viernes, 30 de marzo de 2012
TT4 (final): Un trío en el baño
Por esos días, un pata frecuente en el gimnasio era el Meca. Tenía un taller a unas cuadras de ahí donde arreglaba carros y motos.
Cierto día que salía del gym, me lo crucé en la calle y nos paramos a conversar. Vestía una camiseta transparente que dejaba ver su bien logrado torso.
El Meca era algo velludo, no mucho como el Metro, pero sin exageraciones.
- Oye, se te ve muy bien.
- Gracias. ¿Bien como para unas fotos?
- ¿Fotos?
- El Metro me lo contó todo.
No supe qué decir.
- Vaya.
- Tranquilo. Normal. eso es normal, ¿no?
- Bueno, si la persona lo ve normal, sí.
- A mi me gustaría hacerme fotos, pero quiero ver cuándo y dónde.
- ¿Por qué no hablas con el Metro? El gimnasio me parece un lugar adecuado.
Un domingo por la tarde, el metro me llamó a casa. quería que llevara mi cámara. No vi inconveniente y salí.
Al llegar al gimnasio, estaba él y el Meca.
- Quisiéramos hacernos fotos para ver si nos lanzamos como actores porno.
Comenzamos a discutir el posible guión, y comenzamos.
Ambos se quitaron la ropa. Primero el Metro y sus consabidas poses sin mirar a la cámara, con mucha actitud. Y fue cuando se la vi parada por primera vez en mucho tiempo: cabezona y angosta en la base, pero con unos 15 cm de largo. La vaina es que como era bien cuerpón y velludo, se le perdía en el cuadro; sin embargo, posó erecto, a pesar que conseguirlo le tomó cerca de diez minutos.
Luego le tocó el turno al Meca. Él era más alto, no tan cuerpón, y los vellos no le daban mal aspecto. Además su pinga tenía como unos 17 cm pero uniforme en grosor, que, por cierto, no era nada despreciable.
Cogió una colchoneta y comenzó a posar mostrándola y simulando una masturbación.
Luego el Metro sugirió algo fuera de guión: posar con el Meca.
Ambos, primero, aparecían separados, hasta que el Metro hizo algo que me puso la verga a tope: se sentó encima de la del Meca, y comenzó a simular una penetración.
Yo disparaba tomas, y buscaba ángulos.
Luego simularon la pose del perrito, piernas al hombro, y luego una eyaculación. Pero como el Meca no las daba ni por casulidad, el Metro recurrió a su crema de coco para simular el semen.
Les mostré las fotos, y de pronto, mientras el Metro miraba las imágenes en la cámara, el Meca comenzó a manosearme. Luego cuando se las mostré a él, el Metro comenzó a manosearme.
- Vamos a quitarnos el sudor y el aceite.
- ¿Dónde?
Fuimos los tres a las duchas, y entramos los tres, desnudos.
Los manoseos continuaron, y de pronto estaba chupándosela al Metro, y después al Meca. Cuando estaba haciendo esto último, el Metro me la metió por el culo. Las dio. Luego fue el turno del Meca, mientras el Metro me ofrecía sus nalgas, pero no se animaba a que le haga un beso negro.
Finalmente, el Meca se vino en mi culo también.
Nos terminamos de lavar y nos cambiamos.
Estaba saliendo del gimnasio, cuando en la puerta el Metro me detuvo.
- Dame 100 soles.
- ¿qué?
- Claro, por las fotos, y el cache.
- Aguanta huevón. en ningún momento me dijiste que me ibas a cobrar.
- Pero se suponía, ¿no? ¿quién hace las cosas gratis?
- Recién me lo dices.
- Entonces... entonces... borra las fotos que nos tomaste.
- Ah, normal.
Agarré la cámara, activé el menú y borré todas las imágenes. Luego le mostré la pantalla en azul para que se diera cuenta que el proceso estaba hecho.
Abrió la puerta en silencio. Me fui.
Después de eso, cuando el Metro me encontraba en la calle ni me hablaba ni me dirigía la mirada. Yo igual.
Una vez, coincidí con el Meca en un bus y me alzó las cejas en señal de saludo, pero no hablé con él.
Meses después, el Metro cerró el gimnasio porque ya no podía con las deudas. Alguien me contó que era usual verlo en las discos mendigando por alcohol.
Un año después, al pasar por el local, vi que lo había alquilado para otros usos. Meses después lo divisé en la calle, irreconocible y obeso. Uno de los chicos que entrenaba allí me dijo que parece que el Metro se metía esteroides. Quizá por eso se comportaba como se comportaba.
El gimnasio no reabrió nunca más. El Metro jamás llegó a ser estrella porno. Florecieron otros gimnasios en el pueblo, y varios de ellos recibieron a los antiguos alumnos del Metro.
Sé que en algunos de ellos, los baños y vestidores han sido escenarios de sexo entre dos y más de dos.
Yo sigo entrenando y tengo mejor cuerpo que antes. Le debo agradecer al Metro que me haya inculcado el amor por los fierros, y que activara mi radar que me hizo vivir encuentros calientes con algunos compañeros de entrenamiento o instructores.
Un cuerpo masculino desnudo es hermoso, excitante, pero también riesgoso, si es que no eres más fuerte que tú mismo.
FIN
©2012 Hunks of Piura Entertainment. siempre practica sexo seguro.
Cuéntanos tu relato: hunks.piura@gmail.com
PROMOCIÓN: No hay ganadores.
jueves, 24 de noviembre de 2011
Ariel
Edad:23
Contacto:luisx151@hotmail.com
Estatura:1.65cm
Peso:69kg
Dotación: Largo: 17cm Perímetro:14.2cm
Colores preferidos para vestirme: oscuros
Ropa interior preferida: no uso, me incomodan
Música que prefiero: salsa
Pasatiempo favorito: ir al gimnasio cuando puedo
Me gustan: de todo
Mi frase de oro: la felicidad esta en vivir el día a día…la vida es una sola…
¿Cuándo, cómo y con quién fue tu primera experiencia?
Con un vecino de mi barrio, jugábamos a las escondidas, nos escondimos los dos en una casa abandonada, estando los dos ahí me dijo que quería mamármela, además lo penetré, me gustó mucho…yo también se la mamé…yo tenía 12años, igual él.
¿Cuándo, cómo y con quién fue tu mejor experiencia hasta ahora?
Con un travesti que conocí una vez, me excitó demasiado. En un lugar oscuro lo hicimos de diferentes maneras…nunca lo olvidaré
¿Cómo y con quién tienes tu mayor fantasía?
Con un instructor de gimnasio o algun alumno que vaya al gimnasio que sea dotado y de buen cuerpo, me encantaria mirarme al espejo mientras lo hacemos en las maquinas
¿Prefieres conquistar, que te conquisten, cualquiera? ¿Cómo?
Pues si es que me gusta la otra persona,yo mismo la conquisto… y si alguien está interesado por mi, que tambien lo haga… y sea cualquier cosa que haga… si es con amor ,,queda bien
¿Qué detestas hacer (y que te lo piden)?
El beso negro, es un asco….
¿Qué detestas que te hagan (y que también te lo piden)?
