a aplaudir.

Laura y sus amigas no hicieron la clase, y se quedaron contemplando la joya. Yo sí comencé mi rutina.

Cuando estaba acercándome a la primera máquina, se me cruzó Jaime.

“¡Hipócrita!”, me regañó.

No le hice caso.

En la máquina del costado estaba Josué, jalando las poleas con una fuerza inusitada, como si la furia pasara a ser su combustible. Creí entenderlo. Tras todo lo que se enteró, y el hecho de que tenía que asumir una lucha de por vida, su actitud era justificada. O al menos creí eso.

Comencé a hacer barras.

Tras finalizar la rutina de ese día, fuimos a tomar un baño, como era costumbre.

Cuando terminé, me asomé a la otra ducha. Josué tenía el cuerpo untado en jabón.

“¿Te parece si mañana seguimos lo del negocio? Esta noche quiero pasarlo con Laura”.

No me dirigió la mirada.

“Normal. Como quieras. Mañana lo seguimos”.

“Tuco, solo será por esta noche. No creas que voy a dejarte ir solo por lo que sabemos”.

Por fin me miró.

“No es eso,Rafo”.

“¿Entonces?”

“Tú sabes muy bien que estás cometiendo el peor de tus errores, y la estás arrastrando en esto”.

Me quedé mirándolo sin responder.

El Tuco tenía razón.

Mientras tanto, el agua revelaba de nuevo el cuerpo trigueño de mi amigo, en el que por fuera todo parecía normal, pero donde más de una procesión circulaba por dentro. 

“¿Qué debo hacer, entonces? ¿Dar marcha atrás?”, lo cuestioné humilde.

“Piensa en ti, por favor, Rafo. Solo piensa en ti. No jodas tu vida por quedar bien con el mundo entero. Solo piensa en ti”.

El rostro de Josué tenía un gesto de súplica.

“Ya tomé una decisión. Voy a afrontarla, Tuco”.

Mi amigo se quedó en silencio por algún ratito mientras el agua de la ducha no dejaba de tapizarlo de un brillo opaco e indiferente.

“Caballero. Te apoyaré… pero no estoy de acuerdo contigo”.

Bajé la mirada.

Nos quedamos en silencio por casi un minuto o dos.

El agua se desvanecía por el sumidero.

¿Qué más se estaba desvaneciendo en mi vida?

lunes, 19 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.1: No quiero que te mueras


En la pantalla SE VEÍA…

¡Por Dios, ya no recuerdo qué se veía en la pantalla!

ese domingo ESTUVO repleto de sentimientos encontrados. Por un lado, alegría y satisfacción porque yo no; pero tristeza e incertidumbre porque mi mejor amigo sí.

Tras conocer la inesperada noticia, me pasé toda la jornada con Josué, acompañándolo, dándole mi apoyo, mostrándole que si habíamos estado en las malas, no dejaría de estar en las peores. Y ésta fue la peor de todas, hasta ese momento.

Lo realmente jodido fue sentarnos ante sus padres y revelarles que, además de ser homosexual, era…

La oscuridad que tenía alrededor ayudó a disimular mi llanto silencioso.

¿Por qué él?


Estaba en la función de siete y cuarto de la noche en el cine triple X, y apenas habían corrido cinco o seis minutos de la cinta.

Mientras el actor y la actriz se quitaban la ropa en la pantalla, yo no sabía qué hacer con mi espíritu: si blindarlo y vestirlo contra el frío, o quitarle todo y arriesgarme a rasguñarlo más.

Un hombre se sentó a mi derecha. Encendió un cigarro. No me importó que me viera o me reconociera.

“Hola”, me dijo. “¿Recién comenzó?”

“Sí”, respondí con levedad.

Está buena, ¿no?”

“Sí, parece que sí”.

“¿Siempre vienes?”

“Hace siete meses que no vengo”.

“¿Cómo te llamas?”

“Rafael”.

“Bonito nombre… ¿pero no es el verídico, no?”

“Es mi nombre”.

El hombre dio una pitada. En pocos segundos, el olor a tabaco se imponía a la humedad del recinto.

“¿qué buscas?”, me preguntó.

“Respuestas. Hace tiempo que busco respuestas”. Suspiré largamente. “La vida parece haberme dado una segunda oportunidad. El caso es que en mi vida he estado con un pie en dos hemisferios distintos, entre tirar con mujeres o tirar con hombres. Tiro con mujeres para conservar ciertas apariencias, pero la verdad es que me gusta tirar con hombres”.

El hombre dio otra pitada.

“Me parece que ya tienes las cosas claras. ¿Qué respuestas buscas, entonces?”

“La gente no acepta que dos hombres hagan una vida juntos, aunque te mueras de amor por uno de ellos. En cambio, no hay joda si se trata de hombre y mujer, aunque luego se pasen años de años como perro y gato… gata quiero decir”.

El hombre suspiró.

“¿Tienes enamorada, al menos?”

“Claro. Casi cuatro años de relación, dando tumbos, pero ahí vamos”.

“Cásate, entonces”.

Volteé a mirarlo y noté cómo la combustión del tabaco iluminaba sutilmente su grueso rostro.

“¿estás loco?”

