viernes, 11 de noviembre de 2022

ASS (52): ¿Puedes hacerme un favor?

tras cachar un rato, Bartolo cuenta a Sandro que Dago ya despertó.



Con muchas preguntas en la cabeza, Sandro aprovecha esa mañana para coger su bicicleta y emprender una de esas rutas de hora y media que terminan dejándole el culo y las piernas bien hinchados y duros. Llega a la pensión donde vive antes del mediodía. En la puerta se encuentra de pechito con Bartolo, vestido en su bata de personal de salud.

“¿Llegas o te vas?”, le pregunta Sandro.

“Llego”, le responde Bartolo.

“Perfecto: necesito un masaje”, le pide el primero acercándose discretamente.

“OK.. pero yo antes necesito una ducha”.

“Yo tengo una”, sonríe Sandro pícaramente.

Los dos atletas comparten el baño y aprovechan para pasarse el jabón por sus pechos, sus espaldas, sus abdómenes, sus culos y al medio de ellos, sus pingas, sus bolas, sus piernas.

“qué rico me tocas”, susurra Sandro mientras busca la boca de Bartolo. Lo besa profundo.

Ya secos, ambos se olvidan del masaje y se revuelcan en la cama. Bartolo le chupa ambas tetillas, también la pinga y las bolas; le levanta las piernas y le mete lengua en su ano liso y ancho, signo inequívoco que un pene, o varios penes, ya entró ahí más de una lujuriosa vez.

“¿te masajeo primero y te cacho después?”, propone Bartolo.

“Mientras me hagas llegar al clímax, haz lo que quieras, mi vida”.

Bartolo sonríe. Pone a Sandro boca abajo y comienza a sobarle la nuca, luego los hombros, toda la espalda superior de arriba abajo y de los lados al centro. No olvida los brazos, sigue con la espalda media y baja. Da algunos golpecitos con la yema de sus dedos. Continnúa con las musculosas nalgas, de arriba abajo, de la cadera a la raja. Con uno de sus pulgares, le soba sutilmente el ano. Luego deja que su pene semi-erecto se pose encima de esa profunda división del culo.

Sigue con las piernas, y luego lo pone boca arriba. Ahora es el trasero de bartolo el que se posa encima del pene erecto de Sandro mientras le soba el pecho.

“¿Quieres que te la meta, Bartolito?”.

“Si quieres… ¿por qué no?”

Sandro sonríe. Saca un condón y lubricante. Bartolo se encarga de proteger el pene y untarlo del coloide. Luego, comienza a insertarse ese pedazo de carne, engulléndolo con su ano. Gime y jadea. Posteriormente, comienza a rebotar sobre él.

La sensación de placer que experimenta Sandro es indescriptible. El problema, quizás, es que no está tan habituado a ser activo: siete u ocho minutos después, eyacula dentro del condón.

Descansa sobre su cama con Bartolo al lado.

“¿Y cómo va la campaña?”,le pregunta.

“Ahí… más o menos. Ayer estuve con el candidato regional, Pelu”.

“Ah,el que fue futbolista o algo así”.

“Sí,ése. Rico culo y rica verga tiene ese man”.

“¿También cachas con él”.

“Yo quiero cachar con todos los hombres guapos y masculinos que conozca, Bartolito, y tú eres uno de esos privilegiados”.

Sandro se aproxima a dar un beso a su amante de turno.

“¿Y tú qué novedades? ¿algo interesante en el hospital?”

“nada en especial. Los pacientes de siempre, aunque hoy me dijeron que evalúe a un pata que se accidentó ayer temprano acá cerca de san Sebastián”.

“¿Quién es?”

“Dagoberto… algo… no recuerdo el apellido. El caso que venía con un pasajero que había recogido,un camión salió de sorpresa de una parcela, él perdió el control y cayó con todo y pasajero al canal que hay al lado”.

“¿No será Dago, un pata que hace mototaxi?”

“Ni idea, Sandro. Es un pata gruesito, más o menos agraciado. Buenas piernas”.

“¿quién era el pasajero?”

“Un tal Francisco, creo que es profesor de aula. Me parece haberlo visto en el AS alguna vez. Creo que es amigo del instructor o algo así”.

La curiosidad de Sandro se activa.

“¿No será un tal Paco? Es una locaza”.

“Ni idea, Sandro. El mototaxista despertó hoy. Milagrosamente ssolo tiene contusiones, una luxación de hombro y codo, pero ningún hueso roto”.

“¿Y Paco está despierto?”

“No, aún no”.

“¿Y qué cuenta el mototaxista?”

“Muy poco. Lo que te dije. Fue a recoger a ese profe a una parcela como a las cinco de la mañana y pasó todo lo que te dije”.

Sandro se extraña. ¿en qué parcela podría haber estado Paco?

“Se me paró la pinga”, avisa Bartolo. “¿Te cacho al toque?”

Sandro sonríe. Hace que su amante se acueste sobre él.

“Claro… ¿Puedo pedirte un favor?”

“Mientras no sea plata…”

“No, algo más fácil”.

Bartolo sonríe. Se incorpora , levanta las piernas al ciclista, vuelve a hacerle un beso negro, y, al ver que ese ano ya está bien dilatado, pide un condón, se lo pone, unta lubricante y mete su pedazo de masculinidaden ese ccálido y gentil agujero.

