lunes, 2 de enero de 2012
sot/2012-01: El vecino
15NOV11
9:17
Uno de los colegas me pide que le cuide su casa, debido a que planea irse de vacaciones con su familia, aprovechando el fin de año. Yo acepto.
2DIC11
17:32
Con las llaves en mi poder, llego a la casa de mi colega. Traigo una mochila con alguna ropa. Paso la primera tarde viendo televisión, aburrido.
3DIC11
15:22
Luego del trabajo llego a la casa. En la casa del costado hay un civil, como de mi edad, que me ve llegar y me saluda cort´´esmente.
15:40
Salgo a arreglar unas cosas en el jardín. Allí está el civil. Me vuelve a saludar. Se le nota tranquilo. Debe medir 1m65, y luce un polo y un short que me hacen pensar que practica mucho deporte, pues tiene cuerpo esbelto y músculos marcados. Destacan sus glúteos. Por hacerle conversación, le pregunto dónde hay una tienda cercana. Me da la información, y comenzamos a conversar.
18:35
Regreso tras jugar un partido de fulbito. Comienzo a desvestirme para tomar una ducha. Apenas me he quitado las zapatillas y las medias, cuando alguien toca el timbre. Es el civil, trayéndome un recibo de la casa de mi colega, que lo dejaron más temprano.
Lo invito a pasar, y comenzamos a charlar. Es técnico de computación, y trabaja en una oficina pública. Su manera de hablar me revela que podría gustarle la nota, en especial por la manera cómo se me queda mirando a los ojos, y a mis piernas, que las tengo musculosas y velludas.
Descubre unos DVD de música de mi colega. Le digo que, si desea, los puede ver.
Yo aprovecho para ir a desvestirme y entrar a la ducha.
18:55
El vecino me pasa la voz. Le digo que estoy en el baño, afeitándome. Cuando lo escucho, está en la puerta del baño. Sólo visto unos calzoncillos tipo bikini. Nos quedamos en silencio, hasta que él se despide del todo. Noto que ahora me mira con cierta lascivia y timidez. Debajo de mi ropa interior, mi pene está en semi-erección.
6DIC11
16:22
Regreso del trabajo. Encuentro al vecino en su jardín regando. Me acerco a saludarlo, y le comento que traje unos DVD del Grupo 5, por si le interesa verlos.
17:40
El vecino llega. Yo he trasladado el televisor y el reproductor de DVD al cuarto de mi colega, para mi mayor comodidad, frente a su cama. El vecino y yo nos acomodamos para ver los videos. Visto sólo una bermuda y un polo. Genero una erección, y hago lo posible para que el vecino la vea, tocándome y acariciándome la pelvis y la entrepierna.
17:55
Mi plan resulta: confirmo que el vecino mira de reojo mi erección.
18:03
El vecino alaba mi bermuda. Le digo que el material es suave, que lo toque. Él procede, pero tímidamente. Lo exhorto a que verifique la calidad de la tela. Entonces, comienza a pasear su mano por mi bermuda hasta que se topa con mi pene erecto. No me hace ningún comentario, pero duda si seguir.
Me desabrocho la bermuda y le digo que la tela es fresca por dentro, que la toque. Él procede. Mientras toca el forro interior, su mano roza mi pene erecto bajo mi bikini. Al fin me hace una pregunta al respecto. Le respondo como no dándole importancia, pero que no me molestaría en que lo averigüe él mismo.
El vecino mete su mano dentro de mi bikini, y comienza a tocarme mi pene erecto, que está húmedo debido a mi líquido pre-seminal.
Súbitamente, él saca su mano de mi interior, se levanta y dice que nos veremos después, que tiene que hacer.
Lo despido, pero quedo con la duda de si me he propasado o no.
8DIC11
17:09
El vecino va a verme para preguntarme por un libro que tenía mi colega. Le digo que si quiere lo busque, y me voy al cuarto.
A los pocos minutos él ingresa. Yo estoy viendo un documental en un canal de cable. Él lo mira también, y se viene a sentar a mi costado, en la cama.
Yo sólo visto mi bermuda, ya que una vez que termine el documental. pienso ir a bañarme.
Vuelvo a generar una erección, y me quito la bermuda. Cojo la mano del vecino y la traigo sobre mi ropa interior para que me sobe mi miembro. Lo hace. Luego le pido que lo sobe por dentro. Lo hace. Yo me bajo un poco la prenda y dejo al descubierto mis genitales. El vecino comienza a masturbarme, y a acariciarme el vello púbico. Tengo una placentera sensación ya que mi fluído pre-seminal me lubrica y permite que la manipulación de mi pene sea suave. De vez en cuando también me acaricia los testículos.
Muy amablemente le pido que me haga sexo oral, pero él se niega con mucha dificultad. A pesar de todo, nuevamente explora con sus manos mi pene, mi vello púbico y mis testículos. Los acaricia con su suave palma.
Tras unos minutos, se levanta, se despide, y se va a su casa.
Debido a mi estado de excitación sexual, decido masturbarme en el baño, fantaseando con él. Logro un orgasmo que no había sentido en mucho tiempo, además de tener una eyaculación potente y abundante.
10DIC11
23:10
El vecino y yo coincidimos en una discoteca. Ambos estamos con nuestros respectivos grupos de conocidos, pero de vez en cuando nos tratamos de ubicar entre la multitud.
11DIC11
2:36
Salgo de la discoteca, y decido ir a la casa, algo frustrado porque una chica a la que estaba seduciendo me rechazó y se fue con otro muchacho, que resultó siendo su amante de turno.
Justo en la puerta de salida, me encuentro al vecino, despidiéndose de sus amigos.
Le pregunto a dónde va, y me confirma que también va para su casa. Tomamos movilidad juntos.
2:52
Llegamos a la casa de mi colega. Lo invito a pasar, pues tengo algo de trago en la refrigeradora. Él acepta.
Nos ponemos a conversar.
3:18
El vecino bosteza, le digo que si quiere, puede descansar allí conmigo. Acepta, después de pensarlo un poco.
Nos vamos a la cama de mi colega. Comienzo a desvestirme hasta quedarme desnudo, tomo una toalla y me voy a la ducha. Dejo la puerta abierta.
En un par de minutos, él llega al baño, totalmente desnudo. Me pregunta si podemos compartir la ducha. Acepto. Comienzan los primeros toqueteos, y confirmo que tiene unas nalgas firmes y algo desarrolladas. a diferencia de mi, él es lampiño y se rasura su vello púbico. su pene mide unos 13 a 14 cm en erección.
3:32
El vecino y yo vamos desnudos a la cama. Me acuesto sobre él, y comienzo a besarle el cuello, luego los labios, hasta que le hago un beso francés. Él me acaricia la espalda con mucha ternura, y se abre de piernas, las que eleva hacia mis nalgas. Yo comienzo a sobar mi pene contra el suyo, aprovechando que mi fluído pre-seminal es abundante y permite que ambos miembros se lubriquen. Él comienza a jadear y gemir.
Me ruedo para hacer que él quede encima mío, y comienza a explorarme con su boca, desde el cuello hasta que llega a mi vello púbico. Me chupa un testículo, luego el otro, y atrapa los dos en su boca. Experimento mucho placer.
Le pido que me chupe el pene, y él acepta. Entonces, me hace un suave sexo oral con su boca cálida. Como soy incircunciso, me jala la telita del prepucio y usa su lengua para lammer por dentro, incluyendo mi glande. Luego sigue succionando.
Vuelve a besarme desde mis genitales hasta el cuello. Nos damos un beso en la boca.
se coloca de tal forma que mi pene erecto queda entre sus nalgas, las que usa para masajearlo.
En un momento determinado, se sienta sobre mis caderas, alza su trasero, se soba el glande de mi pene en su ano, y, tras ponerle un condón, comienza a introducírselo.
Se nota que le duele, porque la penetración completa se concreta tras varios minutos, y su gesto de dolor es evidente. Le digo que se relaje, respire profundo, y así reducir el dolor, técnica que funciona. Cuando eso sucede, él comienza a mecerce. Percibo que su ano es estrecho, por lo que mi pene queda muy apretado allí adentro.
Vuelvo a rodar hasta quedar en cúbito dorsal, y comienzo a batir mi cadera tan rápido como puedo. Aunque dice dolerle, me pide que no me detenga. Así puedo graduar la velocidad de mi penetración, y de vez en cuando saco todo mi miembro y se lo vuelvo a introducir con suavidad. mientras que él, con sus piernas, me atenaza la cintura.
Luego ruedo otro poco para quedar en la posición de piernas al hombro. Él comienza a masturbarse. Logra una eyaculación en pocos minutos. Luego, lo hago yo.
4:55
Anbos quedamos rendidos sobre la cama, desnudos.
10:09
El vecino se despierta, me pasa la voz y se va a su casa, tras lavarse y vestirse. Yo continúo durmiendo.
18:16
El vecino viene otra vez, trayendo un DVD con una película para adultos. La vemos juntos y volvemos a hacer el amor.
Es un buen amante, pero lo instruyo para que sea precavido y discreto, de tal modo que podamos seguir disfrutando de nuestros encuentros.
CONCLUSIÓN
Tras aquel primer encuentro, tenemos relaciones sexuales cada dos a tres días. Es un excelente amante, pero tengo que empezar a planear dejarlo, pues mi colega regresará pronto, y no quiero que el vecino se acostumbre a mi. Me costará dejarlo, pero, con tal de su beneficio y el mío, es lo mejor. Ya veré cómo hacemos para seguir teniendo sexo en el cuarto que alquilo.
Elaborado el 23DIC11 por SOT para Hunks of Piura Entertainment. © 2011.
¿Deseas comentarlo o compartir tu relato? hunks.piura@gmail.com
viernes, 2 de diciembre de 2011
¿Viringos o lanudos?
O te lo tomas deportivamente y lo escupes, o te asqueas y ahí muere el sopeo. Eres libre de optar por cualquiera de las dos.
Sobre la presencia de vellos, o su ausencia, en el cuerpo, hay opiniones divididas, y eso es lo bueno, porque hay para todos los gustos.
Pero antes, revisemos un tema… peludo.
Por sus propias características, los varones tendemos a que, además de la cabeza y el pubis, tengamos pelo por casi todo el cuerpo. No se salva ni, ni, ni… ¡eso que estás pensando!
Las características genéticas, que varían de sujeto a sujeto, determinan la distribución, forma y hasta longitud del vello.
Hasta hace veinte años, los velludos eran la voz en cuanto a estética masculina. Entonces vino el mettrosexualismo, y lo “in” es la lampiñez.
De hecho, todos los modelos de ropa interior o desnudos saben que la presencia de vello afecta la estética. Y los culturistas saben que para cada competencia deben conservarr, apenas, el cabello; el resto vuela.
