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domingo, 7 de noviembre de 2021

ASS (02): Un culo y unos labios golosos

La ducha que toman al mismo tiempo el Padre Alberto, Pedro y Juan se convierte en otro trío.

 


 La puerta del baño se abre y se prende la luz. Juan,el Padre Alberto y pedro entran.

“No es muy grande, pero podemos bañarnos los tres”.

El sacerdote se quita la toalla que lo cubre y queda totalmente calato. Juan y Pedro por fin pueden contemplar su espalda ancha, su cintura estrecha, su culo bien pronunciado y sus poderosas piernas. Los dos también se desnudan e ingresan mientras el Padre saca un poco de agua con un baldecito y se lo echa al cuerpo.

“espero que no esté tan fría”, indica Juan.

“Para quitarme bien el trago está bien”, sonríe Alberto quien toma un jaboncillo y comienza a untárselo. Pedro es el siguiente en echarse el agua.

El Padre Alberto se percata mejor del físico desnudo de Juan: parece más un futbolista, es decir, marcado y delgado de la cintura para arriba, pero algo masivo de la cintura para abajo. Detiene su mirada en la pinga del chico debajo de un vello púbico algo crecido.

“Así que ésa te has aguantado, Pedrito”, comenta.

El aludido también toma el jaboncillo y se lo pasa por la raja del culo donde unos 15 minutos antes, dos penes erectos habían penetrado y dejado una gran cantidad de semen.

”Y eso que está dormidita”, bromea Juan.

“¿Se la podrá despertar otra vez?”, sonríe el Padre.

“Si me la chupan bien, ¿por qué no?”

El Padre sonríe de nuevo y, sin pedir permiso, se agacha hasta aferrarse de las caderas de Juan y usar sus labios como aspiradora para succionar la picha del muchacho. La suelta un ratito.

“Chúpame el culo, Pedrito”, pide.

El acólito obedece y, separando las nalgas del sacerdote, descubre el ano rodeado de vellitos. Comienza a lamerlo y succionarlo. El aroma del jabón también está presente ahí.

“Clávame, Pedrito”

El monaguillo, quien ya tiene sus 15 centímetros gruesos al palo, pone la cabecita de su pene en todo el ano del cura y comienza la penetración. Su miembro es rápidamente engullido. De inmediato, Pedro se mueve y hace chocar su cuerpo sobre las nalgas de Alberto, quien no deja de mamar la verga a Juan.

Pedro acelera un poco más su baile pélvico hasta que no puede contener su eyaculación.

“Las voy a dar, las voy a dar”, anuncia. Y sucede. Su esperma se dispara más adentro del ano de Alberto. Ya tenía tanta arrechura contenida que se aceleró tras el trío en el cuarto donde va a pasar la noche con Juan.

“Clávame tú”, dice el Padre separando sus labios del pene del anfitrión.

Juan gira y mete su pinga casi de golpe; total, ese agujero está ya abierto. Comienza a moverse.

“Qué rico”, se excita el cura mientras comienza a pajearse ahí, agachado, casi sosteniéndose con las uñas de sus manos del tanque de metal en el que se acumula el agua que viene poca y a ratos cuando la sueltan por el canal.

Pedro se queda ahí viendo todo como si asistiera a una película porno en 3D. Juan le sonríe.

“¿Qué tal cacho?”, le pregunta.

“Cachas rico”, atina a responder Pedro sin quitar su mirada del pene entrando y saliendo del ano del cura.

Pedro tampoco luce mal así, calato: cuerpo atlético y lampiño, buenos pectorales, buenos brazos, vientre plano y cintura estrecha, culo redondito, piernas formadas, grandes huevos.

Juan acelera y hace sonar sin roche su pelvis sobre las nalgas de Alberto.

“Así, rico. Dame verga, cabrón. Dame tu rrica verga”. El Padre Alberto sí que es goloso cuando se trata de ser pasivo.

Juan demora un poco más el segundo orgasmo de esa noche, lo que Alberto agradece, sin duda; pero todo tiene su final:

“Las doy de nuevo”, avisa.

Pero esta vez, hace algo diferente al primer trío: saca su pene aún erecto (el glande colorado de tanta fricción), y comienza a pajearse. Su leche espesa termina disparándose entre las nalgas del cura, quien aprovecha y dispara el suyo sobre el falso piso de la ducha. Pedro queda allí viendo todo, casi desconcertado y con uno de sus pies llenos de un semen que no es el suyo.

A la mañana siguiente, de regreso a San Sebastián en la camioneta de la parroquia, solo van el sacerdote y su acólito.

“¿Cómo sabías lo de Juan?”

“No lo sabía; fue casualidad… aunque ya lo sospechaba”, sonríe Alberto.

“¿Cómo lo sospechabas?”

“Es promoción de Alejo: ¿no te ha contado las orgías que había en ese cuartel?”

“Nunca”.

“¿Cuál será el próximo cumpleaños? Podríamos pedirle que nos cuente alguna de sus historias del ejército… Por cierto que Juan tiene rica pinga”.