Bartolo bombea gentilmente, controlando su respiración, transmitiendo energía erótica en cada movimiento que devuelve la excitación a Sandro, quienluego se pone en cuatro patas y deja que el fisioterapéuta le azote las nalgas con su ingle. Bartolo prueba a tener un orgasmo sin eyacular, y consigue tener dos. Ni una gota de leche fuera. Nno es necesario. Sí es posible llegar al éxtasis sin desperdiciar ese precioso fluido blanco.

Se acuesta sobre Sandro.

“Qué rico es cachar contigo, carajo”, le dice.

“¿Y podrás hacerme el favor?”

“Claro… cuenta con eso, Sandrito”.

Dos horas después, el ciclista llega a la ssala donde Dago se recupera. El mmototaxista se sorprende.

“Yo sé que me conoces de vista, pero me gustaría ayudarte”. Sandro saca varios billetes y se los deja discretamente debajo de un teléfono celular. “¿Puedes contarme detalles del accidente?

Dago mira los billetes, luego mira a Sandro. Está desconcertado.

“¿Por qué quiere saber detalles?”

“Confía en mí… ¿aceptas la oferta?”

Dago se lo piensa. Sandro espera con paciencia. Mientras tanto, en Cuidados Intensivos, Paco sigue inconsciente.

 

Y para terminar, te dejamos con un video porno gay.


jueves, 10 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.3: Un rico trasero


Nos besamos en la boca.

El aliento a alcohol me excitó más.

“Quiero”, rematé.

Me saqué la camisa y la dejé en el suelo.

Volvimos a besarnos, esta vez con abrazo incluido. Y así seguimos hasta desnudarnos por completo.

Me alocó con una magistral fellatio, rodamos un poco en la cama, y se acomodó para que lo penetrara, levantando sus piernas tanto como pudo.

“¿Tienes forros?”, consulté muy cariñoso y ardiente.

“esta vez sí”.

Abrió una gaveta de la mesita de noche.

Lo hicimos.

Tengo que reconocer que Eduardo era muy creativo a la hora de desplegar su repertorio de posiciones sexuales. A lo mejor era experto en Kamasutra gay, un título, o al menos un diploma, que difícilmente podrías ostentar en la pared de tu casa pero que sí podías acreditar dentro de las paredes de una habitación, o quién sabe dónde.

Era casi las dos de la mañana.

Ahí estaba yo otra vez, acostado junto al chico que alguna vez había conocido en un cine triple X, solo que ahora sí éramos Eduardo y Rafael.

Lo tenía abrazado por la espalda, sin ropa.

“Fue lo máximo”, me susurró.

“Qué bueno”, le dije también susurrando.

Me quedé dormido.

Cuando abrí los ojos, la televisión seguía prendida, esta vez con una clásica historia porno heterosexual. Afuera seguía oscuro.

Muy despacio, deshice el abrazo a Eduardo. Mi pecho estaba sudoroso.

Rodé hasta el filo de la cama sigilosamente, fui al otro lado y recogí mi ropa.

Tras vestirme, esculqué el bolsillo del jean de Eduardo.

Encontré las llaves.

Salí con cuidado del dormitorio, bajé, destrabé la puerta de la calle, subí de nuevo, dejé las llaves, cerré la puerta del dormitorio sin hacer bulla, bajé con cuidado otra vez, cerré la puerta de la calle. Me sentía un perfecto ladrón.

Vi mi reloj.

¡Maldita sea! ¡No tenía reloj!

¡Puta madre! ¡Lo había dejado en la mesita de noche!

No. Regresar no era una opción (tampoco podía).

Vi mi celular.

Era las cuatro y cincuenta de la mañana.

No circulaba un mísero taxi, por lo que llamé un remisse.

Mientras lo esperaba, varios chicos ebrios pasaban. Algunas caras me eran conocidas. Un hombre gordo, ya cuarentón, me guiñó un ojo. Lo ignoré. Oriné por allí, en un jardín, vigilando a ambos lados, porque no aguantaba.

El auto llegó a las cinco y diez.

Camino a casa, otra vez esa bachata de moda sonaba en la radio.

Ahora sí, dormí hasta que me dio la gana, o sea, mediodía.


En ese momento, prendí mi teléfono un instante para llamar a mi mamá, y confirmar la hora de regreso y la hora que tenía que recogerla.

Tras ello, iba a apagarlo cuando entró un mensaje de texto.

“Pudiste dejar tu reloj aquí… Si lo quieres, debes buscarme”.

Apagué el celular, y ese día decidí dejarme de cosas. Limpié mi habitación, la ordené, me preparé almuerzo. Más tarde, recogí a mi mamá, y lo que me restaba del domingo, me propuse ser un hijo ejemplar. Por supuesto, le conté sobre el fallecimiento de la abuela de Laura.


Al día siguiente, fui a trabajar como de costumbre.

Dejé todo listo para la capacitación, pero un proceso de última hora requirió mi atención.

Llegué tarde a la sala de juntas y ubiqué mi lugar, previas disculpas.

¡Vaya! el capacitador tenía un buen trasero.

Ni modo, como él estaba de espaldas, fue lo primero que llamó mi vista.

Entonces, él se volteó a vernos con un rostro sonriente.

