viernes, 14 de enero de 2022

La hermandad de la luna 8.2

Adán llega a casa de Tito y no halla a nadie, así que ingresa al gimnasio. Está lleno. Sin duda, la aparición de Owen parece ser una bendición para el negocio. Aunque algo le opaca el entusiasmo: Frank está al fondo entrenando piernas con furia. Adán reingresa al domicilio y se queda largo rato sentado sobre el sofá, pensando. Aparentemente capeó a elga; pero, ¿qué pasará ahora con el más joven? Tras largos minutos, Tito y Flor llegan. Se saludan afectuosamente. Flor entra a dejar su mochila y Tito se queda en la sala.

“¿Edú te dio la carpeta?”

“Sí, pero García dice que solo le da pistas, que no puede presentarlo ante la otra fiscal aún. ¿Qué pasó con Frank, que no entendí tu mensaje?”

Adán mira que Flor no esté cerca:

“Se la cachó bien a elga”, le dice en voz baja.

“Excelente”, celebra Tito muy discretamente.

“Pero siente que traicionó a tu hija”.

Tito se incomoda un poco:

“Ahora no tengo tiempo para resolverlo; hablaré con él mañana”.

“Primo”, lo retiene Adán. “Creo que se nos pasó la mano involucrándolo”.

Tito sigue incómodo y se para.

“Mañana veré eso; mas bien te necesito: Juan conversó con Flor sobre lo del otro día”.

Tito entra a su cuarto para alistarse a salir otra vez, hacia la finca, a cubrir su turno de vigilancia nocturna. Adán permanece sentado sobre el sofá sin poder manejar el cargo de conciencia, así que tras calentar la cena, se pone su ropa de entrenamiento: el enterizo que solo le cubre el abdomen, la espalda baja, la pelvis y parte de los muslos. Entra al gimnasio, va directo donde Frank, quien parece haber terminado su rutina.

“No quiero hablar ahora”, le alcanza a decir y lo deja en medio del salón, en medio de la multitud, hasta que una mano palmea su hombro.

“Darle tiempo”, le aconseja Owen. “Una oportunidad aparecerá”.

Mira un video aquí 

Frank abre la ducha ya en la casa de Tito y deja que el agua le refresque la culpa más que el sudor. Si bien cuando inició la relación con Flor quedaron claros que solo sería por el tiempo que él estuviera en Santa Cruz, un sentimiento más fuerte que una amistad, luego que una amistad con privilegios, luego que una relación estable aunque temporal, ha comenzado a desarrollarse. Pensó que lo del trabajo en La Luna podía ser una buena oportunidad para sentar raíces, pero el anuncio de Elga, y más aún lo que había pasado esa tarde con elga, lo están cuestionando seriamente. Por otro lado, está la emergencia con Flor y la palabra empeñada a Tito. De pronto, la cortina se abre y su chica ingresa totalmente desnuda.

“¿Me permites?”, sonríe ella y comienza a jabonarle el cuerpo.

“¿Tu papá?”

“Ya se fue al trabajo, y ya sabes que mi tío ha comenzado a entrenar”.

La chica lo besa sin dejar de pasarle el jabón, y la imagen de elga regresa vívidamente, cuando esa tarde en las duchas de la finca estaba haciendo exactamente lo mismo.

“No está bien esto”, reacciona.

“¿Qué?”, se extraña Flor.

“Quiero decir… no tenemos protección ahorita, y ya sabes lo que acordam…”

Flor sonríe:

“Tranquilo, querido, solo te baño. Déjate mimar”.

El caso es que Frank, en ese momento, no se cree merecedor de tanta atención. Aún así, Flor continúa bañándolo, estimulándolo, aprovechando que le jabona las piernas para tomar su pene y chuparlo mientras acaricia sus redondas nalgas. No es elga, de eso está más que seguro, pero tampoco cree que es digno de Flor. Lo mejor será entrar en personaje. Es cuando recién la sangre fluye a su miembro.

“Así chúpamela”, la anima con su mejor voz de galán. “Así, mamita”. Jadea profundo, cierra los ojos y le acaricia la cabeza. “Así… es toda tuya”.

Y el chico cumple su guion hasta que su esperma llena la boca de Flor.

Mira otro video aquí. 

“Una cosa es ser stripper y otra distinta es ser escort”, dice Carlos en la caseta de vigilancia mientras Tito marca su asistencia para el turno de esa noche.

“A nosotros no se nos hizo tanta bola”.

“Es que Manolo nos entrenó para comer hasta con seis cubiertos y servilleta de tela, a mantener una conversación discreta, a que la otra persona se sienta respetada e importante; hay una gran diferencia entre los chicos de ahora y nosotros”.

Ambos caminan a la casa grande.

“¿Aparte de los años?”, bromea Tito.

“Al menos sabes que quiere a Flor, pero pienso igual que Adán: no debimos involucrar a Frank en esto porque no es su lucha, no la ha sufrido como nosotros, no ha visto cómo esto pasó de ser monte a finca agrícola”.

Sí la vio, Carlos; la vaina es que él estaba muy chibolo aún”.

“¿Y qué fue de la carpeta?”

“Sí hay caso, pero ese fiscal necesita más datos”.

