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lunes, 24 de octubre de 2022

el precio de Leandro 10: En bandeja de plata


Poco después del mediodía, aquel jueves, Leandro está almorzando en casa junto a su madre y Rico. Los dos tienen la boca abierta.

“Una mosca va a aterrizar ahí”, bromea el futbolista. “Bueno, yo también me quedé igual cuando me lo dijo”.

“¿Pero ese señor Madero es de confianza?”, reacciona Adela.

“Roberth fue quien finalmente me había recomendado con él. Además, no es un tiempo completo. Solo voy en las tardes  después de almuerzo: entro a las dos, salgo a las seis. No se cruza con el San Lázaro, no se cruza con los desfiles, sería una entrada fija y nos ayudaría a vivir un poco mejor”.

“Solo espero que no sea otro estrés, hijo”, comenta Adela.

“No”, descarta Leandro. “Éstos son serios y tienen otro tipo de proyección”.

“Lo digo por lo que te pasó con Darío”.

Leandro hace un gesto negativo con la cabeza a la vez que frunce el ceño.

“¿Y el comercial cuándo sale?”, interviene Rico.

“Me dijeron que un mes porque todavía tienen que editarlo”.

“¿Tanto tiempo?”

“Me dijeron que lo editarán en Estados Unidos. Lo único que sé es que lo pautearán luego de las diez de la noche, ya sabes,  por lo del Horario de Protección al Menor”.

“¿Sales desnudo, Leo?”, Adela se pone seria.

Leandro sonríe:

“Y mostrando las joyas de la familia”.

Su madre hace un gesto de regaño y se levanta de la mesa:

“De castigo, los dos me lavan los platos”.

El hijo hace un saludo militar y la madre se rinde entre sonrisas mientras se va a la cocina; entonces, Leandro se acerca al oído de Rico:

“También le hablé sobre ti y quiere conocerte”.

Rico vuelve a quedar con la boca abierta.

Inesperadamente, el celular del futbolista vibra; lo saca y mira la pantalla. Contesta:

“Genaro, hermano, ¿qué pasó?”

“Vente volando al club: quieren tu cabeza en bandeja de plata”, le dicen por el auricular.

Leandro palidece.

 


En un club del Distrito Centro Sur, Roberth y Madero se reúnen para almorzar. El director creativo se deshace en elogios sobre Leandro.

“¿Y crees que es buena idea contratarlo?”

“Pero, Roberth: tú mismo lo recomendaste”.

“Como modelo, no como asistente administrativo”.

“¿Desconfías de su talento? Hará ambos; además, estará en prueba tres meses, y si rinde, ya veremos”.

“No desconfío de Leandro en absoluto, sino de ciertas decisiones corporativas. Bueno, es tu empresa; nada más, no cometas la barbaridad que cometiste con Elías. Es lo único que te ruego”.

“Leandro no es Elías. Son el agua y el aceite. Además, no me lo menciones; quiero hacer buena digestión hoy”.

 


A las tres y media de la tarde, en la Torre Echenique, Darío trabaja cierto papeleo con la modelo que lo asiste administrativamente. Están en la sala de reuniones del tercer piso.

“Y eso es todo”, le anuncia la chica.

“Tranquila que yo meto los datos a la computadora como me lo enseñó Mauricio”.

La modelo se pone de pie, besa a Darío en la frente:

“Listo, mi príncipe; te llamo por cualquier novedad”.

Darío sonríe y agradece, regresa su mirada a su laptop donde alimenta cifras. Sin que se dé cuenta, a sus espaldas, la modelo coincide con Leandro en la puerta al momento de abrirla. Ambos se saludan. En tanto la chica se va, Leandro cierra la puerta y se acerca hasta Darío, quien al darse la vuelta, pensando que su compañera había olvidado algo, se queda de una pieza; no sabe cómo reaccionar.

“Hola” saluda el futbolista muy humilde, pero consciente que acaba de dar un nuevo jaque.

“Hola”, responde el supermodelo con ojos de huevo estrellado. “¿Cómo entraste?”

“eh, por la puerta”.

Darío sonríe, se levanta, abraza a Leandro y le da un beso en la boca. Leandro le corresponde con dulzura.

“Pensé que nunca más iba a verte”, le susurra el supermodelo.

“¿De dónde sacaste esa idea?”, le palmea una nalga el futbolista.

“No importa ahora eso; lo que importa es que regresaste y tenemos tanto de qué hablar”.

“Sobre el San Lázaro, por ejemplo. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué hiciste que suspendan el auspicio de la Fundación Echenique?”

“Es que… Leo…”

“¿Porque no me encontrabas? ¿Por eso? ¿Te das cuenta qué hiciste? No me perjudicas a mí solamente; es todo el club”.

Darío baja la mirada, no está plenamente consciente si su derecho a guardar silencio es y puede ser usado en su contra.

“¿Te das cuenta que has mezclado lo personal con los negocios?”, le recrimina Leandro con mucho cariño, sin levantar la voz. “El que tú y yo tengamos desacuerdos no tiene por qué afectar el resto, ni afectar a la gente. Tú sabes que no soy un delincuente”.

“Perdóname”, musita Darío con los ojos llenos de lágrimas.

“Yo te perdono”, Leandro besa la frente del supermodelo. “Pero quienes no me lo están perdonando son los directivos del club; me dijeron que lo resuelva o no volverán a convocarme, mucho más cuando ellos no habían solicitado el apoyo sino que les llegó… y tú y yo sabemos que fue tu iniciativa”.

“No pueden hacer eso, Leo; tú eres su mejor jugador”.

“Quizás. Pero también les inyecté dinero, y ahora por mi causa ese dinero se va; y si ese dinero se va, ahora sí me tocará irme a ver cómo me gano la vida”.

Jaque mate. Darío deja de abrazar a Leandro, va a su escritorio, busca su celular, mueve sus dedos sobre la pantalla y se lo lleva a la oreja.

“¿Doctor? Sí, soy Darío Echenique. Mire, lo llamaba sobre el asunto San Lázaro. Que todo continúe como se acordó inicialmente con el club… ¿No me escuchó? Ignore esa orden. Gracias”. Deja el celular en la mesa. “Está arreglado”, anuncia a Leandro.

“¿Cuándo se resolverá”, consulta el futbolista.

En pocos segundos, el celular de Darío lanza el Concierto de Brandenburgo número dos como timbre. Lo contesta. “Gracias, doctor; lo aprecio. Hasta luego”. Cuelga. “Está resuelto”, avisa a Leandro.

“Gracias”, le dice el futbolista con humildad. “No por mí; por el club”. Entonces siente una vibración en el bolsillo delantero izquierdo de su ceñido jean, saca su celular y lo contesta. “Genaro, hermano. Dime”.

 




Diez minutos después de besuqueos y caricias, Leandro y Darío regresan al tres cero uno de la Torre.

“¿Por qué acá?”, se extraña el ahora visitante.

“eh, no aguanto más como para subir siete pisos”, le justifica el anfitrión.

Se meten al no tan reciente dormitorio de Leandro, se desnudan lentamente y de a pocos, se tiran a la cama. En cuestión de minutos, y tras una meticulosa estimulación oral, Darío se sienta sobre el pene erecto de su amante y comienza a rebotar cual resorte. Cuando se cansa, tira su espalda hacia atrás, lo que Leandro aprovecha para alzarle las piernas y acometerlo.

