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domingo, 27 de marzo de 2022

ASS (21): Un culo sangrante tras recibir pinga

La arrechura de Paco está a punto de desatar una tormenta.

 


Luego de hacer el corte de caja de ese miércoles, Pedro se cambia para entrenar un poco de piernas y culo. En el patio bajo techo solo están Alejo, dos alumnos más, y Paco junto a Miguel, aunque este último ya no entrenando sino conversando. Pedro se les acerca y arma su barra para iniciar sentadillas. Miguel se le acerca discretamente:

“¿Estás con ganas esta noche?”

“¿Por qué?”, sonríe el estudiante de contabilidad.

Cuando el AS está cerrado, Pedro entra a la ducha para asearse. Al interior, Alejo y Miguel flanquean a Paco. Se acarician mutuamente, aunque siendo más precisos, Paco les acaricia la verga y éstos le acarician las nalgas. Pedro se desnuda, cierra la puerta y entra al metro cuadrado de mayólica. Se asea bien y participa de lo que promete ser un gang-bang.

Paco se arrodilla y comienza a chupar los 18 centímetros de Alejo, los 18 de Miguel y los 15 de Pedro. Cuando acaba con este último, regresa donde Alejo y repite la secuencia.

A la hora del beso negro, a Paco se le ocurre un juego interesante; se pone en fila apoyado a la pared junto con Miguel y Pedro, se abren de piernas y primero se acarician las nalgas y luego se masajean sus anos. A continuación, Alejo se arrodilla y lame el cculo a Paco, luego a Miguel y finalmente a Pedro.

Cuando acaba, sorpresivamente ocupa el lugar al lado de Pedro, quien lo mira extrañado.

“¡¿Y qué? Es solo un beso negro, ¿no?”

Paco tiene cierta maesttría en usar su lengua en los agujeros de cada uno de los chicos. Y no solo eso, aprovecha una de sus manos para masajearles el pene y mantenerlo duro; de paso, acaricia las bolas. Cuando acaba, Miguel hace el mismo circuito, pero en lugar de pajear a sus compañeros, les da media vuelta y les chupa las vergas. Al terminar su turno, Pedro imita las maniobras de Miguel.

Al tocarle el turno a Alejo, comienza por meter su pene en el culo de Miguel y se mueve con ritmo y cuidado mientras Pedro y Paco siguen acariciándose sus culos; luego Alejo se la mete a Pedro mientras Miguel y Paco le acarician cada uno cada nalgota. Finalmente Alejo se la mete a Paco; pero antes, se coloca uno de los condones que éste ha traído:

“Despacio, papi

Mientras Alejo menea su verga dentro del ano de Paco, a su lado Miguel clava a Pedro. Tras algunos minutos, Miguel se pone otro condón y se la mete a Paco mientras Alejo se quita el forro y se la encaja a Pedro. Miguel sí se mueve hasta que siente su orgasmo venir.

“Dámela en mis nalgas”, pide Paco.

El semen de Miguel se dispara en esas dos blancas posaderas. Es el turno de Pedro, quien se coloca el último condón y penetra a Paco. Al mismo tiempo, Alejo penetra a Pedro mientras Miguel se baña bajo la ducha. Pedro tampoco dura mucho como cachero:

“También dámela en mis nalgas, papi”.

Sobre el semen que aún queda de Miguel, Pedro dispara el suyo hasta que se da cuenta de un detalle en el condón y luego en el piso blanco de la mayólica:

“Estás sangrando, huevón”.

Aprovechando que el ano de Pedro le estrangula la verga debido al orgasmo, Alejo simula llegar al suyo y también se pone bajo la ducha. Para finalizar, Pedro se arrodilla y chupa el pene de Paco hasta ordeñarlo:

“Me vengo, ¿me vengo!”

Paco hace un facial de semen a Pedro, quien vuelve a ver en el piso: hay tres gotas de sangre diluyéndose en el agua que se va a la alcantarilla.

Casi a medianoche, Alejo y Miguel tienen cada uno 50 soles en la mano. Cuando Paco va a darle los suyos a Pedro, éste se niega:

“Apréciamelos”, pide el promotor de la orgía.

Pedro mira a Alejo y a Miguel.

“Acéptaselos”, le guiña un ojo el musculoso.

Pedro lo hace aunque le parece que no debería porque él cachó y se dejó cachar por puro gusto.

Como la casa de Paco está camino de la de Pedro, ambos salen juntos del AS y van andando por las ya desiertas calles de San Sebastián.

“¿Siempre sangras así cuando te cahchan?”, curiosea Pedro.

“No siempre; bueno, hoy que tocó tres, y anoche que me aguanté una verga como la de Alejo y Miguel”, susurra Paco sonriendo.

“¿Dos noches seguidas aguantando verga?”

“Sí, aunque yo creo que también tú te aguantaste la verga que yo me aguanté anoche”.

Pedro lo mira extrañado.

Cuando éste llega a su casa, todos están durmiendo. Sube directo a su cuarto, cierra la puerta y se desnuda. Se mete a su cama y se arropa. En un minuto o dos, Edú pasa de su cama a la de Pedro evidentemente calato y evidentemente erecto a juzgar por el pene que restrega en las nalgas del muchacho.

“Hoy no tengo ganas, Edú”, susurra Pedro. “Acabo de cachar con alguien”.