Me quedé helado.

Era Al.


El precio de Leandro 12.4: ¿Papá?


                    Cintia queda dormida en el pecho de su amado, mientras él mira a la oscuridad, intentando analizar el recorrido de sus últimos catorce meses de vida. La cancha de fútbol, la casa de novios, la casa de esos dos novios, el taxista amistoso, la convocatoria… Darío. Alguien le habló sobre darma y karma, las dos fuerzas del universo que atraen lo positivo y lo negativo respectivamente. Leandro no tiene claro cuál de las dos lo comanda. ¿O acaso está al medio? ¿O no está en ninguna parte? Cuando comienza a quedarse letárgico, su celular vibra. Lo toma y mira la pantalla, reconoce el número, corta la llamada y no la contesta.

 


En ese preciso instante, a unos cinco o seis kilómetros de distancia, en el último piso de la Torre Echenique, un ebrio Darío llora en medio de una solitaria cama. Su cabello está un poco largo y desordenado, la barba medio crecida, desnudo y acompañado por otra botella de vodka; insiste con su celular mientras escucha a Bach. Se lo lleva a la oreja.

“Hola, soy Leo Pérez. Ahora no puedo atenderte, así que deja tu mensaje luego de la señal”.

¡Bip!

“Leo, soy Darío. Por favor, llámame cuando puedas. Te amo”.

Bebe otro sorbo y trata de concentrarse en la melodía. No lo consigue. Vuelve a manipular la pantalla de su celular y se lo lleva a la oreja.

“¿Darío?”, le contesta una voz somnolienta.

“Hola”, habla algo imperativo. “Necesito que vengas a la Torre”.

“Darío, son… son doce y media de la noche”.

“¿Y qué tiene? Para eso te compré esa moto. Vístete. Te espero”.

Bebe otro sorbo de vodka, y por alguna razón busca desde su celular la canción de Luna Estrella en la que aparecieron Rico y Leandro como modelos. La intenta cantar sin éxito, o en todo caso, como todo hombre alcoholizado.

 


Ese lunes por la  mañana, en la oficina, Leandro está con cara de pocos amigos viendo unas cuentas. Madero entra.

“¿Hay algo malo en el departamento o ya tuviste tu primera pelea de conviviente?”

“Nada de eso. Digamos que alguien me hizo una llamada casi a medianoche y… me jode”.

“¿Alguien con una carrera en decadencia, que fue rechazado como imagen de una poderosa firma comercial que, en su lugar, puso a cierto deportista que tengo enfrente?”

“¿Cómo lo sabes?”

“Últimamente Darío Echenique está hecha la melodramática”.

“No es broma, Beto. Parece, pero mortifica”.

“¿Y cómo tiene tu número si lo cambiaste cuando comenzó el programa?”

“Buena pregunta, pero si crees que yo se lo di, pues no fui yo; dicho sea de paso, desde que no tengo nada con él, vivo más tranquilo, con cosas más importantes sobre las que debo ocuparme como estas facturas”.

“Ese Echenique sí que es terco, entonces”, concluye Madero.

“Ya veré cómo me lo saco de encima”, se alivia Leandro.

El futbolista ordena sus papeles y sale un momento de su propia oficina, porque parte de sus negociaciones incluyeron su propia oficina. No da ni dos pasos cuando su celular vibra, lo mira, se niega a contestar pensando que Darío está usando otro número. Insisten en timbrarlo, saca el aparato, respira hondo y responde:

“Oye tú, deja de joderme, ¿quieres?”, habla en voz baja.

“ehhh… ¿Leandro?”, duda una voz muy grave en el auricular. Y ésa no es la  de Darío.

“Perdone, sí, soy yo; pensé que eran… eran esta gente que vende cosas por teléfono”.

“Comprendo. Mira, Leandro. Te habla Baldo Pérez”.

“¿Papá?”, se extraña el muchacho.

“Sí, hijo… Me encantaría conversar contigo… en persona”.


miércoles, 9 de noviembre de 2022

el precio de Leandro 12.3: Elías no existe


                    La estrella del catálogo de primavera, mas bien, es Leandro, quien parece gozar de buena salud como figura pública. Tras la agotadora jornada, Roberth lo invita a tomar un jugo energizante en su departamento, en el segundo piso de lo que el fotógrafo llama su caja de zapatos’ por el diseño de prisma rectangular pero echado.

“Beto dice que ya viene”, informa mientras le da medio minuto más a la licuadora para que triture toda la fruta que pudo ponerle.

“Oye, Rob”, sonríe Leandro, echado sobre el sofá de la sala, “¿y qué tal lucí esta vez?”

“Mucho mejor, hijo. Esa temporada en televisión, el equipo, tu trabajo en la agencia, como que estás madurando. Solo te falta cumplir tu promesa de estudiar”.

“Por ahora no tengo tiempo; a duras penas si hago ese curso de inglés por Internet”.

“And is it working as you expected?”

“So-so”.

“Poco a poco, debes tenerte paciencia”.

Roberth al fin sirve el jugo en una enorme copa de vidrio y se la ofrece a su invitado, trae la suya propia, se sienta a su lado y choca los cristales:

“¡Salud, Leo Pérez!”