“Hazme tuyo, mi amor”, repite el supermodelo una y otra vez mientras se autoestimula hasta explotar. 


Al anochecer, Darío recién llega al penthouse y encuentra a Pepe tirado en su sofá, vistiendo solo un bóxer y viendo un canal de videos musicales en la super pantalla LED.

“Te vas en este mismo momento”, ordena el dueño de casa.

“¿Cómo? No me puedes echar así por así, Darío”.

“¿No me escuchaste? Te pones ropa, agarras tus cosas y te vas ahora mismo”.

“Tenemos un acuerdo”, le aclara el moreno.

Darío se ofusca, va a su dormitorio, abre una gaveta secreta y regresa a la sala. Cuando pepe levanta la vista, el supermodelo le está apuntando con una nueve milímetros:

“Cuento diez, y que Dios me ampare”.

El hombrón abre sus ojazos y corre disparado al cuarto.

En la pantalla, Luna Estrella disfruta un baño de burbujas, y el trasero de un anónimo amante aparece por el lado derecho, mientras ella lo mira entre romántica y lujuriosa. Darío baja el arma y mira la pantalla. ¿Por qué le son familiares esas nalgas? Demasiada paranoia en un solo día, se autorrecrimina. Mejor, apaga la tele.

jueves, 13 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.4: Deja ir a ese Darío


El supermodelo regresa a la Torre Echenique sin conseguir ninguno de sus dos objetivos. Al llegar a su penthouse, se encuentra con una de las modelos quien lo ayuda en la administración de su naciente emprendimiento como representante de talentos y un muchacho a quien no había visto antes, pero que luce un inflado cuerpo mesomorfo, al menos en pecho, espalda y brazos, y esos brazos conectan con unos antebrazos musculados y venudos, que a su vez acaban en unas gruesas manos que están tecleando sobre su laptop.

“Justo llegas a tiempo”, le dice la chica. “Ya pasamos todas las facturas y ahora estamos viendo lo de la deducción”.

“Sigan”, dice Darío con cierto desánimo.

“Me encantaría, guapo; pero me hago tarde para una presentación, así que si me permites…”

Darío acepta: sabe cómo es eso.

“Te dejo con Mauricio”, presenta la modelo. Ambos chicos se dan la mano.

Una vez que ella se marcha del penthouse, Darío va a buscar unos papeles que trae hasta la mesa de su comedor, donde el otro muchacho trabaja.

“¿éstos son todos?”, le pregunta Mauricio.

“Sí”, responde Darío.

“Mira, te voy a enseñar un truco que siempre te va a generar devoluciones: ¿Ves estos montos aquí?”

Darío se sienta lo suficientemente cerca del otro joven  como para tener oportunidad de rozarlo al descuido. Por lo menos, puede aspirar su aroma de colonia de maderas. Casi no se concentra en la explicación; solo se pregunta de dónde sacaron a este pedazo de carne.

“¿Entendiste?”, le apela Mauricio.

“¿Y no sería mejor contratarte para que nos ayudes con los impuestos? Se nota que eres hábil en contabilidad”, le propone.

“Pero yo no soy contador sino técnico en informática y programación de sistemas”, recibe por respuesta.

“¿qué más da? Yo no soy administrador sino arquitecto”.

Mauricio sonríe:

“Bueno, si me pagaras por eso, no me opongo”.

“Pon la cifra que yo la pago”, ofrece Darío.

Mauricio se levanta de la silla y se estira. Bajo la camiseta y el jean apretados hay el evidente cuerpo de un fisicoculturista.

“Cien por sesión. ¿Te parece justo?”

“Ciento cincuenta, ¿Mauricio?”

“Sí, así me llamo. ¿Y por qué me incrementas en lugar de regatear?”

“Lo dejamos en cien, entonc…”

“Está bien. Ciento cincuenta. Solo dime a quién mato”.

Darío ríe, y al fin nota que en sus rasgos de barrio, hay un muchacho inteligente y hasta simpático:

“Tienes lindo cuerpo”.

“Mi novia dice lo mismo”, le devuelve Mauricio.

“¿Cuándo se casan?”

“Dos meses”.

“¿Cuántos años tienes?”

“Veintiocho, pero llevamos como seis de estar juntos. Ya es hora, creo yo”.

Darío no tiene más preguntas para el testigo. Caso cerrado. O quizás sí.

“¿Quieres tomar algo? Creo que no te han ofrecido nada”.

“Tomé agua, gracias”.

Darío va hasta la cocina, abre el frigorífico y busca qué podría invitar a su más reciente contratación eventual. De pronto, al bajar la mirada por la puerta derecha, la halla. Siente que lo llama. ¿Por qué no compartirla? ¿Acaso esos machitos que se dicen machitos no sucumben ante su encanto?

“Tengo un vodka en la refri”, avisa cuando regresa al comedor.

“No, gracias”, sonríe Mauricio. “No bebo alcohol”.

“Bueno, mientras esperamos tu taxi, te ofreceré agua entonces”.

En un par de minutos, ambos jóvenes están sentados cómodamente en el sofá de la sala bebiendo… agua.

“Sí, te había reconocido cuando entraste; apareces en el catálogo de Lawrence’s con ese chico que juega en segunda división”.

“Sí, Leandro Pérez”.

“¿Es tu… amigo?”

“Sí, mi amigo. ¿Por qué?”

“Por nada. Lindas fotos las que les tomaron. Yo posé hace como cuatro años para una revista que se llama… algo con ‘semanal’”.

“¿Época Semanal?”

“¡Sí, esa! Me publicaron tres o cuatro luciendo trajes de baño, ya sabes: bermuda, sunga, tanga. . Querían que pose en hilo dental pero no quise”.

“¿Por qué, Mauricio?”

“No jodas. ¿Sentir esa tira elástica metida en mi culo? Ni cagando, Darío”.

“Tienes buen culo”.

“Lo mismo me dijo el fotógrafo y me asusté. Lo vi rarito. Me dio la impresión que se deleitaba viendo mi huevo cuando me cambiaba. No sé. A lo mejor quería tomarme fotos en pelotas, pero no le entro a eso”.

“¿Y qué tiene de malo posar desnudo, Mauricio? Yo lo hice varias veces”.

“Tú eres modelo profesional, pues; yo acepté porque me faltaba plata para pagar la pensión de la universidad”.

El celular de Darío suena.

“Llegó tu taxi, Mauricio”.

 


Al quedar nuevamente solo, el supermodelo repasa los eventos de un tiempo –desde que conoció a Leandro—a esta tarde. De fondo, Bach es el mejor tónico para organizar sus ideas. ¿Y qué hay del vodka que estaba en su refrigeradora? Si Mauricio no quería compartirlo, quizás era hora que, después de meses, se diera un escape. Cuando está a punto de ingresar a la cocina, suena su celular: Roberth.

“¿qué pasó?”, le responde el muchacho.

“Estoy en la recepción de la Torre. ¿Puedo subir?”

Siete minutos después, el fotógrafo y el supermodelo están sentados en el cómodo sofá de la sala.

“Me resisto a creer que Leandro sea como los otros, Rob. Se supone que él era diferente, no sé, alguien distinto”.

“Y lo es, Darío”.

“Entonces, ¿por qué tengo la impresión de que Adela me lo negó?”

