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domingo, 19 de febrero de 2023

Los 4 grandes atractivos de Pedro Bomba

Míralo de la cabeza a los pies y dinos si tu selección coincide con la nuestra.

 



El piurano Pedro Bomba sorprendió al planeta entero luciendo su cuerpo totalmente desnudo y mostrando su pene totalmente erecto en un único video y sesión de fotos que se convirtieron en otro clásico de nuestro arte pornoerótico. ¿Y por qué se hizo un clásico? Lo explicamos aquí:








 

Sonrisa: A diferencia de otros culturistas peruanos que también hicieron fotos o videos porno, Pedro Bomba no deja de sonreír, lo que significa o que se la pasó muy relajado o que se la pasó muy nervioso. Sin embargo, se convierte en uno de sus mejores atractivos, y ayudan a que la calentura de verlo pajeándose sea más amigable. Como tener sexo con tu mejor amigo y que te diga sin palabras “no te compliques, solo disfrutemos”.

 








Pecho: ¡Dios mío! ¡Te imaginas haber tenido una sesión de sexo intenso, quedar agotado y usar esos pectorales para reposar tu cabeza? ¿Qué tal un trío? Cada músculo tranquilamente puede servir para que cada chico descanse cómodamente, por supuesto, sostenido por esos enormes brazos. Donde sí vas a pugnar, si lo compartes con otros, es en acariciar ese bien trabajado abdomen. Pero pongámonos de acuerdo con que ese enorme pecho es de antología.

     







Verga: Recta, gruesita, de tamaño promedio pero bien jugosita, ideal para darle una buena mamada o para sentirla dentro del culo. ¿Alguna idea de cómo debe saber su semen? Sin duda debe ser un néctar delicioso, pura masculinidad forjada con genes 100% piuranos. ¿Claro! Porque si en Piura todo es más rico, de hecho que esa polla debe serlo también. A menos que alguien ya se la haya tragado. Avísenos, por favor. ¿Y qué piensas de sus huevos?








 

Culo: ¡Qué comen los culturistas peruanos que les sale un trasero grande y bien redondo? OK. No solo es la comida. También es el entrenamiento y, por qué no, la genética. Pero ese par de duras nalgas son ideales para mordisquear, lamer, acariciar. Otro gran candidato a un inolvidable y discreto beso negro. Ah, y ese par de enormes piernas no se queda atrás.

 

¿Cuál es tu parte favorita del cuerpazo de Pedro Bomba? Cuéntanos en los comentarios. Gracias a Apasionado Solar por los vidcaps.

 

Mira el video completo de Pedro Bomba | Tuitéanos | hunks.piura@gmail.com 

miércoles, 24 de agosto de 2022

El precio de Leandro 2.2: La carpeta de desnudos


Mientras tanto, en casa del muchacho, Adela, su madre, está sentada frente a la computadora de escritorio, uno de los pocos nuevos bienes que ha podido adquirir gracias a las propinas que Leandro ha ido consiguiendo semana a semana. Lo tuvo cuando apenas había cumplido los veinte años, y casi lista para graduarse como secretaria ejecutiva. Su primer y único embarazo no solo lo truncó todo, sino que la dejó crónicamente débil. De hecho, nunca se explicó cómo trajo al mundo a un niño prácticamente inmune, que no se metía en problemas, pero que vivía y moría por el fútbol, mientras ella sacaba fuerzas de donde no tenía porque voluntad sí le sobraba.

“La medición en el grupo de estudio… no dio los resultados supuestos durante la fase de hipótesis. Punto y coma. Al contrario, coma… nos abrieron nuevas preguntas referidas al comportamiento… de consumidores… que detallaremos en el capítulo tres. Punto aparte”.

A su lado está Cintia, quien tras trabajar en la casa de novios, vino tan rápido como pudo para acompañarla.

“No quiero que mi vieja se quede sola tanto tiempo”, le había pedido Leandro.

“¿Y a dónde vas?”, le inquirió ella casi en son de reclamo.

“Tranquila”, se excusó él. “Todo saldrá bien”.

Habían pasado casi cuatro horas desde ese momento.

 


Adela voltea la mirada hacia Cintia y le sonríe:

“¿Te cansaste, hijita?”

“No”, reacciona la chica. “Me distraje. Perdone”.

“Leandro, ¿no?”

Cintia traga saliva., mientras afuera de la casa se oye que un auto se estaciona.

“Bueno,ya habló con él, ya está en camino”.

“Un montón dejas que ese chico abuse de tu confianza”, asevera Adela con mucho cariño.

