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domingo, 12 de junio de 2022

ASS (32): ¿Es seguro mamar pinga en un bus?

Bartolo es tan arrecho que puede tener un sexo tan romántico como arriesgado.

    
 

Suena una alarma en la oscuridad de la madrugada y Bartolo se despereza bajo sus cobijas. Al estirarse, siente un calor en su espalda y de inmediato un cuerpo atlético desnudo como el suyo; entre sus nalgas, el gran pene erecto de Marcano.

“Ya son las cuatro: levántate”, le dice en su oreja justo antes de besarle el cuello.

“Cinco minutos más”, ruega Bartolo sintiendo que su pinga también se pone erecta.

“Perderás el bus a Piura, y luego tu bus a Chiclayo… vamos a bañarnos”.

Bartolo gira bajo las cobijas, abraza a Marcano y le da un beso en la boca mientras pega todo su cuerpo desnudo, en especial ambas pijas al palo.

“¿En serio quieres que viaje y perderme un fin de semana cachando contigo?”

“Amo tu boca, tu verga y tu culo, vale; pero el transporte no espera”.

“Cachemos al toque, ¿sí, chamito?”

Marcano sonríe en la oscuridad, besa de nuevo en la boca a Bartolo, se acuesta encima; ambos comienzan a acariciarse. Marcano mueve su cadera estimulando ambos falos al mismo tiempo. La cobija se corre un poco. Le besa el cuello de nuevo, luego le chupa bien ambas tetillas, baja por el lampiño vientre, besa el vello púbico rasurado y comienza a chupar el pene mientras con una mano juega con los testículos y con la otra, aprovechando que Bartolo está abierto de piernas, va hasta la raja entre ambas nalgas duras. Para ayudarlo, bartolo eleva las piernas. Marcano se moja uno de sus índices con saliva y comienza a masajear el ano de su amante, muy suave, muy tierno.

La chupas bien rico, chamito… también te la quiero chupar”.

Marcano sonríe nuevamente, se incorpora por un instante y cuidadosamente se arrodilla en sentido opuesto. Ahora que están haciendo un 69, Bartolo también puede acariciarle testículos, nalgotas y estimular el ano mientras le chupa el pene.

Pero bartolo va un paso más allá. Como sea hace que el ano de Marcano quede a la altura de su boca y le hace un beso negro.

El venezolano comienza a rozar su largo y grueso pene contra el medio de los dos pectorales de Bartolo; adicionalmente, usa una de sus manos para masturbarle el pene como queriendo apurar algo y lo consigue.

“Voy a eyacular, chamito. ¡Se me viene la leche”!

Pero Marcano parece no hacer caso. Siente que el semen le inunda la boca. Se lo traga. Tras la sesión sexual, ambos se bañan juntos.

“Hiciste trampa, chamo. Se supone que los dos debíamos eyacular juntos”.

“Me estoy guardando para esa escena de sexo esta noche: ya sabes que con esa plata, podemos hacer todo lo que habíamos planeado”.

Bartolo sonríe en el estrecho cubículo de mayólica; acaricia la mejilla de Marcano:

“Lo sé, chamito. Solo recuerda que no debes arriesgar tu salud. Ya sabes lo que pasó con…”

“Sí, y el muy estúpido no quiere dar la cara”.

“Pero tú me aseguraste que contigo siempre usó condón, ¿no?”

“Conmigo siempre usó condón porque se lo exigí, pero no sé si con el resto”.

Casi volando y con su mochila de viaje  a la espalda,Bartolo baja las escaleras y se detiene en el pasillo del segundo piso. Toca una puerta. Sale Eliezer ya vestido secundado por Sandro quien se cubre sus genitales con una toalla y se detiene justo debajo del dintel. Saluda coquetamente.

“Pensé que te quedaste dormido”, sonríe Eliezer.

“Perdona”, se sonroja bartolo.

Sandro vuelve a meterse a su cuarto, y así desnudo, a su cama. Toma su celular, marca un número. A los cinco minutos, siente unos toques discretos en su puerta. Salta de su cama y abre. “Más veloz que un rayo”, comenta sonriendo.

Marcano, vistiendo polo y short, ingresa; de inmediato se los quita: queda desnudo otra vez.

Bajo las cobijas, Sandro está acostado boca arriba y con las piernas abiertas mientras Marcano está encima suyo besándole la boca y sobando ambos penes ya erectos. Tras besarle el cuello, Marcano repite la vieja técnica de mamar las tetillas, besar el abdomen (que sí tiene algunos pelitos), llegar al vello púbico algo recortado y mamar el pene, estimular los testículos con la otra mano y la otra meterla por la raja del culo hasta masajear el ano.

“Marcanito… ¿me dejas probar tu anito?”, bromea Sandro.

El venezolano no se hace de rogar. Repite la misma maniobra que con Bartolo y básicamente se sienta en cuclillas sobre la cara de Sandro dándole oportunidad a que goze sus enormes nalgas y su agujero a discreción. Cuidadosamente, Marcano se inclina y vuelve a chupar pija masturbándola al mismo tiempo. Y parece que la técnica combinada vuelve a dar resultado.

“Las quiero dar en tu cara”, pide Sandro extasiado.

Marcano para de chupar la pinga, la pajea rápido, cierra la boca y deja que los chorros de semen se disparen en sus mejillas. Cuidadosamente, se acuesta boca arriba y deja que Sandro se eche ssobre él para lamer su propia leche. Al terminar, lo besa en la boca.

“¿Te ordeño también?”, consulta.