“¿Con quién?”, finge celos el otro atleta.

“Eso no importa, pero solo te diré una cosa, Edú: no tengo nada en contra de que conozcas nueva gente en San Sebastián y que caches con ellos… pero, ¿quién te autorizó a llevarlos a la casa de la parcela para cachar?”

Edú se queda de una pieza… y su pieza comienza a ablandarse.

Temprano a la mañana siguiente, jueves, Edú y Julio entran al cuarto en la casa de la parcela. El segundo prende la luz y revisa la colcha.

“¿Por qué no me dijiste nada de que también cacharon con otra persona”.

“Pero es un mototaxista, Julio”.

“oe, huevón. ¿No sabes que son las personas más chismosas de San Sebastián? ¿Te has puesto a pensar qué pasaría si llega a oídos de mi mujer que patas están cachando con patas aquí?”

“Está bien, Julio. Se me pasó. Te pido disculpas y seré más cuidadoso la próxima vez que cachemos”.

Julio mira serio a Edú:

“Ya veremos si hay próxima vez para cachar… por lo pronto, lava bien esto antes que alguien se dé cuenta”.

Julio entrega la colcha a Edú. En todo el centro, hay tres o cuatro gotas de sangre ya secas.

Y para terminar,mira un video porno aquí.

        

domingo, 13 de marzo de 2022

ASS (19): Tres patas hacen trenecito en la parcela

Marcano lo sabe enchufar y se lo saben enchufar.


 

El culo de Marcano parece ser demasiado grande para el asiento de la motito Honda de segunda mano que utiliza para ir de un lado a otro de San Sebastián y atender a su clientela. Julio lo experimenta ahora mismo mientras está sentado detrás suyo entrando por el camino que lleva a su chacra.

Por más caleta que quiere pasar, le ha sido imposible despegar su bulto de las dos enormes nalgas del venezolano. ¿Se habrá dado cuenta que sus 18centímetros están al palo? Ojalá su jean lo haya podido disimular, pero con esos baches… uff, jodido.

“Es en esa puerta”.

Cuando al fin logran desmontar, Julio trata de dar la espalda al electricista para que no se percate de la erección. Ya dentro de la casa, van al dormitorio principal. El anfitrión abre la ventana para que entre más luz natural. Marcano analiza las paredes y el techo; regresa a la moto para traer su maleta de herramientas. Julio se mira la entrepierna y se golpea la pinga a ver si se le baja.

A la media hora, Edú regresa de trabajar en la plantación y entra por la puerta trasera dejando la pala donde siempre. Al escuchar el murmullo, se aproxima al cuarto y encuentra a Marcano descalzo, subido sobre la cama tratando de instalar un soquete en el techo y a Julio en la puerta mirando la escena. Disimuladamente le toca el culo y el dueño de casa se asusta.

“Estamos iluminando tu nidito de amor”, reacciona.

Edú saluda a Marcano y lo primero que le llena la vista es un evidente cuerpo atlético bajo el mameluco, en especial las piernas y las nalgas.

        Voy a bañarme”, avisa Edú. “Tengo las bolas bien sudadas”.

Marcano ríe.

“entonces, aparte de las bolas lávate bien ese culo”, bromea Julio captando la intención.

“Voy a sacar mi mochila”, replica Edú.

“Oe, huevón, ¿y acaso en el estadio no te paseabas enseñando el culo en las duchas como si nada?”

Marcano vuelve a reír y mira a edú:

“¿Qué deporte has practicado, pana?”

“Fútbol. ¿Tú has practicado alguno?”

“Béisbol en mi país, pero acá hago pesas”.

“Ah”, reacciona Julio. “por eso el cuerpazo”.

“También solíamos andar desnudos en los camerinos antes de ducharnos”, cuenta Marcano. “Bueno, era lo natural entre nosotros”.

“Entonces, no te incomoda ver hombres calatos, ¿o sí?”, lanza Edú ya sin anestesia.

“En el cuarto que alquilo, a esta hora, ando calato, como dicen ustedes. Solo uso la ropa para ir a la calle, pero hasta duermo sin nada porque me incomoda”.

Edú y Julio se miran en silencio.

“¿Y no te mueres de calor en ese mameluco?”, interviene Julio. “Yo que estoy acá parado, estoy sudando de pies a cabeza… incluso los huevos”.

Marcano sonríe otra vez:

“La verdad que sí pana, me sudan hasta las bolas, pero… tú sabe’, el respeto, o alguien venga”.

Sin previo aviso, Julio comienza a calatearse. Mira a Edú, y éste lo imita. Cuando Marcano baja la mirada, un hombre calato de 30 años y otro de 50 están como Dios los trajo al mundo… y cada uno con sus pingas de 18 centímetros en pleno engrosamiento.

Marcano sonríe de nuevo. Se baja la cremallera del mameluco, se lo saca, luego el polo que tenía dentro y finalmente su bóxer.

“Ahora sí trabajaré a gusto”, sonríe el venezolano mientras su pinga de 21 centímetros ya está bien parada y sus nalgotas están allí, firmes y lampiñas.

Edú se encarama en la cama, y aprovechando que Marcano sigue de pie, se arrodilla delante suyo y comienza a mamarle la verga. A la mierda si sabe un poco más salada que de costumbre debido al sudor. Tras el electricista, Julio acaricia los generosos glúteos, los separa y trata de hundir su cara entre ellos. Marcano cree estar soñando.

