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miércoles, 4 de enero de 2023

Ser Rafael 20.3: Orgulloso de ser quien soy


Esa noche nos la pasamos hablando de todo hasta quedarnos profundamente dormidos. Lo último que recuerdo es su cabeza posada en mi pecho, ambos desnudos, bien abrigados por las cobijas. Afuera, el cielo parecía llorar fuertemente de alegría a pesar de la oscuridad.

Cuando abrí mis ojos, el sol se colaba por las rendijas de la puerta en haces diminutos.

Aún estaba acostado sobre la cama, pero ni la cabeza de Josué ni Josué entero estaban ni en mi pecho ni a mi lado.

Miré al techo. Algunas partes del yeso blanco se habían caído. Podía ver el armazón de cañas de carrizo.

Me senté sobre la cama, busqué los zapatos de charol negro, mi boxer.

Abrí la puerta del patio interno.

La mañana serrana me invadió con frescura.

“Buenos días”.

Josué entraba con una maleta.

“Hola”.

“¿Dormiste bien?”

“Sí. Creo que sí. ¿Cuántas veces hicimos el amor?”.

“Calla, presumido. Nos quedamos bien dormidos. Elena te manda esta maleta”.

“¿Alguna otra novedad?”

“Que tu madre manda a decir que reflexiones bien las cosas, que Laura te quiere matar, que eres la comidilla de la ciudad, y que a Eduardo lo mandaron a golpear”.

“¿Quién?”

“Ni idea, pero elena me dijo por teléfono que Laura estuvo pidiendo su cabeza”.

“Lamento haber llegado tan lejos y decepcionado a mucha gente, pero, por primera vez, me siento pleno y feliz, contento conmigo mismo, orgulloso de quien soy realmente. Por fin creo haberme aceptado”.

Josué me sonrió al escuchar éso. Se acercó, y me besó.  

“Ahora báñate y cámbiate que te ves huachafo”.

Metimos la maleta al cuarto, la abrimos y buscamos mis sandalias. Me desnudé y me puse una toalla a la cintura.

Lo miré de nuevo.

“Te amo”.

“También te amo, Rafo”.

Volvimos a besarnos.

desde entonces, vivo orgulloso y contento. Claro que no fue fácil entender quién soy, pero tampoco me rendí. Sigo en el proceso, y la verdad es fascinante.

Claro que hubo ciertos precios que pagar.

Me descontaron una semana de trabajo, tras la que Josué y yo volvimos a casa, a mi casa, y ocupamos mi viejo cuarto. Mamá recuperó su alcoba matrimonial.

Seguimos dándole a Merchandise, pero demoramos los planes pues tres meses después, él fue admitido al programa que le daba medicamentos para que su vida se prolongara. Lo acompañaba a sus controles, y de vez en cuando participábamos en las reuniones del grupo de apoyo. Incluso los llevamos de excursión a la sierra.

A los seis meses, abrimos una tienda en el centro comercial más caro de la ciudad, y Al vino para firmar un contrato que lo declaraba nuestro dealer en la Florida. Por cierto, llegó con su pareja, el otro muchacho con quien lo conocí en la playa.

A todo esto, me reconcilié con Laura, quien se hizo socia de Merchandise. Eso sí, la reconciliación implicó que todo ese año trabajara para pagar todas las cuentas que demandó la payasada del matrimonio. Claro está, quedamos como socios y amigos.

Tras ello, renuncié al banco y me dediqué de lleno al negocio con Josué.

Vivíamos unos días en la ciudad, unos días en la sierra. Viajábamos mucho, y crecimos un montón. ¡Ah! No dejamos de entrenar, ni hacer deporte, especialmente cuando Josué comenzó a ganar peso.

A Eduardo siempre lo encontrábamos borracho los fines de semana cerca de Port au Prince, diciendo las incoherencias de costumbre, hasta que dejamos de verlo un sábado. Por la prensa nos enteramos que hallaron su cuerpo a las afueras de la ciudad con evidentes signos de tortura, sin sus documentos ni su dinero.

Elena se hizo nuestra máxima aliada. Ahora anda empecinada en cabildear para que se apruebe el matrimonio gay en el país. Me ha dicho que debería escribir toda mi experiencia, y hasta publicarla como novela.

Creo que exagera.

Me parece que no es para tanto.

¿O tú qué piensas?

[FIN.]


martes, 3 de enero de 2023

Ser Rafael 20.2: Ahora sí se lo que tengo que hacer


No sabía qué hacer.

Elena me abrazó.

“¡Rafo!”

Volteé.

Era… el otro hermano de Josué.

“Mi hermano salió en la moto”.

“¿Sabes a dónde fue?”

“No, pero se fue en la moto. Le dije que no, pero el muy cojudo se fue solo”.

El hermano de Josué me guiñó un ojo y sonrió levemente.

“OK. Gracias”.

Miré a elena en silencio.

Entonces, até cabos.

“¡Al Terminal de Castilla!”

Mi hermana me miró extrañada.

Diez para las dos de la tarde.

Llegamos.

El terminal estaba atestado de gente que salía, esperaba y llegaba.

“Toma esto”.

Me quité el saco del frac y se lo di a elena. Me desaté la pajarita y la guardé en uno de los bolsillos de mi pantalón.

“No, Negro, lleva el saco. Necesitas abrigo”.

“¿Ya sabes lo que tienes que hacer, Zamba?”

“Sí. ¿Tú sabes lo que debes hacer?”

“Sí. Ahora sí lo sé”.

“Listo. Aquí te dejo. Que Dios te proteja”.

Me dio un beso en la frente, y se fue.

“¡Zamba! Perdóname”.

“No, Negrito. Estoy orgullosa de ti”.

Abordé un bus.

Cuatro y media de la tarde.

Por fin llegué a la casa de paredes blancas y tejas rojas, luego de bajarme en la plaza de Canchaque, ir cuesta arriba, esquivar tres o cuatro perros bravos, aguantarme las miradas cuestionadoras de los pobladores, y hallar que la puerta… tenía candado.

Me senté en la vereda.

Miré al cerro Mishawaka.

¿Había decidido correctamente?

No pude más.

Me hice un ovillo, poniendo mi cabeza sobre mis rodillas y lloré amargamente, fuerte, como para que la cordillera circundante me escuchara, como para que la quebrada se detuviera, como para que algún ave bajara a consolarme aunque sea picotazos, como para que… una motocicleta se acercara y detuviera.

Alguien descendió.

Levanté mi mirada.

“Carajo, Rafo. ¿Qué parte de ‘no nos veremos hasta después de tu viaje de bodas’ no se entendió?”

Me recuperé tan pronto como pude. Enjugué mi rostro.

“Ya no habrá viaje de bodas”, dije.

Josué se acercó a mí. Comenzaba a emocionarse (conocía ese gesto a leguas).

“¿Y… Laura?”

“No. No vine por ella. Vine por mí”.

“¿Para qué?”

“Para no cometer el mayor error de mi vida”.

Josué se terminó de sorprender y estuvo a punto de quebrarse.

“Y… ¿éstas son… éstas son formas de venir?”

Sonreí con mi rostro nuevamente bañado en lágrimas.

“¡Yo también te amo, Josué! ¡Yo también te amo!”

Me levanté de un salto, fui hacia él. Lo abracé.

Él también me apretó fuerte con sus brazos.

Lloramos de alegría, juntos.

¡Juntos!

Como siempre debió ser.

Y la cordillera se hizo el más bello paisaje al atardecer, y las aves trinaron como nunca, y la quebrada bailó hermosa entre las rocas como jamás se vio… y la moto casi se saca la mugre por no asegurarla bien.

“Rafo, ¿te parece si tomamos un baño?”

“¿Tan mal huelo?”

Josué se rió.

“Necesitamos remover todo el pasado. Es hora de comenzar algo distinto, juntos”.

“Y luego tendremos que preparar la cena juntos, ¿no? Me muero de hambre”.

Volvimos a reírnos.

Nos besamos con intensidad y ternura.

Ah. Esos primeros planos siempre me han fascinado, aunque los protagonistas sean del mismo sexo.

El sol comenzaba a ocultarse.


lunes, 2 de enero de 2023

Ser Rafael 20.1: No acepto


“Negro…”

“Sí, ya sé. No me afeité”.

Elena me miraba la cara fijamente.

“Mejor no digo nada”.

Verifiqué mi reloj: doce y media de la tarde. Ya teníamos un retraso de media hora sobre la que aparecía en la invitación.

Mi hermana Elena , el padrino de Laura y yo seguíamos esperando en el altar de la iglesia. Elena era mi madrina.

“Negro, ¿y si aplicas el cinco-cinco?”

Volteé a mirarla serio.

“ay, Negro, era solo una idea”.