En la cocina, Elga corta fruta en trozos para hacerse una ensalada cuando llegan los dos peones. Se saludan cordial y respetuosamente. Ella luce algo seria, hasta diríase apagada.

“Tito, ¿podemos hablar tú y yo después de cenar?”

El gladiador y el capataz se miran.

“Claro”, le responde con cierto temor.

Tras comer casi en silencio, muy aburridos, Elga lo acompaña en la primera ronda nocturna. La primera luna llena de la semana comienza a levantarse amarillenta por el este, pero aún así cada uno va con su linterna, y en el caso de ella, la instrucción expresa de refugiarse a las espaldas de él si apareciera algún peligro. La jefa también deberá entender que no habrá contacto visual pero sí toda la atención auditiva del caso.

“Sabes que Manolo te tuvo mucho cariño. En realidad los quiso mucho a los tres, pero a ti te tuvo un cariño muy especial”.

“¿Y a Christian no?”, inquiere Tito.

Hablo de la finca. Christian no ha estado tan ligado acá como ustedes que la levantaron con Manolo desde el inicio… Pero no quiero hablar de él sino de ustedes, del espíritu de familia que han logrado, de cómo a mí me acogieron como parte de su familia cuando la mía me botó de la casa. A pesar del trabajo que teníamos, ustedes siempre me respetaron y hasta me defendieron. ¿Recuerdas ese show cuando ese tipo se subió al escenario?”

Tito ríe:

“Me bajó la tanga y me quedé calato delante de toda esa gente”.

“Pero así, sin tanga, le diste una tunda que no volvió por vuelto”, ríe Elga también.

“Y si te gusta que nos tratemos como familia, ¿por qué no retrocedes en la idea de vender La Luna?”

Elga suspira:

“Ya comprometí mi palabra”.

“Zona de mangos, sin novedad”, Tito avisa por la radio.

“Zona de mangos sin novedad, enterado”, le responde Carlos por el aparato.

“¿Comprometiste tu palabra con Christian?”

“¿Cuál es la fijación con Christian, Tito?”

“Como llegaste con él, pensé que te habías comprometido con él”.

“Más que con Christian, con el comprador”.

“¿Cruz Dorada?”

“¿Cómo sabes que es Cruz Dorada?”

“Acá vinieron hasta tres veces y no han asomado la nariz desde que Manolo los corrió a balazos. Él nunca quiso vender, por eso nos extrañó tu decisión. Incluso, sospechamos que Cruz Dorada lo mandó a matar”.

“El martes, luego que Chris me avisó, yo misma fui a la oficina de ellos y los encaré: lo negaron todo”.

“¿Y les creíste?”

“Me dijeron que una cosa era la discrepancia, pero otra era ensuciar el nombre de la empresa con un crimen. Además lo mataron en la ruta a La Santita. ¿Qué tiene que hacer Cruz Dorada en la playa?”

Tito no sabe si reír o molestarse, así que mejor opta por preguntar:

“¿Dices que Christian te avisó?”

“Sí. Creo que por la mañana vinieron acá, ¿no? Luego regresaron y estuvieron todo el día revisando unos papeles. Los escuché discutir, aunque de un tiempo a esta parte solían discutir muy seguido, pero ya sabes cómo arreglaban sus diferencias”.

“¿Dices que trabajaron todo el día?”

“Como hasta las seis, luego salieron y no regresaron hasta las diez. Seguro fueron a la casa de playa o algún hotel, ya sabes, para arreglarse. Yo estuve en la casa de playa desde el martes en la tarde y hallé algunos condones usados”.

“¿Ya no volvieron a salir el lunes?”

“Al menos Christian no. Manuel sí salió disparado como a las once. Me dijo que lo habían llamado por un asunto que estaba siguiendo… Ya no regresó”. Elga solloza.

“¿Christian no fue con él?”

“¡eso es lo que yo le reclamé después! Christian se quedó en casa, metido en el cuarto de visitas”, la mujer continúa sollozando.

Tito se detiene para confortarla mediante un abrazo.

“¿Y qué hacía él ahí?”

“Vivía con nosotros. No sé que lío había pasado con su familia, pero hace cuatro meses vive con nosotros. Yo bajé a su cuarto… hicimos el amor… nos quedamos dormidos… desperté como a las tres y no quise subir pensando que Manolo…” Elga llora amargamente.

“¿Entonces quién fue?”, murmura Tito. Súbitamente, una pequeña nube luminosa celeste se compacta en un punto de luz que brilla por unos segundos y luego se desvanece.

“¿Tito? ¿Tito? ¿Están bien?”, consulta Carlos por el radio.

Mira otro video más.

domingo, 9 de enero de 2022

ASS (10): ¿Soy moderno, moderno activo, activo o qué?

 Alejo va al médico preocupado por su culo recién estrenado.

 


El doctor Talledo es un privilegiado. Frente a sí, sobre la camilla de su cconsultorio, un chico desnudo y musculoso está dispuesto en posición de fiel musulmán, esto es apoyado solamente sobre sus rodillas y antebrazos, las dos nalgas bien abiertas mostrando un ano con todos sus pliegues.

El doctor Talledo coloca un desinfectante sobre sus guantes de látex, toma la piel de las nalgas alrededor del ano y de un tirón repentino la expande:

“Mmmm”, canturrea detrás de su mascarilla quirúrgica. “Mmmm”.