Luego de un rato, la lengua del visitante explora el culo y el hueco de Edú, mientras que el suyo sigue bajo dominio de Julio.

“Lo tienes bien dilatado”, le susurra al electricista.

“¿Tienes condones?”

Julio hace una seña a edú y saca un paquetito.

“¿Han hecho un trenecito?”, insinúa Marcano.

“No, pero si lo sabes hacer, enséñanos”, responde Edú.

Con su pene ya forrado y lubricado, Marcano comienza a introducirlo despacio a Edú hasta que logra insertarlo por completo. De inmediato, Julio mete su falo en el ano de Marcano. Cuando por fin los ‘vagones’ están conectados a la locomotora, Marcano comienza a mover su cadera con ese inigualable ritmo caribeño estimulando el recto de Edú y masajeando el miembro erecto de Julio. Es increíble la cantidad de placer que tres hombres pueden disfrutar así al mismo tiempo, en especial el del medio, pues goza doble.

Posteriormente, y luego que Julio aclare que su culo no recibe verga, Edú pasa a ocupar el lugar del medio y Marcano permuta hacia delante. Ahora Edú puede entender la sensación que Julio acaba de experimentar al meter su pinga a ese culazo.

Tras varios minutos de hacer el trenecito, Edú se arrodilla sobre el suelo del dormitorio, mientras las pingas de Marcano y Julio lo apuntan en cada mejilla. Tras algún rato de que ambos se pajean, siente el semen caliente impactar sobre su cara.

Para hacerlo recíproco, Marcano se arrodilla y chupa el pene de Edú.

“Las voy a dar, carajo. Se viene mi leche”.

Marcano se saca el pene de la boca y el esperma se dispara sobre su rostro.

Tras bañarse juntos, y aún calatos, Marcano instala el foco, Julio lo prueba y el cuarto ya tiene luz artificial.

“Oe, huevón, tienes hermoso cuerpo. ¿Dónde dijiste que haces pesas?”

“Ah, pana. En el gimnasio… el de la parroquia”, contesta Marcano sin intención.

Julio y edú se miran un poco palteados. Marcano se da cuenta:

“¿Pasa algo, panas?”

“Mira, pata”, se adelanta Julio, “creo que tenemos que hablar al toque una nota seria… mi hijo entrena en el gimnasio al que tú vas”.

“No le veo el problema, pana”, responde Marcano con una sonrisa de incomprensión.

“No quiero que se entere que los tres hemos cachado; mejor dicho no quiero que se entere que su papá…”

“Fresco, pana”, interrumpe Marcano. “Cuando uno trabaja como electricista, mira, escucha, toca, hace y calla… ¿Tú crees que no sentí tu verga dura en mi culo? ¿Te dije algo acaso, vale?”

Julio se sonroja y carraspea.

“Chicos”, se mete Edú, “creo que a ninguno de los tres nos conviene que se sepa esta historia, y creo tener una solución que nos convenga a todos… y seguir gozando sin que nadie nos joda…”

Y para terminar,mira una película porno aquí

domingo, 6 de febrero de 2022

ASS (14): "¿te tomo todas tus medidas?"

Edú llega a entrenar al gym; seduce a Alejo y es cachado por Miguel.

 


A las cinco y cuarto de la tarde de ese lunes, tres toques de timbre suenan en el gimnasio AS. Alejo, quien ha llegado con las justas a cubrir el turno poco más de tres horas antes verifica su lista de reservas y no tiene a nadie programado, pero la contraseña es la contraseña. En el patio bajo techo ya hay cinco personas entrenando.

“Hola”.

Alejo se sorprende al ver a un chico delgado formado, guapo, en bibidí, short, medias y zapatillas.

“Soy Eduardo… edú. ¿Tú eres  Alejo? Vivo en casa de Pedro”.

“Ah”, reacciona el otro mancebo musculoso, también guapo, cabello rizado, quien rápidamente entiende que es el nuevo chico llegado a San Sebastián. Le da acceso.

“Quiero tonificar, hacer un poco de fitness”, indica Edú.

“OK”, confirma Alejo, sacando una ficha vacía de un cajón en el escritorio de la antesala y sala de calentamiento. “Igual tengo que tomarte medidas. Es control de rutina”.

“Mostro”.

Alejo saca una cinta métrica y pide a edú que entre en la habitación contigua, donde hay una camilla de masajes, una pequeña repisa cubierta y un tallímetro-báscula en una esquina.

“Quítate las zapatillas”.

“¿Me vas a pesar? Tendría que quitarme la ropa”.

“Sería lo ideal pero si tienes roche…”

“No, para nada”.

Casi de inmediato, edú se quita las zapatillas, el bibidí y el short. Debajo tiene un suspensor que solo le tapa la pinga y los huevos pero le deja sus redondas nalgas al aire. Alejo se gana el pase, traga saliva y procura respirar hondo para evitar que se le pare la verga. Justo tocan la puerta de la habitación.

“Párate en la bandeja”.

Mientras Edú se pone de pie, Alejo reconoce el toque en la puerta. La abre:

“¡Padre Alberto!”

“¿estás ocupado?”

“No. Pase”.

