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lunes, 14 de noviembre de 2022

El precio de Leandro 13.2: Confesión mortal


A la mañana siguiente, en el dos cero uno del Condominio Las Flores, el futbolista sale de ducharse cuando Cintia entra muy nerviosa al cuarto, blandiendo un celular en la mano. Leandro se alarma y toma el aparato… Comienza a sudar frío. En la pantalla, fotos de Rico y Pepe bajo el titular “Darío Echenique nos abrió y cerró puertas”.

“¿Sabías que Rico tiene una productora porno?”, reclama Cintia.

“¿Yo?”, disimula mal Leandro. “no, para nada”.

“¡Ay, Leo! Son amigos íntimos. ¿Me vas a decir que no sabías esto?”

“No, te lo juro”, responde el muchacho con todo el cinismo de que es capaz.

“¿Sabes? Creo que mientes, pero tranquilo que no le diré nada a Adela. Solo algo más: ¿también es mentira el rumor que Darío y tú fueron pareja?”

“Ay, Cintia. Ahora me inventarán que hice videos porno”.

“¿Y por qué no darlo por cierto, Leo, ah?”

Cintia se va del dormitorio, indignada. Sin duda que uno de los chicos en las fotos es Rico; pero, ¿en que momento se le ocurrió sacar esto por los medios? Y, ¿quién es ese otro muchacho, cuya cara le es familiar?

“Claro, el moreno con uniforme de mantenimiento en la Torre Echenique”, se dice a sí mismo.

Busca su celular, topa algo en la pantalla y se lo lleva a la oreja:

“¿Houston? Tenemos problemas”.

De pronto escucha la alarma de llamada entrante:

“Espera un momento. No te vayas”.

Da paso a la siguiente llamada:

“¿Aló?”


“Hola Leandro. Te saluda José Miguel Echenique. Necesito hablar urgentemente contigo”.

 

Esa noche, Darío está devastado, llorando en el penthouse, y, para variar, embriagado en vodka. Roberth está a su lado.

“¿Por qué lo hicieron?”, se repite una y otra vez entre lágrimas.

“No tengo ni la más remota idea de quién les dijo que hagan este disparate”, le contesta firme el fotógrafo.

“Ha sido Madero, que no termina de perdonarme lo de Elías. ¡Siempre me la tuvo jurada!”

“Darío, eso pasó hace tres años. No creo que la capacidad de rencor de Beto sea tan tóxica”.

“Por eso no le voy a dar más el gusto, Rob: voy a salir del armario. Ya tengo la exclusiva vendida a Época Semanal y tú vas a hacer las fotos”.

“¿Que vas a hacer qué? ¿Te has puesto a pensar en las consecuencias?”

“Sí, confirmaré lo que es un rumor. Ahora sí nadie tendrá argumento para hablar a mis espaldas”.

“¿Y has pensado por un momento en Leandro,Darío?”

“¿Y quién crees que será el próximo en hablar? ¿Te has dado cuenta que los están buscando uno a uno? ¿Quién falta? Leandro. ¿Con quién trabaja Leandro? Con Alberto Madero”.

“El propio Leandro me llamó y me dijo que no va a declarar, que sí lo llamaron para hacerlo pero que no va a hacer ningún comentario”.

“Ay, Roberth. Como ahora es popular, a lo mejor no acordaron pagar lo que él les pidió por abrir la boca”.

“¡Te equivocas, Darío! Leandro no va a hablar porque te tiene respeto aún”.

“¿Y por qué no viene a decírmelo en mi cara, Rob?”

“¡Porque también te tiene miedo, Darío! Porque te has convertido en una persona insoportable de la que no se sabe qué esperar. De hecho, nadie quiere hacer tratos contigo porque todo lo ves ese bendito trago”.

Roberth hace una maniobra veloz y le quita la botella al supermodelo y la lanza a una de las paredes. El vidrio se hace añicos al estamparse contra uno de los cuadros de flores, cuyo lienzo se rompe y despinta un poco. Darío llora con mayor amargura.

“¿No te das cuenta, Rob? Todo es un plan de Beto. Él buscó a Leo, y lo contrató para vengarse de mí, porque no me perdona, ¡no me perdona!”

“No sé si Beto quiso vengarse de ti con Leandro, pero no es tan exacto que él lo buscó, como tampoco es exacto que Leandro será el próximo en hablar. Él no quiere hacerte daño, pero con tu decisión, sí se lo vas a hacer. Vas a dañar a quien no te hace daño, Darío”.