“¡Salud!”, responde el aún futbolista. “Oye, Rob, hay una cosa que me ha dado vueltas estos meses y he tratado de investigar, incluso he preguntado allí en el trabajo pero nadie me responde o dicen que no están autorizados”.

“¿Le has preguntado a Beto?”

“No he tenido el valor, pero tú eres su amigo así que algo podrías saber”.

“¿Qué será?”

“¿quién es Elías?”

Roberth casi se atora con el jugo, tose un poco:

“¿Quién te habló sobre él?”

“Hay documentos, hay gente que me ha dicho que no me desea la suerte de ese tal Elías”.

“Leo, te lo diré una sola vez por tu bien: hay cosas que es mejor dejarlas enterradas donde están y no removerlas. Mucho menos se te ocurra preguntarle a Beto Madero al respecto porque no sabes cómo reaccionará”.

“¿Tanto así?”

Tocan el timbre y Roberth se pone de pie.

“No sé quién te haya hablado de él, pero haz de cuenta que nunca lo oíste, Leo, ¿me escuchaste?”

Leandro  hace el saludo militar. Roberth baja a abrir la puerta. La respuesta deja intrigas en la cabeza del joven, pero… ¿perderlo todo por una puta intriga? Se promete a sí mismo que tratará de olvidarlo.

 


Al cumplirse un año de su entrada a Sparking, Leandro ya maneja su propio auto, aunque recién está pagando la segunda cuota, y por un arreglo especial y sorpresivo con Alberto Madero, se muda al dos cero uno del Condominio Las Flores. Si bien lo que ha ganado durante estos doce meses entre el modelaje, el papeleo, el fútbol y el programa de televisión le ha permitido remodelar poco a poco la casa en el Distrito Norte (lo que a su tío le ha parecido, a la distancia, una excelente idea), el trabajo le fue creando la necesidad de cambiar de aire y estar más cerca de todo. Esta vez Adela no ha opuesto tanta resistencia como al mudarse por dos semanas a la Torre Echenique; además, aunque ella hubiese querido otro tipo de forma, Cintia también se ha mudado con ellos para iniciar convivencia con Leandro. El domingo que se trasladan solo cargan sus maletas y algunos accesorios, como la computadora de escritorio de la que Adela difícilmente querrá separarse. Rico les ayuda. El lugar agrada sobremanera a ambas mujeres, y para celebrarlo, preparan un suculento y nutritivo almuerzo. Los muchachos abren una botella de vino y sirven copas.

“¿Y tú no bebes, Rico?”, curiosea Adela.

“Tengo que regresar al auto y las multas por alcoholemia no están tan baratas que digamos”, responde el muchacho.

“Te traigo la gaseosa, entonces”, ofrece Cintia.

“No, yo la traigo”.

Mientras esperan a Rico, Adela se acurruca en el pecho de su hijo:

“Estoy tan feliz, Leíto. Ahora por fin estás consiguiendo tus cosas”.

“Nuestras cosas, má. Recuerda que ahora somos una familia”.

Leandro también abraza a Cintia y le da un beso breve en la boca. Rico entra con su vaso de gaseosa, y ahora sí todos pueden brindar juntos y juntas.

 


Durante toda la relación, y a pesar de los avances del futbolista, Cintia nunca dio opción a tener más intimidad que la de ciertos juegos atrevidos, a lo mucho en ropa interior. “soy muy joven y no quiero ser madre aún”, ha venido repitiendo a su enamorado; pero esa noche, ella sabe que es especial, y que quizás ha llegado el momento de ir más allá. Vestida con su bata de dormir, lee unas separatas ya arropada en la cama cuando Leandro entra después de ducharse, totalmente desnudo, y se arropa junto a ella.

“No pensarás dormir así, ¿no?”

“Sabes que siempre duermo así”.

“Ay, Leo. Al menos ponte un interior o algo”.

El muchacho coge las separatas de la mano de su enamorada, las coloca en la mesa de noche que está a su lado, comienza a besarla y a acariciarla.

“Al fin solos, mi amor”.

“No tan solos: tu mami está en el cuarto cruzando el pasadizo”.

“No se despertará porque cuando hace contacto con la almohada, ¡plup!, queda seca”.

Leandro besa tiernamente el cuello de Cintia y ella trata de dejarse llevar. Él la acaricia y ella trata de regresar mentalmente a esa fantasía que tenía desde adolescentes y que esta noche comienza a hacerse realidad. Pero, cuando él comienza a arremangarle la bata:

“Amor, amor, amor, ¿no vamos… muy rápido?”

“esto es solo el inicio”, le responde el excitado chico.

Ella comienza a jadear y decide que lo mejor es entregarse, dejarse llevar, permitir que la libere de la ropa que aún cubre mínimamente su cuerpo, recostarse sobre el lecho y sentir encima suyo el cuerpo del amado, los labios del amado, la lengua del amado llegando a esos rincones a donde ningún hombre pudo llegar porque ella se reservó para él. Jadea, Cintia, no te censures. Gime cuando esa ráfaga de electricidad corra de los pies a la cabeza liberando millones de amperios, voltios, watts, joules. Bésalo, Cintia, porque llega ese momento sublime. Bésalo con dulzura y pasión porque ahora es cuando él, por fin, se funde contigo. Duele un poco, sí, pero si te aferras a su espalda con tus brazos, si acaricias sus nalgas con tus talones, si dejas que inunde tu cuello de cálidos susurros, darás paso a un placer que quizás imaginaste a solas, quizás experimentaste a solas, quizás alucinaste a solas, pero que queda largamente superado por esta sublime realidad. Déjate llevar, Cintia. Estalla, Cintia. Siente, Cintia. Apriétalo fuerte cuando escuches que él está comenzando a rugir.