“¿Cómo está, doctor?”, pregunta un angustiado  Alejo.

“¿Yo? Bien, gracias. ¿Cómo estás tú?”

“Doctor”, casi reclama Alejo. “No se juegue así”.

“Listo. Puedes bajarte. Todo en orden, excepto que tienes un hermoso culo conalgunos vellitos coquetos y tu ano está perfecto para un buen beso negro. Fuera de eso, todo OK. Miguel hizo un trabajo de cirujano”.

Alejo se baja de la camilla y gira aún asustado:

“¿Eso es todo, doctor?”

“A ver, Alejo: Miguel solo te metió la cabecita, ¿no? Nunca tu ano había recibido un pene. Lo bueno es que usó lubricante, si no otra sería la historia; pero no hay laceración, ni inflamación, ni desgarro. Nada. Además, dices que te lo sacó apenas sentiste dolor…”

“Pero me ardió un poco cuando nos pajeamos después y las di”.

“Pero no cuando fuiste al baño esta mañana, si no escuché mal”.

“Lo normal”, se sonroja Alejo.

“es lógico lo de la pajeada: tu ano acababa de ser penetrado, aún estaba con el trauma fresco; entonces cuando eyaculamos, los músculos de esa zona se contraen violentamente y eso explica todo. Pero ya te dije: no hay nada, aunque igual si quieres vienes en una semana a ver si hay infección, o cuando sientas molestias. Ahora, si quieres un 99 punto 99 por ciento de certeza en mi diagnóstico, manda a Miguel para que se haga un chequeo, y conversa con él para que te revele los detalles. Solo espero que tome su Truvada® como le indiqué; igual que espero tú la sigas tomando, especialmente ahora que vas a incursionar en el cine porno”.

Alejo, aún desnudo, se sienta en la camilla.

“Salió de un momento a otro. Yo solo iba a posar calato y con la pinga dura”.

El infectólogo escribe algo en su talonario de recetas.

“La pregunta, qquerido Alejandro,  no es cómo ibas a posar sino cómo te estás protegiendo para evitar infecciones de transmisión sexual. Asumo que usas preservativos con tus clientes, ¿no?”

“Claro, doctor. Eso de ley. Nada sin forro”.

“Mmm. ¿Y la Truvada®?

“Todas las noches a las ocho, como recetó”.

“Listo, Alejandro. Mientras tengamos todo bajo control, no tenemos nada que temer, pero siempre debemos estar alerta”. El doctor Talledo desglosa la receta y se la entrega al paciente: “Ya puedes vestirte o…”, el médico mira su reloj, “como todavía ttenemos ocho minutos de consulta, si no te vistes, me vas a obligar a hacerte una fellatio aquí mismo”.

Alejo sonríe:

“¿Nadie entra aquí?”

“No, pero… súbete a la camilla al toque”.

En menos de 20 segundos, Alejo está echado boca arriba y el doctor Talledo, olvidándose de cualquier norma de bioseguridad, usa sus labios y su lengua para estimular el pene del muchacho, mientras que con su mano le acaricia los huevos.

“Así, doctorcito, qué rico la chupas”, susurra el ‘paciente’.

En unos 15 segundos, los 18 centímetros de carne, venas y cuerpos cavernosos ya están duros. El doctor Talledo, quien en sus 37 años de vida y once de experiencia profesional parece haberlo visto todo, siente una fascinación especial por este falo. Se diría que casi le rinde culto. Lo mama duro y bien, trata de tragárselo todo y más bien se atraganta (aunque sin escándalo), quiere ordeñarlo a toda costa, pero si Alejo comienza a tener fama, es precisamente de retardar su eyaculación tanto como quiera.

El médico entonces emboca los grandes testículos y los hace pasear entre su lengua y su paladar. Mira su reloj:

“Me quedan dos minutos. ¿Puedo hacerte un beso negro?”

Alejo lo duda unos segundos, pero… ¡solo quedan dos minutos! Gira.

“Ponte como cuando te examiné pero al filo de la camilla”.

Alejo hace como le piden, y Talledo vuelve a usar sus dedos para separar más las duras y musculosas nalgas y mete su lengua al ano de Alejo, quien suspira y hace esfuerzos para no gemir de placer… porque siente mucho placer, tanto como al meter su pinga en cualquier boca o culo. Comienza a jadear, y justo en lo mejor…

“Listo. Baja y vístete”.

Cuando el doctor Talledo sale del baño unos 20 segundos después de enjuagarse bien la boca, Alejo ya está con las zapatillas y el jean puestos. Ahora se coloca el polo. El médico va a su escritorio y Alejo lo sigue.

“No olvides la receta”.

El paciente toma el papel y descifra la caligrafía:

“Li-do.ca… ¿qué?”

“Lidocaína en gel. La próxima vez que decidas recibir un pene en tu ano, te la aplicas al menos 45 minutos antes en el esfínter,con las manos limpias, y eso anestesiará la piel, pero si te penetran fuerte, no evitará traumas posteriores, así que el uso de lubricante en tu caso sigue siendo obligatorio”.

“Pero yo solo soy activo, doctor”.