Estaba nervioso y sofocado. Apuesto a que no solo era el frac.

Respiré hondo. Traté de guardar la serenidad.

Mi madre estaba en primera fila con cara de angustia. No, mirarla no me iba a ayudar. La familia de Laura parecía andar con ojos de huevo estrellado. ¡por Dios! ¿Nadie quería levantarme la moral?

“Negro…”

“Elena, ya basta. Me siento pésimo. No hagas que me sienta peor”.

Mi hermana se acercó y me acomodó la pajarita. Me dio una bofetadita cariñosa.

“Era solo eso”.

Doce y treinta y cinco.

El carro donde venía Laura se asomó en la puerta. Ella y su padre bajaron. La marcha comenzó a sonar.

Sin saber cómo, Laura entró radiante, con una gran sonrisa en su rostro. A veces miraba a la gente en las bancas. Su progenitor trataba de disimular, sin éxito, un rostro de incomodidad.

Su lento desfile sobre la alfombra roja se hacía interminable.

Al fin, llegó hasta mí.

Me dio un leve beso en la boca, sin dejar de sonreír. Yo no podía hacer eso con facilidad; mas bien, comencé a sudar más frío aún.

Por último, clavé mi mirada en ninguna parte.

La ceremonia transcurrió… como todas las ceremonias,.

En realidad, no escuchaba al cura, sino que sentía que mi vida, toda mi vida transcurría en segmentos, como una película, de la misma forma como dicen que pasa con los moribundos. Estaba allí en un cadalso que ayudé a construir, y del que parecía no poder bajarme. Juro que hasta podía escuchar con mucha potencia cada latido de mi corazón acelerándose, transformándose en un tam-tam aterrador.

Solo esperaba ese momento en que mencionan tus nombres de pila y tienes que responder afirmativamente, como lo dice el protocolo, el canon, la costumbre, la tradición, todas esas cosas que la humanidad ha construido para ocultar mediante fórmulas verbales socialmente correctas lo que el corazón no siente.

Mi cabeza se hizo un remolino.

El big-bang fue inevitable.

La primera bomba atómica era apenas una burbuja de jabón estallando.

¡Bum!

“¡No, Padre!”

El sacerdote se volteó asustado a mirarme.

Un silencio sobrecogedor se esparció por todo el recinto.

Después supe que todo el mundo se miraba entre sí con un desconcierto estilo catástrofe.

Laura comenzó a enfurecerse. Hizo esfuerzos sobrehumanos para no estallar. Aún así, volteé a mirarla.

Si alguna vez tuve que ser super valiente, éste era el momento.

“No, Laura”.

“No me hagas esto”, masculló ella, muy molesta.

“No… No debo. No puedo… No quiero”.

Lo repetí al borde del delirio varias veces, mientras mi respiración se agitaba. Miré a elena, que trataba de tranquilizarme, al público que ya estaba inquieto, al cura que no sabía dónde meterse. Por último, vi mis manos: estaban libres.

“Perdóname, Laura”.

Miré al altar.

“Perdóname, Diosito”.

Sin que nada ni nadie me importara bajé de allí sin ver atrás. La gente empezaba a armar barullo. Solo sentía a elena detrás de mí que gritaba: “¡No se le acerquen. Soy su abogada!”

Escuché a alguien aplaudir. Vi de reojo: era Jaime.

A medida que ganaba la puerta, aumentaba el paso, como si me fueran a cerrar las puertas. En realidad, me las estaban cerrando. Pero aún así, logré salir.

Respiré la primera bocanada de aire de la calle. Miré a elena. No sabía qué hacer.

“¿Dónde vive, Negro? ¡¿Dónde vive?!”, me urgió.

Por fin reaccioné.

”¡Ven!”, le grité.

Elena y yo corrimos hasta una esquina, paramos un taxi, le indicamos que vaya al sector oeste.

Los edificios, las casas, la gente, las calles, los árboles, toda la ciudad pasaba rápida frente a mis ojos… y eso que paramos como en siete semáforos. A lo mejor era una rara variante de la relatividad general.

Una y veinte de la tarde.

“es allí”, señalé.

“espérenos”, dijo elena al taxista.

Fui a tocar la puerta. La gente estaba extrañada de ver dos tipos de etiqueta a esa hora y en ese lugar. Me dio igual.

Por fin escuché pasos. Por fin, luego de una semana. Por fin, esa puerta se abría.

Por fin…

“¡Hola, Rafo!”

… era el hermanito de Josué.

“¿Tu hermano?”

“Se fue”.

“¿Se fue? ¿A… dónde se fue?”

“No sé. Dijo que quería estar tranquilo, que no lo molesten… ¿Le vas a dejar algo?”

“No”.

Me desolé.

Miré a elena.

Suspiré.

Ambos sudábamos a chorros.

Me sentí perdido.

Comencé a llorar. 

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.3: Perdiste por fin


Llegó el momento en que no estaba seguro qué cuerpo estaba acariciando, ni qué cuerpo me estaba acariciando.

También llegó el momento en que todo mi estado de conciencia desapareció, tanto que ya no recuerdo nada más.

Lo siguiente que viene a mi memoria es el cuarto ya iluminado por la luz del sol mañanero. Estaba desnudo sobre los cojines. El bailarín descansaba sobre mi pecho, también desnudo. De Eduardo no habían señas.

Desperté al chico.

“¿Mi ropa?”, le consulté.

“Tranquilo. Está en mi cuarto. La primera puerta a la derecha. Todo está completo”.

Me acarició el pectoral.

“¿Y Eduardo?”

“No sé. Seguro está dormido en el cuarto, o en el baño; pero no te preocupes por él”. El chico se incorporó y buscó mi boca, la que no le puse a su alcance.

“Hagamos el amor de nuevo. Anoche estuviste bárbaro”.

“Quisiera, pero no. Hoy me caso. A todo esto ¿cómo te llamas?”

Sonó la puerta. Alguien la abrió.

“¿¡Eduardo”?”, llamé.

Se corrió el velo de la cortina.

“Eduardo está abajo. Por lo visto, no es bueno haciendo recados”.

Era ¿Laura?

Solté al otro muchacho, quien no se despegaba de mi hombro. Me restregué los ojos.

¡No era una visión! ¡¡No era un sueño!! ¡¡¡Circulinas y sirenas!!!

“quieres dejarnos solos?”, demandó ella al bailarín aún desnudo.

El muchacho, evidentemente atemorizado, obedeció. Yo me senté sobre los cojines y me cubrí los genitales con uno de ellos.

“Laura, yo… yo puedo explicar”.

“No es necesario. Las cosas se explican por sí solas. Claro, el señor ya no me era infiel porque había dejado de buscar mujeres. ¡Y yo de babosa, confiando en todo el mundo! ¿Sabes? Eduardo me contó sobre sus noches de pasión, sobre la vez que él me entregó tu reloj. Ahora entiendo por qué le tenías cólera. ¡Puro engaño, Rafael! ¡Puro engaño!”

Me puse de pie, ofuscado.

“sí, Laura. Soy homosexual. Me costó trabajo darme cuenta, pero eso es lo que soy. ¡eso es con quien quieres casarte”!”

Laura vino y comenzó a darme puñetes en el pecho.

“¡¿Y por qué recién me lo dices ahora?! ¡¿Por qué no fuiste lo suficientemente valiente para decírmelo antes?!”

Laura comenzó a llorar y dejó de puñetearme. Yo no me moví de donde estaba, y eso que no estaba seguro bajo ningún aspecto.

“Ya no te cases conmigo. Sería lo más honesto”.

Laura se calmó un poco.

“No, Rafael. No te voy a dar ese gusto. No le voy a dar a nadie ese gusto. Tú juraste llevarme al altar, desposarme y así será. Tenemos invitados, tenemos una fiesta, tenemos reservas… No vas a dejarme en ridículo”.“

“Voy a vestirme”.

Caminé y pasé por su costado.

“solo algo más”, me retuvo. “Josué sabía de esto?”

“Sí”.

“Ahora entiendo su negativa. Por lo menos, él sí tuvo un poquito de dignidad”.

La miré fijamente.

“También lo hice con él”.

Laura volvió a llorar con amargura.

Llegué al cuarto donde me dijeron que estaba mi ropa. La encontré doblada y con todo completo. Al ponérmela, me di cuenta que algo había debajo. Lo extendí: era el traje ajustado que había usado en el cumpleaños de Laura. Un papel pegado en él decía: “Te dije que yo iba a tener la razón. NDNPNQ. Perdiste por fin”. Lo tiré con rabia al piso, luego lo tomé.