“Te amo”, anuncia Leandro, luego de moverse como un impaciente bailarín urbano.

Bésalo, Cintia. Como él te lo prometió, no ha acabado; apenas comienza.

“Mi amor, no nos hemos protegido”.

“Pierde cuidado, princesa. Mañana tomas una pastilla de emergencia y todo estará bien”.

“Tenemos que cuidarnos, Leo. Tú ya sabes”.

“Sí, lo sé. Yo tampoco quiero ser papá aún”.

“Pero en algún momento le daremos nietos a tu mamá”.

“Sí, quizás en quince o veinte años, ¿no?”

“Ay, Leo”, sonríe ella.

 

martes, 8 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.2: Esa ladilla


“Ah… ¿sí? ¿diga?”

“Soy Jaime… del gimnasio”

“¡Ah, pata! Sorry. Pensé que eras otra persona”.

“Ya me imagino a qué ladilla te refieres”.

Me carcajeé.

Tras hablar del ritmo con que entrenábamos, acordamos encontrarnos en el Port-au-Prince, como en una hora más. Corrí a bañarme y a arreglarme.

El sitio señalado es un bar en un barrio donde los universitarios suelen alquilar habitaciones, muy cerca de un parque.

“¡Rafael!”

Volteé. Esa cara me era ligeramente familiar.

“¿No me reconoces?”

El tipo era gordo; es decir, Para nada Jaime.

Fue cuando temí uno de esos típicos ajustes de cuentas. Me puse nervioso.

“Soy Hernán. Me sentaba en la banca del costado”.

Por fin hice sinapsis.

¡Dios mío! ¿Cómo este fulano, quien en el colegio parecía un cerillo, ahora se triplicaba a sí mismo en volumen?

“¡Hombre, qué ha sido de tu vida!”, lo saludé.

Nos abrazamos.

“estoy con varios patas de la promo”.

Miré a donde me señaló. Una docena de veinteañeros departía alegremente. Poco a poco, mi memoria fue identificando rostros, a relacionarlos con nombres y apodos. Me acerqué.

Pedimos cervezas y nos pusimos a recordar las mataperradas de nuestros años de secundaria, desde el chicle en la silla del más ‘nerd’ del salón y cómo le lucía en el trasero hasta los primeros amores.

“Oe, Rafo, y hablando de amores…”

Ah. A hablar de Laura.

“… ¿cómo te va con el Tuco?”

Todos celebraron con risotadas.

“Oe, carajo. El huevón ése no me quiere dar el divorcio porque no hicimos separación de bienes”, bromeé.

Todos aullaron amaneradamente, y se rieron después.

De pronto recordé que del Tuco no tenía nuevas noticias desde el cumpleaños de Laura. ¿Por dónde andaría mi amigo, mi gran amigo Josué?

Por lo visto, aún no era tiempo de que él regresara a la ciudad.

Tan amena fue la conversación que, cuando nos dimos cuenta, habían pasado dos horas.

Miré mi celular: había una llamada perdida. Era el número de Jaime.

Me retiré a un espacio con menos ruido para disculparme. En lugar de contestarme, me cancelaba la llamada.

No insistí. La conversación con mis amigos del colegio estaba más entretenida, así que tomé el camino de vuelta, y antes de poderlos alcanzar… Eduardo me cerró el paso.

“Hola, Rafael”. Qué casualidad”.

“¿Y ahora tú?”. Torcí mis ojos.

“¿Te molesta encontrarme?”

Resoplé.

“Por lo visto no me quedan muchas opciones”.

“Mira”.

sacó un llavero de metal.

“Está bonito”, califiqué.

“No, tonto. Son las llaves del cuarto de Antonio. Se fue a visitar a su familia, y me lo encargó. ¿Por qué no compramos algo de tomar y vamos a conversar allá?”

“Porque estoy con mis amigos de la promo de mi cole que están allí”.

Señalé soberbiamente la mesa donde ellos estaban… pero no estaba nadie. ¿En qué segundo se habían esfumado?

Los busqué con la mirada. Negativo.

Torné mi cabeza hacia Eduardo.

“¿A dónde vamos a comprar?”, le consulté resignado.


Era casi doce y media de la noche cuando llegamos al dormitorio de Antonio, en Castilla, cruzando el casi inexistente río Piura.

Eduardo puso el canal de videos musicales y me alcanzó una lata de cerveza. Las abrimos, las chocamos y luego nos sentamos en la cama.

“¿Y a quién pensabas traer acá”, le encaré. “¿Algún… punto?”

“No seas así. No es mi cuarto. Si te pasé la voz es porque eres de confianza…”, me replicó. “Voy al baño”.

Mientras Eduardo se iba, tomé el control remoto y pasé de canal en canal. Llegué al d adultos. Dos hombres de muy buen cuerpo tenían sexo en la pantalla. Bajé el volumen unos puntos para que no se oyeran los gemidos.