El sacerdote entra sudado en su ropa de entrenamiento: un enterizo alicrado que le marca toda la musculada anatomía. Obviamente, se queda viendo a Edú semidesnudo parado en el tallímetro. Se saludan.

“Venía aavisarte que el viernes tienes… Legión de María”.

“Ah”, capta Alejo. “Más bien disculpe que hoy…”

“Tranquilo. Lo hablamos más tarde”.

El cura se despide de alejo y de Edú. Al reanudar la toma de medidas, el segundo no puede contener su curiosidad:

“¿ése es el Padre Alberto?

“Sí”, sonríe Alejo. ¿Por qué?”

“ric… cuerpazo tiene”.

“¿Mejor o peor que el mío?”, sonríe Alejo nuevamente.

Edú se lo queda mirando: “Parece que iguales”, responde.

Alejo ríe despacio, y, sin pprevio aviso, se saca el bibidí y el short. Debajo solo tiene una tanga roja en la que destaca un buen bulto. Justo en ese momento suena su celular; lo busca y gira para atenderlo (dejando que edú se gane con su enorme culo):

“¿Hola…? Sí, soy yo… ¿Para cuándo…? Ya. ¿Me das cinco minutos y te devuelvo la llamada…? Chévere”.

Alejo cuelga y regresa a tomar las medidas; entonces se percata de una protuberancia en el suspensor de Edú:

“¿Se te ha parado la verga o me estás hueveando?”

Edú se deja de recatos y se quita el pedazo de tela: sus 18 centímetros están al palo. Alejo le vuelve a sonreír y lo imita: sus 18 centímetros también están al palo y lubricando.

“¿Me permites tomarte todas tus medidas?”

“Claro”, sonríe Edú. “Toditas”.

Siete minutos después, ambos salen de la salita para masajes y justo Miguel llega de la calle; se sorprende al ver a Edú quien, como si nada, monta una de las bicicletas estacionarias.

“Migue”, Alejo lo saca de su embobamiento. “Necesito que… ¡Migue!”

El otro galán recién reacciona: “¿Qué hubo?”

“Necesito que me cubras después de la misa: tengo… paciente”.

“Ah… claro.

Miguel y edú cruzan miradas por demás evidentes. Aprovechando que Alejo entra un rato al patio bajo techo, se deja de formalismos:

“Ayer pichangueamos… fuiste con el viejo de Pedro”.

“Sí, me estoy quedando en su jato”.

Miguel le da la mano y se presenta; edú lo mismo.

“¿el otro pata tiene pacientes… ¿pacientes de qué?”

“Ah…”, Miguel ensaya una respuesta. “De… masajes. Los dos damos masajes. Si deseas… puedo…”

“Claro. De aquí, terminando de entrenar”.

Miguel mira el reloj de pared y hace cálculos: no le dará el tiempo. Busca a Alejo en el salón:

“Te cubro después de la misa, pero… cúbreme durante la misa”.

“¿Y la gente?”

“Yo lo resuelvo”.

Una hora después, en la sacristía del templo, que está a espaldas del gimnasio, el Padre Alberto se sorprende de ver a Alejo en lugar de Miguel organizando la ropa y los accesorios para la misa:

“¿Y ese milagro?”

“¿Puedo confesarme, Padre Alberto?”, sonríe el muchahcho.

Al mismo tiempo, Miguel espera impaciente en el escritorio cuando suenan los tres toques de timbre. Va a abrir.

“Gracias por venir, Paco”.

“¿él aceptó?”

“Aún no, pero yo me encargo”.

Veinte minutos después, mientras en la iglesia se reza el Rosario, edú entra apenas cubierto con una toalla al cuarto de masajes donde lo espera Miguel acomodando el aceite y con la habitación ya odorizada con incienso de rosas. Solo viste un bóxer.

“Ponte cómodo”.

Edú se desnuda y se recuesta boca abajo en la camilla mientras Miguel unta sus manos en aceite y comienza a apretarle los trapecios y realizar el procedimiento a lo largo de la espalda hasta trabajar los glúteos. Deliberadamente coloca uno de sus pulgares cerca del ano. Edú está marcando mil:

“¿Se puede masajear el cóccix?”

“No, los huesos no se masajean sino los músculos”.

“¿Y… abajito del cóccix?”

“¿Quieres que te masajee ahí?”

“¿Se podrá?”

“Claro”.

Miguel masajea la raja del culo a Edú, y no evita que sus dedos toquen el propio ano.

“Ahí se siente rico”, suspira edú. “Masajea ahí”. Y el atleta se abre de piernas y levanta el culo.

“Esa quebradita está buena para masajearla con un rodillo”.

“¿Tienes uno?”

“De carne. ¿Quieres… probarlo?”

“sí”.

Miguel arrastra a Edú hasta el filo de la camilla y lo pone en ángulo recto, se baja el bóxer, y comienza a frotar su pene erecto de 18 centímetros allí mismo. Ambos comienzan a gemir.

“¿solo es masaje superficial?”, logra preguntar edú entre jadeos.

“También puedo hacerlo profundo”.

“Hazlo”.

Miguel se unta más aceite en su pinga y la va metiendo de a pocos en el ano de edú: comienza a cacharlo. Ambos siguen gimiendo en ese ambiente donde solo huele a vapor de rosas. El activo prueba a ser un poco más agresivo y nota dos cosas: que el pasivo no opone resistencia y que su pene entra y sale de ese hueco con suma facilidad.