Igual, el beso negro…es una cochinada,,porque después me da asco besar en los labios a la otra persona…. Pero se siente rico…jejejejeje
¿Qué parte de tu cuerpo es la más sensible?
Ninguna.
¿Qué parte de tu cuerpo es la menos sensible?
Mis hombros.
¿Qué es lo que te atrae más de la otra persona?
Su fisico, que sea agarrado. Me gustan las personas que conservan bien su fisico.
¿Qué te repele de la otra persona?
Que sea indeciso.
¿Te harías problemas en hacerlo con más de una persona? ¿Cuántas?
No. Soy liberal y me gusta experimentar de todo, con mujeres, con hombres, de todo…siempre y cuando me agraden y yo les guste.
¿Te consideras homosexual, bisexual, heterosexual o cómo? ¿Por qué?
Pues soy de todo un poco ,a mi esa joda de las opciones me da igual…hago lo que más me gusta en el momento que deseo…… me gusta el sexo.
¿Cuál es tu rol favorito? ¿Por qué?Coméntanos
Pues depende mucho de la persona que tenga frente a mi….
¿Qué le quieres decir a la gente? Aprovecha el espacio.
Que estoy buscando cumplir una fantasía que tengo hace tiempo, es tener sexo con un instructor de gimnasio… o alguien que vaya al gimnasio y que sea dotado…me encantaría verme cómo me cogen por los espejos …que me lo hagan en esas máquinas, si alguien desea ayudarme a cumplir esa fantasía me escriba a mi correo: luisx151@hotmail.com gracias…… ahí hablamos y le mando mis fotos…
¿quieres publicar tu propio perfil? Escríbenos: hunks.piura@gmail.com o déjanos tu comentario.
jueves, 1 de diciembre de 2022
Ser Rafael 15.1: Mi mundo comienza a descascararse
Elena se quedó tres semanas con nosotros. la última se llevó a mamá a un hotel en la playa, a unas tres horas de casa.
Claro que mamá puso
mil y un pretextos para no ir, pero mi hermana se las ingenió para que
aceptara. mejor dicho, casi se la llevó en peso.
Aproveché esa semana
para probar algo que elena me sugirió: convivir con Laura. comenzamos un martes
y me pareció que la idea no fue buena.
yo solía despertarme a
las seis y media o siete de la mañana, arreglarme, tomar desayuno y a las ocho
estar ya camino al trabajo, donde me quedaba hasta las cinco, iba al gimnasio,
y regresaba a las nueve o nueve y cuarto.
Laura se levantaba a
las seis, salía a correr media hora, llegaba a bañarse, preparar el desayuno
(junto a Carmen) para tomarlo conmigo, ir a su trabajo, y estar de vuelta a las
cinco y media o seis de la tarde.
"¿Por qué tienes
que ir al gimnasio?", me enfrentó la primera noche. "¿Por qué no
sales a correr conmigo? ¿Cuál es tu obsesión de sacar cuerpo? eres mi
enamorado. yo te quiero como eres. ¿O es que estás sacando cuerpo para otra
mujer?"
"¿Y éso a qué
viene? toda la vida has sabido que siempre he entrenado en el gimnasio. ¿A qué
viene el reclamo?"
"Que te tengo que
esperar tres horas, que llegas cansado, casi no hablamos".
Me le acerqué, y la
comencé a besar y acariciar.
"Rafo, no me
convencerás con ese truco".
yo continué.
"Rafo,
no..."
Laura se dejó envolver
tanto, hasta que cayó conmigo en la cama para hacer el amor, con la intensidad
que siempre solíamos aplicar. ah, claro, y sin olvidar la protección: tenía que
comprar un paquetito todos los días, pues todos los días se repitió la misma
escena.
Siempre que
terminábamos de hacerlo, Laura solía descansar su cabeza sobre mi hombro.
"Rafo, ¿crees que
funcionemos como esposos… quiero decir, que seamos una pareja para toda la
vida?"
Honestamente, no tenía
respuesta que me convenciera.
Si algo pasaba conmigo, por aquellas semanas, era que sentía a mi mundo comenzando a descascararse; algo que no me atrevía a ver se descubría frente a mí. Pero tampoco me atrevía a abrir los ojos para comprobar, de hecho, que estaba allí y era imposible ignorarlo o evadirlo.
"Creo que sí,
pero ya sabes qué pienso sobre casarnos".
"Claro".
una de las cosas que
más extrañaba de mis noches era que, cuando no iba a ver a Laura, me ponía a
conversar por la computadora o el celular; por ejemplo, con Al.
El problema era que
tampoco me desesperaba por chatear porque cuando le contée a Al que Laura
vendría a pasarse unos días conmigo, me trató hoscamente: "Laura no
merecer lo que tú dar", me dijo un día por videollamada, mientras se
quitaba la ropa para mostrarme sus bubble butts. A pesar de su molestia, me
masturbé igual aquella vez. Sí, sé que es paradójico, pero igual ambos salimos
ganando: él vio cómo me autocomplacía hasta explotar, todo por la Webcam.
Luego que Elena y mamá regresaron, volví a mi rutina ‘de soltero’, excepto que Al ya no me hablaba por la Internet.
Mas bien terminé
hablando con mi hermana, frente a frente, en mi cuarto.
Ella tocó la puerta y
se metió, mientras yo escuchaba música.
“Negrito, ¿y
conversaste con Laura… sobre eso que conversamos?”
“No. No creo que sea
una cosa de vida o muerte”.
Elena suspiró y
acarició mi cabello crespo.
“Negro, actúa ahora
que puedes. Toma una decisión basada en lo que realmente te hará sentir bien.
Más tarde… puede ser muy tarde”.
“Zamba, hay algo que
no te conté”.
Elena me miró con
mucho interés. Tomé aire y le relaté la primera noche que pasé con Eduardo,
claro está, obviándole ciertos detalles morbosos.
Aunque sentía
vergüenza hablando, también sentía que me liberaba de un gran peso.
“Ay, Dios. Negro…
¿Hace cuánto pasó eso?”
“Cuatro, casi cinco
meses”.
“Si tienes algo, no
nos enteraremos hasta dentro de un mes o dos meses”.
“¿Y eso por qué?”
Elena me explicó que,
por lo menos, el VIH se hacía detectable al sexto mes.
En realidad se pasó
dándome una especie de consejería sobre el tema.
Me quedé preocupado.
“Soy de lo peor, ¿no
Zamba?”
Elena volvió a
acariciar mi cabeza.
“Eres un muchachito
ligeramente irresponsable; pero, recuerda lo que te dije: pase lo que pase, la
primera persona con la que debes contar es conmigo”.
Hacía mucho tiempo que
no me sentía tan bien, que alguien me consideraba con un cariño tan honesto y
hermoso.
“Te amo, hermanita”.
“Yo más, Negro feo”.
Sonreímos y nos dimos
un estrecho, lindo y cálido abrazo.
“Prométeme que
lucharás por ser feliz, Negro, y que te chequearás”.
“Te lo prometo, Zamba.
Te lo prometo”.