Talledo sonríe:

“Ya, alejo. Quítate de la cabeza eso de activo, pasivo, moderno o lo que sea. A la hora de tener sexo, todos disfrutamos igual”.

“Gracias, doctor… Solo una pregunta… si me dejo hacer el beso negro… ¿soy moderno o moderno activo?”

Talledo le vuelve a sonreír:

“Nada de eso. Yo diría que eres… un hombre sexualmente liberado”.

Antes de ganar la calle donde queda el centro médico privado al que acudió esa mañana, Alejo saca su celular y hace una llamada:

“Ya acabé acá. ¿Voy a esperarte a la placita?”

“Sí, no demoro nada”.

La alarma de llamada entrante suena en el aparato:

“Listo, voy para allá”.

Alejo da pase a la otra llamada:

“enrique, hola”.

“Hola, cabrón. ¿Sabes? Estoy viendo tus fotos aquí en la casa y me gustaría platicar un rato contigo. ¿Tienes tiempo?”

“Claro, te escucho”.

“No, morro. Tiene que ser en persona. Yo pago tu pasaje si estás en tu finca”.

“No. Estoy acá, en piura”.

“¿Por qué no vienes, entonces? Toma un taxi y lo pago aquí”. 

Y para finalizar, te dejamos con más porno.

sábado, 8 de enero de 2022

Proyecto Lujuria 3.1: Remordimiento tras el trío


A la una y cuarto de la madrugada, los dos invitados salen del condominio.

“Y nuestro concursante Osmar, de Caracas”, se lleva cien dólares a su marcador”, anuncia Evandro en voz baja y casi burlonamente. “¿quiere mandar saludos a alguien?”

“Ya, no jodas”, sonríe el otro galán.

“No entiendo”, comenta Evandro ya dentro del auto, resoplando antes de abrocharse el cinturón de seguridad. “Decías que ni el culo de Alexis te para la pinga, pero se te paró con ese chibolo”.

“Prefiero no hablar de eso, Evan”.

“Perdona por sacarte de libreto”.

“Fresco, pana”.

Evandro mira el rostro algo desencajado de Osmar:

“Algo no está bien”.

“Pana, vamos a la residencial… de veras, me cago de sueño”.

“¿qué harás por la mañana”.

“es domingo…” Osmar mira sonriendo tristemente a Evandro: “Dormiré hasta tarde”.

Su amigo sonríe también. Vuelve a resoplar. Tiene la sensación que algo o bien se cagó entre ambos, o… mejor ni pensar en eso. Gira la llave. El auto arranca. Acelera. Diez minutos después, ambos por fin llegan a casa.

 


Cuando Osmar despierta en su cuarto, lo primero que hace es ver su celular: diez y media de la mañana. Sí ha podido dormir sus ocho horas reglamentarias pero luego  de pasar sesenta minutos revolcándose sobre la cama tratando de digerir el trío de esa madrugada.

Tras arreglar su estrecha habitación,  en la azotea del edificio residencial, baja el ascensor y se va trotando con una mochila vacía hasta una lavandería en la avenida Salaverry, frente a una puerta lateral del hospital Rebagliati y como a media cuadra del Steel Fit Gym. Con el pretexto de hacer una limpieza a fondo, se la pasa casi todo el día en el establecimiento, ahora cerrado al público, donde se prepara almuerzo y cena, toma un baño, y tras revisar redes y hablar con su familia en Venezuela (“Me contrataron para una campaña de publicidad nacional… es un producto nuevo pero confiaron en mí”), regresa al edificio a eso de las cuatro de la tarde. Al abrir la puerta, un sobre manila pequeño queda sellado con la huella de su zapatilla. Se agacha, lo recoge y lo abre: cinco billetes de veinte dólares.

 


A la mañana siguiente, coincide con evandro en la base del edificio.

“Gracias”, le susurra.

“¿Por qué?”, consulta su amigo con un mal actuado cinismo.

“Olvídalo… hoy toca… vamos”.

El resto de la mañana ambos cruzan palabra solo lo indispensable; incluso Gibrán, quien se acerca a saludarlos con entusiasmo, respira tensión en el aire y, a pesar de la sonrisa de Osmar, prefiere portarse como un alumno más.

 


Esa tarde, el instructor, ahora enfocado en su faceta como actor, prefiere ir en taxi al teatro. ¿qué mierda está pasando en su cabeza? Al llegar, solo Alexis está preparándose.

“¿Aún no llega Evan?”

“¿No vinieron juntos?”

Osmar prefiere no dar más rollo.

Al término de la función, cuando se despide de todos, evandro lo separa a un lado:

“Te llevo”.

“evan, no es necesario…”

“Carajo, Os; dije que te llevo. No discutas”.

Osmar hace un gesto de disconformidad que Alexis detecta pero prefiere hacerse de la vista gorda.

  

viernes, 7 de enero de 2022

La hermandad de la luna 8.1

En una esquina poco transitada de la Zona Industrial de Collique, la camioneta del fiscal Juan García permanece estacionada. Él, al volante, mira impaciente su reloj de pulsera.

“¿Será cumplido?”, pregunta algo nervioso.

“Si no viene en diez minutos, nos vamos”, le propone Tito.

“Sería una verdadera pérdida de tiempo”.