“¿Y por eso vas a decepcionarte de él? ¡Vamos, Darío! Además, tu percepción sobre este chico es la misma que sobre los otros chicos anteriores; exactamente la misma. Y así sucederá con el que venga, y el que venga luego del que venga, y el que venga luego del que….”

“Ya entendí, Rob; ¿pero cuál es tu punto?”

“que los chicos cambian pero el problema queda, Darío”.

“¿Te refieres a mí?”

“Me refiero a tu incapacidad de entender que no debes hacer feliz a nadie más para que tú seas feliz, y que la felicidad no consiste en apropiarse de la vida de la otra persona al punto de absorberlo y hacerte imprescindible de la manera que sea. Eso no genera una relación, o quizás sí: una relación de dependencia”.

Darío mira a la noche que se extiende tras la ventana delante de él. Bach sigue sonando en el equipo de sonido.

“Sería feliz si tomo un poco de vodka”, reacciona y se levanta del sofá.

Roberth va tras él y lo ataja:

“No Darío, no otra vez con el vodka. Ése no es el remedio. Regresa a terapia, vuelve a tomar tu medicina; es obvio que la has dejado”.

“Por favor, Roberth, ya me disculpé por cómo te mandé a la mierda la vez pasada. No hagas que vuelva a hacerlo esta noche”.

“Si hago esto es porque te aprecio mucho, Darío, y tú lo sabes”.

“Deberías dejarme mi espacio, entonces”.

“Perfecto, me iré; pero solo quiero pedirte algo: termina de cerrar tu duelo de una vez por todas; tienes que dejarlo ir”.

“¿A Leandro?”

“No, al Darío autodestructivo, al Darío que nunca perdonó a su padre que lo haya rechazado por su esencia y que para disculparse le dio este edificio como herencia adelantada, al Darío que se refugia en sus bienes para comprar la lealtad, el cariño o hasta las caricias de otras personas, y las caricias no se venden por separado, Darío, sino que son parte de un paquete sin precio y sin caducidad”.

“Interesante, señor Peña, que a estas alturas de su vida llegue a esos niveles de filosofía. Debió aplicarlos cuando engañó a su entonces esposa con ese chico de dieciséis años que fue a su casa hace nueve años buscando refugio porque en la suya ya no daba para más”.

“estuvimos borrachos cuando lo hicimos, y me arrepentí de eso, Darío”.

“Claro, sí me acuerdo perfectamente: eyaculaste dentro de mí y entonces recordaste tu ética y tu moral. ¿Con qué autoridad vienes hablarme ahora, Roberth? ¿Con qué autoridad?”

“Tienes razón, si me anclo en ese solo evento podría no tener autoridad, pero decidí vivir y entender mi lección: no rogarle al mundo que me ame, sino amarme yo mismo para amar al mundo”.

“¿Me vienes a decir que no me enamore, acaso, Roberth? ¿Tanto te afectó tu separación que ahora tu mensaje es no creer en el amor?”

“Al contrario, Darío. Ahora creo en el amor más que antes, pero no un amor que se te asigna por obligación, porque así dice la sociedad que debe ser. Y ése fue mi error con mi entonces esposa: casarme por presión social, porque estaba mal visto que un hombre a mis treinta y cinco siga solo. Y las cagué. En ese momento, a ella le cagué la vida. No supe buscar ayuda y por eso cometí un  montón de errores. ¡ésos son los errores que te quiero evitar!”

“¿Ya no la amas, Rob?”

“Al contrario; aprendí a amarla de otra forma: como amiga, compañera, la madre de mis hijos. Quizás no como el amor de mi vida, pero si me pongo a verlo todo como si fuesen saldos, hemos ganado más que perdido”.

Darío está a punto de llorar:

“Mientras el mundo me trate como me trata, Rob, le daré al mundo lo que merece; y si en este mundo las caricias se venden por separado y las puedo comprar, será mi absoluto y jodido problema”.

Roberth mira con compasión a su joven amigo:

“Tienes mucha razón, señor Echenique: será tu absoluto y jodido problema”.

El fotógrafo siente que no tiene más que decir y se va del penthouse. Apenas cierra la puerta, Darío corre a su sofá, se tira boca abajo y se pone a llorar. Nuevamente tocan su timbre. Darío se levanta impulsivamente, va a la puerta, la abre de golpe.

“¡¿Y qué quieres ahora, carajo?!”

Roberth extiende sus brazos y rodea a Darío, quien se apoya en su hombro para seguir llorando.

“Ya basta”, ruega el supermodelo en medio del llanto. “Ya basta”.

Roberth lo abraza más fuerte mientras le da un beso en la sien.

 


lunes, 10 de octubre de 2022

El precio de Leandro 8.1: el primer catálogo


Tres semanas después, el catálogo de Lawrence’s se reparte a millón y medio de clientes en todo el país, cada uno portador de una o dos tarjetas de crédito que ofrece la tienda para compras al contado y cuotas (con una alta tasa de interés, dicho sea de paso), de los que las tres cuartas partes vive en la gran ciudad. La producción es de alta calidad, en páginas brillantes, con artículos que van desde electrodomésticos hasta paquetes turísticos, pasando por la ropa. Y ropa de todos los tipos: damas, caballeros, niños, formal, informal, deportiva, de baño, interior. La edición actual, además, incluye un pequeño reportaje al nuevo modelo de la línea: el futbolista Leandro Pérez.

“Ay, mira qué guapísimo se ve”, comenta la novia al novio cuando llegan a la recepción de la Torre Echenique, y Wílmer, el portero, les informa que tienen correspondencia.

“En persona tiene más ahí”, le bromea el novio cuando llegan a la página de ropa interior.

Ambos acaban de dar cuarenta y cinco minutos de trote matinal por un parque cercano, al que también ha acudido Darío. Hacía meses que no disfrutaba del bosquecillo, el trino de los pájaros, la mañana fresca, los rostros de otras personas que se levantan a las seis de un sábado de invierno para espantar la molicie. El supermodelo vuelve a encontrarse con los novios en la entrada de la Torre. Los saluda, saluda a Wílmer.

“Joven Darío, ha llegado correspondencia”.

Le alcanza el sobre: son tres copias del catálogo, una por ser cliente, otra por ser modelo y otra para los fines que el interesado crea convenientes. Darío revisa la publicación.

“Sales simpático”, le comenta la novia.

“Gracias”, sonríe humilde el muchacho.

“Y también sale Leandro”, agrega impertinente el novio, lo que le merece un codazo no tan disimulado de su compañera.

“Ya nos tenemos que ir”, disimula la novia. “Un gusto verte”.

Darío se despide sin advertir que sus vecinos del sexto piso van cuchicheando algo. ¿Le importará saber que es la novia recriminando el desatino del novio?

“Wílmer, ¿llegó el sobre del señor Pérez, del tres cero uno?”

“Sí, joven”, le dice el portero con alguna incomodidad. Busca entre los paquetes y, yendo contra la norma del edificio, que prohíbe dar cualquier correspondencia a quien no sea el destinatario, la encuentra y se la alcanza al solicitante, quien se lo agradece.

“Ah, ¿y el empleado que mi papá mandó?”

“Ya no vino, joven. Solo esos días”.

“Me informas el menor detalle”.

Darío va al ascensor ideando una nueva estratagema.

“Y creo saber dónde te duele más, so mierda”, se repite cual mantra.

 


Más tarde ese sábado, una visita inesperada llega a la vieja casa de barrio en el Distrito Norte. Leandro abre la puerta:

“¡¡Roberth, viejo!!”