Laura y yo bajamos del edificio. Yo aferraba ese traje en mi mano, cual bandera de una guerra que había perdido.

el sol afuera ya estaba alto. 

lunes, 26 de diciembre de 2022

Ser Rafael 19.1: No avalaré una farsa



Los preparativos para los dos matrimonios, tanto civil como religioso, o al revés, nos tomaron unos tres meses acelerándolo todo (es decir, pagando todo tipo de sobrecostos), pues no queríamos que se cruzara con las celebraciones de fin de año. No hay nada más incómodo que poner tu boda cerca de Navidad y Año Nuevo, al punto que los invitados no tendrían claro por qé se emborracharon.

Tampoco queríamos que se cruce con mi cumpleaños: la víspera de Navidad. Por eso mi segundo nombre, Jesús.

Lo que más nos retrasó fue buscar una iglesia relativamente céntrica y decente. Laura quería algo tan amplio como la Catedral; yo prefería algo más íntimo. Hasta una paraliturgia me vendría bien, pues solo deseaba decir ‘sí, juro’ (¿o era ‘sí, acepto’?), y listo.

Al final llegamos a un término medio en una iglesia céntrica y discreta. Claro que dejando dos noches asistíamos a las charlas prematrimoniales, donde la única entusiasta a morir era Laura; yo, la verdad, no entendía tanto simbolismo y tanta fórmula. Seamos realistas.

Fueron tres meses de abstinencia sexual también; es decir, solo lo hice con ella, pero en ocasiones tan espaciadas, que cierta vez me comentó que su mayor deseo era llegar a la noche de bodas para disfrutar a tope y sin preocupaciones… léase, sin condón.

Acordamos vivir en mi casa temporalmente. De hecho, mamá renunció a su alcoba matrimonial y se pasaría a mi cuarto; yo pasaría a la suya (Laura y yo, es decir). Sí, viviríamos con ella; pero, teniendo en cuenta que Laura y doña Haydeé se llevaban de maravillas, la convivencia suegra-nuera iba a ser de lo más cordial. El que salía perjudicado era yo, pues no perdía una madre, sino que me ponía doble soga al cuello.

Sin embargo, la convivencia no fue posible durante el periodo previo a la boda; se pospuso para después de la ceremonia.

Cuando no la pasaba con Laura, estaba reunido con Josué viendo detalles y avances de su negocio, o acompañándolo por el simple hecho de acompañarlo para que continúe rumiando su condición de salud.

Me familiarizé con el cóctel de medicamentos que le obligaban a tomar: isoniacidas, ácido fólico, sulfas. También nos habituamos a comer más saludable, dejar de beber alcohol, y no abandonar el gimnasio. en realidad, la última fue decisión nuestra, pues jamás se la prescribieron.

Su ánimo fue aumentando poco a poco.

Sus padres y hermanos fueron adaptándose a la nueva realidad, aunque vivían con terror de que alguien se enterara o se contagiara.


Merchandise arrancó con el pie derecho. Abrió una tiendecita en el centro de la ciudad.

Durante la primera noche, quienes hacían bulla eran los grillos; pero ese fin de semana, hasta yo tuve que ponerme detrás del mostrador para atender a la clientela.

Al segundo mes, los pedidos por las redes sociales se hicieron significativos, por lo que Josué tuvo que reclutar a dos proveedores más, y hacer viajes cada tres días a traer mercancía.

Merchandise comenzaba a pegar, y Josué –ya poco le llamábamos el Tuco- comenzó a planear el ingreso a centros comerciales o a ampliar la tienda.

Solo faltaba una semana para la boda. Era domingo, y le estaba ayudando a cerrar el local,, tarde por la noche, luego de haberle ayudado todo el día.

“Tendrás que contratar más vendedores. Esta época de fiestas es jodida para todo negocio”.

“Tienes razón, Rafo. Mi hermana ya no se abastece sola por las tardes”.

“Oye, mi matri será el sábado que viene, el dieciséis. Laura y yo estuvimos conversando si acaso podrías…”

“No. La respuesta es no”.

Me incomodó un poquito su actitud.

“Tuco, no quisiste ser el padrino por ese rollo de que estaba cometiendo un error…”

“Y lo sigo sosteniendo, Rafo. Estás engañando a Laura, engañando a todo el mundo. No creo que te estés engañando a ti. A mí no me engañas”.

“De acuerdo. Sí, soy consciente que lo hago por tapar algo. El caso es que Laura y yo queremos que, al menos, seas el testigo del civil”.

Josué se rió levemente, tan incómodo como yo. Verificó las cámaras de seguridad en su lap-top.

“Del agua mansa me libre Dios, que del registrador civil también me libro yo”.

Me le acerqué.

“Para mí sería realmente importante que tu firma esté en esa partida de matrimonio”.

Me clavó la mirada.

“Rafo, créeme, te quiero como mierda, y tú sabes cuánto, pero no avalaré una mentira, ni ante Dios ni ante la Ley… especialmente ante la Ley. A lo mejor termino preso por mentir”.

Se rió. Me contagió esa chispa de buen humor.

“Mira, Josué: piénsalo con calma. Lo del testigo no se necesita sino hasta la misma ceremonia. Me avisas un día antes, ¡el viernes!, y listo”.

Me miró con ternura.

“Rafo, ¿y por qué no paras esta farsa? Ambos sabemos perfectamente que no serás feliz”.

Tragué saliva. O sea, Glup.

Fue la primera vez en mi vida que miraba el rostro de alguien que me generaba mariposas en el estómago, esa ansiedad de no querer separarte, esa sed inexplicable de hacer eterno el momento. ¿Qué mierda te estaba pasando en ese instante, Rafael Jesús?

Le acaricié nerviosamente su mejilla izquierda.

Él me tomó suavemente la muñeca.

Comenzamos a acercar nuestros rostros.

Treinta…

Veinte…

Diez centímetros…

¿Iba a ocurrir lo que pensábamos que iba a ocurrir?

Nueve,

Ocho.

“Las cámaras, Rafo”.

“Al diablo las cámaras”.

Cinco,

Cuatro.

Mi celular sonó.

Era Laura, preguntando cómo estaba todo en la tienda y si Josué quería más ayuda.

Cuando terminé de hablar, él tenía todo listo.

“salgamos”, me ordenó.

Activó la alarma antirrobos.

Fuimos en silencio a sacar su motocicleta de una cochera vecina.

Al llegar a donde él la tenía estacionada, la preparamos para salir a casa.

“Tuco, ésa es la razón por la que te opones, ¿cierto?”

“Rafo, tú debes tomar la decisión correcta, pero tú en función de ti, no de mí, no de Laura, no de nadie. Tú puedes hacerlo”.

“Te juro, Tuco, que ya no sé ni lo que quiero, a pesar que tengo claro lo que debo y lo que puedo”.

Josué subió a la moto, la arrancó, me indicó que abordara. 

martes, 20 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.2: Tu peor error


Lloré. Escuché que él también lloró.

Las lágrimas corrían profusamente sobre mi rostro.

Era como si el dique que las había contenido todo ese día se rompiera irremediablemente. Lo curioso del asunto es que era una suerte de desastre necesario. Algún sentido debía tener todo ese dolor.

“Rafo, ¿en serio nunca me abandonarás?”

“No, mierda. Me corto un huevo antes de dejarte. Eres mi hermano, huevón. Aunque todo el mundo te deje, yo nunca, mierda. ¿Me oíste? ¡Nunca!”

No dejé de llorar. En mucho tiempo no lo había hecho por considerarlo tiempo perdido. Obviamente, ese momento no calificaba como tal.


A la mañana siguiente, Laura me llamó. Le dije que esa noche teníamos que hablar de algo importante.

“Nos vemos en el gimnasio, entonces”, me recordó.

“OK”, respondí.

Llamé a Josué. Me costó trabajo convencerlo de que vaya al gimnasio también.

Ese día, almorcé rápidamente y busqué una joyería.

Estaba pagando, cuando volví a tener la impresión de ser observado. Miré a todos los costados, pero no encontré a nadie.

Apenas dejé el negocio, me choqué con Eduardo.

“¿Me estás espiando?”, le di a quemarropa. “Hace tiempo me estás espiando, ¿no?”

“¿Por qué piensas eso, Rafo?”

“Rafael para ti. Eres una mierda. ¿Cómo te jugaste con algo tan jodido como… como esa enfermedad?”, bajé un poco la voz.

“¿Cuál enfermedad? ¿De qué hablas?”

“Ya. No te hagas el cojudo que ya lo sé todo: estoy sano y eso es lo que importa”.

Eduardo se rió.

“Ay, Rafo. Perdón, Rafael. En ningún momento te dije que yo estaba enfermo”.

“Dijiste que perdiste. Siempre que te he encontrado borracho salías con eso, y no me vengas que no te acuerdas”.