“No es necesario, chico. Pero… ¿qué te parece si te acompaño en la cama hasta que te levantes?”

“Me parece una excelente idea”, sonríe Sandro.

Mientras tanto, el bus rumbo a Piura ya dejó las últimas calles de San Sebastián y la cabina de pasajeros se queda a oscuras. En la última fila viajan Eliezer y Bartolo pegados a la ventana.

“va casi vacío, ¿no?”, comenta Eliezer.

“Debe ser que es sábado o que es muy temprano”, cree Bartolo.

Pasan unos segundos y siente que Eliezer le toma la muñeca y se la lleva evidentemente hacia la bragueta: la pinga que vio y chupó la noche anterior está otra vez libre de cualquier ropa que la oprima.

“Qué pendejo eres”, sonríe.

“Aprovechemos que está oscurito”.

Bartolo duda, pero siente fluir la adrenalina. Se inclina y comienza a mamar la pinga. Eliezer reclina su asiento y pone sus dos manos sobre el fffrondoso cabello de Bartolo. El pedazo de carne no tarda en ponerse duro. Aunque, pensándolo bien, Eliezer usa la mano que tiene libre para recorrer la espalda del otro chico y meter su mano dentro de  la pantaloneta que se puso esa mañana para viajar. Se interna bajo la ropa interior y gana el par de lampiñas, suaves y bien formadas nalgas y luego masajea el ano.

Afuera ya comienza a despuntar el día aunque aún muy débil. Eliezer trata de concentrarse en el sexo oral y se acomoda un poquito, cuando de pronto, con la poca claridad disponible, ve acercarse a alguien. Desconecta a Bartolo de su pene, como puede se lo mete dentro del pantalón. El muchacho se asusta, más al mirar que alguien se aproxima y se sienta a su lado.

“O se bajan con algo, o llamo al cobrador”, dice aquella persona con una voz aguardientosa.

Para finalizar,mira un video porno gay aquí. 

domingo, 24 de abril de 2022

ASS (26): El verdadero secreto sexual del cura

Padre Alberto cacha de lo mejor con Miguel cuando recibe una noticia que podría joder sus planes.

 


Nada mejor para el Padre Alberto que terminar un domingo junto a Miguel, desnudándose mientras se besan en el dormitorio del AS. Ambos se echan sobre la cama, uno encima del otro.

“Entonces no te dio pena coger con Alejo frente a una cámara”, concluye el sacerdote.

“Si aún viviera en mi casa, creo que sí tendría un poco de roche; pero ya sabes que a ellos les importé una mierda”.

“Ya, cuate. ¿Hasta cuándo vas a seguirles teniendo ese resentimiento?”

Alberto besa otra vez en la boca a Miguel.

“ojalá a la gente le guste mi culo velludo”, comenta el artista.

“?Por qué no les podría gustar? Yo ya lo estaba extrañando… igual que tu verga”.

Ambos se dan un nuevo beso; entonces Miguel se incorpora un poco, gira respecto a la posición de Alberto y le coloca su pene en la boca mientras él se agacha a chupar el del cura.

La pose del 69 es perfecta no solo para que ambos se mamen mutuamente sus pingas, también para que se succionen sus bolas y, aprovechando la flexibilidad de ambos, a que se abran sus nalgas por igual y se practiquen el beso negro al mismo tiempo. Los penes erectos descansan cada  uno sobre la hendidura entre los pectorales del otro.

Giran sobre la cama. Ahora que el Padre Alberto está encima, aprovecha para incorporarse, avanzar hasta el culo velludo de Miguel, levantárselo más, golpear su pinga dura sobre el propio agujero y, en cuclillas, irla metiendo poco a poco. Miguel, desde su ángulo, puede ver las dos grandes nalgas del cura bien abiertas, el agujero del ano rodeado por una matita de vellos, cómo un pene grueso de 18 centímetros taladra sus entrañas, y cómo su cachero, para tener más estabilidad, se apoya en la cabecera de la cama y comienza a bombearlo. Él comienza a pajearse.

“Qué rico la metes, Betito”.

“¿Te gusta cómo te cojo, morrito?”

“Me encanta”, susurra Miguel.

Alberto saca su pene, gira, se pone ssaliva en todo el ojete y toma el falo erecto de Miguel, lo calibra y se sienta sobre él engulléndolo con su recto. Cuando lo consigue, comienza a rebotar mientras el otro chico mueve también su cadera. Ahora es el sacerdote quien se pajea.

“Dame verga, así, rico”.

“Adoro ese culazo que tienes”.

Alberto se vuelve a zafar, hace que Miguel gire sobre sí mismo y luego lo pone en cuatro patas. Vuelve a meter su pinga y no se ahorra el chasquido de su ingle al chocar con esos velludos glúteos. Luego le cede el turno a Miguel quien la tiene fácil porque las nalgas del cura son lampiñas y suenan más.

Como el Padre sabe que Miguel no dura mucho, repite el 69, pero ambos de costado sobre la cama. Cada uno toma el glande del pene del otro y lo asegura bien en su boca mientras masajea el resto del miembro. Alberto es el primero en saborear el semen del chico mientras Miguel espera más tiempo hasta que lo consigue.

“¿Qué tales están mis mecos?”, cachondea Alberto renunciando a vestirse de nuevo.

“Ricos y nutritivos, y hasta deben venir benditos”, ríe Miguel.

“Ven acá, pendejo”. El cura atrae su cabeza a la del más joven y lo vuelve a besar en la boca. Justo entonces suena el celular del cura. Se levanta de la cama, mira la pantalla y hace un gesto de silencio a Miguel.