Al día siguiente, elena tomó su vuelo de regreso a la capital. Yo regresé a mi rutina de siempre: trabajo, gimnasio, Laura. Y cuando no había Laura, entonces redes sociales.
Al ya no me hablaba en
línea, aunque tampoco me había eliminado de sus contactos. Por lo tanto, si él
no me habla, ¿yo para qué? Si quería ‘ley del hielo’ hasta raspadilla le
mandaba.
Pero tampoco fue el
fin del mundo. Seguía encontrándome con mi amigo Josué en el gimnasio, hasta
que sucedió algo distinto: me esperaba en la puerta de mi trabajo y así íbamos
y salíamos juntos.
Solo para seguir
hablando, pusimos como pretexto la ducha luego de cada sesión de entrenamiento.
“Oye Tuco, ¿por qué le
destrozaste el corazón a elena?”
“¿Te contó? Tú ya
sabes la razón”.
“¿Por qué se la
dijiste? Eres bien huevón”.
“Porque es mejor ser
transparente para luego evitar problemas, ¿no crees?”
¡Listo! El Tuco me
jodió… fraternalmente, pero me jodió.
¡Bien hecho por meter
mi pequeña y carnosa boquita donde nadie me llama!
Por otra parte, Josué
fue el repelente perfecto para esos ‘lanzados’ como Jaime, quien nunca volvió a
acercárseme. Es decir, mientras Josué estaba a mi lado, porque un día que no
fue, Jaime se aproximó más de lo debido.
“Por fin viniste sin
tu ‘seguridad’”.
Yo me sonreí
abiertamente.
“Somos amigos. No me
digas que estás celoso”.
“Como que no tienes
olfato para seleccionar a tus amistades, bebito”.
Jaime colocó la yema
de su dedo medio sobre mi duro abdominal superior y y lo presionó, como
queriendo bajar.
Me dio vergüenza por
el resto de la gente que, si bien estaba concentrada entrenando, pudo haber
advertido el ‘lance’.
En eso, sentí que
alguien me obligaba a girar tomándome del brazo.
Volteé.
“??Laura!! ¿Q-qué
haces aquí?”
“Entrenando, amorcito.
Acabo de inscribirme”.
Me abrazó. Yo estaba
marcando treinta y ocho del susto.
domingo, 31 de marzo de 2019
viernes, 24 de diciembre de 2021
Proyecto Lujuria 2.2: Escalante busca sementales
A la mañana siguiente, viernes, cuando Evandro acaba su sesión de entrenamiento, el chico que lo había felicitado la mañana anterior mientras se duchaba se le acerca.
“Qué hay,
campeón”, saluda el actor.
“No pude ir
al teatro; quería ver la obra de nuevo”
Osmar se
acerca a ambos.
“No te
preocupes”, sigue sonriendo Evandro. “La temporada fácil que sigue hasta fin de
mes, así que puedes ir cuando quieras”.
“¿Listo,
Gibrán?”, al fin saluda el instructor. “Hoy toca piernas”.
“Chicos”,
carraspea el muchacho, “ya que están aquí,quería invitarlos a una reu en mi casa mañana por la noche… ¿no
tienen que hacer nada el domingo temprano o sí?”
Evandro y
Osmar se miran.
“Dormir hasta
tarde”, responde el primero.
“Bueno…
quería invitarlos a ver si pueden ir”.
“¿es algún
tipo de celebración en especial?”
“Mi
cumpleaños”, se sonroja Gibrán.
Evandro y
Osmar se miran otra vez.
“Bueno… me
dejas la dirección con el grandote éste y nos damos una vuelta mañana”.
“¿en serio
podrían?”, se alegra Gibrán.
“Sí”,
confirma Osmar. “Pero primero vamos a trabajar tus muslos, pantorrillas y
trasero, ¿te parece?”
“¡Genial!”,
se alegra el oferente, quien se retira al vestidor.
Disimuladamente,
Evandro junta sus índice y pulgar izquierdos y los hace palpitar mirando a
Osmar, quien mueve la cabeza y sonríe mientras avanza su camino.
“Vete a
duchar”, avisa antes a su alumno.
El turno de trabajo de Osmar en el Steel Fit Gym comienza oficialmente a las seis de la mañana, aunque en realidad llega media hora antes (la mayor parte con Evandro tras trotar desde el edificio donde viven) para limpiar un poco y estar listo para recibir a los primeros alumnos. Justo antes de las seis aprovecha para probar la primera parte de su desayuno; luego se da maña para probar la siguiente porción alrededor de las nueve o diez cuando la carga de alumnos ha decaído un poco. Si le quedan dos o tres alumnos, aprovecha para entrenar hasta antes de mediodía cuando se ducha y almuerza otra porción en la minicocina del gimnasio. Si no, tendrá que esperar a que acabe su turno a las dos, aprovechando que llega el otro instructor, para hacer su rutina, ducharse y recién probar bocado a las cuatro.
Ese viernes
es uno de esos días cuando luego de las nueve tiene seis alumnos nuevos, así que
no puede descuidarse y tiene que monitorearlos sí o sí. Por lo mismo, no tiene
más remedio que entrenar a las dos de la tarde.
Mientras se
ducha en el gimnasio, piensa en dos cosas: primero, que desde su llegada al
Perú, placeres que en su país inicialmente podía disfrutar en su casa como el
baño, ahora tenía que hacerlo en un espacio público; y, segundo, que tras comer
su cuarta porción del día, tenía que regresar al edificio a ordenar un poco su
cuarto para comer su quinta porción a las seis y media, y luego la última ya en
el teatro a donde llegaba a las nueve, tres cuartos de hora antes de que el
telón se abriera.
A las cuatro
de la tarde recién comienza a llegar gente al establecimiento, así que es
imposible no chocarse con dos o tres alumnos en el vestidor con quien Osmar se
saluda cordialmente y se quita la toalla. No le importa si lo ven como Dios generosamente
lo trajo al mundo. De hecho, había aprendido que el pudor es un concepto muy
focalizado, que solo se debe respetar y promover en los espacios públicos; pero
en lo privado, o en el teatro o frente a una cámara, la desnudez es lo más
natural. Incluso cuando está encerrado en su cuarto, prefiere andar en pelotas.
El hecho es
que, tras salir de la ducha y vestirse, prende su celular y un montón de
notificaciones comienzan a llegar: un mismo número trata de comunicarse con él.
Devuelve la llamada.
“¡Osmar! Te
estoy tratando de localizar”, le dicen en el auricular.
“Si, señor Escalante,
es que… estaba entrenando, estaba en la ducha y…”
“No importa,
hermano. Vente a mi oficina apenas puedas porque necesito conversar contigo”.
¿Será que
Evandro acertó con su pronóstico?, piensa.
“Bueno, Osmar, mi primer comentario es que para los treinta y tres años que tienes, pareces de veinticinco o menos, y ese factor genético nos convenció”, prologa Escalante. “queremos que seas el rostro y el cuerpo para la campaña de Lust, una línea de productos de belleza masculina. Las piezas son un comercial en video para la tele y las redes, y una fotografía para banners, revistas, e incluso se pensó en un calendario. Solo hay dos detalles que quiero consultar contigo. Aparecerás desnudo en las piezas y el pago es mil dólares por el video y quinientos dólares por la foto. Sé que no son los precios de mercado, pero la marca rec…”
Para Osmar,
la matemática no es tan complicada de hacer: ese trabajo le permitiría recibir
cinco sueldos básicos que le pagan en el gimnasio o tres salarios que gana en
el teatro.