“¿Por qué dices que Madero no buscó a Leandro?”

“Porque no fue así. Madero no sabía de la existencia de Leandro hasta que él le mandó su book y luego vio el catálogo de Lawrence’s”.

“¿Te das  cuenta? Él lo buscó, Rob. ¿él lo buscó!”

“¡Porque yo le di el contacto!, Darío!” Yo los puse en contacto”.

“¿Qué?”, se desencaja el supermodelo.

“Leandro estaba harto de que lo absorbas y me pidió ayuda. Le di contactos, y uno de ellos respondió: Beto”.

“¿Estaba harto de mí?”

“Y ojo que en ese momento estabas bueno y sano y no entendías razones. Menos vas a entenderlas ahora que andas drogado”.

Darío deja de llorar y comienza a enfurecerse.

“Qué irónica es la vida. Mi mejor amigo propició el contacto entre mi peor enemigo y el amor de mi vida. ¡Qué irónico, por Dios!”.

Darío explota en llanto otra vez, y se va a la cocina.

“¡Darío!”

“¡Voy a prepararme un puto jugo de naranjas!

Pero al llegar a la puerta de la cocina, un brillo a las tres llama la atención del supermodelo. Lo mira por unos segundos. Mira a Roberth, quien se ha sentado sobre el sofá, inclinado hacia adelante con el rostro entre sus brazos acodados sobre sus muslos. Darío mueve la hoja de la puerta para que haga bulla, rápidamente se pone en cuclillas, coge algo y corre a toda velocidad hacia el fotógrafo, quien siente agudos dolores en su espalda y un líquido caliente inundándola, a la vez que su vista se torna borrosa primero, y oscura poco a poco…


 


jueves, 13 de octubre de 2022

el precio de Leandro 8.4: Deja ir a ese Darío


El supermodelo regresa a la Torre Echenique sin conseguir ninguno de sus dos objetivos. Al llegar a su penthouse, se encuentra con una de las modelos quien lo ayuda en la administración de su naciente emprendimiento como representante de talentos y un muchacho a quien no había visto antes, pero que luce un inflado cuerpo mesomorfo, al menos en pecho, espalda y brazos, y esos brazos conectan con unos antebrazos musculados y venudos, que a su vez acaban en unas gruesas manos que están tecleando sobre su laptop.

“Justo llegas a tiempo”, le dice la chica. “Ya pasamos todas las facturas y ahora estamos viendo lo de la deducción”.

“Sigan”, dice Darío con cierto desánimo.

“Me encantaría, guapo; pero me hago tarde para una presentación, así que si me permites…”

Darío acepta: sabe cómo es eso.

“Te dejo con Mauricio”, presenta la modelo. Ambos chicos se dan la mano.

Una vez que ella se marcha del penthouse, Darío va a buscar unos papeles que trae hasta la mesa de su comedor, donde el otro muchacho trabaja.

“¿éstos son todos?”, le pregunta Mauricio.

“Sí”, responde Darío.

“Mira, te voy a enseñar un truco que siempre te va a generar devoluciones: ¿Ves estos montos aquí?”

Darío se sienta lo suficientemente cerca del otro joven  como para tener oportunidad de rozarlo al descuido. Por lo menos, puede aspirar su aroma de colonia de maderas. Casi no se concentra en la explicación; solo se pregunta de dónde sacaron a este pedazo de carne.

“¿Entendiste?”, le apela Mauricio.

“¿Y no sería mejor contratarte para que nos ayudes con los impuestos? Se nota que eres hábil en contabilidad”, le propone.

“Pero yo no soy contador sino técnico en informática y programación de sistemas”, recibe por respuesta.

“¿qué más da? Yo no soy administrador sino arquitecto”.

Mauricio sonríe:

“Bueno, si me pagaras por eso, no me opongo”.

“Pon la cifra que yo la pago”, ofrece Darío.

Mauricio se levanta de la silla y se estira. Bajo la camiseta y el jean apretados hay el evidente cuerpo de un fisicoculturista.

“Cien por sesión. ¿Te parece justo?”

“Ciento cincuenta, ¿Mauricio?”

“Sí, así me llamo. ¿Y por qué me incrementas en lugar de regatear?”

“Lo dejamos en cien, entonc…”

“Está bien. Ciento cincuenta. Solo dime a quién mato”.

