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martes, 13 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.2: Tenemos lo que estás sospechando


el proyecto nos tomó tres semanas más, hasta que lo dejamos implementado limpiamente, de tal modo que el Tuco se emocionó hasta las lágrimas cuando lo operó: aparte de los formatos electrónicos para la administración de todo, tenía control de sus propias redes sociales y hasta un sitio web simple-pero-atractivo (con carrito de compras incluído).

Al final bautizamos al proyecto: Natural Merchandise of Piura, o Merchandise a secas. Sí, Laura no se cansaba de poner nombres en inglés a todo.

Ese viernes, quedamos para salir a celebrar por la noche, pero Laura no pudo venir porque viajó con su familia a una actividad relacionada con la muerte de su abuela.

Como a las once de la noche, Josué y yo terminamos tomando unas cervezas en el Port au Prince.

“Ya tengo los primeros pedidos, ya aseguré lo del transporte, y los proveedores que tenemos ya se familiarizaron con las alertas por celular. Este negocio será un éxito… y todo gracias a ti”.

“No solo gracias a mí, Tuco. Laura también tiene mucho que ver”.

“¿Siempre viajamos con ella la próxima semana?”

“Por mí no hay problema; pero dudo que se suba a una moto lineal”.

Nos reímos y chocamos nuestras botellas. Entonces vi que mi amigo puso su cara de alerta. Volteé.

“Hola, Rafael. ¿Me presentas a tu amigo, o me cambiaste por él?”

Era Eduardo. Estaba evidentemente ebrio.

“Mejor te vas a molestar a otra parte, ¿no?”, dijo Josué visiblemente mortificado.

“uuuuy. Tu nueva pareja no quiere sombra”, rió Eduardo. Sí, definitivamente estaba borracho.

Josué comenzaba a perder la paciencia. Me levanté.

“Eduardo, ya pues, pórtate bonito. ¿Te embarcamos a tu casa?”

“No quiero que me embarques a ninguna parte. No quiero nada”.

“Pero nos estás incomodando, Eduardo. Mejor te embarcamos”.

Traté de conducirlo a otro lado tomándolo de sus hombros.

“¡Déjame! Déjame. No me toques. Ya sé que perdí. Hace mucho que perdí. Pero no soy el único, Rafael, Rafo, Paúl o como te llames. Tú… tú también perdiste”.

Un tenebroso espasmo eléctrico me recorrió el cuerpo.

“¿Qué quieres decir, Eduardo?”

El borracho dio una media sonrisa, cínica. Miró a Josué, luego a mí.

“Yo perdí. Tú perdiste. Lo tengo. Tú también lo tienes”.

Me indigné tanto. Me arrebaté.

Empujé a Eduardo contra el suelo. Cayó.

Fui sobre él y lo agarré del cuello de la camisa.

“¡me vas a decir ahora mismo qué significa éso!”

Josué trató de separarme. Eduardo no borraba su sonrisa cínica, psicópata.

“es eso que estás sospechando, Rafo”.

Quedé aterrorizado.

Le solté el cuello de la camisa y me senté sobre el suelo. La gente se había arremolinado alrededor nuestro.

Unos serenos llegaron y nos sacaron del bar.


Apenas pasaba la medianoche, cuando Josué y yo estábamos en el parquecito cerca de mi casa, sentados sobre una banca. Yo me sentía desesperado.

“Rafo, el pata estaba borracho. No sabía lo que decía”.

“Imposible, Tuco. A ese conchesumadre se le suelta la lengua cuando está borracho. Ya me lo gané antes”.

“Pero no parece estar enfermo”.

“¡Bah! Los síntomas de esa enfermedad no se ven. Ahora la huevada es… si estoy infectado… la cagada, huevón”. Comencé a llorar. “Laura, huevón”.

Josué me abrazó. Dejó que me desahogara un poco.

“Rafo, nada sacas angustiándote. ¿Hay algún modo de saber si la tienes?”

“Prueba de sangre. Tengo que ir a un laboratorio”.

“Entonces, tendrás que hacer eso. Mientras tanto, nada ganas angustiándote con las huevadas de un borracho. Ahora cálmate: si tu mamá te ve así, será peor”.

Volteé a mirar a Josué.

“¿Me acompañarías?”

“Claro, hermano. ¿Cómo piensas que voy a dejarte solo?”

esa noche fue imposible dormir. Maldije el momento en que se me dio por irme a la cama con Eduardo, y sin usar protección. Maldije mi vida. Maldije todo. 

lunes, 12 de diciembre de 2022

Ser Rafael 17.1: Perdón al desnudo


el lunes, justo un día después de regresar del viaje relámpago a la sierra, salí del trabajo poco después de las cinco de la tarde, como era mi costumbre.

Apenas llegué a la calle, lo encontré allí parado como si nada.

“¿Listo, Rafo?”

Me alegré de verlo.

“Claro, Tuco. Pensé… pensé que no ibas a venir”.

No me respondió. Me palmeó en el hombro y caminamos hasta el gimnasio.

No hablamos más que de los planes del negocio y de las cosas del trabajo. No se mencionó más que eso ni al entrenar, ni cuando nos bañamos, y menos cuando regresamos a casa con Laura. Bueno, la razón es obvia.

Esa noche, los tres pusimos en blanco y negro todos los pasos que tomaríamos para que la creación de Josué se fuera concretando.

“Hoy me vieron la taleguita en el trabajo, y por lo menos dos patas se acercaron a preguntarme dónde la había comprado”, relaté.

“Hablas huevadas”, desconfió el Tuco.

“¡Verídico, hermano! Les dije que les podía conseguir, si deseaban”.

“Ay, claro. Ustedes viajan, compran cosas y a mí no me consiguen nada”, reclamó Laura.

Me levanté de la mesa, fui a mi cuarto y regresé con el tapete multicolor. Laura abrió la boca de asombro y se acercó para colgarse de mi cuello y darme muchos besos.

Josué siguió viendo los papeles que había llevado en tanto que mamá salió con tazas de café que trajimos de la sierra. El aroma era deliciosamente penetrante.

Mi madre también se sentó con nosotros, miraba cómo trabajábamos y de vez en cuando nos lanzaba ideas. Buenísimas, por cierto.

Terminamos casi a medianoche.


el resto de esos días, tras el gimnasio, Laura y yo regresábamos a mi casa y nos poníamos a trabajar en el proyecto de automatización del negocio. Decidimos tomarnos, incluso, los fines de semana. Era una curiosa manera de pasarnos el tiempo juntos, sin necesidad de terminar en sexo.

Precisamente, no recuerdo si fue viernes o sábado, cuando estábamos programando en silencio y Laura se levantó, caminó varias veces por la sala. Vio el tapete que mamá puso sobre el sofá, probó algo de café, y me quedó mirando fijamente.

“Piura’s Switzerland”

“¿qué?”

“La suiza piurana, Rafo. ¡el nombre del negocio! ¿Te imaginas? Todos los productos de la sierra de Piura en su hogar, no importa el lugar del mundo dónde esté”.

Realmente mi enamorada estaba inspirada. Llamamos al Tuco, le contamos la idea pero no sonaba muy convencido.

Aún así, seguimos trabajando.

Ese domingo fuimos a jugar pelota en uno de esos recreos campestres con piscina, cerca de la ciudad.

Estaba a punto de meter un gol, cuando nuevamente tuve esa sensación de ser observado por alguien desde algún punto. Me desconcentré, miré a los lados, y recibí un empujón de otro muchacho que jugaba.

“estás boca abierta, Rafo”, me pasó la voz.

Yo sonreí.

Esa noche, mientras estaba en redes sociales, se abrió una ventana de chat. Era al.

“Tus fotos ser muy bonitas”, escribió.

Comencé a explicarle del proyecto que estaba trabajando, y pareció muy interesado.

Al día siguiente, cuando Josué y yo íbamos al gimnasio, se lo conté.

“Al dice que puede ser nuestro concesionario en la Florida”, le anuncié.

“Suena bien. ¿Y qué le gustó más?”

“Los tejidos. Parece que la artesanía podría ser lo máximo allá afuera”.

“Excelente”.

Fuera de eso, aquel día el Tuco estaba mayormente callado.

Tras entrenar, nos duchamos. Justo acababa de cerrar la llave, cuando Josué se puso a la entrada de mi cubículo, e ingresó. Ambos estábamos mojados y desnudos.

“Rafo, sobre lo que pasó esa vez en el viaje, quería pedirte perdón. No debí hacerlo porque somos amigos, porque nos queremos, nos respetamos y porque no me parece, considerando que Laura es tu enamorada, y mi amiga”.

Quedé confundido.

“Pero, no creo que fue culpa tuya solamente. Yo te correspondí, Tuco”.

“Como sea. No debió pasar y no debe pasar de nuevo”.

“¿Crees que pueda pasar de nuevo?”

“Tenemos que evitar que pase, Rafo. Sí podemos”.

“¿quieres decir que?”

“No quiero decir nada, Rafo. Solo quiero que me perdones, y que jamás pasará de nuevo”.

¡Vaya! Un nuevo enfoque para esa rara trilogía –deber, poder, querer- que me pareció lógica, aunque no me dejó del todo satisfecho, ni convencido por lo menos.