“No…. ¿Rafael dijiste? Casarte lo resuelve todo. Cuidas tu imagen pública, y puedes hacer tus cochinadas por allí. Además te protege de los otros chicos: cuando estás soltero, están allí encima como moscas, alucinando que pueden tener algo contigo; en cambio, cuando te casas, te miran con respeto, no te acosan y puedes darte el lujo de elegir, usar y botar. Casarte te da caché”.

“¿Cómo sabes todo eso?”

El hombre volvió a pitar. Botó la colilla y la pisó con su zapato.

“Hace catorce años que estoy casado. Desde los 24 años. Tengo treinta y ocho. Tengo mi mujer, dos hijos, y cuando quiero acción, vengo acá, consigo cualquier pasivita y me olvido del asunto. Satisfago a todas las partes, especialmente a mí, y nadie me dice nada”.

Me quedé pensando. Lo que había escuchado parecía tener sentido.

Súbitamente, percibí su mano sobre mi muslo. Me lo apretó. La tomé y la retiré.

“Gracias por el consejo. Tengo que irme”.

“¿Volveremos a vernos, Rafael? Tienes buenas piernas”.

“Quién sabe”.

Me levanté, previa escala en el baño. Tenía necesidad de orinar.

Mientras acababa, oí unos gemidos que venían de uno de los cubículos al costado. Sigilosamente avancé, y lo hallé con la puerta abierta: un chico estaba agachado, con el pantalón y la ropa interior por las rodillas mientras otro hombre, como de treinta y cinco, lo penetraba casi apoyado en una de las paredes, en tanto que enfrente de ambos, pegado a la otra pared, otro hombre, de unos veintiocho, estaba también con un pantalón deportivo bajado a la altura del muslo, con su miembro rígido al aire libre, tratando de que la boca del pasivo pudiera complacerlo. El de treinta y cinco me vio, mientras se

movía con cierta dificultad; hizo con su cabeza el ademán de que me acercara. No le acepté y me fui.

Apenas era las ocho de la noche, cuando llegué a la casa de Laura. Toqué el timbre varias veces, pero no me respondieron. Llamé a su celular. Parecía estar apagado.

Regresé a mi casa.

Mamá estaba con cara de pocos amigos.

“¡Se te olvida llamar para avisar dónde estás o a qué hora regresarás!”

“Estaba ayudando al Tuco, mamá. Se presentó un problema, y tenía que acompañarlo”.

“¿Qué problema?”

“Nada. Un proceso del negocio. Nada más”.

“¿Quieres decirme en que líos te estás…”

“Mamá, trátame como adulto, por favor. Déjame tomar mis decisiones, ¿quieres?”

Mi madre guardó silencio mientras me observaba con asombro. Fui a mi dormitorio.

Me bañé y me acosté desnudo en mi cama.

Llamé a Eduardo. Su broma pesada debía tener una explicación, y esta vez no aceptaría un ¿estuve borracho, no me acuerdo’ como excusa.

Nada, mierda.

Llamé a Josué.

“¿Cómo sigues?”

“Ahí”, me contestó lloroso. “Pensando”.

“¿Irás al hospital, como te dijeron?”

“No sé, huevón. Justo ahora que comenzamos el negocio”.

“Pero si te enfermas más, ya no podrás manejar el negocio”.

Josué se quedó callado un rato.

“¿Y si cancelo todo, Rafo?”

“No debes. ¡es tu proyecto! No puedes. Hay gente que depende de ti. Y sé que, en el fondo, no quieres. Has luchado tanto por esto. Podría ser una prueba”.

“Una prueba para conseguir ¿qué, Rafo?”

“No lo sé, la verdad. Solo sé que tienes que luchar y que jamás te dejaré de lado”.

“¿Por qué?”

No pude más. Comencé a sollozar.

“Porque te quiero, carajo. Porque no quiero que te mueras”. 

miércoles, 14 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.3: Te apoyaré sin condiciones


Después de desayunar (que casi ni probé bocado), fui a encontrarme con el Tuco, para que me acompañara al laboratorio.

No se despegó de mí para nada. Hasta tuvo que aguantarse la insinuación del encargado a la hora de la consejería, pues pensaba que éramos pareja.

“Hacerse la prueba es la verdadera prueba de amor que puede haber entre dos personas que se quieren”, dijo clavándonos sus malditos ojos.

Lo que pasa es que no quise entrar solo, y como él me tenía abrazado, por ahí salió el comentario medio estúpido.

OK, completamente estúpido.

“¿Cuándo fue la última vez que tuvo relaciones sin protección?”, me preguntó el médico.

“si… siete meses… siete meses y medio quizás”.

“Entonces, es altamente probable que si tienes el virus, lo detectemos”.

“¿Y si no hay virus?”

“Aunque es bien difícil, quizás siga en periodo de ventana, o, lo que es mejor: estás sano. Si hacemos otra prueba dentro de seis meses, podríamos verificarlo”.

Miré asustado al Tuco. Miré al médico.

“¿Solo será un pinchazo, cierto?”

“Sí. Solo eso. ¿está listo?”

Dudé.

