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domingo, 29 de enero de 2023

Gozando nuestros culos en simultáneo

Si su cuerpazo ya me había sorprendido, me sorprendió mucho más la pose que hicimos para disfrutar de nuestros anos.

 


Hola. De nuevo soy Gonzalo. Con esto de las protestas, la empresa para la que trabajo ya no nos está enviando al sur ni a la selva del Perú, así que ha decidido reforzar la chamba en el norte.

Mis jefes me comisionaron para ver unas vainas y yo acepté gustoso. Con un poco de suerte, podría darme un salto a esa playa solitaria, si seguía solitaria, para estar un rato cachando a ese pescador que conocí la vez anterior.

Lo primero que hice fue mensajearlo. Al responder me dijo que esos días estaba en alta mar, en plena faena, y que era complicado que nos reunamos. Ni modo, dije. No tiene sentido ir a la playa. Encima, llegando a Piura, mis jefes me escribieron que esté atento porque deseaban cerrar negocios con un cliente, así que no podía moverme de la ciudad. Y tal cliente no tardó en aparecer. Me llamó al celular y me pidió que me reúna con él.

Como para mí el calor acá está fuerte, me puse una camisa delgada y un pantalón delgado muy fresco. Me presenté a la oficina del cliente: un pata casi de mi edad, guapo, en una oficina muy ventilada y vestido en polo. Me recibió.

Cuando se levantó para saludarme, me percaté que vestía una bermuda. Mi ojo clínico al toque se dio cuenta que el pata tiraba su gym.

Hablamos del negocio, llegamos a buen trato; me ofreció celebrarlo:

“Te invito a comer a mi casa”, me dijo.

Como supondrán, yo no podía negarme porque acabábamos de cerrar parte de un trato. Así que me subí a su camioneta. Allí dentro pude confirmar que sus brazos y piernas eran puro gym. Lo mismo su torso. No pregunté. Cuando entrenas también, desarrollas un ojo clínico. Procuré ser discreto y comenzamos a hablar de otras huevadas.

Conforme avanzamos, me di cuenta que salíamos de la ciudad. En cuestión de media hora, o más, llegamos como a un fundo lleno de algarrobos. Y, escondida entre ellos, una linda casa con su jardín. Bajamos.

La sombra de los árboles atenuaron el calor un poco a la vez que refrescaban el aire. De más está decir que me sentía complacido respirando aire puro. El pata regresó:

“Mira, van a demorarse una media hora en traer el almuerzo… ¿estás apurado?”

“No”, le respondí. “Para nada”.

“Mostro”, me dijo. Se fue por ahí hablando por su celular.

Si hubiese estado solo, hacía rato que me hubiese calateado y recorrido ese fundo a mis anchas, pero… era solo un invitado.

El pata regresó:

“Adelante, por favor. ¿Quieres tomarte algo helado mientras nos traen la comida?”

“Claro, por qué no”.

Dentro de su sala hacía un poco de calor, hasta que viendo a la mampara del fondo creí notar algo parecido a una piscina o una fuente. Asumo que el pata se dio cuenta.

“¿Quieres darte un chapuzón?”, me dijo.

Yo me avergoncé un poco.

“No traje ropa de baño”, me justifiqué.

“Yo menos”, dijo el pata. “¿Si quieres, báñate calato”.

“Pero, ¿y tu familia?”

“Mi esposa está trabajando en Piura, mis hijos están en vacaciones útiles, esto solo lo ocupamos los fines de semana… salvo que te paltee estar calato; entonces, lo entendería”.

“No… no me paltea estar calato en una piscina”.

No quise ser majadero. Levanté mi culo de ese sofá y seguí al pata. Por cierto, tiene un hermoso culo, o al menos eso traslucía la bermuda que se puso.

Abrió la mampara. No era una piscina propiamente dicha, pero esa agua cristalina que brillaba al sol no podía desaprovecharse. Me quité mi camisa, mis zapatos frescos, mi pantalón y mi bóxer. Me metí al agua: estaba tibia.

La fuente no era profunda. Me senté y solo me cubría hasta el pecho. Qué rico sentir el agua cubriendo mi cuerpo desnudo. Cerré los ojos. Disfruté el momento.

“Tu trago”, me dijo el pata sacándome de mi meditación.

Estaba calato también. No me había equivocado: su cuerpo era puro músculo magro, bien esculpido en el gym con ese tono trigueño oscuro que resaltaba sus formas. Su pene parecía normal. Su vello púbico parecía recortado. Era más lampiño que otra cosa.

Se metió a la fuente junto a mí. Chocamos los vasos.