“Tuco, no quiero perder tu amistad. ¡eres mi mejor amigo! No quiero que esa huevada nos aleje. Quiero que me trates como siempre lo has hecho”.

“Sí. Perdona. Pero estaba incómodo. Yo sé que me quieres, y precisamente por eso, vamos a hacer las cosas bien”.

“De acuerdo”.

Nos dimos un cordial abrazo, donde fue imposible evitar el contacto de las pieles. Aunque, honestamente, eso fue lo último que me preocupó, pues no quería escatimar mi afecto a esta persona. No es bueno escatimar el afecto. No es bueno guardarse nada especialmente si es verdadero y puro, como la amistad.

Cuando nos separamos, Jaime estaba en el estrecho pasillo entre las dos duchas, mirándonos con rabia.

“Ahora entiendo todo”, espetó con ridículo despecho.

El Tuco y yo lo miramos y nos carcajeamos. Jaime salió muy molesto. 

viernes, 25 de noviembre de 2022

Ser Rafael 14.2: También me acosté con hombres


Al salir del establecimiento, había avanzado los primeros diez metros, cuando una voz aguda me llamó.

“¡Raaaaffffooooo!”

Decidí caminar más rápido, pero alguien me había dado alcance. Me topó del hombro, y yo giré dispuesto a armar pelea.

“¡Oee, so reconch….! ¡Tuco!”

Mi mejor amigo, Josué, estaba parado frente a mí.

“Carajo. Esa mente. ¡esa mente, por Dios!”

Le di un fuerte abrazo, y un manazo a la vez por la broma.

“¿Cuándo llegaste?”

“Esta tarde”.

“¿Y por qué mierda no llamaste?”

“Carajo, Rafo. ¿Uno ya no puede darte sorpresas?”

“¿Con que ésas tenemos? Yo tengo una real sorpresa”.

Lo llevé al punto de encuentro con Laura y elena. Las muestras de ruidoso afecto no se hicieron esperar. Como el Tuco llegaba a mi casa desde que éramos púberes, forzosamente conocía a mi hermana.

Estaba contemplando henchido de felicidad aquel cuadro, cuando tuve esa rara sensación de ser observado. Volteé a ver, pero nada. ¿Me estaré volviendo paranóico?, pensé.

Desde esa noche, todas las salidas las hacíamos los cuatro, dos parejas. Incluso, Josué iba a ver a elena cuando yo estaba trabajando, para sacarla a la calle.

Mientras tanto, él y yo nos veíamos en el gimnasio. si teníamos que salir con las chicas, nos duchábamos juntos. Jaime me miraba molesto los primeros días, hasta que desapareció.

Para Josué y para mí no era vergonzoso mirarnos desnudos, y no me refiero a estar en forma o no, sino que toda la vida hemos visto cómo nuestros cuerpos adolescentes evolucionaban a su configuración adulta, y como si nada. Incluso solíamos jugar dándonos puñetazos amortiguados.

Un momento con Josué siempre era un momento para hacer reír y reír, para llorar y consolar, para compartir, para retar, para pensar, y hasta para callar. Además, era la única persona con la que me podía abrir y revelarlo todo, como lo que pasó con Al.

“¿en serio te ofreció ir a estados Unidos? Asu. ¿Qué le hiciste al gringo?”

“No me parece que haya mala intención en lo que me dijo, pero no me nace ir para allá”.

“¿Y sobre lo que te dijo de Laura? ¿De tu relación con Laura?”

“No lo sé, huevón. ¿Piensas que soy homosexual?”

“No seas huevón, Rafo. No se trata de lo que yo piense, sino de cómo seas, y cómo te aceptes además”.

“Si fueras gay, ¿tendrías palta en admitirlo?”

Josué pensó unos segundos.

“No. Especialmente frente a ti, no tendría palta”.

“¿en serio?”

“En serio. Es más. También he tirado con hombres”.

Me quedé helado.

No supe cómo reaccionar.

Busqué articular algo.

“Bi-bi- sexual?”

“Creo que sí… ¿Te jode, Rafo?”

Seguía realmente desconcertado.

Tras unos segundos para procesar tal carga de información, me le estreché y le dí un abrazo cariñoso.

“No, huevón. Eres mi amigo, mi pata, ¡mi hermano! ¿Cómo me va a joder?”


De vez en cuando, elena y yo también buscábamos la forma de pasar un rato solos, para conversar de nuestras cosas, o visitar amigos o amigas en común, o largarnos por ahí caminando, conversando, aconsejándonos. Porque antes que mi hermana, Laura es mi mejor amiga.

Aparte que nuestros torneos fraternales de video juegos eran épicos: casi siempre ella me ganaba. Sí, soy medio torpe en eso de concursar.

Tras una batalla que perdí vergonzosamente, fuimos a un café cercano a tomar unos jugos. Como me acababa de ganar, se la pasó recordándomelo todo el rato.

No paramos de reírnos hasta que nos quedamos en silencio.

Era el momento que buscaba, quizás.

“Zamba, ¿cierta esa cháchara de que apoyarías a tu hijo si fuera gay?”

“Claro, Negrito. ¿sabes por qué hay tanto gay haciendo porquería y media con su vida? O bien porque la familia no los acepta, o bien porque los aceptan a cambio de que ‘aporte’ algo para la casa. Por donde lo mires es una actitud condicional”.

“¿Y qué pasaría si fuera otro miembro de tu familia… como… un hermano, por decir?”

Elena dejó de sorber su jugo y me clavó la mirada, seria.

“Rafael, ¿qué tratas de decirme?”

Me puse nervioso. Me costó trabajo hablar.

“¿Me querrías igual si yo, alguna vez, hubiera… me hubiera acostado con otro hombre?”

“¿Y realmente lo hiciste?”

Esperé otro poco, y agarré valor.

“Sí, lo hice”.

Elena me quedó mirando. Entonces, sentí su mano fría sobre la mía… y juraría que no era por el jugo.

“Negro, eres mi hermano. Te amo igual. Tienes todo mi apoyo. Solo hay un detalle: ¿Laura?”

Oh, oh. Creo que ya oí esto antes.

“Laura no lo sabe, sospecho”.

“No me refiero a si lo sabe o no lo sabe. Me refiero a que si esos encuentros con otros chicos han sido antes de Laura o mientras has estado con Laura”.

“Mientras”.

Elena suspiró. Se tomó varios segundos. Ella no sabía a dónde dirigir su mirada.

“Hermano, debes definir esa situación. Una cosa concreta no puede ocupar dos espacios al mismo tiempo sobre cualquier plano. Es ley de la Física y es ley de la vida. ¿entiendes lo que trato de decirte?”

“Creo que sí. Debo definir las cosas”.

“Primero, por tu bien; luego, por el de todas las partes involucradas… Solo espero que te estés protegiendo, porque si no, agregarás otro problema”.

Laura volvió a sorber su jugo, mientras mi memoria traía de vuelta aquella noche con Eduardo. Aún así, sentí que regresé a casa con mi mochila medio vacía… 


Más noches después, cuando yo llegaba del gimnasio, encontré a Elena sentada en la sala viendo televisión. Lucía triste. Me chocó ver ese rostro, pero tampoco quería sentirme culpable, por lo que decidí enfrentarlo.

“Zamba, ¿estás bien?”

Elena me sonrió sin ganas.

Me le acerqué para tener algo de intimidad.

“Todo bien”.

“Zamba, esa cara no me engaña. Algo te jode. ¿es… es por mi culpa?”

Me abrazó.

“No, Negrito lindo. No es por ti. Es por mí, porque soy medio estúpida a veces”.

“¿Y eso?”

Los ojos de elena comenzaron a aguarse.

“Es Josué”.

Me quedé extrañado. ¿qué había sucedido con mi amigo?

“¿Le pasó algo?”

“No. Solo me le declaré. ¿Sabes que ese chico me gusta mucho? No sé. Es lindo, atento, chambero, maduro, respetuoso. El chico ideal. Me dijo… ‘no’”.

Rápidamente até cabos.

“Y… ¿te dijo por qué no?”

“Porque le gustan los chicos, alucina. Pero ya pasó. Tranquilo que no me moriré por eso. A propósito de lo que hablamos”.

Elena se rió despacio.

“Lo siento, Zamba”.

“Descuida. Por lo visto ya lo sabías, porque no pusiste cara de sorpresa”.

Sonreí.

“La verdad, sí. Me lo dijo hace poco”.

Me levanté para dejar las cosas en mi dormitorio.

“Negro”.

Volteé a verla, tras frenar en seco.

“¿Qué pasó?”

“Ustedes son amigos desde chibolos. Se conocen tan bien. Si alguna vez decides salir del armario e iniciar una relación, Josué sería la persona ideal para ti”.

Me quedé más helado que antes.

Lo que elena me decía era una completa estupidez… por donde quiera que se le mirara.

domingo, 13 de noviembre de 2022

Ser Rafael 13.1: ¿Eres gay?


La semana de capacitación en el banco me reveló dos cosas: mi competencia profesional era mejor de lo que esperaba, lo que me hizo dominar la herramienta que nos estaban enseñando casi al momento; lo otro era que Al no era tan ignorante del español como pretendía, aunque tampoco lo dominaba del todo; pero hablando en infinitivos podía defenderse perfectamente. Mismo Tarzán.

Así que aprovechábamos todos los descansos para conversar algo, que no necesariamente fuera del trabajo.