“¡A la miércoles, Rafo! Yo también me haré la prueba. Hermanos siempre, hermanos ahora. ¿qué tengo que hacer doctor?”

Pues, lo que tuvimos que hacer fue poner nuestro brazo, dejar que nos saquen sangre, doblar… y esperar…


El resto del día, Josué se la pasó conmigo tratando de que me meta en el proyecto, viendo sus cosas. No se despegó por nada.

Vino a mi casa y se quedó hasta tan tarde, que mamá le pidió que durmiera con nosotros. Él aceptó sin dudar.

En la oscuridad de mi cuarto, seguía angustiado por el resultado.

Josué me abrazó por detrás, afirmando todo su cuerpo contra el mío, pero en un plan más fraternal, no morboso, o al menos eso asumí.

“Sea cual fuere el resultado, Rafo, yo te apoyaré sin condiciones”.

“Gracias”.

Fue él quien engañó a mamá durante el desayuno, pues no supe qué razón darle por mi semblante.

Él bromeó diciendo que yo extrañaba mucho a Laura. Mamá sonrió pero no creo que lo haya dado por rrazonable. Igual no insistió en ese punto.

Fuimos al laboratorio, aprovechando que también atiende los domingos.

Nos dieron nuestros sobres.

“A la cuenta de tres”, dijo El Tuco. “Una… dos… tres…”

Rompimos el papel…

Se lo mostré al encargado.

Di negativo.

A Josué…

A Josué no le fue igual que a mí.

  

martes, 13 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.2: Tenemos lo que estás sospechando


el proyecto nos tomó tres semanas más, hasta que lo dejamos implementado limpiamente, de tal modo que el Tuco se emocionó hasta las lágrimas cuando lo operó: aparte de los formatos electrónicos para la administración de todo, tenía control de sus propias redes sociales y hasta un sitio web simple-pero-atractivo (con carrito de compras incluído).

Al final bautizamos al proyecto: Natural Merchandise of Piura, o Merchandise a secas. Sí, Laura no se cansaba de poner nombres en inglés a todo.

Ese viernes, quedamos para salir a celebrar por la noche, pero Laura no pudo venir porque viajó con su familia a una actividad relacionada con la muerte de su abuela.

Como a las once de la noche, Josué y yo terminamos tomando unas cervezas en el Port au Prince.

“Ya tengo los primeros pedidos, ya aseguré lo del transporte, y los proveedores que tenemos ya se familiarizaron con las alertas por celular. Este negocio será un éxito… y todo gracias a ti”.

“No solo gracias a mí, Tuco. Laura también tiene mucho que ver”.

“¿Siempre viajamos con ella la próxima semana?”

“Por mí no hay problema; pero dudo que se suba a una moto lineal”.

Nos reímos y chocamos nuestras botellas. Entonces vi que mi amigo puso su cara de alerta. Volteé.

“Hola, Rafael. ¿Me presentas a tu amigo, o me cambiaste por él?”

Era Eduardo. Estaba evidentemente ebrio.

“Mejor te vas a molestar a otra parte, ¿no?”, dijo Josué visiblemente mortificado.

“uuuuy. Tu nueva pareja no quiere sombra”, rió Eduardo. Sí, definitivamente estaba borracho.

Josué comenzaba a perder la paciencia. Me levanté.

“Eduardo, ya pues, pórtate bonito. ¿Te embarcamos a tu casa?”

“No quiero que me embarques a ninguna parte. No quiero nada”.

“Pero nos estás incomodando, Eduardo. Mejor te embarcamos”.

Traté de conducirlo a otro lado tomándolo de sus hombros.

“¡Déjame! Déjame. No me toques. Ya sé que perdí. Hace mucho que perdí. Pero no soy el único, Rafael, Rafo, Paúl o como te llames. Tú… tú también perdiste”.

Un tenebroso espasmo eléctrico me recorrió el cuerpo.

“¿Qué quieres decir, Eduardo?”

El borracho dio una media sonrisa, cínica. Miró a Josué, luego a mí.

“Yo perdí. Tú perdiste. Lo tengo. Tú también lo tienes”.

Me indigné tanto. Me arrebaté.

Empujé a Eduardo contra el suelo. Cayó.

Fui sobre él y lo agarré del cuello de la camisa.

“¡me vas a decir ahora mismo qué significa éso!”

Josué trató de separarme. Eduardo no borraba su sonrisa cínica, psicópata.

“es eso que estás sospechando, Rafo”.

Quedé aterrorizado.

Le solté el cuello de la camisa y me senté sobre el suelo. La gente se había arremolinado alrededor nuestro.

Unos serenos llegaron y nos sacaron del bar.


Apenas pasaba la medianoche, cuando Josué y yo estábamos en el parquecito cerca de mi casa, sentados sobre una banca. Yo me sentía desesperado.

“Rafo, el pata estaba borracho. No sabía lo que decía”.

“Imposible, Tuco. A ese conchesumadre se le suelta la lengua cuando está borracho. Ya me lo gané antes”.

“Pero no parece estar enfermo”.

“¡Bah! Los síntomas de esa enfermedad no se ven. Ahora la huevada es… si estoy infectado… la cagada, huevón”. Comencé a llorar. “Laura, huevón”.