En medicina, la remoción total del vello es obligatoria, especialmente si de cirugías hablamos (si no, que lo digan los rajados por apendicitis). La razón médica es simple: higiene. Dicho sea de paso, si un vello cae al interior de tu cuerpo, y, para tu mala suerte se queda adentro, puede causar una infección.
algunos médicos sugieren que mientras más cubierta esté la zona del cuerpo donde están tus pilosidades, con mayor razón hay que eliminarlas.
Si apelamos a la higiene, sí tiene sentido, especialmente para quienes guardan en sus vellos, ciertos ecosistemas indeseables, como las ladillas, o quienes realizan actividades que los llevan a sudar mucho, y, recuerda que cuando este líquido se degrada produce mal olor.
Dejarlos, removerlos, tenerlos o no tenerlos no es bueno ni malo, y, en todo caso, depende de lo cómodo que te sientas.
Pero si decides sacarlos, he aquí algunos consejos, especialmente para los velludos.
Aunque es más barato, no es recomendable usar hojas de afeitar para remover vellos. No es que no sirvan, pero luego, ¿quién aguanta la picazón?
Lo ideal es que dejes de tomar unas cuantas chelas y compres crema de depilar, que está disponible en cualquier farmacia, y con formulaciones especiales para cada tipo de piel.
Por lo general, el procedimiento con las cremas es inofensivo. Te la aplicas, esperas un tiempo (a veces cinco minutos), y con una herramienta especial, te lo quitas todo, no de raíz, pero el acabado es profesional. Si por ahí hay un pelito rebelde, un poco de agua tibia y movimientos rotatorios harán el resto.
RECOMENDAMOS leer las instrucciones de cada producto antes de usar. Por lo general vienen en tubos (como el de la pasta de dientes), y uno puede servir para todo el cuerpo.
Para aumentar el rendimiento de la crema, sugerimos recortar previamente el vello a 1 cm de la piel. De ese modo, será menos laborioso removértelos.
La composición de las cremas hace que, cuando el vello crezca de nuevo, la picazón sea tema olvidado. Eso sí, antes consulta al dermatólogo. Ah, nunca apliques la crema sobre zonas llagadas, si no, un simple granito se convertirá en todo un dolor de cabeza.
¿Qué pasa si no te los quieres quitar del todo, pero tampoco quieres verte como perro samoyedo?
Te lo decíamos un párrafo arriba: recórtalos. Usa una tijera y elige el largo adecuado según tu comodidad. Nada más ten cuidado de no … ¡auch!... cortarte un poco de pellejo.
El recorte requiere de más tiempo y paciencia. El chiste está en que el acabado sea armonioso. No se te ocurra hacer como cierto mítico instructor de gym que es una pelambrera completa, pero sólo se rasuraba el vello púbico… así que imagínate el impacto.
Vale la pena remover el vello testicular con estos mismos procedimientos, pero teniendo cuidado con el pilín.
Si eres deportista o entrenas fuerte en cualquier espacio, el recorte o la remoción son opciones que debes considerar forzosamente por tu salud, y de tus eventuales o fijas compañías íntimas.
Además, no se ve mal, si es que estás agarrado. Ejemplos de ello, son el Mister Perú 2009… o los strippers de El santuario.
De ese modo, la posibilidad de capturar un vello en lo mejor de un oral se reduce, el mal olor se evita, y no debes pasar un momento rochoso. ¿qué piensas tú?
¿Preguntas? hunks.piura@gmail.com o déjanos tu comentario aquí.
sábado, 19 de diciembre de 2020
sábado, 26 de diciembre de 2020
Máximo bebe la proteína de un deportista
"No puedes promover la condonación de su préstamo", recordó Sofiano.
"¿Por qué no?", preguntó Máximo casi desafiante.
"Porque ése es un negocio entre privados y ahí no tenemos mucho que hacer, salvo que tú te ofrezcas a pagarle las cuotas".
"Se las pagaré", confirmó el consejero. "Mientras tanto, podríamos hacer algo contra los intereses".
"No podemos, y aunque lo hagamos, no será retroactivo. ¿Y cómo es eso que le pagarás las cuotas?".
"Bueno, Sofiano, tú estudiaste leyes así que tú buscarás alguna solución porque son votos en juego".
Máximo se levantó de su cómoda silla y tomó unos papeles.
"Tres de cada diez votos vienen del campo, y de esos tres dos podrían ser nuestros... uno en cinco... ¿No es demasiado riesgo para tan poco rédito, eh, Max?"
El consejero se acercó a su asesor, le palmeó su firme y redonda nalga y le dio un besito en los labios.
"Esa pinga valió la pena", sonrió Máximo.
Esa tarde, Máximo buscó una forma saludable de distraerse. Fue hasta el club para entrenar un rato. Casi no había alumnos, pero pudo reconocer tres máquinas más allá a un rostro, un porte y un cuerpo que ya había visto antes en la televisión y los diarios. El otro hombre estaba en lo suyo, o parecía estarlo.
"¿Ése no es el que juega en primera división?", le preguntó a su musculoso instructor, quien, como siempre, vestía un bibidí y una trusa que le marcaba todo, en especial el culo y el paquete.
"Sí, ése mismo es. ¿Te lo presento, Max?"
"No", desvió el consejero.
De pronto, el deportista pareció desvanecerse. Máximo prefirió restarle importancia.
Al terminar su rutina, Máximo se fue directo al vestuario. Aunque evitaba hacerlo, la agenda de pendientes una vez que saliera del club se le agolpaban en la cabeza: reuniones, revisiones, plenarias, declaraciones. Había luchado varios años por tener esta posición así que no podía quejarse. Pasó a la ducha, se quitó la toalla, se metió al espacio con baldosas blancas y dejó que el agua recorriera su cuerpo. Entonces sintió que alguien pasaba detrás.
"Buenas tardes", le saludaron. Era el deportista, marcado de pies a cabeza, desnudo, lampiño, vello púbico rasurado, pinga y huevos largos y relajados.
"Hola", contestó Máximo, sonriendo.
Ambos se asearon en silencio. Máximo estaba cerrando la ducha y tomando la toalla cuando escuchó que le hablaban.
"¿Tú eres el consejero, no?"
"Sí", respondió Máximo. "Y tú... bueno, ya sabes".
El deportista sonrió:
"¿Van a sacar ya el Código del Deporte?".
"Entiendo que están en éso, tú sabes que eso se ve en comisiones y yo no estoy en ella".
"Ah", replicó el deportista mientras se echaba jabón en sus nalgas tipo burbuja.
Máximo estaba dejando las duchas cuando un rayo de luz iluminó su cerebro.
"¿quieres que se incluya algo?", preguntó al deportista, quien metía su mano llena de jabón en medio de la raja de su trasero.
"¿No sabes qué han incluído?"
Media hora después, Máximo terminaba una llamada en su celular. Estaba en un cuarto pequeño y fresco del mismo club, totalmente desnudo, en un ambiente privado que él desconocía. Dejó el aparato en una repisita. En una camilla de descanso estaba el deportista aún desnudo. Máximo se volteó a verlo.
"Ya escuchaste", le dijo.
"Parece que no le falta nada", dijo el deportista. "Solo que lo aprueben porque ya tienen como un año discutiendo y nada".
"Priorizar el dictamen", repuso Máximo.
"¿Puedes hacerlo?", averiguó el deportista mientras una de sus manos acariciaba su pene, el que lentamente comenzó a ganar más longitud y grosor.
"Podría". el consejero se quedó concentrado viendo cómo se concretaba la erección.
"¿Solo... podrías?"
"Puedo", susurró Máximo.
El pene del deportista ya estaba duro.
"Hazlo, por favor".
Máximo se recostó con la cara a la altura del falo y comenzó a chuparlo- Trató de tragárselo todo pero fue complicado. Lamió el glande, el tronco venudo, el rasurado vello púbico, las bolas y hasta debajo de ellas.
"Chúpalo", pidió el deportista.
Máximo volvió a meterse la verga en su boca mientras lo masturbaba con una de sus manos.
"¿La quieres en tu culo?", preguntó el chico de lindo cuerpo.
"No tengo forros... a menos que tú..."
"Tampoco tengo, pero estoy sano", aclaró el deportista.
Máximo siguió chupándola. No quiso correr el riesgo.
"¿quieres mi proteína, no?"
Máximo sintió cómo la boca se le inundaba de semen. Se lo bebió.
Al día siguiente, Sofiano estaba más sorprendido que antes.
"¿Código del Deporte? No es tu comisión".
"Solo hazlo. Que aceleren el dictamen".
domingo, 12 de junio de 2022
ASS (32): ¿Es seguro mamar pinga en un bus?
Bartolo es tan arrecho que puede tener un sexo tan romántico como arriesgado.
Suena una alarma
en la oscuridad de la madrugada y Bartolo se despereza bajo sus cobijas. Al
estirarse, siente un calor en su espalda y de inmediato un cuerpo atlético desnudo
como el suyo; entre sus nalgas, el gran pene erecto de Marcano.
“Ya son las cuatro:
levántate”, le dice en su oreja justo antes de besarle el cuello.
“Cinco minutos
más”, ruega Bartolo sintiendo que su pinga también se pone erecta.
“Perderás el bus
a Piura, y luego tu bus a Chiclayo… vamos a bañarnos”.
Bartolo gira bajo
las cobijas, abraza a Marcano y le da un beso en la boca mientras pega todo su
cuerpo desnudo, en especial ambas pijas al palo.
“¿En serio
quieres que viaje y perderme un fin de semana cachando contigo?”
“Amo tu boca, tu
verga y tu culo, vale; pero el transporte no espera”.
“Cachemos al
toque, ¿sí, chamito?”
Marcano sonríe en
la oscuridad, besa de nuevo en la boca a Bartolo, se acuesta encima; ambos
comienzan a acariciarse. Marcano mueve su cadera estimulando ambos falos al
mismo tiempo. La cobija se corre un poco. Le besa el cuello de nuevo, luego le
chupa bien ambas tetillas, baja por el lampiño vientre, besa el vello púbico
rasurado y comienza a chupar el pene mientras con una mano juega con los
testículos y con la otra, aprovechando que Bartolo está abierto de piernas, va
hasta la raja entre ambas nalgas duras. Para ayudarlo, bartolo eleva las
piernas. Marcano se moja uno de sus índices con saliva y comienza a masajear el
ano de su amante, muy suave, muy tierno.
La chupas bien
rico, chamito… también te la quiero chupar”.
Marcano sonríe
nuevamente, se incorpora por un instante y cuidadosamente se arrodilla en
sentido opuesto. Ahora que están haciendo un 69, Bartolo también puede
acariciarle testículos, nalgotas y estimular el ano mientras le chupa el pene.
Pero bartolo va un
paso más allá. Como sea hace que el ano de Marcano quede a la altura de su boca
y le hace un beso negro.
El venezolano
comienza a rozar su largo y grueso pene contra el medio de los dos pectorales
de Bartolo; adicionalmente, usa una de sus manos para masturbarle el pene como
queriendo apurar algo y lo consigue.
“Voy a eyacular,
chamito. ¡Se me viene la leche”!