“Tienes miedo, ¿no?”

“La cagada sería que alguien llame a Emergencias y nuestro plan se va al carajo”.

El celular del gladiador vibra. Lee el mensaje.

“Está por llegar”.

Un par de minutos después, ambos divisan a un muchacho de tez blanca, cabello corto, alto, buen cuerpo, vistiendo una polera blanca, jeans y zapatillas.

“Ahí viene Edú”.

Tito baja del vehículo y lo ataja antes que cualquier otra cosa.

“Hola”, le saluda el muchacho.

“Hola, a los tiempos”, le responde el gladiador, dándole la mano derecha y haciendo el intento de esculcarlo con la izquierda a lo largo de su costado.

“Es el colmo, chico”, reclama Edú. “No vengo armado”.

“No lo hago por mí sino por mi amigo”.

“Sigo en forma, si eso quieres verificar”, ironiza el muchacho.

“Eso no lo discuto… mejor sube”.

Ya a bordo de la camioneta, y tras las presentaciones de rigor, Edú saca la carpeta lila de su polera y la entrega a Tito, quien la abre y hojea.

“Sí son los documentos”, verifica y se la entrega a García quien también la revisa varios segundos.

“No mmentiría en eso, Tito”, arguye el chico.

“Todo parece estar en orden”, opina el fiscal. “El único problema es que son fotocopias. ¿Tienes idea de cómo llegó esto al centro de reciclaje, Edú?”

“Como todo el material: los recolectores lo traen y nosotros tenemos que clasificarlo según su tipo si es que no ha venido preclasificado”.

“Me refiero a que si sabes de qué parte viene, dónde se recogió”.

“Ni idea. Al centro llega material del Gran Collique, y es bien complicado determinar de dónde”.

Juan resopla de frustración.

“Pero sí es el documento, ¿no?”, intenta celebrar Tito.

“Legalmente hablando, todavía no podemos usarlo como prueba porque no es el original. Si tan solo hubiese un escrito, un título, un testimonio en original, eso ayudaría mucho. La utilidad de esto es a nivel de un documento de trabajo, algo que nos indica dónde podemos buscar, pero ningún fiscal utilizaría esto a menos que el original haya sido destruido. Y aquí viene la pregunta del millón: ¿dónde está el original?”

Tito se queda perplejo.

“Miren, panas, yo solo hice lo que creí correcto. De ahí si les sirve o no, no es mi problema”, rezonga Edú. “Regreso a mi trabajo”.

El chico va a abrir la puerta del carro, cuando García lo impide desde el tablero.

“¡Déjame salir, chico! ¡Esto ya es secuestro!”

“Tranquilízate, Edú, y escúchame bien: no es tu culpa que el documento tenga fotocopias, y entiendo tu punto sobre la procedencia, pero quiero que hagas algo por nosotros, y es que trates de preguntar entre los recolectores si alguien recuerda algo, alguna pista que nos dé idea de dónde vino, dónde lo entregaron”.

“Insisto: ya hice lo que tenía que hacer y mi colaboración concluye aquí. Déjame bajar, vale”.

Juan quita los seguros y permite que Edú los deje casi sin despedirse. Tito abre la puerta del copiloto, y le da alcance.

“Toma por la información”, da unos billetes de forma asolapada.

Edú mira al gladiador a los ojos:

“Yo también conocí a Manolo, y tú sabes a qué nivel, Tito; así que lo hago en su memoria, a ver si eso ayuda a saber quién y por qué lo mató”.

El gladiador se queda con los billetes en la mano y su informante se aleja caminando por la vereda solitaria.

“¡Espera!”, le grita y corre a retenerlo otra vez.

“¿Y ahora qué carajos quieres?”

“Necesito saber qué pasó la noche cuando llevaste a Christian al hospital”.

“No diré nada más”.

Edú trata de avanzar su camino y Tito lo retiene fuerte del brazo. García se acerca con la camioneta, por si las dudas.

“No quiero saber qué hiciste con Christian, sino saber cómo fue que se desmayó y todo eso”.

“No tengo mucho tiempo libre, Tito”.

“Nosotros tampoco; por favor, ayúdanos… por la memoria de Manolo… por favor”.

Subido de nuevo a la camioneta, que Juan ha movido de ubicación por seguridad, Edú narra desde que lo reconoció en medio de la concurrencia al G4G, solo cinco días atrás hasta que fueron al privado.

“Yo le exigí condones porque, tú sabes bien, Tito, que con quien sea, solo tengo sexo protegido. Él no quería pero igual se fue al baño. Yo me había quedado en posición y, de pronto, sentí como si alguien me poseyera, como metiéndomela por el culo, pero fuera de esta dimensión, como si me hubiesen llevado a las selvas de mi país. Cuando llegué al orgasmo, vi a Christian desmayado en el suelo, sin camiseta, y con la cajita de condones a su lado”.

“¿Los condones que se venden en el baño del club?”, pregunta Tito.

“Asumo que sí”.

Imágenes de la víspera llegan a la cabeza del gladiador.

“¿Y por qué te importa la marca de los condones?”, se sorprende Juan.

“¿Qué pasó con ese paquetito de condones, Edú? ¿El que Christian tenía?”