“Bueno, ¡Padre Provincial?”

“Padre Alberto”, le responde otro hombre por el aparato. “Te estuve llamando a la casa parroquial pero nada”.

“Ehh… estaba… duchándome, Padre Provincial. ¿En qué puedo servir?”

“Pues, te llamo para informarte que el próximo domingo, junto con el Padre David, estoy enviando a un novicio para que te ayude en tu apostolado”.

Alberto se queda frío:

“¿Qué… dice… Padre Provincial?”

A la mañana siguiente, el sacerdote se trata de tranquilizar con un whisky en el minidepartamento que Flavio alquila cerca del Puente Cáceres, en Castilla. El modelo viste una pijama de franela y babuchas, se sienta al costado y pone su gruesa mano en el ancho muslo del visitante.

“¿En serio crees que lo hacen para joderte, Beto?”

“Me las ingenié para que por dos años no me mandaran a nadie y evitar… bueno… tú sabes. Pero si viene, solo basta un error insignificante para que todo se vaya a la chingada”.

Flavio acaricia la cabeza de Alberto, se le acerca y lo besa en la boca.

“Necesitas relajarte. Vamos”.

“No sé si tenga ganas, Flavio”.

“Pero yo sí… hace semanas que no cachamos”.

Flavio vuelve a besar a Alberto en la boca. Logra que éste deje su vaso de escocés en una mesita de centro y sin mucho esfuerzo se lo lleva al dormitorio. Allí, ambos se siguen besando y desnudando por completo hasta acostarse en la cama. El modelo se queda bajo el sacerdote, abierto de piernas, rozando su pene cabezón erecto contra el largo falo del visitante. Flavio abre más sus piernas hasta levantarlas y hacer que el pene de Alberto resbale hasta la propia entrada de su ano.

“Me encanta cómo lubrican Alejo y tú, pero más me encanta cómo me cachan”.

“Lástima que ese recluta no está aquí, ¿no?”

“No importa, Beto. Alejo y tú son solo el inicio”.

Mientras ambos se besan en la boca, el pene de Alberto va ingresando dentro del ano de Flavio hasta que los testículos del sacerdote chocan contra las nalgas del modelo. Ambos comienzan a moverse y el placer comienza a elevarse. Definitivamente, el culo de Flavio es insaciable. Tiempo después, Alberto cacha al modelo en perrito. Ambos gimen y jadean fuerte, sin miedo. Estando en el último piso del edificio, nadie los escucha.

Luego Alberto se acuesta a lo ancho de la cama. Flavio se sienta encima de su pinga, dándole la espalda, se la mete por el culo y comienza a rebotar. Entonces, el celular del muchacho suena: él reconoce el tono.

“Ya llegó”, se detiene, se saca el pene erecto con mucho cuidado, se limpia la raja del culo con un pedazo de papel higiénico, se pone su pijama y sus babuchas.

Alberto se queda calato sobre la cama dudando si vestirse o no. Mejor opta por quedarse así, en pelotas. Cinco minutos después, escucha que se abre la puerta y que dos personas entran conversando. Luego un poco de silencio, algo que parecen ser unos besos y luego unos pasos que se aproximan.

“Qué hubo, Beto”, escucha en la puerta.

Al voltear la cara, Enrique entra luciendo su glorioso cuerpo musculoso al desnudo…

Y para terminar,te dejamos con una porno. 

domingo, 20 de febrero de 2022

ASS (16): A esa parcela se va a cachar

Rodo, el mototaxista, no pensó que la carrera incluyera participar en un trío.

 


Paco está en una esquina más o menos concurrida pasando las 8:45 de la noche del martes. Mira su celular y sonríe. Está vestido en una buzola que disimula pésimo su cuerpo delgado formado porque de la cintura para abajo, sus dos nalgas resaltan a pesar de la casaca y el viento revela la corva de sus bien formados muslos.

“Hola”.

Paco gira y se encuentra con un sonriente edú, quien viste chompa, jean, zapatillas y una mochila.

“Perdona la demora. ¿vamos?”

“¿Sabes cómo llegar?”

“Aunque hubiera apagón. ¿Vamos?”

“No, Edú. Estás loco si vamos a pie”.

“Tomemos moto”.

Paco busca en su celular y llama:

“No cualquier moto”.

En diez minutos aparece un trimóvil conducido por un chico que, bajo la luz blanca del alumbrado público, aparenta ser guapo, cosa que a Edú le jala la vista.

“Profe”, saluda el conductor.

“Rodo”, responde Paco.

Sube y le indica a edú que lo siga. Arrancan. En cinco minutos, las luces de San Sebastián quedan a sus espaldas, pero ocasionalmente las luces de los autos en la carretera los encandilan. Rodo toma un desvío y se mete en un camino de tierra afirmada, por lo quebaja la velocidad para no levantar tanto polvo.

Edú aprovecha que hay mucha más penumbra para cariciar la espalda de Paco hasta llegar más debajo de su cintura y meter su mano en la pantaloneta.

“No te has puesto calzoncillo”, dice a Paco al oído mientras mete su mano hasta ponerla en la raja del culo. Paco pone su mano en el bulto sobre el jean, protegido con la mochila; lo acaricia. Se aproxima al cuello de edú y comienza a besarlo.

“Aguarda”, le susurra el atleta. “Tu pata puede darse cuenta”.

“Le entra”, aclara Paco.

“¿Qué tanto le entra?”

Al llegar a la puerta de la parcela de Julio, edú se baja y la abre.

“Adelante”, indica Paco a Rodo.

“¿No hay roche?”, se paltea un poco el chico.