“¿Tienes ganas de vaciarte?”, consulta Miguel.

“No. ¿Tú?”

“Ya no aguanto más”.

“Préñame”, pide edú.

En medio minuto, la leche de Miguel se dispara en las entrañas del nuevo alumno.

“?Cuánto te debo?”

“mmmm… ¿Me podrás hacer otro favor?”

Y para terminar,te dejamos con un video porno. 

domingo, 9 de enero de 2022

ASS (10): ¿Soy moderno, moderno activo, activo o qué?

 Alejo va al médico preocupado por su culo recién estrenado.

 


El doctor Talledo es un privilegiado. Frente a sí, sobre la camilla de su cconsultorio, un chico desnudo y musculoso está dispuesto en posición de fiel musulmán, esto es apoyado solamente sobre sus rodillas y antebrazos, las dos nalgas bien abiertas mostrando un ano con todos sus pliegues.

El doctor Talledo coloca un desinfectante sobre sus guantes de látex, toma la piel de las nalgas alrededor del ano y de un tirón repentino la expande:

“Mmmm”, canturrea detrás de su mascarilla quirúrgica. “Mmmm”.

“¿Cómo está, doctor?”, pregunta un angustiado  Alejo.

“¿Yo? Bien, gracias. ¿Cómo estás tú?”

“Doctor”, casi reclama Alejo. “No se juegue así”.

“Listo. Puedes bajarte. Todo en orden, excepto que tienes un hermoso culo conalgunos vellitos coquetos y tu ano está perfecto para un buen beso negro. Fuera de eso, todo OK. Miguel hizo un trabajo de cirujano”.

Alejo se baja de la camilla y gira aún asustado:

“¿Eso es todo, doctor?”

“A ver, Alejo: Miguel solo te metió la cabecita, ¿no? Nunca tu ano había recibido un pene. Lo bueno es que usó lubricante, si no otra sería la historia; pero no hay laceración, ni inflamación, ni desgarro. Nada. Además, dices que te lo sacó apenas sentiste dolor…”

“Pero me ardió un poco cuando nos pajeamos después y las di”.

“Pero no cuando fuiste al baño esta mañana, si no escuché mal”.

“Lo normal”, se sonroja Alejo.

“es lógico lo de la pajeada: tu ano acababa de ser penetrado, aún estaba con el trauma fresco; entonces cuando eyaculamos, los músculos de esa zona se contraen violentamente y eso explica todo. Pero ya te dije: no hay nada, aunque igual si quieres vienes en una semana a ver si hay infección, o cuando sientas molestias. Ahora, si quieres un 99 punto 99 por ciento de certeza en mi diagnóstico, manda a Miguel para que se haga un chequeo, y conversa con él para que te revele los detalles. Solo espero que tome su Truvada® como le indiqué; igual que espero tú la sigas tomando, especialmente ahora que vas a incursionar en el cine porno”.

Alejo, aún desnudo, se sienta en la camilla.

“Salió de un momento a otro. Yo solo iba a posar calato y con la pinga dura”.

El infectólogo escribe algo en su talonario de recetas.

“La pregunta, qquerido Alejandro,  no es cómo ibas a posar sino cómo te estás protegiendo para evitar infecciones de transmisión sexual. Asumo que usas preservativos con tus clientes, ¿no?”

“Claro, doctor. Eso de ley. Nada sin forro”.

“Mmm. ¿Y la Truvada®?

“Todas las noches a las ocho, como recetó”.

“Listo, Alejandro. Mientras tengamos todo bajo control, no tenemos nada que temer, pero siempre debemos estar alerta”. El doctor Talledo desglosa la receta y se la entrega al paciente: “Ya puedes vestirte o…”, el médico mira su reloj, “como todavía ttenemos ocho minutos de consulta, si no te vistes, me vas a obligar a hacerte una fellatio aquí mismo”.

Alejo sonríe:

“¿Nadie entra aquí?”

“No, pero… súbete a la camilla al toque”.

En menos de 20 segundos, Alejo está echado boca arriba y el doctor Talledo, olvidándose de cualquier norma de bioseguridad, usa sus labios y su lengua para estimular el pene del muchacho, mientras que con su mano le acaricia los huevos.

“Así, doctorcito, qué rico la chupas”, susurra el ‘paciente’.

En unos 15 segundos, los 18 centímetros de carne, venas y cuerpos cavernosos ya están duros. El doctor Talledo, quien en sus 37 años de vida y once de experiencia profesional parece haberlo visto todo, siente una fascinación especial por este falo. Se diría que casi le rinde culto. Lo mama duro y bien, trata de tragárselo todo y más bien se atraganta (aunque sin escándalo), quiere ordeñarlo a toda costa, pero si Alejo comienza a tener fama, es precisamente de retardar su eyaculación tanto como quiera.

El médico entonces emboca los grandes testículos y los hace pasear entre su lengua y su paladar. Mira su reloj:

“Me quedan dos minutos. ¿Puedo hacerte un beso negro?”

Alejo lo duda unos segundos, pero… ¡solo quedan dos minutos! Gira.

“Ponte como cuando te examiné pero al filo de la camilla”.