“Por el inicio de una fructífera relación… de negocios”.

“Porque todo salga bien… en los negocios, quiero decir”, respondí sonriendo.

Me preguntó qué me parecía la jato; le dije que bravaza.

“Vas al gym, ¿no?”, me lanzó.

“Sí”, le respondí extrañado. “Tú… también, ¿no?”

“Sí… algo”.

“Tienes un cculazo... ¡perdón! Un cuerpa…”

El pata se carcajeó. Yo me arroché más.

“No eres el primer pata que me lo dice”, me tranquilizó palmeándome el hombro. “Lástima que no pueda devolverte el cumplido”.

“¿Por qué?”, pregunté aún arrochado.

“No he visto tu culo aún”.

“¿Quieres verlo?”

“Si deseas”.

Yo sonreí y, sin tanto roche, me puse de pie dándole la espalda.

“Redondito, blanquito y lampiño… ¿puedo tocarlo?”, me dijo el pata.

“Sí, creo”.

Sentí sus suaves manos  primero tanteando, luego sobando, finalmente acariciando. Mi pinga se estaba poniendo dura. Entonces sentí  que con dos de sus dedos me separaba mis nalgas justo a la altura de mi agujero.

“Estás pito”, me dijo.

“¿Tú también estás pito?”, le devolví.

“A ver… mira”.

Giré. Él se había puesto de pie y se había apoyado en el filo de la fuente. Separó sus piernas, como en las cárceles gringas, y me miró sonriendo. Yo, ya sin roche y con mi pinga bien dura, me agaché a verlo. Le separé sus nalgas.

“Creo que también estás pito”, le observé.

“Bien pito”, me confirmó. “pero creo que tú te mueres por clavarme esa pinga en mi culo, ¿o no?”

“¿Por qué dices eso?”, me palteé.

“Porque la tienes bien al palo, y seguro con la leche a punto de derramarse”.

Yo me quedé helado.

“Ven, hagamos algo”, me invitó.

Fuimos hasta uno de los dormitorios, y así calatos nos echamos frente a frente. Nos revolcamos abrazados en la cama mientras nos besábamos en la boca. Nuestras pingas duras se presionaban una contra la otra. No saben lo rico que se sentía todo eso. Entonces dejó de besarme:

“Déjame hacerte un beso negro, y tú me lo haces a mí también”.

“si solo es beso negro, chévere; pero, ¿quién comienza?”

“Hagámoslo al mismo tiempo”.

Yo me quedé idiota. ¿Cómo iba a hacerse eso? Sin embargo, ese piurano tenía un método: haciendo el clásico 69, comprimiendo un poco los abdominales, era posible que nuestras lenguas pudieran alcanzar los anos y las nalgas del compañero mientras nuestras pingas se frotaban contra nuestros pechos y nuestras bolas bailaban en nuestros cuellos. Las caricias de su lengua en mi ano eran por demás placenteras; imagino que las mías en el suyo lo eran igual.

Ni en mis más arrechos sueños húmedos hubiera pensado en ese modo de darnos placer al mismo tiempo, mucho más cuando comenzamos a pajear nuestros penes a puro movimiento de cadera. Sudábamos, pero, qué mierda, esto era mil veces mejor que meterla en su ano.

Y así, entre lamida, caricia y frotación, no pude más y le solté todo mi semen en su pecho. Me prendí a su ano y sus nalgas como si fuese mi más querido muñeco de peluche.  Yo solo jadeaba.

Minutos después, pude sentir su eyaculación caliente en mi pecho. Él siguió haciéndome el beso negro.

Entonces sonó su celular. Se levantó y lo contestó. Pude ver toda su espalda, culo y piernas bien formados. ¡Qué cuerpazo me había comido esa mañana! Cortó.

“Bañémonos en la ducha: el almuerzo está por llegar”, me avisó.

“Oye… ¿te gustó?”

El pata me sonrió:

“¡Me encantó! Y ahora que vamos a estar haciendo negocios, lo vamos a repetir. ¿No crees?”

Yo sonreí. Definitivamente esa era una buena idea.

Mira otros relatos de Gonzalo |Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com     

jueves, 10 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 12.4: ¿Papá?


                    Cintia queda dormida en el pecho de su amado, mientras él mira a la oscuridad, intentando analizar el recorrido de sus últimos catorce meses de vida. La cancha de fútbol, la casa de novios, la casa de esos dos novios, el taxista amistoso, la convocatoria… Darío. Alguien le habló sobre darma y karma, las dos fuerzas del universo que atraen lo positivo y lo negativo respectivamente. Leandro no tiene claro cuál de las dos lo comanda. ¿O acaso está al medio? ¿O no está en ninguna parte? Cuando comienza a quedarse letárgico, su celular vibra. Lo toma y mira la pantalla, reconoce el número, corta la llamada y no la contesta.