“Entra normal”.

El vehículo se detiene en el estrecho espacio entre el cerco y la fachada de la casa rústica.

“¿A qué hora te vengo a ver?”, consulta Rodo a Paco.

“¿Y si entras un rato, o tienes que hacer?”

“Chambear, profe. Tú sabes cómo está la situación”.

“Te pago carrera con espera”, replica Paco. “Va a ser bien difícil conseguir moto de regreso”.

“Ya, pues… te espero”.

“No”, tercia Edú. “Mejor baja y entra con nosotros”.

Los tres ingresan a la casa. Edú prende la luz de la sala. Los invita a seguirlo al cuarto. Para animarlo, Paco se acerca a Rodo, lo abraza y acaricia hasta poner su mano en su paquete. El conductor se da cuenta que edú ya desapareció.

“¿El pata le entra?”

Paco afirma sonriente con la cabeza.  Cuando los dos invitados ingresan al dormitorio, una linterna está prendida iluminando la pared enlucida cuyo color blanco refleja cierta claridad. Edú ya está sentado en la cama quitándose las zapatillas. Su mochila está en una pequeña mesita.

“Pónganse cómodos, chicos”.

Paco comienza a desnudarse. Rodo aún está perplejo: ¿qué es todo esto? Edú ya se quitó la chompa y ahora se saca el polo, se pone de pie y se afloja la correa para bajarse el pantalón. Paco también se ha deshecho de la casaca y el polo, se sienta en la cama y se quita las zapatillas, y en una maniobra típica de ballet ruso, se saca la pantaloneta y se queda calatito. Rodo mira cómo edú se aproxima hasta Paco, quien ya está acostado boca arriba, y lo besa en la boca. Ambos se acarician.

“No te has quitado el bóxer”, observa Paco a edú.

“Hazlo tú”.

El ‘profe’ se lo baja y siente cómo su pinga ya dura se junta con la verga semidura del otro varón. Mientras tanto bajo su ropa, Rodo siente que la suya también está bien parada y mojándole el calzoncillo. Paco y edú se siguen besando y acariciando sin censura, hasta que el primero se percata que el otro invitado sigue allí, de pie, inmóvil:

“Calatéate, Rodo”.

El mototaxista sigue sin atinar a nada excepto apoyarse en la pared y cruzar los brazos. Edú gira y pone a Paco encima suyo quien, rápidamente, se pone en cuatro y se agacha a chuparle los 18 centímetros de pene ya al palo.

“Así, Paquito. Trágatela”.

En la oscuridad, Rodo libera sus brazos, se baja el cierre y por fin se anima a sacar su pene erecto. Lo pajea. En ese mismo instante, edú gira hacia su mochila y abre uno de los bolsillos, saca un paquetito de condones y un sachet de lubricante. Abre uno y aprovechando que paco se la deja de chupar, se lo pone.

“Siéntate encima”.

“No me has estimulado mi ano”, le aclara Paco.

“Gira”.

Ambos hacen un 69: Edú sopea a fondo el hueco de Paco. Rodo, quien decide que masturbarse no será suficiente, por fin se quita la chompa, el polo, el jean… todo… Ya desnudo se pone a los pies de la cama entre las piernas de Edú. Paco aprovecha la pose para mamársela. Aunque la pinga de Rodo mide 14 centímetros, es cabezona y algo curva hacia abajo.

“La mamas rico”, le felicita el chofer.

Vistas las circunstancias, edú decide sacar sus piernas y abrirlas. Aprovechando que Paco está en cuatro chupándosela a Rodo, toma un poco de lubricante, se lo unta en su miembro y luego en el hueco del pasivo. Se lo va metiendo poco a poco. Paco gime de dolor mientras lo penetran sin dejar de chupar la pija de Rodo, quien de solo imaginar lo que está pasando en sus narices pero a contraluz, llega al orgasmo y suelta su semen en la boca del ‘profe’. Y deja su pene allí dentro.

Las acometidas de edú aumentan, se hacen más vigorosas y cuidadosas. Tras cinco minutos de cachar, se percata que Rodo lo mira a ppesar de la poca luz. No puede distinguir más detalles sobre su físico, aunque parecía gruesito cuando tomaron la moto.

“Tengo otro condón y más lubricante”, invita.

“Ya las di”.

Edú sonríe y sigue bombeando el culo de Paco haciendo sonar su pelvis contra las nalgas del pasivo. Media hora después, finge haber llegado al orgasmo.

Paco yRodo están de regreso en San Sebastián sanos y salvos a un cuarto para las 11 de la noche.

“Gracias”, sonríe el pasajero.

“Me hubieses avisado”, le responde el conductor.

Paco le sonríe:

“Tú sabes que a la parcela de Julio no se va a rezar de noche”.

Rodo le sonríe y se va en su moto. Cuando Paco llega a su cuarto, revisa su bolsillo: en una bolsita plástica está el condón usado que olvidó tirar por el camino. Está manchado.

 

Y para finalizar,te dejamos con una porno. 

viernes, 11 de febrero de 2022

La hermandad de la luna 9.1

Tras levantarse a correr por la finca, Tito toma un baño y regresa a la caseta de vigilancia. Apenas han pasado cinco minutos después de la seis de la mañana. Carlos está mirando su celular y su expresión no denota tranquilidad.

“¿Quién falleció?”, bromea el gladiador.

“Owen”, murmura el capataz casi sin advertir la pregunta.

Tito se alarma y sale disparado a buscar su bicicleta. Carlos se da cuenta de su torpeza y va corriendo tras él.