Alejo hace como le piden, y Talledo vuelve a usar sus dedos para separar más las duras y musculosas nalgas y mete su lengua al ano de Alejo, quien suspira y hace esfuerzos para no gemir de placer… porque siente mucho placer, tanto como al meter su pinga en cualquier boca o culo. Comienza a jadear, y justo en lo mejor…

“Listo. Baja y vístete”.

Cuando el doctor Talledo sale del baño unos 20 segundos después de enjuagarse bien la boca, Alejo ya está con las zapatillas y el jean puestos. Ahora se coloca el polo. El médico va a su escritorio y Alejo lo sigue.

“No olvides la receta”.

El paciente toma el papel y descifra la caligrafía:

“Li-do.ca… ¿qué?”

“Lidocaína en gel. La próxima vez que decidas recibir un pene en tu ano, te la aplicas al menos 45 minutos antes en el esfínter,con las manos limpias, y eso anestesiará la piel, pero si te penetran fuerte, no evitará traumas posteriores, así que el uso de lubricante en tu caso sigue siendo obligatorio”.

“Pero yo solo soy activo, doctor”.

Talledo sonríe:

“Ya, alejo. Quítate de la cabeza eso de activo, pasivo, moderno o lo que sea. A la hora de tener sexo, todos disfrutamos igual”.

“Gracias, doctor… Solo una pregunta… si me dejo hacer el beso negro… ¿soy moderno o moderno activo?”

Talledo le vuelve a sonreír:

“Nada de eso. Yo diría que eres… un hombre sexualmente liberado”.

Antes de ganar la calle donde queda el centro médico privado al que acudió esa mañana, Alejo saca su celular y hace una llamada:

“Ya acabé acá. ¿Voy a esperarte a la placita?”

“Sí, no demoro nada”.

La alarma de llamada entrante suena en el aparato:

“Listo, voy para allá”.

Alejo da pase a la otra llamada:

“enrique, hola”.

“Hola, cabrón. ¿Sabes? Estoy viendo tus fotos aquí en la casa y me gustaría platicar un rato contigo. ¿Tienes tiempo?”

“Claro, te escucho”.

“No, morro. Tiene que ser en persona. Yo pago tu pasaje si estás en tu finca”.

“No. Estoy acá, en piura”.

“¿Por qué no vienes, entonces? Toma un taxi y lo pago aquí”. 

Y para finalizar, te dejamos con más porno.

sábado, 28 de agosto de 2021

La hermandad de la luna 6.1

En la caseta de vigilancia  de La Luna, César abre su laptop y la prende. Carlos jala una silla y trata de ponerse cómodo.

“¿Es el fantasma de Manolo, cierto?”, pregunta con inquietud.

César lo mira y prefiere no responder. Carga el escritorio en pantalla y busca un procesador de imágenes fijas; lo abre. Luego saca una memoria USB que lleva en el bolsillo de un calentador manga larga que hace poco o nada por disimular sus musculosas piernas. Busca un archivo y lo abre. Casi a toda pantalla aparece la silueta blanca masculina de complexión atlética que parece tener un alto grado de perfección en términos de simetría y estética.

“Mira, Carlos: vamos fijando algunos detallitos técnicos que deberías saber. Toda cámara de televisión te da una imagen de cualquier cosa en tanto esa cosa pueda generar luz o reflejar luz. De hecho, todo lo que podemos ver en la Naturaleza son reflejos de diferentes longitudes de onda, o sea, energía lumínica que tiene diferentes medidas. ¿Me sigues?”

“Más o menos”, dice un anonadado capataz.

“Mira, el hecho es que si genera luz o rebota luz, entonces la cámara lo registra, como puedes ver en tu monitor”.

César muestra a Carlos las imágenes que generan las cámaras en diferentes ubicaciones de la finca.

“De noche lo que hace el sistema de las cámaras es leer un tipo de longitud de onda o energía lumínica muy débil que nuestro ojo no está en capacidad de ver. Por eso todo aparece en tonos de verde, y cuando ustedes prenden la linterna…”

César abre otro archivo de imagen en el procesador, donde aparece uno de los muchachos iluminando por donde camina.

“… Se ve ese color blanco compacto”.

“¿Qué tratas de decir?”

“Que la silueta produjo tanta luz que terminó creando esa imagen blanca”.

“Pero Flor y yo la vimos aparecer y desaparecer”.

“eso no lo puedo explicar. Solo te digo que lo que haya provocado esa imagen generó tanta luz que debió verse a simple vista, y aparentemente era un cuerpo muy compacto porque creó esa forma bien definida”.

César toma la imagen bajo análisis y comienza a aplicarle varios filtros.

“¿Qué haces ahora?”, curiosea Carlos.

“Trataré de que el aplicativo genere condiciones de luz normal a ver qué sale”.

Flor llega a la caseta y saluda a los dos varones.

“¿Tienes algo, Chechi?”

“En eso estoy”, le sonríe a la chica el trigueño fisicoculturista.

Los filtros modifican la imagen a condiciones de luz de día y la mancha blanca sigue siendo blanca.

“¿Ves?”, extiende su palma Carlos. “Es el fantasma de Manolo”.