“Ni idea, porque yo me preocupé por sacar a tu amigo de ahí, porque Saúl se cagaba de miedo. Llamé a emergencias, lo puse en el  pasillo hasta que llegaron los paramédicos”.

“Un momento”, interrumpe Juan. “La Policía dice que tú lo llevaste hasta el hospital”.

”No, no lo hice”.

“Y Saúl dice que tú saliste fugando”, añade Tito.

“Tampoco lo hice”, niega Edú. “Saqué a Christian por la entrada de servicio porque Saúl no quería que la gente lo vea”.

El fiscal y el gladiador se miran a los ojos, totalmente confundidos.

“¿Dices que te sentiste como en una selva cuando algo te poseyó?”, averigua Juan.

“Oigan, me hago tarde”.

“Por favor, Edú, solo una pregunta más y te prometo que te dejamos libre”.

“Pues sí, pero si vas a preguntarme si consumo drogas, la respuesta es no. Tito lo sabe bien”.

“No, mi pregunta es si luego de eso notaste algo raro en tu ropa”.

“¿Juan? Tengo veintiocho años y llevo la mitad de mi vida recibiendo huevo por el culo: no sangré, si eso quieres saber; y tampoco tuve escozor, irritación o problemas para cagar. Y no diré nada más: mi residencia sale en tres meses y si me embarco en un lío legal por su culpa, mi madre y mis hermanos no tendrán qué comer. ¿Me entienden?”

Juan destraba las puertas traseras por segunda vez y deja ir a Edú, quien retoma la vereda por la que vino.

“Explícame eso de la caja de condones”, emplaza a Tito.

“Creo que mejor te cuento toda la historia”, suspira el gladiador, tras tomar una bocanada de aire con aroma a fresa.

Mira un video aquí. 

Elga termina de ordenar unos papeles en la finca y los guarda en una carpeta de cartulina cuando Adán toca su puerta.

“¿Ocupada?

“No, ya cerrando la jornada. ¿Qué pasó?”

“Bueno, quiero… pedirte disculpas por… por lo de Frank”.

Elga sonríe:

“¿Disculpas por Frank? ¿Y qué hay que disculparle a Frank?”

“Es que…. Como que yo te lo puse en bandeja”, tú sabes….”

Elga ríe:

“Ay, Adán. No hay nada que disculpar”. Ella se pone de pie y se acerca al cuerpo de luchador. “Fue la mejor bienvenida que me dieron a La Luna en años, ¿escuchas?, ¡en años!”

“¿En serio?”

“Tranquilo, el chico estuvo soberbio… me encantaría probarlo de nuevo, aunque… me gustaría saber quién fue su maestro”

Adán sonríe.

“Te juro que no fui yo”.

“¿Fue Manolo?”

“No lo sé. Quien lo presentó fue Carlos, que es su tío. Nosotros lo conocemos del pueblo y del gimnasio, pero su talento sexual pues… no sé”.

Elga sonríe seductora dando la espalda a la cámara.

“¿Y tú… has mejorado tu talento, Adán? La estirpe no solo tenía su fama bailando”.

“Sería… de ponerme a prueba”, sonríe seductor el cuerpo de gladiador.

“¿Por qué no subes?”

“Me encantaría, elga, pero debo regresar a casa a cuidar a mi sobrina Flor mientras Tito viene a hacer su guardia”.

“Flor ya es una mujer”, obvserva Elga.

“No es por eso. Lo que pasa es que la semana pasada, dos trabajadores de Cruz Dorada quisieron atentar contra ella”.

Elga se ensombrece:

“¿Cruz Dorada?”, se le quiebra la voz.

“La Policía inventó todo un cuento; ahora que Tito venga, te lo puede contar… y a lo mejor… mostrarte su talento”.

La jefa comienza a sudar frío. Adán se despide y se retira. Elga regresa a su escritorio y se sienta pensativa, cuando su celular suena.

“Dime, Crhis”.

“¿Qué quiere ese reconchasumadre?”

Elga se toma unos segundos y mira a la cámara muy seria.

“Venía a informarme algo sobre el tractor”.

“Ah, OK. ¿Es algo grave?”.

“No… puedo resolverlo sola. Te llamo luego”.

Mira otro video  

viernes, 31 de diciembre de 2021

Proyecto Lujuria 2.3: Un trío por tu cumple


A la noche siguiente, mejor dicho al filo de que el sábado se transforme en domingo, el auto de Evandro se estaciona en un condominio de cuatro pisos que más tiene facha de clínica aunque pintada de rojo ladrillo, no muy lejos del edificio donde suele aparcar.

“¿Y por qué no buscas cuarto alrededor de la residencial?”, pregunta mientras se saca el cinturón de seguridad.

“La verdad no he visto, aunque dicen que los domingos salen buenas ofertas en los clasificados”, contesta Osmar.

“Sí, en especial una que dice: vaquero, policía, bombero, marino o beisbolista… secciónrelax

Osmar sonríe y se desabrocha el cinturón de seguridad:

“Por cierto, deberías arreglar el de marino que tiene un hilito suelto que no me da confianza”.

“Si te va bien con ese contrato y haces lo que te aconsejé, quizás ya no debas preocuparte por esos disfraces”.