Cintia se prepara a mentir negándolo todo, cuando la puerta se abre: es Leandro… y un desconocido cargando bolsas llenas de alimentos. Adela y Cintia, como no podía ser de otra manera, se quedan intrigadas.

“Es mi amigo Rico”, explica el futbolista tras dar las buenas noches.

El recién llegado saluda con una caballerosidad que Adela se queda casi avergonzada. ¿Cómo un chico de esa estampa puede pasar a una casa que no es, precisamente, una joya arquitectónica? Si bien hay un juego de muebles decente, una televisión decente, un juego de comedor decente, la sala apenas si tiene cinco por cinco, con las paredes algo despintadas, sin lindos cuadros y una vieja cortina evitando ver el pasadizo que nace del otro extremo. Ahora le intriga las bolsas blancas con el logo rojo de un supermercado.

“Déjalos aquí en la mesa, por favor Rico”, pide Leandro. “Luego los llevo a la cocina y los organizo.

Cintia se reprime las ganas de saber dónde había estado su amigo esas casi cuatro horas. No luce cansado. Hasta podría jurar que luce un ánimo renovado; nada que ver con alguien que ese domingo ha jugado noventa minutos en una cancha, modelado casi cuarenta minutos, y desaparecido aproximadamente cuatro horas.

“Es hora de que Leíto te acompañe a tu casa”.

Cintia despierta como si una bolsa de plástico llena de aire le hubiese estallado en el rostro.

“Hijito, para que acompañes a Cintita”, pide Adela.

Leandro accede, deja la mesa y llega hasta donde la chica.

“¿Vamos?”, invita él.

“Pero, ¿tu mami?”, le susurra ella.

“Ah, se queda con Rico”, dice el muchacho bien suelto de huesos.

Tras despedirse efusivamente de Adela y secamente del nuevo amigo de Leandro, ella y el futbolista caminan las tres cuadras que hay hasta su casa.

“¿Estás loco o qué, Leandro? ¿Cómo se te ocurre dejar a ese chico con tu mamá? ¿No has leído las noti…?”

“De que asaltan, matan o violan, Cintia? ¿Esas noticias?”

“Leo, ni siquiera sabes de dónde es”.

“Si quiere plata, él me ha visto con plata; tenía todo el trayecto desde el supermercado hasta la casa para desviar el carro y llevarme quién sabe por dónde”, justifica el mancebo. “Igual, si me hubiese querido matar…”

“Ay, Leo, no sé si eres o te haces el tontito”.

“Me hago… así la gente cae más rápido”, ríe Leandro.

“Y… ¿dónde estuviste toda la tarde?”, al fin se anima a interrogar Cintia.

“Bueno”, carraspea Leandro. “El cliente de la señora Ibarburu trabaja para la Corporación Echenique y… quería hablar conmigo sobre el San Lázaro… unas… colaboraciones”.

“¿Corporación Echenique? Esa es una de las familias más ricas del país”, recuerda ella. “Oye, ¿y desde cuándo tú negocias auspicios para tu equipo de fútbol?”

“Tengo la caja de ahorros del equipo, ¿recuerdas?”

Cintia levanta las cejas:

“Ay, una cosa es que manejes un pandero, y otra es que veas auspicios”.

Cuando Leandro regresa a su casa, respira aliviado: Adela sigue sentada frente a su computadora de escritorio y a su lado derecho está Rico dictándole el documento que estaba mecanografiando, con una dicción digna de locutor comercial; incluso, sin acento. Paranoias de mujer, pensó para sí.

“¿Cómo va ese texto?”, pregunta mientras deja la llave en un clavito al costado de la puerta, y la cierra porque ya comenzó a correr un poco de frío.

“Justo hemos terminado el capítulo dos y estoy diciéndole a Rico que venga mañana para avanzar el tres”, sonríe Adela.

“Gracias”, sonríe también Rico, olvidándose de su más menos logrado español neutro.

Adela se levanta, cansada:

“Me voy a dormir”, le dice a Leandro. “Estás en tu casa”, se expresa afable mirando a Rico.

Diez minutos después, el visitante se acomoda sobre el sofá algo irregular cuando el anfitrión regresa con dos grandes carpetas de cuero: una negra y una roja. Sonríe ante la mirada curiosa de Rico, y le entrega la primera. El taxista la abre y se queda sorprendido:

Recortes publicitarios”, verifica.

“Avanza”, le pide Leandro, sin dejar de sonreír.

Rico obedece y, de pronto, su rostro se ilumina, mira al de Leandro.

“¿Cómo la obtuviste?”, le pregunta algo emocionado.

“Te dije que tenía el recorte, que no lo había bajado de Internet”.