Me quedé extasiado, y, a medida que tomaba mi cerveza, empecé a excitarme.

Eduardo salió del baño. Me vio, vio la pantalla del televisor, me vio de nuevo. Sonrió.

“No debes”, me dijo con voz postizamente seductora.

“Pude”, le repuse.

“¿Quieres?”

“Claro… Más cerveza, quiero decir”.

Nos acomodamos en la cabecera y extendimos nuestras piernas sobre el colchón. Entre él y yo nos tomamos media docena, a medida que conversábamos de cosas sin importancia.

Evité hablar de Laura y él parecía no querer tocar ese tema, como si el Universo se la hubiera llevado a una dimensión paralela, o a otro lugar lejos de la ciudad, justo esa noche.

No cambiamos de canal.

Entonces, puso su mano y acarició mi muslo.

Antes que llegara a mi ingle, se la detuve con la mía.

“No debes, Eduardo”.

“Puedo”, respondió.

Nos quedamos mirando fijamente a los ojos.

De pronto, la mente se me borró. Solo quería una cosa… una vil cosa. 

El precio de Leandro 12.2: Deja a tu novia


Simultáneamente, surge un nuevo proyecto que a Leandro le lleva a renegociar sus condiciones de trabajo, en las que habría un medio tiempo fijo, con horario de entrada y salida, y la otra mitad con un horario muy flexible que le permita entrenar y jugar por el San Lázaro esa temporada, ganando más dinero. Mes y medio después, Sparking advertising lanza un programa de una hora para el canal de deportes por cable, Línea Blanca con Leo Pérez, un espacio dinámico de entrevistas y juegos con futbolistas de primera división, en la que el atractivo es ver al conductor apostando pataditas o cabecitas con el invitado de la semana. Claro, cuando Leandro pierde, paga la producción. El estreno es un éxito, en gran parte por el carisma del muchacho y una exhaustiva campaña en prensa radial, televisiva, escrita e interactiva, lo que le lleva a ser convocado como modelo para la colección de otoño e invierno de Lawrence’s bajo la dirección de Roberth Peña, quien ahora pasa poco tiempo en el país. Durante la sesión, todo el mundo está atento al encuentro entre Darío y Leandro, cosa que nunca llega a ocurrir; de hecho, ni siquiera coinciden en los turnos para posar. Además, el supermodelo está concentrado en apoyar a Pepe para el campeonato de fisicoculturismo que se realiza en el norte del país, y a última hora a Mauricio, quien ya va postergando su matrimonio por tercera vez.

“No me siento listo”, repite. “eso es todo”.

Lo que quizás el técnico en informática no se atreve a admitir es que la postergación y el auspicio están directamente relacionados con el hecho de que poco a poco se va metiendo en la cama de Darío.

“No sé si lo llegue a satisfacer, Pepe: el es hombre, yo también”.

“ésa es la parte superficial, mi querido Mau. Mejor piensa en que él tiene billete, tú no”.

“¿Y… no importa que no la tenga… grande?”

“Mímalo. Ese huevón anda sediento de cariño más que otra cosa”.

Eventualmente, los tres comparten el mismo espacio, y esas son malas noticias para el moreno, puesto que mientras suele recriminar a Darío duramente y por casi todo, Mauricio hace lo totalmente opuesto: le da la razón en todo. Y lo que parecía ser una triple armonía se transforma en una rivalidad que el supermodelo termina zanjando:

“¿Sabes qué, Pepe? Me estás queriendo invertir los papeles, porque hasta el año pasado me acusabas de querer controlar la vida de todo el mundo, y ahora tú quieres controlar la mía”.

“Por Dios, Dary. No quiero controlarte nada, solo quiero que entres en razón”.

“No eres mi padre; no eres nadie para tomarte esas atribuciones. Mira a Mauricio, que prefiere llevar la fiesta en paz”.

Justo esa noche, a fines de mayo, Darío celebra su cumpleaños veintiséis.

“¿Sabes qué?”, le dice a Mauricio. “No voy a lamentarme porque se va; que se vaya entonces. Tú me acompañarás a celebrar”.

“¿Dónde?”

“Ya veremos”.

Y olvidando su compromiso de no probar una gota de alcohol, se reencuentra con un viejo conocido… el vodka.

“Tómate un puto vaso”, le pide a Mauricio, mientrasfestejan en una discoteca no muy lejos de la Torre, la misma para la que había llamado modelos nueve meses antes.

“Sabes que no bebo, Darío; pero te acompaño con algo suave”.

“Pide lo que te dé la puta gana que yo lo pago”, le replica evidentemente ebrio.

Entonces, cuando Darío da otro sorbo, algo llama su atención al fondo: una pareja. Las luces intermitentes le causan cierto esfuerzo, pero al destellar una ráfaga blanca, no tiene dudas. Se pone de pie.

“¿A dónde vas?”, se alarma Mauricio.

“Espérame aquí”.

Leandro y Cintia se besan tiernamente en una mesa cuando los interrumpe un palmazo  sobre el tablero.

“¡Hola chicos!”, alguien les saluda sarcásticamente.

“¡Darío!”, reacciona Leandro.

“Hola”, dice Cintia.