Se abraza con su mentor y lo hace pasar. Se lo presenta a Adela, y rápidamente lo invitan a tomar desayuno. Algo sencillo, pero con calor de hogar.

“Ya me acordé de dónde lo conozco”, por fin suelta la dueña de casa tras examinar largos minutos al recién llegado. “Usted le tomó fotos a una prima mía que se casó hace diez años en una villa de Las Ciénagas”.

“¡Claro!”, recuerda Roberth. “eso fue antes que viaje a Nueva York”.

“Oe, má, ¿y la tía no dijo que se las hizo un fotógrafo mayorquino?”.

“¿No será neoyorquino?”, se ríe el artista.

“Bueno, eso”.

“Técnicamente no mintió. Seguro habrá entendido que yo no era del país, pero en realidad iba a perfeccionarme por allá”.

“No descarto que más que entender mal, haya querido entenderlo mal”, remata Leandro.

De pronto se escucha un auto estacionarse en la calle, aparentemente junto a la puerta.

“Ya, hijito”, llama la atención Adela, dulcemente. “Ya sabes cómo es tu tía”.

“Bueno, chico, la cosa es que tengo buenas noticias, y creo que tendrán que poner un pan más en la mesa”, anuncia Roberth.

“¿Cómo así?”, pregunta Leandro. Y justo entonces, tocan la puerta. Adela mira a su hijo con cierto temor, pero va. Ambos esperan que no se trate de…

“¡Rico, hijo! ¡A los tiempos!”, ríe Adela.

Leandro se para a saludar efusivamente y nota que su amigo trae un sobre cerrado en su mano.

“¿De qué se trata todo esto?”, le pregunta a Roberth.

“Si Mahoma no va a la montaña, Alá la manda en forma de aluvión”, le responde.

“¿Sabiduría musulmana?”

“No. Sabiduría de Roberth Peña, o sea, yo”.

Rico llega hasta la mesa abrazando a Adela, y carraspea irguiéndose:

“Correspondencia para el señor Leandro Pérez Barrios”.

Ceremoniosamente, se la entrega. El futbolista no sabe qué hacer.

“Ábrela, hijo”, pide Adela, quien sospecha que algo bueno hay en ese sobre.

Leandro por fin rompe como puede la lengüeta y salen dos catálogos. Se emociona. Sonríe a Roberth, Rico y su mamá.

“Página cuarenta y siete”, le indica el fotógrafo.

Leandro no sabe qué hacer otra vez.

“¡Hermano, que vayas a la página cuarenta y siete, por amor de Dios!”, le insta Rico.

Al fin, el futbolista pasa las hojas y sus ojos se ponen más brillantes que de costumbre.

“Un gol como modelo”, lee el titular en voz alta. “El nuevo rostro de nuestra Colección Primavera es el delantero del Club San Lázaro, Leandro Pérez Barrios, joven entusiasta de diecinue…”, no puede avanzar más porque las lágrimas de emoción brotan y contagian a su madre, y casi a sus amigos. “¿Cómo fue posible?”, le pregunta a Roberth.

“ A mí ni me mires; dime tú cómo fue que convenciste a los productores que te dieran una página completa”.

“¿No fuiste tú?”

“Nosotros sugerimos contenido, pero los productores aprueban qué sale y qué no, junto con los directores de marketing y de comercialización”.

“¿Y qué importa quién lo aprobó? Imagina la cantidad de gente que te ve, mucho más que Época Semanal”.

“Y algo más decente”, agrega Adela quien hojea el otro ejemplar.

El desayuno es lo más animado de esos días. Conversación, bromas, recuerdos, algo que energetiza más que el café, que alimenta más que el pan, que alegra más que la mermelada, que fortalece más que las claras de huevo. Cuando al fin acaban todo, Roberth, quien ha estado muy intranquilo mirando su celular, toma la palabra:

“Bueno, hijo, no es la única sorpresa de hoy”.

“¿Hay más?”, pregunta Leandro.

De pronto, el teléfono del joven comienza a sonar. Al mirar la pantalla, nota que es un número desconocido. Mira a Roberth.

“¡Contesta sin miedo!”, le anima el fotógrafo.

Leandro pide disculpas, se levanta de la mesa y camina hasta los muebles de la sala; se sienta.

“¿Aló?”

“Buenos días. ¿Es Leandro Pérez?”

Un momento. Esa voz es desconocida, o al menos no es quien sospecha.

“Sí, él habla”.

“¿Cómo estás? Qué gusto. Mi nombre es Alberto Madero, soy director creativo de Sparking Advertising, aquí en el Distrito Centro Sur. Mira, no sé si te llamo en mal momento, pero me gustaría reunirme contigo”.

“¿Conmigo? Sí, dejé las fotos hace casi un mes”.

“Ehhh, sí. Perdóname por no responderte a tiempo, Leandro, pero estuve fuera por trabajo y varias cosas; pero el motivo de esta llamada es otro: ¿te gustaría conversar conmigo, aquí en mi oficina? Quiero ver si podemos hacer negocios”.

Adela tiene un ojo en Rico, otro en Leandro, el primero en Roberth y otro en Leandro. Se asusta cuando ve que su hijo salta y da un grito de emoción.

“¿Qué pasó?”, pregunta alarmada.

“¡Tengo una entrevista de trabajo, carajo!”

“¡Leo, esa boca!”, advierte Adela al borde del llanto.

Roberth y Rico se acercan a saludarlo.

“Esta vez sí fuiste tú, ¿cierto?”, le dice al oído al fotógrafo al abrazarlo.

“Tampoco”, le niega. “Creo que fuiste tú esta vez”.

Cuando Leandro y Adela recogen la mesa y van juntos a la cocina, Rico y Roberth se quedan sentados.

“Si no le dices que fuiste tú, creerá que todo fue influencia de Darío”, le advierte el otro joven.

“Regresó a su casa de toda la vida, Ricardo; es un gran logro siendo Leandro”. Mas bien cómo va lo tuyo”.

“Ya tengo tres chicos reclutados. Mas bien, ¿cuándo hacemos las sesiones?”

  

martes, 4 de octubre de 2022

El precio de Leandro 7.1: No me lo reclames


En el Estadio Municipal se enfrentan el Boys FC y el San Lázaro, que ahora luce el logotipo de la Corporación Echenique en el uniforme. No es un partido fácil, y aunque Leandro y Genaro, uno de sus compañeros, se esfuerzan por driblear tanto como pueden, la marca sobre ellos es férrea. En la tribuna preferencial, si se le puede llamar así, dos varones están atentos a los movimientos del jugador Pérez. Uno de ellos porta una cámara con un buen teleobjetivo y no deja de tomar fotos del futbolista. El otro se da cuenta que unas bancas más arriba, una mujer se desgañita aupando al mismo talento, y no solo eso: hasta le manda besos.

“Vieja ridícula”, comenta Darío.

“Fanaticada”, le apunta Roberth mientras trata de capturar otra imagen de Leandro. “Tú mejor que nadie deberías estar acostumbrado”.

“¡Sigue, Leandro, mi amor”, grita la mujer cuarentona, teñida de rubio y con algo de maquillaje recargado. De pronto, Leandro recibe un pase y acelera intentando superar la marca, hasta que viendo el final del camino, conecta un taponazo.