Josué me abrazó. Dejó que me desahogara un poco.

“Rafo, nada sacas angustiándote. ¿Hay algún modo de saber si la tienes?”

“Prueba de sangre. Tengo que ir a un laboratorio”.

“Entonces, tendrás que hacer eso. Mientras tanto, nada ganas angustiándote con las huevadas de un borracho. Ahora cálmate: si tu mamá te ve así, será peor”.

Volteé a mirar a Josué.

“¿Me acompañarías?”

“Claro, hermano. ¿Cómo piensas que voy a dejarte solo?”

esa noche fue imposible dormir. Maldije el momento en que se me dio por irme a la cama con Eduardo, y sin usar protección. Maldije mi vida. Maldije todo. 

lunes, 12 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.1: Perdón al desnudo


el lunes, justo un día después de regresar del viaje relámpago a la sierra, salí del trabajo poco después de las cinco de la tarde, como era mi costumbre.

Apenas llegué a la calle, lo encontré allí parado como si nada.

“¿Listo, Rafo?”

Me alegré de verlo.

“Claro, Tuco. Pensé… pensé que no ibas a venir”.

No me respondió. Me palmeó en el hombro y caminamos hasta el gimnasio.

No hablamos más que de los planes del negocio y de las cosas del trabajo. No se mencionó más que eso ni al entrenar, ni cuando nos bañamos, y menos cuando regresamos a casa con Laura. Bueno, la razón es obvia.

Esa noche, los tres pusimos en blanco y negro todos los pasos que tomaríamos para que la creación de Josué se fuera concretando.

“Hoy me vieron la taleguita en el trabajo, y por lo menos dos patas se acercaron a preguntarme dónde la había comprado”, relaté.

“Hablas huevadas”, desconfió el Tuco.

“¡Verídico, hermano! Les dije que les podía conseguir, si deseaban”.

“Ay, claro. Ustedes viajan, compran cosas y a mí no me consiguen nada”, reclamó Laura.

Me levanté de la mesa, fui a mi cuarto y regresé con el tapete multicolor. Laura abrió la boca de asombro y se acercó para colgarse de mi cuello y darme muchos besos.

Josué siguió viendo los papeles que había llevado en tanto que mamá salió con tazas de café que trajimos de la sierra. El aroma era deliciosamente penetrante.

Mi madre también se sentó con nosotros, miraba cómo trabajábamos y de vez en cuando nos lanzaba ideas. Buenísimas, por cierto.

Terminamos casi a medianoche.


el resto de esos días, tras el gimnasio, Laura y yo regresábamos a mi casa y nos poníamos a trabajar en el proyecto de automatización del negocio. Decidimos tomarnos, incluso, los fines de semana. Era una curiosa manera de pasarnos el tiempo juntos, sin necesidad de terminar en sexo.

Precisamente, no recuerdo si fue viernes o sábado, cuando estábamos programando en silencio y Laura se levantó, caminó varias veces por la sala. Vio el tapete que mamá puso sobre el sofá, probó algo de café, y me quedó mirando fijamente.

“Piura’s Switzerland”

“¿qué?”

“La suiza piurana, Rafo. ¡el nombre del negocio! ¿Te imaginas? Todos los productos de la sierra de Piura en su hogar, no importa el lugar del mundo dónde esté”.

Realmente mi enamorada estaba inspirada. Llamamos al Tuco, le contamos la idea pero no sonaba muy convencido.

Aún así, seguimos trabajando.

Ese domingo fuimos a jugar pelota en uno de esos recreos campestres con piscina, cerca de la ciudad.

Estaba a punto de meter un gol, cuando nuevamente tuve esa sensación de ser observado por alguien desde algún punto. Me desconcentré, miré a los lados, y recibí un empujón de otro muchacho que jugaba.

“estás boca abierta, Rafo”, me pasó la voz.

Yo sonreí.

Esa noche, mientras estaba en redes sociales, se abrió una ventana de chat. Era al.

“Tus fotos ser muy bonitas”, escribió.

Comencé a explicarle del proyecto que estaba trabajando, y pareció muy interesado.

Al día siguiente, cuando Josué y yo íbamos al gimnasio, se lo conté.

“Al dice que puede ser nuestro concesionario en la Florida”, le anuncié.

“Suena bien. ¿Y qué le gustó más?”

“Los tejidos. Parece que la artesanía podría ser lo máximo allá afuera”.

“Excelente”.

Fuera de eso, aquel día el Tuco estaba mayormente callado.

Tras entrenar, nos duchamos. Justo acababa de cerrar la llave, cuando Josué se puso a la entrada de mi cubículo, e ingresó. Ambos estábamos mojados y desnudos.

“Rafo, sobre lo que pasó esa vez en el viaje, quería pedirte perdón. No debí hacerlo porque somos amigos, porque nos queremos, nos respetamos y porque no me parece, considerando que Laura es tu enamorada, y mi amiga”.

Quedé confundido.

“Pero, no creo que fue culpa tuya solamente. Yo te correspondí, Tuco”.

“Como sea. No debió pasar y no debe pasar de nuevo”.

“¿Crees que pueda pasar de nuevo?”