Me enteré que, aunque nacido en el centro de los estados Unidos, se mudó a la Florida porque llegó a odiar el frío extremo y porque amaba la playa al punto de tener una casa en un lugar algo aislado, donde, de vez en cuando, practicaba el nudismo.

“¿Y nunca te han dicho nada por andar desnudo?”

“Mi propiedad privada. Mía. Nadie poder entrar. Yo poder hacer yo querer”.

“estabas solo?”

“Muchas veces. Yo también invitar amigos”.

“Y todos estaban desnudos”.

“Sí”.

Esa noche lo llevé al mismo gimnasio donde yo entrenaba, y causó la sensación entre todo el mundo por su físico y por la ropa deportiva entalladísima y brevísima que lucía (sin ropa interior, según noté en el vestuario).

Tras tomar una ducha allí mismo, íbamos a cenar; luego lo iba a dejar a su hotel, pues, según me dijo, gustaba dormir temprano para levantarse al día siguiente “con mucha energía”.

como ya teníamos confianza desde la Internet, el martes lo invité a cenar en mi casa.

Mi madre, obviamente encantada y honrada, se desbarató conversándole.

Al, educadamente, le sonreía, aunque luego confirmé que entendía poco o muy poco de lo que ella le hablaba.

Mis compañeros de trabajo y hasta mi jefa se sorprendieron de la amistad que se había desarrollado entre los dos. Aunque tampoco les parecía fuera de lo común, ya que, como me dijo uno de mis colegas, “te haces amigo hasta de las piedras, huevón”.

    


El miércoles por la noche, estábamos comiendo en un restaurante vegetariano del centro.

“¿Rafo, ¿tú ser gay?”

La pregunta a quemarropa me dejó turulato. Casi me atraganto con la carne de soya.

“No… no sé”.

Al sonrió.

“OK”.

“¿Y tú?”

“Sí. Yo ser gay”.

Miré a ambos lados temiendo que alguien nos escuchara. Él pareció no tomarle importancia.

Más tarde, en mi cama, la vendita pregunta me dio vueltas en la cabeza.

Era un hecho que sobre ese mueble de descanso funcionaba perfectamente con mujeres y varones, aunque la mayor parte de mis experiencias sexuales hayan sido con mujeres. Ahora bien, ¿en qué momento eres heterosexual, homosexual o bisexual? ¿Hay algún número? Quiero decir, como los tests, donde del cero al diez, eres más lo uno pero no tanto lo otro; de diez a treinta, eres de ambos; de treinta a más, ya luces la pluma en tu cabeza, aunque tengas apariencia de machito.

Todo iba bien en mi proceso de silogismos y falacias hasta que mi celular sonó. Era la alarma de mensajes de texto.

“Debes extrañar tu reloj. Puedes verme para recogerlo. ¿Lo quieres?”

Ignoré el recado de Eduardo. Ignoré la pregunta de Al. Ignoré todo. Me acurruqué y me quedé dormido.

El jueves llegó Laura.

Luego de dejar a Al en su hotel, fui a verla a su casa.

Como toda su familia, ella seguía triste, pero no tanto como su madre y su padre.

Estuve conversando un rato con ella.

Mientras me contaba las novedades del funeral de su abuela, yo hacía lo mismo con la capacitación en el banco, y la sorpresa que resultó tener a Al como nuestro capacitador o trainer, como les dicen en esa jerga que confunde el idioma… tanto como yo estaba confundido respecto a esa pregunta que ya me habían lanzado: ¿quién soy yo?.

Un mensaje de texto me ingresó.

“¿No recogerás tu reloj?”

Me incomodé.

Laura trató de tomar mi celular y ver mi mensaje.

“¿quién es? ¿Por qué te molestas?”

“Es la operadora con sus promociones. Voy a borrarlo”.

“Pero, dámelo. ¿Por qué no me lo quieres dar?”

Retuve como pude mi teléfono, y borré el mensaje.

“Porque ya te dije que es un mensaje publicitario. No tiene importancia, Laura”.

Ella se puso seria.

“Rafo, espero que no estés volviendo a las andadas. Mira que esta vez no te voy a tolerar cosas”.

“Mi amor, confía en mí, ¿sí?” Sonreí pícaramente. “Mañana salimos para distraernos”.

“estoy de duelo, Rafo”.

“Por eso mismo. Solo saldremos. Le diré a Al. Solo conversar. No disco, no baile”.

Laura hizo un gesto de duda, y como que preaceptó mi idea.

Camino de mi casa, llamé a Eduardo.

“¡Rafo, al fin!”

“Oye, so mierda. ¿Quieres dejar de joder con esa huevada del reloj? Por mí, métetelo al culo y no jodas más

Quiso replicarme, pero le corté. 

jueves, 10 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.3: Un rico trasero


Nos besamos en la boca.

El aliento a alcohol me excitó más.

“Quiero”, rematé.

Me saqué la camisa y la dejé en el suelo.

Volvimos a besarnos, esta vez con abrazo incluido. Y así seguimos hasta desnudarnos por completo.

Me alocó con una magistral fellatio, rodamos un poco en la cama, y se acomodó para que lo penetrara, levantando sus piernas tanto como pudo.

“¿Tienes forros?”, consulté muy cariñoso y ardiente.

“esta vez sí”.

Abrió una gaveta de la mesita de noche.

Lo hicimos.

Tengo que reconocer que Eduardo era muy creativo a la hora de desplegar su repertorio de posiciones sexuales. A lo mejor era experto en Kamasutra gay, un título, o al menos un diploma, que difícilmente podrías ostentar en la pared de tu casa pero que sí podías acreditar dentro de las paredes de una habitación, o quién sabe dónde.

Era casi las dos de la mañana.

Ahí estaba yo otra vez, acostado junto al chico que alguna vez había conocido en un cine triple X, solo que ahora sí éramos Eduardo y Rafael.

Lo tenía abrazado por la espalda, sin ropa.

“Fue lo máximo”, me susurró.

“Qué bueno”, le dije también susurrando.

Me quedé dormido.

Cuando abrí los ojos, la televisión seguía prendida, esta vez con una clásica historia porno heterosexual. Afuera seguía oscuro.

Muy despacio, deshice el abrazo a Eduardo. Mi pecho estaba sudoroso.

Rodé hasta el filo de la cama sigilosamente, fui al otro lado y recogí mi ropa.

Tras vestirme, esculqué el bolsillo del jean de Eduardo.

Encontré las llaves.

Salí con cuidado del dormitorio, bajé, destrabé la puerta de la calle, subí de nuevo, dejé las llaves, cerré la puerta del dormitorio sin hacer bulla, bajé con cuidado otra vez, cerré la puerta de la calle. Me sentía un perfecto ladrón.

Vi mi reloj.

¡Maldita sea! ¡No tenía reloj!

¡Puta madre! ¡Lo había dejado en la mesita de noche!

No. Regresar no era una opción (tampoco podía).

Vi mi celular.

Era las cuatro y cincuenta de la mañana.

No circulaba un mísero taxi, por lo que llamé un remisse.

Mientras lo esperaba, varios chicos ebrios pasaban. Algunas caras me eran conocidas. Un hombre gordo, ya cuarentón, me guiñó un ojo. Lo ignoré. Oriné por allí, en un jardín, vigilando a ambos lados, porque no aguantaba.

El auto llegó a las cinco y diez.

Camino a casa, otra vez esa bachata de moda sonaba en la radio.

Ahora sí, dormí hasta que me dio la gana, o sea, mediodía.


En ese momento, prendí mi teléfono un instante para llamar a mi mamá, y confirmar la hora de regreso y la hora que tenía que recogerla.

Tras ello, iba a apagarlo cuando entró un mensaje de texto.

“Pudiste dejar tu reloj aquí… Si lo quieres, debes buscarme”.

Apagué el celular, y ese día decidí dejarme de cosas. Limpié mi habitación, la ordené, me preparé almuerzo. Más tarde, recogí a mi mamá, y lo que me restaba del domingo, me propuse ser un hijo ejemplar. Por supuesto, le conté sobre el fallecimiento de la abuela de Laura.


Al día siguiente, fui a trabajar como de costumbre.

Dejé todo listo para la capacitación, pero un proceso de última hora requirió mi atención.

Llegué tarde a la sala de juntas y ubiqué mi lugar, previas disculpas.

¡Vaya! el capacitador tenía un buen trasero.

Ni modo, como él estaba de espaldas, fue lo primero que llamó mi vista.

Entonces, él se volteó a vernos con un rostro sonriente.

Me quedé helado.

Era Al.


martes, 8 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.2: Esa ladilla


“Ah… ¿sí? ¿diga?”

“Soy Jaime… del gimnasio”

“¡Ah, pata! Sorry. Pensé que eras otra persona”.

“Ya me imagino a qué ladilla te refieres”.

Me carcajeé.

Tras hablar del ritmo con que entrenábamos, acordamos encontrarnos en el Port-au-Prince, como en una hora más. Corrí a bañarme y a arreglarme.

El sitio señalado es un bar en un barrio donde los universitarios suelen alquilar habitaciones, muy cerca de un parque.

“¡Rafael!”

Volteé. Esa cara me era ligeramente familiar.

“¿No me reconoces?”

El tipo era gordo; es decir, Para nada Jaime.