“¿Lo convertirás en otro ángel?”

El Padre Alberto vuelve a sonreír mientras llegan a las primeras calles de San Sebastián, la pequeña ciudad rodeada de campos de cultivo y algarrobales.

Y para terminar,te dejamos con una porno. 

jueves, 17 de noviembre de 2011

Agarrado, no muy dotado, pero magistral

Cuando yo estudiaba en la universidad, y tenía que regresar a mi ciudad, tenía dos opciones: las combis o el EPPO.
Esa noche decidí ir en lo segundo, cuando todavía dejaban ir parados, y lo conocí. Vestía el uniforme del SENATI. Era moreno, de cara redonda, pelo lacio pegado y peinado en copete, y un evidente cuerpo de culturista. Siempre risueño, cada noche que me lo encontraba, lo acompañaba un amigo de contextura normal.
Le hice el habla la primera noche, y, para que su amigo no las oliera, también a él. Conversábamos de todo un poco, y siempre hacíamos chistes. La ruta de regreso a casa era amena junto a ellos.
Como viajábamos de pie, llevaba mi cuaderno en una mano, y ese fue el pretexto para que de cuando en cuando, y aprovechando el apretujón de la gente, le rozara la cadera. Como el pata no hacía señas de incomodidad, cierta vez llegué a afirmarle mi mano en su cadera, obviamente, cuando las luces del bus estaban apagadas.
Una noche que coincidimos no había mucho pasajero, de hecho el vehículo tenía muchos lugares vacíos.
Subimos juntos y lo seguí hasta los asientos de la última fila. Íbamos conversando de nuevo, pero con un poco más de privacidad. El pasajero más próximo estaba dos asientos más adelante.
Una vez que nos cobraron el pasaje y pasábamos por el antiguo peaje, comencé a rozarle con mi mano en su pierna, mientras seguíamos conversando. Él seguíacomo las huevas, sin incomodarse.
Cuando salimos por completo de la ciudad, agarró mi mano y la colocó encima de su bragueta. No sentí un bulto grande, pero no estaba blando.
“Chúpamela”, me dijo.
“¿Aquí?”, le respondí sorprendido.
“Sí, aquí. Nadie se dará cuenta”, repuso.
Para entonces ya se había bajado el cierre, y metía mis dedos en su bragueta abierta. No me resistí.
Debajo de la tela de su calzoncillo, su miembro ya estaba duro. Entonces, se lo masajeé, pero muriéndome de miedo porque las luces de los carros, afuera en la carretera, de vez en cuando iluminaban el techo, y me figuraba que alguien nos podía ver.
Logré sacar su pene. No era grande, probablemente unos 14 cm. Lo masturbé.
Fue entonces que con su otra mano, tomó mi cabeza y la forzó a reclinarme sobre su pubis. Al inicio me resistí, pero, por otro lado, yo estaba buscando esta oportunidad: era ahora o nunca.
Al fin me recliné y comencé a succionarle primero la cabeza, y luego todo el palo duro, mientras él acariciaba mi cabeza.
Cinco minutos antes de las primeras luces de nuestro destino, sentí que su leche llenaba mi boca, y, al mismo tiempo, que su miembro perdía dureza. Seguí mamando un poco, mientras él ahogaba un gemido de placer.
Me tragué el esperma. Tenía miedo que si lo escupía en el piso del bus, lo podían ver y, al toque, darse cuenta de a quién pertenecía.
No volvimos a coincidir hasta que, durante mi último año de universidad, decidí meterme a un gimnasio. Como mi casa quedaba lejos del mismo, al terminar mi rutina, me bañaba allí; y como era el último turno, casi no había alumnos y mucho menos coincidía con alguien en la ducha.
Una noche, él llegó a entrenar. Me saludó como si nada. Excelente, dije yo. Además a esa hora apenas habían dos o tres alumnos más y el instructor.
Como de costumbre, terminé de entrenar y me fui a duchar.
no acababa de enjabonarme cuando llegó él. Se quitó el vividí, las zapatillas, las medias, el short y un calzoncillo pegadito.
No podía creer lo que veía: su cuerpo moreno digno de revista porno, completamente desnudo ante mi.
Pude notar que tenía vello ralito de la cintura para arriba, regular en las piernas, nada en las nalgas, y algo alrededor de su pinga, que ya comenzaba a tomar cuerpo.
Se metió a la misma ducha que yo, se mojó. “Enjabóname”, me pidió. No me hice de rogar. Pasé la pastilla perfumada por sus grandes pectorales, sus brazos, su definido abdomen, me arrodillé para untar sus fuertes piernas, y algo de su trasero, terminando en su pene erecto y sus huevos, los que me acercó a mi boca.
No fue necesario que lo pidiera. Comencé a chuparla. A medida que la succionaba, él movía su pelvis, tratando de metérmela más dentro de mi boca.
Entonces, me puso de pie, me volteó, y aprovechando el efecto del jabón, me metió su pene en mi culo.
Me tomó firmemente de las caderas y comenzó a bombear tan rápido como pudo.
Por el roche a que escucharan afuera del baño, ahogué mis gemidos.
A los cinco minutos, pude notar cómo su pincho latía en mi ano: me estaba dejando su leche.
Cuando nos vestimos y salimos, sólo estaba el instructor, que estaba haciendo unas cuentas.
Al año siguiente, cuando ya era alumno regular de ese gym, me bañé, salí y caminé el largo trecho hasta mi jato.
Faltando unas cuadras para llegar, alguien me pasó la voz. Era él.
Iba en una moto. “Vamos un rato por ahí”, me invitó.
“¿A dónde?”, le dije.
“Una casa que estoy cuidando por acá cerca”.
Me subí en la moto, y fuimos hasta el sitio.
“Ya no te veo en el gimnasio”, le observé.
“Estoy yendo de mañana, y chambeando el resto del día”, me contó.
En cinco minutos llegamos a la jato. No había nadie en la calle, a pesar que eran como las ocho y media de la noche.
Entramos, pasamos la salita, y fuimos hasta el cuarto.
Nos quitamos la ropa, nos echamos –mejor dicho, él se echó sobre mi- y comenzamos a besarnos.
Rodó para que yo quedara sobre él. “Chúpamela”. Le besé el cuello, las tetillas, su aún marcado abdomen, y llegué a su falo duro. Empecé a succionar.
Esta bez, gemía a confianza, mientras me animaba verbalmente: “Así. Qué rico la chupas. La cabecita. Los huevos. Así”.
Estuvimos así por diez minutos hasta que me acostó boca arriba y me levantó las piernas y el culo, se puso saliva en su miembro y me lo metió despacio.
Esta vez no lo hizo apurado. Pausaba, se apuraba, ponía cara de orgasmo y se detenía. Entonces reiniciaba el ataque.
Fue cuando aproveché para aferrarme de sus nalgas duras y grandes.
Otros diez minutos. Noté que no resistió más. Se inclinó hacia mi, y dio cinco gemidos fuertes. Otra vez me estaba llenando el culo con su semen.
Cuando terminó, se acostó sobre mi, me besó, y me pidió amablemente que me levantara, me lavara y me vistiera.
Salimos en la moto, y me dejó en el mismo sitio donde me había levantado.
Desde esa noche no lo volví a ver, pero entendí que, como me dijo, se mudaría allí con su mujer, aunque tenía en sus planes irse a otra ciudad.
Como dije, nunca más me lo crucé, así que pienso que eso hizo.
Pero a mi me quedó la satisfacción de haberme ido con ese moreno a la cama, que, si bien no era aventajado, como dice la leyenda urbana, sabía hacerlo y satisfacernos a ambos. Todo un maestro.