En la carpeta aparece el aviso a toda página de un instituto tecnológico de computación. En una de las fotos, Rico aparece tecleando una computadora, y en otra, alguien que, a su vez, le es conocido a él.

“Darío”, suspira.

“¿Qué Darío?”, Leandro abre sus ojazos caramelo.

Rico reacciona, sonríe de oreja a oreja.

“Nadie. Es este chico”, le señala a un modelo en la foto principal del anuncio, que aparece con una modelo de pie y revisando una pantalla. Su rostro es dulcemente masculino, cabello algo ensortijado, evidente contextura atlética.

“¿Darío Echenique?”, ahora verifica Leandro.

“Sí, él”, se ruboriza Rico.

“¿Lo conoces acaso?”

“Bueno, digamos que sí”.

“Es el modelo más importante del país”, asevera el futbolista.

“¿Te gusta el modelaje, cierto?”

“Bueno, me permite tener dinero extra al fútbol”.

“Es una carrera linda, pero hay que tener vocación”.

“¿Por qué no modelaste más?”

“Problemas”, se comienza a apagar Rico mientras pasa el resto de páginas que Leandro ha archivado. “Tú sabes que un extranjero como yo ahora ya no es bien visto para tener un trabajo formal”.

Finaliza la carpeta negra.

“¿Qué hay en la roja?”, curiosea el visitante.

“Mírala”, invita Leandro.

Rico lo hace.

“Las fotos de época Semanal… bueno, toda la sesión, parece”.

“Sí, están todas”, confirma Leandro.

En las primeras páginas el modelo luce un traje formal, tipo ejecutivo; las siguientes son más casuales. Luego vendrán las más deportivas, poniendo el acento en el fútbol. Y al final…

“Wow, qué buenos desnudos”.

… Al final, Rico encuentra las fotos de la ducha.

“La ventaja es que el fútbol te saca buen culo y piernas”, ensaya una explicación técnica, el visitante. “El resto es solo marcar”.

“Hago trabajo de gimnasio tres veces por semana”, explica Leandro.

En las últimas páginas, los desnudos se vuelven frontales. Rico bota aire.

“Te atreviste también. ¿Quién te hizo la sesión?”

“Ricky Navarro”, responde Leandro.

“Ah, sí lo conozco. También posé para él alguna vez”.

“Lo bueno que has sido modelo también, porque otras personas, si ven esos desnudos, o me tachan de inmoral, o ya estarían queriéndome agarrar la pinga o el culo”, ríe Leandro. “A mi vieja no le gustan”.

“Yo también he posado desnudo”, sonríe Rico, tomando su celular, moviendo algo en pantalla y ofreciéndocelo a su anfitrión. Efectivamente, el muchacho aparece en medio de un bosque donde progresivamente se va quedando sin ropa, hasta que Leandro se sorprende:

“Aquí estás con la…”

“¿La verga al palo?”, baja la voz Rico.

“No me digas que te las hizoRicky también”, sonríe Leandro.

“Ricky sí me pidió posar al palo, pero algo no me animaba. ¿Tú le posaste así, erecto?”

“Tampoco… Entonces, ¿quién te hizo estas fotos?”

“Roberth Peña”.

Leandro se queda de una pieza.

Hablas de Ro… Roberth Peña, el fotógrafo más importante del país?”

Rico sonríe:

“Sí, él. ¿Por qué?”

Leandro no puede cerrar la boca de la impresión. Sobre el sofá de su sala, su cuerpo desnudo en las fotos invitan a algo más que una simple apreciación de estilo renacentista. Invitan a algo… más íntimo. 

sábado, 4 de diciembre de 2021

La hermandad de la luna 7.5

Una camioneta casi excede el límite de velocidad en el camino junto al canal, y algunos vehículos en contra no dudan en tocar su bocina en señal de protesta.

“Tú eres el negro hijo de puta”, se va repitiendo Christian a lo largo del camino hacia la ciudad. “Ahora sí no te me vas a escapar, so reconchatumadre”.

Mira un video 

Poco después, en La Luna, Carlos toca la puerta del despacho. Elga lo recibe con una amplia sonrisa mientras revisa papeles.

“No sé si sabes, pero soy el chef de la finca, así que quería saber si deseabas alguna comida en especial”.

 “¡Esto es mejor que servicio a la habitación! Pues, señor chef, algo que tenga vitaminas y proteínas”.

Carlos sonríe y piensa bien unos segundos:

“¿Pollo hornado con ensalada fresca, no?”

Elga ríe estrepitosamente ante la duda:

“Sí, Charlie, lo otro, por ahora, no”.