Darío ríe, y al fin nota que en sus rasgos de barrio, hay un muchacho inteligente y hasta simpático:

“Tienes lindo cuerpo”.

“Mi novia dice lo mismo”, le devuelve Mauricio.

“¿Cuándo se casan?”

“Dos meses”.

“¿Cuántos años tienes?”

“Veintiocho, pero llevamos como seis de estar juntos. Ya es hora, creo yo”.

Darío no tiene más preguntas para el testigo. Caso cerrado. O quizás sí.

“¿Quieres tomar algo? Creo que no te han ofrecido nada”.

“Tomé agua, gracias”.

Darío va hasta la cocina, abre el frigorífico y busca qué podría invitar a su más reciente contratación eventual. De pronto, al bajar la mirada por la puerta derecha, la halla. Siente que lo llama. ¿Por qué no compartirla? ¿Acaso esos machitos que se dicen machitos no sucumben ante su encanto?

“Tengo un vodka en la refri”, avisa cuando regresa al comedor.

“No, gracias”, sonríe Mauricio. “No bebo alcohol”.

“Bueno, mientras esperamos tu taxi, te ofreceré agua entonces”.

En un par de minutos, ambos jóvenes están sentados cómodamente en el sofá de la sala bebiendo… agua.

“Sí, te había reconocido cuando entraste; apareces en el catálogo de Lawrence’s con ese chico que juega en segunda división”.

“Sí, Leandro Pérez”.

“¿Es tu… amigo?”

“Sí, mi amigo. ¿Por qué?”

“Por nada. Lindas fotos las que les tomaron. Yo posé hace como cuatro años para una revista que se llama… algo con ‘semanal’”.

“¿Época Semanal?”

“¡Sí, esa! Me publicaron tres o cuatro luciendo trajes de baño, ya sabes: bermuda, sunga, tanga. . Querían que pose en hilo dental pero no quise”.

“¿Por qué, Mauricio?”

“No jodas. ¿Sentir esa tira elástica metida en mi culo? Ni cagando, Darío”.

“Tienes buen culo”.

“Lo mismo me dijo el fotógrafo y me asusté. Lo vi rarito. Me dio la impresión que se deleitaba viendo mi huevo cuando me cambiaba. No sé. A lo mejor quería tomarme fotos en pelotas, pero no le entro a eso”.

“¿Y qué tiene de malo posar desnudo, Mauricio? Yo lo hice varias veces”.

“Tú eres modelo profesional, pues; yo acepté porque me faltaba plata para pagar la pensión de la universidad”.

El celular de Darío suena.

“Llegó tu taxi, Mauricio”.

 


Al quedar nuevamente solo, el supermodelo repasa los eventos de un tiempo –desde que conoció a Leandro—a esta tarde. De fondo, Bach es el mejor tónico para organizar sus ideas. ¿Y qué hay del vodka que estaba en su refrigeradora? Si Mauricio no quería compartirlo, quizás era hora que, después de meses, se diera un escape. Cuando está a punto de ingresar a la cocina, suena su celular: Roberth.

“¿qué pasó?”, le responde el muchacho.

“Estoy en la recepción de la Torre. ¿Puedo subir?”

Siete minutos después, el fotógrafo y el supermodelo están sentados en el cómodo sofá de la sala.

“Me resisto a creer que Leandro sea como los otros, Rob. Se supone que él era diferente, no sé, alguien distinto”.

“Y lo es, Darío”.

“Entonces, ¿por qué tengo la impresión de que Adela me lo negó?”

“¿Y por eso vas a decepcionarte de él? ¡Vamos, Darío! Además, tu percepción sobre este chico es la misma que sobre los otros chicos anteriores; exactamente la misma. Y así sucederá con el que venga, y el que venga luego del que venga, y el que venga luego del que….”

“Ya entendí, Rob; ¿pero cuál es tu punto?”

“que los chicos cambian pero el problema queda, Darío”.

“¿Te refieres a mí?”

“Me refiero a tu incapacidad de entender que no debes hacer feliz a nadie más para que tú seas feliz, y que la felicidad no consiste en apropiarse de la vida de la otra persona al punto de absorberlo y hacerte imprescindible de la manera que sea. Eso no genera una relación, o quizás sí: una relación de dependencia”.

Darío mira a la noche que se extiende tras la ventana delante de él. Bach sigue sonando en el equipo de sonido.