“Acepto”,
interrumpe.
“Osmar, a
ver, quiero que no te enfoques en el dinero: vas a aparecer desnudo”.
“Señor
Escalante, usted sabe que a los actores y modelos nos preparan para esto, y yo
le dije que solía hacer desnudos en mi país; vio mis fotos y…”
“Claro,
Osmar, pero una cosa son veinte segundos en una novela, o posar en una revista de circulación local. Aquí la campaña es
nacional, te van a ver diez veces al día, no sé”.
“¿Qué voy a
mostrar en el desnudo?”
“Todo menos
tus genitales”.
“Como le digo,
acepto”
“Que conste”,
sonríe Escalante acomodándose en su sofá ya que su oficina es, en realidad, la
sala de su departamento.
“¿Mil quinientos por mostrar tu culo?”, sonríe Evandro, las manos sobre el volante, conduciendo en plena hora punta en algún lugar en la avenida José Pardo de Miraflores. “¿Y tienes que viajar de éste al otro domingo para grabar?”
“”¿Cuánto
crees que debí cobrar?”
“Solo el
video no te baja de los dos mil; si esos huevones de culturistas a los que
nadie conocía se calatearon y se pajearon por dos mil quinientos por video,
Osmar. ¡Por video! O sea, que cada uno se armó, fácil, con sus siete mil o diez
mil de un solo keko”.
“Pero tu
sabes que un fisicoculturista solo en comida y suplementación no baja de
trescientos cincuenta dólares al mes y tú mismo me contaste que no les daban
patrocinio; al menos yo tengo entradas: el gimnasio, el teatro, esos shows que me consigues”.
“No cuentes
los shows como ingreso fijo”.
“Bueno, ya
firmé, vale. Ya le dije a Escalante que debemos ir y regresar el mismo día, y…”
“Mil
quinientos por mostrar tu culazo”, insiste Evandro.
“en
Venezuela, el mínimo es cuarenta dólares. ¿Puedes ponerlo en perspectiva? ¿Te
conté que en mi casa son mis papás y tres hermanos? ¿Sabes cuánto gastan al
mes? La mitad de lo que gano se va para Venezuela. ¡Es más de lo que ganan mis
dos viejos trabajando! Y Lima no es barato: ¿tú solito sobrevives acá con
cuatrocientos cincuenta dólares al mes?”
“Osmar, yo no
voy por el costo de vida, yo voy porque rregateaste mucho, hermano”.
“Si no
aceptaba, perdía ese contrato”.
Evandro
cierra la boca al escuchar tal argumento.
“Escalante es
un reconchasumadre”.
“No es eso, Evan.
Me contó que su cliente recién está lanzando los productos y no tenía mayor
dinero para publicidad. O sea, también ponte en el lugar del señor Escalante,
¿no?”
“¿Y vamos a
pelearnos por ese cabro?”, sonríe Evandro viendo a Osmar.
“Yo no quiero
pelearme contigo… has sido mi primer amigo de verdad en Perú y….”
“¿Y qué?”
“Ahorro un
dineral en pasajes cuando me llevas en tu auto”.
Osmar se
carcajea amistosamente y Evandro le saca la lengua mientras llegan al teatro.
viernes, 20 de mayo de 2022
La hermandad de la luna 10.10
Casi al
mismo tiempo, tocan insistentemente la puerta principal de la casa de Tito.
Pablo Chira, quien duerme en el sofá, se despierta y se sienta. Frank sale de
la habitación más próxima a la sala completamente desnudo.
“Ocúltate
en el baño del gimnasio”, le susurra al
visitante acercándosele.
“Tranquilo”,
le replica Chira, dándole leves palmaditas en la redonda, velluda y dura nalga.
“Ya estoy recagado con ellos”.
El más
joven –de la casa de Tito—sonríe. Sigue su camino y asoma su torso por la
puerta.
“Perdone,
caballero”, le indica un policía. “Orden de detención al señor Owen…
Mo-Mo-Mo-gam-bo”.
“No hay
nadie con ese nombre acá”, sonríe Frank.
“Señor,
no nos haga…”
Frank
abre la puerta de par en par (protegiéndose tras ella):
“Pase y
verifique”.
El
policía duda por un instante, pero decide que es mejor verificar. Su primera
sorpresa es encontrar a Chira en la sala.
“Buenos
días, Guerrero”.
“Buenos
días”, le responde el policía, desconcertado.
“¿Quiere
registrar los cuartos? Lo hago pasar al gimnasio”, ofrece Frank.
Al fondo
del pasillo, Tito abre la puerta de su dormitorio, ya vestido, y abre la puerta
que conecta al AMW.
“Pase,
suboficial, porque estamos a punto de abrir”.
Guerrero
avanza temiendo por su vida, pero avanza. Desenfunda su arma y la rastrilla
para ingresar al salón de máquinas. Le encienden las luces. No hay nadie. Tito
lo guía hasta el baño del gimnasio. Entran. Tampoco hay nadie. Le abren la
puerta que conecta a la lavandería. Ni allí ni en los pasillos donde están
estacionadas las dos bicicletas y la moto de Frank hay nadie. Aunque se extraña
de que esos vehículos no estuvieran unas horas antes, prefiere no hacer
preguntas.
“Disculpe,
don Tito”.
“Pero le
falta mi cuarto, la cocina, el baño de la casa y… el cuarto de mi hija”.
“Mejor
fírmeme el cargo”, pide Guerrero.
Hacia
las seis y veinte de la mañana, Cristian llega en un taxi al edificio donde
vive, en Collique Sur. Lo primero que le llama la atención es el carro de la Policía estacionado justo
en la puerta, y personas con cámaras y celulares hablando y tomando el lugar.
Ingresa y se encuentra al portero algo asustado.
“¿Qué
pasó?”, le pregunta haciendo una mueca en dirección a la calle.
“Están
en el departamento del señor Manolo”.
“¡¿Qué?!”
Christian
llega al último piso y se encuentra a un policía resguardando la puerta y a un
par de vecinos curioseando. Le muestra su carnet del Colegio de Abogados.
“Soy el
doctor Christian Esteves y represento el legado del señor Rodríguez. ¿Qué ha
pasado?”
“Orden
de allanamiento, doctor. Adentro está el fiscal”.
Christian
se congela, entra en pánico, se agita y gira sobre sus pasos rumbo al ascensor.
Casi atropellando al portero, sale rápidamente hacia la camioneta, cuya llave
siempre estuvo resguardada en el bolsillo del pantalón que viste desde el día
anterior. Enciende el vehículo, y por defecto, la radio sintoniza una estación
de noticias.