 


En ese preciso instante, a unos cinco o seis kilómetros de distancia, en el último piso de la Torre Echenique, un ebrio Darío llora en medio de una solitaria cama. Su cabello está un poco largo y desordenado, la barba medio crecida, desnudo y acompañado por otra botella de vodka; insiste con su celular mientras escucha a Bach. Se lo lleva a la oreja.

“Hola, soy Leo Pérez. Ahora no puedo atenderte, así que deja tu mensaje luego de la señal”.

¡Bip!

“Leo, soy Darío. Por favor, llámame cuando puedas. Te amo”.

Bebe otro sorbo y trata de concentrarse en la melodía. No lo consigue. Vuelve a manipular la pantalla de su celular y se lo lleva a la oreja.

“¿Darío?”, le contesta una voz somnolienta.

“Hola”, habla algo imperativo. “Necesito que vengas a la Torre”.

“Darío, son… son doce y media de la noche”.

“¿Y qué tiene? Para eso te compré esa moto. Vístete. Te espero”.

Bebe otro sorbo de vodka, y por alguna razón busca desde su celular la canción de Luna Estrella en la que aparecieron Rico y Leandro como modelos. La intenta cantar sin éxito, o en todo caso, como todo hombre alcoholizado.

 


Ese lunes por la  mañana, en la oficina, Leandro está con cara de pocos amigos viendo unas cuentas. Madero entra.

“¿Hay algo malo en el departamento o ya tuviste tu primera pelea de conviviente?”

“Nada de eso. Digamos que alguien me hizo una llamada casi a medianoche y… me jode”.

“¿Alguien con una carrera en decadencia, que fue rechazado como imagen de una poderosa firma comercial que, en su lugar, puso a cierto deportista que tengo enfrente?”

“¿Cómo lo sabes?”

“Últimamente Darío Echenique está hecha la melodramática”.

“No es broma, Beto. Parece, pero mortifica”.

“¿Y cómo tiene tu número si lo cambiaste cuando comenzó el programa?”

“Buena pregunta, pero si crees que yo se lo di, pues no fui yo; dicho sea de paso, desde que no tengo nada con él, vivo más tranquilo, con cosas más importantes sobre las que debo ocuparme como estas facturas”.

“Ese Echenique sí que es terco, entonces”, concluye Madero.

“Ya veré cómo me lo saco de encima”, se alivia Leandro.

El futbolista ordena sus papeles y sale un momento de su propia oficina, porque parte de sus negociaciones incluyeron su propia oficina. No da ni dos pasos cuando su celular vibra, lo mira, se niega a contestar pensando que Darío está usando otro número. Insisten en timbrarlo, saca el aparato, respira hondo y responde:

“Oye tú, deja de joderme, ¿quieres?”, habla en voz baja.

“ehhh… ¿Leandro?”, duda una voz muy grave en el auricular. Y ésa no es la  de Darío.

“Perdone, sí, soy yo; pensé que eran… eran esta gente que vende cosas por teléfono”.

“Comprendo. Mira, Leandro. Te habla Baldo Pérez”.

“¿Papá?”, se extraña el muchacho.

“Sí, hijo… Me encantaría conversar contigo… en persona”.


lunes, 24 de octubre de 2022

el precio de Leandro 10: En bandeja de plata


Poco después del mediodía, aquel jueves, Leandro está almorzando en casa junto a su madre y Rico. Los dos tienen la boca abierta.

“Una mosca va a aterrizar ahí”, bromea el futbolista. “Bueno, yo también me quedé igual cuando me lo dijo”.

“¿Pero ese señor Madero es de confianza?”, reacciona Adela.

“Roberth fue quien finalmente me había recomendado con él. Además, no es un tiempo completo. Solo voy en las tardes  después de almuerzo: entro a las dos, salgo a las seis. No se cruza con el San Lázaro, no se cruza con los desfiles, sería una entrada fija y nos ayudaría a vivir un poco mejor”.

“Solo espero que no sea otro estrés, hijo”, comenta Adela.

“No”, descarta Leandro. “Éstos son serios y tienen otro tipo de proyección”.

“Lo digo por lo que te pasó con Darío”.

Leandro hace un gesto negativo con la cabeza a la vez que frunce el ceño.

“¿Y el comercial cuándo sale?”, interviene Rico.