“Perdí porque cuando te conocí, pensé que podíamos tener algo”.

“¿Ser pareja?”, sonreí burlonamente.

“Sí. Porque me gustas mucho, porque eres un experto en la cama, porque yo te puedo dar todo el placer y la dedicación que tú quieres. No creo que Laura me supere”.

NO resistí la risa.

“¿Sabes qué, Eduardo? Nunca haría pareja contigo. Solo fue sexo. Recuerda dónde te conocí, recuerda dónde te encontré. Estás mal de la cabeza”.

Comencé a caminar.

“Al menos, yo sé quién soy”, me dijo en voz alta.

“Deja de espiarme”, advertí.

Seguí mi camino.


Más tarde, Josué y yo llegamos al gimnasio juntos. No es que el Tuco anduviera con el ánimo a tope, pero tenía fe que una hora y media de esfuerzo físico le activara las endorfinas, la serotonina o la oxitocina, y eso podría arreglar el asunto mientras tanto.

Nos pusimos la ropa de deportes y salimos a hacer nuestra rutina, pero antes me desvié a la sala de aeróbicos para buscar a Laura.

La encontré conversando con dos chicas.

“¿Amor?”, la llamé.

“¡Rafo, mi vida, te extrañé!”

Se me acercó y me besó.

“Oye, te tengo una mala y una buena noticia”.

Laura cambió su semblante alegre.

“Ay, Rafo. No empecemos otra vez, y menos aquí”.

“¿Cuál quieres primero?”

“La mala”.

“Bueno… La mala es que…. Ya no seremos enamorados”.

Laura comenzó a enfurecerse.

“¡Y déjame adivinar la buena: te revolcarás con alguna perra de esas que siempre solías buscar!”

Sonreí abiertamente.

“Yo no diría eso, Laura”.

“¡Y encima eres un cínico, Rafael!”

Comenzó a darme manazos en mi pecho.

Sorpresivamente, saqué una cajita negra forrada en terciopelo.

Laura se quedó helada. Enrojeció de vergüenza.

“La buena”, dije tranquilamente, “es que delante de todos, te pido que dejemos de ser enamorados para comenzar a ser esposos”.

Abrí la cajita, y el anillo de compromiso brilló ante sus ojos… y los de toda la gente que curioseaba con poco disimulo, alrededor.

Laura se quedó muda, empezó a respirar más rápido.

Se desmayó.

Mientras la reanimábamos con ayuda de sus amigas, la gente allí adentro comenzó a aplaudir.

Laura y sus amigas no hicieron la clase, y se quedaron contemplando la joya. Yo sí comencé mi rutina.

Cuando estaba acercándome a la primera máquina, se me cruzó Jaime.

“¡Hipócrita!”, me regañó.

No le hice caso.

En la máquina del costado estaba Josué, jalando las poleas con una fuerza inusitada, como si la furia pasara a ser su combustible. Creí entenderlo. Tras todo lo que se enteró, y el hecho de que tenía que asumir una lucha de por vida, su actitud era justificada. O al menos creí eso.

Comencé a hacer barras.

Tras finalizar la rutina de ese día, fuimos a tomar un baño, como era costumbre.

Cuando terminé, me asomé a la otra ducha. Josué tenía el cuerpo untado en jabón.

“¿Te parece si mañana seguimos lo del negocio? Esta noche quiero pasarlo con Laura”.

No me dirigió la mirada.

“Normal. Como quieras. Mañana lo seguimos”.

“Tuco, solo será por esta noche. No creas que voy a dejarte ir solo por lo que sabemos”.

Por fin me miró.

“No es eso,Rafo”.

“¿Entonces?”

“Tú sabes muy bien que estás cometiendo el peor de tus errores, y la estás arrastrando en esto”.

Me quedé mirándolo sin responder.

El Tuco tenía razón.

Mientras tanto, el agua revelaba de nuevo el cuerpo trigueño de mi amigo, en el que por fuera todo parecía normal, pero donde más de una procesión circulaba por dentro. 

“¿Qué debo hacer, entonces? ¿Dar marcha atrás?”, lo cuestioné humilde.

“Piensa en ti, por favor, Rafo. Solo piensa en ti. No jodas tu vida por quedar bien con el mundo entero. Solo piensa en ti”.

El rostro de Josué tenía un gesto de súplica.

“Ya tomé una decisión. Voy a afrontarla, Tuco”.

Mi amigo se quedó en silencio por algún ratito mientras el agua de la ducha no dejaba de tapizarlo de un brillo opaco e indiferente.

“Caballero. Te apoyaré… pero no estoy de acuerdo contigo”.

Bajé la mirada.

Nos quedamos en silencio por casi un minuto o dos.

El agua se desvanecía por el sumidero.

¿Qué más se estaba desvaneciendo en mi vida?

lunes, 19 de diciembre de 2022

Ser Rafael 18.1: No quiero que te mueras


En la pantalla SE VEÍA…

¡Por Dios, ya no recuerdo qué se veía en la pantalla!

ese domingo ESTUVO repleto de sentimientos encontrados. Por un lado, alegría y satisfacción porque yo no; pero tristeza e incertidumbre porque mi mejor amigo sí.

Tras conocer la inesperada noticia, me pasé toda la jornada con Josué, acompañándolo, dándole mi apoyo, mostrándole que si habíamos estado en las malas, no dejaría de estar en las peores. Y ésta fue la peor de todas, hasta ese momento.

Lo realmente jodido fue sentarnos ante sus padres y revelarles que, además de ser homosexual, era…

La oscuridad que tenía alrededor ayudó a disimular mi llanto silencioso.

¿Por qué él?


Estaba en la función de siete y cuarto de la noche en el cine triple X, y apenas habían corrido cinco o seis minutos de la cinta.

Mientras el actor y la actriz se quitaban la ropa en la pantalla, yo no sabía qué hacer con mi espíritu: si blindarlo y vestirlo contra el frío, o quitarle todo y arriesgarme a rasguñarlo más.

Un hombre se sentó a mi derecha. Encendió un cigarro. No me importó que me viera o me reconociera.

“Hola”, me dijo. “¿Recién comenzó?”

“Sí”, respondí con levedad.

Está buena, ¿no?”

“Sí, parece que sí”.

“¿Siempre vienes?”

“Hace siete meses que no vengo”.

“¿Cómo te llamas?”

“Rafael”.

“Bonito nombre… ¿pero no es el verídico, no?”

“Es mi nombre”.

El hombre dio una pitada. En pocos segundos, el olor a tabaco se imponía a la humedad del recinto.

“¿qué buscas?”, me preguntó.

“Respuestas. Hace tiempo que busco respuestas”. Suspiré largamente. “La vida parece haberme dado una segunda oportunidad. El caso es que en mi vida he estado con un pie en dos hemisferios distintos, entre tirar con mujeres o tirar con hombres. Tiro con mujeres para conservar ciertas apariencias, pero la verdad es que me gusta tirar con hombres”.

El hombre dio otra pitada.

“Me parece que ya tienes las cosas claras. ¿Qué respuestas buscas, entonces?”

“La gente no acepta que dos hombres hagan una vida juntos, aunque te mueras de amor por uno de ellos. En cambio, no hay joda si se trata de hombre y mujer, aunque luego se pasen años de años como perro y gato… gata quiero decir”.

El hombre suspiró.

“¿Tienes enamorada, al menos?”

“Claro. Casi cuatro años de relación, dando tumbos, pero ahí vamos”.

“Cásate, entonces”.

Volteé a mirarlo y noté cómo la combustión del tabaco iluminaba sutilmente su grueso rostro.

“¿estás loco?”

“No…. ¿Rafael dijiste? Casarte lo resuelve todo. Cuidas tu imagen pública, y puedes hacer tus cochinadas por allí. Además te protege de los otros chicos: cuando estás soltero, están allí encima como moscas, alucinando que pueden tener algo contigo; en cambio, cuando te casas, te miran con respeto, no te acosan y puedes darte el lujo de elegir, usar y botar. Casarte te da caché”.

“¿Cómo sabes todo eso?”

El hombre volvió a pitar. Botó la colilla y la pisó con su zapato.

“Hace catorce años que estoy casado. Desde los 24 años. Tengo treinta y ocho. Tengo mi mujer, dos hijos, y cuando quiero acción, vengo acá, consigo cualquier pasivita y me olvido del asunto. Satisfago a todas las partes, especialmente a mí, y nadie me dice nada”.

Me quedé pensando. Lo que había escuchado parecía tener sentido.

Súbitamente, percibí su mano sobre mi muslo. Me lo apretó. La tomé y la retiré.

“Gracias por el consejo. Tengo que irme”.

“¿Volveremos a vernos, Rafael? Tienes buenas piernas”.