“¡No es eso!”, le alarga el celular.

El gladiador mira el contenido:

“¡Por la reconcha de su madre, carajo!”, se enfurece.

Mira un video aquí. 

Tito llega como un rayo al gimnasio. Ya está abierto. Los alumnos del primer turno entrenan con cara de circunstancia mientras Owen revisa el celular de uno de ellos. El gladiador y el instructor se miran muy serios: las noticias son malísimas. Tito encarga el AMW a Adán, quien tampoco luce cómodo, y hace ingresar a Owen a la sala de su casa.

“Albergan a terrorista en Santa Cruz”, lee Flor. “Uno de los miembros más recientes de nuestra comunidad, el entrenador personal Owen Mgombo, estaría implicado en una acusación por terrorismo planteada por la justicia de la República Sudafricana. Según documentos a los que Santa Cruz Directo tuvo acceso, Mgombo habría participado en actos de sabotaje contra empleados de la empresa GC Ventures en la Provincia del Cabo, Sudáfrica, junto a otros veinte subversivos, los que fueron condenados a treinta y cinco años de prisión hace diez años. Hasta donde pudimos tener conocimiento, el mencionado sujeto no habría recibido beneficios para salir libre, por lo que su presencia en nuestro país y nuestra comunidad serían irregulares. Mgombo, como dijimos, es el instructor de un gimnasio en nuestra localidad, y se ha ganado el aprecio de sus alumnos por su carisma y aparente experiencia en el deporte de las pesas. Se desconoce cuál será la respuesta de las autoridades”.

“¿Y esas cosas en inglés?”, pregunta Tito, muy serio.

“Son auténticas, papi. Dicen que Owen es un activista anticorp, que protagonizó varias protestas y actos de sabotaje, y que en ese atentado en particular fallecieron veintiséis personas entre gerentes y empleados. Dice que usó una bomba subterránea activada a distancia cuando el ómnibus pasaba sobre ella. La foto es suya, el diario existe, la noticia existe”.

Adán voltea la cara hacia Owen:

“Te pregunté quién eras y me dijiste que no tengo nada de qué preocuparme. Entonces, ¿esto?”

Yo no negarte yo fui y soy activista anticorp, pero ese caso no terminó así: la justicia sudafricana lo revisó y una decisión es esperada”.

“¿qué quieres decir?”, trata de entender Tito.

“Do you mean that a veredict is waited, that there’s no veredict yet?”, pregunta Flor.

“Yes, I do,” responde Owen.

“So you should be still jailed, don’t you?”

Tito mira a su hija y al instructor algo fastidiado. Flor toma aire:

“Técnicamente, papá, Owen debería estar en la cárcel aún”.

“¿qué haces aquí, entonces?”, le cuestiona el gladiador.

“Los activistas anticorp protestar a nivel mundial contra abusos de corporaciones, y Golden Cross, Cruz Dorada, ser una de ellas. Es cierto que nosotros bloqueado entradas, conducido manifestaciones, dar declaraciones de prensa; pero nosotros nunca atentar contra vida de trabajadores porque ellos tener vidas y familias”.

“Entonces, si ustedes no activaron esa bomba, ¿quién lo hizo, Owen?”

“Ellos mismos, Tito”.

“En las impresiones que aparecen aquí no dice nada de eso”, interviene Flor.

“Porque Cape Town Torch es un medio comprado por Golden Cross. Si tu conseguir The Light Seeker, tú poder conocer la otra mitad de historia”.

“Lo busco y ya”, resuelve Flor.

“el website no existir ya porque Golden Cross acusarlo por noticias falsas”.

“¿Y ganaron el caso?”, pregunta Tito.

“Nosotros sospechar Golden Cross compró fiscal y juez”.

“¿Y es fácil escapar de una cárcel en Sudáfrica?”

“No saberlo”.

“¿Cómo te escapaste tú, Owen?”, Tito comienza a perder la paciencia.

“Yo nunca escapar de ninguna cárcel en Sudáfrica, Tito. Yo nunca fui en Sudáfrica. Yo venir de Inglaterra, pero yo haber nacido en otra parte”.

“Jamaica”, interviene Flor poniendo pausa a una búsqueda infructuosa en su celular.

“El pasaporte”, recuerda Tito.

“¿Haber ustedes visto mi pasaporte?”

Al ser descubiertos, Flor y Tito se miran avergonzados.

Mira otro video aquí. 

Elga también termina de trotar alrededor de la finca, y al regresar a la casa grande encuentra a Frank barriendo el porche.

“Buenos días”, lo saluda con una sonrisa seductora.

“Buenos días”, le responde el muchacho con una amplia sonrisa también.

“¿Habrá agua arriba en mi baño?”

“Ahorita subo a ver”.

Elga entra a la casa y Frank pide permiso a Carlos, quien contempla todo desde la caseta de vigilancia y suspira. En realidad, reza. La mujer llega al dormitorio y comienza a desvestirse. En veinte segundos, Frank toca la puerta. Ella lo recibe en ropa interior.

“Vengo a ver lo del agua”.

“Claro, pasa”.

Elga se quita el brassiere y la braga; sin que se lo pidan, Frank se saca la chaqueta y la camiseta y pide permiso. La mujer hace un gesto de victoria al ver el torso musculoso y velludo del muchacho. Busca una toalla y escucha que adentro abre la ducha. A los pocos segundos, Frank sale con el jean mojado.

“Parece que no hay problema”, informa.

“¿Me lo juras?”

“Claro; si quiere, la probamos”.

“Sí, buena idea”, se emociona elga.