“Lo que
sabemos a esta hora”, narra una mujer, “es que también se están allanando dos
propiedades en una zona exclusiva del balneario La Santita, provincia de
Collique. Uno de ellos había sido comprado recientemente por la corporación
Cruz Dorada, y el otro, como les venimos informando desde el inicio de este
noticiero, perteneció al recientemente asesinado Manuel Rod…”
Los
latidos y la respiración de Christian se hacen más fuertes, al punto que puede
oírlos más que cualquier otro sonido alrededor. Se paraliza. Entonces, suena su
celular. El abogado regresa en sí y contesta.
“¿Doctora
Salvavera? Buenos días”.
“Buenos
días, doctor Esteves. Verá: estamos ejecutando una orden de allanamiento en la
propiedad de quien fuera su patrocinado”.
“Sí, me
acabo de enterar”, interrumpe muy nervioso, temiendo escuchar algo peor.
“Bueno,
sí, se filtró. ¿Podría venir, por favor? Queremos verificar cierto hallazgo con
usted”.
“Sí…
ahora mismo voy”.
Christian
corta la llamada, y trata de tomar aire. Los planes que había diseñado tendrán
que modificarse radicalmente. Pero tiene que pensar rápido porque algunos pisos
arriba, la Policía puede darse cuenta de muchas cosas.
“Así es, se trata de un cuadernillo de
documentos en los que se registran operaciones de compra-venta de bienes
raíces, ejecutada por la Corporación Cruz Dorada, y que se habrían ejecutado de
forma aparentemente fraudulenta –repetimos, aparentemente fraudulenta—en gran
parte del valle de Colliq…”
“¿De qué
documentos hablan?”, se pregunta Christian.
Busca
rápidamente en su celular. Pasea y pasea sus dedos hasta que lo encuentra, y
comienza a hiperventilarse.
“¡No,
mierda ¡La carpeta!!”, Christian comienza a llorar. “¡Manolo reconchatumadre!”
Al fin
decide acelerar el vehículo y hacer el camino hacia la finca en doce minutos.
Lo mismo: un carro de la policía en toda la entrada, un par de policías a ambos
lados de la puerta. Christian nota que no hay nadie más, así que decide pisar
el acelerador a fondo y seguir de largo hasta Santa Cruz. Se estaciona frente
al portón del AMW, que ya está abierto al público, abre la guantera, saca la
pistola y se la acomoda en el cinto disimulándola bajo su chaqueta. Toma aire y
baja. Su primera sorpresa al ingresar es que Frank y Adán están atendiendo a la
concurrencia. El segundo, al percatarse de su presencia, se le aproxima y lo
saluda.
“No
vengo a verte a ti sino al negro”, le espeta Christian.
“No sé a
cuál negro te refieres”, replica el cuerpo de luchador con un cinismo muy
mesurado.
Christian
repliega levemente su chaqueta y deja ver el arma por unos segundos.
“Dime
dónde está, o esto no va a terminar bien”.
Adán se
da cuenta del riesgo y clava la mirada fijamente en el abogado.
“Salgamos
de aquí y te diré dónde está”
“No,
Adán, ese truco no va a funcionar ahora”.
Al
fondo, Frank presiente que la situación no es buena pero prefiere no hacer nada
para evitar la alarma entre los alumnos que ya están entrenando esa mañana, y
quienes tampoco aspiran tranquilidad en el ambiente. Mientras tanto, Adán
insiste en concentrar la atención de Christian en sus ojos caramelo.
“No me
iré de aquí hasta que me entreguen al negro”, insiste el abogado.
Entonces,
un raro prodigio sucede ante los ojos del muchacho: la piel clara y pecosa de
Adán comienza a oscurecerse en tanto que su masa muscular aumenta y se marca
más; el marrón claro de los ojos se hace amarillo, y la estatura se eleva un
poco más. La ropa invernal desaparece del cuerpo. Christian comienza a jadear e
hiperventilarse otra vez, pero intenta conservar la calma, o quizás perderla
más: saca el arma del cinto y la pone a quemarropa, o a flor de piel, en todo
el medio del masivo pecho masculino enfrente suyo.
“What
did you do to me?,” el joven comienza a sollozar.
El
hombre transformado no le responde; solo le insinúa una sonrisa. De pronto,
siente que alguien se aproxima por su espalda.
Christian hace un giro rápido y se topa con Owen , quien entra al
gimnasio. Le apunta con el arma.
“End
game”, le sentencia el recién llegado.
Y antes
de que el abogado dispare, , un agudo dolor siente súbitamente por el medio de
su espina, obligándolo a arquearse y baleando una planta de sábila colgada
justo sobre el portón, la que comienza a manar un líquido rojo. Una violenta
torsión de su muñeca derecha lo obliga a soltar el arma, y prácticamente con el
antebrazo derecho roto, tiene que someterse a alguien que lo inmoviliza desde
atrás, girando hasta tumbarlo sobre el suelo, sometiéndolo.
“Qué
rico culo tienes”, le susurra Adán en su oído. “Lástima que se lo van a cachar
los presos”.
Por
ambos accesos a la casa, entran Tito y Pablo, quienes atan las manos y los pies
de Christian con cuerdas para evitar su escape.
“Ojalá
la Policía no tarde en llegar”, comenta el gladiador.
“Testaferro…
Solo has sido un puto testaferro”, rezonga Christian en el suelo.
“Ya está
en camino”, avisa Pablo.
“Y tú,
mi puto cómplice. ¿Ya les dijiste, suboficial Chira, que tú mataste a Manolo
Rodríguez?”, sigue espetando el abogado.
“Tienes
derecho a guardar silencio”, le recita el joven policía.
Minutos
después, la patrulla se lleva a Christian hasta la comisaría de Santa Cruz,
donde el capitán Castro lo recibe junto a otros policías. Tiene el brazo
entablillado.
“Usted
no va a quedar limpio, comisario: ¿ya le dijo a su personal en qué está
involucrado?”
“Llévenlo
al calabozo”, ordena el oficial.
“”Usted
planificó la muerte de Manolo Rodríguez, capitán!”, grita como enajenado el
abogado.
Castro,
sí, prefiere guardar silencio; mas bien se soba su propio pecho y regresa a su
despacho. Allí sentado con su soledad, por primera vez en muchos meses siente
que ya no hay camino hacia adelante, excepto a ser compañero de celda de quién
sabe qué maleante. Revisa su celular: su nombre aparece en los papeles que
ahora son de dominio público, que lo involucran con Cruz Dorada. En la puerta
de la comisaría, se trata de regresar a la normalidad. Un vehículo llega y baja
una mujer en traje sastre con una medalla colgada al pecho. Se presenta como
una fiscal provincial y requiere hablar con el comisario cuando un disparo se
oye. Todo el mundo se asusta, algunos se cubren. Solo uno rastrea el sonido y
va comisaría adentro.
“¡Traigan una ambulancia urgente!”, comienza a gritar. “¡El capitán está herido!”
jueves, 24 de enero de 2013
El Vigilante (13): QEPD
Ya hacía calor cuando Marcos despertó. Vio el relojito de su mesa de noche: mediodía. Estaba con la misma ropa con que llegó esa madrugada. Oyó que llamaban a su puerta.
- Primo, soy yo. Abre la puerta, por favor. Lidia salió.