“¡¡Gooolllllll!!!”, se pone de pie la hinchada albiverde. “¡¡Arriba san Lázaro!!”

“¡¡¡Viva Leandro, mi amor!!!”, no deja de gritar aquella mujer y Darío comienza a molestarse.

 


El partido termina pobremente con un uno a cero a favor del San Lázaro, y sus compañeros lo alzan en hombros apenas se da el pitazo final. Darío y Roberth bajan las gradas hasta la pista atlética para darle alcance al crack, quien los ve, les sonrríe, y una vez que toca tierra, va corriendo a su encuentro. Pero cuando está a punto de alcanzarlos, la mujer que lo vitoreaba se interpone a toda velocidad, se cuelga del cuello del deportista y le da un evidente beso en los labios. Roberth mira la furia creciente de Darío y le pone un brazo sobre sus pectorales.

“No, hijo. Aquí no”.

“Déjame, por favor”, gruñe el supermodelo y avanza hasta donde Leandro se detuvo. La mujer no deja de besarlo y el muchacho intenta despegarse viendo con temor cómo se acerca el otro chico.

“Mi amor, fuiste el mejor”, le dice una y otra vez ella.

“Felicitaciones, Pérez”, lanza Darío parado junto a los dos, manos en la cintura.

“Darío, no es lo que parece”, reacciona Leandro, asustado.

La mujer mira al modelo y se turba:

“¿él conoce a mi marido?”

“¡Claro que lo conozco!”, estalla Darío.  “El delincuente que desfalcó el Proyecto Cañadas y que, obviamente, tiene una puta por mujer”.

La aludida se molesta y camina hacia el galán con la intención de darle una bofetada que él contiene.

“¿Quién te crees que eres, mocoso?”

“Soy Darío Echenique. ¿Te suena ese nombre, puta?”

La mujer retrocede, lo mira con rabia, mira a Leandro,se enfurece.

“Entonces es verdad. ¡Entonces es verdad! ¡¡Par de maricones!!”

La mujer se aleja pasándose el dorso del antebrazo por la boca, el que queda teñido del lápiz labial rojo.

“Darío”, trata de adelantarse Leandro con cierto disimulo y vergüenza.

“No me digas nada”, le dice el supermodelo, se da media vuelta y sale del campo.

Roberth lanza una mirada compasiva al futbolista.

 


El fotógrafo sabe que el único lugar donde puede estar el supermodelo es escuchando música clásicadentro de su auto, en el estacionamiento del Estadio, y no se equivoca. Llega hasta ahí y abre la puerta del copiloto.

“Leandro ya viene. Ha terminado de ducharse, va a vestirse y nos da alcance”, informa.

“¿Y estaba en plena guerra de espadas o tal vez en pleno gangbang?”, ironiza Darío.

“¡Ya, suficiente papelón por hoy! Eso que le hiciste en la cancha fue algo realmente estúpido. Yo entiendo lo que pasa entreambos, pero, ¿qué necesidad había de exponerlo?”

“¿Roberth, acaso no viste lo que yo bi?”

“¡Claro que lo vi, Darío, y es parte de ser una figura pública, carajo! ¿Acaso a ti las chicas no te meten la mano al culo y quién te dice nada?”

“Por favor, Rob, es diferente: yo no ando ofreciéndome a todo el mundo como en feria. Ahí sí no te voy a dar la razón”.

“Pero eso no justifica la escenita que le hiciste, ¿no entiendes? No lo has beneficiado en absoluto, Darío; todo lo contrario”.

“Ay, claro, ahora Darío está mal y el resto está bien, Darío es una loca histérica sin control de sus emociones, Darío es un gay celoso de todo el mundo”.

“Pues sí, Darío; eres todo eso”.

“¿Sabes qué, Rob? Vete a tu misma mierda”.

El fotógrafo lo mira serio, coge su maletín que está en el asiento posterior, abre la puerta y sale.

“¿A dónde crees que vas?”, reclama Darío.

“A mi misma mierda, señor Echenique; pero no en esta porquería de auto”.

Roberth cierra la puerta con cierta fuerza y en su camino se cruza con Leandro, quien nota la expresión.

“¿Sigue molesto?”, consulta el futbolista.

“Está listo para el auto de fe”, le alcanza a decir el fotógrafo mientras se va a tranco largo de ahí.

Leandro se aproxima al vehículo de Darío preguntándose en qué marca viene el auto de fé, o a lo mejor será algún vehículo parroquial o de alguna congregación mística. Al llegar a la puerta del copiloto, se da cuenta que Dios allí no está.

“Ya vine”, dice una vez que se sienta.

“¿Ya terminó la orgía?”, pregunta con seca ironía el supermodelo.

Leandro comienza a entender que un auto de fe es incómodo y doloroso.

“¿Se puede saber qué mierda tienes, Darío?”

“¡Ah no! ¡Pero esto sí que es una conspiración! ¿Ahora todo el mundo quiere hacerme pasar por loco? ¿Acaso no vi lo que vi en esa cancha?”

“Es solo una admiradora”, aclara –mas bien, miente—Leandro con voz más baja y pausada.

“¿Desde cuándo le metes pinga, ah, Leo?”

“¿Y esto qué significa, Darío? ¿A qué se debe este reclamo?”

“Solo quiero saber desde cuándo te la llevas a la cama, Leandro. Será todo lo admiradora que quieras pero esa reacción no es normal. ¡Yo también tengo admiradoras y no me hacen lo que a ti, carajo!”

“¿Me estás haciendo una escena de celos, Darío? Oye…. Déjame recordarte algo: no te niego que me encanta irme a la cama contigo, pero quedamos claro que eso no significa nada en especial; solo tiramos y ya”.

Darío voltea a ver a Leandro; tiene los ojos llorosos:

“¿Después de todo lo que he hecho por ti?”

Nuevamente, Leandro está en jaque, o aparentemente en jaque.

“Darío, perdóname, pero yo nunca te pedí que hicieras todo lo que has hecho por mí. Es cierto que te pedí una oportunidad y me la diste, y es cierto que estoy en deuda contigo; pero yo solo esperaba un empujón, no que prácticamente manejaras mi vida. No digo que soy malagradecido, pero todo esto ya me sobrepasa”.

Darío suelta la lágrima:

“Yo solo quiero que seas feliz, y que seas feliz conmigo”.

“Y lo soy, Darío; pero también necesito mi espacio y necesito conseguir algunas cosas por mi cuenta”.

“¿Qué te ofrece ella?”

“Ay, Dios. No se trata de ella, ni se trata de nadie. Quiero que me entiendas que se trata de un poco de… dignidad”.

“Yo te doy tu espacio, Leo”.

“Pero un espacio en el que tú siempre estás presente. Hablemos de esa mujer. ¿en qué momento me he ido a la cama con ella si todo el día prácticamente paro contigo?”

“¿Fue cuando me fui de viaje?”

“Darío, mamá está enferma, sabes que no me puedo despegar de ella y no cuento con Cintia todo el día. Prácticamente tú y yo hemos hecho el amor en sus narices estas noches”.

Es hora de que el futbolista mueva su peón.

“Escúchame bien, Darío: mi equipo, el San Lázaro, cuya ayuda te agradece, acaba de ganar otro partido y quiere celebrar. Yo también quiero celebrar, y me gustaría que vengas a celebrar con nosotros. Pero… si vas a ponerte en el plan de echarme en cara lo que me diste o lo que me darás, creo que esto ya no tiene sentido”.