“Quién sabe”.

Me levanté, previa escala en el baño. Tenía necesidad de orinar.

Mientras acababa, oí unos gemidos que venían de uno de los cubículos al costado. Sigilosamente avancé, y lo hallé con la puerta abierta: un chico estaba agachado, con el pantalón y la ropa interior por las rodillas mientras otro hombre, como de treinta y cinco, lo penetraba casi apoyado en una de las paredes, en tanto que enfrente de ambos, pegado a la otra pared, otro hombre, de unos veintiocho, estaba también con un pantalón deportivo bajado a la altura del muslo, con su miembro rígido al aire libre, tratando de que la boca del pasivo pudiera complacerlo. El de treinta y cinco me vio, mientras se

movía con cierta dificultad; hizo con su cabeza el ademán de que me acercara. No le acepté y me fui.

Apenas era las ocho de la noche, cuando llegué a la casa de Laura. Toqué el timbre varias veces, pero no me respondieron. Llamé a su celular. Parecía estar apagado.

Regresé a mi casa.

Mamá estaba con cara de pocos amigos.

“¡Se te olvida llamar para avisar dónde estás o a qué hora regresarás!”

“Estaba ayudando al Tuco, mamá. Se presentó un problema, y tenía que acompañarlo”.

“¿Qué problema?”

“Nada. Un proceso del negocio. Nada más”.

“¿Quieres decirme en que líos te estás…”

“Mamá, trátame como adulto, por favor. Déjame tomar mis decisiones, ¿quieres?”

Mi madre guardó silencio mientras me observaba con asombro. Fui a mi dormitorio.

Me bañé y me acosté desnudo en mi cama.

Llamé a Eduardo. Su broma pesada debía tener una explicación, y esta vez no aceptaría un ¿estuve borracho, no me acuerdo’ como excusa.

Nada, mierda.

Llamé a Josué.

“¿Cómo sigues?”

“Ahí”, me contestó lloroso. “Pensando”.

“¿Irás al hospital, como te dijeron?”

“No sé, huevón. Justo ahora que comenzamos el negocio”.

“Pero si te enfermas más, ya no podrás manejar el negocio”.

Josué se quedó callado un rato.

“¿Y si cancelo todo, Rafo?”

“No debes. ¡es tu proyecto! No puedes. Hay gente que depende de ti. Y sé que, en el fondo, no quieres. Has luchado tanto por esto. Podría ser una prueba”.

“Una prueba para conseguir ¿qué, Rafo?”

“No lo sé, la verdad. Solo sé que tienes que luchar y que jamás te dejaré de lado”.

“¿Por qué?”

No pude más. Comencé a sollozar.

“Porque te quiero, carajo. Porque no quiero que te mueras”. 

martes, 13 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.2: Tenemos lo que estás sospechando


el proyecto nos tomó tres semanas más, hasta que lo dejamos implementado limpiamente, de tal modo que el Tuco se emocionó hasta las lágrimas cuando lo operó: aparte de los formatos electrónicos para la administración de todo, tenía control de sus propias redes sociales y hasta un sitio web simple-pero-atractivo (con carrito de compras incluído).

Al final bautizamos al proyecto: Natural Merchandise of Piura, o Merchandise a secas. Sí, Laura no se cansaba de poner nombres en inglés a todo.

Ese viernes, quedamos para salir a celebrar por la noche, pero Laura no pudo venir porque viajó con su familia a una actividad relacionada con la muerte de su abuela.

Como a las once de la noche, Josué y yo terminamos tomando unas cervezas en el Port au Prince.

“Ya tengo los primeros pedidos, ya aseguré lo del transporte, y los proveedores que tenemos ya se familiarizaron con las alertas por celular. Este negocio será un éxito… y todo gracias a ti”.

“No solo gracias a mí, Tuco. Laura también tiene mucho que ver”.

“¿Siempre viajamos con ella la próxima semana?”

“Por mí no hay problema; pero dudo que se suba a una moto lineal”.

Nos reímos y chocamos nuestras botellas. Entonces vi que mi amigo puso su cara de alerta. Volteé.

“Hola, Rafael. ¿Me presentas a tu amigo, o me cambiaste por él?”

Era Eduardo. Estaba evidentemente ebrio.

“Mejor te vas a molestar a otra parte, ¿no?”, dijo Josué visiblemente mortificado.

“uuuuy. Tu nueva pareja no quiere sombra”, rió Eduardo. Sí, definitivamente estaba borracho.

Josué comenzaba a perder la paciencia. Me levanté.

“Eduardo, ya pues, pórtate bonito. ¿Te embarcamos a tu casa?”

“No quiero que me embarques a ninguna parte. No quiero nada”.

“Pero nos estás incomodando, Eduardo. Mejor te embarcamos”.

Traté de conducirlo a otro lado tomándolo de sus hombros.

“¡Déjame! Déjame. No me toques. Ya sé que perdí. Hace mucho que perdí. Pero no soy el único, Rafael, Rafo, Paúl o como te llames. Tú… tú también perdiste”.

Un tenebroso espasmo eléctrico me recorrió el cuerpo.

“¿Qué quieres decir, Eduardo?”

El borracho dio una media sonrisa, cínica. Miró a Josué, luego a mí.

“Yo perdí. Tú perdiste. Lo tengo. Tú también lo tienes”.

Me indigné tanto. Me arrebaté.

Empujé a Eduardo contra el suelo. Cayó.

Fui sobre él y lo agarré del cuello de la camisa.

“¡me vas a decir ahora mismo qué significa éso!”

Josué trató de separarme. Eduardo no borraba su sonrisa cínica, psicópata.

“es eso que estás sospechando, Rafo”.

Quedé aterrorizado.

Le solté el cuello de la camisa y me senté sobre el suelo. La gente se había arremolinado alrededor nuestro.

Unos serenos llegaron y nos sacaron del bar.


Apenas pasaba la medianoche, cuando Josué y yo estábamos en el parquecito cerca de mi casa, sentados sobre una banca. Yo me sentía desesperado.

“Rafo, el pata estaba borracho. No sabía lo que decía”.

“Imposible, Tuco. A ese conchesumadre se le suelta la lengua cuando está borracho. Ya me lo gané antes”.

“Pero no parece estar enfermo”.

“¡Bah! Los síntomas de esa enfermedad no se ven. Ahora la huevada es… si estoy infectado… la cagada, huevón”. Comencé a llorar. “Laura, huevón”.

Josué me abrazó. Dejó que me desahogara un poco.

“Rafo, nada sacas angustiándote. ¿Hay algún modo de saber si la tienes?”

“Prueba de sangre. Tengo que ir a un laboratorio”.

“Entonces, tendrás que hacer eso. Mientras tanto, nada ganas angustiándote con las huevadas de un borracho. Ahora cálmate: si tu mamá te ve así, será peor”.

Volteé a mirar a Josué.

“¿Me acompañarías?”

“Claro, hermano. ¿Cómo piensas que voy a dejarte solo?”

esa noche fue imposible dormir. Maldije el momento en que se me dio por irme a la cama con Eduardo, y sin usar protección. Maldije mi vida. Maldije todo. 

lunes, 12 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.1: Perdón al desnudo


el lunes, justo un día después de regresar del viaje relámpago a la sierra, salí del trabajo poco después de las cinco de la tarde, como era mi costumbre.

Apenas llegué a la calle, lo encontré allí parado como si nada.

“¿Listo, Rafo?”

Me alegré de verlo.

“Claro, Tuco. Pensé… pensé que no ibas a venir”.

No me respondió. Me palmeó en el hombro y caminamos hasta el gimnasio.

No hablamos más que de los planes del negocio y de las cosas del trabajo. No se mencionó más que eso ni al entrenar, ni cuando nos bañamos, y menos cuando regresamos a casa con Laura. Bueno, la razón es obvia.

Esa noche, los tres pusimos en blanco y negro todos los pasos que tomaríamos para que la creación de Josué se fuera concretando.

“Hoy me vieron la taleguita en el trabajo, y por lo menos dos patas se acercaron a preguntarme dónde la había comprado”, relaté.

“Hablas huevadas”, desconfió el Tuco.

“¡Verídico, hermano! Les dije que les podía conseguir, si deseaban”.

“Ay, claro. Ustedes viajan, compran cosas y a mí no me consiguen nada”, reclamó Laura.

Me levanté de la mesa, fui a mi cuarto y regresé con el tapete multicolor. Laura abrió la boca de asombro y se acercó para colgarse de mi cuello y darme muchos besos.

Josué siguió viendo los papeles que había llevado en tanto que mamá salió con tazas de café que trajimos de la sierra. El aroma era deliciosamente penetrante.