“Sería feliz si tomo un poco de vodka”, reacciona y se levanta del sofá.

Roberth va tras él y lo ataja:

“No Darío, no otra vez con el vodka. Ése no es el remedio. Regresa a terapia, vuelve a tomar tu medicina; es obvio que la has dejado”.

“Por favor, Roberth, ya me disculpé por cómo te mandé a la mierda la vez pasada. No hagas que vuelva a hacerlo esta noche”.

“Si hago esto es porque te aprecio mucho, Darío, y tú lo sabes”.

“Deberías dejarme mi espacio, entonces”.

“Perfecto, me iré; pero solo quiero pedirte algo: termina de cerrar tu duelo de una vez por todas; tienes que dejarlo ir”.

“¿A Leandro?”

“No, al Darío autodestructivo, al Darío que nunca perdonó a su padre que lo haya rechazado por su esencia y que para disculparse le dio este edificio como herencia adelantada, al Darío que se refugia en sus bienes para comprar la lealtad, el cariño o hasta las caricias de otras personas, y las caricias no se venden por separado, Darío, sino que son parte de un paquete sin precio y sin caducidad”.

“Interesante, señor Peña, que a estas alturas de su vida llegue a esos niveles de filosofía. Debió aplicarlos cuando engañó a su entonces esposa con ese chico de dieciséis años que fue a su casa hace nueve años buscando refugio porque en la suya ya no daba para más”.

“estuvimos borrachos cuando lo hicimos, y me arrepentí de eso, Darío”.

“Claro, sí me acuerdo perfectamente: eyaculaste dentro de mí y entonces recordaste tu ética y tu moral. ¿Con qué autoridad vienes hablarme ahora, Roberth? ¿Con qué autoridad?”

“Tienes razón, si me anclo en ese solo evento podría no tener autoridad, pero decidí vivir y entender mi lección: no rogarle al mundo que me ame, sino amarme yo mismo para amar al mundo”.

“¿Me vienes a decir que no me enamore, acaso, Roberth? ¿Tanto te afectó tu separación que ahora tu mensaje es no creer en el amor?”

“Al contrario, Darío. Ahora creo en el amor más que antes, pero no un amor que se te asigna por obligación, porque así dice la sociedad que debe ser. Y ése fue mi error con mi entonces esposa: casarme por presión social, porque estaba mal visto que un hombre a mis treinta y cinco siga solo. Y las cagué. En ese momento, a ella le cagué la vida. No supe buscar ayuda y por eso cometí un  montón de errores. ¡ésos son los errores que te quiero evitar!”

“¿Ya no la amas, Rob?”

“Al contrario; aprendí a amarla de otra forma: como amiga, compañera, la madre de mis hijos. Quizás no como el amor de mi vida, pero si me pongo a verlo todo como si fuesen saldos, hemos ganado más que perdido”.

Darío está a punto de llorar:

“Mientras el mundo me trate como me trata, Rob, le daré al mundo lo que merece; y si en este mundo las caricias se venden por separado y las puedo comprar, será mi absoluto y jodido problema”.

Roberth mira con compasión a su joven amigo:

“Tienes mucha razón, señor Echenique: será tu absoluto y jodido problema”.

El fotógrafo siente que no tiene más que decir y se va del penthouse. Apenas cierra la puerta, Darío corre a su sofá, se tira boca abajo y se pone a llorar. Nuevamente tocan su timbre. Darío se levanta impulsivamente, va a la puerta, la abre de golpe.

“¡¿Y qué quieres ahora, carajo?!”

Roberth extiende sus brazos y rodea a Darío, quien se apoya en su hombro para seguir llorando.

“Ya basta”, ruega el supermodelo en medio del llanto. “Ya basta”.

Roberth lo abraza más fuerte mientras le da un beso en la sien.

 


viernes, 6 de mayo de 2022

La hermandad de la luna 10.7

En Santa Cruz, Adán invita un vaso con agua a Alvin, quien agradece.

“¿Dónde se escondió?, pregunta el biólogo.

Adán levanta las cejas fingiendo ignorancia. Se sienta al costado.

“No es quien dice ser. ¿Cierto?”, insiste el visitante.

Adán ríe levemente:

“Nadie es quien dice ser por lo general, licenciado”.

“Ya sé que no eres Édgar sino Adán, que Édgar es tu alias de batalla; pero eso no es a lo que me refiero”.