© 2011 Hunks of Piura Entertainment. ¿quieres contarnos tu relato? Escríbenos: hunnks.piura@gmail.com o déjanos tu comentario.

viernes, 24 de agosto de 2012

La Parcela (15): Un domingo duro y desnudo

Aquel primer sábado por la mañan

En algún departamento más o menos exclusivo, cerca del río Piura, un hombre de contextura media, de unos 40 años, estaba sentado, totalmente desnudo, en el sofá de su sala chupando la pinga de un joven blanco y musculoso, velludo, de prominentes pectorales, brazos, nalgas y piernas, estrecha cintura y amplia espalda, con un par de tatuajes étnicos entre el pectoral y el hombro izquierdos.

De pronto, el hombre se recostó sobre el sofá y levantó las piernas.

-          Ahí hay condones. Cáchame.

-          El joven, que aparenta tener unos 25, se colocó el preservativo y dejó que su amante se moje la entrada del ano con su propia saliva. Colocó la punta de su miembro en el agujero y comenzó a empujar sus 18 centímetros hacia las entrañas calientes de alguien que parecía haber encontrado el mejor vacilón para pasar la mañana del domingo.

-          Cual émbolo, el pene entraba y salía, empujando y absorbiendo el esfínter.

-           Mastúrbate.

-          El hombre tomó su pene, lo comenzó a masajear y consiguió erectarse. Cerró los ojos, mientras el joven bombeaba su pene erecto haciendo chocar sus caderas contra las algo flácidas nalgas de su compañero sexual.

-          Algunos minutos después, el hombre experimentó el orgasmo y expulsó todo su esperma en su abdomen. No es mucho, considerando que toda esa semana se ha quedado sin esposa e hijos (a juzgar por las fotos de la mesa de centro).

-           Me duele, huevón.

-          El muchacho sacó su pene, se quitó el condón, y fue al baño a botarlo. Demoró un poco y regresó a ponerse su boxer.

-           ¿Tú no las vas a dar?

-           No tengo ganas ahora.

-           ¿Entonces…?

-           Normal, pata. Tú lo necesitabas más que yo.