Mi madre también se sentó con nosotros, miraba cómo trabajábamos y de vez en cuando nos lanzaba ideas. Buenísimas, por cierto.

Terminamos casi a medianoche.


el resto de esos días, tras el gimnasio, Laura y yo regresábamos a mi casa y nos poníamos a trabajar en el proyecto de automatización del negocio. Decidimos tomarnos, incluso, los fines de semana. Era una curiosa manera de pasarnos el tiempo juntos, sin necesidad de terminar en sexo.

Precisamente, no recuerdo si fue viernes o sábado, cuando estábamos programando en silencio y Laura se levantó, caminó varias veces por la sala. Vio el tapete que mamá puso sobre el sofá, probó algo de café, y me quedó mirando fijamente.

“Piura’s Switzerland”

“¿qué?”

“La suiza piurana, Rafo. ¡el nombre del negocio! ¿Te imaginas? Todos los productos de la sierra de Piura en su hogar, no importa el lugar del mundo dónde esté”.

Realmente mi enamorada estaba inspirada. Llamamos al Tuco, le contamos la idea pero no sonaba muy convencido.

Aún así, seguimos trabajando.

Ese domingo fuimos a jugar pelota en uno de esos recreos campestres con piscina, cerca de la ciudad.

Estaba a punto de meter un gol, cuando nuevamente tuve esa sensación de ser observado por alguien desde algún punto. Me desconcentré, miré a los lados, y recibí un empujón de otro muchacho que jugaba.

“estás boca abierta, Rafo”, me pasó la voz.

Yo sonreí.

Esa noche, mientras estaba en redes sociales, se abrió una ventana de chat. Era al.

“Tus fotos ser muy bonitas”, escribió.

Comencé a explicarle del proyecto que estaba trabajando, y pareció muy interesado.

Al día siguiente, cuando Josué y yo íbamos al gimnasio, se lo conté.

“Al dice que puede ser nuestro concesionario en la Florida”, le anuncié.

“Suena bien. ¿Y qué le gustó más?”

“Los tejidos. Parece que la artesanía podría ser lo máximo allá afuera”.

“Excelente”.

Fuera de eso, aquel día el Tuco estaba mayormente callado.

Tras entrenar, nos duchamos. Justo acababa de cerrar la llave, cuando Josué se puso a la entrada de mi cubículo, e ingresó. Ambos estábamos mojados y desnudos.

“Rafo, sobre lo que pasó esa vez en el viaje, quería pedirte perdón. No debí hacerlo porque somos amigos, porque nos queremos, nos respetamos y porque no me parece, considerando que Laura es tu enamorada, y mi amiga”.

Quedé confundido.

“Pero, no creo que fue culpa tuya solamente. Yo te correspondí, Tuco”.

“Como sea. No debió pasar y no debe pasar de nuevo”.

“¿Crees que pueda pasar de nuevo?”

“Tenemos que evitar que pase, Rafo. Sí podemos”.

“¿quieres decir que?”

“No quiero decir nada, Rafo. Solo quiero que me perdones, y que jamás pasará de nuevo”.

¡Vaya! Un nuevo enfoque para esa rara trilogía –deber, poder, querer- que me pareció lógica, aunque no me dejó del todo satisfecho, ni convencido por lo menos.

“Tuco, no quiero perder tu amistad. ¡eres mi mejor amigo! No quiero que esa huevada nos aleje. Quiero que me trates como siempre lo has hecho”.

“Sí. Perdona. Pero estaba incómodo. Yo sé que me quieres, y precisamente por eso, vamos a hacer las cosas bien”.

“De acuerdo”.

Nos dimos un cordial abrazo, donde fue imposible evitar el contacto de las pieles. Aunque, honestamente, eso fue lo último que me preocupó, pues no quería escatimar mi afecto a esta persona. No es bueno escatimar el afecto. No es bueno guardarse nada especialmente si es verdadero y puro, como la amistad.

Cuando nos separamos, Jaime estaba en el estrecho pasillo entre las dos duchas, mirándonos con rabia.

“Ahora entiendo todo”, espetó con ridículo despecho.

El Tuco y yo lo miramos y nos carcajeamos. Jaime salió muy molesto. 

sábado, 10 de diciembre de 2022

Ser Rafael 16.3: Anoche no pasó nada


Cuando desperté, estaba desnudo, y afuera el día parecía soleado.

Josué ya no estaba a mi lado.

Era casi las nueve de la mañana.

Me duché y salí a la puerta. El Tuco ya había sacado la moto.

“Cuando estés listo, nos vamos”.

“¿Está todo bien, Tuco?”.

“Sí. Todo bien”, me dijo secamente.

Mientras arreglaba mis cosas, vino a mi cabeza lo que elena me dijo en casa, pero me resistí a considerar esa posibilidad. El Tuco y yo éramos amigos, y probablemente lo que había pasado la noche anterior fue producto del licor, alguna confusión, algo que debía aclararse tranquilamente y prometer que jamás pasaría de nuevo. Además, él ya me había confesado que se había acostado con otros hombres; yo, en cambio, no tenía claro ese aspecto aún.

Salí con mi mochila para acomodarla.

“Tuco, lo que pasó anoche”.

“Rafo, anoche no pasó nada. Solo bebimos. ¿De acuerdo?”

Me miró serio.

“De acuerdo”, repliqué.

Fuimos a desayunar.

Hablamos casi nada en todo el trayecto.

Llegué a casa para la hora de almuerzo.

Todo ese día, no nos llamamos. Tampoco quise salir ni ver a Laura, menos chatear.

A las nueve de la noche, ya estaba encerrado en mi cuarto, durmiendo.

Tenía fe que el día siguiente… sería otro día. Pero, ¿qué tipo de día sería?


viernes, 9 de diciembre de 2022

Ser Rafael 16.2: La persona ideal


Casi nadie entendía mi carrera, y casi nadie me lo reconocía, así que este respaldo me enorgulleció… aunque no tenía claro por qué lo consideraba tan… especial.

“Siempre vas a contar conmigo, Tuco. Jamás lo dudes. Te lo prometí”.

A continuación, fuimos donde sus primos donde nos dieron yucas sancochadas con carne de res… y café.

Hablamos de todo un poco.

Nos sirvieron un licor de café (para variar). Riquísimo.

Josué trató de no beber mucho, pues habíamos ido en la moto.

Nos quedamos hasta las nueve de la noche y regresamos a nuestro alojamiento. Estábamos cansados.

“Menos mal que salimos. La gente de acá piensa que emborrachándose del todo le caerá mejor al resto”, comentó el Tuco.

“A mí me cayeron bien”.

“Sí, eso es al inicio; pero aguántalos un mes”.

Nos reímos.

“¿Y esa bolsa, Tuco?”

Descubrió el contenido: una botella de licor de café.

“Tú dirás, Rafo: o muere esta noche, o sobrevive hasta Piura”.

No lo pensé mucho.

“Muere esta noche, Tuco”.

Mientras yo abría la botella, él trajo un par de vasitos de vidrio.

Nos sentamos en el corredor de la casa, y nos pusimos a catar el licor mientras mirábamos al negro infinito tachonado de estrellas, más de las que puedo ver en la ciudad cuando hay luna nueva.

En el celular teníamos la mejor selección de rock y pop de los ochenta y noventa, la mejor música de todos los tiempos.

“Gracias por todo, pata. Realmente no pensé que tu presencia sería de tanta ayuda”.

“Nada, Tuquito. Ya te dije que siempre puedes contar conmigo”.

Me arrimé a él y lo abracé. Volví a mirar al cielo.

“Sabes identificar constelaciones, Tuco?”

“No. No mucho”.

“Papá, que en paz descanse, nos enseñó algunas. Mira: allí está Orión. ¿Ves las Tres Marías?”

“¿esas tres en línea?”

“sí. Hay gente que dice que la humanidad viene de allí”.

“Toda la humanidad? ¿Incluso los homosexuales?”

Me reí.

“Apuesto que sí, Tuco. Los homosexuales también son seres humanos”.

Giré mi cabeza para verlo. Él estaba absorto mirando las estrellas, mientras sostenía su vasito de licor.

La botella se vació hasta la cuarta parte… la mitad… tres cuartas partes… El efecto de su contenido no tardó en aparecer.

“¿Qué crees que esté haciendo Laura, Rafo?”

“No sé, carajo. Debe estar con sus papis, con Sonia, o debe estar jateando ya. Milagro que no me ha llamado”.

“¿La extrañas?”

“No sé,huevón”.

“Puta, si Laura hubiera venido, ¿cómo nos habríamos acomodado?”

“Ya,Tuco. Deja de pensar en Laura. Disfruta el cielo. Si por mí fuera, me quedaría a vivir acá toda mi vida. ¡al diablo con la ciudad de mierda!”