Pero Marcano
parece no hacer caso. Siente que el semen le inunda la boca. Se lo traga. Tras
la sesión sexual, ambos se bañan juntos.
“Hiciste trampa,
chamo. Se supone que los dos debíamos eyacular juntos”.
“Me estoy
guardando para esa escena de sexo esta noche: ya sabes que con esa plata,
podemos hacer todo lo que habíamos planeado”.
Bartolo sonríe en
el estrecho cubículo de mayólica; acaricia la mejilla de Marcano:
“Lo sé, chamito.
Solo recuerda que no debes arriesgar tu salud. Ya sabes lo que pasó con…”
“Sí, y el muy
estúpido no quiere dar la cara”.
“Pero tú me
aseguraste que contigo siempre usó condón, ¿no?”
“Conmigo siempre
usó condón porque se lo exigí, pero no sé si con el resto”.
Casi volando y
con su mochila de viaje a la
espalda,Bartolo baja las escaleras y se detiene en el pasillo del segundo piso.
Toca una puerta. Sale Eliezer ya vestido secundado por Sandro quien se cubre
sus genitales con una toalla y se detiene justo debajo del dintel. Saluda
coquetamente.
“Pensé que te
quedaste dormido”, sonríe Eliezer.
“Perdona”, se
sonroja bartolo.
Sandro vuelve a
meterse a su cuarto, y así desnudo, a su cama. Toma su celular, marca un
número. A los cinco minutos, siente unos toques discretos en su puerta. Salta
de su cama y abre. “Más veloz que un rayo”, comenta sonriendo.
Marcano,
vistiendo polo y short, ingresa; de inmediato se los quita: queda desnudo otra
vez.
Bajo las cobijas,
Sandro está acostado boca arriba y con las piernas abiertas mientras Marcano
está encima suyo besándole la boca y sobando ambos penes ya erectos. Tras
besarle el cuello, Marcano repite la vieja técnica de mamar las tetillas, besar
el abdomen (que sí tiene algunos pelitos), llegar al vello púbico algo
recortado y mamar el pene, estimular los testículos con la otra mano y la otra
meterla por la raja del culo hasta masajear el ano.
“Marcanito… ¿me
dejas probar tu anito?”, bromea Sandro.
El venezolano no
se hace de rogar. Repite la misma maniobra que con Bartolo y básicamente se
sienta en cuclillas sobre la cara de Sandro dándole oportunidad a que goze sus
enormes nalgas y su agujero a discreción. Cuidadosamente, Marcano se inclina y
vuelve a chupar pija masturbándola al mismo tiempo. Y parece que la técnica
combinada vuelve a dar resultado.
“Las quiero dar
en tu cara”, pide Sandro extasiado.
Marcano para de
chupar la pinga, la pajea rápido, cierra la boca y deja que los chorros de
semen se disparen en sus mejillas. Cuidadosamente, se acuesta boca arriba y
deja que Sandro se eche ssobre él para lamer su propia leche. Al terminar, lo
besa en la boca.
“¿Te ordeño
también?”, consulta.
“No es necesario,
chico. Pero… ¿qué te parece si te acompaño en la cama hasta que te levantes?”
“Me parece una
excelente idea”, sonríe Sandro.
Mientras tanto,
el bus rumbo a Piura ya dejó las últimas calles de San Sebastián y la cabina de
pasajeros se queda a oscuras. En la última fila viajan Eliezer y Bartolo
pegados a la ventana.
“va casi vacío,
¿no?”, comenta Eliezer.
“Debe ser que es
sábado o que es muy temprano”, cree Bartolo.
Pasan unos
segundos y siente que Eliezer le toma la muñeca y se la lleva evidentemente
hacia la bragueta: la pinga que vio y chupó la noche anterior está otra vez
libre de cualquier ropa que la oprima.
“Qué pendejo
eres”, sonríe.
“Aprovechemos que
está oscurito”.
Bartolo duda,
pero siente fluir la adrenalina. Se inclina y comienza a mamar la pinga.
Eliezer reclina su asiento y pone sus dos manos sobre el fffrondoso cabello de
Bartolo. El pedazo de carne no tarda en ponerse duro. Aunque, pensándolo bien,
Eliezer usa la mano que tiene libre para recorrer la espalda del otro chico y
meter su mano dentro de la pantaloneta
que se puso esa mañana para viajar. Se interna bajo la ropa interior y gana el
par de lampiñas, suaves y bien formadas nalgas y luego masajea el ano.
Afuera ya
comienza a despuntar el día aunque aún muy débil. Eliezer trata de concentrarse
en el sexo oral y se acomoda un poquito, cuando de pronto, con la poca claridad
disponible, ve acercarse a alguien. Desconecta a Bartolo de su pene, como puede
se lo mete dentro del pantalón. El muchacho se asusta, más al mirar que alguien
se aproxima y se sienta a su lado.
“O se bajan con
algo, o llamo al cobrador”, dice aquella persona con una voz aguardientosa.
viernes, 26 de noviembre de 2021
Proyecto Lujuria 1.1: Casting en la ducha
En el baño, César resiste un poco más la sensación de usar el retrete para orinar. Delante suyo hay un trípode pequeño sobre la que está engarzada una cámara pequeña de televisión.
“Ya estoy
listo”, dice por el intercomunicador sujeto a su cabeza.
“Dame un
segundo”, le responde Escalante en su oreja. “Estoy tomando datos”.
César sabe
que llenar la ficha tomará unos minutos más, así que aprovecha, avanza con
cuidado de no tumbar el trípode, se baja la cremallera, saca su trigueña picha,
apunta y dispara. ¡Qué alivio! Entonces, la puerta se abre y César se asusta.
Un joven
alto, atlético sin ser tan musculado, guapo, cabello negro lacio con un raro
ensortijado como copete, ojos marrón claro, pectorales, axilas y abdomen sin un
solo pelo, todo en un tono blanco pálido lo mira a los ojos primero y luego
mira su miembro en plena micción.
“Disculpa,
pensé…”, le dice con un acento caribeño.
César no
puede articular palabra.
“el modelo ya
está contigo”, le avisan por el auricular.
César termina
de orinar, carraspea.
El chico se
saca la toalla, la cuelga y se mete a la ducha que en lugar de cortina tiene
una mampara transparente.
A su vista
queda un culo redondo, como si debajo de la piel se hubieran inflado un par de
globos que están a punto de reventar, unas piernas mejor formadas que las de
futbolista, lampiñas, y al girar un poco, el pene dormido sobre un par de
grandes testículos.
César,
avergonzado, sacude su picha y la mete de inmediato, casi choca con el lavabo.
“¿Ya estás
listo?”, le insisten por el intercomunicador.
“Sí, dame un
toque”, responde el camarógrafo mientras se lava y seca las manos y las lleva a
la cámara. “¿Cuál es tu nombre?”, le pregunta al fin al chico desnudo bajo la
ducha aún sin abrir.
“Osmar… Osmar
Rivero”.
“Soy… César…
¿ya te dijo Escalante en qué consiste la escena?”
“Sí”, sonríe
Osmar.
“Espera mi
señal”.
César enfoca
la cámara, hace un acercamiento a los abdominales de tabla de lavar en medio de
una delgadísima cintura y luego mueve el anillo de zoom hasta tener un plano
general del modelo.
“Listo”, dice
por el intercomunicador.
“Dale
acción”, le confirma Escalante.
César levanta
la mano y hace cuenta regresiva con sus dedos. Al formar puño la baja y pone el
ojo al visor de la cámara.
Osmar abre la
ducha y deja que el agua moje todo su cuerpo, menos la cara y el cabello; toma
la pastilla de jabón que ya estaba allí, recién abierta, y comienza a pasárselo
suavemente, mirando sensualmente a la cámara, por sus pectorales, sus
abdominales, sus axilas levantando los brazos y a lo largo de éstos, una de sus
nalgas y a lo largo de su enorme muslo. Y su rostro con esa expresión de quien
disfruta como ningún otro momento del día ese tiempo que uno le dedica a la
higiene personal.
Luego, Osmar
se pone de espaldas a César y se unta los dos grandes glúteos, en medio de
ellos, voltea al otro costado y repite la operación del inicio. A continuación,
se pone en frontal y asea sus genitales brevemente, siempre sonriendo a la
cámara. Abre la llave de la ducha de nuevo, se enjuaga por completo con la
misma sensualidad como se enjabonó todo el cuerpo, se seca y sale.
“¿qué tal lo
hice?”, pregunta.
“ehhh… bien…
creo”.
El
camarógrafo sonríe mientras dentro de su cremallera, su picha está como roca y
su calzoncillo mojadito de líquido preseminal.
Cuando Osmar
regresa a la habitación contigua, que en realidad es un dormitorio matrimonial
y busca su ropa para vestirse, Escalante está revisando unos apuntes en su
tableta. Voltea a ver al modelo.
“¿Cómo te
sentiste?”
“Bien. Ya te
dije que el desnudo es natural para mí”.
Escalante
sonríe.
“De todos
modos, espera mi llamada, solo mi llamada, y si eres seleccionado, negociamos…
¿me dijiste que tienes tu permiso temporal en regla, no?”
“expira en
dos meses, pero sí”.
“Listo”,
vuelve a sonreír Escalante, un hombre de rostro agradable ya en sus cuarenta.
Osmar se
termina de poner la ropa, se arregla la bufanda, agradece y se despide.
Escalante lo acompaña hasta la puerta y la cierra, luego camina al baño.
En la ducha,
ahora es César quien se refresca: cuerpo más o menos trabajado, lampiño, rico
culo, verga semierecta bajo un vello púbico algo crecido.
“A ti no te
haré casting”, sonríe Escalante.
“Ese
venezolano que entró último me puso a mil, huevón”, confiesa el camarógrafo.
“¿Y a mí qué
crees?”
Escalante se
desnuda por completo, tira su ropa a la alfombra del dormitorio y se mete a la
ducha con su compañero.
“Yo me
inclino por el venezolano”, dice César cogiendo la cintura del otro hombre,
delgado formado, blanco, lampiño, vello púbico recortado, a quien se aproxima y
da un beso en la boca.
“Yo también”,
dice Escalante. “Pero veamos qué dice el cliente”.
“Tengo ganas
de ccacharte”.
“Vamos a la
cama”.
Escalante se
arrodilla, toma la picha de César y la mama con fruición hasta ponerla completamente
dura mientras sus manos se afirman en las dos redondas nalgas de su compañero,
luego se unta jabón en todo el ojo del culo, coge el cipote del camarógrafo y
se lo mete como si nada. César jadea.
“qué rico tu
ano calentito”.
“Dame pinga”,
ruega el director de talento.
César logra meter
sus diecisiete centímetros y bombea como condenado. Al mismo tiempo, Escalante
masajea sus dieciocho centímetros que ya se pusieron duros. César no resiste
más y dispara toda su leche dentro del recto de su jefe mientras éste dispara
la suya en la blanca mayólica de la
ducha. César siente cómo el esfínter anal estrangula su aún dura picha.