-          El hombre se levantó con cuidado, fue al baño y regresó con el vientre limpio. Su amante ya se ha colocado una bermuda de un raro tono turquesa.

-           ¿Entonces Jano seguirá comprando en mi tienda?

-           Mientras esté a cargo, así será. Claro que si es que no rompes el trato.

-           Claro que no, Nando. Haremos lo mismo que hicimos con tu profe de la facultad.

-          El hombre, aún desnudo, entró y salió con su billetera, sacó un billete grande y se lo dio al joven.

-           Tu comisión por la venta, y por el servicio de hoy.

-           El servicio cuesta 50, así que me debes.

-           Pensé que era cliente habitual.

-           OK, pata. No te preocupes que esta semana se tendrán que hacer más compras.

-          Ambos se despidieron dándose la mano. Antes de salir, Nando se colocó un polo manga cero, sus sandalias de cuero, y abrió la puerta.

 

Cerca de allí, en la residencia de Jano, el reloj marcó el mediodía. El chico saltó de la cama, como si fuera un resorte. Alguien tocó su puerta.

-          Hijito, ¿vas a almorzar?

-           Sí, mamá. Ahora bajo.

-          Se quitó su boxer, buscó la toalla y entró con dificultad al baño, orinó un potente chorro, y a medida que iba achicando bomba sentía que aparecía un dolor de cabeza.

-           Un duchazo contra la resaca.

-          Tras demorarse casi media hora bajo el agua, bajó y encontró a su madre con Raúl, sentados en la mesa, comenzando a comer, y conversando animadamente.

-           Dijiste que no demorarías. ¿A qué hora llegaste?

-           No recuerdo. Disculpa, vieja.

-          Aunque Jano se integró a la conversación, casi no miraba o miraba de reojo a Raúl. Cuando finalizaron, y aprovechando que sólo se quedaron los dos varones en la mesa, Jano intentó decirle algo. Cuando se animó a despegar los labios, apareció su madre.

-           ¡El postre!

 

En un pueblecito turístico en la ceja de sierra, en un gran dormitorio, escasamente decorado por la cama, una cómoda y una mesa donde hay un televisor y un reproductor de DVD, dos hombres yacían desnudos. El más delgado despertó, miró su reloj y zamaqueó a su compañero al costado.

-          ¡Pancho, la una y media! ¡Ay, cómo hemos dormido!

-          Pancho entreabrió los ojos.

-           ¿A qué hora baja el ómnibus?

-           ¡Ya pasó! Sólo te queda tomar las comvis. La siguiente sale a las tres y media.

-          Pancho se levantó de la cama, se dirigió a la amplia ventana y con cuidado corrió la cortina para ver hacia la calle.

-           Ay, primo. Sí que tienes un cuerpazo.

-          Pancho dió media vuelta y brindó una sonrisa.

-           Gracias, primo. Te mueves bien.

-           Así pasa cuando me emborracho.

-          El chico delgado se puso de pie, desnudo, se acercó a Pancho, lo tomó de los recios y grandes brazos y lo besó en la boca.

-           Gracias por traerme a mi casa.

-           De nada.

-          A medida que se besaban, la pinga de Pancho crecía hasta ponerse dura. Sin soltarse de los labios, caminaron hasta la cama y volvieron a retozar sobre ella. Luego, Pancho introdujo su enorme falo en el múltiplemente estrenado ano de su familiar.

-          Como al amanecer de ese día, y tras girar varias veces y probar diferentes poses, el semen del moreno fortachón se derramó en el condón que lo protege de un incierto pasado sexual. El reloj marcó las tres de la tarde.

-          Pancho se bañó apresuradamente, comió en la plaza del pueblo y a toda prisa tomó la combi. A lo largo del camino, miraba el curso del río al bajar hacia la parcela, y se preguntaba  a sí mismo si esa semana sería capaz de sincerarse con una persona.

-          Apenas le abrieron el portón, Gabo le rompió su ensimismamiento.

-           ¿Disfrutaste el fin de semana?

-           Sí. Creo que sí.

-           Mi tío no está. ¿Quieres ver la ropa que me compré?

-           Ya… ¿Tienes condones?

-           ¡Por supuesto!

-          En su dormitorio, Pancho y Gabo ignoraron la ropa nueva por completo, y gozaron del rico sexo. Durante todo el tiempo, Gabo tuvo que soportar los 95 kilos de recia musculatura del moreno, y los 19 centímetros de gruesa carne  dentro de su culo. El enlace carnal duró poco más de media hora, sin parar.

-           Rico, Panchito.

-           Sí, rico. Pero es sólo sexo, ¿OK? No quiero problemas.

-           OK. Por lo menos, tú dejas las cosas claras.

-          Pancho sonrió y se secó el sudor en su frente. Cómo quisiera que en realidad las cosas fueran claras.

-          De su primo, sólo quedó un buen recuerdo. Nada más.

 

En la residencia de Jano, Raúl miraba la televisión, cuando tocaron su puerta. Vestía apenas un calzoncillo.

-          ¿quién es?