“Ya lo sabes, entonces”.

Adán pone su antebrazo izquierdo detrás de la nuca de Alvin, acerca su cara y lo besa profundo en la boca.

“No tienes que hacer preguntas cuando ya conoces las respuestas”.

“”¿Y dónde está ahora?”, curiosea el biólogo.

“Ya regresa… Él siempre regresa”.

Mira un video aquí. 

En la finca, y bajo la luna llena, elga acompaña a Frank a hacer la segunda ronda de la noche alrededor de la propiedad.

“Sí, yo sospechaba que todo era parte de un juego para evitar que venda La Luna”, dice ella.

“Perdona”, trata de humillarse Frank, aunque sin mucha convicción.

“Descuida… Si supieras cuántas veces tuve que fingir bajo el cuerpo de cada hombre que era el mejor amante que la historia hubiese conocido a pesar de que eran un desastre. Digamos que soy parte de ese juego. Sé también que Christian me utiliza, que soy parte de ese juego que ha creado”.

“O sea, todos somos fichas”, concluye el más joven. “Sector maizal todo despejado”, avisa por la radio.

“Sector maizal, negativo; tienen compañía más adelante”.

Elga se pone nerviosa y se refugia tras la espalda ancha de su empleado.

“No hay nada que temer”, Frank sonríe. “Te presentaré a un amigo”.

Giran por el camino y justo a la vuelta, la luz de la Luna apenas si ilumina la piel prieta de un hombre. La luz de una linterna deja ver su rostro sonriente.

“Tranquila”, abraza Frank a elga. “Es un amigo”.

El más joven toma la mano en la que la mujer tiene su linterna y hace que le dirija el haz luminoso de arriba abajo.

“él es Owen”, la presenta.

“Mucho gusto, señora”, dice el recién aparecido.

Diez minutos después, Frank regresa a la caseta de vigilancia a guardar la escopeta y a recargar el radio portátil.

“Vas a pasar la noche con ella?”, averigua Carlos, revisando la laptop.

“No. Hay alguien que me cree su héroe y no quiero decepcionarla más”.

Frank se sienta en una silla; Carlos le sonríe y palmea el muslo.

“¿Cómo le irá  a esta hora?”, trata de enterarse.

“Hasta donde sé, estaban en la comisaría sentando la denuncia y había un poco de gente afuera

“Sí, lo vi en el video”.

“¿Sabes qué es lo más atorrante, tío? Que el mismo cojudo que sacó esos papeles sobre Owen, ahora está transmitiendo a toda esa gente empinchada”.

“Y aquí, sobrino, una tensa paz”.

Arriba en la habitación principal, a elga no le ha costado trabajo deshacerse de su ropa. Con el dormitorio a media luz, está acostada sobre la cama admirando al increíble ejemplar que parece no morir de frío y que está arrodillado entre sus piernas, acariciándoselas suavemente, como si dos guantes de seda recorrieran sus muslos en dirección a sus caderas, y desde allí, dibujando todo su contorno de mujer. Un súbito jadeo se le escapa cuando él transita sus senos, llega a su cuello y casi sin sentirlo va apoyando todos sus músculos encima. Ella le acaricia los fuertes brazos, siente como esos grandes pectorales presionan y calientan su bien formado pecho, cómo su vientre vibra al sentir el acanalado abdomen, cómo la rigidez del sexo y la apertura del suyo se aprestan a fundirse. Puede oler un aliento que parece saber a primavera silvestre. Se besan en la boca. Luego, él le besa su delicado cuello mientras ella trata de hacer lo mismo con el de aquél, o quizás saborear el lóbulo de su oreja mientras sus manos femeninas recorren la suave espalda. No sabe a chocolate, como parece; sabe a ambrosía, a fino anís, a fresca sandía, a dulce naranja. Sabe que la está penetrando lentamente con esa enorme y gruesa verga que no ha evitado contemplar. A ella le sorprende que a pesar de un movimiento inexistente, siente como una inexplicable energía nace allí en sus entrañas y va conectando el resto de su ser, haciendo escala en su corazón, luego en su garganta, sus ojos, su mente. De pronto, está transportada, aferrada de sus enormes y duras nalgas y de sus gruesas y firmes piernas, en un indescriptible bosque tropical donde apenas hay haces de luz, donde hay abundancia de trinos, donde una fresca brisa le trae a la mente aquella canción que algún otro amante quiso censurar.