“Rico”,
suspira. “Mejor que mi mujer”.
domingo, 5 de junio de 2022
ASS (31): Sandro, Eliezer y Bartolo
Dos amigos celebran su reencuentro cachando y reciben un invitado inesperado.
Un hombre alto,
moreno y atlético, que disimula muy bien sus 45 años, sale de la municipalidad
de San Sebastián. Camina por la vereda cuando al llegar a la esquina casi lo
arrolla un ciclista vestido en mallas negras de muslo a cuello. El hombre
moreno salta un paso hacia atrás rápidamente. El ciclista se detiene asustado:
“Perdo…” Esa cara
le parece conocida… “¡¿Eliezer?!”
“¿Sandro?”, lo
reconoce el peatón.
Un cuarto de
hora después, ambos hombres comparten
una estrecha ducha. Eso les permite abrazarse y besarse desnudos mientras el
agua fresca cae encima de sus atléticos cuerpos. Eliezer toma el jabón y lo
comienza a untar a Sandro por la espalda, el culo, luego el pecho, el abdomen,
la pinga y los huevos. Sandro hace el mismo tramo, pero al llegar al medio del
culo…
“Solo jabóname y
nada más”, advierte Eliezer sonriendo.
Sandro pasa la
pastilla de jabón por la raja entre las enormes y velludas nalgas de arriba
abajo y luego se arrodilla para seguir con las gruesas piernas. Un largo y
grueso pene baila frente a su cara aún cubierto de jabón. Lo enjuaga bien y
comienza a chuparlo.
“así, Sandrito.
Trágate ttoda mi verga.
Ya seco, Sandro se
acuesta en la cama que hay en el cuarto. Se abre de piernas. Eliezer llega a su
encuentro, se acuesta sobre él y vuelve a besarlo mientras el otro se le aferra
abrazándolo. Entonces, Eliezer se incorpora, le levanta las bien formadas
piernas y comienza a sobarle su vergota aún blanda en la raja del culo. La
erección no tarda en producirse. Sandro alcanza un condón y un chisguete de
lubricante.
“Gástalo todo si
quieres”, le pide sonriendo.
Eliezer se coloca
el forro en su grueso y largo trozo, 23 centímetros, se unta el gel
transparente, lo aplica al ano de Sandro tratando de estimularlo con un leve
masaje y comienza la penetración.
“Despacio,
negro”, gime Sandro. “No me hagas doler”.
Eliezer tiene
todo el tiempo del mundo para ir clavando lentamente ese culo hasta que solo
puede ver su crecido vello púbico aplastándose contra el culo de su amante. Y
lentamente comienza a bombearlo mientras vuelve a inclinarse para besarlo en la
boca, lo que es correspondido.
“¿Te gusta la
pinga, mi campeón?”, le pregunta excitado.
“Me encanta,
negrito lindo”, jadea el otro pata. “me aloca”.
Los dos siguen
cachando en esa posición por buen tiempo hasta que Sandro se pone en perrito y
el otro hombre lo sodomiza siempre lento. El exceso de lubricante entre el pene
y el ano de ambos produce un sonido bien cachondo. Eliezer prueba a aumentar la
velocidad del bombeo aprovechando que ese esfínter parece haber ganado mayor
flexibilidad. Sandro gime un poco más aguantando el dolor, enfocándose en cómo
podría verse el sexo si alguien más los estuviese mirando. Y a esa velocidad,
Eliezer ya va durando casi tres cuartos de hora.
Posteriormente,
el activo se acuesta al filo de la cama mientras el pasivo, bien abierto de
piernas y afirmando sus pies en el suelo, rebota haciendo gala de sus muslos
bien ejercitados. Finalmente, Sandro se apoya en el filo de la ventana mientras
Eliezer lo acomete de pie y desde atrás a todo lo rápido y cuidadoso que puede
hasta que por fin eyacula dentro del condón. Se relaja todo al fin.
Tras el sexo,
ambos descansan sobre la cama con el televisor prendido en ese programa donde
los chicos reality dejan ver sus bien trabajados culos en esas mallas sin ropa
interior.
“Eres la misma
máquina cachera de hace 15 años, eli”.
“¿Aún te
acuerdas?”, sonríe el moreno. “Fue cuando ganaste ese festival de tondero, si
mal no recuerdo… Y creo que Julio todavía jugaba en el Piura”.
“Claro, Eli. Yo
recién cumplía 20 añitos. Y no te olvides de Pelu. Cachamos los cuatro. No
puedo olvidarme cómo ese huevón sufría con tu verga dentro del culo. ¿Sigues
trabajando con él?”
“Sí, ahora le
estoy preparando la candidatura al gobierno regional”.
“¿Y sigues
cachando con él?”
“No tanto como
antes pero a veces nos damos nuestras escapadas so pretexto de coordinar”.
Se escuchan unos
pasos fuera, luego unos toques en la puerta de metal.
“¿Esperas a
alguien?”, se intriga Eliezer en voz baja.
“Los únicos que
me vienen a ver son el chiclayano o el venezolano del tercer piso”.
Así calato,
Sandro se levanta de la cama y abre un poquito la puerta.
“Hola”, le dicen
desde el corredor.
“Entra”, invita
Sandro.
Un chico joven,
unos 25 años, alto, cabello largo y lacio, bien peinado, vistiendo una bata
blanca con el logotipo del Seguro Social en el pectoral izquierdo, el que
resalta (de hecho todo su físico parece ser atlético) ingresa.
“Te venía a
avisar que la campaña…” el muchacho enmudece al ver al esbelto moreno desnudo
sobre la cama. “Perdona, pensé que estabass…”
Sandro sonríe y,
cerrando la puerta, se le aproxima y le pone su mano en el paquete.
“Descuida,
Bartolo. ¿Por qué no tomas un baño y… disfrutas con nosotros?”
El recién llegado
duda un poco. Vuelve a mirar a Eliezer. Sandro toma la cremallera de su bata y,
sin que oponga resistencia, se la baja y quita; luego hace lo mismo con el
pantalón blanco de tela. A pesar del bibidí y del bóxer blancos, es evidente
que ese chico entrena a diario.
Quién sabe qué le
dijo Sandro a Bartolo en la ducha. El asunto es que el muchacho, ya desnudo, se
integra a la cama. No solo es atlético y lampiño sino que tiene todo su vello
púbico rasurado. Eliezer le sonríe. Los tres se funden en un abrazo y tratan de
besarse al mismo tiempo.
“Chúpasela al
negro”, le dice Sandro. “Te vas a volver loco”.
Bartolo toma en
su mano el pene ssemierecto de Eliezer y se inclina a chuparlo; Sandro
aprovecha para succionarle las nalgas y el propio ojo del culo. Bartolo intuye
que ya hubo acción en ese cuarto porque ese falo sabe a látex, pero no le
importa. Continúa. Además, disfruta cómo le agasajan el ano, por lo que en
compensación gira y se la chupa a Sandro. Eliezer no resiste la tentación de
usar su enorme pie para acariciar el rico culo de Bartolo y usar el pulgar
derecho para estimularle el esfínter.
Poco después,
Sandro penetra a Bartolo por el culo mientras éste sigue tratando de tragarse
la gran pinga de Eliezer. Como activo, Sandro es apasionado y cariñoso sin que
eso deje de probar algo tan arrecho como hacerle sonar las nalgas mientras lo
bombea. Minutos después, los roles se invierten. Eliezer nota que Bartolo tiene
una pinga de unos 17 centímetros, algo curva hacia abajo, medio gruesita. También
se fija en los 16 centímetros gruesos de Sandro, que son pajeados mientras le
llenan el culo por segunda vez esa noche. Eliezer se pajea.
“Campeón, todavía
me queda leche”, le sonríe a Sandro, quien, sin dejar de masturbarse, vuelve a
succionar el pene de su visitante. El dormitorio se vuelve a llenar de gemidos
y jadeos hasta que los de Bartolo se hacen más fuertes.
“Voy a eyacular,
mierda”. Y dando un rugido sordo, casi como un quejido, dispara todo su semen
dentro del culo de Sandro, quien al sentir la palpitación, deja de chupársela a
eliezer, deja que le saquen la pinga, se acuesta boca arriba y se pajea con
toda su fuerza. No avisa nada. Su leche se dispara sobre su abdomen y pecho.
Entre asco y fascinación, Eliezer observa cómo Sandro se soba el esperma hasta
convertirlo en una capa blanca que se seca sobre la piel.
“¿Qué venías a
decirme?”, al final reacciona cuando se relaja.
“Que el
traumatólogo dijo que la campaña en tu pueblo sí va”, contesta Bartolo
terminándose de sacar el condón.
“¿Campaña de…?”,
averigua Eliezer aún con la pinga dura.
“Acción social”,
sonríe Sandro. “Quiero postular a la provincial”.
Bartolo los mira
en silencio.
“¿Por qué no postulas con Pelu?”, consulta Eliezer a Sandro, quien le sigue sonriendo. Eliezer sabe que eso es un sí. Bartolo y su cuerpo atlético al desnudo continúa ahí, arrodillado al pie de la cama, sintiendo que ése ya no es su asunto. Lo único que llama su atención es ver cómo Eliezer pajea su enorme falo hasta que espesas ráfagas de leche blanca se dibujan sobre su piel marrón.
lunes, 9 de diciembre de 2019
Los misioneros: El ojo en la paja ajena
Vio su GPS. El convento debía estar un par de kilómetros camino arriba. Avanzó por el lado de un canal. Era casi mediodía y el calor comenzaba a sentirse fuerte, así que no tenía que extrañarle ver cómo un joven de cuerpo marcado, trigueño oscuro, emergía del agua y lo saludaba. En el campo es costumbre saludar a todo el mundo aunque no lo conozcas. No era un adonis quien salió pero le causó cierta curiosidad, especialmente por la pinga que le colgaba encima de unos huevos grandes y un tupido vello púbico. ¿Serán así todos los patas aquí?
Al llegar al convento, el hermano Félix lo recibió. En contraste con el metro 75 y los 25 años de Ángelo, este era más agarrado aunque algo subidito de peso, metro 63, barba algo crecida, 37 años.
-Bienvenido,, hermano Ángelo - le dijo Félix.
el recién llegado sonrió, apagó la moto y bajó para meterse a la casa de material noble, limpia como un anís, el jardín externo e interno bien cuidados, fresca.
- éste es su dormitorio. - le dijo su compañero.
- ¿Cuántos cuartos hay aquí? -
- Cuatro en total, hermano Ángelo. Escoja el que desee. -
el religioso pensó en tener uno con vista al bosque de algarrobos y los campos decultivo, pues Valle Lindo es una comunidad agrícola.
- Perfecto. - dijo el hermano Félix y le abrió la puerta.
La habitación no era muy grande aunque sí larga. El hermano Ángelo entró, dejó su mochila, abrió la ventana y respiró el aire puro del campo.