-           Yo, Raúl.

-          Jano sólo vestía un short rojo algo ceñido.

-           No puedo dormir. Oye, quiero pedirte disculpas por lo que pasó esta madrugada.

-           Ah… normal… pero… ¿por qué lo hiciste?

-           ¿Por qué no me rechazaste?

-           No sé… Estoy algo palteado, no por lo de hoy, sino porque… no sé.

-           ¿sabes si Nando salió a trabajar anoche?

-           No sé. Me dijo que estaría en casa de su vieja. ¿Pasa algo con él?

-           Pasa de todo… Puta, Raúl. Creo que Nando me gusta.

-           ¡No jodas! ¿En serio? Bueno. Él no tiene pareja.

-           ¿eso es cierto, Raúl? En la parcela dicen que tú… andas con él.

-          ¡No, nada que ver! ¿Y tú no estás con David?

-           No. Para nada.

-          Mas bien, a mi me está gustando Pancho.

-           ¿Pancho? Es un buen chico. Pero, ¿crees que tú le gustes?

-           No sé… ¿y tú crees que le gustes a Nando?

-           Tampoco sé. Pero de que me gusta, me gusta.

-          Ambos chicos se quedaron en silencio, mirándose con compasión.

 

Al día siguiente, apenas amaneció, David, Raúl y Jano esperaban a Nando, a la altura del estadio, tal como se los pidió un día antes.

Llegó todo perfumado y con ropa evidentemente nueva. Saludó a todos y alargó un papel a Nando.

-          ¿Y esto?

-           Los requerimientos para esta semana. Te los separé para que los veas mejor.

-          Jano dió el papel a David y puso la camioneta en marcha.

-          Los cuatro completaron el trayecto hacia la parcela casi en silencio, con una pausa para desayunar.

-          Al llegar, Wilfredo y Gabo abrieron el portón, y adentro Pancho estaba listo para recibir las instrucciones del día.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Contacta al autor: hunks.piura@gmail.com

sábado, 19 de marzo de 2022

Proyecto Lujuria 6.2: La celebración por el comercial se vuelve una orgía


En la sala, César está sentado sobre el sofá mientras Sosa le mama la pinga alternándose con Escalante, a quien Fernando le practica un beso negro. Todos están totalmente desnudos. Gibrán hace una seña a Alexis y se van al dormitorio principal.

Fernando separa sus labios y lengua del ano de Escalante, se arrodilla, saca un condón de su pantalón tirado en el suelo, se lo pone en su pinga, y tras escupir un poco de saliva entre las nalgas, se la va metiendo de a pocos. Escalante se queja bien quedo mientras sigue mamando el pene a su camarógrafo, lo que Sosa aprovecha para besarlo en la boca:

“Métemela le dice en la oreja.

“Siéntate encima”.

Abelardo  se pone de pie, y mientras César se acomoda, se pasa saliva por su ano, se mete un poco el dedo y se sienta encima. Comienza a rebotar cuando tiene todo el falo rellenándole el agujero del culo.

Al interior del dormitorio, Alexis y Gibrán disfrutan un sesenta y nueve, en el que combinan indistintamente fellatios y besos negros. Tras varios minutos, el primero empuja al otro chico hacia adelante mientras se repliega hasta arrodillarse y, aprovechando la lubricación natural de su pene erecto, lo penetra por el ano, y comienza a bombearlo rítmicamente.

“Así, rico, así, hazlo así”, anima el dueño de casa.

“¿Te gusta cómo te la meto?”

“Me encanta”.

En la sala, , Sosa recibe al mismo tiempo las vergas de César y Fernando en su culo, en tanto que se la chupa a Escalante. No tarda mucho en que la leche del director de reparto se dispara dentro de su boca.

“Como en los viejos tiempos”, le susurra.

Los otros dos penetradores todavía tienen para rato.

En el dormitorio principal, Alexis bombea con mucha mayor fuerza hasta que preña con su leche el recto de Gibrán; entonces lo pone boca arriba, y le chupa la pinga hasta que eyacula en la boca.

Cuando regresa a la sala, Escalante lame el esperma que Fernando y César han disparado entre las nalgas de Abelardo, mientras los dos muchachos descansan a un lado, besándose en la boca:

“¿Tienes leche para un segundo round?”, consulta el venezolano.

“Será de probar”, sonríe el camarógrafo.

Alexis se prepara otro trago, mientras al fondo Gibrán entra al baño. Se sienta junto a Fernando y comienza a acariciarle los muslos y la entrepierna mientras da sorbos a su cuba.

“Pensé que ya no regresabas, chamo”, le sonríe.

Alexis le corresponde.

Escalante ahora está entre las piernas de Sosa chupándole la pija hasta que evidentemente el ex futbolista llega al orgasmo. Gibrán regresa a la sala y se sienta al lado de Alexis.

“¿Quedaste insatisfecho, papi?”

“¿Y tú?”

“También”, sonríe.

Ambos se besan en la boca. Escalante los interrumpe.