El timbre de la caseta suena y César parece no estar convencido con la teoría del capataz, quien sale a atender al darse cuenta por el sistema de circuito cerrado que se trata de dos chicos en una motocicleta, uno de ellos, un empleado de la finca. ¿Y quién será ese otro? Entretanto, César intenta crear las condiciones de luz de noche pero usando los patrones del espectro visible por el ojo humano. El fisicoculturista y Flor se miran perplejos al ver el resultado.

“¿Owen?”, preguntan en coro.

Precisamente, él y Frank acaban de llegar montados en la motocicleta. El más joven lo presenta.

“Mucho gusto”, Carlos se desborda en amabilidad al quedar impresionado por la estampa del visitante. “Espero que te guste el campo”.

“De nada, yo creer que sí”, replica Owen con su español masticado.

Frank lo lleva hasta la entrada de la casa grande, y ambos desmontan. Tito les da la bienvenida en la puerta. Owen choca la mano pero Carlos llega presuroso para hacerle conocer la principal construcción de la finca.

“¿Qué tal el viaje?”, consulta el luchador.

“Ya me estaba incomodando su huevo en mi culo”, le murmura Frank.

“Culo chico no tienes”, ríe Tito haciéndole una seña con los ojos.

El muchacho prefiere sonreír protocolarmente ante la broma.

“Voy a ver a Adán”.

“¿Ya despertó?”

“Estaba bañándose”.

Frank regresa a su motocicleta y se va de la finca.

mira un video 

A esa hora, en el departamento que perteneció a Manolo, Christian está sobre la cama del cuarto de visitas, solo vestido en camiseta y calcetines y en estricta posición mahometana, arrodillado y sosteniendo el resto de su cuerpo sobre sus antebrazos.

“No debiste bañarte”, le observa García.

“Igual me limpiaron en el hospital”, refunfuña el otro muchacho.

“De acuerdo, pero recuerda que no soy médico legista.

García se pone guantes de látex y examina las nalgas de Christian, separándolas un poco para ver el ano.

“Lo creas o no, sin contar que ya perdiste los pliegues hace rato, parece conservar su forma de toda la vida”.

“¿Ni siquiera está irritado?”

“No; es como si ambos hubiesen lubricado tanto y el músculo fuera tan elástico que no ha dejado señas. ¿Te dolió cuando te la metió el negro?”

“Ya ni recuerdo. Ya te dije que sufrí una alucinación y luego no recuerdo bien las cosas”.

“Saliste calato preguntando por el negro por todo el G4G”.

“¿Hice eso?”

“Luego Édgar te encontró desmayado en el vestidor, con las piernas manchadas de rojo, te

llevamos al hospital, y luego te rehusaste a que se haga el atestado”.

Christian se incorpora y baja de la cama:

“¿Para salir luego en la prensa amarilla siendo escarnio de todo el sin-lustre Colegio de Abogados y la comunidad LGTBIQRSTU y todo el abecedario? No me jodas, Juancho. Ah, y ese escort no se llama Édgar sino Adán”.

“Como sea, cacha rico”.

Christian se pone su bóxer y su jean.

“Entonces, si no hay seña, no hay caso”.

“Pero mucha gente nos vio, te vio”.

“Dije que no hay caso, doctor García”, espeta Christian, muy serio. “Y espero que no te la des de justiciero ni muevas nada, ¿me entendiste?”

Juan traga saliva.

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sábado, 3 de abril de 2021

La hermandad de la luna 2.5

La astucia de Flor hace que Tito no se dé cuenta de la evidente violación a la privacidad que se había perpetrado en la sala de su casa. La laptop hizo el resto. Solo así padre e hija pueden sentarse a cenar en paz mientras que el tío entra al gimnasio por una puerta interior para iniciar su rutina de entrenamiento.

“¿Tienes algo, hija?”, llega a preguntar Tito.

“¿Yoooo? Nooo, nada, papi”, disimula ella rezando hasta a San Judas Tadeo para que no se le ocurra abrir la computadora.

“¿Es algo sobre Frank?”

“No, papi. ¿Qué va?”

Adán, por su parte, divide los noventa minutos de la sesión esa noche entre la lista de movimientos de pecho y hombros y la estampa de Owen, quien no cesa de atender a todo el mundo con una amplia sonrisa y una figura que desafía la masculinidad más perfecta. Tras ducharse, se reúne otra vez con Flor, aprovechando que Tito sale a supervisar que el AMW funcione con normalidad.

“¿Qué averiguaste?”

“Que para sus cuarenta y siete años luce extremadamente joven”.

“¿Qué?”, frunce el ceño su tío.

Pero eso no es lo raro ahora”, agrega Flor.

“¿qué es, entonces?”

La chica respira profundo:

“Que tu sospechoso, tío, parece no tener nada sospechoso”.

El gimnasio abre de lunes a sábado a las seis de la mañana y cierra a las diez de la noche; los domingos solo atiende a pedido especial a ciertos alumnos que han pagado un sobreprecio. Es un salón enorme con dos paredes paralelas llenas de espejos, máquinas y accesorios de segunda mano cuidados con cariño, tres grandes afiches al fondo donde se lucen Tito, Adán y Manolo en una breve tanga y enseñando todo su desarrollo muscular (las fotos son de hace diez años) en unas poses que transmiten poderío, soberbia, gallardía. Un pequeño escritorio filtra la entrada y al fondo una puerta que conecta a los baños y las duchas. Ah, y también al fondo, pero en la otra esquina, que permanece  vacía, unas colchonetas. Siendo la hora del cierre, se aprovecha que los chicos que allí entrenan se van yendo para verificar que no falte ni una tuerca. Se revisa máquina por máquina, espacio por espacio, y se tiene todo ordenado en una lista de control. Justo a las diez, sin importar cuántos alumnos haya, se cierra la puerta de la calle por pura precaución, y apenas salga el último, lo que suele ocurrir a eso de las diez y veinte o diez y media, se cuadra caja; ésa es tarea o de Tito, o de Adán, y cuando ambos no pueden, por Flor de manera excepcional. Owen está pasando la prueba esa primera noche ante la auditoría del gladiador.