Poco después, durante el almuerzo, los dos religiosos se pusieron al día con las tareas a realizar.
- Los niños del campo son mayormente bien educados, así que su experiencia en el curso de Religión será muy llevadera. - comenta Félix.
- ¿Y qué tal son los de secundaria? - inquiere Ángelo.
- Comienzan a perder el interés en estos temas, pero es propio de la edad; más que ponerme a revisar Historia de la Salvación, con ellos prefiero hablar de cómo aplicar las Escrituras en su vida diaria.
- Especialmente con el despertar sexual, hermano Félix.
- ¿Qué trata de decir, hermano Ángelo?
- Ya sabe que el programa de Educación promueve la promiscuidad y estimula a los varoncitos a que experimenten sexualmente entre ellos.
- ¿Tiene algún problema con éso?
- No exactamente; lo que digo es que el programa educativo peruano quiere más gente gay para controlar la población. Como sabe que su programa de Planificación Familiar es un fracaso, entonces ahora apelan a éso.
el hermano Félix no sabía si reírse a carcajadas o si tirarle el plato a su joven compañero ante tal disparate. Decidió que debía llevar la fiesta en paz.
Ya le habían dicho al hermano Ángelo que la hora de la siesta era tan sagrada como la oración de las seis, las doce, las dieciocho o la que se dice antes de dormir. En efecto, comenzó a sentir un inexplicable sopor y se fue a su cuarto. Se quitó el polo: dos hermosos pectorales bien formados, espalda en V, cinturita delgadísima, vientre plano aunque no como tabla de lavar era lo que quien quiera verlo se hubiese podido ganar. Se tiró sobre la cama y trató de dejarse llevar por la modorra. Se dio vueltas. No podía quedarse dormido. Entendió que la verdad era que el resto de su ropa le incomodaba. Se resistió a quitárselo, pero era el sueño o estar de mal humor el resto de la tarde. Se levantó otra vez, se sacó el jean, cerró la puerta. Debajo de su bóxer habían dos pronunciadas y redondas nalgas, como dos suspiros dulces, firmes y blancos, como para meterles lengua; inmediatamente, dos bien trabajadas piernas. Volvió a costarse, y escuchó que alguien caminaba en el corredor de afuera. Se asomó. Vio al hermano Félix acomodar una hamaca en dos parantes del cobertizo en la entrada y, sin roche alguno, quedarse totalmente desnudo: hombros redondos, pectorales levantados, espalda amplia, cintura acon algo de guatita pero sin rollos, culo como globos salvavidas, piernotas. Velludo por todas partes. El hermano Félix se subió a la hamaca, se meció un par de veces y pareció quedar dormido. El hermano Ángelo se sorprendió, pero le restó importancia. Con ese calor de mierda, él haría lo mismo, pero algo lo cohibía. Alejó ciertos pensamientos impropios y se tiró a la cama. Logró conciliar el sueño.
Habría pasado media hora cuando escuchó una especie de jadeo afuera. Se alarmó un poquito. ¿Le estará pasando algo al hermano Félix? Volvió a asomarse... ¡Se quedó helado! Su compañero en el convento sí estaba jadeando, pero se había colocado en la hamaca de tal manera que tenía las piernas abiertas, flexionadas, metiéndose un dedo en el culo y pajeando su pinga con la otra mano. Su miembro era cabezón y sus bolas eran grandes, pero bien velludas. El hermano Félix retiró el dedo de su ano, se lo llevó a su boca, lo chupó bien y volvió a metérselo. La pinga del hermano Ángelo también comenzaba a crecer., a crecer y a lubricar al punto que en solo segundos sintió su bóxer húmedo.
El hermano no sabía qué hacer: o tomar la moto y escapar de ahí, o pensar que era un raro sueño, o seguir viendo, o rezar pidiendo no caer en el pecado solitario. Ángelo no tomó ninguna de esas opciones; se tiró otra vez a su cama, vio el techo con preocupación, sudó frío, revisó toda su vida, se cuestionó su vocación, pidió perdón... y se sacó el bóxer. Su pinga recta de 16 centímetros estaba durísima y mojadita. La miró debajo de su colchón negro de vello púbico. Finalmente decidió pajearse también. ¡Qué sensación la de su mano masajeando su pene! ¿Desde cuándo no lo hacía? Qué mierda. Solo disfrutó. Con la otra mano se acariciaba sus lampiñas y grandes bolas. ¿el dedo al culo? Ni cagando.
Se arrodilló, se asomó a la ventana. el hermano Félix seguía empecinado en seguirse autocomplaciendo hasta que dio un suspiro profundo y ráfagas de semen saltaron de su glande hasta su vientre peludo. el religioso resppiró hondo y se esparció el blanco fluído por sus inexistentes abdominales. Ángelo se volvió a acostar boca arriba sobre su cama, se sobó más fuerte, cerró los ojos, apretó los dientes, sintió cómo su leche caliente se regaba hasta sus pectorales. Respiró hondo de puro alivio y satisfacción. También se esparció su lefa.
Sintió que el hermano Félix entraba a su cuarto y salía otra vez; entnces, buscó su toalla, se cubrió sus partes y fue directo a las duchas. Apenas entró, se chocó con su hermano. Parte del semen aún no estaba seco y sintió cómo amenazaba con pegarse al cuerpo del otro hombre.
- ¿Qué tal su siesta, hermano Ángelo?
- Excelente, hermano Félix - dijo nervioso, - Excelente.
Si se demoró media hora en la ducha fue poco, pidió perdón, ideó alguna penitencia, recordó qué método de mortificación podía funcionar. Decidió que lo mejor era pedir a su superior que lo traslade a otra parte...
Inspirado en un cuento de Giovanni Bocaccio.
sábado, 27 de abril de 2019
Por mirón me pasó algo alucinante
La jhjornada comienza temprano, bien temprano, a las 5 o 6 de la mañana. Usualmente mi hermano y yo llegamos en la camioneta a éso de las 8 y nos regresamos a casa a éso de las 3 o 4. Nuestros peones suelen retirarse entre 1 a 2 de la tarde, dependiendo de la carga de trabajo para el día.
Una de sus costumbres al final de la jornada es ir a un rincón del canal que nos sirve de lindero para tomar un baño. Es un sitio donde tres algarrobos enormes dan buena sombra, y varios arbustos altos han creado una especie de cortina natural tras la que los peones se quitan toda su ropa y se meten al agua. Siempre los cuatro van a bañarse juntos. Lo sé porque casi todos los días los espío desde unos matorrales bien tupidos. Como ellos me tienen que reportar el término de sus labores para incluírlos en la planilla, sé exactamente a qué hora van al canal. Entonces, cuando mi hermano se queda dormido, no está, o tiene mucho trabajo, yo me escabullo y voy por otro caminito, con mucho cuidado para que no me vean y disfruto el show.
No son cuerpos de gimnasio, pero imaginen a la gente del campo cuyos músculos están más que todo marcados por el trabajo duro. Encima, como los cuatro juegan al fútbol, tienen unas hermosas piernas y unos culitos bien paraditos, en especial el de 30 y el de 22, aunque el de 38 tampoco anda mal.
Cuando ese espectáculo me pone bien hot, aprovecho que nadie me ve, y me bajo mi jean y mi boxer para corrérmela. Siempre termino tirando mi leche entre los arbusstos y tengo que morderme la lengua para no gemir.
Una de las personas que viene frecuentemente al fundo es Isma, un agrónomo de 27 años, alto, fornido, evidentemente trabajado con pesas y barras. Su labor es verificar que las plantas estén bien de salud y recomendar algún agroquímico que hiciera falta. Por cierto, es guapo, pero tiene un señor defecto: cuando se junta a hablar con mi hermano, es el tipo más machista que puedan imaginarse. Los dos hablan huevadas de las chicas y encima hablan mal de los gays. ¿De qué me sirve tanto músculo y tanta belleza si es un huevón que ni siquiera respeta a las mujeres? Entonces, yo prefiero irme hacia la plantación o me voy a espiar a mis peones cuando se bañan.
Un día que, para variar, mi hermano e Isma se pusieron a hablar estupidez y media de las mujeres y los gays, salí de la casa de campo que usamos como oficina y depósito. Como apenas hacía quince minutos había dado las conformidades a mis peones, decidí irlos a espiar. Anduve sigilosamente por el camino que ya conocía y llegué hasta el matorral tupido, teniendo cuidado de verificar que no hubiera alguna serpiente escondida por ahí. Me coloqué y me puse a mirarlos. Curiosamente, solo estaban el chico de 22 y el otro de 30. Acababan de desnudarse y se metían al agua. Ambos se sumergieron por completo aprovechando que habían soltado el agua y emergieron con sus cuerpos húmedos. El de 30 sacó un jaboncillo de las cosas en la orilla y se puso a recorrerse el cuerpo: su pecho, sus brazos, sus axilas, su cintura, la cadera, el pene, los huevos, la espalda, las nalgas. Apenas dejó de usarlo, se lo pasó al de 22, quien repitió el mismo recorrido. Estaban hablando de fútbol, según pude oír. El de 22 dejó de untarse con el jaboncillo y lo dejó en la orilla. ¡Qué ricas nalgas, por Dios! Ambos comenzaron a sobarse sus cuerpos: pecho, axilas, brazos, cinturas, caderas, pene, huevos, espalda, el culo, y hasta al medio del culo, en especial el de 22. Por cierto, aunque son marcados, sus penes lucen algo largos para estar dormidos y con el vello púbico sin recortar. Yo me bajé el pantalón y el boxer otra vez. Comencé a estimularme mi pene con una mano mientras que con la otra hacía lo mismo con una de mis nalgas.
Estaba absorto viendo a los dos peones cuando siento una palmada en la nalga que no me estaba estimulando. Sudé helado. Me subí el pantalón y el boxer como pude y giré. Me quedé petrificado tapándome la boca para no gritar del susto.
- Así que a ésto te vienes, ¿no, degenerado?
No supe qué hacer. Era Isma con una sonrisa del tipo "ya te pesqué, mierda". Las piernas me temblaban como para salir corriendo. Solo atiné a taparme bien la boca con mis dos manos.
- Tranquilo, Rogercito, no soy tu hermano. ¿Pero te imaginas lo que hubiera pasado si él te descubría?
Isma me tomó los codos con sus manazos. No me apretó. Solo me sujetó.
- ¿Te imaginas si tus peones se enteran que los espías, Roger? Estás en serios problemas, huevón. Y todo depende de que yo abra la boca.
Isma tomó suavemente mis manos y me las sacó de mi boca.
- P-p-por fa-fa-favor. No digas. Te lo suplico, Isma.
- Claro que no diré nada, huevón... pero tú tienes que hacer algo por mí.
- Claro, Isma. Lo que sea.
El agrónomo sonrió.