“Me dijeron que un mes porque todavía tienen que editarlo”.

“¿Tanto tiempo?”

“Me dijeron que lo editarán en Estados Unidos. Lo único que sé es que lo pautearán luego de las diez de la noche, ya sabes,  por lo del Horario de Protección al Menor”.

“¿Sales desnudo, Leo?”, Adela se pone seria.

Leandro sonríe:

“Y mostrando las joyas de la familia”.

Su madre hace un gesto de regaño y se levanta de la mesa:

“De castigo, los dos me lavan los platos”.

El hijo hace un saludo militar y la madre se rinde entre sonrisas mientras se va a la cocina; entonces, Leandro se acerca al oído de Rico:

“También le hablé sobre ti y quiere conocerte”.

Rico vuelve a quedar con la boca abierta.

Inesperadamente, el celular del futbolista vibra; lo saca y mira la pantalla. Contesta:

“Genaro, hermano, ¿qué pasó?”

“Vente volando al club: quieren tu cabeza en bandeja de plata”, le dicen por el auricular.

Leandro palidece.

 


En un club del Distrito Centro Sur, Roberth y Madero se reúnen para almorzar. El director creativo se deshace en elogios sobre Leandro.

“¿Y crees que es buena idea contratarlo?”

“Pero, Roberth: tú mismo lo recomendaste”.

“Como modelo, no como asistente administrativo”.

“¿Desconfías de su talento? Hará ambos; además, estará en prueba tres meses, y si rinde, ya veremos”.

“No desconfío de Leandro en absoluto, sino de ciertas decisiones corporativas. Bueno, es tu empresa; nada más, no cometas la barbaridad que cometiste con Elías. Es lo único que te ruego”.

“Leandro no es Elías. Son el agua y el aceite. Además, no me lo menciones; quiero hacer buena digestión hoy”.

 


A las tres y media de la tarde, en la Torre Echenique, Darío trabaja cierto papeleo con la modelo que lo asiste administrativamente. Están en la sala de reuniones del tercer piso.

“Y eso es todo”, le anuncia la chica.

“Tranquila que yo meto los datos a la computadora como me lo enseñó Mauricio”.

La modelo se pone de pie, besa a Darío en la frente:

“Listo, mi príncipe; te llamo por cualquier novedad”.

Darío sonríe y agradece, regresa su mirada a su laptop donde alimenta cifras. Sin que se dé cuenta, a sus espaldas, la modelo coincide con Leandro en la puerta al momento de abrirla. Ambos se saludan. En tanto la chica se va, Leandro cierra la puerta y se acerca hasta Darío, quien al darse la vuelta, pensando que su compañera había olvidado algo, se queda de una pieza; no sabe cómo reaccionar.

“Hola” saluda el futbolista muy humilde, pero consciente que acaba de dar un nuevo jaque.

“Hola”, responde el supermodelo con ojos de huevo estrellado. “¿Cómo entraste?”

“eh, por la puerta”.

Darío sonríe, se levanta, abraza a Leandro y le da un beso en la boca. Leandro le corresponde con dulzura.

“Pensé que nunca más iba a verte”, le susurra el supermodelo.

“¿De dónde sacaste esa idea?”, le palmea una nalga el futbolista.

“No importa ahora eso; lo que importa es que regresaste y tenemos tanto de qué hablar”.

“Sobre el San Lázaro, por ejemplo. ¿Qué fue lo que pasó? ¿Por qué hiciste que suspendan el auspicio de la Fundación Echenique?”

“Es que… Leo…”

“¿Porque no me encontrabas? ¿Por eso? ¿Te das cuenta qué hiciste? No me perjudicas a mí solamente; es todo el club”.

Darío baja la mirada, no está plenamente consciente si su derecho a guardar silencio es y puede ser usado en su contra.

“¿Te das cuenta que has mezclado lo personal con los negocios?”, le recrimina Leandro con mucho cariño, sin levantar la voz. “El que tú y yo tengamos desacuerdos no tiene por qué afectar el resto, ni afectar a la gente. Tú sabes que no soy un delincuente”.

“Perdóname”, musita Darío con los ojos llenos de lágrimas.

“Yo te perdono”, Leandro besa la frente del supermodelo. “Pero quienes no me lo están perdonando son los directivos del club; me dijeron que lo resuelva o no volverán a convocarme, mucho más cuando ellos no habían solicitado el apoyo sino que les llegó… y tú y yo sabemos que fue tu iniciativa”.

“No pueden hacer eso, Leo; tú eres su mejor jugador”.