- Marcos se levantó. Abrió la puerta. Ricardo notó el semblante triste del muchacho, y sólo atinó a abrazarlo. Marcos, contra lo que le enseñaron, rompió a llorar. Ricardo intuyó que algo no sólo salió mal, sino que había dejado a su primo totalmente vulnerable. Acarició su corto cabello. Esperó a que terminara de desahogarse. Ricardo juzgó que las palabras sobraban en ese momento, y lo mantuvo abrazado por casi una hora.
A la mañana siguiente, Lidia salió a atender la puerta de su casa. Era un joven bien vestido. En la calle, un auto deportivo estaba estacionado.
- Soy Javier. ¿está… Marcos?
- No está, joven.
- ah, ¿a qué hora regresará?
- Ya no vive aquí. Se fue hoy temprano.
A Javier, la noticia lo remeció.
- ¿Cómo se llama su pueblo? ¿sabe cómo llegar?
- No sé, joven. Y me disculpa, pero estoy ocupadita.
- Por favor, si lo ve alguna vez, entréguele esto.
Javier dio a Lidia un sobre lacrado, algo abultado. Ella lo recibió, lo despidió secamente, y casi le cerró la puerta en las narices. Javier se quedó unos minutos en su carro para comprobar si le mentían, pero entendió que la espera sería peor que su presencia non-grata. Antes de arrancar, llamó a Leo –danilo, mas bien. Cada vez que lo llamaba, el instructor le cortaba.
Fue al gimnasio, y entró súbitamente. Danilo lo bloqueó.
- ¿Dónde está Marcos?
- No está aquí. No ha venido.
- ¿Por qué no me respondes? ¿Ni siquiera por lo que hice por ti…?
- Oe, mira, so rechuchatumare, serás todo lo platudo que quieras, pero acá no eres nadie, ¿entendiste?
- Calla, putto de mierda.
- Danilo dio un empellón a Javier, quien cayó sobre unas colchonetas. Todos los que estaban allí, básicamente cuatro patas fortachones, quedaron mirándolo. Javier se lebantó, vio la atractiva desventaja, salió en silencio. Arrancó su carro ruidosamente.
A eso de las tres de la tarde, Ricardo se acercó a la fábrica donde Marcos trabajaba, preguntando por el joven Javier. Rutilio lo recibió hoscamente, negándolo. Ricardo, lejos de amilanarse, lo enfrentó.
- Mira, so hijo de puta, aquí te vengo a dejar la mierda que tu jefe llevó a mi casa.
Justo sandro bajaba y fue corriendo a calmar los ánimos. Reconoció el sobre que Ricardo había tirado en el suelo. Iba a recogerlo, pero Rutilio lo pisó, sintiendo que algo se quebraba bajo su bota. Todos quienes estaban cerca se quedaron mirándolo, lo que contuvo una de sus típicas reacciones matonescas.
Ricardo salió de ahí, regresó a su camión y se largó.
- Rutilio, deja de pisarlo. Es del joven Javier.
- Rutilio no escuchó la orden, se agachó a recoger el sobre y lo abrió.
- ¡No hagas eso!
- Es mi trabajo, carajo.
- Al descubrir el contenido, halló un celular sencillo destrozado con su cargador… y iun cheque a nombre de Marcos por el equivalente de su sueldo por todo un año. El anexo de su caseta de vigilancia comenzó a sonar.
El cuerpo atlético de Ricardo era fruto de jornadas matutinas de entrenamiento, tras haber trabajado desde primeras horas de la madrugada transportando alimentos para el mercado de la ciudad, en su camión. Por la tarde y la noche, descansaba en casa. Aunque bebía de vez en cuando, no fumaba, y tenía una líbido muy activa.
Esa tarde, Marcos se hallaba descansando en su cuarto, totalmente desnudo. Toda la mañana la distribuyó en ayudar en la casa, ir a entrenar con Ricardo, salir a cobrar el cheque de la empresa de seguridad, y caminar un poco. , pero solo.
Cuando Ricardo regresó de la fábrica, no halló a Lidia, por lo que fue directo al cuarto de Marcos. Entró sin llamar a la puerta, y se encontró con aquel espectáculo al desnudo. Aspiró profundamente antes de hablar, evitando excitarse.
- Primo, estuve pensando en algo. A veces me falta alguien que me ayude a chequear el camión, y el pata que trabaja conmigo se quita.
- Marcos seguía abrazado a su almohada, boca abajo, lo que hacía que se le marcara su redondo y lampiño culo. Ricardo cerró la puerta, y cambió de tono.
- Me acuerdo cuando en la casa de tu vieja, entré a tu cuarto, y te encontré así calato. Estabas con las piernas abiertas. Se te veían los huevos. ¿Te acuerdas de mi broma?
- Marcos no respondió.
- De pronto, el ensimismado huésped sintió el peso desnudo de Ricardo sobre su espalda. No hizo esfuerzo por zafarse.
- Ya olvida a ese huevón. Trabaja conmigo mejor. Di que sí.
- Como intentando estimularlo, Ricardo movió su cadera, haciendo frotar su pene flácido en la raja del culo de Marcos.
- ¿Sí, primito? ¡Ya pues!
- La verga de Ricardo comenzó a enhrosarse. Marcos comenzó a excitarse al sentir los labios de su primo rozando su nuca. Se relajó.
- Ricardo no cesó de mover su cadera contra el culo de Marcos, mientras le besaba el cuello y la parte superior de la espalda. Marcos comenzó a acariciarle las nalgas, de forma tímida, mientras sentía que su culo se humedecía por la secreción del pene de su familiar.
- Ricardo se levantó un poco e hizo girar a su primo. Ahora, ambos estaban frente a frente. El anfitrión estaba echado sobre Marcos, quien abrió sus piernas para sentir mejor cómo ambas vergas duras se rozaban. No importó la diferencia de tamaños. La grande de Ricardo superaba los 17 centímetros de Marcos.
- Los dos se besaron profundamente en la boca.
- Los dos cuerpos de gimnasio se abrazaban, se revolcaban, sudaban.
- Cuando Marcos se acostó sobre Ricardo, comenzó a mover su pelvis con tal fuerza, que su excitación creció estratosféricamente.
- Los dos se vinieron casi al mismo tiempo, por lo que era complicado diferenciar cuál semen era de quien, amenazando con pegar sus vientres.
- ¿Cuántos años tenías cuando pasó esa broma? ¿16?
- Sí. Iba en quinto.
- Yo tenía 30 o 31.
- ¿Por qué estás con Lidia?
- No sé. Creo que… la verdad no sé. ¿Te jode eso?
- No. Es tu vida.
- Marcos se acostó a un lado. Ricardo se levantó, sin vestirse, e iba a salir del cuarto, sin decir más nada.
- Ricardo, sí.
- ¿aceptas? Pero no ganarás como en la empresa.
- Ya veré.
- Ricardo sonrió, regresó a acostarse sobre Marcos y volverlo a besar en la boca. Luego, se puso de pie y salió.
Esa noche, Marcos fue al gimnasio, pues Danilo lo había mandado a llamar.
- Oe, no sé si oí bien, pero ¿me pareció que ya no tienes chamba?