“¿en serio piensas eso? A mí también me gusta acá”.

Nos quedamos en silencio. Solo oíamos la música desde el celular.

“Te quiero mucho, Rafo”.

“Calla, huevón… Yo te quiero más”.

Nos reímos.

“Hablando en oro, Tuco: te quiero como mierda”.

Nos miramos. Sonreímos.

No quedó nada dentro de la botella de licor.

Nosotros estábamos algo embriagados. Al menos, yo sí sentía el típico efecto de adormecimiento y cierta forma típica de hablar.

No era ni las once de la noche, cuando cerramos todo, y fuimos a dormir.

Josué estaba asegurando la puerta del dormitorio. Yo estaba sentado sobre la cama sacándome la camiseta y los zapatos.

“Gracias por acompañarme, hermano”, me dijo el Tuco.

“De nada. Cuando tengas otro viaje de éstos, me apuntas”.

Se acercó y me dio la mano. Me puse de pie. Nos dimos un fuerte abrazo.

“Te quiero, Tuco”.

“Te quiero, Rafo”.

Él comenzó a acariciarme levemente la espalda. Yo froté mi mejilla contra la suya.

Entonces nos miramos. No nos sentíamos incómodos. No sentíamos nada malo.

¿Mencioné que estábamos algo borrachos?

De pronto, el universo entero se silenció.

El tiempo pareció detenerse.

Una rara electricidad fluyó.

Nos besamos.

No fue un simple piquito.

Saboreamos nuestros labios, a cada segundo con mayor intensidad.

Le quité su camiseta, y comencé a devolver las caricias en la espalda que él me había dado.

No recuerdo si él me desnudó o yo a él. El caso es que terminamos acostándonos sobre la cama avrazados, besándonos, acariciándonos, moviéndonos.

No era la típica escena lasciva donde tienes que demostrar que eres buen amante, sino que debes esforzarte por hacerle sentir a la persona que no hay nadie mejor que ella para pasar ese preciso momento, y convencerte que ésa es la persona ideal para comunicarte sin palabras en lo más íntimo de tus sentimientos.

Ni siquiera sentimos la necesidad de una penetración: solo queríamos decir con nuestras pieles cuánto nos queríamos.

Claro que tuvimos orgasmos, pero no fueron el fin del momento, sino el inicio de otro instante… ¿de qué?

No lo tenía claro aún; pero sí estaba seguro que esto era distinto a todas mis experiencias previas en la cama… incluso con Laura. 

lunes, 5 de diciembre de 2022

El precio de Leandro 16.1: ¿Por qué la rivalidad?


”Yo trabajé con Alberto Madero desde hace diez años después que hice mis prácticas en la Corporación Echenique. Había ido a recoger un certificado cuando me reencontré con él en las mismas oficinas. Beto buscaba la forma de conseguir esa cuenta publicitaria, pero no sé por qué se la negaban”.

“¿Cómo que te reencontraste con él en la oficina, Elías?”

“Cuando yo entré a la universidad, Darío, él ya estaba en cuarto año. Nos conocimos en una fiesta. Justo él acababa de tener a su hija. Terminamos tirando esa madrugada, y así fue hasta que egresó al año siguiente. Le había perdido el rastro hasta ese día en la Corporación”. Tú acababas de entrar a quinto de secundaria”.

“Sí me acuerdo. Tiré contigo ese día que te invité a la casa de playa”.

“El reencuentro fue después que eso, Darío. El hecho es que Beto había fundado Sparking con otros dos amigos, uno de ellos Roberth Peña”.

“¿Desde entonces comenzó la rivalidad entre Darío y Beto?”

“No creo, Leandro. Creo que fue cuando hicimos la campaña de Lawrence’s hace tres años. Yo era asistente administrativo de la agencia, y en los ratos libres veníamos al dos cero uno, en este mismo condominio, a… bueno, ya sabes”.

“Lawrence’s ya me tenía contratado como imagen de la línea juvenil de ropa. Bueno, lo… era desde hace cinco años”, acota el supermodelo.

“Para entonces, Darío quería meter a un chico en la sesión, pero Beto no quiso porque… es negro, bueno, moreno, mulato, no sé… Beto siempre fue un poco racista”.

“Sí: Pepe”, suspira Darío. “Esta mañana que logré llegar a la Torre…”. Comienza a llorar, y Leandro lo conforta.

“¿Quieres seguir con esto, Darío?”

“quiero llegar a la Corporación, donde papá”, solloza Darío. “Es mi único lugar seguro ahora”.

Leandro lo suelta, se escabulle del cuarto de servicio situado en la azotea del Condominio donde los tres muchachos se han refugiado para escapar a las cámaras de seguridad de los pisos inferiores,  y casi repta hasta ganar el borde del techo. Se asoma con muchísimo sigilo y mira a ambos lados de la calle, así como una bocacalle que lleva a una autopista cercana.

“¿Por qué desapareciste, Elías?”

“Porque no quería ser trofeo ni tuyo ni de Beto; y si ya me había despedido, ¿qué sentido tenía quedarme? Primero estaba yo, mi dignidad”.

“¿Por qué reapareciste ahora, entonces?”

“Cuando me enteré sobre el asesinato de Roberth, sabía que esto se iba a complicar; el caso es que no sabía a quién acercarme, así que pensé en Leandro, pero antes comencé a vigilarlo”.

“No hay moros en la costa”, anuncia el futbolista, quien retorna al cuarto usando el mismo sigilo con el que había salido. “¿Me perdí de algo?”

“Para hacerte corto el cuento, Darío y yo nos reencontramos hace tres años, y en el proceso de reunirnos para planificar la producción, comenzamos a gustarnos hasta que él me llamó”.

“Tú nunca ibas a hacerlo, elí, porque te morías de miedo por Beto. Según tú, lo amabas, pero te diste cuenta que no era así”.

“El hecho es que Darío y yo comenzamos a citarnos aquí, en el dos cero uno, que entonces yo ocupaba”.

“¿En las mismas narices de Beto Madero?”, se sorprende Leandro.

“Luego de la campaña, Beto comenzó a viajar mucho buscando cuentas, clientes, proyectos, y era la ocasión en la que yo citaba a Darío para hacer el amor”.

“Y ése fue el mayor error que se nos pudo ocurrir”, agrega el supermodelo.

“Una noche que él y yo estábamos en la cama, en pleno acto, Beto llegó, abrió la puerta. Fue horrible. Prácticamente nos sacó a empellones del departamento, desnudos. Se encerró. Al día siguiente, cuando fui a Sparking, me negaron el acceso y me entregaron mi carta de despido. Menos mal que había trabajado largos ocho años porque con la liquidación alquilé una granja a las afueras, me dediqué a producir lácteos orgánicos, y ahora soy mi propio jefe y empleado; de hecho, he comenzado a comprar la propiedad”.

“Linda historia de infidelidades, muchachos”, interviene Leandro. “Pero… hay algo en su historia que no cuadra: ¿Beto Madero, con todo el talento que tiene, comenzó una rivalidad con Darío Echenique, con todo el talento que tiene, solo por un problema de cuernos?”

“Yo tampoco me lo explico”, observa Elías. “Solo éramos amantes porque Beto para entonces ya tenía sus dos hijos”.”

Con mayor razón”, agrega Leandro. “Algo no calza”.

“Por eso necesito llegar a la Corporación, Leo. Cuando llegué al departamento hoy temprano, noté que mi laptop y algunos documentos habían desaparecido”.

“¿Documentos de qué, Darío?”

“No viene al caso. El único que sabía sobre su existencia era Pepe, y solo te diré que durante estos años… tuve que pagarle para que no dijera nada sobre ellos, y supongo que cuando lo despidieron, se lo contó a Madero. El tema aquí es que  si lo mataron, entonces se los llevó quien lo mató, y quien lo mató sabe la importancia de esos papeles, además de toda la información que hay en mi computadora”.

“¿Y quién lo mató, Darío?”

“Creo que mi pareja actual: Mauricio Estrada. No voy a decir más, excepto que… necesito llegar a la Corporación”.

 


Una hora después, una furgoneta con el logotipo de La Granjita llega al control de entrada del edificio de Corporación Echenique, situado al límite del Distrito este y Las Ciénagas, en uno de los bordes de la gran ciudad. Se trata de un complejo  muy peculiar con un edificio de cinco pisos, de los que sobresalen otros tres edificios en perpendicular pero más pequeños, todos tapizados en vidrio verde petróleo. Visto desde el aire, el complejo tiene forma de letra E, y desde el satélite, junto con el cerco, forma el isotipo de la compañía: esa letra E encerrada en un cuadrado de fina línea continua.