“¿Tendrás más hielo, por favor?”, consulta con cierta impertinencia.

“Claro”, responde el anfitrión. “Iré a buscar a la cocina”.

Apenas Gibrán se levanta, Escalante ocupa su lugar.

“Te armaste bien con el chibolo, ¿no?”, palmea burlonamente el enorme muslo de Alexis.

“No seas rochoso”.

“Yo no volví a las andadas con el perdedor de Cruzado, te recordaré”.

“No hables así de Evandro”.

Gibrán regresa con el hielo.

“Tranquilo, Alex”, vuelve a palmear el muslo Escalante. “Cuando ella vea que necesita abrir otra función, ya verás”. 

sábado, 4 de junio de 2022

Proyecto Lujuria 8.6: el chofer también es actor porno


Esa tarde, un hombre en sus treinta llega al departamento y se lo presentan a Fernando. Reconoce al chofer del Corolla quien comienza a quitarse toda la ropa. ¿quién iba a pensar que bajo esa polera y ese jean anchos hay un cuerpo digno de campeonato de men’s physique, esa casi nueva disciplina en la que más que el volumen, importan la definición y la armonía, sin descartar las curvas propias de los músculos?. Escalante da indicaciones y se coloca detrás de César, quien ha puesto la cámara de televisión sobre un trípode entre tres reflectores. El reducido elenco y el equipo mínimo están desnudos.

“¡Acción!, indica Escalante.

Fernando y el chofer se aproximan, abrazan y besan, se rozan todo el cuerpo. Sus pingas se ponen al palo poco a poco. Fernando se arrodilla, coge la verga grande y gorda del otro modelo y comienza a mamarla con entusiasmo, se la mete toda, como un tragasables. Luego se pone de pie, practica una suculenta guerra de espadas, gira y se apoya en el sofá. El chofer ahora se arrodilla para hacerle un beso negro con las consiguientes nalgueadas. César acerca la toma con el zoom. La tiene durísima. Lo mismo Escalante, quien se la masajea con la mano.

“No paren”, pide el camarógrafo quien acerca más la lente y reacomoda las luces para que su sombra no se proyecte.

“que no se me note mucho la cara, huevón”, pide el chofer.

“No pierdas el ritmo; confía en mí”

El actor continúa metiendo su lengua al ano de Fernando. Luego se para y le comienza a clavar su verga poco a poco. Lo bombea lento y va aumentando la fuerza de las embestidas, poco a poco. Los gemidos y jadeos de ambos se incrementan, poco a poco. César aprovecha para tomar la cara de Fernando, quien no finge gozárselo: ¡lo goza!

Escalante aprovecha que su camarógrafo está agachado, mostrando su ano cerradito, le acerca su pinga y se la soba entre las nalgas, poco a poco.

El chofer no resiste más y dispara su semen dentro del ano de Fernando quien fuerza los músculos de su vientre y expulsa pedos para demostrar que el esperma estaba allí dentro. El fluido cae por sus abductores.

César corta mientras Escalante pone un plástico que cubre el piso y el sofá; entonces, el chofer besa el cuello del otro actor ocultando su cara tras la nuca.

Fernando está de pie masturbándose cada vez más fuerte, más fuerte, más fuerte. Da un gran gemido. Dispara toda su leche. Se relaja moviendo su culo en el paquete del chofer a ver si puede estimularlo. Lo logra.

“Corten”, dice Escalante.

César apaga la cámara.

Cuidándose de no pisar el semen que ha caído en el plástico, Escalante se para sobre él, hace que Fernando se agache y que le mame la pinga erecta. El chofer, que también la tiene dura otra vez, cede el turno a César, quien no demora más tiempo e introduce todo su falo en ese hoyo goloso a pesar que ya no está tan dilatado como durante la grabación; pero así apretadito se siente más rico, piensa.

El chofer se arrodilla en el sofá de tal manera que pueda poner su miembro a la altura del ano de Escalante, echa saliva a la cabecita, hace que se incline un poco  y se la zampa pasito a paso.

Por su lado, César no aguanta y eyacula dentro del ano de Fernando.

La cosa entre Escalante y su chofer aún tiene para buen rato.

La luz de Lima tras la ventana de la sala, en aquel departamento miraflorino, comienza a pasar del blanco al negro.


  

jueves, 27 de septiembre de 2012

La Parcela (20): Cada quien con cada cual

Hunks of Piura

Esa tarde, Jano tenía un nuevo ocupante en su cuarto. Hizo un espacio para que acomodara sus cosas. Mientras Jano estaba ausente, Nando se acostaba sobre la cómoda cama, satisfecho.

-          De aquí no me para nadie.

 

En su antiguo cuarto, Pancho y Raúl acomodaron el lugar para iniciar algo más que una relación de camaradería.

-           Fidelidad, comunicación, paciencia, espontaneidad. Eso espero de ti, Raúl.

-           Creo que espero lo mismo. Me siento raro.

-           ¿Es la primera vez?