“Tenemos que evitar que pase, Rafo. Sí podemos”.

“¿quieres decir que?”

“No quiero decir nada, Rafo. Solo quiero que me perdones, y que jamás pasará de nuevo”.

¡Vaya! Un nuevo enfoque para esa rara trilogía –deber, poder, querer- que me pareció lógica, aunque no me dejó del todo satisfecho, ni convencido por lo menos.

“Tuco, no quiero perder tu amistad. ¡eres mi mejor amigo! No quiero que esa huevada nos aleje. Quiero que me trates como siempre lo has hecho”.

“Sí. Perdona. Pero estaba incómodo. Yo sé que me quieres, y precisamente por eso, vamos a hacer las cosas bien”.

“De acuerdo”.

Nos dimos un cordial abrazo, donde fue imposible evitar el contacto de las pieles. Aunque, honestamente, eso fue lo último que me preocupó, pues no quería escatimar mi afecto a esta persona. No es bueno escatimar el afecto. No es bueno guardarse nada especialmente si es verdadero y puro, como la amistad.

Cuando nos separamos, Jaime estaba en el estrecho pasillo entre las dos duchas, mirándonos con rabia.

“Ahora entiendo todo”, espetó con ridículo despecho.

El Tuco y yo lo miramos y nos carcajeamos. Jaime salió muy molesto. 

sábado, 10 de diciembre de 2022

Ser Rafael 16.3: Anoche no pasó nada


Cuando desperté, estaba desnudo, y afuera el día parecía soleado.

Josué ya no estaba a mi lado.

Era casi las nueve de la mañana.

Me duché y salí a la puerta. El Tuco ya había sacado la moto.

“Cuando estés listo, nos vamos”.

“¿Está todo bien, Tuco?”.

“Sí. Todo bien”, me dijo secamente.

Mientras arreglaba mis cosas, vino a mi cabeza lo que elena me dijo en casa, pero me resistí a considerar esa posibilidad. El Tuco y yo éramos amigos, y probablemente lo que había pasado la noche anterior fue producto del licor, alguna confusión, algo que debía aclararse tranquilamente y prometer que jamás pasaría de nuevo. Además, él ya me había confesado que se había acostado con otros hombres; yo, en cambio, no tenía claro ese aspecto aún.

Salí con mi mochila para acomodarla.

“Tuco, lo que pasó anoche”.

“Rafo, anoche no pasó nada. Solo bebimos. ¿De acuerdo?”

Me miró serio.

“De acuerdo”, repliqué.

Fuimos a desayunar.

Hablamos casi nada en todo el trayecto.

Llegué a casa para la hora de almuerzo.

Todo ese día, no nos llamamos. Tampoco quise salir ni ver a Laura, menos chatear.

A las nueve de la noche, ya estaba encerrado en mi cuarto, durmiendo.

Tenía fe que el día siguiente… sería otro día. Pero, ¿qué tipo de día sería?


viernes, 9 de diciembre de 2022

Ser Rafael 16.2: La persona ideal


Casi nadie entendía mi carrera, y casi nadie me lo reconocía, así que este respaldo me enorgulleció… aunque no tenía claro por qué lo consideraba tan… especial.

“Siempre vas a contar conmigo, Tuco. Jamás lo dudes. Te lo prometí”.

A continuación, fuimos donde sus primos donde nos dieron yucas sancochadas con carne de res… y café.

Hablamos de todo un poco.

Nos sirvieron un licor de café (para variar). Riquísimo.

Josué trató de no beber mucho, pues habíamos ido en la moto.

Nos quedamos hasta las nueve de la noche y regresamos a nuestro alojamiento. Estábamos cansados.

“Menos mal que salimos. La gente de acá piensa que emborrachándose del todo le caerá mejor al resto”, comentó el Tuco.

“A mí me cayeron bien”.

“Sí, eso es al inicio; pero aguántalos un mes”.

Nos reímos.

“¿Y esa bolsa, Tuco?”

Descubrió el contenido: una botella de licor de café.

“Tú dirás, Rafo: o muere esta noche, o sobrevive hasta Piura”.

No lo pensé mucho.

“Muere esta noche, Tuco”.

Mientras yo abría la botella, él trajo un par de vasitos de vidrio.

Nos sentamos en el corredor de la casa, y nos pusimos a catar el licor mientras mirábamos al negro infinito tachonado de estrellas, más de las que puedo ver en la ciudad cuando hay luna nueva.

En el celular teníamos la mejor selección de rock y pop de los ochenta y noventa, la mejor música de todos los tiempos.

“Gracias por todo, pata. Realmente no pensé que tu presencia sería de tanta ayuda”.

“Nada, Tuquito. Ya te dije que siempre puedes contar conmigo”.

Me arrimé a él y lo abracé. Volví a mirar al cielo.

“Sabes identificar constelaciones, Tuco?”

“No. No mucho”.

“Papá, que en paz descanse, nos enseñó algunas. Mira: allí está Orión. ¿Ves las Tres Marías?”

“¿esas tres en línea?”

“sí. Hay gente que dice que la humanidad viene de allí”.

“Toda la humanidad? ¿Incluso los homosexuales?”

Me reí.