El supermodelo se voltea a mirarlo abriendo los ojos con temor.

“Sabes que mi meta es ser un gran modelo, quizás no como tú”, prosigue Leandro, “pero al menos abrirme paso, y ser un gran futbolista, y, por qué no, ser un gran profesional, porque si algo aprendí de estar en tu mundo es que si no tengo una puta profesión, no soy nadie. Y voy a ponerme a estudiar. Pero creo que lo haré como siempre lo hice desde que comencé a ganarme la vida: por mi cuenta, solo, sin nadie”.

“Leo, yo…”

“Darío, yo te dejé claro: amigos, compañeros, amantes; no pareja. ¿Sabes lo que me preguntaron en camerinos? Que si somos pareja”.

“¿Se los negaste?”

“Uy, no para nada; les dije que nos vamos a casar”, ironiza el futvbolista. “¡Claro que se los negué! Pero si tú no me proteges, si no te proteges, ¿qué crees que pensará la gente de nosotros?”

“No tiene que importarte la gente, Leandro”.

“A ti que lo tienes todo, quizás no; pero a mí que me falta todo, y que prácticamente dependo de ti, sí me importa”.

Darío, aún lloroso, comienza a hiperventilarse… y estalla:

“¿entonces sabes qué? ¡Vete a celebrar con los putos de tus compañeros! ¡Mételes verga, que te metan verga! ¡Anda! ¿Qué esperas?”

Leandro pone la mano en la palanca de la puerta, y vuelve a pausar su voz:

“Claro que iré, e iré a comerme esos culitos redondos y duritos que tienen mis compañeros, los sopearé, los haré míos, y se los llenaré de leche hasta quedar rendido, ¿me entendiste?”

Cuando Darío reacciona, Leandro ya ha abierto la puerta y cerrado de un fuerte golpe. Comienza a llamarlo en voz alta. No responde. Frustrado, el supermodelo golpea el volante (y activa el claxon por casualidad) y se reclina a llorar sobre él. Otro jaque mate.

  

miércoles, 28 de septiembre de 2022

el precio de Leandro 6.3: Sexo no simulado


Leandro estuvo a las seis de la mañana del día siguiente en una esquina de la Torre esperando a Rico. Una hora después, ambos estaban pasando por maquillaje ya en la locación, una casa de campo camino a la sierra. La sinopsis del videoclip no es nada del otro mundo: una mujer tiene su pareja oficial pero sueña con otro hombre al que idealiza, y ése sería el papel de Leandro. La primera escena que le tocó rodar fue harto incómoda porque debía estar acostado encima de la cantante sobre el frío suelo del porche y porque no solo estaba siendo vigilado por Roberth y Rico, sino por dos asistentes, una maquilladora y un productor. La tortura duró cerca de media hora. La segunda escena que le tocó grabar se hizo en la vieja bañera de la casa, más llena de espuma que de agua. Todo lo que tenía que hacer es estar sumergido y sentado detrás de la cantante ocultando su cara de la cámara bajo el pretexto que le besaba el cuello. Por lo reducido del espacio, solo estaba Roberth haciendo correr la cámara sobre un trípode-dolly que iba suavemente entre un lado y otro.

“¡Corten! ¡Queda!”, grita el fotógrafo. “Esperen que retiremos un poco de aparatos para que puedan salir”, instruye al talento metido en la bañera.

Un asistente entra y ayuda a desmontar la cámara y el trípode, llevándoselo en menos de cinco minutos; entonces otra asistente entra con una toalla para ayudar a que Luna Estrella salga del agua con espuma.

“Rica escena”, le alcanza a susurrar a Leandro, quien se sonroja al máximo.

La cantante sale del agua cubierta en la toalla y se retira. De inmediato Roberth entra con otra toalla para lograr la salida de Leandro.

“Yo sé que el agua está rica, pero no pensarás quedarte allí todo el día”, reta el fotógrafo.

“¿No está viniendo nadie más?”, pregunta el muchacho evidentemente incómodo.

“No. ¿Necesitas que venga alguien?”

“¡No! ¡Ni cagando!”

Al levantarse Leandro, Roberth entiende la tensión: el modelo se ha excitado mucho. Cosas de novatos, piensa.

 


La última escena es la más desafiante para el equipo. Luna rettoza con su novio real, encarnado por Rico, y cuando acaba con éste, comienza a hacerlo con su novio de fantasía, encarnado por Leandro. Los tres más Roberth están en uno de los dormitorios, el más grande, junto a una cama de cromo forjado. El tamaño del lecho hace que el futbolista recuerde inevitablemente la del penthouse. Tras el enésimo retoque de maquillaje, Roberth explica la coreografía y adelanta que lo hará desde diferentes ángulos, por lo que se tendrá que repetir la acción muchas veces, de tal modo que haya suficiente material para las dos versiones: una sutilmente erótica en la que se lucirá más el rostro de la cantante, y otro más softcore con muchos desnudos y escenas de sexo simulado.

“¡Acción!”, ordena Roberth, y Rico comienza a moverse sensualmente sobre Luna, quien finge (en teoría) disfrutar el acto. Leandro espera totalmente desnudo a espaldas del fotógrafo. “¡Cambio!” Rico libera a Luna y Leandro camina hasta el borde de la cama, para acostarse sobre la mujer y moverse con más vigor, a lo que ella responde con mayor entusiasmo. Al lado de ambos, el personaje de Rico duerme plácidamente.

“Corten, voy a tomar otro ángulo”, indica Roberth.

Leandro deja de cimbrarse. El roce y el movimiento le han vuelto a jugar otra mala pasada.

“Discúlpame, no tengo experiencia en esto”, susurra.

“No me importa”, sonríe pícaramente Luna. “Sé cómo arreglarlo”.

La cantante hace un raro meneo de caderas y Leandro siente que toda su masculinidad está ingresando de verdad en las entrañas bajo su piel.

“Házmelo rico”, le dice al oído, jadeando.

“Vamos y… ¡acción!”, vuelve a ordenar Roberth.

Leandro se olvida de cualquier pudor y deja de actuar para la cámara. No se detendrá hasta que el clímax se lo marque antes que las órdenes del director.

 

A las seis de la tarde, los dos modelos regresan a la ciudad. En el horizonte no se ve ningún sol que se oculte.

“Las recontracagué”, se repite Leandro tras contar por tercera vez lo que pasó durante el rodaje.

“¡Bah! No te hagas tanto problema. Ella misma te lo permitió”, le tranquiliza Rico.

“Huevón, ni siquiera tenía un puto forro, Suponte que quede preñada y la canción”.

“¿Y crees que ella se dejará preñar así de fácil? Esta noche se tomará una de esas píldoras de emergencia y asunto arreglado. Además, Rob no te llamó la atención, ¿o sí?”

Leandro niega con la cabeza.

“Míralo del lado positivo: mañana tenemos un jugoso cheque que recoger y cobrar”.

  

martes, 27 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 6.2: Necesito mi espacio


Y no tardará mucho en confirmarlo. Aprovechando la visita de Cintia a su madre, Leandro sube al penthouse, y en un par de minutos termina desnudo junto a Darío, a quien le levanta vigorosamente las piernas para estimularlo allá atrás, y cuando lo consigue se pone de rodillas para concretar la cópula. Lo siguiente será moverse como él sabe hacerlo, ni tan despacio que no se sienta, ni tan rudo que hiera. Minutos después, Darío se pone en cuatro patas y continúa todo el proceso, chasqueo de nalgas incluído.