-           Sí. ¿Y tú?

-           No. Segunda. Las anteriores fueron un fracaso, pero prefiero no hablar de eso.

-           Te quiero, Pancho. Me siento feliz a tu lado.

-          El moreno musculoso sonrió tiernamente.

-           Eso es una buena señal. Yo también te quiero.

-          Ambos se despojaron de su ropa interior, se acostaron en su lecho, pusieron los condones al alcance de sus manos e hicieron el amor apasionada y románticamente.

-          Los dos se acariciaron y besaron en la boca. Pancho fue girando lentamente hasta darle la espalda a Raúl, quien la recorrió lamiéndola, hasta llegar al ojo del culo. Lo lamió intentando que su lengua ingresara a ese rincón que muchos consideran prohibido. Pancho lo ayudaba separando sus nalgas, y jadeando profundamente, mientras sentía la electricidad recorriendo su cuerpo. Raúl regresó hasta tocar su cuello, mientras encajaba y masajeaba su pinga entre las grandes corvas de su enamorado.

-          Raúl se bajó de la espalda de su chico, y, sin decir nada, giró. Pancho abrió su boca, y fue llenando de besos la espalda, hasta llegar a las nalgas. Coqueteó con el ano de Raúl, hasta que lo tomó por asalto. Hizo que levantara el culo, lo que le permitió lamer los huevos y la dura pinga. El propio Pancho se las ingenió para que Raúl se la chupara a la vez que él lo hizo.

-          Raúl tomó uno de los condones, lo abrió y se lo colocó a Pancho, se puso algo de saliva en su culo y se sentó sobre los 19 centímetros del moreno, comenzando a cabalgar. Pancho lo tomó de las caderas, y lo acarició tanto como pudo. Giró e hizo que Raúl quedara bajo su cuerpo. Ahora le tocaba a él mover su cadera con fuerza. Justo antes de sentir el orgasmo, sacó su pene, tomó el otro condón e imitó la maniobra de su amante. Imitó la pose inicial de Raúl y lo cabalgóhundiendo los 18 centímetros de carne, entre sus nalgas. Raúl no sabía dónde posar sus manos, hasta que optó por ayudar a que Pancho se masturbara.

-          Los dos no cesaron de besarse en la boca, de jadear, de lanzarse expresiones de cariño.

-           Me vengo, Raúl.

-           Dame toda tu leche.

-          Ráfagas de semen espeso cayeron sobre su torso, mientras que el esperma del hombre más delgado, pero atlético, terminó adentro del condón que todavía estaba dentro del ano de Pancho.

-          Los dos se acostaron de lado, y se besaron profundamente, mientras sus cuerpos sudaban copiosamente.

-          Gabo los espiaba por la rendija de la puerta.

 

El lunes siguiente, y con las primeras lluvias, Pancho y Raúl se encontraron con nuevo mobiliario en su cuarto: dos camas.

-          Parece que son más cómodas que las del hotel, ¿no?

-           Sí, parece. Pero, ¿quién las trajo?

-          Alguien carraspeó a sus espaldas: Nando entraba altivo.

-           Bueno, muchachos, ahora sí podrán descansar con tranquilidad.

-           Bueno, con una cama era suficiente, ¿no?

-           Bueno, Pancho. El día que Raúl te bote de la cama, te acordarás de mi. Jajajaja.

-          Los tres se rieron. Raúl se acercó a abrazar a Pancho, y lo besó cómodamente en la boca.

-           Gracias, Nando. Gracias por todo.

-           ¿Para qué están los amigos? ¡ahora a trabajar!

 

A media mañana, José llegó hasta la oficina de David. El administrador no pudo ocultar la buena impresión que le causó este nuevo fortachón, quien leía detenidamente las condiciones de su contrato.

De hecho, José llegó vistiendo un polo alicrado amarillo pálido, un ceñido jean negro, y zapatillas. Los hombros, la espalda, los pectorales, el abdomen, los muslos, el culo… casi nada quedaba a la imaginación.

- ¡Vaya que Jano tiene buenos gustos!

- ¿Perdón?

- Disculpa, pero, te diré la verdad. Tienes un cuerpo bravazo.

- Gracias… Aunque, según sé, me contratan para capataz.

- Eh… claro, claro. Sólo era un comentario.

José firmó donde le correspondía.

-          Vendré a trabajar desde mañana. Y me gustaría que eso quedara claro. Vengo a chambear porque Jano me necesita… porque la parcela lo necesita.

-           Descuida. Así será.

 

Apenas José salió, se topó con Wilfredo, quien lo invitó a la cocina para conversar mejor. Jerry, quien estaba haciendo el almuerzo, no pudo evitar ponerle los ojos encima. José lo ignoró, o fingió hacerlo.

Jerry no pudo evitar desnudarlo con la mirada, sentir cómo se ponía de pie desde la mesa y lo iba a buscar a la cocina, para quitarle lentamente la ropa, besarlo, hacer que le dé la espalda, dejar que le arrrime la verga y que se la meta a su ano que, hacía semanas, necesitaba pinga. Jerry despertó de su sueño, cuando un cucharón cayó al suelo.