Evandro abre la puerta y sale del auto; Osmar hace lo mismo. El conductor se da la vuelta y se acerca a su amigo hasta palmearle el hombro.

“¿qué harás con esos disfraces si me va bien con… Lust?”, pregunta Osmar sarcásticamente.

“Alexis ya no es mi opción porque Zaira lo marca bien, así que entraré en modo Escalante: full casting”.

“¿Sabes, Evan? Me encantaría alquilar algo como el depa donde vives, donde haya todo ese espacio como para dar shows sin sobresalto, con mucha privacidad, dormir más abrigado, recibir a los amigos cuando me dé la gana, ofrecer un café, una limonada, un trago”.

Osmar siente el brazo de su amigo y compañero alrededor del cuello:

“Te ayudaré a buscar y mudarte; ahora, vamos donde…”

Evandro vuelve a juntar su índice y su pulgar izquierdos y los hace latir. Osmar se ríe.

Al llegar al tablero de timbres, el primero mira al cuarto piso mientras el segundo busca la dirección en su celular para asegurarse de presionar el botón correcto.

“Demasiado silencio para ser una fiesta”, observa Evandro.

“Quizás sean las reglas del condominio”, supone Osmar mientras presiona el cuatro cero tres. Suena una campanilla electrónica.

“Ya sabes: llegamos, cumplimos, departimos y nos regresamos al toque a la residencial”, recuerda Evandro.

“No me digas que este coño y sus amigos se fueron a una disco”.

“¿Te dejó algún mensaje?”

“Nada”.

Osmar vuelve a presionar el botón y de nuevo suena el ding-dong-dang electrónico.

“Vamos pa’ la casa mejor”, se desanima Evandro.

“Bueno… llegamos, cumplimos, nos vamos”.

No acaban de dar media vuelta el par de galanes cuando se oye una voz como aletargada en el intercomunicador. Ambos se miran. Osmar se acerca:

“¿Gi… brán?”

“¿quién es?”, responden por el pequeño altavoz.

“Evandro y Osmar”.

“Un toque”, responden.

Evandro topa la firme cintura de su amigo:

“Este huevón ya está avanzadito; mejor nos vamos”.

La cerradura electrónica de la puerta suena. Osmar vuelve a mirar a su amigo:

“Entremos a averiguar”, propone. “Si no hay nada, nos vamos”.

En dos minutos, o menos, los dos chicos ya están en el pasillo del cuarto piso y frente al cuatro cero tres. Osmar toca la puerta. Ésta se abre. La cabeza de Gibrán se asoma; su hombro está desnudo:

“Chicos, vinieron”, sonríe el anfitrión.

 


Gibrán sirve un vaso de cola negra a Evandro (sin trago, tengo que conducir) y un cuba libre a Osmar. Viste un bóxer opaco de adelante, transparente en la otra mitad. Mientras está de espaldas preparando el trago, Evandro vuelve a hacer a Osmar la seña con sus índice y pulgar izquierdos.

“Después de la chamba, mis amigos me llevaron a comer cebiche a Chorrillos, y chela como mierda”, explica Gibrán. “Solo recuerdo que llegué a casa de noche, me duché y me eché a dormir”.

Se prepara un segundo vaso de cuba, se sienta junto a sus dos invitados y brinda.

“Por tu cumple”, anuncia Evandro. “Y yo que venía a bailar”.

“Puedes bailar si quieres”, sonríe Gibrán, “aunque sin pareja o…”

“¿O como qué?”

“¿Es cierto que tienes un negocio de strippers?”

Osmar tose atorándose con el sorbo que acaba de dar; Evandro se lo toma como si nada.

“Sí, es cierto, pero el negocio ha decaído un poco estas semanas”, explica el aludido.

“Deben ser muy caros”, continúa Gibrán”.

“Somos exclusivos más bien”, sonríe Evandro.

“¿De cuánto hablamos?”

“Treinta y cinco dólares por veinte minutos por mitra”.

Osmar solo carraspea en silencio mientras degusta su trago.

“¿En qué terminan: hilo, bóxer, o… calatos”.

“Hilo son cuarenta; calatos, cincuenta más diez minutos extra”, sigue haciendo negocios Evandro. “Eso sí: no fotos, no video; ahí el precio se dobla”.

“¿Alguna vez se han dejado grabar o fotografiar?”

“Cuando lo intentan y no pagan, paramos el show: business are business”.

“¿Y qué pasa si alguien quiere un strip-show completo de los dos? ¿Setenta dólares?”

“No, pues. Te dejamos a sesenta”.

“¿Y alguna vez han hecho un show con final feliz?”

“Alguna vez me lo pidieron: cobré diez dólares más y lo hice”.

“¿Tú también has hecho algún show con final feliz, Osmar?”

El susodicho va casi por la mitad de su trago:

“Aún no”, sonríe desmotivadamente y mirando el líquido oscuro en su vaso sobre el que flota un gajito de limón.

“Interesante, chicos”, comenta Gibrán sorbiendo otro poco de su cuba.

Evandro apura su cola negra y deja el vaso en la mesa de centro:

“Bueno, perdona por levantarte de tu sueño, nos alegramos que hayas pasado un cumpleaños divertido y… nos vemos en el gym, ¿no, Os?”