Frank sonríe, se descalza por completo y se quita ahí mismo el pantalón y el bóxer evidentemente húmedos. Dentro de la ducha, la escena de la víspera se repite. Él la baña a ella, ella a él. Se enjuagan el jabón, se abrazan y besan con pasión. Ya secos, él se acuesta sobre la cama mientras ella le recorre el cuerpo a besos hasta tomar su pene cabezón con los labios y chupárselo diligentemente, las bolas también. La lengua traviesa de elga quiere ir más abajo y Frank cree que es hora de experimentar cómo se siente el estímulo allí donde su hombría entre comillas le dijo por diecinueve años que un hombre no puede sentir placer. ¡Y vaya que se siente rico! ¿Cuándo Frank iba a pensar que terminaría en una cama con las piernas levantadas al aire y dejando que alguien, quien sea, use su lengua para generarle placer en el ano? En retribución, él deja que Elga se siente en su cara y dar rienda suelta al sexo oral en su vulva mientras ella no sabe qué hacer con sus senos, más aún cuando él le aferra cariñosamente la cadera y la cintura o pasea sus gruesas manos por sus suaves y firmes piernas. Lo siguiente que hará esa mujer será cabalgarlo extasiada mientras él no cesa de recorrerla con las palmas y las yemas de sus dedos. De vez en cuando hace el intento de incorporarse (gracias a sus buenos abdominales) y le mama los senos. Finalmente, la propia Elga se mete el pene de Frank a su ano y termina de cabalgarlo hasta que la cara del muchacho le revela que el orgasmo se ha producido. Ella se inclina a besarlo.

“¿Crees que puedas revisarme la ducha más tarde?”

“Siempre que lo necesites”, le responde Frank seductoramente.

Ella sonríe.

Mira un video más aquí.  

sábado, 3 de abril de 2021

La hermandad de la luna 2.5

La astucia de Flor hace que Tito no se dé cuenta de la evidente violación a la privacidad que se había perpetrado en la sala de su casa. La laptop hizo el resto. Solo así padre e hija pueden sentarse a cenar en paz mientras que el tío entra al gimnasio por una puerta interior para iniciar su rutina de entrenamiento.

“¿Tienes algo, hija?”, llega a preguntar Tito.

“¿Yoooo? Nooo, nada, papi”, disimula ella rezando hasta a San Judas Tadeo para que no se le ocurra abrir la computadora.

“¿Es algo sobre Frank?”

“No, papi. ¿Qué va?”

Adán, por su parte, divide los noventa minutos de la sesión esa noche entre la lista de movimientos de pecho y hombros y la estampa de Owen, quien no cesa de atender a todo el mundo con una amplia sonrisa y una figura que desafía la masculinidad más perfecta. Tras ducharse, se reúne otra vez con Flor, aprovechando que Tito sale a supervisar que el AMW funcione con normalidad.

“¿Qué averiguaste?”

“Que para sus cuarenta y siete años luce extremadamente joven”.

“¿Qué?”, frunce el ceño su tío.

Pero eso no es lo raro ahora”, agrega Flor.

“¿qué es, entonces?”

La chica respira profundo:

“Que tu sospechoso, tío, parece no tener nada sospechoso”.

El gimnasio abre de lunes a sábado a las seis de la mañana y cierra a las diez de la noche; los domingos solo atiende a pedido especial a ciertos alumnos que han pagado un sobreprecio. Es un salón enorme con dos paredes paralelas llenas de espejos, máquinas y accesorios de segunda mano cuidados con cariño, tres grandes afiches al fondo donde se lucen Tito, Adán y Manolo en una breve tanga y enseñando todo su desarrollo muscular (las fotos son de hace diez años) en unas poses que transmiten poderío, soberbia, gallardía. Un pequeño escritorio filtra la entrada y al fondo una puerta que conecta a los baños y las duchas. Ah, y también al fondo, pero en la otra esquina, que permanece  vacía, unas colchonetas. Siendo la hora del cierre, se aprovecha que los chicos que allí entrenan se van yendo para verificar que no falte ni una tuerca. Se revisa máquina por máquina, espacio por espacio, y se tiene todo ordenado en una lista de control. Justo a las diez, sin importar cuántos alumnos haya, se cierra la puerta de la calle por pura precaución, y apenas salga el último, lo que suele ocurrir a eso de las diez y veinte o diez y media, se cuadra caja; ésa es tarea o de Tito, o de Adán, y cuando ambos no pueden, por Flor de manera excepcional. Owen está pasando la prueba esa primera noche ante la auditoría del gladiador.

“Completo”, afirma tras verificar las cuentas por segunda vez.

“Oh, y haber un extra”, Owen saca algo de quince o veinte adicionales en puras monedas de uno y de medio centavo.

Tito se sorprende: “¿Y eso?”

“Propinas”, sonríe Owen.

Tito también sonríe: “Guárdalas, son tuyas”.

“Oh, gracias”.

“Vamos a acomodar dónde vas a dormir”.

“Yo hacer mi cama allá”, apunta Owen con su índice izquierdo a la esquina de las colchonetas.

“¿Seguro?”, se extraña el gladiador.

El flamante instructor asiente con la cabeza.

Tito reingresa a su casa y encuentra a Adán viendo televisión acostado en el sofá de la sala; la mochila de Owen está en la mesa de centro.

“Sí, es confiable”, le dice a su primo.

Tito sonríe y entra a su cuarto. Cuando regresa a la sala del gimnasio llevando la mochila y una gruesa colcha, el nuevo instructor ya ha acomodado las colchonetas como una cama de campaña.