“Quizás. Pero también les inyecté dinero, y ahora por mi causa ese dinero se va; y si ese dinero se va, ahora sí me tocará irme a ver cómo me gano la vida”.

Jaque mate. Darío deja de abrazar a Leandro, va a su escritorio, busca su celular, mueve sus dedos sobre la pantalla y se lo lleva a la oreja.

“¿Doctor? Sí, soy Darío Echenique. Mire, lo llamaba sobre el asunto San Lázaro. Que todo continúe como se acordó inicialmente con el club… ¿No me escuchó? Ignore esa orden. Gracias”. Deja el celular en la mesa. “Está arreglado”, anuncia a Leandro.

“¿Cuándo se resolverá”, consulta el futbolista.

En pocos segundos, el celular de Darío lanza el Concierto de Brandenburgo número dos como timbre. Lo contesta. “Gracias, doctor; lo aprecio. Hasta luego”. Cuelga. “Está resuelto”, avisa a Leandro.

“Gracias”, le dice el futbolista con humildad. “No por mí; por el club”. Entonces siente una vibración en el bolsillo delantero izquierdo de su ceñido jean, saca su celular y lo contesta. “Genaro, hermano. Dime”.

 




Diez minutos después de besuqueos y caricias, Leandro y Darío regresan al tres cero uno de la Torre.

“¿Por qué acá?”, se extraña el ahora visitante.

“eh, no aguanto más como para subir siete pisos”, le justifica el anfitrión.

Se meten al no tan reciente dormitorio de Leandro, se desnudan lentamente y de a pocos, se tiran a la cama. En cuestión de minutos, y tras una meticulosa estimulación oral, Darío se sienta sobre el pene erecto de su amante y comienza a rebotar cual resorte. Cuando se cansa, tira su espalda hacia atrás, lo que Leandro aprovecha para alzarle las piernas y acometerlo.

“Hazme tuyo, mi amor”, repite el supermodelo una y otra vez mientras se autoestimula hasta explotar. 


Al anochecer, Darío recién llega al penthouse y encuentra a Pepe tirado en su sofá, vistiendo solo un bóxer y viendo un canal de videos musicales en la super pantalla LED.

“Te vas en este mismo momento”, ordena el dueño de casa.

“¿Cómo? No me puedes echar así por así, Darío”.

“¿No me escuchaste? Te pones ropa, agarras tus cosas y te vas ahora mismo”.

“Tenemos un acuerdo”, le aclara el moreno.

Darío se ofusca, va a su dormitorio, abre una gaveta secreta y regresa a la sala. Cuando pepe levanta la vista, el supermodelo le está apuntando con una nueve milímetros:

“Cuento diez, y que Dios me ampare”.

El hombrón abre sus ojazos y corre disparado al cuarto.

En la pantalla, Luna Estrella disfruta un baño de burbujas, y el trasero de un anónimo amante aparece por el lado derecho, mientras ella lo mira entre romántica y lujuriosa. Darío baja el arma y mira la pantalla. ¿Por qué le son familiares esas nalgas? Demasiada paranoia en un solo día, se autorrecrimina. Mejor, apaga la tele.

martes, 11 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.2: Casting de otro nivel


Dos días después, el lunes, Leandro acude a Sparking Advertising, una agencia de publicidad situada en una de las antiguas casonas que se pudieron rescatar de la modernización en el Distrito Centro Sur. Sin embargo, por dentro hay una combinación de los viejos estilos señoriales con la funcionalidad que dicta la arquitectura contemporánea, donde la línea recta ya no es la tendencia. La oficina de Alberto Madero, a donde lo hace pasar una de las secretarias que le había recibido sus papeles cuatro lunes antes, es mas bien un poco más moderna que señorial, con una gran ventana que tiene una vista a uno de los parques existentes en ese barrio residencial y empresarial. Leandro viste una chaqueta negra de cuero, una camisa rojo oscuro manga larga y un delgado jean celeste, ambas prendas entalladas en extremo, que dibujan perfectamente su atlética anatomía, y zapatos negros bien lustrados.

“Adelante”, le dice un hombre entre los treinta y cuarenta, de traje casual, algo más bajo que él pero en su peso, que está detrás de un amplio escritorio de madera, su laptop al costado, papeles ordenados sobre el tablero. Leandro agradece y espera a que lo inviten a tomar asiento, lo que sucede de inmediato.

“Revisé todos tus materiales y la verdad me gustaron, además que me encanta el fútbol, Leandro; pero, ¿qué otra experiencia tienes modelando que se sume a esto que tengo en mis manos?” Y el director creativo le muestra sus fotos de época Semanal, las que le hizo Roberth como prueba y las del catálogo.