“Traigo unos pedidos de La Granjita para la cafetería”, dice el afable conductor.

“¿Viene a ver a alguien?”, le pregunta el vigilante.

“La señora Amaya”, le responde, mientras de reojo nota que hay dos policías en la entrada.

“estacionamiento tres, por el flanco izquierdo, doble a la derecha”. El vigilante entrega un gafete y justo en ese instante, los dos policías rodean el vehículo.

“Por favor, apague el motor, baje y abra las puertas traseras”, le ordenan mientras le muestran sus placas.

El conductor obedece la orden, deja que los efectivos retiren unos productos.

“Señor Echenique”, ordena el segundo policía, “salga de allí y entréguese sin oponer resistencia”.

Las telas del suelo, donde  hay un bulto evidente se mueven, y el policía se queda sorprendido:

“¡No es éste! ¡Nos engañaron!”, grita a su compañero.

“¿Dónde está¡”, apunta el primero al conductor.

Quién, jefe?”, le responde.

“Ya, no se haga. ¡Manos al vehículo!”

El efectivo lo esculca y le saca su billetera, la que resalta en su bolsillo posterior derecho debido a la corva de su nalga.

“¿Elías Bertello?”, verifica el uniformado.

El segundo policía sale de la puerta trasera conduciendo con las manos en alto a… Leandro.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Ser Rafael 15.2: La idea del Tuco


Iba a presentarle a Jaime, de pura cortesía, cuando él torció su boca y se fue.

“¿Y ése?”

“Ah. Alguien que me preguntaba por un ejercicio”.

La música de la clase de aeróbicos comenzaba a sonar. Laura se colgó de mi cuello y me dio un besito en la boca.

“Voy a entrenar también. Te veo al final”.

Estaba pensando en el relativismo de nuestras penas. Digo, se supone que esta mujer estaba de luto, ¿e iba a ponerse a bailar?

Otra vez, el sonido de las sirenas y las luces rojas y azules de las circulinas comenzaron a darme vuelta hasta que, cariñosamente (“¡ya, ya! ¿qué haces parado ahí?”), mi entrenador me regresó a la órbita del planeta.


Esa noche, el Tuco me estaba esperando en mi casa. No había podido ir al gimnasio porque estaba haciendo el papeleo para lanzar su negocio.

“¡¿Laura se inscribió en el gimnasio?! No jodas, eso suena a marcación”

“Por una parte, bien. Así me dejo de meter en tantas huevadas. Como que ya me está cansando esa nota”.

Josué me miró sonriendo con escepticismo.

“¡Gracias, amigo!”, reaccioné. “Con votos de confianza como el suyo, ¿para qué quiero opositores? Ya, ya, a ver, ¿qué vientos te traen por acá?”

“Que ya tengo clara mi idea de negocio: una tienda especializada en productos orgánicos de la sierra, y no solo café o panela. Fruta en conserva, cacao puro, licores serranos legítimos. Y si todo sale bien, hasta artesanía, Rafo”.

Traté de analizarlo rápidamente, pero no le hallaba la viabilidad.

“¿Vienes a ver si califico como cliente?”

“No, tarado. Vengo para que tú me diseñes las bases de datos para gerencia, kárdex y esas cosas”.

“Tuco, la idea parece buena, pero tendría que empaparme más del modelo de tu negocio. Vas a trabajar con proveedores de la sierra, y no creo que estén conectados a Internet. Como que necesito bucear en tu esquema de negocio para hacerte una plataforma que valga la pena”.

“¿Qué necesitas?”

“Hablar en profundidad contigo, conocer un par de clientes potenciales y a tus proveedores”.

Josué lo pensó varios segundos.

“¿Y en cuánto tiempo tendría lista la herramienta?”

“No es difícil. En un fin de semana te la armo y la habilito bien chévere. Lo bravo es hacerla a la medida de tus necesidades”.

Josué lo pensó otro poco de segundos.

“Clientes: doña Carmen, tu vieja, la gente de este block. Ahí los tienes. Proveedores, tendríamos que irlos a ver a la sierra. Entrevista conmigo, mientras viajamos”.

“¿Viajamos, Tuco? ¿Y cuándo sería eso?”

“¿Tienes algo que hacer este fin de semana?”

“No, en realidad. Ver a Laura. Ya sabes”.

“Vamos con Laura. Subimos sábado, bajamos domingo. Dormimos en la casa de mis tíos allá”.

“Laura trabaja el sábado hasta mediodía. No creo que le den permiso”.

“Vamos tú y yo, entonces, Rafo”.

La idea no sonaba mal; pero ¿valía la pena?

“¿Cuánto está el pasaje?”

“Nada. Vamos en la moto de mi hermano. Solo tendríamos que tanquearla”.

“¿Te la presta?”

“Sobrado que sí, Rafo”.

El olor a aventura comenzaba a llegar a mi nariz.

“Ya, ‘pe. Vamos este sábado”.

“¿estarás listo a las cinco de la mañana?”

“Cinco en punto, Tuco. Pobre de ti que arrugues”.

Reímos. Chocamos las manos.

Teníamos un trato.


miércoles, 30 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 15.3: ¿Qué mierda pasa aquí?


Quince minutos después, el futbolista da una vuelta al parque en su auto, y en una de las veredas de acceso identifica a una persona con el cabello largo y la barba crecida, un poquito más delgado, quien lo mira con angustia. Leandro le hace una seña discreta y el desconocido se acerca al auto.

“¿Darío?”, verifica.

El muchacho entra al asiento posterior.

“Llévame al edificio de la Corporación, Leo”.

“Primero vamos a mi casa; tengo que recoger a alguien”.

“¡No! ¡Llévame a la Corporación!”

“Darío, te prometo que no haré nada estúpido pero es urgen…”

“¡Carajo, Leo! ¡Necesito ver a mi papá! Mataron a Pepe en mi depa”.

Leandro gira casi toda su cabeza:

“¿Mataron a quién?”

 




El futbolista da un impensable vericueto, evitando las calles más transitadas.

“¿Quién mató al tal Pepe?”

“No lo sé, Leo. Subí al penthouse y cuando entré, estaba tirado en el piso sobre un charco de sangre, tenía una herida…”, Darío comienza a sollozar.

“¿Tú mataste a Roberth y a Rico?”

“¡Leo, por Dios! ¡No estoy para interrogatorios ahora!”

Se acercan a una avenida, y Leandro divisa a una patrulla policial situada del otro lado:

“Escúchame: vas a acostarte en el asiento y no me vas a levantar la cabeza por nada, ¿entendiste?”

Darío se asusta pero hace caso. El auto cruza la avenida de lo más natural cuando, de pronto, un policía toca su silbato y se detiene delante:

“Mierda, reconchasumadre”, reacciona el conductor, quien mira a ambos lados, pisa el acelerador, quiebra el timón  y escapa por otra calle. Por más “¡Alto!” que grita el efectivo, el muchacho da una evasiva mortal en medio de otros vehículos.

“¿Nos siguen, Leo?”, pregunta Darío, muy asustado.

“¡No levantes el cuerpo, mierda!”

Entrando al Distrito Este, Leandro urde un plan extremadamente urgente. Saca su celular, marca.

“¡¿Qué haces?!”, Darío se angustia más.

“¡Confía en mí, mierda! ¡estamos cerca!”

Por fin le responden el teléfono:

“Hola leo”.

“Llámalo urgente, dile que estoy a cuatro cuadras, que marque en la puerta: dos, dos, cero, nueve, dos. ¿Me copiaste?”

“Dos, dos, cero, nueve, dos”, le dicen por el auricular.

“¿A quién llamas?”, pregunta Leandro.

“Te llamo luego”, dice Leandro y corta.

“¡¿A quién llamas?!”, reitera Darío.

“Confía en mí y no te levantes; mas bien, escúchame con cuidado: vamos a llegar a un lugar seguro, voy a parar el auto, nos bajamos volando y así mismo nos metemos dentro. No podemos perder un segundo, ¿entendiste?”.

“¿Qué lugar seguro es?”

“¡Darío, carajo, tú confía! ¿Quieres? ¿Me entendiste? ¿Sí o no?”

“¡De acuerdo! Confiaré en ti”.

“Alístate que llegamos en quince segundos o menos”.

Leandro destraba los seguros de las puertas, entretanto.

“Ya estamos aquí. ¿Listo? Vamos en tres, dos, uno…”

Leandro sale velozmente del auto y Darío lo mismo. Alguien les abre la puerta de acceso al Condominio. Al cerrarla, Darío se queda helado:

“¿Qué… mierda pasa aquí?”

“Hola, amigo”, saluda un hombre alrededor de sus treinta, contextura normal, cabello corto.

“Hola, elías”, da la mano Leandro. “Mucho gusto”.