“Gracias”, dice Owen sin dejar de sonreír.

“Disculpa que no haya sitio en casa”.

“Yo entender: tú proteger tu hija; además, yo sentir bien aquí”.

Tito sonríe:

“Gracias. Tu consejo me ayudó mucho”.

“Cuando tú querer, conversar conmigo. Yo escuchar, ayudar por una solución”.

Owen se quita la camiseta y otra vez descubre su torso bien labrado; tiende la colcha, se descalza las zapatillas y los calcetines.

“¿Dónde te has depilado así? No tienes un solo vello”

“No entender”.

Tito extiende su mano y  la pasea entre los pectorales, los abdominales y las axilas del muchacho.

“No tienes vello”.

“Oh, no pelo”, Owen sonríe. “Genética”, muestra sus blancos dientes.

Tito se pregunta si parte de esa genética incluye el hecho que con cuarenta y tantos años, la piel siga tan lozana como a los cinco o seis. El dato descubierto por Flor y contado por Adán lo tiene algo confundido. Por ahora, solo sonríe. Camina hasta los interruptores de la luz eléctrica y deja el salón a oscuras; al darse vuelta, se da cuenta que las luces del baño continúan encendidas, pero su huésped parece no estar donde lo dejó menos de un minuto antes. Cuando ingresa a la pequeña pieza iluminada, escucha que una de las duchas está abierta. Avanza un poco. Se queda helado: Owen está desnudo: el agua forma una película brillante que convierte ese cuerpo de ébano en algo así como una escultura barnizada detalladamente pulida, que, al darse cuenta de que lo miran, sonríe con afabilidad. Y quien lo mira se ha quedado congelado y sin poder cerrar su boca.

“Y tenías que ver su pingaza y sus huevos”, le cuenta a Adán, ya acostado en su cama.

“¿Más grandes que los míos o como los míos?”

“eran grandes, primo”.

“Bueno, él es grande, ¿no?”

Adán se acuesta. Ambos primos están totalmente desnudos compartiendo la misma cama.

“Hablando de grande”, agrega, y gira para abrazar a Tito y darle un beso en la boca, que es correspondido a plenitud. Ambos varones van juntando más los cuerpos hasta que esa comunión les excite. Tito gira hasta ponerse encima de Adán y le besa el cuello, lo que inicia un cuesta abajo hasta chuparle el pene., mientras que el otro hombre, sin moverse de su posición, recibe en su boca el pene y las bolas del primero. Ha comenzado un largo sesenta y nueve que intercala fellatios y besos negros hasta que cada cual dispara su semen en la boca del otro. Ya relajados, se cobijan y se preparan a pasar la noche.

“Gracias por la ración de proteína y testosterona”, sonríe Tito.

“Gracias a ti por la tuya”, responde Adán.


 

En La Luna, mientras tanto, concluye la segunda ronda nocturna, esta vez con Frank recorriendo toda la propiedad.

“Todo en orden”, comunica el chico a Carlos, quien  prefiere no comentar el incidente de unas horas antes, lo que no quiere decir que lo haya olvidado. La pregunta es: ¿por qué no quedó registrado en la cámara?

“El portón está bien asegurado, tío”.

“Correcto”, da conformidad Carlos.

Tras cerrar la caseta de vigilancia, activar la alarma y sellarlo todo, entra al dormitorio. Mientras se desnuda, trata de encontrar una explicación –la luz celeste—y no la encuentra. Al meterse bajo la cobija y ponerse de lado, siente una humedad y algo duro a la altura de sus nalgas. No protesta. Se acomoda mejor. Carlos prefiere dormirse pensando que su sobrino también tiene un buen pene.

 

sábado, 20 de febrero de 2021

La hermandad de la luna 1.2

Cuando Carlos está regresando al despacho, Frank sale del mismo.

“¿Firmaste?”

“Claro que sí, tío. ¿Tanto te hice buscar la chamba pa’ quedarte mal?”

Carlos respira con cierto alivio.

“Mas bien”, continúa su sobrino, “medio loco el señor Manolo”.

Carlos carraspea un poco:

“Bueno, sí, a veces nos gasta cada broma pesada. Mas bien, discúlpalo”.

“Así son todos los militares, tío. A mí no me llama la atención”.

“Pensé que iba a obligarte a quedarte calato frente a nosotros”.

Frank se toma varios segundos.

“¿Sabes qué, tío? Si era por tener la chamba, sí lo hubiese hecho. Como que no hay mucho para elegir ahora porque en todos lados están los venezolanos”.

“¿en serio lo hubieses hecho?”

“Sí; además son solo tres meses, ¿no? Tengo hasta fines de setiembre para encontrar otra chamba, o si no, me voy de Collique”.

“Pensé que ibas a quedarte hasta marzo, cuando acabe la temporada de mangos”.

“También pensé lo mismo, tío, pero no sé aún”.

Carlos sonríe y despide a su sobrino con un apretón de manos, lo ve montarse en su motocicleta e irse por el camino asfaltado al lado del canal Taymi. El esbelto y espigado Adán, Orejón para los amigos, ojos verdes y cabello castaño bien crespo, ha estado viendo la escena.

“Seguro que él es quien te dijo Oj?”

Carlos sonríe:

“Tú lo viste hablar igual que yo, igual que todos; tú viste que esa noche dejó de ser amarillo y cambió a verde, y tú viste que cuando le preguntamos por Christian se puso azul. Tú viste”.

“Sí, yo vi”, sentencia Adán. “Pero también vi el cielo nublarse cuando Oj se puso verde, y no sabemos si eso es una buena señal”.