“Hay un videoclip en el que participé para una nueva canción de Luna Estrella, donde aparezco con otro modelo, Rico Durán; el caso es que no sé si está editado y no sé cuándo saldrá al aire”.

“Sí, Roberth me comentó algo, pero descuida si no lo tienes. Mira, iré al grano: tenemos que grabar un comercial para una bebida energizante y estamos armando el cast. Hemos pensado grabarlo en Playa Norte y quiero saber qué disponibilidad tendrías para viajar y trabajar todo un día. Lo digo por lo de tu compromiso con el San Lázaro”.

“Yo estoy disponible, señor Madero”.

“Perfecto, básicamente se tratará de hacer pases a cámara, aparecer frente a ella, y posiblemente algunas coreografías, pero eso será con el cuerpo de baile…”

“¡Yo sé bailar!”

Madero lo mira con los ojos bien abiertos:

“¿en serio? ¡Perfecto! A ver, antes de tomar una decisión, quisiera que modeles un poco”.

Leandro se quita la chaqueta y la deja sobre la silla. El director creativo le señala un espacio libre cerca de la ventana y le pide que haga un pase y que luego se quede estático. El futbolista lo hace muy bien: cuerpo erguido, manos bajo la cadera, pie izquierdo delante, pie derecho detrás y mirando a la derecha, sonrisa franca.

“¿Tienes algún problema en quitarte la camisa, por favor?”

“No, en absoluto”.

Leandro se desabrocha la prenda, se la quita, y al liberarse de ella, le da vueltas en el aire como si fuese un bailarín exótico, lo que produce la risa de ambos. La prenda vuela cerca del escritorio.

“No me digas que también has sido…”

“Quise, pero no me dejaron porque me dijeron que me faltaba cuerpo”.

Madero observa los pectorales, el abdomen y los brazos bien marcados.

“Date la vuelta”, le pide.

Leandro gira y muestra su espalda no tan amplia pero casi impoluta, con el canal de la espina bien pronunciado, cintura pequeña y dos redondas nalgas bajo el pantalón.

“¿Hay algún problema en que te quedes en ropa interior?”, consulta Madero.

Leandro gira el tronco y su rostro luce dubitativo:

“Es que…”

“Ah, es la ventana”, sonríe Madero. “Si quieres cierro la cortina, aunque es polarizada: de afuera no se ve más que un cristal negro”.

“No, no es eso, señor Madero… es que… no… no traje ropa interior”.

“Ah, entonces descuida; no es necesa…”

“No, no tengo problema”, se apura Leandro.

Entonces, el galán se desabrocha el pantalón y se baja la cremallera. Como puede, se quita los zapatos y se despoja de toda la prenda. Vuelve a posar frente al señor Madero únicamente vistiendo sus calcetines.

“¿Puedes darte la vuelta?”

Leandro acata. ¿Qué duda cabe que en ese despacho hay un nuevo dios griego?

“Perfecto”, dice el señor Madero. “Vístete y siéntate”.

Mientras el futbolista se pone nuevamente su pantalón y sus zapatos, el director creativo toma un pedazo de papel y escribe algo. Apenas el modelo se sube la cremallera con sumo cuidado y se abrocha la prenda, ve que Madero escribe en su laptop, y le alcanza el pedazo de papel.

“Mira, vas a bajar al primer piso, la primera puerta a la derecha saliendo de la escalera. ¿Tienes tu documento de identidad?”

“Sí”, responde tímidamente Leandro, recibiendo la esquela.

“Perfecto; que le saquen copia, les das ese papel, ya te darán instrucciones y esperas nuestra llamada”.

Leandro asume que si bien ha creado una buena impresión, sus datos irán a un archivo para que sirva cuando se le necesite:

“Entiendo: no los llamo, ustedes me llaman”.

“Sí… para confirmarte tu número de reserva”.

Leandro se calza la camisa y mira a Madero, con mucha extrañeza.

“Creo que no entiendo”.

“Número de reserva, Leandro; el número para que hagas check-in para el vuelo: pide permiso al San Lázaro que mañana a las ocho tienes que estar en el aeropuerto porque viajamos a Playa Norte”.

El joven se emociona:

“¿qué quiere decir?”

“Que ya eres parte de Sparking. Bienvenido”.

Leandro no cabe de júbilo y aún sin abotonarse la camisa, rodea el escritorio y va a abrazar a su nuevo jefe, quien permanece sentado aún. Leandro siente que le palmean una nalga pero no le importa: tiene su primer empleo.