“Apuesto que sí, Tuco. Los homosexuales también son seres humanos”.

Giré mi cabeza para verlo. Él estaba absorto mirando las estrellas, mientras sostenía su vasito de licor.

La botella se vació hasta la cuarta parte… la mitad… tres cuartas partes… El efecto de su contenido no tardó en aparecer.

“¿Qué crees que esté haciendo Laura, Rafo?”

“No sé, carajo. Debe estar con sus papis, con Sonia, o debe estar jateando ya. Milagro que no me ha llamado”.

“¿La extrañas?”

“No sé,huevón”.

“Puta, si Laura hubiera venido, ¿cómo nos habríamos acomodado?”

“Ya,Tuco. Deja de pensar en Laura. Disfruta el cielo. Si por mí fuera, me quedaría a vivir acá toda mi vida. ¡al diablo con la ciudad de mierda!”

“¿en serio piensas eso? A mí también me gusta acá”.

Nos quedamos en silencio. Solo oíamos la música desde el celular.

“Te quiero mucho, Rafo”.

“Calla, huevón… Yo te quiero más”.

Nos reímos.

“Hablando en oro, Tuco: te quiero como mierda”.

Nos miramos. Sonreímos.

No quedó nada dentro de la botella de licor.

Nosotros estábamos algo embriagados. Al menos, yo sí sentía el típico efecto de adormecimiento y cierta forma típica de hablar.

No era ni las once de la noche, cuando cerramos todo, y fuimos a dormir.

Josué estaba asegurando la puerta del dormitorio. Yo estaba sentado sobre la cama sacándome la camiseta y los zapatos.

“Gracias por acompañarme, hermano”, me dijo el Tuco.

“De nada. Cuando tengas otro viaje de éstos, me apuntas”.

Se acercó y me dio la mano. Me puse de pie. Nos dimos un fuerte abrazo.

“Te quiero, Tuco”.

“Te quiero, Rafo”.

Él comenzó a acariciarme levemente la espalda. Yo froté mi mejilla contra la suya.

Entonces nos miramos. No nos sentíamos incómodos. No sentíamos nada malo.

¿Mencioné que estábamos algo borrachos?

De pronto, el universo entero se silenció.

El tiempo pareció detenerse.

Una rara electricidad fluyó.

Nos besamos.

No fue un simple piquito.

Saboreamos nuestros labios, a cada segundo con mayor intensidad.

Le quité su camiseta, y comencé a devolver las caricias en la espalda que él me había dado.

No recuerdo si él me desnudó o yo a él. El caso es que terminamos acostándonos sobre la cama avrazados, besándonos, acariciándonos, moviéndonos.

No era la típica escena lasciva donde tienes que demostrar que eres buen amante, sino que debes esforzarte por hacerle sentir a la persona que no hay nadie mejor que ella para pasar ese preciso momento, y convencerte que ésa es la persona ideal para comunicarte sin palabras en lo más íntimo de tus sentimientos.

Ni siquiera sentimos la necesidad de una penetración: solo queríamos decir con nuestras pieles cuánto nos queríamos.

Claro que tuvimos orgasmos, pero no fueron el fin del momento, sino el inicio de otro instante… ¿de qué?

No lo tenía claro aún; pero sí estaba seguro que esto era distinto a todas mis experiencias previas en la cama… incluso con Laura. 

jueves, 8 de diciembre de 2022

Ser Rafael 16.1: La persona correcta


Ese sábado me desperté a las cuatro y media de la mañana.

Mejor dicho, la llamada del Tuco me despertó a las cuatro y media de la mañana.

Contra mi costumbre, me había ido a la cama a las diez de la noche. ¡Ni siquiera fui a ver a Laura!

Me fascina viajar, pero esta experiencia iba a ser mucho muy distinta, definitivamente. ¡Valía la pena acostarse temprano y despertarse emocionado!

Me di un baño, di una última ojeada a mi mochila y salí a la sala a esperar a Josué. Mamá ya estaba levantada.

“¿Por qué salen tan temprano?”

“Porque nos vamos en moto”.

Mamá puso ojos de terror.

“Pero, hijito, ¿no has visto la cantidad de accidentes que hay en moto?”

El timbre de mi casa sonó. Me levanté del sofá.

“Me voy. Regreso mañana”.

“¿Y si te pasa algo, Rafo?”

“Pues… ya no regreso mañana”.

Salí de casa.

Admito que dejé a mamá angustiada, pero también admito que no quería perderme esta experiencia.

Acomodamos las mochilas en la parrilla de la motocicleta y partimos.

el amanecer nos dio al pie del cerro Vicús, donde buscamos un sitio para desayunar entre todos los restaurantes al filo de la carretera, en los que la carne seca estaba colgada como si fuera ropa acabada de lavar.

Josué se metió en una casa medio perdida entre las otras, donde lo trataron como rey y pagó como pobre. En los otros lugares hubiera sido completamente al revés.

Desayunamos plátano maduro frito, carne seca frita, algunos panes y café acabado de pasar.

En veinte minutos reemprendimos la marcha, decidiendo entre el bosque seco y el área agrícola.

el paisaje me sobrecogió.

Con mi celular comencé a tomar fotos a todo lo que veía… aunque la foto saliera movida.