Carlos ríe también.

“No pierdes el doble sentido”.

“No pierdo el sentido del humor, a pesar de la adversidad, Carlitos. Al menos es lo último que perderé”.

Carlos se anima a entrar hasta ponerse frente a Elga tratando de usar esa alegación a su favor:

“Los chicos no andan de buen humor que digamos luego del anuncio de hoy”.

“Lo sé, Carlos, pero es una decisión tomada. Si fuese Manolo, me daría lo mismo ir para adelante; pero no soy él. Temo que esto fracase bajo mi mando”.

“¿Temes fracasar o te hicieron creer que vas a fracasar?”

“¿Qué tratas de decirme?”

“Tú sabes que antes de conocer a Manolo, yo me creía un perdedor completo; entonces lo conocí, y el resto ha sido historia”.

“¿No has recaído?”

“Nunca más, Elga”.

Ella suspira:

“Darme una nueva vida es algo que jamás terminaré de agradecerle a Manuel”.

“¿Entonces?”, presiona el capataz.

“Sin despreciar, Carlos, una cosa es administrar recursos mínimos o palanear o cosechar; otra es manejar todo unn negocio como éste. Simplemente no estoy en capacidad de lograrlo”.

“Aunque tú conoces todos los negocios de Manolo”.

“Sé de qué tratan pero no sé cómo se manejan. Quiero que entiendas mi punto. Y no es que alguien me hizo creer que no puedo; soy yo quien lo sabe mejor que nadie. Quiero vender La Luna como una atractiva joya, porque lo es; no como un deslucido pedazo de vidrio”.

“Entonces, no retrocederás, Elga”.

“No, Carlitos. Y mientras tú y los otros chicos lo entiendan, será mejor para todos”.

El capataz baja la mirada.

“Te prepararé pollo hornado con la ensalada fría de palta que tanto te gusta”.

Elga sonríe:

“Sí, gracias. Y…. si no funciona, podemos probar lo otro”.

Ambos vuelven a reír con estrépito (aunque Carlos lo hace con mucho disfuerzo).

“Oye”, lo retiene la mujer. “¿Te has pintado el cabello o estás haciendo más ejercicio?”

Carlos se extraña:

“No. ¿Por qué?”

“Te veo como… rejuvenecido, más… atractivo”.

El capataz sonríe y sale del despacho. Cuando llega a la cocina, toma el radio portátil:

“Tito, muchachos, apliquen plan B”.

Mira otro video 

El almuerzo trata de ser lo más cordial posible. Los peones, a pesar del temor inicial de Elga, se esfuerzan por borrar cualquier atisbo de tirantez como había ocurrido horas antes en el despacho. Aunque a la mujer le llama la atención el cambio de actitud, lo aprecia mucho.

“No te confíes”, le dice Christian por teléfono cuando ella sube a hacer una siesta. “Esos cojudos se las saben todas”.

“Sí, lo sé mejor que tú, pero que lo han asumido con madurez, lo han asumido”.

“Solo te digo que tengas cuidado”, le reitera el abogado.

Abre una de las mamparas laterales de la habitación y sale a la terraza izquierda. Mira la finca desde el segundo piso hasta la extraña loma del fondo que continúa hacia el cerro que está detrás. Respira el aire puro. Gira a la derecha y baja la mirada: Frank limpia la piscina vestido únicamente con un jean ceñido. Elga se regocija en esas formas, y las imágenes del coito en el despacho le llegan como ráfagas, pero teniendo como amante a ese muchacho en vez de Christian. Cuando ella regresa de su fantasía, el más joven le sonríe desde la alberca, encendiendo rubor en sus mejillas. ¿Cómo es posible que a sus treinta y cinco años (pero que nadie más se entere, por favor) se da la licencia de ver a un chiquillo como un objeto sexual? Bueno, es posible, piensa ella, y mientras se mantenga como fantasía, todo irá bien. Aunque… ¿pasaría algo si estuviera junto a la piscina tomando el fresco, con el chico ahí sacando las hojas secas que caen sobre el agua? ¡Claro que pasaría! Ella notaría que los otros tres hombres están desperdigados por la finca, y aprovechando el cerco de arbustos, se quitaría su ropa de baño quedándose desnuda; él también vería a ambos lados, y, al verificar que están solos, se sacaría ese ajustado jean, quedándose también desnudo, porque evidentemente debajo de esa prenda no habría nada más. Entonces, Frank caminaría hacia ella, la tomaría de las manos y la invitaría a chuparle su pene erecto. Ella lo haría sin cuestionar. Luego, cuando esté bien duro, él se acostaría sobre ella, la acariciaría de las piernas y comenzaría a penetrar su entrepierna húmeda hasta… toc, toc, toc. Hasta que toquen la puerta del dormitorio y la despierten de tan erótico sueño.