  

lunes, 10 de octubre de 2022

El precio de Leandro 8.1: el primer catálogo


Tres semanas después, el catálogo de Lawrence’s se reparte a millón y medio de clientes en todo el país, cada uno portador de una o dos tarjetas de crédito que ofrece la tienda para compras al contado y cuotas (con una alta tasa de interés, dicho sea de paso), de los que las tres cuartas partes vive en la gran ciudad. La producción es de alta calidad, en páginas brillantes, con artículos que van desde electrodomésticos hasta paquetes turísticos, pasando por la ropa. Y ropa de todos los tipos: damas, caballeros, niños, formal, informal, deportiva, de baño, interior. La edición actual, además, incluye un pequeño reportaje al nuevo modelo de la línea: el futbolista Leandro Pérez.

“Ay, mira qué guapísimo se ve”, comenta la novia al novio cuando llegan a la recepción de la Torre Echenique, y Wílmer, el portero, les informa que tienen correspondencia.

“En persona tiene más ahí”, le bromea el novio cuando llegan a la página de ropa interior.

Ambos acaban de dar cuarenta y cinco minutos de trote matinal por un parque cercano, al que también ha acudido Darío. Hacía meses que no disfrutaba del bosquecillo, el trino de los pájaros, la mañana fresca, los rostros de otras personas que se levantan a las seis de un sábado de invierno para espantar la molicie. El supermodelo vuelve a encontrarse con los novios en la entrada de la Torre. Los saluda, saluda a Wílmer.

“Joven Darío, ha llegado correspondencia”.

Le alcanza el sobre: son tres copias del catálogo, una por ser cliente, otra por ser modelo y otra para los fines que el interesado crea convenientes. Darío revisa la publicación.

“Sales simpático”, le comenta la novia.

“Gracias”, sonríe humilde el muchacho.

“Y también sale Leandro”, agrega impertinente el novio, lo que le merece un codazo no tan disimulado de su compañera.

“Ya nos tenemos que ir”, disimula la novia. “Un gusto verte”.

Darío se despide sin advertir que sus vecinos del sexto piso van cuchicheando algo. ¿Le importará saber que es la novia recriminando el desatino del novio?

“Wílmer, ¿llegó el sobre del señor Pérez, del tres cero uno?”

“Sí, joven”, le dice el portero con alguna incomodidad. Busca entre los paquetes y, yendo contra la norma del edificio, que prohíbe dar cualquier correspondencia a quien no sea el destinatario, la encuentra y se la alcanza al solicitante, quien se lo agradece.

“Ah, ¿y el empleado que mi papá mandó?”

“Ya no vino, joven. Solo esos días”.

“Me informas el menor detalle”.

Darío va al ascensor ideando una nueva estratagema.

“Y creo saber dónde te duele más, so mierda”, se repite cual mantra.

 


Más tarde ese sábado, una visita inesperada llega a la vieja casa de barrio en el Distrito Norte. Leandro abre la puerta:

“¡¡Roberth, viejo!!”

Se abraza con su mentor y lo hace pasar. Se lo presenta a Adela, y rápidamente lo invitan a tomar desayuno. Algo sencillo, pero con calor de hogar.

“Ya me acordé de dónde lo conozco”, por fin suelta la dueña de casa tras examinar largos minutos al recién llegado. “Usted le tomó fotos a una prima mía que se casó hace diez años en una villa de Las Ciénagas”.

“¡Claro!”, recuerda Roberth. “eso fue antes que viaje a Nueva York”.

“Oe, má, ¿y la tía no dijo que se las hizo un fotógrafo mayorquino?”.

“¿No será neoyorquino?”, se ríe el artista.

“Bueno, eso”.

“Técnicamente no mintió. Seguro habrá entendido que yo no era del país, pero en realidad iba a perfeccionarme por allá”.

“No descarto que más que entender mal, haya querido entenderlo mal”, remata Leandro.

De pronto se escucha un auto estacionarse en la calle, aparentemente junto a la puerta.

“Ya, hijito”, llama la atención Adela, dulcemente. “Ya sabes cómo es tu tía”.

“Bueno, chico, la cosa es que tengo buenas noticias, y creo que tendrán que poner un pan más en la mesa”, anuncia Roberth.

“¿Cómo así?”, pregunta Leandro. Y justo entonces, tocan la puerta. Adela mira a su hijo con cierto temor, pero va. Ambos esperan que no se trate de…

“¡Rico, hijo! ¡A los tiempos!”, ríe Adela.