“Felicitaciones por el noviazgo, amigos”, continúa el supermodelo, ebrio y en tono irónico. “Y felicitaciones por tu programita de televisión, Leo. Viendo los créditos, ya entiendo que buscaste el éxito con otro pobre y triste infeliz que no fui yo”.

Leandro se pone de pie y se acerca a Darío con cierto disimulo:

“Por favor, no hagas tus escenas aquí”, le dice en la oreja.

“¿Qué temes? ¿Que ella lo sepa o ya se lo confesaste?”

“Darío, por favor”.

“Te amo, Leo”, se arrima el borracho y disimuladamente le agarra el paquete, a lo que el futbolista reacciona empujándolo con violencia. Darío pierde el equilibrio y cae al suelo. Pronto, llegan los agentes de seguridad y se interponen entre ambos.

“Tranquilo, amigo”, dice Leandro a uno de ellos. “Mi novia y yo nos vamos”.

Se acerca a Cintia, la toma de un brazo:

“¿qué pasa, Leo”.

“Darío está con los diablos azules y hablando tonterías. ¿Vamos a otro lugar?”

Cintia se pone de pie y sale detrás del futbolista escoltada por uno de los guardias de seguridad. Darío intenta abalanzarse pero otro efectivo lo detiene.

“¡Cúidate Cintia!”, grita como loco. “¡En nuestro mundo, todo son apariencias, amiga! ¡Leo, que Madero no termine botándote como a Elías!”

 


Toda esa semana, Leandro revisa compulsivamente cuanto periódico, revista, sitio web, programa de televisión, en fin, cualquier medio que diga una sola palabra sobre el incidente de la discoteca. Justo Línea Blanca con Leo Pérez acaba de cerrar un patrocinio exclusivo con Fabed, una marca de electrodomésticos para el hogar, y lo que menos necesita a esas alturas es un escándalo. Al inicio del proyecto, Sparking había contratado a un hacker cuya función fue hallar toda referencia a los desnudos del futbolista que pudieran estar desperdigados por la red y gestionar su borrado o bloqueo. Suda frío cuando halla la historia ya publicada, pero en todas nota algo raro: se menciona la discoteca, se menciona un incidente, se menciona a Darío, pero no hay una sola línea ni sílaba sobre él, Cintia, o algo que los relacione. Como si nunca hubiesen estado ahí. Incluso, en las redes sociales no hay un comentario al respecto. Ésas son buenas noticias para el programa de televisión, pero malas para Darío, cuyas borracheras pasan a ser tópico de ciertos programas de chismes en la televisión y los servidores de video, lo que obliga a la cabeza de la Corporación Echenique a dar otro mes de descanso a su hijo, pero bien al sur del continente, entre grandes coníferas y nevados volcanes a punto de estallar. Esta vez la terapia será convivir con cierto pueblo originario ninguneado por una sociedad que, en apariencia, pudiera estar en Europa o el Asia Insular, pero que en la realidad se encuentra tan mal o quizás peor que sus vecinos en tierra firme. Tal lejanía permite celebrar los veinte años de Leandro con cierta tranquilidad en un restaurante campestre con la madre, la novia, el mejor amigo, algunos familiares cercanos (“para que se muerdan de envidia”), el personal de Sparking, todo el plantel dirigencial y deportivo del San Lázaro y diez fanáticos del programa de televisión quienes ganaron un pase mediante un sorteo en redes sociales. La prensa comenta el hecho favorablemente durante una semana entera.

 


Darío regresa a duras penas para presentarse como modelo del catálogo de primavera en Lawrence’s, pero los directivos le dan largas y finalmente le dicen que, por esa temporada, prescindirán de su imagen. Mauricio trata de que su ex patrocinador regrese al fisicoculturismo, con relativo éxito. Aunque, en realidad, lo que quiere es ahorrarse mucho dinero en gimnasio y suplementos.

“Te propongo algo”, le dice Darío una de esas noches en que ambos duermen juntos. “Olvídate de tu noviazgo, olvídate de andarte buscando trabajitos de técnico por aquí y por allá, olvídate de vender computadoras, programas y esas huevadas, y se mi pareja”.

Mauricio traga saliva.

“¿Terminar con mi novia?”

“Tómalo o déjalo, Mau. En la vida, si quieres triunfar, o apuestas todo, o no ganas nada. Y yo no estoy dispuesto a comprar tus caricias por separado”.

El ffisicoculturista revisa toda su vida en tres minutos…

“Me hago tu pareja, Darío”.

“Elegiste bien”, sonríe el supermodelo. “Mañana veremos algo que te guste; pero eso sí: si me traicionas como todos los chicos que han estado a mi lado, te cagas conmigo… y tú sabes que tengo recursos para joderte toda la vida, si quiero”.

A la mañana siguiente, Mauricio obtiene su primera motocicleta de doscientos cincuenta centímetros cúbicos. ¿Y sobre la amenaza? Pierde cuidado. La laptop de Darío es más libro abierto de lo que el supermodelo piensa.

  

lunes, 7 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.1: Ganando puntos


La reverenda gana se me quitó a las seis y cuarto de la mañana, demasiado temprano para un sábado.

Tras ducharme y vestirme, fui a la cocina, cual ratoncillo atraído por el queso.

“Buenos días, joven”.