“¿Sí?”, responde.

“Tu visita guiada, Elga”, le anuncia Carlos.

Tras bañarse, ella baja al despacho, donde la espera Adán vistiendo la camiseta y el jean más ceñidos que en su guardarropa pudiese hallar.

“¿Y Carlos?”

“Está viendo unas planillas; me pidió que te la enseñe”.

Elga sonríe:

“Me refiero a la parcela”, aclara sonriendo el cuerpo de luchador.

“Por supuesto, porque lo otro…”

“¿Lo otro qué?”

Elga ríe pícaramente:

“Creo que esto será divertido después de todo”.

Al pasar por la piscina, se da cuenta que su fantasía se hizo agua.

“Éstos son los nuevos hijos de Tito”, Adán señala la fila de tamarindos.

“Manolo no me habló sobre ellos”.

“Tito está haciendo un experimento con la Escuela de Administración donde estudia Flor, su hija. Quieren ver si es viable iniciar la venta de pulpa”.

“Casi había olvidado ese dato; ya debe ser una señorita, ¿no?”

“Diecinueve años cruzan por su vida”.

“¿Y dónde se vendería esa pulpa de tamarindo”.

“Inicialmente en todo Collique, y, sobre resultados, en todo el norte. Claro… si continuamos aquí”.

Elga carraspea comprendiendo la intención de su guía.

Tras pasar un claro que funciona como una barrera anti incendios forestales, comienza la extensión de mangos, los que básicamente se dedican a la exportación; más allá están los paltos. Frank está aporcando algunos ejemplares y saluda a la distancia. Sigue luciendo desnudo de la cintura para arriba. La jefa no puede evitar clavarle la mirada hasta que pisa mal y casi se cae al suelo gredoso de no ser por el rápido reflejo de Adán, quien la retiene en sus atléticos brazos.

“Mira dónde caminas. ¿Te hiciste daño?”

“No, para nada. Disculpa”.

Más allá, un terreno baldío donde solo se luce un tractor. Todo está delimitado por acequias.

“Pensamos sembrar maracuyá, pero… no sé”, el cuerpo de luchador puntillea.

“Maracuyá, mango, tamarindo… frutales”, recapitula Elga.

“Las paltas también lo son”, acota el guía.

“Sí, pero no te las tomas en jugo, aunque con paltas se hacen unas mascarillas que te dejan el cutis… ¡no sabes!

En la parte alta de la fffinca está el maizal”.

“¿Y esa lomita que se ve ahí?”, curiosea Elga.

“Bueno, digamos que es el sitio sagrado de Manolo, una de las razones por las que se opuso a vender la finca”.

“¿Es donde hacen sus ceremonias, no?”

“Sí, junto al estanco de agua”.

“¿Podré conocerlo algún día?”

“Tendrás que conversarlo con Carlos, aunque, si ahora eres la dueña, no tendría razón de impedirlo”.

Bajan por los limoneros.

“Cosechamos cada semana, aunque ahorita por el frío, cada quince días”, apunta Adán.

“Tamarindo, mango, maracuyá, limón… una juguería nunca estaría desabastecida”.

“Abastecemos a una cevichería con este limón”.

“No me digas: la que está a tres cuadras de nuestra casa en Collique”.

“Ésa misma”, sonríe Adán.

Llegan a la construcción donde están los baños y las duchas.

“Cuando acaba la faena, venimos a asearnos aquí”.

“¿Y eso a qué hora es, más o menos?”

“Entre cuatro a cinco; todavía dentro de una hora. ¿Quieres revisarlo por dentro?”.

“Mmmmmm. No sé”.

Adán saca la llave, igual, y la invita a entrar. Elga nota que, a pesar de que el sitio es manejado por varones, está casi pulcro. La luz natural le da una iluminación que no solo invita al baño sino a la complicidad pecaminosa.

”Y… ¿las duchas funcionan?”, Elga no puede disimular su curiosidad.

Adán abre la llave y el agua comienza a caer.

“Si deseas, puedes probarla… la ducha, quiero decir: la calidad es la misma que en la casa grande”.

“¿Tú ya la has probado en la casa grande?”, Elga cambia de tono.

“Sí, ya las comparé, y las dos son ricas”.

“No sé si confiar en tu palabra, Adán”.

“¿Por qué… no la pruebas tú misma?”

Elga le clava la mirada:

“Necesito una toalla”.

Adán sonríe:

“Te la busco”.