 



“Haz que este momento sea eterno”, le dice mentalmente.

“La eternidad depende de ti”, siente que le responden.

  La estancia en aquel paraje paradisíaco parece extenderse a lo largo de la madrugada. De eso se trata la magia de hacer el amor, de que la realidad en ese espacio íntimo donde los jadeos, gemidos, palabras cariñosas y caricias son notas del pentagrama, que no sean una pugna por dominar o ser dominado sino una hermosa comunión que inicia desde el primer beso y no acaba jamás. 

viernes, 18 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.2

Cuando Frank regresa a la caseta de vigilancia, Carlos y Tito lo esperan.

“Pasó de nuevo, no?”, pregunta el gladiador.

El más joven no sabe cómo reaccionar.

“¿ella te gusta, Frank?”, reitera Tito.

“Tengo que hablar con Flor”, responde el chico con la voz algo temblorosa.

“Ahora eso no es lo importante”, sorpresivamente replica el gladiador.

Frank lo mira absolutamente confundido.

“Hay información seria que debes manejar, sobrino”, le añade Carlos. “Y esto va a cambiar muchas cosas”.

“¿Sabes la diferencia entre persona y personaje?”, inquiere Tito.

Frank no se siente en capacidad de hacer filosofía a esa hora.

 Mira un video aquí.

Elga, por su parte, se prepara el desayuno con el celular en la oreja.

“Sí, estaba en la ducha, Christian. ¿Cuál es el problema?”

“¿Y te demoraste hora y media?”

“Salí a correr”.

“¿Cómo está la cosa por allá?”

“Pues, Manolo y estos chicos lo tienen todo tan bien organizado que no se me hace problema encontrar la información, pero me falta revisar más”.

“¿Quieres mi ayuda?”

“No, por ahora no; todo está bajo control”.

“Bueno, tienes que enterarte de algo que acaba de pasar en Santa Cruz y que afecta directamente a uno de tus empleados”.

Elga se pone en modo alerta. Su cabeza velozmente comienza a atar cabos.

Mira otro video aquí. 

En Collique, Juan está tarde para ir a su trabajo. Ha llegado cerca de la una de la mañana (con el consabido reclamo de su esposa), y recién está saliendo de la ducha. Al entrar a su cuarto para cambiarse, escucha que su celular tiene activa una alarma de mensaje. En realidad, cinco mensajes seguidos de Alvin, alarmantes. El último tiene un enlace que abre. El fiscal lo lee y recuerda algo:

“Puta madre”, masculla.

Hace una llamada de urgencia.

“Acabo de leerlo: no son buenas noticias, ¿sabes?”

Ya vestido, sale disparado hacia su despacho personal.

“¿Vas a desayunar?”, le consulta su esposa al pasar por el comedor.

“Ahorita”, le dice a la volada.

Abre uno de los cajones, saca la carpeta lila y trata de leer cada folio en un segundo.

“Mierda”, susurra.

Toma su teléfono otra vez y hace otra llamada.

“Hola. Necesito tu ayuda y te prometo algo realmente bueno”.

Mira otro video más. 

Flor barre la vereda de su casa cuando su vecina sale.

“Ya era hora m’ijita porque tenían esa vedera todita cochina”.

Flor sonríe.

“Se nos pasó, señito”.

“¿Y qué fue del chico que se desmayó la semana pasada?”

Flor remece su cabeza.

“¿Chico? ¿Cuál chico?”

“el chico que tenía ese trapo como máscara en la cabeza, m’ijita”.

Flor muestra muchísimo interés.

“A ver, cuénteme”.

Tenemos un video más aquí. 

En la comisaría de Santa Cruz, el suboficial Chira comienza su turno como guardia de puerta. Todo lo que tendrá que hacer durante ese tiempo será verificar quién entra y quién sale del local. Se sienta a leer el cuaderno de ocurrencias en el escritorio a la entrada, y cuando acaba se para en la puerta a ver la plaza. Desde la ventana del hotel del pueblo, alguien con el cuerpo de catchascanista aún en pelotas lo observa y le toma una foto.

“No me digas que se te acabó la plata, cadete”, comenta.

Envía la foto y en cuestión de un minuto alguien lo llama.

“inge”.

“¿De cuándo es esa foto, Carnes?”

“De ahoritita mismo, inge”.