“Me vengo”, suspira Leandro excitado.

“Afuera, Leo, afuera”.

El futbolista ruge y el supermodelo siente un cálido fluído  llenando el medio de su espalda.

 


Minutos después, Leandro tiene la mirada perdida en el cielo raso del dormitorio, tendido sobre la enorme cama, aún desnudo, cuando Darío sale del baño y regresa a acostarse encima suyo, dándole otro beso en la boca.

“Espero que te hayas lavado bien”, le sonríe el futbolista.

“Ay, no jodas; es tu leche”.

Leandro ríe, Darío lo besa otra vez.

“¿Cómo quedó tu mami?”

“Más tranquila”.

“esperemos que se recupere entonces para darle otra buena noticia”.

“¿Otra?”, Leandro se inquieta. “¿Y qué será esta vez?”

“Sorpresa, sorpresa”, sonríe Darío.

“Ay Dios, alguien morirá de un infarto a este paso”.

“¡Oye! Tu mamá sufre de presión baja, no de hipertensión”.

“No hablo de mi vieja; hablo de mí”.

Darío ríe y besa de nuevo a Leandro:

“Tranquilo, tontito; es algo que tiene que ver con empleo, un nuevo empleo para tu mami”.

Leandro suspira un poco incómodo:

“Darío, sabes que mamá no está para una chamba de ocho horas”.

“Lo sé… Déjalo por mi cuenta; confía en mí”.

A Leandro este pedido lo inquieta más, pero será mejor no contradecir a su benefactor. O quizás sí:

“Oye, Darío, y entre tus sorpresas, ¿habrá un tatuaje étnico para un chico hermoso con el que eres más que amigo pero no es tu novio?”

Darío se pone algo serio:

“Ni loco te harás un tatuaje de nada, Leandro Pérez. Y pobre de ti que aproveches mi ausencia para contradecirme”.

Efectivamente, esa medianoche, Darío se ausenta de la ciudad por trabajo. Una sesión de fotos que tiene que hacer por un par de días, dos países más allá como parte de una de las firmas que representa.

 


¿Leandro debía tomar esa conversación como un simple aviso o como una advertencia real?

“¿Ni siquiera un tatuaje, Leo?”, pregunta Rico.

El futbolista asiente con cierta vergüenza. Está subido en una escalera sosteniendo el extremo de una línea compuesta por pequeños reflectores LED; del otro lado, en otra escalera, Roberth trata de fijar a al techo el extremo sobrante. Aprovechando la ausencia de Darío y el día de descanso en los entrenamientos del San Lázaro, Leandro aterrizó por la casa de su amigo y se encontró con que estaba en pleno mantenimiento; y toda ayuda es siempre bienvenida.

“Hermano, te dije que tú debías tener el control”, recuerda Rico.

“Darío es más absorbente que pañal para bebés”, remata Roberth sin apartar la vista del techo.

“Créanme que me tomó por sorpresa: una cosa tras otra y otra cosa tras otra”, arguye Leandro.

“Y ttú le fuíste permitiendo una cosa tras otra y otra cosa tras otra, hijo”, le dice Roberth mirándolo a los ojos y poniendo pausa al trabajo de atornillar. “Si a la persona no le pones límites, la persona creerá que puede tomar decisiones por ti, y eso no fue lo que te aconsejé, ¿o sí?”

Leandro enmudece y Roberth regresa al trabajo de instalación.

“Y ahora te está agarrando por tu punto débil: tu mamá”, agrega Rico.

“Leandro parece tener más puntos débiles de los que aparenta”, opina Roberth. “Cree tenerlo todo bajo control pero siempre termina dependiendo de alguien”.

“Eso no es cierto”, se defiende el aludido. “Yo puedo abrirme paso por mi cuenta tranquilamente”.

“Entonces, renuncia a todo lo que Darío te da y lucha por abrirte paso”, desafía Roberth.

Todos guardan silencio; el único sonido que se oye es el destornillador rozando el metal; quizás el tráfico que se cuela desde la calle.

“¿Y si lo pierdo todo?”, al fin se sincera el futbolista.

Roberth baja de la escalera y la mueve junto a la de Leandro:

“Es uno de los riesgos que tienes que tomar, hijo”.

Ahora el fotógrafo atornilla la línea justo entre las manos del dubitativo joven.

“Si no luchas, Leo, nunca sabrás de lo que eres capaz”.

“Rico, si mi madre tuviera independencia económica, créeme que emprendería como tú; pero mi problema es que…”

“Tu problema es que desconfías de tu potencial, Leandro”, le dice el fotógrafo, literalmente, en sus propias narices. ; lo de tu mamá se entiende, pero es una justificación. No la uses como escudo, úsala como inspiración para salir adelante”.

Roberth termina de atornillar el otro extremo, guarda sus herramientas y palmea suavemente la mejilla del muchacho; le sonríe con mucho cariño.

“A ver, Rico, sube la llave de la luz”.

El otro muchacho va presuroso a la cocina.

“¿Qué tienes que hacer mañana todo el día?”, baja la voz el fotógrafo.

“Entrenamiento por la mañana; por la tarde, nada”.

“¿Sabes quién es Luna Estrella?”

“¿No es la cantante de música tropical a la que siempre le inventan romances y esas cosas?”

“Bueno, no son totalmente inventados, pero no viene al caso. Para mañana está previsto que ella grabe un videoclip y más temprano me llamaron porque el modelo que iba a aparecer desertó. Si no tienes problemas en hacer desnudos, el puesto está vacante”.

Leandro duda unos segundos:

“¿Pagan bien?”

“Para ti que estás comenzando, pagan muy bien. Yo dirigiré el video, si eso te preocupa”.

Rico reingresa a la sala. Roberth baja de la escalera y pide a un dubitativo Leandro que también lo haga:

“Baja de una vez, Leandro, o solo brillarás electrocutado”.

Camina hasta el interruptor y lo enciende. El juego de luces LED ha creado una nueva atmósfera para la casa abandonada. Rico se queda maravillado.

“Anda prepárate que quiero hacer unas tomas para calibrarlas”, pide Roberth.

Rico desaparece de la sala.

“¿Por qué no él?”, consulta Leandro.

“Serán dos modelos, en realidad. Rico es uno, el otro es el que falta; tú serías el indicado”.

“¿Se me tiene que ver la cara?”

“Darío no se enterará que participaste en esa producción”, Roberth guiña un ojo.

Rico entra por segunda vez a la sala totalmente en pelotas:

“¡Ya estoy listo!”

Roberth va a tomar su cámara y a colocar al talento en su marca, cuando oyen el timbre de un celular: el de Leandro.

“Disculpen”, dice tomando el aparato, viendo la pantalla y moviéndose a una esquina. “”Hola Darío”, saluda no tan bajo.

Roberth levanta una ceja; Rico tiene sentimientos encontrados.