“No voy en tren, voy en moto. No necesito a nadie, a nadie alrededor”. El Tuco y yo cantábamos a voz en cuello. La gente a los costados del camino nos quedaba mirando como locos. ¡Y es que estábamos locos, pero de alegría!

A las ocho y media llegamos a Canchaque, tierra de rico café y de hermosísimos paisajes. Subimos su caprichosa plaza de armas, con una curiosa pileta coronada por un ángel, y fuimos por una calle empinada. Nos detuvimos en una casa de adobe más arriba del pueblo, donde la vista era dominada por un raro cerro de laderas verdes y cumbres como olas.

“es el Mishawaka”, me explicó Josué.

Metimos la moto a una especie de sala que tenía una banca de madera como todo amoblamiento.

“Aquí vivieron mis tíos antes de mudarse a la ciudad. Ahora vienen una vez al mes, pero ya no viven. Aquí podemos montar una especie de oficina de contacto”, continuó explicándome.

“Pero hay que habilitar la conectividad”, observé.

Sonó mi celular. Era Laura.

El resto de la casa tenía una cocina a leña, un patio interior repleto de orquídeas, un baño completo y tres habitaciones. Mientras hablaba con Laura, Josué trató de abrir una de ellas, pero no pudo. Probó con otra y lo consiguió. Metió sus cosas y las mías.

Al cortarle a Laura, él salió.

“La buena noticia: tenemos dónde dormir. La mala: solo hay una cama”.

Ingresé al dormitorio. Había un lecho ancho con cobijas y algunos baúles.

“La cama es perfecta”, señalé. “No sería la primera vez”.

“¿en serio estarás cómodo durmiendo conmigo?”

“¡Bah, Tuco! No me digas que ahora me tienes miedo”

Me reí.

“OK, Rafo. Además será solo por una noche”.

esa mañana nos dedicamos a visitar a algunos caficultores cerca del pueblo.

Muchos de ellos están metidos en la producción orgánica, pero en los últimos años habían tenido caídas en las ganancias debido a plagas, y la organización que les acopiaba el grano no había sido muy eficiente en orientarlos y prevenirlos.

“el clima loco, jovencito”, nos dijo uno de los productores, un hombre de sesenta años.

saqué mi celular. Activé una aplicación para ver condiciones del tiempo.

“esta noche no lloverá”, informé.

El hombre me miró, vio al cielo.

“Parece que no, jovencito… pero ¿cómo lo sabe?”

Le mostré al campesino lo que decía mi celular. Lo comprendió a medias, pero se maravilló que un aparato pudiera predecir las lluvias, o las sequías.

También vimos sus hectáreas de cacao, y salimos con sendos saquillos de naranjas, café y maíz.

Antes de almorzar, visitamos a otra productora quien además cultivaba lindas y coloridas flores; incluso, en el patio de su casa hacía fosforescentes tejidos con una técnica milenaria: ponchos, alforjas, talegas, jergas para los bancos de madera. No resistí a comprarle uno, que, sabía, mamá lo apreciaría demasiado.

La mujer fue tan considerada que hasta me dio una taleguita como regalo.

También compré un tapetito para Laura. De hecho, le tomé una foto y la compartí en redes sociales: “Tu regalo”, le puse.

Almorzamos un clásico serrano: mote con chancho, y, como no podía ser de otra manera, café.

Luego de comer, fuimos hasta el vecino San Miguel del Faique para ver a otra persona, que no encontramos, pero a cambio fuimos a ver un poco de paisajes y unos raros petroglifos.

“¿Quieres ir a los peroles?”, me invitó el Tuco.

“¿qué es eso?”

Tras internarnos por un camino de arcilla, llegamos a una especie de piscina en la misma roca, a la falda del cerro, donde agua cristalina caía. No había gente.

“¿Nos bañamos?”, me animó el Tuco.

Se quitó toda la ropa, buscó una piedra y se dio un clavado.

También me quedé desnudo y me clavé en el agua.

¡Maldita sea!

¿el agua estaba helada, carajo!

Temiendo morirme de hipotermia, estuve un rato y salí a que me calentara el sol. Temblaba de pies a cabeza.

“¡Conchetuvida, si me muero de pulmonía será tu culpa!”, le reclamé.

Josué se reía mientras seguía nadando como si nada.

Al regresar al pueblo, nos topamos con unos primos suyos. Gente simpática, la verdad: nos invitaron a merendar.

Regresamos a tomar un baño. Primero entré yo.

“¡Mierdaaa! ¡Me voy a morir congelado acá!”, volví a reclamar, mientras el agua helada caía de la ducha artesanal.

Después, al mismo tiempo que el Tuco se bañaba, saqué mi libreta de apuntes, y comencé a garabatear unos diagramas.

Cuando Josué salió, tenía las cosas más claras.

“¿Sabes qué? Ahora que he visto a tus proveedores, me parece que lo mejor que podemos hacer es trabajar con ellos dándoles data de utilidad como condiciones del tiempo, precios en tiempo real, como una bolsa de valores pero aplicada a sus productos. Todo conectado a sus celulares. Eso también te permitirá negociar precios y seleccionar mercancías. Incluso como aquí hay señal de celular, podemos gestionarles planes de datos para que envíen fotos del producto. Así decides en tiempo real, y puedes prever tus existencias”.