Osmar entiende el mensaje, deja su vaso sin concluir sobre la mesa de centro, carraspea:

“Si, nos vemos el…”

“¿Cuánto me cobran ambos por un show al rojo vivo… pero bien al rojo vivo?

Osmar mira algo alarmado a Evandro, quien no está sorprendido; está haciendo aritmética.

 


En menos de diez minutos, los tres varones están a luz de lámpara de mesa en el dormitorio de Gibrán bailando pegados al ritmo de un reggaetón lento, sensual más bien. Aunque el anfitrión tiene músculos marcados, no posee el volumen de sus dos visitantes: Evandro lo abraza desde atrás y con las manos sobre las filudas caderas; Osmar delante con las manos de su alumno rodeándole la estrecha cintura en tanto las suyas acarician los dorsales, o la evidencia de que allí podrían estar.

“Puedes comenzar cuando quieras”, susurra Evandro al tiempo que muerde muy despacio el lóbulo de la oreja derecha de Gibrán.

El chico toma la camiseta alicrada de Osmar y comienza a sacársela entre lento y rápido. El torso de dios griego no solo aparece ante sus ojos sino que lo puede acariciar a voluntad. Prueba a masajear las dos tetillas del hombre y los pezones se ponen duros. Afloja el cinturón, desabotona el jean, trata de bajarlo con cierta dificultad. Se arrodilla para concretar la tarea, y Osmar gentilmente flexiona las piernas para dejar que cada manga se despegue de sus poderosas piernas (previamente, ya se había quedado descalzo). Así, arrodillado, Gibrán le baja el bóxer: el pene flácido y los grandes cojones bajo el rasurado vello púbico de su instructor están frente a su cara. Los acaricia. Son suaves al tacto. No reaccionan. Entonces, toca ambas caderas y luego el enorme culo.

Gibrán sonríe, se pone de pie, da media vuelta y pega sus pequeñas pero firmes nalgas a la entrepierna de Osmar, la que parece seguir sin reacción; toma la camisa de Evandro y la desabotona de arriba abajo; la saca del todo y la tira al suelo. Afloja el cinturón, desabotona el jean, corre la cremallera, lo comienza a bajar y repite la operación de arrodillarse para que la prenda se libere de las extremidades inferiores del artista. Finalmente, baja la tanga blanca de angostas tiras y ante su cara, salta un pene que bajo la tela hacía un gran bulto, pero que ahora se extiende de frente, aparentemente erecto. Una gotita de líquido preseminal se queda en la mejilla de Gibrán conforme el glande la golpea.

“¿Puedo?, consulta a Evandro con timidez hipócrita.

“Claro”, le sonríe el varón.

Gibrán abre la boca y deja que el falo entre en ella y lo comienza a succionar con cierto chasquido. Logra tragárselo hasta que su nariz perfecta toca el recortado vello púbico

Y su mentón puede palpar el gran escroto donde parecen guardarse dos poderosos testículos. Aunque desde su perspectiva, Osmar no puede distinguir muy bien la acción, pues la cabeza de Gibrán lo tapa, inexplicablemente también siente que su pene comienza a ponerse erecto en menos de un minuto. Y bien erecto, aunque sin la lubricación que ostenta su amigo.

“Así chúpame la pinga”, seduce Evandro, quien mira a Osmar en la semipenumbra y le sonríe. “Chúpasela a Os también”.

Gibrán gira, y antes de meterse la pinga de su instructor a la boca, nota que es cabezona, medio incircuncisa, y con la base más delgada, quizás no tan larga y recta como la del otro muchacho; más bien, una del tipo hongo.

Osmar siente la humedad caliente y cierra los ojos intentando hallar disfrute en el sexo oral pero no lo consigue; de hecho, su erección va desvaneciéndose.

“¿No te gusta cómo lo hago?”, susurra Gibrán separando sus labios de la pija por un momento.

“Chupas el huevo como los dioses”, miente Osmar; pero la verdad es que su pene está semierecto otra vez.

“Chúpamela de nuevo”, sugiere Evandro (cuyo miembro se ha puesto semiflácido), y cuando Gibrán gira sobre el suelo para practicar la fellatio, Osmar vuelve a sentir que su erección retorna. Prefiere no razonarlo en ese momento.

Poco después, Evandro mete su pinga en el ano del cumpleañero, previamente protegido por un condón, él arrodillado sobre la cama, el chico boca arriba y con las manos del activo presionando sus piernas contra su abdomen y pecho. Al mismo tiempo, Gibrán mama el miembro de Osmar, arrodillado en la cabecera y con el rostro de su alumno prácticamente bajo su perineo, quien ni siquiera mira lo que hacen con su órgano sexual sino que no pierde detalle de lo que pasa justo frente a sus narices: la penetración anal en todo su esplendor.

A la una de la mañana, los tres comparten la ducha. Gibrán insiste en extraer el semen de la verga de Evandro y lo consigue. Sabe neutra, simple. Prueba entonces con la de Osmar, que a mantenido masturbada y dura, pero al metérsela a la boca, otra vez pierde rigidez.

“Perdona, estoy algo cansado”, se justifica el instructor.

Gibrán lo entiende y prefiere masturbarse sobre el piso de mayólica. Las ráfagas de semen caen a los pies de Osmar.