Entonces, Isma miró a ambos lados, se acurrucó conmigo en el matorral, se aflojó la correa y se desabrochó su jean. Se lo bajó. Yo no podía creer lo que estaba pasando. En su boxer se notaba un abultado paquete.
- Arrodíllate.
Lo hice.
- Acarícialo.
Comencé a sobar su paquete aún aprisionado en el boxer. Estaba dormido aún, pero sí podía percibir que lo que estaba dentro era realmente grande. Así que lo fui acariciando. Conforme lo hacía, notaba que se ponía más duro hasta que no cupo duda de que debajo había una enorme erección. Isma se bajó el boxer y un pene largo y grueso saltó debajo de un vello púbico que tendría un par de días sin afeitar.
- Chúpala.
Tomé el pene erecto de Isma e hice lo que me dijo. Como era enorme, con una mano lo masturbaba mientras que lo que sobraba estaba dentro de mi boca. Su glande ocupaba casi toda mi boca.
- Así, huevón. Así, Rogercito. Mámala rico.
Obviamente, ya no podía ver qué pasaba en el canal.
- Ponte de pie, Rogercito.
Lo hice.
- Da media vuelta y agáchate. Mira a tus peones.
Lo hice. Ahora estaban los cuatro, bañándose y conversando como cada término de jornada.
Sentí que Isma me desabrochó mi pantalón y boxer y me lo bajó hasta las rodillas.
- Separa las piernas.
Lo hice, dentro de lo difícil que era. Entonces sentí que Isma me estimulaba el ano. Y por la humedad, era obvio que con su boca.
En el canal, mis peones parecían estar ajenos a mi experiencia. Mi pene erectó. Vi que los peones de 30 y 22 salían del canal y se vestían, dejando al de 38 y el de 32. Pero algo raro hacían al vestirse. Solo se ponían sus jeans y sus zapatos. Sus camisas y sus calzoncillos los llevaban en la mano. Jamás hacían éso, pero quién sabe.
- Hace tiempo que no te la meten, ¿cierto? Lo tienes cerrado, Rogercito.
Isma terminaba de decir éso cuandosentí que algo duro se colocaba en la entrada de mi ano y poco a poco entraba dentro de mí. Respiré hondo porque me dolía, pero Isma parecía entender que no podía ser brusco. Se le resbaló así que con mi mano y un poco de mi saliva en su glande, lo ayudé. Ahora sí, su pene fue entrando poco a poco dentro de mi ano, mi recto, y seguía perforándome. Isma me bombeaba despacio, dándome tiempo a acostumbrarme a su pedazo de músculo duro metido en mi culo. Mientras tanto, seguía viendo a mis dos peones mayores bañándose. Comencé a pajearme, además.
Estábamos en lo mejor de todo, cuando noté pasos, y luego a dos personas acercándose. ¡No podía ser!
- Tranquilo.
Isma hablaba con mucha seguridad.
quienes venían eran mis peones de 30 y 22, con una sonrisa en la boca. Me di por perdido porque se supone que para ellos soy el patrón. Pero, ¿después de éso?
Los dos chicos se detuvieron con cuidado a nuestro lado.
- Sáquense el pantalón.
Al pedido de Isma, los dos peones volvieron a quedarse desnudos del todo. Ahora sus vergas estaban al alcance de mi boca. Isma me giró con cuidado hacia ellos.
- Chúpaselas, Rogercito.
Yo dudé.
- Chúpaselas, huevón. No los hagas esperar.
Tomé la pinga del de 22 y me la puse en la boca.
- Éso, don Roger. qué rico.
Se puso dura en mi boca. Era de tamaño promedio. Luego tomé la del peón de 30, que ya la tenía dura y lubricando. Era un poco más grande. Mientras la chupaba, se la corría al de 22. Y así fui alternando mientras Isma seguía metiéndomela por el culo, esta vez bombeando con un poco más de fuerza.
A los cinco minutos,sentí que el agrónomo suspiraba hondo y luego que su pene latía allí dentro. Bombeó un par de veces más y poco a poco me la fue sacando.
En éso, mi peón de 30 caminó a mi lado. De inmediato sentí que me tocó mis nalgas y me metía su pene.
- Qué rico culo, don Roger. Entra facilito.
Mi peón de 30 comenzó a bombear algo más fuerte mientras que yo seguía chupándosela al de 22, quien comenzó a tomarme la cabeza y luego a cacharme la boca. En un par de minutos, sentí su semen dentro de mi boca. Dejó que lo mamara bien, me la sacó y se puso su pantalón. Avanzó unos pasos a donde estaba el agrónomo, quien se había quedado todo el tiempo estático delante nuestro pero dándonos la espalda, como vigilando. No pude creer cuando mi peón, le dio una nalgada al agrónomo y luego le agarró bien el medio del culo en medio del jean. Ambos se sonrieron.
Mi peón de 30, mientras tanto, seguía metiendo y sacando, jadeando y suspirando.
Diez minutos más tarde...
- Las doy, don Roger. Las doy.
Mi peón dejó de moverse.
Mientras se ponía su pantalón, yo aproveché para corrérmela, mirando al canal; pero los dos peones mayores ya no estaban allí. ¿También estarán en camino?
No lo pensé más y eyaculé en los arbustos.
Me subí mi boxer y mi pantalón.
Le di alcance a Isma, quien seguía estático en el mismo punto. Ya había despachado a los dos peones. Me miró sonriendo.
- No me digas que te disgustó, Rogercito.
- Obvio que no... pero....
- Pero, tranquilo, amigo. Solo los cuatro sabemos ésto y el secreto se queda entre nosotros.
- Pero tú, cuando conversas con mi hermano....
- No seas cojudo, Roger. Si no hago éso, al toque tu hermano sospecharía. Mas bien, tú no seas tan evidente yéndote cuando comentamos esas cosas. Hazte el que no escuchas y listo.
- Eres un pendejo, Isma. ¿Cómo sabías que ellos dos...?
- Solo lo sé. Y ellos ya se habían dado cuenta de que los espiabas, sino que se hacían los cojudos y te cubrían para que los otros dos no se dieran cuenta.
- ¿entonces, los otros dos?
- No sé. Ellos dicen que no... pero yo tengo mis dudas.
- Tengo miedo que ahora me miren distinto.
Isma se sonrió. Miró al frente, me miró de nuevo.
- Tú confía en mí. La próxima será mejor.
Isma me guiñó un ojo y luego me dio una nalgadita.
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jueves, 11 de julio de 2019
En vez de seguir discutiendo con ella, me buscó para cachar
La última tarde que pasé allá me crucé con algunos amigos del colegio quienes me dijeron esa noche para juntarnos y tomar unas chelas. Yo les dije que sí por puro compromiso, porque, la verdad, lo que menos quería era juntarme con ellos. Ya sabía que ellos pondría las cuatro primeras, y el resto de la caja me la iban a terminar chantando, y yo, la verdad, no mantengo a nadie excepto mi familia. Por otro lado, esa noche iba a quedarme solo allí en la casa donde no había nada, solo un colchón con mi bolsa de dormir en lo que alguna vez fue mi cuarto. Encima era viernes. De que iba a aburrirme, iba a aburrirme. Podía ir a una disco pero iba a ser la misma cosa, y al día siguiente quería regresar a primera hora.
Estaba en esa reflexión, cuando al doblar la esquina me topé, casi me choqué, con Fico, el cuñado de uno de mis amigos, que ahora trabaja como profesor de Educación Física y que era un gran futbolista cuando yo vivía en la ciudad. Bueno, no sé si aún continúa siéndolo porque, a juzgar por el polo entallado y el jean pitillo que vestía, no había perdido la forma. Yo, para ser sincero, cuando salí de la universidad no tenía un cuerpo atlético lo que se dice atlético, pero me veía bien. Con los años me he descuidado un poco pero siempre me doy tiempo para salir a correr tempranito en la mañana y, digamos que estoy en condiciones aceptables. Pero volvamos con Fico.
"¡Rubén, a los años!", me dijo y me dio un cálido abrazo. "¿Cuándo llegaste?"
"Hola, Fico", le respondí, no sin extrañarme por el abrazo porque cuando vivíamos hace años apenas si nos levantábamos las cejas. "Vine hace dos días, me voy mañana".
Le expliqué la razón de mi visita y que pensaba regresarme al día siguiente.
"No jodas", me dijo. "¿Y estás solito en esa casota?"
Yo le dije que sí, que no tenía sentido quedarme en casa de nadie, que, hasta que no la venda, ésa era mi casa.
"Bueno, ojalá pueda saludarte más tarde", continuó. "Ahorita se me hace tarde porque tengo que jugar una pichanguita".
Bueno, al menos confirmamos el dato que ese cuerpo se debía a continua actividad física. Nos despedimos. Yo regresé a mi casa.
Me despertó un claxon afuera. Yo estaba desnudo en mi colchón con mi verga de 16 centímetros al palo. No tenía idea de por qué estaba con esa erección. El hecho es que vi mi celular y era como las siete de la noche o por ahí. Mis alertas de Facebook indicaban que tenía varios mensajes, entre ellos los de mis patas que querían chupar conmigo. Bueno, teniendo la casa sola y sin planes, y siendo viernes, estaba tentado a tomar la oferta, aunque terminara pagando los dos tercios de la caja. Tomé mi toalla y me levanté para ir a ducharme cuando oí que sonaba el timbre de mi casa y luego que tocaban la puerta. Pensé lo peor: o que alguien sabía que estaba solo y quería hacerme daño, o que mis patas habían decidido buscarme en casa para chupar sí o sí. Me anudé la toalla a mi cintura, bajé a atender. Sí, estaba corriendo riesgo porque simplemente podía ignorar, pero volvieron a tocar.
"¿Quién?", grité con mi voz más viril posible.
"¿Rubén?", me preguntaron desde afuera.
"¿De parte?", volví a rugir.
"Soy yo, Fico", me replicaron.
¡Aguanta! ¿Fico? Abrí. Ahí estaba el cuñado de mi amigo, vestido como qien te vas a jugar un partido de fútbol, mejor dicho, como quien llega de jugar un partido de fútbol.
"Tuve problemas en casa", me dijo Fico mientras lo hacía subir a mi cuarto. "Discutí con la mujer, y en lugar de meterle más gasolina al fuego, mejor salí".
"Hiciste bien", le respondí. "No es bueno dejar que las discusiones escalen hasta ponerse fuera de control".
"Por éso lo hice y, bueno, me acordé de ti y... espero no incomodarte", trató de justificarse.
"Para nada molestas", le sonreí. Y la verdad era ésa. Aunque no me parecía creíble el cuento de la mujer, tampoco me incomodaba de verdad la presencia de Fico en mi casa, especialmente con ese uniforme que, dicho sea de paso, se le pegaba al cuerpo revelando una anatomía digna de escuela de arte, en especial esas piernas musculosas y ese culo redondo y firme.
"¿Ibas a bañarte?", me preguntó.
"Sí, me desperté y justo tocaste la puerta".
"Ah, chucha, disculpa".
"No, normal".