  

martes, 13 de septiembre de 2022

el precio de Leandro 5.2: Posando para el catálogo


Al mediodía de un par de días después, en un hotel ni de tan mala muerte pero tampoco de tan buena reputación en el centro de la ciudad, Leandro mueve frenéticamente su pelvis entre las piernas de una mujer en sus cuarentas, quien gime lo menos discretamente posible, tratando de aprisionar la suave espalda de su amante y el momento que se acaba. De cuando en cuando, Leandro mira el celular que está en la mesa de noche. ¿A qué hora piensa sonar el bendito aparato? ¿Lo habrá programado bien? Está cansado luego de una jornada de entrenamiento, pero la situación no está para despreciar un ingreso extra, menos el de esa mañana, así que caballero nomás. Entonces, lo esperado inesperado sucede: el teléfono suena, pero no con la alarma usual sino con el timbre de llamada entrante. Leandro nota que es el suyo. Sabe que lo peor en ese momento es interrumpir la acción para contestar, pero ya le habían advertido que esté pendiente. ¡Carajo! ¿Y si fuese esa llamada? Por supuesto, también podría pasar que no fuese nada. Retoma la concentración en tanto el timbre cesa, aunque tampoco lo motivan los gemidos de la señora. Son doscientos, se repite; son doscientos que ya están en su billetera, así que a seguir con el meneo. De pronto, el celular suena otra vez. Llamada entrante. Leandro no aguanta más y lo interrumpe todo.

“Discúlpame un momento”, pide a su clienta, se pone de pie y agarra el rectángulo de cristal líquido: número desconocido.

“¿Quién es?”, pregunta la mujer, algo azorada.

“No sé”, advierte Leandro. “Solo quiero que guardes silencio”.

“¿Mi marido, acaso?”

Leandro se lleva el índice a los labios y le da al ícono de contestar:

“¿Diga?”

“¡Hola, Leandro! Te saluda Roberth Peña”.

El muchacho se aturde:

“Ho-ho-hola, eh-eh”.

“¿Estás ocupado?”

“No-no, para nada. Dígame”.

“Vente volando a mi estudio. No importa en qué parte de la ciudad estés: yo pago tu taxi, pero vente volando”.

 


Lawrence’s
es una enorme tienda por departamentos con varios locales a lo largo del país. A pesar de su cuarto siglo de existencia en mercado nacional, ha sabido mantener el sentido de novedad, incluso cuando algún cliente perspicaz ha notado que sus prendas no son importadas como asegura su publicidad sino mandadas a confeccionar a uno de los emporios empresariales locales. Obviamente, eso significa altas ganancias con bajísimos costos de producción; sin embargo, cuando el estatus es la norma de cualquier sociedad, ¿qué importa de dónde venga? Lo que importa es cómo cambie la visión que tiene el resto acerca de ti.

 


Leandro lo intuye, así que parte del guardarropa en su casa tiene el ssello de la tienda; aunque, no todo adquirido directamente por él. Sin embargo, la experiencia de estar allí entre varios y varias modelos va más allá del estatus. Y no solo modelos; también maquilladores, estilistas, vestuaristas, asistentes… es la maratónica jornada cuando se produce el catálogo de temporada para Lawrences’s. Porque si algo es seguro en la gran ciudad es que si un rito, especialmente del fin de semana, es, al menos, pasear por los cuatro niveles de la tienda, el otro es el catálogo. Muchas personas lo coleccionan incluso cual enciclopedia por el desfile de color, variedad y caras conocidas: cantantes, actores, deportistas. Salir en el catálogo de Lawrence’s, en términos del mundo del modelaje, es uno de los privilegios que nadie podrá borrar de tu hoja de vida. Y Leandro es uno de esos privilegiados.

“¿Ya estás listo?”, Roberth le topa el hombro.

“Creo que sí”, responde el muchacho sin ocultar sus nervios.

“Solo se tú mismo”, aconseja el fotógrafo. “Recuerda que tú sabes cómo brillar”.

Roberth da un paso para irse a coordinar otros detalles cuando Leandro lo ataja, como si estuviera marcando a un jugador rival en la cancha:

“Quería agradecerte… Nunca sabré cómo pagarte”.

“No hay nada que agradecer; gracias por aceptar, mas bien”, sella Peña.

Mientras Roberth va a tomar su ubicación, Leandro mira cómo preparan a Darío del otro lado del estudio. No le cuesta trabajo encontrar su mirada. Ambos se sonríen. 

lunes, 12 de septiembre de 2022

El precio de Leandro 5.1: el interés de Darío


Ese martes por la mañana, Darío se dedica a ordenar una casa que no es la suya, ni la de Leandro; la de Roberth. Todo es un tiradero donde hay ropa, papeles, unas botellas de cerveza, algunos preservativos usados.

“No cambias en absoluto”, comenta el modelo.

Del otro lado, Roberth está sentado frente a su computadora procesando las fotografías de Leandro.

“Si estás haciendo todo esto para bloquear la carrera de tu nuevo romeo, pierdes tu tiempo”, advierte el fotógrafo. “Tú tampoco has cambiado en absoluto”.

“No, para nada; además ahora es diferente”.

“Sí, como también fue diferente la vez anterior, la vez anterior, la vez anterior y la otra vez anterior”.

“No me ayudas mucho, Roberth”, reclama Darío con tranquilidad. “Además, sabemos que Aníbal es un drogadicto, Carlos es un vividor, Pepe es un delincuente y Rico es un puto. Ni siquiera sabía de dónde venían. Leandro no es igual, no luce igual”.

“Tú sabías que Aníbal fumaba hasta césped seco, que Carlos ya tenía lista de clientes, Pepe es tan delincuente que ahora trabaja para tu viejo y, que yo recuerde, Rico te había dejado en claro que lo suyo era lo porno pero aún así tiene negocios contigo, y no te olvides de Elías”, continúa Roberth mirando la pantalla de la computadora. “Por lo demás, coincidimos en que Leandro parece tener otro aura”.

“Elías nunca quiso ser modelo y ni lo menciones que me recuerda al estúpido de Madero”, refunffuña Darío. “definitivamente, Leandro es diferente y su madre es un amor”.

Roberth deja de ver el monitor y voltea a observar a Darío como si tuviese un resorte en la nuca:

“¿Qué tratas de decir?”

“Que conocí a la mamá de Leandro; ayer estuve en su casa”.

“¿Que hiciste qué, Darío? Ay, Dios. Sí has cambiado… para peor”.

Darío se justifica:

“Es que pensé que ese chico me estaba engañando, Rob.”

“¿Y para eso tenías que hacerle visita domiciliaria?” Roberth regresa a mover el ratón y balancear una sombra en una de las fotos de Leandro.

“El caso es que me dijo la verdad sobre él y sí merece que lo ayude”.

“Le produjiste su sesión de fotos, Darío, y el producto se vende solo; deja que ahora él la luche”.

“Hay mucha competencia, Roberth. Una cosa es tener contactos por todo sitio, otra cosa es empezar de cero”.

“Bueno, es tu tiempo, tu plata y tu esfuerzo. Solo te voy a aconsejar lo mismo que te he aconsejado en otras ocasiones, y que te lo dije delante de Leandro: deja que tome sus propias decisiones, no interfieras; dale el impulso pero deja que él decida cuán alto quiere llegar. No le des el pescado; enséñale a pescar”.

“eso lo tengo claro, Rob”.

El fotógrafo sigue moviendo el puntero en la pantalla de la computadora, y probando variaciones cromáticas.

“Solo te voy a pedir un favor adicional, Rob: ya sé que tú serás el director del nuevo catálogo de Lawrence’s, así que…”

El fotógrafo vuelve a ver fijamente los ojos del modelo. No es difícil adivinar la intención.