Mira otro video más aquí.  

sábado, 18 de diciembre de 2021

La hermandad de la luna 7.7

Poco después, Elga apoya sus pies en el suelo y sus antebrazos en la banca. Frank la penetra y hace sonar su piel al embestir la de ella.

“Sí, Frank, así dame”.

“¿Así te gusta?”

“Sí… sí… “

Mira un video 

Ajena a todo, aunque preocupada, Flor ingresa al campus y toma la vereda rumbo a su facultad. Al pasar una rotonda, se da cuenta de que alguien conocido sale de uno de los edificios. Felinamente, ella se esconde y lo sigue con la mirada, e intenta algo con el celular: grabar un video.

“El comisario de Santa Cruz, hoy, en mi universidad tras salir de la Escuela de Idiomas”, narra.

Mira otro video 

En las duchas de La Luna, Frank sigue acometiendo la vagina de Elga.

“Por la colita, mi amor. Por la colita, rey”.

“¿Segura?”

“Sí”.

Frank saca su pene de la vulva y comienza a sobarlo en el ano de la mujer tratando de aprovechar la lubricación. Introduce lentamente. Elga trata de controlar el dolor. Frank suda a chorros.

Mira un video más 

Tito espera en un parque cercano a la universidad. Ciertos recuerdos de hace veintisiete años regresan cuando usaba sus días de descanso en el cuartel para ganarse una propina extra satisfaciendo los deseos de potentados y discretos varones, quienes solían llevarlo a sus casas, departamentos, algunos hoteles de mala muerte, y excepcionalmente sus moradas de playa, especialmente cuando no era temporada. En esa época, solía usar ciertos colores y posturas para revelar sin palabras a la discreta y potencial clientela quién era realmente y cómo podría comportarse en la cama; ahora solo basta poner un ojo al celular y otro a la realidad. El vehículo que espera se acerca, y le da alcance para abordarlo velozmente, al estilo comando. Al conseguirlo, se coloca el cinturón de seguridad.

“¿Tienes la dirección exacta?”, le pregunta el fiscal García.

“Sí”, responde el gladiador.

“Zona Industrial de Collique, allá vamos”, anuncia el conductor.

Mira un video adicional. 

En la finca, Frank sigue bombeando el recto de elga, quien se masturba el clítoris con una de sus manos sin acallar sus gemidos.

“Préñame, Frank. Préñame”.

El chico se mueve más rápido, jadea más rápido, todo transcurre más rápido, ruge y expulsa su semen dentro de la jefa.

Quince minutos después, Elga sale del baño de trabajadores y nota que varios metros adelante, Adán parece limpiar una compuerta, aunque en realidad él finge hacerlo. Camina hasta él.

“Lo tenías todo preparado, ¿cierto?”, ella lo encara.

Él no sabe qué decir.

Ella retoma el camino a la casa grande.

“Te acompaño”, intenta Adán.

“Tranquilo: conozco el camino de regreso. Gracias”.

Adán no sabe cómo interpretar la situación; en todo caso, vuelve  al baño.

Frank sale de la ducha.

“¿Cómo salió todo?”, averigua el cuerpo de luchador.

“De la puta madre”, responde muy serio el más joven.

“¿Y esa cara, entonces?”

“Que me siento una completa mierda”, Frank comienza a llorar.


  

sábado, 11 de diciembre de 2021

La hermandad de la luna 7.6

En su casa, Tito reflexiona con preocupación sobre lo que Flor y Owen le han contado.

“No termino de entender qué quiere contigo ese infeliz”.

“Hacer conexión, yo suponer”, estima el instructor.

“Y pienso que a tus espaldas, papá, porque cuando yo entré, el doctor prácticamente fugó”.

“Termina de arreglarte que de aquí salimos para Collique”.

“¿Y por qué no vino Frank?”, se levanta la chica.

“Ya te conté sobre la nueva ideota de Elga Chávez, así que estamos aplicando un plan para seguir trabajando allá”.

“¿Qué plan?”, se intriga la chica.

“Un plan de retención”, sonríe su padre.

Flor se mete a su dormitorio.

“Él querer mi polla”, confiesa Owen en voz baja.

“Lo sé”, refrenda Tito. “Lo que quiero saber es si eso nos permite confirmar la sospecha y evitar la estupidez que decidieron con la viuda de Manolo”.

“¿Tú querer yo seducir Christian?”