"Oe Rubén, ¿me creerás que tampoco me he bañado todavía?"
Como supondrán, yo paré las antenas. Respiré profundo tratando de que mi erección, que ya se había bajado, no se vuelva a manifestar. De hecho, hice como que no escuché lo que dijo.
"¿Y quién ganó el partido?", le desvié el tema.
"Nosotros... 5 a 3", respondió mientras se cogía su paquete con la mano. ¡Y vaya que se notaba un considerable paquete!
"¿Me prestas tu baño un toque?", dijo. "¿O ya te vas a bañar?"
"no, entra, normal".
Le indiqué y regresé a mi cuarto. Me pareció que no había cerrado la puerta porque escuché un sonoro chorro que caía al inodoro. Recordé lo que me había dicho otro amigo, de que los pingones tienen chorros más potentes cuando orinaban. Entonces, pensé, la razón por la que Fico había llegado a mi casa era una especie de respuesta a mi negativa para salir. ¿Por qué seguir siendo frío? Me gustaba, mejor dicho, me gusta. Fico regresó.
"Así que no te has bañado aún", cambié mi tono. "¿quieres bañarte acá? Puedes usar la ducha si deseas".
Noté que Fico tragó saliva.
"No, Rubén, cómo se te ocurre, no quiero causar molestias".
¡Carajo!, pensé. ¿Y entonces por qué me lo dijo? Yo seguía allí con la toalla anudada a la cintura.
"Bueno, yo sí", le dije algo frustrado. "espérame un toque". Así que fui a la ducha.
estaba cubierto de jabón escuchando música de mi celular.
"¿Y están vendiendo la casa?", me preguntaron.
"¡Mierda! No asustes así, Fico", reaccioné.
"Perdona", me dijo casi riendo. "Es que tú dejaste la puerta abierta".
Bueno, sí, confieso que lo hice a propósito.
"Sí, la estamos vendiendo, pero la gente que la quiere comprar me está ofreciendo miserias; esta casa vale más", le dije, al fin, recuperándome.
"¿Qué jabón usas, Rubén?"
La pregunta me dio una pista: no había entrado para preguntar el valor de la casa, evidentemente.
"No sé, lo encontré acá todo duro", le respondí, acentuando lo de duro.
"Huele rico", me comentó.
"¿Sacas la marca por el olor?"
"No, quizás por el color, pero tendría que verlo".
A la mierda, dije. Abrí la cortina y... ¡Dios mío! Fico estaba calatito, desnudito, sin su uniforme. Quedé boquiabierto viendo su cuerpo marcado. Él se dio cuenta.
"Perdona, es que... como dijiste que podía bañarme acá". Ahora yo fui quien tragó saliva.
"entra a la ducha", me animé a decirle.
Fico tomó el jabón, lo olió con los ojos cerrados, abrió la llave de la ducha, dejó que el agua recorriera su cuerpo desnudo, y me dejó ver su espalda no tan ancha, sus glúteos como burbujas, algo de vello en sus nalgas, muy fino, y esas piernas de campeonato. Giró. Pectorales no tan inflados, abdominales marcados, cintura pequeñita, y debajo de su vello púbico evidentemente afeitado hace unos días, un largo pene descansando encima de un buen par de bolas. Se untó el jabón lentamente. Mi pinga, casi sin darme cuenta, se puso al palo.
"¿Ya sabes qué marca de jabón es?", le pregunté para liberar tensiones.
"No importa", me replicó. "Huele de la puta madre".
Dejó el jabón en la jabonera de la ducha y comenzó a masajearse el cuerpo tratando de hacer espuma.
"Sóbate el jabón", me pidió. "Se te va a resecar la piel", aconsejó a continuación sonriendo.
Yo no reaccioné. Ya tenía mi verga bien parada. él sonrió, me tomó de los brazos, me puso frente a frente con él y comenzó a sobármelos, haciendo espuma.
"Sóbame", me pidió.
Yo solo atiné a acariciarle la cintura.
"Todo el cuerpo, Rubén", me sonrió, y tomó mis manos y me las pasó por sus pectorales, su cadera y la parte exterior de sus dos nalgas.
"Sin miedo, Rubén, hazlo sin miedo".
Poco a poco fui paseando mi mano por todas esas partes. Me animé a sobarle el centro de sus nalgas, lo que hizo que le acercara mi verga a la suya. La sentí semierecta. También le sobé los muslos. Él sí no se amilanó y me acarició la espalda, mis nalgas, incluso mi pene y mis huevos.
"¿Puedo jabonarte en la raja de tu culo?", me consultó.
"Sí", le permití.
""OK, también sóbame la mía".
Juntamos nuestras pingas ahora duras y usamos la yema de nuestros dedos para pasarnos el jabón por en medio de nuestras nalgas y, cuando menos nos dimos cuenta, o quizás sí, estábamos masajeando el agujero de nuestros anos. Comencé a jadear y a disfrutar.
Tras enjuagarnos y secarnos, volvimos al cuarto y caímos sobre el colchón. Fico me besó profundamente en la boca. Nuestras lenguas más que combatir, se acariciaron. Sus manos y las mías no hicieron más que acariciarnos nuestros cuerpos a todo lo que se podía mientras nos revolcábamos no solo sobre el colchón, sino que nos desbordábamos al piso frío. Me besó el cuello, dejándome gemir Me puse encima suyo y ahora a mí me tocó hacerlo gemir mientras le succionaba las tetillas.
"Rico, Rubencito, sigue", me animó. Y así lo hice.
Pasé mi lengua sobre sus abdominales y llegué a su vello púbico que me raspó la cara. Tomé su pinga de unos 18 o 19 centímetros (parece que mis amigos tenían razón con lo del tamaño y el chorro), y comencé a chuparla a lo que podía porque es gruesa.
"Así, Rubencito, oh, qué rico", me suspiraba. Bueno, mas bien gemía.
Como toda su pinga no me cabía en la boca, , usé mi lengua para lamerle el resto de su falo hasta llegar a sus huevos y succionarlos mientras le pajeaba el pájaro. Fico convulsionaba. entonces, me puso sus poderosas piernas en mi espalda.
"Lámeme el culo, Rubencito, lámemelo", me pidió.
Le levanté las piernas, él me ayudó abriendo sus nalgas con sus manos y fui a la conquista de su ano. Lo lamí, lo punteé con mi lengua. Mi nariz aspiraba el aroma del jabón que habíamos usado poco antes. Sentí cómo su agujero se comenzaba a dilatar.
"Métemela, Rubén", me rogó. Y yo no esperé mucho, me arrodillé, me puse saliva en mi cabecita y puse mi huevo a la entrada de su culo. Empujé suavemente. Qué rica sensación, carajo, sentir cómo me abría paso por ese hoyo caliente. Me tomé mi tiempo porque tiempo era lo que me sobraba. En esa pose, metía y sacaba, metía y sacaba. Fico gemía extasiado, tomando su enorme pene y pajeándose sin violencia. Cuando creí que iba a explotar, me pidió lo insospechado.
"Sácamela, Rubén".
"¿Te duele?", pregunté.
"No, solo sácamela, no seas malito".
Lo hice.
Apenas le saqué mi pinga a Fico, cerró sus piernas y se arrodilló frente a mí para besarme en la boca otra vez.
"Acuéstate boca abajo, Rubencito", me pidió.
Le obedecí. Lo siguiente fue sentir su lengua en mi nuca, luego a lo largo de toda mi espina y finalmente haciendo circulitos en mis nalgas.
"Tienes rico culo", me dijo Fico.
"¿Te gusta?"
"¡Me encanta!"
Entonces me hizo el beso negro. Tampoco me contuve y gemí. Qué mierda. La casa eestaba vacía. Quién podía joder. Nadie. Así que gemía y jadeaba. Estuvo largo rato ahí. Hizo que levantara mis nalgas, casi poniéndome en perrito, y me colocó su cabeza en mi ano. Me la fue metiendo de a pocos. Aunque yo estaba recontraexcitado, me dolió un poco cuando me la metió, pero me acordé de respirar hondo, de relajarme, y el pene de Fico me penetró con facilidad. Se movió con gentileza, como entendiendo que cualquier movimiento brusco podría generarme mucho dolor, me acariciaba con mucha seguridad.
"Hace tiempo que quería cacharte", repetía. "Por fin eres mío".
"Cáchame, Fico".
De pronto me la sacó.
"¿Pasó algo?", quise saber.
"Está a punto de pasar", me dijo.
Me puso boca arriba y se acostó sobre mi. Comenzó a mover su cadera mientras yo le habría las piernas. Nos besamos y aproveché para agarrarle las nalgas con fuerza. Entonces sentí una humedad caliente en mi vientre.
"Las di", me confirmó Fico.
Se arrodilló, tomó mi pene con su mano y comenzó a masturbarme. En cuestión de minutos, disparé todo mi semen sobre mi abdomen y mi pecho.
"Vamos a lavarnos", me dijo.
Tras secarnos, vi mi celular. Eran casi las ocho y cuarenta y estaba cargado de mensajes de mis patas. Fico se echó sobre el colchón, aún desnudo.
"Ojalá que mi mujer ya no esté asada", comentó.
"No creo", le observé. "Aunque quizás es muy pronto".
"Sí, pero a lo mejor tú quieres salir: es viernes por la noche".
"No, prefiero quedarme aquí".
"¿En serio?"
"Sí, Fico; prefiero quedarme aquí".
Se mantuvo en silencio buen rato.
"¿Puedo quedarme aquí contigo?", me pidió.
"Claro", le sonreí.
"Ven", me tomó del brazo e hizo que me acostara encima suyo. Nos besamos en la boca de nuevo.
"¿Cómo es éso que hace tiempo querías cacharme?", le pregunté cuando nos separamos.
"Es una larga historia, desde que mi cuñado nos presentó".
"¿Una larga historia como tu pinga?"
"¿Te gusta mi pinga?"
"Me gustas, Fico".
"Tú también, Rubén".
Nos volvimos a besar.
El cuñado de mi amigo y yo nos quedamos a pasar esa noche y cachamos dos veces más. ¿Mis patas? Bueno, se cansaron de mandarme mensajes para chelear. Que sigan mandando. Que no nos jodan.
viernes, 31 de diciembre de 2021
Proyecto Lujuria 2.3: Un trío por tu cumple
A la noche siguiente, mejor dicho al filo de que el sábado se transforme en domingo, el auto de Evandro se estaciona en un condominio de cuatro pisos que más tiene facha de clínica aunque pintada de rojo ladrillo, no muy lejos del edificio donde suele aparcar.
“¿Y por qué
no buscas cuarto alrededor de la residencial?”, pregunta mientras se saca el
cinturón de seguridad.
“La verdad no
he visto, aunque dicen que los domingos salen buenas ofertas en los
clasificados”, contesta Osmar.
“Sí, en
especial una que dice: vaquero, policía, bombero, marino o beisbolista… secciónrelax”
Osmar sonríe
y se desabrocha el cinturón de seguridad:
“Por cierto,
deberías arreglar el de marino que tiene un hilito suelto que no me da
confianza”.
