Los consejos de Miguel incluyen cachar con él.
Los Ángeles de
San Sebastián (AS en su
forma corta) es un apostolado creado por el Padre Alberto para acoger a los y
las jóvenes de la parroquia mediante el deporte y el arte, y así evitar que
caigan en pandillaje, delincuencia o drogadicción. Sus principales actividades
son una academia de danzas que funciona los sábados por las tardes y noches,
partidos de fulbito y vóley mixto y un pequeño gimnasio habilitado en una casa
abandonada atrás del local parroquial en todo el centro de la ciudad.
El coordinador es
Miguel, un recién graduado de la Escuela de Bellas Artes quien además es el
profesor de danzas. De más está decir que se trata de un chico de 25 años, alto,
atlético, velludo, guapo. Las chicas se derriten por él, pero él no por ellas
aunque siempre les caiga muy simpático.
“Me acuerdo
vagamente de edú”, dice a Pedro resoplando. “Sí corría el rumor que tú y él
cachaban pero solo entre las pasivas de San Sebastián”.
“Edú me dio a
entender que era un rumor generalizado”.
“La verdad no… Si
se lo oí a dos o tres que me caché, exagero”.
Pedro ayuda a
Miguel limpiando un poco las máquinas y aparatos del gimnasio donde se lucen
hermosas pinturas de ángeles desnudos en una especie de cielos de colores y al
fondo un San Sebastián semidesnudo y musculado pero herido por saetas: puro
surrealismo. A Pedro no le interesaba ir de museo ese domingo; necesitaba
conversar con alguien, y esa conversación lo ha dejado perplejo.
“Y yo que me pasé
seis años culpándome de que Edú se fue con Pierina por los rumores”.
“Bah, Pedro. En
este pueblo de mierda murmuran de todos nosotros. Qué no dirán de mí porque
pinto desnudos masculinos, pero me llega a la punta del mazo. Ya ni te digo por
el hecho de enseñar danzas o peor de estar aquí en el gym”.
“Sí, pero tú ya
no vives con tus viejos y ellos no te pagan los estudios, es distinto”.
“No, huevón. Todo
es actitud. Si la gente habla que cachas con ese tal Edú, que hable, mierda. Tú
sigue con la frente en alto, carajo. ¿Acaso crees que no rumoran sobre AS? Más
bien, invita al tal Edú a la pichanga luego de la reu esta tarde”.
“¿quieres
conocerlo?”
“¿Dices que se
maneja una pinga grande como la mía?” Miguel sonríe.
“Digo que cachar
con él me confunde”.
“¿Y qué tiene de
especial cachar con él? ¿Acaso con nosotros no cachas bien y también te sientes
especial?”
Pedro calla.
“Además, piensa
que si los rumores decían que cachabas con él, ¿cómo es que tu viejo lo dejó
entrar a tu casa y encima lo hace dormir contigo? No sé, huevón. Algo no encaja
en esa historia”.
“¿Qué quieres
decir, Miguel?”
“Sentido común,
Pedro: si mi hijo cacha con su macho, ¿dejo dormir al macho con mi hijo? O tu
viejo ahora es super mente abierta, o esos rumores simplemente nunca llegaron a
sus oídos”.
Pedro se queda
pensativo otra vez.
“Mejor vamos a
ducharnos al toque”, invita Miguel sonriendo. “Ya deben estar por servir el
almuerzo y quiero ahorrarme la cara de suegro del Padre David”.
En el baño de la
casa, ambos chicos juntan sus cuerpos desnudos. El de Miguel, como ya se dijo,
es digno de las pinturas que produce, un homenaje a su patrono artístico,
Bounarotti. Pareciera la estatua desnuda del David pero de carne y hueso (y de
vellos en pecho, culo, piernas y el del pubis debidamente recortado a juego),
no de mármol, o quizás de mármol canela. A su lado, Pedro también es otro dios
griego (pero lampiño).
Ambos se besan en
la boca mientras sus manos se acarician sus anchas espaldas y sus bien
trabajados culos untados en jabón.
“Chúpamela,
Pedro”.
Miguel mira cómo
su amigo se arrodilla en la ducha, toma el miembro bajo su recortado vello
púbico y se lo mete a la boca con los ojos cerrados.
“Así, Pedrito.
Así, pónmela dura”.
La erección no
tarda en ocurrir: 18 centímetros de verga venuda y gruesa son succionados y
lamidos.
“Los huevos,
Pedro”.
Miguel siente que
las manos de su amigo le acarician su culo peludo mientras siente también que
una lengua cálida se pasea por sus rasurados testículos. Miguel no tiene palta
en que las manos de Pedro se metan en toda la raja y que le masajeen el propio
ano.
“Hazme beso
negro”, pide.
Gira y pone su
par de nalgas velludas en toda la cara del otro ‘ángel’, quien las abre y
comienza a besar hasta chupar ese agujero de placer. Miguel gime.
“Así, Pedrito,
chúpame bien mi orto”.
Al mismo tiempo,
Miguel se pajea.
Pedro se pone de
pie.
“Quiero cacharte
ahora”.
“Métemela, papi”,
pide el pintor y bailarín.
Pedro termina de
poner dura su pinga y la va metiendo de a pocos.
“Así,papi. Así,
hazme tuyo,mierda”.
Pedro comienza a
moverse con dulzura, al punto que se prende de la espalda de Miguel y comienza
a besarla, cosa que al pasivo le transmite una electricidad que pone más dura
su verga.
“Las voy a
dar,las voy a dar”.
“Lléname el culo
con tu leche”.
Pedro suspira y
eyacula gimiendo. Todo su blanco fluido se pierde en las entrañas de su amigo,
quien sigue pajeándose.
“Sácalo
despacio”, pide Miguel.
Pedro lo hace
hasta desconectarse: su miembro sale semiflácido, medio magullado.
“Arrodíllate,
quiero darte mi leche”.
Pedro obedece,
Miguel pone su glande en la punta de la lengua que ya le ofrecen, se pajea
duro, y en un par de minutos, dispara su esperma dentro de la boca de su amigo.
“Trágatela”.
Pedro siente este
semen más agradable que el bebido más temprano en su casa.
“¿Viste, Pedrito?
No hay razón para sentirte confundido”.
Cuando ambos
salen del baño, se quedan de una pieza. El padre David, un tipo delgado (pero
marcado), los mira… con cara de suegro:
“Solo venía a
avisar a Miguel que lo estamos esperando para almorzar”.
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