En la mesa, Wilfredo puso a José al corriente de todo en ese lugar, desde el retorno de Jano, las cosas que se lograron, y quiénes serían sus compañeros de trabajo.

Toda la conversación estuvo amenizada por una limonada fría, especialidad de Jerry, quien no perdió sílaba ni segundo de la charla.

-          Oiga, don Wilo, y… ¿cierto que Jano anda enamorado?

-           ¡Mierda! Pero esa no te la conté yo.

-           Me lo dijo el propio Jano, pero no me dijo de quién.

-           Ah. Es qieeee… no sé por dónde comenzar.

-           Debe ser alguna chica rica de la ciudad.

-           Esteeeee… No es chica, sino chico… Tampoco es rico…

-           ¿Entonces?

-           Es el joven Fernando, el ingeniero Fernando, otro de los capataces.

-           Ya veo. ¿Y qué tal es?

-           Buena gente. Chambero. Medio pavo real, pero buena gente.

-           ¿Otro de los capataces, dijiste? Trabaja aquí, entonces.

-           Sí… ¿por qué?

-          José volteó a ver a Jerry, quien de inmediato, bajó su mirada.

-           Por nada, don Wilo. Por nada.

-          Los dos amigos se despidieron.

 

Aprovechando que nadie transitaba por el pasillo principal y que Jano estaba fuera, Nando  se escabulló a la sala y tomó el teléfono.

-          ¿Alo¡ ¿Primo? ¿Mi vieja?... Ah, chucha… nada, todo bien. De hecho, todo está saliendo mejor de lo que esperábamos. Será cuestión de semanas para que poco a poco, esta parcela regrese a quien realmente la merece.

-          Nando comenzó a reírse y a dar vueltas con el auricular, cuando se quedó en una pieza. Wilfredo estaba parado en la entrada de la sala, mirándolo fija y seriamente.

 

Apenas José salía del portón de la parcela, cuando Jano ingresaba. El claxon de la camioneta lo detuvo.

-          ¿Firmaste contrato?

-           Sí. Comienzo mañana.

-           Oye, José. Si deseas, puedes mudarte esta misma tarde. En el cuarto de Pancho y Raúl hay una cama que puedes ocupar.

-           Puede ser… ¿y dónde duerme Fernando?

-           Parece que la Internet de la parcela funciona. Nando duerme conmigo. Él es mi pareja.

-           Sí. Wilo me lo dijo.

-           Bueno. Te esperamos.

-           Vendré. Pero te prometo solemnemente, y sabes que cumplo mi palabra, que tú serás el jefe y yo seré el subordinado.

-           No es necesario que hagas eso. Somos amigos…

-           Precisamente por eso. Por el cariño que te sigo teniendo, me comportaré como tu capataz. Pero si ese Fernando, o Nando, se malea, se las verá conmigo.

-           No será necesario. Ambos se llevarán muy bien. Él es de toda mi confianza. Igual que tú. Igual que todos aquí.

-           Nos vemos más tarde, Jano.

-          El joven dueño de la parcela ve cómo el moreno fornido se aleja hasta tomar un auto. Aún se queda varios minutos pensando en esa declaración de lealtad. ¿Está obrando correctamente?

 

Gabo estaba en la cocina tomando agua, cuando Nando pasó muy cerca de él.

-          Anda al  almacén de semilla, en cinco minutos.

-          Aunque extrañado, Gabo esperó impacientemente el término del plazo. Al finalizar, se percató de que nadie lo viera. Estaba muy nervioso. Al fin llegó a la puerta, giró la perilla. Nando estaba desnudo sobre una mesa, sobándose su aún flácida verga.

-           Atranca la puerta. ¿La quieres en tu culo?

-           Pero, ¿y Jano?…

-           Ven. No te preocupes por él. Vamos a hacerlo al toque.

-          Gabo comenzó a desnudarse.

-           Oye Gabito, ¿te acuerdas que hace tiempo me ibas a contar algo de un chibolo de acá del pueblo?

-           Ah. Sí.

-          Gabo fue desarrollando una historia de la que el fortachón blanco no perdió ni una sílaba.

-          Tras ello, Nando sacó un condón, y se la metió a Gabo, fuertemente.

-           ¡Auuu! ¡Me duele!

-           Tranquilo. Yo sé que te gusta que te destrocen el culo.

-          Nando bombeó el ano del chiquillo rápidamente por cinco minutos.

-           ¡Ya, Nando! ¡Me duele!

-          El musculoso retiró su miembro, se sacó el condón, y se puso su ropa.

-           Mi pinga está a tu servicio, si me sigues contando historias como esas.

-          Nando le guiñó un ojo.

-          Gabo, aún desnudo, dentro del almacén, comenzó a sentir algo extraño, en el alma.

 

(CONTINUARÁ…)

 

Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com o deja tu comentario aquí.