Fue cuando temí uno de esos típicos ajustes de cuentas. Me puse nervioso.

“Soy Hernán. Me sentaba en la banca del costado”.

Por fin hice sinapsis.

¡Dios mío! ¿Cómo este fulano, quien en el colegio parecía un cerillo, ahora se triplicaba a sí mismo en volumen?

“¡Hombre, qué ha sido de tu vida!”, lo saludé.

Nos abrazamos.

“estoy con varios patas de la promo”.

Miré a donde me señaló. Una docena de veinteañeros departía alegremente. Poco a poco, mi memoria fue identificando rostros, a relacionarlos con nombres y apodos. Me acerqué.

Pedimos cervezas y nos pusimos a recordar las mataperradas de nuestros años de secundaria, desde el chicle en la silla del más ‘nerd’ del salón y cómo le lucía en el trasero hasta los primeros amores.

“Oe, Rafo, y hablando de amores…”

Ah. A hablar de Laura.

“… ¿cómo te va con el Tuco?”

Todos celebraron con risotadas.

“Oe, carajo. El huevón ése no me quiere dar el divorcio porque no hicimos separación de bienes”, bromeé.

Todos aullaron amaneradamente, y se rieron después.

De pronto recordé que del Tuco no tenía nuevas noticias desde el cumpleaños de Laura. ¿Por dónde andaría mi amigo, mi gran amigo Josué?

Por lo visto, aún no era tiempo de que él regresara a la ciudad.

Tan amena fue la conversación que, cuando nos dimos cuenta, habían pasado dos horas.

Miré mi celular: había una llamada perdida. Era el número de Jaime.

Me retiré a un espacio con menos ruido para disculparme. En lugar de contestarme, me cancelaba la llamada.

No insistí. La conversación con mis amigos del colegio estaba más entretenida, así que tomé el camino de vuelta, y antes de poderlos alcanzar… Eduardo me cerró el paso.

“Hola, Rafael”. Qué casualidad”.

“¿Y ahora tú?”. Torcí mis ojos.

“¿Te molesta encontrarme?”

Resoplé.

“Por lo visto no me quedan muchas opciones”.

“Mira”.

sacó un llavero de metal.

“Está bonito”, califiqué.

“No, tonto. Son las llaves del cuarto de Antonio. Se fue a visitar a su familia, y me lo encargó. ¿Por qué no compramos algo de tomar y vamos a conversar allá?”

“Porque estoy con mis amigos de la promo de mi cole que están allí”.

Señalé soberbiamente la mesa donde ellos estaban… pero no estaba nadie. ¿En qué segundo se habían esfumado?

Los busqué con la mirada. Negativo.

Torné mi cabeza hacia Eduardo.

“¿A dónde vamos a comprar?”, le consulté resignado.


Era casi doce y media de la noche cuando llegamos al dormitorio de Antonio, en Castilla, cruzando el casi inexistente río Piura.

Eduardo puso el canal de videos musicales y me alcanzó una lata de cerveza. Las abrimos, las chocamos y luego nos sentamos en la cama.

“¿Y a quién pensabas traer acá”, le encaré. “¿Algún… punto?”

“No seas así. No es mi cuarto. Si te pasé la voz es porque eres de confianza…”, me replicó. “Voy al baño”.

Mientras Eduardo se iba, tomé el control remoto y pasé de canal en canal. Llegué al d adultos. Dos hombres de muy buen cuerpo tenían sexo en la pantalla. Bajé el volumen unos puntos para que no se oyeran los gemidos.

Me quedé extasiado, y, a medida que tomaba mi cerveza, empecé a excitarme.

Eduardo salió del baño. Me vio, vio la pantalla del televisor, me vio de nuevo. Sonrió.

“No debes”, me dijo con voz postizamente seductora.

“Pude”, le repuse.

“¿Quieres?”

“Claro… Más cerveza, quiero decir”.

Nos acomodamos en la cabecera y extendimos nuestras piernas sobre el colchón. Entre él y yo nos tomamos media docena, a medida que conversábamos de cosas sin importancia.

Evité hablar de Laura y él parecía no querer tocar ese tema, como si el Universo se la hubiera llevado a una dimensión paralela, o a otro lugar lejos de la ciudad, justo esa noche.

No cambiamos de canal.

Entonces, puso su mano y acarició mi muslo.

Antes que llegara a mi ingle, se la detuve con la mía.

“No debes, Eduardo”.

“Puedo”, respondió.

Nos quedamos mirando fijamente a los ojos.

De pronto, la mente se me borró. Solo quería una cosa… una vil cosa. 

lunes, 7 de noviembre de 2022

Ser Rafael 12.1: Ganando puntos


La reverenda gana se me quitó a las seis y cuarto de la mañana, demasiado temprano para un sábado.

Tras ducharme y vestirme, fui a la cocina, cual ratoncillo atraído por el queso.

“Buenos días, joven”.

“¡Camuchita! ¿qué delicias nos tienes para hoy”?

Carmen me miró cariñosamente con rabiecita.

“No soy Camuchita, jovencito. Car-men-ci-ta”.

“Por eso. Camuchita”.

A la mujer no le quedó otra que reírse, lo que premié con un cálido beso en su frente.

¿Qué desayuné? Pues… café, claras de huevo, un rico trozo de papaya, y tostadas… con queso… Éso explica por qué llegué cual ratoncillo.

Carmen y yo desayunamos juntos. Le conté lo de la abuela de Laura.

“¿está lejos el pueblo de la finada?”

“Como a hora y media, dos horas quizás”.

“¿Por qué no va a verla?”

La idea no sonaba mal.


A las ocho estaba tomando el bus para Chulucanas, como una hora al este. Un cuarto para las diez estaba en Santa Rosa de la Quebrada, un caserío perdido en un algarrobal, flanqueado por dos arroyos que, en verano, son imposibles de cruzar debido a las lluvias torrenciales.

en menos de cinco minutos di con la casa.

Ya sabes: pueblo chico… y todo el mundo termina soñando lo mismo.

Iba con un ramo de flores típicas de funeral que compré en el mercado de Chulucanas, tras asesorarme con la veterana vendedora, pues en estos menesteres póstumos era más torpe que elefante bailando sobre lago congelado al inicio de la primavera. Claro, como en Piura hay elefantes y temperaturas bajo cero, la figura se entiende perfecta.

Me perdonarás, pero dormir mal siempre me pone de un humor insoportable.

Apenas Laura me vio, vino hacia mí. Me abrazó triste.

“Mi amor, ¿cómo llegaste?”

Ehhh… Lo siento. No pienso explicártelo de nuevo.

Como siguiente número tenemos: conocer a toda la familia:

Algo de veinte tíos y tías, como 50 primos y primas, y eso que no agrego esposas, esposos, hijos, hijas y demás relacionados de la que en vida fue.

Faltó poco para que también me presentaran al resto de la población.

Me quedé idiota cuando conocí a una prima de Laura que no pasaba de los veinte, porque ya tenía esposo y tres hijitos. Creía entender el por qué la idea de la descendencia en que se empecinó mi enamorada por algún tiempo.

En la sala de la vivienda, estaba el cajón de madera, pintado de plomo, con una puertecilla abierta donde podía verse el rostro de la difunta. Toda persona que llegaba, tras dar el pésame de rigor, iba a contemplar la faz inerte de la señora.

A mí, la verdad, la idea me aterraba, así que me las ingenié para no honrar la invitación de la familia. De hecho, si soporté ver la cara de mi padre ya fallecido fue por el amor que le tengo, y porque me resistía a creer que jamás volvería a gozarlo. No fue fácil para mí estar en ese velorio, menos en éste.

El resto de asistentes estaba sentado en la sala alrededor de la capilla ardiente, conversando. Igual afuera, donde habían sillas y una banca.

Por allí circulaba una jarra blanca de aluminio y vasitos pequeños: trago corto. La evadí como pude.

Decidí estar un rato con los papás de Laura, quienes se deshicieron en agradecimientos por asistir a momento tan luctuoso. Honestamente, no pretendía ganar puntos con la familia, sino evitar morir de aburrimiento sin nadie en mi casa. El gran problema es que, si seguía aquí, iba a contraer depresión.

Igual gané puntos con la familia. Efectos colaterales, les llaman.

Me pareció que ya era suficiente. Estaba listo para fugar a Chulucanas.

“Jovencito”, dijo una de las tías de Laura. “Venga para que se sirva un almuercito”.

Detengámonos aquí a revisar un capítulo de la enciclopedia ilustrada de la idiosincrasia piurana: Jamás desprecies la comida que te ofrecen, aunque tenga diez mil calorías, pues el o la oferente pueden sentirse desairados. Mucho peor: nunca desaires a la familia de tu enamorada.

Me aparté un poco, fui a la cocina y me senté frente a mi plato.

¿Quién dijo que hay hambre en el campo? Con esta porción podía cubrir mis tres comidas del día, incluyendo bocadillos.

Laura se sentó a mi costado izquierdo, y todo el tiempo mantuvo su rostro apoyado EN mi hombro.


A las tres de la tarde, inicié la ruta de vuelta a casa.

El calor era inclemente, así que lo que más deseaba era llegar, ducharme y dormir hasta el día siguiente… o hasta las ocho de la noche.

Me despertó la alarma de redes sociales en mi celular. Era Al.