“Completo”, afirma tras verificar las cuentas por segunda vez.

“Oh, y haber un extra”, Owen saca algo de quince o veinte adicionales en puras monedas de uno y de medio centavo.

Tito se sorprende: “¿Y eso?”

“Propinas”, sonríe Owen.

Tito también sonríe: “Guárdalas, son tuyas”.

“Oh, gracias”.

“Vamos a acomodar dónde vas a dormir”.

“Yo hacer mi cama allá”, apunta Owen con su índice izquierdo a la esquina de las colchonetas.

“¿Seguro?”, se extraña el gladiador.

El flamante instructor asiente con la cabeza.

Tito reingresa a su casa y encuentra a Adán viendo televisión acostado en el sofá de la sala; la mochila de Owen está en la mesa de centro.

“Sí, es confiable”, le dice a su primo.

Tito sonríe y entra a su cuarto. Cuando regresa a la sala del gimnasio llevando la mochila y una gruesa colcha, el nuevo instructor ya ha acomodado las colchonetas como una cama de campaña.

“Gracias”, dice Owen sin dejar de sonreír.

“Disculpa que no haya sitio en casa”.

“Yo entender: tú proteger tu hija; además, yo sentir bien aquí”.

Tito sonríe:

“Gracias. Tu consejo me ayudó mucho”.

“Cuando tú querer, conversar conmigo. Yo escuchar, ayudar por una solución”.

Owen se quita la camiseta y otra vez descubre su torso bien labrado; tiende la colcha, se descalza las zapatillas y los calcetines.

“¿Dónde te has depilado así? No tienes un solo vello”

“No entender”.

Tito extiende su mano y  la pasea entre los pectorales, los abdominales y las axilas del muchacho.

“No tienes vello”.

“Oh, no pelo”, Owen sonríe. “Genética”, muestra sus blancos dientes.

Tito se pregunta si parte de esa genética incluye el hecho que con cuarenta y tantos años, la piel siga tan lozana como a los cinco o seis. El dato descubierto por Flor y contado por Adán lo tiene algo confundido. Por ahora, solo sonríe. Camina hasta los interruptores de la luz eléctrica y deja el salón a oscuras; al darse vuelta, se da cuenta que las luces del baño continúan encendidas, pero su huésped parece no estar donde lo dejó menos de un minuto antes. Cuando ingresa a la pequeña pieza iluminada, escucha que una de las duchas está abierta. Avanza un poco. Se queda helado: Owen está desnudo: el agua forma una película brillante que convierte ese cuerpo de ébano en algo así como una escultura barnizada detalladamente pulida, que, al darse cuenta de que lo miran, sonríe con afabilidad. Y quien lo mira se ha quedado congelado y sin poder cerrar su boca.

“Y tenías que ver su pingaza y sus huevos”, le cuenta a Adán, ya acostado en su cama.

“¿Más grandes que los míos o como los míos?”

“eran grandes, primo”.

“Bueno, él es grande, ¿no?”

Adán se acuesta. Ambos primos están totalmente desnudos compartiendo la misma cama.

“Hablando de grande”, agrega, y gira para abrazar a Tito y darle un beso en la boca, que es correspondido a plenitud. Ambos varones van juntando más los cuerpos hasta que esa comunión les excite. Tito gira hasta ponerse encima de Adán y le besa el cuello, lo que inicia un cuesta abajo hasta chuparle el pene., mientras que el otro hombre, sin moverse de su posición, recibe en su boca el pene y las bolas del primero. Ha comenzado un largo sesenta y nueve que intercala fellatios y besos negros hasta que cada cual dispara su semen en la boca del otro. Ya relajados, se cobijan y se preparan a pasar la noche.

“Gracias por la ración de proteína y testosterona”, sonríe Tito.

“Gracias a ti por la tuya”, responde Adán.


 

En La Luna, mientras tanto, concluye la segunda ronda nocturna, esta vez con Frank recorriendo toda la propiedad.

“Todo en orden”, comunica el chico a Carlos, quien  prefiere no comentar el incidente de unas horas antes, lo que no quiere decir que lo haya olvidado. La pregunta es: ¿por qué no quedó registrado en la cámara?

“El portón está bien asegurado, tío”.

“Correcto”, da conformidad Carlos.

Tras cerrar la caseta de vigilancia, activar la alarma y sellarlo todo, entra al dormitorio. Mientras se desnuda, trata de encontrar una explicación –la luz celeste—y no la encuentra. Al meterse bajo la cobija y ponerse de lado, siente una humedad y algo duro a la altura de sus nalgas. No protesta. Se acomoda mejor. Carlos prefiere dormirse pensando que su sobrino también tiene un buen pene.