- Marcos no respondió, y lo miró extrañado.
- Mira, campeón. Yo tengo un negocito eventual. No sé si has oído de los escort.
- Ante la mirada de extrañeza de Marcos, Danilo comenzó a detallarle todo. Marcos recordó que, cuando servía en el ejército, había algunos muchachos que aprovechaban su descanso dominical para hacer eso, y eran bien cotizados.
- Como te dije, sabes moverte; además, es una manera de que encontremos un sponsor para que concurses. ¿qué dices?
- Yo te aviso.
- Marcos se fue, y llamó la atención de armando, el peluquero de cabello blanco, corto, que también era alumno del gimnasio.
- ¿Y qué dice? ¿Le entra a tu Business?
- Veremos. Quien sabe, a lo mejor ahora que patea latas, se anima.
- Ay, Danicito. Creo que no sirve para escort.
Al llegar a casa de Ricardo, vio a sandro en la esquina. Su rostro estaba desencajado. Marcos intentó pasar como si no lo hubiera visto, pero sandro lo atajó.
- No quiero saber nada de La fábrica.
- Entiendo, Marcos, pero estoy aquí… por el joven Javier.
- No quiero nada de él.
- Su papá mandó a buscarte, porque quiere hablar contigo.
- Yo no quiero.
- Marcos, tienes que ir. Él está destrozado. Tú no eres así.
- Para mí, ellos ya murieron.
- Sandro se echó a llorar. Eso le dio mala espina a Marcos.
- ¿qué pasó?
- El joven Javier… iba en su carro… parece que borracho… se mató.
- Marcos se detuvo, suspiró hondamente.
- Que descanse en paz.
- Sandro se quedó en la esquina llorando. Alguien pasó silbándolo. Marcos siguió el camino a casa de Ricardo.
(CONTINUARÁ)
Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertaiment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia.
lunes, 7 de septiembre de 2020
jueves, 17 de enero de 2013
El Vigilante (12): La oferta de Javier
Danilo palideció y comenzó a sudar frío.
- ¿q-q-qué haces aquí?
- Así que… aquí trabajas, Leo.
- No me llames así, por favor. ¿Cómo me ubicaste?
- No vengo a verte. Busco a Marcos. Ahí está. ¿Puedo hablarle, no?
- Cla-cla-claro. Pasa.
- Javier fue hasta donde Marcos estaba entrenando, cruzó unas pocas palabras y en un minuto estaba de vuelta con Danilo.
- ¿Un sitio decente para cenar por acá?
- ¿Por acá? Difícil.
- Bueno, cuidate, Le…., perdón… Dany.
- Danilo volteó a ver a Marcos, respiró profundo y fue a monitorear a otros alumnos.
- A las diez, Javier estaba esperando dentro de su deportivo en la puerta del gimnasio. Vio a varios chicos, algunos de cuerpos atractivos, salir, pero nada de Marcos. Vio su Omega: las diez y cinco. Bajó el volumen del reggae de su equipo de sonido, y bajó la ventana. Corría algo de fresco. Volvió a revisar su reloj: diez y diez. Apagó la música, bajó, aseguró el carro (temiendo que alguien lo dejara sin algo), sacó la máscara del equipo, y entró al gimnasio otra vez. Casi se choca con Marcos. Tenía el cabello húmedo, signo inequívoco de que acababa de tomar un baño, además olía a jabón aún. Javier vio a Danilo y se despidió sonriendo cachosamente.
- Ya en el carro, Javier jaló a Marcos hasta su casa. Durante el camino fueron hablando de varias cosas, hasta que, justo antes de llegar, el joven ejecutivo carraspeó y entró en materia. Marcos estaba extasiado viendo los controles digitales del vehículo.
- Marcos, quiero proponerte algo, que creo que te puede convenir.
- Marcos lo miró y en un segundo, sintió muchas cosas: ¿trabajo¡ ¿sexo? ¿el sponsorship que minutos antes Danilo le sugirió al salir de la ducha?
- Mira, sé que acabas de entrar a trabajar, y que eres muy bueno en tu rama. También no es ningún secreto que te llevas mal con el otro conchasumadre que hace turno contigo. Entonces, me gustaría que renuncies.
- Ahora sí que el joven estaba desconcertado. Javier volteó a verlo, y entendió que se había malexpresado. Se estacionaron frente a la casa de Ricardo.
- No. No te quiero dejar desempleado. Quiero que trabajes para mí, como mi seguridad personal. Soy el que heredará la fábrica, has demostrado ser de confianza, y creo que estás hecho para cosas de más vuelo. Obviamente, puedo arreglar con la empresa para que te paguen lo que has chambeado y comenzarás a chambear conmigo.
- Marcos ahora sí que no entendía ni papa.
- Mira, no debes responder ahora. Acaba tu quincena. Eso sí, te ofrezco más de lo que vas a ganar cuidando la puerta, más beneficios, lógico. Serías empleado directo de la fábrica, no de una service. Además…
- Acepto.
- ¿en serio? ¿No lo quieres pensar?
- Cumplo mi quincena, y empiezo.
- Y… ¿por qué aceptas?
- Quiero ser campeón de físicoculturismo.
- Entiendo… Mira, te ayudaré con eso también. Puedo, no sé, auspiciarte lo de los suplementos, e incluso que entrenes en un gimnasio… más…. Decente.
- Cuando Marcos entró a casa, casi empuja a Ricardo que estaba espiando por la ventana.
- ¿Y, primo?
- Me ofreció chamba.
- ¿Y qué le dijiste?
- Que ya.
- ¡Bienn!
- Ricardo abrazó a Marcos, como si se tratara del campeonato que tanto quería lograr.
Para el resto de días, la estrategia de Marcos era simple: no llamar la atención. Las cosas seguían normales. Javier llegaba a las ocho, saludaba, sandro veía las incidencias a las nueve, Marcos salía a las cinco. A Rutilio, tanta normalidad le olía rara, especialmente porque al salir, el jueves de esa semana, vio el expediente de Marcos sobre el escritorio del jefe, en la empresa de vigilancia.
- ¿Qué pasa con Marcos?
- ¿Con… Marcos? Nada. Nada. Estoy… viendo lo del seguro. Tú sabes. Hay que inscribirlo.
- Rutilio ideó una estratagema.
- ¿Sabe, jefe? Me puse a pensar. Creo que soy muy violento cuando tengo sexo.
- ¿Qué?
- Sí. Todo el mundo se queja que soy violento cuando cacho, y nadie quiere estar conmigo. Así que he decidido cambiar. Pero no sé si estaré haciendo lo correcto.
- ¿Cómo así?
- Rutilio se acercó al jefe, lo tomó de los hombros y comenzó a besarlo en la boca con pasión, pero más pausadamente, como saboreando los labios, sintiendo cada parte del cuerpo. Lo estrechó.
- Vaya, Tilio. Eso está mejor.
- ¿Sí?
- Pero, vamos a otro sitio mejor.