Y no era la única persona interesada en contactarme. Había un mensaje de texto que entró mientras dormía.

“Debo decir que mi sábado está abu. ¿Puedo saber qué tal el tuyo?”.

Sí. Era Eduardo. No le di importancia.

Por su parte, Al se pasó contándome de su estancia en la playa, de su paseo en moto acuática, y de cómo tuvo la suerte de encontrarse delfines nadando cerca de la orilla.

Era las nueve de la noche.

Una llamada entró a mi celular. El número me era desconocido.

Imaginé que Eduardo estaba comunicándose de otro aparato… telefónico, aclaro.

“¡¿qué quieres?!”, contesté molesto.

“Perdona… ¿Rafael?”

¡Momento! Esa voz asustada no era la de Eduardo. 

sábado, 5 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.3: Su culazo al desnudo


“¿Lo conoces?”, me dijo Jaime, susurrando.

“Más o menos”, dije en voz baja.

Eduardo, quien me había pasado la voz, se nos acercó. Me saludó muy efusivamente.

Iba a presentarle a Jaime.

“Ya nos conocemos, Rafael”, contestó Eduardo. “Mas bien lamento la muerte de la abuela de Laura”, prosiguió. “Laura es su enamorada”, remató mirando a Jaime.

En ese momento, quería reducir al inoportuno a poco menos que cenizas, guardarlas en un frasco ultrahermético, enterrarlo cincuenta metros bajo el suelo, y ordenar que, cual cápsula del tiempo, no lo sacaran unos cuarenta milenios después.

¿Alguien sabe si es posible extraer el ADN de las cenizas de un ser vivo? Según yo, no. Así sería imposible que lo clonen.

“Bueno, Rafael, tengo que irme a atender las cosas que te dije tenía pendientes”, mintió Jaime, dándome la mano. “Nos vemos la otra semana”.

A mí no me quedó más que despedirlo.

Eduardo tenía cara de satisfacción cuando lo vio alejarse.

“Eduardo, ¿y qué hacías por acá?”

“estaba buscando… algo, y pasé, y ¡plup! La casualidad”. Se me acercó: “Ten cuidado con ese tal Jaime. Le gusta llevar chicos a su depa diz’que porque es pasivo, pero luego termina siendo lo otro”.

Me molesté.

“Mira, Eduardo. Lo que haga con mi vida no tiene por qué preocuparte, ¿estamos? Nos vemos”.

“¿Y a dónde te vas?”

No le respondí. Seguí mi camino.


Como niño bueno resignado, decidií pasar la noche solito en mi casa. ¿Mencioné que era viernes?

¡Un momento! Al podía estar en línea… pero, teniendo en cuenta el día que era, a lo mejor él había salido…

Opción desechada.

Una de las tantas alarmas de mi lap-top sonó.

Era Al. ¡estaba en línea!

Opción rehabilitada.

Retomamos la charla del gimnasio, cuánto nos gustaba cuidarnos, y qué tipo de ejercicios hacíamos.

Por supuesto que copiaba del chat, pegaba en el traductor, copiaba del traductor, pegaba en el chat… pero pude conversar.

Creí oportuno comentarle que la parte de su cuerpo “que más admiro” eran sus redondas posaderas.

Envié.

Pasó un minuto, dos, tres sin responder.

“¡Qué imbécil que fuiste, Rafael Jesús!”

¡Trrrrrinnn!

“Thank U”, me respondió él. Obviamente, no necesitaba traducirlo.

Otro ¡Trrrrrinnnn!

Una imagen JPG.

La descargué.

¡Dios mío bendito, que nunca olvidas a tus fieles devotos!

Era una foto suya, desnudo, y mostrando sus bubble butts sin censura y en todo su esplendor. ¡Y vaya que eran burbujas perfectas!

“¿Cuándo te la tomaste?”, escribí.

“Right now!”, respondió.

No pude más. Me acomodé sobre la cama, puse mi portátil a un lado y comencé a masturbarme.

Me dio la medianoche.

Estaba desnudo sobre mi cama, satisfecho, con el vientre y el pecho salpicados de fluido seminal, y con un nuevo amigo increíble por la red, quien se aseguró de enviarme hasta 15 imágenes distintas de aquel carnoso tesoro.

La alarma de mensajes de texto sonó en mi celular.

“Perdóname por importunarte”.

Ya sabía quién y por qué era. Vete a la mierda, pensé.

Otra alarma.

“Tienes razón… no debo meterme en tu vida”.

Apagué el aparato. Fui a darme un duchazo.

Dormí plácidamente… hasta que se me dio la reverenda gana levantarme. 

viernes, 4 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.2: El chico de la ducha


Esa noche en el gimnasio, entrené como loco. Mi propósito era simple: agotarme tanto que, al llegar a mi casa, no tuviera más ganas que de dormir hasta que me diera la reverenda gana de levantarme, al día siguiente, sin importar la hora.

Es más. Como había llevado todo para recoger a Laura, no me quedó otra que ducharme en ese lugar.

Ya estaba en el cubículo de la ducha que había elegido, entre las dos existentes, la más cercana a los casilleros, cuando sentí que alguien ingresó detrás de mí.

“Hola”, me dijeron.

“Hola”, contesté, mientras abría la llave.

Me metí en esa primera lluvia, dispuesto a dejarme refrescar tras la extenuante sesión de entrenamiento.

“Pata, disculpa”, me dijeron a mi espalda.

Volteé: era el tipo que, la última vez que me duché aquí, me palmeó el trasero aunque no lo reconoció. Imbécil yo no soy.

“¿Qué pasó?”

“Quería disculparme por el incidente de la vez pasada. No fue mi intención”.

El tipo estaba desnudo, arrimado a la pared que separaba mi ducha de la suya.

Aunque delgado, tenía algo de volumen y marcación en sus músculos. En realidad, más marcación que volumen.

Y también noté cierto largo arriba del promedio en cierta parte íntima suya.

“Olvídalo. Ya pasó”, acepté.

“Gracias. Oye, ¿y hace cuánto tiempo entrenando?”

“Uuuuuhhhhh… desde los quince… nueve años y meses. ¿Y tú?”

“Ah, con razón. Solo tres años, pero dejando por meses”.

“”¿Por qué ‘con razón’?”, sonreí… pícaramente.

“Bueno… no vayas a molestarte, pero… tienes un gran físico”.

“Gracias”.

El agua de la ducha seguía mojándome el cuerpo.

El tipo sonrió y fue a ducharse. Ya me sentía más relajado.

“¿Y te dedicas a algo?”, levanté mi voz.

“Exportaciones. Soy comerciante. ¿Tú?”

“Sistemas”.

No oí réplica. Seguí bañándome.

A lo mejor no le era atractiva mi carrera, o no le era atractivo yo.

Seguí duchándome.

“¿A qué me dijiste que te dedicas?”, me gritó.

“¿No oíste?”

Según percibí, el tipo cerró el grifo. Volví a sentir su voz a mi espalda.

“Ahora sí. ¿A qué te dedicas?”

“¿No me oíste?”

“O es la ducha o es este murito”.

Ahí estaba otra vez, desnudo y húmedo, viéndome a mí, desnudo, húmedo y en proceso de ‘calentamiento’.

Hice matemáticas rápidamente.

En este gimnasio hay dos duchas. Dos personas ocupan las dos duchas. Si la gente de afuera se percató que entramos los dos, harán una resta simple: dos tipos menos dos duchas es igual a… mejor no entro.

“Tengo una idea loca… si no puedes escucharme por esta pared, o tu ducha… ¿por qué no compartimos mi ducha?”

El tipo se quedó mirándome perplejo, en silencio.

“Sí que es una idea loca. ¿Y si alguien entra?”

Le expliqué pitagóricamente cuáles eran nuestras probabilidades.

Esperó dos segundos.

Entró.

El roce de nuestros cuerpos fue inevitable, tanto, que nos olvidamos continuar la charla.

Lo tomé de su cintura, y fui de frente a la conquista de sus labios. Él me respondió. Entonces nos abrazamos. Nuestra excitación no tardó en aparecer, al punto que la presionamos mutuamente.

Comencé a besarle el cuello.

“¡¿Ya están libres las duchas?!”

Alguien llamaba desde la puerta del vestuario.

El tipo se asustó.

Yo le hice señas que no dijera nada y que se tranquilizara.

“¡Cinco minutos!”, grité.

“¡Ya, Rafo!”, me respondió la voz desconocida.

Le expliqué al tipo que saliera de la forma más normal, y que afuera veríamos cómo seguíamos esa caliente sesión. Me hizo caso, no sin antes alabar lo “largo y grueso” de mi dotación.


Ya en la calle, lo alcancé en un puesto de revistas que había cerca del portón del gimnasio.

“¿Eres Rafo? Jaime, mucho gusto”.

“Rafael mas bien. El gusto es mío”.

“¿Vives solo?”

“ehhh. No. Con mi familia. Mas bien, ¿qué tal un telo?”

“No, huevón. Allí es más fácil que te ampayen. Tengo mi depa cerca de acá, a unas cuatro cuadras. Mejor vamos allí. Vivo solo”.

No habíamos avanzado ni media cuadra.

“¡¡Rafael!!”