El gladiador carraspea: le han leído la mente.

“Es… solo una idea, Owen”.

“él tendría venir atrás aquí”.

“Y si viene… ¿tú cacharías con él?”

Mira un video

En la puerta de los baños para el personal de La Luna, Adán espera. Adentro, se escucha que alguien utiliza una de las regaderas. Entonces, Frank, todavía desnudo de la cintura para arriba, llega con una toalla seca, limpia y doblada.

“Entra y dásela”, pide el cuerpo de luchador en voz baja.

“¿Por qué yo?”, quiere reclamar el más joven.

“¿No viste que casi se saca la mierda por los paltos?”

“Pero ya les dije que yo…”

“Puta madre”, Adán quita la toalla a Frank. “Gracias”, le dice incómodo.

Frank lo topa de la cintura.

“Ya, yo lo hago; pero…”

“¿Pero qué?”

“Pero si ella…”

“Mira, tú avanza lo que puedas”.

Adentro, Elga está bajo la ducha terminando de disfrutar el agua fría. ¿Será cierto que puede adormecer el deseo de la carne? Hace la prueba.

“¡Ya terminé!”

Se escuchan unos pasos, el juego de sombras anticipa una silueta; alguien se para frente a ella.

“La toalla que pidió, señora”.

Ella se queda de una pieza y a  Frank le tiemblan las manos. Elga no sabe si molestarse o considerarse dichosa.

“Y… Adán?, se cubre los pezones con la mano izquierda y el vello púbico recortado con la derecha.

“Tuvo que ver algo del tractor”, responde el chico con voz algo temblorosa.

Mira otro video 

Cuando el minibús pasa por el portón de la finca, Flor se lo queda mirando.

“¿Frank está bien, ¿no, papá?”

“Claro que sí. Es solo… trabajo extra que apareció por la idiotez de  la viuda”.

Mira un video más 

Elga recibe la toalla y la despliega.

“Me da un permiso, señora”.

“¡Espera!”

Frank ni siquiera ha girado para salir.

“Dígame, señora”.

“¿Adán demorará en revisar el tractor?”

“Fácil que sí. ¿Quiere que le dé un recado de su parte?”

“No. No sé si es mucho pedir que… adelantes… la hora de tu baño”.

Frank traga saliva… y considera que lo mejor es entrar en personaje.

“No, para nada”.

El muchacho desabrocha el botón de su jean, baja su cremallera, se quita las botas y los calcetines, se deshace del pantalón y se queda en un ceñido bikini, donde es imposible disimular su excitación.

“Voy por mi toalla”.

Elga cuelga la suya y abre de nuevo la llave: ¿está soñando otra vez?

Tenemos un video adicional

Oculto en los limoneros, Adán intenta adivinar qué está pasando en los baños.

“¿Novedades?”, pregunta Carlos por el radio.

“Si logran quedarse diez minutos como mínimo, nos anotamos un gol”.

Y ahora, otro video más 

Frank regresa a la zona de duchas con la toalla envolviéndole la cintura. Elga sigue bajo el chorro de agua. En silencio, el muchacho le descubre algo que su fantasía nunca previó: su pene cabezón la apunta sin pudor alguno. Frank, sin pedir permiso, ocupa la misma ducha, toma un jabón de tocador y se lo da a la mujer.

“¿Quiere tener la amabilidad, señora?”

Elga comienza a respirar entrecortado. Soba la pastilla sobre el recio y velludo cuerpo enfrente suyo y genera espuma. Procura que ésta alcance cada lugar de la anatomía masculina, especialmente ése que le sigue apuntando. En retribución, Frank hace lo mismo con las formas de la mujer. Tras removerse el jabón y cerrar la llave, ambos van al vestidor. El chico se acuesta sobre la banca de madera y deja que ella se solace sentada sobre su desnudez. Él también se solaza, y esas caricias activan millones de terminales erógenas en ese cuerpo de diosa, tan perfecto, tan suave, tan vivo. Lentamente, el pene de Frank comienza a apuntar hacia las cálidas y lubricadas entrañas de Elga hasta insertarse en ellas sin ninguna dificultad. La mujer rebota gimiendo cada vez más y más intenso, hasta que los gemidos reverberan en ese espacio cerrado, e incluso trascienden.

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“Funcionó”, informa Adán por el radio, a la vez que baja su cremallera y libera su miembro para masajearlo con lentitud y delicadeza.

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