“Si te va
bien con ese contrato y haces lo que te aconsejé, quizás ya no debas
preocuparte por esos disfraces”.
Evandro abre
la puerta y sale del auto; Osmar hace lo mismo. El conductor se da la vuelta y
se acerca a su amigo hasta palmearle el hombro.
“¿qué harás
con esos disfraces si me va bien con… Lust?”,
pregunta Osmar sarcásticamente.
“Alexis ya no
es mi opción porque Zaira lo marca bien, así que entraré en modo Escalante: full casting”.
“¿Sabes, Evan?
Me encantaría alquilar algo como el depa donde vives, donde haya todo ese
espacio como para dar shows sin
sobresalto, con mucha privacidad, dormir más abrigado, recibir a los amigos
cuando me dé la gana, ofrecer un café, una limonada, un trago”.
Osmar siente
el brazo de su amigo y compañero alrededor del cuello:
“Te ayudaré a
buscar y mudarte; ahora, vamos donde…”
Evandro
vuelve a juntar su índice y su pulgar izquierdos y los hace latir. Osmar se
ríe.
Al llegar al
tablero de timbres, el primero mira al cuarto piso mientras el segundo busca la
dirección en su celular para asegurarse de presionar el botón correcto.
“Demasiado
silencio para ser una fiesta”, observa Evandro.
“Quizás sean
las reglas del condominio”, supone Osmar mientras presiona el cuatro cero tres.
Suena una campanilla electrónica.
“Ya sabes:
llegamos, cumplimos, departimos y nos regresamos al toque a la residencial”,
recuerda Evandro.
“No me digas
que este coño y sus amigos se fueron a una disco”.
“¿Te dejó
algún mensaje?”
“Nada”.
Osmar vuelve
a presionar el botón y de nuevo suena el ding-dong-dang electrónico.
“Vamos pa’ la
casa mejor”, se desanima Evandro.
“Bueno…
llegamos, cumplimos, nos vamos”.
No acaban de
dar media vuelta el par de galanes cuando se oye una voz como aletargada en el
intercomunicador. Ambos se miran. Osmar se acerca:
“¿Gi… brán?”
“¿quién es?”,
responden por el pequeño altavoz.
“Evandro y
Osmar”.
“Un toque”,
responden.
Evandro topa
la firme cintura de su amigo:
“Este huevón
ya está avanzadito; mejor nos vamos”.
La cerradura
electrónica de la puerta suena. Osmar vuelve a mirar a su amigo:
“Entremos a
averiguar”, propone. “Si no hay nada, nos vamos”.
En dos
minutos, o menos, los dos chicos ya están en el pasillo del cuarto piso y
frente al cuatro cero tres. Osmar toca la puerta. Ésta se abre. La cabeza de
Gibrán se asoma; su hombro está desnudo:
“Chicos,
vinieron”, sonríe el anfitrión.
Gibrán sirve un vaso de cola negra a Evandro (sin trago, tengo que conducir) y un cuba libre a Osmar. Viste un bóxer opaco de adelante, transparente en la otra mitad. Mientras está de espaldas preparando el trago, Evandro vuelve a hacer a Osmar la seña con sus índice y pulgar izquierdos.
“Después de
la chamba, mis amigos me llevaron a comer cebiche a Chorrillos, y chela como mierda”,
explica Gibrán. “Solo recuerdo que llegué a casa de noche, me duché y me eché a
dormir”.
Se prepara un
segundo vaso de cuba, se sienta junto a sus dos invitados y brinda.
“Por tu
cumple”, anuncia Evandro. “Y yo que venía a bailar”.
“Puedes
bailar si quieres”, sonríe Gibrán, “aunque sin pareja o…”
“¿O como
qué?”
“¿Es cierto
que tienes un negocio de strippers?”
Osmar tose
atorándose con el sorbo que acaba de dar; Evandro se lo toma como si nada.
“Sí, es
cierto, pero el negocio ha decaído un poco estas semanas”, explica el aludido.
“Deben ser
muy caros”, continúa Gibrán”.
“Somos exclusivos más bien”, sonríe Evandro.
“¿De cuánto
hablamos?”
“Treinta y
cinco dólares por veinte minutos por mitra”.
Osmar solo
carraspea en silencio mientras degusta su trago.
“¿En qué
terminan: hilo, bóxer, o… calatos”.
“Hilo son
cuarenta; calatos, cincuenta más diez minutos extra”, sigue haciendo negocios Evandro.
“Eso sí: no fotos, no video; ahí el precio se dobla”.
“¿Alguna vez
se han dejado grabar o fotografiar?”
“Cuando lo
intentan y no pagan, paramos el show:
business are business”.
“¿Y qué pasa
si alguien quiere un strip-show
completo de los dos? ¿Setenta dólares?”
“No, pues. Te
dejamos a sesenta”.
“¿Y alguna
vez han hecho un show con final feliz?”
“Alguna vez
me lo pidieron: cobré diez dólares más y lo hice”.
“¿Tú también
has hecho algún show con final feliz, Osmar?”
El susodicho
va casi por la mitad de su trago:
“Aún no”,
sonríe desmotivadamente y mirando el líquido oscuro en su vaso sobre el que
flota un gajito de limón.
“Interesante,
chicos”, comenta Gibrán sorbiendo otro poco de su cuba.
Evandro apura
su cola negra y deja el vaso en la mesa de centro:
“Bueno,
perdona por levantarte de tu sueño, nos alegramos que hayas pasado un
cumpleaños divertido y… nos vemos en el gym,
¿no, Os?”
Osmar
entiende el mensaje, deja su vaso sin concluir sobre la mesa de centro,
carraspea:
“Si, nos
vemos el…”
“¿Cuánto me
cobran ambos por un show al rojo vivo… pero
bien al rojo vivo?
Osmar mira
algo alarmado a Evandro, quien no está sorprendido; está haciendo aritmética.
En menos de diez minutos, los tres varones están a luz de lámpara de mesa en el dormitorio de Gibrán bailando pegados al ritmo de un reggaetón lento, sensual más bien. Aunque el anfitrión tiene músculos marcados, no posee el volumen de sus dos visitantes: Evandro lo abraza desde atrás y con las manos sobre las filudas caderas; Osmar delante con las manos de su alumno rodeándole la estrecha cintura en tanto las suyas acarician los dorsales, o la evidencia de que allí podrían estar.
“Puedes comenzar
cuando quieras”, susurra Evandro al tiempo que muerde muy despacio el lóbulo de
la oreja derecha de Gibrán.
El chico toma
la camiseta alicrada de Osmar y comienza a sacársela entre lento y rápido. El
torso de dios griego no solo aparece ante sus ojos sino que lo puede acariciar
a voluntad. Prueba a masajear las dos tetillas del hombre y los pezones se
ponen duros. Afloja el cinturón, desabotona el jean, trata de bajarlo con
cierta dificultad. Se arrodilla para concretar la tarea, y Osmar gentilmente
flexiona las piernas para dejar que cada manga se despegue de sus poderosas
piernas (previamente, ya se había quedado descalzo). Así, arrodillado, Gibrán
le baja el bóxer: el pene flácido y los grandes cojones bajo el rasurado vello
púbico de su instructor están frente a su cara. Los acaricia. Son suaves al
tacto. No reaccionan. Entonces, toca ambas caderas y luego el enorme culo.
Gibrán
sonríe, se pone de pie, da media vuelta y pega sus pequeñas pero firmes nalgas
a la entrepierna de Osmar, la que parece seguir sin reacción; toma la camisa de
Evandro y la desabotona de arriba abajo; la saca del todo y la tira al suelo.
Afloja el cinturón, desabotona el jean, corre la cremallera, lo comienza a
bajar y repite la operación de arrodillarse para que la prenda se libere de las
extremidades inferiores del artista. Finalmente, baja la tanga blanca de
angostas tiras y ante su cara, salta un pene que bajo la tela hacía un gran
bulto, pero que ahora se extiende de frente, aparentemente erecto. Una gotita
de líquido preseminal se queda en la mejilla de Gibrán conforme el glande la
golpea.
“¿Puedo?,
consulta a Evandro con timidez hipócrita.
“Claro”, le
sonríe el varón.
Gibrán abre
la boca y deja que el falo entre en ella y lo comienza a succionar con cierto
chasquido. Logra tragárselo hasta que su nariz perfecta toca el recortado vello
púbico
Y su mentón
puede palpar el gran escroto donde parecen guardarse dos poderosos testículos. Aunque
desde su perspectiva, Osmar no puede distinguir muy bien la acción, pues la
cabeza de Gibrán lo tapa, inexplicablemente también siente que su pene comienza
a ponerse erecto en menos de un minuto. Y bien erecto, aunque sin la
lubricación que ostenta su amigo.
“Así chúpame
la pinga”, seduce Evandro, quien mira a Osmar en la semipenumbra y le sonríe.
“Chúpasela a Os también”.
Gibrán gira,
y antes de meterse la pinga de su instructor a la boca, nota que es cabezona,
medio incircuncisa, y con la base más delgada, quizás no tan larga y recta como
la del otro muchacho; más bien, una del tipo hongo.
Osmar siente
la humedad caliente y cierra los ojos intentando hallar disfrute en el sexo
oral pero no lo consigue; de hecho, su erección va desvaneciéndose.
“¿No te gusta
cómo lo hago?”, susurra Gibrán separando sus labios de la pija por un momento.
“Chupas el
huevo como los dioses”, miente Osmar; pero la verdad es que su pene está
semierecto otra vez.
“Chúpamela de
nuevo”, sugiere Evandro (cuyo miembro se ha puesto semiflácido), y cuando
Gibrán gira sobre el suelo para practicar la fellatio, Osmar vuelve a sentir que su erección retorna. Prefiere no
razonarlo en ese momento.
Poco después,
Evandro mete su pinga en el ano del cumpleañero, previamente protegido por un
condón, él arrodillado sobre la cama, el chico boca arriba y con las manos del
activo presionando sus piernas contra su abdomen y pecho. Al mismo tiempo,
Gibrán mama el miembro de Osmar, arrodillado en la cabecera y con el rostro de
su alumno prácticamente bajo su perineo, quien ni siquiera mira lo que hacen
con su órgano sexual sino que no pierde detalle de lo que pasa justo frente a
sus narices: la penetración anal en todo su esplendor.
A la una de
la mañana, los tres comparten la ducha. Gibrán insiste en extraer el semen de
la verga de Evandro y lo consigue. Sabe neutra, simple. Prueba entonces con la
de Osmar, que a mantenido masturbada y dura, pero al metérsela a la boca, otra
vez pierde rigidez.
“Perdona,
estoy algo cansado”, se justifica el instructor.
Gibrán lo
entiende y prefiere masturbarse sobre el piso de mayólica. Las ráfagas de semen
caen a los pies de Osmar.