Me quedé helado. 

jueves, 3 de noviembre de 2022

Ser Rafael 11.1: Al's bubble butt


    


 Conversar en línea –chatear- con alguien que no habla tu idioma puede ser divertido, o puede ser el mayor papelón que puedes hacer en tu vida… a menos que tengas un buen traductor en línea.

Desde que Al me aceptó en sus contactos, conversábamos una media hora ya tarde en la noche, justo a unas treinta horas de haber regresado de ese asueto de cumpleaños.

Todo comenzó cuando compartí la foto que nos había tomado a Laura y a mí en la playa, y le avisé que la tenía en línea. Entonces, comenzamos a hablar de la playa, de lo tranquila que es esta parte del planeta (como si yo hubiera viajado a otras partes del mundo, je), de los cuidados bajo la luz del sol, del cáncer de piel, de cómo cuidar la piel, y de cuánto de eso lo aplicábamos en nuestras vidas. ¡Justo donde yo lo quería!

Resulta que Al tenía un aparente arsenal de cremas para la piel, pues la suya, no adecuada a la radiación tropical, necesitaba más cuidado.

Mientras leía eso, me alucinaba untándole la crema por su nuca, su espalda, sus redondas nalgas –sus bubble buts-, sus redondas nalgas, sus redondas nalgas. ¡Por Dios, tenía dentro de la sábana todo un largo y rígido apéndice a punto de estallar con la pura imaginación.

Claro que buena parte fue alimentada por esas fotos que él compartía en línea, y donde, aparentemente, no le incomodaba verse en diminutos bañadores y en diferentes lugares del mundo.

La parte nada caliente era seleccionar, copiar, pegar, traducir, seleccionar, copiar y pegar de nuevo con tal de mantener fluida la conversación.

Bendito inglés, ¿por qué no eres mi fuerte?


A la mañana siguiente, viernes, estaba tomando desayuno con mamá, quien no dejaba de alabar el tiempo que había pasado con Laura –en realidad alababa a Laura- y lo feliz que le hacía el hecho de que yo estuviera sentando cabeza.

ese repetitivo canturreo ya me estaba malogrando la mañana.

“Algo más, Rafito”.

Oh, oh. Cuando mi madre dice ‘Rafito’ no pueden ser buenas noticias. Si son antecedidas por la expresión ‘algo más’, eh, pueden significar un cataclismo diluviano.

“¿Sí, mamá?”, repliqué casi renegando.

“Después de almuerzo, iré a ver a tu tío que está enfermo. Estaré todo el fin de semana, así que el domingo me recoges a las cuatro en la agencia. ¿Puedes?”

De acuerdo. Retiro lo dicho. Mi mami es lo máximo.

“Claro, vieja”.

Mamá sonrió.


Esa mañana me comuniqué con Laura. Teníamos que hablar sí o sí. Si la casa se quedaba técnicamente sola (Carmen trabajaba sábados solo medio día), era imperdonable que no la aprovecháramos. De paso que me dejaba de tanta charla cachonda con el gringo Al.

Llegó la hora de almuerzo, y más rápido que volando, salí de mi cubículo, en dirección a la puerta. Nada iba en curso de colisión conmigo. Nada… excepto mi jefa.

“Rafael, la próxima semana, no te comprometas a nada porque tendremos capacitación en una nueva herramienta de gestión para el servidor”.

Honestamente, yo quería salir con urgencia. ¿Por qué no me lo decía después?

“Normal. Mi inconveniente era solo por esta semana… Un momento, ¿de qué herramienta hablamos?”

“EasyFlow. Después de todas las quejas de personas en todas las agencias con ciertos procesos que se trababan desde las cajas, el banco decidió invertir en implementar esa herramienta, así que trajeron a un especialista para que nos capacite”.

Mi bocota y yo. Si estaba apurado, ¿por qué no le dije que sí, que lo entendía, y salía?

“De acuerdo. Debo ver a Laura. Nos vemos de aquí”.

Mi jefa dejó de hablar.

Cuando llegué al restaurante donde había quedado encontrarme con mi enamorada, ella ya me estaba esperando.

“Disculpa, amorcito. Me dieron un aviso de última hora”.

“Tranquilo, Rafo. Yo tampoco casi vengo. Para variar, a mi jefe se le ocurrió meternos trabajo acumulado, y he estado echando chispas, de no ser por Eduardo”.

La miré.

“¿Qué te hizo Eduardo?”

“Ay, nada, Rafo. Se portó como un ángel. Se sentó a mi costado y se puso a dictarme todos los códigos de los expedientes, que eran un cerro así de grande. Si no me hubiera ayudado, tranquilamente pedía delivery”.

Al final acordamos que, luego del gimnasio, como a las diez, iría a verla a su casa y nos vendríamos a la mía, veríamos alguna película y nos acostaríamos juntitos y bien abrazaditos… o como diga ese merengue imbécil que tenía que bailar de vez en cuando.

Como a las tres y media de la tarde estaba concentrado en mi trabajo, cuando sonó la alarma de mensaje de texto en mi celular.

“Debo darte gracias por llamar anoche… si puedes sería chévere conversar otra vez… quiero que estés bien”.

Obviamente, era Eduardo. Lo ignoré y seguí trabajando.

No había transcurrido ni un minuto, cuando mi aparato timbró. ¡Eduardo de mierda!, pensé. Maldije el momento en que dejé que me tocara aquella vez, durante la serenata a Laura.

“¿Sí?”, contesté hoscamente.

“Rafo, amor, perdona”. Era Laura. Se escuchaba compungida. “Acaban de llamar de mi casa. Mi abuelita… la mamá de mi papi… acaba de fallecer”.

¡Dios! Exhalé aire con fuerza.

“Mi amor, ¡cuánto lo siento! ¿Te voy a ver?”

“No, Rafito. Tranquilo. Estoy yendo a la casa, de urgencia. Apenas llegue nos vamos con toda mi familia a su pueblo. Regresaré el domingo”.

En ese momento no tuve claro qué me entristecía más: si el llanto de Laura en mi oído, o el frustrado plan de todo ese fin de semana.


jueves, 27 de octubre de 2022

Ser Rafael 10.3: Contacto gringo


Al salir, prendí mi celular. Habían los típicos mensajes de la oficina, y algunos de amigos.

“Mira, Laura. El Tuco te manda saludos de cumpleaños”.

Laura tomó el aparato. Se alegró. Movió sus dedos con rapidez.

“¿Y éste? Te lo mandaron de una página web”.

Tomé de vuelta mi celular. Efectivamente. No era un número sino un código, y un mensaje raro: NDNPSQ. Puse cara de ignorancia.

Para fortuna ella no preguntó más; pero fue una jalada de orejas para mí mismo de no soltarle el celular sin verificar qué tengo en pantalla.

Antes de tomar el bus de regreso, volvimos a acercarnos a la playa para ver cómo el sol se ponía. Ambos nos abrazamos.

“Rafo, disculpa por insistirte con lo del matrimonio”.

“Ya, olvídalo. Disfrutemos este paisaje”.

Laura sacó su celular.

“¡Mejor le tomamos fotos!”

“Mejor que nos tomen la foto”.

Busqué quién podía hacernos el favor. Al voltear a mi derecha, sorpresivamente, apareció el chico de la tanga azul acero, aún vestido con su tanga azul acero. Lucía un poco bronceado.

Tragué saliva.

“¡Amigo, un favor!”

El chico se nos acercó.

“Puedes tomarnos una foto?”, le pedí.

Photo? Tu querer Photo?”, replicó.

“Yes!”, reaccionó Laura. “Please, take a picture of us with the sunset at the background”.

El chico asintió. Nos tomó varias fotos, y para mí fue difícil dejar de contemplarlo: ¡qué tal físico!

“Thanks…”, dijo Laura cuando él nos regresaba el celular.

“Al. My name’s Al.”

Entonces, sus ojos verdes me hicieron contacto visual.

Sentí un pequeño estremecimiento.

Perdí la noción del tiempo por varios segundos.

Cuando el bus iba cuesta arriba por el acantilado, me preguntaba cuál de esos puntos móviles cerca al mar sería el tal Al.

“Me dio su e-mail, Rafo”.

“Vaya. alguien estuvo haciendo relaciones internacionales”.

“¿No escuchaste que es especialista en conectividad?”

“¿Dijo eso?”

Laura me enseñó la dirección de correo electrónico del chico, que ella había grabado en su celular.

“Necesitas reforzar tu inglés”.

Regresé a mi casa a la hora de la cena. Estaba muy cansado.

Apenas comí, me fui a mi dormitorio. Me disculpé con mi mamá, y le dije que al día siguiente le contaría todos los detalles del viaje.

Ni bien me eché en mi cama, entré a redes sociales y busqué a Al. Allí estaba. Le mandé solicitud.

Iba a dormirme, cuando volví a tomar mi móvil. Llamé.

“Hola Eduardo, ¿todo bien?”

“Sí… ¿Pasó algo?”

“No mucho. ¿Por qué me enviaste ese mensaje?”

“¿Mensaje? ¿De qué hablas?”

“NDNPSQ. Dime que no fuiste tú”.

“Estás loco, Rafael”.

“No debimos. No pudimos…”

“Rafael, ya basta. Laura es tu enamorada. Respétala”.

“sí quisimos. ¿significa eso?”

“No debiste llamar, Rafael”.

“Pero no pude quedarme con la espina”.