Leandro se para a saludar efusivamente y nota que su amigo trae un sobre cerrado en su mano.

“¿De qué se trata todo esto?”, le pregunta a Roberth.

“Si Mahoma no va a la montaña, Alá la manda en forma de aluvión”, le responde.

“¿Sabiduría musulmana?”

“No. Sabiduría de Roberth Peña, o sea, yo”.

Rico llega hasta la mesa abrazando a Adela, y carraspea irguiéndose:

“Correspondencia para el señor Leandro Pérez Barrios”.

Ceremoniosamente, se la entrega. El futbolista no sabe qué hacer.

“Ábrela, hijo”, pide Adela, quien sospecha que algo bueno hay en ese sobre.

Leandro por fin rompe como puede la lengüeta y salen dos catálogos. Se emociona. Sonríe a Roberth, Rico y su mamá.

“Página cuarenta y siete”, le indica el fotógrafo.

Leandro no sabe qué hacer otra vez.

“¡Hermano, que vayas a la página cuarenta y siete, por amor de Dios!”, le insta Rico.

Al fin, el futbolista pasa las hojas y sus ojos se ponen más brillantes que de costumbre.

“Un gol como modelo”, lee el titular en voz alta. “El nuevo rostro de nuestra Colección Primavera es el delantero del Club San Lázaro, Leandro Pérez Barrios, joven entusiasta de diecinue…”, no puede avanzar más porque las lágrimas de emoción brotan y contagian a su madre, y casi a sus amigos. “¿Cómo fue posible?”, le pregunta a Roberth.

“ A mí ni me mires; dime tú cómo fue que convenciste a los productores que te dieran una página completa”.

“¿No fuiste tú?”

“Nosotros sugerimos contenido, pero los productores aprueban qué sale y qué no, junto con los directores de marketing y de comercialización”.

“¿Y qué importa quién lo aprobó? Imagina la cantidad de gente que te ve, mucho más que Época Semanal”.

“Y algo más decente”, agrega Adela quien hojea el otro ejemplar.

El desayuno es lo más animado de esos días. Conversación, bromas, recuerdos, algo que energetiza más que el café, que alimenta más que el pan, que alegra más que la mermelada, que fortalece más que las claras de huevo. Cuando al fin acaban todo, Roberth, quien ha estado muy intranquilo mirando su celular, toma la palabra:

“Bueno, hijo, no es la única sorpresa de hoy”.

“¿Hay más?”, pregunta Leandro.

De pronto, el teléfono del joven comienza a sonar. Al mirar la pantalla, nota que es un número desconocido. Mira a Roberth.

“¡Contesta sin miedo!”, le anima el fotógrafo.

Leandro pide disculpas, se levanta de la mesa y camina hasta los muebles de la sala; se sienta.

“¿Aló?”

“Buenos días. ¿Es Leandro Pérez?”

Un momento. Esa voz es desconocida, o al menos no es quien sospecha.

“Sí, él habla”.

“¿Cómo estás? Qué gusto. Mi nombre es Alberto Madero, soy director creativo de Sparking Advertising, aquí en el Distrito Centro Sur. Mira, no sé si te llamo en mal momento, pero me gustaría reunirme contigo”.

“¿Conmigo? Sí, dejé las fotos hace casi un mes”.

“Ehhh, sí. Perdóname por no responderte a tiempo, Leandro, pero estuve fuera por trabajo y varias cosas; pero el motivo de esta llamada es otro: ¿te gustaría conversar conmigo, aquí en mi oficina? Quiero ver si podemos hacer negocios”.

Adela tiene un ojo en Rico, otro en Leandro, el primero en Roberth y otro en Leandro. Se asusta cuando ve que su hijo salta y da un grito de emoción.

“¿Qué pasó?”, pregunta alarmada.

“¡Tengo una entrevista de trabajo, carajo!”

“¡Leo, esa boca!”, advierte Adela al borde del llanto.

Roberth y Rico se acercan a saludarlo.

“Esta vez sí fuiste tú, ¿cierto?”, le dice al oído al fotógrafo al abrazarlo.

“Tampoco”, le niega. “Creo que fuiste tú esta vez”.

Cuando Leandro y Adela recogen la mesa y van juntos a la cocina, Rico y Roberth se quedan sentados.

“Si no le dices que fuiste tú, creerá que todo fue influencia de Darío”, le advierte el otro joven.

“Regresó a su casa de toda la vida, Ricardo; es un gran logro siendo Leandro”. Mas bien cómo va lo tuyo”.

“Ya tengo tres chicos reclutados. Mas bien, ¿cuándo hacemos las sesiones?”