“¡Camuchita! ¿qué delicias nos tienes para hoy”?

Carmen me miró cariñosamente con rabiecita.

“No soy Camuchita, jovencito. Car-men-ci-ta”.

“Por eso. Camuchita”.

A la mujer no le quedó otra que reírse, lo que premié con un cálido beso en su frente.

¿Qué desayuné? Pues… café, claras de huevo, un rico trozo de papaya, y tostadas… con queso… Éso explica por qué llegué cual ratoncillo.

Carmen y yo desayunamos juntos. Le conté lo de la abuela de Laura.

“¿está lejos el pueblo de la finada?”

“Como a hora y media, dos horas quizás”.

“¿Por qué no va a verla?”

La idea no sonaba mal.


A las ocho estaba tomando el bus para Chulucanas, como una hora al este. Un cuarto para las diez estaba en Santa Rosa de la Quebrada, un caserío perdido en un algarrobal, flanqueado por dos arroyos que, en verano, son imposibles de cruzar debido a las lluvias torrenciales.

en menos de cinco minutos di con la casa.

Ya sabes: pueblo chico… y todo el mundo termina soñando lo mismo.

Iba con un ramo de flores típicas de funeral que compré en el mercado de Chulucanas, tras asesorarme con la veterana vendedora, pues en estos menesteres póstumos era más torpe que elefante bailando sobre lago congelado al inicio de la primavera. Claro, como en Piura hay elefantes y temperaturas bajo cero, la figura se entiende perfecta.

Me perdonarás, pero dormir mal siempre me pone de un humor insoportable.

Apenas Laura me vio, vino hacia mí. Me abrazó triste.

“Mi amor, ¿cómo llegaste?”

Ehhh… Lo siento. No pienso explicártelo de nuevo.

Como siguiente número tenemos: conocer a toda la familia:

Algo de veinte tíos y tías, como 50 primos y primas, y eso que no agrego esposas, esposos, hijos, hijas y demás relacionados de la que en vida fue.

Faltó poco para que también me presentaran al resto de la población.

Me quedé idiota cuando conocí a una prima de Laura que no pasaba de los veinte, porque ya tenía esposo y tres hijitos. Creía entender el por qué la idea de la descendencia en que se empecinó mi enamorada por algún tiempo.

En la sala de la vivienda, estaba el cajón de madera, pintado de plomo, con una puertecilla abierta donde podía verse el rostro de la difunta. Toda persona que llegaba, tras dar el pésame de rigor, iba a contemplar la faz inerte de la señora.

A mí, la verdad, la idea me aterraba, así que me las ingenié para no honrar la invitación de la familia. De hecho, si soporté ver la cara de mi padre ya fallecido fue por el amor que le tengo, y porque me resistía a creer que jamás volvería a gozarlo. No fue fácil para mí estar en ese velorio, menos en éste.

El resto de asistentes estaba sentado en la sala alrededor de la capilla ardiente, conversando. Igual afuera, donde habían sillas y una banca.

Por allí circulaba una jarra blanca de aluminio y vasitos pequeños: trago corto. La evadí como pude.

Decidí estar un rato con los papás de Laura, quienes se deshicieron en agradecimientos por asistir a momento tan luctuoso. Honestamente, no pretendía ganar puntos con la familia, sino evitar morir de aburrimiento sin nadie en mi casa. El gran problema es que, si seguía aquí, iba a contraer depresión.

Igual gané puntos con la familia. Efectos colaterales, les llaman.

Me pareció que ya era suficiente. Estaba listo para fugar a Chulucanas.

“Jovencito”, dijo una de las tías de Laura. “Venga para que se sirva un almuercito”.

Detengámonos aquí a revisar un capítulo de la enciclopedia ilustrada de la idiosincrasia piurana: Jamás desprecies la comida que te ofrecen, aunque tenga diez mil calorías, pues el o la oferente pueden sentirse desairados. Mucho peor: nunca desaires a la familia de tu enamorada.

Me aparté un poco, fui a la cocina y me senté frente a mi plato.

¿Quién dijo que hay hambre en el campo? Con esta porción podía cubrir mis tres comidas del día, incluyendo bocadillos.

Laura se sentó a mi costado izquierdo, y todo el tiempo mantuvo su rostro apoyado EN mi hombro.


A las tres de la tarde, inicié la ruta de vuelta a casa.

El calor era inclemente, así que lo que más deseaba era llegar, ducharme y dormir hasta el día siguiente… o hasta las ocho de la noche.

Me despertó la alarma de redes sociales en mi celular. Era Al.

Y no era la única persona interesada en contactarme. Había un mensaje de texto que entró mientras dormía.

“Debo decir que mi sábado está abu. ¿Puedo saber qué tal el tuyo?”.

Sí. Era Eduardo. No le di importancia.

Por su parte, Al se pasó contándome de su estancia en la playa, de su paseo en moto acuática, y de cómo tuvo la suerte de encontrarse delfines nadando cerca de la orilla.

Era las nueve de la noche.

Una llamada entró a mi celular. El número me era desconocido.

Imaginé que Eduardo estaba comunicándose de otro aparato… telefónico, aclaro.

“¡¿qué quieres?!”, contesté molesto.

“Perdona… ¿Rafael?”

¡Momento! Esa voz asustada no era la de Eduardo.