Hubo un breve silencio.

“Rafael… ¿de veras quieres?”

Fui yo quien se quedó en silencio esta vez.

“¿Rafael?”

“Veremos, Eduardo. Veremos”.

Colgué.

Iba a dejar mi celular sobre mi mesa de noche cuando una alarma sonó. Regresé a ver la pantalla.

Al me había aceptado.

ndito inglés, ¿por qué no eres mi fuerte? 

jueves, 20 de octubre de 2022

Ser Rafael 9.2: Acarícialo ahora que puedes


Llegamos a la calle donde estaba el dormitorio de Antonio. Miré a todos los lados: cero gente.

Sin vergüenza alguna y mostrando la reacción de mi falo bajo la ropa ajustada, bajé y me metí en la casa.

Como la escalera para llegar al dormitorio era independiente, me daba lo mismo que se me viera o no; total, nadie estaba allí. Incluso el propio Eduardo pareció no advertir el cuadro porque siempre estaba delante de mí.

Al llegar a la habitación, traté de sacarme el traje.

“¿No te meterás al baño?, me preguntó Eduardo.

“Sí, una vez que consiga quitarme esto”, le respondí.

El muchacho se me aproximó y ayudó a deshacerme de la tela que el sudor había pegado a mi piel.

Cuando por fin yo estaba con todo el torso desnudo, le detuve sus manos.

“Gracias. Esta parte será sencilla”.

Él se retiró y se sentó en la cama.

Al quitarme las mangas de las piernas, saltó mi erección.

Traté de no darle importancia, de no mirar los ojos de Eduardo. Tomé una toalla y me metí brevemente a la ducha para limpiarme la capa pegajosa a lo largo de toda mi piel.

En un par de minutos estaba fuera.

Eduardo miraba la televisión. Tenía la pantalla sintonizada en una película pornográfica heterosexual que daban en el canal para adultos.

Tomé mayor atención a lo que veía: el actor era T.T.Boyd.

Me quedé desnudo contemplando la escena, y la excitación, que había decrecido con el agua fría, retornó.

“Bonito discurso de cumpleaños”, me dijo Eduardo.

“¿Tú crees?”

Mi miembro ahora estaba totalmente congestionado de sangre y casi palpitando.

Él volteó a mirarlo.

Entonces, buscó MIS OJOS.

“No voy a hacerlo, Rafael… No puedo, no debo… No quiero”.

Nos miramos unos segundos más.

Él se levantó y vino hacia mí.

Puso su mano derecha sobre mis pectorales y comenzó a bajar lentamente.

“Al final sí quieres”, le dije en voz baja.

Su cabeza se fue aproximando a la mía. Su mano ya estaba en mi abdomen.

“No debo, pero sí quiero”, dijo él casi susurrando.

Su mano ya estaba en mi recortado vello púbico. Su cabeza estaba demasiado cerca a la mía.

“Hazlo ahora que puedes”, asentí.

Por fin, sus suaves dedos comenzaban a acariciarlo, a sujetarlo, a masajearlo.

Su boca estaba a milímetros de la mía.

De pronto, Mi celular sonó…

“Espera”, le dije.

Era Sonia pidiendo que, al regresar, compráramos una botella de vino en la estación de servicio cercana.

Mi erección decayó un poco. Busqué mi boxer, mi pantalón y mi camisa.

Eduardo seguía inmóvil donde lo había dejado, a mitad del dormitorio.

“¡Vamos! El trago se les está acabando”, le avisé.

Eduardo caminó hacia la puerta. Yo también.

Cuando él iba a abrirla, se detuvo.

“Queríamos pero no pudimos”.

“Tampoco debíamos”, repliqué.

Eduardo demoró otro par de segundos. Al fin abrió la puerta.

Bajamos.

Al regresar a la casa de Laura, la reunión estaba en su apogeo.


miércoles, 19 de octubre de 2022

Ser Rafael 9.1: El cumple en licra


Bam, bam. Cinco pa’ las doce. El cumpleaños va a comenzar.

Llegamos justo a la hora que Antonio nos dijo, tras un viaje de diez minutos (cuando en realidad durahba menos de cinco) para evitar que las rosas se estropearan con la velocidad del aire y que el extraterrestre narigón de peluche volara involuntariamente, no hacia las estrellas sino a la polvorienta calzada.

De solo imaginar que tenía que bajarme a mitad de calle, con ese traje de tela elástica pegado al cuerpo, y agacharme para levantar algo que se me hubiera caído… ¡no! Mi única opción fue aferrarlo todo con fuerza, del mismo modo que un niño impide que un globo inflado con helio se pierda arriba, en el infinito cielo celeste… si es que está celeste aquel día.

En la puerta de la casa de Laura estaban apiñados unos seis mariachis.

“Te dejo aquí, Rafael. Voy a entrar para no levantar sospechas”.

“¡Me dejarás aquí solo?”

Estaba avergonzado; digo, ellos con sus trajes de charro y yo… bueno, con esto encima, prácticamente desnudo.

“No. Ahí están los mariachis. Además, Sonia está esperándome en la puerta. Ya sabes, entran ellos en fila y tú a la cola”.

Me reacomodó la bolsita de regalo con el peluche y me colocó mejor el brazo para contener a las rosas. No había mucha gente en la calle, pero juraría haber oído un silbidito burlón de algún palomilla homofóbico… o todo lo opuesto.

Me puse detrás de los mariachis, quienes ajustaban el guion con el que actuarían.

Si algo me consoló era que, además de mí, estos seis fulanos tenían la ropa tan entallada que les marcaba el trasero y las piernas. La moda ‘pitillo’, pensé.

Uno de ellos me pasó la voz: era un muchacho que conocía de vista, de la universidad; pero su saludo, por obvias razones, me puso más nervioso aún. Ya imaginaba los comentarios al día siguiente: ¡muerte social en las redes informáticas! Por lo demás, el tipo no tenía nada fuera de lo común.

Al fin se abrió la puerta, y el sexteto tocó Las Mañanitas. Fueron avanzando y yo también, a la zaga.

Ciertamente, Sonia estaba fungiendo de portera, y apenas ingresé al jardín delantero de la casa de Laura, cerró la puerta tras de mí.

La cumplementada no podía ocultar su emoción, y la hizo evidente cuando me vio entrar entre los mariachis con las rosas y el peluche. No aguantó las lágrimas y se colgó de mi cuello. Entonces, los músicos interpretaron una versión a ritmo de bolero de Héroe, que la cantó Enrique Iglesias.

“¡Mi amor, viniste! ¡Cuánto te amo”, me dijo al oído.

“Esto es poco. Te mereces más, mi princesa”, le rrespondí.

La besé en los labios, con el fondo romántico de un lado y los gritos ‘alentadores’ del otro. Lo que sí tenía miedo es de mi reacción física ante tanta algarabía, por lo que procuraba no rozarme tanto con ella, en especial allí adelante. No quería hacer un papelón justo frente a sus padres y sus compañeros de trabajo.

¿Ya mencioné que debajo de ese disfraz no tenía nada, absolutamente nada?

Dejé llevarme por la música, sin dejar de abrazarla.

Cuando el tema acabó, Sonia se dirigió a ella, señalándome: “Aquí está tu héroe, y más que eso, tu superhéroe”.

¡Caray! Eso lo explicaba todo.

Seguí al costado de mi emocionada chica y contemplé el concierto de los mariachis. De vez en cuando nos besábamos.

Cuando vi a sus compañeros, noté su alegría y su alborozo. Todos hicieron contacto visual conmigo para transmitirme esa energía; pero Eduardo para nada volteó a mirarnos. Le resté importancia. Mejor así.

El concierto de los mariachis duró media hora.

Antes de finalizar, me pidieron que hable. Eso no estaba en mi libreto. No había preparado nada. A decir verdad, me bloqueé mentalmente.

La sala se puso en silencio.

Todos me miraban… menos Eduardo, para variar.

Observé a Laura.

“Amor… Desde que nos conocimos… sabes que siempre admiré tu talento, tu carácter decidido, tu energía y tu entusiasmo… Sé que a veces no soy todo lo perfecto que se puede esperar, pero si de algo puedes estar segura es de mi amor… En… en este día de tu cumpleaños, quiero desearte lo mejor del mundo, lo mejor de la vida, que siempre busquemos la felicidad, y que… que el amor… nunca se nos acabe”.

Laura volvió a asirse de mi cuello y a llorar de emoción. Yo también la abrazé fuerte y la besé en los labios nuevamente, entre los gritos y estrepitosos aplausos de todo el mundo. Al diablo con mi entrepierna. Con los nervios, era difícil que suceda alguna reacción bochornosa.

Eduardo también aplaudió, pero se resistió a ver plenamente la escena.

Nos sentamos a tomar algo y a departir un rato, cuando sentí que el disfraz ya comenzaba a sacarme de quicio; mejor dicho, a metérseme entre las nalgas y a asfixiarme por completo.

Aproveché que Laura se metió un ratito en su cocina para darle alcance y hablarle en voz baja.

“Amor, ya vengo un toque, ¿sí?”

“¿Qué pasó?”

“Tranquila. ¿Puedes pasarle la voz a Eduardo?”

Ella puso un semblante de preocupación.

“¿Por qué?”

Sonreí.