- Fueron al departamento del jefe. Allí, los dos se desnudaron y tomaron por asalto la king-size. Rutilio siguió besando suavemente y acariciando poco a poco la piel suave de su jefe, lo puso encima de su cuerpo, y dejó que él tomara la iniciativa de besarle todo su gran y firme físico, hasta llegar a sus 22 centímetros de pinga. El jefe comenzó a chupársela, saboreando cada centímetro. Ya no había la exigencia de que se atragantara con ella. Mientras el jefe le masturbaba su cipote, embocó cada testículo. Regresó a besarle en la boca. El propio jefe sacó condón y lubricante de su mesa de noche, se lo puso y se sentó encima de la verga, haciéndola entrar a su culo poco a poco, poco a poco, poco a poco. De hecho, no pudo tragársela toda, pero ya no sentía la exigencia ni la violencia de los coitos anteriores. Era evidente que Rutilio había cambiado radicalmente su método de cachar.
- El propio jefe se puso boca arriba y levantó las piernas, ofreciéndole el ano al mmusculoso, quien lo penetró gentilmente. Ambos jadeaban, se besaban, se manoseaban… incluso Rutilio masturbó al jefe mientras lo tenía enchufado.
- A las dos horas, el semen de Rutilio llenaba el condón, mientras gemía su orgasmo. Se acostó sobre el jefe.
- ¿qué tal?
- Mil veces mejor, Tilio. Mil veces mejor.
- Voy a amistarme con Marcos. A lo mejor atraca un trío. ¿qué dices?
- Ehhh…. Claro, claro… puede ser.
- Era evidente que la maniobra había fracasado, lo que aumentó la sospecha de que algo pasaba con su compañero y nadie se lo quería decir.
Para enrarecer más el ambiente, el viernes, Javier salió dos horas antes de las cinco. Casi no le habló a Rutilio, quien, contra su costumbre, llamó a sandro para ver qué pasaba. Nada de respuesta.
Marcos siguió con su rutina. Luego del trabajo, fue a cenar, y salió a entrenar. A la salida, lo esperaba Javier en su auto. En un gesto inusual, le cedió las llaves y el volante e hizo que probara el behículo de vuelta a casa. La destreza del vigilante como conductor era sobresaliente.
- Todo está arreglado, Marcos. El lunes comienzas a trabajar para mí. Ya me dijeron en la empresa que mañana te liquidarán.
- Gracias, joven.
- Oye, cuando estemos solos, dime Javier, ¿sí? Quiero ser… tu amigo.
- Marcos sonrió y bajó la mirada sonrojado. Al bajar, reflexionó y concluyó que no fue tan malo dejarlo todo atrás. En sólo medio mes, su vida estaba dando un giro enorme.
La tarde siguiente, tal como se lo dijo Javier, lo liquidaron, pagándole sus dos únicas semanas en la empresa. Cuando salió, Javier lo estaba esperando. Lo llamó.
- Vamos a celebrar.
- Yo… no bebo.
- Pero sí comes, y comes bien.
- Marcos sonrió.
- Lo que restaba de la tarde conversaron, mejor dicho Javier le explicó lo de su nuevo trabajo, pues Marcos no salía de sus respuestas lacónicas, y fueron a comer a un exclusivo lugar en el centro de Piura. Según Javier, era para que se vaya acostumbrando al mundo que él solía frecuentar. Pero algo más: cuando se encontraban con las amistades del ejecutivo, Marcos no era el empleado, sino su amigo. Una que otra de esas amistades se lo quedaba mirando, como devorándolo con los ojos. Marcos no perdía detalle de ellos, como tampoco del ambiente que lo rodeaba. Era un comando, y tenía que estar alerta siempre.
- Cuando terminaron de cenar, fueron al departamento de Javier. Aquí se sintió más cómodo.
- Brindaremos. Acéptame una, una sola copa de vino.
- Marcos asintió sonriendo. Probó el dulce licor, frío, agradable. Javier se sentó a su costado, y poco a poco fue sabiendo de su vida, su pueblo, su pasión, su servicio militar, su objetivo con el físico culturismo. Javier también halló la oportunidad de decir todo lo que pensaba, lo que quería, lo que sentía.
- Marcos aceptó una, y otras cuatro copas de vino.
- Eran casi las diez de la noche, y, cosa rara, ninguno de los dos quería salir de ahí.
- Joven, gracias por todo. No merezco tanto.
- Gracias a ti, Marcos. Te mereces eso y más.
- Sin más qué decir, ambos se miraron, y acercaron lentamente sus rostros, hasta que sus labios se sellaron románticamente. Las caricias llegaron después, y con ellas, el afán de explorar qué había más allá de la ropa.
- Eran las once, y ambos ya estaban completamente desvestidos sobre la cama de Javier, explorándose, besándose, sintiendo ambos pechos jjuntos y latiendo fuertemente. ¿Se estaban enamorando, o era que de pronto un roto encontró a su descosido?
- Javier encima de Marcos, Marcos encima de Javier, Javier al costado de Marcos, Marcos dentro de Javier. Suavemente, románticamente, Marcos penetró a Javier, sin dejar de acariciarlo ni besarle la espalda.
- Javier no sentía aquélla sensación de hacer el amor en ¿meses? ¿quizás años?
- Volvió a darle la cara y esa fue la oportunidad para que ambos, casi al simultáneo, experimentaran el orgasmo.
- Tras bañarse juntos, Javier se acurrucó en el pecho de Marcos.
- Oye, ¿por qué no vienes a vivir acá conmigo?
- Marcos no supo qué responder.
- ¿O ya tienes familia?
- No. Soy soltero.
- ¿Y ese chico, donde vives?
- Mi primo Ricardo. Él sí está casado.
- Vente a vivir aquí. No te faltará nada. Además, trabajaremos juntos.
- Javier volvió a besarlo y volvieron a hacer el amor, hasta que ambos se vinieron, se bañaron juntos y se quedaron dormidos.
- Como a las tres de la mañana, un golpe en la puerta del dormitorio los despertó.
- ¡Así que para esto querías contratarlo, carajo!
- Era don Javier.
- ¿qué mierda haces acá!
- Protegiéndote, hijo. Y tú, guachimán de mierda, sal de aquí, ¡sal de aquí o te meto preso, carajo!
- ¡No le hables así! ¡ésta es mi casa, mierda!
- Marcos no supo qué hacer, hasta que encontró una razón poderosa para salir de ahí: don Javier le apuntó con una pistola. De inmediato, su hijo se interpuso y se puso el cañón en su pecho.
- Me matas a mí primero. Vete, Marcos.
- El muchacho fue hasta la sala, cogió su ropa, se vistió casi a la volada y bajó el edificio. El conserje le abrió la puerta, medio sonriendo.
- A las cuatro de la mañana, llegó a casa de Ricardo, quien estaba a punto de salir en su camión hacia el mercado.
- ¿qué pasó?
- Marcos no le dijo nada, se metió a su cuarto, se acostó y comenzó a llorar.
(CONTINUARÁ….)
Escrito por Hunk01. ©2012 Hunks of Piura Entertainment. Esta es una obra de ficción: cualquier parecido con nombres, lugares o situaciones es pura coincidencia. Escribe al autor: hunks.piura@gmail.com o deja tu comentario aquí.