“Frank es parte de la estirpe”, replica Carlos.

“Tú eres parte de la estirpe”, interrumpe Adán. “No me queda claro si tu sobrino lo es… no aún”.


 

Por su parte, todavía dentro de la casa grande, Christian toca la puerta del dormitorio de Manolo, el más grande del segundo piso. Espera. Cuando al fin la abren, el dueño de toda la propiedad está desnudo y acabado de bañar, se le acerca y lo abraza, besándolo profundamente en la boca.

“Quién como tú que ya estás fresco”, le dice el recién llegado.

Manolo le sonríe y piensa que Christian, su joven abogado, se ve más sensual sin sus anteojos, que mas bien le dan un aire intelectual.

“Date un duchazo”.

“¿Llegó Tito?”

“Averígualo tú mismo”, incita Manolo.

Christian va a un extremo del dormitorio, resopla, y comienza a desabrochahrse la camisa, quitarse los zapatos, los calcetines, sacarse el apretado jean de tela delgada, su microbóxer, y revelar una anatomía que bien pudo inspirar al David de Bounarotti, con ccada músculo firme y puesto donde debe estar, incluso ése que ahora se luce en su mínima expresión sobre sus grandes testículos y bajo sus pendejos recortados, que destacan en medio de toda su anatomía lampiña. El muchacho desnudo entra al baño, y tras el vidrio que protege la ducha mira a Tito refrescándose. Ese otro hombre, desnudo, luce como un gladiador medio vikingo, apariencia de fisicoculturista, vellos por todas partes, enorme paquete. Tito termina de ducharse, se pasa las enormes manos para sacarse las gotas de agua que tapizan su cuerpo, y abre el vidrio de la ducha:

“Te toca, doctor”.

Christian avanza y cuando va a entrar a la ducha, siente que Tito le da una cariñosa nalgada.

“Durito tu culo, como siempre”.

Christian, entrando a sus treinta, espera que cuando esté a mitad de los cuarenta, como Tito, siga conservando cada músculo firme en su lugar.


 

Cuando sale de darse el duchazo, encuentra a Manolo acostado desnudo sobre Tito, quien usa sus piernas abiertas para meter alguno de sus talones entre la raja de las nalgas, en tanto el dueño de casa acomoda su pene ya erecto intentando conquistar el velludo ano de su compañero, subordinado y amigo. Mientras se abrazan, se dan un beso a todo lo que pueden sus bocas abiertas.

“Ustedes sí que no saben esperar, ¿no?”, sonríe el abogado.

Manolo y Tito se separan sonrientes, y revelan sus largos, gruesos y lubricados falos. El de Christian también comienza a erectarse en tanto avanza hasta el lecho y busca un espacio. Se abraza a Tito y lo besa en la boca mientras Manolo le cubre la espalda. Bueno, en realidad, mientras Manolo le soba su pene duro en esas redondas y firmes corvas. De inmediato Christian gira para darle a Tito el turno del rol que ocupaba a Manolo, quien lo ubica bajo su cuerpo y comienza a besarle el cuello, para irlo recorriendo con sus labios a lo largo del torso hasta llegar al miembro viril, el que lame, emboca y succiona con mucho cuidado y esmero.

“Qué rico se siente”, suspira Christian.

“¿Y crees que tu boca va a estar ociosa?”, interviene Tito.

“¿Qué tienes para mí?”, seduce el abogado.

Tito  se incorpora y como puede se pone de cuclillas sobre la cara de Christian.

“A ver, muéstrame el poder de tu lengua”, invita el peón.

El chico no defrauda. Sopea el ano de Tito y poco a poco lleva esa lengua por el perineo hasta llegar a las bolas del gladiador. No le jode el hecho de que con cada embocada, quizás arranque vellos que se quedan sobre sus papilas. Finalmente, chupa la cabeza del pene semierecto. Para ese momento, Manolo levanta las piernas a Christian y luego de agasajarle los testículos, mete la lengua en el recto, para luego arrodillarse.

“¿Como en las ceremonias a Nii?”, consulta.

“Igualito”, suspira Tito.

Manolo se chaquetea el pene para ponerlo más duro y asegurar lubricación, lo coloca a la entrada del esfínter y comienza a empujar poco a poco, dando tiempo para que ese delicado músculo vaya acostumbrándose. Con paciencia, los dieciocho centímetros rectos logran entrar en esa caliente oquedad. Tito, por su parte, se inclina hasta el pene de Christian de tal manera que ambos hagan un sesenta y nueve. El bombeo de Manolo continúa hasta que Tito decide terminar la fellatio de manera unilateral.

“Me toca a mí”, pide.

Con sumo cuidado, Manolo saca su pene y se sienta sobre el de Christian, lo pone en su propio ano y comienza a meterse diecinueve centímetros de masculinidad; mientras tanto, Tito mete sus veinte centímetros en el ano del abogado. Las cosas continúan así hasta que el más joven siente llegar el orgasmo.

“Las voy a dar”, y dispara su semen dentro del recto de Manolo, contrayendo involuntariamente su hueco y forzando a que Tito le saque su miembro. El dueño de casa se adelanta hasta la cara del primer satisfecho y le mete su pene a la boca.

“Sácame la leche”, le ordena.

Mientras tanto, Tito se arrodilla sobre el vientre de Christian y conecta su verga aún dura al culo de Manolo, quien demora en venirse, pero termina haciéndolo.

“Tómate mi leche”, le dice a Christian.

La contracción del recto termina provocando que Tito dispare la suya dentro de Manolo.

“Lo máximo”, califica el peón.