“Tranquila, no voy a asesinarlo. Solo llámalo, pero caleta”.

Unos tres minutos después, llegó Eduardo, serio.

“Vamos un toque al cuarto de Antonio. Este disfraz me está comenzando a incomodar”.

Eduardo asintió, y salimos por la puerta de servicio.

“¿Te molesta ser el superhéroe de la noche?”

“No. Me molesta que la tela se me meta por el culo”.

Eduardo se rio levemente.

Nos subimos en la moto y partimos al cuarto de Antonio. Debido a la velocidad, fue un hecho que mi torso y mis genitales rozaran la espalda y los glúteos del conductor.

Y ocurrió lo que no quise que ocurriera en casa de Laura ni tampoco en plena vía pública, aunque a esa hora ya no era tan pública que digamos: mi pene se puso erecto.


sábado, 15 de octubre de 2022

Ser Rafael (8): Superhéroe incómodo


“¡Estás loco! ¡Yo no pienso aparecerme así”, reclamé.

Faltaba poco más de una hora para que tocara la medianoche.

Estaba en el dormitorio que Antonio, uno de los compañeros de trabajo de Laura, alquilaba cerca de la casa de mi enamorada.

Dos horas antes, ella y yo habíamos salido un rato por el centro de la ciudad. Era la víspera de su cumpleaños.

“Adivina qué, amor”.

“Ni idea, Rafo”.

Saqué dos boletos de mi mochila. Laura abrió la boca y los ojos. Su rostro tenía el gesto típico de la sorpresa, de lo gratamente inesperado.

“¡Rafo! ¿Nos vamos de viaje?”

“Colán. Mañana partimos a primera hora. Te recojo a las seis de la mañana exacto”.

Eso implicaba que me iba a pasar todo el día con Laura, por lo que tuve que adelantar trabajo en la oficina, ir a entrenar al gimnasio una hora más tarde y casi ver a mi ‘flaca’ media hora o menos en los días previos. Además, pedir permiso a mi jefa, y comprometerme a que en los días siguientes recuperaría el trabajo acumulado.

“Entonces, tendré que irme a dormir temprano. ¡Gracias, mi amor! ¡Tú solito para mí en mi cumpleaños!”

Me abrazó alborozada; me besó muy emocionada.

Antes de regresar a su casa, pasamos frente a una tienda de peluches, y pude percatarme que le clavó sus ojos a un simpático muñeco con forma de un extraterrestre narigón (color naranja) que salía en una comedia de televisión, al que una familia tuvo que

adoptar y ocultar forzosamente, a pesar que les vaciaba la refrigeradora y quería comerse a su gato. ¡Vaya gustos los de Laura!

Tras dejarla, fui a mi casa, de nuevo al centro, y luego derecho a la habitación de Antonio. Todo ya estaba fríamente calculado.

Se supuso que Laura iría a arreglar su maleta, dormir temprano y descansar para el día siguiente. Lo que no sabía era que, mientras ella estaba en el segundo piso de su casa concentrada en tales tareas, su primer piso estaba siendo invadido por el resto de sus compañeros de la oficina que llevaban cosas para comer y tomar, pero en el más absoluto silencio. Obviamente, ya había sido coordinado con sus papás y hermanos.

Mi aparición ocurriría justo a medianoche, pero vestido como superhéroe.

“¿A quién se le ocurrió esta huevada?”, volví a renegar.

“A Sonia”, me contestó Eduardo desde fuera.

Estaba encerrado en el baño, metido desde el cuello hasta los tobillos, pasando por el largo de los brazos, dentro de un traje azul alicrado que me marcaba todo el físico. Para completar el atuendo, botas negras de un material parecido al de los calcetines, con un ribete blanco en su parte final.

“Ya sal, Rafael”, insistió Eduardo. “Queremos ver cómo te queda”.

Más por el calor que la prenda me comenzaba a provocar que por el ánimo de lucirla, salí del baño.

Afuera estaban Antonio, un serrano de unos 29 años, y Eduardo. Me sentía muy ridículo.

“Te queda bien”, me dijo el anfitrión, haciendo una mueca aprobatoria.

“Claro”, respondí burlándome. “Tú no tienes que ponértelo”.

Antonio se rio.

“Rafael, es solo por un momento. Le das la sorpresa, cantamos el japiverdi y regresas a cambiarte”.

“No entiendes, ¿verdad, Eduardo? Ni siquiera me dejaste ponerme ropa interior debajo de esto y se me marca… todo el paquete… y mi paquete no es chiquito”.

Eduardo y el muchacho se rieron ruidosamente.

“Si te pones ropa interior, se va a marcar; se verá feo”, aclaró el primero.

“Tranquilo, Rafo. Todo el mundo tendrá la vista fija en el ramo de rosas, que tus huevos pasarán a segundo plano”.

Le sonreí molesto.

Eduardo se levantó de la cama donde estaba sentado, se me acercó, y, sin decir nada más, fue a acomodarme la prenda a la altura de una de mis nalgas. Me asusté.

“¿Qué haces, huevón?”

“No seas cojudo. Está mal cuadrado”.

“¡Pero se me va a meter al culo!”

Sigo sin entender cómo Christopher Reeve o Christian Bale pudieron lidiar con sus trajes de superhéroe. ¿Será porque incluía una capa? El mío no la tenía.

Igual, el hecho que Eduardo fuera a acomodarme la tela elástica justo a la altura del glúteo, me sacó un poco de cuadro (a pesar que Antonio estaba presente).

“Once y media”, dijo el inquilino. “Fácil que sus viejos ya la despertaron. Toma las llaves, Eduardo”.

Antonio se levantó y se las entregó al susodicho.

“¿Te… vas?”, cuestioné.

“Para que Laura no sospeche. Abajo está mi moto. Ya saben: tienen que aparecer a medianoche, así que deben llegar once y cincuenta y cinco a más tardar. Eduardo, quedas a cargo”.

El chico se fue. Eduardo prendió el televisor y se sentó sobre la cama. Yo avancé hasta la ventana y vi parte de la ciudad iluminada.

“Rafael, ¿y tu ropa?”

Lo miré extrañado.

“¿Por qué?”

“Para que no se arrugue”.

“En el baño”.

Eduardo se levantó, fue, la sacó y la dobló con mucho cuidado, con gentileza. La puso sobre un extremo de la cama.

“Me siento extraño, Eduardo”.

Sonrió compasivamente, sin dejar de ver la televisión.

“Sí. Debe ser porque es la primera vez que usas ese tipo de ropa”.

“Bueno, me siento como si anduviera calato; pero, más que eso, es por esta situación. Hace cuatro meses que… que pasó lo que pasó, que no quise saber de ti, y aquí estamos”.

“¿Y dónde está lo raro?”

“Tienes razón. Debo relajarme”.

“Además, en diez minutos tenemos que salir”.

Respiré hondo y me senté al otro extremo de la cama, mientras Eduardo veía una de esas comedias gringas en el cable.

“¿Sabes inglés?”

“No. Leo los subtítulos”.

Tomé una pausa no muy extensa. No quería sonar agresivo con mis palabras.

“Y… ¿conociste otros chicos?”

Eduardo giró su cara hacia donde estaba, y sonrió ruborizado.

“¿Por qué preguntas eso?”

“No, por curiosidad. Como esa vez te encontré diciendo que perdiste, entonces creí que era por algún chico que conociste”.

“No recuerdo haber dicho eso”.

Entonces, yo me sonreí. Ambos nos pusimos a ver la televisión.

“Oye, Eduardo, ¿y de quién fue la idea de disfrazarme como superhéroe de night club para damas?”

“No sabía que así se disfrazaban los superhéroes en esos lugares”.

“Pero, ¿de quién fue realmente la idea?”

“Ya te dije: de Sonia”.

“¿Y de ella también fue la idea de venirme a cambiar acá?”

“Ah, no. Antonio ofreció su cuarto porque es quien vive más cerca de Laura”… Y antes de que lo preguntes, Sonia me pidió que yo te llevara e hiciera tiempo contigo mientras ellas le daban la serenata a Laura; así que no tienes nada que temer: no te asaltaré ni te violaré”.

“No tengo miedo a eso. Primero tendrías que reducirme… y está bien complicado, déjame decirte”.

Sonreí pícaramente… sin saber por qué.

Eduardo se levantó, vio su reloj.

“Creo que ya nos vamos. Es un cuarto para las doce”.

Hizo sonar las llaves como cencerro, apagó la televisión y recogió la bolsa donde estaba el peluche con la forma del extraterrestre al que Laura le había clavado la mirada horas antes, y que antes de llegar al dormitorio fui a comprar.

“Párate”, me instó.

Me puse de pie, y él me entregó el ramo de rosas.

“Llévalas con cuidado”.

“¿Te molestaste por lo que te pregunté?”

“Ay, Rafael. Ni que fuera un churre. Es obvio que desconfíes de mí luego de lo que pasó esa vez, pero tú tienes una relación, y yo no puedo interferir ni debo interferir”.

“Y… ¿quieres interferir?”

Eduardo me miró, serio y desconcertado.

“Vayamos donde Laura”.

Abrió la puerta y comenzó a bajar. Yo lo seguí, fantaseando.

El bulto en mi entrepierna comenzaba a expandirse, así que pensé de nuevo en que me veía totalmente ridículo vistiendo ese disfraz.