“¿Y eso en cristiano, Rafo?”

“Construir el sistema me tomará no un fin de semana; quizás tres. Pero además, tenemos que capacitar a tus proveedores. Huevón, será uno de los mejores proyectos de integración de saberes tradicionales y tecnologías de la información. ¡Hasta podrías exportar, Tuco!”

“¿Tanto así?”

“La ONG de mierda que los apoya solo los conecta con el mercado externo, pero se olvida de empoderarlos para cuando ya no tengan capacidad gerencial. Entonces, estarán a la deriva, y todo se va a la mierda”.

“Pero están asociados”.

“Pero su dirigencia está llena de pendejos. ¿Te diste cuenta que el tío de la primera chacra estaba perdido en temas gerenciales? Ya pues: su famoso empoderamiento para la asociatividad es puro floro. Sí la haces, huevón”.

Josué se emocionó; me palmeó el hombro.

“Gracias, Rafo. Sabía que eras la persona correcta”.

“¿en serio creíste eso?”

“Rafo, desde el colegio siempre hemos sido yuntas, pero con lo que me dices, creo que más que amigo, tengo también un socio”.

Me alegró escuchar éso. 

viernes, 2 de diciembre de 2022

Ser Rafael 15.2: La idea del Tuco


Iba a presentarle a Jaime, de pura cortesía, cuando él torció su boca y se fue.

“¿Y ése?”

“Ah. Alguien que me preguntaba por un ejercicio”.

La música de la clase de aeróbicos comenzaba a sonar. Laura se colgó de mi cuello y me dio un besito en la boca.

“Voy a entrenar también. Te veo al final”.

Estaba pensando en el relativismo de nuestras penas. Digo, se supone que esta mujer estaba de luto, ¿e iba a ponerse a bailar?

Otra vez, el sonido de las sirenas y las luces rojas y azules de las circulinas comenzaron a darme vuelta hasta que, cariñosamente (“¡ya, ya! ¿qué haces parado ahí?”), mi entrenador me regresó a la órbita del planeta.


Esa noche, el Tuco me estaba esperando en mi casa. No había podido ir al gimnasio porque estaba haciendo el papeleo para lanzar su negocio.

“¡¿Laura se inscribió en el gimnasio?! No jodas, eso suena a marcación”

“Por una parte, bien. Así me dejo de meter en tantas huevadas. Como que ya me está cansando esa nota”.

Josué me miró sonriendo con escepticismo.

“¡Gracias, amigo!”, reaccioné. “Con votos de confianza como el suyo, ¿para qué quiero opositores? Ya, ya, a ver, ¿qué vientos te traen por acá?”

“Que ya tengo clara mi idea de negocio: una tienda especializada en productos orgánicos de la sierra, y no solo café o panela. Fruta en conserva, cacao puro, licores serranos legítimos. Y si todo sale bien, hasta artesanía, Rafo”.

Traté de analizarlo rápidamente, pero no le hallaba la viabilidad.

“¿Vienes a ver si califico como cliente?”

“No, tarado. Vengo para que tú me diseñes las bases de datos para gerencia, kárdex y esas cosas”.

“Tuco, la idea parece buena, pero tendría que empaparme más del modelo de tu negocio. Vas a trabajar con proveedores de la sierra, y no creo que estén conectados a Internet. Como que necesito bucear en tu esquema de negocio para hacerte una plataforma que valga la pena”.

“¿Qué necesitas?”

“Hablar en profundidad contigo, conocer un par de clientes potenciales y a tus proveedores”.

Josué lo pensó varios segundos.

“¿Y en cuánto tiempo tendría lista la herramienta?”

“No es difícil. En un fin de semana te la armo y la habilito bien chévere. Lo bravo es hacerla a la medida de tus necesidades”.

Josué lo pensó otro poco de segundos.

“Clientes: doña Carmen, tu vieja, la gente de este block. Ahí los tienes. Proveedores, tendríamos que irlos a ver a la sierra. Entrevista conmigo, mientras viajamos”.

“¿Viajamos, Tuco? ¿Y cuándo sería eso?”

“¿Tienes algo que hacer este fin de semana?”

“No, en realidad. Ver a Laura. Ya sabes”.

“Vamos con Laura. Subimos sábado, bajamos domingo. Dormimos en la casa de mis tíos allá”.

“Laura trabaja el sábado hasta mediodía. No creo que le den permiso”.

“Vamos tú y yo, entonces, Rafo”.

La idea no sonaba mal; pero ¿valía la pena?

“¿Cuánto está el pasaje?”

“Nada. Vamos en la moto de mi hermano. Solo tendríamos que tanquearla”.

“¿Te la presta?”

“Sobrado que sí, Rafo”.

El olor a aventura comenzaba a llegar a mi nariz.

“Ya, ‘pe. Vamos este sábado”.

“¿estarás listo a las cinco de la mañana?”

“Cinco en punto, Tuco. Pobre de ti que arrugues”.

Reímos. Chocamos las manos.

Teníamos un trato.